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El cuento de Omar y Dilaram - Wilhelm Raabe

–Doctor Hagen, usted que peregrinó por el desierto, ¡relátenos un cuento!

–¡Bravo! –gritó el científico–. La señorita Eugenia siempre tiene las ideas más sensatas. ¡Aligere usted los caballos y alivie al camello del aburrimiento! ¡Adelante, doctor! Ya me siento como si estuviera en la costa oriental del mar Rojo... Pero por favor ningún pensamiento morboso o de muerte, ¡se lo ruego, Hashid!

–Sí, ¡cuéntenos un cuento, doctor! –dijo Lida–. Como los que usted acostumbraba relatarme antes de dormir, cuando llegaba demasiado cansada de la ópera y me quedaba tensa. Cuente, pues...

–Bien. Sucede en un fantástico país de Oriente –dijo al momento Hagen–. Escuchen ustedes: hace muchos años, se hallaba un joven en la gran ciudad de Bagdad. Sentado, bajo la luz de la lámpara, descifraba un antiguo manuscrito cuyas letras estaban escritas con los caracteres más extraños. Un amigo suyo se lo había obsequiado como recuerdo de la maravillosa e increíble ciudad de Bizancio. 

Era entonces una hermosa noche de verano. La Luna se elevaba por encima de los jardines del califa, hacia la otra orilla del Tigris; en el azul obscuro de la noche flotaba radiante y pura. Un ligero airecillo transportaba el perfume de los árboles, rebosantes de pétalos, hacia la ventana. En ocasiones, alguna góndola cruzaba velozmente sobre la superficie lustrosa del agua y por momentos se escuchaba a lo lejos una lira y, de vez en cuando, la estrofa de una canción de pescadores. 

El joven lector se sintió un tanto extraño. De los pergaminos que leía surgía un Mundo maravilloso que lo envolvía. En el momento de llegar a un pasaje borroso, imposible de leer, levantaba la vista y sentía entonces como si tuviera que bajarla otra vez de inmediato, encima del rollo que leía, para no perder ese sueño encantador. Palpitaba allí un inmenso mar de exuberantes islas con temibles desfiladeros habitados por excelentes y hermosos nativos y horripilantes monstruos. 

Un pueblo pagano había destruido una ciudad grande y magnífica situada a las orillas del mar. En la corriente, las huestes lavaban sus armas teñidas de sangre, así como sus heridas; luego subieron a sus navíos, rumbo a su patria, cada líder agrupando a los suyos, todos cargados con su botín. 

Había en aquellas tierras un rey lo mismo amado que odiado por diosas y dioses, protegido y a la vez amenazado de quedar en la ruina; y, habiendo sido expulsado de una isla por la tempestad y habiéndose tragado el mar a sus hombres, relataba a otro rey sus aventuras y desventuras: cómo lo había amado una hermosa e inmortal deidad; cómo había luchado contra los monstruos, las olas y los gigantes; cómo había descendido al Averno para visitar a sus guerreros muertos, a los hombres y mujeres del pasado. 

El joven leía por momentos en voz alta la estrofa de una canción, como si se deleitara con el agradable sonido de las palabras, semejantes al fragor ondulante y melodioso de las armas, como si fuese el murmullo de las olas o el palpitar de un corazón humano.

–Alá, Alá –exclamó–. ¡Esto es hermoso, es magnífico! ¡Ay! Y pensar que yo sólo estoy aquí sentado con el corazón desbordante. Alá, Alá. Así llevan tan lejos tu nombre y el de tu Profeta a través de todos los mares y países.

Un fuego salvaje se reflejaba en los ojos del joven. Pero muy pronto se extinguió, tan rápido como se había encendido.

–¡Ah! –dijo, con voz sorda–. ¿No está también, al otro extremo de las márgenes del mar poniente, el gran Okbah? El condujo su blanco camello hacia el torrente de las aguas y exclamó: “Alá, tú eres testigo de que no me fue posible continuar más adelante”.

–Georg Wilhelm Friedrich Hegel y la filosofía alemana. ¡Brrr...! –dijo el científico, que se sentía muy feliz cuando podía darle una patada a la Idea absoluta.

Pero Hagen no se dejó interrumpir. Sonriente, continuó en seguida:

–¡Ah! Pero él pudo continuar –exclamó el joven lector–. ¿Acaso los jinetes del desierto no trajeron al rey noticias de los fieles, la nueva de que los soldados de Alá luchaban una vez más contra los hombres de piel blanca, lejos, muy lejos del brazo del mar en el poniente? Dios es grande... Se dirigen de nuevo hacia el Oriente, hacia el Sol naciente, y arremeten contra el enemigo. ¡Ay, y tener que estar aquí sentado marchitándose con una mujer del harem!

El joven se había sobresaltado; miraba a través de la superficie del río. Se apoyó con una mano en el borde de la ventana y unas lágrimas rodaron de sus ojos. De pronto, detrás suyo, una puerta se abrió y una muchacha entró cautamente a la habitación. 

Traía consigo un cesto con flores y frutas lleno hasta los bordes y se quedó de pie al ver al pensativo joven acodado en la ventana. Cruzó en silencio la alfombra, hizo a un lado los manuscritos extendidos sobre una tabla, depositó su aromática cesta y extrajo una rosa blanca. Sonriente, con el dedo en los labios, se acercó lo más callada que pudo al joven soñador y depositó la rosa en su mano, que él tenía puesta en el borde de la ventana. Asombrado, él se dio vuelta.

–¡Dilaram! –exclamó y entonces la hermosa niña lo abrazo.

–¿Otra vez triste, Omar? –preguntó ella–. ¿Qué te preocupa, amigo mío?

–Te equivocas, corazón, no estoy triste. ¿Qué habría de preocuparme?

–Pobres de los hipócritas en aquel Día, dice el sagrado Corán –dijo la muchacha–. ¿Habrás leído otra vez durante largas horas tus horribles y paganos libros que tratan de magia hasta olvidarte de todo lo que te rodea, y también de mí? –añadió ella, amenazándolo traviesamente con su índice.

–¿Quién te podría olvidar, niña? Eres para mí lo que el Sol para la Tierra.

–¡Tú, tú! –dijo la muchacha sonriendo y sentándose en el borde de la ventana, al lado del joven–. ¡Ven, platiquemos! ¡Qué hermosa está la noche, y cómo brillan las ondas del río! ¿Dónde tienes mi lira, pues no la veo?

–¡Aquí está! –dijo Omar.

–Gracias. ¡Pero qué cara has puesto! Avergüenzate ante mi velo... Escucha al ruiseñor... ¡bul, bul, bul! ¡Qué hermoso! ¿Quieres que cante?

–¡Canta la Alabanza al desierto, al inmenso desierto, la alabanza al inmenso mar!

–¡Ay! –dijo la muchacha, algo compungida–. No conozco el desierto ni el mar. Pero pon atención, voy a cantarte otra cosa.

Acarició con sus dedos las cuerdas del instrumento y empezó entonces con una, diáfana y tersa voz:

 

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¿Por qué se unen los combatientes del Profeta?

¡De armas resuenan los mercados, de armas las calles!

¡El pueblo de Dios responde al llamado del gran califa!

¡A Oriente y Occidente van las multitudes de fieles!

¡El hombre deja a su mujer, el hijo a su madre!

¡Deja el padre a su niño, el hermano a su hermana!

¡En la ciudad del mar, temeroso está el rey de los francos,

y el de los persas rasga su vestido...! ¡Llora y se lamenta

la niña en la joven ciudad, a orillas del Tigris!

Los ejércitos del Profeta van a la batalla.

¡Deja el padre a su niño, el hermano a su hermana...!

 

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¿Por qué ese regocijo en las calles de Bagdad?

¡Clamor de victoria al amanecer!

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¡Clamor de victoria al amanecer!

¡Destrozada está la defensa de los persas y muerto el padre!

Inclinada está la cabeza del rey de los francos...

Muerto está el hermano...

Regocijo en las calles de Bagdad.

Sentada, la doncella llora...

¿Quién protege a la huérfana,

Quién consuela a la desamparada...?

 

La muchacha dejó caer la lira y su voz se perdió en apagados sollozos. Con mirada fulgurante, Omar tomó el instrumento y continuó la canción:

 

La arena de los caminos de Dios

reluce en el día del Gran Juicio...

Dichosos los combatientes en el Paraíso.

A la huérfana abandonada, la consuela ¡el amor...!

 

–¡El amor! –exclamó la muchacha entre lágrimas–. El amor, el santo amor. Es como la sombra que la palmera brinda al cansado caminante del desierto. ¡Para el niño abandonado, es como el agua para la gacela perseguida! Sagrado es el lugar donde nos encontramos, mi adorado. ¡Que la hora en la cual yo te vi por primera vez sea afortunada para todos los hombres y rebosante de bendiciones para toda la Tierra...!

–¡Dilaram! ¡Dilaram! ¡Paz de mi corazón! –exclamó el joven.

–¡Omar mío...! ¡Mira, tu frente se ha tornado alegre! Ahora tengo que irme. ¡Buenas noches! ¡Buenas noches, querido!

–¿Ya quieres abandonarme? ¡Quédate conmigo!

–Notarán mi ausencia. ¡Buenas noches, buenas noches!

¡Hermosas son las noches de verano a orillas del Tigris! ¡Dulce soñar bajo el cielo nocturno del Oriente! ¡Grande es la ciencia de Makachefa, grande el arte de reconocer los sentimientos del corazón! ¡Poderosas las fuerzas con las que Alá se ha permitido conmover las almas de las personas...!

Omar tomó su rollo de debajo de las flores que Dilaram había llevado. Pero no volvió a leer más. Se le cerraban los párpados y su cabeza cayó sobre los almohadones del diván. Así dormitó. A través del río, el viento nocturno llegaba más fresco y más intenso. La lámpara llameaba como si estuviera próxima a apagarse. De un lado a otro, ondeaban los tapices bordados con arabescos de oro sobre sentencias coránicas...

¡Hermosas son las noches de verano a orillas del Tigris! ¡Grande es el poder de los que han sido creados por Alá...!

Una barca ricamente engalanada en oro cruzó velozmente la superficie del río, iluminada por la Luna. El agua refulgía en destellos de plata bajo los remos de los seis esclavos negros que la conducían. Una mujer, envuelta en amplísimos velos, descansaba sobre un hermoso almohadón en la popa de la góndola. Bajo los velos, la mirada de los negros y fulgurantes ojos asaeteaba hacia los muros de las casas y jardines próximos a la ribera del río.

La mujer se incorporó sobre su asiento bajo la ventana de Omar, y dijo:

–¡Aquí!

Los negros levantaron los remos y la barca permaneció inmóvil. De un salto, la mujer de los velos se puso de pie. Así se mantuvo, como una elevada figura, con la mirada fija en la arqueada e iluminada ventana de la casa del joven. En su duermevela, tembloroso, Omar se movió con el pecho agitado, como si buscara el alivio de una pesada carga que lo oprimía. La lámpara llameó por última vez antes de apagarse. Una lira resonó muy tenuemente a través del aire. El joven se despertó y escuchó...

¡Ésa no era la voz de Dilaram! Los tonos que llegaban hasta sus oídos eran más cálidos, más exuberantes, más salvajes y sensuales; dejaron su corazón estremecido. ¡Esa no era la paz de su alma, no eran las amorosas canciones de cuna! Era el lenguaje de la pasión, de la pasión salvaje, del instinto, que se consume como la llama.

–¡La diosa de la boca de fuego!

–¡Aquí está otra vez! –murmuró el joven–. ¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí! ¿En qué le ha perturbado mi dichoso destino, mi paz? ¡Así viene cada noche, de manera que durante el día tengo que andar como en un sueño! ¡Pobre de mí!

Una silueta de hechizo lo atrajo irresistiblemente hacia la ventana. Inmóvil, la barca permanecía a poca distancia. Mudas, las gotas de los remos de la barca caían sobre el agua. Estrechamente envuelta en su albeante vestido, con el velo echado hacia atrás, la figura de la mujer se mantenía de pie. No se movió en el momento en que Omar apareció en el marco de la ventana. A sus pies estaba la lira con la cual lo había despertado...

–¡Pobre de mí! ¿Qué quiere esa mujer? ¿Qué quiere? –se decía Omar–. ¿Le hablaré...?

–¡Habla! –se oyó una voz, como si la extraña pudiera leer los pensamientos del corazón.

–¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué perturbas mi vida?

La figura levantó el brazo en señal de saludo.

–¡Ven!

–¡No te conozco! ¿Eres una mortal? ¿Eres un hada?

–¡Ven!

–Me inspiras temor...

Como a una señal oculta, los remos se sumergieron de nuevo en el agua. La barca dio un lento viraje.

–¡Ya voy, ya voy! –exclamó el joven.

Se levantó precipitada y alocadamente, abalanzándose contra el borde de la ventana. Descendió entre las vides que circundaban el arco. La barca se acercó como una flecha hasta el muro de la casa. Vacilante, se acercó a la seductora figura, como abrazado por un vértigo...

–¡Mírame! –dijo la mujer–. ¡Yo... te amo!

Omar guardó silencio. Estaba fascinado por el destello de los ojos, que resplandecían como brasas negras, semejantes a los ojos del ángel de la Muerte.

–¡Expulsa su imagen de tu corazón! –dijo la mujer–. ¡Ella es una niña! Sígueme a mí... Me perteneces, eres mío...

–¡Paz de mi corazón, paz de mi corazón! –murmuraba Omar como en un sueño.

Un miedo infinito lo estremecía. Podría apuñalar a la hermosa mujer; tomó la empuñadura de su filosa daga en el cinturón... ¡Ella sonreía...! Dejó caer la mano, sentía como si el Mundo circundante, toda su vida anterior, todos sus esfuerzos y sus propósitos se hubiesen perdido. Estaba solo con ella. ¡Todo era... ella...!

–Has ansiado salir de tu limitado espacio –dijo la mujer–. Tú no me conoces... Sin embargo, piensa como si yo fuese el Mundo... la vida...

La barca se deslizó con lentitud hacia la corriente, pero cuando hubo llegado al centro del agua su velocidad aumentó hasta que, finalmente, se precipitó río abajo impulsada por los remos de los mudos y negros esclavos... ¡Se acabó! Perdidos estaban los pensamientos de gloria y honor. Olvidada la paz del hogar paterno... ¡Paz de mi corazón!... ¡Perdida! ¡Perdida...!

Se quedó recostado a sus pies, su cabeza descansaba en su regazo. Su mano jugaba con sus rizos, ella le susurraba palabras al oído... Con los ojos cerrados, ignoraba el destino al que ella lo conducía. En esos momentos, él únicamente vivía bajo el hechizo mágico de su voz. Al abrir los ojos, vio encima suyo el negro cielo nocturno engalanado con el esplendor de las estrellas de Oriente. 

Vio inclinarse sobre sí su hermoso y magnífico rostro, entonces pálido bajo la luz de la Luna; miró muy de cerca sus ojos negros, semejantes al destello de las estrellas. Entonces se estremeció, estaba convertido en un niño carente de voluntad. Nada de él había quedado. ¡Todo era ella!

–¡Soy tuyo! ¡Soy tuyo! –murmuró, mientras ella sonreía.

–¡Ahora te conozco! –dijo él–. Eres la mágica reina Labe, la reina de los espíritus. Tú eres la vida, la libertad. Tú eres... ¡Ay, me vas a matar, lo sé, pero me amas... una noche... una hora!

Ella sonreía mientras la barca proseguía su rumbo.

Maravillosas son las noches de verano a orillas del Tigris...

Donde el Diala del desierto mezcla sus tibias aguas con las del gran río, un pobre pescador sacaba sus redes desde la orilla; sin prestarle mucha atención a sus presas, las dejaba caer sobre la tierra. Más tarde, vio en una olla del río flotar un cadáver hasta que quedó atrapado en un juncal de la orilla...

–Alá –exclamó el hombre–. ¡Qué joven y hermoso! –meneó la cabeza al arrastrar el cuerpo hacia la orilla.

Era notorio que estaba acostumbrado a semejantes cosas. Con ávida mano, despojó al cadáver de sus vestidos y le extrajo la daga del corazón. Desvalijado de esa manera, el pescador lo devolvió a las aguas con una patada.

–¡Vete! –dijo–. ¡Que Alá guíe tu alma al lugar de la piedad!

El cadáver siguió flotando hacia Seleusis, a la cual los fieles de hoy llaman Al-Modaín. Y paz de mi corazón.

–¿Qué le ocurre, señorita Lida? –exclamó el científico, levantándose precipitadamente y un tanto asustado.

–¡Luz, luz! –gimió la cantante con un miedo indescriptible en su voz–. ¡Por Dios, enciendan la luz!

Ninguno de los allí presentes se había dado cuenta de que, durante el fantástico relato del médico, había caído por completo la noche.

–¿Qué ha hecho usted, Hagen? –exclamó Ostermeier–. ¡Oh, Isis y Osiris! Esto sucede cuando uno escucha tales cuentos de fantasmas... 

El anillo - Joseph von Eichendorff

Rosa había bostezado varias veces durante la conversación. Faber lo notó y, como siempre se distinguiera por ser un admirador del bello sexo, se ofreció ante la complacencia de todos a narrar un cuento.

–Pero, por favor, que no sea un cuento rimado, pues sólo se les entiende a medias.

Entonces el grupo se hizo más cerrado; Faber se encaminó en medio de él y comenzó, mientras sus pasos continuaban entre un boscoso declive, la siguiente historia:

–Había una vez un caballero...

–Esto comienza como en un cuento...

Faber retomó su historia:

–Había una vez un caballero que vivía en lo profundo del bosque en su antiguo castillo, donde practicaba espirituales contemplaciones y penitencias. Ningún extranjero visitaba al santo varón, todos los caminos se hallaban cubiertos de tupida hierba y sólo la campanilla, que de tiempo en tiempo hacia sonar en el curso de sus oraciones, interrumpía el silencio dejándose escuchar en la claridad de la noche, adentrándose en la espesura del bosque. 

El caballero tenía una hija, la cual le inspiraba no pocos sobresaltos a causa de su manera de pensar, del todo diferente a la suya, y cuyo entero anhelo se dirigía únicamente a las cosas profanas. Por las noches, cuando se encontraba sentada ante su rueca y él le leía en sus viejos libros las historias maravillosas de los santos mártires, ella solía pensar entre sí:

“Pero eran realmente unos tontos.”

Y creía saber mucho más que su anciano padre. Este creía en todos esos milagros. Muchas veces, cuando él estaba ausente, ella hojeaba los libros y pintaba grandes bigotes sobre las imágenes de los santos.

Al oír esto, Rosa soltó una carcajada.

–¿De qué te ríes? –preguntó Leontín, un tanto picante.

Faber continuó con su relato:

–Ella era más hermosa e inteligente que todos los demás niños de su edad, por lo que siempre se avergonzaba de jugar con ellos; y quien hablaba con ella creía estar escuchando a una persona adulta. Con tal conocimiento y elocuencia conversaba con ellos. Además, sin sentir miedo y riéndose del viejo alcalde su padre, que le contaba cosas espantosas acerca del genio del agua, día y noche ella se paseaba en completa soledad por el bosque. Muchas veces, estando en medio del bosque o a la orilla del celeste río, gritaba con la voz agitada por las risas:

–¡Que el Genio del agua sea mi novio! ¡Que el Genio del agua sea mi novio!

Cuando su padre estaba a punto de morir, éste hizo llevar a su hija a su lecho de muerte y le entregó un enorme anillo labrado en oro puro y macizo. Le dijo entonces:

–Este anillo fue fabricado por una diestra mano hace cientos de años. Uno de tus antepasados lo obtuvo en Palestina en mitad de una batalla; allí se encontraba el anillo, completamente cubierto de sangre y arena; allí permaneció, inmaculado y reluciente, con un brillo tan claro y destellante que todos los caballos reparaban ante él, evitando pisarlo con su casco. Tu madre y tus antepasadas lo llevaron y, de este modo, Dios bendijo sus matrimonios. 

Tómalo tú también y contémplalo todas las mañanas con limpios pensamientos, así su destello aliviará y fortalecerá tu corazón. Pero si tus pensamientos y pareceres se inclinaran hacia lo malo, su brillo desaparecerá junto con la transparencia de tu alma e incluso te parecerá turbio. Consérvalo fielmente en tu mano hasta que encuentres un hombre virtuoso. Pues aquel que una vez lleve puesto este anillo, será por siempre tu marido fiel.

Con estas palabras, el anciano caballero murió. Ida, su hija, se quedó entonces sola. Conforme pasaba el tiempo, su miedo crecía al vivir en ese viejo castillo, y como hallase enormes tesoros en los sótanos de su padre, cambió de inmediato su manera de vivir.

–Gracias a Dios –dijo Rosa–, pues hasta entonces se había sentido bastante aburrida...

Faber reanudó el relato una vez más:

–Los obscuros arcos, portales y patios de la antigua fortaleza fueron derruidos y un castillo nuevo y luminoso de blancos y ligeros muros con pequeños torreoncillos se erigió al poco tiempo sobre los viejos escombros. A su lado mandó construir un amplio y hermoso jardín en medio del cual cruzaba el celeste río. 

Había miles de flores, altas y vistosas, entre las que se elevaban saltos de agua cerca de los cuales se paseaban plácidos terneros. El patio del castillo hormigueaba de caballos y de pajes ricamente ataviados, que cantaban alegres canciones para su bella dama que, entre tanto, se había hecho una mujer extraordinariamente hermosa. Por ello, ricos pretendientes llegaban a cortejarla desde todos los puntos de la tierra y los caminos que conducían al castillo resplandecían de jinetes, cascos y crestones.

Esto le agradaba enormemente a la doncella y, sin embargo, a pesar de su aprecio por todos los caballeros, a ninguno quiso darle su anillo, pues todo pensamiento en relación con el matrimonio le parecía odioso y ridículo:

–¡¿Para qué –se decía– he de ver marchita mi hermosa juventud representando el papel de una miserable ama de casa en esta apartada y aburrida soledad, en vez de ser libre como un ave en su vuelo?!

Por añadidura, todos los hombres le parecían tontos, ya fuese por ser demasiado torpes como para corresponder a sus bromas debido a su orgullosa pretensión de abrigar elevados propósitos en los que ella no creía. Y así, en su ceguera, se consideraba un hada encantadora en medio de monos y osos hechizados que tenían que bailar y atenderla, pendientes de cualquiera de sus gestos. Entre tanto, el anillo se hizo cada vez más obscuro.

Cierto día, la joven ofreció un vistoso banquete. Debajo de una hermosa tienda levantada en el centro del jardín se habían sentado las mujeres y los caballeros jóvenes que habitaban en las cercanías, y en el centro de todos la orgullosa doncella, como una reina, luciendo sus ademanes graciosos que resplandecían por encima del brillo de las perlas y gemas que ornamentaban su cuello y su pecho. 

Era como una manzana agusanada, tan rozagante y engañosa se aparecía. El dorado vino dio alegres vueltas, los caballeros le otorgaban a la joven sus miradas más atrevidas; voluptuosas y seductoras canciones se escuchaban sin cesar en el jardín, penetrando el aire estival. Entonces la mirada de Ida cayó por casualidad en el anillo. Éste se había vuelto obscuro y su apagado brillo despedía tan sólo un opaco destello. Se levantó en el acto y fue hacia el declive del jardín.

–¡Piedra tonta, no me molestarás más! –dijo, riéndose con loca alegría.

Se quitó el anillo y lo arrojó a la corriente del río. En su vuelo, el anillo describió un arco claro y luminoso y fue a sumergirse en seguida en las profundidades. Más tarde ella volvió al jardín, donde voluptuosos sonidos parecían alargar sus brazos hacia ella.

–Al otro día –prosiguió Faber– Ida se encontraba sola, sentada en el jardín, mirando hacia el río. Era mediodía. Todos sus huéspedes se habían marchado, la región entera estaba sumida en un sofocante silencio. Solitarias nubes de raras formas cruzaban con lentitud el claro cielo azul. A ratos, corría un viento súbito por la región y al instante parecía como si las rocas y los árboles se inclinaran y hablaran de ella. 

Ida sintió un escalofrío. De pronto, vio a un apuesto y esbelto caballero que llegaba por el camino, montado en un caballo blanco como la nieve. Brillaban su armadura y su casco de color azul marino, una cintilla del mismo color flotaba al viento, sus espuelas eran de cristal. La saludó amablemente, desmontó del caballo y se acercó a ella. 

Asustada, Ida dejó escapar un grito pues descubrió en su mano el viejo anillo prodigioso, que apenas el día anterior había arrojado al agua, y recordó en seguida las palabras que su padre le dijera en el lecho de su muerte. El apuesto caballero extrajo una triple cinta recamada con perlas y la colocó en el cuello de la doncella, la besó en la boca, la llamó su novia y le prometió llevarla a su casa esa misma noche. 

Ida no pudo responderle, pues todo le parecía verlo como en un profundo sueño; sin embargo, había escuchado muy bien al caballero, que le habló con encantadoras palabras que se mezclaban con los sonidos del río como si éste estuviera encima de ella, susurrando continua y confusamente. Más tarde, lo vio montar en su corcel blanco y galopar hacia el bosque, tan veloz que el viento soplaba a sus espaldas.

Al anochecer, desde una ventana del castillo, la joven miraba en dirección de las montañas, cubiertas ya por un grisáceo crepúsculo. Se preguntaba inútilmente una y otra vez quién podía ser ese apuesto caballero que tanto le agradaba. 

Una inquietud y un miedo que jamás había sentido invadieron su alma, y a medida que el paisaje obscurecía, ella se sentía mayormente oprimida por semejantes sentimientos. Tomó el laúd con objeto de distraerse. Le vino entonces a la mente una vieja canción que su padre cantaba a menudo, por las noches, cuando ella era niña, y que escuchaba al despertar en medio del sueño. Comenzó a cantar:

 

Aunque el Sol se tenga que ocultar

y a obscuras tengamos que permanecer,

podemos pese a ello cantar

la bondad de Dios y su poder,

pues ni la noche nos ha de impedir

su justo elogio cumplir.

 

Entre tanto, unas lágrimas escaparon de sus ojos y tuvo que dejar el laúd; tanto era su dolor.

Al fin, afuera había obscurecido por completo; de pronto escuchó un estrépito de extrañas voces y cascos de caballo. El patio del castillo se vio en un momento inundado con luces flotantes entre cuyos destellos ella vio un furioso hormiguero de coches, caballos, caballeros y damas. 

Los invitados a la boda pronto se distribuyeron en la amplitud de todo el castillo, siéndole evidente que se trataba de sus viejos conocidos que apenas la víspera habían asistido a su banquete. El apuesto novio, de nuevo totalmente vestido en seda azul marino, se acercó a ella y alegró al instante su corazón con expresiones dulces y graciosas; los músicos tocaban sus instrumentos con vivo entusiasmo, unos pajes escanciaban vino y todo el mundo bailaba y se regalaba en medio de un alegre barullo.

Durante la fiesta, Ida se colocó junto a su novio frente a la ventana abierta. A sus pies, la región se hallaba distante y en completo silencio, como si toda ella fuese una tumba; sólo el río susurraba hacia lo alto desde el obscuro declive.

–¿Qué pájaros negros son esos que vuelan lentamente en largas hileras? –preguntó Ida.

–Vuelan durante toda la noche –dijo el novio–, y simbolizan tu boda.

–¿Quién es toda esa gente extraña –volvió a preguntar Ida– que está tranquilamente sentada en las piedras a un lado del río?

–Son mis sirvientes –dijo el novio–. Y nos aguardan.

Entre tanto, lustrosas bandadas comenzaron a elevarse en el cielo y a lo lejos, desde los valles, se escuchaban los cantos de los gallos.

–Hace frío –dijo Ida, y cerró la ventana.

–En mi casa hace aún más –respondió el novio, e Ida se estremeció instintivamente.

Entonces él la tomó del brazo y la condujo, en medio del alegre gentío, a bailar. No tardaría en amanecer, las velas de la sala aún parpadeaban, aunque mortecinamente. Ida bailaba mientras tanto, con su novio a quien veía cada vez más pálido, a medida que el día se acercaba. 

Afuera, más allá de las ventanas, vio llegar a largos hombres de singulares rostros, quienes se instalaban en el interior de la sala. Asimismo, los rostros de los demás huéspedes e invitados se fueron transformando poco a poco hasta semejar unos semblantes cadavéricos.

–¡Dios mío! ¿Con quién he convivido durante este tiempo? –gritó.

La mucha fatiga le impidió escapar y no pudo ni siquiera zafarse, mas el novio la sostuvo firmemente abrazada y continuó bailando hasta que cayó al suelo, desvanecida.

Al amanecer, cuando el Sol brillaba alegremente por encima de las cordilleras, el jardín del castillo se veía solitario en la montaña, no había un alma y todas las ventanas permanecían abiertas.

Tiempo después, cuando los viajeros pasaban junto al río bajo el claro brillo de la Luna, o incluso al mediodía, veían con frecuencia a una joven muchacha surgir en medio de la corriente, con el desnudo torso fuera del agua. Era en verdad hermosa, aunque tan pálida que parecía la muerte.

El hombre de arena - E. T. A. Hoffmann (parte 4)

Nadie podría imaginar algo tan extraño y maravilloso como lo que le sucedió a mi pobre amigo, el joven estudiante Nataniel, y que voy a referirte, lector. ¿Acaso no has sentido alguna vez tu interior lleno de extraños pensamientos? ¿Quién no ha sentido latir su sangre en las venas y un rojo ardiente en las mejillas? 

Las miradas parecen buscar entonces imágenes fantásticas e invisibles en el espacio y las palabras se exhalan entrecortadas. En vano los amigos te rodean y te preguntan qué te sucede. Y tú querrías pintar con sus brillantes colores, sus sombras y sus luces destellantes, las vaporosas figuras que percibes, y te esfuerzas inútilmente en encontrar palabras para expresar tu pensamiento. 

Querrías reproducir con una sola palabra todo cuanto estas apariciones tienen de maravilloso, de magnífico, de sombrío horror y de alegría inaudita, para sacudir a los amigos como con una descarga eléctrica, pero toda palabra, cada frase, te parece descolorida, glacial, sin vida. Buscas y rebuscas, y balbuces y murmuras, y las tímidas preguntas de tus amigos vienen a golpear, como el soplo del viento, tu ardiente imaginación hasta acabar apagándola. 

Pero si tú, como un hábil pintor, trazas un rápido esbozo de tales imágenes interiores, del mismo modo puedes también animar con poco esfuerzo los colores y hacerlos cada vez más brillantes, y las diversas figuras fascinan a los amigos que te ven en medio del mundo que tu alma ha creado. 

Debo confesar que, a mí, querido lector, nadie me ha preguntado por la historia del joven Nataniel; pero tú sabes que yo pertenezco a esa clase de autores que cuando se encuentra en el estado de ánimo que acabo de describir se imagina que cuantos lo rodean, e incluso el mundo entero, le preguntan, «¿qué te pasa?, ¡cuéntanos!». Así, una fuerza poderosa me obliga a hablarte del fatal destino de Nataniel. 

Su vida singular me impresionaba, y por esta razón me atormentaba la idea de comenzar su historia de una manera significativa, original. «Érase una vez…» bonito principio, para aburrir a todo el mundo. «En la pequeña ciudad de S…, vivía…» algo mejor, si se tiene en cuenta que prepara ya el desenlace. 

O bien entrar in medias res:
«—¡Váyase al diablo! —exclamó colérico con los ojos llenos de furia y de espanto el estudiante Nataniel cuando el vendedor de barómetros Giuseppe Coppola…». 

Así había empezado ya a escribir cuando creí ver algo de burla en la enfurecida mirada de Nataniel, aunque la historia no es en absoluto divertida. No me vino a la mente ninguna frase que reflejara el estallido de colores de la imagen que brillaba en mi interior. Decidí entonces no empezar. Toma, querido lector, las tres cartas que mi amigo Lotario me invitó a compartir como el esbozo del cuadro que me esforzaré, en el curso de la narración, en animar cada vez con más colorido, lo mejor que pueda.

Quizá consiga, como un buen retratista, dar a algún personaje un toque expresivo de manera que al verlo lo encuentres parecido al original, aun sin conocerlo, y te parecerá verlo en persona. Quizá creerás, lector, que no hay nada tan maravilloso y fantástico como la vida real, y que el poeta se limita a recoger un pálido brillo, como en un espejo sin pulir.

Para que desde el principio quede claro lo que es necesario saber, hay que añadir como aclaración a las cartas que, inmediatamente después de la muerte del padre de Nataniel, Clara y Lotario, hijos de un pariente lejano también recientemente fallecido, fueron recogidos por la madre de aquel.

Clara y Nataniel sintieron una fuerte inclinación mutua, contra la que nadie tuvo nada que oponer. Estaban, pues, prometidos cuando Nataniel abandonó la ciudad para proseguir sus estudios en G. Aquí se encuentra mientras escribe su última carta y asiste al curso del célebre profesor de física Spalanzani.

Ahora podría continuar mi relato tranquilamente, pero la imagen de Clara se presenta ante mis ojos tan llena de vida que no puedo apartarla de mí, como me pasaba siempre que me miraba dulcemente. No podía decirse que Clara fuese bella, esto pensaban al menos los entendidos en belleza. Sin embargo, los arquitectos elogiaban la pureza de las líneas de su talle; los pintores decían que su nuca, sus hombros y su seno eran tal vez demasiado castos, pero todos amaban su maravillosa cabellera que recordaba a la de la Magdalena y coincidían en el color de su tez, digno de un Battoni. 

Uno de ellos, un auténtico extravagante, comparaba sus ojos a un lago de Ruisdael, donde se reflejan el azul del cielo, el colorido del bosque y las flores del campo, la vida apacible. 

Poetas y virtuosos iban más lejos y decían:
—¡Cómo hablan de lagos y de espejos! No podemos contemplar a esta muchacha sin que su mirada haga brotar de nuestra alma cantos y armonías celestes que nos sobrecogen y nos animan. ¿Acaso no cantamos nosotros también, y alguna vez hasta creemos leer en la tenue sonrisa de Clara que es como un cántico, no obstante algunos tonos disonantes?

Así era. Clara poseía la imaginación alegre y vivaz de un niño inocente, un alma de mujer tierna y delicada, y una inteligencia penetrante y lúcida.

Los espíritus ligeros y presuntuosos no tenían nada que hacer a su lado, pues ella, sin muchas palabras, conforme a su temperamento silencioso, parecía decirles con su mirada transparente y su sonrisa irónica: «Queridos amigos, ¿pretenden que mire sus tristes sombras como auténticas figuras animadas y con vida?». 

Por esta razón Clara fue acusada por muchos de ser fría, prosaica e insensible. Pero otros, que veían la vida con más claridad, amaban fervorosamente a esta joven y encantadora muchacha; pero nadie tanto como Nataniel, quien se dedicaba a las ciencias y a las artes con pasión. Clara le correspondía con toda su alma. 

Las primeras nubes de tristeza pasaron por su vida cuando se separó de ella. ¡Con cuánta alegría se arrojó en sus brazos cuando él, al volver a su ciudad natal, entró en casa de su madre, como había anunciado en su última carta a Lotario! 

Sucedió entonces lo que Nataniel había imaginado; en el momento en que volvió a ver a Clara desapareció la imagen del abogado Coppelius y la fatal y razonable carta de Clara, que tanto lo había contrariado.

Sin embargo, Nataniel tenía razón cuando escribía a su amigo Lotario que su encuentro con el repugnante vendedor de barómetros había ejercido una funesta influencia en su vida. 

Todos sintieron desde los primeros días de su estancia que Nataniel había cambiado su forma de ser. Se hundía en sombrías ensoñaciones y se comportaba de un modo extraño, no habitual en él. La vida era sólo sueños y presentimientos; hablaba siempre de cómo los hombres, creyéndose libres, son sólo juguete de oscuros poderes, y humildemente deben conformarse con lo que el destino les depara. 

Aún iba más lejos, y afirmaba que era una locura creer que el arte y las ciencias pueden ser creados a nuestro antojo, puesto que la exaltación necesaria para crear no proviene de nuestro interior sino de una fuerza exterior de la que no somos dueños.

Clara no estaba de acuerdo con esos delirios místicos pero era inútil refutarlos. Sólo cuando Nataniel afirmaba que Coppelius era el principio maligno que se había apoderado de él en el momento en que se escondió tras la cortina para observarlo, y que aquel demonio enemigo turbaría su dichoso amor, Clara decía seriamente:

—Sí, Nataniel, tienes razón, Coppelius es un principio maligno y
enemigo, puede actuar de forma espantosa, como una fuerza diabólica que se introduce visiblemente en tu vida, pero sólo si no lo destierras de tu pensamiento y de tu alma. Mientras tú creas en él, existirá; su poder está en tu credulidad.

Nataniel, irritado al ver que Clara sólo admitía la existencia del demonio en su interior, quiso probársela por medio de doctrinas místicas de demonios y fuerzas oscuras, pero Clara interrumpió la discusión con una frase indiferente, con gran disgusto de Nataniel. 

Pensó entonces que las almas frías encerraban estos profundos misterios sin saberlo, y que Clara pertenecía a esta naturaleza secundaria, por lo cual decidió hacer todo lo posible para iniciarla en tales secretos. Al día siguiente, mientras Clara preparaba el desayuno, fue a su lado y empezó a leer diversos pasajes de libros místicos, hasta que Clara dijo:

—Pero, mi querido Nataniel, ¿y si yo te considerase a ti como el
principio diabólico que actúa contra mi café? Porque, si me pasara el día escuchándote mientras lees y mirándote a los ojos como tú quieres, el café herviría en el fuego y no desayunaríais ninguno.

Nataniel cerró el libro de golpe y se dirigió malhumorado a su
habitación. En otro tiempo había escrito cuentos agradables y animados que Clara escuchaba con indescriptible placer, pero ahora sus composiciones eran sombrías, incomprensibles, vagas, y podía sentir en el indulgente silencio de Clara que no eran de su gusto. 

Nada era peor para Clara que el aburrimiento; su mirada y sus palabras dejaban ver que el sueño se apoderaba de ella. Las obras de Nataniel eran de hecho muy aburridas. Su disgusto por el frío y prosaico carácter de Clara fue en aumento, y Clara no podía vencer el mal humor que le producía el sombrío y aburrido misticismo de Nataniel; y así, sus almas se fueron alejando una de otra, sin que se dieran cuenta.

La imagen del odioso Coppelius, como el mismo Nataniel podía reconocer, cada vez era más pálida en su fantasía, y hasta le costaba a menudo un esfuerzo darle vida y color en sus poemas, donde aparecía como un horrible espantajo del destino. Finalmente, el atormentado presentimiento de que Coppelius destruiría su amor le inspiró el tema de una de sus composiciones. 

Se describía a él mismo y a Clara unidos por un amor fiel, pero de vez en cuando una mano amenazadora aparecía en su vida y les arrebataba la alegría. Cuando por fin se encontraban ante el altar aparecía el horrible Coppelius que tocaba los maravillosos ojos de Clara; estos saltaban al pecho de Nataniel como chispas sangrientas encendidas y ardientes, luego Coppelius se apoderaba de él, lo arrojaba a un círculo de fuego que giraba con la velocidad de la tormenta y lo arrastraba en medio de sordos bramidos, de un rugido como cuando el huracán azota la espuma de las olas en el mar, que se alzan, como negros gigantes de cabeza blanca, en furiosa lucha. En medio de aquel salvaje bramido oyó la voz de Clara:

—¿No puedes mirarme? Coppelius te ha engañado, no eran mis ojos los que ardían en tu pecho, eran ardientes gotas de sangre de tu propio corazón… yo tengo mis ojos, ¡mírame!

Nataniel piensa: «Es Clara, y yo soy eternamente suyo». Es como si dominase el círculo de fuego donde se encuentra, y el sordo estruendo desaparece en un negro abismo. Nataniel mira los ojos de Clara, pero es la muerte la que lo contempla amigablemente con los ojos de Clara.

Mientras Nataniel escribía este poema estaba muy tranquilo y reflexivo, limaba y perfeccionaba cada línea, y volcado por completo en la rima, no descansaba hasta conseguir que todo fuera puro y armonioso. Cuando terminó y leyó el poema en voz alta, el horror se apoderó de él y exclamó espantado:
—¿De quién es esa horrible voz?

Enseguida le pareció, sin embargo, que había escrito un poema excelente, y que podría inflamar el frío ánimo de Clara, sin darse cuenta de  que así conseguiría sobresaltarla con terribles imágenes que presagiaban un destino fatal que destruiría su amor.

Nataniel y Clara se hallaban sentados en el pequeño jardín de su madre. Clara estaba muy alegre porque Nataniel, desde hacía tres días durante los cuales había trabajado en el poema, no la había atormentado con sus sueños y presentimientos. También Nataniel hablaba con entusiasmo y alegría de cosas divertidas, de modo que Clara dijo:
—Ahora vuelvo a tenerte, ¿ves cómo hemos desterrado al odioso Coppelius?

Nataniel entonces se acordó de que llevaba el poema en el bolsillo y de que deseaba leérselo. Sacó las hojas y comenzó su lectura. Clara, esperando algo aburrido como de costumbre, y resignándose, empezó a hacer punto. Pero, del mismo modo que se van levantando los negros y cada vez más sombríos nubarrones, dejó caer su labor y miró fijamente a Nataniel a los ojos. 

Este seguía su lectura fascinado, con las mejillas encendidas y los ojos llenos de lágrimas. Cuando terminó suspiró profundamente abatido, cogió la mano de Clara y sollozando exclamó desconsolado:
—¡Ah, Clara, Clara! —Clara lo estrechó contra su pecho y le dijo
dulcemente pero seria:
—Nataniel, querido Nataniel, ¡arroja al fuego esa loca y absurda historia!
Nataniel se levantó indignado y exclamó apartándose de Clara:
—Eres un autómata inanimado y maldito —y se alejó corriendo.
Clara se echó a llorar amargamente, y decía entre sollozos:
—Nunca me ha amado, pues no me comprende.