Me detuve camino del aeropuerto de Staten Island
para llamar por teléfono. Indudablemente fue un error, puesto que tenía la
oportunidad de conseguirlo de otra manera. Pero en la oficina se mostraron
amables.
—Retrasaremos la salida cinco minutos —dijo el
empleado—. No podemos hacer nada más.
Así pues, volví a mi taxi, nos elevamos hasta el
tercer nivel y recorrimos el puente Staten como un cometa que avanza por un
arco iris de acero. Yo tenía que estar en Moscú al anochecer, a las veinte
horas para ser exactos, con objeto de asistir a la apertura de ofertas sobre el
túnel de los Urales ya que el gobierno exigía la presencia personal de un
agente de cada licitador.
Pienso que la empresa hubiese podido designar a
alguien mejor que yo, Dixon Wells, aunque la N. J. Wells Corporation es, por
decirlo así, mi padre. Yo me había labrado una..., bien, una inmerecida
reputación de llegar tarde a todo. Jamás dejaba de faltarme el acontecimiento
inesperado que me retrasaba; no era nunca culpa mía.
Esta vez fue un encuentro
casual con mi antiguo profesor de física, el viejo Haskel van Manderpootz, No
podía limitarme a un «cómo está usted» y a decirle adiós; yo había sido uno de
sus favoritos en el curso universitario de 2014.
Perdí el avión, por supuesto. Me hallaba todavía en
el puente Staten cuando oí el rugido de la catapulta y vi cómo el cohete soviético
«Baikal», con su larga cola llameante, zumbaba sobre nosotros como una bala
trazadora.
Sin embargo, conseguimos el contrato lo cual no
sirvió para mejorar mi reputación: la empresa había llamado a nuestro agente
en Beirut y fue él quien voló a Moscú. No obstante, me sentí muchísimo mejor
cuando vi los periódicos de la tarde: el «Baikal», al intentar una maniobra
para sortear una tormenta había chocado con un transporte británico y sólo se
salvaron cien de los quinientos pasajeros. Había estado a un paso de
convertirme en el difunto señor Wells.
Concerté una cita para la semana siguiente con el
viejo Van Manderpootz. Al parecer lo habían trasladado a la universidad de
Nueva York como jefe del departamento de Física Moderna, esto es, de
Relatividad.
Se lo merecía; el buen anciano era un genio y aún ahora, ocho años
después de salir de la universidad, yo recordaba más de su curso que de media
docena en cálculo, vapor, gas, mecánica y otras materias necesarias para la
educación de un ingeniero. Así pues, la noche del martes acudí a nuestra
cita... a decir verdad con una hora de retraso. Hasta media tarde no recordé el
compromiso.
El profesor estaba leyendo en una habitación tan
desordenada como de costumbre.
—Vaya —gruñó—, veo que el tiempo lo cambia todo,
menos la costumbre. Eras un buen estudiante, Dick, pero creo recordar que
siempre llegabas a clase a mitad de la conferencia.
—Es que siempre tenía alguna otra en una facultad
distinta —me disculpé—. Me era imposible llegar a tiempo.
—Bien, ya es hora de que aprendas a llegar a tiempo
—rezongó. Luego sus ojos relampaguearon—. ¡Tiempo! —exclamó—, La palabra más
fascinante que existe en todo el idioma. La hemos usado ya cuatro veces en el
primer minuto de nuestra conversación. Cada uno de nosotros entiende al
interlocutor, sin embargo la ciencia no está más que comenzando a aprender el
significado de esa palabra. ¿He dicho ciencia? Quiero decir que estoy
aprendiendo a comprender.
Me senté.
—Usted y la ciencia son sinónimos —sonreí—. ¿No es
usted uno de los más relevantes físicos del mundo?
—¡Uno de ellos! —resopló—. Uno de ellos, ¿eh? ¿Y
quiénes son los demás?
—Pues Corveille, Hastings, Shrinski...
—¡Bah! ¿Vas a mencionarlos en la misma frase donde
figure el nombre de Van Manderpootz? No son más que chacales que se alimentan
de las migajas que caen de mi banquete de pensamientos. Si hubieses retrocedido
al siglo pasado, habrías encontrado nombres como los de Einstein y De Sitter,
dignos tal vez de codearse con el de Van Manderpootz.
Otra vez sonreí, divertido.
—Einstein no estaba mal considerado, ¿ verdad?
—comenté—. Después de todo, fue el primero que enlazó tiempo y espacio en el
laboratorio. Antes de él, no eran más que conceptos filosóficos.
—¡No lo hizo! —protestó el profesor—. Tal vez de una
manera oscura y primitiva mostró el camino, pero yo, yo, Van Manderpootz, he
sido el primero en apoderarme del tiempo, arrastrarlo a mi laboratorio y
experimentar allí con él.
—¿De veras? ¿Qué clase de experimento?
—¿Qué experimento que no sea la simple medición es
posible realizar? —replicó él.
—Pues... no lo sé. ¿Viajar en él?
—Exactamente.
—¿Como esas máquinas del tiempo que son tan
populares en las revistas? ¿Poder ir hacia el futuro o hacia el pasado?
—¡Tonterías! El futuro o el pasado, ¡uf! No se
necesita ser ningún Van Manderpootz para ver la falacia que se esconde en eso.
Ya Einstein nos lo demostró.
—¿Cómo? Pero es concebible, ¿no?
—¿Concebible? ¿Y tú, Dixon Wells, estudiaste con Van
Manderpootz? —Se puso rojo de emoción, luego recobró una calma ceñuda—.
Escúchame. Sabes cómo el tiempo varía con la velocidad de un sistema, la
relatividad de Einstein.
—Sí.
—Muy bien. Pues supón ahora que el gran ingeniero
Dixon Wells inventa una máquina capaz de viajar a una velocidad enorme, digamos
a nueve décimas partes de la velocidad de la luz. ¿Me sigues? Bien.
Luego
llenas de combustible esa nave milagrosa para una pequeña excursión de un
millón de kilómetros, lo que, puesto que la masa, y con ella la inercia,
aumenta según la fórmula de Einstein con la velocidad, consume todo el
combustible del mundo. Pero tú lo resuelves: utilizas energía atómica.
Entonces, puesto que a nueve décimas partes de la velocidad de la luz tu nave
pesa tanto como el Sol, desintegras Norteamérica para proporcionarte suficiente
potencia motriz. Arrancas a esa velocidad, a doscientos setenta mil kilómetros
por segundo; la aceleración te ha hecho morir aplastado, pero has penetrado en
el futuro. —Hizo una pausa, sonriendo sarcásticamente—. ¿No es así?
—Sí.
—¿Y cuánto tiempo? Vacilé.
—¡Usa la fórmula de Einstein! —chilló—. ¿Cuánto
tiempo? Voy a decírtelo: ¡un segundo! —Esbozó una triunfal sonrisa burlona—.
Así es como resulta posible viajar en el futuro. Y en cuanto al pasado... En
primer lugar, tendrías que superar la velocidad de la luz, lo que
inmediatamente exige el uso de un número más que infinito de caballos de
vapor.
Vamos a suponer que el gran ingeniero Dixon Wells resuelve también ese
pequeño problema, aunque la energía extraída de todo el universo no es un
número infinito de caballos de vapor. Entonces aplica este poder más que
infinito para viajar a trescientos treinta mil kilómetros por segundo durante
diez segundos. Y ya ha penetrado en el pasado. ¿En cuánto tiempo?
Vacilé de nuevo.
—Te lo diré. En un segundo. —Me miró con ojos
llameantes—. Ahora todo lo que tienes que hacer es diseñar una máquina así, y
Van Manderpootz admitirá la posibilidad de viajar en el futuro durante un
limitado número de segundos. En cuanto al pasado, he tratado de explicarte que
toda la energía del universo es insuficiente.
—Pero —tartamudeé desconcertado—, usted mismo
acababa de decir que...
—No dije nada de viajar ni en el futuro ni en el
pasado, cosa, como te acabo de demostrar, imposible: una imposibilidad práctica
en un caso y una imposibilidad absoluta en el otro.
—Entonces, ¿cómo viaja usted en el tiempo?
—Ni siquiera Van Manderpootz puede realizar lo
imposible —dijo el profesor, ahora tenuamente jovial. Dio unas palmaditas a un
grueso montón de holandesas, que tenía en la mesa junto a él—. Mira, Dick, esto
es el mundo, el universo. —Pasó un dedo sobre él—. Es largo en tiempo y
—pasando la mano de arriba abajo— es ancho en espacio, pero —ahora aplastando
el dedo contra el centro del montón— es muy delgado en la cuarta dimensión.
Van
Manderpootz adopta siempre el rumbo más corto, el más lógico. Yo no viajo a lo
largo del tiempo, ni hacia el pasado ni hacia el futuro. No. No viajo a través
del tiempo, al sesgo.
Tragué saliva.
—¡Al sesgo! ¿Qué quiere decir eso? ¿Qué puede haber
ahí?
—¿Qué es lo que puede haber? —resopló—. Por delante
está el futuro; por detrás, el pasado. Esos son reales, los mundos del pasado y
del futuro. ¿Qué mundos no son ni pasados ni futuros, sino contemporáneos y sin
embargo extratemporales, mundos que existen, por decirlo así, en un tiempo
paralelo al nuestro?
Sacudí la cabeza.
—¡Idiota! —me increpó—. ¡Los mundos condicionales,
naturalmente! Los mundos «si». Por delante están los mundos que van a ser; por
detrás están los mundos que fueron; a ambos lados están los mundos que podrían
haber sido: los mundos «si».
—¿Cómo? —pregunté, desconcertado—. ¿Quiere usted
decir que puede ver lo que ocurrirá?
—¡No! —resopló—, Mi máquina no revela el pasado ni
predice el futuro. Mostrará, como te dije antes, los mundos condicionales.
Podrías expresarlo así: «Tal cosa o tal otra habrían sucedido si yo hubiera
actuado de esta o de esa manera».
—Pero, ¿cómo diablos consigue eso la máquina?
—Para Van Manderpootz es algo muy sencillo. Utilizo
luz polarizada, no en planos horizontales o verticales, sino polarizada en
dirección de la cuarta dimensión, un asunto fácil. No hay más que utilizar
espato de Islandia a una presión colosal, eso es todo.
Y como los mundos son
muy delgados en la dirección de la cuarta dimensión, basta con el espesor de
una sola onda de luz, aunque sea de millonésimas de milímetro. Una considerable
mejora sobre el viaje en el tiempo hacia el pasado o el futuro con sus
velocidades imposibles y sus distancias ridículas.
—Pero..., esos mundos «si», ¿son reales?
—¿Reales? ¿Qué es real? Son reales, quizás, en el
sentido de que uno es un número real como opuesto a raíz de menos uno, que es
imaginario. Son los mundos que habrían sido si... ¿Comprendes ahora?
Asentí.
—Un poco. Usted podría ver, por ejemplo, lo que
habría sido Nueva York si las Trece Colonias hubiesen perdido la guerra contra
Inglaterra.
—Ese es el principio, cierto, pero no podrías verlo
en la máquina, parte de ella es un psicómata Horsten, robado de una de mis
ideas, dicho sea de paso; tú, el usuario, llegas a formar parte del artilugio.
Es necesario que tu propia mente suministre el fondo de la acción.
Por ejemplo,
si George Washington pudiese haber usado el mecanismo después de firmada la
paz, podría haber visto lo que tú sugieres. Nosotros no podemos. Tú no puedes
ni siquiera ver lo que habría sucedido de no haber inventado yo ese chisme. En
cambio, yo sí puedo. ¿Comprendes?
—Desde luego. Usted quiere decir que el fondo de lo
ocurrido tiene que hallarse en las pasadas experiencias del usuario.
—Te estás haciendo inteligente —se burló él—. Sí, El
aparato te mostrará diez horas de lo que habría sucedido si... Condensado,
naturalmente, como en una película, a media hora de nuestro tiempo real. —Oiga,
eso me parece interesante.
—¿Te gustaría verlo? ¿Hay algo que te gustaría
averiguar? ¿Algo en tu vida que preferirías haber cambiado?
—Yo diría que miles de cosas. Me gustaría saber qué
habría sucedido si hubiese vendido mi existencia de mercancías en 2009 en
lugar de en 2010. Entonces yo era un millonario indiscutible, pero tardé...,
bien, tardé un poco en vender.
—Como de costumbre —comentó Van Manderpootz—. Vamos
al laboratorio.
La residencia del profesor estaba a una manzana del
campus universitario. Me llevó al pabellón de física y de allí a su propio laboratorio
de investigación, muy parecido al que yo había visitado en mis años de
estudiante.
El aparato, que él llamaba «subjuntivisor», puesto que operaba en
mundos hipotéticos, ocupaba toda la mesa del centro. En su mayor parte se
trataba de un psicómata Horsten, pero agente polarizador, el prisma de espato
de Islandia de una transparencia cristalina, él era el corazón del instrumento.
Van Manderpootz señaló a la pieza principal.
—Enchúfala —me ordenó, Y yo me senté mirando
fijamente la pantalla del psicómata.
Supongo que todo el mundo está familiarizado con el
psicómata Horsten. Hace pocos años tuvo tanto éxito como el tablero ouija hace
un siglo. Sin embargo, no es precisamente un juguete; a veces, lo mismo que el
tablero ouija, constituye una ayuda real para la memoria.
Se consigue que un
amasijo de sombras vagas y coloreadas se deslice por la pantalla y uno las mira
mientras contempla cualquier escena o circunstancia que está tratando de
recordar. Un dial permite cambiar la disposición de luces y sombras, y cuando,
por casualidad, el dibujo corresponde con el cuadro mental del espectador, ¡ya
está! Allí aparece la escena recreada ante los ojos de éste. Por supuesto, es
su propia mente quien añade los detalles.
En realidad, todo lo que la pantalla
muestra son manchas coloreadas, luces y sombras, pero el conjunto puede
resultar asombrosamente real. En ocasiones, yo podría haber jurado que el
psicómata mostraba cuadros casi tan nítidos y detallados como la realidad; la
ilusión es a veces tan asombrosa como para llegar a eso.
Van Manderpootz apagó la luz y el juego de sombras
comenzó.
—Ahora recuerda las circunstancias que determinaban
el mercado, digamos medio año antes de su hundimiento, Gira el botón hasta que
el cuadro se aclare, luego para. En ese momento yo dirigiré la luz del
subjuntivisor sobre la pantalla y tú no tienes más que mirar.
Hice lo que me había indicado. Se formaron y
desaparecieron cuadros momentáneos. Los sonidos engendrados por el artilugio
zumbaban como voces distantes, pero sin la sugerencia añadida por el cuadro no
significaban nada. Mi propio rostro centelleaba y se disolvía hasta que, por
fin, lo tuve. Me contemplé a mí mismo sentado en una habitación mal definida;
eso era todo. Solté el botón e hice un ademán.
Siguió un chasquido. La luz se enturbió, luego se
abrillantó. La escena se perfiló y, sorprendido, vi emerger a mi lado la figura
de una mujer. La reconocí; era Whimsy White, estrella de primera magnitud en
la televisión, primera actriz del programa «Variedades de 09». Se veía algo
cambiada, pero la reconocí.
Trataré de resumir la situación. Había estado
persiguiéndola durante los años de la prosperidad, tratando de casarme con ella
mientras el viejo N. J. se enfurecía y despotricaba amenazando con desheredarme
y dejarlo todo a la Sociedad para la recuperación del desierto de Gobi.
Creo
que aquellas amenazas fueron las que impidieron a Whimsy aceptarme, pero
después que retiré mi propio dinero y lo convertí en un par de millones en
aquel mercado loco de 2008 y 2009, se ablandó. Temporalmente, claro.
Cuando el
mercado se hundió en la primavera de 2010 y me vi obligado a volver junto a mi
padre y a entrar en la empresa de N. J. Wells, los favores de Whimsy
decrecieron una docena de puntos. En febrero estábamos prometidos, en abril
apenas nos hablábamos. En mayo me despidieron. Una vez más había llegado tarde.
Y ahora, allí la tenía, en la pantalla del
psicómata, indudablemente más gorda y ni mucho menos tan bonita como mi
memoria la recordaba. Me estaba mirando con una expresión de hostilidad y yo le
contestaba con iguales miradas furiosas. Los zumbidos se convirtieron en voces.
—¡Tú, zángano! —chilló ella—, No puedes tenerme
enterrada aquí. Necesito volver a Nueva York, donde hay un poco de vida. Me aburrís
tú y tu golf.
—Y a mí me aburrís tú y tu pandilla de chiflados.
—Por lo menos están vivos. Tú eres un cadáver
andante. Simplemente porque tuviste suerte para hacer dinero en el momento
oportuno, te crees una especie de dios.
—Bueno, no creo que tú seas Cleopatra. Esos amigos
tuyos se arrastran detrás de ti porque das fiestas y gastas dinero, mi dinero.
—Mejor es gastarlo así que aporreando una pelota de
un lado a otro del monte.
—¿Tú crees? Deberías probarlo, Marie. —Ese era su
nombre verdadero—. Te ayudaría a conservar la línea, aunque dudo que sea
posible,
Me miró con ojos centelleantes de rabia y... bien,
fue una penosa media hora. No contaré todos los detalles, pero lo cierto es que
me alegré cuando la pantalla se disolvió en coloreadas nubes sin sentido.
—¡Uf! —resoplé, mirando a Van Manderpootz, que había
estado leyendo.
—¿Te ha gustado?
—¡Gustado! Mire, me parece que tuve una suerte
enorme cuando me dejaron sin un céntimo. De ahora en adelante no lo lamentaré
en lo más mínimo.
—Esa —dijo el profesor grandilocuentemente— es la
gran contribución de Van Manderpootz a la felicidad humana. De todas las
lamentaciones, la más triste es: «¡Podría haber sido!» Y eso ya no es verdad,
amigo Dick. Yo, Van Manderpootz, he demostrado que la exclamación correcta es:
«¡Podría haber sido... peor!»
Era muy tarde cuando volví a casa y,
consiguientemente, muy tarde cuando me levanté, e igualmente tarde cuando llegué
a la oficina. Mi padre se irritó de un modo innecesario, pero exageró al decir
que nunca llego a tiempo. Se olvida de las ocasiones en que me ha despertado y
me ha llevado con él literalmente a rastras.
Tampoco era necesario que se
refiriese tan sarcásticamente a mi retraso en ocasión del viaje con el
«Baikal», Le recordé el trágico fin del avión cohete, y me respondió fríamente
que de no haberme retrasado, el «Baikal» habría salido a su hora y no habría
chocado con el transporte británico.
También fue igualmente superfluo que
mencionara el hecho de que cuando concertábamos pasar unas semanas de golf en
las montañas, incluso la primavera se retrasaba. Yo no podía hacer nada en ese
caso.
—Dixon —concluyó—, no tienes ni la menor idea de lo
que es el tiempo. Ni la menor idea.
Me acordé de la conversación mantenida con Van
Manderpootz y me sentí impulsado a preguntar:
—¿Y la tiene usted, señor?
—La tengo —respondió ceñudamente—. Claro que la tengo.
El tiempo —dijo como un oráculo— es dinero.
Uno no puede argüir frente a semejante punto de
vista.
Pero aquellas alusiones suyas escocían,
especialmente la relativa al «Baikal», Yo podía ser un remolón, pero resultaba
difícilmente concebible que mi presencia a bordo del avión cohete hubiese
podido evitar la catástrofe.
Era un pensamiento que me irritaba. En cierto
modo, me hacía responsable de las muertes de aquellos centenares de personas y
eso no me hacía ninguna gracia.
Desde luego, si habían esperado cinco minutos más
por mí, o si yo hubiera llegado a tiempo y ellos hubiesen zarpado conforme al
horario en lugar de cinco minutos más tarde o si... si...
¡Si...! La palabra evocaba a Van Manderpootz y a su
subjuntivisor: los mundos «si», los mundos extraños que existían al lado de la
realidad, ni pasados ni futuros, sino contemporáneos, pero fuera del tiempo.
En
algún sitio entre las fantasmales infinidades de aquellos mundos existía uno
que representaba el mundo que habría sido si yo hubiese embarcado en el avión
cohete. Sólo tenía que llamar por teléfono a Haskel van Manderpootz, concertar
una cita, y luego... descubrir lo que fuese.
Pero no era una decisión fácil. De un modo u otro
había penetrado en mí la duda. Empezaba a sentirme responsable de lo ocurrido,
no sabía en qué medida, una especie de responsabilidad moral tal vez. Y temía
descubrir que era cierto. Me desagradaba igualmente no descubrirlo. La
incertidumbre también tiene sus tormentos, tan dolorosos como los del
remordimiento.
Podría resultar menos enervante saberme responsable que perder
el tiempo sumido en vanas dudas y fútiles reproches. Así pues, manejé el
visífono, marqué el número de la universidad y por fin distinguí en la
pantallita los rasgos joviales e inteligentes de Van Manderpootz, interrumpido
por mi llamada en una clase matinal.
Me encontraba más que listo para la cita a la noche
siguiente, y podría en realidad haber llegado a tiempo, a no ser por un
intransigente guardia de tráfico que insistió en multarme por ir a velocidad
excesiva. A pesar de eso, Van Manderpootz se mostró impresionado.
—¡Vaya! —exclamó—, Un minuto más y no me encuentras,
Dixon. Ahora mismo me iba al club. No te esperaba antes de una hora. ¡Sólo diez
minutos de retraso! Vaya, vaya...
Pasé por alto el comentario.
—Profesor, necesitaría hacer uso de su..., bueno, de
su subjuntivisor.
—¿Cómo? ¡Ah, sí! Pues tienes suerte. Estaba a punto
de desmantelarlo.
—¿Desmantelarlo? ¿Por qué?
—Ya ha cumplido su misión. Ha dado origen a una idea
mucho más importante que él mismo, Necesitaré el espacio que ocupa.
—Pero, ¿cuál es la idea, si no es demasiado
presuntuoso por mi parte preguntarlo?
—No es demasiado presuntuoso. Pronto será pública,
pero tú vas a tener el privilegio de oírla de labios de su autor. Se trata nada
menos que de la autobiografía de Van Manderpootz. Hizo una pausa impresionante.
Me quedé boquiabierto.
—¿Su autobiografía?
—Sí. El mundo, aunque quizá no se dé cuenta, está
clamando por ella. Detallaré mi vida, mi trabajo. Revelaré en sus páginas que
soy el responsable de la larga duración de la guerra del Pacífico.
—¿Usted?
—Ningún otro. Si en aquel tiempo yo no hubiese sido
un leal subdito holandés y por tanto neutral, las fuerzas de Asia se habrían
visto aplastadas en tres meses, en lugar de en tres años. El subjuntivisor me
lo dijo: yo habría inventado un calculador para predecir los resultados de cada
combate; Van Manderpootz habría suprimido el obstáculo o el elemento carencial
en la conducción de la guerra. —Frunció el ceño solemnemente—. Ésa es mi
idea. La autobiografía de Van Manderpootz. ¿Qué te parece?
Recobré la serenidad.
—¡Es..., bien, es colosal! —asentí vehementemente—.
Compraré un ejemplar. Varios ejemplares. Se los enviaré a mis amigos.
—Te dedicaré tu ejemplar —dijo Van Manderpootz
expansivamente—. Será algo que no tendrá precio. Escribiré una frase apropiada,
algo así como Magnificus sed non superbus. Eso describe muy bien a Van
Manderpootz, quien a pesar de su grandeza es sencillo, modesto y nada afectado.
¿No te parece?
—¡Perfecto! Una descripción muy apropiada. Pero, ¿no
podría ver su subjuntivisor antes de que usted lo desmantele para hacer un
hueco a su más importante obra?
—¡Ah! ¿Deseas descubrir algo?
—Sí, profesor, ¿Recuerda usted el desastre del
«Baikal» hace una o dos semanas? Yo tenía que haber tomado ese avión para
Moscú. Lo perdí por los pelos —y le conté los detalles.
—¡Hum! —gruñó—. Quieres descubrir lo que habría
pasado si lo hubieses alcanzado, ¿eh? Bien, veo varias posibilidades. Entre los
mundos «sí» están el que habría sido real si hubieses llegado a tiempo, el que
habría surgido si el avión cohete te hubiese esperado hasta tu llegada y el que
habría nacido si llegas dentro de los cinco minutos que te concedieron de
plazo. ¿En cuál estás interesado?
—¡Oh... en el último!
Eso me pareció lo más apropiado. Después de todo,
era mucho esperar que Dixon Wells pudiera llegar a tiempo alguna vez y, en
cuanto a la segunda posibilidad, bien... puesto que no me habían esperado, en
alguna forma me libraba del peso de la responsabilidad.
—¡Vamos! —ordenó Van Manderpootz.
Lo seguí a través del pabellón de física hasta su
desordenado laboratorio. El aparato estaba todavía encima de la mesa y me
senté ante él, mirando fijamente la pantalla del psicómata Horsten. Las nubes
oscilaban y cambiaban de posición mientras yo trataba de concentrarme en esas
sugestivas masas vaporosas para captar en alguna de ellas algún detalle de
aquella mañana desaparecida.
Y luego lo tuve. Descubrí la vista del puente Staten
y me vi acelerando en dirección al aeropuerto. Hice una señal a Van
Manderpootz, el cacharro soltó un ruidito seco y el subjuntivisor se puso en
marcha.
El recortado césped y la arcilla del campo
aparecieron. Hay una cosa curiosa en el psicómata: uno ve solamente a través de
los ojos de sí mismo en la pantalla. Esto le presta una extraña realidad al
trabajo de la máquina; supongo que una especie de autohipnotismo es
parcialmente responsable de ese efecto.
Yo corría por el campo hacia el brillante proyectil
de plateadas alas que era el «Baikal», Un ceñudo funcionario me invitó a darme
prisa y me precipité arriba por la empinada escalerilla. La puerta se cerró y
oí un largo suspiro de alivio.
—¡Siéntese! —gritó un funcionario, indicando un
asiento desocupado.
Caí en mi asiento. El avión tembló bajo el impulso
de la catapulta y rechinó duramente al ponerse en movimiento. Los chorros
rugieron al instante, luego se produjo un estremecimiento más amortiguado y
pude ver bajo mí la isla Staten, perdiéndose a nuestras espaldas. El cohete
gigante estaba en camino.
—¡Uf! —suspiré de nuevo—. ¡Que todo vaya bien!
Capté una mirada divertida de alguien que estaba a
mi derecha. Era una muchacha. Quizá realmente no era tan deliciosa como me
parecía; después de todo, yo la estaba viendo a través de la pantalla de
semivisión de un psicómata.
Desde entonces no dejo de decirme que ella no podía
haber sido tan bonita como parecía, que eso se debía a mi imaginación que
completaba los detalles. No lo sé; sólo recuerdo que me quedé mirando unos ojos
de un extraño y delicioso color azul plateado, unos finos cabellos castaños,
una boquita risueña y una naricilla descarada, Me quedé mirando hasta que ella
se ruborizó.
—Lo siento —dije rápidamente—. Estaba...
estaba sorprendido.
A bordo de un cohete transoceánico reina una
atmósfera cordial. Los pasajeros se ven obligados a convivir en estrecha
intimidad de siete a doce horas y no hay mucho sitio para moverse.
Por lo
general, uno traba conocimiento con sus vecinos; las presentaciones no son
necesarias y la costumbre es simplemente hablar a cualquiera que usted elija,
algo así como aquellos viajes cotidianos en los trenes del pasado siglo,
supongo. Uno hace amigos durante el transcurso del viaje y luego, nueve veces
de cada diez, nunca vuelve a oír hablar de quienes fueron sus compañeros.
La muchacha sonrió.
—¿Es usted la persona responsable del retraso en la
partida? Lo reconocí.
—Parece
que siempre tengo
que estar retrasado.
Incluso los relojes atrasan
cuando me los pongo.
Ella se echó a reír.
—No deben de ser muy pesadas las responsabilidades
que usted tenga que soportar.
Bueno, desde luego no lo eran, aunque resulta
sorprendente hasta qué punto muchos casinos, camareros y coristas han dependido
de mí en diversas ocasiones en partes apreciables de sus ingresos. Mas por una
causa u otra no me sentía inclinado a hablar de estas cosas a la muchacha de
los ojos de plata.
Charlamos. Resultó llamarse Joanna Caldwell y se
dirigía a París. Era una artista, o esperaba serlo algún día, y desde luego no
hay ningún sitio en el mundo que pueda proporcionar a la vez entrenamiento e
inspiración como París. Por eso se dirigía allí para pasar un año de estudios,
y, no obstante sus labios risueños y sus ojos traviesos, pude notar que
el asunto era de gran importancia para ella.
Conjeturé que había trabajado
duramente para costearse aquel año en París, había hecho equilibrios y ahorrado
durante tres años como figurinista para alguna revista de modas, aunque no
podía tener mucho más de veintiún años. Su pintura significaba mucho para ella,
y eso yo podía comprenderlo. También yo sentí alguna vez de un modo parecido
respecto al polo.
Por ello se comprende que simpatizáramos desde el
principio. Me di cuenta de que yo le gustaba y era evidente que ella no relacionaba
a Dixon Wells con la N. J. Wells Corporation. Y en cuanto a mí..., bueno,
después de aquella mirada a sus fríos ojos plateados, simplemente no me
interesaba mirar a ningún otro sitio. Las horas parecían transcurrir como
minutos mientras yo la contemplaba.
Ustedes saben cómo ocurren estas cosas. Sin darme
cuenta me vi llamándola Joanna y ella a mí Dick; parecíamos viejos amigos.
Decidí pararme en París a mi regreso de Moscú y le arranqué la promesa de que
nos veríamos. Puedo asegurar que era una muchacha diferente; no tenía nada que
ver con la calculadora Whimsy White y todavía menos con las muchachitas de
sonrisa boba, casquivanas y aficionadas al baile que uno conoce en las salas de
fiestas. Era sencillamente Joanna, fría y seria, pero simpática y jovial, y tan
bonita como una figura de mayólica.
Quedamos admirados cuando la azafata pasó para
preguntarnos qué queríamos en el almuerzo. ¿Ya habían pasado cuatro horas?
Parecía como si hubiesen sido cuarenta minutos. Y tuvimos un agradable
sentimiento de intimidad al descubrir que a los dos nos gustaba la ensalada de
langosta y en cambio detestábamos las ostras; era otro lazo. Le dije
solemnemente que se trataba de un augurio y ella no puso ninguna objeción.
Después caminamos por el estrecho pasillo hacia el
acristalado que se hallaba a proa. Estaba abarrotado de gente, pero no nos
importó en absoluto, ya que nos obligaba a sentarnos juntitos. Estuvimos allí
bastante tiempo antes de notar lo enrarecido del aire.
La catástrofe ocurrió justamente cuando estábamos de
vuelta en nuestros asientos. No hubo ninguna advertencia excepto un repentino
bandazo, resultado, supongo, del inútil, último y desesperado intento del
piloto por evitar la colisión. Luego un crujido desgarrador y una terrible
sensación de estar girando, y tras eso un coro de gritos que sonaban como el
estruendo de una batalla.
Y lo era. Quinientas personas poniéndose en pie,
pisándose, empujándose, siendo empujadas sin defensa mientras el gran avión
cohete, con su ala izquierda convertida en un corto muñón, caía, describiendo
círculos, hacia el Atlántico.
Sonaron los gritos de los oficiales y un altavoz
atronó:
—Manténganse en calma. Ha habido una colisión. Hemos
chocado con una nave de superficie. No hay ningún peligro. No hay ningún
peligro.
Me esforcé en levantarme entre los restos de los
destrozados asientos. Joanna había desaparecido. Cuando al fin di con ella, acurrucada
en un rincón, el cohete chocó con el agua con un crujido que volvió a ponerlo
todo en danza. El altavoz atronaba:
—Coloqúense los cinturones salvavidas. Los
salvavidas están bajo los asientos.
Tiré de un salvavidas y lo coloqué alrededor de
Joanna, luego me puse yo otro. La muchedumbre avanzaba ahora hacia adelante y
la cola del avión empezaba a hundirse. Había agua detrás de nosotros,
chasqueando en la oscuridad a medida que las luces se apagaban. Un oficial se
deslizó junto a nosotros, se detuvo y colocó un salvavidas alrededor de una
mujer sin conocimiento,
—¿Están todos bien? —gritó y siguió adelante sin
esperar que le respondiesen.
El altavoz debía de haberse interrumpido por un
cortocircuito en la batería. Pero repentinamente ordenó:
—Y aléjense todo lo que les sea posible. Salten por
la escotilla de proa y procuren alejarse. Hay un barco cerca. Los recogerá a
todos. Salten desde...
De nuevo enmudeció.
Saqué a Joanna de entre los restos. Estaba pálida;
tenía cerrados sus ojos de plata. Empecé a arrastrarla lenta y penosamente
hacia la escotilla de proa y el balanceo del suelo fue aumentando hasta parecer
el de un trampolín de saltos. El oficial pasó otra vez.
—¿Podrá usted llevarla? —preguntó, y de nuevo se
alejó corriendo.
Yo ya estaba llegando. La multitud apiñada junto a
la escotilla parecía más pequeña. ¿O es simplemente que estaban más apretados?
Luego, de pronto, un gemido de miedo y desesperación se alzó y hubo un
estruendo de agua. Las paredes del mirador habían cedido. Vi el gran asalto de
las olas y un diluvio rugiente se precipitó sobre nosotros. Otra vez llegué
tarde.
Eso fue todo.
Impresionado y consternado,
alcé los ojos
del subjuntivisor para mirar a Manderpootz, que estaba garrapateando
algo en el filo de la mesa.
—¿Qué tal? —preguntó él. Me estremecí.
—¡Horrible! —murmuré—, Nosotros... conjeturo que no
habríamos estado entre los supervivientes.
—Nosotros, ¿eh? ¿Nosotros?
Le chispeaban los ojos. No le expliqué nada. Le di
las gracias, le deseé buenas noches y me fui dolorosamente a casa.
Incluso mi padre notó algo raro en mí. El día que
llegué a la oficina con sólo cinco minutos de retraso me llamó para hacerme con
ansiedad algunas preguntas respecto a mi salud. Naturalmente no pude decirle
nada. ¿Cómo iba a explicarle que había llegado tarde una vez más y que me había
enamorado de una muchacha que hacía dos semanas que estaba muerta? Aquel
pensamiento me volvía loco.
¡Joanna! Joanna con sus plateados ojos yacía ahora
en el fondo del Atlántico. Yo andaba de un lado a otro medio aturdido, casi sin
hablar. Una noche llegó a faltarme la energía para volver a casa y me quedé
sentado fumando en el sillón supertapizado de mi padre en su despacho
particular hasta que terminé por dormirme. A la mañana siguiente, cuando el viejo
N. J. entró y me encontró allí ante él, se puso blanco como el papel, se
tambaleó y jadeó: «¡Dios mío!»
Fueron necesarias muchas explicaciones para
convencerlo de que no se trataba que yo hubiera llegado temprano a la oficina,
sino que no me había movido de allí.
Por último comprendí que no me era posible seguir
soportando aquello. Pensé finalmente en el subjuntivisor. Podía ver, sí, podría
ver qué habría ocurrido si el avión no hubiese naufragado. Podría seguir el
rastro de aquella fantástica e irreal historia de amor oculta en algún sitio
entre los mundos hipotéticos. Podría quizás extraer un gozo sombrío y precario
de las cosas que podrían haber sido. ¡Podría ver a Joanna una vez más!
A últimas horas de la tarde llegué a la residencia
de Van Manderpootz. Él no estaba allí; lo encontré por fin en el vestíbulo de
la Facultad de Física.
—¡Dick!
—exclamó—. ¿Estás enfermo?
—¿Enfermo? No, no físicamente, profesor. Tengo que
usar de nuevo su subjuntivisor. No me queda más remedio.
—¿Cómo? ¡Ah, ese juguete! Llegas demasiado tarde,
Dick. Ya lo he desmantelado. He encontrado una utilización mejor para ese
espacio.
Lancé un lastimero gemido y sentí tentaciones de
condenar la autobiografía del gran Van Manderpootz. Un destello de compasión
apareció en sus ojos. Me agarró de un brazo y me llevó al despachito adjunto a
su laboratorio.
—Cuéntame —ordenó.
Lo hice. Creo que le hice ver con bastante claridad
la tragedia, porque sus hirsutas cejas se unieron en un ceño de lástima.
—Ni siquiera Van Manderpootz puede resucitar a los
muertos —murmuró—. Lo siento, Dick. Procura no pensar en eso. Incluso si mi
subjuntivisor estuviera disponible, no te permitiría utilizarlo. Eso no sería
más que remover el cuchillo en la herida. —Hizo una pausa—. Busca otra cosa en
la que ocupar tu mente. Haz como hace Van Manderpootz. Encuentra el olvido en
el trabajo.
—Sí —respondí sombríamente—. Pero, ¿quién querrá
leer mi autobiografía? Eso sólo es bueno para usted.
—¿Autobiografía? ¡Ah, ya recuerdo! No, he abandonado
el proyecto. La historia misma se encargará de recoger la vida y las obras de
Van Manderpootz. Ahora estoy metido en un proyecto mucho más grandioso.
—¿De veras? —pregunté con el más lúgubre y profundo
desinterés.
—Sí. Ha estado aquí Gogli, el escultor. Va a hacerme
un busto. ¿Qué mejor legado puedo dejar al mundo que un busto de Van
Manderpootz, esculpido en vida? Quizá deba regalárselo a la ciudad, quizás a la
universidad, Se lo daría a la Royal Society si se hubiesen mostrado un poco más
receptivos, si se hubiesen... sí... ¡si...! El último «si» lo pronunció en un
grito.
—¿Qué pasa? —pregunté,
—¡Si...! —exclamó Van Manderpootz—. Lo que tú viste
en el subjuntivisor fue lo que habría ocurrido si hubieses tomado el avión.
—Ya lo sé.
—Pero realmente podría haber ocurrido algo
completamente distinto. ¿No lo comprendes? Ella... ella... ¿dónde están esos
periódicos viejos?
Revolvía una pila de ellos, Finalmente blandió uno.
—¡Aquí! ¡Aquí
está la lista de supervivientes!
Como letras de fuego, el nombre de Joanna Caldwell
saltó a mis ojos. Había incluso una gacetilla referente al asunto:
«Por lo menos una veintena de supervivientes deben
la vida a la bravura del piloto de veintiocho años Orris Hope que estuvo patrullando
en los pasillos durante el pánico, colocando salvavidas a los heridos y
llevando a muchos hasta la escotilla. Permaneció hasta el final en el avión que
se hundía hasta que por último pudo abrirse camino hasta la superficie a través
de las rotas paredes del mirador. Entre los que deben su vida al joven oficial
se encuentran: Patríck Owensby, Nueva York; señora Campbell Warren, Boston;
señorita Joanna Caldwell, Nueva York...»
Supongo que mi rugido de alegría se oyó en el
edificio de la administración, a varias manzanas de distancia. No me
importaba; si Van Manderpootz no hubiese estado defendido por tremendas patillas,
lo habría besado. Quizá lo hice; no puedo estar seguro de mis acciones durante
aquellos caóticos minutos en el diminuto despacho del profesor.
Por último me calmé.
—¡Podré verla! —gritaba, resplandeciente—. Tiene que
haber desembarcado con los demás supervivientes y todos estaban en el mercante
británico «Osgood» que atracó hace días. Debe de estar en Nueva York, y si se
ha ido a París, lo averiguaré y la seguiré.
Bueno, es un extraño desenlace. Estaba en Nueva
York, pero comprendan ustedes, Dixon Wells había conocido a Joanna Caldwell por
medio del subjuntivisor, pero Joanna nunca había conocido a Dixon Wells. Y se
había casado con Orris Hope, el joven piloto que la rescató. Una vez más llegué
tarde.