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Un futuro color de rosa para Roderick - Nelson Bond (Parte 2 y última)

Roderick se fue, y yo me sumí de nuevo en el estéril santuario de mis libros. Esto sucedía a las dos. A eso de las cuatro, cansado de dar cabezazos contra una muralla de piedra, decidí salir a respirar un poco de aire puro.

Era un día brillante, claro, sin nubes. Por ello lo que vino luego fue una sorpresa completa. Yo había dado sólo una docena de pasos por el patio delantero cuando vino una especie de silbido líquido y me encontré chorreando por todas partes en medio de un chaparrón veraniego torrencial. O, mejor dicho, eso fue lo que creí al principio. 

Luego alboreó en mi mente el hecho de que el camarada Roderick había dado el agua de la boca de riego del otro lado de la esquina de la casa. ¡Y de que yo me había plantado exactamente sobre el tubo de salida del aspersor!

Con un aullido de rabia salté fuera de su alcance, dando furiosos manotazos a mis empapadas ropas. El muchacho, que había regresado a la escena del crimen, me miraba atónito.

—¡Diantre, míster Evans! ¡Cómo se ha mojado!

—¿Y me lo dices tú? ¡So pequeño idiota!, ¿cómo no me has advertido que te disponías a poner en marcha la manguera? ¡Mírame! ¡Calado hasta los huesos! Por menos de dos cuartos te...

Pero entonces mi furor se duplicó, triplicó, cuadruplicó, se multiplicó por cien. Porque mis inquietos ojos descubrieron algo que hasta entonces les había pasado desapercibido. Abandonada en el centro del prado, devastadoramente expuesta al diluvio incontenible del aspersor, estaba...

—¡Mi segadora! —gemí—. ¡Dios te confunda, Roderick! ¡Te dije que tuvieras mucho cuidado con ese objeto!

Me lancé hacia la boca de riego que alimentaba la manguera; pero Roderick se me adelantó en tres saltos. Mientras nuestras manos se encontraban en el grifo, me dijo en tono tranquilizador:

—No pasa nada, míster Evans. No hay por qué excitarse. Sólo estoy poniendo a prueba...

—Poniendo a prueba, ¿qué? ¿Mi paciencia?

—Mi telaraña mágica —contestó Roderick—. Aquella sustancia que le dije. Y va bien. ¡Venga y véalo!

Me cogió la mano y tiró. Me dejé arrastrar a través del empapado césped hasta mi maltratada segadora. El agua aparecía en su antiguamente prístina superficie formando perlas... charcos... brillantes, centelleantes estanques. Yo gemía, viendo con la imaginación en cada gota una futura ampolla de herrumbre. Pero Roderick sacó tranquilamente un pañuelo del bolsillo y dijo:

—¿Ve? Se va.

Pasó el cuadrado de tela por la superficie cubierta de agua de la segadora. Y tanto si ustedes lo creen como si no, ¡el agua desapareció! Tan suave y fácilmente como jamás agua pura alguna se deslizara fuera del dorso del pato del proverbio. Yo me quedé contemplando aquel inexplicable fenómeno, y luego a su antecitado creador, con pasmado asombro.

—¿Cómo lo has hecho? —grazné.

—Con el pañuelo —contestó Roderick.

—Ya lo sé. Pero quiero decir, ¿cómo ha sido que el agua se haya marchado de ese modo de la superficie metálica?

—Ah, es que jamás estuvo realmente sobre ella. Es un problema de cohesión molecular. Mire usted, hace un minuto rocié la segadora con eso que llamo mi «telaraña mágica».

—¿Qué hiciste? —De pronto, el peligro de la herrumbre pareció casi sin importancia. La idea de que el jovencito hubiese cubierto mi adorada segadora con cierta composición de ingredientes de su equipo químico me aterraba—. ¿Qué hiciste? —grité angustiado.

—No pasa nada, míster Evans —insistió Roderick—. Mi espuma la ha protegido del agua. Y puedo quitar la espuma en cosa de segundos. Mire, se lo enseñaré.

Echó a correr hacia su casa y regresó inmediatamente con un pulverizador. Lo apuntó a la segadora, y después hizo una pausa.

—Ah, de paso —sugirió—, quizá usted desee palpar la segadora. Sólo para asegurarse de que ha quedado recubierta.

Como persona que se mueve en una pesadilla, toqué la superficie metálica. Estaba suave y resbaladiza como con una capa de fina seda. La denominación con que había bautizado el chico aquel producto no era desacertada. Tenía realmente el tacto de una telaraña untada de aceite... si saben imaginarse ustedes semejante cosa.

—He aquí la espuma protectora —dijo Roderick—. He invertido unos diez segundos en aplicarla. Ahora, ahí ve con qué rapidez se quita.

Y se puso —flush, flush— a manejar el pulverizador. Sofoqué el impulso de soltar un alarido. Porque ante mis asombrados ojos la capa aceitosa del metal se levantó, se convirtió en una niebla fina y se evaporó bajo los cálidos rayos del sol. Segundos después, cuando toqué la superficie de la segadora, ¡el metal estaba seco como los huesos!

Y en aquel momento fue cuando me erigí en el primer miembro honorario del Club Americano de Admiradores de Roderick Fenton...

Bien, no es preciso que enuncie punto por punto todo lo demás, ¿verdad que no? Para explicar en pocas palabras una larga historia, vi cómo Roderick componía una nueva provisión de su espuma de la telaraña mágica. Era precisamente lo que yo estaba buscando desde largos, muy largos meses, con angustia en el corazón: un compuesto sencillo, hecho a base de ingredientes corrientes, baratos.

Me llevé al chico conmigo a la fábrica. Y regresó a su casa con una ancha sonrisa y un contrato asegurándole unos derechos de inventor que habían de tenerle nadando en la abundancia por todo el resto de su vida natural. A cambio, mi compañía obtuvo la exclusiva sobre el descubrimiento, y, con ella, la seguridad de conseguir dinero suficiente del Gobierno para pagar el impuesto sobre el exceso de beneficios.

Pero todavía quedaba otra cosa. Y para solucionarla fui a ver al padre de Roderick. Es un científico, como también lo soy yo. De modo que no malgasté palabras, sino que fui directamente al grano.

—Creo que ya lo sé —dije llanamente—. Pero dímelo de todos modos. Me refiero al chico ¿Es él?

—¿Si es agradecido? ¿Si te está agradecido? —esgrimió Walter Fenton—. Pues, por supuesto, Tom. Y también lo estoy yo. Has sido enormemente bondadoso al...

—¡Bah! —le interrumpí—. ¡Tonterías! Soy yo quien está en deuda hasta las rodillas con él, y tú lo sabes. Y ahora deja de andarte por las ramas. Sé cuándo y dónde nació. Y sé lo que sucedía allí por aquellas fechas: experimentos atómicos. Estos son dos y dos. ¿Qué te parece si me hicieras la suma?

Fenton suspiró.

—Veo que estás ya muy cerca de la solución. Y me creo en el deber de explicarte el resto. —Meneó la cabeza despacio, gravemente—. Mira, Roderick no es hijo mío, en realidad. Sarah y yo lo adoptamos. Su verdadero padre era uno de nuestros físicos más destacados. Su madre murió en el parto. El padre falleció un año después. La radiación acabó con él.

—Es lo que me figuraba, más o menos —dije asintiendo con la cabeza—. Trabajaba en el Proyecto Manhattan, ¿no? ¿Cerca de la pila?

—Demasiado cerca. Los escudos que teníamos a la sazón no eran demasiado efectivos. La radiación asó para siempre a unos cuantos muchachos. A otros, como, por ejemplo, el padre de Roderick... pues, sencillamente, no sabemos nada. Pero algo debió de ocurrir. Rayos gamma duros... mutación de los genes. Roddy...

—Ya sé. A los ocho años lee a Lobachevsky y a Bolyai por diversión. ¿Cuándo empezó a leer?

—A los dos años —confesó Fenton—. A los dos años, inglés. Desde entonces ha aprendido francés y alemán y unas nociones de griego y latín. Se aficionó a la física y las matemáticas a los cuatro años. En la actualidad me ha adelantado de tal modo que ya no puedo ni leer sus notas siquiera. Utiliza símbolos que no entiendo. ¡Y piensa que tengo un coeficiente intelectual de 140!

—¿Andando? ¿Y el del muchacho? ¿Lo has medido?

—Sí. Pero no me creerías.

—Quizá sí. Prueba.

—Pasa de 400 —dijo Fenton—. No hay manera de medirlo con exactitud. Sencillamente, no existen pruebas ideadas para mentes como la suya. —Después de un momento de pausa, continuó—: Eres la primera persona con la cual hablo de este tema. Exceptuando a Roddy, por supuesto. Cuando cumplió los seis años, tuvimos una larga conversación de hombre a hombre. Él sabe que es diferente... y sabe por qué. Pero yo le aconsejo que lo esconda a la gente todo lo posible. A ciertas personas quizá no les gustase. Podrían sentir nacer en su espíritu un resentimiento. ¿Comprendes lo que quiero decir?

Moví la cabeza afirmativamente.

—O hasta un miedo. Aunque no hay motivo especial alguno para que abriguen tales sentimientos. Era inevitable. Desde Darwin sabíamos que llegaría el día en que el hombre daría otro paso adelante en su eterna lucha hacia la perfección de la especie. Una mutación repentina, una alteración de los genes... así es como se produce. Los experimentos de Muller con rayos gamma sobre la mosca de la fruta lo demostraron. Y las radiaciones de una pila atómica como aquella con la que trabajaba el padre de Roddy en Oak Ridge hace mi nueve años, eran rayos duros. Rayos gamma.

—Entonces tú crees, lo mismo que yo, que Roderick es...

—Sí —le dije—. Mentalmente. Pero en todos los demás aspectos, absolutamente normal ¡gracias a Dios! Roddy es el signo de los tiempos venideros. Aunque no volando por los aires, raudo, con malla azul y una capa color rosa. No, un hombre de verdad. Aunque un tipo de hombre mejor, más sabio.

Con intencionada delicadeza, ninguno de ambos empleó la otra palabra, la expresión popular del tipo humano del cual el hijo adoptivo de Walt Fenton era precursor. Superhombre...

Acaso parezca extraño, pero el día que conversé con Walt Fenton no me preocupaba lo más mínimo la condición de homo superior de Roddy. La pura verdad era que más bien me complacía el habérmela figurado, fundándome en unos cuantos hechos que había ido observando. No fue hasta que hubieron pasado unos cuantos días que se me ocurrió el otro aspecto, y empezó a roerme una duda creciente, atormentadora.

Una cosa es un niño de nueve años de una raza de superhombres... pero ¿qué pasaría con un adulto de esa misma raza? ¿Qué podíamos esperar de Roderick Fenton dentro de diez o veinte años? ¿Qué papel puede figurarse uno que representará en la vida una criatura con un coeficiente intelectual tres veces mayor que el de la mayoría de sabios?

Transcurrieron varias semanas antes de que yo descargase esta incertidumbre cada día más inquietante y onerosa sobre los hombros de Walt Fenton. Él arrugaba la frente y se pellizcaba el labio inferior al contestarme:

—Tus suposiciones valen tanto como las mías, Tom. Me he pasado noches enteras despierto, preocupado por ese mismo problema. A juzgar por lo que hace ahora, puede convertirse en el mayor benefactor del género humano: infinitamente dulce, amistoso y bueno, y dotado de inteligencia suficiente para mejorar de mil maneras nuestra mal ensamblada civilización... O bien —concedió luego—, puede ocurrir exactamente al revés. Podría adueñarse de él la ambición, un afán desmesurado de dinero, poder, dominio. Si un día utilizase su poderoso intelecto para fines malos, los hombres no podrían resistirse. Si lo deseara, podría gobernar toda la tierra.

—Existe una tercera posibilidad —añadí—. El superhombre no tiene necesidad de ser benigno ni maligno para resultar perjudicial. Nietzsche nos lo enseñó. El ser humano futuro podría ser tan fríamente lógico en sus razonamientos que, sin proponérselo conscientemente, llegara a ser total, completamente despiadado.

—Situado más allá del bien y del mal —asintió Fenton—. Sí. Supongo que también existe esa posibilidad. ¡Maldita sea, Tom! ¡Ojalá hubiera alguna solución para este problema! Una solución segura, rápida, suave...

Y mientras nosotros continuábamos sentados allí, mirándonos fijamente con aire sombrío, Roddy llevó a cabo una de sus entradas más ruidosas y entusiasmadas. Cogió a su padre adoptivo por una mano y tiró de él, al mismo tiempo que me hacía señas con gesto excitado.

—¡Vamos! —gritaba—. ¡Vengan a verla! Ya está casi terminada.

Le seguimos hasta el garaje de los Fenton para quedarnos parados allí, mientras mis ojos de hombre de mediana edad se clavaban en el artefacto más estrambótico que hayan contemplado nunca. Por una parte tenía el aspecto de una caja, y por otra el de una jaula de pájaros, y en conjunto semejaba uno de los sueños más dementes de Rube Goldberg. 

Estaba compuesto de toda suerte de piezas recogidas de aquí y de allá; era un conglomerado ridículo de tubos, pernos, ruedas y tablas recogidos en los montones colectivos de trastos de desecho de la vecindad. Colocado en la parte central de aquel revoltijo había un asiento en forma de cubo equipado con una almohadilla sacada de un viejo banco-columpio de porche. 

Montadas en un panel improvisado con un guardabarros se veía cierto número de esferas y aparatitos, la naturaleza de los cuales nos resultaba totalmente incomprensible. Yo miré el aparato, y luego a Fenton. Este se encogió de hombros. Ambos miramos a Roddy. El muchacho sonreía de oreja a oreja.

—¿Qué opinan? —preguntó.

—Magnífico, hijo —respondió con cautela Fenton—. Sólo que...

—¿Sólo qué?

—Precisamente —intervine yo con voz cantarina—. ¿Sólo qué...? O, para ser más concreto, ¿qué diablos?

—¡Ah, canastos! —exclamó Roddy estirando el cuello—. ¿No se lo había contado? Quizá no. ¡Pues, vean ustedes, es una máquina del tiempo!

Fenton me dedicó una sonrisa débil.

—Cuánta imaginación, ¿eh, Tom? —dijo—. Últimamente ha leído muchas cosas de H. G. Wells.

Yo me dije que quedaba todavía una cuarta posibilidad que Walt y yo no habíamos tomado en cuenta. El supercráneo de Roderick podía excederse a sí mismo. Lo cierto es que parecía una suposición razonable la de que se había excedido ya. Y seguramente no había que temer grandes males de un superimbécil...

—Miren —gorjeó Roderick contentísimo—. ¡Se lo enseñaré!

Metió la mano dentro del instrumento, hizo girar levemente una esfera del cuadro de mandos, y luego nos miró sonriendo.

—Dos minutos —proclamó—. Voy a enviarla a dos minutos en el futuro. ¡Fíjense!

Dio un tirón a la palanca de una especie de aparato de engranajes y sacó prestamente el brazo. Se oyó un sonido repentino de maquinaria en movimiento, entre un resoplido, un bufido y un rugir sordo. Por un instante retumbó en mis oídos una aguda vibración supersónica. Y luego...

—¡Dios santo! —exclamó Walter Fenton—. ¡Ha desaparecido!

En efecto. Delante de nosotros el espacio estaba tan vacío como los bolsillos del contribuyente después de pagar los impuestos. Y mientras Fenton me contemplaba y yo correspondía con vivo interés a su mirada de imbécil, llegó hasta nosotros otro sonido. 

Como antes, percibí un breve ruido de timbre. Luego escuché un choque sordo y extenso... y el fantástico vehículo de Roddy se materializó bruscamente de la nada para posarse en el suelo delante de nosotros. Roderick levantó la vista, que tenía fija en el reloj de pulsera.

—Un minuto cincuenta y seis segundos —anunció—. Casi perfecto. Bastará ajustarlo un poco y estará en disposición de...

—Hijo —dijo Walter Fenton con voz ahogada—, ¿lo... lo dices en serio? ¿No se trata, simplemente, de una broma? ¿Funciona de veras?

—¡Pues, canastos! ¡Claro que funciona! Ustedes lo han visto, ¿verdad?

—¿Cómo? —pregunté, aturdido.

Roderick se mordió el labio.

—Pues no sé si podré explicárselo, míster Evans. Quiero decir... perdóneme... pero si no entiende usted bien el combamiento del tiempo y la mecánica continua...

—No, no los entiendo —le contesté llanamente.

—Entonces no sé si podré hacérselo comprender. —Y se revolvió en un gesto como de pedir excusas—. Pero no importa. Aun en el caso de que la mayoría de humanos... —Aquí observó la mirada de su padre adoptivo y se corrigió prestamente—. Aun en el caso de que la mayoría de personas no sepan cómo funciona, podemos utilizar esa máquina. Podemos viajar hacia el futuro y estudiar aquella civilización... y traernos los inventos necesarios para adelantar y mejorar la nuestra... podemos acelerar el progreso de la humanidad hacia una cultura superior.

Fenton preguntó pausada, cuidadosamente:

—¿Será bueno eso, hijo?

—¿Bueno? ¡Claro que será bueno!

—Me extraña. Quizá fuese mejor que los hombres progresaran más despacio. Quizá conviniera que el hombre se ganara los progresos descubriéndolos por sí mismo. Quiero decir: ¿no es una forma de esclavitud el situarse uno de modo que dependa de la sabiduría de otros?

Un leve ceño alteró las cejas de Roderick. Se me antojó que en su réplica había cierto deje de irritación.

—¡No sea ridículo, papá! El género humano necesita que lo guíen y lo instruyan. Los cerebros inferiores han de depender de aquellos que son capaces de dirigirlos y orientarlos. Hasta ustedes pueden ver...

Se interrumpió bruscamente, disgustado de haberse delatado con una franca exposición de sus convicciones. Otra vez, prestísimamente, volvía a ser el niño Roddy Fenton, sonriente y sociable, deseoso de agradar.

—Lo que quise decir es que con eso ¡podríamos aprender tanto...!

—Acaso —aventuré yo—, anduviéramos más seguros utilizándolo solamente para viajar hacia el pasado. También ahí podríamos encontrar muchas cosas que beneficiarían a la humanidad. Podríamos aprender los secretos que se han perdido con el paso de los siglos, refundiríamos nuestros libros de historia, hallaríamos la solución a un millar de misterios desconcertantes.

—Sí, sería muy divertido —admitió Roderick—. Pero es imposible, de momento. Esta máquina —añadió, señalándola— no puede viajar para atrás en el tiempo; sólo adelante. En pura realidad no sé si se podrá construir nunca una máquina que retroceda en el tiempo. Ello implicaría demasiadas paradojas inexplicables. Como, por ejemplo, que unas personas estuvieran donde no estuvieron jamás... ¿Comprenden?

—Comprendo —respondió Walter Fenton, que estaba cavilando en silencio desde la breve pero impetuosa expresión de desdén por el género humano que había pronunciado Roddy. Ahora Walter tenía un semblante pensativo, grave, decidido—. Entonces, esa máquina ¿sólo anda en un sentido?

—En efecto, papá. Adelante.

—¿Y hasta qué distancia, hijo?

—Oh, puede recorrer una larga, larga distancia. Naturalmente, no lo he ensayado. Pero esta esfera de aquí...

Roddy subió a la máquina para mostrarnos mejor sus mecanismos. Fenton y yo nos inclinábamos sobre el costado del aparato.

—Esta esfera de aquí —continuó Roderick— designa la era hacia la cual ha de viajar. Sencillamente, uno sitúa la esfera en concordancia con el número deseado de años, días o minutos.

—Entonces, esa cifra —preguntó Fenton— ¿la dirigiría hasta una fecha situada a doscientos años de este momento? —Y colocó la manecilla en posición.

Roderick movió la cabeza afirmativamente.

—Es cierto. ¡Cuidado, papá! Si alguien bajase esta palanca mientras yo estoy aquí dentro no volveríamos a vernos jamás.

—¿Quieres decir que morirías? —le pregunté.

—¡Oh, no! Estaría perfectamente a salvo. Pero desaparecería de aquí y aparecería súbitamente en el mundo que existirá dentro de doscientos años. Un mundo en el que quizá... —y sonrió tímidamente a su padre adoptivo—, la gente se parezca más a mí. ¿Quién sabe? En todo caso, no sufriría ningún daño. Lo único es que ya no podría regresar.

—Sí —asintió Fenton—. Es lo que me figuraba. Bien, pues... ¡buena suerte, hijo!

Roddy lo miró con ojos muy abiertos.

—¿Eh? ¿Buena suerte? ¡Ah!, ¿se refiere a vender este invento? Claro, papá. Podemos ganar una fortuna para todos.

—No, Roddy —dijo Fenton—. No es eso precisamente lo que quise decir. Quise decir que aquel mundo está preparado para recibirte; y este no. Todos te amamos entrañablemente. Todos reconocemos tus grandes facultades y las aplaudimos. Pero, francamente, Roddy, nos das miedo. Nos da miedo lo que tu bienintencionada insensibilidad pudiera acarrearnos a nosotros y a otras gentes de nuestro tiempo. De modo que, buena suerte, Roddy. Y... ¡adiós!

Los ojos de Roddy se abrieron todavía más; la mandíbula se le cayó.

—¡Pero, papá! —gritó—. Tú no puedes pensar en...

Sí, sí podía. Con tranquilo propósito, Fenton estiró el brazo y empujó la palanca de arranque...

De modo que, como dije antes, si ustedes no sienten escrúpulos necios por apostar sobre una partida ganada ya, ahí tienen una en la que pueden arriesgar hasta el último céntimo: a Roderick le espera un futuro color de rosa.

¡Dentro de doscientos años, entiéndase bien!

Más allá del muro del sueño - H. P. Lovecraft

 «Entonces, el sueño se desplegó ante mí».

SHAKESPEARE

 

Con frecuencia me he preguntado si el común de los mortales se habrá parado alguna vez a considerar la enorme importancia de ciertos sueños, así como a pensar acerca del oscuro mundo al que pertenecen. 

Aunque la mayoría de nuestras visiones nocturnas resultan quizás poco más que débiles y fantásticos reflejos de nuestras experiencias de vigilia —a pesar de Freud y su pueril simbolismo—, existen no obstante algunos sueños cuyo carácter etéreo y no mundano no permite una interpretación ordinaria, y cuyos efectos vagamente excitantes e inquietantes sugieren posibles ojeadas fugaces a una esfera de existencia mental no menos importante que la vida física, aunque separada de esta por una barrera infranqueable. 

Mi experiencia no me permite dudar que el hombre, al perder su conciencia terrena, se ve de hecho albergado en otra vida incorpórea, de naturaleza distinta y alejada a la existencia que conocemos, y de la que solo los recuerdos más leves y difusos se conservan tras el despertar. 

De estas memorias turbias y fragmentarias es mucho lo que podemos deducir, aun cuando probar bien poco. Podemos suponer que en la vida onírica, la materia y la vida, tal como se conocen tales cosas en la tierra, no resultan necesariamente constantes, y que el tiempo y el espacio no existen tal como lo entienden nuestros cuerpos de vigilia. 

A veces creo que esta vida menos material es nuestra existencia real, y que nuestra vana estancia sobre el globo terráqueo resulta en sí misma un fenómeno secundario o meramente virtual.

Fue tras un ensueño juvenil colmado de especulaciones de tal clase, al despertar una tarde del invierno de 1900-1901, cuando ingresó en la institución psiquiátrica en la que yo servía como interno, un hombre cuyo caso me ha vuelto a la cabeza una y otra vez. 

Su nombre, según consta en el registro, era Joe Slater, o Slaader, y su aspecto resultaba el del típico habitante de la zona de la montaña Catskill; uno de esos vástagos extraños y repelentes de los primitivos pobladores campesinos, cuyo establecimiento durante tres siglos en esa zona montañosa y poco transitada les ha sumido en una especie de bárbara decadencia, en vez de avanzar al compás de sus iguales, más afortunados, asentados en distritos más populosos. 

Entre esa gente peculiar, que se corresponde con exactitud a los decadentes elementos de la «basura blanca» del Sur, no existen ley ni moral, y su nivel intelectual se halla probablemente por debajo del de cualquier otro grupo de la población nativa americana.

Joe Slater, que llegó a la institución bajo la atenta vigilancia de cuatro policías estatales, y que era descrito como de un carácter sumamente peligroso, no dio, sin embargo, muestras de tal peligrosidad la primera vez que lo vi. 

Aunque muy por encima de la talla media y de fornida constitución, mostraba una absurda apariencia de estupidez inofensiva debido a la mirada de sus ojillos acuosos de azul pálido y somnoliento, su rala, desatendida y jamás afeitada mata de barba amarillenta, y la apatía con que colgaba su grueso labio inferior. Se desconocía su edad, ya que entre su gente no hay registros familiares o lazos estables; pero por su calvicie frontal y por el mal estado de su dentadura, el cirujano le inscribió como hombre de unos cuarenta.

Por los documentos médicos y jurídicos supimos cuanto había recopilado sobre su caso. Este hombre, vagabundo, cazador y trampero, siempre había resultado un extraño a ojos de sus primitivos paisanos. 

Habitualmente solía dormir durante las noches más de lo normal, y tras el despertar acostumbraba a pronunciar palabras desconocidas en una forma tan extraña como para inspirar miedo aun en los corazones de aquella chusma sin imaginación. 

No es que su forma de hablar resultase totalmente insólita, ya que no hablaba sino en la decadente jerga de su entorno; pero el tono y el tenor de sus expresiones poseían una cualidad de misterioso exotismo, y nadie era capaz de escucharlas sin sentir aprensión. 

Él mismo se veía tan aterrado y confuso como su auditorio, y una hora después de despertar había olvidado todo lo dicho, o al menos qué le había llevado a decirlo, volviendo a la bovina y medio amigable normalidad del resto de los montañeses.

Según envejecía Slater, al parecer, sus aberraciones matutinas fueron aumentando en frecuencia e intensidad, hasta que alrededor de un mes antes de su ingreso en la institución se desencadenó la estremecedora tragedia que había llevado a su arresto por parte de las autoridades. 

Un día, alrededor del mediodía, tras un profundo sueño en el que se había sumido tras una borrachera de whisky, en torno a las cinco de la tarde anterior, el hombre se había levantado con gran brusquedad, prorrumpiendo en aullidos tan terribles y ultraterrenos que atrajeron hasta su cabaña a varios vecinos… una sucia pocilga donde moraba con una familia tan impresentable como él mismo. 

Abalanzándose hacia el exterior, a la nieve, había alzado los brazos para comenzar una serie de saltos hacia el aire, al tiempo que vociferaba su decisión de alcanzar alguna «gran, gran cabaña con resplandores en techo y muros y suelos, y la sonora y extraña música de allá a lo lejos». 

Cuando dos hombres de respetable tamaño intentaron contenerlo, se había debatido con furia y fuerza maníaca, gritando su deseo y su necesidad de encontrar y matar a cierto «ser que brilla, se estremece y ríe». Al fin, tras derribar de momento a uno de quienes le sujetaban con un súbito golpe, se había lanzado sobre el otro en una demoníaca explosión de sed de sangre, vociferando infernalmente que «saltaría alto en el aire y se abriría paso a sangre y fuego entre quienes intentaran detenerlo». 

Familia y vecinos huyeron entonces presos del pánico y, cuando los más valientes regresaron, Slater se había ido, dejando tras de sí una pulpa irreconocible del que fuera un hombre vivo una hora antes. Ningún montañés había osado perseguirlo, y probablemente hubieran acogido con agrado su muerte en el frío; pero cuando varias mañanas más tarde oyeron sus gritos en un barranco lejano, comprendieron que se las había ingeniado de alguna forma para sobrevivir, y que era necesario neutralizarlo de una u otra forma. 

Entonces habían formado una patrulla armada de busca, cuyo propósito (fuera el que fuese) acabó convirtiéndose en pelotón del sheriff cuando uno de los pocas veces bien recibidos policías del estado descubrió casualmente a los buscadores, los interrogó y finalmente se unió a ellos.

Al tercer día hallaron inconsciente a Slater en el hueco de un árbol y lo condujeron a la cárcel más próxima, donde alienistas de Albany lo examinaron apenas recuperó el sentido. Él les contó una historia muy sencilla. Había, dijo, ido a dormir una tarde, hacia el anochecer, tras ingerir gran cantidad de licor. 

Se había despertado para descubrirse plantado, con las manos ensangrentadas, en la nieve ante su cabaña, el cadáver mutilado de su vecino Peter Sladen a los pies. Espantado, había huido a los bosques en un vano esfuerzo para escapar a la imagen de lo que debía tratarse de su propio crimen. 

Aparte de eso no parecía saber nada, sin que el experto examen de sus interrogadores pudiera suministrar hechos adicionales. Esa noche Slater durmió tranquilo y despertó a la mañana siguiente sin otros rasgos particulares que cierta alteración del gesto. 

El doctor Barnard, que mantenía en observación al paciente, creyó descubrir en sus ojos azul pálido cierto brillo de peculiar cualidad, y en los labios fláccidos una tirantez real, aunque casi imperceptible, como de inteligente determinación. Pero al ser interrogado, Slater se refugió en la vacuidad habitual de los montañeses, y tan solo abundaba en lo ya dicho el día anterior.

La tercera mañana tuvo lugar el primero de los ataques mentales del hombre. Tras algunas muestras de intranquilidad durante el sueño, estalló en un ataque tan terrible que se necesitó la fuerza combinada de cuatro hombres para embutirle una camisa de fuerza. 

Los alienistas escucharon con suma atención sus palabras, ya que su curiosidad se veía aguzada hasta un alto grado a través de las sugestivas, aunque en su mayor parte contradictorias e incoherentes, historias de familia y vecinos. Slater deliró alrededor de unos quince minutos, balbuciendo en su dialecto campesino acerca de grandes edificios de luz, océanos de espacio, extrañas músicas y montañas sombrías y valles. 

Pero sobre todo se explayó acerca de alguna entidad misteriosa y brillante que se estremecía, reía y burlaba de él. Esta vasta, vaga entidad, parecía haberle infligido un daño terrible, y su deseo supremo residía en matarla en venganza triunfante. Para lograrlo, decía, debía remontarse a través de abismos de vacío; abrasando cuantos obstáculos se interpusieran a su paso. Ese era su discurso, hasta que cesó de la forma más abrupta. 

El fuego de la locura se esfumó de sus ojos, y con asombro turbio observó a sus interrogadores y les preguntó por qué estaba atado. El doctor Barnard le retiró el arnés de cuero y no se lo colocó hasta la noche, cuando consiguió convencer a Slater de que lo aceptara por propia voluntad, por su propio bien. El hombre ya había admitido que a veces hablaba de forma extraña, aunque no sabía por qué.

En el transcurso de una semana se desencadenaron otros dos ataques, aunque los doctores aprendieron muy poco de ellos. Especularon ampliamente sobre la fuente de las visiones de Slater, ya que, no sabiendo leer ni escribir, y aparentemente nunca habiendo escuchado leyendas o cuentos de hadas, su prodigiosa imaginería resultaba inexplicable. Que no procedía de ningún mito o leyenda quedaba especialmente de manifiesto por el hecho de que aquel desdichado lunático se expresaba acerca de sí mismo tan solo en su sencillo lenguaje. 

Desvariaba sobre cosas que ni entendía ni podía interpretar; cosas que pretendía haber experimentado, pero que no podía haber aprendido a través de cualquier narración normal o coherente. 

Pronto, los alienistas decidieron que en esos sueños anormales residía la clave del problema; sueños tan vívidos que durante ciertos lapsos de tiempo podían dominar por completo a la mente despierta de ese ser humano, básicamente inferior. Slater fue enjuiciado por homicidio, siguiendo las debidas formalidades, absuelto gracias a su locura y recluido en la institución donde yo prestaba mis modestos servicios.

Ya he admitido ser un incansable especulador sobre la vida onírica, y por eso puede juzgarse con qué impaciencia me lancé al estudio del nuevo paciente apenas tuve pleno conocimiento de los hechos que rodeaban al caso. Parecía sentir alguna simpatía hacia mí, despertada sin duda por el interés, que yo no podía ocultar, así como por el modo amable en que yo lo interrogaba. 

Aunque nunca llegó a reconocerme en el transcurso de sus ataques, en los que yo me veía suspendido sin aliento sobre sus caóticas aunque cósmicas descripciones de su mundo, me reconocía en sus horas tranquilas, cuando podía sentarse junto a su ventana barrada tejiendo cestos de paja y sauce, y quizás añorando una libertad en las montañas que nunca recobraría. Su familia jamás intentó verlo; seguramente habían ya hallado otro cabeza de familia temporal, según las costumbres de esos degenerados montañeses.

Poco a poco comencé a sentir una subyugante admiración por las locas y fantásticas creaciones de Joe Slater. En sí mismo, el personaje era patéticamente inferior, tanto en intelecto como en forma de expresarse; pero sus rutilantes y titánicas visiones, aun cuando descritas en una jerga bárbara y deslabazada, eran sin duda algo que tan solo una mente superior o incluso excepcional podía concebir. 

¿Cómo, me preguntaba a menudo, podía la estulta imaginación de un degenerado de Catskill conjurar visiones cuya sola existencia indicaba la presencia de una chispa oculta de genialidad? ¿Cómo podía aquel gañán de las Chimbambas hacerse siquiera idea de esas regiones resplandecientes de brillos y espacios sobrehumanos sobre los que Slater divagaba durante sus furiosos delirios? 

Cada vez más iba haciéndome a la idea de que, en el penoso individuo que se acurrucaba ante mis ojos, se albergaba el núcleo trastornado de algo que trascendía mi comprensión, algo que se hallaba definitivamente más allá de la comprensión de mis colegas médicos y científicos, más experimentados pero menos imaginativos.

Y a pesar de todo yo no lograba obtener nada definitivo del personaje. El resultado de toda mi investigación residía en que, en un estado de vida onírica semiincorpórea, Slater vagabundeaba o flotaba a través de resplandecientes y prodigiosos valles, praderas, jardines, ciudades y palacios de luz; en una región prohibida y desconocida para el hombre. 

Que allí ya no era un labriego y un degenerado, sino una criatura de vida importante y activa; moviéndose orgullosa y dominante, y tan solo preocupada por cierto enemigo mortal que parecía tratarse de un ser de estructura visible aunque etérea, y que no parecía tener forma humana, ya que Slater jamás se refería a él como hombre, sino como un ser. 

El ser había causado a Slater algún daño odioso, aunque no formulado, del que el maníaco (si de un maníaco se trataba) había jurado vengarse. Por la forma en que Slater se refería a sus relaciones, apostaría a que él mismo y el ser luminoso se habían encontrado en igualdad de condiciones; que en esa existencia onírica el hombre era un ser luminoso de la misma estirpe que su enemigo. Esta impresión se sustentaba en las frecuentes referencias a vuelos por el espacio y a calcinar cuanto se opusiera a su avance. 

Sin embargo, tales conceptos eran formulados mediante rústicas palabras, completamente inadecuadas para expresarlos, algo que me hizo colegir que, si un mundo onírico existía realmente, el lenguaje oral no constituía el medio de transmisión de las ideas. 

¿Podría ser que el alma del durmiente que habitaba ese cuerpo inferior luchase desesperadamente tratando de decir cosas que la simple y titubeante lengua de la torpeza no podía proferir? ¿Estaría quizás frente a emanaciones intelectuales capaces de explicar el misterio, a condición de ser capaz de aprender a descubrirlas y leer en ellas? 

No comenté tales cosas con los viejos médicos, ya que la madurez resulta escéptica, cínica y mal predispuesta a las nuevas ideas. Además, el director de la institución últimamente me había llamado la atención, con sus maneras paternales, acerca de que yo estaba trabajando demasiado y que mi mente necesitaba algún reposo.

Yo había sostenido durante largo tiempo la creencia de que el pensamiento humano consiste básicamente en movimientos atómicos y moleculares, transformables en ondas etéreas de energía radiante, tales como el calor, la luz y la electricidad.

Tal creencia me había llevado muy pronto a contemplar la posibilidad de comunicación telepática o mental a través de aparatos adecuados, y en mis días de universidad había preparado un juego de instrumentos de transmisión y recepción, parecidos en cierta forma a los aparatosos mecanismos utilizados por la telegrafía sin hilos durante aquel tosco periodo previo a la radio. 

Los había probado con un compañero de estudios, pero, al no lograr resultado alguno, pronto los había arrinconado, en compañía de otras extravagancias científicas, con miras a su posible uso futuro. 

Ahora, llevado de mi intenso deseo de penetrar en la vida onírica de Joe Slater, acudí de nuevo a dichos instrumentos y empleé algunos días poniéndolos a punto. En cuanto estuvieron operativos de nuevo, no perdí oportunidad de probarlos. 

A cada ataque de violencia en Slater, acoplaba el transmisor a su frente y el receptor a la mía, realizando delicados ajustes para varias e hipotéticas longitudes de onda de la energía intelectual. Yo tenía muy poca idea de en qué forma las impresiones mentales, de tener lugar la comunicación, despertarían respuesta inteligente en mi cerebro; pero poseía la certeza de que podría detectarlas e interpretarlas. Así que proseguí con mis experimentos, aunque sin informar a nadie de su naturaleza.

Finalmente, todo ocurrió el 21 de febrero de 1901. Años después, mirando atrás, comprendo cuán irreal puede parecer, y a veces me pregunto a medias si el anciano doctor Fenton no tendría razón al achacar todo a mi imaginación sobreexcitada. 

Recuerdo que escuchó con gran amabilidad y paciencia cuanto le conté, pero acto seguido me suministró unos sedantes y dispuso para mí unas vacaciones de medio año que inicié a la semana siguiente. Aquella fatídica noche yo me encontraba agitado y perturbado en grado sumo, ya que, a pesar del excelente trato dispensado, Joe Slater agonizaba sin remisión. 

Quizás se trataba de la perdida libertad de montañés, o quizás el desorden de su cerebro se había vuelto excesivamente acusado para su organismo, perezoso en demasía; en todo caso, la llama de la vida se apagaba en aquel cuerpo degradado. Hacia el final se encontraba adormecido y, al caer la oscuridad, se sumió en un sueño inquieto. 

No le puse camisa de fuerza, tal como solía hacer cuando él iba a dormir, ya que veía que se encontraba demasiado débil como para resultar peligroso, aun si recaía en el desorden mental otra vez antes de expirar. Pero coloqué en su cabeza y la mía los dos terminales de mi «radio cósmica»; buscando, contra cualquier esperanza, lograr un primer y último mensaje del mundo onírico en el escaso tiempo que restaba. 

Con nosotros, en la celda, se encontraba un enfermero; un tipo mediocre que no comprendía el propósito del aparato, ni pensó en cuestionarse mis movimientos. Con el pasar de las horas, vi cómo su cabeza se vencía desmayadamente en el sueño, pero no lo molesté. Yo mismo, acunado por la rítmica respiración del sano y del agonizante, debí comenzar a cabecear poco después.

El sonido de una melodía lírica y extraña fue lo que me despabiló. Acordes, vibraciones y éxtasis armónicos resonaban apasionados por doquier mientras ante mi mirada hechizada se abría el formidable espectáculo de la belleza suprema. Muros, columnas y arquitrabes de fuego viviente llameaban refulgentes en torno al sitio en el que me parecía flotar por los aires, remontándose hasta una bóveda inconmensurablemente alta, de indescriptible esplendor. 

Entremezclado en ese despliegue de espléndida magnificencia, o más bien suplantándolo a veces en una calidoscópica rotación, había destellos de amplias llanuras y valles encantadores, altas montañas y grutas sugerentes, dotados con cualquier adorable atributo de imaginería que mis ojos deslumbrados pudieran concebir, aunque modelado por completo en alguna materia reluciente, etérea, plástica, cuya consistencia parecía tan espiritual como material. 

Según observaba, descubrí que la clave de esta encantadora metamorfosis se hallaba en mi propio cerebro, ya que cada panorama que aparecía ante mí era el que mi voluble mente deseaba contemplar. En estos jardines elíseos yo no resultaba un extraño, ya que cada imagen y sonido me resultaba familiar, tal como fuera durante incontables eones de eternidad en el pasado, tal como sería durante las eternidades del porvenir.

Luego, el aura resplandeciente de mi hermano en la luz se me allegó y mantuvo un coloquio conmigo, alma con alma, en silencio y perfecta comunión de pensamientos. Aquella hora era la de un próximo triunfo, ya que, ¿no iba mi compañero a escapar al fin de una degradante esclavitud transitoria, escapar por siempre y prepararse a perseguir al maldito opresor incluso hasta los supernos campos del éter, sobre los que lanzaría una incendiaria venganza cósmica que haría estremecer a las esferas? 

Flotamos así durante un tiempo, hasta que noté cierta turbiedad y desvanecimiento en los objetos circundantes, como si alguna fuerza me reclamase hacia la tierra… el lugar al que menos deseaba yo ir. El ser cercano a mí parecía sentir asimismo algún cambio, ya que gradualmente llevó su discurso a una conclusión, y él mismo se preparó para abandonar el lugar, esfumándose ante mis ojos de forma algo menos rápida que los demás objetos. 

Cambiamos unos pocos pensamientos más y supe que el ser luminoso y yo éramos reclamados por nuestras ataduras, aunque aquella sería la última vez para mi hermano en la luz. El doliente cascarón planetario hallaría su fin en menos de una hora y mi compañero se vería libre para perseguir al opresor a través de la Vía Láctea y más allá de las últimas estrellas, hasta los mismos confines del universo.

Un choque muy definido separa mi última impresión sobre la evanescente escena de luz de mi despertar repentino y algo avergonzado, así como de mi levantamiento de la silla al ver que la agonizante figura del camastro se removía inquieta. Joe Slater, de hecho, se despertaba, aunque probablemente por última vez. 

Al observarlo más detenidamente, vi que en la superficie de sus mejillas brillaban manchas de color que antes no tenía. Los labios, también, se veían diferentes, firmemente apretados por la fuerza de un carácter más decidido que el que poseyera Slater. 

Finalmente, todo el rostro fue tensándose, y la cabeza giró intranquila, con los ojos cerrados. No desperté al enfermero, sino que reajusté el dispositivo de cabeza, ligeramente desajustado, de mi «radio» telepática, intentando captar cualquier mensaje de partida que pudiera emitir el soñador. Todo a un tiempo, la cabeza giró bruscamente hacia mí y los ojos se abrieron de repente, causándome un gran desasosiego al contemplarlo. 

El hombre que fuera Joe Slater, el degenerado de Catskill, me miraba ahora con ojos luminosos, abiertos de par en par; ojos cuyo azul parecía haberse tornado en más profundo. No resultaban visibles ni manía ni degeneración alguna en tal mirada, y supe sin duda alguna que estaba frente a un rostro tras el que subyacía una mente activa y de primer orden.

En tal tesitura, mi cerebro comenzó a abrirse a una lenta influencia externa que operaba sobre mí. Cerré los ojos para concentrar más mis pensamientos y me vi recompensado por el conocimiento real de que el mensaje mental, por tanto tiempo esperado, llegaba por fin. 

Cada idea transmitida se formaba con rapidez en mi mente y, aun cuando no se utilizaba ningún idioma actual, mi habitual asociación de conceptos y expresiones resultaba tan grande que me parecía recibir el mensaje en inglés vulgar.

Joe Slater está muerto —así me llegó la impactante voz, o el agente de más allá del muro del sueño. Con los ojos abiertos busqué el lecho del dolor, lleno de miedo inexplicable; pero los ojos azules aún me contemplaban calmosos, y las facciones todavía mostraban una inteligencia animada—. Está mejor muerto, ya que no era adecuado para albergar la activa inteligencia de una entidad cósmica. 

Su tosco cuerpo no podía sobrellevar los ajustes necesarios entre la vida etérea y planetaria. Era mucho más que un animal, mucho menos que un hombre, aunque gracias a sus defectos has llegado a descubrirme, ya que, en verdad, las almas cósmicas y planetarias no debieran nunca llegar a encontrarse. 

Fue mi tormento y mi prisión durante cuarenta y dos de vuestros años terrestres. Yo soy una entidad igual a la que tú mismo asumes en la libertad que da el sueño sin sueños. Soy tu hermano de luz y he flotado contigo por los valles resplandecientes. No me está permitido hablarle a tu ser terrestre despierto acerca de tu ser real, pero somos vagabundos de los amplios espacios y viajeros por multitud de eras. 

El año próximo quizás esté morando en el oscuro Egipto que tú llamas antiguo, o en el cruel imperio de Tsan-Chan que se alzará dentro de tres mil años. Tú y yo hemos ido a la deriva entre los mundos que danzan en torno al rojo Arturo y habitado los cuerpos de los filósofos insectoides que se arrastran altaneros sobre la cuarta luna de Júpiter. ¡Cuán pequeño es el conocimiento del ser terrestre sobre la vida y su amplitud! ¡Cuán pequeño debe ser, asimismo, para garantizar su propia tranquilidad! 

Del opresor no puedo hablar. Vosotros, en la Tierra, habéis notado inconscientemente su lejana presencia… vosotros, que sin conocimiento, despreocupados, disteis a su parpadeante faro el nombre de Algoz la estrella del demonio. Es para hallar y vencer al opresor que me he esforzado en vano durante eones, retenido por ataduras corpóreas. 

Esta noche partiré como una Némesis, llevando justa y ardiente venganza cataclísmica. Contémplame en el cielo próximo a la estrella del demonio. No puedo hablar mucho más, ya que el cuerpo de Joe Slater se está volviendo frío y rígido, y el grosero cerebro cesa de vibrar como yo deseo. 

Has sido mi hermano en el cosmos; has sido mi único amigo en este planeta —la única alma en sentirme y buscarme dentro de la repelente forma que yace en este camastro. Volveremos a encontrarnos… quizás en las resplandecientes brumas de la Espada de Orión, quizás en una desierta meseta del Asia prehistórica. Quizás en un sueño esta misma noche, imposible de recordar; quizás en otra forma, en los eones por venir, cuando el sistema solar ya no exista.

En este momento, las ondas mentales cesaron bruscamente y los pálidos ojos del soñador —¿o debo decir el muerto?— comenzaron a vidriarse como los de un pez. Medio sumido en estupor, me acerqué al camastro y tomé su muñeca, pero la descubrí fría, rígida, sin pulso. Las fláccidas mejillas volvieron a palidecer, y los labios tensos se abrieron, descubriendo la repugnante dentadura podrida del degenerado Joe Slater. Me estremecí, pasé una manta sobre aquella cara espantosa y desperté al enfermero. Luego abandoné la celda y volví en silencio a mi cuarto. Necesitaba imperiosa e inexplicablemente dormir un sueño cuyos sueños no debo recordar.

¿El clímax? ¿Qué sencillo relato científico puede alardear de tal efecto retórico? Sencillamente he consignado algunos hechos que yo creo reales, permitiéndoos interpretarlos a vuestro antojo. Como ya he admitido, mi superior, el viejo doctor Fenton, niega la realidad de cuanto he dicho. Afirma que me hallaba colapsado por la tensión nerviosa y sumamente necesitado de las largas vacaciones con sueldo completo que tan generosamente me concedió. 

Jura por su honor profesional que Joe Slater no era sino un paranoico incurable, cuyas fantásticas concepciones debían proceder de la tosca herencia de cuentos populares que circulan aún en la más decadente de las comunidades. 

Todo eso dice… aunque no puedo olvidar lo visto en el cielo tras la noche de Slater. Para evitar que me creáis un testigo parcial, será otra pluma la que de este último testimonio, que quizás pueda suplir el clímax que esperabais. Reseñaré el siguiente informe sobre la estrella Nova Persei, extraído de las notas de esa eminente autoridad astronómica, el profesor Garrett P Serviss.

«El día 22 de febrero de 1901, una nueva y maravillosa estrella fue descubierta por el doctor Anderson, de Edimburgo, no lejos de Algol. Ningún astro era antes visible en ese lugar. En veinticuatro horas, la desconocida había alcanzado brillo suficiente como para opacar Capella. En una semana o dos había aminorado visiblemente, y con el paso de unos pocos meses apenas era visible a simple vista».

 

Un maravilloso cuento oriental de un santo desnudo - Wilhelm Heinrich Wackenröder

El Oriente es la patria de todo lo maravilloso. En la antigüedad y en los inicios de las costumbres de tan lejanos países, se hallan consejas y enigmas extremadamente raros que aún se resisten a la razón, según ella misma más sabia. 

Viven también en estos parajes seres extraños que nosotros consideramos locos pero que, en aquellas tierras, son adorados como seres sobrenaturales. 

El espíritu oriental considera a estos santos desnudos como depositarios maravillosos de un genio más elevado que, desde el firmamento, se ha precipitado en el cuerpo humano, que ahora no sabe comportarse humanamente. 

Pues, según vemos, todas las cosas en el Mundo son ya de una u otra manera, según las observemos. La razón humana es un filtro maravilloso que, a su solo contacto, convierte todo cuanto existe de acuerdo con nuestros deseos.

Así, uno de estos santos desnudos vivía en una remota caverna o gruta, a cuyo lado corría un hilo de agua. Nadie podía decir cómo había llegado hasta allí. Como quiera que haya sido, su presencia se había notado desde hacía pocos años. Lo descubrió una caravana y, desde entonces, se sucedieron frecuentes peregrinaciones hasta su solitaria morada.

Este curioso ser no gozaba de paz ni en la noche ni en el día, tenía siempre la impresión de estar bajo el continuo zumbido de las rotaciones de la Rueda del Tiempo.

Nada podía hacer frente a ese ruido, nada podía proponerse. Un miedo inmenso lo agotaba en su trabajo continuo, impidiéndole también escuchar otra cosa que no fuese –en su incansable movimiento– el estrépito de la terrible rueda, la cual llegaba hasta las mismas estrellas o incluso las sobrepasaba. 

Como una cascada de caudalosas y retumbantes corrientes que caían desde el firmamento, derramándose para la eternidad, suspendida en el instante, carente del sosiego de un segundo, así sonaba en sus oídos, y sus sentidos todos se hallaban fijamente concentrados sólo en ella. La efusión de su miedo, cautiva cada vez más en el remolino de una salvaje confusión, era arrastrada a su yo interior, y los sonidos, mezclados unos con otros, se tornaban atrozmente indómitos. 

No podía descansar, día y noche se le veía en el ajetreo más laborioso y enérgico, como si intentara darle vueltas a una enorme rueda. De sus incoherentes frases podía sacarse en limpio que se sentía repelido por ella, que quería reforzar la veloz y desenfrenada rotación con todo el esfuerzo de su cuerpo, con objeto de que el tiempo no cayera en peligro de inmovilizarle un solo instante. Como se le preguntara qué estaba haciendo, gritaba entonces convulsivamente:

–¡Infelices! ¿No estáis oyendo la fragorosa Rueda del Tiempo?

Y acto seguido continuaba trabajando más desenfrenadamente aún, derramando sudor sobre la tierra, y con gestos desarticulados posaba la mano sobre su palpitante pecho, como si quisiera sentir el enorme engranaje de la perpetua marcha. Se enfurecía cuando los peregrinos llegaban a él y permanecían de pie, tranquilamente, observándolo o susurrando entre sí. 
 
Se estremecía apasionadamente al mostrarles la incontenible rotación de la perpetua Rueda del Tiempo, veloz, uniforme y regular. Crecía su cólera frente a aquellos que no sentían ni notaban nada del mecanismo, en el que estaban también engranados férreamente; los apartaba de sí cuando, en medio de su furor, alguien se le aproximaba demasiado.

Si no querían verse expuestos, tenían que imitar vivazmente su esforzado movimiento. Pero su enojo se volvía mucho más feroz y peligroso sí a su lado un desconocido emprendía cualquier trabajo físico, como sembrar en las proximidades de su caverna o bien arrancar yerbas o cortar ramas. Entonces, en virtud de que, hallándose bajo el terrible fluir del tiempo, alguien fuera capaz de pensar en estas míseras ocupaciones, él solía reírse inconteniblemente. 

Saltaba de su cueva como un tigre y, si llegaba a alcanzar a un infeliz, le arrancaba la vida de un solo golpe. Regresaba de inmediato a su caverna y con mayor vehemencia que antes, daba vuelta a la Rueda del Tiempo. Sin embargo, durante varios días seguía enfurecido; les hablaba a los hombres con frases sin sentido, reclamándoles cómo era posible que se ocuparan de otras cosas y emprendiesen trabajos tan indignos. 

No era capaz de alargar el brazo hacia cualquier cosa para tomarla con la mano, no podía dar ningún paso como otro cualquiera. Un miedo estremecedor lo recorría por dentro al intentar, aunque fuera una sola vez, interrumpir ese vertiginoso caos. 

Apenas en contadas ocasiones, cuando las noches lucían hermosas y la Luna se elevaba delante de su obscura gruta, se abrazaba de pronto a sí mismo, gemía y lloraba desesperado, pues el ruido de la gigantesca Rueda del Tiempo no lo dejaba en paz para que él, que era un santo, pudiera realizar y crear algo sobre la faz de la Tierra. 

En aquellos momentos sentía un anhelo por todo lo hermoso y desconocido, y hacía esfuerzos por levantarse y poner manos y pies en movimientos suaves y tranquilos, ¡pero todo esfuerzo era inútil! Buscaba algo especial, desconocido, que pudiera tocar y a lo cual quería entregarse. 

Aspiraba a salvarse de sí mismo dentro o fuera de sí mismo, pero ¡era imposible! Su desesperación y su llanto no podían ser mayores. Lanzando un fuerte bramido, se levantaba de un salto y empujaba de nuevo la tremendamente ruidosa Rueda del Tiempo.

Así continuó durante varios años, días y noches enteros. En cierta ocasión, en verano, en una hermosa noche de Luna llena, el santo estaba, como otras veces, en el suelo de su caverna, gimoteando y retorciéndose las manos. 

La noche era fascinante: en el azuloso firmamento las estrellas lucían como adornos dorados sobre un amplio y sólido escudo; de las claras mejillas del rostro de la Luna irradiaba una tenue luz bajo la cual la verde Tierra se bañaba. Las copas de los árboles emergían, bajo esa maravillosa iluminación, como nubes que navegaban sobre troncos, y las chozas de los lugareños se hallaban convertidas en obscuras figuras rocosas y en albeantes palacios fantasmagóricos. Los hombres, no más cegados por los rayos del Sol, vivían con sus miradas en el firmamento, y sus almas se reflejaban hermosamente en el celestial esplendor de la noche de Luna.

Dos amantes, que gustaban de abandonarse a las maravillas de la soledad nocturna, remontaron esa noche el río en un bote ligero, que pasó ante la caverna del santo. Los penetrantes rayos lunares habían alumbrado y diluido sus más íntimos y obscuros rincones en las almas de los amantes. Habían fundido sus sentimientos más delicados y, unidos, navegaban dentro de las ilimitadas corrientes. 

Desde su embarcación se esparcía una música etérea que flotaba ascendiendo hacia el espacio celeste. Dulces trompetas y algunos otros encantadores instrumentos recrearon un mundo de flotantes sonidos melodiosos y, a través de ellos, se escuchaba la siguiente canción:

 

Una ansiada y dulce lluvia 
recorre los campos y los ríos.
Tersos rayos de Luna preparan el tálamo 
a los arrobados sentidos del amor.
¡Ay! ¡Cómo murmuran las aguas! ¡Cómo reflejan
sus rizados hilos en la bóveda celeste!
Amor habita el firmamento,
como oleaje puro nos inflama
en una gloria luminar que no se encendería
si Amor no infundiera fortaleza.
Y, tocado por el hálito del Cielo,
Cielo, agua y Tierra se sonríen.
El claro de Luna se prolonga en las flores,
robadas por el sueño fueron las palmeras,
el follaje corona los santuarios
y, elevando sus tiernos suspiros,
desde su quimera, palmeras y flores,
hijas de Amor, esparcen todos sus sonidos.

 

A las primeras notas de la música y los versos, desapareció en el santo la frenética Rueda del Tiempo. Eran las primeras notas que se habían escuchado en esos solitarios parajes. El incierto anhelo se había cumplido dando fin al hechizo, el genio perdido se había librado de su envoltura terrenal. 

El cuerpo del santo desapareció; esta forma espiritual, bella como un ángel, tejida en ligeros perfumes, se elevó desde la cueva, alargó sus delgados brazos, pleno de ansiedad, hacia el Cielo, y fue ascendiendo acorde con la melodía de la música, en movimientos danzantes, hacia las alturas.

Cada vez más alto, hacia el firmamento, la eterna y diáfana figura flotó, elevada por los tonos suavemente ondulantes de las trompetas y el canto. Con alegría celestial, la figura danzaba aquí y allá, intermitentemente, sobre las blancas nubes que nadaban en el espacio aéreo, balanceándose cada vez más alto en rítmicos movimientos hasta que, finalmente, voló hacia los astros en espirales ascendentes. Entonces el firmamento se dejó oír a través de los aires con estruendoso clamor, puro y celestial, hasta que el genio penetró en su inmensidad.

Caravanas de viajeros admiraron la milagrosa aparición nocturna, y los amantes creían estar viendo al genio del amor y de la música.