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Apuestas - Roald Dahl

En la mañana del tercer día el mar se calmó. Hasta los pasajeros más delicados —los que no habían salido desde que el barco partió— abandonaron sus camarotes y fueron al puente, donde el camarero les dio sillas y puso en sus piernas confortables mantas. Allí se sentaron frente al pálido y tibio sol de enero. 

El mar había estado bastante movido los dos primeros días y esta repentina calma y sensación de confort habían creado una agradable atmósfera en el barco. Al llegar la noche, los pasajeros, después de dos horas de calma, empezaron a sentirse comunicativos y a las ocho de aquella noche el comedor estaba lleno de gente que comía y bebía con el aire seguro y complaciente de auténticos marineros.

Hacia la mitad de la cena los pasajeros se dieron cuenta, por un ligero balanceo de sus cuerpos y sillas, de que el barco empezaba a moverse otra vez. Al principio fue muy suave, un ligero movimiento hacia un lado, luego hacia el otro, pero fue lo suficiente para causar un sutil e inmediato cambio de humor en la estancia. 

Algunos pasajeros levantaron la vista de su comida, dudando, esperando, casi oyendo el movimiento siguiente, sonriendo nerviosos y con una mirada de aprensión en los ojos. Algunos parecían despreocupados, otros estaban decididamente tranquilos, e incluso hacían chistes acerca de la comida y del tiempo, para torturar a los que estaban asustados. 

El movimiento del barco se hizo de repente más y más violento y cinco o seis minutos después de que el primer movimiento se hiciera patente, el barco se tambaleaba de una parte a otra y los pasajeros se agarraban a sus sillas y a los tiradores como cuando un coche toma una curva.


Finalmente el balanceo se hizo muy fuerte y el señor William Botibol, que estaba sentado a la mesa del sobrecargo, vio su plato de rodaballo con salsa holandesa deslizarse lejos de su tenedor. Hubo un murmullo de excitación mientras todos buscaban platos y vasos. La señora Renshaw, sentada a la derecha del sobrecargo, dio un pequeño grito y se agarró al brazo del caballero.

—Va a ser una noche terrible —dijo el sobrecargo, mirando a la señora Renshaw—, me parece que nos espera una buena noche.

Hubo un matiz raro en su modo de decirlo.

Un camarero llegó corriendo y derramó agua en el mantel, entre los platos. La excitación creció. La mayoría de los pasajeros continuaron comiendo. Un pequeño número, que incluía a la señora Renshaw, se levantó y echó a andar con rapidez, dirigiéndose hacia la puerta.

—Bueno —dijo el sobrecargo—, ya estamos otra vez igual.

Echó una mirada de aprobación a los restos de su rebaño, que estaban sentados, tranquilos y complacientes, reflejando en sus caras ese extraordinario orgullo que los pasajeros parecen tener al ser reconocidos como buenos marineros.

Cuando terminó la comida y se sirvió el café, el señor Botibol, que tenía una expresión grave y pensativa desde que había empezado el movimiento del barco, se levantó y puso su taza de café en el sitio donde la señora Renshaw había estado sentada, junto al sobrecargo. Se sentó en su silla e inmediatamente se inclinó hacia él, susurrándole al oído:

—Perdón, ¿me podría decir una cosa, por favor?

El sobrecargo, hombre pelirrojo, pequeño y grueso, se inclinó para poder escucharle.

—¿Qué ocurre, señor Botibol?

—Lo que quiero saber es lo siguiente...

Al observarlo, el sobrecargo vio la inquietud que se reflejaba en el rostro del hombre.

—¿Sabe usted si el capitán ha hecho ya la estimación del recorrido para las apuestas del día? Quiero decir, antes de que empezara la tempestad.

El sobrecargo, que se había preparado para recibir una confidencia personal, sonrió y se echó hacia atrás, haciendo descansar su cuerpo.

—Creo que sí, bueno... sí —contestó.

No se molestó en decirlo en voz baja, aunque automáticamente bajó el tono de voz como siempre que se responde a un susurro.

—¿Cuándo cree usted que la ha hecho?

—Esta tarde. Él siempre hace eso por la tarde.

—Pero ¿a qué hora?

—¡Oh, no lo sé! A las cuatro, supongo.

—Bueno, ahora dígame otra cosa. ¿Cómo decide el capitán cuál será el número? ¿Se lo toma en serio?

El sobrecargo miró al inquieto rostro del señor Botibol y sonrió, adivinando lo que el hombre quería averiguar.

—Bueno, el capitán celebra una pequeña conferencia con el oficial de navegación, en la que estudian el tiempo y muchas otras cosas, y luego hacen el parte.

El señor Botibol asintió con la cabeza, ponderando esta respuesta durante algunos momentos. Luego dijo:

—¿Cree que el capitán sabía que íbamos a tener mal tiempo hoy?

—No tengo ni idea —replicó el sobrecargo. Miró los pequeños ojos del hombre, que tenían reflejos de excitación en el centro de sus pupilas—. No tengo ni idea, no se lo puedo decir porque no lo sé.

—Si esto se pone peor, valdría la pena comprar algunos números bajos. ¿No cree?

El susurro fue más rápido e inquieto.

—Quizá sí —dijo el sobrecargo—. Dudo que el viejo apostara por una noche tempestuosa. Había mucha calma esta tarde, cuando ha hecho el parte.

Los otros en la mesa habían dejado de hablar y escuchaban al sobrecargo mirándolo con esa mirada intensa y curiosa que se observa en las carreras de caballos, cuando se trata de escuchar a un entrenador hablando de su suerte: los ojos medio cerrados, las cejas levantadas, la cabeza hacia adelante y un poco inclinada a un lado. Esa mirada medio hipnotizada que se da a una persona que habla de cosas que no conoce bien.

—Bien, supongamos que a usted se le permitiera comprar un número. ¿Cuál escogería hoy? —susurró el señor Botibol.

—Todavía no sé cuál es la clasificación —contestó pacientemente el sobrecargo—, no se anuncia hasta que empieza la apuesta después de la cena. De todas formas no soy un experto, soy solo el sobrecargo.

En este punto el señor Botibol se levantó.

—Perdónenme —dijo, y se marchó abriéndose camino entre las mesas.

Varias veces tuvo que cogerse al respaldo de una silla para no caerse, a causa de uno de los bandazos del barco.

—Al puente, por favor —dijo al ascensorista.

El viento le dio en pleno rostro cuando salió al puente. Se tambaleó y se agarró a la barandilla con ambas manos. Allí se quedó mirando al negro mar, las grandes olas que se curvaban ante el barco, llenándolo de espuma al chocar contra él.

—Hace muy mal tiempo, ¿verdad, señor? —comentó el ascensorista cuando bajaban.

El señor Botibol se estaba peinando con un pequeño peine rojo.

—¿Cree que hemos disminuido la velocidad a causa del tiempo? —preguntó.

—¡Oh, sí, señor! La velocidad ha disminuido considerablemente al empezar el temporal. Se debe reducir la velocidad cuando el tiempo es tan malo, porque los pasajeros caerían del barco.

Abajo, en el salón, la gente empezó a reunirse para la subasta. Se agruparon en diversas mesas, los hombres un poco incómodos, enfundados en sus trajes de etiqueta, bien afeitados y al lado de sus mujeres, cuidadosamente arregladas. 

El señor Botibol se sentó a una mesa, cerca del que dirigía las apuestas. Cruzó las piernas y los brazos y se sentó en el asiento con el aire despreocupado del hombre que ha decidido algo muy importante y no quiere tener miedo.


La apuesta, se dijo a sí mismo, sería aproximadamente de siete mil dólares, o al menos esa había sido la cantidad de los dos días anteriores. Como el barco era inglés, esta cifra sería su equivalente en libras, pero le gustaba pensar en el dinero de su propio país; siete mil dólares era mucho dinero, mucho. 

Lo que haría sería cambiarlo en billetes de cien dólares, los llevaría en el bolsillo posterior de su chaqueta; no había problema. Inmediatamente compraría un Lincoln descapotable, lo recogería y lo llevaría a casa con la ilusión de ver la cara de Ethel cuando saliera a la puerta y lo viera. Sería maravilloso ver la cara que pondría cuando él saliera de un Lincoln descapotable último modelo, color verde claro.


«¡Hola, Ethel, cariño! —diría, hablando, sin darle importancia a la cosa—, te he traído un pequeño regalo. Lo vi en el escaparate al pasar y pensé que tú siempre deseaste uno. ¿Te gusta el color, cariño?». Luego la miraría.

El subastador estaba de pie detrás de la mesa.

—¡Señoras y señores! —gritó—, el capitán ha calculado el recorrido del día, que terminará mañana al mediodía; en total son quinientas quince millas. Como de costumbre, tomaremos los diez números que anteceden y siguen a esta cifra, para establecer la escala; por lo tanto serán entre quinientas cinco y quinientas veinticinco; y naturalmente, para aquellos que piensen que el verdadero número está más lejos, habrá un «punto bajo» y un «punto alto» que se venderán por separado. Ahora sacaré los primeros del sombrero..., aquí están... ¿Quinientos doce?

No se oyó nada. La gente estaba sentada en sus sillas observando al subastador; había una cierta tensión en el aire y al ir subiendo las apuestas, la tensión fue aumentando. Esto no era un juego: la prueba estaba en las miradas que dirigía un hombre a otro cuando este subía la apuesta que el primero había hecho; solo los labios sonreían, los ojos estaban brillantes y un poco fríos.

El número quinientos doce fue comprado por ciento diez libras. Los tres o cuatro números siguientes alcanzaron cifras aproximadamente iguales.

El barco se movía mucho y cada vez que daba un bandazo los paneles de madera crujían como si fueran a partirse. Los pasajeros se cogían a los brazos de las sillas, concentrándose al mismo tiempo en la subasta.

—Punto bajo —gritó el subastador—, el próximo número es el punto más bajo.

El señor Botibol tenía todos los músculos en tensión. Esperaría, decidió, hasta que los otros hubiesen acabado de apostar, luego se levantaría y haría la última apuesta. Se imaginaba que tendría por lo menos quinientos dólares en su cuenta bancaria, quizá seiscientos. Esto equivaldría a unas doscientas libras, más de doscientas. El próximo boleto no valdría más de esa cantidad.

—Como ya saben todos ustedes —estaba diciendo el subastador—, el punto bajo incluye cualquier número por debajo de quinientos cinco. Si ustedes creen que el barco va a hacer menos de quinientas millas en veinticuatro horas, o sea hasta mañana al mediodía, compren este número. ¿Qué apuestan?

Se subió hasta ciento treinta libras. Además del señor Botibol, había algunos que parecían haberse dado cuenta de que el tiempo era tormentoso. Ciento cincuenta... Ahí se paró. El subastador levantó el martillo.

—Van ciento cincuenta...

—¡Sesenta! —dijo el señor Botibol. Todas las caras se volvieron para mirarle.

—¡Setenta!

—¡Ochenta! —gritó el señor Botibol.

—¡Noventa!

—¡Doscientas! —dijo el señor Botibol, que no estaba dispuesto a ceder.

Hubo una pausa.

—¿Hay alguien que suba a más de doscientas libras?

«Quieto —se dijo a sí mismo—, no te muevas ni mires a nadie, eso da mala suerte. Contén la respiración. Nadie subirá la apuesta si contienes la respiración».

—Van doscientas libras...

El subastador era calvo y las gotas de sudor le resbalaban por su desnuda cabeza.

—¡Uno...!

El señor Botibol contuvo la respiración.

—¡Dos...! ¡Tres!

El hombre golpeó la mesa con el martillo. El señor Botibol firmó un cheque y se lo entregó al asistente del subastador, luego se sentó en una silla a esperar que todo terminara. No quería irse a la cama sin saber lo que se había recaudado.

Cuando se hubo vendido el último número lo contaron todo y resultó que habían reunido unas mil cien libras, o sea, seis mil dólares. El noventa por ciento era para el ganador y el diez por ciento era para las instituciones de caridad de los marineros. El noventa por ciento de seis mil eran cinco mil cuatrocientas; bien, era suficiente. Compraría el Lincoln descapotable y aún le sobraría. Con estos gloriosos pensamientos se marchó a su camarote feliz y contento, dispuesto a dormir toda la noche.

Cuando el señor Botibol se despertó a la mañana siguiente, se quedó unos minutos con los ojos cerrados, escuchando el sonido del temporal, esperando el movimiento del barco. No había señal alguna de temporal y el barco no se movía lo más mínimo. Saltó de la cama y miró por el ojo de buey. ¡Dios mío! El mar estaba como una balsa de aceite, el barco avanzaba rápidamente, tratando de ganar el tiempo perdido durante la noche. 

El señor Botibol se sentó lentamente en el borde de su litera. Un relámpago de temor empezó a recorrerle la piel y a encogerle el estómago. Ya no había esperanza, un número alto ganaría la apuesta. —¡Oh, Dios mío! —dijo en voz alta—. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué diría Ethel, por ejemplo? 

Era sencillamente imposible explicarle que se había gastado la casi totalidad de lo ahorrado durante los dos últimos años en comprar un ticket para la subasta. Decirle eso equivalía a exigirle que no siguiera firmando cheques. 

¿Y qué pasaría con los plazos del televisor y de la Enciclopedia Británica? Ya le parecía estar viendo la ira y el reproche en los ojos de la mujer, el azul deviniendo gris y los ojos mismos achicándosele como siempre les ocurría cuando se colmaban de ira.


—¡Oh, Dios mío!, ¿qué puedo hacer?

No cabía duda de que ya no tenía ninguna posibilidad, a menos que el maldito barco empezase a ir marcha atrás. Tendrían que volver y marchar a toda velocidad en sentido contrario, si no, no podía ganar. Bueno, quizá podría hablar con el capitán y ofrecerle el diez por ciento de los beneficios, o más si él accedía.

El señor Botibol empezó a reírse, pero de repente se calló y sus ojos y su boca se abrieron en un gesto de sorpresa porque en aquel preciso momento le había llegado la idea. Dio un brinco de la cama, terriblemente excitado, fue hacia la ventanilla y miró hacia afuera.

«Bien —pensó—. ¿Por qué no?». El mar estaba en calma y no habría ningún problema en mantenerse a flote hasta que le recogieran. Tenía la vaga sensación de que alguien ya había hecho esto anteriormente, lo cual no impedía que lo repitiera. 

El barco tendría que parar y lanzar un bote y el bote tendría que retroceder quizá media milla para alcanzarlo. Luego tendría que volver al barco y ser izado a bordo; esto llevaría por lo menos una hora. Una hora eran unas treinta millas y así haría disminuir la estimación del día anterior. 

Entonces entrarían en el punto bajo y ganaría. Lo único importante sería que alguien le viera caer; pero esto era fácil de arreglar. Tendría que llevar un traje ligero, algo fácil para poder nadar. Un traje deportivo, eso es. Se vestiría como si fuera a jugar al frontón: una camisa, unos pantalones cortos y zapatos de tenis. ¡Ah!, y dejar su reloj.


¿Qué hora era? Las nueve y quince minutos. Cuanto más pronto mejor. Hazlo ahora y quítate ese peso de encima. Tienes que hacerlo pronto porque el tiempo límite es el mediodía.

El señor Botibol estaba asustado y excitado cuando subió al puente vestido con su traje deportivo. Su cuerpo pequeño se ensanchaba en las caderas y los hombros eran extremadamente estrechos. El conjunto tenía la forma de una pera. Las piernas, blancas y delgadas, estaban cubiertas de pelos muy negros.

Salió cautelosamente al puente y miró en derredor. Solo había una persona a la vista, una mujer de mediana edad, un poco gruesa, que estaba apoyada en la barandilla mirando al mar. Llevaba puesto un abrigo de cordero persa con el cuello subido de tal forma que era imposible distinguir su cara.

La empezó a examinar concienzudamente desde lejos. Sí, se dijo a sí mismo, esta, probablemente, servirá. Era casi seguro que daría la alarma en seguida. Pero espera un momento, tómate tiempo, William Botibol. ¿Recuerdas lo que pensabas hacer hace unos minutos en el camarote, cuando te estabas cambiando? ¿Lo recuerdas?

El pensamiento de saltar del barco al océano, a mil millas del puerto más próximo, le había convertido en un hombre extremadamente cauto. No estaba en absoluto tranquilo, aunque era seguro que la mujer daría la alarma en cuanto él saltara. 

En su opinión había dos razones posibles por las cuales no lo haría. La primera: que fuese sorda o ciega. No era probable, pero por otra parte podía ser así y ¿por qué arriesgarse? Lo sabría hablando con ella unos instantes. Segundo, y esto demuestra lo suspicaz que puede llegar a ser un hombre cuando se trata de su propia conservación, se le ocurrió que la mujer podía ser la poseedora de uno de los números altos de la apuesta y por lo tanto tener una poderosa razón financiera para no querer hacer detener el barco. 

El señor Botibol recordaba que había gente que había matado a sus compañeros por mucho menos de seis dólares. Se leía todos los días en los periódicos. ¿Por qué arriesgarse entonces? Arréglalo bien y asegura tus actos. Averígualo con una pequeña conversación. Si además la mujer resultaba agradable y buena, ya estaba todo arreglado y podía saltar al agua tranquilo.


El señor Botibol avanzó hacia la mujer y se puso a su lado, apoyándose en la barandilla.

—¡Hola! —dijo galantemente.

Ella se volvió y le correspondió con una sonrisa sorprendentemente maravillosa y angelical, aunque su cara no tenía en realidad nada especial.

—¡Hola! —le contestó.

Ya tienes la primera pregunta contestada, se dijo el señor Botibol, no es ciega ni sorda...

—Dígame —dijo, yendo directamente al grano—. ¿Qué le pareció la apuesta de anoche?

—¿Apuesta? —preguntó extrañada—. ¿Qué apuesta?

—Es una tontería. Hay una reunión después de cenar en el salón y allí se hacen apuestas sobre el recorrido del barco. Solo quería saber lo que piensa de ello.

Ella movió negativamente la cabeza y sonrió agradablemente con una sonrisa que tenía algo de disculpa.

—Soy muy perezosa —dijo—. Siempre me voy pronto a la cama y allí ceno. Me gusta mucho cenar en la cama.

El señor Botibol le sonrió y dio la vuelta para marcharse.

—Ahora tengo que ir a hacer gimnasia, nunca perdono la gimnasia por la mañana. Ha sido un placer conocerla, un verdadero placer...

Se retiró unos diez pasos. La mujer le dejó marchar sin mirarle.

Todo estaba en orden. El mar estaba en calma, él se había vestido ligeramente para nadar, casi seguro que no había tiburones en esa parte del Atlántico, y también contaba con esa buena mujer para dar la alarma. Ahora era solo cuestión de que el barco se retrasara lo suficiente a su favor. Era casi seguro que así ocurriría. De cualquier modo, él también ayudaría un poco. 

Podía poner algunas dificultades antes de subir al salvavidas, nadar un poco hacia atrás y alejarse subrepticiamente mientras trataban de ayudarle. Un minuto, un segundo ganado, eran preciosos para él. Se dirigió de nuevo hacia la barandilla, pero un nuevo temor le invadió. ¿Le atraparía la hélice? Él sabía que les había ocurrido a algunas personas al caerse de grandes barcos. Pero no iba a caer, sino a saltar y esto era diferente, si saltaba a buena distancia, la hélice no le cogería.


El señor Botibol avanzó lentamente hacia la barandilla a unos veinte metros de la mujer. Ella no le miraba en aquellos momentos. Mejor. No quería que le viera saltar. Si no lo veía nadie, podría decir luego que había resbalado y caído por accidente. Miró hacia abajo. Estaba bastante alto, ahora se daba cuenta de que podía herirse gravemente si no caía bien. 

¿No había habido alguien que se había abierto el estómago de ese modo? Tenía que saltar de pie y entrar en el agua como un cuchillo. El agua parecía fría, profunda, gris. Solo mirarla le daba escalofríos, pero había que hacerse el ánimo, ahora o nunca.


«Sé un hombre, William Botibol, sé un hombre. Bien... ahora... vamos allá».

Subió a la barandilla y se balanceó durante tres terribles segundos antes de saltar, al mismo tiempo que gritaba:

—¡Socorro!

—¡Socorro! ¡Socorro! —siguió gritando al caer.

Luego se hundió bajo el agua.

Al oír el primer grito de socorro la mujer que estaba apoyada en la barandilla dio un salto de sorpresa. Miró a su alrededor y vio al hombrecillo vestido con pantalones cortos y zapatillas de tenis, gritando al caer. Por un momento no supo qué decisión tomar: hacer sonar la campanilla, correr a dar la voz de alarma, o simplemente gritar. 

Retrocedió un paso de la barandilla y miró por el puente, quedándose unos instantes quieta, indecisa. Luego, casi de repente, se tranquilizó y se inclinó de nuevo sobre la barandilla mirando al mar. Pronto apareció una cabeza entre la espuma y un brazo se movió una, dos veces, mientras una voz lejana gritaba algo difícil de entender. La mujer se quedó mirando aquel punto negro; pero pronto, muy pronto, fue quedando tan lejos, que ya no estaba segura de que estuviera allí.


Después de un ratito apareció otra mujer en el puente. Era muy flaca y angulosa y llevaba gafas. Vio a la primera mujer y se dirigió a ella, atravesando el puente con ese andar peculiar de las solteronas.

—¡Ah, estás aquí!

La mujer se volvió y vio a la otra, pero no dijo nada.

—Te he estado buscando por todas partes —dijo la delgada.

—Es extraño —dijo la primera mujer—, hace un momento un hombre ha saltado del barco completamente vestido.

—¡Tonterías!

—¡Oh, sí! Ha dicho que quería hacer ejercicio y se ha sumergido sin siquiera quitarse el traje.

—Bueno, bajemos —dijo la mujer delgada. En su rostro había un gesto duro y hablaba menos amablemente que antes—. No salgas sola al puente otra vez. Sabes muy bien que tienes que esperarme.

—Sí, Maggie —dijo la mujer gruesa, y sonrió otra vez con una sonrisa dulce y tierna.

Cogió la mano de la otra y se dejó llevar por el puente.

—¡Qué hombre tan amable! —dijo—. Me saludaba con la mano.

Momo - Michael Ende


Momo llega al lugar de donde viene el tiempo.

Momo se hallaba en la mayor sala que jamás hubiera visto. Era más alta que la más extensa de las iglesias y más amplia que la mayor de las estaciones de ferrocarril. Inmensas columnas soportaban un techo que se adivinaba más que se veía allí arriba, en la semioscuridad. No había ventanas. La luz dorada que tramaba toda esa inconmensurable sala provenía de incontables velas que ardían por todos lados y cuyas llamas quemaban con tal inmovilidad como si hubieran estado pintadas de colores y no necesitaran consumir cera para arder.

Todos los ruidos que Momo había oído al entrar provenían de innumerables relojes de todos los tamaños y formas. Estaban de pie y tendidos sobre largas mesas, en vitrinas de cristal, en consolas doradas y en interminables estantes.

Había relojes de bolsillo incrustados de pedrería, vulgares despertadores de hojalata, relojes de arena, carillones con figuritas de bailarines encima, relojes de sol, relojes de madera, de piedra, de cristal y relojes impulsados por un salto de agua cantarín. De las paredes colgaban toda clase de relojes de cuco y otros con pesas y péndulos, algunos de los cuales oscilaban lenta y majestuosamente y otros que bailaban agitados de un lado a otro. 

A la altura del primer piso había, por toda la sala, una galería, a la que conducía una escalera de caracol. Más arriba, otra galería, encima otra y otra. Y en todos lados había relojes. Relojes mundiales en forma de globo terráqueo, que indicaban la hora de todos los puntos de la Tierra, y planetarios, grandes y pequeños, con el sol, la luna y las estrellas. En el centro de la sala se alzaba todo un bosque de relojes de pie.
 
Continuamente estaba sonando la hora en uno u otro reloj, porque cada reloj marcaba una hora diferente. Pero no era un ruido desagradable, sino un susurro constante, como en un bosque, en verano.

Momo daba vueltas y miraba, con grandes ojos, todas esas rarezas. Precisamente estaba ante un reloj de pared, muy decorado, en el que dos figuritas, una de hombre y otra de mujer, se daban la mano para el baile. Iba a darles un golpecito con el dedo, para ver si así se movían, cuando de repente oyó decir a una voz desconocida:

—¡Ah, Casiopea! ¿Ya estás aquí? ¿Es que no me has traído a la pequeña Momo?

La niña se volvió y vio, en un callejón entre los grandes relojes de pie, a un delicado anciano de pelo plateado que se agachaba y miraba a la tortuga que estaba en el suelo delante de él. Llevaba una larga casaca bordada de plata, calzones de seda azul, medias blancas y zapatos con grandes hebillas de oro. Por los puños y el cuello sobresalían de la casaca unas puntillas, y su pelo plateado estaba trenzado en una pequeña coleta. Momo no había visto nunca un traje así, pero alguien menos ignorante habría descubierto enseguida que se trataba de la moda de hacía doscientos años.
 
—¿Qué dices? —prosiguió el anciano, dirigiéndose todavía a la tortuga—. ¿Ya está aquí? ¿Dónde está, pues?

Sacó del bolsillo unas gafitas, parecidas a las que llevaba Beppo, solo que estas eran de oro, y miró a su alrededor, buscando.

—¡Estoy aquí! —gritó Momo.

El anciano se dirigió hacia ella con una alegre sonrisa y las manos extendidas. Mientras se acercaba, le pareció a Momo que a cada paso se volvía más joven. Cuando se paró ante ella, le tomó las dos manos y se las estrechó cordialmente, apenas parecía mayor que la propia Momo.

—¡Bienvenida! —exclamó con alegría—. ¡Cordialmente bienvenida a la casa de Ninguna Parte! Permíteme, pequeña Momo, que me presente. Soy el maestro Hora, Segundo Minucio Hora.

—¿De veras que me esperabas? —preguntó Momo, sorprendida.

—¡Pues claro! Si he enviado especialmente a mi tortuga Casiopea para que te recogiera.

Sacó de su chaleco un pequeño reloj de bolsillo, incrustado de diamantes, y levantó la tapa.

—Incluso has llegado muy puntual —comentó, mientras le enseñaba el reloj.

Momo vio que en la esfera no había ni cifras ni manecillas, sino solo dos finas espirales superpuestas que giraban en direcciones contrarias. En los lugares donde se cruzaban las rayas aparecían de vez en cuando minúsculos puntos luminosos.

—Esto —dijo el maestro Hora— es un reloj de horas astrosas. Muestra con gran precisión las horas astrosas, y ahora acaba de comenzar una.

—¿Qué es una hora astrosa? —preguntó Momo.

—En el curso del mundo hay de vez en cuando momentos —explicó el maestro Hora— en que las cosas y los seres, hasta lo alto de los astros, colaboran de un modo muy especial, de modo que puede ocurrir algo que no habría sido posible ni antes ni después. Por desgracia, los hombres no son demasiado afortunados al usarlas, de modo que las horas astrosas pasan, muchas veces, sin que nadie se dé cuenta. Pero si hay alguien que la reconoce, pasan grandes cosas en el mundo.

—Puede ser —opinó Momo— que para ello se necesite un reloj así.

El maestro Hora negó, sonriente, con la cabeza:

—El reloj solo no serviría de nada. También habría que saber leerlo.

Volvió a cerrarlo y se lo guardó en el bolsillo del chaleco. Cuando vio la sorprendida mirada de Momo al estudiar su traje, se miró pensativamente, arrugó la frente y dijo:

—¡Oh! Creo que yo sí me he retrasado un poco; en cuanto a la moda, quiero decir. ¡Qué distracción! Lo arreglaré enseguida.

Chasqueó los dedos, y al instante apareció vestido con una levita y un duro alzacuellos.

—¿Está mejor así? —preguntó, dudoso. Pero al ver la cara atónita de Momo continuó enseguida—. ¡Claro que no! ¡En qué estaría pensando!

Volvió a chasquear los dedos y apareció con un traje como ni Momo ni nadie lo había visto jamás, porque era la moda de dentro de cien años.

—¿Tampoco? —preguntó a Momo—. Por Orión, que he de descubrirlo. Espera, lo intentaré otra vez.

Chasqueó los dedos por tercera vez y por fin apareció con un traje normal, como se lleva hoy.

—Así está bien, ¿verdad? —preguntó, mientras guiñaba un ojo—. Solo espero que no te hayas asustado. No era más que una pequeña broma. Pero, antes que nada, te conduciré a la mesa, querida Momo. El desayuno está servido. Has hecho un largo camino y espero que te gustará.

La tomó de la mano y la condujo al centro del bosque de relojes. La tortuga los siguió y quedó un tanto rezagada. La senda daba toda clase de vueltas y revueltas y condujo, por fin, a una pequeña habitación formada por las paredes posteriores de unos cuantos relojes enormes. En un rincón había una mesita y un lindo sofá, con las sillas adecuadas. También aquí, todo estaba iluminado por la luz dorada de las llamas inmóviles de las velas.

Sobre la mesita había una jarra dorada, panzona, dos tacitas, platos, cucharillas y cuchillos, todo de oro puro. En una cestita había panecillos frescos, tostaditos y crujientes, y en otra había miel, que realmente parecía oro líquido. De la jarra, el maestro Hora vertió chocolate en las dos tacitas y dijo, con gesto invitador:

—¡Por favor, mi pequeño huésped, sírvete!

Momo no se lo hizo repetir. Hasta entonces nunca había sabido que existiera chocolate que se pudiera beber. También los panecillos untados de mantequilla y miel se contaban entre las cosas más deliciosas de la vida. Y nunca se había encontrado con una miel tan deliciosa como esta. 

De ello resulta que, al principio, estaba totalmente ocupada en su desayuno y comía a dos carrillos, sin pensar en otra cosa. Lo más sorprendente es que con esa comida iba abandonando todo el cansancio, se volvía a sentir descansa
da, aunque no había pegado ojo en toda la noche. Cuanto más comía, más le gustaba. Le parecía que podría seguir comiendo días y días.

El maestro Hora la miraba con amabilidad y tuvo el suficiente tacto como para no interrumpirla con conversaciones el primer rato. Entendía que su huésped tenía que saciar el hambre de muchos años. Puede que esta fuera la razón de que, mientras la miraba, pareciera, de nuevo, más y más viejo, hasta volver a ser el anciano de cabellos canosos. 

Cuando se dio cuenta de que Momo no se las arreglaba demasiado bien con el cuchillo, le fue untando los panecillos y se los dejaba en el plato. Él mismo apenas comía, si lo hacía era más que nada para acompa
ñar.

Pero finalmente Momo quedó ahíta. Mientras se acababa su chocolate, miró con atención a su anfitrión por encima de la tacita dorada y se preguntaba quién y qué podría ser. Ya se había dado cuenta de que no era nadie cualquiera, pero hasta ahora no sabía de él nada más que su nombre.

—¿Por qué —preguntó— me has hecho buscar por la tortuga?

—Para protegerte de los hombres grises —contestó serio el maestro Hora—. Te están buscando por todas partes y solo aquí estás a salvo de ellos.

—¿Me quieren hacer daño? —preguntó Momo, asustada.

—Sí, querida —suspiró el maestro Hora—, bien se puede decir.

—¿Por qué? —preguntó Momo.

—Te temen —explicó el maestro Hora—, porque les has hecho lo peor que existe para ellos.

—Yo no les he hecho nada —dijo Momo.

—Sí. Tú has hecho que uno de ellos se traicionara. Y se lo has contado a tus amigos. Incluso les querías decir a todos la verdad acerca de los hombres grises. ¿Crees que eso no basta para convertirlos en tus enemigos mortales?

—Pero hemos atravesado la ciudad, la tortuga y yo —dijo Momo—. Si me buscaban por todas partes podrían haberme encontrado con mucha facilidad. Y hemos ido muy poquito a poco.

El maestro Hora se puso la tortuga, que se había acurrucado a sus pies, sobre las rodillas y le acarició el cuello.

—¿Tú qué dices, Casiopea? —preguntó, sonriendo—. ¿Os habrían encontrado?

Sobre el caparazón apareció la palabra «Nunca», que brillaba con tal alegría, que se creería escuchar una risita.

—Casiopea —explicó el maestro Hora— tiene la facultad de ver un poquito el futuro. Cosa de media hora.

«Exacto», apareció en el caparazón.

—Perdón —se corrigió el maestro Hora—, exactamente media hora. Sabe siempre con media hora de antelación qué es lo que ocurrirá con exactitud. Por eso también sabía si se encontraría, o no, con los hombres grises.

—¡Ah! —dijo Momo sorprendida—. Y si sabe que aquí o allá se encontrará con los hombres grises, no tiene más que tomar otro camino.

—No —replicó el maestro Hora—, no es tan sencillo. No puede cambiar nada de lo que sabe con antelación, porque solo sabe lo que realmente ocurrirá. Si supiera que aquí o allí se encuentra con los hombres grises, se los encontraría. No puede cambiar nada.

—Eso no lo entiendo —dijo Momo, un tanto decepcionada—, entonces no le sirve de nada saber algo por adelantado.

—A veces sí —contestó el maestro Hora—. En tu caso, por ejemplo, sabía que si tomaba este o aquel camino, no se encontraría con los hombres grises. Y eso ya vale algo, ¿no?

Momo calló. Sus pensamientos se embrollaban como en un ovillo.

—Pero volviendo a ti y a tus amigos —prosiguió el maestro Hora—, tengo que felicitaros. Vuestras pancartas me impresionaron mucho.

—¿Acaso las has visto? —preguntó Momo, contenta.

—Todas —dijo el maestro Hora—, palabra por palabra.

—Por desgracia —siguió Momo— no las ha leído nadie más, según parece.

El maestro Hora asintió triste:

—Sí, por desgracia. De eso se ocuparon los hombres grises.

—¿Los conoces? —inquirió Momo.

El maestro Hora volvió a asentir y a suspirar:

—Yo los conozco a ellos y ellos me conocen a mí.

Momo no sabía bien cómo entender esta respuesta.

—¿Has estado muchas veces con ellos?

—No, nunca. Nunca abandono la casa de Ninguna Parte.

—Pero, ¿los hombres grises te visitan a veces?

El maestro Hora sonrió:

—No te preocupes, pequeña Momo. No pueden llegar hasta aquí. Ni aunque supieran el camino hasta la calle de Jamás.

Momo reflexionó un rato. La explicación del maestro Hora la tranquilizó un tanto, pero todavía quería saber algunas cosas más.

—¿Cómo es que sabes todo eso —preguntó de nuevo—, lo de nuestras pancartas y lo de los hombres grises?

—Los observo constantemente, a ellos y todo lo que se refiere a ellos —le explicó el maestro Hora—. De modo que también os observé a ti y a tus amigos.

—Pero si nunca sales de casa.

—No es necesario —dijo el maestro Hora, mientras de nuevo se volvía cada vez más joven—, para eso tengo mis gafas de visión total.

Se quitó las gafas y se las pasó a Momo.

—¿No quieres mirar un poco?

Momo se las puso, pestañeó, y dijo:

—No veo nada de nada.

Porque solo veía un torbellino de colores, luces y sombras difuminados que le daban mareos.

—Sí —oyó la voz del maestro Hora—, siempre cuesta un poco al principio. Enseguida te acostumbrarás a mirar con las gafas de visión total.

Se levantó, se colocó tras la silla de Momo y puso con suavidad ambas manos sobre el puente de las gafas en la nariz de Momo. La imagen se aclaró enseguida.

Al principio, Momo vio el grupo de hombres grises con los tres coches al borde de aquel barrio de extraña luminosidad. En aquel momento estaban empujando los coches hacia atrás.

Después miró más allá y vio otros grupos en las calles de la ciudad que hablaban, agitados, entre sí, gesticulando ampliamente con las manos y que se parecían transmitir una noticia.

—Están hablando de ti —dijo el maestro Hora—. No pueden explicarse todavía cómo puedes haberte escapado.

—¿Por qué tienen la cara tan gris? —preguntó Momo, mientras seguía mirando.

—Porque viven de algo muerto —contestó el maestro Hora—. Tú sabes que viven del tiempo de los hombres. Pero ese tiempo muere literalmente cuando se lo arrancan a su verdadero propietario. Porque cada hombre tiene su propio tiempo. Y solo mientras siga siendo suyo se mantiene vivo.

—Así, pues, ¿los hombres grises no son hombres de verdad?

—No. Solo han adoptado forma humana.

—¿Qué son entonces?

—En realidad no son nada.

—¿De dónde vienen?

—Nacen porque los hombres les dan posibilidad de nacer. Con eso basta para que existan. Y ahora los hombres les dan, encima, la posibilidad de dominarlos. Y también eso basta para que ocurra.

—¿Y si no pudieran robar más tiempo?

—Tendrían que volver a la nada de la que han nacido.

El maestro Hora le quitó a Momo las gafas y se las guardó.

—Pero, por desgracia, ya tienen muchos ayudantes entre los hombres —continuó al cabo de un ratito—. Eso es lo peor.

—Yo —dijo Momo, decidida— no dejaré que nadie me robe mi tiempo.

—Así lo espero —contestó el maestro Hora—. Ven, Momo, te enseñaré mi colección.

De repente volvía a parecer un anciano.

Tomó a Momo de la mano y la llevó a la gran sala. Allí le mostró sus relojes, hizo sonar los carillones, le explicó los planetarios y fue rejuveneciendo a la vista de la alegría que mostraba la niña ante todas esas maravillas.

—¿Te gustan los acertijos? —le preguntó, como quien no quiere la cosa, mientras seguía su camino.

—¡Sí! ¡Mucho! —contestó Momo—. ¿Sabes alguno?

—Sí —dijo el maestro Hora, mirando sonriente a Momo—, pero es muy difícil. Muy pocos saben resolverlo.

—Eso está bien —dijo Momo—, así me lo aprenderé más tarde y se lo repetiré a mis amigos.

—A ver si lo adivinas —contestó el maestro Hora—. Atiende:

Tres hermanos viven en una casa:

son de veras diferentes;

si quieres distinguirlos,

los tres se parecen.

El primero no está: ha de venir.

El segundo no está: ya se fue.

Solo está el tercero, menor de todos;

sin él, no existirían los otros.

Aun así, el tercero solo existe porque

en el segundo se convierte el primero.

Si quieres mirarlo

no ves más que otro de sus hermanos.

Dime pues: ¿los tres son uno?,

¿o solo dos?, ¿o ninguno?

Si sabes cómo se llaman

reconocerás tres soberanos.

Juntos reinan en un país

que ellos son. En eso son iguales.

El maestro Hora miró a Momo y agitó la cabeza, dándole ánimos. Había escuchado con mucha atención. Como tenía muy buena memoria, repitió el acertijo palabra por palabra.

—¡Uy! —exclamó entonces—. Sí que es difícil. No tengo ni idea de lo que podría ser. Ni siquiera sé por dónde empezar.

—¡Inténtalo! —dijo el maestro Hora.

Momo volvió a murmurar el acertijo desde el principio hasta el fin. Entonces movió la cabeza.

—No puedo —se resignó.

Mientras tanto se había acercado la tortuga. Estaba al lado del maestro Hora y miraba atentamente a Momo.

—Y bien, Casiopea —le preguntó el maestro Hora—, tú lo sabes todo media hora antes. ¿Sabrá Momo resolver el acertijo?

«Sabrá», apareció en el caparazón de Casiopea.

—¡Lo ves! —le dijo el maestro Hora a Momo—. Lo resolverás. Casiopea no se equivoca nunca.

Momo arrugó la frente y volvió a pensar esforzadamente. ¿Qué tres hermanos había que vivieran juntos en una casa? Estaba claro que no se trataba de hombres. En los acertijos, los hermanos siempre eran semillas de manzana o dientes, o cosas así, pero siempre cosas de la misma especie. Pero aquí se trataba de tres hermanos que, de alguna manera, se convertían el uno en el otro. ¿Qué cosas había que se convirtieran la una en la otra? Momo miró alrededor. 

Allí había, por ejemplo, las velas con sus llamas inmóviles. En ellas, la cera se transformaba en luz a través de la llama. Sí, eso eran tres hermanos. Pero no, no valía, porque los tres estaban allí. Y dos de ellos no debían estar. Quizá podía ser algo así como flor, fruto y semilla. Era verdad, había muchas cosas que concordaban. 

La semilla
era el menor de los tres. Y cuando ella estaba, los otros dos no estaban. Y sin ella no existirían los otros. Pero no valía. Porque a la semilla se la podía mirar perfectamente bien. Y el acertijo decía que, de querer mirar al menor, solo se veía alguno de los otros dos.

Los pensamientos de Momo revoloteaban locos. No encontraba la menor pista. Pero Casiopea había dicho que encontraría la solución. De modo que volvió a empezar por el principio y repitió lentamente las palabras del acertijo.

Cuando llegó al lugar que decía: «El primero no está: ha de venir…», vio que la tortuga le guiñaba un ojo. Sobre su caparazón aparecieron las palabras «Lo que sé», para desaparecer de nuevo al instante.

—¡Calla, Casiopea! —dijo sonriente el maestro Hora, que no la había mirado—. No se lo soples. Momo sabe hacerlo sola.

Claro que Momo había visto las palabras en el caparazón de la tortuga, y empezó a pensar qué querían decir. ¿Qué era lo que sabía Casiopea? Sabía que Momo resolvería el acertijo. Pero eso no resolvía nada.

¿Qué más sabía? Siempre sabía qué iba a ocurrir. Sabía…

—¡El futuro! —gritó Momo—. El primero no está: ha de venir… Es el futuro.

El maestro Hora asintió.

—Y el segundo —prosiguió Momo— no está: ya se fue… Es el pasado.

El maestro Hora asintió y sonrió encantado.

—Pero ahora —dijo Momo pensativa—, ahora se vuelve difícil. ¿Quién es el tercero? Es el menor de todos, sin él no existirían los otros, dice. Pero es el único que está.

Reflexionó y exclamó de repente:

—¡Es ahora! ¡Este instante! El pasado son los instantes que ya han sido y el futuro son los que han de venir. Así que los dos no existirían si no hubiera presente. Eso es verdad.

A Momo empezaban a encendérsele las mejillas por el esfuerzo. Continuó:

—¿Pero qué significa lo que viene ahora? «Aun así, el tercero solo existe porque en el segundo se convierte el primero…». Eso quiere decir que el presente solo existe porque el futuro se convierte en pasado.

Miró, sorprendida, al maestro Hora.

—¡Es verdad! Nunca se me había ocurrido. Pero entonces, en realidad, no existe el instante, solo el pasado o el futuro. Porque ahora, por ejemplo, este instante… cuando hablo de él ya ha pasado. Ahora entiendo lo que quiere decir: «Si quieres mirarlo, no ves más que otro de sus hermanos». Y ahora entiendo…

Momo reflexionó largo rato.

—Está ahí —dijo, hundida en sus pensamientos—, eso es seguro. Pero no se le puede tocar. Ni retener. ¿Acaso sea algo parecido a un olor? Pero también es algo que siempre pasa. Así que tiene que venir de algún lugar. ¿Acaso es algo así como el viento? O no. Ya lo sé. Quizá sea una especie de música que no se oye porque suena siempre. Aunque creo que yo la he oído alguna vez, muy bajito.

—Lo sé —asintió el maestro Hora—, por eso pude hacerte venir hasta aquí.

—Pero aún tiene que ser algo más —continuó Momo, que seguía persiguiendo sus pensamientos—, porque la música venía de muy lejos, pero sonaba muy dentro de mí. Puede que con el tiempo ocurra lo mismo —calló, trastornada, y añadió, perpleja—: Quiero decir, como las olas se originan en el agua por el viento. Bah, no estoy diciendo más que tonterías.

—Creo —dijo el maestro Hora— que lo has dicho de un modo muy bonito. Por eso te voy a confiar un secreto: de aquí, de la casa de Ninguna Parte, en la calle de Jamás, viene el tiempo de todos los hombres.

Momo le miró, admirada.

—¡Oh! —dijo en voz baja—. ¿Lo haces tú mismo?

El maestro Hora volvió a sonreír.

—No, querida niña. Yo solo soy el administrador. Mi obligación es dar a cada hombre el tiempo que le está destinado.

—¿No podrías organizarlo de tal manera —preguntó Momo— que los ladrones de tiempo no pudieran robar más a los hombres?

—No, eso no puedo hacerlo —contestó el maestro Hora—, porque lo que los hombres hacen con su tiempo, tienen que decidirlo ellos mismos. También son ellos quienes han de defenderlo. Yo solo puedo adjudicárselo.

Momo recorrió con la mirada la sala y preguntó:

—Para eso tienes tantos relojes, ¿no? ¿Uno para cada hombre?

—No, Momo —contestó el maestro Hora—. Esos relojes no son más que una afición mía. Solo son reproducciones muy imperfectas de algo que todo hombre lleva en su pecho. Porque al igual que tenéis ojos para ver la luz, oídos para oír los sonidos, tenéis un corazón para percibir, con él, el tiempo. 

Y todo el tiempo que no se percibe con el corazón está tan perdido como los colores del ar
coíris para un ciego o el canto de un pájaro para un sordo. Pero, por desgracia, hay corazones ciegos y sordos que no perciben nada, a pesar de latir.

—¿Y si un día mi corazón dejara de latir? —preguntó Momo.

—Entonces —replicó el maestro Hora—, el tiempo se habrá acabado para ti, mi niña. También se podría decir que eres tú quien vuelve a través del tiempo, a través de todos tus días y noches, tus meses y años. Regresas a través de tu vida hasta llegar al gran portal de plata por el que una vez entraste. Por allí vuelves a salir.

—¿Y qué hay al otro lado?

—Entonces has llegado al lugar de donde procede la música que, muy bajito, ya has oído alguna vez. Pero entonces tú formas parte de ella, eres un sonido dentro de ella.

Miró, inquisitivo, a Momo.

—Pero eso no podrás entenderlo todavía, ¿verdad?

—Sí —contestó Momo—, creo que sí.

Recordó su camino a través de la calle de Jamás, en la que lo había vivido todo al revés, y preguntó:

—¿Eres tú la muerte?

El maestro Hora sonrió y calló un rato antes de contestar:

—Si los hombres supiesen lo que es la muerte ya no le tendrían miedo. Y si ya no le tuvieran miedo, nadie podría robarles, nunca más, su tiempo de vida.

—No hace falta más que decírselo —propuso Momo.

—¿Tú crees? —preguntó el maestro Hora—. Yo se lo digo con cada hora que les adjudico. Pero creo que no quieren escucharlo. Prefieren creer a aquellos que les dan miedo. Eso también es un enigma.

—Yo no tengo miedo —dijo Momo.

El maestro Hora asintió lentamente. Miró largo rato a Momo para preguntarle:

—¿Quieres ver de dónde procede el tiempo?

—Sí —murmuró.

—Yo te conduciré —dijo el maestro Hora—. Pero en aquel lugar hay que callar. No se puede preguntar ni decir nada. ¿Me lo prometes?

Momo asintió, muda.

El maestro Hora se agachó hacia ella, la levantó y la retuvo fuertemente en sus brazos. De repente le pareció muy grande e indefiniblemente viejo, pero no como un anciano, sino como un árbol centenario o una roca. Le cubrió los ojos con la mano y le pareció que caía sobre su cara nieve levísima y fresca.

A Momo le pareció que el maestro Hora caminaba con ella por un largo pasillo oscuro. Pero se sentía totalmente protegida y no tenía miedo. Al principio creyó oír los latidos de su propio corazón, pero después le pareció que era, más bien, el eco de los pasos del maestro Hora.

Era un largo camino, pero finalmente dejó a Momo en el suelo. Su cara estaba cerca de la de ella, la miró con fijeza y puso un dedo en sus labios. Se enderezó y dio unos pasos atrás.

La rodeaba una penumbra dorada.

Poco a poco, Momo se fue dando cuenta de que se hallaba bajo una cúpula inmensa, totalmente redonda, que le pareció tan grande como todo el firmamento. Y esa inmensa cúpula era de oro puro.

En el centro, en el punto más alto, había una abertura circular por la que caía, vertical, una columna de luz sobre un estanque igualmente circular, cuya agua negra estaba lisa e inmóvil como un espejo oscuro.

Muy poco por encima del agua titilaba en la columna de luz algo así como una estrella luminosa. Se movía con lentitud majestuosa, y Momo vio un péndulo increíble que oscilaba sobre el espejo oscuro. Flotaba y parecía carecer de peso.

Cuando el péndulo estelar se acercaba lentamente a un extremo del estanque, salía del agua, en aquel punto, un gran capullo floral. Cuanto más se acercaba el péndulo, más se abría, hasta que por fin quedaba totalmente abierto sobre las aguas.

Era una flor de belleza tal, que Momo no la había visto nunca. Parecía componerse solamente de colores luminosos. Momo nunca había sospechado que esos colores siquiera existieran. El péndulo se detuvo un momento sobre la flor y Momo se ensimismó totalmente en su visión, olvidando todo lo demás. El aroma le parecía algo que siempre había deseado sin saber de qué se trataba.

Pero entonces, muy lentamente, el péndulo volvió a oscilar hacia el otro lado. Y mientras, muy poco a poco, se alejaba, Momo vio consternada que la maravillosa flor comenzaba a marchitarse. Una hoja tras otra caía y se hundía en la negra profundidad. Momo lo sentía con tal dolor, como si desapareciera para siempre de ella algo totalmente irrepetible.

Cuando el péndulo hubo llegado al centro del estanque, la extraordinaria flor había desaparecido del todo. Pero al mismo tiempo comenzaba a salir, al otro lado del estanque, del agua negra, otro capullo. Y mientras el péndulo se acercaba lentamente a él, Momo vio que el capullo que comenzaba a abrirse era mucho más hermoso todavía. La niña dio la vuelta al estanque para verlo de cerca.

Era totalmente diferente a la flor anterior. Tampoco los colores de esta los había visto jamás Momo, pero le pareció que era todavía más rica y preciosa que la anterior. Tenía un olor completamente diferente, más maravilloso, y cuanto más la miraba Momo, más detalles extraordinarios descubría.

Pero de nuevo volvió el péndulo estelar, y toda esa maravilla se disolvió y se hundió, hoja a hoja, en las inescrutables profundidades del estanque oscuro.

Lentamente, muy lentamente, el péndulo volvió al otro lado, pero no alcanzó exactamente el lugar anterior, sino que había avanzado un corto trecho. Y allí, a un paso del punto anterior, comenzaba a emerger y abrirse nuevamente un capullo.

Esa flor era, realmente, la más hermosa, según le pareció a Momo. Era la flor de las flores, un milagro.

Momo hubiera querido llorar cuando tuvo que ver que también esa perfección comenzaba a marchitarse y a hundirse en las oscuras profundidades. Pero recordó la promesa que le había hecho al maestro Hora, y calló.

También al otro lado había avanzado un paso el péndulo, y de las negras aguas comenzaba a surgir una nueva flor.

Momo se fue dando cuenta de que cada nueva flor era totalmente diferente a la anterior y que la que estaba floreciendo le parecía cada vez la más hermosa.

Paseando todo el rato alrededor del estanque, miraba cómo nacía y se marchitaba una flor tras otra. Y le parecía que nunca se cansaría de este espectáculo. De pronto se dio cuenta de que, además, al mismo tiempo estaba pasando otra cosa, algo que no había notado hasta entonces.

La columna de luz que irradiaba desde el centro de la cúpula no solo era visible: Momo estaba empezando a oírla.

Al principio era como un susurro, como el que, de lejos, produce el viento en las copas de los árboles, pero después el bramido se hizo más potente, hasta que se pareció al de una catarata o al tronar de las olas del mar contra una costa rocosa.

Y Momo escuchó, cada vez con mayor claridad, que ese estruendo se componía de incontables sonidos que cada vez se ordenaban de nuevo entre sí, se transformaban y formaban cada vez nuevas armonías. Era música y, al mismo tiempo, otra cosa. Y, de pronto, Momo lo reconoció: era la música que a veces oía, muy bajito y como de muy lejos, mientras escuchaba el silencio de la noche estrellada.

Pero ahora, los sonidos se volvían más y más claros y brillantes. Momo intuyó que era esa luz sonora la que hacía nacer de las profundidades del agua negra cada una de las flores de forma cada vez diferente, única e irrepetible.

Cuanto más escuchaba, más claramente podía distinguir voces singulares. Pero no eran voces humanas, sino que sonaba como si cantaran el oro, la plata y todos los demás metales. Y entonces aparecieron como en segundo término voces de índole totalmente diferentes, voces de lejanías impensables y de potencia indescriptible. 

Se hacían cada vez más claras, de modo que Mo
mo iba entendiendo poco a poco las palabras, palabras de una lengua que nunca había oído y que, no obstante, entendía. Eran el sol y la luna y todos los planetas y las estrellas que revelaban sus propios nombres, los verdaderos. Y en esos nombres estaba decidido lo que hacen y cómo colaboran todos para hacer nacer y marchitarse cada una de esas flores horarias.

Y, de pronto, Momo comprendió que todas esas palabras iban dirigidas a ella. Todo el mundo, hasta las más lejanas estrellas, estaba dirigido a ella como una sola cara de tamaño impensable que la miraba y le hablaba.

Y le sobrevino algo más grande que el miedo.

En ese momento vio al maestro Hora, que le hacía señas con la mano. Se lanzó hacia él, que la tomó en sus brazos, y ocultó la cara en su pecho. De nuevo, sus manos se posaron con la lentitud de la nieve sobre sus ojos, se hizo oscuridad y silencio y se sintió protegida. Volvió a recorrer de regreso todo el largo pasillo.

Cuando volvieron a estar en la pequeña habitación entre los relojes, la tendió en el sofá.

—Maestro Hora —murmuró—, nunca pensé que el tiempo de todos los hombres es… —buscó la palabra adecuada, sin encontrarla—… tan grande —dijo por fin.

—Lo que has visto y oído, Momo —respondió el maestro Hora—, no era el tiempo de todos los hombres. Solo era tu propio tiempo. En cada hombre existe ese lugar, en el que acabas de estar. Pero solo puede llegar a él quien se deja llevar por mí. Y no se puede ver con ojos corrientes.
 
¿Dónde estuve, pues?

—En tu propio corazón —dijo el maestro Hora, y le acarició el revuelto pelo.

—Maestro Hora —volvió a murmurar Momo—, ¿puedo traerte también a mis amigos?

—No —contestó—, no puede ser, todavía.

—¿Cuánto tiempo puedo quedarme contigo?

—Hasta que tú misma quieras volver con tus amigos.

—Pero ¿puedo contarles lo que han dicho las estrellas?

—Puedes, pero no serás capaz
.

—¿Por qué no?

—Porque todavía han de crecer en ti las palabras.

—Pero quiero habla
rles de eso, a todos. Quiero poder cantarles las voces. Creo que entonces 
todo volvería a estar
bien.

—Si de verdad lo quieres, Momo, tendrás que saber esperar.

—No me importa esperar.

—Esperar, mi niña, como una semilla que duerme toda una vuelta solar en la tierra antes de poder germinar. Tanto tardarán las palabras en crecer en ti. ¿Quieres eso?

—Sí —murmuró Momo.

—Pues duerme —dijo el maestro Hora, pasándole la mano por los ojos—, duerme.

Y Momo tomó aliento, profundamente feliz, y se durmió.