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Un maravilloso cuento oriental de un santo desnudo - Wilhelm Heinrich Wackenröder

El Oriente es la patria de todo lo maravilloso. En la antigüedad y en los inicios de las costumbres de tan lejanos países, se hallan consejas y enigmas extremadamente raros que aún se resisten a la razón, según ella misma más sabia. 

Viven también en estos parajes seres extraños que nosotros consideramos locos pero que, en aquellas tierras, son adorados como seres sobrenaturales. 

El espíritu oriental considera a estos santos desnudos como depositarios maravillosos de un genio más elevado que, desde el firmamento, se ha precipitado en el cuerpo humano, que ahora no sabe comportarse humanamente. 

Pues, según vemos, todas las cosas en el Mundo son ya de una u otra manera, según las observemos. La razón humana es un filtro maravilloso que, a su solo contacto, convierte todo cuanto existe de acuerdo con nuestros deseos.

Así, uno de estos santos desnudos vivía en una remota caverna o gruta, a cuyo lado corría un hilo de agua. Nadie podía decir cómo había llegado hasta allí. Como quiera que haya sido, su presencia se había notado desde hacía pocos años. Lo descubrió una caravana y, desde entonces, se sucedieron frecuentes peregrinaciones hasta su solitaria morada.

Este curioso ser no gozaba de paz ni en la noche ni en el día, tenía siempre la impresión de estar bajo el continuo zumbido de las rotaciones de la Rueda del Tiempo.

Nada podía hacer frente a ese ruido, nada podía proponerse. Un miedo inmenso lo agotaba en su trabajo continuo, impidiéndole también escuchar otra cosa que no fuese –en su incansable movimiento– el estrépito de la terrible rueda, la cual llegaba hasta las mismas estrellas o incluso las sobrepasaba. 

Como una cascada de caudalosas y retumbantes corrientes que caían desde el firmamento, derramándose para la eternidad, suspendida en el instante, carente del sosiego de un segundo, así sonaba en sus oídos, y sus sentidos todos se hallaban fijamente concentrados sólo en ella. La efusión de su miedo, cautiva cada vez más en el remolino de una salvaje confusión, era arrastrada a su yo interior, y los sonidos, mezclados unos con otros, se tornaban atrozmente indómitos. 

No podía descansar, día y noche se le veía en el ajetreo más laborioso y enérgico, como si intentara darle vueltas a una enorme rueda. De sus incoherentes frases podía sacarse en limpio que se sentía repelido por ella, que quería reforzar la veloz y desenfrenada rotación con todo el esfuerzo de su cuerpo, con objeto de que el tiempo no cayera en peligro de inmovilizarle un solo instante. Como se le preguntara qué estaba haciendo, gritaba entonces convulsivamente:

–¡Infelices! ¿No estáis oyendo la fragorosa Rueda del Tiempo?

Y acto seguido continuaba trabajando más desenfrenadamente aún, derramando sudor sobre la tierra, y con gestos desarticulados posaba la mano sobre su palpitante pecho, como si quisiera sentir el enorme engranaje de la perpetua marcha. Se enfurecía cuando los peregrinos llegaban a él y permanecían de pie, tranquilamente, observándolo o susurrando entre sí. 
 
Se estremecía apasionadamente al mostrarles la incontenible rotación de la perpetua Rueda del Tiempo, veloz, uniforme y regular. Crecía su cólera frente a aquellos que no sentían ni notaban nada del mecanismo, en el que estaban también engranados férreamente; los apartaba de sí cuando, en medio de su furor, alguien se le aproximaba demasiado.

Si no querían verse expuestos, tenían que imitar vivazmente su esforzado movimiento. Pero su enojo se volvía mucho más feroz y peligroso sí a su lado un desconocido emprendía cualquier trabajo físico, como sembrar en las proximidades de su caverna o bien arrancar yerbas o cortar ramas. Entonces, en virtud de que, hallándose bajo el terrible fluir del tiempo, alguien fuera capaz de pensar en estas míseras ocupaciones, él solía reírse inconteniblemente. 

Saltaba de su cueva como un tigre y, si llegaba a alcanzar a un infeliz, le arrancaba la vida de un solo golpe. Regresaba de inmediato a su caverna y con mayor vehemencia que antes, daba vuelta a la Rueda del Tiempo. Sin embargo, durante varios días seguía enfurecido; les hablaba a los hombres con frases sin sentido, reclamándoles cómo era posible que se ocuparan de otras cosas y emprendiesen trabajos tan indignos. 

No era capaz de alargar el brazo hacia cualquier cosa para tomarla con la mano, no podía dar ningún paso como otro cualquiera. Un miedo estremecedor lo recorría por dentro al intentar, aunque fuera una sola vez, interrumpir ese vertiginoso caos. 

Apenas en contadas ocasiones, cuando las noches lucían hermosas y la Luna se elevaba delante de su obscura gruta, se abrazaba de pronto a sí mismo, gemía y lloraba desesperado, pues el ruido de la gigantesca Rueda del Tiempo no lo dejaba en paz para que él, que era un santo, pudiera realizar y crear algo sobre la faz de la Tierra. 

En aquellos momentos sentía un anhelo por todo lo hermoso y desconocido, y hacía esfuerzos por levantarse y poner manos y pies en movimientos suaves y tranquilos, ¡pero todo esfuerzo era inútil! Buscaba algo especial, desconocido, que pudiera tocar y a lo cual quería entregarse. 

Aspiraba a salvarse de sí mismo dentro o fuera de sí mismo, pero ¡era imposible! Su desesperación y su llanto no podían ser mayores. Lanzando un fuerte bramido, se levantaba de un salto y empujaba de nuevo la tremendamente ruidosa Rueda del Tiempo.

Así continuó durante varios años, días y noches enteros. En cierta ocasión, en verano, en una hermosa noche de Luna llena, el santo estaba, como otras veces, en el suelo de su caverna, gimoteando y retorciéndose las manos. 

La noche era fascinante: en el azuloso firmamento las estrellas lucían como adornos dorados sobre un amplio y sólido escudo; de las claras mejillas del rostro de la Luna irradiaba una tenue luz bajo la cual la verde Tierra se bañaba. Las copas de los árboles emergían, bajo esa maravillosa iluminación, como nubes que navegaban sobre troncos, y las chozas de los lugareños se hallaban convertidas en obscuras figuras rocosas y en albeantes palacios fantasmagóricos. Los hombres, no más cegados por los rayos del Sol, vivían con sus miradas en el firmamento, y sus almas se reflejaban hermosamente en el celestial esplendor de la noche de Luna.

Dos amantes, que gustaban de abandonarse a las maravillas de la soledad nocturna, remontaron esa noche el río en un bote ligero, que pasó ante la caverna del santo. Los penetrantes rayos lunares habían alumbrado y diluido sus más íntimos y obscuros rincones en las almas de los amantes. Habían fundido sus sentimientos más delicados y, unidos, navegaban dentro de las ilimitadas corrientes. 

Desde su embarcación se esparcía una música etérea que flotaba ascendiendo hacia el espacio celeste. Dulces trompetas y algunos otros encantadores instrumentos recrearon un mundo de flotantes sonidos melodiosos y, a través de ellos, se escuchaba la siguiente canción:

 

Una ansiada y dulce lluvia 
recorre los campos y los ríos.
Tersos rayos de Luna preparan el tálamo 
a los arrobados sentidos del amor.
¡Ay! ¡Cómo murmuran las aguas! ¡Cómo reflejan
sus rizados hilos en la bóveda celeste!
Amor habita el firmamento,
como oleaje puro nos inflama
en una gloria luminar que no se encendería
si Amor no infundiera fortaleza.
Y, tocado por el hálito del Cielo,
Cielo, agua y Tierra se sonríen.
El claro de Luna se prolonga en las flores,
robadas por el sueño fueron las palmeras,
el follaje corona los santuarios
y, elevando sus tiernos suspiros,
desde su quimera, palmeras y flores,
hijas de Amor, esparcen todos sus sonidos.

 

A las primeras notas de la música y los versos, desapareció en el santo la frenética Rueda del Tiempo. Eran las primeras notas que se habían escuchado en esos solitarios parajes. El incierto anhelo se había cumplido dando fin al hechizo, el genio perdido se había librado de su envoltura terrenal. 

El cuerpo del santo desapareció; esta forma espiritual, bella como un ángel, tejida en ligeros perfumes, se elevó desde la cueva, alargó sus delgados brazos, pleno de ansiedad, hacia el Cielo, y fue ascendiendo acorde con la melodía de la música, en movimientos danzantes, hacia las alturas.

Cada vez más alto, hacia el firmamento, la eterna y diáfana figura flotó, elevada por los tonos suavemente ondulantes de las trompetas y el canto. Con alegría celestial, la figura danzaba aquí y allá, intermitentemente, sobre las blancas nubes que nadaban en el espacio aéreo, balanceándose cada vez más alto en rítmicos movimientos hasta que, finalmente, voló hacia los astros en espirales ascendentes. Entonces el firmamento se dejó oír a través de los aires con estruendoso clamor, puro y celestial, hasta que el genio penetró en su inmensidad.

Caravanas de viajeros admiraron la milagrosa aparición nocturna, y los amantes creían estar viendo al genio del amor y de la música.

Cada cual su botella - John Collier

 Franklin Fletcher soñaba en el lujo en forma de pieles de tigre y mujeres hermosas. En caso necesario estaba dispuesto a prescindir de las pieles de tigre. Por desgracia, las mujeres hermosas parecían igualmente raras e inaccesibles. En su despacho y en la pensión donde se alojaba, las chicas eran ratones, o gatunas, o coquetonas, o habían leído insuficientemente los anuncios. Franklin no conocía otras. A los treinta y cinco años renunció, y decidió que debía consolarse con un hobby, que es un muy miserable segundo premio.

Merodeó por raros rincones de la ciudad, observó los escaparates de anticuarios y quincalleros, se preguntó qué demonios podía coleccionar. Llegó a una pobre tienda, de un pobre callejón, en cuyo polvoriento escaparate había un solo objeto: un barco de aparejo complejo metido en una botella. Sintiéndose más bien así él mismo, Franklin decidió entrar y preguntar el precio.

La tienda era pequeña y estaba medio vacía. Viejas estanterías se alineaban en las paredes, y estas estanterías tenían una gran cantidad de botellas, de todos tipos y tamaños, que contenían diversos objetos únicamente interesantes porque estaban embotellados. Mientras Franklin continuaba mirando, se abrió una puertecilla y por ella salió el propietario arrastrando los pies, un acartonado anciano con un elegante sombrero que parecía moderadamente sorprendido y complacido por tener un cliente.

Enseñó a Franklin ramilletes, aves del paraíso, la Batalla de Gettysburg, jardines japoneses en miniatura e incluso una cabeza humana contraída, todo ello en botellas tapadas.

—¿Y qué son esas cosas —preguntó Frank—, las del estante de abajo?

—Ahí no hay mucho que mirar —dijo el anciano—. Mucha gente opina que son cosas absurdas. Personalmente, me gustan.

Sacó algunas muestras de la polvorienta oscuridad. Una botella parecía no contener nada aparte de una reseca mosca, otras contenían quizá cerdas de caballo o pajas, o meros manojos del cielo sabe qué. Algunas botellas parecían estar llenas de opalescente humo.

—Son —explicó el anciano— diversos tipos de genios, jinns, sibilas, demonios y cosas por el estilo. Algunos, creo, es muy difícil meterlos en una botella, más difícil que meter un barco con todo su aparejo.

—¡Oh, vamos! ¡Esto es Nueva York! —dijo Frank.

—Tanto mayor motivo para esperar que haya embotellados los más extraordinarios genios —dijo el anciano—. Se lo enseñaré. Aguarde un momento. El tapón está un poco duro.

—¿Pretende decir que hay uno ahí dentro? —repuso Frank—. ¿Y va a soltarlo?

—¿Por qué no? —replicó el viejo, que había desistido de sus esfuerzos y sostenía la botella junto a la luz—. Este... ¡Santo cielo! \Porque no, ciertamente! Mis ojos cada vez están más débiles. Casi he destapado una botella que no debo destapar. ¡Un cliente muy desagradable, ése! ¡Válgame Dios! Es una suerte que no haya sacado ese tapón. Será mejor que lo vuelva a poner en el estante. Debo recordar que está abajo a la derecha. Le pondré una etiqueta uno de estos días. Aquí tengo algo más inofensivo.

—¿Qué hay dentro? —preguntó Frank.

—Se supone que es la mujer más bella del mundo —dijo el viejo—. Está muy bien, si es que le gusta esa clase de cosas. Yo nunca me he molestado en destaparla. Buscaré algo más interesante.

—Bueno, desde un punto de vista científico —dijo Frank—, yo...

—La ciencia no es todo —dijo el anciano—. Mire esto. —Levantó una botella que contenía un objeto minúsculo, momificado, con aspecto de insecto, apenas visible entre el mugre—. Pegue la oreja a la botella.

Frank así lo hizo. Y pronunciadas con una especie de silbido nada similar a una voz, escuchó las palabras:

—Louisiana Lad, Saratoga, cuatro con quince. Louisiana Lad, Saratoga, cuatro con quince —repetía sin cesar la «voz».

—¿Qué diablos es eso? —preguntó Frank.

—Eso es la Sibila de Cumas original —contestó el viejo—. Muy interesante. Ella está interesándose por las carreras de caballos.

—Muy interesante —dijo Frank—. De todas formas, me gustaría ver esa otra botella. Adoro la belleza.

—Es un poco artista, ¿eh? —dijo el viejo—. Créame, lo que usted necesita en realidad es un tipo bueno, de aptitudes variadas, serviciable. Aquí tengo uno, por ejemplo. Le recomiendo a este personajillo por experiencia personal. Él es práctico. Puede resolverle cualquier problema.

—Bueno, siendo así —dijo Frank—, ¿por qué no ha conseguido usted un palacio, pieles de tigre y todo eso?

—Tuve todo eso —dijo el anciano—. Y él lo arregló. Sí, esta fue mi primera botella. El resto llegó gracias a él. En primer lugar conseguí un palacio, cuadros, esculturas, esclavos.

Y, como ha dicho usted, pieles de tigre. Le ordené que pusiera a Cleopatra en una de ellas.

—¿Cómo era ella? —exclamó Frank.

—Estaba bien —repuso el anciano—, si es que le gusta ese tipo de cosas. Yo me aburrí. Pensé, «Lo que me gustaría de verdad es una tiendecita, con toda clase de cosas metidas en botellas». Y por eso le ordené que me complaciera. Él me consiguió la sibila. Él me consiguió ese tipo feroz. De hecho, él me consiguió todo.

—¿Y ahora está él ahí dentro? —preguntó Frank.

—Sí. Está dentro —dijo el viejo—. Escúchelo.

Frank apretó la oreja a la botella. Y pronunciado en quejumbrosos tonos, oyó:

—Déjeme salir. Déjeme salir. Por favor, déjeme salir. Haré lo que sea. Déjeme salir. Soy inofensivo. Por favor, déjeme salir. Sólo un ratito. Déjeme salir. Haré lo que sea. Por favor...

Frank miró al anciano.

—Él está ahí, sí—dijo—. Está ahí.

—Naturalmente que está ahí —dijo el viejo—. Yo no le vendería una botella vacía. ¿Por quién me toma? De hecho, yo no vendería nunca esta botella, por razones sentimentales, pero ya hace muchos años que tengo la tienda y usted es mi primer cliente.

Frank volvió a poner la oreja en la botella.

—Déjeme salir. Déjeme salir. Oh, por favor, déjeme salir. Haré...

—¡Dios mío! —exclamó Frank, nervioso—. ¿Está así siempre?

—Muy probablemente —dijo el anciano—. No puedo decir que yo presto atención. Prefiero la radio.

—Parece más bien duro para él —dijo comprensivamente Frank.

—Tal vez —repuso el viejo—. A la gente no parece gustarle las botellas. A mí, sí. Me fascinan. Por ejemplo...

—Dígame —le interrumpió Frank—, ¿es él realmente inofensivo?

—Oh, sí —contestó el anciano—. Válgame Dios, sí. Hay quien dice que esa gente es engañosa..., sangre oriental y todo eso... Pero no opino igual. Solía dejarlo salir. Él hacía sus cosas y volvía a la botella. Debo decirlo, es muy eficiente.

—¿Podría conseguirme cualquier cosa?

—Absolutamente cualquier cosa.

—¿Y cuánto quiere por él? —preguntó Frank.

—Oh, no lo sé —dijo el anciano—. Diez millones de dólares, tal vez.

—¡Caramba! No tengo tanto. De todas formas, si él es tan bueno con usted afirma, quizá consiga el dinero mediante un préstamo.

—No se preocupe. Digamos que cinco dólares está bien. Tengo todo cuanto quiero, esa es la verdad. ¿Se lo envuelvo?

Frank pagó los cinco dólares y se apresuró a volver a casa con la preciosa botella, aterrorizado, temiendo que se rompiera. En cuanto estuvo en su habitación quitó el tapón. Del interior fluyó una prodigiosa cantidad de sucio humo, que de inmediato se solidificó hasta formar la figura de un grueso y rollizo oriental de dos metros de altura, con bultos de grasa, nariz ganchuda, un blanco perverso en sus ojos, enorme mentón partido: en conjunto igual que un productor cinematográfico, pero más voluminoso. Frank, haciendo desesperados esfuerzos por decir algo, pidió shashlik, pinchos morunos y pastas turcas. Todo llegó al momento.

Frank, tras recobrar el equilibrio, notó que las modestas ofrendas eran de excelente calidad, y que estaban dispuestas en platos de oro sólido, con soberbios grabados y pulidos hasta alcanzar una deslumbrante brillantez. Gracias a pequeños detalles de este tipo puede reconocerse a un criado de primera categoría. Frank estaba complacido, pero refrenó su entusiasmo.

—Los platos de oro están muy bien -—dijo—. Pero vamos al grano. Me gustaría un palacio.

—Oír es obedecer —dijo el moreno criado.

—Deberá ser de tamaño adecuado —continuó Frank—, con una situación adecuada, muebles adecuados, cuadros adecuados, esculturas adecuadas, tapices y todo eso. Me gustaría que hubiera allí un buen número de pieles de tigre. Soy muy aficionado a las pieles de tigre.

—Allí estarán —dijo el esclavo.

—Soy un poco artista —añadió Frank—, como observó tu antiguo amo. Mi arte, por así decirlo, exige la presencia, sobre esas pieles de tigre, de varias mujeres jóvenes, rubias, morenas, pequeñas y bien proporcionadas, con una figura digna de Juno, lánguidas, vivaces, todas hermosas, y no es preciso que vayan excesivamente vestidas. Odio el exceso de ropa. Es vulgar. ¿Tienes eso?

—Lo tengo —dijo el jinn.

—Entonces quiero tenerlo yo —dijo Frank.

—Condesciende sólo en cerrar tus ojos durante el lapsus de un minuto —solicitó el siervo—, y al abrirlos te encontrarás rodeado por los agradables objetos que has descrito.

—De acuerdo —dijo Frank—. ¡Pero ningún truco, cuidado!

Cerró los ojos tal como le habían pedido. Un sonido grave, un silbido, un zumbido musical brotó y le envolvió. Al final del minuto Frank miró a su alrededor. Allí estaban los arcos, columnas, estatuas, tapices, etc., del palacio más exquisito imaginable, y en todas partes hacia donde dirigió la mirada vio una piel de tigre, y sobre cada piel de tigre había una joven reclinada, de soberbia belleza y ciertamente sin vulgar exceso de ropa.

Nuestro buen Frank quedó, para expresarlo suavemente, extasiado. Fue corriendo de un lado a otro igual que una abeja en una floristería. En todas partes fue recibido con dulces sonrisas indescriptibles, y con miradas de franca o velada simpatía. Sonrojos y párpados caídos. La llameante faz del ardor. Un hombro vuelto, pero en absoluto un hombro frío. Brazos abiertos, ¡y qué brazos! Amor disimulado, pero en vano. Amor triunfante.

—Debo afirmar —dijo Frank posteriormente— que he pasado una tarde realmente deliciosa. He disfrutado de cabo a rabo.

—En ese caso —dijo el jinn, que en ese momento estaba sirviendo la cena—, ¿puedo implorar el favor de que se me permita ser su mayordomo, y el responsable general de sus placeres, en lugar de volver a esa abominable botella?

—No veo por qué no —contestó Frank—. Parece bastante duro que, después de haber dispuesto todo esto, vuelvas a estar apretujado en la botella. Muy bien, serás mi mayordomo, pero entiende esto: sea cual sea el trato, deseo que nunca entres en una habitación sin llamar primero. Y sobre todo, ninguna jugarreta.

El jinn, tras una zalamera sonrisa de gratitud, se retiró y Frank no tardó en retirarse a su harén, donde pasó la noche tan agradablemente como había pasado la tarde.

Transcurrieron varias semanas totalmente repletas de estos amenos pasatiempos, hasta que Frank, en obediencia a la ley que ni siquiera los jinns más eficaces pueden ignorar, empezó a sentirse cada vez más raro, un poco hastiado, un poco inclinado a criticar y señalar errores.

—Estas criaturas son jóvenes y bonitas —le dijo a su jinn—, si a uno le gusta ese tipo de cosas, pero supongo que difícilmente pueden ser de primera clase, o yo estaría más interesado por ellas. Yo, bien mirado, soy un experto. Nada puede complacerme salvo lo mejor. Llévatelas. Recoge todas las pieles de tigre excepto una.

—Así se hará—dijo el jinn—. Observa, está hecho.

—Y en esa piel de tigre restante —dijo Frank—, ponme a la misma Cleopatra.

Un instante después, Cleopatra estaba allí, con un aspecto, hay que admitirlo, absolutamente soberbio.

—¡Hola! —dijo ella—. ¡Aquí estoy, otra vez en una piel de tigre!

—¿Otra vez? —gritó Frank, que de pronto recordó al viejo de la tienda—. ¡Venga! Llévatela. Tráeme a Helena de Troya.

Un instante después, Helena de Troya estaba allí.

—¡Hola! —dijo ella—. ¡Aquí estoy, otra vez en una piel de tigre!

—¿Otra vez? —gritó Frank—. ¡Maldito sea aquel viejo! Llévatela. Tráeme a la reina Ginebra.

Ginebra dijo exactamente lo mismo. Igual que madame de Pompadour, lady Hamilton y el resto de famosas bellezas que Frank logró imaginar.

—No me extraña que ese viejo fuera un viejo tan enormemente arrugado —comentó—. ¡Viejo vicioso! ¡Viejo demonio! Se ha llevado la plata de toda la cubertería. Llámame celoso si quieres, pero yo no pienso desempeñar un papel secundario al lado de ese bribón, de ese viejo asqueroso. ¿Dónde puedo encontrar una criatura perfecta, digna de los abrazos de un hombre tan experto como yo?

—Si se digna en dejar ese problema en mis manos —dijo el jinn—, permítame recordarle que en aquella tienda había una botellita que mi anterior amo nunca había abierto, porque yo se la proporcioné cuando él había perdido el interés en asuntos de esta clase. Sin embargo, esa botella es famosa por contener a la mujer más bella del mundo entero.

—¡Tienes razón! —exclamó Frank—. Consígueme esa botella sin demora.

Al cabo de unos segundos la botella estaba ante él.

—Puedes tomarte la tarde libre —dijo Frank al jinn.

—Gracias —repuso el jinn—. Iré a ver a mi familia de Arabia. No la he visto desde hace mucho tiempo.

Y dicho esto hizo una reverencia y se fue. Frank centró su atención en la botella, que no tardó mucho en abrir.

De ella surgió la mujer más hermosa que puede imaginarse. Cleopatra y las demás eran brujas desaliñadas comparadas con ella.

—¿Dónde estoy? —preguntó la bella—. ¿Qué palacio tan hermoso es éste? ¿Qué hago en una piel de tigre? ¿Quién es este apuesto y joven príncipe?

—¡Soy yo! —exclamó Frank, embelesado—. ¡Soy yo!

La tarde pasó igual que un instante en el paraíso. Antes de que Frank se diera cuenta, el jinn había vuelto, dispuesto a servir la cena. Frank tenía que cenar con su encantadora amiga, porque esta vez se trataba de amor, el auténtico amor. Los maliciosos ojos del jinn, que entró con las viandas, se desorbitaron al contemplar tanta belleza.

Sucedió que Frank, todo él amor y desasosiego, salió corriendo al jardín entre bocado y bocado, para coger una rosa para su amada. El jinn, con el pretexto de servir vino a la bella, se puso muy cerca de la mujer.

—No sé si me recuerdas —dijo en un susurro—. Yo estaba en la botella más próxima a la tuya. A menudo te admiraba a través del vidrio.

—Oh, sí—dijo ella—. Te recuerdo perfectamente.

En ese momento volvió Frank. El jinn no podía seguir hablando, pero fue de un lado a otro de la sala, inflando su monstruoso pecho y haciendo gala de sus rollizos y morenos músculos.

—No debes temerle —dijo Frank—. Sólo es un jinn. No le prestes atención. Dime que me amas de verdad.

—Naturalmente que sí—dijo ella.

—Bueno, dilo—repuso Frank—. ¿Por qué no lo dices?

—Lo he dicho —contestó ella—. Naturalmente que sí. ¿No acabo de decirlo?

Esta vaga y evasiva réplica oscureció la felicidad de Frank, como si una nube hubiera tapado el sol. La duda brotó en su mente y destrozó por completo momentos de exquisito embeleso.

—¿En quién estás pensando? —preguntó Frank.

—No lo sé —replicó ella.

—Bien, tendrías que saberlo —afirmó él, y empezó una discusión.

En un par de ocasiones Frank incluso ordenó a la bella que volviera a la botella. Ella obedeció con una sonrisa maliciosa y reservada.

—¿Por qué sonríe de esa forma? —le preguntó Frank al jinn, confiándole su angustia.

—No puedo asegurarlo —replicó el jinn—. A menos que ella tenga un amante oculto ahí dentro...

—¿Será posible? —exclamó Frank, consternado.

—Es sorprendente cuánto espacio hay en una de esas botellas —dijo el jinn.

—¡Sal! —gritó Frank—. ¡Sal ahora mismo!

Su encantadora amiga surgió obediente.

—¿Hay alguien más en esa botella? —chilló Frank.

—¿Cómo iba a haber alguien? —preguntó ella, con una mirada de inocencia más bien exagerada.

—Dame una respuesta clara —dijo él—. Responde sí o no.

—Sí o no —replicó ella enloquecedoramente.

—¡Embustera, estás engañándome, ramera de poca monta! —exclamó Frank—. Entraré ahí dentro y lo averiguaré personalmente. Si encuentro a otro hombre, ¡que Dios os ayude a los dos!

Dicho esto, y mediante un intenso esfuerzo de voluntad, Frank entró fluidamente en la botella. Miró por todas partes: no había nadie. De repente escuchó un sonido en lo alto. Levantó los ojos, y el tapón estaba introduciéndose.

—¿Qué estáis haciendo? —gritó Frank.

—Estamos poniendo el tapón —contestó el jinn.

Frank maldijo, suplicó, rogó e imploró.

—¡Déjame salir! —chilló—. Déjame salir. Por favor, déjame salir. Déjame salir. Haré lo que sea. Déjame salir, déjame.

El jinn, no obstante, tenía otros asuntos que atender. Frank sufrió la infinita mortificación de contemplar esos otros asuntos a través de las cristalinas paredes de su prisión. Al día siguiente notó que ascendía, que surcaba el aire velozmente y que le depositaban en la sucia tiendecilla, con las demás botellas, sin que nadie hubiera descubierto la falta de la suya.

Allí permaneció un interminable período, cubierto de polvo de pies a cabeza y frenético y rabioso al pensar lo que estaría pasando en su exquisito palacio entre su jinn y su infiel amada. Finalmente, un grupo de marineros llegó por casualidad a la tienda y, al oír que aquella botella contenía a la mujer más bella del mundo, la compraron mediante suscripción colectiva de la tripulación. Al destapar la botella en alta mar y descubrir que allí sólo estaba el pobre Frank, su desengaño no conoció límites y usaron al desgraciado con extrema atrocidad.