—¡Que llega el tranvía fantasma! —gritaba la gente mientras corría por la calle.
Los niños empezaron a chillar excitados, sin hacer caso de las llamadas de sus maestros. Pronto todo el mundo se parapetó detrás de las empalizadas que habían levantado los miembros de la Defensa Civil.
Casi las dos de la tarde. Siempre aparecía a esa hora. Aunque la curiosidad era muy grande, nadie se preocupó ya más en saltar las empalizadas. El número de accidentes había aumentado rápidamente. La primera víctima, seis meses atrás, fue un niño de dos años, atropellado mientras jugaba en aquellos raíles que desde hacía más de diez años no se utilizaban.
Dijeron que había sido un coche conducido por alguna de esas personas que siempre tienen prisa. Pero al día siguiente, tres hombres fueron testigos de la muerte de un borracho. En el cuerpo de las víctimas no se encontró ninguna herida, ni el más leve rasguño. El forense dictaminó muerte por causas desconocidas.
Las dos de la tarde. Allí estaba. Ni un susurro se oía mientras «la cosa» rodaba sin hacer ruido.
Entonces ocurrió algo en lo que nadie había reparado. Un hombre iba corriendo por la calzada y subió en el último instante al tranvía. Luego este desapareció al doblar la esquina. Era inútil seguirlo hasta allí, pues los raíles no iban más lejos...
Al día siguiente, a las dos de la tarde, un cuerpo fue empujado fuera del tranvía por manos invisibles. Rápidamente acudió la gente para ayudar al hombre. Con la mirada perdida en el vacío, y con el movimiento de sus manos, parecía contener algo, defenderse de algo situado frente a él, al mismo tiempo que murmuraba presa de espanto:
—No lo haga, no lo haga, no lo haga... —repetidamente, sin cesar, continuamente—: ¡No lo haga, no lo haga, no lo haga...!
Pero lo más horrible y espantoso era que las ropas de aquel hombre estaban sucias, llenas de barro, y despedían un hedor tan repugnante como si se hubiera revolcado en una tumba recién abierta...
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