III
Trabajó
con rapidez para desatar el nudo que sujetaba su delantal alrededor de su
cintura. Cuando lo hubo hecho, se levantó cuidadosamente, apoyándose sobre un
codo, y miró hacia la ventanilla, llevando precaución para mantener la cabeza
por debajo del asiento delantero. Se dio cuenta con desesperación de que no era
posible. El gran hombro y brazo del hombre cerraban por completo la zona
situada entre el respaldo del asiento y la ventanilla abierta. Si ella trataba
de pasar el delantal a presión, él se daría cuenta de su mano y de que se
estaba moviendo a sus espaldas.
—Vamos
un poco retrasados —dijo Bogan en aquellos momentos—. Tendré que ir al máximo.
Pero no te preocupes. No me cogerán por exceso de velocidad.
El
coche se introdujo en el carril de la izquierda y ella vio cómo su cabeza y sus
hombros se inclinaban hacia adelante, perdiéndose un poco de vista, mientras lo
hacía. Cuando pasaba a otro vehículo, se acercaba más al parabrisas para ver
con mayor claridad. Ahora, el balanceo del vehículo le daba a entender que
habían vuelto al carril central, viendo entonces cómo su cabeza y sus hombros
emergían sobre ella, volviendo a su acostumbrada posición.
Rezó
en voz baja. Cuando se movió hacia adelante, la ventanilla abierta había
quedado libre, sin que su cuerpo la obstruyera. Y si pasaban a otro coche, él
también volvería a inclinarse hacia adelante.
Con
su mano derecha, arrugó el delantal hasta convertirlo en una bola, y la fue
levantando poco a poco. Cuando pasara a otro coche, ella no podría mirar para
ver si él se había movido hacia adelante. En tal caso, se encontraría cerca del
espejo retrovisor, siendo capaz de notar cualquier movimiento que se pudiera
producir detrás de él. Ella tendría que arriesgarse, levantando el delantal,
sacándolo por la ventanilla y dejándolo caer, sin mirar y rezando para que su
mano no rozara el hombro.
Avanzaron
durante varios minutos por el carril del centro.
—Ya
está bien de aire —dijo, con un chasquido de su voz—. En cuanto pasemos a ese
camión, subiré la ventanilla y la dejaré así. ¿Para qué me voy a preocupar por
tu comodidad? ¿Sientes alguna simpatía por mí? ¿Acaso yo te preocupo algo?
El
coche se desvió hacia la izquierda y adquirió velocidad, haciendo que las
ruedas chirriaran sobre el pavimento húmedo. Contó lentamente hasta tres,
tratando de controlar el temor paralizante que se apoderaba de su cuerpo.
«Ahora», pensó, pero no consiguió mover la mano. El coche estaba volviendo casi
al carril central y ella se mordió furiosamente su tembloroso labio y dijo:
«¡Ahora!», en un desesperado y pequeño murmullo.
Empujó
la mano hacia la ventanilla, temiendo un contacto con el cuerpo del hombre,
pero no sintió nada, excepto el viento húmedo como hielo contra sus nudillos.
Un pliegue de la prenda hizo un ruido de desgarramiento al entrar en contacto
con la corriente de aire. Mantuvo el delantal cogido entre el pulgar y el
índice, sintiendo cómo se estiraba y se llenaba de viento, y entonces lo soltó.
Cuando deslizó la mano, apartándola de la ventanilla, Bogan se reclinó en el
asiento, y sus dedos produjeron un ligero roce sobre el tejido de su chaqueta.
Pero
él no pareció darse cuenta de nada.
—Si
quieres ahogarte —dijo él—, adelante —y subió la ventanilla hasta dejarla
ajustada—. ¿Por qué me voy a preocupar? —Había en su voz un tono amenazador y
vengativo—. No me importa si tu rostro se pone negro y tus pulmones estallan.
Bogan
encendió entonces la radio del coche.
Ella
se quedó completamente quieta, agotada por el temor y la tensión. Se llevó el
dorso de una mano a la boca, apretándola contra sus labios, para reprimir un
sollozo.
.-.-.-.-.-.-.-.-
El
vendedor llamado Harry Mills juró enojadamente e hizo girar el coche hacia la
cuneta llena de grava que flanqueaba la autopista. Su esposa, Muriel, tenía los
ojos llenos de lágrimas; su voz temblaba cuando dijo:
—Podíamos
habernos matado, Harry. Casi perdiste el control.
—Claro
—dijo Harry Mills furiosamente—. No pude ver la carretera durante unos cinco
segundos. Esa maldita cosa se pegó justo encima de los limpiaparabrisas. Voy a
informar de esto —salió del coche, con el rostro encendido y una expresión de
agresividad, y dio la vuelta hasta colocarse junto a su esposa—. No tardará en
pasar por aquí algún policía —dijo, y se subió la solapa de su abrigo para protegerse
de la lluvia—. Estamos vivitos y coleando, querida. Supongo que hemos tenido
mucha suerte.
—¿Qué
era eso? —preguntó ella, con el mismo tono de voz, elevado y temeroso—. ¿Qué
tiraron esos tontos por la ventanilla?
—Bueno,
todavía está agarrado al limpiaparabrisas —dijo él, y empezó a extraer la
empapada pieza de tela que había salido volando del coche que iba
inmediatamente delante del suyo hasta caer sobre su parabrisas; lo extendió
sobre el capó—. Bien, ¿qué te parece esto? —preguntó, y se levantó el sombrero
sobre la frente.
La
luz roja giratoria de un coche patrulla ya se estaba acercando, moviéndose
expertamente a través de los carriles casi abarrotados por el tráfico. Eran las
nueve treinta y cinco.
.-.-.-.-.-.-.-.-
En
el cuartel general, el capitán Royce, acompañado por el sargento Tonelli y por
el teniente Trask, estaba de pie, estudiando el largo mapa de la autopista que
había en la pared de su despacho. Durante los últimos cuarenta y cinco minutos
no habían encontrado ningún rastro del asesino. El capitán Royce sabía que
había abandonado el Howard Johnson número 1, acompañado por la chica,
aproximadamente a las ocho cincuenta.
Cuarenta y cinco minutos significaban
unos setenta y cinco kilómetros; y en esos setenta y cinco kilómetros el
asesino había tenido la posibilidad de abandonar la autopista en cualquier
salida situada entre la 12 y la 5. Todas aquellas salidas estaban vigiladas,
claro. Resultaba imposible investigar un coche tras otro, pero se estaba
prestando una gran atención a los coches tipo sedán de marca «Ford»,
«Chevrolet» y «Plymouth», especialmente a los que eran conducidos por hombres
corpulentos que llevaran gafas. Puede que el asesino hubiera conseguido
atravesar la barrera, pero Royce se sentía razonablemente seguro de que aún se
encontraba en la autopista.
Miró
el gran reloj que había en la pared opuesta y el
sargento Tonelli consultó su reloj de pulsera.
Dentro
de otros dos minutos más, el convoy presidencial entraría en la autopista por
la entrada 5.
Tonelli
aclaró su garganta.
—Esos
reporteros todavía están ahí afuera, capitán —dijo.
—Un
buen sitio para estar —observó Royce.
Durante
la última hora habían estado llegando al cuartel general periodistas y
reporteros de radio y televisión. Podían causar un gran dolor de cabeza a
Royce, y poner en dificultades el tráfico en la autopista, si no les informaba
brevemente de lo que estaba sucediendo y de los planes que se estaban
realizando para atrapar al asesino; pero Royce estaba preparado para, aceptar
esta eventualidad.
Ahora, todos los patrulleros libres de servicio ya se
encontraban trabajando en la autopista, que se había convertido en una trampa
de ciento sesenta kilómetros vigilada por todos los coches patrulla,
señalizados o no, que estaban en disposición de servicio. Por la autopista
rodaban tres vehículos con escuadrones especiales antidisturbios, a intervalos
de poco más de treinta kilómetros, listos para converger inmediatamente hacia
cualquier lugar donde se diera la alarma, dotados de gases lacrimógenos y balas
de goma.
El teniente Biersby, en el centro de comunicaciones, había alertado a
toda la policía situada en un radio de ciento sesenta kilómetros alrededor de
la autopista, y esta red se estaba ampliando a cada minuto que pasaba. Los
cobradores del peaje, que no eran policías, sino civiles desarmados, habían
sido sustituidos por policía estatal vestida de paisano, transferida
directamente bajo el mando de Royce.
Si
esta información era transmitida por un reportero a una emisora de radio o de
televisión, estaría en el aire en cuestión de minutos. Y eso sonaría muy bien,
pensó Royce. La gente que escuchara la medida, la aprobaría porque, después de
todo, la policía estaba cumpliendo una tarea.
Pudiera ser incluso que aquello
disminuyera un poco su indignación la próxima vez que fueran multados por
exceso de velocidad. Pero en contra de las ventajas de una buena prensa, Royce
tuvo en cuenta un hecho muy importante: el asesino podría disponer de radio en
su coche y, sin duda alguna, estaría interesado en conocer los detalles de los
planes que se habían hecho para atraparle.
Un
timbre sonó en la mesa del radiofonista y escucharon el crujido de la radio,
con una voz distante que informaba. El radiofonista se volvió rápidamente y
miró al capitán Royce, que se había adelantado hasta la puerta de su despacho.
—Salida
cinco informando, señor —dijo—. El presidente está en la autopista. Es un
convoy de ocho coches, con nuestras patrullas al frente y detrás. Viajando por
el carril de la derecha a setenta y cinco aproximadamente.
—¿Han
informado de su posición todas las demás patrullas? —preguntó Royce.
—Sí,
señor.
Royce
asintió y se pasó una mano por su frente sudorosa. Después, regresó ante el
mapa. Podía visualizar el progreso del convoy y conocía la densidad del tráfico
que le rodeaba y las condiciones del tiempo en aquel trozo de autopista.
Ninguno de estos elementos era favorable: la autopista estaba resbaladiza por
la lluvia y el tráfico se movía con lentitud y pesadez.
—¡Capitán
Royce! —llamó con un grito el radiofonista—. ¿Quiere venir un momento, señor?
Royce,
con Tonelli y Trask siguiéndole, llegó junto al radiofonista de varias largas
zancadas.
—El
coche dieciséis acaba de informar, señor —dijo rápidamente el radiofonista—.
Termina de investigar a un coche detenido. El conductor aparcó en la cuneta
porque desde el coche que iba delante alguien lanzó un delantal de Howard
Johnson que se pegó a su parabrisas. El delantal procedió de la ventanilla del
conductor de un «Ford» del cincuenta y dos, con matrícula de Nueva York. La
esposa consiguió ver los tres últimos números de la matrícula: seis, cuatro,
dos.
—¿Dónde
ocurrió eso?
—La
patrulla dieciséis se detuvo en el poste kilométrico ochenta y seis, en... —el
radiofonista consultó sus referencias—. Recibí su solicitud de cerrar la
autopista hace dos minutos.
Royce
hizo un rápido cálculo: el «Ford» del 52 llevaba esos dos minutos de ventaja,
además del tiempo que el conductor hubiera tardado en detener a un coche
patrulla. Un total de unos cinco minutos; lo que situaría al asesino cerca del
poste kilométrico ochenta, en la salida 5.
—¿Quién
está cerca del ochenta? —preguntó ásperamente.
—O'Leary.
Patrulla veintiuno. Va detrás del presidente, a unos doscientos metros de
distancia —y añadió sin necesidad—: Manteniendo el tráfico detrás del lento
convoy.
.-.-.-.-.-.-.-
Cuando
O'Leary recibió sus órdenes del radiofonista del cuartel general, se encontraba
en el carril central del tráfico que se dirigía hacia el sur, cerca del poste
kilométrico setenta y seis. El convoy presidencial se encontraba unos pocos
cientos de metros por delante de él, rodando suavemente por el carril de la
derecha; podía ver la luz roja giratoria del coche patrulla de cola, brillando
en la oscuridad.
O'Leary
estaba sentado recto, con sus grandes manos apretadas sobre el volante. Repitió
los tres números que le había dado el radiofonista y dijo:
—¡Recibido!
—después, colgó el receptor.
Su
corazón latía lleno de esperanza y excitación. Había estado acortando
lentamente la distancia que le separaba del convoy durante los últimos cinco
minutos y estaba completamente seguro de que no había pasado a ningún sedán
«Ford» del 52.
Aquello significaba que el asesino estaba delante de él, en
alguno de los carriles llenos de tráfico que se movía entre él y el convoy.
Después de mirar por su espejo retrovisor, O'Leary se situó en el carril de la
izquierda, controlando el suave y poderoso vehículo como si fuera una extensión
de su propio cuerpo. Pasó junto a tres coches más lentos y tras comprobar sus
matrículas, volvió al carril del centro.
Permaneció allí el tiempo suficiente
para comprobar las matrículas de los coches que tenía ante él y a su derecha;
después, volvió al carril de adelantamiento y sobrepasó a los coches que había
eliminado. La lluvia dificultaba su trabajo, pero realizaba todos sus
movimientos con una precisión deliberada, saliendo y volviendo a entrar en el
tráfico con una habilidad que no le costaba ningún esfuerzo.
Estableció
contacto en el poste kilométrico sesenta y nueve; el «Ford» viajaba en el
carril central, a unos cincuenta metros por detrás del convoy presidencial,
pero ganando distancia con lentitud.
O'Leary
extendió discretamente la mano y cogió el receptor del soporte situado junto al
volante.
—O'Leary,
veintiuno —informó al sargento Tonelli—. Lo tengo. Poste kilométrico sesenta y
nueve, dirección sur, carril central.
—¡Espere
un momento! Aquí el capitán —dijo el capitán Royce ásperamente—. O'Leary, ¿ha
conseguido ver al conductor?
—No,
señor. Estoy detrás de él, a tres o cuatro coches de distancia.
—¿Alguna
señal de la mujer?
—No,
señor.
—¡Adelántele!
A partir de ahora le cubriremos con coches no identificados.
—¡Recibido!
O'Leary
se disponía a situarse en el carril de la izquierda cuando vio cómo, de
repente, el «Ford» cobraba velocidad y se dirigía hacia el convoy presidencial.
El convoy de ocho vehículos avanzaba ahora a unos noventa kilómetros por hora,
con intervalos de aproximadamente cincuenta metros entre cada coche.
—¡Dios
mío! —murmuró O'Leary entre dientes.
El
«Ford» se estaba moviendo hacia el extremo derecho del carril central, doblando
lentamente hacia la derecha, para situarse en uno de los espacios que separaban
los coches del convoy. Cogió el micrófono-receptor y gritó duramente:
—¡Tonelli!
Está tratando de situarse en el convoy. ¡Eso es lo que ha estado esperando todo
el tiempo!
Era
un plan salvaje y desesperado, pero no dejaba de haber cierta brillantez en él.
Si el «Ford» se introducía en el convoy, situándose delante de un coche lleno
de agentes del Servicio Secreto, sería detectado instantáneamente. Pero si se
colocaba en el espacio entre periodistas o ayudantes presidenciales, podría
pasar desapercibido.
Y una vez dentro del convoy, el asesino tenía asegurada
una salida libre de la autopista porque el presidente no sería detenido en
ninguna caseta de cobro de peaje..., todo el convoy pasaría, siendo saludado
con deferencia.
El
capitán Royce ya estaba dando órdenes que restallaban como disparos en el
receptor de O'Leary. Informó de la situación y número de matrícula del «Ford» a
las patrullas no identificadas 30 y 40, y les ordenó interceptarlo, reducir su
marcha y apartarlo del convoy. A O'Leary le ordenó:
—¡Colóquese
a su lado! No intentará nada estando usted ahí. Cuando las patrullas treinta y
cuarenta estén en posición, adelántele unos pocos cientos de metros. Y por el
amor de Dios, lleve mucho cuidado. No podemos tener ningún accidente, ni
provocar ningún tiroteo.
—¡Recibido!
—dijo O'Leary.
Se
introdujo en el carril de la izquierda. Cuando se situó al lado del «Ford»,
pudo ver al conductor inclinado un poco sobre el volante, pero la lluvia le
impedía captar los detalles de sus rasgos; tuvo la impresión de que era un
hombre corpulento, y observó el brillo de unas gafas, pero nada más.
O'Leary
disminuyó la marcha para adaptarse a la del «Ford», que aún seguía basculando
hacia la parte derecha del carril central. En el carril de la derecha, el
convoy presidencial rodaba suavemente por la autopista, con una velocidad
constante y decorosa, y con coches patrulla situados a la cabeza y a la cola de
la columna.
O'Leary se dio cuenta de que el «Ford» regresaba gradualmente al
centro de su carril. Sin duda alguna, el conductor le había visto y había decidido
retrasar su movimiento. En su espejo retrovisor, O'Leary vio un par de faros
que se le acercaban rápidamente a través de la lluvia que caía con fuerza en la
oscuridad.
Debía
ser el primero de los coches patrulla no identificados. O'Leary se adelantó un
poco al «Ford», después otro poco más, dejando espacio al patrullero que venía
tras él para que se colocara en el carril central y situara su coche frente al
del asesino.
O'Leary
pensó que Sheila debía estar echada en el suelo del «Ford», y aquel pensamiento
le resultó exasperante; odiaba tener que abandonar ahora su puesto, pero allí
no cabía realizar ningún tipo de heroicidad, y menos cuando se trataba de
patrullar la autopista. Por otra parte, sus años de entrenamiento y disciplina
eran lo bastante fuertes como para contrapesar cualquier tentación de llevar a
cabo una acción individual.
Si ella estaba en el coche, sus mejores
posibilidades de seguridad se encontraban en el trabajo en equipo de la
policía. Si ella estaba en el coche... este pensamiento le hizo sentirse
enfermo. Pero sabía que el asesino podría haberla dejado inconsciente, o
haberla matado, arrojando su cuerpo en los campos que había a lo largo de la
autopista.
Detenerse
para desembarazarse de su cuerpo sólo le habría costado unos pocos segundos, y
en ese breve espacio de tiempo habría corrido muy poco riesgo de ser detectado
por un coche patrulla.
O'Leary
apretó el acelerador y se dirigió hacia la cabeza del convoy; en su espejo
retrovisor vio cómo un convertible negro se situaba lentamente por delante del
«Ford».
.-.-.-.-.-.-.-.-
Harry
Bogan maldijo su suerte, maldijo la cortina de lluvia que caía en delgadas
columnas plateadas por delante de las luces de los faros. Se inclinó hacia
adelante y limpió con la palma de la mano la pequeña capa de vapor que se había
fijado en la parte interior del parabrisas.
Unos
pocos minutos antes estuvo riéndose con un turbulento buen humor. El plan iba a
salir bien; estaba convencido de ello. Los espacios que separaban a los
vehículos del convoy eran grandes, y la lluvia resultaba una cobertura
excelente para el movimiento que había planeado realizar.
Había leído en los
periódicos algo sobre el viaje del presidente, que acudía a una ceremonia en un
hospital de veteranos de Plankton, cerca de la salida 5 y que planeaba regresar
a Washington aquella misma noche.
Y
entonces, cuando Bogan se aproximaba a la salida 5, escuchó en una emisora
local de Plankton un informe por el que pudo comprobar que sus planes para
interceptar el convoy del presidente se desarrollaban con toda exactitud.
El
alcalde estaba siendo entrevistado; habló del honor que representaba para el
pueblo la visita del presidente, del inspirador mensaje que el presidente había
enviado no sólo al pueblo, sino a toda la nación, dirigido a los hombres libres
de todo el mundo.
Bogan había escuchado atentamente, irritado por las palabras
grandilocuentes, por la voz de estilo oratorio que llenó el coche. Y entonces,
el alcalde dijo: «Aunque sólo hace unos pocos momentos que se ha marchado, le
echamos profundamente de menos, y nuestros corazones le desean un buen viaje de
regreso.»
Aquello
era precisamente lo que quería saber Bogan: el momento de la partida del
presidente de Plankton. Hasta entonces, todo lo que había hecho eran
suposiciones; ahora estaba seguro.
Pero
de repente, cuando estaba preparado para ejecutar el paso final, un coche de la
policía se situó junto a él, permaneciendo allí con una inquietante
persistencia. Y cuando finalmente se decidió a pasarle, alejándose, un tonto
que conducía un convertible negro se situó delante de él, obligándole a reducir
su marcha a sesenta y cinco kilómetros por hora, ignorando arrogantemente el
furioso sonar de su claxon.
El
convoy se alejó de él, con las luces rojas de los coches patrulla perdiéndose
en la oscuridad, y fue entonces cuando el convertible negro giró lentamente
hacia el carril de la derecha dejando el paso libre a Bogan. Pero entonces,
otro tonto se le adelantó, un hombre que conducía una camioneta y que parecía
ser un borracho o un suicida; osciló erráticamente frente a él, frustrando
todos sus intentos de pasarle.
Bogan
ya no se sintió inflado por la orgullosa sensación de dominio. Todo empezó a
resultar confuso e insensato, como sucedió cuando rompió con su hermano y
durante los largos años de amargas desilusiones sin sentido; no había ninguna
conexión ni relación con lo que le estaba sucediendo ahora, sólo permanecía la
sensación de haber sido burlado de algún modo y la necesidad de devolver el
golpe a quienes le atormentaban. Pero el curso de sus fragmentados pensamientos
llegaron a un final sostenido: todas las manos se habían elevado para
destruirle. Pero no lo encontrarían tan fácilmente.
Habló
con aspereza a la mujer que estaba en el suelo de la parte de atrás:
—Crees
que te vas a casar con ese enorme y elegante patrullero, ¿verdad? Crees que te
devolveré a él sana y salva, ¿eh? Bonita y dulce para que te pueda manosear con
sus manazas. ¿Es eso lo que estás esperando?
Sheila
se había colocado sobre un costado. En esa posición le era posible trabajar con
la hebilla que aseguraba el cinturón alrededor de sus tobillos.
—¿Adonde
me lleva? —preguntó.
No
tenía ningún sentido preguntarle aquello. Sólo confiaba en poder distraerle de
aquella terrible preocupación sobre ella y Dan. No podía soportar la amenaza de
obscena excitación que percibía en su voz, el frenesí de sus insinuaciones.
—Lo
sabrás cuando hayamos llegado —contestó él.
Ya
había abandonado la esperanza de que alguien hubiera encontrado su delantal. Se
lo imaginaba húmedo y arrugado sobre la autopista, convertido en una masa
irreconocible después de que miles de ruedas hubieran pasado sobre él. Ahora,
la única oportunidad que le quedaba la encontraría cuando él se detuviera en la
salida para pagar el peaje; si fuera posible, si no descubriera hasta entonces
que se había librado las manos, abriría la puerta y se arrojaría del coche.
El
dispararía contra ella, claro; sabía por lo que había estado diciendo y por el
sonido de su voz que tenía la intención de matarla de una forma u otra. Pero
ella elegiría la forma; y sabía muy bien que una bala sería infinitamente
preferible a quedarse sola con él en la anónima oscuridad que se extendía al
otro lado de la autopista.
De
repente, Bogan se echó a reír. La camioneta se había apartado de su camino.
Sólo había perdido unos pocos minutos. El convoy presidencial estaba viajando
por debajo del límite de velocidad, y probablemente sólo estaba a dos o tres
kilómetros por delante de él. Aún tenía tiempo para alcanzarle. Apretó el pie
sobre el acelerador.
.-.-.-.-.-.-.-.-
En
el cuartel general se estaban trazando planes de actuación. El sargento Tonelli
había marcado en el mapa la posición del asesino con una chincheta roja,
mientras que una docena de chinchetas verdes indicaban los coches patrulla que
le rodeaban.
El capitán Royce chupó su pipa apagada y consideró el problema que
tenía que resolver; cogerían al asesino, desde luego, pero la tarea consistía
en cogerle sin que nadie más sufriera el menor daño. Ahora, el convoy
presidencial se había alejado y estaba fuera de peligro.
Después de alejarse
del coche bloqueado del asesino, el convoy osciló hacia el carril de la
izquierda y aumentó su velocidad hasta alcanzar los ciento quince kilómetros
por hora, con un coche patrulla delante, dejando libre el camino con el sonido de
su sirena. Ahora, el convoy se estaba acercando a la última salida y lo más
probable era que el asesino ya no pudiera alcanzarle; y aun cuando su coche
fuera lo bastante rápido, disponía de suficientes coches patrulla para cortarle
el paso.
—Podemos
atraparle en la misma autopista —sugirió Tonelli—. Se le puede encajonar y
hacerle salir de la carretera. Tendrá varias armas frente a su cabeza antes de
que sepa lo que ha ocurrido.
Royce
miró el mapa con el ceño fruncido, considerando el tráfico y las condiciones
atmosféricas en la zona donde se hallaba el asesino. No le gustó la idea de
Tonelli; encajonar a un coche a alta velocidad nunca era una misión fácil de
realizar, pero esta noche sería especialmente difícil.
Confiaba en sus hombres
y sentía un gran orgullo por su habilidad y buen juicio, pero no tenía la
intención de exponerles a los caprichos de un loco, al menos bajo aquellas
circunstancias. También tenía que considerar a los conductores civiles; si se
producía un tiroteo, o si el asesino intentaba evadir a los coches patrulla,
podría producirse un pánico que podría tener como resultado un sangriento
accidente.
—Le
permitiremos salir de la autopista —dijo Royce—. Sólo le quedan otras tres
oportunidades, en las salidas tres, dos y una. Le cogeremos cuando no exista
riesgo de que alguien más se vea envuelto.
—¿Y
qué pasa con la chica?
Royce
se apartó del mapa y se quedó mirando por las ventanas; en el exterior, el
tiempo había empeorado y la lluvia caía en grandes oleadas por las grandes
hojas de cristal. Podía ver las luces del tráfico moviéndose lentamente a
través de la tormenta.
—Trataremos
de mantenerle tan ocupado que no tenga tiempo para preocuparse por ella —dijo
con lentitud—. Es todo lo que podemos hacer. Y no es mucho. Ahora mismo, es un
hombre peligroso. Ha perdido el contacto con el convoy y si no está
completamente loco se habrá dado cuenta de que ya no puede alcanzarle.
Sus
planes han salido mal y esperará algún tipo de problemas —se frotó la frente
con la mano—. Si pudiéramos calmarle un poco, hacerle sentirse confiado.
Entonces podríamos... —Royce se detuvo; seguía mirando por las ventanas; una ceñuda
sonrisa se extendió por sus rasgos duros y curtidos—. ¿Está buscando el convoy,
verdad, sargento? Supongamos que organizamos uno para él.
—¿Qué
quiere decir?
—Escuche,
y después actúe de prisa. Comunique a la salida dos y al sargento Brannon, en
la subemisora sur. Vamos a situar un convoy en la autopista, delante del
asesino. Será nuestro convoy. Con patrullas de escolta delante y detrás. Le
dejaremos que se meta en él. Después apretaremos la trampa.
.-.-.-.-.-.-.-
Los
ocho coches negros fueron enviados por las administraciones municipales de las
ciudades situadas en el extremo sur de la autopista. Fueron conjuntados en
columna de convoy quince minutos después de que la orden de Royce fuera
transmitida al sargento Brannon, y un minuto después de las diez rodaban
suavemente por la entrada 2 y se introducían en el tráfico de la autopista que
avanzaba en dirección sur.
El convoy marchaba por el carril de la derecha, con
las patrullas de escolta abriendo camino con sus sirenas. A la cabeza de la
columna iba el patrullero Frank Sulkowski, un curtido veterano que mantuvo la
velocidad del convoy a ochenta kilómetros por hora. Al final se encontraba Dan
O'Leary.
Miraba continuamente su espejo retrovisor para comprobar si veía
acercarse el «Ford» del asesino. Los ocho sedanes que tenía ante él iban
conducidos por patrulleros y detectives vestidos con ropas de paisano, y los
conductores dejaban a propósito un invitador espacio entre cada vehículo. El
convoy era una trampa móvil, con siete huecos creados para atraer al asesino.
O'Leary
levantó el receptor y se comunicó con Sulkowski.
—Creo
que vamos demasiado rápidos, Frank. Reduzcamos un poco.
—Recibido.
Sus
intercomunicaciones estaban dirigidas por el radiofonista del cuartel general,
quien las comunicaba al capitán Royce.
—El
convoy está en el carril tres, poste kilométrico veintiocho. Reduciendo
velocidad por debajo de los ochenta.
Royce
asintió y comprobó la posición del coche del asesino sobre el mapa. Detrás de
él estaba, de pie, el mayor Townsend, comandante en jefe de la policía estatal.
Había llegado hacía unos minutos —era un hombre delgado, pero fuerte, cercano a
los sesenta años—, para recibir un informe personal de Royce sobre la
situación.
—Poste
kilométrico veintiocho —dijo Townsend—. ¿Y dónde está el «Ford»?
—Medio
kilómetro detrás. Lo tenemos bajo vigilancia. Se está acercando continuamente.
—¿Y
si pica? ¿Qué se hará entonces?
—El
convoy irá cerrando huecos y pasará al carril central. Coches no identificados
se situarán en los carriles uno y tres, colocándose a ambos lados de él. Se
encontrará entonces encajonado entre cuatro coches.
—Suponga
que no pica. ¿Hay algo en el aspecto de nuestro convoy que pueda hacerle
sospechar?
—No
lo creo, mayor. A menos que sea capaz de leer nuestros pensamientos. En nuestro
convoy no hay nada que lo distinga del convoy presidencial, sobre todo en una
noche oscura y lluviosa como ésta. Su velocidad es constante y ahora se está
moviendo por el carril de la derecha, donde el asesino espera encontrarlo...
por el carril de la derecha, con el mismo número y tipo de coches que los que
acompañan al presidente, con patrullas delante y detrás, con las luces rojas
giratorias encendidas.
—Está
bien —dijo el mayor—. Supongo que meterá la cabeza en el agujero. ¿Dónde se
propone arrestarlo?
Royce
se acercó más al mapa y señaló la salida 1, la última de la autopista.
—Justo
aquí, señor.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-
O'Leary
no identificó el «Ford» hasta que éste le pasó por el carril central; hasta
aquel preciso momento sólo había sido un contorno impreciso de luces que se
aproximaban en su espejo retrovisor. Ahora, pudo ver la corpulenta silueta del
conductor y, cuando el vehículo le adelantó, comprobó su número de matrícula.
Descolgó el receptor y habló con Sulkowski:
—Acaba
de pasarme, Frank.
Otras
voces sonaron en el radio-receptor de O'Leary... el radiofonista en el cuartel
general, y después los patrulleros que habían seguido al «Ford» en sus coches
no identificados.
O'Leary
observó cómo el coche del asesino avanzaba lentamente al lado del convoy, con
sus luces rojas de posición brillando en la lluviosa oscuridad. Entonces, el
coche aumentó su velocidad de repente y giró a la derecha; las luces de posición desaparecieron de golpe. El
asesino se había introducido entre el tercer y el cuarto coche del convoy.
—¡Está
dentro, Frank! —informó O'Leary secamente.
—¡Recibido!
—dijo Sulkowski—. Ahora, cierren huecos y manténgase así.
Los
conductores del tercer y cuarto coche del convoy fueron acortando hábilmente
las distancias entre ellos y el «Ford», y después, cuando el vehículo de
Sulkowski cambió ágilmente al carril del centro, toda la columna de coches le
siguió. Los coches patrulla no identificados se situaron suavemente en los
carriles uno y tres, a ambos lados del coche del asesino. La misión, tan
cuidadosamente cronometrada, había sido terminada; ahora el asesino estaba
encajonado por todos los lados, cogido en una trampa móvil que se dirigía,
junto con él, hacia la última salida de la autopista.
Los
planes del capitán Royce para capturar al asesino se basaban sobre todo en la
simplicidad y la sorpresa; el convoy de la policía sería escoltado hasta la
caseta de peaje situada en el extremo derecho de la salida, siendo mantenido
parte del tráfico normal de la autopista. Después de la salida, la autopista se
extendía por poco más de un kilómetro hacia el puente sobre la bahía de
Washington, y toda esa zona estaba bloqueada; todo el resto del tráfico estaba
siendo desviado por carreteras secundarias.
En
el cuartel general, Royce explicó los últimos detalles al mayor Townsend.
—Detendremos
el convoy justo aquí —dijo, volviéndose hacia el mapa y señalando la cabina de
peaje de la derecha, en la salida 1—. A unas cincuenta yardas a esta parte de
la cabina hemos situado luces rojas intermitentes de tráfico, que son normales.
Cuando el convoy se detenga, un patrullero saludará al primer coche, y señalará
hacia esas luces, indicando que el conductor debe permanecer a la derecha de
ellas. Después, saludará de nuevo y permitirá al coche pasar la cabina de
peaje. Repetirá lo mismo con los dos coches siguientes.
El coche del asesino es
el que viene después. Naturalmente, el asesino estará observando, pero todo lo
que verá será a un respetuoso patrullero introduciendo el convoy presidencial
en el carril adecuado, facilitando su salida de la autopista —Royce recorrió la
superficie del mapa con su dedo—. Mientras tanto, otros patrulleros se
acercarán al coche por detrás, con las armas preparadas.
Dan O'Leary, que es la
escolta de la cola, abandonará su coche y se moverá hacia la derecha. Patrulleros
y detectives del convoy se le unirán, cubriendo al asesino desde ambos lados.
Lo cogerán por detrás, y le matarán si se resiste —Royce se quedó mirando al
mayor Townsend y preguntó—: ¿Ve algún impedimento en todo esto?
—No,
parece correcto. No me gusta exponer a los patrulleros situándolos frente al
asesino. Y tampoco me gusta el hecho de que la mujer esté en el coche. Pero si
las cosas fueran tan simples como a mí me gustaría que fuesen, podríamos irnos
a pescar y dejar que un puñado de chicas exploradoras hicieran el arresto.
—Lo
sé —dijo Royce, volviendo a pasarse la mano por la frente; en las líneas que
mostraba alrededor de su boca y de sus ojos se podía ver la tensión sostenida
durante las tres últimas horas—. Necesitamos buena suerte.
El
radiofonista abandonó su emisora y corrió a la oficina de Royce.
—Capitán,
un camionero ha descubierto el cuerpo de un joven en el Howard Johnson número
1. En una zanja cerca del aparcamiento reservado a los camiones. Está
inconsciente, pero creen que se encuentra en buenas condiciones. Sus documentos
demuestran que es el propietario del «Ford» que conduce el asesino.
—¿Ya
va una ambulancia hacia allí?
—Sí,
señor.
—Y
ese joven, ¿tiene alguna oportunidad?
—Parece
que sí, señor. Ha perdido algo de sangre y tiene una horrible hinchazón en la
cabeza, pero está respirando bastante bien.
—Eso
es al menos una buena noticia —dijo Royce—. Quizá tengamos ahora otra racha de
buena suerte —se volvió y se quedó mirando el mapa—. Lo sabremos dentro de unos
pocos minutos.
.-.--.-.-.-.-.-
Introducido
ya en el convoy, Bogan se estaba riendo suavemente, aliviado y excitado a la
vez. Se sentía abrigado y confiado entre la columna rodante de coches
oficiales; frente a él y tras él, tranquilizadoramente cerca, se encontraban
los privilegiados coches negros del convoy presidencial, y a ambos lados suyos,
como una feliz coincidencia, había otros dos coches que parecían viajar
exactamente a la misma velocidad que el convoy. Ahora, nadie podría alcanzarle;
dentro de aquella caja de acero rodante se sentía seguro de todos, dirigiéndose
hacia la libertad detrás de un invencible escudo protector lleno de poder y
autoridad.
Una
vez más, se sintió astuto y triunfante, y todas sus emociones se elevaron hasta
alcanzar un apasionante extremo de excitación. Llamó a la chica y dijo:
—No
tardaremos en dejar la autopista. Cortesía de la policía —se echó a reír
suavemente, sintiendo cómo una cálida confianza recorría todo su cuerpo—. Somos
gente muy importante, ¿te das cuenta de eso? Estamos viajando en compañía del
presidente. La policía nos saludará y se inclinará cuando pasemos ante ella. Es
una lástima que no puedas estar sentada aquí, a mi lado, para verlo.
Para
entonces, Sheila se las había arreglado para desatar el cinturón que tenía
alrededor de los tobillos, pero las palabras de Bogan destruyeron todas sus
esperanzas. Si no se detenían ante la cabina de peaje, ¿qué había conseguido
liberándose las piernas?
—Está
cometiendo un error al llevarme con usted —dijo, desesperadamente—. La policía
me estará buscando. Si me deja marchar, le prometo que no... —se detuvo,
sabiendo la inutilidad de su súplica, y despreciando el sonido de temor animal
y de súplica que había en su voz.
—No
dirás nada sobre mí, ¿es eso lo que ibas a decir? Estoy seguro de que no lo
harás —comentó, con un pesado sarcasmo—. Pero la policía no nos encontrará. No
te preocupes por eso. Al menos, no antes de que hayamos conversado un poco tú y
yo. Iremos a algún sitio bonito y tranquilo. Y compraré algo de café y pastas
dulces. Conozco un tipo de pastas que te gustarán mucho. Están todas cubiertas
de azúcar, y en su interior hay una gruesa capa de mermelada. Te desataré y
estarás cómoda.
Bogan
frunció el ceño y se llevó la mano a la frente, sintiendo allí un dolor extraño
y confuso. ¿Qué era lo que quería explicarle a la mujer? Tenía algo que ver con
el enorme patrullero con quien deseaba casarse. Sí. Tenía que decirle que
aquello no estaba bien.
Y estaba lo otro sobre su familia, su padre y su
hermano y la joven pareja de Nueva York, la mujer con las piernas delgadas y
desnudas que exhibía tan cruelmente. Recordaba que no se habían portado
amablemente con él, y pensó que también habría sido interesante hablar con los
dos. Pero ahora ya no podía hacerlo. De algún modo, se habían alejado de él.
Con
un instinto de salvación, Bogan sabía que no debía estar pensando ahora en
aquellas cosas; le confundirían y le enojarían y ahora necesitaba de toda su
astucia y fortaleza para luchar contra las fuerzas que se le oponían.
—Cállate
—dijo con petulancia y de mal humor—. Tú me has metido en todo este problema.
Eso es lo que voy a hablar contigo más tarde. Espera y verás.
—Por
favor —dijo ella, y por primera vez su voz se quebró; sabía que él deseaba
matarla—. Por favor, no...
—¡Cállate!
—gritó él con una voz baja y dura, inclinándose después hacia adelante, y
estrechando sus ojos, llenos de tensión.
El
convoy estaba reduciendo su velocidad. Delante de él vio las luces arqueadas de
la salida 1, brillando en la oscuridad. La corriente de tráfico de la autopista
se iba extendiendo a medida que penetraba en la ancha zona de aproximación a la
última salida.
El convoy pasó junto a una línea de patrulleros, que saludaron,
y giró hacia las luces intermitentes y la cabina de peaje situada en el extremo
derecho de la salida. Se estaban deteniendo, y el corazón de Bogan empezó a
latir con temor; todo aquello era un error, nadie podía detener el convoy del
presidente..., a menos que estuvieran buscando algo.
El pensamiento produjo un
luminoso destello de terror en su mente. Sacó el revólver de su bolsillo y bajó
la ventanilla, dejándola a media altura. Una rociada de lluvia fría le dio en
el rostro. Unas gotas húmedas se acumularon sobre sus gafas, y las luces
giratorias de los coches de la policía se fragmentaron sobre ellas, como lanzas
amenazadoras. En el silencio, pudo escuchar la rápida respiración de la mujer.
—No
te muevas ni hagas ningún ruido —le dijo, tranquilamente—. Si lo haces, serás
responsable de los hombres que tendré que matar.
Bogan
se limpió las gafas con la punta de su dedo índice, abriendo un pequeño túnel
de visibilidad a través de la lluvia, las luces y las sombras. Cuando vio a un
patrullero aproximarse al primer vehículo del convoy, Bogan elevó su revólver
hasta la altura del cristal semibajado. Pero el patrullero se detuvo a unos dos metros del primer coche, se puso firmes y saludó
perfectamente.
Señaló hacia la línea de luces intermitentes, dirigiendo sin
duda alguna al conductor hacia la derecha; después, volvió a saludar y el coche
comenzó a moverse lentamente. El mismo procedimiento fue repetido con el
segundo coche y Bogan se dio cuenta de que era un simple procedimiento
rutinario; un policía respetuoso dirigiendo el convoy hacia el carril
privilegiado que se le señalaba.
Apartó el revólver de la ventanilla y fue
tranquilizando su respiración. Todo estaba bien; la sensación de alivio fue tan
intensa, que casi se echó a reír en voz alta. Ahora, el coche situado delante
de él empezaba a moverse, y el patrullero se dirigía hacia el suyo con pasos largos
y ondulantes; era una alta figura negra bajo la lluvia.
Bogan
oyó moverse a la chica detrás de él y escuchó el click metálico de la puerta de
atrás, al soltarse; después, una pequeña ráfaga de aire frío le dio en la nuca.
Se revolvió desesperadamente, sintiendo cómo el temor se apoderaba de él, en
oleadas repentinas y horribles.
Vio que la mujer se había liberado; el cinturón
había desaparecido de sus tobillos y tenía agarrado con las manos el abridor de
la portezuela, parcialmente abierta ya. No sintió nada, excepto un desesperado
dolor por la traición; ella era mucho peor que todos los demás, engañándole en
silencio, conspirando astutamente para frustrar todos sus planes.
Y
entonces, a través del espejo retrovisor. Bogan vio la figura de un hombre
uniformado corriendo agachado hacia su coche. Maldijo furiosamente y soltó el
pedal del embrague al mismo tiempo que se volvía y disparaba contra el
patrullero que se aproximaba al coche de frente.
El empuje del coche, puesto a
toda velocidad, hizo que la puerta de atrás se cerrara de un golpe, y Bogan oyó
a la mujer gritar de dolor. «Sus dedos», pensó, haciendo girar el coche hacia un lado para evitar al
patrullero, que se había arrojado al suelo, esquivando el disparo de Bogan.
Dedos blancos y delgados, tan suaves al acariciar
como el terciopelo. Bogan
giró salvajemente el volante, librándose del patrullero y avanzando después
directamente hacia el paso de salida. Era importante escapar y no quedarse
allí, haciendo el tonto, bajo la lluvia. Más tarde me encargaré de él, más tarde me
encargaré de todos.
O'Leary
se encontraba a dos metros por detrás del «Ford» cuando Bogan disparó contra el
patrullero. Se lanzó hacia adelante, cubriendo la distancia de una zancada,
pero el coche ya empezaba a alejarse de él, girando fuertemente a la izquierda;
pero después giró de nuevo locamente hacia la derecha, enfilando el paso de
salida y O'Leary pudo agarrarse a la puerta de atrás, cogiendo el manillar con
las dos manos.
La velocidad del coche le levantó del suelo, haciendo oscilar su
cuerpo en forma de arco, pero se mantuvo agarrado por un precioso segundo y
finalmente se las arregló para soltarse y abrir la portezuela.
El
«Ford» se movió espasmódicamente cuando Bogan cambió la marcha, y durante esa
pérdida momentánea de velocidad O'Leary arrojó la parte superior de su cuerpo
sobre el asiento trasero.
Agarró a Sheila por las rodillas y después dejó caer
todo su peso y cuando el coche volvió a adquirir velocidad sus piernas se
arrastraron por el suelo y después se sintió libre golpeando dolorosamente
contra el hormigón húmedo, pero con el ligero peso de Sheila desesperadamente
agarrado entre sus brazos.
O'Leary
se puso de rodillas y la sostuvo contra sí por un instante, protegiéndola
contra el bramido de los coches y el destello de los disparos. Ella estaba
gritando histéricamente, repitiendo su nombre una y otra vez, pero no mostraba
señas de haberle reconocido, ni en sus ojos ni en la expresión de su rostro. El
terror no la abandonaría en un tiempo, pero ahora estaba abrazada a alguien que
estaría con ella hasta que pasara.
O'Leary
la dejó con los detectives que habían bajado de los coches del convoy y corrió
hacia su propio coche patrulla. El «Ford» había pasado rápidamente por la línea
de salida y ahora avanzaba a toda velocidad por la autopista de casi un
kilómetro que conducía al puente sobre la bahía.
Pero ahora ya no tenía escape
posible. Tres coches patrulla le seguían a toda velocidad, maniobrando con
despiadada precisión para situarse en buena posición. No había ningún otro
coche en la carretera. Bogan pasó por un túnel desierto, con los coches
patrulla cercándole por tres lados.
O'Leary
traspasó la línea de salida poco después que los coches perseguidores de la
policía, llevándose el micrófono a los labios.
—Está
solo —dijo—. La chica ha salido del coche y está a salvo.
Su
informe sonó en los coches patrulla que le precedían y en el cuartel general de
Riverhead.
—No
se descuiden ahora —dijo el capitán Royce—. No corran ningún riesgo. Por ahí no
va a ninguna parte.
Y
dio una orden a la policía del puente para que lo elevaran.
Las
barreras del puente se cerraron automáticamente y los poderosos cables que
sujetaban las cuatro esquinas del puente empezaron a girar en sus tambores,
elevando lentamente en el aire la calzada del puente.
—Cogedle
cuando se detenga —ordenó Royce.
.-.-.-.-.-.-.-.-
Bogan
vio la lluvia centelleando ante él, extendiéndose como un prado tranquilo y
espacioso al atardecer, con un viento suave que doblaba ligeramente las hojas
de hierba, de modo que relucían bajo los últimos rayos del atardecer. Era muy
hermoso. Todo estaba tranquilo y en paz. Pero él no podía dejar de llorar. Las
lágrimas surgían de sus ojos pacíficos y bajaban fríamente por sus mejillas.
Necesitaba a alguien que le consolara; alguien de quien no tuviera miedo.
Los
coches patrulla le estaban dando caza desde atrás. Los veía... acechándole como
enormes y peligrosos animales.
Unas
brillantes luces rojas produjeron destellos en sus ojos y vio una barrera, y
tras ella una pesada cadena que se balanceaba de parte a parte de la autopista.
Y detrás de aquello sólo quedaba el espacioso y pacífico prado que parecía agua
en la curiosa confusión de luces nocturnas y sombras. Escuchó el choque de su
coche contra la barrera y después el sonido de la sacudida contra la cadena,
que cedió, y finalmente se vio libre, elevándose hacia el oscuro y suave prado,
tan fácilmente como un pájaro, o como el avión de papel de un niño.
.-.-.-.-.-.-.-.-
Dan
O'Leary detuvo su coche y apagó la sirena y la luz roja giratoria. Se quedó
allí sentado por un momento, con los brazos cruzados sobre el volante y la
frente descansando sobre el dorso de las manos. Todo había pasado; el «Ford» se
había abalanzado contra la bahía de Washington y tras el ruido del choque y un
surtidor de espuma blanca no quedó nada, excepto los cada vez más extensos
círculos sobre la superficie del agua negra y silenciosa.
O'Leary
rezó una oración por el hecho de que Sheila estuviera a salvo. Después, volvió
a poner el coche en marcha para dirigirse a la entrada 1, donde ella le estaba
esperando. Condujo a menos de la velocidad máxima permitida, de un modo
constante y preciso, con sus grandes manos firmemente agarradas al volante, y
los ojos mirando alertas la carretera que tenía ante él. Ahora ya no había
necesidad de correr por este último kilómetro que le separaba de la entrada 1,
pensó, sintiéndose agradecido. Lo más importante de él mismo ya estaba allí.
(CONTINUARA...)