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Amenazada - Raúl Garbantes

             Julia no respondía el teléfono y Hans se culpaba por no haberle mostrado el dibujo del cuarto de Gail. Ella hubiese sabido que su novio era el autor y, aunque en ese momento no entendiera el valor de esa información, tal vez él lo hubiese visto claro entonces. Al menos lo hubiese considerado sospechoso. Pensaba que era ella, que Julia era el detonante de su violencia de una forma que aún no comprendía; pero ahora lo importante era detener a Frank Gunn y evitar su muerte.

             Anne se acercó a donde estaban Hans y Juliet porque notó que algo grave pasaba. Venía con un vaso desechable en la mano que antes había contenido el espumante de la celebración.

             —Anne, el asesino no es Alan Gunn, es su hijo. De alguna manera lo culpó y quiere que su padre pague por lo que le hizo a su madre. Así como también seguramente quería que Gerard Bau y Otto Dupont pagaran lo que hacían, y en parte por eso debió asesinar a Gail, aunque en ese caso quizá había algo más. Algo que ella hizo o dijo y que lo sacó de sus casillas. De allí la importancia de comprender el primer delito, y por eso no me he cansado de decirlo y escribirlo en todos los informes y todos los seminarios. Ahora no puedo explicarte mejor, pero necesito que ordenes a una unidad que vaya a casa de Julia Stein. Tienes que confiar en mí —le pidió.

             —Está bien. Mandaré a alguien ahora mismo —dijo Anne entre asombrada y obediente. Si alguien como Hans Freeman hablaba con tal convicción, ella debía prestarle atención.

             Pero Hans no se quedó tranquilo, porque necesitaba saber que Julia Stein estaba bien. Juliet le había dado el número telefónico de la Dirección de Servicios Sociales del ayuntamiento, donde trabajaba, y decidió llamar de una vez. Había que ubicarla lo más rápido posible y alertarla.

             —Necesito comunicarme con Julia Stein —dijo a la persona al otro lado de la línea cuando logró la comunicación.

             Una voz sumamente chillona le informó que Stein ya no trabajaba allí y que, aunque debía cumplir un preaviso, no había aparecido desde ayer. Preguntó por algún compañero cercano a la chica y lo pusieron en comunicación con Madison Cooper. Esta le dijo que Julia se había mudado con «el amor de su vida», con su novio Frank Gunn y le dio la dirección de su casa.

             Él cortó la llamada y pensó que se le estaba acabando el tiempo, y que debía ir de inmediato a casa de Frank Gunn. Pero en ese momento Juliet lo abordó con unos papeles en la mano y le dijo que Jobs había encontrado ADN en una de las cuerdas junto a los restos de carbón.

             —Dice que cree que alguien lloró y que las lágrimas arrastraron partículas de carbón que seguramente estaban en su cara y se depositaron en un finísimo pliegue frontal de la cuerda.

             —¡Era él! ¿Por qué no pude verlo? Le debió haber resultado muy sencillo inculpar al padre porque solo tenía que escoger víctimas específicas y matarlas de noche, cuando supiese que él estaría solo y sin coartada. Se debe haber colado en la casa de Alan y buscó en los recibos del servicio de fumigación. Además, dejó los recibos a simple vista para cuando nosotros lo visitáramos, y todo convenientemente acomodado en la casa vacía de Park City para que no dudáramos ni un segundo de quién era el autor de los asesinatos. Las mujeres le recordaban a su madre, y por eso lloró. Por eso no quería mirar sus caras; eran un sacrificio necesario para que atrapáramos a los hombres crueles como su padre. Siempre se pensó superior, con más sensibilidad y con otra naturaleza. Y la verdad es que lo preparó todo muy bien. Hasta debió perseguir y atacar a Miriam Clark para que dijeran que la habían visto antes con él. De seguro sabía que Julia estaba vigilándolo… —le dijo a Juliet y comenzó a correr.

             Cuando estaba cruzando la puerta de salida del Departamento, Cotten se dio de bruces con él. Venía emocionado.

             —¡Tienes que ver esto! Unos chicos grabaron un video casero en una de las viviendas vecinas a la de Elaine Perales y en un segmento se puede ver a un hombre joven llevar a una mujer en silla de ruedas. Un hombre que no es Alan Gunn, aunque tiene cierto parecido con él, pero es más joven y camina de manera diferente. No habían dicho nada porque les apenaba el contenido del video.

             Anne escuchó las palabras de Cotten porque venía siguiendo a Hans para acompañarlo, y, actuando con efectividad, ordenó enseguida a cuatro agentes que la siguieran.

             —Se acabó la fiesta, señores.

             Debían ir a apresar a Frank Gunn. Ya poco le importaba lo que dirían al otro día la prensa por haber detenido primero al hombre equivocado.

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             Cuando volví a tener consciencia, me vi atada a la cama. Estaba muerta de miedo. Él me miraba sentado en el sillón rojo.

             —Maté a Gail el mismo día que nosotros tuvimos el problema, cuando supe que te había perdido. Gail era muy entrometida y me sacó de mis casillas. Ese día me dijo que hablaría contigo, pues estaba segura de que yo no te convenía. Me dijo que tú no serías capaz de darte cuenta de la realidad que te rodea, del peligro de mi yo violento. No podía dejar que te alejara de mí. Entonces la cité en aquella calle oscura y la molí a golpes. Eso fue después de pegarte a ti, pero sabes que eso lo hice sin querer. Creo que quedaste allí inconsciente un tiempo y luego saliste corriendo y no volví a verte. Seguramente tienes vagos recuerdos de aquella noche. También creo que si te hubiesen preguntado si yo estaba contigo cuando mataron a Gail, en caso de que yo hubiese necesitado una coartada y si los policías no hubiesen sido tan idiotas, habrías dicho que sí. Después de todo, estoy seguro de que no recuerdas lo que sucedió con claridad porque después de correr debiste haberte desmayado. Después de matar a Gail pensé que podría usar su muerte para vengarme de mi padre. Era una buena idea que lo culparan a él, porque era el verdadero responsable de que te perdiera; por esa parte del repulsivo Alan Gunn que yo llevaba adentro en ese momento, y que me hizo lanzarte aquella botella a la cabeza.

             Se quitó los lentes y los limpió, y luego se los volvió a poner como si lo que estuviese confesando fuese una cosa menor.

             —Junto con Otto Dupont, Gerard Bau y su despreciable hijo, mi padre cometía actos espantosos, pero nunca se atrevieron a asesinar a nadie. Depravados, yo sí soy un verdadero hombre y crucé el umbral. Su castigo por despreciarme era que los culparan del asesinato de Gail —dijo y destilaba mucha rabia en esas palabras finales.

             Comencé a pensar que me iba golpear, porque no sabía en ese momento lo que estaba sintiendo por mí: ¿odio?, ¿amor?, ¿posesión?

             —No me mires así, como si fuera un monstruo. ¡Tú no! Tú sabes que no lo soy —me gritó y no pudo contener las lágrimas.

             Yo me decía a mí misma que no podía caer en estado de pánico total porque eso empeoraría la situación. Pero verlo llorando como un ser enloquecido y capaz de cualquier cosa me hacía ahogarme de miedo.

             Después se secó las lágrimas que ya le bañaban toda la cara enrojecida.

             —De todas maneras, Gail buscaba dinero a costa de lo que fuera y descubrió lo que hacían Gerard, Otto y mi padre. Ella era muy inteligente y ambiciosa. El próximo paso que daría sería comenzar a pedirles cosas, a sacar algún beneficio de ellos. Gail era una vulgar oportunista, aunque nunca la viste así. Al principio pensé que era mi amiga, pero luego comenzó a criticarme, y odio que me critiquen. Hasta le regalé uno de mis mejores dibujos, ya que de verdad creí que era una aliada; pero solo quería separarnos, y para hacerlo fingía estar cerca de mí y de ti. En cambio, tú eres perfecta, tan fantástica y hermosa…

             Cuando dijo eso me acarició el brazo y continuó esa caricia hasta mi mano. Sentí una aterradora cosquilla y estuve a punto de gritar, pero pensé que si lo hacía, podría amordazarme.

             —Mi padre es un ser lleno de podredumbre, así como lo era Richard y como tantos otros, pero he sabido vengarme de ellos con paciencia. Que la estúpida Policía no llegara a sospechar de ellos con la muerte de Gail y despacharan los hechos culpando a los adictos de la zona, no es mi culpa, sino de ellos, que son unos idiotas.

             Me armé de valor e intenté concentrarme en lo que debía hacer para salvarme, y decidí hablarle.

             —¿Has asesinado a esas tres mujeres? ¿Fuiste tú? —le pregunté, y no pude contenerme más y comencé a llorar.

             Él respondió como esperaba que lo hiciera, me dijo que sí y que lo había hecho por mi culpa. Porque yo estaba avanzando mucho en la relación con Jimmy Randall.

             —Siempre te he vigilado, amor, muy de cerca, y he tolerado tus noviazgos porque habían sido cortos y tenía la seguridad de que algún día volverías. Pero entonces, cuando estuve seguro de que habías terminado con «tu amado Jimmy», volví a verte con él en el Otelo, superando todos tus récords de permanencia con alguien. Y para colmo, yo había buscado que me vieras esa noche, y me dejaste solo para irte con Randall. Eso me dolió mucho, Julie. Llega un momento en que uno no quiere esperar más y tiene que actuar de manera diferente para conseguir lo que quiere, lo que importa. Tuve que tomar medidas drásticas. Entonces decidí acabar con mi padre de una vez por todas porque él era el único culpable de que te hubiese perdido. Tuve mucho miedo porque pensé que te irías con Jimmy, y la rabia, Julie, la rabia contra mi padre fue brillante, enorme, y me ha hecho un asesino perfecto. La misma rabia que sentí cuando golpeaba a Gail. ¿Has visto el cuadro en la sala?, ¿el rojo, negro y blanco? Me recuerda cómo quedó el cuerpo de Gail cuando terminé con ella. Si lo piensas bien, esos son los colores que llevamos dentro.

             Yo tenía las manos atadas a la cabecera de la cama. Y los pies también estaban atados, juntos. Solo sentía mis lágrimas calientes caer y resbalar sobre la cara y la presión muy fuerte en la cabeza. Inspiré profundo porque sentía que mis pulmones se estaban quedando sin aire, tal vez por la posición de mis brazos o por la desesperación de saberme atrapada y a merced de un loco asesino que yo había querido. Porque eso era a fin de cuentas Frank. La verdad era que siempre fue el sádico homicida de Wichita.

             Algo me dijo que debía quedarme tranquila y continuar callada, escuchándolo.

             —Entonces haría algo aún más radical; mataría a varias mujeres que pudiesen relacionar sin ninguna duda con mi padre. Tengo llaves de la furgoneta de papá, de la casa vieja de Park City y de su horrible casa actual. El muy estúpido ni siquiera se daba cuenta de que tomaba su furgoneta algunas noches. He podido matarlo yo mismo, pero me pareció más adecuado verlo preso hasta el final de sus días, y vender su asqueroso Fairlane y destruirle la vida poco a poco como él lo hizo con mamá. Estaba convencido de que al final, en la cárcel, se hubiese ahorcado con unas sábanas al menor descuido. Fue un golpe de suerte que compartieras con Freeman el vuelo a Wichita, y que pudieras ver la foto de Gail en su poder. Eso me hizo más fáciles y rápidas las cosas. Tengo que reconocer que la inteligencia de Freeman era clave para mi plan. Porque necesitaba que notaran la similitud entre los lugares de las manchas de la ropa de Gail y de las perforaciones de los otros cuerpos. Necesitaba que alguien inteligente participara de la investigación, y ese fue Hans Freeman.

             Cuando dijo eso, me acarició la cara y me besó. Pensé en morderlo, pero no lograría nada y era mejor mostrarme dócil. Sentí sus labios y la humedad, que me resultó inmunda. Luego se separó de mí y volvió a sentarse en el sillón.

             —Aparecí en casa de Megan con el uniforme de la empresa que ella conocía, convenciéndola de que había un error en el recibo. Después fue Alice y de último Elaine. Ella era hermosa, se parecía un poco a mamá. Casi perfecta, pero no como tú. Cuando una mujer vivía sola, mi padre tenía el pésimo gusto de escribir notas en las copias de los recibos a pie de página; me refiero a notas morbosas sobre ellas. Él siempre fue muy grosero y ordinario, distinto a mí. Esas mujeres solas eran el blanco perfecto. En un descuido les inyecté esto —dijo mostrándome una jeringa y una aguja larga que tomó de la mesita de noche.

             Fue cuando comencé a dudar de mi cordura. ¿En qué momento la había puesto allí? Sería que me había desmayado en el taller porque tampoco recordaba cuando me amarró. A uno se le nublan los recuerdos en situaciones como esas. Lo mismo me pasó la noche que me atacó y asesinó a Gail. Supongo que en algún momento lo recordaré todo.

             Frank continuaba hablando y yo lo oía en medio de un ataque de náuseas.

             —Las drogué y las llevé a Park City y las asfixié. Perforarlas en los mismos lugares donde papá fracturó a mamá fue algo que no pude evitar hacer, porque soy un artista, tú lo sabes más que nadie. Lo mismo hice con el cuerpo de Gail...

             Comenzaron a dolerme con intensidad los brazos y no veía la manera de escaparme de Frank. Y lo más desesperante era que no se callaba y continuaba explicándome con detalles cómo había cometido esos actos atroces y sus perversas motivaciones. ¿Y qué iba a hacer con esa aguja? En ese momento estuve segura de que iba a asesinarme de la misma manera que a las otras chicas. Tal vez luego me vestiría con uno de los trajes que hizo a mi medida y me dejaría acostada en su cama, y sin pies para que yo también volara.

             —Aquella noche que nos vimos en el bar no fue casualidad, lo que pasa es que tú has resultado ser muy crédula y confiada. No sé cómo no te diste cuenta de que te perseguí todos los días, que tengo registrada en mi mente cada vez que saliste de fiesta, cada novio, cada noche en tu apartamento. Una tarde entré en él y copié la llave de la puerta. He estado allí muchas veces sentado en tu sofá, como aquella vez que te fuiste de viaje con la buena Madi y con el imbécil de Jimmy. Pensé en acabar con él, pero no tuve necesidad de hacerlo, porque después de que maté a Elaine Perales y te llamé, lo supe. Supe por tu tono de voz que ya no estaban juntos. Y después fuiste a verme al trabajo y entonces sentí que al fin lo había logrado: habías vuelto a mí, y esta vez sería duradero. Siempre te he vigilado, hasta cuando Albert MacArthur te persiguió.

             Pedía que todo fuera una de mis pesadillas. Porque esas cosas retorcidas que decía eran lo peor que había escuchado en mi vida.

             Se volvió a acercar y me besó, pero esta vez lo rechacé sin poder evitarlo. Entonces esperé un golpe como reacción, pero él se quedó muy quieto, se alejó, se quitó los lentes y los limpió con el borde de su camisa, y volvió a ponérselos. Y solo entonces gritó y luego tumbó lo que había sobre la mesita de noche. Pegó un puñetazo a la cama junto a mi cara, levantó la mano para golpearme y yo cerré los ojos porque no podía defenderme. Solo esperé, y la espera me pareció eterna, pero no sentí nada. Entonces abrí los ojos y lo vi mirándome, con el brazo detenido en medio camino.

             Le pedí que me soltara para demostrarle que no me importaba lo que había hecho, que lo entendía por completo y que yo en su lugar habría hecho lo mismo, porque más de una vez quise matar a mi hermano, incluso a mi madre. Le dije que quería abrazarlo y besarlo. No sé de dónde saqué la fuerza para decir todo eso, pero supongo que las ganas de sobrevivir nos hacen extrañarnos de lo que somos capaces.

             Frank dudó, pero luego cayó en mi trampa y me soltó las amarras.

             Estaba teniendo una nueva oportunidad y no podía desperdiciarla. Lo abracé y besé con intensidad, y luego con la mano derecha tomé una lámpara de bronce que había sobre la mesa de noche, y que quedó en pie a pesar del ataque de furia que él desató antes. Quería buscar la jeringuilla, pero me pareció más difícil encontrarla, y no tenía tiempo. Le golpeé la cabeza lo más fuerte que pude. Vi en cámara lenta cómo la sangre le iba cubriendo parte del rostro y el pelo, y también vi sus ojos brillantes llenos de furia mirándome.

             No perdió la conciencia y yo aún no había podido levantarme de la cama. Luchamos. Recuerdo golpes y rasguños y la idea fija en mi mente sobre la necesidad de ganarle. Me empujó y caí por completo sobre el colchón, me agarró las muñecas y las presionó con una fuerza bestial que nunca pensé que llegaría a tener. Grité y le pedí que me soltara, pero sabía que no iba a hacerlo. Al final logró dominarme. Comprendí que había perdido y me quedé quieta. Frank me miró. La sangre había manchado los lentes y su imagen era pavorosa porque estaba transformado en otra persona. Era realmente escalofriante.

             Volvió a amarrarme, esta vez haciéndome daño. Se fue y regresó gritando y llevando entre las manos una bolsa plástica. Intenté convencerlo nuevamente de que no lo hiciera, pero no tenía esperanzas de lograrlo porque sabía que era mi fin. Me puso la bolsa en la cabeza y la anudó en el cuello. Fue cuando comencé a ahogarme y a sentir lo mismo que sintieron Megan, Alice y Elaine antes que yo.