INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta investigador. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta investigador. Mostrar todas las entradas

La Cosa invisible - William Hope Hodgson (Parte 1)

Carnacki había regresado a Cheyne Walk, en Chelsea. Fui consciente de tan interesante hecho por la postal de redacción concisa y peculiar que releía en ese momento y por la cual se requería mi presencia en su casa no más tarde de las siete de esa misma tarde. 

Tanto yo como los demás miembros de su círculo estrictamente limitado de amigos sabíamos que el señor Carnacki había pasado en Kent las tres semanas anteriores, pero nada más. Carnacki era extravagantemente reservado y parco en palabras, y solo hablaba cuando estaba dispuesto a ello, y entonces tanto sus otros tres amigos —Jessop, Arkright, Taylor— como yo recibíamos una postal o un cable solicitando nuestra presencia. 

Ninguno se lo había perdido nunca voluntariamente, pues, tras una cena decente, Carnacki se acomodaba en su gran sillón y encendía la pipa mientras esperaba a que nos sentáramos cómodamente en nuestro asiento y lugar acostumbrado. Y entonces empezaba a hablar.

Aquella noche en concreto fui el primero en llegar y encontré a Carnacki sentado, fumando tranquilamente mientras leía el periódico. Se levantó, me estrechó la mano con firmeza, señaló una silla y volvió a sentarse, sin llegar a pronunciar palabra.

Yo por mi parte tampoco dije nada. Lo conocía demasiado bien como para importunarlo con preguntas o hablando del tiempo, por lo que cogí asiento y un cigarrillo. Entonces llegaron los otros tres, tras lo cual pasamos una hora agradable y entretenida cenando.

Una vez concluida la cena, Carnacki se acomodó en su gran sillón y, tal como he dicho que tenía por costumbre, llenó la pipa y dio unas bocanadas mientras miraba pensativo el fuego de la chimenea. Los demás nos pusimos cómodos también, cada uno a su manera. Uno o dos minutos después, Carnacki empezó a hablar, prescindiendo de comentarios preliminares y yendo sin rodeos a la historia que sabíamos que tenía que contarnos:

—Acabo de llegar de casa de sir Alfred Jarnock, en Burtontree, al sur de Kent —dijo, sin apartar la mirada del fuego—. Últimamente han tenido allí lugar sucesos extraordinarios y el señor George Jarnock, su primogénito, me envió un cable preguntándome si podía acercarme para contribuir a aclarar un poco las cosas. Así que fui.

»Al llegar, descubrí que el castillo tenía adosada una vieja capilla con una notable reputación de estar lo que popularmente se califica como “encantada”. Descubrí que se habían sentido muy orgullosos de ello, hasta que sucedió algo muy desagradable que les recordó que los fantasmas de la familia no siempre se conforman con ser meramente ornamentales, por así decirlo.

»Sé que resulta casi risible que te digan que un respetado fenómeno sobrenatural se ha vuelto inesperadamente peligroso, y más en este caso, en que el “encantamiento” era considerado poco más que un viejo mito, salvo cuando anochecía, momento en que parecía volverse más plausible.

»Pero, fuera como fuera, no cabía duda alguna de que lo que moraba en el lugar, y que podría calificarse de “esencia encantadora”, se había vuelto repentinamente peligrosa, incluso letal, pues el viejo mayordomo había estado a punto de morir una noche en la capilla, apuñalado por una peculiar daga antigua.

»De hecho, se supone popularmente que es esa daga lo que “encanta” la capilla. Al menos, dentro de la familia siempre se ha transmitido de padres a hijos que la daga atacaría al enemigo que osara aventurarse en la capilla después del anochecer. Lo cual, por supuesto, siempre se había asumido con la misma seriedad con que la gente se toma la mayoría de las historias de fantasmas, o sea como algo cuya naturaleza no es preocupantemente real. 

»Quiero decir con esto que la mayoría de la gente no se plantea si cree mucho o poco en asuntos sobrenaturales o extraños, y por lo general nunca tiene oportunidad de descubrirlo. De hecho, y como ya saben ustedes, soy tan escéptico como el que más respecto a la veracidad de las historias de fantasmas; soy lo que podría calificarse de escéptico sin prejuicios. 

»No tiendo a creer o no creer en algo “por principios”, como he descubierto que sí les sucede a muchos idiotas y, lo que es más, algunos de ellos no se avergüenzan de ufanarse de tan absurdo hecho. Considero que todos los “encantamientos” están por demostrar mientras yo no los examine en persona, y me veo obligado a admitir que noventa y nueve casos de cada cien acaban resultando ser pura farsa e imaginación. ¡Pero el centésimo! Bueno, si no fuera por ese centésimo, pocas historias podría contarles… ¿verdad?

»Por supuesto, tras el ataque al mayordomo resultó evidente que al menos “algo” había en la vieja historia de la daga, por lo que me encontré con que todo el mundo ya estaba medio convencido de que esa extraña arma antigua había atacado de verdad al mayordomo, ya fuese mediante el concurso de alguna fuerza inherente a ella, cosa que eran curiosamente incapaces de explicar, o mediante la intervención de alguna cosa o monstruo invisible del ultramundo.

»Mi considerable experiencia me decía que lo más probable era que el mayordomo hubiera sido acuchillado por algún humano tangible y cruel.

»Naturalmente, lo primero era comprobar la posibilidad de intervención humana, por lo que me dispuse a interrogar a fondo a los más enterados de la tragedia.

»El resultado de los interrogatorios me agradó y me sorprendió a la vez, pues me daba motivos para pensar que me había tropezado con una de esas “manifestaciones auténticas” extraordinariamente raras en las que participa una fuerza del más allá. O, utilizando una terminología más popular, un auténtico caso de casa encantada.

»Estos son los hechos: la noche del domingo anterior, toda la casa de sir Alfred Jarnock asistió como siempre a la misa familiar en la capilla. Verán, el párroco oficia allí dos misas cada domingo, tras cumplir con sus deberes en la iglesia pública situada a unos cinco kilómetros de distancia.

»Al final del oficio, sir Alfred Jarnock, su hijo, el señor George Jarnock, y el párroco se demoraron unos minutos charlando en la capilla, mientras el viejo mayordomo Bellet apagaba las velas.

»De pronto el párroco recordó que por la mañana se había dejado en el altar su devocionario, y pidió al mayordomo que se lo cogiera antes de apagar todas las velas.

»He resaltado especialmente esto porque es importante, dado que nos proporciona la fortuna de tener testigos de un momento extraordinario. Verán, al volverse el párroco para dirigirse a Bellet hizo que tanto sir Alfred Jarnock como su hijo miraran en dirección al mayordomo, y fue en ese preciso instante, con los tres mirando, cuando resultó apuñalado… allí mismo, ante sus ojos, completamente iluminado por las velas.

»Una vez interrogado el señor George Jarnock, quien contestó a mis preguntas en lugar de sir Alfred Jarnock, puesto que el anciano se encontraba muy nervioso y afectado por lo acaecido, y su hijo deseaba evitar en todo lo posible que reviviera la escena, decidí visitar temprano al párroco.

»Su versión fue precisa y detallada, y era evidente que había recibido la sorpresa de su vida. Me describió todo el asunto: Bellet, ante la verja del presbiterio, dirigiéndose hacia el devocionario, completamente solo; y la puñalada, “salida de la nada”, dijo; y la fuerza prodigiosa con que se asestó, que arrojó al anciano de cabeza al centro de la capilla. Fue “como la coz de un enorme caballo”, me dijo el párroco, y sus benévolos y viejos ojos brillaban ardientes e intensos al recordar lo que había presenciado y que cuestionaba todo lo que había creído hasta ese momento.

»Cuando lo dejé, reanudó lo que estaba escribiendo y que había dejado a un lado al llegar yo. Estoy seguro de que estaba escribiendo el primer sermón nada ortodoxo de su vida. Era un hombre entrañable y me habría gustado oírlo.

»El último a quien visité fue al mayordomo. Se encontraba terriblemente debilitado y muy nervioso, por supuesto, pero no pudo decirme nada que no indicara la presencia de alguna fuerza en la capilla. Me contó hasta el mínimo detalle la misma historia que ya me habían contado los demás. Se dirigía a apagar las velas del altar y a coger el devocionario del párroco, cuando algo lo golpeó con tremenda fuerza en el lado izquierdo del pecho y lo arrojó hacia el pasillo.

»Una vez lo examinaron se vio que había sido apuñalado por la daga que siempre pendía sobre el altar, y de la que les hablaré en un momento. Por fortuna, el arma se había clavado a unos centímetros del corazón al penetrar justo debajo de la clavícula, rompiéndola con la tremenda fuerza del impacto, para luego traspasarlo limpiamente y asomar junto a un omóplato.

»El pobre hombre no podía hablar mucho, y lo dejé enseguida, pero lo que me contó bastó para convencerme de que era indiscutible que en el momento de ser atacado no había nadie a escasos metros de él, lo cual ya me habían comunicado tres testigos fiables y responsables, además del propio Bellet.

»Tras esto, debía registrar la capilla, que es pequeña y extremadamente antigua. Es un edificio de paredes sólidas al que solo se puede acceder por una puerta dentro del mismo castillo, cuya llave se encontraba en poder de sir Alfred Jarnock, y de la que el mayordomo no tenía duplicado.

»La capilla tiene forma oblonga, con el presbiterio y el altar aislados el uno del otro por una verja. En la nave hay dos tumbas, pero ninguna en el presbiterio, que está vacío a excepción de dos altos candelabros y de la verja, más allá de la cual se encuentra el altar de mármol, desnudo a excepción de cuatro pequeños candelabros, dos a cada lado.

»Encima del altar pende la “daga del dolor”, como he sabido que la llaman. Imagino que el término proviene de un antiguo manuscrito en pergamino, que describe la daga y sus supuestas propiedades sobrenaturales. La descolgué y la examiné, minuciosa y metódicamente. La hoja tiene veinticinco centímetros de largo, con una anchura de cinco en la base, y termina en una punta redondeada pero afilada bastante peculiar. Es de doble filo.

»La vaina de metal es singular por tener una guarda que la cruza de forma perpendicular, lo cual, teniendo en cuenta que la vaina en sí continúa ascendiendo hasta cubrir de forma poco práctica parte de la empuñadura, le da una apariencia de cruz. Resulta evidente que esto es algo intencionado, por la imagen de un Cristo crucificado grabada en un lado, mientras que en el otro lado hay una inscripción en latín: “Mía es la venganza, y me la tomaré”. Una asociación de ideas extraña y terrible, como ven. La hoja de la daga tiene grabado en antiguas letras mayúsculas: “Vigilo. Ataco”. En el pomo puede verse un pentáculo.

»Esta es una descripción bastante precisa de esa antigua y peculiar arma con la curiosa e inquietante reputación de asesinar (ya sea por propia voluntad o por mano de algo invisible) a cualquier enemigo de la familia Jarnock que se aventure en la capilla después del anochecer. Puedo asegurarles aquí y ahora que, antes de irme, tuve buenos motivos para despejar algunas incógnitas, pues yo mismo probé la naturaleza letal de esa cosa.

»Pero, como supondrán, en aquel momento de la investigación yo aún estaba en el estadio en el que consideraba sin probar la existencia de una fuerza sobrenatural. Así que examiné a fondo la capilla, sondeando e inspeccionando paredes y suelo, casi decímetro a decímetro, prestando especial atención a las dos tumbas.

»Al final de este examen, cogí una escalera y examiné con detalle el techo abovedado. Pasé tres días de esta guisa y para la tarde del tercer día había comprobado a mi completa satisfacción que no había en toda la capilla un lugar en el que pudiera esconderse un ser vivo, y que la única forma de entrar y salir de la misma era por la puerta del castillo, que siempre estaba cerrada, y cuya llave guardaba el propio sir Alfred Jarnock, tal y como les he dicho. Por supuesto, con esto quiero decir que era la única entrada posible para los seres materiales.

»Pero, verán, en caso de descubrir otra entrada, fuera o no secreta, eso seguiría sin explicar de forma lógica el misterio del increíble ataque. Pues ya he dicho que el mayordomo fue atacado ante los ojos del párroco, de sir Alfred Jarnock y de su hijo. Y el propio Bellet sabía que no le había tocado ningún ser vivo… El párroco había dicho que ese acto inhumanamente brutal había “salido de la nada”. Produce escalofríos, ¿verdad?

»¡Y eso era lo que querían que yo aclarase!

»Tras meditarlo considerablemente, tracé un plan. Le propuse a sir Alfred Jarnock pasar una noche en la capilla para vigilar constantemente la daga. Al oír aquello, el viejo caballero —un hombrecillo enjuto y nervioso— se negó a seguir escuchándome. Estuve seguro de que al menos él no dudaba de que hubiera alguna fuerza sobrenatural y peligrosa rondando la capilla por las noches. 

»Me informó de que tenía por costumbre cerrar la capilla con llave, para que nadie, fuera por imprudencia o fuera por descuido, se viera afrontando cualquier peligro nocturno que pudiese albergar de noche, y que, tras lo sucedido al mayordomo, no podía permitirme hacer algo así.

»Pude ver que sir Alfred Jarnock hablaba muy en serio y que se sentiría muy culpable si me permitía tener esa experiencia y me acaecía algún daño, por lo que no le contradije. Entonces, alegando su poca salud y la fatiga de los años, me dio las buenas noches y me dejó allí, con la impresión de que era un viejo caballero muy educado, aunque bastante supersticioso.

»Pero aquella noche, cuando me desvestía, se me ocurrió el modo de conseguir mi objetivo y entrar en la capilla después de oscurecer, sin poner nervioso a sir Alfred Jarnock. A la mañana siguiente, cuando me dejaran la llave, sacaría un molde de ella y mandaría hacer un duplicado. En cuanto tuviera mi propia llave podría hacer lo que me pareciese.

»Por la mañana llevé a cabo mi idea. Pedí la llave, diciendo que quería fotografiar el presbiterio a la luz del día. Una vez hecho esto, cerré con llave la capilla y se la entregué a sir Alfred Jarnock, tras hacer antes un molde en jabón. Me llevaba la placa expuesta, con su pasador, pero dejando la cámara dentro sin recogerla, pues esa noche quería sacar una segunda fotografía del presbiterio usando el mismo encuadre.

»Fui a Burtontree con la placa y el molde en el trozo de jabón. Le dejé el jabón al ferretero local, que también hacía de cerrajero, el cual me prometió tener el duplicado listo en dos horas. Así lo hice, visitando en el intervalo a un fotógrafo con el que revelé la placa, y con quien la dejé secándose, diciéndole que pasaría a por ella al día siguiente. Al cabo de dos horas fui a por la llave, que encontré terminada a mi satisfacción. Y volví al castillo.

»Aquella noche, después de cenar, pasé un par de horas jugando al billar con el joven Jarnock. Luego tomé una taza de café y me fui a mi habitación, diciendo que me encontraba tremendamente cansado. Él asintió y me dijo que se sentía igual. Fue una alegría, pues quería que la casa se recogiera lo antes posible.

»Cerré la puerta de mi habitación y de debajo de la cama, donde las había escondido a primera hora de la tarde, saqué varias piezas de una armadura, que había cogido de la armería. También había una cota de malla, con una especie de capucha de malla para proteger la cabeza.

»Me puse algunas partes de la armadura, que encontré extremadamente incómodas, y la cota de malla encima. No sé nada de armaduras, pero por lo que pude saber luego, debí ponerme partes de dos diferentes. El caso es que me encontraba incómodo, torpe y rígido, e incapaz de mover brazos y piernas con naturalidad. Pero mis planes requerían que llevase el cuerpo protegido. Me puse la bata encima de la cota de malla y metí el revólver en un bolsillo, y el flash en el otro. En la mano llevaba una linterna sorda.

»En cuanto estuve listo, salí al pasillo central y escuché. Los preparativos me habían llevado un tiempo considerable, y para entonces el gran salón y las escaleras estaban en tinieblas y toda la casa parecía en silencio. Retrocedí y cerré mi puerta con llave. Entonces, bajé las escaleras lenta y silenciosamente hasta el salón y me metí por el pasillo que conducía a la capilla.

»Llegué a la puerta y probé con la llave. Encajó perfectamente, y un momento después me encontraba en la capilla, con la puerta cerrada a mis espaldas, envuelto por un siniestro y absoluto silencio, y el vago contorno de las coloreadas vidrieras emplomadas hacía aún más evidente la oscuridad y soledad del lugar.

»Sería una estupidez negar ahora que no estaba tranquilo. Tenía los nervios de punta. Intenten cualquiera de ustedes imaginarse allí parados en el oscuro silencio, recordando no solo la leyenda que acompañaba al lugar, sino lo que le había ocurrido al viejo mayordomo no hacía tanto. Puedo decirles que, estando allí, me era fácil creer que en el aire de la capilla pudiera haber algo invisible cerniéndose sobre mí. Pero pensaba llegar al fondo del asunto, así que me aferré al poco valor que tenía y me puse manos a la obra.

»Lo primero que hice fue encender la linterna, y recorrer cuidadosamente el lugar, examinando cada rincón y recoveco. No encontré nada anormal. Al llegar a la verja, alcé la linterna y alumbré la daga con ella. Seguía colgada sobre el altar, pero recuerdo que al mirarla se me pasó la palabra “ominosa” por la mente. No obstante, alejé esa idea, pues no necesitaba contribuir a la situación con pensamientos incómodos.

»Completé la ronda del lugar con una consciencia creciente de su desagradable desolación y su frío extremo; una atmósfera de lúgubre frialdad parecía envolverlo todo, y el silencio era abominable.

»Al concluir el registro me dirigí a donde había dejado la cámara enfocando al presbiterio. Saqué una placa virgen de la mochila que había dejado bajo el trípode y la inserté en la cámara, descorriendo el obturador. Destapé el objetivo, saqué el flash y apreté el disparador. Un fogonazo intenso y brillante hizo visible de golpe todo el interior de la capilla, para desaparecer a continuación con la misma rapidez. A la luz de mi linterna volví a preparar el obturador y cambié la placa fotográfica, para tener una placa lista para su exposición.

»Una vez hecho esto, cerré la linterna y me senté en uno de los bancos cercanos a mi cámara fotográfica. No podría decir qué esperaba que ocurriera, pero tenía la extraordinaria sensación, casi la convicción, de que iba a ocurrir algo extraño o terrible. Era como si lo supiese con certeza, ¿saben?

»Transcurrió una hora de absoluto silencio. Supe que fue una hora por el lejano y débil campaneo del reloj que había sobre los establos. Hacía un frío terrible, pues, como había descubierto durante mi inspección, el lugar carecía de cualquier estufa o conducto de calefacción, así que la temperatura era tan desasosegante que acompañaba a mi estado mental. Me sentía como si fuera una especie de marisco humano envuelto en hojalata y congelado en frío y desánimo. 

»De algún modo, la oscuridad que me rodeaba parecía apretarme gélidamente el rostro. No sé si alguno de ustedes ha tenido alguna vez esa sensación, pero en ese caso sabrá lo desagradablemente desconcertante que resulta. Y entonces, de pronto, tuve la horrible sensación de que algo se movía. No es que oyera algo, sino que tuve una especie de conocimiento intuitivo de que algo se había movido en la oscuridad. ¿Imaginan cómo me sentía?

»El valor me abandonó de repente. Me tapé el rostro con los brazos envueltos en cota de malla. Quería protegerlo. Tenía la súbita y desagradable sensación de que algo flotaba en la oscuridad sobre mí. ¡Eso sí que era pánico! Habría gritado de no aterrarme hacer ruido… Y entonces, de pronto, oí algo. Oí al final del pasillo central un sonido sordo y metálico, como el que haría un pie enfundado en cota de malla al pisar el suelo de piedra. Permanecí inmóvil. Luché con todas mis fuerzas para recobrar el valor. No podía apartar las manos del rostro, pero noté que recuperaba el control de mi coraje. 

»Bajé los brazos con un poderoso esfuerzo, y erguí el rostro en la oscuridad. Y les digo que me respeto por haber tenido ese gesto, ya que en ese momento creí de verdad que iba a morir. Pero, debido al lento cambio de ánimo que me ayudó a hacer ese esfuerzo, en aquel momento me afectó menos la idea de morir que la extrema cobardía que tan inesperadamente me había dominado por unos momentos.

»¿Me explico con claridad? Estoy seguro de que comprenderán que este sentimiento de respeto personal por mis actos no es en absoluto una egolatría malsana, pues no ignoro el estado de ánimo en que me hallaba. Quiero decir que ya sé que habría sido mucho más digno de mención que me hubiera descubierto el rostro solo mediante mi fuerza de voluntad, sin que mediara cambio de ánimo alguno. Pero, incluso así, sigue siendo un acto digno de respeto. Me siguen, ¿verdad?

»Y, ¿saben?, ¡al final nada me tocó! De modo que al poco tiempo ya había recuperado algo de mi estado normal, sintiéndome lo bastante calmado como para continuar con el asunto sin más desánimos.

»Yo diría que solo habían pasado unos minutos cuando, cerca del presbiterio, volví a oír el mismo ruido metálico de antes, como el de un pie calzado con cota de malla avanzando con cautela. ¡Por Júpiter! Me quedé rígido. Y entonces se me ocurrió que ese sonido podía ser la daga agitándose sobre el altar. No era una idea especialmente cuerda, dado que el ruido era demasiado fuerte y pesado para tener ese origen. Pero es comprensible que, en aquellos momentos, mi razón estuviera dispuesta a someterse a cualquier vuelo de mi imaginación. 

»Recuerdo ahora que la idea de que aquella cosa absurda pudiera animarse y atacarme no acudió a mí con un sentimiento de posibilidad o realidad, sino que pensaba de forma un tanto vaga en algún monstruo invisible del ultramundo intentando coger la daga. Recordaba cómo había descrito el viejo párroco el ataque sufrido por el mayordomo… “salido de la nada”. Y la forma en que describió la tremenda fuerza del golpe “como la coz de un enorme caballo”. Imaginarán lo agobiante del discurrir de mis pensamientos.

»Busqué la linterna a tientas, con cuidado. La encontré cerca de mí, en el banco, y descubrí la luz con un movimiento brusco y repentino. Dirigí el haz hacia el pasillo, a uno y otro lado del presbiterio, pero nada pude ver que me asustara. Me volví rápidamente y dirigí el haz luminoso a uno y otro lado de la parte trasera de la capilla, luego a uno y otro lado de mi persona, y hacia delante y detrás, hacia el techo y hacia del suelo de mármol, pero allí no había nada visible que pudiera asustarme, nada que me pusiera la carne de gallina; solo la capilla, fría y eternamente silenciosa. Ya conocen la sensación.

»Me había puesto en pie mientras proyectaba la luz por la capilla. Saqué el revólver, hice un tremendo esfuerzo de voluntad para apagar la luz y volví a sentarme en la oscuridad, para continuar con mi tenaz vigilancia.

»Me pareció que transcurrió una media hora, quizá más, sin que ningún sonido rompiese la intensa quietud. Había ido tranquilizándome, puesto que la luz de la linterna al recorrer el lugar había hecho que me sintiera a este lado de la frontera de lo normal, proporcionándome algo de ese sentimiento irracional de seguridad que consigue un niño asustado por la noche al taparse la cabeza bajo las sábanas. Esto ilustra lo ilógicos y humanos que eran mis pensamientos, puesto que ya saben ustedes que la criatura, ser o cosa que había efectuado tan extraordinario y horrendo ataque contra el viejo mayordomo debía ser invisible.

»Así que imagínenme allí, sentado en la oscuridad, entorpecido por la armadura, el revólver en una mano y la linterna en la otra, listo para abrirla. Y fue entonces, tras ese pequeño intervalo de relativo alivio tras un intenso pavor, cuando volví a encontrarme con los nervios a flor de piel, pues me pareció oír algo en alguna parte del silencio absoluto de la capilla. Escuché, tenso y envarado, con el corazón latiéndome por un instante en los oídos, y, entonces, me pareció volver a oírlo. 

»Estuve seguro de que algo se había movido al final del pasillo. Me esforcé por ver algo en la oscuridad y, mirase donde mirase, mis ojos solo me mostraron negrura en la negrura, por lo que no hice caso de lo que me revelaban pues, incluso a la escasa claridad de la vidriera del presbiterio, mis ojos me revelaron vagas sombras pasando constantemente ante ella, fantasmales y silenciosas. 

»Reinó un instante de extraño silencio, que me pareció espantoso, o así lo sentí entonces, y, de pronto, creí volver a oír un sonido, cerca de mí, y esta vez infinitamente furtivo. Era como si unos pasos largos y suaves avanzaran despacio por el pasillo central.

»¿Pueden imaginar cómo me sentí? No creo que puedan. Me quedé inmóvil, casi tanto como las efigies de piedra de las dos tumbas, y continué allí sentado, rígido. Entonces imaginé que esos pasos provenían de la capilla. Y, por unos instantes, estuve seguro de que no podía haberlos oído… de que jamás los había oído.

»Transcurrieron unos minutos particularmente largos, y mis nervios debieron calmarse un poco, pues recuerdo que fui lo bastante consciente de mis sensaciones como para darme cuenta de que me dolían los músculos de los hombros por la forma en que los había contraído allí sentado, encogido y tenso. 

»Piensen que yo seguía sintiendo un temor considerable, aunque parecía haber perdido eso que yo llamaría “sentido de peligro inminente”. El caso es que, extrañamente, sentí que tenía un respiro, una interrupción temporal de la malignidad que me rodeaba. Me resulta imposible expresar con más claridad lo que sentía, pues tampoco yo soy capaz de entenderlo con más claridad.

»Sin embargo, no quiero que me imaginen allí sentado y relajado, pues tenía tal tensión nerviosa que mi ritmo cardíaco se salía de lo normal, y el latir de la sangre resonaba en ocasiones en mis oídos, lo cual me producía la sensación de no poder oír con claridad. Una sensación terrible, sobre todo en aquellas circunstancias.

»Y yo estaba allí sentado, escuchando con cuerpo y alma, como suele decirse, cuando de pronto volví a tener la horrenda convicción de que algo agitaba el aire del lugar. La sensación me petrificó, y mi cabeza se tensó como si se me hubiera puesto todo el cuero cabelludo de punta. Aquello era tan real que hasta sentía dolor, de una forma tan peculiar como intensa; me dolía toda la cabeza. 

»Sentí el enorme impulso de volver a taparme el rostro con los brazos cubiertos de cota de malla, pero conseguí sobreponerme. De haber cedido a ese impulso, habría salido corriendo de allí. Así que continué sentado, cubierto de sudor frío (es la pura verdad), mientras un escalofrío me recorría la espalda…

»Y entonces, de pronto, volvió a parecerme oír el sonido de aquellos pasos poderosos y lentos en el pasillo, pero esta vez mucho más cercanos a mí. Hubo un horrendo pero breve silencio, durante el cual tuve la sensación de que algo enorme se inclinaba hacia mí desde el pasillo… Y entonces, a través del tronar de la sangre en mis oídos, me llegó un leve sonido desde donde estaba la cámara, un desagradable sonido como de algo reptando, seguido de un golpecito seco. 

»Tenía la linterna preparada en la mano izquierda, y la destapé, desesperado, alzándola sobre mí, pues estaba convencido de que allí había algo. Pero no vi nada. Apunté inmediatamente la luz hacia la cámara y hacia el pasillo, pero seguía sin haber nada visible. Giré sobre mí mismo, trazando a mi alrededor una gran circunferencia con el haz luminoso, iluminando aquí y allí, a uno y otro lado, pero no me mostró nada.



(CONTINUARÁ...)

Allanadores - David Morrell

Sonó un trueno sin que vieran el relámpago. Amanda y Vinnie miraban a Balenger, y le escuchaban horrorizados.

—¿Así que ahora también eres un psicólogo populachero además de un soldado fracasado y un policía mediocre? —preguntó la voz.

—Detective.

Era detective. Supongo que todo lo que investigaste acerca de mí no te llevó a saber qué delitos investigué. También puede que lo ignoraras deliberadamente porque no quisieras pensar en tu problema. Delitos sexuales, Ronnie. Investigaba delitos sexuales. Puedo leerte la mente, colega, y es como una cloaca.

Ronnie. Ese nombre tampoco se le iba de la cabeza a Balenger.

—1968 —dijo Balenger al walkie-talkie—. Hay una foto tuya con Carlisle. Tiene la fecha por detrás: 31 de julio de 1968. Un mes después, Iris McKenzie desapareció. Al final de ese año, Carlisle cerró el hotel, despidió a todo el personal y vivió aquí solo. O puede que no estuviera solo. Ronnie. Ronnie. ¿Por qué me suena ese…?

Balenger pasó las páginas del informe policial, página a página; recordaba algo y lo estaba buscando. Ronnie. Entonces encontró la página y el nombre lo miraba a él. Hizo que se estremeciera.

—Ronald Whitaker.

—¡¿Qué?! —preguntó la voz.

—Ronnie. Ronald. Cuatro de julio de 1968. Ronald Whitaker.

—Cállate —dijo la voz.

Sonó otro trueno.

—Eres Ronald Whitaker.

—Cállate. Cállate.

Entre el ruido de la lluvia, Balenger pudo distinguir el sonido de unos golpes que venía de más abajo. No venía de la trampilla. Venía de más abajo. Balenger abrió el cerrojo de la trampilla y levantó la puerta mientras apuntaba con la pistola. Las gafas le permitieron ver las escaleras teñidas de verde.

—¡Cállate! ¡Cállate! —gritó Ronnie.

Mientras continuaban los violentos golpes, Balenger bajó la escalera y miró a través de la agujereada pared hacia la sala de estar devastada de Danata.

Los golpes venían de la puerta cerrada con barricadas y eran lo suficientemente fuertes como para empujar los muebles que estaban apilados contra ella.

—Tu madre murió —dijo Balenger al walkie-talkie—. Tu padre abusaba de ti.

—¡Te haré tanto daño que me suplicarás que te mate! —gritó Ronnie desde el otro lado de la puerta.

Balenger entró en la sala de estar de Danata y apuntó a la puerta. Habló en voz más baja para que Ronnie creyera que todavía estaba en el ático. Siguió hablando al walkie-talkie.

—Entonces tu padre pensó que ganaría unos dólares a tu costa, y te trajo aquí, al Hotel Paragon, para las fiestas del cuatro de julio, y te alquiló a otro pervertido.

—¡No te escucharé!

—El tío intentó sobornarte con una pelota de béisbol, un guante y un bate. No puedo imaginar lo atroz que debió de ser. Después, tu padre volvió a la habitación con el dinero. Estaba borracho. Se quedó dormido. Lo golpeaste veintidós veces con el bate. Ronnie, si yo hubiera estado en tu lugar, lo habría golpeado cincuenta veces. Cien. No puedo expresar lo mucho que lamento lo que le pasó a ese niño. Me enfurece enormemente pensar en lo que le hicieron. Se me parte el corazón al pensar en la infancia que él no pudo disfrutar.

La lluvia azotaba el edificio. Un trueno hizo que se tambalearan las paredes.

—Sin embargo, odio todo en lo que se convirtió ese niño después, Ronnie.

—¡Me llamo Walter Harrigan!

Balenger disparó hacia la voz. Una vez. Dos. Sus balas atravesaron la madera del centro de la puerta.

Cambió de posición inmediatamente, solo un instante antes de que parte de la pared rugiera y se partiera a causa de dos disparos y los perdigones se dispersaran hacia el ruido de su pistola.

Uno de los perdigones alcanzó a Balenger en el brazo. Balenger hizo caso omiso del dolor y disparó a derecha e izquierda de los agujeros que había en la pared. Cambió de dirección y se dirigió hacia la escalera mientras el rugido de dos disparos más hacía otros dos agujeros en la pared.

A lo lejos, a través de los agujeros de la pared, Balenger pudo oír que Ronnie recargaba su escopeta en la oscuridad.

«¡Maldita sea! ¡He dejado que me engañara! ¡Ha hecho que gaste munición! ¡Solo me quedan cinco disparos más!».

Sonó más ruido en su walkie-talkie.

«¡Ronnie está apuntando hacia el sonido!», se percató Balenger. Mientras sonaba la estática en el walkie-talkie de nuevo, subió por las escaleras. Dos nuevos disparos lanzaron perdigones contra los peldaños de la escalera que él ya había subido.

—No veo la luz de tu casco por los agujeros —dijo la voz desde el walkie-talkie de Balenger—. Ahora lo entiendo. Mientras tus amigos me entretenían, tú bajaste las escaleras y llegaste hasta los cuerpos. Cogiste sus gafas de visión nocturna.

Balenger se preparó para lo peor cuando se encontró delante de la trampilla. Ronnie no podía dispararle allí.

—Encontré los explosivos que metiste debajo de los cuerpos —le dijo Balenger al walkie-talkie.

—Bueno, hay uno que no encontraste —dijo la voz.

Un enorme ruido sordo sacudió el edificio. Por un momento, Balenger pensó que se trataba de otro trueno. Pero, cuando se tambalearon las paredes, se hizo evidente que el edificio retumbaba desde el interior. Balenger tuvo que sujetarse al borde de la puerta de la trampilla para mantenerse en pie. La onda expansiva le golpeó los oídos.

Amanda gritó desde más arriba.

—¡Aquí! ¡En la sala de vigilancia!

Balenger subió a toda velocidad por la trampilla. Corrió hacia la sala de vigilancia y abrió la trampilla de esa habitación. El humo le hizo toser. Cuando se despejó, las gafas de visión nocturna le permitieron ver que Ronnie había volado la escalera tres pisos más abajo. Los restos de metal se retorcían y balanceaban. Mucho más abajo había llamas.

Balenger cogió el walkie-talkie.

—Si te refieres a la caja de metal que le pusiste a Amanda, ya la encontramos. La tiré por la escalera de la sala de vigilancia. Está empezando un incendio allí ahora.

—De todas formas había pensado quemar este lugar mañana. Las monedas no tenían ningún valor para mí.

El brusco cambio de tema hizo que Balenger se preocupara.

—¿Las monedas?

—Una fortuna, pero no las pude utilizar para pagar los impuestos de este lugar —dijo la voz con amargura—. Fui a distintos anticuarios de numismática de diferentes ciudades. Nunca llevé más de dos monedas cada vez. Nunca llevaba las que no valían nada. Pero hay que vender muchas monedas de setecientos dólares para poder pagar cincuenta mil dólares de impuestos sobre bienes inmuebles. Un día, en Filadelfia, un anticuario al que no conocía le echó un vistazo a lo que le ofrecía y me dijo: «Así que usted es el tipo con los double eagle. Los otros anticuarios no paran de hablar de usted». Y esa fue la última moneda que me atreví a vender.

«¿Por qué estará hablando tanto?», se preguntó Balenger. «Está intentando entretenerme y hacer tiempo. ¿Qué se propone?».

De repente, Balenger se acordó de lo que le había dicho a Ronnie unos minutos antes: «La tiré por la escalera de la sala de vigilancia. Está empezando un incendio allí abajo». ¡Dios mío! Le he dicho dónde me encuentro.

Balenger se alejó corriendo de la trampilla y se dirigió hacia el dormitorio. Algo exploded detrás de él, pero esta vez no hubo metralla. Lo que la explosión provocó fue un fogonazo de calor que llenó la sala de vigilancia.

«El detonador que había al lado de la trampilla», pensó Balenger. Ronnie lo ha activado a distancia. El humo creció.

Amanda y Vinnie corrieron delante de él. Pero la dirección que tomó Vinnie dejó muy claro que no sabía qué había causado la explosión.

—¡Vinnie, aléjate de…!

En el dormitorio, Vinnie se detuvo y se dio la vuelta.

—¡La trampilla! —gritó Balenger—. ¡Aléjate de…!

Aturdido, Vinnie miró hacia abajo, donde se encontraba.

La trampilla.

El detonador.

La explosión fue pequeña, pero ensordecedora. Hizo que una ráfaga subiera por las piernas de Vinnie. Tenía los vaqueros en llamas. Gritó y cayó al suelo mientras intentaba apagar el fuego a manotazos.

Balenger cogió la colcha de la cama y se la puso en las piernas, en un intento desesperado por apagar las llamas. Vinnie seguía gritando.

Sucesivamente, y con gran rapidez, varios detonadores hicieron explosión por todo el ático. Balenger vio las explosiones y las llamas en la sala de vigilancia y en la de enfermería.

—¡Un extintor! —gritó Amanda—. ¡La cocina! —Corrió a través de la sala de vigilancia esquivando el fuego.

Balenger cogió un jarrón ornamental de un buró y corrió hacia el baño. Giró un grifo del lavabo, pero no salió agua. «¡La electricidad está desconectada! ¡La bomba no funciona!», recordó. Cogió agua de la taza del váter, corrió a la sala de enfermería y tiró el contenido del jarrón encima de las llamas. Un disparo hizo otro agujero en el suelo, pero para entonces Balenger ya estaba corriendo hacia el cuarto de baño de nuevo. Arrancó la tapa del váter y sacó más agua con el jarrón. Esta vez no llegó a entrar en la sala de enfermería, sino que se quedó en el umbral de la puerta y tiró el agua a las llamas desde allí. El fuego silbó y se redujo. Volvió al váter. Cogió toda el agua que pudo y regresó corriendo a la sala de enfermería. Esta vez las llamas se extinguieron cuando tiró el agua.

«No hay más agua. ¿Cómo voy a…?».

Oyó el sonido de un extintor al pulverizar. Era Amanda, que atacaba a las llamas en otra habitación. Pero ella no estaba en el comedor, donde también crecían las llamas. Agua. Hay que encontrar más agua. Miró hacia el ascensor abierto de la sala de ejercicio. Hizo caso omiso del peligro de que Ronnie disparara sobre él de nuevo y corrió hacia el ascensor, donde cogió las cinco botellas de orina que Ronnie le había devuelto para provocarle.

«Gran equivocación, hijo de puta», pensó Balenger mientras tiraba la orina sobre el fuego. El hedor del amoníaco le produjo arcadas. Echó más orina. El fuego crepitaba. Tiró el contenido de la tercera botella. El de la cuarta. El fuego se redujo al empaparse en la orina. La quinta botella logró apagarlo.

Otro disparo atravesó el suelo. Balenger sintió cómo se le clavaba una astilla en la cara mientras corría. Encontró a Amanda en la biblioteca, donde estaba apagando el fuego con el extintor con auténtica desesperación. Corrió hacia la sala de vigilancia, le echó una nube blanca a las llamas y las apagó también. Pero un instante después ya no había más nube: el extintor se había quedado vacío.

El suelo entró en erupción a causa de otro disparo, pero para entonces Balenger ya había llevado a Amanda al dormitorio. Se agacharon al lado de Vinnie contra la pared exterior. En teoría, ese era el sitio más seguro, encima del salón de Danata, cuya puerta seguía tapada por la barricada. El humo se movía a su alrededor. Los vaqueros carbonizados de Vinnie se le pegaban a las piernas. Tenía la piel ennegrecida y le supuraba líquido. Quemaduras de tercer grado. Balenger había visto muchas en Irak.

—Duele —dijo Vinnie.

Balenger sabía que a Vinnie le iba a doler mucho más cuando sus nervios se recuperaran del shock. Muy pronto estaría agonizando.

—¡Duele! —A pesar del tinte verde de las gafas de visión nocturna de Balenger, la cara de Vinnie tenía un color ceniciento.

—Lo sé —dijo Balenger—. ¿Puedes andar?

—Solo hay una manera de saberlo. —Con un gesto de dolor, Vinnie le hizo una seña a Balenger para que le ayudara a ponerse en pie.

Pero Vinnie tenía las piernas hinchadas. Sus rodillas se negaban a doblarse. El poner peso en ellas le hacía contener la respiración del dolor. Balenger temía que se desmayara.

—Vale. No es buena idea. —Balenger le ayudó a ponerse en el suelo de nuevo.

—Amanda. —A Balenger le sorprendió que todavía sostuviera en su mano el extintor vacío—. Ve a la sala de vigilancia sin hacer ruido y tira el extintor lo más lejos que puedas. A la biblioteca si puedes. Pero espera a que yo llegue a la puerta de la sala de enfermería.

—¿Qué vas a…?

—Ayudarle con el dolor.

Balenger se dirigió hacia la derecha, hacia la sala de enfermería. Las velas que allí había brillaban tenuemente y estaban rodeadas de humo. Asintió hacia Amanda, quien tiró el extintor en dirección contraria, hacia la biblioteca. En cuanto oyó el golpe contra el suelo, que distraería a Ronnie, Balenger entró en la sala de enfermería y metió la mano por el cristal roto de la puerta del armario de las medicinas. Cogió una jeringuilla y un vial de morfina y corrió a toda velocidad al dormitorio, justo antes de que más perdigones atravesaran el suelo.

Se arrodilló junto a Vinnie.

—Te voy a poner lo suficiente como para aminorar el dolor, pero no como para dejarte inconsciente.

Vinnie asintió y se mordió el labio.

—Date prisa y hazlo de una vez.

Balenger le descubrió la muñeca a Vinnie y le puso la inyección.

La cara de Vinnie seguía rígida por el dolor. Muy despacio, el dolor desapareció.

—Sí.


Amenazada - Raúl Garbantes

             Julia no respondía el teléfono y Hans se culpaba por no haberle mostrado el dibujo del cuarto de Gail. Ella hubiese sabido que su novio era el autor y, aunque en ese momento no entendiera el valor de esa información, tal vez él lo hubiese visto claro entonces. Al menos lo hubiese considerado sospechoso. Pensaba que era ella, que Julia era el detonante de su violencia de una forma que aún no comprendía; pero ahora lo importante era detener a Frank Gunn y evitar su muerte.

             Anne se acercó a donde estaban Hans y Juliet porque notó que algo grave pasaba. Venía con un vaso desechable en la mano que antes había contenido el espumante de la celebración.

             —Anne, el asesino no es Alan Gunn, es su hijo. De alguna manera lo culpó y quiere que su padre pague por lo que le hizo a su madre. Así como también seguramente quería que Gerard Bau y Otto Dupont pagaran lo que hacían, y en parte por eso debió asesinar a Gail, aunque en ese caso quizá había algo más. Algo que ella hizo o dijo y que lo sacó de sus casillas. De allí la importancia de comprender el primer delito, y por eso no me he cansado de decirlo y escribirlo en todos los informes y todos los seminarios. Ahora no puedo explicarte mejor, pero necesito que ordenes a una unidad que vaya a casa de Julia Stein. Tienes que confiar en mí —le pidió.

             —Está bien. Mandaré a alguien ahora mismo —dijo Anne entre asombrada y obediente. Si alguien como Hans Freeman hablaba con tal convicción, ella debía prestarle atención.

             Pero Hans no se quedó tranquilo, porque necesitaba saber que Julia Stein estaba bien. Juliet le había dado el número telefónico de la Dirección de Servicios Sociales del ayuntamiento, donde trabajaba, y decidió llamar de una vez. Había que ubicarla lo más rápido posible y alertarla.

             —Necesito comunicarme con Julia Stein —dijo a la persona al otro lado de la línea cuando logró la comunicación.

             Una voz sumamente chillona le informó que Stein ya no trabajaba allí y que, aunque debía cumplir un preaviso, no había aparecido desde ayer. Preguntó por algún compañero cercano a la chica y lo pusieron en comunicación con Madison Cooper. Esta le dijo que Julia se había mudado con «el amor de su vida», con su novio Frank Gunn y le dio la dirección de su casa.

             Él cortó la llamada y pensó que se le estaba acabando el tiempo, y que debía ir de inmediato a casa de Frank Gunn. Pero en ese momento Juliet lo abordó con unos papeles en la mano y le dijo que Jobs había encontrado ADN en una de las cuerdas junto a los restos de carbón.

             —Dice que cree que alguien lloró y que las lágrimas arrastraron partículas de carbón que seguramente estaban en su cara y se depositaron en un finísimo pliegue frontal de la cuerda.

             —¡Era él! ¿Por qué no pude verlo? Le debió haber resultado muy sencillo inculpar al padre porque solo tenía que escoger víctimas específicas y matarlas de noche, cuando supiese que él estaría solo y sin coartada. Se debe haber colado en la casa de Alan y buscó en los recibos del servicio de fumigación. Además, dejó los recibos a simple vista para cuando nosotros lo visitáramos, y todo convenientemente acomodado en la casa vacía de Park City para que no dudáramos ni un segundo de quién era el autor de los asesinatos. Las mujeres le recordaban a su madre, y por eso lloró. Por eso no quería mirar sus caras; eran un sacrificio necesario para que atrapáramos a los hombres crueles como su padre. Siempre se pensó superior, con más sensibilidad y con otra naturaleza. Y la verdad es que lo preparó todo muy bien. Hasta debió perseguir y atacar a Miriam Clark para que dijeran que la habían visto antes con él. De seguro sabía que Julia estaba vigilándolo… —le dijo a Juliet y comenzó a correr.

             Cuando estaba cruzando la puerta de salida del Departamento, Cotten se dio de bruces con él. Venía emocionado.

             —¡Tienes que ver esto! Unos chicos grabaron un video casero en una de las viviendas vecinas a la de Elaine Perales y en un segmento se puede ver a un hombre joven llevar a una mujer en silla de ruedas. Un hombre que no es Alan Gunn, aunque tiene cierto parecido con él, pero es más joven y camina de manera diferente. No habían dicho nada porque les apenaba el contenido del video.

             Anne escuchó las palabras de Cotten porque venía siguiendo a Hans para acompañarlo, y, actuando con efectividad, ordenó enseguida a cuatro agentes que la siguieran.

             —Se acabó la fiesta, señores.

             Debían ir a apresar a Frank Gunn. Ya poco le importaba lo que dirían al otro día la prensa por haber detenido primero al hombre equivocado.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

              

             Cuando volví a tener consciencia, me vi atada a la cama. Estaba muerta de miedo. Él me miraba sentado en el sillón rojo.

             —Maté a Gail el mismo día que nosotros tuvimos el problema, cuando supe que te había perdido. Gail era muy entrometida y me sacó de mis casillas. Ese día me dijo que hablaría contigo, pues estaba segura de que yo no te convenía. Me dijo que tú no serías capaz de darte cuenta de la realidad que te rodea, del peligro de mi yo violento. No podía dejar que te alejara de mí. Entonces la cité en aquella calle oscura y la molí a golpes. Eso fue después de pegarte a ti, pero sabes que eso lo hice sin querer. Creo que quedaste allí inconsciente un tiempo y luego saliste corriendo y no volví a verte. Seguramente tienes vagos recuerdos de aquella noche. También creo que si te hubiesen preguntado si yo estaba contigo cuando mataron a Gail, en caso de que yo hubiese necesitado una coartada y si los policías no hubiesen sido tan idiotas, habrías dicho que sí. Después de todo, estoy seguro de que no recuerdas lo que sucedió con claridad porque después de correr debiste haberte desmayado. Después de matar a Gail pensé que podría usar su muerte para vengarme de mi padre. Era una buena idea que lo culparan a él, porque era el verdadero responsable de que te perdiera; por esa parte del repulsivo Alan Gunn que yo llevaba adentro en ese momento, y que me hizo lanzarte aquella botella a la cabeza.

             Se quitó los lentes y los limpió, y luego se los volvió a poner como si lo que estuviese confesando fuese una cosa menor.

             —Junto con Otto Dupont, Gerard Bau y su despreciable hijo, mi padre cometía actos espantosos, pero nunca se atrevieron a asesinar a nadie. Depravados, yo sí soy un verdadero hombre y crucé el umbral. Su castigo por despreciarme era que los culparan del asesinato de Gail —dijo y destilaba mucha rabia en esas palabras finales.

             Comencé a pensar que me iba golpear, porque no sabía en ese momento lo que estaba sintiendo por mí: ¿odio?, ¿amor?, ¿posesión?

             —No me mires así, como si fuera un monstruo. ¡Tú no! Tú sabes que no lo soy —me gritó y no pudo contener las lágrimas.

             Yo me decía a mí misma que no podía caer en estado de pánico total porque eso empeoraría la situación. Pero verlo llorando como un ser enloquecido y capaz de cualquier cosa me hacía ahogarme de miedo.

             Después se secó las lágrimas que ya le bañaban toda la cara enrojecida.

             —De todas maneras, Gail buscaba dinero a costa de lo que fuera y descubrió lo que hacían Gerard, Otto y mi padre. Ella era muy inteligente y ambiciosa. El próximo paso que daría sería comenzar a pedirles cosas, a sacar algún beneficio de ellos. Gail era una vulgar oportunista, aunque nunca la viste así. Al principio pensé que era mi amiga, pero luego comenzó a criticarme, y odio que me critiquen. Hasta le regalé uno de mis mejores dibujos, ya que de verdad creí que era una aliada; pero solo quería separarnos, y para hacerlo fingía estar cerca de mí y de ti. En cambio, tú eres perfecta, tan fantástica y hermosa…

             Cuando dijo eso me acarició el brazo y continuó esa caricia hasta mi mano. Sentí una aterradora cosquilla y estuve a punto de gritar, pero pensé que si lo hacía, podría amordazarme.

             —Mi padre es un ser lleno de podredumbre, así como lo era Richard y como tantos otros, pero he sabido vengarme de ellos con paciencia. Que la estúpida Policía no llegara a sospechar de ellos con la muerte de Gail y despacharan los hechos culpando a los adictos de la zona, no es mi culpa, sino de ellos, que son unos idiotas.

             Me armé de valor e intenté concentrarme en lo que debía hacer para salvarme, y decidí hablarle.

             —¿Has asesinado a esas tres mujeres? ¿Fuiste tú? —le pregunté, y no pude contenerme más y comencé a llorar.

             Él respondió como esperaba que lo hiciera, me dijo que sí y que lo había hecho por mi culpa. Porque yo estaba avanzando mucho en la relación con Jimmy Randall.

             —Siempre te he vigilado, amor, muy de cerca, y he tolerado tus noviazgos porque habían sido cortos y tenía la seguridad de que algún día volverías. Pero entonces, cuando estuve seguro de que habías terminado con «tu amado Jimmy», volví a verte con él en el Otelo, superando todos tus récords de permanencia con alguien. Y para colmo, yo había buscado que me vieras esa noche, y me dejaste solo para irte con Randall. Eso me dolió mucho, Julie. Llega un momento en que uno no quiere esperar más y tiene que actuar de manera diferente para conseguir lo que quiere, lo que importa. Tuve que tomar medidas drásticas. Entonces decidí acabar con mi padre de una vez por todas porque él era el único culpable de que te hubiese perdido. Tuve mucho miedo porque pensé que te irías con Jimmy, y la rabia, Julie, la rabia contra mi padre fue brillante, enorme, y me ha hecho un asesino perfecto. La misma rabia que sentí cuando golpeaba a Gail. ¿Has visto el cuadro en la sala?, ¿el rojo, negro y blanco? Me recuerda cómo quedó el cuerpo de Gail cuando terminé con ella. Si lo piensas bien, esos son los colores que llevamos dentro.

             Yo tenía las manos atadas a la cabecera de la cama. Y los pies también estaban atados, juntos. Solo sentía mis lágrimas calientes caer y resbalar sobre la cara y la presión muy fuerte en la cabeza. Inspiré profundo porque sentía que mis pulmones se estaban quedando sin aire, tal vez por la posición de mis brazos o por la desesperación de saberme atrapada y a merced de un loco asesino que yo había querido. Porque eso era a fin de cuentas Frank. La verdad era que siempre fue el sádico homicida de Wichita.

             Algo me dijo que debía quedarme tranquila y continuar callada, escuchándolo.

             —Entonces haría algo aún más radical; mataría a varias mujeres que pudiesen relacionar sin ninguna duda con mi padre. Tengo llaves de la furgoneta de papá, de la casa vieja de Park City y de su horrible casa actual. El muy estúpido ni siquiera se daba cuenta de que tomaba su furgoneta algunas noches. He podido matarlo yo mismo, pero me pareció más adecuado verlo preso hasta el final de sus días, y vender su asqueroso Fairlane y destruirle la vida poco a poco como él lo hizo con mamá. Estaba convencido de que al final, en la cárcel, se hubiese ahorcado con unas sábanas al menor descuido. Fue un golpe de suerte que compartieras con Freeman el vuelo a Wichita, y que pudieras ver la foto de Gail en su poder. Eso me hizo más fáciles y rápidas las cosas. Tengo que reconocer que la inteligencia de Freeman era clave para mi plan. Porque necesitaba que notaran la similitud entre los lugares de las manchas de la ropa de Gail y de las perforaciones de los otros cuerpos. Necesitaba que alguien inteligente participara de la investigación, y ese fue Hans Freeman.

             Cuando dijo eso, me acarició la cara y me besó. Pensé en morderlo, pero no lograría nada y era mejor mostrarme dócil. Sentí sus labios y la humedad, que me resultó inmunda. Luego se separó de mí y volvió a sentarse en el sillón.

             —Aparecí en casa de Megan con el uniforme de la empresa que ella conocía, convenciéndola de que había un error en el recibo. Después fue Alice y de último Elaine. Ella era hermosa, se parecía un poco a mamá. Casi perfecta, pero no como tú. Cuando una mujer vivía sola, mi padre tenía el pésimo gusto de escribir notas en las copias de los recibos a pie de página; me refiero a notas morbosas sobre ellas. Él siempre fue muy grosero y ordinario, distinto a mí. Esas mujeres solas eran el blanco perfecto. En un descuido les inyecté esto —dijo mostrándome una jeringa y una aguja larga que tomó de la mesita de noche.

             Fue cuando comencé a dudar de mi cordura. ¿En qué momento la había puesto allí? Sería que me había desmayado en el taller porque tampoco recordaba cuando me amarró. A uno se le nublan los recuerdos en situaciones como esas. Lo mismo me pasó la noche que me atacó y asesinó a Gail. Supongo que en algún momento lo recordaré todo.

             Frank continuaba hablando y yo lo oía en medio de un ataque de náuseas.

             —Las drogué y las llevé a Park City y las asfixié. Perforarlas en los mismos lugares donde papá fracturó a mamá fue algo que no pude evitar hacer, porque soy un artista, tú lo sabes más que nadie. Lo mismo hice con el cuerpo de Gail...

             Comenzaron a dolerme con intensidad los brazos y no veía la manera de escaparme de Frank. Y lo más desesperante era que no se callaba y continuaba explicándome con detalles cómo había cometido esos actos atroces y sus perversas motivaciones. ¿Y qué iba a hacer con esa aguja? En ese momento estuve segura de que iba a asesinarme de la misma manera que a las otras chicas. Tal vez luego me vestiría con uno de los trajes que hizo a mi medida y me dejaría acostada en su cama, y sin pies para que yo también volara.

             —Aquella noche que nos vimos en el bar no fue casualidad, lo que pasa es que tú has resultado ser muy crédula y confiada. No sé cómo no te diste cuenta de que te perseguí todos los días, que tengo registrada en mi mente cada vez que saliste de fiesta, cada novio, cada noche en tu apartamento. Una tarde entré en él y copié la llave de la puerta. He estado allí muchas veces sentado en tu sofá, como aquella vez que te fuiste de viaje con la buena Madi y con el imbécil de Jimmy. Pensé en acabar con él, pero no tuve necesidad de hacerlo, porque después de que maté a Elaine Perales y te llamé, lo supe. Supe por tu tono de voz que ya no estaban juntos. Y después fuiste a verme al trabajo y entonces sentí que al fin lo había logrado: habías vuelto a mí, y esta vez sería duradero. Siempre te he vigilado, hasta cuando Albert MacArthur te persiguió.

             Pedía que todo fuera una de mis pesadillas. Porque esas cosas retorcidas que decía eran lo peor que había escuchado en mi vida.

             Se volvió a acercar y me besó, pero esta vez lo rechacé sin poder evitarlo. Entonces esperé un golpe como reacción, pero él se quedó muy quieto, se alejó, se quitó los lentes y los limpió con el borde de su camisa, y volvió a ponérselos. Y solo entonces gritó y luego tumbó lo que había sobre la mesita de noche. Pegó un puñetazo a la cama junto a mi cara, levantó la mano para golpearme y yo cerré los ojos porque no podía defenderme. Solo esperé, y la espera me pareció eterna, pero no sentí nada. Entonces abrí los ojos y lo vi mirándome, con el brazo detenido en medio camino.

             Le pedí que me soltara para demostrarle que no me importaba lo que había hecho, que lo entendía por completo y que yo en su lugar habría hecho lo mismo, porque más de una vez quise matar a mi hermano, incluso a mi madre. Le dije que quería abrazarlo y besarlo. No sé de dónde saqué la fuerza para decir todo eso, pero supongo que las ganas de sobrevivir nos hacen extrañarnos de lo que somos capaces.

             Frank dudó, pero luego cayó en mi trampa y me soltó las amarras.

             Estaba teniendo una nueva oportunidad y no podía desperdiciarla. Lo abracé y besé con intensidad, y luego con la mano derecha tomé una lámpara de bronce que había sobre la mesa de noche, y que quedó en pie a pesar del ataque de furia que él desató antes. Quería buscar la jeringuilla, pero me pareció más difícil encontrarla, y no tenía tiempo. Le golpeé la cabeza lo más fuerte que pude. Vi en cámara lenta cómo la sangre le iba cubriendo parte del rostro y el pelo, y también vi sus ojos brillantes llenos de furia mirándome.

             No perdió la conciencia y yo aún no había podido levantarme de la cama. Luchamos. Recuerdo golpes y rasguños y la idea fija en mi mente sobre la necesidad de ganarle. Me empujó y caí por completo sobre el colchón, me agarró las muñecas y las presionó con una fuerza bestial que nunca pensé que llegaría a tener. Grité y le pedí que me soltara, pero sabía que no iba a hacerlo. Al final logró dominarme. Comprendí que había perdido y me quedé quieta. Frank me miró. La sangre había manchado los lentes y su imagen era pavorosa porque estaba transformado en otra persona. Era realmente escalofriante.

             Volvió a amarrarme, esta vez haciéndome daño. Se fue y regresó gritando y llevando entre las manos una bolsa plástica. Intenté convencerlo nuevamente de que no lo hiciera, pero no tenía esperanzas de lograrlo porque sabía que era mi fin. Me puso la bolsa en la cabeza y la anudó en el cuello. Fue cuando comencé a ahogarme y a sentir lo mismo que sintieron Megan, Alice y Elaine antes que yo.