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La Cosa invisible - William Hope Hodgson (Parte 1)

Carnacki había regresado a Cheyne Walk, en Chelsea. Fui consciente de tan interesante hecho por la postal de redacción concisa y peculiar que releía en ese momento y por la cual se requería mi presencia en su casa no más tarde de las siete de esa misma tarde. 

Tanto yo como los demás miembros de su círculo estrictamente limitado de amigos sabíamos que el señor Carnacki había pasado en Kent las tres semanas anteriores, pero nada más. Carnacki era extravagantemente reservado y parco en palabras, y solo hablaba cuando estaba dispuesto a ello, y entonces tanto sus otros tres amigos —Jessop, Arkright, Taylor— como yo recibíamos una postal o un cable solicitando nuestra presencia. 

Ninguno se lo había perdido nunca voluntariamente, pues, tras una cena decente, Carnacki se acomodaba en su gran sillón y encendía la pipa mientras esperaba a que nos sentáramos cómodamente en nuestro asiento y lugar acostumbrado. Y entonces empezaba a hablar.

Aquella noche en concreto fui el primero en llegar y encontré a Carnacki sentado, fumando tranquilamente mientras leía el periódico. Se levantó, me estrechó la mano con firmeza, señaló una silla y volvió a sentarse, sin llegar a pronunciar palabra.

Yo por mi parte tampoco dije nada. Lo conocía demasiado bien como para importunarlo con preguntas o hablando del tiempo, por lo que cogí asiento y un cigarrillo. Entonces llegaron los otros tres, tras lo cual pasamos una hora agradable y entretenida cenando.

Una vez concluida la cena, Carnacki se acomodó en su gran sillón y, tal como he dicho que tenía por costumbre, llenó la pipa y dio unas bocanadas mientras miraba pensativo el fuego de la chimenea. Los demás nos pusimos cómodos también, cada uno a su manera. Uno o dos minutos después, Carnacki empezó a hablar, prescindiendo de comentarios preliminares y yendo sin rodeos a la historia que sabíamos que tenía que contarnos:

—Acabo de llegar de casa de sir Alfred Jarnock, en Burtontree, al sur de Kent —dijo, sin apartar la mirada del fuego—. Últimamente han tenido allí lugar sucesos extraordinarios y el señor George Jarnock, su primogénito, me envió un cable preguntándome si podía acercarme para contribuir a aclarar un poco las cosas. Así que fui.

»Al llegar, descubrí que el castillo tenía adosada una vieja capilla con una notable reputación de estar lo que popularmente se califica como “encantada”. Descubrí que se habían sentido muy orgullosos de ello, hasta que sucedió algo muy desagradable que les recordó que los fantasmas de la familia no siempre se conforman con ser meramente ornamentales, por así decirlo.

»Sé que resulta casi risible que te digan que un respetado fenómeno sobrenatural se ha vuelto inesperadamente peligroso, y más en este caso, en que el “encantamiento” era considerado poco más que un viejo mito, salvo cuando anochecía, momento en que parecía volverse más plausible.

»Pero, fuera como fuera, no cabía duda alguna de que lo que moraba en el lugar, y que podría calificarse de “esencia encantadora”, se había vuelto repentinamente peligrosa, incluso letal, pues el viejo mayordomo había estado a punto de morir una noche en la capilla, apuñalado por una peculiar daga antigua.

»De hecho, se supone popularmente que es esa daga lo que “encanta” la capilla. Al menos, dentro de la familia siempre se ha transmitido de padres a hijos que la daga atacaría al enemigo que osara aventurarse en la capilla después del anochecer. Lo cual, por supuesto, siempre se había asumido con la misma seriedad con que la gente se toma la mayoría de las historias de fantasmas, o sea como algo cuya naturaleza no es preocupantemente real. 

»Quiero decir con esto que la mayoría de la gente no se plantea si cree mucho o poco en asuntos sobrenaturales o extraños, y por lo general nunca tiene oportunidad de descubrirlo. De hecho, y como ya saben ustedes, soy tan escéptico como el que más respecto a la veracidad de las historias de fantasmas; soy lo que podría calificarse de escéptico sin prejuicios. 

»No tiendo a creer o no creer en algo “por principios”, como he descubierto que sí les sucede a muchos idiotas y, lo que es más, algunos de ellos no se avergüenzan de ufanarse de tan absurdo hecho. Considero que todos los “encantamientos” están por demostrar mientras yo no los examine en persona, y me veo obligado a admitir que noventa y nueve casos de cada cien acaban resultando ser pura farsa e imaginación. ¡Pero el centésimo! Bueno, si no fuera por ese centésimo, pocas historias podría contarles… ¿verdad?

»Por supuesto, tras el ataque al mayordomo resultó evidente que al menos “algo” había en la vieja historia de la daga, por lo que me encontré con que todo el mundo ya estaba medio convencido de que esa extraña arma antigua había atacado de verdad al mayordomo, ya fuese mediante el concurso de alguna fuerza inherente a ella, cosa que eran curiosamente incapaces de explicar, o mediante la intervención de alguna cosa o monstruo invisible del ultramundo.

»Mi considerable experiencia me decía que lo más probable era que el mayordomo hubiera sido acuchillado por algún humano tangible y cruel.

»Naturalmente, lo primero era comprobar la posibilidad de intervención humana, por lo que me dispuse a interrogar a fondo a los más enterados de la tragedia.

»El resultado de los interrogatorios me agradó y me sorprendió a la vez, pues me daba motivos para pensar que me había tropezado con una de esas “manifestaciones auténticas” extraordinariamente raras en las que participa una fuerza del más allá. O, utilizando una terminología más popular, un auténtico caso de casa encantada.

»Estos son los hechos: la noche del domingo anterior, toda la casa de sir Alfred Jarnock asistió como siempre a la misa familiar en la capilla. Verán, el párroco oficia allí dos misas cada domingo, tras cumplir con sus deberes en la iglesia pública situada a unos cinco kilómetros de distancia.

»Al final del oficio, sir Alfred Jarnock, su hijo, el señor George Jarnock, y el párroco se demoraron unos minutos charlando en la capilla, mientras el viejo mayordomo Bellet apagaba las velas.

»De pronto el párroco recordó que por la mañana se había dejado en el altar su devocionario, y pidió al mayordomo que se lo cogiera antes de apagar todas las velas.

»He resaltado especialmente esto porque es importante, dado que nos proporciona la fortuna de tener testigos de un momento extraordinario. Verán, al volverse el párroco para dirigirse a Bellet hizo que tanto sir Alfred Jarnock como su hijo miraran en dirección al mayordomo, y fue en ese preciso instante, con los tres mirando, cuando resultó apuñalado… allí mismo, ante sus ojos, completamente iluminado por las velas.

»Una vez interrogado el señor George Jarnock, quien contestó a mis preguntas en lugar de sir Alfred Jarnock, puesto que el anciano se encontraba muy nervioso y afectado por lo acaecido, y su hijo deseaba evitar en todo lo posible que reviviera la escena, decidí visitar temprano al párroco.

»Su versión fue precisa y detallada, y era evidente que había recibido la sorpresa de su vida. Me describió todo el asunto: Bellet, ante la verja del presbiterio, dirigiéndose hacia el devocionario, completamente solo; y la puñalada, “salida de la nada”, dijo; y la fuerza prodigiosa con que se asestó, que arrojó al anciano de cabeza al centro de la capilla. Fue “como la coz de un enorme caballo”, me dijo el párroco, y sus benévolos y viejos ojos brillaban ardientes e intensos al recordar lo que había presenciado y que cuestionaba todo lo que había creído hasta ese momento.

»Cuando lo dejé, reanudó lo que estaba escribiendo y que había dejado a un lado al llegar yo. Estoy seguro de que estaba escribiendo el primer sermón nada ortodoxo de su vida. Era un hombre entrañable y me habría gustado oírlo.

»El último a quien visité fue al mayordomo. Se encontraba terriblemente debilitado y muy nervioso, por supuesto, pero no pudo decirme nada que no indicara la presencia de alguna fuerza en la capilla. Me contó hasta el mínimo detalle la misma historia que ya me habían contado los demás. Se dirigía a apagar las velas del altar y a coger el devocionario del párroco, cuando algo lo golpeó con tremenda fuerza en el lado izquierdo del pecho y lo arrojó hacia el pasillo.

»Una vez lo examinaron se vio que había sido apuñalado por la daga que siempre pendía sobre el altar, y de la que les hablaré en un momento. Por fortuna, el arma se había clavado a unos centímetros del corazón al penetrar justo debajo de la clavícula, rompiéndola con la tremenda fuerza del impacto, para luego traspasarlo limpiamente y asomar junto a un omóplato.

»El pobre hombre no podía hablar mucho, y lo dejé enseguida, pero lo que me contó bastó para convencerme de que era indiscutible que en el momento de ser atacado no había nadie a escasos metros de él, lo cual ya me habían comunicado tres testigos fiables y responsables, además del propio Bellet.

»Tras esto, debía registrar la capilla, que es pequeña y extremadamente antigua. Es un edificio de paredes sólidas al que solo se puede acceder por una puerta dentro del mismo castillo, cuya llave se encontraba en poder de sir Alfred Jarnock, y de la que el mayordomo no tenía duplicado.

»La capilla tiene forma oblonga, con el presbiterio y el altar aislados el uno del otro por una verja. En la nave hay dos tumbas, pero ninguna en el presbiterio, que está vacío a excepción de dos altos candelabros y de la verja, más allá de la cual se encuentra el altar de mármol, desnudo a excepción de cuatro pequeños candelabros, dos a cada lado.

»Encima del altar pende la “daga del dolor”, como he sabido que la llaman. Imagino que el término proviene de un antiguo manuscrito en pergamino, que describe la daga y sus supuestas propiedades sobrenaturales. La descolgué y la examiné, minuciosa y metódicamente. La hoja tiene veinticinco centímetros de largo, con una anchura de cinco en la base, y termina en una punta redondeada pero afilada bastante peculiar. Es de doble filo.

»La vaina de metal es singular por tener una guarda que la cruza de forma perpendicular, lo cual, teniendo en cuenta que la vaina en sí continúa ascendiendo hasta cubrir de forma poco práctica parte de la empuñadura, le da una apariencia de cruz. Resulta evidente que esto es algo intencionado, por la imagen de un Cristo crucificado grabada en un lado, mientras que en el otro lado hay una inscripción en latín: “Mía es la venganza, y me la tomaré”. Una asociación de ideas extraña y terrible, como ven. La hoja de la daga tiene grabado en antiguas letras mayúsculas: “Vigilo. Ataco”. En el pomo puede verse un pentáculo.

»Esta es una descripción bastante precisa de esa antigua y peculiar arma con la curiosa e inquietante reputación de asesinar (ya sea por propia voluntad o por mano de algo invisible) a cualquier enemigo de la familia Jarnock que se aventure en la capilla después del anochecer. Puedo asegurarles aquí y ahora que, antes de irme, tuve buenos motivos para despejar algunas incógnitas, pues yo mismo probé la naturaleza letal de esa cosa.

»Pero, como supondrán, en aquel momento de la investigación yo aún estaba en el estadio en el que consideraba sin probar la existencia de una fuerza sobrenatural. Así que examiné a fondo la capilla, sondeando e inspeccionando paredes y suelo, casi decímetro a decímetro, prestando especial atención a las dos tumbas.

»Al final de este examen, cogí una escalera y examiné con detalle el techo abovedado. Pasé tres días de esta guisa y para la tarde del tercer día había comprobado a mi completa satisfacción que no había en toda la capilla un lugar en el que pudiera esconderse un ser vivo, y que la única forma de entrar y salir de la misma era por la puerta del castillo, que siempre estaba cerrada, y cuya llave guardaba el propio sir Alfred Jarnock, tal y como les he dicho. Por supuesto, con esto quiero decir que era la única entrada posible para los seres materiales.

»Pero, verán, en caso de descubrir otra entrada, fuera o no secreta, eso seguiría sin explicar de forma lógica el misterio del increíble ataque. Pues ya he dicho que el mayordomo fue atacado ante los ojos del párroco, de sir Alfred Jarnock y de su hijo. Y el propio Bellet sabía que no le había tocado ningún ser vivo… El párroco había dicho que ese acto inhumanamente brutal había “salido de la nada”. Produce escalofríos, ¿verdad?

»¡Y eso era lo que querían que yo aclarase!

»Tras meditarlo considerablemente, tracé un plan. Le propuse a sir Alfred Jarnock pasar una noche en la capilla para vigilar constantemente la daga. Al oír aquello, el viejo caballero —un hombrecillo enjuto y nervioso— se negó a seguir escuchándome. Estuve seguro de que al menos él no dudaba de que hubiera alguna fuerza sobrenatural y peligrosa rondando la capilla por las noches. 

»Me informó de que tenía por costumbre cerrar la capilla con llave, para que nadie, fuera por imprudencia o fuera por descuido, se viera afrontando cualquier peligro nocturno que pudiese albergar de noche, y que, tras lo sucedido al mayordomo, no podía permitirme hacer algo así.

»Pude ver que sir Alfred Jarnock hablaba muy en serio y que se sentiría muy culpable si me permitía tener esa experiencia y me acaecía algún daño, por lo que no le contradije. Entonces, alegando su poca salud y la fatiga de los años, me dio las buenas noches y me dejó allí, con la impresión de que era un viejo caballero muy educado, aunque bastante supersticioso.

»Pero aquella noche, cuando me desvestía, se me ocurrió el modo de conseguir mi objetivo y entrar en la capilla después de oscurecer, sin poner nervioso a sir Alfred Jarnock. A la mañana siguiente, cuando me dejaran la llave, sacaría un molde de ella y mandaría hacer un duplicado. En cuanto tuviera mi propia llave podría hacer lo que me pareciese.

»Por la mañana llevé a cabo mi idea. Pedí la llave, diciendo que quería fotografiar el presbiterio a la luz del día. Una vez hecho esto, cerré con llave la capilla y se la entregué a sir Alfred Jarnock, tras hacer antes un molde en jabón. Me llevaba la placa expuesta, con su pasador, pero dejando la cámara dentro sin recogerla, pues esa noche quería sacar una segunda fotografía del presbiterio usando el mismo encuadre.

»Fui a Burtontree con la placa y el molde en el trozo de jabón. Le dejé el jabón al ferretero local, que también hacía de cerrajero, el cual me prometió tener el duplicado listo en dos horas. Así lo hice, visitando en el intervalo a un fotógrafo con el que revelé la placa, y con quien la dejé secándose, diciéndole que pasaría a por ella al día siguiente. Al cabo de dos horas fui a por la llave, que encontré terminada a mi satisfacción. Y volví al castillo.

»Aquella noche, después de cenar, pasé un par de horas jugando al billar con el joven Jarnock. Luego tomé una taza de café y me fui a mi habitación, diciendo que me encontraba tremendamente cansado. Él asintió y me dijo que se sentía igual. Fue una alegría, pues quería que la casa se recogiera lo antes posible.

»Cerré la puerta de mi habitación y de debajo de la cama, donde las había escondido a primera hora de la tarde, saqué varias piezas de una armadura, que había cogido de la armería. También había una cota de malla, con una especie de capucha de malla para proteger la cabeza.

»Me puse algunas partes de la armadura, que encontré extremadamente incómodas, y la cota de malla encima. No sé nada de armaduras, pero por lo que pude saber luego, debí ponerme partes de dos diferentes. El caso es que me encontraba incómodo, torpe y rígido, e incapaz de mover brazos y piernas con naturalidad. Pero mis planes requerían que llevase el cuerpo protegido. Me puse la bata encima de la cota de malla y metí el revólver en un bolsillo, y el flash en el otro. En la mano llevaba una linterna sorda.

»En cuanto estuve listo, salí al pasillo central y escuché. Los preparativos me habían llevado un tiempo considerable, y para entonces el gran salón y las escaleras estaban en tinieblas y toda la casa parecía en silencio. Retrocedí y cerré mi puerta con llave. Entonces, bajé las escaleras lenta y silenciosamente hasta el salón y me metí por el pasillo que conducía a la capilla.

»Llegué a la puerta y probé con la llave. Encajó perfectamente, y un momento después me encontraba en la capilla, con la puerta cerrada a mis espaldas, envuelto por un siniestro y absoluto silencio, y el vago contorno de las coloreadas vidrieras emplomadas hacía aún más evidente la oscuridad y soledad del lugar.

»Sería una estupidez negar ahora que no estaba tranquilo. Tenía los nervios de punta. Intenten cualquiera de ustedes imaginarse allí parados en el oscuro silencio, recordando no solo la leyenda que acompañaba al lugar, sino lo que le había ocurrido al viejo mayordomo no hacía tanto. Puedo decirles que, estando allí, me era fácil creer que en el aire de la capilla pudiera haber algo invisible cerniéndose sobre mí. Pero pensaba llegar al fondo del asunto, así que me aferré al poco valor que tenía y me puse manos a la obra.

»Lo primero que hice fue encender la linterna, y recorrer cuidadosamente el lugar, examinando cada rincón y recoveco. No encontré nada anormal. Al llegar a la verja, alcé la linterna y alumbré la daga con ella. Seguía colgada sobre el altar, pero recuerdo que al mirarla se me pasó la palabra “ominosa” por la mente. No obstante, alejé esa idea, pues no necesitaba contribuir a la situación con pensamientos incómodos.

»Completé la ronda del lugar con una consciencia creciente de su desagradable desolación y su frío extremo; una atmósfera de lúgubre frialdad parecía envolverlo todo, y el silencio era abominable.

»Al concluir el registro me dirigí a donde había dejado la cámara enfocando al presbiterio. Saqué una placa virgen de la mochila que había dejado bajo el trípode y la inserté en la cámara, descorriendo el obturador. Destapé el objetivo, saqué el flash y apreté el disparador. Un fogonazo intenso y brillante hizo visible de golpe todo el interior de la capilla, para desaparecer a continuación con la misma rapidez. A la luz de mi linterna volví a preparar el obturador y cambié la placa fotográfica, para tener una placa lista para su exposición.

»Una vez hecho esto, cerré la linterna y me senté en uno de los bancos cercanos a mi cámara fotográfica. No podría decir qué esperaba que ocurriera, pero tenía la extraordinaria sensación, casi la convicción, de que iba a ocurrir algo extraño o terrible. Era como si lo supiese con certeza, ¿saben?

»Transcurrió una hora de absoluto silencio. Supe que fue una hora por el lejano y débil campaneo del reloj que había sobre los establos. Hacía un frío terrible, pues, como había descubierto durante mi inspección, el lugar carecía de cualquier estufa o conducto de calefacción, así que la temperatura era tan desasosegante que acompañaba a mi estado mental. Me sentía como si fuera una especie de marisco humano envuelto en hojalata y congelado en frío y desánimo. 

»De algún modo, la oscuridad que me rodeaba parecía apretarme gélidamente el rostro. No sé si alguno de ustedes ha tenido alguna vez esa sensación, pero en ese caso sabrá lo desagradablemente desconcertante que resulta. Y entonces, de pronto, tuve la horrible sensación de que algo se movía. No es que oyera algo, sino que tuve una especie de conocimiento intuitivo de que algo se había movido en la oscuridad. ¿Imaginan cómo me sentía?

»El valor me abandonó de repente. Me tapé el rostro con los brazos envueltos en cota de malla. Quería protegerlo. Tenía la súbita y desagradable sensación de que algo flotaba en la oscuridad sobre mí. ¡Eso sí que era pánico! Habría gritado de no aterrarme hacer ruido… Y entonces, de pronto, oí algo. Oí al final del pasillo central un sonido sordo y metálico, como el que haría un pie enfundado en cota de malla al pisar el suelo de piedra. Permanecí inmóvil. Luché con todas mis fuerzas para recobrar el valor. No podía apartar las manos del rostro, pero noté que recuperaba el control de mi coraje. 

»Bajé los brazos con un poderoso esfuerzo, y erguí el rostro en la oscuridad. Y les digo que me respeto por haber tenido ese gesto, ya que en ese momento creí de verdad que iba a morir. Pero, debido al lento cambio de ánimo que me ayudó a hacer ese esfuerzo, en aquel momento me afectó menos la idea de morir que la extrema cobardía que tan inesperadamente me había dominado por unos momentos.

»¿Me explico con claridad? Estoy seguro de que comprenderán que este sentimiento de respeto personal por mis actos no es en absoluto una egolatría malsana, pues no ignoro el estado de ánimo en que me hallaba. Quiero decir que ya sé que habría sido mucho más digno de mención que me hubiera descubierto el rostro solo mediante mi fuerza de voluntad, sin que mediara cambio de ánimo alguno. Pero, incluso así, sigue siendo un acto digno de respeto. Me siguen, ¿verdad?

»Y, ¿saben?, ¡al final nada me tocó! De modo que al poco tiempo ya había recuperado algo de mi estado normal, sintiéndome lo bastante calmado como para continuar con el asunto sin más desánimos.

»Yo diría que solo habían pasado unos minutos cuando, cerca del presbiterio, volví a oír el mismo ruido metálico de antes, como el de un pie calzado con cota de malla avanzando con cautela. ¡Por Júpiter! Me quedé rígido. Y entonces se me ocurrió que ese sonido podía ser la daga agitándose sobre el altar. No era una idea especialmente cuerda, dado que el ruido era demasiado fuerte y pesado para tener ese origen. Pero es comprensible que, en aquellos momentos, mi razón estuviera dispuesta a someterse a cualquier vuelo de mi imaginación. 

»Recuerdo ahora que la idea de que aquella cosa absurda pudiera animarse y atacarme no acudió a mí con un sentimiento de posibilidad o realidad, sino que pensaba de forma un tanto vaga en algún monstruo invisible del ultramundo intentando coger la daga. Recordaba cómo había descrito el viejo párroco el ataque sufrido por el mayordomo… “salido de la nada”. Y la forma en que describió la tremenda fuerza del golpe “como la coz de un enorme caballo”. Imaginarán lo agobiante del discurrir de mis pensamientos.

»Busqué la linterna a tientas, con cuidado. La encontré cerca de mí, en el banco, y descubrí la luz con un movimiento brusco y repentino. Dirigí el haz hacia el pasillo, a uno y otro lado del presbiterio, pero nada pude ver que me asustara. Me volví rápidamente y dirigí el haz luminoso a uno y otro lado de la parte trasera de la capilla, luego a uno y otro lado de mi persona, y hacia delante y detrás, hacia el techo y hacia del suelo de mármol, pero allí no había nada visible que pudiera asustarme, nada que me pusiera la carne de gallina; solo la capilla, fría y eternamente silenciosa. Ya conocen la sensación.

»Me había puesto en pie mientras proyectaba la luz por la capilla. Saqué el revólver, hice un tremendo esfuerzo de voluntad para apagar la luz y volví a sentarme en la oscuridad, para continuar con mi tenaz vigilancia.

»Me pareció que transcurrió una media hora, quizá más, sin que ningún sonido rompiese la intensa quietud. Había ido tranquilizándome, puesto que la luz de la linterna al recorrer el lugar había hecho que me sintiera a este lado de la frontera de lo normal, proporcionándome algo de ese sentimiento irracional de seguridad que consigue un niño asustado por la noche al taparse la cabeza bajo las sábanas. Esto ilustra lo ilógicos y humanos que eran mis pensamientos, puesto que ya saben ustedes que la criatura, ser o cosa que había efectuado tan extraordinario y horrendo ataque contra el viejo mayordomo debía ser invisible.

»Así que imagínenme allí, sentado en la oscuridad, entorpecido por la armadura, el revólver en una mano y la linterna en la otra, listo para abrirla. Y fue entonces, tras ese pequeño intervalo de relativo alivio tras un intenso pavor, cuando volví a encontrarme con los nervios a flor de piel, pues me pareció oír algo en alguna parte del silencio absoluto de la capilla. Escuché, tenso y envarado, con el corazón latiéndome por un instante en los oídos, y, entonces, me pareció volver a oírlo. 

»Estuve seguro de que algo se había movido al final del pasillo. Me esforcé por ver algo en la oscuridad y, mirase donde mirase, mis ojos solo me mostraron negrura en la negrura, por lo que no hice caso de lo que me revelaban pues, incluso a la escasa claridad de la vidriera del presbiterio, mis ojos me revelaron vagas sombras pasando constantemente ante ella, fantasmales y silenciosas. 

»Reinó un instante de extraño silencio, que me pareció espantoso, o así lo sentí entonces, y, de pronto, creí volver a oír un sonido, cerca de mí, y esta vez infinitamente furtivo. Era como si unos pasos largos y suaves avanzaran despacio por el pasillo central.

»¿Pueden imaginar cómo me sentí? No creo que puedan. Me quedé inmóvil, casi tanto como las efigies de piedra de las dos tumbas, y continué allí sentado, rígido. Entonces imaginé que esos pasos provenían de la capilla. Y, por unos instantes, estuve seguro de que no podía haberlos oído… de que jamás los había oído.

»Transcurrieron unos minutos particularmente largos, y mis nervios debieron calmarse un poco, pues recuerdo que fui lo bastante consciente de mis sensaciones como para darme cuenta de que me dolían los músculos de los hombros por la forma en que los había contraído allí sentado, encogido y tenso. 

»Piensen que yo seguía sintiendo un temor considerable, aunque parecía haber perdido eso que yo llamaría “sentido de peligro inminente”. El caso es que, extrañamente, sentí que tenía un respiro, una interrupción temporal de la malignidad que me rodeaba. Me resulta imposible expresar con más claridad lo que sentía, pues tampoco yo soy capaz de entenderlo con más claridad.

»Sin embargo, no quiero que me imaginen allí sentado y relajado, pues tenía tal tensión nerviosa que mi ritmo cardíaco se salía de lo normal, y el latir de la sangre resonaba en ocasiones en mis oídos, lo cual me producía la sensación de no poder oír con claridad. Una sensación terrible, sobre todo en aquellas circunstancias.

»Y yo estaba allí sentado, escuchando con cuerpo y alma, como suele decirse, cuando de pronto volví a tener la horrenda convicción de que algo agitaba el aire del lugar. La sensación me petrificó, y mi cabeza se tensó como si se me hubiera puesto todo el cuero cabelludo de punta. Aquello era tan real que hasta sentía dolor, de una forma tan peculiar como intensa; me dolía toda la cabeza. 

»Sentí el enorme impulso de volver a taparme el rostro con los brazos cubiertos de cota de malla, pero conseguí sobreponerme. De haber cedido a ese impulso, habría salido corriendo de allí. Así que continué sentado, cubierto de sudor frío (es la pura verdad), mientras un escalofrío me recorría la espalda…

»Y entonces, de pronto, volvió a parecerme oír el sonido de aquellos pasos poderosos y lentos en el pasillo, pero esta vez mucho más cercanos a mí. Hubo un horrendo pero breve silencio, durante el cual tuve la sensación de que algo enorme se inclinaba hacia mí desde el pasillo… Y entonces, a través del tronar de la sangre en mis oídos, me llegó un leve sonido desde donde estaba la cámara, un desagradable sonido como de algo reptando, seguido de un golpecito seco. 

»Tenía la linterna preparada en la mano izquierda, y la destapé, desesperado, alzándola sobre mí, pues estaba convencido de que allí había algo. Pero no vi nada. Apunté inmediatamente la luz hacia la cámara y hacia el pasillo, pero seguía sin haber nada visible. Giré sobre mí mismo, trazando a mi alrededor una gran circunferencia con el haz luminoso, iluminando aquí y allí, a uno y otro lado, pero no me mostró nada.



(CONTINUARÁ...)

La nube de lluvia - Theodor Storm (Final)

Entonces Andrés se acordó del pomito de hidromiel, que hasta ese momento había guardado. Al abrirlo, un perfume se expandió como si miles de plantas —de cuyas corolas habría sido chupada la miel por las abejas para producirlo hace tal vez más de cien años— hubieran florecido. Apenas los labios de la muchacha rozaron uno de sus bordes, cuando ella exclamó con ojos muy abiertos:

—¡Oh! ¿Qué parque tan hermoso es este donde estamos?

¡No es ningún parque, María! Pero bebe, esto te fortalecerá.

Cuando bebió, se puso de pie y miró con ojos penetrantes en torno suyo.

—Bebe tú también, Andrés —le dijo—. ¡Pobre mujer, ha de ser una miserable criatura!

—¡Este es un auténtico elixir! —exclamó Andrés, después de haber probado también—. ¡Sabrá el cielo con qué haya sido preparado!

Fortalecidos, continuaron su camino en alegre charla. No obstante, luego de un rato, la muchacha se detuvo una vez más.

—¿Qué te ocurre, María? —preguntó Andrés.

—¡Oh, nada! Solo pensaba.

—¿Y qué pensabas, María?

¡Pues mira, Andrés! Mi padre tiene la mitad de su heno en la pradera, ¡y yo me escapo con el propósito de hacer llover!

—Tu padre es un hombre rico, María. Nosotros tenemos en el henil, desde hace mucho tiempo, una parte de nuestra cosecha. Pero nuestra cosecha completa cuelga todavía de los enjutos tallos.

—¡Sí, sí, Andrés, tienes razón! ¡Debemos también pensar en los demás!

En silencio, consigo misma, añadió un momento después: «¡Ay, María, María, no salgas ahora con tonterías! ¡Se trata únicamente de tu tesoro!».

Así hubieron de continuar durante un rato, hasta que de pronto la muchacha exclamó:

—¿Qué es esto? ¿Dónde estamos? ¡Es un hermoso jardín!

Habían llegado sin saber en realidad cómo, desde la recta avenida de sauces, hasta un amplio parque. Del requemado y extenso césped se elevaban por todos lados majestuosas arboledas. En efecto, su follaje en parte había caído o colgaba, lánguido y marchito, de las ramas, pero la audaz arquitectura de estas se elevaba, en tanto las opulentas raíces de los troncos brotaban en caprichosas ramificaciones del tierno suelo. Flores en abundancia como no habían visto jamás lo cubrían todo. Sin embargo, marchitas y sin perfume, parecían haber sido dañadas por el mortal enrarecimiento del aire en el transcurso de su floreciente plenitud.

—¡Estamos en el lugar justo, según creo! —dijo Andrés.

 María asintió:

—Entonces, tienes ahora que quedarte aquí hasta mi regreso.

—¡Por supuesto! —replicó él, estirándose a la sombra de un gran encino—. De aquí en adelante te haces cargo. ¡Recuerda bien las palabras y no te equivoques!

Así pues, caminó sola por el amplio césped, bajo esos árboles que parecían llegar hasta el cielo, y al poco rato el joven, que hubo de quedarse rezagado, no la vio más. Ella caminó sin parar por solitarios parajes. Pronto dieron fin las arboledas y el terreno comenzó a descender. Reconoció claramente que caminaba sobre el lecho de unas aguas. Arena blanca y guijarros cubrían el suelo; había allí, esparcidos, cuerpos de peces cuyas escamas plateadas resplandecían a la luz del Sol. 

Vio una grisácea y extraña ave en medio del lecho. Le pareció semejante a una garza, pero era de tal estatura que su cabeza, de ser levantada, sobrepasaría la de una persona. El pájaro mantuvo su largo cuello entre las alas y pareció dormir. María sintió miedo. Aparte de la inmóvil y misteriosa ave, no se apreciaba ningún ser vivo; ni siquiera el zumbido de una mosca interrumpía el silencio que la rodeaba. 

Este parecía gravitar en aquel sitio como un espanto. Por un momento, el miedo la impulsó a llamar a su amado Andrés, pero no se atrevió a hacerlo: el sonido de su voz le parecía en ese desierto más horripilante que todo lo demás.

De suerte que mantuvo la mirada en el horizonte, donde parecían elevarse otras densas arboledas, y sin mirar siquiera de soslayo prosiguió su camino. No se movió la enorme ave cuando, sin ruido, se deslizó a unos cuantos pasos de ella. 

Por un instante, algo resplandeció bajo la blanca piel del párpado. Suspiró aliviada. Luego de dar unos cuantos pasos, el lecho del lago se estrechó hasta convertirse en un cauce de medianas dimensiones, que corría bajo un holgado grupo de tilos. El ramaje de estos inmensos árboles era tan denso que, a pesar de ser pocas las ramas, ningún rayo de Sol lo penetraba. 

María continuó caminando por el canal. Bajo la alta y tupida bóveda de árboles se sintió impresionada por la imprevista frescura que la envolvía. Casi le parecía como si caminara hacia el altar de una iglesia. De pronto, sus ojos fueron heridos por una refulgente luz; los árboles habían quedado atrás y, delante de ella, se elevaban unas pardas rocas sobre las que ardía el Sol más deslumbrante.

María se hallaba en un foso de arena en el que normalmente debía haber caído, entre las peñas, una cascada que remataba su cauce en el lago, ahora totalmente seco. Buscó con la mirada un camino entre las rocas. Algo la asustó de improviso. Aquello que estaba en mitad del barranco no podía pertenecer al macizo de rocas. 

Aunque igualmente gris e inmóvil como el precipicio, reconoció a primera vista que se trataba de un vestido que cubría bajo sus pliegues a una figura que dormía. Se acercó conteniendo apenas la respiración. Entonces le fue posible ver con claridad. 

Era una hermosa y sólida figura femenina. La cabeza pendía recayendo sobre el fondo rocoso. La rubia cabellera se esparcía hasta la altura de las caderas y estaba cubierta de polvo, así como de un reseco y marchito follaje. María la contempló arrobada.

«Debió haber sido muy hermosa —pensó— antes de que sus mejillas se hicieran tan flácidas y se hubieran hundido tanto sus ojos. ¡Ay!, qué pálidos están sus labios. ¿Será acaso la señora Nube? ¡Pero esta que está aquí no duerme! ¡Es una muerta! ¡Oh, se está terriblemente solo en este lugar!».

Pero la firme muchacha se recobró al instante. Se aproximó cuanto pudo y, arrodillándose e inclinándose ante ella, acercó los frescos labios al oído de la durmiente, tan pálida como un mármol. Momentos después, haciendo acopio de valor, habló con clara y resuelta voz:

¡El vapor es el humo,

el polvo, la fuente!

¡Mudos son los bosques,

el Hombre de fuego baila por los campos!

¡No dejes pasar más tiempo,

eh, tú, despierta!

¡La Madre te trae a tu casa

cruzando la noche!

Al momento, leves susurros alcanzaron las copas de los árboles y, a lo lejos, se oyeron agudos truenos de una tormenta. Al mismo tiempo, un sonido penetrante pareció venir del otro lado de las rocas, cortando el aire como el grito rabioso de una cruel y feroz bestia. Cuando María miró hacia lo alto, la figura estaba erguida frente a ella.

¿Qué quieres? —preguntó.

—¡Ay, señora Nube! —contestó la muchacha, aún de rodillas—. ¡Habéis dormido cruelmente durante muchísimo tiempo y ahora todo follaje y toda criatura están a punto de consumirse!

La mujer la miró muy sorprendida, como si se esforzara por volver de un profundo sueño. Finalmente, con voz apenas audible, preguntó:

—¿Ya no brota agua de la fuente?

—No, señora Nube —respondió María.

—¿Y mi ave no vuela más sobre el lago?

—Duerme parada bajo el ardiente Sol.

—¡Ay! —gimió la mujer—. Apenas tenemos tiempo... ¡Ven, sígueme! Pero no olvides esa vasija que está a tus pies.

María hizo lo que la mujer le indicó y en seguida ambas escalaron las rocas. Arboledas inmensas y flores aún más hermosas brotaban de la tierra, si bien todo parecía marchito y sin perfume. Caminaron a lo largo del canal del río, oculto hasta ese instante por los monolitos de roca. 

Lenta y vacilantemente, caminaron la mujer y, detrás suyo, la muchacha, que miraba con tristeza a su alrededor. María advirtió que, pese a todo, aún quedaba un verde brillo en el césped. Al pisar tan peculiarmente, no podía dejar de llamarle la atención el breve susurro que su vestido arrastraba sobre la marchita hierba.

—¿Llueve ya, señora Nube? —preguntó.

—Desgraciadamente no, mi niña. Primero tienes que destapar el pozo.

—¿El pozo? ¿Pues dónde está?

Acababan de dejar atrás la arboleda.

—¡Allá! —señaló la mujer, y a cientos de pasos delante de ellas María vio elevarse una inmensa construcción; parecía un apilamiento desordenado de piedra gris.

«Parece llegar hasta el cielo», pensó María, pues en el punto más alto de la construcción todo se diluía entre brumas y resplandores solares. La eminencia de la parte frontera se elevaba en gigantescos torreones; interrumpida por altas cavidades de arcos y ventanas, no permitía, sin embargo, ver al interior.

Se encaminaron por espacio de varios minutos hacia el sitio hasta detenerse en la empinada margen de un río, que parecía apuntalar la construcción. Pero allí también el agua se había evaporado hasta el punto de quedar reducido a un hilillo que fluía en el centro del cauce. Una destartalada barquilla se posaba sobre la capa lodosa de la ribera.

—Cruza el río —dijo la mujer—. Sobre ti no tiene ningún poder. Pero no te olvides de sacar agua. ¡Pronto la vas a necesitar!

Cuando María, obedeciendo su orden, dejó la orilla, casi de inmediato retiró el pie debido al tremendo calor que su planta abrasaba desde el suelo. «¡Bah, que se quemen los zapatos!», pensó mientras seguía caminando con la vasija en la mano. Pero de pronto se detuvo; una expresión del más profundo terror asomó a sus ojos: un pesado y pardo puño quebró bajo su peso, muy cerca de ella, la capa de lodo mientras sus torcidas falanges hacían por atrapar a la muchacha.

—¡Ten valor! —escuchó que le dijo la voz de la mujer, quien gritó desde la orilla, a sus espaldas.

En ese momento pegó un fuerte grito y la imagen desapareció.

—¡Cierra los ojos! —oyó de nuevo exclamar a la mujer.

Continuó entonces su paso con los ojos cerrados, pero al sentir que uno de los pies tocaba el agua, se inclinó a llenar la vasija. Luego escaló cuidadosamente, evitando cualquier tropiezo, a la otra orilla. Tan pronto como llegó al palacio penetró, latiéndole con fuerza el corazón, por uno de los portones abiertos. 

Ya dentro se quedó de pie, llena de admiración, ante el pórtico. Parecía ser un único e inmenso espacio. Macizas columnas de estalactitas transportaban una extraña techumbre hasta alturas insospechadas. María casi llegó a pensar que no eran sino unas grises y gigantescas telarañas colgando de todas partes, entre los capiteles, en forma de nudos y cabos.

Permaneció así en el mismo sitio, como perdida. En un momento divisó la lejanía, de uno a otro extremos, pero los inmensos espacios le parecían no tener fin, no así el frontispicio, que fue por donde ella entró. Una tras otra se erguían las colinas y, pese a todo su esfuerzo, no pudo ver dónde terminaban. De pronto, su mirada quedó prendada de una enorme cavidad abierta en la tierra. ¡Sí, no lejos de ella había un pozo! Vio también la dorada llave encima del escotillón.

En tanto iba hacia él, notó que el suelo estaba cubierto con baldosas de piedra, como en la iglesia del pueblo. Avanzó entre abundantes y resecos carrizos y prados. A esas alturas, ya nada le asombraba.

Tan pronto llegó al pozo, quiso tomar la llave; de inmediato retiró la mano. La llave lucía bajo la diáfana luz de un rayo solar y tuvo entonces por cierto que brillaba de un color bermejo no por ser de oro, sino por su incandescencia. Decidida, vació el agua encima de ella, de manera que borboteó multiplicando su eco en los dilatados espacios. Luego, abrió rápidamente el pozo. Un fresco aroma se elevó al quedar abierto el escotillón y pronto la atmósfera fue saturándose con un fino y húmedo vapor que ascendía por las columnas envueltas en irisados celajes.

Pensativa, María se paseaba dando vueltas. Respiraba un aroma refrescante. Entonces, a sus pies, dio inicio un nuevo milagro. Lloviznaba, como una exhalación, una humedad ligeramente reverdecida sobre la delgada capa vegetal, haciendo que los tallos se irguieran, y la muchacha se paseó entre una abundancia de hojas y frescos pétalos, al pie de las columnas. 

Todo era un azul de nomeolvides del cual surgían iridáceas de color amarillo y violeta que despedían un tierno aroma. Por las puntas de sus hojas revoloteaban libélulas de gráciles y relucientes alitas, arrebozadas encima de los cálices; el suave perfume, que no dejaba de elevarse desde el pozo, iba saturando cada vez más el aire, como ondulaciones de chispas plateadas que centelleaban bajo el sol.

María no daba fin a su encanto y admiración cuando oyó a sus espaldas un placentero suspiro, dulce y suave como el de una mujer. Y, en efecto, al dirigir su mirada hacia el pozo, pudo advertir la figura de una mujer extraordinariamente hermosa y exuberante, como si hubiese florecido sobre el verde y musgoso brocal. 

Apoyaba la cabeza sobre el desnudo y blanco brazo, sobre el cual el cabello se esparcía en dorados rizos; tenía la mirada perdida hacia lo alto de la cúpula, entre los remates de las columnas.

María dirigió automáticamente su mirada hacia ese mismo punto. Vio entonces que lo que había creído una enorme telaraña no era sino el fino tejido de las generosas nubes, que cobraban cuerpo con el perfume que ascendía desde el pozo. En ese momento se desprendió sin ruido tal nubarrón del centro de la bóveda, que María vio el rostro de la hermosa mujer, junto al pozo, como a través de un velo gris. Rejuvenecida, de pronto la mujer dio unas palmadas y de inmediato la nube flotó en una abertura y se deslizó hacia afuera.

—¡Bien hecho! —exclamó la bella mujer—. ¿Y qué te parece? —le preguntó, y sus rojos labios sonrieron dejando ver la deslumbrante blancura de sus dientes.

Después, a una señal, la hizo acercarse; ella se dejó caer suavemente sobre el musgo, a su lado. Al advertir el descenso de una voluta aromática, la mujer dijo:

—Ahora, palmea con tus propias manos.

Y cuando María hizo lo indicado y la nube ascendió hasta desaparecer, la mujer exclamó:

—¿Ves qué fácil resulta? ¡Pero si lo haces mejor que yo!

Admirada, María observó a la hermosa mujer, desbordante de alegría.

—Pero, ¿quién sois realmente?

—¿Quién soy? ¡Ay, niña, vaya simpleza!

—¿Eh? ¡Perdonadme! ¡Pero es que sois tan hermosa y alegre!

Entonces la mujer guardó de pronto silencio.

¡Sí! —exclamó—. Estoy ahora muy agradecida contigo. Si no me hubieras despertado, el Hombre de Fuego se hubiera convertido en maestro y yo no hubiera tenido más remedio que ir de vuelta con la Madre en lo profundo de la Tierra.

Encogió un tanto los blancos hombros como si un terror interno la hubiera estremecido. Luego añadió:

—¡Y tan hermoso y floreciente que es aquí arriba!

María tuvo que contarle cómo había llegado hasta ese lugar. Plácidamente sentada sobre el musgo, la mujer la escuchaba. De vez en cuando, tomaba cualquier flor que a su vera brotaba y la prendía del cabello de la muchacha o del suyo propio. Al escuchar el relato de su difícil caminata a lo largo de la enorme avenida de sauces, la mujer suspiró y dijo:

—Esa avenida fue construida alguna vez por vosotros los humanos. ¡Pero de eso hace ya mucho tiempo! Trajes como el que tú vistes ahora no los he visto nunca antes. Tiempo atrás me visitabais más a menudo. Yo os daba semillas, simientes para nuevas plantas y cereales. Agradecidos, compartíais conmigo vuestros frutos. Así como no me olvidasteis, yo tampoco me olvidé de vosotros y así vuestros campos no carecieron nunca de lluvia. Pero desde hace mucho me sois extraños, ya nadie me visita. Desde entonces, por el calor y el hastío, me he quedado dormida, con lo cual el traicionero Hombre de Fuego pudo hacer suya la victoria.

Entre tanto, María se había tumbado sobre el musgo. Cerró los ojos. En torno suyo caía un tenue rocío y la voz de la hermosa mujer resonaba en sus oídos con un timbre dulce y familiar.

—Solo una vez —continuó la mujer—, pero de eso hace también mucho tiempo, vino una muchacha de aspecto muy semejante al tuyo. A decir verdad, vestía muy parecido a ti. Le obsequié miel silvestre, y ese fue el último regalo que un humano recibió de mí.

¡Mirad! —dijo María—. ¡Qué coincidencia! ¡Aquella muchacha tiene que haber sido la antepasada de mi amado y el elixir que hoy me ha fortificado tanto era seguramente vuestra miel silvestre!

La mujer pensó sin duda en la joven amiga de antaño al preguntar:

—¿Aún tiene esos hermosos rizos color castaño sobre la frente?

—¿Quién, señora Nube?

—¡Pues la antepasada, como tú la llamas!

—¡Oh, no, señora Nube! —replicó María, sintiéndose en ese momento apenas perceptiblemente superior a su poderosa amiga—. Ella se convirtió en una anciana.

—¿Anciana? —preguntó la hermosa mujer; no entendía tal cosa, pues la edad le resultaba un concepto desconocido.

María tuvo gran dificultad para explicárselo.

—¡Fijaos bien! —le dijo finalmente—. ¡Cabello gris y ojos enrojecidos en un ser malhumorado! ¡A eso le llamamos anciano nosotros los humanos, señora Nube!

¡Claro! —replicó la mujer—. Ahora recuerdo, había una de ellas entre las mujeres... Pues entonces dile que vuelva conmigo, la convertiré de nuevo en un ser alegre y hermoso.

María movió la cabeza.

—Eso ya no es posible, señora Nube —le dijo—, hace ya mucho que la antepasada descansa bajo tierra.

La mujer gimió:

—¡Pobrecilla!

Entonces ambas guardaron silencio sobre el suave musgo, donde permanecían placenteramente tendidas.

—¡Pero, niña! —exclamó de pronto la mujer—. ¡De tanto charlar nos hemos olvidado por completo de la lluvia!

—¡Caramba, aquí uno se empapa como un gato! —exclamó María, abriendo los ojos con asombro.

La mujer se rio.

—¡Tan solo palmea un poco más! ¡Pero ten cuidado, no vayas a disolver las nubes!

De esta manera empezaron a palmear; pronto las nubes se hicieron más densas, la neblina se apretujaba junto a las escotillas y se dispersaba en el aire. Poco después, María vio una vez más el pozo y el verde prado, ahora cubierto de incontables iridáceas amarillas y violetas. Asimismo, se despejaron enseguida los huecos de las escotillas. A lo lejos, por encima de los árboles del jardín, vio cubrirse el cielo por completo. El sol iba desapareciendo lentamente. No pasó mucho tiempo cuando escuchó el chubasco como agua corriendo sobre ramas y matorrales, susurrando sin cesar con poderoso ímpetu.

María estaba sentada, muy erguida, con las manos entrelazadas.

—Señora Nube —dijo en voz baja—, está lloviendo.

La mujer asintió en silencio, a sus espaldas, inclinando su hermosa y rubia cabellera. Estaba también sentada, como sumida en ensueños.

De pronto, estalló una fuerte y aguda crepitación. Cuando María, temerosa, miró hacia afuera, vio elevarse al cielo, desde el cauce del anchuroso río que había cruzado hacía poco, inmensas y vaporosas nubes blancas. En ese momento se sintió abrazada por la hermosa Mujer de la Lluvia, quien se oprimía temblando contra la jovencita, que permaneció junto a ella.

—Ahora las nubes están derramando agua sobre el Hombre de Fuego —susurró la mujer—. ¡Escucha cómo se defiende! Pero su lucha será inútil.

Así se mantuvieron abrazadas durante algún rato. De pronto, todo estaba en calma; afuera no se escuchaba más que el suave murmullo del bosque bajo la lluvia. Se levantaron en ese momento y la mujer bajó la puerta corrediza del pozo y la cerró.

María besó su blanca mano y le dijo:

—¡Os doy las gracias, querida señora Nube, por mí y por toda la gente de nuestro pueblo!

Luego añadió, un tanto vacilante:

—¡Y ahora quisiera regresar a casa!

—¿Quieres irte ya tan pronto? —preguntó la mujer.

—Sabéis que mi tesoro me está esperando, seguramente ha de estar empapado.

La mujer elevó el índice y le dijo:

—¿En adelante no lo dejarás esperar nunca más?

¡Seguro que no, señora!

—Entonces ve, hija. Y cuando vuelvas a casa cuéntales de mí a los demás para que no me olviden. ¡Y ahora, ven! Te voy a acompañar.

Afuera, en el fresco rocío, habían brotado por todos lados, entre árboles y matorrales, prados verdes y follaje. Cuando llegaron al río, el agua había llenado de nuevo todo su cauce y, como si las esperara, la barquilla, al parecer restaurada por una mano invisible, flotaba mecida por las aguas, muy cercana a la hierba de la orilla. 

Embarcaron cada una en silencio y el bote se deslizó hacia la margen opuesta mientras el lento oleaje se deshacía entre arabescos y rumores sobre la corriente de las aguas. De pronto, al pisar la otra orilla, cantaron los ruiseñores, muy cerca de ellas, bajo el fresco cobijo de los matorrales.

—¡Oh! —dijo la mujer, suspirando profundamente desde lo más hondo de su corazón—. Es todavía temporada de ruiseñores. ¡Hemos actuado muy a tiempo!

Caminaron a lo largo de un hilo de agua que conducía a la cascada. Esta caía con inusitada fuerza, rebotando en las rocas, corriendo después por el ancho canal, bajo la amplia sombra de unos tilos. Al descender, tuvieron que continuar su camino por la orilla, junto a los árboles. 

Al salir de nuevo al aire libre, María observó el extraño pájaro volando en amplios círculos por encima del lago, cuyos meandros se extendían hasta donde las dos caminaban. Luego siguieron por la parte baja, a lo largo del borde, mientras escuchaban el susurro del agua, que corría sobre la lustrosa y densa arena de la playa. 

Miles de pétalos se abrían por todas partes. María vio también violetas y lirios de mayo y otras flores que reconoció, y cuya temporada de hecho había pasado hacía mucho tiempo pero que, a causa de la malsana canícula, no habían podido desarrollarse a tiempo.

—Ellas tampoco quieren quedarse atrás —dijo la mujer—. Ahora todo florece al mismo tiempo.

Solía sacudir su rubia cabellera de manera que las gotas de agua refulgían en torno suyo como chispas; o unir las manos, con lo que el agua corría entre los blancos brazos como en el interior de una concha. Asimismo, separaba las manos y allí donde las chispeantes gotas tocaban el suelo, se elevaban nuevos aromas; un colorido juego de copiosas y relucientes flores nunca vistas se esparcía en todo el prado.

Pronto llegarían al lugar donde se había quedado Andrés. ¡Y así era! Apoyado en uno de los brazos, estaba tendido bajo los árboles; parecía dormir. Pero cuando María vio a la hermosa mujer caminar tan orgullosamente al lado suyo con sus encendidos y sonrientes labios, se sintió de pronto tan torpe y fea que pensó: "¡Ay, no! ¡Esto no está nada bien! ¡Andrés no puede verla!", y le dijo en voz alta:

—¡Os doy las gracias por vuestra compañía, señora Nube —replicó María—, él es un muchacho como los demás, y justo lo bastante bueno para una muchacha de pueblo!

La Mujer de la Lluvia la miró escrutadoramente.

—¡Tontuela, eres muy hermosa! —le dijo, y elevó amenazadoramente el índice—. ¿Y eres también la más guapa del pueblo?

Entonces la hermosa muchacha se sonrojó visiblemente y sus ojos se inflamaron al levantar los párpados. No obstante, la mujer volvió a sonreír.

¡Pues entonces escucha, María! —le dijo—. En vista de que ya han brotado de nuevo todas las fuentes y ríos, puedes seguir un camino más corto. Primero toma a la izquierda. Luego de la hilera de sauces hallarás una barca. ¡Sube a ella tranquilamente! ¡Te llevará segura y rápidamente a tu casa! ¡Y ahora, adiós! —exclamó, poniendo el brazo alrededor del cuello de la muchacha, besándola—. ¡Oh, qué dulces y frescos se sienten estos labios humanos!

Luego se dio vuelta y caminó bajo la lluvia cruzando un prado. Comenzó a cantar; su canto era dulce y monótono, y cuando la bella silueta desapareció entre la arboleda, María no supo si aún escuchaba su canto lejano o tan solo el susurro de la lluvia.

La muchacha se quedó parada un momento más; luego, como sumida en una súbita añoranza, se ciñó con sus propios brazos.

¡Adiós, querida y hermosa Nube, adiós! —gritó.

Pero ya no hubo respuesta. Al momento, se dio cuenta con claridad de que era la lluvia lo que había escuchado.

Al encaminarse hacia la entrada de un jardincillo, vio al joven de pie, muy erguido, bajo los árboles.

—¿Qué miras tanto? —le preguntó, estando cerca de él.

—¡Caramba, María! —exclamó Andrés—. ¿Quién era esa mujerona tan hermosa?

La muchacha tomó del brazo al joven y con un brusco jalón lo hizo volverse.

—¡No se te vayan a salir los ojos! —le dijo—. Esa mujer no es para ti. ¡Es la señora Nube!

Andrés se rio.

—¡Pues qué bien la has despertado, María! —replicó él, sin atender a su celoso reclamo—. ¡Ya lo he notado desde aquí! ¡Nunca antes ha sido tan torrencial la lluvia ni en mi vida he visto todo tan reverdecido! ¡Pero ven! Vamos a casa. Tu padre ha de cumplir su palabra.

Más tarde, en las cercanías de los sauces encontraron la barca y subieron a ella. La tierra baja estaba completamente inundada; el aire y el agua rebosaban de toda clase de aves; las esbeltas golondrinas se precipitaron lanzando garlidos por encima de sus cabezas, sumergiendo las puntas de sus alas en la corriente, en tanto que una gaviota nadaba, majestuosa, al lado de la rauda embarcación. En las verdes isletas que iban dejando atrás en su camino, llegaron a ver gallos de dorada cresta que peleaban entre sí.

De esa manera se deslizaron velozmente. Aún caía un poco de lluvia, tenue pero incesante. Después, el curso del agua se angostó y pronto esta se convirtió en un río de medianas dimensiones.

Andrés miraba desde hacía rato a lo lejos, con la mano puesta encima de los ojos a manera de una visera.

—Observa, María —exclamó—. ¿No es ese mi campo de centeno?

—¡Claro, Andrés! ¡Y qué bellamente ha reverdecido! ¿Pero es que ya te has dado cuenta de que hemos venido en el curso de nuestro riachuelo?

—Cierto, María. Pero, dime, ¿qué es lo que hay más allá? ¡Todo está inundado!

—¡Ay, santo Dios! —exclamó María—. ¡Esos son los pastizales de mi padre! Mira, todo el heno está flotando.

Andrés oprimió con la suya la mano de la muchacha.

¡No te preocupes, María! —le dijo el muchacho—. Pienso que el precio no ha sido muy alto, y mis campos tan mayores frutos darán.

La barca se detuvo poco antes de llegar junto al enorme tilo del pueblo. Treparon por la orilla y de inmediato caminaron tomados de la mano calle abajo. Entonces, desde todos lados fueron saludados efusivamente, ¡pues de seguro la madre Stine había hablado bastante durante su ausencia!

—¡Llueve! —gritaban los niños al correr por las calles, empapándose bajo el agua.

—¡Llueve! —dijo el primo Schulze, mirando placenteramente desde la ventana cuando, al pasar ellos, los sacudió con un fuerte saludo de manos.

—¡Sí, sí, llueve! —dijo el padre de María, que con su pipa en la boca estaba en ese momento en la entrada de su casona—. Y tú, María, ¡bien que me has mentido! Pero entren los dos. Andrés, como dijo el primo Schulze, ha sido siempre un buen muchacho; su cosecha, igualmente, será buena este año, y si en los próximos tres hay otra vez lluvia, no está nada mal que ricos y pobres se acerquen. ¡Vayan con madre Stine para que arreglemos el asunto!

Varias semanas habían transcurrido desde entonces. La lluvia había dejado de caer desde hacía algún tiempo y las últimas pesadas carretas entraban y salían de los graneros, adornadas con coronas de flores y cintas ondulantes.

Bajo el resplandor del sol, una procesión nupcial se dirigía a la parroquia. María y Andrés eran los novios; detrás de ellos, tomados de la mano en el cortejo, seguían los padres de ambos.

Muy cerca del atrio, al apenas comenzar a escucharse los sonidos que un anciano del pueblo arrancaba al órgano para darles el recibimiento, de pronto una nubecita blanca se acercó y ligeras gotas cayeron sobre el tocado de la novia.

¡Eso es de buena suerte! —gritaron algunos de los congregados en el atrio.

—¡Fue la señora Nube! —susurraron entre sí los novios, estrechándose las manos.

Poco después, la procesión entró en el templo. Brilló de nuevo el sol, la música del órgano dejó de escucharse y el párroco dio inicio a su tarea.