Álvaro volvía muy excitado de la excavación. En el cuadro B7 acababan de encontrar un cuchillo de bronce, perfectamente conservado. Era algo extraordinario. Lo acariciaba en el bolsillo de la gabardina y sentía su frío, su brillo, el filo aún cortante. No había visto nunca una pieza así, ni siquiera en los mejores museos. ¿Sería el tipo de tierra en el que estuvo enterrado durante casi mil cuatrocientos años?
Las pruebas del Carbono 14 habían llegado del laboratorio la semana anterior y eran claras. Un poblado de la Edad del Bronce, el más grande de la zona, casi del país. Tenía trabajo (y publicaciones) para años. Y el cuchillo. No dejaba de manosearlo. Le hubiera encantado enseñárselo a todos los que se cruzaban en su camino, pero se contuvo. Se lo reservaría a Marta.
Lo que más le atraía era su falta de adornos: era un cuchillo, lisa y llanamente, sin dibujos ni en la hoja ni en el mango. Era una pieza muy particular. No había consultado los catálogos, pero no recordaba haber leído sobre nada parecido.
—Aquí estoy, ya he vuelto —dijo nada más entrar en casa.
Algo parecido a un gruñido le respondió desde el salón, superponiéndose a los aullidos del telefilme.
—Mira lo que traigo, es excepcional.
Sacó la daga del bolsillo, apenas envuelta en papel de periódico. La sostuvo en su mano derecha. De detrás del sillón se elevó una nube azulada, impecable.
—¿No quieres mirar? A fin de cuentas, tú también estudiaste Prehistoria. Conmigo. Es un cuchillo del Bronce. No sé cómo demonios se ha podido conservar así. Si brilla y todo.
Otra nube salió para encontrarse con los restos de la anterior en el techo. El olor a Sombra inundaba la sala.
—¿De verdad no vas a mirarlo? Es una pieza muy importante.
Álvaro esperaba una tercera nube, pero Marta habló. Pausadamente, como siempre.
—Qué me importa tu puta excavación. Siempre con el mismo cuento. Estoy harta, de verdad, harta. Tú y tus aires de Indiana Jones. Tu maldito orgullo. —Se volvió—. Ya veo tu cuchillo. Precioso. ¿Estás contento?
Iba a decir algo así como «y ahora déjame seguir viendo la tele, ¿vale?», pero no pudo. Álvaro ya estaba encima, acuchillándola una, dos, tres veces. Ni siquiera le había dado tiempo a quitarse la gabardina. Marta no gritaba. Cuatro, cinco. Si se lo hubiera pensado dos veces no le hubiera salido tan bien. Seguramente, ni siquiera la hubiera matado. Seis, siete. Ya no se movía. Era suficiente.
La despellejó allí mismo y luego la cortó en pedazos, de los que apartó dos. Llevaba todo el día fuera de casa y tenía hambre. El resto de los trozos los metió, chorreantes, en un saco de tela basta. Hizo un pequeño fuego con unas cuantas ramas que encontró cerca y asó los trozos. La cerda salvaje estaba estupenda. Ya era hora de volver al pueblo, iba a oscurecer pronto. Apagó el fuego y se echó el saco al hombro.
No estaba tan lejos. Pronto se alzaron ante él el muro de adobe, la pequeña torre de madera. Saludó al vigía, que le dejó pasar sin decir nada. La calle principal, pequeñas casas de una sola planta, sin ventanas. Sabía dónde tenía que ir. B7. Era una casa como las demás, pegada al muro oeste. Una habitación amplia, nada más. En el centro, un círculo de piedras grandes, ennegrecidas. Dejó el saco en el suelo. Estaba muy oscuro.
—He traído carne —se sorprendió diciendo en una lengua que no conocía.
Al fondo, una sonrisa entre las greñas. Cuatro sombras se acercaron desde la derecha: tres niños y una chica. Álvaro acarició una vez más el cuchillo que pendía de su cinto. Todavía estaba ensangrentado. Tendría que limpiarlo.