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La Cosa invisible - William Hope Hodgson (Parte 2 y última)

»Me había puesto en pie en el instante en que me di cuenta de que nada se cernía sobre mí, y ahora estaba decidido a revisar el presbiterio y a comprobar si la daga se había movido. Así que abandoné el banco y salí al pasillo central, donde me detuve bruscamente, pues una repugnancia casi irresistible me impedía avanzar hacia aquella parte de la capilla. 

»Un escalofrío constante y singular me recorría la columna vertebral arriba y abajo, y un dolor sordo se apoderó de la parte inferior de la espalda, como si luchara conmigo mismo para dominar aquella repentina sensación de terror y horror. Les diré que nadie que no haya pasado por ese tipo de experiencia puede hacerse una idea del dolor físico y real que produce, consecuencia de la intensa tensión nerviosa que esos terrores sobrenaturales provocan en el sistema nervioso. Permanecí inmóvil, sintiéndome claramente enfermo. 

»Pero conseguí reponerme en cosa de medio minuto, y eché a andar, supongo que con la misma gracia que un autómata de hojalata, moviendo continuamente la linterna de izquierda a derecha y de atrás hacia delante y sobre mi cabeza. Y la mano con la que empuñaba el revólver sudaba tanto que el arma casi se me resbala. No suena muy heroico, ¿verdad? 

»Atravesé el breve presbiterio y llegué al peldaño que conducía a la pequeña puerta de la verja del presbiterio. Dirigí la luz de la linterna hacia la daga. Sí, pensé, todo está en orden. De pronto me pareció que faltaba algo, y me incliné hacia delante para mirar por encima de la verja, manteniendo la luz en alto. Mi sospecha había sido espantosamente acertada. La daga no estaba. Solo la vaina en forma de cruz seguía suspendida sobre el altar.

»Un repentino y aterrado fogonazo de la imaginación hizo que me imaginara la daga moviéndose a uno y otro lado de la capilla, como con voluntad propia, pues fuera cual fuera la fuerza que la guiaba, desde luego no era visible. Me volví hacia la izquierda para mirar aterrorizado a mi espalda, alzando la linterna para ayudar a mis ojos. En ese mismo instante recibí un tremendo golpe en el lado izquierdo del pecho, y me desplomé hacia atrás, cayendo al pasillo, mi armadura resonando con fuerza en el horrible silencio. 

»Aterricé de espaldas y me deslicé a lo largo del pulido mármol. Golpeé con el hombro izquierdo uno de los bancos de la primera fila, y eso me incorporó, medio aturdido. Luché por ponerme en pie, terriblemente mareado y dolorido, pero el miedo que me dominaba hizo que no me importara. Había perdido la linterna y el revólver, y estaba tan desorientado que no sabía dónde estaba. Agaché la cabeza y huí en la completa oscuridad para golpearme contra un banco. Salté hacia atrás, tambaleándome, me recuperé un poco y corrí al centro del pasillo, tapándome el rostro con los brazos envueltos en cota de malla. Choqué contra mi cámara, tirándola entre los bancos. Me di contra la pila bautismal y me tambaleé hacia atrás. 

»Entonces vi que estaba en la salida. Busqué enloquecido la llave en el bolsillo de la bata. La encontré y palpé febrilmente la puerta buscando la cerradura. La encontré, metí la llave, la giré, abrí la puerta de golpe y salí. Cerré de un portazo y me apoyé contra ella, jadeando, mientras volvía a palpar enloquecido buscando la cerradura, esta vez para cerrar la puerta a lo que fuera que hubiera en la capilla. Lo conseguí y empecé a palpar estúpidamente las paredes del corredor buscando el camino. Llegué al salón, y poco después a mi habitación.

»Una vez en ella, me senté un tiempo hasta calmarme y recuperar un asomo de normalidad. Algo después comencé a quitarme la armadura y vi que tanto la cota de malla como el peto habían resultado traspasados a la altura del pecho. Y de pronto comprendí que aquella cosa había buscado mi corazón.

»Me desnudé con rapidez y descubrí que la piel del pecho, encima del corazón, había recibido un corte lo bastante profundo como para que un poco de sangre me manchara la camisa, pero nada más. Y tenía todo el pecho contusionado y me dolía terriblemente. Ya imaginarán lo que habría pasado de no llevar armadura. En todo caso, lo asombroso era que no hubiera perdido el conocimiento.

»Aquella noche no me acosté, sino que me quedé sentado en el borde de la cama, pensando y esperando el alba, pues si quería ocultar que había hecho un duplicado de la llave debía arreglar el desorden de la capilla antes de que sir Alfred Jarnock entrara en ella.

»En cuanto la pálida luz de la mañana fue lo bastante intensa como para mostrarme el interior de mi habitación, bajé en silencio a la capilla. Abrí la puerta calladamente y con los nervios en tensión. La gélida luz del alba iluminaba claramente el lugar… Todo parecía envuelto en una calma espectral y ultraterrena. ¿Entienden la sensación? Esperé varios minutos en la puerta a que aumentase la luz, y supongo que mi valor. Un extraño rayo luminoso del sol naciente se filtraba por el gran ventanal de la fachada este, bañando toda la capilla con luz coloreada. Entonces hice un tremendo esfuerzo y me obligué a entrar.

»Recorrí el pasillo hasta donde había derribado mi cámara en la oscuridad. Las patas del trípode asomaban desde el interior de un banco, y esperaba encontrar la máquina hecha pedazos, pero no había sufrido más daño que la rotura del cristal en que se apoya la placa.

»Volví a colocar la cámara en la posición desde la que había tomado la última fotografía; pero retiré la placa que había expuesto con el flash y me la guardé en un bolsillo, lamentando no haber tomado otra foto cuando oí los extraños sonidos del presbiterio.

»Tras colocar la cámara fotográfica, fui al altar a recobrar la linterna y el revólver, que, como ya dije, había soltado al ser apuñalado. Encontré la linterna en el suelo, cerca del púlpito, irremediablemente deformada, con las cortinillas rotas. Debía haber seguido sujetando el revólver hasta que choqué con el banco, porque se encontraba en el suelo del pasillo, justo donde debía haber chocado con la esquina del banco. Estaba intacto.

»Tras recuperar ambos objetos, me dirigí hacia la verja del presbiterio, para ver si la daga había vuelto, o la habían devuelto, a su vaina sobre el altar. Pero antes de llegar tuve la sorpresa de descubrir la daga en el suelo del presbiterio, inmóvil y ominosa sobre el mármol pulimentado del suelo, a cosa de un metro de donde había sido golpeado. 

»Me pregunto si ustedes, si alguno de ustedes, puede comprender el nerviosismo que me asaltó al ver esa cosa. Salté hacia delante en un impulso súbito e irracional, y puse el pie sobre la daga para sujetarla allí. ¿Entienden lo que les digo? ¿De veras? Durante cosa de un minuto creo que fui incapaz de agacharme para cogerla. Cuando por fin lo hice y la tuve en las manos, se me pasó el susto, y al recuperar el raciocinio (y supongo que la luz del día) me sentí como un asno. Y esto me pareció natural, se lo aseguro. 

»Pero es que había sentido un miedo completamente desconocido para mí. ¡Y no lo digo por el mal chiste del asno! Me refiero a lo peculiar que me resultó descubrir en aquel momento un nuevo matiz o clase de miedo que hasta entonces había estado lejos de mi conocimiento o imaginación. ¿No les parece?

»Examiné minuciosamente la daga, dándole vueltas una y otra vez entre las manos, y me di cuenta de que lo hacía sin llegar a empuñarla. Era como si de un modo inconsciente me sorprendiera el que no se moviera en mis manos. Pero esa sensación desapareció. La extraña arma no presentaba signo alguno de haber apuñalado a alguien, aunque el color oscuro de la hoja era ligeramente más claro en la redondeada punta que había traspasado la armadura.

»Una vez concluí el examen de la daga, subí el peldaño del presbiterio y crucé la puertecita de la verja. A continuación, me arrodillé sobre el altar, devolví la daga a su vaina y volví a cruzar la verja, cerrando la puertecita detrás de mí y sintiéndome muy a disgusto por dejar esa horrible arma en su lugar acostumbrado. 

»Sin pararme a analizar a fondo mis sentimientos, yo diría que tenía la convicción irracional, y nada consciente, de que la probabilidad de peligro era mayor con ella en el lugar donde había estado los últimos cinco siglos que estando fuera de él. Pero cuando recuerdo el aspecto “ominoso” que parecía tener esa cosa en el suelo del presbiterio, no creo que esta sea una buena explicación. 

»Solo sé que, una vez devolví la daga a su sitio, tuve un ataque de nervios y solo me detuve a recoger la linterna de donde la había dejado, sin dejar de mirar el arma, tras lo cual me alejé a paso raudo por el pasillo y salí de ese lugar.

»Una vez cerré la puerta detrás de mí, me di cuenta de lo considerable que había sido mi tensión nerviosa. Ya no consideraba al anciano sir Alfred un hipocondríaco por tomar tantísimas precauciones con la capilla. Y de pronto me pregunté si no estaría al tanto de alguna tragedia pasada relacionada con la daga.

»Regresé a mi habitación, me lavé, me afeité y me vestí, tras lo cual leí un poco. Luego bajé la escalera y pedí al mayordomo en funciones que me preparara algunos bocadillos y una taza de café.

»Media hora más tarde me dirigía a Burtontree, caminando todo lo deprisa que podía, ya que se me había ocurrido una idea que estaba ansioso por poner en práctica. Llegué al pueblo poco antes de las ocho y media, y encontré al fotógrafo con la puerta aún cerrada. No esperé, y llamé hasta que apareció sin la bata de trabajo, claro indicio de que aún no había acabado de desayunar. Le expliqué en pocas palabras que quería usar su cuarto oscuro inmediatamente, y al instante lo puso a mi disposición.

»Había llevado conmigo la placa que había tomado con flash, y en cuanto estuve listo empecé su revelado. Pero no fue esa la placa que metí primero en la solución, sino la segunda, la que había estado en la cámara todo el tiempo que yo había esperado a oscuras. Recordarán que había dejado todo el tiempo el objetivo destapado, por lo que el presbiterio había estado, por así decirlo, bajo observación.

»Todos ustedes conocen mis experimentos con “fotografía sin luz”, o sea con luz no visible, inspirados en los trabajos que se han hecho con rayos X. Pero deben entender que, pese a intentar revelar esa placa “no expuesta”, no tenía ninguna idea clara de cuál sería el resultado, apenas la vaga esperanza de que pudiera mostrarme algo.

»Fue esa posibilidad lo que me hizo observar con el mayor interés y concentración la acción del líquido revelador sobre la placa. Por fin vi aparecer una ligera mancha negra en la parte superior, seguida de otras, indefinidas y de contornos imprecisos. Cogí el negativo y lo acerqué a la luz. Las manchas eran bastante pequeñas y prácticamente se concentraban en uno de los extremos de la placa, y, como ya he dicho, les faltaba definición. Aun así, bastaron para excitarme, por lo que volví a sumergirla en la solución.

»La observé durante varios minutos, sacándola una o dos veces para un examen más detenido, pero sin conseguir imaginarme lo que podían representar aquellas manchas, hasta que de pronto pensé que en uno o dos lugares su forma sugería la cruz de la daga. Pero eran formas tan indefinidas que me inducían a la prudencia y no dejarme impresionar en exceso por tan incómoda semejanza, aunque debo confesar que esa simple idea bastaba para suscitarme algunos escalofríos.

»Prolongué algo más el revelado, puse el negativo en el hiposulfito y empecé a trabajar con la otra placa. Se reveló sin problemas y pronto tuve un negativo bastante decente, similar en todos los aspectos (salvo en la diferencia de luz) al tomado el día anterior. Tras fijarlo y lavarlo unos minutos con agua del grifo junto al que no había estado “expuesto”, los dejé durante quince minutos en una solución de alcohol desnaturalizado, tras lo cual los llevé a la cocina del fotógrafo y los sequé en el horno.

»Mientras se secaban las placas, el fotógrafo y yo hicimos una ampliación del negativo tomado con luz de día. Luego hicimos lo mismo con los dos que acababa de revelar, lavándolos lo más deprisa posible, pues no quería dejar huellas en ellos, y los secamos con alcohol.

»Una vez hecho esto los llevé a la ventana y los examiné a fondo, empezando por el que parecía mostrar oscuras dagas en varios lugares. Pero ni siquiera la ampliación me convencía de que las marcas representaran algo anormal. Por ello la dejé a un lado, decidido a no permitir que mi imaginación viera armas en aquellos contornos indefinidos.

»Cogí las otras dos ampliaciones que, como recordarán, las dos eran del presbiterio, y empecé a compararlas. Las examiné durante algunos minutos, sin distinguir diferencia alguna en la escena captada, hasta que, de pronto, vi algo en lo que diferían. En la segunda ampliación, la del negativo tomado con flash, la daga no estaba en su vaina. Pero yo estaba seguro de que estaba enfundada minutos antes de tomar la fotografía.

»Tras aquel descubrimiento me puse a comparar las dos ampliaciones de un modo muy diferente a mi anterior examen. Le pedí al fotógrafo una regla graduada y llevé a cabo una comparación metódica y exacta de los detalles de ambas fotografías.

»De pronto tropecé con algo que me llenó de excitación. Dejé la regla, pagué al fotógrafo y abandoné la tienda, saliendo a la calle. Me llevaba las tres ampliaciones, tras enrollarlas a medida que caminaba. Tuve la suerte de encontrar un coche de punto en una esquina de aquella misma calle, con lo que no tardé en volver al castillo.

»Me apresuré a subir a mi habitación para dejar allí las fotografías, y bajé en busca de sir Alfred Jarnock, pero me encontré con el señor George Jarnock, que me dijo que su padre estaba demasiado indispuesto para levantarse, y que prefería que nadie entrase en la capilla mientras él no se levantase.

»El joven Jarnock medio se deshizo en disculpas por su padre, resaltando el hecho de que quizá sir Alfred se mostraba prudente en exceso, pero que, considerando lo sucedido, debía admitir que las precauciones estaban justificadas. También añadió que su padre se había comportado siempre así, incluso antes del horrible ataque sufrido por el mayordomo, llevando siempre la llave encima y sin permitir el acceso al lugar salvo para el servicio religioso, y para la hora diaria en que se efectuaba la limpieza antes de mediodía.

»Asentí con la cabeza a todo ello, pero, en cuanto el joven se fue, cogí mi duplicado de la llave y me dirigí a la capilla. Entré y la cerré tras de mí, y procedí a realizar algunos experimentos particularmente interesantes e incluso singulares. Todos los realicé con éxito, hasta el punto de que abandoné el lugar sumido en un estado de febril excitación. Pregunté por el señor George Jarnock, y me dirigieron al saloncito.

»—Venga conmigo —dije cuando lo encontré—. Écheme una mano, por favor. Tengo que mostrarle algo peculiar en extremo.

»Era evidente que estaba sumamente perplejo, pero me siguió enseguida. Hizo un montón de preguntas mientras caminábamos, a las cuales contesté negando con la cabeza y rogándole que esperase un poco.

»Lo conduje a la armería. Allí le sugerí que cogiera a un maniquí vestido con armadura por un lado, mientras yo lo cogía por el otro. Él asintió, aunque evidentemente extrañado, y entre los dos nos lo llevamos hasta la puerta de la capilla. 

»Cuando me vio sacar la llave y abrir, pareció aún más estupefacto, pero se contuvo, sin duda esperando una explicación por mi parte. Entramos en la capilla y cerré la puerta detrás de nosotros, tras lo cual transportamos el maniquí con su armadura hasta la puerta de la verja, donde lo dejamos descansando en la tarima circular de madera.

»—¡Atrás! —grité de repente cuando el joven Jarnock hizo ademán de abrir la puerta—. ¡Por Dios, hombre, no haga eso!

»—¿Que no haga qué? —preguntó, medio perplejo y medio irritado por mis palabras y modales.

»—Un instante —dije—. Hágase un momento a un lado y observe.

»Se apartó hacia la izquierda mientras yo cogía el maniquí entre mis brazos y lo ponía de cara al altar, de forma que quedase cerca de la puertecita. Entonces, manteniéndome bien apartado a la derecha, empujé al maniquí por detrás, para que presionara ligeramente la puerta, abriéndola. En ese mismo instante, el maniquí recibió un golpe tremendo que lo arrojó hasta el pasillo, con su armadura rebotando sonora y estruendosamente contra el pulido mármol del suelo.

»—¡Cielo santo! —exclamó el joven Jarnock, apartándose de la verja, con el rostro muy pálido.

»—Acérquese y mire esa cosa —dije, y lo conduje hasta donde había caído el maniquí, cuyas extremidades superiores aparecían curiosamente desarticuladas, en extraña contorsión.

»Me incliné sobre él y señalé con el dedo. Allí, justo en medio del peto de grueso acero, estaba clavada “la daga del dolor”.

»—¡Cielo santo! —repitió el joven Jarnock—. ¡Cielo santo! ¡Es la daga! ¡Esta cosa ha sido apuñalada del mismo modo que Bellet!

»—Sí —repliqué, y le vi echar un rápido vistazo hacia la entrada de la capilla. Pero debo hacerle justicia y decir que no se movió ni un centímetro.

»—Venga a ver cómo ha pasado —dije, y le guié de vuelta a la verja del presbiterio.

»De la pared situada a la izquierda del altar, descolgué un instrumento de hierro, largo y curiosamente adornado, muy similar a una lanza corta. Inserté la punta en un agujero situado en el poste izquierdo de la puerta de la verja. Hice fuerza hacia arriba y el poste se dividió verticalmente en dos partes y una de ellas se inclinó hacia atrás, hacia el altar, como si tuviera bisagras en la base. 

»Esa parte siguió inclinándose, dejando la otra mitad del poste todavía en pie. Seguí empujando la parte movediza y bajándola, hasta que se oyó un chasquido y una parte del suelo se deslizó a un lado, mostrando una cavidad alargada y poco profunda, que bastaba para contener esa mitad transversal del poste. Apoyé todo mi peso en la palanca y la hice entrar en el nicho. A continuación se oyó un sonido metálico, como el de algún tope moviéndose para contener el potente resorte que se había puesto en marcha.

»Luego fui a por el maniquí y, tras unos instantes de forcejeo, conseguí sacar la daga de la armadura. Coloqué la empuñadura de la antigua arma en un agujero situado en la parte superior del poste, donde encajó sin problemas con la punta hacia arriba. 

»Tras esto volví a coger mi palanca y a empujar con fuerza, haciendo descender el poste unos treinta centímetros más, hasta el fondo de la cavidad, alojándolo en ella con otro chasquido. Retiré la palanca, y la estrecha sección de suelo volvió a su primitiva posición, ocultando poste y daga, sin que se distinguiera de la superficie que lo circundaba.

»Entonces cerré la puerta de la verja y los dos nos colocamos a un lado. Cogí mi palanca y empujé la puerta con ella, abriéndola. Al instante se oyó un ruido sordo, y algo atravesó el aire con un silbido, golpeando la pared de la capilla. Era la daga. Entonces indiqué a Jarnock que la otra mitad del poste había vuelto a su lugar, adquiriendo un aspecto tan sólido como el que se encontraba a la derecha de la puerta.

»—¡Ahí la tiene! —dije, volviéndome hacia el joven y dando una palmada al montante que podía separarse en dos—. Esa es la cosa “invisible” que usaba la daga, pero ¿quién diablos es la persona que pone la trampa? —repuse mirándolo fijamente.

»—Mi padre es el único con llave —dijo—. Así que es prácticamente imposible que alguien entre a hacer nada.

»Volví a mirarlo, pues era obvio que seguía sin llegar a una conclusión.

»—Verá, señor Jarnock —dije, quizá con más brusquedad de la que debiera, considerando lo que debía decirle—, ¿está usted totalmente seguro de que sir Alfred se encuentra… mentalmente equilibrado?

»Me miró medio espantado y se ruborizó lentamente. Entonces me di cuenta de lo poco delicado que había sido con mi pregunta.

»—No… no lo sé —respondió, tras una breve pausa, y después guardó silencio, salvo por uno o dos comentarios incoherentes.

»—Diga la verdad. ¿No ha sospechado nada en alguna ocasión? No tema contármelo.

»—Bueno —respondió despacio—. Admito que a veces he pensado que padre estaba algo… algo raro. Quizá. A veces. Pero siempre he querido pensar que me equivocaba. Siempre esperé que nadie más se diera cuenta. Verá, quiero mucho al viejo.

»—Con razón —dije, tras asentir con la cabeza—. No hay ninguna necesidad de organizar un escándalo por lo sucedido. Pero deberíamos hacer algo discretamente. Sin ruido, ya sabe. Creo que usted debería tener una charla con su padre para decirle que hemos descubierto lo de esta cosa —añadí tocando el poste.

»El joven Jarnock, muy agradecido por mi consejo, me estrechó la mano con fuerza, cogió mi llave y salió de la capilla. Regresó cerca de una hora después, con aire alterado. Me dijo que mis conclusiones eran por completo acertadas. Había sido sir Alfred Jarnock quien ponía la trampa, tanto la noche en que casi muere el mayordomo como la noche de la víspera. 

»De hecho, parecía ser que hacía muchos años que el anciano señor venía poniéndola en marcha cada noche. Había conocido su existencia por un antiguo manuscrito de la biblioteca del castillo. Se había concebido y usado en eras pretéritas para proteger los cálices de oro del rito, que parece ser que se guardaban en un nicho oculto en la parte posterior del altar.

»Sir Alfred Jarnock había utilizado aquel nicho para ocultar en secreto las joyas de su esposa, que había muerto doce años antes. El joven me contó que su padre no había vuelto a ser el mismo desde entonces.

»Le mencioné que me tenía desconcertado que la noche en que alcanzó al mayordomo se hubiera dispuesto la trampa antes del servicio, pues, si le había entendido bien, su padre acostumbraba a poner la trampa a última hora de la noche para desconectarla en la mañana antes de que alguien entrase en la capilla. Él me contestó que su padre, en un momento de pérdida de memoria (por otra parte natural en su neurótico estado), debía haberla dispuesto demasiado pronto, siendo eso lo que había estado a punto de provocar una tragedia.

»Nada más puedo contarles del asunto. Por lo que pude descubrir, el anciano no está loco en el sentido popular de la palabra. Es extremadamente neurótico y ha desarrollado cierta hipocondría, probablemente debido a la impresión y la pena ocasionadas por la muerte de su esposa, lo cual lo abocó a largos años de tristes meditaciones y a un exceso de soledad y fúnebres pensamientos. De hecho, el joven Jarnock me contó que su padre a veces se pasaba horas enteras rezando en la capilla.

Carnacki acabó de hablar y se inclinó hacia delante para rellenar la pipa.

—Pero no nos ha contado cómo descubrió el secreto del poste dividido, ni todo lo demás —dije, hablando por los cuatro.

—¡Ah, eso! —replicó Carnacki, dando unas vigorosas bocanadas a la pipa—. Al comparar las fotos, descubrí que la que había tomado de día mostraba que el poste izquierdo de la puerta de la verja tenía mayor grosor que la tomada de noche con flash. Eso fue lo que me puso sobre la pista. Comprendí al momento que el fondo del asunto debía estar en algún truco mecánico, y no en algo de naturaleza sobrenatural. Examiné el poste, y el resto fue sencillo, como han visto.

Se levantó y fue hasta la repisa de la chimenea.

—Por cierto, quizá están interesados en echar un vistazo a la llamada «daga del dolor». El joven Jarnock tuvo la amabilidad de regalármela, como pequeño recuerdo de mi aventura.

Nos la pasó para que la examináramos, mientras él guardaba silencio ante el fuego, dando bocanadas a su pipa con aire meditabundo.

—Jarnock y yo hicimos lo necesario para que la trampa no volviera a funcionar —comentó al cabo de unos momentos—. Como ven, yo tengo la daga, y el viejo Bellet ya puede levantarse, así que el asunto ha podido acallarse con discreción. A pesar de todo, supongo que la capilla jamás perderá su reputación de lugar peligroso. Y ahora ya es seguro guardar en ella objetos de valor.

—Hay dos cosas que todavía no ha explicado —dije—. ¿Qué cree que fue lo que hizo aquellos sonidos metálicos cuando estaba a oscuras en la capilla? ¿Y cree que los pasos apagados eran reales, o solo imaginados, producto del cansancio y la tensión?

—No sé con seguridad a qué se debían los sonidos metálicos —replicó Carnacki—. Es algo que me tiene un tanto desconcertado. Solo se me ocurre que el resorte que hacía funcionar el poste debió «ceder» un poco, desplazándose ligeramente en su escondrijo. De suceder así, y dada la tensión que soportaba, debió hacer un ruido muy fuerte. Y cualquier sonido, por débil que sea, llega muy lejos en medio de la noche cuando uno piensa en «fantasmas». Supongo que me entienden.

—Sí —concedí—. ¿Y los otros sonidos?

—Bueno, pues lo mismo… Quiero decir que el extraordinario silencio puede explicar eso. Pudieron ser sonidos corrientes a los que no se presta atención en condiciones normales, o quizá solo imaginaciones mías. Es imposible decirlo. A mí me resultaron desagradablemente reales. En cuanto al ruido de algo reptando, estoy casi seguro de que una de las patas del trípode de mi cámara se deslizó unos centímetros, y en ese caso bien pudo hacer que se cayera la tapa del objetivo, lo cual explicaría el golpecito seco que oí a continuación.

—¿Cómo explica que la daga estuviese en su sitio, sobre el altar, la primera vez que la examinó aquella noche? —pregunté
—. ¿Cómo podía estar allí si en ese mismo momento estaba en la trampa?

—¡Ese fue mi error! —replicó Carnacki—. La daga no podía estar en la vaina, pero yo creí que sí lo estaba. Comprendan que la extraña forma en cruz de la vaina hace creer que está el arma completa. Su empuñadura sobresale muy poco de la parte superior de la vaina… ¡Todo un inconveniente para quien quiera desenvainarla con rapidez!

Asintió mientras nos miraba y bostezó, mirando entonces el reloj.

—¡Fuera todos! —dijo con tono amistoso, usando su frase habitual—. Quiero irme a la cama.

Nos levantamos, le estrechamos la mano y nos precipitamos a la noche y el silencio del camino, rumbo a nuestras casas.

La cueva secreta - H. P. Lovecraft

 

—Pórtense bien, chicos, mientras estoy fuera —dijo la señora Lee— y no hagan travesuras.

Porque los señores Lee iban a salir de casa, dejando solos a John, de diez años de edad, y Alice, de dos.

—Claro —contestó John.

Tan pronto como los Lee mayores se hubieron marchado, los jóvenes Lee bajaron al sótano y comenzaron a revolver entre los trastos. La pequeña Alice estaba apoyada en el muro, mirando a John. Mientras John fabricaba un bote con duelas de barril, la chica lanzó un grito penetrante y los ladrillos, a su espalda, cedieron. Él se precipitó hacia ella y la sacó oyendo sus gritos. Tan pronto como sus chillidos se apaciguaron, ella le dijo.

—La pared se ha caído.

John se acercó y descubrió que había un pasadizo. Le dijo a la niña.

—Voy a entrar y ver qué es esto.

—Bien —aceptó ella.

Entraron en el pasaje; cabían de pie, pero iba hasta más lejos de lo que podían ver. John subió arriba, al aparador de la cocina, cogió dos velas, algunos cerillos y luego regreso al túnel del sótano. Los dos entraron de nuevo. Había yeso en las paredes y el techo raso, y en el suelo no se veía nada, excepto una caja. Servía para sentarse y, aunque la examinaron, no encontraron nada dentro. Siguieron adelante y, de pronto, desapareció el enyesado y descubrieron que estaban en una cueva. La pequeña Alice estaba espantada al principio, y solo las afirmaciones de su hermano, acerca de que todo estaba bien, consiguieron calmar sus temores.

Pronto se toparon con una pequeña caja, que John cogió y llevó consigo.

Al poco llegaron a un bote de dos remos. Lo arrastraron consigo con dificultad y en seguida descubrieron que el pasadizo estaba cortado. Apartaron el obstáculo y, para su consternación, el agua comenzó a entrar en torrentes. John era buen nadador y buen buzo. Tuvo tiempo de tomar una bocanada de aire y trató de salir con la caja y con su hermana, pero descubrió que era imposible. Entonces vio cómo emergía el bote y lo agarró...

Lo siguiente que supo es que estaba en la superficie, agarrando con fuerza el cuerpo de su hermana y la caja misteriosa. No podía imaginarse cómo le habían dejado ahí las aguas, pero le amenazaba un nuevo peligro. Si el agua seguía subiendo, lo llenaría todo. 

De repente, tuvo una nueva idea. Podía encerrar otra vez a las aguas. Lo hizo con rapidez y, lanzando el ahora inerte cuerpo de su hermana al bote, se aupó él mismo y remó a lo largo del pasadizo. Aquello era espantoso, y estaba total y extrañamente oscuro, ya que había perdido la vela en la inundación, y navegaba con un cuerpo muerto yaciendo a su lado. No reparó en nada, sino que remó en su propio sótano. Subió con rapidez las escaleras, llevando el cuerpo, y descubrió que sus padres ya habían vuelto a casa. Les contó la historia.

* * *

 

El funeral de Alice ocupó tanto tiempo que John se olvidó de la caja. Pero, cuando la abrieron, descubrieron que contenía una pieza de oro macizo, valorada en unos 10,000 dólares. Suficiente para pagar casi cualquier cosa, excepto la muerte de su hermana.

Un fantasma tropical - Carlos Fuentes


Les contó que en el pueblo donde vivía junto al mar había muy poca gente rica y una de ellas, fabulosamente pudiente, según decía el rumor, era una mujer muy anciana que ya no salía nunca y que, según todos los chismes de las mujeres del pueblo, guardaba tesoros incalculables y joyas finísimas en rincones secretos de su casa blanca, enjalbegada, de dos pisos, con columnas resistentes a las mordidas del mar... 

Como nadie la veía desde hacía diez años, la gente empezó a darla por muerta. Y como nadie reclamaba su herencia, todos decidieron que el cuento de las joyas era perfectamente fantástico, que la señora sólo tenía bisutería. Y como la casa iba viniendo a menos, escarapeladas las columnas, llenos de goteras los porches y vencidas e inválidas las mecedoras traídas de la Nueva Orleans el siglo pasado, cuando eran la gran novedad gringa, el status symbol de los años 1860, cuando el auge de quién sabe qué, estaba claro que a nadie le interesaba reclamar ninguna herencia, si es que la señora invisible de verdad se había muerto.

Los más viejos decían haberla visto de joven. ¿Cuándo de joven, de joven cuándo? Pues sería allá por los años veintes, cuando las mujeres de la costa empezaron a cortarse el pelo a la bob, con alas de cuervo y nucas pelonas, falditas cortas y tacones altos, toda esa putería que nos llegó del norte... y ella no. 

Los que la vieron entonces dicen que ella, joven y hermosa como era, persistía en vestirse como antes, con faldas largas y botines de lazo, blusas oscuras bien abotonadas hasta el cuello, y uno como collar de la decencia, una corbatilla blanca como la luz de las seis de la mañana detenida por un camafeo. ¿Qué era el camafeo, qué describía, era un novio perdido, muerto, qué qué qué? Una mujer. Era el retrato de una mujer. 

Y cuando la futura anciana señora salía de su casa de pisos de mármol cuadriculados como un tablero de ajedrez, siempre se cubría con un parasol negro, pero su mirada no se la daba a nadie, sino a la mujer del camafeo que tenía tendido al pecho.

La espiaban. Recibía mujeres en su casa. Jamás un hombre. Una señora decente. Pero quién sabe si lo eran las mujeres que recibía. Pelonas, con collares largos cubriéndoles los escotes de satín por donde rebotaban las teticas de seda...
-Pero todo eso pasó hace mil años.
-No hay tal cosa. Nunca hubo mil años. Hubo novecientos noventa y nueve o hubo las mil y una noches. Odio los números redondos.
-Bueno, hace cuarenta y cuatro años, pon tú.
-Pongo yo, pues...
-La dieron por muerta. Es lo interesante.

Y yo que era un muchachito curioso, pero así, reventando de curiosidad, decidí aclarar el misterio de una vez por todas. Iba a cumplir los trece y pronto mi cuerpo ya no iba a caber entre las rejas que protegían la casa de la madama esta. De modo que una noche decidí colarme, pasadas las once, cuando el pueblo o ya se durmió, o ya se emborrachó. 

Apenas cupe entre dos barrotes. Me atarantó el olor de magnolia. Sentí crujir los tablones de la escalera que conduce al porche. La puerta de entrada estaba cerrada pero una ventana tenía los vidrios rotos. Me colé y me encontré en un vestíbulo que era como una rotonda de piso blanquinegro y un techo de emplomados donde un ángel desplegaba alas de pavorreal. De las puntas de las alas caían gotas espesas, aceitosas. Y entraba una luz que no era la de la noche, aunque tampoco la de la mañana. Una luz propia, me dije, sólo de esta casa. Esas cosas pasan en el trópico.

Entonces comencé a explorar. Varias puertas se abrían sobre la rotonda. Eran idénticas entre sí, como en los cuentos de hadas. Abrí la primera y me asustó un Buda de esos que constantemente mueven la cabeza y enseñan la lengua, asintiendo y burlándose.

Cerré apresuradamente y me fui a la siguiente puerta. Aquí tuve suerte. Era una biblioteca, lugar ideal, según las películas de miedo, para esconder cosas y apretar botones que descubren paneles corredizos etcétera. Ya conocen el rollo. 

Pero yo ya había leído en la escuela el cuento de Poe traducido por Cortázar, el de la carta robada. Allí se demuestra que el mejor lugar para esconder algo es el lugar más obvio, el más visible, que de tan visible se vuelve invisible. ¿Qué era lo más obvio en una biblioteca? Los libros. ¿Y entre los libros? El diccionario, el libro sin personalidad propia. ¿Y entre los diccionarios? El de la academia española, la lengua que hablamos todos.

Me fui sobre el libro de pastas de cuero claro y etiqueta roja, que veía todos los días en la escuela. Lo abrí y era lo que yo esperaba. Un libro hueco, una simple caja que abrí sin respirar apenas. Allí estaban las joyas de la vieja dama. Metí la mano para sacar la que más brillaba y allí debí conformarme. 

Pero ustedes ya saben lo que es la codicia cuando no hay conciencia y volví a meter la mano. Sólo que esta vez había allí otra mano que se me adelantó, tomó la mía con fuerza y me obligó a soltar el collar de perlas y mirar hacia, la dueña de la mano helada, descarnada, que con tanta fuerza oprimía la mía.

No era dueña, sino dueño.
Era un hombre. Muy viejo, sin pelo, o más bien con mechones cenizos saliéndole de donde no debieran, las orejas y las narices y los rincones de los labios, un terrible anciano de dientes amarillos y ojeras pantanosas, de cuyo tacto nauseabundo (le apestaban las manos) me desasí con toda la fuerza de mis casi trece años para huir con la única joya que salvé... Me volteé para mirarlo. 

Ya les dije que mi curiosidad siempre me gana. ¡Va a ser mi perdición, muchachos! Quise ver de cuerpo entero a este espanto que se me apareció antes de la medianoche, ¡qué sería después de esa hora!

Era un hombre. Calvo, anciano, macilento y maloliente. Pero vestía como mujer. Un traje largo, antiguo, con botones, cerrado hasta el cuello, una corbatilla que fue blanca, mugrosa, amarilla, y el camafeo de una mujer bellísima, antigua, viva, muerta... ¿quién sabe?

Salí corriendo por donde entré. El espectro de la casa no me persiguió.

Dormí con mi brillante joya escondida bajo la almohada. Al día siguiente, di un pretexto para irme al puerto y enseñársela a un joyero judío que había emigrado de Ámsterdam huyendo de los nazis. Me dijo la verdad: la joya no valía nada, era de las que se encuentran en las tiendas Woolworth en todo el mundo...

Pero nunca le conté a nadie lo que me había pasado. El pueblo siguió creyendo que la vieja había muerto y que su fortuna era un mito, puesto que nadie la reclamaba. Yo no dije la verdad. Ustedes son los primeros en oír mi historia. Agradézcanmela, que nuestras noches van a ser largas y mañana quién sabe si sigamos vivos...

El tesoro de Roque - Milia Gayoso

Roque jugaba en la orilla del río. El lodo rubio se transformaba en figuras regordetas y desproporcionadas en sus manos. Hacía caballos y burros, pero de repente lo aplastaba todo, lo convertía en un yacaré o un pescado con alas y le agregaba una ramita seca en la terminación para que semejara una cola.

Se levantó del suelo y comprobó que en la zona de las sentaderas su pantalón estaba mojado y sucio y se encaminó hasta el agua para lavarlo. Resbaló y cayó de largo, ensuciándose por completo. Había dejado de llover dos horas antes y el lodo estaba resbaladizo.

Se adentró en el agua y se sumergió no muy lejos de la orilla para lavar sus ropas, porque imaginaba la reprimenda de su madre. Se quitó el pantalón y lo fregó una y otra vez hasta que pareció un poco más limpio. Cuando volvía a la orilla tropezó con algo duro (pensó que era un hueso de pescado o una piedra), no le hizo caso y continuó caminando.

Tendió su pantalón sobre una planta de tártago que crecía cerca de la costa y volvió a sus animalitos de lodo, pero le carcomió la curiosidad y volvió al agua. Se le ocurrió que aquello con lo que tropezó podría ser una piedra rara traída por el agua desde muy lejos, quizás desde Brasil, y volvió en su búsqueda. Tanteó agachado, tanteó con los pies y luego con las manos hasta que lo palpó. «Es un hueso -pensó-, el hueso de un animalito».

Lo sacó rápido y lo sacudió en el agua para sacarle todo el barro adherido. No era un hueso sino un paladar humano. Roque lo miró perplejo... y atacado por un acceso de miedo lo tiró con fuerza a la playa.

Tuvo el impulso de salir corriendo, pero la curiosidad pudo más y se acercó a él. Lo agarró con una hoja de tártago y lo examinó detenidamente: era la parte de arriba de un paladar. Tenía catorce dientes, uno de ellos de oro... todo cubierto de oro.

Se puso feliz pensando que podía vender ese diente y comprarse un caballo de verdad y hasta un tarro de dulces que le durara todo un año. Se sentó otra vez sobre la tierra mojada para examinar mejor su tesoro y ver la forma de arrancar del armaje al diente dorado. «¿Cómo apareció este paladar en el río?», pensó mientras le sacaba lustre al diente... «quizás alguien vino a lavarse los dientes y se le zafó...»

Entonces llegó Benito, con su hondita en la mano. Roque le mostró orgulloso su pequeño tesoro y le contó todo lo que pensaba comprar con su venta.
-Eso debe ser del señor hinchado -dijo Benito.
-¿Qué señor hinchado? -preguntó Roque.
-De ese señor ahogado, que boyaba todo hinchado y apareció en la desembocadura del río Confuso.

Roque tiró espantado el paladar y corrió hacia su casa en calzoncillos, dejando su pantalón en la rama de la planta.
Benito alzó el pequeño armaje y se quedó pensando en lo que compraría con su fabuloso tesoro.

La probable aventura de tres hombres de letras - Lord Dunsany

Cuando los nómadas llegaron a El Lola lo hicieron sin sus canciones y la cuestión de robar la caja dorada se planteó en toda su magnitud. Por una parte, muchos de ellos habían buscado la caja dorada, que (como los etíopes saben) es un receptáculo de poemas de fabuloso valor; y su funesto destino es todavía plática usual en Arabia. Por otra parte, era triste sentarse de noche alrededor del fuego de campamento sin nuevas canciones.

Fue la tribu de Hetch la que discutió estas cuestiones un atardecer en los llanos bajo la cumbre de Mluna. Su tierra natal había sido la vía a través del mundo de inmemoriales nómadas; y a los más viejos de ellos les inquietaba que no hubiera nuevas canciones. 

Mientras tanto, insensible a las inquietudes humanas y, hasta ahora, a la noche que estaba ocultando los llanos, la cumbre de Mluna, en calma al resplandor del crepúsculo, miraba hacia la Tierra Incierta. Y fue en el llano que hay en la ladera conocida de Mluna donde, en el preciso momento en que la estrella vespertina aparecía como un ratón y las llamas del fuego de campamento elevaban sus aislados penachos humeantes desanimadas por alguna canción, los nómadas planearon precipitadamente aquel imprudente proyecto que el mundo conoció como La Búsqueda De La Caja Dorada.

Ninguna otra precaución más acertada podían haber tomado los más ancianos de los nómadas que la de decidir que su ladrón fuera el propio Slith, aquel mismo ladrón que (como he escrito) ganó por la mano al rey de Westfalia en tantas aulas regentadas por institutrices. No obstante, era tal el peso de la caja que deberían acompañarle otros, y Sippy y Slorg eran ladrones no menos ágiles que los que hoy en día pueden encontrarse entre los vendedores de antigüedades.

Así es que al día siguiente los tres ascendieron las estribaciones del Mluna y durmieron en sus nieves tan bien como pudieron, antes que arriesgarse a pasar la noche en los bosques de la Tierra Incierta. Y amaneció un día radiante y los pájaros se hartaron de cantar, mas la selva de abajo y el yermo de más allá y los pelados y ominosos riscos presentaban un indecible aspecto amenazador.

Aunque tenía veinte años de experiencia como ladrón, Slith hablaba poco; únicamente cuando alguno de los otros dos hacía rodar una piedra con su pie, o, más tarde en la selva, cuando alguno de ellos pisaba una rama, les decía bruscamente en voz baja siempre las mismas palabras: "eso no está bien". Sabía que en dos días de viaje no podía convertirlos en mejores ladrones, y, cualesquiera que fueran las dudas que tuviera, no interfería más.

Desde las estribaciones del Mluna descendieron a los bancos de nubes, y de éstos a la selva, cuyas bestias autóctonas, como tan bien sabían los tres ladrones, comían todo tipo de carne ya fuera de pez o de humano. Allí cada uno de los ladrones sacó un dios de su bolsillo y suplicó protección en el infortunado bosque, esperando tener así una triple posibilidad de escapar de semejante lugar, ya que si uno de ellos era devorado seguramente lo serían los otros dos, mas confiaban en que también fuera cierto el corolario, y todos podrían escapar si uno de ellos lo conseguía. 

Ninguno de los tres supo si alguno de esos dioses fue propicio y actuó, o si lo fueron los tres, o si fue la casualidad la que les salvó de ser devorados en la selva por bestias odiosas; mas desde luego, ni los emisarios del dios que más temían, ni la ira del dios local de aquel ominoso lugar, ocasionaron la inmediata perdición de los tres aventureros.

Así que llegaron al Brezal Retumbante, en el corazón de la Tierra Incierta, cuyos borrascosos altozanos se debían a la ondulación del terreno y a la erosión del terremoto, en calma durante algún tiempo.

Algo tan enorme que parecía increíble que se pudiera mover tan despacio avanzaba majestuosamente a su lado, y lograron pasar tan desapercibidos que una palabra resonó en la imaginación de los tres: "Si... si... si...". Y cuando este peligro al fin pasó, siguieron de nuevo su camino cautelosamente y pronto vieron al pequeño e inofensivo mipt, medio elfo mitad gnomo, profiriendo estridentes y alegres chillidos en los confines del mundo. 

Y se alejaron poco a poco para no ser vistos, pues decían que la curiosidad del mipt había llegado a ser fabulosa y que, aunque inofensivo, le disgustaban los secretos. No obstante, probablemente les repugnaba la forma en que el mipt hozaba los huesos de los muertos, aunque no reconocieran su aversión, ya que no es propio de aventureros preocuparse por quién roerá sus huesos.

Sea como fuere, se alejaron del mipt y casi al mismo tiempo llegaron al árbol marchito, meta de su aventura, sabiendo que junto a ellos se encontraba la grieta en el Mundo y el puente entre lo Malo y lo Peor, y que debajo de ellos se levantaba la casa del Dueño de la Caja.

Éste era su sencillo plan: introducirse en el pasadizo del precipicio superior; bajar corriendo por él en silencio (por supuesto descalzos), teniendo en cuenta la advertencia a los viajeros grabada en la piedra, que los intérpretes toman por "Es Mejor No..."; no tocar las bayas que por algún motivo están allí, en el flanco derecho según se desciende; llegar de esa manera hasta el guardián que ha estado dormido en su pedestal durante mil años y todavía duerme; y, por fin, entrar por la ventana abierta. 

Uno debía esperar fuera junto a la grieta en el Mundo hasta que los otros dos salieran con la caja dorada y, si estos pedían ayuda, aquél debía amenazar inmediatamente con soltar la grapa de acero que sujeta la grieta. Cuando obtuvieran la caja deberían correr toda la noche y el día siguiente hasta que los bancos de nubes que cubren las laderas del Mluna se interpusieran completamente entre ellos y el Dueño de la Caja.

La puerta del precipicio estaba abierta. Dirigidos hasta el final por Slith, descendieron los fríos peldaños. Cada uno de ellos lanzó una impaciente mirada a las hermosas bayas. El guardián seguía durmiendo en su pedestal. Slorg subió por una escala, que Slith sabía dónde encontrar, hasta la grapa de acero del otro lado de la grieta en el Mundo, y aguardó junto a ella con un escoplo en la mano, permaneciendo atento a cualquier adversidad. 

Mientras tanto, sus amigos se introdujeron en la casa, sin que se oyera ningún ruido. Slith y Sippy pronto encontraron la caja dorada: todo parecía suceder como ellos lo habían planeado; solamente quedaba por comprobar si era la que buscaban y ver la forma de escapar con ella de aquel espantoso lugar. 

Al abrigo del pedestal, tan próximos al guardián que podían sentir su calor, que paradójicamente helaba la sangre de los más intrépidos, rompieron el cierre de esmeraldas y abrieron la caja dorada; y allí, a la luz de ingeniosos destellos que Slith sabía cómo conseguir, inspeccionaron el contenido, procurando tapar con sus cuerpos tan escasa luz. 

Cuál no sería su alegría, incluso en aquellos peligrosos momentos, cuando descubrieron, mientras acechaban entre el guardián y el abismo, que la caja contenía quince odas sin par en verso alcaico, cinco sonetos, con mucho los más hermosos del mundo, nueve baladas al estilo provenzal que no tenían parangón en todo el florilegio de la humanidad, un poema dedicado a una polilla en veintiocho estrofas perfectas, una muestra en verso libre de unas cien líneas de un nivel que no consta que el hombre haya alcanzado todavía, así como quince poemas líricos a los que ningún mercader se atrevería a poner precio. 

De buena gana habrían vuelto a leer estos tesoros, ya que hacían saltar las lágrimas y traían recuerdos de cosas agradables de nuestra infancia y melodiosas voces de lejanos sepulcros; mas Slith señaló imperiosamente el camino por el que habían venido. La luz se extinguió y Slorg y Sippy suspiraron y luego cogieron la caja.

El guardián dormía todavía su sueño milenario.

Cuando salieron vieron aquella indulgente silla junto a los confines del Mundo en la que el Dueño de la Caja se había sentado últimamente para leer interesadamente y en solitario los más hermosos versos y canciones que jamás soñara poeta alguno.

Llegaron en silencio al pie de las escaleras; entonces aconteció que, al acercarse a un sitio seguro, en la hora más secreta de la noche, una mano encendió una escandalosa luz en una cámara alta sin hacer ningún ruido.

Al principio parecía tratarse de una luz corriente, aunque fatal en un momento como éste; mas cuando empezó a seguirles como un detective y a enrojecer cada vez más mientras les vigilaba, entonces desapareció su optimismo.

Muy imprudentemente, Sippy intentó huir, y Slorg, con similar imprudencia, trató de esconderse. Mas Slith, sabiendo muy bien por qué habían encendido una luz en aquella cámara secreta y quién la había encendido, saltó por encima de los confines del Mundo y todavía está cayendo a través de la negrura sin reverberación del abismo.

El poder de los nombres - Úrsula K. Le Guin

El señor Bajocolina salió de debajo de su colina, sonriendo y respirando con dificultad. Cada resoplido salía disparado por las ventanas de su nariz como una doble bocanada de vapor, blanca nieve bajo el sol matinal. El señor Bajocolina contempló el cielo brillante de diciembre y sonrió más ampliamente que nunca,
mostrando unos dientes blancos como la nieve. Luego se dirigió al pueblo.
—Día, señor Bajocolina —le decían los aldeanos cuando se cruzaban con él por la calle angosta, entre casas de tejados cónicos y sobresalientes como los sombreretes rojos y gruesos de las setas venenosas.
—¡Día, día! —respondía él a todos. (Por supuesto que desear a cualquiera un buen día traía mala suerte; en un lugar tan afectado por Influencias como Sattins Island, donde un adjetivo descuidado puede cambiar el tiempo por una semana, era suficiente con decir sólo el momento del día.) 
Todos le hablaban, algunos con cariño, otros con cariñoso desdén. Era todo lo que la pequeña isla poseía a modo de mago, y por lo tanto merecía respeto..., ¿pero cómo se podía respetar a un hombrecillo regordete y cincuentón que se tambaleaba con los pies hacia adentro, sonriendo y exhalando vapor? En el trabajo tampoco era gran cosa. Se esmeraba medianamente en los fuegos artificiales, pero sus elixires eran ineficaces con frecuencia.
Las verrugas que hechizaba reaparecían a los tres días; los tomates que encantaba no llegaban a ser más grandes que los melones; y durante los contados días en que alguna nave extraña se detenía en el puerto de Sattins, el señor Bajocolina permanecía siempre debajo de su colina; por temor, explicaba, al mal de ojo.
En otras palabras, era un mago por la misma razón por la que el zarco Gan era un carpintero: por negligencia. Por esta generación los aldeanos se las apañaban con puertas mal colocadas y hechizos inútiles, y descargaban su irritación tratando al señor Bajocolina con bastante familiaridad, como un simple aldeano más. Hasta lo invitaban a cenar. Una vez él invitó a cenar a algunos de ellos, y sirvió una colación espléndida, con plata, cristal, albaricoque, ganso asado, un chispeante Andrades 639, y budín inglés con salsa fermentada; pero estuvo tan nervioso que quitó toda alegría a la comida, y además, todos volvieron a estar hambrientos media hora después. No le gustaba que nadie visitara su cueva, ni siquiera la antecámara, más allá de la cual en realidad no había llegado nadie. Cuando veía que se acercaba gente a la colina, salía trotando a recibirla. «¡Sentémonos aquí, bajo los pinos!», decía sonriendo y señalando hacia el bosquecillo de abetos; o si llovía: «Vayamos a tomar un trago a la taberna, ¿eh?», aunque todos sabían que él no bebía nada más fuerte que agua de pozo.
Algunos de los niños de la aldea, tentados por aquella cueva, curioseaban y escudriñaban y hacían incursiones cuando el señor Bajocolina salía; pero la puertecilla que conducía a la habitación interior estaba cerrada por medio de un encantamiento, y al parecer, por una vez, se trataba de un encantamiento eficaz.
Una vez que dos niños creían que el hechicero se encontraba en la Costa Oeste curando el burro enfermo de la señora Ruuna, llevaron allí una palanca y un hacha, pero al primer golpe surgió del interior un rugido de ira y una nube de vapor purpúreo. El señor Bajocolina había regresado temprano. Los niños huyeron. Él no salió, y los niños no sufrieron ningún daño, aunque dijeron que de no escucharlo, nadie podría creer que aquel hombrecillo regordete produjera ese horrible y enorme grito-bramido-aullido-silbido.
Aquel día tenía que comprar en el pueblo tres docenas de huevos frescos y cuatrocientos gramos de hígado; también debía pasar por la casita de Fogeno, el capitán, a renovar el hechizo de los ojos del anciano (bastante inútil aplicado a un caso de desprendimiento de retina, pero el señor Bajocolina continuaba intentándolo), y por último se detendría a charlar con la vieja Goody Guld, la viuda del fabricante de concertinas. La mayoría de los amigos del señor Bajocolina eran ancianos. Los hombres jóvenes y fuertes de la aldea le producían timidez, y las muchachas le tenían vergüenza.
—Me pone nerviosa, sonríe tanto... —decían haciendo mohines, retorciendo rizos sedosos alrededor de un dedo.
«Nerviosa» era una palabra de última moda, y todas las madres respondían adustas:
—Nerviosa un cuerno, lo que sois es tontas. ¡El señor Bajocolina es un hechicero muy respetable!
Después de despedirse de Goody Guld, el señor Bajocolina pasó por la escuela, que ese día se reunía fuera, en el baldío. Dado que no había nadie alfabetizado en Sattins Island, no existían libros en los cuales aprender a leer ni pupitres en los que grabar iniciales ni pizarras que borrar, y de hecho no existía un edificio escolar. En los días lluviosos los niños se reunían en el desván del Granero Común, y se ensuciaban los pantalones con heno; en días de sol, la maestra, Palani, los llevaba a donde tuviera ganas. Hoy, rodeada por treinta niños atentos menores de doce años y cuarenta ovejas distraídas menores de cinco, estaba enseñando un punto importante en el plan de estudios: las Reglas de los Nombres. El señor Bajocolina, sonriendo con timidez, se detuvo a mirar y escuchar. Palani, una muchacha rolliza y bonita de veinte años, hacía un cuadro encantador allí, bajo el sol invernal, con niños y ovejas a su alrededor, un roble sin hojas sobre la cabeza y las dunas y el mar y el cielo pálido y transparente detrás. Hablaba con seriedad, con el rostro enrojecido por el viento y las palabras.
—Ya habéis aprendido las Reglas de los Nombres, niños. Son dos, y son las mismas en todas las islas del mundo. ¿Cuál es una de ellas?
—No es buena educación preguntarle a nadie cuál es su nombre —gritó un niño gordo y veloz, que fue interrumpido por una niña pequeña que chillaba:
—¡Nunca podrás decir tu propio nombre a nadie, dice mi mamá!
—Sí, Suba. Sí, querida Popi, no chilles. Tenéis razón. Nunca preguntaréis a nadie su nombre. Nunca diréis el vuestro. Ahora pensad en ello un minuto y decidme por qué llamamos a nuestro hechicero señor Bajocolina —sonrió al señor Bajocolina por encima de las cabezas ensortijadas y los lomos lanudos, y él se
puso radiante y aferró nervioso su bolsa de huevos.
—¡Porque vive debajo de una colina! —gritó media clase.
—¿Pero es ése su verdadero nombre?
—¡No! —dijo el niño gordo, y el chillido de la pequeña Popi le hizo eco:
—¡No!—¿Cómo sabéis que no lo es?
—Porque llegó aquí solo y entonces no había nadie que supiera su verdadero nombre y por eso no nos lo podían decir, y él no podía...
—Muy bien, Suba. Popi, no grites. Tienes razón. Ni siquiera un mago puede decir su verdadero nombre. Cuando vosotros, los niños, hayáis dejado la escuela y estéis atravesando el Pasaje, dejaréis atrás vuestros nombres de niños y conservaréis solamente vuestros nombres verdaderos, los que nunca deberéis preguntar ni entregar. ¿Por qué existe esta regla?
Los niños permanecieron en silencio. Las ovejas balaron con dulzura. El señor Bajocolina contestó la pregunta:
—Porque el nombre es la cosa —dijo con voz suave, tímida, ronca—, y el verdadero nombre es la verdadera cosa. Conocer el nombre significa controlar la cosa. ¿No es así, señorita maestra?
Ella le sonrió e hizo una reverencia, evidentemente un poco desconcertada por su intervención. Y él se fue a su colina al trote, aferrando los huevos contra el pecho. Por alguna razón, el momento que había pasado contemplando a Palani y a los niños le había abierto el apetito. Al pasar, cerró la puerta interior con un encantamiento apresurado; debió de haber dejado uno o dos escapes en el hechizo pues la antecámara vacía pronto estuvo llena del olor de los huevos fritos y el hígado tostado.
Ese día el viento era fresco y ligero y venía del oeste. Al mediodía había traído un pequeño bote que llegó al puerto de Sattins peinando las olas brillantes. Cuando irrumpió en el horizonte, un chico de vista aguda lo notó y, conocedor como todos los niños de cada vela y cada mástil de los cuarenta botes de la flota pesquera, corrió por la calle gritando: «¡Un barco extranjero, un barco extranjero!». La solitaria isla muy rara vez era visitada por algún barco de otra isla igualmente solitaria de la Bordada Este, o por un mercader aventurero del Archipiélago. Cuando el barco llegó al embarcadero, media aldea ya estaba allí para saludarlo, y los pescadores se sumaron luego desde sus hogares, y manadas de vacas y buscadores de almejas y cazadores de hierbas jadeaban por las rocosas colinas en dirección al puerto.
Pero la puerta del señor Bajocolina permaneció cerrada.
Solamente había un hombre a bordo del barco. Cuando se lo contaron al anciano capitán Fogeno, un cardumen de cejas blancas descendió hasta sus ojos sin vista.
—Hay una sola clase de hombres que naveguen a solas por la Bordada Externa. Un brujo, un hechicero o un Mago...
Así que los aldeanos quedaron sin aliento ante la posibilidad de ver por una vez en sus vidas a un Mago, uno de los poderosos Magos Blancos de las islas interiores del Archipiélago, ricas, pobladas, llenas de torres. Se decepcionaron, pues el viajero era bastante joven, un sujeto guapo, de barba negra, que los
saludó alegremente desde su barco y saltó a tierra como cualquier marinero que llega contento a puerto. Se presentó de inmediato como un buhonero de mar. Pero cuando le contaron al capitán Fogeno que llevaba consigo un bastón de roble, el anciano movió la cabeza y dijo:—¡Malo! Dos hechiceros en una aldea... —su boca se cerró con un chasquido.
Como el extranjero no podía decir su nombre, inmediatamente le dieron uno: Barbanegra. Y le prestaron mucha atención. Tenía un pequeño y revuelto hato de ropas y sandalias y plumas de piswi para adornar capas e incienso barato y piedras ligeras y delicadas hierbas y grandes cuentas de cristal de Venway..., el lote habitual de un buhonero. Todo Sattins Island fue a mirar, a charlar con él, y quizás a comprar algo.
—¡Imposible de olvidar! —cacareaba Goody Guld, quien al igual que todas las mujeres y todas las muchachas de la aldea, estaba conmovida por la audaz hermosura de Barbanegra. Los chicos también le rondaban, para que les contara sus viajes a lejanas y extrañas islas de la Bordada o les describiera las grandes y ricas islas del Archipiélago, las Rutas Internas, los fondeaderos blancos de naves, y los tejados dorados de Havnor. Los hombres escuchaban sus relatos con gusto, pero algunos de ellos se preguntaban por qué un mercader viajaría solo, y contemplaban pensativamente su vara de roble.
Durante todo este tiempo el señor Bajocolina permaneció debajo de su colina.
—Es la primera isla sin mago que veo —dijo un día Barbanegra a Goody Guld, que en la ocasión había invitado a su sobrino y a Palani a tomar una taza de té de junco con el viajero—. ¿Qué hacéis cuando os duele un diente o una vaca se seca?
—Bueno..., ¡sí tenemos al señor Bajocolina! —dijo la anciana.
—Para lo que sirve... —murmuró Birt, el joven sobrino de Goody Guld, y luego se ruborizó hasta el color púrpura y se le derramó el té; estaba enamorado de la maestra de escuela, pero lo más que había hecho hasta ese momento para demostrarle su amor había sido regalar canastas de caballas frescas a la cocinera de su padre.
—Oh, ¿tenéis un hechicero? —preguntó Barbanegra—. ¿Es invisible?
—No, solamente muy tímido —dijo Palani—. Apenas lleva una semana aquí, ¿no?, y vemos tan pocos extranjeros... —también se ruborizó un poco, pero no derramó su té.
Barbanegra le sonrió.
—Es un buen sattinsano entonces, ¿verdad?
—No —dijo Goody Guld—, no mejor que tú. ¿Más té, sobrino? Manténlo en la taza esta vez... No, mi querido; llegó en un pequeño barco..., ¿hace cuatro años? Fue un día después que concluyó la arribada del sábalo porque estaba recogiendo las redes en la Ensenada Este, y Pondi Cowherd se rompió la pierna aquella misma mañana..., hará cinco años. No, cuatro. No, son cinco, fue el año en que el ajo no se dio.
Entonces llega navegando en una pequeña chalupa cargada hasta el tope de grandes cofres y cajas y le dice al capitán Fogeno, que entonces no estaba ciego, aunque sabe Dios que estaba tan viejo como para haberse quedado ciego dos veces: «Oigo contar —le dice— que no tienen un brujo o hechicero... ¿No
están deseando uno?». «¡Ya lo creo, si la magia es blanca!» dice el capitán, y antes de decir «pulpo» el señor Bajocolina se había instalado debajo de la colina y estaba hechizando la sarna del gato de Goody Beltow. Aunque la piel creció gris, y era un gato naranja. Tenía un aspecto bien raro después de eso.
Murió el invierno pasado, durante el encantamiento del frío. Goody Beltow se tomó la muerte de su gato, pobre criatura, peor que cuando su marido se ahogó en las Orillas Largas, el día de la arribada prolongada de los arenques, cuando mi sobrino Birt aquí presente no era más que un bebé en pañales. —El sobrino de
la señora Goody Guld volvió a derramar el té y Barbanegra hizo una mueca, pero la anciana prosiguió sin desfallecer, y habló hasta que cayó la noche.
Al día siguiente, Barbanegra se hallaba en el muelle trabajando en la tabla arrancada de su barco, a cuya reparación parecía dedicarle mucho tiempo, y como de costumbre, hacía hablar a los taciturnos sattinsanos.
—¿Cuál de estas naves es la de vuestro hechicero? ¿O tiene una de esas que los Magos pliegan dentro de cáscaras de nuez cuando no las usan?
—No —dijo un imperturbable pescador—. Está allá arriba en su cueva, debajo de la colina.
—¿Llevó hasta su cueva el barco que lo trajo?
—Sí. Hasta arriba del todo. Yo lo ayudé. Llena hasta el tope de grandes cajas llenas hasta el tope de libros con encantamientos, dice él. Era pesada como el plomo. —Y el imperturbable pescador le volvió la espalda, suspirando imperturbablemente. El sobrino de Goody Guld, que arreglaba una red allí cerca,
levantó la vista de su trabajo y preguntó con igual imperturbabilidad—: ¿Verdad que te gustaría conocer al señor Bajocolina?
Barbanegra le devolvió la mirada. Por un momento, unos ojos negros y listos se encontraron con unos ojos azules e inocentes; luego Barbanegra sonrió y dijo:
—Sí. ¿Me llevarás a la colina, Birt?
—Sí, cuando haya terminado con esto —dijo el pescador. Y cuando hubo terminado de remendar la red, él y el del Archipiélago partieron por la calle de la aldea hacia la alta colina verde. Pero mientras cruzaban el baldío, Barbanegra le dijo:
—Espera un momento, amigo Birt. Tengo una historia para contarte antes que visitemos a tu hechicero.
—Cuéntala —dijo Birt, sentándose bajo la sombra de una encina perenne.
—Es una historia que empezó hace cien años, y que todavía no ha terminado... Aunque pronto terminará, muy pronto... En el mismo corazón del Archipiélago, donde las islas se apiñan densas como moscas en la miel, hay una pequeña ínsula llamada Pendor. Los señores de Pendor eran hombres poderosos en los viejos días de guerra anteriores a la Liga. Botines y rescates y tributos diluviaban sobre Pendor, y allí se reunió un gran tesoro, hace mucho tiempo. En aquel entonces, de algún lejano lugar en la Bordada Oeste, donde los dragones se crían en las islas de lava, llegó un dragón muy poderoso. No era uno de esos lagartos hiperdesarrollados que la mayoría de vosotros los habitantes de la Bordada Externa llamáis dragones, sino un monstruo grande, negro, alado, sabio, astuto, lleno de fuerza y artificios, y que como todos los dragones, amaba el oro y las piedras preciosas por sobre todas las cosas. Mató al Señor del Mar y a sus soldados, y los habitantes de Pendor huyeron de noche en sus naves. Huyeron todos, y dejaron al dragón enroscado dentro de las Torres de Pendor. Y allí permaneció durante cien años, arrastrando su barriga escamosa sobre esmeraldas y zafiros y monedas de oro, apareciendo solamente una vez cada uno o dos años, cuando debía comer. Invadía islas cercanas en busca de alimento. ¿Sabes lo que comen los dragones?
Birt cabeceó y dijo en un susurro:
—Doncellas.
—Así es —dijo Barbanegra—. Bueno, esto no se podía soportar eternamente, ni tampoco el saber que estaba sentado sobre todo ese tesoro. Así que cuando la Liga se fortaleció, y el Archipiélago no estuvo tan preocupado por guerras y piratería, se decidió atacar Pendor, expulsar al dragón y recuperar el oro y las
joyas para el tesoro de la Liga. Ellos siempre están deseando dinero. Por lo tanto se reunió una enorme flota de cincuenta islas, y en las proas de las siete naves más fuertes colocaron siete Magos, y navegaron hacia Pendor... Llegaron. Desembarcaron. Nada se movió. Todas las casas estaban vacías, los platos
sobre las mesas llenos del polvo de cien años. Los huesos del viejo Señor del Mar y de sus hombres yacían en los patios del castillo y en las escaleras. Y las habitaciones de la torre apestaban a dragón. Pero no había ningún dragón. Tampoco ningún tesoro, ni un diamante del tamaño de una semilla de amapola, ni una simple cuenta de plata... Al saber que no habría podido resistirse a siete Magos, el dragón se había ido. Lo rastrearon, y descubrieron que había volado a una isla desierta en el norte llamada Udrath; le siguieron la pista hasta allí, ¿y qué encontraron? Huesos de nuevo. Sus huesos, los del dragón. Pero ningún tesoro. Un hechicero, algún hechicero desconocido de otro lugar, debió de haberlo encontrado indefenso y lo derrotó... Y después se fue con el tesoro, ¡delante de las mismas narices de la Liga!
El pescador escuchaba, atento e inexpresivo.
—Por supuesto que habrá sido un hechicero poderoso e inteligente para primero matar al dragón, y segundo escaparse sin dejar rastro. Los Señores y Magos del Archipiélago no pudieron seguirle el rastro en absoluto... Ni sospechas siquiera de dónde había venido o hacia dónde había ido. Estuvieron a punto de abandonar. Esto sucedió la primavera pasada; yo había estado ausente, viajando por la Bordada Norte durante tres años, y regresé en aquellos días. Y me pidieron que les ayudara a encontrar al hechicero desconocido. Esto fue un rasgo de inteligencia de parte de ellos. Porque no soy solamente un hechicero yo mismo, como creo que lo adivinaron algunos de los zoquetes de aquí, sino que soy un descendiente de los Señores de Pendor. Ese tesoro es mío. Es mío, y sabe que es mío. Esos idiotas de la Liga no pudieron encontrarlo porque no es de ellos. Pertenece a la casa de Pendor, y la gran esmeralda, la estrella del tesoro, Inalkil la Piedraverde, conoce a su dueño. ¡Observa! —Barbanegra levantó su bastón de roble y gritó—: ¡Inalkil! —La punta de la vara empezó a brillar, verde, un encendido resplandor verde, una niebla deslumbrante del color de la hierba de abril, y al mismo tiempo la vara se inclinó en la mano del hechicero hasta señalar en línea recta el costado de la colina que se levantaba sobre sus cabezas.
—En el lejano Havnor el resplandor no era tan potente —murmuró Barbanegra—, pero la varilla señalaba en la dirección correcta. Inalkil respondió cuando la llamé. La joya conoce a su dueño. Y yo conozco al ladrón, y lo someteré. Es un hechicero agraciado, que pudo con un dragón. Pero yo soy más poderoso. ¿Quieres saber por qué, zoquete? ¡Porque conozco su nombre!
A medida que el tono de Barbanegra se hacía más arrogante, el rostro de Birt aparecía más y más obtuso, más y más inexpresivo; pero al oír decir a Barbanegra que conocía el verdadero nombre del señor Bajocolina, se sacudió, cerró la boca y contempló al del Archipiélago.—¿Cómo... lo aprendiste? —dijo muy lentamente.
Barbanegra hizo una mueca y no le contestó.
—¿Magia negra? —insistió Birt.
—¿Cómo, si no...?
Birt palideció y no dijo nada.
—¡Soy el Señor del Mar de Pendor, zoquete, y poseeré el oro que mis padres ganaron, y las joyas que mis madres usaron, y la Piedraverde! Porque son míos. Bueno, ahora podrás contar toda la historia a tus gaznápiros de aldea, una vez derrotado ese hechicero y que yo me haya ido. Espera aquí. O puedes venir y
mirar, si no tienes miedo. Nunca volverás a tener la oportunidad de observar a un hechicero en todo su poder. —Barbanegra se volvió, y sin mirar atrás subió a grandes trancos la colina, hacia la entrada de la cueva.
Muy lentamente, Birt lo siguió. Se detuvo a una buena distancia, se sentó bajo un espino y miró. El del Archipiélago se había detenido; era una figura oscura y envarada, sola en la verde ondulación de la colina, de pie y absolutamente inmóvil ante la boca bostezante de la caverna. Repentinamente movió el bastón
sobre su cabeza; el resplandor esmeralda invadió el ámbito mientras gritaba:
—¡Ladrón, ladrón del Tesoro de Pendor, sal a la vista!
Se oyó un estruendo como de loza rota dentro de la cueva, de la que salió despedida una cantidad de polvo. Asustado, Birt se agachó. Cuando volvió a mirar, vio a Barbanegra aún inmóvil, y en la boca de la cueva, polvoriento y desgreñado, estaba el señor Bajocolina. Parecía pequeño y enternecedor, con los pies torcidos hacia adentro como de costumbre, y con las piernecillas arqueadas cubiertas por calzas negras, y sin varilla..., nunca había tenido una, reparó Birt. El señor Bajocolina preguntó con su vocecilla ronca:
—¿Quién es usted?
—Soy el Señor del Mar de Pendor, ladrón, y he venido a reclamar mi tesoro.
Ante esto, el señor Bajocolina se fue poniendo rosado lentamente, como sucedía siempre que la gente era grosera con él. Se puso amarillo, el cabello se convirtió en cerdas, emitió un rugido parecido a una tos, y se convirtió en un león amarillo que saltó por la colina hacia Barbanegra, los colmillos blancos destellando.
Pero Barbanegra se había esfumado. Un tigre gigantesco, del color de la noche y el relámpago, brincaba al encuentro del león... que había desaparecido. De pronto, bajo la cueva se alzaba un bosquecillo alto, negro bajo el sol invernal. El tigre, conteniéndose en pleno salto justo antes de caer bajo la sombra de los
árboles, se encendió en el aire, transformado en una lengua de fuego que azotaba las ramas secas y negras.
Pero donde se habían alzado los árboles, una repentina catarata empezó a caer desde la ladera de la colina, un arco de agua plateada y estruendosa que tronaba sobre el fuego. Sobre el sitio ocupado antes por el fuego... que había desaparecido.Por un instante, ante los ojos fijos del pescador se levantaban dos colinas: la verde que ya conocía y una nueva, una loma parda y pelada, lista para beberse la torrencial catarata. Esto sucedió con tanta rapidez que Birt parpadeó, y después de parpadear parpadeó de nuevo pues lo que estaba viendo era mucho peor. Allí donde había estado la catarata revoloteaba un dragón. Alas negras oscurecían toda la colina, garras de acero se extendían, tanteando, y de los labios oscuros, escamosos, entreabiertos, brotaba fuego y vapor.
Debajo de la criatura monstruosa, Barbanegra se reía.
—¡Toma cualquier forma que te guste, pequeño señor Bajocolina! —se burló—. Puedo enfrentarte.
Pero el juego se vuelve aburrido. Quiero contemplar mi tesoro, Inalkil. Ahora, gran dragón, pequeño hechicero, recobra tu forma real. ¡Te lo ordeno por el poder de tu verdadero nombre: Yevaud!
Birt estaba petrificado, ni siquiera podía parpadear. Se agachó, indeciso entre hacerlo o no; veía al dragón suspendido en el aire sobre Barbanegra, el fuego que llameaba a la manera de muchas lenguas desde la boca escamosa, el humo que salía en chorros de las rojas ventanas de la nariz. Vio cómo el rostro
de Barbanegra se volvía blanco como la tiza, y cómo le temblaban los labios orlados de barba.
—¡Tu nombre es Yevaud!
—Sí —dijo un vozarrón ronco y silbante—. Mi verdadero nombre es Yevaud, y mi verdadera forma es esta.
—Pero el dragón había muerto... Encontraron sus huesos en la isla de Udrath.
—Ése era otro dragón —intervino el dragón, y luego caló como un halcón, con las garras extendidas.
Birt cerró los ojos. Cuando los abrió, el cielo estaba despejado, la colina vacía, excepto una mancha pisoteada de color negro rojizo, y unas pocas huellas de garras en la hierba.
Birt el pescador se puso en pie y corrió. Atravesó el baldío a la carrera, dispersando las ovejas a izquierda y derecha, y bajó por la calle de la aldea hasta la casa del padre de Palani. La joven estaba en el jardín desmalezando las capuchinas.
—¡Ven conmigo! —jadeó Birt; ella lo miró fijamente, él la aferró de la muñeca y la arrastró consigo. Palani chilló un poco, pero no se resistió.
Ambos corrieron recto hacia el muelle; Birt empujó a Palani dentro del Queenie, la chalupa pesquera. El muchacho desató las amarras, asió los remos y partió, remando como un demonio. Lo último que Sattins Island vio de él y de Palani fue la vela del Queenie desvaneciéndose en dirección de la isla más cercana en
el oeste.
Los aldeanos creyeron que nunca dejarían de comentar cómo Birt, el sobrino de Goody Guld, se había vuelto loco y había escapado en un bote con la maestra el mismo día que el buhonero Barbanegra desapareció sin dejar rastro, abandonando todas sus plumas y cuentas. Pero tres días más tarde dejaron de
comentarlo pues tuvieron otras cosas que comentar, cuando el señor Bajocolina salió por fin de su cueva. El señor Bajocolina había resuelto que ya que su verdadero nombre no era más un secreto, bien podía abandonar su disfraz. Caminar era mucho más difícil que volar, y además hacía mucho, mucho tiempo que no comía una verdadera comida.