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Allanadores - David Morrell

Sonó un trueno sin que vieran el relámpago. Amanda y Vinnie miraban a Balenger, y le escuchaban horrorizados.

—¿Así que ahora también eres un psicólogo populachero además de un soldado fracasado y un policía mediocre? —preguntó la voz.

—Detective.

Era detective. Supongo que todo lo que investigaste acerca de mí no te llevó a saber qué delitos investigué. También puede que lo ignoraras deliberadamente porque no quisieras pensar en tu problema. Delitos sexuales, Ronnie. Investigaba delitos sexuales. Puedo leerte la mente, colega, y es como una cloaca.

Ronnie. Ese nombre tampoco se le iba de la cabeza a Balenger.

—1968 —dijo Balenger al walkie-talkie—. Hay una foto tuya con Carlisle. Tiene la fecha por detrás: 31 de julio de 1968. Un mes después, Iris McKenzie desapareció. Al final de ese año, Carlisle cerró el hotel, despidió a todo el personal y vivió aquí solo. O puede que no estuviera solo. Ronnie. Ronnie. ¿Por qué me suena ese…?

Balenger pasó las páginas del informe policial, página a página; recordaba algo y lo estaba buscando. Ronnie. Entonces encontró la página y el nombre lo miraba a él. Hizo que se estremeciera.

—Ronald Whitaker.

—¡¿Qué?! —preguntó la voz.

—Ronnie. Ronald. Cuatro de julio de 1968. Ronald Whitaker.

—Cállate —dijo la voz.

Sonó otro trueno.

—Eres Ronald Whitaker.

—Cállate. Cállate.

Entre el ruido de la lluvia, Balenger pudo distinguir el sonido de unos golpes que venía de más abajo. No venía de la trampilla. Venía de más abajo. Balenger abrió el cerrojo de la trampilla y levantó la puerta mientras apuntaba con la pistola. Las gafas le permitieron ver las escaleras teñidas de verde.

—¡Cállate! ¡Cállate! —gritó Ronnie.

Mientras continuaban los violentos golpes, Balenger bajó la escalera y miró a través de la agujereada pared hacia la sala de estar devastada de Danata.

Los golpes venían de la puerta cerrada con barricadas y eran lo suficientemente fuertes como para empujar los muebles que estaban apilados contra ella.

—Tu madre murió —dijo Balenger al walkie-talkie—. Tu padre abusaba de ti.

—¡Te haré tanto daño que me suplicarás que te mate! —gritó Ronnie desde el otro lado de la puerta.

Balenger entró en la sala de estar de Danata y apuntó a la puerta. Habló en voz más baja para que Ronnie creyera que todavía estaba en el ático. Siguió hablando al walkie-talkie.

—Entonces tu padre pensó que ganaría unos dólares a tu costa, y te trajo aquí, al Hotel Paragon, para las fiestas del cuatro de julio, y te alquiló a otro pervertido.

—¡No te escucharé!

—El tío intentó sobornarte con una pelota de béisbol, un guante y un bate. No puedo imaginar lo atroz que debió de ser. Después, tu padre volvió a la habitación con el dinero. Estaba borracho. Se quedó dormido. Lo golpeaste veintidós veces con el bate. Ronnie, si yo hubiera estado en tu lugar, lo habría golpeado cincuenta veces. Cien. No puedo expresar lo mucho que lamento lo que le pasó a ese niño. Me enfurece enormemente pensar en lo que le hicieron. Se me parte el corazón al pensar en la infancia que él no pudo disfrutar.

La lluvia azotaba el edificio. Un trueno hizo que se tambalearan las paredes.

—Sin embargo, odio todo en lo que se convirtió ese niño después, Ronnie.

—¡Me llamo Walter Harrigan!

Balenger disparó hacia la voz. Una vez. Dos. Sus balas atravesaron la madera del centro de la puerta.

Cambió de posición inmediatamente, solo un instante antes de que parte de la pared rugiera y se partiera a causa de dos disparos y los perdigones se dispersaran hacia el ruido de su pistola.

Uno de los perdigones alcanzó a Balenger en el brazo. Balenger hizo caso omiso del dolor y disparó a derecha e izquierda de los agujeros que había en la pared. Cambió de dirección y se dirigió hacia la escalera mientras el rugido de dos disparos más hacía otros dos agujeros en la pared.

A lo lejos, a través de los agujeros de la pared, Balenger pudo oír que Ronnie recargaba su escopeta en la oscuridad.

«¡Maldita sea! ¡He dejado que me engañara! ¡Ha hecho que gaste munición! ¡Solo me quedan cinco disparos más!».

Sonó más ruido en su walkie-talkie.

«¡Ronnie está apuntando hacia el sonido!», se percató Balenger. Mientras sonaba la estática en el walkie-talkie de nuevo, subió por las escaleras. Dos nuevos disparos lanzaron perdigones contra los peldaños de la escalera que él ya había subido.

—No veo la luz de tu casco por los agujeros —dijo la voz desde el walkie-talkie de Balenger—. Ahora lo entiendo. Mientras tus amigos me entretenían, tú bajaste las escaleras y llegaste hasta los cuerpos. Cogiste sus gafas de visión nocturna.

Balenger se preparó para lo peor cuando se encontró delante de la trampilla. Ronnie no podía dispararle allí.

—Encontré los explosivos que metiste debajo de los cuerpos —le dijo Balenger al walkie-talkie.

—Bueno, hay uno que no encontraste —dijo la voz.

Un enorme ruido sordo sacudió el edificio. Por un momento, Balenger pensó que se trataba de otro trueno. Pero, cuando se tambalearon las paredes, se hizo evidente que el edificio retumbaba desde el interior. Balenger tuvo que sujetarse al borde de la puerta de la trampilla para mantenerse en pie. La onda expansiva le golpeó los oídos.

Amanda gritó desde más arriba.

—¡Aquí! ¡En la sala de vigilancia!

Balenger subió a toda velocidad por la trampilla. Corrió hacia la sala de vigilancia y abrió la trampilla de esa habitación. El humo le hizo toser. Cuando se despejó, las gafas de visión nocturna le permitieron ver que Ronnie había volado la escalera tres pisos más abajo. Los restos de metal se retorcían y balanceaban. Mucho más abajo había llamas.

Balenger cogió el walkie-talkie.

—Si te refieres a la caja de metal que le pusiste a Amanda, ya la encontramos. La tiré por la escalera de la sala de vigilancia. Está empezando un incendio allí ahora.

—De todas formas había pensado quemar este lugar mañana. Las monedas no tenían ningún valor para mí.

El brusco cambio de tema hizo que Balenger se preocupara.

—¿Las monedas?

—Una fortuna, pero no las pude utilizar para pagar los impuestos de este lugar —dijo la voz con amargura—. Fui a distintos anticuarios de numismática de diferentes ciudades. Nunca llevé más de dos monedas cada vez. Nunca llevaba las que no valían nada. Pero hay que vender muchas monedas de setecientos dólares para poder pagar cincuenta mil dólares de impuestos sobre bienes inmuebles. Un día, en Filadelfia, un anticuario al que no conocía le echó un vistazo a lo que le ofrecía y me dijo: «Así que usted es el tipo con los double eagle. Los otros anticuarios no paran de hablar de usted». Y esa fue la última moneda que me atreví a vender.

«¿Por qué estará hablando tanto?», se preguntó Balenger. «Está intentando entretenerme y hacer tiempo. ¿Qué se propone?».

De repente, Balenger se acordó de lo que le había dicho a Ronnie unos minutos antes: «La tiré por la escalera de la sala de vigilancia. Está empezando un incendio allí abajo». ¡Dios mío! Le he dicho dónde me encuentro.

Balenger se alejó corriendo de la trampilla y se dirigió hacia el dormitorio. Algo exploded detrás de él, pero esta vez no hubo metralla. Lo que la explosión provocó fue un fogonazo de calor que llenó la sala de vigilancia.

«El detonador que había al lado de la trampilla», pensó Balenger. Ronnie lo ha activado a distancia. El humo creció.

Amanda y Vinnie corrieron delante de él. Pero la dirección que tomó Vinnie dejó muy claro que no sabía qué había causado la explosión.

—¡Vinnie, aléjate de…!

En el dormitorio, Vinnie se detuvo y se dio la vuelta.

—¡La trampilla! —gritó Balenger—. ¡Aléjate de…!

Aturdido, Vinnie miró hacia abajo, donde se encontraba.

La trampilla.

El detonador.

La explosión fue pequeña, pero ensordecedora. Hizo que una ráfaga subiera por las piernas de Vinnie. Tenía los vaqueros en llamas. Gritó y cayó al suelo mientras intentaba apagar el fuego a manotazos.

Balenger cogió la colcha de la cama y se la puso en las piernas, en un intento desesperado por apagar las llamas. Vinnie seguía gritando.

Sucesivamente, y con gran rapidez, varios detonadores hicieron explosión por todo el ático. Balenger vio las explosiones y las llamas en la sala de vigilancia y en la de enfermería.

—¡Un extintor! —gritó Amanda—. ¡La cocina! —Corrió a través de la sala de vigilancia esquivando el fuego.

Balenger cogió un jarrón ornamental de un buró y corrió hacia el baño. Giró un grifo del lavabo, pero no salió agua. «¡La electricidad está desconectada! ¡La bomba no funciona!», recordó. Cogió agua de la taza del váter, corrió a la sala de enfermería y tiró el contenido del jarrón encima de las llamas. Un disparo hizo otro agujero en el suelo, pero para entonces Balenger ya estaba corriendo hacia el cuarto de baño de nuevo. Arrancó la tapa del váter y sacó más agua con el jarrón. Esta vez no llegó a entrar en la sala de enfermería, sino que se quedó en el umbral de la puerta y tiró el agua a las llamas desde allí. El fuego silbó y se redujo. Volvió al váter. Cogió toda el agua que pudo y regresó corriendo a la sala de enfermería. Esta vez las llamas se extinguieron cuando tiró el agua.

«No hay más agua. ¿Cómo voy a…?».

Oyó el sonido de un extintor al pulverizar. Era Amanda, que atacaba a las llamas en otra habitación. Pero ella no estaba en el comedor, donde también crecían las llamas. Agua. Hay que encontrar más agua. Miró hacia el ascensor abierto de la sala de ejercicio. Hizo caso omiso del peligro de que Ronnie disparara sobre él de nuevo y corrió hacia el ascensor, donde cogió las cinco botellas de orina que Ronnie le había devuelto para provocarle.

«Gran equivocación, hijo de puta», pensó Balenger mientras tiraba la orina sobre el fuego. El hedor del amoníaco le produjo arcadas. Echó más orina. El fuego crepitaba. Tiró el contenido de la tercera botella. El de la cuarta. El fuego se redujo al empaparse en la orina. La quinta botella logró apagarlo.

Otro disparo atravesó el suelo. Balenger sintió cómo se le clavaba una astilla en la cara mientras corría. Encontró a Amanda en la biblioteca, donde estaba apagando el fuego con el extintor con auténtica desesperación. Corrió hacia la sala de vigilancia, le echó una nube blanca a las llamas y las apagó también. Pero un instante después ya no había más nube: el extintor se había quedado vacío.

El suelo entró en erupción a causa de otro disparo, pero para entonces Balenger ya había llevado a Amanda al dormitorio. Se agacharon al lado de Vinnie contra la pared exterior. En teoría, ese era el sitio más seguro, encima del salón de Danata, cuya puerta seguía tapada por la barricada. El humo se movía a su alrededor. Los vaqueros carbonizados de Vinnie se le pegaban a las piernas. Tenía la piel ennegrecida y le supuraba líquido. Quemaduras de tercer grado. Balenger había visto muchas en Irak.

—Duele —dijo Vinnie.

Balenger sabía que a Vinnie le iba a doler mucho más cuando sus nervios se recuperaran del shock. Muy pronto estaría agonizando.

—¡Duele! —A pesar del tinte verde de las gafas de visión nocturna de Balenger, la cara de Vinnie tenía un color ceniciento.

—Lo sé —dijo Balenger—. ¿Puedes andar?

—Solo hay una manera de saberlo. —Con un gesto de dolor, Vinnie le hizo una seña a Balenger para que le ayudara a ponerse en pie.

Pero Vinnie tenía las piernas hinchadas. Sus rodillas se negaban a doblarse. El poner peso en ellas le hacía contener la respiración del dolor. Balenger temía que se desmayara.

—Vale. No es buena idea. —Balenger le ayudó a ponerse en el suelo de nuevo.

—Amanda. —A Balenger le sorprendió que todavía sostuviera en su mano el extintor vacío—. Ve a la sala de vigilancia sin hacer ruido y tira el extintor lo más lejos que puedas. A la biblioteca si puedes. Pero espera a que yo llegue a la puerta de la sala de enfermería.

—¿Qué vas a…?

—Ayudarle con el dolor.

Balenger se dirigió hacia la derecha, hacia la sala de enfermería. Las velas que allí había brillaban tenuemente y estaban rodeadas de humo. Asintió hacia Amanda, quien tiró el extintor en dirección contraria, hacia la biblioteca. En cuanto oyó el golpe contra el suelo, que distraería a Ronnie, Balenger entró en la sala de enfermería y metió la mano por el cristal roto de la puerta del armario de las medicinas. Cogió una jeringuilla y un vial de morfina y corrió a toda velocidad al dormitorio, justo antes de que más perdigones atravesaran el suelo.

Se arrodilló junto a Vinnie.

—Te voy a poner lo suficiente como para aminorar el dolor, pero no como para dejarte inconsciente.

Vinnie asintió y se mordió el labio.

—Date prisa y hazlo de una vez.

Balenger le descubrió la muñeca a Vinnie y le puso la inyección.

La cara de Vinnie seguía rígida por el dolor. Muy despacio, el dolor desapareció.

—Sí.


La inquilina - Avram Davidson

Balto, el propietario del barrio, un hombrecito de na­riz larga y peluda con traje gris, contrató a Edgel. Bueno, no de manera fija, pero de vez en cuando Balto le en­cargaba algún trabajo.

Edgel era bastante alto, andaba un poco encorvado y por esto había conseguido una pensión por incapacidad física, que se gastaba en bebi­das que sólo podían sentarle mal. A menudo, cuando tenía el rostro abotargado y rubicundo a causa del licor ingerido, bajaba la vista y allí estaba Balto.

Persuasivamente, Balto le decía que ésa no era vida apropiada para él, que así no tenía futuro, y que debía buscar algo que hacer. Pero Edgel jamás necesitaba ser persuadido, ya que asentía a todo plenamente. Y así se iba a trabajar para Balto como agente cobrador en al­guno de los edificios de los que Balto sacaba grandes sumas de dinero. Y se imaginaba que era un ser respe­table. A menudo, claro, resultaba que en la casa a la que Balto le encargaba ir a cobrar, había un inquilino que, por un motivo u otro, había prometido a Balto sacarle las tripas si osaba presentarse de nuevo. Y tan pronto como cesaba esta amenaza, Balto despedía a Edgel, suspirando. A veces eran los agentes de sanidad y de la propiedad, quienes tenían ganas de atrapar a Balto, pero que se quedaban aturdidos al hallar sólo a Edgel, que era un irresponsable, y por ello no podía ser citado judicialmente. Y cuando no había peligro, Balto con un suspiro... Y así indefinidamente.

Edgel jamás aprendía la lección. Pero, según observaba Balto, nunca estaba peor que antes, ganaba algún dinero, y siempre le queda su pensión.

Una noche, cojeando por una sucia acera y pregun­tándose si debía aventurarse hasta un nuevo bar donde vendían una onza y cuarto de whisky por el precio de una onza, o si debía buscar a cierto taxista que había llegado a un acuerdo con una nueva mujer, Edgel bajó la vista y allí estaba Balto.

–No quiero engañarte, Edgel –le espetó aquél–. Tengo un trabajo para ti y sólo en ti puedo confiar.

Porque era cierto: Edgel era honrado. Sus cuentas a veces no estaban equilibradas, pero él mismo ponía la diferencia. Escrupulosamente.

–Además –continuó Balto ávidamente–, debo con­fesarte que el trabajo no es fijo. En realidad, cuanto mejor lo hagas, antes lo terminarás. Y hay dinero a ga­nar.

Nombró una cifra impresionante.

–¿Crees que me gustan estos negocios sucios? –aña­dió Balto–. Preferiría tener dinero limpio. Lo único que he pedido siempre es una oportunidad. Y ahora la tengo. Y deseo compartirla contigo.

En resumen, seis inquilinos comidos por las ratas de Balto estaban incluidos en un sector que iban a derri­bar a fin de edificar casas nuevas. Las autoridades ya habían condenado los viejos inmuebles en favor de los nuevos constructores. Y éstos ofrecían al contratista una prima para acelerar el desahucio, y el contratista había ofrecido parte de la prima a los propietarios (incluido Balto) para apremiar a los inquilinos, y Balto (gran corazón) anhelaba compartir la prima con Edgel y los inquilinos.

–Y –concluyó–, en realidad (te lo digo en confian­za, Edgel), estoy muy familiarizado con los tipos de esa nueva inmobiliaria. Nosotros, digo ellos, necesitarán personal de confianza, con experiencia y honestidad.

Quien sepa entender que entienda. Yo no digo nada más.

La larga y peluda nariz se proyectó hacia Edgel, de forma significativa.

Al día siguiente, Edgel se encontró con un tal Hallam, que tenía un lobanillo y que trabajaba para una firma de corredores de fincas, entregado a la tarea de buscar pisos para los inquilinos que los necesitaran.

–No saben apreciarlo –se quejó ante Edgel–. De­berían estar agradecidos por abandonar esos agujeros y no es así. Naturalmente –observó, mientras ambos caminaban con rapidez–, los pisos que les damos son también agujeros, pero ¡qué diablos!, al menos es un cambio de escenario.

Pasaron por delante de una tienda donde vendían restos de telas, tejidos tarados y otras cosas por el esti­lo, y un hombrecito moreno que estaba agazapado en el portal como un murciélago colgado del muro se desen­roscó y voló hacia ellos.

–Recuerde que ha de encontrarme un buen piso, ¿se acuerda, eh?

–Sí, sí, claro –le aseguró Hallam–. Claro que sí. Ya puede empezar a empaquetarlo todo. –Se volvió hacia Edgel–: Aceptará lo que le ofrezcamos o tendrá que buscar por su cuenta.

Luego empezaron a subir unas escaleras muy desgas­tadas. A mediodía se hallaban ya en la última casa de la lista de Edgel.

–Con este edificio –comentó Hallam– tenemos bue­na y mala suerte. Buena, porque los inquilinos del piso central aceptaron la prima y se trasladaron adonde les dijimos. Mala suerte por la mujer del piso alto. Ella es nuestro principal problema. Hay otros inquilinos que se niegan a marcharse; tendremos que echarles y esto puede acarrear conflictos. En cambio, esa mujer no ha dicho exactamente que no quiera trasladarse, pero no hace nada por irse. Ah, lo sentiré por todos ellos cuando se vean en la calle.

El pasillo de planta baja donde se habían detenido estaba a obscuras; era húmedo y fétido.

–Estas cosas le hacen sentirse a uno como un cri­minal, total porque temen trasladarse. Han olvidado incluso si en otros tiempos vivieron en otras casas. En realidad, esa señora es una persona agradable, sose­gada.

Algunos inquilinos no eran agradables ni sosegados y Edgel ya había comprendido por qué Balto estaba tan ansioso por repartir la prima.

–No haga caso si ese imbécil de abajo dice algo –le advirtió Hallam–. No es más que un idiota. No lo sien­to por él, puede apostar la vida.

El imbécil de abajo parecía, sonaba y olía como un viejo imbécil. Empezó a maldecir tan pronto como lla­maron; maldijo en inglés, lenguaje singularmente pobre en maldiciones obscenas, por lo que repitió su reperto­rio una y otra vez. Al fin calló. Les miró, con los dimi­nutos ojos bizcos y parpadeantes de su arruinado ros­tro.

–¿Van arriba? –preguntó, suave, tímidamente casi–. Les dejará entrar... si esta de humor... Cuando está de humor, siempre deja entrar a todo el mundo. Y cuando el viejo Larry dice «todo el mundo», sabe lo que signifi­ca. Todo el mundo.

Los peldaños crujieron y casi cedieron. En el piso alto había más luz gracias a la sucia ventana del pasillo. De alguna parte salía un ruido extraño. Hallam llamó. La mujer que contestó a la llamada no salió al pasillo, sino que se quedó en su vestíbulo detrás de la puerta semicerrada, atisbando. Edgel no pudo verla claramen­te, aunque le pareció que era una mujer de aspecto or­dinario.

–Señora Waldeck, éste es el señor Edgel, agente del administrador –silencio–. ¿Está ya lista para el traslado? Si lo hace antes del final del mes próximo, nos­otros podremos ofrecerle un piso...

–No quiero otro piso –declaró ella con voz cortan­te, aunque algo temerosa y débil.

–...Y le concederemos una indemnización. ¿Qué can­tidad, Edgel?

–Tal vez... cien dólares.

–No quiero ninguna indemnización. Ni quiero irme. Llevo viviendo aquí treinta y dos años, estoy enferma y no puedo trasladarme.

–Señora Waldeck, todo esto son tonterías –exclamó Edgel bruscamente–. Podemos venir aquí con un poli­cía y un funcionario mañana mismo y echarla a la calle. Pero no queremos comportarnos de este modo –añadió con más suavidad–. Le buscaremos un piso en una plan­ta baja para que no tenga que molestarse subiendo es­caleras y le daremos la indemnización. Después, como ya sabe, derribaremos este edificio.

La mujer seguía meneando la cabeza.

–Tal vez no lleguen a derribar esta casa –murmuró lastimosamente–. Estoy dispuesta a pagar más alqui­ler. Dos dólares más, ¿eh? Díganles que pagaré más alquiler porque soy una mujer enferma y no puedo ha­cer el traslado, y así no querrán ya derribar esta casa. ¡Porque no puedo trasladarme!

Su voz se elevó a un alarido y dio un portazo. Al cabo de un minuto, los dos descendían por la escalera.

–Podríamos llevar a un individuo con una placa y un papel –sugirió Edgel–, como si fuesen de verdad y ella no notará la diferencia. ¡Una tonta que cree que pueden dejar de derribar una finca por dos dólares de más en el alquiler! Lo mejor será que la llevemos, a ella y sus cosas, a otro piso, y de este modo podremos cobrar la prima.

Hallam asintió, diciendo que tal vez fuese posible si tenían mucho cuidado en que el asunto pareciese real.

–¿No ha oído ese extraño ruido? –preguntó luego.

–¿Como un loro?

–A mí más bien me pareció una rana. –Tal vez críe ranas para alimentar a un loro. Los dos se echaron a reír, y se marcharon a tomar un bocado y una caña de cerveza.

 

Era de noche, bastante tarde, varias semanas des­pués, cuando iba andando cuidadosamente por una ace­ra a obscuras. Se iba aseguando a sí mismo que no... no estaba borracho. Sólo llevaba un poco de alcohol en el cuerpo. El aire le despejaría la cabeza. Pero el aire, en vez de afectar a su cabeza, afectó a sus riñones. 

Edgel se internó en las tinieblas de un callejón. El tap-tap de unos tacones femeninos sobre la agrietada acera le hizo hundirse aún más entre las sombras. Al mismo tiempo, aquel sonido despertó un par de ideas en su ofuscada mente. Unas ideas escabrosas, apremiantes, feas. ¿Qué clase de mujer... sí, qué clase de mujer podía estar merodeando de noche por aquellas callejuelas?

De pronto, ella se detuvo al borde del callejón, a la débil luz del farol. Giró la cara a un lado y a otro como presintiendo una presencia extraña. Llevaba un sombrero de plumas y el vestido, de falda corta, era de buena tela. Relució el carmín de sus labios. Sonrió y arqueó las cejas. Edgel dio un paso adelante. Entonces se aclaró su vista.

Edgel distinguió que el sombrero era una vieja ruina y que el vestido estaba arrugado y desastrado. La car­ne que un segundo antes le había parecido marfileña y apetecible, era sólo bultos de grasa, con surcos y ho­yos, y la piel era amarillenta, llena de arrugas. Llevaba los ojos pintados y los labios no eran más que una lí­nea manchada con carmín grasiento, aplicado con inex­periencia para dar el aspecto de una boca. Los ojos rodaban y parpadeaban, y los pintados labios hacían muecas que eran sólo el recuerdo de sonrisas perdidas en el pasado.

Edgel reconoció a la señora Waldeck. Y se encogió dentro de sus ropas.

Ella divisó a alguien. Con las manos se alisó el ves­tido. Sonrió bobamente. Se alejó con un pronunciado balanceo de caderas y el tap-tap de sus tacones. De pron­to, la quietud reinó en el callejón. Cuando Edgel salió del mismo no había nadie a la vista. Continuó andando y recordó las palabras del viejo Larry: «Cuando está de humor, deja entrar a todo el mundo... A todo el mundo.»

Uno a uno, los inquilinos se fueron trasladando. Ed­gel se detuvo a hablar con el hombrecillo de la tienda, cuya queja de que debían de haberle buscado un sitio mejor acabó por adoptar tonos violentos.

–Oiga –le interpeló Edgel–, ¿quién es esa señora Waldeck? ¿Qué clase de...?

Calló. El hombrecillo estaba gesticulando y su rostro había palidecido intensamente. Se llevó una mano a la bragueta. Hizo una V con dos dedos y miró a su tra­vés; luego levantó el pulgar y cerró los mismos dedos a su alrededor y escupió tres veces con gran vigor. 

Del interior de su ajada camisa sacó un cordón del que colgaban una cruz, un medallón, una diminuta mano de coral con la palma abierta y un cuerno de obsidiana negra. Lo besó todo con fervor y entre ruidosos jadeos. Luego miró a Edgel y acabó abatiendo sus cerúleos pár­pados sobre sus brillantes y medrosos ojos.

–No quiero hablar de ella –musitó–, Nunca hablo de ella. Me trajo las colchas que confeccionó y se las vendí a unos gitanos, nada más. No sé nada más. Por favor, nada más.

Y se escurrió hacia la madriguera de su tienda.

Edgel inició su vigilancia. Dentro de un piso vacío, al otro lado de la calle, arrastró un sillón a la ventana, junto con comida y unas botellas. La mujer tendría que salir por víveres más pronto o más tarde. Y, finalmente, a la hora azul del crepúsculo de la tarde del segundo día de su vigilancia, ella salió. Permaneció largo tiempo en los escalones del portal. Luego, se alejó lentamente. ¡Pero se alejó! Llevaba varias colchas y una cesta para la compra; de modo que estaría fuera bastante tiempo. ¿Cuánto? Bastante. 

Edgel cruzó la calle, entró en la  casa y subió la escalera de puntillas. Tenía que guardar  silencio, aunque ya no quedaba nadie en el edificio que pudiese oírle. (El viejo Larry había sucumbido al atrac­tivo de la prima, y decidió mudarse, con la boca asquerosa y el aliento fétido, a otro repugnante agujero.) Edgel se dijo, mientras hurgaba con las diversas llaves que llevaba a propósito, que tenía derecho a hacer lo que hacía, ya que era agente del propietario. (¡Y maldi­to fuese Balto por obligarle a realizar un trabajo tan sucio!) 

Ella, la inquilina, la ex inquilina en realidad, vivía en aquel piso por benevolencia, que no por dere­cho, ya que no querían cobrarle el alquiler. Y el día del desahucio se aproximaba. Pero su corazón latía con  fuerza, y sabía que lo que estaba haciendo era vil y mal­vado. La llave, por fin, hizo un chasquido y se abrió la puerta.

El cuarto en que entró era deprimente y estaba ates­tado de muebles viejos. Vio algo a un lado y encendió la linterna. El bastidor para hacer colchas y una bolsa llena de guatas de aspecto sucio. Hacía mucho calor y el olor era insoportable. Se movió algo, sonó algo. Es­taba en el rincón opuesto: Un bulto, como un vasto servicio de té, y encima un par de guantes de gruesa piel...

Edgel estuvo parado otro minuto. Luego, quitó la cubierta y otra vez oyó sonidos de algo que se movía, pero la luz de la linterna era muy débil y no acertó a ver nada. De modo que encendió la luz eléctrica y se  enfrentó con lo que parecía una enorme jaula para pájaros.

A la primera ojeada pensó ver un niño en su interior... un niño como los de aquellas odiosas fotografías de los países subdesarrollados del tercer mundo: sólo un vientre prominente, y brazos y piernas como palos; pero al cabo de un instante comprendió que aquello no era un niño. Ni estaba muerto de hambre; se movía rá­pidamente una y otra vez, arrojándose contra los grue­sos alambres, golpeando con sus diminutos puños, y gri­tando y chillando con su vocecita espantosa, medio ala­rido, medio carraspeo... ambos sonidos a la vez.

Abrió los puños y mostró las palmas arrugadas y los dedos nudosos, con uñas amarillas, torcidas... unos de­dos con la piel agrietada, con verrugas que parecían mordiscos y pellejos de piel sucia entre ellos, que cuan­do se extendieron se convirtieron en membranas que llegaban hasta las primeras articulaciones. (Más tarde no logró recordar cuántas articulaciones había, pero más que en sus propios dedos, seguro; y su mente con­tinuó recordando aquellos dedos como las odiosas patas de algunas arañas carnívoras.) En los labios, la barbilla y la papada había tufos de pelo largo, y otros más en las axilas. Tenía el colorido de la muerte y la piel re­lucía con un lustre mohoso. A Edgel le pareció que acababa de quedarse sin mente, y pensó que si aquel extraño ser volvía a tocarle, él retrocedería y, parlotean­do, también se arrojaría contra las paredes.

La cabeza del monstruo golpeó contra el alambre de la jaula, dejando ver sus agudos y diminutos dientes, mientras lamía el alambre con una lengua negro-azu­lada.

Edgel dio media vuelta. La señora Waldeck estaba en el piso. Se acercó a él. En la mano blandía una plancha. Tenía el semblante blanco de ira. Edgel la cogió por la muñeca, forcejearon y ella le escupió. Entonces, él le retorció la muñeca y la plancha cayó. Los ojos de la mujer parecieron taladrarle y movió los labios.

–A veces es muy dulce –murmuró–. A veces acep­ta la comida de mis manos.

–¿Qué...? –sólo acertó a preguntar Edgel roncamen­te–. ¿Qué...?

La arrojó de un empellón contra la puerta. La ces­ta que la mujer sostenía en la otra mano se rompió y su contenido se desparramó, y Edgel vio unas tablillas en forma de ataúd, con el cráneo y las tibias en re­lieve.

 

Después del segundo whisky doble logró abrir los puños y consiguió relajarse sin temor a los rápidos, espasmódicos y gruñidores ruidos que había estado pro­firiendo (hacía unos quinientos años, tal vez), cuando huyó despavorido por aquellas carcomidas escaleras. Tragando, tragando el flujo de saliva que la bebida pro­voca, tomando el licor de un solo trago para ahuyentar el regusto a bilis, miró fijamente una masa de color que había ante sus ojos. La visión quedó enfocada al mismo tiempo que cesaba el monótono zumbido de sus oídos. El calendario de una joven desnuda con grandes pe­chos, y el estruendo de un tocadiscos y, a su derecha, la voz conocida y ronca de un valentón de taberna:

–¿Que lo haga salir? No saldrá si no quiere ¿Han visto lo que parece? ¡Diablos! ¡Si a esto sólo puede que­rerlo una madre!