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La inquilina - Avram Davidson

Balto, el propietario del barrio, un hombrecito de na­riz larga y peluda con traje gris, contrató a Edgel. Bueno, no de manera fija, pero de vez en cuando Balto le en­cargaba algún trabajo.

Edgel era bastante alto, andaba un poco encorvado y por esto había conseguido una pensión por incapacidad física, que se gastaba en bebi­das que sólo podían sentarle mal. A menudo, cuando tenía el rostro abotargado y rubicundo a causa del licor ingerido, bajaba la vista y allí estaba Balto.

Persuasivamente, Balto le decía que ésa no era vida apropiada para él, que así no tenía futuro, y que debía buscar algo que hacer. Pero Edgel jamás necesitaba ser persuadido, ya que asentía a todo plenamente. Y así se iba a trabajar para Balto como agente cobrador en al­guno de los edificios de los que Balto sacaba grandes sumas de dinero. Y se imaginaba que era un ser respe­table. A menudo, claro, resultaba que en la casa a la que Balto le encargaba ir a cobrar, había un inquilino que, por un motivo u otro, había prometido a Balto sacarle las tripas si osaba presentarse de nuevo. Y tan pronto como cesaba esta amenaza, Balto despedía a Edgel, suspirando. A veces eran los agentes de sanidad y de la propiedad, quienes tenían ganas de atrapar a Balto, pero que se quedaban aturdidos al hallar sólo a Edgel, que era un irresponsable, y por ello no podía ser citado judicialmente. Y cuando no había peligro, Balto con un suspiro... Y así indefinidamente.

Edgel jamás aprendía la lección. Pero, según observaba Balto, nunca estaba peor que antes, ganaba algún dinero, y siempre le queda su pensión.

Una noche, cojeando por una sucia acera y pregun­tándose si debía aventurarse hasta un nuevo bar donde vendían una onza y cuarto de whisky por el precio de una onza, o si debía buscar a cierto taxista que había llegado a un acuerdo con una nueva mujer, Edgel bajó la vista y allí estaba Balto.

–No quiero engañarte, Edgel –le espetó aquél–. Tengo un trabajo para ti y sólo en ti puedo confiar.

Porque era cierto: Edgel era honrado. Sus cuentas a veces no estaban equilibradas, pero él mismo ponía la diferencia. Escrupulosamente.

–Además –continuó Balto ávidamente–, debo con­fesarte que el trabajo no es fijo. En realidad, cuanto mejor lo hagas, antes lo terminarás. Y hay dinero a ga­nar.

Nombró una cifra impresionante.

–¿Crees que me gustan estos negocios sucios? –aña­dió Balto–. Preferiría tener dinero limpio. Lo único que he pedido siempre es una oportunidad. Y ahora la tengo. Y deseo compartirla contigo.

En resumen, seis inquilinos comidos por las ratas de Balto estaban incluidos en un sector que iban a derri­bar a fin de edificar casas nuevas. Las autoridades ya habían condenado los viejos inmuebles en favor de los nuevos constructores. Y éstos ofrecían al contratista una prima para acelerar el desahucio, y el contratista había ofrecido parte de la prima a los propietarios (incluido Balto) para apremiar a los inquilinos, y Balto (gran corazón) anhelaba compartir la prima con Edgel y los inquilinos.

–Y –concluyó–, en realidad (te lo digo en confian­za, Edgel), estoy muy familiarizado con los tipos de esa nueva inmobiliaria. Nosotros, digo ellos, necesitarán personal de confianza, con experiencia y honestidad.

Quien sepa entender que entienda. Yo no digo nada más.

La larga y peluda nariz se proyectó hacia Edgel, de forma significativa.

Al día siguiente, Edgel se encontró con un tal Hallam, que tenía un lobanillo y que trabajaba para una firma de corredores de fincas, entregado a la tarea de buscar pisos para los inquilinos que los necesitaran.

–No saben apreciarlo –se quejó ante Edgel–. De­berían estar agradecidos por abandonar esos agujeros y no es así. Naturalmente –observó, mientras ambos caminaban con rapidez–, los pisos que les damos son también agujeros, pero ¡qué diablos!, al menos es un cambio de escenario.

Pasaron por delante de una tienda donde vendían restos de telas, tejidos tarados y otras cosas por el esti­lo, y un hombrecito moreno que estaba agazapado en el portal como un murciélago colgado del muro se desen­roscó y voló hacia ellos.

–Recuerde que ha de encontrarme un buen piso, ¿se acuerda, eh?

–Sí, sí, claro –le aseguró Hallam–. Claro que sí. Ya puede empezar a empaquetarlo todo. –Se volvió hacia Edgel–: Aceptará lo que le ofrezcamos o tendrá que buscar por su cuenta.

Luego empezaron a subir unas escaleras muy desgas­tadas. A mediodía se hallaban ya en la última casa de la lista de Edgel.

–Con este edificio –comentó Hallam– tenemos bue­na y mala suerte. Buena, porque los inquilinos del piso central aceptaron la prima y se trasladaron adonde les dijimos. Mala suerte por la mujer del piso alto. Ella es nuestro principal problema. Hay otros inquilinos que se niegan a marcharse; tendremos que echarles y esto puede acarrear conflictos. En cambio, esa mujer no ha dicho exactamente que no quiera trasladarse, pero no hace nada por irse. Ah, lo sentiré por todos ellos cuando se vean en la calle.

El pasillo de planta baja donde se habían detenido estaba a obscuras; era húmedo y fétido.

–Estas cosas le hacen sentirse a uno como un cri­minal, total porque temen trasladarse. Han olvidado incluso si en otros tiempos vivieron en otras casas. En realidad, esa señora es una persona agradable, sose­gada.

Algunos inquilinos no eran agradables ni sosegados y Edgel ya había comprendido por qué Balto estaba tan ansioso por repartir la prima.

–No haga caso si ese imbécil de abajo dice algo –le advirtió Hallam–. No es más que un idiota. No lo sien­to por él, puede apostar la vida.

El imbécil de abajo parecía, sonaba y olía como un viejo imbécil. Empezó a maldecir tan pronto como lla­maron; maldijo en inglés, lenguaje singularmente pobre en maldiciones obscenas, por lo que repitió su reperto­rio una y otra vez. Al fin calló. Les miró, con los dimi­nutos ojos bizcos y parpadeantes de su arruinado ros­tro.

–¿Van arriba? –preguntó, suave, tímidamente casi–. Les dejará entrar... si esta de humor... Cuando está de humor, siempre deja entrar a todo el mundo. Y cuando el viejo Larry dice «todo el mundo», sabe lo que signifi­ca. Todo el mundo.

Los peldaños crujieron y casi cedieron. En el piso alto había más luz gracias a la sucia ventana del pasillo. De alguna parte salía un ruido extraño. Hallam llamó. La mujer que contestó a la llamada no salió al pasillo, sino que se quedó en su vestíbulo detrás de la puerta semicerrada, atisbando. Edgel no pudo verla claramen­te, aunque le pareció que era una mujer de aspecto or­dinario.

–Señora Waldeck, éste es el señor Edgel, agente del administrador –silencio–. ¿Está ya lista para el traslado? Si lo hace antes del final del mes próximo, nos­otros podremos ofrecerle un piso...

–No quiero otro piso –declaró ella con voz cortan­te, aunque algo temerosa y débil.

–...Y le concederemos una indemnización. ¿Qué can­tidad, Edgel?

–Tal vez... cien dólares.

–No quiero ninguna indemnización. Ni quiero irme. Llevo viviendo aquí treinta y dos años, estoy enferma y no puedo trasladarme.

–Señora Waldeck, todo esto son tonterías –exclamó Edgel bruscamente–. Podemos venir aquí con un poli­cía y un funcionario mañana mismo y echarla a la calle. Pero no queremos comportarnos de este modo –añadió con más suavidad–. Le buscaremos un piso en una plan­ta baja para que no tenga que molestarse subiendo es­caleras y le daremos la indemnización. Después, como ya sabe, derribaremos este edificio.

La mujer seguía meneando la cabeza.

–Tal vez no lleguen a derribar esta casa –murmuró lastimosamente–. Estoy dispuesta a pagar más alqui­ler. Dos dólares más, ¿eh? Díganles que pagaré más alquiler porque soy una mujer enferma y no puedo ha­cer el traslado, y así no querrán ya derribar esta casa. ¡Porque no puedo trasladarme!

Su voz se elevó a un alarido y dio un portazo. Al cabo de un minuto, los dos descendían por la escalera.

–Podríamos llevar a un individuo con una placa y un papel –sugirió Edgel–, como si fuesen de verdad y ella no notará la diferencia. ¡Una tonta que cree que pueden dejar de derribar una finca por dos dólares de más en el alquiler! Lo mejor será que la llevemos, a ella y sus cosas, a otro piso, y de este modo podremos cobrar la prima.

Hallam asintió, diciendo que tal vez fuese posible si tenían mucho cuidado en que el asunto pareciese real.

–¿No ha oído ese extraño ruido? –preguntó luego.

–¿Como un loro?

–A mí más bien me pareció una rana. –Tal vez críe ranas para alimentar a un loro. Los dos se echaron a reír, y se marcharon a tomar un bocado y una caña de cerveza.

 

Era de noche, bastante tarde, varias semanas des­pués, cuando iba andando cuidadosamente por una ace­ra a obscuras. Se iba aseguando a sí mismo que no... no estaba borracho. Sólo llevaba un poco de alcohol en el cuerpo. El aire le despejaría la cabeza. Pero el aire, en vez de afectar a su cabeza, afectó a sus riñones. 

Edgel se internó en las tinieblas de un callejón. El tap-tap de unos tacones femeninos sobre la agrietada acera le hizo hundirse aún más entre las sombras. Al mismo tiempo, aquel sonido despertó un par de ideas en su ofuscada mente. Unas ideas escabrosas, apremiantes, feas. ¿Qué clase de mujer... sí, qué clase de mujer podía estar merodeando de noche por aquellas callejuelas?

De pronto, ella se detuvo al borde del callejón, a la débil luz del farol. Giró la cara a un lado y a otro como presintiendo una presencia extraña. Llevaba un sombrero de plumas y el vestido, de falda corta, era de buena tela. Relució el carmín de sus labios. Sonrió y arqueó las cejas. Edgel dio un paso adelante. Entonces se aclaró su vista.

Edgel distinguió que el sombrero era una vieja ruina y que el vestido estaba arrugado y desastrado. La car­ne que un segundo antes le había parecido marfileña y apetecible, era sólo bultos de grasa, con surcos y ho­yos, y la piel era amarillenta, llena de arrugas. Llevaba los ojos pintados y los labios no eran más que una lí­nea manchada con carmín grasiento, aplicado con inex­periencia para dar el aspecto de una boca. Los ojos rodaban y parpadeaban, y los pintados labios hacían muecas que eran sólo el recuerdo de sonrisas perdidas en el pasado.

Edgel reconoció a la señora Waldeck. Y se encogió dentro de sus ropas.

Ella divisó a alguien. Con las manos se alisó el ves­tido. Sonrió bobamente. Se alejó con un pronunciado balanceo de caderas y el tap-tap de sus tacones. De pron­to, la quietud reinó en el callejón. Cuando Edgel salió del mismo no había nadie a la vista. Continuó andando y recordó las palabras del viejo Larry: «Cuando está de humor, deja entrar a todo el mundo... A todo el mundo.»

Uno a uno, los inquilinos se fueron trasladando. Ed­gel se detuvo a hablar con el hombrecillo de la tienda, cuya queja de que debían de haberle buscado un sitio mejor acabó por adoptar tonos violentos.

–Oiga –le interpeló Edgel–, ¿quién es esa señora Waldeck? ¿Qué clase de...?

Calló. El hombrecillo estaba gesticulando y su rostro había palidecido intensamente. Se llevó una mano a la bragueta. Hizo una V con dos dedos y miró a su tra­vés; luego levantó el pulgar y cerró los mismos dedos a su alrededor y escupió tres veces con gran vigor. 

Del interior de su ajada camisa sacó un cordón del que colgaban una cruz, un medallón, una diminuta mano de coral con la palma abierta y un cuerno de obsidiana negra. Lo besó todo con fervor y entre ruidosos jadeos. Luego miró a Edgel y acabó abatiendo sus cerúleos pár­pados sobre sus brillantes y medrosos ojos.

–No quiero hablar de ella –musitó–, Nunca hablo de ella. Me trajo las colchas que confeccionó y se las vendí a unos gitanos, nada más. No sé nada más. Por favor, nada más.

Y se escurrió hacia la madriguera de su tienda.

Edgel inició su vigilancia. Dentro de un piso vacío, al otro lado de la calle, arrastró un sillón a la ventana, junto con comida y unas botellas. La mujer tendría que salir por víveres más pronto o más tarde. Y, finalmente, a la hora azul del crepúsculo de la tarde del segundo día de su vigilancia, ella salió. Permaneció largo tiempo en los escalones del portal. Luego, se alejó lentamente. ¡Pero se alejó! Llevaba varias colchas y una cesta para la compra; de modo que estaría fuera bastante tiempo. ¿Cuánto? Bastante. 

Edgel cruzó la calle, entró en la  casa y subió la escalera de puntillas. Tenía que guardar  silencio, aunque ya no quedaba nadie en el edificio que pudiese oírle. (El viejo Larry había sucumbido al atrac­tivo de la prima, y decidió mudarse, con la boca asquerosa y el aliento fétido, a otro repugnante agujero.) Edgel se dijo, mientras hurgaba con las diversas llaves que llevaba a propósito, que tenía derecho a hacer lo que hacía, ya que era agente del propietario. (¡Y maldi­to fuese Balto por obligarle a realizar un trabajo tan sucio!) 

Ella, la inquilina, la ex inquilina en realidad, vivía en aquel piso por benevolencia, que no por dere­cho, ya que no querían cobrarle el alquiler. Y el día del desahucio se aproximaba. Pero su corazón latía con  fuerza, y sabía que lo que estaba haciendo era vil y mal­vado. La llave, por fin, hizo un chasquido y se abrió la puerta.

El cuarto en que entró era deprimente y estaba ates­tado de muebles viejos. Vio algo a un lado y encendió la linterna. El bastidor para hacer colchas y una bolsa llena de guatas de aspecto sucio. Hacía mucho calor y el olor era insoportable. Se movió algo, sonó algo. Es­taba en el rincón opuesto: Un bulto, como un vasto servicio de té, y encima un par de guantes de gruesa piel...

Edgel estuvo parado otro minuto. Luego, quitó la cubierta y otra vez oyó sonidos de algo que se movía, pero la luz de la linterna era muy débil y no acertó a ver nada. De modo que encendió la luz eléctrica y se  enfrentó con lo que parecía una enorme jaula para pájaros.

A la primera ojeada pensó ver un niño en su interior... un niño como los de aquellas odiosas fotografías de los países subdesarrollados del tercer mundo: sólo un vientre prominente, y brazos y piernas como palos; pero al cabo de un instante comprendió que aquello no era un niño. Ni estaba muerto de hambre; se movía rá­pidamente una y otra vez, arrojándose contra los grue­sos alambres, golpeando con sus diminutos puños, y gri­tando y chillando con su vocecita espantosa, medio ala­rido, medio carraspeo... ambos sonidos a la vez.

Abrió los puños y mostró las palmas arrugadas y los dedos nudosos, con uñas amarillas, torcidas... unos de­dos con la piel agrietada, con verrugas que parecían mordiscos y pellejos de piel sucia entre ellos, que cuan­do se extendieron se convirtieron en membranas que llegaban hasta las primeras articulaciones. (Más tarde no logró recordar cuántas articulaciones había, pero más que en sus propios dedos, seguro; y su mente con­tinuó recordando aquellos dedos como las odiosas patas de algunas arañas carnívoras.) En los labios, la barbilla y la papada había tufos de pelo largo, y otros más en las axilas. Tenía el colorido de la muerte y la piel re­lucía con un lustre mohoso. A Edgel le pareció que acababa de quedarse sin mente, y pensó que si aquel extraño ser volvía a tocarle, él retrocedería y, parlotean­do, también se arrojaría contra las paredes.

La cabeza del monstruo golpeó contra el alambre de la jaula, dejando ver sus agudos y diminutos dientes, mientras lamía el alambre con una lengua negro-azu­lada.

Edgel dio media vuelta. La señora Waldeck estaba en el piso. Se acercó a él. En la mano blandía una plancha. Tenía el semblante blanco de ira. Edgel la cogió por la muñeca, forcejearon y ella le escupió. Entonces, él le retorció la muñeca y la plancha cayó. Los ojos de la mujer parecieron taladrarle y movió los labios.

–A veces es muy dulce –murmuró–. A veces acep­ta la comida de mis manos.

–¿Qué...? –sólo acertó a preguntar Edgel roncamen­te–. ¿Qué...?

La arrojó de un empellón contra la puerta. La ces­ta que la mujer sostenía en la otra mano se rompió y su contenido se desparramó, y Edgel vio unas tablillas en forma de ataúd, con el cráneo y las tibias en re­lieve.

 

Después del segundo whisky doble logró abrir los puños y consiguió relajarse sin temor a los rápidos, espasmódicos y gruñidores ruidos que había estado pro­firiendo (hacía unos quinientos años, tal vez), cuando huyó despavorido por aquellas carcomidas escaleras. Tragando, tragando el flujo de saliva que la bebida pro­voca, tomando el licor de un solo trago para ahuyentar el regusto a bilis, miró fijamente una masa de color que había ante sus ojos. La visión quedó enfocada al mismo tiempo que cesaba el monótono zumbido de sus oídos. El calendario de una joven desnuda con grandes pe­chos, y el estruendo de un tocadiscos y, a su derecha, la voz conocida y ronca de un valentón de taberna:

–¿Que lo haga salir? No saldrá si no quiere ¿Han visto lo que parece? ¡Diablos! ¡Si a esto sólo puede que­rerlo una madre!

Doctor Bhumbo Singh - Avram Davidson

 La calle Trevelyan había tenido cuatro manzanas de longitud, pero en la actualidad sólo tiene tres, y en su extremo de popa está bloqueada por el linde de un paso superior. (¿Piensan que las palabras «Sin Salida» tienen un sonido siniestro?) El gran edificio del bloque 300 solía estar consagrado al culto de la Iglesia Episcopal Metodista de Mesopotamia (Sur) pero ya no está consagrado a nada y actualmente es un almacén de cola. El edificio pequeño condene la única tienda de comestibles y comidas preparadas al estilo de Bután fuera de Asia; su clientela es escasa. Y el pequeño edificio de madera alberga un minúsculo estudio sumamente oscuro y sucio que vende hechizos, aromas y cabezas contraídas. Sus clientes son todavía más escasos.

Los hechizos son caros, los aromas son exorbitantes y los precios de las cabezas contraídas (por muy de primer corte que sean) son simplemente excesivos.

El estudio, no obstante, tiene un alquiler bajo (tiene un techo bajo, además), no paga permiso de venta (abre, cuando abre, únicamente entre las siete de la noche y las siete de la mañana, horas en que no funciona la oficina municipal de licencias). Y no carece de las ventas suficientes para mantener al propietario, nativo de las islas Andamán, con las pocas, muy pocas cosas sin las que la vida sería insoportable para él: calamar con cari, que come, come y come, irregulares perlas rosadas, que colecciona y luce (a solas y durante la fase izquierda de la luna). También viven allí tupayas. Se dice que estos animales son parientes de los primates, y por tanto, se supone, del hombre. Verdad o mentira, no me importa. El propietario musita en sus diminutas orejas órdenes sumamente abominables y luego los suelta, con gran y siniestra confianza. Y con una risa diabólica.

Los hechos que relato a continuación, los relato a ciencia cierta, porque me los narró mi amigo el señor Solapado. Y jamás se ha sabido que el señor Solapado mintiera.

En cualquier caso, por lo menos, no a mí.

 

—Le deseo una buena noche sin luna, señorón Solapado —dice el propietario al acabar una encapotada y ceñuda tarde de mediados de noviembre—, y ciertamente una mala noche para los que han tenido la fortuna de provocar el sumamente justo descontento de usted.

El propietario se rasca el inmundo lóbulo de una oreja con un inmundo dedo.

(Esa época del año, a propósito, es el mes que fue eliminado del calendario juliano por Julián el Apóstata. Jamás ha aparecido en el calendario gregoriano: un buen detalle, además.)

—Y una buena noche para usted, doctor Bhumbo Singh —dice el señor Solapado—. En cuanto a ellos... Ja, ja!

Cruza sus menudas manos embutidas en guantes color lila sobre la empuñadura de su muleta. Incluso varios supuestos expertos han afirmado que la empuñadura (observada con una luz mucho menos mortecina que la de la tienda de Bhumbo Singh) es de marfil. Están equivocados: es de hueso, puramente hueso... O quizás habría que decir, impuramente hueso...

—¡Ja, ja! —repite (el doctor) Bhumbo Singh.

El no tiene derecho alguno, en realidad, a ese distinguido apellido, que ha tomado para deshonra de cierto tratante de caballos, un benevolente sij que en hora irreflexiva y con las constelaciones dispuestas malignamente tuvo la idea de adoptarle. Y ahora, el negocio.

—¿Un hechizo, sahib Solapado? —pregunta a continuación, mientras se frota la barbilla. Su barbilla lleva un tatuaje de apagado color azul que aterrorizaría los corazones y aflojaría las cuerdas de las entrañas de los más viles rufianes de Rangún, Labore, Peshawar, Pernambuco y Wei-hatta-hatta aún no colgados, si no fuera porque, claro está, casi siempre es totalmente invisible gracias al polvo, la pegajosa sustancia negra de los calamares con cari y un odio al agua semejante a la hidrofobia—. ¿Un hechizo, un hechizo? ¿Un bonito hechizo? ¿Una cabeza partida?

—Vergüenza para sus cursis hechizos —dice tranquilamente el señor Evelyn (dos «es») Solapado—. Sólo son aptos para brujas, magos y niños o niñas exploradores. En cuanto a sus cabezas partidas, contraídas o lo que sea: Jo, jo.

Pone la punta de su índice derecho en el orificio derecho de su nariz. Guiña un ojo.

El doctor Bhumbo Singh ensaya una mirada de reojo, pero no pone el corazón en ello.

—Son anormalmente caras en estos tiempos, incluso al por mayor —se lamenta.

Y acto seguido desiste de mojigangas comerciales y se limita a esperar.

—He venido a por un aroma, doctor —dice Solapado, alejando con la punta de su maleta un grillo que ha huido de los víveres para alimentar a las tupayas.

Los rojos ojillos del doctor Bh. Singh brillan como los de un hurón salvaje en época de celo. Solapado baja y sube la cabeza rápida, vivamente, y produce un chasquido con sus fruncidos labios.

—Un aroma, sutil, lento, penetrante. Un aroma vil. Un aroma enigmático. Un aroma que parezca provenir de cualquier parte, pero un aroma que no deje rastro en cuanto a su procedencia. Un aroma diabólico. Un aroma que en un momento dado, y con infinito alivio, disminuya..., disminuya..., que casi desaparezca..., y que luego, alzándose como un fénix de sus fragantes cenizas, resurja en forma de pestilencia, peor, mucho peor que antes...

»Un aroma más que repugnante.

Un ligero escalofrío recorre el inmundo y magro cuerpo del doctor Bhumbo S. (Él no tiene derecho a ese título, pero ¿quién osaría negárselo? ¿La Asociación de Médicos? La última tribuna que ambas partes podían haber ocupado juntas, incluso en combate, también fue ocupada por Alberto Magno.) Su lengua sobresale. (Es cierto que el doctor puede, si se le provoca, tocar con ella la punta de su más bien retroussé nariz; también es cierto que él puede, y lo hace, cazar moscas con su lengua igual que un sapo o un camaleón. El señor Solapado no ha considerado conveniente comunicármelo, no a mí.) Su lengua retrocede.

—En pocas palabras, apreciadísimo cliente, es preciso un aroma que enloquezca a los hombres.

—¿«Hombres», doctor Bhumbo Singh? ¿«Hombres»? No he dicho nada de hombres. La palabra nunca ha salido de mi boca. El concepto, de hecho, jamás se ha formado en mi mente.

Bhumbo se estremece, en lo que podría ser un espasmo de malaria, pero que seguramente es risa silenciosa.

—Tengo el producto preciso —dice—. Exactamente lo que busca. El precio es meramente pro forma, el precio es mínimo, el precio es mil quinientas piezas de oro, de la acuñación del Gran Golconda. Por onza.

Las cejas de Solapado se alzan, descienden, caen.

—¿«De la acuñación del Gran Golconda»? Caramba, hasta los escolares saben que el oro de Golconda era tan excesivamente puro que podía comerse como mermelada, lo que justifica que queden tan pocas monedas de ese tipo. Vaya, vaya, doctor Bhumbo Singh, si trata y cobra así a sus apreciadísimos clientes, no me extraña que tenga tan pocos.

Un grumo de suciedad, enmarañado con telarañas, flota lentamente tras soltarse del invisible techo y cae al incalificable suelo. Se lo ignora. El comerciante se encoge de hombros.

Ni siquiera para mi propio hermano, caballero, estoy dispuesto a preparar el aroma por menos dinero. —Considerando que el «propio» (y único) hermano de Bhumbo, Bhimbo, ha pasado los últimos siete años y medio cargado de cadenas en el sexto subsolano de la prisión secretamente dirigida por esa vieja obesa, fea y diabólica, Fátima, la begun viuda de Oont, sin que Bhumbo haya ofrecido ni siquiera dos rupias para ajos, esta es probablemente la verdad—. No obstante, dado mi gran respeto y consideración por usted y mi deseo de mantener la relación, no le exigiré que compre una onza entera. Le venderé el aroma por gramos, o una cantidad ínfima.

—¡Trato hecho, señorón Bhumbo, trato hecho! —exclama el señor Solapado.

Golpea con la muleta el inmundo, muy inmundo suelo.

Las tupayas emiten agudos gañidos de irritación y Bhumbo les da grillos. Los animales se calman, aparte de hacer ruidos no orales, crujientes.

Cerca, en el paso superior, un camión o un autocamión pasa estruendosamente; como resultado de ello el frágil edificio tiembla, y al menos una cabeza contraída va de un lado a otro y hace rechinar sus dientes. Nadie presta atención al hecho.

—Tenga el placer de volver aquí, pues, effendi Solapado, por (o quizás un poco después) los Gules de Diciembre —dice Bhumbo Singh. Después duda un poco—. «Diciembre», así llaman los cristianos al siguiente medio mes. «Diciembre», ¿no es cierto?

Eevelyn Solapado (dos «es») se levanta para marcharse.

—Muy cierto. Celebran una importante fiesta a ese respecto.

—¿Ah, sí, ah, sí? —exclama Bhumbo Singh—. No lo sabía... ¡Qué importante es ser sabio!

Acompaña a su cliente a la sucia, muy sucia puerta con numerosas reverencias, homenajes y genuflexiones. El cliente, tras poner el pie superficialmente una vez en el desagradable cuello de Bhumbo, se ha ido ya cuando se produce la última reverencia.

Desaparecido, desaparecido ya, y el distante eco del silbato de hojalata (con el que tiene la costumbre de tocar las notas de adorno del Lamento por sahib Nana cuando recorre como una araña esos caminos húmedos y oscuros) desaparecido ya igualmente...

 

En las siguientes semanas, tanto Bhumbo Singh como su mismo simulacro son vistos en infinidad de sumamente diversos lugares. Los mataderos de reses lo conocen breves momentos; igual que carderías y curtidurías. Se le ve lanzar puñados de las Semisilentes Arenas del Hazramawut (o Cortejos de la Muerte) a las ventanas de Abdulahi El-Ambergrisi (que también vende asafétida). Y el Abdulahi (un yazid de los yazidí) abre, vacila, se retira, lanza mediante una red de muy largo asidero una ampolla de no-se-sabe-qué. Se observa de reojo que el Bhumbo (y si no es él, ¿quién es?) se escabulle bajo el descargadero del viejo mercado de pescado (condenado, desde entonces, por la Junta de Salud). Visita también los cobertizos de uno o dos y nunca más de tres extranjeros que en tiempos viajaron por el mar en climas tropicales y que ahora viven en derrumbadas barracas en extremos opuestos de abandonados vertederos y que muestran su arruinado semblante sólo a los semblantes de las arruinadas lunas.

Y por las noches, cuando la luna está oscura, Bhumbo deambula por fábricas de ungüentos, en busca de moscas.

De vez en cuando murmura, y si uno se atreviera a ponerse muy cerca, le oiría calcular sensatamente de esta forma:

—¡Con esa y con esa cantidad de doradas piezas de oro! Con algunas me compraré más perlas rosadas irregulares y con otras me compraré más calamar con cari y otras las reservaré para contemplarlas y otras, ¡no!, ¡sólo otra!, la entregaré a Iggulden el batidor de oro para que me haga una hoja de oro blanda, ancha y fina: la mitad la pondré como una máscara de estrangulamiento en la cara de cierto «explotador» de bienes raíces y con la otra porción La-Que-Prepara-Confituras preparará dulces calientes y empanadas y pasteles para mí y cuando esto se haya fundido como amarilla mantequilla lo comeré y no invitaré ni a uno a disfrutar conmigo y después lameré mis doce dedos hasta que estén un poco limpios...

Luego se ríe... Un sonido como de burbujeo de espesa grasa caliente en las fétidas ollas de un festín caníbal.

 

Mientras tanto, ¿qué se ha hecho del señor Solapado?

El señor Solapado mientras tanto hace visitas igualmente; pero de carácter más sociable: el señor Solapado llama antes de entrar.

—Oh. Soli. Eres tú —dice una mujer por la abertura de la bien encadenada puerta—. ¿Qué quieres?

—Gertrude, te he traído, siendo principios de mes, la suma de que me despluman las condiciones de nuestro documento de divorcio —dice él—. Como de costumbre.

Mete el dinero por la grieta o hendidura entre la jamba y la puerta. Ella lo recoge con rapidez y pregunta:

—¿Esto es todo lo que voy a obtener? Como de costumbre.

—No —suspira él—. Temo que no. Es, sin embargo, todo lo que vas a obtener este o cualquier otro mes del año. Es el importe de la extorsión que sufro por parte de la combinación, no digo «confabulación», de nuestros abogados y el juez del tribunal. Gertrude: buenas noches.

Da media vuelta y se va. Ella emite un sonido que brota entre el paladar y los senos paranasales, el sonido que la experiencia le ha enseñado a emitir a modo de menosprecio. Después: clunch-clunch... clac-clac..., los cerrojos nocturnos. Clank. La puerta.

El señor Solapado, una hora más tarde, bañado, rociado con agua de ron de laurel y vestido con lo mejor de lo mejor de su vestuario. Escupe en sus relucientes zapatos. Sombrero, guantes y bastón en una mano. Flores en la otra.

—Eevelyn —dice ella, con una mano en su resplandeciente, rutilante corazón—. Qué encantadora sorpresa. Qué flores tan bonitas. Oh, qué agradable.

—Puedo entrar. Querida mía.

—Claro que sí. No necesitas decirlo. Ahora no estaré sola. Un rato. Eevelyn.

Se besan.

Solapado lanza una amplia mirada.

—¿Interrumpo tu cena? —pregunta después.

Ella observa el piso. Su expresión es de moderada sorpresa.

—¿Cena? Oh. Un simple plato de ensalada de langosta con

un corazón de lechuga helado como un iceberg. Perifollo. Berro. Unas cucharaditas de caviar. Mantequilla dulce, sólo un poquito. Un huevo duro, finamente cortado. Kümmelbrot. Y una pequeñísima botella de Brut. Demasiado. Pero ya sabes cómo me mima Anna. Cenarás conmigo.

Él mira alrededor, otra vez. Cristal. Tapices. Petit point. Watteau. Muebles estilo Chippendale. Pregunta:

—¿Estás esperando?

—Oh, no. No. Ahora no. Pondremos música. Oiremos música.

Así lo hacen.

Bailan.

Cenan.

Beben.

Conversan.

Y...

No lo hacen.

—¡Cielos, qué hora es ya? Debes irte, Eevelyn.

—Entonces, ¿esperas...?

Cómo rutilan sus dedos cuando ella los alza para indicar lo que las palabras solas no pueden indicar.

—Eevelyn. No espero a nadie. Debes saberlo. Nunca. Debes saberlo... Vete, mi más dulce y querido.

Él coge sombrero, guantes, bastón.

—¿Cómo es posible que yo nunca..?

Ella le pone en los lívidos labios sus dedos revestidos de anillos.

—Chist. Oh. Chist. El hombre más noble, amable y generoso que conozco no gruñirá. Él entenderá. Paciencia. Un beso antes de separarnos.

El isleño de Andamán atisba un momento por las viscosas hendiduras de los ojos. Que ahora se abren al reconocer.

—¡Sahib Solapado!

—¿Y quién esperaba que fuera? ¿La gruesa Fátima, quizá?

 

El isleño se estremece como si tuviera fiebre palúdica.

—¡Ah, Sirviente de la Sabiduría, no la mencione ni indirectamente! ¿Acaso no metió ella a mi miserable y temo que ya destrozado hermano en una oscurísima mazmorra, simplemente por el azar de habérsele escapado una ventosidad en su jardín más externo? ¡Maligna hembra!

Solapado se encoge de hombros.

—Bien, así sea. O así no sea... Bueno, Bhumbo Singh, he traído algunas monedas de oro metidas, de acuerdo con la costumbre, en... ¡Ejem, ejem! —Solapado tose—. No necesito decirlo.

Y levanta la cabeza y mira alrededor, ansioso.

Al instante el propietario de la tienda echa a caminar de un lado a otro arrastrando los pies.

—«Hacer sufrir de impotencia al virrey de Sindh.» No. «Imponer la plaga de las almorranas al antipapa de...» No. «La cabeza de lord Lovat, con boina escocesa y gaita», no. No. Ah. Ah.

Alza un minúsculo recipiente, al mismo tiempo empieza a leer la etiqueta (garabateada en envilecidísimo prácrito) y va a abrirla...

—¡Alto! ¡Alto! ¡Por misericordia, no lo abra!

El hombre moreno deja en silencio el potecito, no mayor que un pulgar o (digamos) del tamaño más pequeño posible de trufas españolas. Mira el objeto contiguo en el desordenado mostrador repleto de telarañas.

—«Causará tumores en la piel de la frente del favorito del Gran Bastardo de Borgoña», ¡ah!

Solapado está al borde de la exasperación.

—Bhumbo. Cálmese. Cálmese. Deje de parlotear. Deje ese hechizo. Déjelo, digo, señor. Déjelo... Bien. Coja lo que tenía antes en la mano. Sí... ¡Y por amor de Kali, dé grillos a esas musarañas!

El isleño de Andamán continúa perdiendo el tiempo a pesar de todo, por lo que el mismo Solapado, tras un sonido bucal de impaciencia, cumple sus propias órdenes. Y además dedica al individuo una penetrante mirada de reproche, le aconseja que a partir de ahora use una clase de opio mejor o peor, y coloca en sus manos lo que contiene el oro.

—He pesado el preparado, no tengo duda alguna. En consecuencia cuente las monedas para que...

Pero su proveedor rechaza la exigencia.

—Es suficiente, suficiente, sahib Solapado. Por el peso, creo que es correcto. Perdone mi cotorreo: el martilleo, como ustedes dicen. —La voz y las maneras son bastante crispadas ahora—. Le ofrecería unas tazas de té, pero mis toscos brebajes no tienen la finura precisa para su exquisito paladar, y no consigo encontrar el Lipton's.

Solapado recorre el inmundo cubil con la mirada. (Sería preferible recorrerlo con una escoba.)

—Y también se le habrá terminado la leche de víbora, me atrevería a decir. Qué pena. —Contempla una vez, contempla dos veces el oscuro lugar, sucio más de lo soportable, ciertamente imposible describir su desorden—. Ah, la inmemorial sabiduría de Oriente... Bhumbo: le deseo buenas Gules.

El otro inclina la cabeza.

—¿No vivo únicamente para proveerle de aromas, sahib? —inquiere.

E inicia la imprescindible serie de postraciones. En ese momento oye el sonido del silbato de hojalata.

 

Algún tiempo después de eso.

La nariz de Anna está muy roja, su voz es muy apagada.

—Siemprre mi señorra gustaba cosas bonitas —dice—. Diamantes, ella gustaba. Perrlas, ella gustaba. «Kaviarr, sólo puedo comerr un bocado, pero debe serr el mejorr», me decía ella.

—Sí, sí, sí —conviene Solapado—. Muy cierto, muy cierto. Qué golpe para ti. Para ti y para mí.

Desea que Anna retuerza menos el pañuelo y lo use más.

—Siemprre mi señorra erra muy particularr —prosigue Anna—. «Anna, ¿cómo te atrreves? ¿No lo hueles?», prre-gunta ella. «Mirre debajo de donde quierra.» La dejo mirrar debajo de vitrrina derecha: nada. La dejo mirrar debajo de vitrrina izquierrda: nada. «Bien, pues, señorra, ¿porr qué de prronto mi cocina no serr bonita y limpia? Venga a verr.» Ella viene, ella mirra, mirra, mirra. Nada. Huele, huele, huele. «Qué barrbarridad, mío Dios, qué olorr tan espantoso», ella dice. Y dice y dice...

—Dios, Dios. Sí, sí. No te aflijas, donde está ahora cuidarán bien de ella...

Anna (violentamente):

—¿Qué? ¿Cuidarr de mi señorra mejorr que yo? Yo visito, llevo mi especial grumpskentorten: ella grrita, sólo eso. «Señorra, señorra, ¿no «reconoce a Anna? ¿Anna? Señorra Gortru-de, señorra Gortrude: ¡soy Anna!». Pero ella sólo chilla. Y chilla y chilla.

Anna hace una demostración, puños cerrados, las cuerdas vocales, saliéndosele del cuello, la voz un agudo chillido triturante. Solapado le ruega que desista.

Después, Solapado, con cierto alivio, regresa a su casa. El hombre es, ciertamente, un ser social. Pero a veces, pese al Autor del Génesis (cree Solapado), es conveniente estar solo. Solapado tiene sus rosas; las poda. Solapado tiene sus Calendarios Newgate; coteja la información. Solapado tiene primeras ediciones (Mather, de Sade, von Sacher-Masoch); las lee. De vez en cuando alza los ojos. Descubre, al cabo de un rato, que alza los ojos con más frecuencia que los baja. Luego baja los ojos más que lo normal. Primero levanta el pie derecho y lo mueve hacia un lado. Baja el pie. Luego levanta el pie izquierdo y lo mueve hacia un lado. Baja el pie. Después, habitación tras habitación y armario tras armario, recorre la casa, con las ventanas nasales dilatadas.

—No es lo que pienso —dice firmemente—. No, es... lo que pienso.

 

Algún tiempo después de eso.

Solapado se halla en otro lugar, y un lugar que no le gusta demasiado. Saca horóscopos de forma interminable, no se permite el uso de lápices y por eso utiliza tizas. Los efectos son ciertamente de gran colorido pero es muy difícil obtener detalles finos. Solos y por parejas, la gente pasa por allí y, fingiendo no mirar, miran. Solapado no les hace caso. Pero ahora, de pronto, observa a alguien que se ha detenido... Observa, eso hace. Ese hombre está mirándole abiertamente, sin fingir. Sonríe.

Solapado lo mira fijamente. Se sobresalta. Habla.

—Oh, Dios mío. Oh. Oh. Bhumbo Singh. Me dijeron que él..., me dijeron que usted había muerto. Me lo demostraron. Lo habían apretado entre la pared interior y exterior de mi casa. Eso fue lo que me volvió loco. Eso fue lo que yo... No lo que yo había pensado. No lo que yo había comprado. Un error. Debí decírselo: Bhumbo Singh está vivo.

Se dispone a levantarse, es detenido por una mano morena y amable.

—Oh, no, sahib y effendi o effendi Solapado. Bhumbo ha muerto.

Solapado lanza un suave chillido, retrocede lentamente.

—Yo soy Bhimbo, único hermano, gemelo del desleal antedicho. Quien, por desgracia y a despecho de los lazos uterinos que nos unían, me dejó languidecer en la mazmorra más profunda de Su Alteza Bibi Fátima, viuda begun de Oont, durante siete años, seis meses, una semana, y varios días, en vez de pagar rescate por mi delito (completamente inintencionado, se lo aseguro: jamás como legumbres antes de traficar lo que sea en el patio más exterior de una descendiente de Timur el Terrible). Estuve en el sexto subsolano de su ahora ilegal prisión, del que fui liberado por el nuevo gobierno independiente, que Kali los bendiga con todos sus pares de manos. De ahí vine aquí. Y le forcé, a mi hermano natal Bhumbo, a ser mordido en el corazón por hambrientas tupayas encerradas en un pote de calamares que sostuve sobre su desleal corazón. Cómo chilló él...

Menea la cabeza, las pasiones pugnando.

Solapado medita un instante, ignorando al hacer tal cosa la conducta de un vecino que está ahora, como tantas otras veces, recitando lo que según él son los completos Cantos de Ossian en gaélico original. De memoria. En voz alta. Y detalladamente.

—Bien, pues, entiendo por qué llevó a la muerte a su hermano. Naturalmente. Pero ¿por qué, oh, por qué, Bhimbo, lo metió entre las paredes internas y externas de mi casa? ¿Con resultados tan fatales para mi persona? ¡Y, oh, el negro torbellino!

Un encogimiento de hombros. Una mirada de apacible sorpresa.

—¿Por qué? Bien, sahib, tenía que meterlo en alguna parte. Yo pensaba regresar a mis islas natales, para iniciar allí un movimiento por la independencia que quizás hubiera conducido, ¿quién sabe y por qué no?, a mi conversión en presidente vitalicio. Pero en la desaseada tienda de mi hermano Bhumbo me demoré demasiado, buscando sus irregulares perlas rosadas. Mientras me hallaba en ello llegaron allá los hombres llamados Inspectores de Edificios y Bienestares. «Este tiene que estar chiflado», dijo uno. «¡Mirad, vaya lugar!»

Bhimbo ríe serenamente.

Solapado abre la boca. Luego piensa. Luego dice:

—«Huida», sí. Bhimbo, tenemos que unir nuestras sabias cabezas, gastarles una jugarreta. Yo no puedo hacerlo solo. Asegurar nuestra liberación de...

Los rufos e ictéricos ojos de Bhimbo se agrandan.

—¡Pero, sahib, ya estoy liberado! Para un hombre, señor, que ha pasado siete años y medio, más, en la mazmorra más profunda de la terrible y gruesa Fátima, la tirana (ya depuesta), ¿qué es este lugar sino un hotel? Considérelo, sahib. Ropa limpia. Camas limpias. Tres veces por día, comida limpia..., servida por criados. Más tentempiés. ¡Cuánto me gustan los tentempiés, sahib! Y además, una vez por semana, uno de los gurús, el llamado Shrink, habla conmigo en su sagrado despacho. ¡Qué honor! A decir verdad, es imposible conseguir savia de palmera, pero cierto sirviente (a cambio de sencillos hechizos: mujeres, juego) trae un sabroso vino llamado Ripple, oculto en botellas de medicamentos. No hay hojas de betel, pero sí tombac, sahib. Y además, cine hablado en las cajas armario. ¡Qué entretenido! ¡Cuántos crímenes! ¡Y también bañeras con ducha! ¡Deportes! Tres veces por semana, ¡trabajos manuales terapéuticos! ¡Qué diversión!

Bhimbo alza la voz, un poco, para hacerse oír superando no sólo el ruido del bardo ossiánico sino también la del hombre que, gritando las palabras «¡Hola, Joe!» en entrecortados ataques, estará insoportable al menos durante un cuarto de hora.

—Sé cómo llaman a este lugar los suyos, sahib. Pero, ¿sabe cómo lo llamo yo? Yo lo llamo paraíso, sahib.

El señor Solapado se entristece de nuevo y ve otra vez cómo se aproxima el negro torbellino. Huele de nuevo el inefable, diabólico olor... ¿El olor que compró él? ¿El olor que no compró? No importa. Se agarra a la mesa para un instante más de contacto con la realidad, y pregunta:

—Pero ¿no le preocupa de ningún modo estar rodeado de locos eternamente?

Bhimbo le mira. Su rojiamarillenta mirada es paciente y amable.

—Ah, sahib. ¿No sabe la Única Gran Verdad? Todos los hombres están locos.

La inmemorial sabiduría del Oriente está en su voz, y en sus ojos.