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Allanadores - David Morrell

Sonó un trueno sin que vieran el relámpago. Amanda y Vinnie miraban a Balenger, y le escuchaban horrorizados.

—¿Así que ahora también eres un psicólogo populachero además de un soldado fracasado y un policía mediocre? —preguntó la voz.

—Detective.

Era detective. Supongo que todo lo que investigaste acerca de mí no te llevó a saber qué delitos investigué. También puede que lo ignoraras deliberadamente porque no quisieras pensar en tu problema. Delitos sexuales, Ronnie. Investigaba delitos sexuales. Puedo leerte la mente, colega, y es como una cloaca.

Ronnie. Ese nombre tampoco se le iba de la cabeza a Balenger.

—1968 —dijo Balenger al walkie-talkie—. Hay una foto tuya con Carlisle. Tiene la fecha por detrás: 31 de julio de 1968. Un mes después, Iris McKenzie desapareció. Al final de ese año, Carlisle cerró el hotel, despidió a todo el personal y vivió aquí solo. O puede que no estuviera solo. Ronnie. Ronnie. ¿Por qué me suena ese…?

Balenger pasó las páginas del informe policial, página a página; recordaba algo y lo estaba buscando. Ronnie. Entonces encontró la página y el nombre lo miraba a él. Hizo que se estremeciera.

—Ronald Whitaker.

—¡¿Qué?! —preguntó la voz.

—Ronnie. Ronald. Cuatro de julio de 1968. Ronald Whitaker.

—Cállate —dijo la voz.

Sonó otro trueno.

—Eres Ronald Whitaker.

—Cállate. Cállate.

Entre el ruido de la lluvia, Balenger pudo distinguir el sonido de unos golpes que venía de más abajo. No venía de la trampilla. Venía de más abajo. Balenger abrió el cerrojo de la trampilla y levantó la puerta mientras apuntaba con la pistola. Las gafas le permitieron ver las escaleras teñidas de verde.

—¡Cállate! ¡Cállate! —gritó Ronnie.

Mientras continuaban los violentos golpes, Balenger bajó la escalera y miró a través de la agujereada pared hacia la sala de estar devastada de Danata.

Los golpes venían de la puerta cerrada con barricadas y eran lo suficientemente fuertes como para empujar los muebles que estaban apilados contra ella.

—Tu madre murió —dijo Balenger al walkie-talkie—. Tu padre abusaba de ti.

—¡Te haré tanto daño que me suplicarás que te mate! —gritó Ronnie desde el otro lado de la puerta.

Balenger entró en la sala de estar de Danata y apuntó a la puerta. Habló en voz más baja para que Ronnie creyera que todavía estaba en el ático. Siguió hablando al walkie-talkie.

—Entonces tu padre pensó que ganaría unos dólares a tu costa, y te trajo aquí, al Hotel Paragon, para las fiestas del cuatro de julio, y te alquiló a otro pervertido.

—¡No te escucharé!

—El tío intentó sobornarte con una pelota de béisbol, un guante y un bate. No puedo imaginar lo atroz que debió de ser. Después, tu padre volvió a la habitación con el dinero. Estaba borracho. Se quedó dormido. Lo golpeaste veintidós veces con el bate. Ronnie, si yo hubiera estado en tu lugar, lo habría golpeado cincuenta veces. Cien. No puedo expresar lo mucho que lamento lo que le pasó a ese niño. Me enfurece enormemente pensar en lo que le hicieron. Se me parte el corazón al pensar en la infancia que él no pudo disfrutar.

La lluvia azotaba el edificio. Un trueno hizo que se tambalearan las paredes.

—Sin embargo, odio todo en lo que se convirtió ese niño después, Ronnie.

—¡Me llamo Walter Harrigan!

Balenger disparó hacia la voz. Una vez. Dos. Sus balas atravesaron la madera del centro de la puerta.

Cambió de posición inmediatamente, solo un instante antes de que parte de la pared rugiera y se partiera a causa de dos disparos y los perdigones se dispersaran hacia el ruido de su pistola.

Uno de los perdigones alcanzó a Balenger en el brazo. Balenger hizo caso omiso del dolor y disparó a derecha e izquierda de los agujeros que había en la pared. Cambió de dirección y se dirigió hacia la escalera mientras el rugido de dos disparos más hacía otros dos agujeros en la pared.

A lo lejos, a través de los agujeros de la pared, Balenger pudo oír que Ronnie recargaba su escopeta en la oscuridad.

«¡Maldita sea! ¡He dejado que me engañara! ¡Ha hecho que gaste munición! ¡Solo me quedan cinco disparos más!».

Sonó más ruido en su walkie-talkie.

«¡Ronnie está apuntando hacia el sonido!», se percató Balenger. Mientras sonaba la estática en el walkie-talkie de nuevo, subió por las escaleras. Dos nuevos disparos lanzaron perdigones contra los peldaños de la escalera que él ya había subido.

—No veo la luz de tu casco por los agujeros —dijo la voz desde el walkie-talkie de Balenger—. Ahora lo entiendo. Mientras tus amigos me entretenían, tú bajaste las escaleras y llegaste hasta los cuerpos. Cogiste sus gafas de visión nocturna.

Balenger se preparó para lo peor cuando se encontró delante de la trampilla. Ronnie no podía dispararle allí.

—Encontré los explosivos que metiste debajo de los cuerpos —le dijo Balenger al walkie-talkie.

—Bueno, hay uno que no encontraste —dijo la voz.

Un enorme ruido sordo sacudió el edificio. Por un momento, Balenger pensó que se trataba de otro trueno. Pero, cuando se tambalearon las paredes, se hizo evidente que el edificio retumbaba desde el interior. Balenger tuvo que sujetarse al borde de la puerta de la trampilla para mantenerse en pie. La onda expansiva le golpeó los oídos.

Amanda gritó desde más arriba.

—¡Aquí! ¡En la sala de vigilancia!

Balenger subió a toda velocidad por la trampilla. Corrió hacia la sala de vigilancia y abrió la trampilla de esa habitación. El humo le hizo toser. Cuando se despejó, las gafas de visión nocturna le permitieron ver que Ronnie había volado la escalera tres pisos más abajo. Los restos de metal se retorcían y balanceaban. Mucho más abajo había llamas.

Balenger cogió el walkie-talkie.

—Si te refieres a la caja de metal que le pusiste a Amanda, ya la encontramos. La tiré por la escalera de la sala de vigilancia. Está empezando un incendio allí ahora.

—De todas formas había pensado quemar este lugar mañana. Las monedas no tenían ningún valor para mí.

El brusco cambio de tema hizo que Balenger se preocupara.

—¿Las monedas?

—Una fortuna, pero no las pude utilizar para pagar los impuestos de este lugar —dijo la voz con amargura—. Fui a distintos anticuarios de numismática de diferentes ciudades. Nunca llevé más de dos monedas cada vez. Nunca llevaba las que no valían nada. Pero hay que vender muchas monedas de setecientos dólares para poder pagar cincuenta mil dólares de impuestos sobre bienes inmuebles. Un día, en Filadelfia, un anticuario al que no conocía le echó un vistazo a lo que le ofrecía y me dijo: «Así que usted es el tipo con los double eagle. Los otros anticuarios no paran de hablar de usted». Y esa fue la última moneda que me atreví a vender.

«¿Por qué estará hablando tanto?», se preguntó Balenger. «Está intentando entretenerme y hacer tiempo. ¿Qué se propone?».

De repente, Balenger se acordó de lo que le había dicho a Ronnie unos minutos antes: «La tiré por la escalera de la sala de vigilancia. Está empezando un incendio allí abajo». ¡Dios mío! Le he dicho dónde me encuentro.

Balenger se alejó corriendo de la trampilla y se dirigió hacia el dormitorio. Algo exploded detrás de él, pero esta vez no hubo metralla. Lo que la explosión provocó fue un fogonazo de calor que llenó la sala de vigilancia.

«El detonador que había al lado de la trampilla», pensó Balenger. Ronnie lo ha activado a distancia. El humo creció.

Amanda y Vinnie corrieron delante de él. Pero la dirección que tomó Vinnie dejó muy claro que no sabía qué había causado la explosión.

—¡Vinnie, aléjate de…!

En el dormitorio, Vinnie se detuvo y se dio la vuelta.

—¡La trampilla! —gritó Balenger—. ¡Aléjate de…!

Aturdido, Vinnie miró hacia abajo, donde se encontraba.

La trampilla.

El detonador.

La explosión fue pequeña, pero ensordecedora. Hizo que una ráfaga subiera por las piernas de Vinnie. Tenía los vaqueros en llamas. Gritó y cayó al suelo mientras intentaba apagar el fuego a manotazos.

Balenger cogió la colcha de la cama y se la puso en las piernas, en un intento desesperado por apagar las llamas. Vinnie seguía gritando.

Sucesivamente, y con gran rapidez, varios detonadores hicieron explosión por todo el ático. Balenger vio las explosiones y las llamas en la sala de vigilancia y en la de enfermería.

—¡Un extintor! —gritó Amanda—. ¡La cocina! —Corrió a través de la sala de vigilancia esquivando el fuego.

Balenger cogió un jarrón ornamental de un buró y corrió hacia el baño. Giró un grifo del lavabo, pero no salió agua. «¡La electricidad está desconectada! ¡La bomba no funciona!», recordó. Cogió agua de la taza del váter, corrió a la sala de enfermería y tiró el contenido del jarrón encima de las llamas. Un disparo hizo otro agujero en el suelo, pero para entonces Balenger ya estaba corriendo hacia el cuarto de baño de nuevo. Arrancó la tapa del váter y sacó más agua con el jarrón. Esta vez no llegó a entrar en la sala de enfermería, sino que se quedó en el umbral de la puerta y tiró el agua a las llamas desde allí. El fuego silbó y se redujo. Volvió al váter. Cogió toda el agua que pudo y regresó corriendo a la sala de enfermería. Esta vez las llamas se extinguieron cuando tiró el agua.

«No hay más agua. ¿Cómo voy a…?».

Oyó el sonido de un extintor al pulverizar. Era Amanda, que atacaba a las llamas en otra habitación. Pero ella no estaba en el comedor, donde también crecían las llamas. Agua. Hay que encontrar más agua. Miró hacia el ascensor abierto de la sala de ejercicio. Hizo caso omiso del peligro de que Ronnie disparara sobre él de nuevo y corrió hacia el ascensor, donde cogió las cinco botellas de orina que Ronnie le había devuelto para provocarle.

«Gran equivocación, hijo de puta», pensó Balenger mientras tiraba la orina sobre el fuego. El hedor del amoníaco le produjo arcadas. Echó más orina. El fuego crepitaba. Tiró el contenido de la tercera botella. El de la cuarta. El fuego se redujo al empaparse en la orina. La quinta botella logró apagarlo.

Otro disparo atravesó el suelo. Balenger sintió cómo se le clavaba una astilla en la cara mientras corría. Encontró a Amanda en la biblioteca, donde estaba apagando el fuego con el extintor con auténtica desesperación. Corrió hacia la sala de vigilancia, le echó una nube blanca a las llamas y las apagó también. Pero un instante después ya no había más nube: el extintor se había quedado vacío.

El suelo entró en erupción a causa de otro disparo, pero para entonces Balenger ya había llevado a Amanda al dormitorio. Se agacharon al lado de Vinnie contra la pared exterior. En teoría, ese era el sitio más seguro, encima del salón de Danata, cuya puerta seguía tapada por la barricada. El humo se movía a su alrededor. Los vaqueros carbonizados de Vinnie se le pegaban a las piernas. Tenía la piel ennegrecida y le supuraba líquido. Quemaduras de tercer grado. Balenger había visto muchas en Irak.

—Duele —dijo Vinnie.

Balenger sabía que a Vinnie le iba a doler mucho más cuando sus nervios se recuperaran del shock. Muy pronto estaría agonizando.

—¡Duele! —A pesar del tinte verde de las gafas de visión nocturna de Balenger, la cara de Vinnie tenía un color ceniciento.

—Lo sé —dijo Balenger—. ¿Puedes andar?

—Solo hay una manera de saberlo. —Con un gesto de dolor, Vinnie le hizo una seña a Balenger para que le ayudara a ponerse en pie.

Pero Vinnie tenía las piernas hinchadas. Sus rodillas se negaban a doblarse. El poner peso en ellas le hacía contener la respiración del dolor. Balenger temía que se desmayara.

—Vale. No es buena idea. —Balenger le ayudó a ponerse en el suelo de nuevo.

—Amanda. —A Balenger le sorprendió que todavía sostuviera en su mano el extintor vacío—. Ve a la sala de vigilancia sin hacer ruido y tira el extintor lo más lejos que puedas. A la biblioteca si puedes. Pero espera a que yo llegue a la puerta de la sala de enfermería.

—¿Qué vas a…?

—Ayudarle con el dolor.

Balenger se dirigió hacia la derecha, hacia la sala de enfermería. Las velas que allí había brillaban tenuemente y estaban rodeadas de humo. Asintió hacia Amanda, quien tiró el extintor en dirección contraria, hacia la biblioteca. En cuanto oyó el golpe contra el suelo, que distraería a Ronnie, Balenger entró en la sala de enfermería y metió la mano por el cristal roto de la puerta del armario de las medicinas. Cogió una jeringuilla y un vial de morfina y corrió a toda velocidad al dormitorio, justo antes de que más perdigones atravesaran el suelo.

Se arrodilló junto a Vinnie.

—Te voy a poner lo suficiente como para aminorar el dolor, pero no como para dejarte inconsciente.

Vinnie asintió y se mordió el labio.

—Date prisa y hazlo de una vez.

Balenger le descubrió la muñeca a Vinnie y le puso la inyección.

La cara de Vinnie seguía rígida por el dolor. Muy despacio, el dolor desapareció.

—Sí.


Almas cándidas - Horacio Quiroga

 

Un matrimonio joven que vivía en el campo tuvo un perro inteli­gente, grande y bueno. Se llamaba León. Vigilaba la chacra próspera, arreaba los bueyes, era su grande amigo. Mucho le querían; y si a un pe­rro así no se quiere, ¿a quién se va a tener cariño en este mundo? 

Cuan­do se enfermó, se miraron sin saber qué hacer. Dormía todo el día, se res­tregaba horas enteras contra el marco de las puertas. Una mañana Emi­lio le llamó y no pudo levantarse. Hizo un esfuerzo, alzó la cabeza a to­dos lados, desorientada, y la dejó caer gimiendo. Lo llevaron en seguida a la cocina.

Aunque viéndole envejecer y acercarse a una muerte injusta para el noble amigo, estuvieron todo el día preocupados. Cuando de noche fueron a verle, estaba peor. Se acostaron callados, uno al lado del otro; no tenían ciertamente ganas de hablar. Después de largo rato de silencio ella le pre­guntó:

-¿Es difícil curar a los perros, no?

-Difícil.

Todos los fieles recuerdos de León, a la muerte, surgieron entonces, uno tras otro.

A la mañana siguiente León no conocía más. Se estremecía sin cesar, y no pudieron abrirle la boca. En cuclillas a su lado, le miraban sin apartar la vista, esperando verle morir de un momento a otro.

De tarde murió. Esa noche comieron apenas.

-¿Murió a las dos?

-Sí, a las dos y media.

Cuando se pierde un animal así, bueno como pocos, justo es que no se piense sino en él. Mas en lo hondo sentíanse disgustados de sí mismos por haber sido injustos con León. ¿Para qué quererle así si al otro día habrían de tirarle en el monte, como a una cosa que no se quie­re más?

 De codos sobre la mesa jugaban distraídamente con el cuchillo. Dos o tres veces ella quiso hablar y se detuvo. Al fin dijo:

-Hay personas que entierran a los perros. Eso es ridículo, yo creo. Al cabo de un rato dijo de nuevo:

-A los perros no se los debe enterrar. Son buenos, sí, uno los quiere, pero no enterrarlos.

Los dos pensaban en la injusticia con su pobre León, abandonado así porque estaba muerto. ¿Qué gratitud hay entonces en uno? ¡Pobre León!

Ninguno se atrevía. Pero al fin sus miradas se encontraron y ella le miró con ojos suplicantes:

-Emilio: ¿vamos a enterrarlo?

Se levantaron y llevaron a su perro muerto en los brazos. El cavó mientras ella le alumbraba. Colocáronle de costado, apisonaron cuidadosa­mente la tierra, y se volvieron en silencio, con los ojos llenos de lágrimas.

La mano - Guy de Maupassant

La mayoría de los ocupantes de la estancia rodeaban al señor Bermutier, que desempeñaba el cargo de juez de instrucción, debido a que estaba ofreciendo su parecer sobre el misterioso asesinato de Saint-Cloud. Todo un mes llevaba el caso apasionando a los habitantes de París. Se formulaban infinidad de hipótesis, pero nadie parecía contar con la definitiva.

El magistrado se hallaba en pie, dando la espalda a la chimenea, mientras exponía sus razonamientos. Se apoyaba en las pruebas proporcionadas y, sin embargo, no terminaba por dar una opinión definitiva.

A pesar de esto, varias mujeres continuaban mirándole atentamente, a la vez que le escuchaban estremeciéndose, debido a que las frases que salían de aquellos labios no podían ser más apasionadas. En realidad sentían más miedo que curiosidad, acaso por esa tendencia tan humana de querer satisfacer sus dosis de terror, como si ésta fuera una necesidad propia de nuestra época.

Hasta que una de ellas, la más decidida y pálida, se atrevió a decir:

–Es algo terrible. Lo que usted cuenta, señoría, puede ser considerado algo «sobrenatural». Los seres humanos nunca podremos conocer la verdad.

El juez se giró muy despacio, con evidente solemnidad, y miró a la señora.

–Debo admitir que acaso nos quedemos sin desvelar ese misterio. Pero el término «sobrenatural» que usted ha empleado no corresponde a nuestro caso. Tenemos delante un homicidio perfectamente planeado y realizado, para que quedara envuelto en una maraña de pistas que nos vemos incapacitados para desenredar. Recuerdo que hace unos años tuve que intervenir en un caso que realmente presentaba unas circunstancias extraordinarias, casi irreales. Me vi obligado a sobreseerlo al no poder disponer de unas pruebas creíbles.

Varias de las mujeres se unieron en esta petición:

–¡Tiene que contárnoslo, juez!

El señor Bermutier formó una sonrisa, sin que este gesto le restara ni una mínima parte de la severidad propia de su cargo.

Finalmente, comenzó a narrar lo siguiente:

«De partida, no quiero meter en sus cabezas que en este suceso se produjo algún hecho sobrehumano. Yo nada más que tengo presente las circunstancias naturales, lo que se puede explicar. Por eso prefiero llamar «inexplicable» a todos esos casos que las gentes acostumbran a tachar de «sobrenaturales». De todas las maneras, en lo que van a escuchar se produjeron algunas cosas sorprendentes, sobre todo en los momentos iniciales. Comenzaré la historia, aunque les anticipo que no les agradará mi explicación final:

»Me habían nombrado juez de instrucción en Ajaccio, que es una ciudad de pequeñas dimensiones emplazada en el interior de un golfo circundado por unas elevadas montañas.

»Las tragedias más habituales en aquel lugar vienen producidas por lo que en corso se llaman vendettas. Se producen de todas las características más brutales: trágicas, salvajes y hasta valerosas. En aquellas tierras uno se enfrenta a los más interesantes casos que es posible suponer, casi siempre provocados por odios alimentados durante siglos, que se han adormecido durante algún tiempo, pero que se mantienen encendidos como las brasas bajo un montón de cenizas. De repente, estallan las astucias más horribles, los homicidios que acaban por degenerar en auténticas matanzas, algunas de ellas capaces de alimentar leyendas inolvidables. Sin embargo, durante los primeros dos años de mi estancia lo único que me tocó escuchar fue el desprecio que se tenía a la vida humana, por culpa de esa tradición corsa de cargar las ofensas recibidas sobre el causante de la misma y toda su familia, sin perdonar ni al pariente más lejano. Llegué a comprobar cómo se había decapitado a ancianos, a chiquillos y a primos por lo que nosotros consideraríamos auténticas nimiedades.

»Un día fui informado de que un caballero inglés había alquilado una villa edificada en la zona central del golfo. Le acompañaba un servidor francés, que por lo visto había contratado en Marsella.

»Como todos hablaban de este extranjero con mucho interés, acaso porque vivía solo, sin compañía femenina, a la vez que sus únicas aficiones eran la pesca y la caza, comencé a sentir una gran curiosidad. Al parecer se comportaba igual que un misántropo, ya que no hablaba con las gentes de la ciudad ni bajaba nunca a la misma. Sólo se escuchaban sus disparos de carabina o pistola, debido a que solía ejercitarse tirando al blanco durante dos horas al día.

»En seguida comenzaron a circular historias sobre ese personaje. Unos le consideraban un fugitivo político, y otros hablaban de que huía de un crimen cometido en su país. Además, escuché otras cosas peores, que no viene al caso comentar ahora.

»Como yo era el juez de la localidad, asumí la responsabilidad de efectuar una investigación, aunque no fuera oficial, ya que carecía de motivos para ello. Primero me enteré que se llamaba John Rowell y que tenía el título de sir.

»Me dispuse a seguirle muy de cerca, lo que me llevó a comprobar que su comportamiento no podía ser más legal.

»Sin embargo, como las gentes no dejaban de hablar en su contra, me aproximé más a él. Como yo también soy aficionado a la caza, empecé a practicarla en las cercanías de su villa.

»Pasaron algunas semanas, hasta que se presentó la oportunidad. Gracias a que pude abatir una perdiz de gran tamaño delante del inglés, en el momento que mi perro la recogió, me disculpé ante quien no cesaba de mirarme y, acto seguido, le regalé la pieza.

»Mi gesto le agradó. Me encontraba delante de un gigante fornido, de cabello rojizo y que presentaba todo el aspecto de un atleta maduro. Dado que no era tan parco en palabras como se contaba, me habló con un francés cargado de acento sajón. Pasados unos veinte días, ya habíamos intimado lo suficiente para detenernos a charlar.

»Cierta tarde, mientras paseaba delante de su casa, le vi fumando una pipa en el jardín. Nada más que le saludé, me invitó a entrar para compartir una botella de cerveza. Como estaba esperando esta ocasión, no dudé en aceptar.

»Fui atendido con esa meticulosidad tan propia de los ingleses. Pronto se dedicó a hablar maravillas de Francia y de Córcega, hasta que me confesó que le encantaba mucho “ese” nación y “ese” costa.

»Aproveché la oportunidad para formularle algunas preguntas, intentando no aparecer como un juez, debido a que él conocía mi condición de tal. Quería saber algo de su vida y de las intenciones que le habían traído a Ajaccio. Me contestó con la mayor naturalidad que era un viajante contumaz, lo que le había permitido conocer muchos lugares de África y América. Por último, sin poder contener la risa, exclamó:

»–¡He vivido “muchos” cacerías y hecho “gordas” proezas, oh, yes!

»Después hablamos de caza, lo que a él le permitió disertar sobre la forma de acosar al elefante, al tigre, al hipopótamo y al gorila. Bastante impresionado, le dije:

»–Tengo entendido que todas esas bestias son muy peligrosas.

»Formó una sonrisa de niño grande.

»–¡No, de ninguna manera! ¡Nadie supera en malignidad a los hombres!

»Acompañó esta afirmación con unas estruendosas carcajadas, propias de un inglés de noble carácter. Como estaba complacido, añadió sin dejar de sonreír:

»–En ocasiones me he visto obligado a dar caza a “duros” hombres.

»Acto seguido, me invitó a ver su colección de fusiles, carabinas y pistolas.

»Entramos en una sala decorada con tonos negros, en cuyas paredes dominaba el mismo color, sobre todo en los tapices, aunque en éstos se acompañaba con unos bordados de oro.

»También había enormes flores amarillas, las cuales resplandecían igual que las llamas al quemar la seca hierba del campo.

»–Tiene ante usted “una” tapiz de Japón.

»En seguida despertó mi curiosidad un extraño objeto, que se encontraba en el panel mayor. Era algo oscuro destacando sobre un fondo de rojo terciopelo. Me aproximé, para quedar asombrado. ¡Era una mano de hombre! No la de un esqueleto, con los huesos blancos y limpios, sino disecada de tal manera que había adquirido un tono negruzco, que se rompía en las uñas amarillentas; sin embargo, se apreciaban los abultamientos de los músculos y los tendones. También pude advertir que había sangre y grasa en la zona del corte, el cual debió realizarse con un hacha a la altura del antebrazo.

»Lo que más llamó mi atención, dentro de lo muy impresionado que me sentía, fue que alrededor de la muñeca destacaba una gruesa cadena de acero, que alguien había soldado a la mano mugrienta, con el fin de fijarla en la pared mediante una argolla, similar a las que se utilizaban antiguamente con los condenados.

»No me quedó más remedio que preguntar:

»–¿Qué significa esto?

»Sir John Rowell contestó con la mayor tranquilidad:

»–Es la mano de mi “más bueno” rival. La he traído de América. La corté con un “seco” tajo de mi afilado sable. Más adelante, retiré la piel con una piedra afilada y la dejé secar unos ochos días bajo el sol. ¡Sí, es un trofeo que a mí “gustó” bastante!

»A pesar del asco que me daba, toqué aquel testimonio humano, mientras pensaba que su propietario debió ser tan grande como mi anfitrión: los dedos eran muy largos, los tendones gruesos y sobre algunos músculos quedaban pedazos de una piel acartonada. La mano resultaba horripilante en su conjunto, acaso más por lo que sugería... ¿Quizá una vendetta despiadada?

»–Su rival debió ser un coloso, ¿no es cierto?

»El inglés se tomó su tiempo para contestar, aunque no dejó de sonreír.

»–Ah, yes; pero yo le vencí con mi fuerza y astucia, aunque esa cadena tardé en colocarla –se puso muy serio, como si unas ideas que le disgustaban estuvieran acudiendo a su mente; por último, añadió–: Lo hice cuando me di cuenta de que estaba intentando escapar..., ya que la encontré en diferentes lugares del suelo, siempre cerca de las puertas o ventanas. Pero hace tiempo que permanece quieta. Acaso ya no necesite estar sujeta.

»Tuve que mirarle fijamente, queriendo comprobar si me estaba hablando un loco o un burlón dispuesto a tomarme el pelo.

»Como su rostro no había alterado la expresión, debí convencerme de que él creía lo que acababa de contarme. No me sucedía a mí lo mismo, por eso procuré llevar la conversación por otros derroteros.

»En el momento que me dediqué a examinar la colección de rifles, pude comprobar que había tres revólveres cargados. Esto me hizo suponer que mi anfitrión vivía permanentemente bajo una amenaza, ante la cual pretendía mantenerse siempre alerta... ¿Qué podía ser?

»No encontré la respuesta. Volví a esa casa unas tres o cuatro veces más, sin que sucediera nada anormal. Esto vino acompañado de una temporada de gran actividad en mi juzgado, por lo que dejé de visitar al inglés.

»Por otra parte, las gentes se habían cansado de inventar fábulas sobre ese extranjero, al haberse acostumbrado a su presencia en las cercanías de la ciudad.

* * *

»Creo que llegó a pasar un año. Cierta mañana de otoño, tengo idea de que fue a últimos de noviembre, mi servidor me levantó de la cama, debido a que sir John Rowell había aparecido muerto aquella noche.

»Poco más tarde, yo entraba en la villa del inglés, en compañía del jefe de la policía local, que era el capitán de la gendarmería. El criado estaba sentado en la puerta, llorando desconsoladamente. Debo reconocer que le consideré sospechoso, en un principio; sin embargo, tardé muy poco en comprobar su inocencia, con sólo formular unas pocas preguntas.

»He de admitir que nunca encontramos al culpable.

»Nada más llegar al salón pude contemplar, con la primera observación, que el cadáver estaba caído en el centro de la estancia. Su chaqueta aparecía desgarrada, al mismo tiempo que una de las mangas había sido arrancada. El mejor testimonio para deducir que la víctima se había ido al otro mundo después de librar una cruenta pelea.

»Lo más evidente era que la muerte había sido causada por estrangulación. Lo revelaban el rostro hinchado y negruzco, terrible, y un gesto de terror demencial. Pude advertir, además, que el cadáver sujetaba algo entre los dientes; al mismo tiempo, en el cuello se veían cinco orificios, que parecían haber sido causados por el mismo número de agujas de hierro. De todos ellos brotaban unos hilillos de sangre reseca, que habían formado un pequeño charco en la alfombra.

»Dejé la inspección ocular ante la llegada del médico. Éste se dedicó un tiempo prudencial a realizar su trabajo, pero se entretuvo más de lo habitual comprobando las heridas del cuello. Cuando terminó, se volvió hacia mí para ofrecerme esta sorprendente información:

»–Las marcas sangrientas sólo han podido ser causadas por cinco huesos. Creo que la estrangulación la efectuó un esqueleto.

»Me sobresalté enormemente, igual que si hubiera sido atacado por una corriente de viento helado. Entonces llevé mis ojos hacia la pared, donde pude examinar, hacía casi un año, la terrible mano despellejada. Allí no se encontraba; sin embargo, de la pared colgaba la cadena rota.

»Acto seguido, me agaché junto al cadáver, para extraer de entre los dientes un dedo. El médico tuvo que ayudarme para conseguirlo. Finalmente, pude comprobar que el dedo pertenecía a la mano disecada. Correspondía a la segunda falange del índice. Esto me llevó a suponer que el inglés lo pudo arrancar, de un mordisco, mientras luchaba desesperada, e inútilmente, por defender su vida.

»Realizamos un exhaustivo estudio de la casa, sin encontrar ninguna pista; las puertas y ventanas no presentaban testimonios de haber sido forzadas. Por el servidor supimos que ninguno de los dos perros había ladrado en toda la noche.

»Pero este personaje nos contó algo demasiado revelador. Al parecer su amo llevaba unos meses bastante intranquilo, acaso porque venía recibiendo, desde hacía bastante tiempo, unas cartas misteriosas, que al leerlas le obligaban a maldecir y, luego, a quemarlas como quien destruye algo aborrecible. En infinidad de ocasiones descolgaba un látigo y, dominado por un arrebato de locura, comenzaba a golpearlo sobre la mano disecada, como si pretendiera indicarla que él era el más fuerte...

»¡No obstante, la mano había conseguido soltarse, como se podía deducir al ver la cadena rota! ¿Acaso se soltó antes del crimen?

»Sir John Rowell acostumbraba a acostarse muy tarde, sin dejar de tomar las mayores precauciones. Nunca dejaba de tener los revólveres cargados cerca de sus manos. Según nos contó su criado, muchas noches le había oído gritar en sueños, tan alto que le despertaba, por eso pudo comprobar esta anormalidad. En los gritos parecía estar discutiendo con un rival misterioso.

»Singularmente, aquella noche la villa había permanecido sumida en el silencio más absoluto. Por eso el servidor no pudo descubrir el cuerpo muerto de su amo hasta la mañana, en el momento que entró en el salón para abrir las ventanas, como era su costumbre. Sin embargo, no pudo ayudarnos a la hora de poder identificar al asesino.

»Aquella misma tarde, mientras redactaba el informe judicial, me puse en contacto con los otros magistrados y los gendarmes. Estos recibieron la orden de peinar toda la isla, en busca de algún extraño, acaso un americano o cualquier otro extranjero. Pero no se localizó a nadie.

»Cierta noche, pasados unos tres meses del homicidio, sufrí una terrible pesadilla: me vi acosado por aquella mano disecada, horripilante amenaza, igual que un alacrán o un escorpión obsesionado por clavarme su envenenado aguijón. Yo corría a esconderme tras las cortinas, para ver a aquel bicho espantoso deslizarse por la pared en busca de mi garganta. En tres ocasiones me desperté sudando, y cuando lograba recuperar el sueño, de nuevo me asaltaba la misma alucinación... ¡Siempre esa mano yendo en busca de mi cuerpo, con una inusitada velocidad al haber convertido sus dedos en unas patas!

»Precisamente, a la mañana siguiente el sepulturero me trajo la mano. La había encontrado sobre la tumba de sir John Rowell, cuando allí nunca había estado. En seguida pude ver que le faltaba el índice, el cual comprobé, a los pocos minutos, que era el mismo que guardábamos como prueba, después de extraerlo de entre los dientes del cadáver.

»Hasta aquí llega mi historia. No puedo contarles nada más».

Las curiosas señoras se habían quedado pálidas y muy excitadas. Una de ellas, la más decidida, hizo oír su reproche:

–¿Cómo nos puede dejar así, señoría, al contar un suceso que no tiene final ni una explicación lógica? A todas nosotras nos va a costar coger el sueño mientras no conozcamos lo que sucedió de verdad.

El magistrado compuso una severa expresión.

–Vaya, como me ha colocado usted ante el compromiso de ser el responsable de sus insomnios, no me queda más remedio que evitarlo. Estoy convencido de que el dueño de esa mano nunca murió, por eso terminó por acudir en su búsqueda. Desconozco cómo logró entrar en la villa. El hecho es que se cobró su vendetta.

Entonces otra de las mujeres protestó:

–Eso es imposible... ¡Las puertas y las ventanas no estaban forzadas! ¿Cómo pudo entrar?

El juez formó una sonrisa amigable y, luego, finalizó el asunto con estas palabras:

–Recuerden la advertencia que les hice de que no les iba a agradar mi explicación

Una niña perversa - Jehanne Jean Charles

Esta tarde empujé a Arturo a la fuente. Cayó en ella y se puso a hacer "gluglú" con la boca, pero también gritaba y fue oído. Papá y mamá llegaron corriendo. Mamá lloraba porque creía que Arturo se había ahogado. Pero no era así. Ha venido el doctor. Arturo está ahora muy bien. Ha pedido pastel de mermelada y mamá se lo ha dado. Sin embargo, eran las siete, casi la hora de acostarse, cuando pidió pastel, y a pesar de eso mamá se lo dio. Arturo estaba muy contento y orgulloso. Todo el mundo le hacía preguntas. Mamá le preguntó cómo había podido caerse, si se había resbalado, y Arturo ha dicho que sí, que se tropezó. Es gentil que haya dicho eso, pero yo sigo detestándolo y volveré a hacerlo en la primera ocasión.
Por lo demás, si no ha dicho que lo empujé yo, quizá sea sencillamente porque sabe muy bien que a mamá la horrorizan las delaciones. El otro día, cuando le apreté el cuello con la cuerda de saltar y se fue a quejar con mamá diciendo: "Elena me ha hecho esto", mamá le ha dado una terrible palmada y le ha dicho: "¡No vuelvas a hacer una cosa así!" Y cuando llegó papá, ella se lo ha contado, y papá también se puso furioso. Arturo se quedó sin postre. Por eso comprendió. Y esta vez, como no ha dicho nada, le han dado pastel de mermelada. Me gusta enormemente el pastel de mermelada: se lo he pedido a mamá yo también, tres veces, pero ella ha puesto cara de no oirme. ¿Sospechará que yo fui la que empujó a Arturo?
Antes, yo era buena con Arturo, porque mamá y papá me festejaban tanto como a él. Cuando él tenía un auto nuevo, yo tenía una muñeca, y no le hubieran dado pastel sin darme a mí. Pero desde hace un mes, papá y mamá han cambiado completamente conmigo. Todo es para Arturo. A cada momento le hacen regalos. Con esto no mejora su carácter. Siempre ha sido un poco caprichoso, pero ahora es detestable. Sin parar está pidiendo esto y lo otro. Y mamá cede casi siempre. A decir verdad, creo que en todo un mes solo lo han regañado el día de la cuerda de saltar, y lo raro es que esta vez no era culpa suya.
Me pregunto por qué papá y mamá, que me querían tanto, han dejado de repente de interesarse en mí. Parece que ya no soy su niñita. Cuando beso a mamá, ella no sonríe. Papá tampoco. Cuando van a pasear, voy con ellos, pero continúan desinteresándose de mí. Puedo jugar junto a la fuente lo que yo quiera. Les da igual. Sólo Arturo es gentil conmigo de cuando en cuando, pero a veces se niega a jugar conmigo. Le pregunté el otro día por qué mamá se había vuelto así conmigo. Yo no quería hablarle del asunto, pero no pude evitarlo. Me ha mirado desde arriba, con ese aire burlón que toma adrede para hacerme rabiar, y me ha dicho que era porque mamá no quiere oir hablar de mí. Le dije que no era verdad. Él me dijo que sí, que había oído a mamá decirle eso a papá, y que le había dicho: "No quiero oír hablar nunca más de ella."
Ese fue el día que le apreté el cuello con la cuerda. Después de eso, yo estaba tan furiosa, a pesar de la palamada que él había recibido, que fui a su recámara y le dije que lo mataría.
Esta tarde me ha dicho que mamá, papá y él iban a ir al mar, y que yo no iría. Se rió y me hizo muecas. Entonces lo empujé a la fuente.
Ahora duerme, y papá y mamá también. Dentro de un momento iré a su recámara y esta vez no tendrá tiempo de gritar, tengo la cuerda de saltar en las manos. Él la olvidó en el jardín y yo la tomé.
Con esto se verán obligados a ir al mar sin él. Y luego me iré a acostar sola, al fondo de ese maldito jardín, en esa horrible caja blanca donde me obligan a dormir desde hace un mes.

La señorita Winters y el viento - Christine Noble Govan

Mientras permanecía en la esquina, aferrando con fuerza su billete de vuelta de autobús, la señorita Winters sentía un intenso odio hacia el viento. Durante los años que llevaba en aquella espantosa y desagradable ciudad, entre la mujer y el viento se había mantenido un constante estado de guerra. El aire parecía haberla elegido a ella —una solitaria y desamparada figura— para desahogar sus deseos de venganza. Le ladeaba el viejo sombrero de fieltro, le echaba sobre el rostro el revuelto cabello y le subía indecentemente las faldas, dejando a la vista sus negras medias de algodón. Una vez, cuando regresaba a casa desde el trabajo, el viento le arrebató de las manos el billete de vuelta y lo arrojó bajo el autobús que pasaba. Cuando el vehículo hubo desaparecido, la señorita Winters miró entre el polvo y buscó por todas partes; pero el trocito de amarillo papel parecía eludirla. La gente que se arremolinaba a su alrededor casi la empujó bajo un camión y manifestó impacientemente su disgusto contra ella. La cosa había sucedido el día antes de cobrar, cuando la mujer sólo disponía del dinero para pagarse el autobús de la mañana siguiente. Tuvo que hacer a pie el resto del camino a casa; cinco kilómetros, y todos con el viento en contra. Cuando era niña y vivía en el Sur, el viento era una cosa agradable. Las montañas lo mantenían adecuadamente dominado, domándole como se doma a un brioso potro. El aire chocaba contra las cumbres y era troceado en minúsculas partículas por los árboles, que susurraban con un sonido similar al del océano. En los campos, las flores silvestres se mecían con suavidad, formando hermosos mares color rojo dorado. En la escuela, cuando la señorita Winters leía Hiawatha, su delgado rostro se iluminaba momentáneamente ante estas líneas: Como bajo el sol brillan los rizos que el frío viento forma en los ríos. Pero entonces la señorita Winters no sabía realmente lo que era un viento frío. Ahora sí lo sabía. Era algo que se introducía por todos los resquicios y entumecía los pies de la señorita Winters, pese al fuego que tan asiduamente cuidaba. Por las noches, el helado viento se metía con ella en la cama, de forma que hasta su atigrado gato, que permanecía bajo las mantas, se estremecía y durante horas de oscuridad, no paraba de moverse tratando de calentar sus doloridos huesos. El aire se metía bajo el usado abrigo de la mujer, penetrando por el agujero que había hecho en sus pantalones el alambre del tejado en que los tendía. También atravesaba sus remendados guantes, entumeciéndole los dedos hasta que le quemaban en una agonía de frío. Su madre procedía de una agradable región del Sur. Y después de la muerte del padre de la señorita Winters, la anciana señora anheló con todas sus fuerzas volver a su tierra natal. Pero el viento había podido con ella, recordó la señorita Winters, con amargura: tras aguantarlo durante dos temporadas, la pobre murió de pleuresía. Por entonces, la señorita Winters poseía un negocio que funcionaba satisfactoriamente. Se dedicaba a Cos-tura Selecta y Elegante, Precios Razonables. La mujer se había convertido en una solterona de pecho plano, cuyas juveniles ilusiones se redujeron a cenizas años atrás. Confeccionaba ropitas para bebés, con diminutos canesúes bordados; trajes de novia, y bonitos delantales para niñas. La enfermedad y la muerte de su madre representaron grandes gastos. Luego vino la depresión. La señorita Winters se trasladó a barrios peores, barrios que, por lo visto, gustaban mucho al viento, ya que los azotaba constantemente. La mujer se sentía sola, inquieta y, a veces, asustada. El miedo le atenazaba la garganta como si fuese una verdadera mano, haciéndole difícil tragar. Más tarde, la Administración de Proyectos Obreros le facilitó costura. La señorita Winters hizo gruesas chaquetas y pesadas prendas de trabajo. La dura tarea envaró y despellejó sus dedos. No dejaba de pensar en las damas a quienes había vestido de seda y crepé de China y en los bellos trajes que realizara durante su juventud. El peor de los golpes lo recibió al concluir el proyecto obrero. Las mujeres llevaban pantalones, laboraban en las fábricas y compraban ropa hecha. No tenían tiempo para probarse las meticulosas prendas cosidas por la señorita Winters. Las viejas clientes de ésta murieron o se marcharon a Florida, donde el viento era menos cruel. El miedo iba cerniéndose sobre la mujer como una creciente marea. Las manos, que en tiempos bordaron ramilletes de lilas sobre la batista y la estopilla, se habían vuelto artríticas a causa del frío y del tosco trabajo. Todo lo que ahora podía hacer eran zurcidos y, de vez en cuando, algún encargo para una tienda de ropas usadas. El autobús llegó atestado, y la señorita Winters tuvo que ir de pie. En la calle en que vivía, el frío había ma-tado incluso el olor a ajo y a repollo. Pero el viento seguía allí, haciendo volar los papeles, echándole a la cara humo y polvo, y tirando de su sombrero hasta que los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas de impotencia. Para llegar a su cuarto tuvo que subir dos tramos de escalera. El gato esperaba, hecho un ovillo, en medio de la cama. El animal saltó al suelo, estiró su flaco y listado cuerpo y se encaminó hacia su dueña. Era la única criatura que aún la recibía como a una amiga. Gracias al gato, la señorita Winters podía olvidar algunas veces su miedo atenazador. La confianza del animal en ella le daba un poquito de valor y determinación. Sin embargo, también temía por él. Había demasiadas personas que eran malas con los gatos, especialmente si éstos no eran de raza. —¿Estaba solito el minino de mamá? — dijo, con sus agrietados labios —. Mamá va a encender fuego y luego dará de comer a su gatito. El bicho, como apreciando tan patética devoción, se frotó, runruneando, contra la falda de la mujer. La señorita Winters, aún con guantes, puso en la cocina unas astillas y unos preciosos trocitos de carbón y les colocó debajo una cerilla. El maldito viento llegó por la chimenea y apagó la llama, sembrando de cenizas el suelo y manchando los limpios zapatos de la mujer. La señorita Winters consiguió al fin encender un débil fuego. Sobre el fogón colocó un recipiente para preparar el té. Mientras el agua se calentaba, la mujer se sentó en la mecedora de abombado asiento que había frente al fuego, con las piernas cómodamente extendidas y los brazos doblados contra el cuerpo para darse calor. El gato saltó a su regazo, dándole suaves cabezazos en la barbilla. La solterona, agradecida, le abrazó. El animal ponía una nota de vida en el desnudo cuarto. Era algo que le hacía olvidar un poco la creciente marea de su miedo: el alquiler, que se llevaba todo lo que ganaba en la tienda, los treinta y siete centavos que debía al lechero, las suelas de sus zapatos... El miedo siempre estaba allí. Atormentada por él, la anciana había estropeado una prenda en la ropavejería y casi perdido su día de trabajo. Al recordarlo, le invadía un frío que no era debido al viento, precisamente. El gato, sobre su falda, frotaba la suave nariz contra el rostro de la señorita Winters, a la vez que emitía un sonido que era, a un tiempo, ronroneo y maullido. En un repentino arranque de ternura, la señorita lo atrajo hacia sí, y el animal la miró con aire presuntuoso. Sus ojos eran como pálidas lunas verdes con misteriosas manchas doradas. La solterona se levantó y preparó el té. Luego echó un poco de leche y parte del agua caliente en una fuentecita, para el gato. De su bolso extrajo un hueso de chuleta que había conseguido le diera una de sus compañeras de trabajo. El hueso aún tenía una tira de carne y de ella emanaba un fuerte olor a pimienta y a frito. La mujer arrancó la carne, mirando, avergonzada, el desnudo cuarto. Luego comió lentamente, mientras lágrimas de autocompasión le llenaban los ojos. Después se agachó y colocó el hueso, al que aún estaba adherida la grasa, en la fuentecilla del gato. El animal dejó la leche y comenzó a roer el sebo mientras movía el rabo como muestra de satisfacción. La señorita Winters se quitó el sombrero y comenzó a beber el té. Tomó asiento y fue dando pequeños sorbos a la infusión, mientras contemplaba al gato, deleitándose con los graciosos movimientos del animal y con la maravilla de sus verdes y profundos ojos. Cada vez hacía más viento. A medida que la oscuridad aumentaba, la habitación se enfriaba más y más. La señorita Winters se quitó la ropa de salir a la calle, fue a buscar su bata de franela y la puso a caldear junto al fuego. Calentó más agua y llenó con ella una botella para meterla entre las frías sábanas. En seguida, armada con el gato y la botella, y tras remover los carbones para que el fuego durase el mayor tiempo posible, se introdujo en la cama. La bombilla que había junto al mueble apenas daba la luz suficiente para leer la sensacional revista de historias amorosas que cada noche ayudaba a la solterona a olvidar sus problemas. Horas más tarde se despertó. El viento, no contentándose con atormentarla de día, convirtiendo cada una de las horas de luz en un suplicio, tenía que desvelarla por la noche con el fin de devolverla a la miseria de que los sueños la libraban brevemente. El aire rugía en torno a la chimenea y golpeaba las ventanas hasta hacerlas temblar en sus marcos. La que la señorita Winters había pegado con un gran trozo de papel de goma parecía abombarse como si en cualquier momento fuera a reventar, llenando la habitación de cristales. En el tejado algo se soltó y quedó allí, batiendo y saltando, haciendo imposible el sueño. El frío parecía algo tangible, que recorría la columna vertebral de la anciana, mordía su rostro y punzaba sus pies, donde la ya helada botella se burlaba de cualquier idea de comodidad. La mujer dio la luz, como si eso pudiera calentarla. El gato se rebulló y comenzó a moverse nerviosamente por la cama. De pronto se produjo una ráfaga de viento más fuerte que las demás. Se oyó un fuerte ulular y la ventana rota saltó. El cristal penetró en la habitación como si fuera metralla. El gato brincó al suelo y, en medio del salto, fue alcanzado por una arista de vidrio. El animal lanzó un último maullido y cayó inerte. Sobre la amarilla alfombrilla, las manchas de sangre parecieron pétalos de rosa. La señorita Winters se levantó de entre las gruesas mantas. Tenía frío, pero el de ahora estaba producido por una insensata furia. Pasó entre los fragmentos de cristal y recogió el inerte cuerpo del animalito. Los maravillosos ojos verdes aparecían vidriados, y la sangre caía en cálidas gotas sobre los pies, enfundados en medias, de la mujer. La señorita Winters permaneció allí, inmóvil, durante mucho, mucho tiempo. Al fin dejó al gato en el suelo y dijo, con expresión ausente: —Esto ya ha ido demasiado lejos. Al menos, ahora ya sabía lo que debía hacer y, por consecuencia, se sentía tranquila. Se acercó a la cama, apartó las mantas, el abrigo que llevaba durante el día, la colcha que confeccionara con los retales del terciope-lo y la seda de sus días más felices. Tomó la sábana, inmensa y llena de remiendos, y se quedó mirándola pensativamente. Todo era tan claro, tan sencillo, que la señorita Winters se preguntó cómo no se le había ocurrido antes.
Debía atrapar el viento y encerrarlo herméticamente dentro de algo, de forma que nunca pudiera escaparse, para asustar y dejar ateridas a pobres ancianas, manteniéndolas despiertas y conscientes de su miseria, matando sus gatos... La mujer se puso los zapatos y, sin dirigir una sola mirada al animal muerto, abrió la puerta y comenzó a bajar resueltamente las escaleras. "¿Quién ha visto al viento?", cantó, con la atiplada voz de su niñez, mientras el aire la zarandeaba y trataba de arrebatarle la sábana. —¡Ja, ja! —rió la señorita, entre dientes, aferrando con más fuerza el enorme trozo de tela—. ¡Esta vez, no, querido amigo! ¡Esta vez, no! "¿Quién ha visto al viento? ¿Adonde se va el aire? ¡Arriba, arriba, arriba! ¡Hasta llegar al cielo! Miró hacia el campanario de la iglesia. Era el edificio más alto que había a la vista. Incluso en aquella noche brillaba como una arista reluciente. A su gato le había matado una arista. Ella mataría al viento. —R.I.P. —dijo sonriendo la mujer. A la torre de la iglesia se llegaba a través de una puertecita que había en la parte trasera. Tal como la señorita Winters esperaba, no estaba cerrada. Sin un momento de vacilación, la solterona comenzó su decidido ascenso. Cada vez más arriba, dando vueltas y vueltas, tropezando con la sábana, pisándose el borde del abrigo, dando traspiés, riéndose y volviendo a ascender. En el interior de la torre no había viento; pero aquello no la disuadió de su idea. El aire la estaba aguardando allá arriba... ¡y ella le aguardaría a él! Al fin llegó al pequeño cuarto donde se encontraban las campanas, una habitación cuadrada, con arcos góti-cos y una terraza abierta por un lado. El viento estaba allí, tal como la anciana había esperado, rugiendo como un león. Pero la señorita Winters ya no le tenía miedo. —¡Ahora veremos! —gritó, feliz—. ¡Ahora veremos! Sacudió la sábana. Como es lógico, el viento trató de arrebatársela; pero ella, diestramente, agarró las cuatro esquinas y salió a la pequeña terraza abierta. Allá abajo, las luces de la ciudad brillaban y parpadeaban. La señorita Winters las miró plácidamente, como diciendo: —¡Contémplenme! ¡Estoy dándole su merecido, de una vez para siempre, a este asqueroso viento! Fue precisamente entonces cuando una ráfaga de aire la fustigó. Sopló furiosamente y ella la atrapó en la sábana, que se hinchó como una inmensa hogaza de pan en el horno. La anciana tuvo que dar unos pasos para apoderarse del viento; pero al fin lo tenía allí. ¡Se sentía tan feliz, que le pareció caminar por el aire! Miró hacia abajo y pudo ver que las luces se precipitaban hacia ella. Antes de morir, la señorita Winters pasó por un momento aterrador... Un momento durante el que se dio cuenta de que el viento había ganado.

La última espera - Mario Lamo Jiménez

Llevo ya diecisiete horas de muerto y nada, que no me entierran. ¡Qué aburridora es la muerte! Si por lo menos pudiera fumarme un chicote, no me molestaría tanto tener que esperar. Pude haber pasado al otro toldo con más elegancia, pero hasta mi misma muerte fue un fracaso. Al atravesar la séptima, clavo mi mirada en una morena que pasa contoneándose, me distraigo y me atropella el mensajero de la droguería con su cicla. Me doy la nuca contra la acera y ahí quedo como un pollo congelado exhibido en una vitrina, los papeles del juzgado regados por toda la calle, los ojos vidriosos y la lengua babeante. Hasta un perro que pasaba me lamió la herida. Lo espantó la sirena de la ambulancia que, como es obvio, llegó demasiado tarde. Una vez en el hospital, muerto ya, no me querían admitir por no tener la tarjeta del seguro social. Entre los curiosos me habían desvalijado la billetera y el reloj. El reloj no me importa porque ni para dar la hora servía, pero la billetera sí me duele porque era de piel de camello y me traía recuerdos de Elisa. En la funeraria me probaron seis cajones pero ninguno era de mi talla. Finalmente, para ahorrar dinero, mi mujer se decidió por uno imitación caoba y como no cabía en él, me quitaron los zapatos y me doblaron los pies. Ahora me van a enterrar con las medias rotas. ¡Yo que sólo ganaba noventa mil pesos mensuales! Mi mujer al principio se puso a llorar, pero cuando le dijeron que el seguro de vida pagaba novecientos mil pesos, lo único que dijo fue: "Entonces no ha pasado nada, es como si se fuera a morir dentro de diez meses". Aquí estoy en la sala de mi casa esperando a que me entierren. Recostada en una pared está la corona barata que me mandaron los compañeros de la oficina. Sólo Gil vino a despedirme. Le debía veinte mil pesos y ahora está consolando a mi mujer.
Nunca me gustó esta sala. Las paredes están cubiertas de cuadros descoloridos y los muebles están raídos. Jamás me imaginé que mi última espera la pasaría precisamente en este sitio. Cuando Gil y mi mujer me dejaron solo, un ratón se asomó por la tapa del ataúd y casi me mata del susto. En estos momentos me conformaría aunque fuera con un café sin azúcar, como los que me preparaba Elisa. Se ve que está haciendo frío. Ahora no puedo llamar ni siquiera a Elisa para despedirme. La conocí hace tres años cuando trabajaba en el juzgado haciendo su tesis. Ella era estudiante de derecho. Nos enamoramos ahí mismo. Consuelo nunca supo nada. No valía la pena decirle, ella era muy celosa y su reino era la cocina. ¡Quién la ve ahora! ¡Mosquita muerta! Tan arrimada a Gil y ni siquiera me llora.
Esta noche estaría yo tomando cerveza y jugando tejo como todos los domingos, en cambio me toca pasar todo el fin de semana muerto y aguardando mi propio entierro. Si por lo menos me hubiera muerto un lunes o un martes, no habría tenido que ir al trabajo y hoy estaría divirtiéndome. El colmo de la mala suerte: morirme en mi día libre.
Ahora me toca esperar a que sean las once de la mañana, me metan en el cadillac negro y me paseen por todos los huecos del barrio. El cura debe de estar contento. "Por fin se murió este ateo", dirá tapándose la nariz cuando me entren a la iglesia oliendo a muerto. Me estremece la idea de tener que escuchar una misa. Será la misma ceremonia de siempre que me atormentaba desde niño: el cura cantando con su voz ronca, la iglesia llena de incienso y un poco de viejas llenas de arrugas llorando al muerto de turno a moco tendido. Siempre he sido alérgico al incienso, ya me veo estornudando en medio de la misa. Pensar que por eso cobran dos mil quinientos pesos. Yo no pagaría ni un peso por una misa de entierro. Después, cuando acabe la misa y se oigan las campanitas del vendedor de paletas a la puerta de la iglesia, me llevarán al hueco. Quién sabe quién me toque de vecino en el cementerio. Me imagino que uno no tiene derecho de escogerlo. Dios me libre, porque si me toca una paisa habladora me tocará quedarme toda una eternidad despierto escuchando sus quejas y sus lamentos. ¿Qué pasará cuando lleguen los sepultureros, doblen las campanas por última vez, me pongan la lápida y todo se quede a oscuras? No quiero ni pensarlo. No sé por qué, pero en estos momentos, preferiría estar como cada día, simplemente archivando papeles en la oficina del juzgado, o jugando billar en El Aventino. ¡Una noche es una cosa muy larga cuando uno está muerto! Todavía faltan diecisiete horas para que me entierren.