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Almas cándidas - Horacio Quiroga

 

Un matrimonio joven que vivía en el campo tuvo un perro inteli­gente, grande y bueno. Se llamaba León. Vigilaba la chacra próspera, arreaba los bueyes, era su grande amigo. Mucho le querían; y si a un pe­rro así no se quiere, ¿a quién se va a tener cariño en este mundo? 

Cuan­do se enfermó, se miraron sin saber qué hacer. Dormía todo el día, se res­tregaba horas enteras contra el marco de las puertas. Una mañana Emi­lio le llamó y no pudo levantarse. Hizo un esfuerzo, alzó la cabeza a to­dos lados, desorientada, y la dejó caer gimiendo. Lo llevaron en seguida a la cocina.

Aunque viéndole envejecer y acercarse a una muerte injusta para el noble amigo, estuvieron todo el día preocupados. Cuando de noche fueron a verle, estaba peor. Se acostaron callados, uno al lado del otro; no tenían ciertamente ganas de hablar. Después de largo rato de silencio ella le pre­guntó:

-¿Es difícil curar a los perros, no?

-Difícil.

Todos los fieles recuerdos de León, a la muerte, surgieron entonces, uno tras otro.

A la mañana siguiente León no conocía más. Se estremecía sin cesar, y no pudieron abrirle la boca. En cuclillas a su lado, le miraban sin apartar la vista, esperando verle morir de un momento a otro.

De tarde murió. Esa noche comieron apenas.

-¿Murió a las dos?

-Sí, a las dos y media.

Cuando se pierde un animal así, bueno como pocos, justo es que no se piense sino en él. Mas en lo hondo sentíanse disgustados de sí mismos por haber sido injustos con León. ¿Para qué quererle así si al otro día habrían de tirarle en el monte, como a una cosa que no se quie­re más?

 De codos sobre la mesa jugaban distraídamente con el cuchillo. Dos o tres veces ella quiso hablar y se detuvo. Al fin dijo:

-Hay personas que entierran a los perros. Eso es ridículo, yo creo. Al cabo de un rato dijo de nuevo:

-A los perros no se los debe enterrar. Son buenos, sí, uno los quiere, pero no enterrarlos.

Los dos pensaban en la injusticia con su pobre León, abandonado así porque estaba muerto. ¿Qué gratitud hay entonces en uno? ¡Pobre León!

Ninguno se atrevía. Pero al fin sus miradas se encontraron y ella le miró con ojos suplicantes:

-Emilio: ¿vamos a enterrarlo?

Se levantaron y llevaron a su perro muerto en los brazos. El cavó mientras ella le alumbraba. Colocáronle de costado, apisonaron cuidadosa­mente la tierra, y se volvieron en silencio, con los ojos llenos de lágrimas.

La mano - Guy de Maupassant

La mayoría de los ocupantes de la estancia rodeaban al señor Bermutier, que desempeñaba el cargo de juez de instrucción, debido a que estaba ofreciendo su parecer sobre el misterioso asesinato de Saint-Cloud. Todo un mes llevaba el caso apasionando a los habitantes de París. Se formulaban infinidad de hipótesis, pero nadie parecía contar con la definitiva.

El magistrado se hallaba en pie, dando la espalda a la chimenea, mientras exponía sus razonamientos. Se apoyaba en las pruebas proporcionadas y, sin embargo, no terminaba por dar una opinión definitiva.

A pesar de esto, varias mujeres continuaban mirándole atentamente, a la vez que le escuchaban estremeciéndose, debido a que las frases que salían de aquellos labios no podían ser más apasionadas. En realidad sentían más miedo que curiosidad, acaso por esa tendencia tan humana de querer satisfacer sus dosis de terror, como si ésta fuera una necesidad propia de nuestra época.

Hasta que una de ellas, la más decidida y pálida, se atrevió a decir:

–Es algo terrible. Lo que usted cuenta, señoría, puede ser considerado algo «sobrenatural». Los seres humanos nunca podremos conocer la verdad.

El juez se giró muy despacio, con evidente solemnidad, y miró a la señora.

–Debo admitir que acaso nos quedemos sin desvelar ese misterio. Pero el término «sobrenatural» que usted ha empleado no corresponde a nuestro caso. Tenemos delante un homicidio perfectamente planeado y realizado, para que quedara envuelto en una maraña de pistas que nos vemos incapacitados para desenredar. Recuerdo que hace unos años tuve que intervenir en un caso que realmente presentaba unas circunstancias extraordinarias, casi irreales. Me vi obligado a sobreseerlo al no poder disponer de unas pruebas creíbles.

Varias de las mujeres se unieron en esta petición:

–¡Tiene que contárnoslo, juez!

El señor Bermutier formó una sonrisa, sin que este gesto le restara ni una mínima parte de la severidad propia de su cargo.

Finalmente, comenzó a narrar lo siguiente:

«De partida, no quiero meter en sus cabezas que en este suceso se produjo algún hecho sobrehumano. Yo nada más que tengo presente las circunstancias naturales, lo que se puede explicar. Por eso prefiero llamar «inexplicable» a todos esos casos que las gentes acostumbran a tachar de «sobrenaturales». De todas las maneras, en lo que van a escuchar se produjeron algunas cosas sorprendentes, sobre todo en los momentos iniciales. Comenzaré la historia, aunque les anticipo que no les agradará mi explicación final:

»Me habían nombrado juez de instrucción en Ajaccio, que es una ciudad de pequeñas dimensiones emplazada en el interior de un golfo circundado por unas elevadas montañas.

»Las tragedias más habituales en aquel lugar vienen producidas por lo que en corso se llaman vendettas. Se producen de todas las características más brutales: trágicas, salvajes y hasta valerosas. En aquellas tierras uno se enfrenta a los más interesantes casos que es posible suponer, casi siempre provocados por odios alimentados durante siglos, que se han adormecido durante algún tiempo, pero que se mantienen encendidos como las brasas bajo un montón de cenizas. De repente, estallan las astucias más horribles, los homicidios que acaban por degenerar en auténticas matanzas, algunas de ellas capaces de alimentar leyendas inolvidables. Sin embargo, durante los primeros dos años de mi estancia lo único que me tocó escuchar fue el desprecio que se tenía a la vida humana, por culpa de esa tradición corsa de cargar las ofensas recibidas sobre el causante de la misma y toda su familia, sin perdonar ni al pariente más lejano. Llegué a comprobar cómo se había decapitado a ancianos, a chiquillos y a primos por lo que nosotros consideraríamos auténticas nimiedades.

»Un día fui informado de que un caballero inglés había alquilado una villa edificada en la zona central del golfo. Le acompañaba un servidor francés, que por lo visto había contratado en Marsella.

»Como todos hablaban de este extranjero con mucho interés, acaso porque vivía solo, sin compañía femenina, a la vez que sus únicas aficiones eran la pesca y la caza, comencé a sentir una gran curiosidad. Al parecer se comportaba igual que un misántropo, ya que no hablaba con las gentes de la ciudad ni bajaba nunca a la misma. Sólo se escuchaban sus disparos de carabina o pistola, debido a que solía ejercitarse tirando al blanco durante dos horas al día.

»En seguida comenzaron a circular historias sobre ese personaje. Unos le consideraban un fugitivo político, y otros hablaban de que huía de un crimen cometido en su país. Además, escuché otras cosas peores, que no viene al caso comentar ahora.

»Como yo era el juez de la localidad, asumí la responsabilidad de efectuar una investigación, aunque no fuera oficial, ya que carecía de motivos para ello. Primero me enteré que se llamaba John Rowell y que tenía el título de sir.

»Me dispuse a seguirle muy de cerca, lo que me llevó a comprobar que su comportamiento no podía ser más legal.

»Sin embargo, como las gentes no dejaban de hablar en su contra, me aproximé más a él. Como yo también soy aficionado a la caza, empecé a practicarla en las cercanías de su villa.

»Pasaron algunas semanas, hasta que se presentó la oportunidad. Gracias a que pude abatir una perdiz de gran tamaño delante del inglés, en el momento que mi perro la recogió, me disculpé ante quien no cesaba de mirarme y, acto seguido, le regalé la pieza.

»Mi gesto le agradó. Me encontraba delante de un gigante fornido, de cabello rojizo y que presentaba todo el aspecto de un atleta maduro. Dado que no era tan parco en palabras como se contaba, me habló con un francés cargado de acento sajón. Pasados unos veinte días, ya habíamos intimado lo suficiente para detenernos a charlar.

»Cierta tarde, mientras paseaba delante de su casa, le vi fumando una pipa en el jardín. Nada más que le saludé, me invitó a entrar para compartir una botella de cerveza. Como estaba esperando esta ocasión, no dudé en aceptar.

»Fui atendido con esa meticulosidad tan propia de los ingleses. Pronto se dedicó a hablar maravillas de Francia y de Córcega, hasta que me confesó que le encantaba mucho “ese” nación y “ese” costa.

»Aproveché la oportunidad para formularle algunas preguntas, intentando no aparecer como un juez, debido a que él conocía mi condición de tal. Quería saber algo de su vida y de las intenciones que le habían traído a Ajaccio. Me contestó con la mayor naturalidad que era un viajante contumaz, lo que le había permitido conocer muchos lugares de África y América. Por último, sin poder contener la risa, exclamó:

»–¡He vivido “muchos” cacerías y hecho “gordas” proezas, oh, yes!

»Después hablamos de caza, lo que a él le permitió disertar sobre la forma de acosar al elefante, al tigre, al hipopótamo y al gorila. Bastante impresionado, le dije:

»–Tengo entendido que todas esas bestias son muy peligrosas.

»Formó una sonrisa de niño grande.

»–¡No, de ninguna manera! ¡Nadie supera en malignidad a los hombres!

»Acompañó esta afirmación con unas estruendosas carcajadas, propias de un inglés de noble carácter. Como estaba complacido, añadió sin dejar de sonreír:

»–En ocasiones me he visto obligado a dar caza a “duros” hombres.

»Acto seguido, me invitó a ver su colección de fusiles, carabinas y pistolas.

»Entramos en una sala decorada con tonos negros, en cuyas paredes dominaba el mismo color, sobre todo en los tapices, aunque en éstos se acompañaba con unos bordados de oro.

»También había enormes flores amarillas, las cuales resplandecían igual que las llamas al quemar la seca hierba del campo.

»–Tiene ante usted “una” tapiz de Japón.

»En seguida despertó mi curiosidad un extraño objeto, que se encontraba en el panel mayor. Era algo oscuro destacando sobre un fondo de rojo terciopelo. Me aproximé, para quedar asombrado. ¡Era una mano de hombre! No la de un esqueleto, con los huesos blancos y limpios, sino disecada de tal manera que había adquirido un tono negruzco, que se rompía en las uñas amarillentas; sin embargo, se apreciaban los abultamientos de los músculos y los tendones. También pude advertir que había sangre y grasa en la zona del corte, el cual debió realizarse con un hacha a la altura del antebrazo.

»Lo que más llamó mi atención, dentro de lo muy impresionado que me sentía, fue que alrededor de la muñeca destacaba una gruesa cadena de acero, que alguien había soldado a la mano mugrienta, con el fin de fijarla en la pared mediante una argolla, similar a las que se utilizaban antiguamente con los condenados.

»No me quedó más remedio que preguntar:

»–¿Qué significa esto?

»Sir John Rowell contestó con la mayor tranquilidad:

»–Es la mano de mi “más bueno” rival. La he traído de América. La corté con un “seco” tajo de mi afilado sable. Más adelante, retiré la piel con una piedra afilada y la dejé secar unos ochos días bajo el sol. ¡Sí, es un trofeo que a mí “gustó” bastante!

»A pesar del asco que me daba, toqué aquel testimonio humano, mientras pensaba que su propietario debió ser tan grande como mi anfitrión: los dedos eran muy largos, los tendones gruesos y sobre algunos músculos quedaban pedazos de una piel acartonada. La mano resultaba horripilante en su conjunto, acaso más por lo que sugería... ¿Quizá una vendetta despiadada?

»–Su rival debió ser un coloso, ¿no es cierto?

»El inglés se tomó su tiempo para contestar, aunque no dejó de sonreír.

»–Ah, yes; pero yo le vencí con mi fuerza y astucia, aunque esa cadena tardé en colocarla –se puso muy serio, como si unas ideas que le disgustaban estuvieran acudiendo a su mente; por último, añadió–: Lo hice cuando me di cuenta de que estaba intentando escapar..., ya que la encontré en diferentes lugares del suelo, siempre cerca de las puertas o ventanas. Pero hace tiempo que permanece quieta. Acaso ya no necesite estar sujeta.

»Tuve que mirarle fijamente, queriendo comprobar si me estaba hablando un loco o un burlón dispuesto a tomarme el pelo.

»Como su rostro no había alterado la expresión, debí convencerme de que él creía lo que acababa de contarme. No me sucedía a mí lo mismo, por eso procuré llevar la conversación por otros derroteros.

»En el momento que me dediqué a examinar la colección de rifles, pude comprobar que había tres revólveres cargados. Esto me hizo suponer que mi anfitrión vivía permanentemente bajo una amenaza, ante la cual pretendía mantenerse siempre alerta... ¿Qué podía ser?

»No encontré la respuesta. Volví a esa casa unas tres o cuatro veces más, sin que sucediera nada anormal. Esto vino acompañado de una temporada de gran actividad en mi juzgado, por lo que dejé de visitar al inglés.

»Por otra parte, las gentes se habían cansado de inventar fábulas sobre ese extranjero, al haberse acostumbrado a su presencia en las cercanías de la ciudad.

* * *

»Creo que llegó a pasar un año. Cierta mañana de otoño, tengo idea de que fue a últimos de noviembre, mi servidor me levantó de la cama, debido a que sir John Rowell había aparecido muerto aquella noche.

»Poco más tarde, yo entraba en la villa del inglés, en compañía del jefe de la policía local, que era el capitán de la gendarmería. El criado estaba sentado en la puerta, llorando desconsoladamente. Debo reconocer que le consideré sospechoso, en un principio; sin embargo, tardé muy poco en comprobar su inocencia, con sólo formular unas pocas preguntas.

»He de admitir que nunca encontramos al culpable.

»Nada más llegar al salón pude contemplar, con la primera observación, que el cadáver estaba caído en el centro de la estancia. Su chaqueta aparecía desgarrada, al mismo tiempo que una de las mangas había sido arrancada. El mejor testimonio para deducir que la víctima se había ido al otro mundo después de librar una cruenta pelea.

»Lo más evidente era que la muerte había sido causada por estrangulación. Lo revelaban el rostro hinchado y negruzco, terrible, y un gesto de terror demencial. Pude advertir, además, que el cadáver sujetaba algo entre los dientes; al mismo tiempo, en el cuello se veían cinco orificios, que parecían haber sido causados por el mismo número de agujas de hierro. De todos ellos brotaban unos hilillos de sangre reseca, que habían formado un pequeño charco en la alfombra.

»Dejé la inspección ocular ante la llegada del médico. Éste se dedicó un tiempo prudencial a realizar su trabajo, pero se entretuvo más de lo habitual comprobando las heridas del cuello. Cuando terminó, se volvió hacia mí para ofrecerme esta sorprendente información:

»–Las marcas sangrientas sólo han podido ser causadas por cinco huesos. Creo que la estrangulación la efectuó un esqueleto.

»Me sobresalté enormemente, igual que si hubiera sido atacado por una corriente de viento helado. Entonces llevé mis ojos hacia la pared, donde pude examinar, hacía casi un año, la terrible mano despellejada. Allí no se encontraba; sin embargo, de la pared colgaba la cadena rota.

»Acto seguido, me agaché junto al cadáver, para extraer de entre los dientes un dedo. El médico tuvo que ayudarme para conseguirlo. Finalmente, pude comprobar que el dedo pertenecía a la mano disecada. Correspondía a la segunda falange del índice. Esto me llevó a suponer que el inglés lo pudo arrancar, de un mordisco, mientras luchaba desesperada, e inútilmente, por defender su vida.

»Realizamos un exhaustivo estudio de la casa, sin encontrar ninguna pista; las puertas y ventanas no presentaban testimonios de haber sido forzadas. Por el servidor supimos que ninguno de los dos perros había ladrado en toda la noche.

»Pero este personaje nos contó algo demasiado revelador. Al parecer su amo llevaba unos meses bastante intranquilo, acaso porque venía recibiendo, desde hacía bastante tiempo, unas cartas misteriosas, que al leerlas le obligaban a maldecir y, luego, a quemarlas como quien destruye algo aborrecible. En infinidad de ocasiones descolgaba un látigo y, dominado por un arrebato de locura, comenzaba a golpearlo sobre la mano disecada, como si pretendiera indicarla que él era el más fuerte...

»¡No obstante, la mano había conseguido soltarse, como se podía deducir al ver la cadena rota! ¿Acaso se soltó antes del crimen?

»Sir John Rowell acostumbraba a acostarse muy tarde, sin dejar de tomar las mayores precauciones. Nunca dejaba de tener los revólveres cargados cerca de sus manos. Según nos contó su criado, muchas noches le había oído gritar en sueños, tan alto que le despertaba, por eso pudo comprobar esta anormalidad. En los gritos parecía estar discutiendo con un rival misterioso.

»Singularmente, aquella noche la villa había permanecido sumida en el silencio más absoluto. Por eso el servidor no pudo descubrir el cuerpo muerto de su amo hasta la mañana, en el momento que entró en el salón para abrir las ventanas, como era su costumbre. Sin embargo, no pudo ayudarnos a la hora de poder identificar al asesino.

»Aquella misma tarde, mientras redactaba el informe judicial, me puse en contacto con los otros magistrados y los gendarmes. Estos recibieron la orden de peinar toda la isla, en busca de algún extraño, acaso un americano o cualquier otro extranjero. Pero no se localizó a nadie.

»Cierta noche, pasados unos tres meses del homicidio, sufrí una terrible pesadilla: me vi acosado por aquella mano disecada, horripilante amenaza, igual que un alacrán o un escorpión obsesionado por clavarme su envenenado aguijón. Yo corría a esconderme tras las cortinas, para ver a aquel bicho espantoso deslizarse por la pared en busca de mi garganta. En tres ocasiones me desperté sudando, y cuando lograba recuperar el sueño, de nuevo me asaltaba la misma alucinación... ¡Siempre esa mano yendo en busca de mi cuerpo, con una inusitada velocidad al haber convertido sus dedos en unas patas!

»Precisamente, a la mañana siguiente el sepulturero me trajo la mano. La había encontrado sobre la tumba de sir John Rowell, cuando allí nunca había estado. En seguida pude ver que le faltaba el índice, el cual comprobé, a los pocos minutos, que era el mismo que guardábamos como prueba, después de extraerlo de entre los dientes del cadáver.

»Hasta aquí llega mi historia. No puedo contarles nada más».

Las curiosas señoras se habían quedado pálidas y muy excitadas. Una de ellas, la más decidida, hizo oír su reproche:

–¿Cómo nos puede dejar así, señoría, al contar un suceso que no tiene final ni una explicación lógica? A todas nosotras nos va a costar coger el sueño mientras no conozcamos lo que sucedió de verdad.

El magistrado compuso una severa expresión.

–Vaya, como me ha colocado usted ante el compromiso de ser el responsable de sus insomnios, no me queda más remedio que evitarlo. Estoy convencido de que el dueño de esa mano nunca murió, por eso terminó por acudir en su búsqueda. Desconozco cómo logró entrar en la villa. El hecho es que se cobró su vendetta.

Entonces otra de las mujeres protestó:

–Eso es imposible... ¡Las puertas y las ventanas no estaban forzadas! ¿Cómo pudo entrar?

El juez formó una sonrisa amigable y, luego, finalizó el asunto con estas palabras:

–Recuerden la advertencia que les hice de que no les iba a agradar mi explicación

Una niña perversa - Jehanne Jean Charles

Esta tarde empujé a Arturo a la fuente. Cayó en ella y se puso a hacer "gluglú" con la boca, pero también gritaba y fue oído. Papá y mamá llegaron corriendo. Mamá lloraba porque creía que Arturo se había ahogado. Pero no era así. Ha venido el doctor. Arturo está ahora muy bien. Ha pedido pastel de mermelada y mamá se lo ha dado. Sin embargo, eran las siete, casi la hora de acostarse, cuando pidió pastel, y a pesar de eso mamá se lo dio. Arturo estaba muy contento y orgulloso. Todo el mundo le hacía preguntas. Mamá le preguntó cómo había podido caerse, si se había resbalado, y Arturo ha dicho que sí, que se tropezó. Es gentil que haya dicho eso, pero yo sigo detestándolo y volveré a hacerlo en la primera ocasión.
Por lo demás, si no ha dicho que lo empujé yo, quizá sea sencillamente porque sabe muy bien que a mamá la horrorizan las delaciones. El otro día, cuando le apreté el cuello con la cuerda de saltar y se fue a quejar con mamá diciendo: "Elena me ha hecho esto", mamá le ha dado una terrible palmada y le ha dicho: "¡No vuelvas a hacer una cosa así!" Y cuando llegó papá, ella se lo ha contado, y papá también se puso furioso. Arturo se quedó sin postre. Por eso comprendió. Y esta vez, como no ha dicho nada, le han dado pastel de mermelada. Me gusta enormemente el pastel de mermelada: se lo he pedido a mamá yo también, tres veces, pero ella ha puesto cara de no oirme. ¿Sospechará que yo fui la que empujó a Arturo?
Antes, yo era buena con Arturo, porque mamá y papá me festejaban tanto como a él. Cuando él tenía un auto nuevo, yo tenía una muñeca, y no le hubieran dado pastel sin darme a mí. Pero desde hace un mes, papá y mamá han cambiado completamente conmigo. Todo es para Arturo. A cada momento le hacen regalos. Con esto no mejora su carácter. Siempre ha sido un poco caprichoso, pero ahora es detestable. Sin parar está pidiendo esto y lo otro. Y mamá cede casi siempre. A decir verdad, creo que en todo un mes solo lo han regañado el día de la cuerda de saltar, y lo raro es que esta vez no era culpa suya.
Me pregunto por qué papá y mamá, que me querían tanto, han dejado de repente de interesarse en mí. Parece que ya no soy su niñita. Cuando beso a mamá, ella no sonríe. Papá tampoco. Cuando van a pasear, voy con ellos, pero continúan desinteresándose de mí. Puedo jugar junto a la fuente lo que yo quiera. Les da igual. Sólo Arturo es gentil conmigo de cuando en cuando, pero a veces se niega a jugar conmigo. Le pregunté el otro día por qué mamá se había vuelto así conmigo. Yo no quería hablarle del asunto, pero no pude evitarlo. Me ha mirado desde arriba, con ese aire burlón que toma adrede para hacerme rabiar, y me ha dicho que era porque mamá no quiere oir hablar de mí. Le dije que no era verdad. Él me dijo que sí, que había oído a mamá decirle eso a papá, y que le había dicho: "No quiero oír hablar nunca más de ella."
Ese fue el día que le apreté el cuello con la cuerda. Después de eso, yo estaba tan furiosa, a pesar de la palamada que él había recibido, que fui a su recámara y le dije que lo mataría.
Esta tarde me ha dicho que mamá, papá y él iban a ir al mar, y que yo no iría. Se rió y me hizo muecas. Entonces lo empujé a la fuente.
Ahora duerme, y papá y mamá también. Dentro de un momento iré a su recámara y esta vez no tendrá tiempo de gritar, tengo la cuerda de saltar en las manos. Él la olvidó en el jardín y yo la tomé.
Con esto se verán obligados a ir al mar sin él. Y luego me iré a acostar sola, al fondo de ese maldito jardín, en esa horrible caja blanca donde me obligan a dormir desde hace un mes.

La señorita Winters y el viento - Christine Noble Govan

Mientras permanecía en la esquina, aferrando con fuerza su billete de vuelta de autobús, la señorita Winters sentía un intenso odio hacia el viento. Durante los años que llevaba en aquella espantosa y desagradable ciudad, entre la mujer y el viento se había mantenido un constante estado de guerra. El aire parecía haberla elegido a ella —una solitaria y desamparada figura— para desahogar sus deseos de venganza. Le ladeaba el viejo sombrero de fieltro, le echaba sobre el rostro el revuelto cabello y le subía indecentemente las faldas, dejando a la vista sus negras medias de algodón. Una vez, cuando regresaba a casa desde el trabajo, el viento le arrebató de las manos el billete de vuelta y lo arrojó bajo el autobús que pasaba. Cuando el vehículo hubo desaparecido, la señorita Winters miró entre el polvo y buscó por todas partes; pero el trocito de amarillo papel parecía eludirla. La gente que se arremolinaba a su alrededor casi la empujó bajo un camión y manifestó impacientemente su disgusto contra ella. La cosa había sucedido el día antes de cobrar, cuando la mujer sólo disponía del dinero para pagarse el autobús de la mañana siguiente. Tuvo que hacer a pie el resto del camino a casa; cinco kilómetros, y todos con el viento en contra. Cuando era niña y vivía en el Sur, el viento era una cosa agradable. Las montañas lo mantenían adecuadamente dominado, domándole como se doma a un brioso potro. El aire chocaba contra las cumbres y era troceado en minúsculas partículas por los árboles, que susurraban con un sonido similar al del océano. En los campos, las flores silvestres se mecían con suavidad, formando hermosos mares color rojo dorado. En la escuela, cuando la señorita Winters leía Hiawatha, su delgado rostro se iluminaba momentáneamente ante estas líneas: Como bajo el sol brillan los rizos que el frío viento forma en los ríos. Pero entonces la señorita Winters no sabía realmente lo que era un viento frío. Ahora sí lo sabía. Era algo que se introducía por todos los resquicios y entumecía los pies de la señorita Winters, pese al fuego que tan asiduamente cuidaba. Por las noches, el helado viento se metía con ella en la cama, de forma que hasta su atigrado gato, que permanecía bajo las mantas, se estremecía y durante horas de oscuridad, no paraba de moverse tratando de calentar sus doloridos huesos. El aire se metía bajo el usado abrigo de la mujer, penetrando por el agujero que había hecho en sus pantalones el alambre del tejado en que los tendía. También atravesaba sus remendados guantes, entumeciéndole los dedos hasta que le quemaban en una agonía de frío. Su madre procedía de una agradable región del Sur. Y después de la muerte del padre de la señorita Winters, la anciana señora anheló con todas sus fuerzas volver a su tierra natal. Pero el viento había podido con ella, recordó la señorita Winters, con amargura: tras aguantarlo durante dos temporadas, la pobre murió de pleuresía. Por entonces, la señorita Winters poseía un negocio que funcionaba satisfactoriamente. Se dedicaba a Cos-tura Selecta y Elegante, Precios Razonables. La mujer se había convertido en una solterona de pecho plano, cuyas juveniles ilusiones se redujeron a cenizas años atrás. Confeccionaba ropitas para bebés, con diminutos canesúes bordados; trajes de novia, y bonitos delantales para niñas. La enfermedad y la muerte de su madre representaron grandes gastos. Luego vino la depresión. La señorita Winters se trasladó a barrios peores, barrios que, por lo visto, gustaban mucho al viento, ya que los azotaba constantemente. La mujer se sentía sola, inquieta y, a veces, asustada. El miedo le atenazaba la garganta como si fuese una verdadera mano, haciéndole difícil tragar. Más tarde, la Administración de Proyectos Obreros le facilitó costura. La señorita Winters hizo gruesas chaquetas y pesadas prendas de trabajo. La dura tarea envaró y despellejó sus dedos. No dejaba de pensar en las damas a quienes había vestido de seda y crepé de China y en los bellos trajes que realizara durante su juventud. El peor de los golpes lo recibió al concluir el proyecto obrero. Las mujeres llevaban pantalones, laboraban en las fábricas y compraban ropa hecha. No tenían tiempo para probarse las meticulosas prendas cosidas por la señorita Winters. Las viejas clientes de ésta murieron o se marcharon a Florida, donde el viento era menos cruel. El miedo iba cerniéndose sobre la mujer como una creciente marea. Las manos, que en tiempos bordaron ramilletes de lilas sobre la batista y la estopilla, se habían vuelto artríticas a causa del frío y del tosco trabajo. Todo lo que ahora podía hacer eran zurcidos y, de vez en cuando, algún encargo para una tienda de ropas usadas. El autobús llegó atestado, y la señorita Winters tuvo que ir de pie. En la calle en que vivía, el frío había ma-tado incluso el olor a ajo y a repollo. Pero el viento seguía allí, haciendo volar los papeles, echándole a la cara humo y polvo, y tirando de su sombrero hasta que los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas de impotencia. Para llegar a su cuarto tuvo que subir dos tramos de escalera. El gato esperaba, hecho un ovillo, en medio de la cama. El animal saltó al suelo, estiró su flaco y listado cuerpo y se encaminó hacia su dueña. Era la única criatura que aún la recibía como a una amiga. Gracias al gato, la señorita Winters podía olvidar algunas veces su miedo atenazador. La confianza del animal en ella le daba un poquito de valor y determinación. Sin embargo, también temía por él. Había demasiadas personas que eran malas con los gatos, especialmente si éstos no eran de raza. —¿Estaba solito el minino de mamá? — dijo, con sus agrietados labios —. Mamá va a encender fuego y luego dará de comer a su gatito. El bicho, como apreciando tan patética devoción, se frotó, runruneando, contra la falda de la mujer. La señorita Winters, aún con guantes, puso en la cocina unas astillas y unos preciosos trocitos de carbón y les colocó debajo una cerilla. El maldito viento llegó por la chimenea y apagó la llama, sembrando de cenizas el suelo y manchando los limpios zapatos de la mujer. La señorita Winters consiguió al fin encender un débil fuego. Sobre el fogón colocó un recipiente para preparar el té. Mientras el agua se calentaba, la mujer se sentó en la mecedora de abombado asiento que había frente al fuego, con las piernas cómodamente extendidas y los brazos doblados contra el cuerpo para darse calor. El gato saltó a su regazo, dándole suaves cabezazos en la barbilla. La solterona, agradecida, le abrazó. El animal ponía una nota de vida en el desnudo cuarto. Era algo que le hacía olvidar un poco la creciente marea de su miedo: el alquiler, que se llevaba todo lo que ganaba en la tienda, los treinta y siete centavos que debía al lechero, las suelas de sus zapatos... El miedo siempre estaba allí. Atormentada por él, la anciana había estropeado una prenda en la ropavejería y casi perdido su día de trabajo. Al recordarlo, le invadía un frío que no era debido al viento, precisamente. El gato, sobre su falda, frotaba la suave nariz contra el rostro de la señorita Winters, a la vez que emitía un sonido que era, a un tiempo, ronroneo y maullido. En un repentino arranque de ternura, la señorita lo atrajo hacia sí, y el animal la miró con aire presuntuoso. Sus ojos eran como pálidas lunas verdes con misteriosas manchas doradas. La solterona se levantó y preparó el té. Luego echó un poco de leche y parte del agua caliente en una fuentecita, para el gato. De su bolso extrajo un hueso de chuleta que había conseguido le diera una de sus compañeras de trabajo. El hueso aún tenía una tira de carne y de ella emanaba un fuerte olor a pimienta y a frito. La mujer arrancó la carne, mirando, avergonzada, el desnudo cuarto. Luego comió lentamente, mientras lágrimas de autocompasión le llenaban los ojos. Después se agachó y colocó el hueso, al que aún estaba adherida la grasa, en la fuentecilla del gato. El animal dejó la leche y comenzó a roer el sebo mientras movía el rabo como muestra de satisfacción. La señorita Winters se quitó el sombrero y comenzó a beber el té. Tomó asiento y fue dando pequeños sorbos a la infusión, mientras contemplaba al gato, deleitándose con los graciosos movimientos del animal y con la maravilla de sus verdes y profundos ojos. Cada vez hacía más viento. A medida que la oscuridad aumentaba, la habitación se enfriaba más y más. La señorita Winters se quitó la ropa de salir a la calle, fue a buscar su bata de franela y la puso a caldear junto al fuego. Calentó más agua y llenó con ella una botella para meterla entre las frías sábanas. En seguida, armada con el gato y la botella, y tras remover los carbones para que el fuego durase el mayor tiempo posible, se introdujo en la cama. La bombilla que había junto al mueble apenas daba la luz suficiente para leer la sensacional revista de historias amorosas que cada noche ayudaba a la solterona a olvidar sus problemas. Horas más tarde se despertó. El viento, no contentándose con atormentarla de día, convirtiendo cada una de las horas de luz en un suplicio, tenía que desvelarla por la noche con el fin de devolverla a la miseria de que los sueños la libraban brevemente. El aire rugía en torno a la chimenea y golpeaba las ventanas hasta hacerlas temblar en sus marcos. La que la señorita Winters había pegado con un gran trozo de papel de goma parecía abombarse como si en cualquier momento fuera a reventar, llenando la habitación de cristales. En el tejado algo se soltó y quedó allí, batiendo y saltando, haciendo imposible el sueño. El frío parecía algo tangible, que recorría la columna vertebral de la anciana, mordía su rostro y punzaba sus pies, donde la ya helada botella se burlaba de cualquier idea de comodidad. La mujer dio la luz, como si eso pudiera calentarla. El gato se rebulló y comenzó a moverse nerviosamente por la cama. De pronto se produjo una ráfaga de viento más fuerte que las demás. Se oyó un fuerte ulular y la ventana rota saltó. El cristal penetró en la habitación como si fuera metralla. El gato brincó al suelo y, en medio del salto, fue alcanzado por una arista de vidrio. El animal lanzó un último maullido y cayó inerte. Sobre la amarilla alfombrilla, las manchas de sangre parecieron pétalos de rosa. La señorita Winters se levantó de entre las gruesas mantas. Tenía frío, pero el de ahora estaba producido por una insensata furia. Pasó entre los fragmentos de cristal y recogió el inerte cuerpo del animalito. Los maravillosos ojos verdes aparecían vidriados, y la sangre caía en cálidas gotas sobre los pies, enfundados en medias, de la mujer. La señorita Winters permaneció allí, inmóvil, durante mucho, mucho tiempo. Al fin dejó al gato en el suelo y dijo, con expresión ausente: —Esto ya ha ido demasiado lejos. Al menos, ahora ya sabía lo que debía hacer y, por consecuencia, se sentía tranquila. Se acercó a la cama, apartó las mantas, el abrigo que llevaba durante el día, la colcha que confeccionara con los retales del terciope-lo y la seda de sus días más felices. Tomó la sábana, inmensa y llena de remiendos, y se quedó mirándola pensativamente. Todo era tan claro, tan sencillo, que la señorita Winters se preguntó cómo no se le había ocurrido antes.
Debía atrapar el viento y encerrarlo herméticamente dentro de algo, de forma que nunca pudiera escaparse, para asustar y dejar ateridas a pobres ancianas, manteniéndolas despiertas y conscientes de su miseria, matando sus gatos... La mujer se puso los zapatos y, sin dirigir una sola mirada al animal muerto, abrió la puerta y comenzó a bajar resueltamente las escaleras. "¿Quién ha visto al viento?", cantó, con la atiplada voz de su niñez, mientras el aire la zarandeaba y trataba de arrebatarle la sábana. —¡Ja, ja! —rió la señorita, entre dientes, aferrando con más fuerza el enorme trozo de tela—. ¡Esta vez, no, querido amigo! ¡Esta vez, no! "¿Quién ha visto al viento? ¿Adonde se va el aire? ¡Arriba, arriba, arriba! ¡Hasta llegar al cielo! Miró hacia el campanario de la iglesia. Era el edificio más alto que había a la vista. Incluso en aquella noche brillaba como una arista reluciente. A su gato le había matado una arista. Ella mataría al viento. —R.I.P. —dijo sonriendo la mujer. A la torre de la iglesia se llegaba a través de una puertecita que había en la parte trasera. Tal como la señorita Winters esperaba, no estaba cerrada. Sin un momento de vacilación, la solterona comenzó su decidido ascenso. Cada vez más arriba, dando vueltas y vueltas, tropezando con la sábana, pisándose el borde del abrigo, dando traspiés, riéndose y volviendo a ascender. En el interior de la torre no había viento; pero aquello no la disuadió de su idea. El aire la estaba aguardando allá arriba... ¡y ella le aguardaría a él! Al fin llegó al pequeño cuarto donde se encontraban las campanas, una habitación cuadrada, con arcos góti-cos y una terraza abierta por un lado. El viento estaba allí, tal como la anciana había esperado, rugiendo como un león. Pero la señorita Winters ya no le tenía miedo. —¡Ahora veremos! —gritó, feliz—. ¡Ahora veremos! Sacudió la sábana. Como es lógico, el viento trató de arrebatársela; pero ella, diestramente, agarró las cuatro esquinas y salió a la pequeña terraza abierta. Allá abajo, las luces de la ciudad brillaban y parpadeaban. La señorita Winters las miró plácidamente, como diciendo: —¡Contémplenme! ¡Estoy dándole su merecido, de una vez para siempre, a este asqueroso viento! Fue precisamente entonces cuando una ráfaga de aire la fustigó. Sopló furiosamente y ella la atrapó en la sábana, que se hinchó como una inmensa hogaza de pan en el horno. La anciana tuvo que dar unos pasos para apoderarse del viento; pero al fin lo tenía allí. ¡Se sentía tan feliz, que le pareció caminar por el aire! Miró hacia abajo y pudo ver que las luces se precipitaban hacia ella. Antes de morir, la señorita Winters pasó por un momento aterrador... Un momento durante el que se dio cuenta de que el viento había ganado.

La última espera - Mario Lamo Jiménez

Llevo ya diecisiete horas de muerto y nada, que no me entierran. ¡Qué aburridora es la muerte! Si por lo menos pudiera fumarme un chicote, no me molestaría tanto tener que esperar. Pude haber pasado al otro toldo con más elegancia, pero hasta mi misma muerte fue un fracaso. Al atravesar la séptima, clavo mi mirada en una morena que pasa contoneándose, me distraigo y me atropella el mensajero de la droguería con su cicla. Me doy la nuca contra la acera y ahí quedo como un pollo congelado exhibido en una vitrina, los papeles del juzgado regados por toda la calle, los ojos vidriosos y la lengua babeante. Hasta un perro que pasaba me lamió la herida. Lo espantó la sirena de la ambulancia que, como es obvio, llegó demasiado tarde. Una vez en el hospital, muerto ya, no me querían admitir por no tener la tarjeta del seguro social. Entre los curiosos me habían desvalijado la billetera y el reloj. El reloj no me importa porque ni para dar la hora servía, pero la billetera sí me duele porque era de piel de camello y me traía recuerdos de Elisa. En la funeraria me probaron seis cajones pero ninguno era de mi talla. Finalmente, para ahorrar dinero, mi mujer se decidió por uno imitación caoba y como no cabía en él, me quitaron los zapatos y me doblaron los pies. Ahora me van a enterrar con las medias rotas. ¡Yo que sólo ganaba noventa mil pesos mensuales! Mi mujer al principio se puso a llorar, pero cuando le dijeron que el seguro de vida pagaba novecientos mil pesos, lo único que dijo fue: "Entonces no ha pasado nada, es como si se fuera a morir dentro de diez meses". Aquí estoy en la sala de mi casa esperando a que me entierren. Recostada en una pared está la corona barata que me mandaron los compañeros de la oficina. Sólo Gil vino a despedirme. Le debía veinte mil pesos y ahora está consolando a mi mujer.
Nunca me gustó esta sala. Las paredes están cubiertas de cuadros descoloridos y los muebles están raídos. Jamás me imaginé que mi última espera la pasaría precisamente en este sitio. Cuando Gil y mi mujer me dejaron solo, un ratón se asomó por la tapa del ataúd y casi me mata del susto. En estos momentos me conformaría aunque fuera con un café sin azúcar, como los que me preparaba Elisa. Se ve que está haciendo frío. Ahora no puedo llamar ni siquiera a Elisa para despedirme. La conocí hace tres años cuando trabajaba en el juzgado haciendo su tesis. Ella era estudiante de derecho. Nos enamoramos ahí mismo. Consuelo nunca supo nada. No valía la pena decirle, ella era muy celosa y su reino era la cocina. ¡Quién la ve ahora! ¡Mosquita muerta! Tan arrimada a Gil y ni siquiera me llora.
Esta noche estaría yo tomando cerveza y jugando tejo como todos los domingos, en cambio me toca pasar todo el fin de semana muerto y aguardando mi propio entierro. Si por lo menos me hubiera muerto un lunes o un martes, no habría tenido que ir al trabajo y hoy estaría divirtiéndome. El colmo de la mala suerte: morirme en mi día libre.
Ahora me toca esperar a que sean las once de la mañana, me metan en el cadillac negro y me paseen por todos los huecos del barrio. El cura debe de estar contento. "Por fin se murió este ateo", dirá tapándose la nariz cuando me entren a la iglesia oliendo a muerto. Me estremece la idea de tener que escuchar una misa. Será la misma ceremonia de siempre que me atormentaba desde niño: el cura cantando con su voz ronca, la iglesia llena de incienso y un poco de viejas llenas de arrugas llorando al muerto de turno a moco tendido. Siempre he sido alérgico al incienso, ya me veo estornudando en medio de la misa. Pensar que por eso cobran dos mil quinientos pesos. Yo no pagaría ni un peso por una misa de entierro. Después, cuando acabe la misa y se oigan las campanitas del vendedor de paletas a la puerta de la iglesia, me llevarán al hueco. Quién sabe quién me toque de vecino en el cementerio. Me imagino que uno no tiene derecho de escogerlo. Dios me libre, porque si me toca una paisa habladora me tocará quedarme toda una eternidad despierto escuchando sus quejas y sus lamentos. ¿Qué pasará cuando lleguen los sepultureros, doblen las campanas por última vez, me pongan la lápida y todo se quede a oscuras? No quiero ni pensarlo. No sé por qué, pero en estos momentos, preferiría estar como cada día, simplemente archivando papeles en la oficina del juzgado, o jugando billar en El Aventino. ¡Una noche es una cosa muy larga cuando uno está muerto! Todavía faltan diecisiete horas para que me entierren.

¡No se duerman en el metro! - Mario Méndez Acosta

Hay cosas en la vida, y eso incluye a esta ciudad de México, que más vale que nunca averigüemos. La ignorancia nos permite dormir con placidez en la noche, y concentrarnos en nuestros respectivos trabajos. Por ejemplo: ¿se ha preguntado usted qué les sucede a las personas que se quedan dormidas en el Metro, cuando éste llega a la terminal de una línea, lo que causa que no escuchen las advertencias que les piden abandonar el vagón y sigan adelante en el mismo, adentrándose en un profundo túnel oscuro que aparentemente no lleva a ninguna parte? La verdad es que esa es una de las cosas que en realidad no nos conviene averiguar, si es que queremos mantener la ilusión de que vivimos en un universo nacional.
Sin embargo, no está de más tomar algunas precauciones sencilla, que bien pueden evitarnos experiencias en verdad lamentables. Una de ellas es la de no dormirse nunca en el Metro, en especial, después de la puesta del sol.
Para Arturo Marquina, periodista ya no tan joven, y autor ocasional de relatos de ciencia ficción, cuentos de horror y novelitas policíacas nunca publicadas, el descuido le produjo un extraño desarreglo que sus amigos califican casi de locura. Se niega Arturo, quien es una persona sensata, racional y de buen humor, a acercarse siquiera a las entradas del Metro. Se rehúsa también a pasar por encima de las ventilas o registros del sistema de transporte colectivo de esta capital. En eso puede ponerse hasta agresivo y desagradable. Marquina se niega a hablar de esa extraña fobia que le aqueja. Siempre logra desviar la conversación cuando se le interroga al respecto. Sólo una vez, en una cantina de Bucareli, después de varias horas de consumo y animada conversación, llegó un momento en que se puso serio e hizo una advertencia a uno de los amigos, que le dijo que utilizaba el Metro cotidianamente, y en especial a altas horas de la noche.
“¿Llegas a alguna terminal a esas horas?”, preguntó Arturo. Ante la respuesta afirmativa, nuestro amigo abandonó su discreción. “¿Tú sabes lo que le ocurre a las personas que se quedan dormidas en los vagones que siguen avanzando después de la última estación?”. –“La verdad, no”-, repuso el compañero. “Yo sí lo sé”, continuó Arturo. “Esto que te voy a contar no es un cuento, te pido que me lo creas, por tu bien. Nunca lo repetiré ante ustedes”.
“Fue justo hace un año. Serían cerca de las once y salía yo del trabajo después de un día durísimo. Tomé el Metro en la estación Hidalgo, y me dirigí hacia Tacuba. Ahí transbordé hacia Barranca del Muerto. Ya a esa hora, el Metro va casi vacío. Cerca de Tacubaya me quedé dormido. El tren llegó sin duda a la terminal, sin que yo despertara. No oí la distorsionada voz que de advertencia que sale del sistema de sonido, ni el insistente pitido del silbato electrónico que anuncia las paradas. Unos segundos después, cuando ya el vagón se dirigía hacia el inquietante túnel que continúa el trayecto, alcancé a ver el letrero y la insignia de mi estación de destino, la cual quedaba atrás. Con preocupación y fastidio, pude ver que no iba sólo. Unos asientos más adelante iba un tipo viejo y desastrado, en evidente estado de ebriedad, que seguía dormido y cabeceaba con cierto ritmo. Pensé que quizá el tren cambiaría de vía y regresaría por el mismo trayecto en unos instantes más. Pero no fue así.
El vagón siguió adelante, se desvió hacia la derecha y después de avanzar varias decenas de metros, hizo alto en un lugar totalmente oscuro. El motor se detuvo, y lo mismo la ventilación. El silencio más absoluto cayó sobre nosotros. Fue entonces cuando las luces se apagaron. Ahí empecé a sentir algo de miedo. Había un poco de claridad, proveniente de la parte posterior del túnel. Por fortuna traía mi linterna de bolsillo, y además ésta tenía pilas. Me paré y me dirigí a mi aún dormido compañero de tribulación. Me acerqué a él y lo sacudí por el hombro. Me preguntó qué pasaba y rápidamente le expliqué nuestra situación. Respondió con una imprecación y puso su rostro contra la ventana para tratar de ver dónde nos hallábamos. Me di cuenta que este vagón se quedaría ahí toda la noche, por lo que me dispuse a tratar de forzar una de las puertas. Era inútil. Me convencí que sólo saltando a través de una de las ventanas podríamos salir del carro. Fue entonces cuando oí un ruido en el techo. Algo cayó encima del vagón y lo recorría. De pronto, se escuchó otro ruido en el extremo opuesto del carro. Dirigí el haz de mi linterna y pude ver una sombra que caía al suelo después de haber entrado por la ventana.
-¡Vaya, al fin!... ¡Oiga, necesitamos que nos ayude a salir!”-.
No hubo respuesta.
El borracho fue más directo. Avanzó hacia el intruso y lo tomó por las ropas.
-¡Sáquenos de aquí! ¡Esto es un atropello, malditos burócratas!-.
El extraño no respondió, sólo levantó una mano. A la luz de mi linterna pude ver que era blanca como la harina, delgada y fibrosa, y con unas larguísimas uñas que semejaban garras. Como un rayo, esa mano rasgó la garganta del pobre vagabundo. Fue entonces cuando vi el rostro del ser que tenía enfrente. Pálido, calvo, con enormes ojos amarillos, orejas largas, una nariz grotescamente respingada con dos protuberancias carnosas en la punta. Vi como abrió la boca llena de dispares y puntiagudos dientes, que pronto recibió el borbotón de sangre que salía del desafortunado pasajero. Fue en esos momentos cuando recibieron mis narices la patada del nauseabundo olor que despedía esa criatura. El espectáculo y el olor me hicieron de inmediato vomitar. En medio de las arcas de la basca, escuché otro ruido metálico detrás de mí. ¡Alguien más entraba al vagón por otra ventana! No esperé un segundo más. Me lancé hacia el primer intruso, que aún se cebaba en su víctima, y derribándolos a ambos llegué a la ventana por donde había penetrado el primer monstruo. Escuché un forcejeo detrás de mí, con el que sin duda el invisible perseguidor se habría paso también entre la pareja víctima-victimario que se interponía entre nosotros. Salté fuera del vagón y logré caer en el suelo sin dislocarme siquiera un tobillo. Emprendí la huída, como un poseso, hacia el extremo iluminado del túnel. Detrás de mí se dejaba oír un jadeo que acompañaba rítmicamente a un penetrante chillido.
La luz aumentaba poco a poco. Sentía que mi perseguidor rápidamente iba descontando ventaja. Decidí voltear la cabeza... y quizá eso sea lo que más me ha desgraciado la vida de toda esa experiencia. Vi a un ser similar al que había despedazado al pobre ebrio en el vagón, nada más que éste mostraba una regocijada sonrisa idiota. En la penumbra del túnel veía su tez, amarillo limón, y su larga frente con que se relamía con anticipación. Por fortuna, de frente llegaba otro tres de vagones del Metro. Salté a su paso y alcancé la parte central del túnel. Mi perseguidor no quiso hacer lo propio. Recorrí los últimos metros que me separaban ya de la iluminada estación. Al llegar a ella, subí al andén. Justo a tiempo. Unos metros atrás la criatura, que se había desplazado por el techo del túnel, asida de sus largas garras, tanto de manos como de pies, cayó detrás de mí y alcanzó a lanzarme un zarpazo a la pantorrilla”.
Arturo nos mostró una cicatriz, que aún dejaba ver las huellas de una prolongada infección que apenas había sido dominada.
“Y en el andén, emprendí la carrera hacia la calle. No me detuve hasta llegar a mi departamento, donde atranqué la puerta y me refugié en un garrafón de mezcal.
Me expliqué por qué en los talleres del Metro se trapea y se friega con tanto esmero el piso de los vagones todas las mañanas. ¡No se duerman en el Metro! Si lo hacen, corren el peligro de, por lo menos, no volver a dormir nunca más con tranquilidad”.

Los yugoslavos - Robert Bloch

No acudí a París en busca de aventuras.
La experiencia me ha enseñado que no existen los fantasmas de la ópera, ni existen los artistas con barba que cojean por Montmartre apoyados en piernas atrofiadas, ni boulevardiers con sombrero de paja cantando elogios a una pequeña y dulce Mimí.
Ya no existe más el París de la historia y la canción, si es que existió alguna vez. Los tiempos han cambiado, e incluso el término «alegre París» evoca ahora lo que en el lenguaje teatral se denomina una «mala risa».
En consecuencia, el visitante aprende a cambiar los hábitos, como bien lo demuestra el hotel que elegí para albergarme. En viajes anteriores me había alojado en el Crillon o en el Ritz; ahora, después de una larga ausencia, elegí el George V.
Permítanme repetirlo de nuevo: no buscaba ninguna aventura. Aquella primera noche abandoné el hotel para dar un corto paseo, simplemente con la intención de satisfacer la curiosidad que sentía por la ciudad.
Ya había descubierto que algunos aspectos de París permanecían inmutables; al parecer, los franceses siguen sin saber cómo comunicarse por teléfono, y tampoco son capaces de hacer una buena taza de café. Pero como yo no tenía ni necesidad de hablar por teléfono ni de tomar una taza de café, esas cuestiones no me preocupaban.
Tampoco me sorprendió agradablemente descubrir que París, en abril -como dice la canción-, es una ciudad fría y húmeda. Cálidamente abrigado para dar mi pequeño paseo, dirigí mis pasos hacia las arcadas de la Rue de Rivoli.
A primera vista, París conservaba sus tradiciones durante la noche. Todas las atracciones turísticas seguían en funcionamiento: el esqueleto acerado de la Torre Eiffel, la mandíbula abierta del Arco de Triunfo, las fuentes logrando su milagrosa transustanciación del agua en sangre merced a la luz carmesí.
Pero percibí cambios en el aire -literalmente hablando-: el acre olor de los humos del tráfico emanando de los tubos de escape de los coches deportivos o las rugientes motocicletas, con el contrapunto de las sirenas de los coches policiales y las ambulancias. Los débiles cuernos con los que Gershwin intentó reflejar el tráfico de la ciudad quedarían ahora ahogados en esta barahúnda; dudo que él aprobara los nuevos sonidos. Yo, desde luego, no.
Mi desaprobación se extendió a las vestimentas de los peatones locales. Ahora, los jóvenes parisinos imitaban a los jóvenes de otras muchas ciudades: cabezas descubiertas, chaquetas de cuero y vaqueros... con el mismo aspecto que tienen los jóvenes en Times Square o en Hollywood Boulevard. En cuanto a las chicas, éste parecía ser el año en que todas las jóvenes de Francia decidió ponerse esas horribles botas de cuero, que convertía sus extremidades inferiores, delicadamente formadas, en piernas de víctimas de la elefantiasis. La parisina chic se había desvanecido y, por encima del tumulto del tráfico, creí detectar la desesperación de Napoleón al levantarse de su tumba.
Caminé bajo los arcos, contemplando los iluminados escaparates de costosas joyas, mezclados con objetos de artesanía barata. El París turístico, al menos, no había cambiado: todavía había sex shops en Pigalle, y en alguna parte de las profundas oscuridades del Louvre seguiría sonriendo enigmáticamente Mona Lisa ante aquellos que acudían a la ciudad en busca de aventura.
Repito que no era ésa mi intención. A pesar de todo, la aventura me buscó.
La aventura surgió rápidamente de una parte oscura y solitaria de las arcadas, dirigiéndose directamente hacia mí en forma de una docena de piernas que corrían.
Todo sucedió muy rápidamente. En un instante, estaba solo; al momento siguiente, y sin advertencia previa, llegaron los niños. Había seis, y me rodearon como un pequeño ejército: seis rapazuelos de pelo negro, tez morena, ropas sucias y despeinados, que me hablaban y gritaban en un idioma extranjero. Algunos de ellos se agarraron a mis ropas, otros me golpearon en las costillas. Me gritaban pidiendo una limosna, y cuando murmuré algo acerca de que no tenía cambio, uno de ellos me golpeó el pecho con un periódico doblado, otro me agarró una mano y me la besó, y otro me cogió del hombro haciéndome girar. Ensordecido por el griterío, atónito ante aquel repentino ataque, me esforcé por librarme.
En pocos segundos se desparramaron rápida y silenciosamente, escondiéndose entre las sombras. Al desaparecer, volví a quedarme solo, asombrado y conmocionado. Porque, cuando levanté la mano instintivamente para llevármela al bolsillo interior de la chaqueta, me di cuenta de que había desaparecido mi cartera.
Mi primera reacción fue sufrir un shock. ¡Y pensar que yo, un hombre ya maduro, había sido robado en plena calle por un puñado de pequeños rapaces menores de diez años!
Era un escándalo, al que yo añadí mi propia cólera. La extremada audacia de su ataque provocaba cólera, y el pensar en las consecuencias alimentó mi furia. Perder el dinero que llevaba en la cartera era lo menos importante, pues iba a encontrar bien poca cosa.
Pero llevaba en ella algo que apreciaba mucho; algo secreto e irreemplazable. Lo llevaba en la billetera con un propósito: después de completada mi visita tenía la intención de ir hacia otro destino, para lo que tendría que utilizar el objeto que contenía mi cartera.
Ahora había desaparecido y, con él, la esperanza.
Pero no del todo. El sonido de las distantes sirenas en la noche sirvió para recordarme estridentemente que aún me quedaba una oportunidad. Según recordaba, había una comisaría de policía cerca de la Place Vendome. No resultó fácil de localizar en la oscura calle, al otro lado de un patio abierto. Pero me las arreglé.
Una vez dentro, imaginé que tendría una conversación con un inspecteur, que regresaría a la escena del delito en compañía de unos simpáticos gendarmes preocupados por la comisión de tales delitos y alertas para descubrir el lugar donde se habían ocultado mis asaltantes.
La joven sentada tras la ventanilla de la sombría sala de recepción escuchó mi historia sin hacer el menor comentario ni cambiar de expresión. Insertó formularios y papel carbón en su máquina de escribir, y anotó unos pocos datos vitales para la estadística: mi nombre, fecha y lugar de nacimiento, lugar de origen, dirección del hotel y un corto inventario del contenido de la cartera robada.
Por razones particulares omití mencionar el objeto que más me importaba. Se me podría excusar teniendo en cuenta mi excitación de ánimo, y confié en no tener que hacerlo, a menos que el inspecteur me interrogara más detalladamente.
Pero no hubo entrevista alguna con ningún inspecteur, y tampoco apareció ningún policía uniformado. En lugar de ello, se me entregó simplemente una copia de la Recepisse de Declaration; si sabían algo sobre el destino seguido por mi cartera, me lo notificarían en mi hotel.
Apenas diez minutos después de haber entrado en la comisaría volví a encontrarme en la calle, sin otra cosa con que demostrar mis problemas que una copia del informe. En la parte inferior de la hoja, en una línea identificada en letra de imprenta como Mode Operatoire - Precisons Complementaires, había mecanografiada una frase que decía: «Vol commis dans la Rue par de jeunes enfants yougoslaves».
-¿Yugoslavos?
Ya de regreso en el hotel, le hice la pregunta correspondiente a un maduro conserje de noche. Con los ojos adormilados parpadeando por el nerviosismo, asintió con un gesto, como si supiera de qué iba la cosa.
-¡Ah! -exclamó-. ¡Los gitanos!
-¿Gitanos? Pero si sólo eran niños...
-Es exactamente así -dijo, asintiendo de nuevo con la cabeza.
Y después me contó la historia.
Los carteristas y los que robaban bolsos por el método del tirón siempre habían sido algo habitual en esta zona, pero su número había aumentado en los últimos años.
Procedían del este de Europa, aunque se desconocía su origen exacto, por lo que se les etiquetaba convenientemente como «yugoslavos» o «gitanos».
Al parecer, eran escondidos por hábiles y emprendedores criminales adultos, que se especializaban en educar a los niños en el arte del robo, de modo similar a como Fagin entrenaba a sus jóvenes en el Londres que describe Dickens en Oliver Twist.
Pero Fagin era un aficionado en comparación con los profesionales actuales. Sus alumnos huérfanos, productos de los hogares rotos o sin hogar alguno eran reclutados en las calles de ciudades extranjeras, e incluso comprados directamente a padres nada escrupulosos. Estos rapaces podían llegar a valer mucho; después de un poco de experiencia, un inocente de cuatro o cinco años podía convertirse en un veterano curtido, capaz de conseguir hasta cien mil dólares en el transcurso de un solo año.
Cuando le describí las circunstancias de mi propio encuentro, el conserje se encogió de hombros.
-Claro. Así es como trabajan, amigo mío... en bandas.
Bandas cuyos miembros eran expertos en distinguir a las víctimas potenciales, y que habían recibido hábiles instrucciones sobre el modo de operar. Sus gritos aparentemente espontáneos no eran más que el producto de ensayos prolongados y exactos, y sus movimientos aparentemente impulsivos estaban perfectamente diseñados con antelación. Bailaron a mi alrededor porque les habían enseñado a practicar exactamente esa clase de coreografía. Era como un ballet de delincuentes en el que cada cual jugaba un papel previamente asignado... para dar codazos, gesticular, agarrar y zarandear y crear así la mayor confusión posible. Incluso el besamanos formaba parte de un plan maestro, y cuando uno de ellos me golpeó el pecho con un periódico no hizo más que ocultar la acción de otro que introdujo los dedos por debajo y me birló la cartera. Toda la actuación fue programada y ejecutada con exactitud hasta en sus más mínimos detalles.
Escuché y finalmente meneé la cabeza.
-¿Y por qué no me contó la policía esas cosas? Seguramente deben saberlas.
-Oui, Monsieur -contestó el conserje, permitiéndose hacerme un guiño confidencial-. Pero quizá no se preocupan por ello. -Se inclinó sobre el mostrador y bajó el tono de su voz hasta convertirlo en un murmullo-: Algunos dicen que se ha llegado a una especie de acuerdo. Los yugoslavos son muy hábiles para identificar a los visitantes extranjeros por la forma de moverse y por las ropas que visten. Incluso pueden reconocerlos por la clase de zapatos que llevan. Se supone que se ha establecido un acuerdo porque únicamente atacan a los turistas y no les hacen nada a los ciudadanos locales.
-Sin duda alguna habrá otros que se quejen como yo -dije frunciendo el ceño-. En tal caso creo que la policía se vería obligada a hacer algo.
El gesto del conserje fue tan elocuente como sus palabras.
-Pero ¿qué pueden hacer? Esos yugoslavos actúan con rapidez, sin la menor advertencia. Desaparecen antes de que uno se dé cuenta de lo ocurrido, y nadie sabe adónde van. E incluso si uno consigue echarle mano a uno de ellos, ¿qué sucede entonces? Lo lleva uno a la comisaría y cuenta lo sucedido, pero luego resulta que el pequeño rufián no tiene ninguna cartera... Puede usted estar seguro de que se la pasaron a otro que echó a correr llevándose la prueba consigo. Por otro lado, el pequeño no sabe hablar ni comprender el francés, o al menos eso es lo que aparenta.
»De modo que los gendarmes no cuentan más que con la palabra del denunciante; ¿y qué van a hacei con un niño si no tienen pruebas, teniendo en cuenta que la ley prohíbe la detención y encarcelamiento de los menores de trece años? Todo forma parte del mismo esquema y, si me permite decirlo así, creo que es un esquema hermoso.
El fruncimiento de mis cejas le indicó que me faltaba sentido de apreciación por aquella clase de belleza, y no tardó en retirarse a una posición de seguridad detrás del mostrador, adoptando una actitud oficial cuando añadió:
-Mañana podrá informar sobre el robo de las tarjetas de crédito, aunque no creo que nadie sea lo bastante tonto como para arriesgarse a falsificar una firma. Es el dinero lo que les interesa.
-Tengo dinero depositado en la caja fuerte del hotel -dije.
-Très bien. En tal caso le voy a dar el mejor de los consejos. Ahora que ya sabe a qué atenerse, no creo que le vuelvan a asaltar. Simplemente, trate de alejarse de los lugares frecuentados por los turistas y evite utilizar el metro.
Me ofreció el consuelo de esa sonrisa que todos los conserjes de hotel reservan para casos de ascensores estropeados, equipajes perdidos, inexplicables fallos eléctricos o sanitarios atascados. Después, al ver que yo seguía con las cejas fruncidas, la sonrisa desapareció de su rostro.
-Por favor. Comprendo que haya sido una desagradable situación para usted, pero trate de aceptarlo como una experiencia más. Créame, no vale la pena seguir con el tema.
-Si la policía no está dispuesta a perseguir a esos niños... -dije, meneando la cabeza.
-¿Niños? -Su voz volvió a descender hasta convertirse en un murmullo-. Quizá no me haya expresado con claridad. Los yugoslavos no son niños ordinarios. Tal y como le he dicho, han sido entrenados por profesionales, es decir, por la clase de hombres capaces de comprar o robar a un niño, corromperlo y dedicarlo al crimen. Y no es fácil que esa clase de tipos se detengan simplemente en eso. He oído ciertos rumores, Monsieur, rumores que tienen un sentido muy terrible. Esos niños, como usted los llama, están completamente drogados. Conocen todo tipo de vicios y no saben nada de moral; llevan cuchillos, e incluso armas de fuego. A algunos de ellos les han enseñado a introducirse en las casas y, en caso de ser descubiertos, a matar. Sus maestros, desde luego, son mucho más peligrosos cuando uno se cruza con ellos. Le ruego, en bien de su propia seguridad, que se olvide de lo ocurrido esta noche y siga su camino.
-Muchas gracias por su consejo.
Conseguí dirigirle una sonrisa y, en efecto, seguí mi camino. Pero no olvidé lo sucedido.
No podía olvidar que me habían robado lo que era más precioso para mí.
Tras retirarme a mi habitación, coloqué ante el pomo de la puerta el cartel de «No molestar», y tras unos improvisados arreglos terminé por quedarme dormido.


A la noche siguiente ya estaba preparado y a la espera. Durante la noche, París es la Ciudad de la Luz, pero también es la ciudad de las sombras. Y fue en las sombras donde me dediqué a esperar, y más exactamente entre las sombras de las arcadas de la Rue de Rivoli. Me había puesto deliberadamente un traje negro, destinado a confundirse con el fondo oscuro. Pasaría desapercibido si los depredadores volvían a buscar una presa nueva.
De algún modo, estaba convencido de que volverían. Mientras permanecía apoyado contra un pilar, observando a los viandantes ocasionales que pasaban, hice un esfuerzo por ver a las presas con los ojos de los cazadores.
¿Quién sería la próxima víctima? Ese grupo de japoneses no se merecían más que una mirada de desprecio; no era prudente desafiar a todo un grupo. Siguiendo la misma regla, tampoco se haría nada contra los que fueran en pareja. E incluso los viandantes solitarios estarían seguros si eran personas atléticas o sus ropas les identificaban como ciudadanos locales.
Lo que los cazadores buscaban era a alguien como yo mismo, alguien vestido con ropas de corte extranjero, preferiblemente viejo y evidentemente solo. Alguien como el caballero de pelo gris que se aproximaba ahora, contemplando los escaparates de una serie de tiendas que ya estaban cerradas. Era bajo de estatura, de constitución ligera y su paso incierto indicaba o bien un deterioro físico o una ligera intoxicación alcohólica. Un viandante solitario en una calle desierta... era el objetivo perfecto para el ataque.
Y el ataque se produjo.
Desde la profunda oscuridad de un portalón frente a la arcada surgieron de pronto los yugoslavos, bailoteando, gritando y gesticulando, rodeando repentinamente a la asombrada víctima.
Lo rodearon, con las manos extendidas, confundiéndolo con sus gritos, manoseándolo al mismo tiempo.
Ahora vi la táctica que seguían y reconocí los papeles que jugaba cada uno de ellos. Ahí estaba el dedicado a besar la mano, al tiempo que pedía una limosna; allí los otros dos que se dedicaban a estirarle cada uno de un brazo, desde atrás; ahí estaba también el mayor de los chicos, blandiendo el periódico plegado, disponiéndose a lanzarlo contra el pecho del viejo, mientras su cómplice se acercaba a la chaqueta abierta desde abajo. El sexto y más pequeño de la banda permanecía detrás de él, simplemente quieto, en posición. En cuanto le quitaran la cartera se la pasarían y mientras los demás continuaban con sus maniobras de distracción un momento más, antes de desparramarse, el más pequeño echaría a correr para ponerse a salvo.
Todo el espectáculo resultaba brillante en su sencillez, y concebido con tal inteligencia que el pobre caballero apenas se daría cuenta de la pérdida hasta que ya fuera demasiado tarde.
Pero yo me di cuenta... y actué.
En el momento en que los ladronzuelos le rodearon, avancé con rapidez y sin hacer ruido. Enfrascados en su griterío, no se dieron cuenta de mi aproximación. Me moví por detrás del más joven, el que esperaba recibir la cartera. Le agarré por el brazo que tenía levantado, sujetándoselo por detrás de la espalda y lo arrastré, alejándolo hacia las sombras. Me miró y mi mano libre se afianzó alrededor de su boca abierta antes de que pudiera lanzar ningún grito.
Trató de morderme, pero mis dedos se apretaron con más fuerza contra su boca. Intentó pegarme patadas, pero le retorcí aún más el brazo doblado y le hice perder el equilibrio, trastabillando sobre el pavimento a medida que nos alejábamos de la arcada en sombras, dirigiéndonos hacia la cercana esquina.
Allí tenía aparcado mi coche de alquiler. Abrí la puerta y lo introduje en el asiento delantero. Antes de que pudiera volverse, saqué las esposas de mi bolsillo y Jas cerré alrededor de sus muñecas, mantenidas a la espalda.
Cerré la puerta del acompañante, rodeé el coche con rapidez y entré por la otra puerta, sentándome ante el volante. Segundos más tarde nos movíamos para perdernos en el tráfico de la ciudad.
Con las manos bien sujetas a la espalda mi prisionero se retorcía inútilmente a mi lado. Ahora podía gritar todo lo que quisiera. Y así lo hizo.
-¡Basta! -le ordené-. Nadie puede escucharte con las ventanillas cerradas.
Al cabo de un instante, obedeció. Cuando nos metimos por una calle lateral, me miró fijamente y resolló:
-Merde!
-De modo que hablas francés, ¿verdad? -le pregunté, sonriendo.
No hubo respuesta alguna. Pero cuando el coche giró de nuevo entrando en una de las estrechas calles que salían de la Rue St. Roch, la mirada de sus ojos era cautelosa.
-¿Adónde vamos?
-Eso es algo que tú mismo debes contestar.
-¿Qué quiere decir?
-Espero que seas lo bastante bueno como para dirigirme al lugar donde pueda encontrar a tus amigos.
-¡Váyase al infierno!
-Au contraire -dije, sonriendo de nuevo-. Si no cooperas, y con rapidez, te pegaré un buen golpe en la cabeza y abandonaré tu cuerpo en el Sena.
-¡Viejo bastardo..., no puede asustarme!
Levantando la mano derecha del volante le di un fuerte bofetón en la boca, haciéndole retroceder contra el asiento.
-Eso sólo es una muestra -le dije-. La próxima vez no seré tan suave.
Mi mano se convirtió en puño, la volví a levantar y el pequeño se encogió.
-¡Dímelo! -le ordené.
Y lo hizo.
El golpe recibido en la boca pareció haberle desatado la lengua porque empezó a contestar a mis preguntas, al tiempo que yo hacía girar el coche, cruzaba un puente y penetraba en la Orilla Izquierda.
Cuando me dijo cuál era nuestro destino y me describió cómo llegar a él, confieso que me quedé sorprendido. La distancia era mucho mayor de lo que había supuesto, y no sería fácil descubrir el lugar, pero seguí sus indicaciones sobre un mapa mental. Mientras tanto, estimulé a Bobo para que hablara.
Ése era su nombre..., Bobo. Si tenía algún otro, aseguró no saberlo y yo le creí. Tenía nueve años de edad, pero ya hacía tres que estaba en la banda, desde que su jefe le había secuestrado en las calles de Dubrovnik trayéndolo aquí, a París, por una larga ruta ilegal, escondido en el fondo de un camión.
-¿Dubrovnik? -pregunté, asintiendo con un gesto-. Entonces, eres realmente yugoslavo. ¿Qué me dices de los otros?
-No lo sé. Proceden de todas partes, allí donde los encontrara él.
-¿Te refieres a vuestro jefe? ¿Cómo se llama?
-Le llamamos Le Boss.
-¿Fue él quien los enseñó a robar así?
-Nos ha enseñado muchas cosas -contestó Bobo dirigiéndome una mirada de soslayo-. Escúcheme, viejo... si él está allí habrá muchos problemas. Será mejor que me deje marchar.
-No hasta que recupere mi cartera.
-¿Su cartera? -Sus ojos se abrieron como platos, luego se estrecharon y me di cuenta de que acababa de reconocerme como su víctima de la noche anterior-. Si cree usted que Le Boss le va a devolver su dinero es que es tonto.
-No soy tonto, y no me importa el dinero.
-¿Sus tarjetas de crédito? No se preocupe. Le Boss no trata nunca de utilizarlas. Es demasiado arriesgado.
-Tampoco es por las tarjetas. Había algo más. ¿No lo viste?
-Yo no llegué a tocar su cartera. Anoche fue Pepe quien se encargó de llevarla a la camioneta.
Según me dijo, la camioneta siempre estaba aparcada a la vuelta de la esquina del lugar en que operaba la banda. Y después de cometido el robo era allí adonde huían. Le Boss esperaba ante el volante, con el motor en marcha; la propiedad robada se la entregaban inmediatamente, al tiempo que se dirigían hacia zonas más seguras.
-De modo que la cartera la tiene ahora Le Boss -dije.
-Quizá. A veces coge el dinero y tira la cartera en cualquier parte. Pero si como usted dice contenía algo más que dinero y tarjetas de crédito... -Bobo dudó un momento, mirándome, antes de preguntar-: ¿Qué es lo que anda buscando?
-Eso es algo que discutiré con Le Boss cuando le vea.
-¿Diamantes, quizá? ¿Es usted un contrabandista?
-No.
Abrió mucho los ojos y asintió rápidamente con un gesto.
-¿Cocaína? No se preocupe, yo mismo le conseguiré la que quiera, no es ningún problema... Buen material y no la mierda que cortan para el comercio callejero. Toda la que usted quiera, y a buen precio.
-Deja de imaginar cosas -le dije, moviendo la cabeza-. Sólo hablaré con Le Boss.
Pero Bobo siguió mirándome mientras yo conducía hacia las zonas suburbanas residenciales e industriales, atravesando unos terrenos libres de edificios. Me metí por un camino lateral sin asfaltar que bordeaba la orilla desierta del río. No había ninguna luz, ni viviendas, ni signos de vida..., únicamente sombras, silencio y árboles que balanceaban sus ramas altas.
Bobo se estaba poniendo nervioso, pero ahora forzó una sonrisa.
-Eh, viejo..., ¿le gustan las chicas? Le Boss consiguió una el otro día.
-No me interesa.
-Quiero decir chicas pequeñas. Carne fresca, de sólo cinco o seis años...
Negué de nuevo con un gesto y el rapaz se me acercó en el asiento e insistió:
-¿Qué me dice de chicos? Soy muy bueno, ya lo verá. Hasta Le Boss lo dice...
Se acurrucó contra mi; tenía las ropas sucias y olía a sudor y ajo.
-No te molestes -le dije, apartándolo de un empujón.
-Está bien -murmuró-. Pensé que si llegábamos a un acuerdo dejaría de intentar encontrar a Le Boss. Con eso no va a conseguir más que empeorar las cosas para usted, y no tiene sentido que le hagan daño.
-Agradezco tu preocupación -dije, sonriéndole -. Pero no es por mí por quien te preocupas. Tú serás el que recibas un buen castigo por traerme hasta vuestra guarida, ¿no?
Me miró fijamente sin contestar, pero leí la respuesta en sus ojos, llenos de temor.
-¿Qué te hará? -pregunté.
El temor volvió a surgir en su voz.
-Por favor, Monsieur, ¡no le diga cómo consiguió llegar hasta aquí! Haré todo lo que usted quiera, todo...
-Harás exactamente lo que yo te diga -le espeté.
Volvió a quedarse mirando hacia adelante, y de nuevo leí en sus ojos..
-¿Hemos llegado? -pregunté-. ¿Es éste el sitio?
-Oui, pero...
-Cállate.
Apagué el motor y las luces, pero no antes de que la luz me permitiera descubrir por un instante la orilla del río al otro lado del camino vecinal. A través de la maraña de árboles y matojos pude ver la camioneta aparcada, medio oculta entre las sombras que había delante. Más allá, cruzando el río, vi un antiguo puente de madera destinado a peatones, la estrecha y casi desmoronada reliquia de tiempos pasados.
Bajé del coche, rodeándolo hasta el otro lado y abrí la puerta, cogiendo del cuello a mi prisionero.
-¿Dónde están? -susurré.
-Al otro lado. -La voz de Bobo sonó débil pero la aprensión que denotaba era fuerte-. ¡No me obligue a llevarlo hasta allí, por favor!
-Cierra la boca y ven conmigo.
Le arrastré hacia los árboles y me detuve para contemplar la vieja estructura del puente. El propósito para el que había servido en el pasado ya hacía tiempo que se había olvidado, lo mismo que el gran óvalo de la otra orilla, que se abría cerca del borde del agua.
Pero Le Boss no lo había olvidado. Antiguamente, este gran conducto circular formó parte del primitivo sistema de alcantarillado de París. Enterradas en las profundidades, docenas de ramales se conectaban, convergiendo en una sola cloaca gigantesca que vertía sus residuos en las aguas situadas río abajo. Ahora, los canales interiores habían sido cerrados, dejando el túnel principal seco, aunque no desierto. Porque era aquí, dentro de un circulo de metal de unos siete metros de diámetro, donde Le Boss encontraba protección a las miradas indiscretas, al otro lado del camino vecinal en desuso y del puente abandonado.
La enorme abertura parecía la boca de entrada al infierno y en su interior se veían los fuegos del infierno.
En realidad, lo que me parecieron fuegos no eran más que el producto de unas velas encendidas colocadas en nichos alrededor de la base del túnel. Comprendí que no sólo tenían un valor práctico, sino también precavido, ya que se las podría apagar inmediatamente en caso de alarma.
¿Alarma?
Agarré a Bobo aún más fuerte por el cuello.
-El vigilante -murmuré-. ¿Dónde está?
De mala gana, el chico extendió un dedo en dirección a un borde alto y destartalado situado en el lado dcl puente. Distinguí entre las sombras una pequeña figura acurrucada entre brotes de vegetación.
-Sandor -me dijo mi prisionero-. Está dormido.
-¿Y qué me dices de Le Boss y de los otros? -pregunté, levantando la mirada.
-Están dentro de la cloaca. Más adentro, allí donde nadie puede verles.
-Bien. Ahora entrarás tú.
-¿Solo?
-Sí, tú solo.
Cogí la llave y le abrí las esposas, aunque no le solté del cuello. El chico se frotó las muñecas irritadas.
-¿Y qué es lo que debo hacer?
-Dile a Le Boss que te cogí en la calle, pero que conseguiste escapar y echar a correr.
-¿Y cómo explico que conseguí llegar aquí?
-Quizá hiciste autoestop.
-¿Y después...?
-No te diste cuenta de que te seguía..., hasta que volví a cogerte aquí. Dile que estoy esperando a este lado del río hasta que me traigas la llave que ando buscando. Una vez la tenga en mi poder me marcharé... sin hacer preguntas, sin causar ningún daño.
-Suponga que él no tiene la llave -dijo Bobo, frunciendo el ceño.
-La tendrá -le dije-. Mira, es una vieja llave de latón, pero el mango tiene la forma del blasón de mi familia. Y montado en el blasón hay un gran rubí.
-¿Y qué pasa si él arrancó el rubí y tiró la llave? -preguntó el chico sin dejar de fruncir el ceño.
-Es posible -admití, encogiéndome de hombros-. Pero será mejor que reces para que no haya sucedido así. -Mis dedos se hundieron un poco más en su cuello-. Quiero esa llave, ¿comprendido? Y la quiero ahora.
-¡Pero él no se la va a dar! ¡No Le Boss! ¿Por qué iba a dársela?
Por toda contestación empujé al chico hacia el adormilado vigilante, medio oculto entre los arbustos. Metí la mano en el bolsillo y saqué un cuchillo. En el instante en que Bobo abría la boca, sorprendido, le pegué una patada a la figura acurrucada. El otro parpadeó y se sentó rápidamente. Después se quedó helado cuando le apreté la punta de la hoja contra el cuello.
-Dile que si no me trae la llave dentro de cinco minutos le cortaré el cuello a Sandor.
Sandor me creyó. Lo sé porque empezó a temblar. Y Bobo también me creyó, porque cuando le solté del cuello echó a correr hacia el puente.
Ahora sólo quedaba por dilucidar una cuestión: ¿me creería también Le Boss?
Sinceramente, confiaba que así fuera. Pero, por el momento, lo único que podía hacer era esperar pacientemente. Obligué al tembloroso Sandor a levantarse y le empujé delante de mi para situarme al borde del puente, mirando hacia el otro lado, al tiempo que Bobo llegaba hasta la boca de la cloaca, que se lo tragó. Yo seguí esperando.
La noche estaba en silencio, a excepción de la ronca respiración de Sandor. Ningún sonido surgió de la gran boca ovalada de la cloaca, al otro lado del río, y mi visión, por la lejanía. no alcanzaba a ver su interior.
Pero el reflejo de la luz me sirvió para estudiar a mi nuevo prisionero. Al igual que Bobo, tenía el cuerpo de un niño, pero el rostro que me contemplaba me pareció incongruentemente avejentado..., no por las arrugas, sino por la línea delgada de sus labios apretados, los huecos existentes bajo los pómulos sobresalientes y los hundidos círculos que rodeaban sus ojos. También eran unos ojos de viejo, como los de alguien que ha visto mucho más de lo que un niño podría haber visto. Leí en ellos un sometimiento momentáneo, pero sabía que eso no era más que una reacción superficial. Por detrás percibí un brillo frío, una fuerza cruel gobernada no por la inteligencia, sino por el instinto animal, completamente desarrollado, listo para soltarse. Y, en efecto, era como un animal, me dije a mí mismo; un depredador que vivía en una cueva, ávido de satisfacer apetitos atávicos perennes.
No había nacido así, desde luego. Había sido Le Boss quien transformó la inocencia de la infancia en el impulso amoral que erradicó todo signo de humanidad para dejar surgir la bestia que había debajo.
Le Boss. ¿Qué estaría haciendo ahora? Seguramente, Bobo le habría encontrado ya y le habría contado su historia. ¿Qué estaría ocurriendo? Mantuve cerca a Sandor, a punta de cuchillo, vigilando la oscilación de las luces y las profundidades de las sombras en la enorme mandíbula del túnel.
Entonces, de repente y por sorpresa surgió un grito de la boca de metal.
El alto eco desgarrador se elevó sólo durante un instante antes de desvanecerse en el silencio, pero reconocí la fuente de la que procedía.
Agarré a Sandor por el cuello y le apreté aún más la hoja del cuchillo. Empecé a caminar hacia el puente.
-¡No! -exclamó con un estremecimiento-. No lo haga...
Ignoré su ruego quejumbroso, sus mutiles esfuerzos por liberarse. Le empujé hacia adelante y crucé la vacilante estructura, sin apartar la mirada de las oscuras profundidades que había al otro lado, y enfocando toda mi visión y atención en la abertura que tenía delante.
Pasé entre las oscilantes luces de las velas colocadas a ambos lados y me metí en aquella enorme abertura, llevando a Sandor por delante. Ahora muy consciente del hedor a putrefacción que salió a recibirme desde el oscuro interior, consciente del sonido de otros pasos contra la redondeada superficie de metal. Pero dirigí toda mi atención hacia otra parte.
Un montón oscuro de harapos aparecía tumbado sobre la base curvada del túnel. Sin dejar de observarlo mientras nos aproximábamos, me di cuenta de que me había equivocado. Los harapos no eran otra cosa más que una vieja manta bajo la que se delineaba una figura retorcida.
Bobo también había cometido un error, porque era su cuerpo el que aparecía allí tendido, inmóvil. El ángulo grotesco de su cuello y el fragmento de hueso que surgía de su brazo tendido en una posición extraña, me indicaron que se había caído desde lo alto. O quizá lo habían arrojado desde allí.
Mis ojos buscaron el redondeado techo de la cloaca. Tal y como había calculado, debía de tener sus buenos siete metros, pero no tuve que recorrer toda la parte superior con la mirada para confirmar mi suposición sobre la suerte corrida por Bobo.
Justo delante de mí, a la izquierda de la redondeada pared metálica había una escalera de madera apoyada contra el lado de un amplio andamio, montado de modo aparentemente provisional, que se elevaba quizá unos cuatro metros desde la base de la cloaca. Aquí había velas fijas a intervalos regulares sobre las estacas, iluminando un gran montón de equipajes de mano, mochilas, carteras de mano, cajas, bolsas, bolsos, ropas y artículos diversos, que configuraban el montón de objetos robados por los ladrones.
Y allí, en cuclillas sobre un colchón ajado, en medio de un montón de botellas vacías, estaba el propio Le Boss.
No cabía la menor duda en cuanto a su identidad; le reconocí por su sonrisa burlona, por la fría manera despreocupada con la que se incorporó para enfrentarse a mí después de que yo forzara a Sandor a subir la escalera y la plataforma.
El hombre que se encontraba vacilando ante nosotros era un monstruo. Siento tener que utilizar ese término, pero no existe ninguna otra palabra capaz de describirlo. Le Boss medía más de uno ochenta de altura, y las piernas enfundadas en los pantalones sucios y arrugados aparecían inclinadas y dobladas bajo la inmensidad de la carga que debían soportar. Debía de pesar más de ciento cincuenta kilos, y la grasa que se abultaba en su vientre voluminoso y en su torso era casi obscena en su abundancia. Sus enormes manos terminaban en dedos tan gruesos como salchichas.
No llevaba camisa bajo la chaqueta estrecha que vestía, y de una cuerda que colgaba alrededor del grueso cuello pendía un silbato, que le caía sobre el pecho desnudo. Tenía la cabeza en forma de bala y era calvo. De hecho no mostraba un solo pelo..., ni la menor señal de cejas por encima de las pupilas de aspecto hipertiroideo, ni pestañas que protegieran las cuencas de los ojos enrojecidos. Las mejillas porcinas y la papada no mostraban señal alguna de barba, y sus carnosos pliegues eran blancos como los de un gusano a la luz de las velas, que lanzaban reflejos contra los ojos diminutos y leonados.
No necesité una segunda mirada para confirmar mis sospechas sobre lo que había sucedido antes de mi llegada; la escena que me imaginé mentalmente se había hecho realidad. La llegada de Bobo, la respiración entrecortada, la balbuciente narración de su historia, la reacción de su jefe, mezcla de incredulidad y cólera, la explosión de furia incontenible con la que debió de agarrar al pobre chico para arrojarlo desde la plataforma, estrellándolo como una botella vacía contra el suelo de la cloaca... Lo vi todo demasiado vívidamente.
Le Boss me dirigió una mueca sonriente, sus carnosos labios se abrieron, poniendo al descubierto los muñones amarillentos de sus dientes podridos.
-¿Y bien, viejo?
Me habló en francés, pero su voz mostraba un extraño acento; de hecho, podía ser perfectamente un yugoslavo. Hice un esfuerzo por mirarle directamente a los ojos.
-Ya sabe por qué estoy aquí -le dije.
-Algo sobre una llave -asintió-. Yo la tengo.
-Su banda de ladrones me la robó. Pero es de mi propiedad.
-Ahora es propiedad mía -dijo, ampliando la mueca. Su profunda voz retumbaba con un acento burlón-. Suponga que no estoy dispuesto a devolvérsela.
Por toda contestación le mostré a Sandor, delante de mí, y levanté el cuchillo, apretándolo contra su cuello. Mi prisionero tembló y emitió una especie de lloriqueo cuando la hoja se apretó más contra él. Le Boss se limitó a encogerse de hombros.
-Tendrá que hacer algo mejor que eso, viejo. La vida de un niño no es nada importante para mí.
-Ya lo veo -repliqué, mirando el cuerpo de Bobo, tendido allá abajo. Tratando de ocultar mi reacción, me enfrenté de nuevo con él-. Pero ¿dónde están los otros?
-Jugando, supongo.
-¿Jugando?
-¿Eso le parece extraño, viejo? A pesar de lo que pueda creer, tengo cierta compasión. Después de todo, sólo son niños. Trabajan muy duro, y se merecen la recompensa del juego.
Le Boss se volvió, señalando hacia la lejana oscuridad del interior de la cloaca. Mis ojos siguieron la dirección de su gesto y, por primera vez, percibí el movimiento en la semipenumbra. Hasta mí llegaron unos sonidos débiles, que ahora identifiqué como risas infantiles. Pequeñas figuras se movían al fondo, siluetas que aparecían blanquecinas entre las sombras.
Los yugoslavos estaban desnudos y se dedicaban a jugar. Conté cuatro figuras retorciéndose y arrastrándose por el suelo, al fondo del túnel.
Pero ¡un momento! Había una quinta figura, algo más pequeña que las otras, que se inclinaban sobre ella y se reían al tiempo que manoseaban la temblorosa configuración de su pelo rubio. Por encima de todo ello, percibí el sonido de los jadeos, y en mi mente resonó el eco de la voz de Bobo.
«Eh, viejo..., ¿le gustan las chicas?... Carne fresca, de sólo cinco o seis años...»
Ahora lo comprendía todo con claridad. Dos de los chicos sostenían a la víctima en el suelo, con las piernas abiertas e indefensa, mientras los otros dos..., pero no, no voy a describir lo que estaban haciendo.
Aparté la mirada y volví a enfrentarme con la sonrisa de Le Boss. De algún modo, me pareció mucho más horrible que la escena que se desarrollaba allá abajo. Le Boss agarró una botella apoyada contra el montón de objetos que había junto a él y bebió antes de hablar.
-Se siente angustiado, ¿verdad?
-No tanto como lo estará usted a menos que me devuelva mi llave -le repliqué.
-Con amenazas vacías no conseguirá más que manos vacías -me dijo sin dejar dc sonreír.
-No tengo las manos vacías.
Apreté el cuchillo contra el cuello de Sandor, rasgando ligeramente la carne, y el chico lanzó un grito de terror. Le Boss se encogió de hombros.
-Adelante. Ya le he dicho que no me importa.
Por un momento permanecí sin saber qué hacer. Después, con un suspiro, aparté el cuchillo de Sandor y solté su cuello sudoroso. El muchacho se volvió y echó a correr hacia la escalera, situada detrás de mí. Poco después escuché sus precipitados pasos a medida que descendía los escalones de madera. Afortunadamente, ese sonido apagó las risas que me llegaban desde abajo. Le Boss asintió con un gesto.
-Eso está mucho mejor. Ahora podemos discutir la situación como caballeros.
-No mientras yo tenga esto y usted mi llave -dije, levantando el cuchillo.
-¿Más amenazas vacías?
-Mi cuchillo habla por mí -dije, avanzando un paso al mismo tiempo.
-Le juro que no sé qué hacer con usted, viejo -dijo con una risa sofocada-. O es un verdadero estúpido, o es muy valiente.
-Quizá ambas cosas.
Levanté un poco más la hoja, pero él detuvo mi avance con un gesto rápido.
-Ya está bien -resolló. Se volvió, se inclinó y metió la mano en un montón de chales, pañuelos y bolsos que había tras él. Cuando se volvió a incorporar tenía la llave en la mano-. ¿Es esto lo que anda buscando?
-Sí. Sabía que usted no lo desdeñaría.
Se quedó mirando fijamente la piedra roja que brillaba débilmente desde el mango con el blasón.
-Nunca desprecio nada valioso.
-Únicamente las vidas humanas -repliqué.
-No me venga con sermones, viejo. No me interesa su filosofía.
-Ni a mí la suya. -Extendí la mano, con la palma hacia arriba-. Todo lo que quiero es recuperar mi llave.
-No tan rápido -dijo, retirando su mano-. Supongamos que me cuenta por qué quiere recuperarla.
-No es por el rubí -le dije-. Adelante, arránquelo si quiere.
-Es un pobre ejemplar -dijo Le Boss volviendo a reír-. Bastante grande, pero imperfecto. Es la llave lo único que le interesa, ¿eh?
-Naturalmente, tal y como le dije a Bobo, abre la puerta de mi finca en el campo.
-¿Y dónde está esa finca?
-Cerca de Bourg-la-Reine.
-Eso no está muy lejos de aquí. -Los pequeños ojos se estrecharon-. Con la camioneta podríamos estar allí en una hora.
-Eso no serviría de nada -le dije-. Quizá la palabra «finca» no sea la más adecuada. Se trata de un lugar pequeño donde no hay nada que le pueda interesar a usted. Los muebles son viejos, pero no alcanzan la categoría de antigüedades. La casa ha estado abandonada durante años desde que le hice mi última visita. Tengo propiedades en otras partes del continente donde paso buena parte de mi tiempo. Pero como voy a estar aquí varias semanas por asuntos de negocios, prefiero estar rodeado de un ambiente familiar.
-Conque otras propiedades, ¿eh? -Le Boss jugueteó con la llave-. Debe de ser usted bastante rico, viejo.
-Eso no es asunto suyo.
-Quizá no, pero sólo estaba pensando. Si tiene usted dinero, ¿por qué no dirigir sus asuntos con toda comodidad desde un hotel en París?
-Es una cuestión sentimental... -dije, encogiéndome de hombros.
-¿De veras?
Me observo atentamente y en el intervalo que transcurrió antes de que hablara me di cuenta de que los sonidos de allí abajo habían cesado. Mi voz rompió el repentino silencio.
-Le aseguro...
-Au contraire. Usted no me asegura nada en absoluto -se burló Le Boss-. Si es usted propietario de una finca, lo importante es la llave de la casa, y no la llave de entrada a la propiedad. Cualquier cerrajero podría abrírsela sin necesidad de tener esta llave en particular. -Contempló la llave de latón, el apagado brillo del rubí incrustado en el mango con el blasón y añadió-: A menos que, después de todo, no sea la llave de una puerta. A mí más bien me parece la llave de una caja fuerte, o incluso de una de las habitaciones de la casa en la que puede haber objetos valiosos.
-Sólo es la llave de la puerta de acceso a la propiedad. -Volví a extender una mano mientras sostenía el cuchillo con la otra-. Pero la quiero... ahora.
-¿Sería suficiente para matar? -me preguntó, desafiante.
-Si es necesario...
-Se lo voy a evitar. -Sonriendo, Le Boss se inclinó de nuevo sobre el montón de ropas. Cuando se incorporó y se volvió para mirarme, sostenía un revólver en la mano-. Deje caer ese cepillo de dientes -me ordenó, levantando el arma para reforzar la orden.
Suspirando, abrí la mano y el cuchillo cayó, saltando sobre el lado de la plataforma abierta, hasta la superficie de la cloaca, más abajo. Estimulado por un ciego impulso, me giré rápidamente. Si pudiera llegar hasta la escalera...
-¡Quédese donde está!
No fueron sus palabras las que me detuvieron, sino el sonido metálico del arma. Me volví con lentitud, situado, como estaba, frente al cañón de su revólver.
-Eso está mejor -dijo.
-No se atreverá usted a matarme..., no a sangre fría.
-Dejemos que eso lo decidan los chicos.
Le Boss se llevó la mano al silbato que le colgaba del cuello. Se lo metió en los carnosos labios y sopló.
El sonido ensordecedor produjo ecos y reverberó contra las redondas paredes de metal, junto a mí y por debajo. Después, se escucharon los murmullos de respuesta, el repentino golpetear de los pasos que se acercaban. Miré hacia abajo por el rabillo del ojo y vi las cuatro figuras desnudas..., no, ahora había cinco, incluyendo a Sandor, completamente vestido, que se movían hacia la plataforma sobre la que nos encontrábamos.
Una vez más, conjuré en mi mente una visión del infierno, de demonios que bailaban sobre las llamas. Pero las llamas no eran más que la luz emitida por las velas, y los cuerpos de los que se movían allí abajo pertenecían a niños. Únicamente sus risas eran lo demoníaco. Sus risas y sus rostros, brillantes y contorsionados.
Al aproximarse, pude echar un vistazo a lo que traían en las manos. Sandor había recogido el cuchillo del lugar donde había caído, y los otros empuñaban sus propias armas, un mazo, un bastón de madera, un trozo de tubería de acero, una botella de vino rota por la mitad. Le Boss volvió a reír socarronamente y dijo:
-Ha llegado la hora de jugar.
-¡Dígales que se alejen! -grité-. Le advierto...
-No vale la pena, viejo -dijo Le Boss meneando la cabeza.
«Viejo», me había vuelto a llamar viejo. Creo que eso fue lo que me impulsó. No fue la amenaza del revólver, ni la vista de aquellas aterradoras y pequeñas criaturas. Fue simplemente esa palabra, el desprecio con que había sido repetida una y otra vez.
Sabía lo que él estaba pensando: una víctima anciana, desarmada, impotente, atrapada y dispuesta para el tormento. Y en buena medida tenía razón. No tenía armas, era viejo y estaba atrapado.
Pero no era impotente.
Cerré los ojos y me concentré. Hay silbidos subsónicos que no producen ningún sonido audible, y hay formas de llamadas que no requieren ni siquiera un silbido. Y hay algo más que sabandijas humanas infestando las cloacas abandonadas, acechando desde los rincones más oscuros de los túneles, pero capaces de responder a ciertas órdenes.
Y la respuesta se produjo casi instantáneamente.
Llegó en forma de un rumor de pisadas, de ruidos débiles magnificados por el número concentrado. Llegó en forma de chirridos y crujidos. al principio como ecos procedentes desde cierta distancia, pero formando después una cacofonía cada vez más cercana, a medida que contestaban a mi llamada.
Los yugoslavos habían alcanzado ya la escalera, en el extremo más alejado de la plataforma. Vi a Sandor subir los peldaños superiores, con el cuchillo apretado entre los dientes. Le vi detenerse de pronto, cuando él también escuchó el repentino tumulto. Detrás de Sandor, sus compañeros se volvieron para buscar su fuente de procedencia.
Entonces gritaron, primero llenos de sorpresa, a continuación alarmados, a medida que la oleada gris surgía, acercándose a ellos, a lo largo de toda la longitud de la cloaca. La oleada gris, moteada por cientos de ojos rojos y brillantes y miles de dientes diminutos.
La oleada avanzó arremolinándose alrededor de los pies y los tobillos de los yugoslavos, que estaban en la escalera, subiendo y abriéndose paso hacia sus piernas y rodillas. Gritando, trataron de defenderse con sus armas, intentando rechazar el ataque, pero la oleada continuó adelante y hacia arriba. Unas formas peludas subieron más, hundiendo las garras en los pechos, penetrando con los dientes en los cuerpos. Sandor terminó de subir la escalera ayudándose con ambas manos, pero los ojos rojos que había bajo él le siguieron, y las formas grisáceas se lanzaron desde detrás sobre su espalda desprotegida, cubriéndola con un manto de pequeños cuerpos agitados.
Ahora, el vocerío procedente de abajo quedó ahogado por los gritos agudos de Sandor. El cuchillo se le cayó de entre los labios al gritar y hundirse entre la masa que se retorcía sobre él y que ya había devorado a sus compañeros. Con expresiones de estupor y desamparo, sus rostros desaparecieron de la vista tragados por la creciente oleada gris.
Sucedió todo con tal rapidez que Le Boss, cogido por sorpresa, todavía contemplaba en un atónito silencio la carnicería que se había producido. Entonces, fui yo quien elevó la voz por encima de la confusión.
-La llave -grité-. Déme la llave.
Por toda contestación levantó la mano..., no la que tenía la llave, sino la que sostenía el arma.
Los dedos le temblaban, y el cañón osciló mientras yo le miraba fijamente. Aun así, comprendí que no podía fallar a tan corta distancia. Y no falló.
Cuando apretó el gatillo los disparos se produjeron en una rápida sucesión. Apenas si fueron audibles en el rugido que sonaba en el interior del túnel, pero sentí su impacto cuando las balas me golpearon el pecho y el torso.
Continué avanzando, acercándome más, escuchando el clic final e inútil mientras él seguía apretando el gatillo de su revólver ya vacío. Mirándome, con los ojos enrojecidos por la cólera, me lanzó el arma contra la cabeza. Pasó silbando junto a mí, y ahora ya no le quedaba nada a lo que agarrarse, excepto la llave. Sus manos temblaban inconteniblemente.
Extendí la mano.
Le cogí la llave de su zarpa grasosa y miré fijamente su rostro, de expresión frenética. Quizá debería haberle dicho que su suposición era correcta: la llave no servía para abrir la puerta de una propiedad. Podría haberle explicado que el rubí del mango... era el símbolo de un linaje tan antiquísimo que aún conservaba la vieja costumbre de mantener una tumba en la propiedad. La llave me permitía el acceso a esa tumba; no es que lo necesitara realmente; la rama de mi linaje disponía de otros muchos lugares en los que descansar, y durante mis viajes siempre llevaba conmigo lo necesario como para poder descansar temporalmente por mis propios medios. Pero durante mi estancia aquí esa tumba era práctica, al mismo tiempo que privada. Llamar a un cerrajero habría sido una tontería y habría presentado muchos inconvenientes, y a mí no me gustan los inconvenientes.
Le podría haber dicho todo eso, y mucho más. Pero en su lugar me guardé la llave con el gran rubí de color apagado, que era como una gota de sangre.
Al hacerlo, me di cuenta de que los chirridos y crujidos de abajo se habían desvanecido, convirtiéndose en otros sonidos de garras destrozando ropas, y dientes royendo huesos.
Incapaz de hablar, incapaz de moverse, Le Boss esperó que me acercara. Cuando le agarré por los hombros, creo que estuvo a punto de desvanecerse, ya que después sólo quedó un peso muerto desplomado sobre el suelo de la plataforma.
Por debajo, mis hermanos saciaban su apetito, festejándose con los cuerpos de los yugoslavos.
Me incliné hacia el grueso cuello que tenía debajo y yo también, a mi manera, tuve mi festín.
¡Qué tontas habían sido aquellas criaturas que se creyeron tan listas! Quizá pudieran engañar a otros, pero sus pequeños trucos no podían hacer nada contra mí.
Después de todo, sólo eran yugoslavos.
Yo, en cambio, procedo de Transilvania.