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El medallón - Karl Edward Wagner

Se trataba de un pequeño medallón de oro, de finales de la época victoriana, con forma de corazón, los típicos adornos de la época y una pesada cadenilla de oro. Formaba parte de un lote de joyas heredadas por el que Pandora había pujado con éxito. Estaba muy satisfecha de su compra, a pesar de que la puja había sido muy elevada. Por lo general, le iba bien en sus viajes de compras.

Pandora Smythe (había decidido volver a utilizar su apellido de soltera) era la propietaria y encargada de una tienda de antigüedades de Pine Hill, Carolina del Norte, una aburrida ciudad universitaria invadida por las nuevas urbanizaciones, los yuppies que empleaban las numerosas oficinas del lugar y los jubilados que venían del norte. 

Pandora era de origen británico y no podía quejarse de los recién llegados, ya que les encantaba gastarse el dinero en muebles antiguos para adornar sus nuevas casas adosadas, las cuales habían sido construidas allí donde un año antes no había más que árboles.

Su tienda se llamaba La Caja de Pandora, como no podía ser de otra manera. Tenía mucho movimiento, por lo que Pandora había contratado a tres dependientes, uno de los cuales le acompañaba en sus viajes de compras. Pandora Smythe tenía la tez color melocotón con nata, las facciones angulosas pero bonitas y los ojos verdes. Era rubia y bastante alta; salía a correr todos los días para conservar el buen tipo y frisaba los treinta años. Sus dos vicios eran las novelas románticas y llorar cuando veía antiguos dramones en blanco y negro en cintas de vídeo alquiladas.

Le hubiera gustado ser Bette Davis, pero en realidad era una inteligente mujer de negocios que sólo había cometido en su vida dos equivocaciones dignas de mención: casarse con Matthew McKee (con quien había convivido casi un año entero a pesar de la falta de amor, sus flirteos en público y los maltratos a los que la sometía cuando se emborrachaba) y comprarse un medallón.

Había sido un buen día en la tienda. Doreen y Mavis se las habían arreglado muy bien y Derrick se había encargado del empaquetamiento y entrega de los artículos subastados más grandes: unos enormes muebles victorianos de calidad y unas excelentes piezas rústicas que serían cargadas en la parte trasera de unas camionetas Volvo antes de que acabase la semana. 

Pandora llevó a la trastienda el joyero, reprendiéndose porque había pagado demasiado por él. Pero había sido inevitable, porque el desgraciado de Stuart Reading también había mostrado gran interés por el lote. Probablemente habría costado más si las joyas se hubieran vendido por separado, pero cuando lo habían sacado a subasta todavía quedaba mucho día por delante y, además, la mayoría de las piezas eran de bisutería y su valor intrínseco era inferior al que tenían como antigüedades.

—¡Oh! ¡Me encantan estos pendientes de jade! —exclamó Mavis a Pandora, que estaba ordenando su tesoro sobre el escritorio.

—Pues resta el precio de tu salario —Pandora les echó una ojeada—. Cuestan cincuenta dólares. Son de fines de siglo. Y no son de jade, sino de jaspe verde.

—Entonces te doy treinta dólares.

—Cuarenta. Eso es oro.

—Te olvidas del descuento para los empleados. Treinta dólares. Los tengo en efectivo.

—Hecho —Pandora entregó los pendientes a Mavis. Podría habérselos vendido fácilmente a un cliente por cincuenta dólares, pero tenía simpatía por sus empleados y por Mavis en concreto. Además, el lote incluía piezas que podían proporcionarle ganancias más considerables de las que creía. Si se lo dijera a Stuart Reading, se moriría de rabia.

—Aquí tienes —Mavis había ido rápidamente a coger su cartera.

—Es una venta. Ponlo en la caja —Pandora estaba separando los artículos que pudieran requerir la tasación de un joyero profesional. De éstos había unos cuantos.

—Mira. Este me gusta —Pandora cogió el medallón de oro. Tenía una inscripción en latín que rezaba: Face quidlibet voles.

Mavis lo examinó.

—Época victoriana tardía. De oro. Tuyo por sólo doscientos dólares.

—Ya lo he comprado, Mavis —Pandora estaba forcejeando con la cadenilla de oro—. Échame una mano con el cierre.

Mavis se colocó detrás de ella y le puso la cadenilla al cuello.

—¿Vas a quedártelo tú?

—Creo que lo llevaré unos días. ¿Qué te parece?

—Pues que necesitas una falda de lana que le vaya a juego.

Pandora se miró en un espejo antiguo y se arregló el pelo.

—Me gusta. Creo que voy a llevarlo durante una temporada. Como has dicho, podríamos pedir doscientos dólares por él. Es de oro macizo. Fíjate qué trabajo más exquisito.

Mavis miró el escote de Pandora.

—No sé qué significa la inscripción: Face no sé qué voles… ¿Haz no sé qué por dar una vuelta…? Qué tontería.

Pandora observó su imagen en el espejo con detenimiento.

—Es el problema que tiene el oro: se nota que lo han usado mucho. Y, en cuanto a la inscripción, la última vez que leí algo en latín fue cuando iba al instituto.

—Vamos a abrirlo a ver qué hay dentro —Mavis forcejeó con el fiador—. Seguro que contiene un mechón de pelo o un retrato antiguo —volvió a intentarlo—. Mierda, no se abre.

—Deja de tirar —protestó Pandora—. Ya lo haré cuando llegue a casa.

Pandora se duchó tranquilamente, se enfundó un albornoz y una toalla en la cabeza, preparó una pequeña tetera, puso leche, dos azucarillos y un poco de limón en su taza, encendió la televisión, se hizo un ovillo en su sofá favorito, se arrebujó con un edredón de pluma de oca y esperó a que se le secara el pelo. Lo tenía demasiado lacio para su gusto, por lo que prefería no usar el secador. La televisión era aburrida, pero el té estaba sabroso. 

Empezó a manipular el fiador del medallón de oro; no había conseguido abrir el cierre de la cadena antes de ducharse, pero el agua caliente había solucionado el problema. El fiador se abrió de golpe, pero dentro no había nada. Pandora frunció el entrecejo. Sintiéndose cansada por el viaje de compras, poco a poco se quedó dormida.

Llevaba un uniforme de gimnasia del colegio. Dos monjas estaban cogiéndola de los brazos y ella estaba inclinada sobre un escritorio. Una tercera monja le había levantado la falda y le había bajado bruscamente su decorosa braga de algodón blanco. Sostenía una regla de madera. Las otras chicas de la clase la miraban con miedo y expectación.

—Te han visto toqueteándote —dijo la monja.

—¡Soy una mujer de negocios adulta! ¿Quién demonios es usted?

—No has hecho más que empeorar las cosas —la monja le dio un reglazo en el trasero. Pandora soltó un grito de dolor y entonces los golpes empezaron a lloverle encima. Pandora se echó a llorar. Sus compañeras de clase rieron disimuladamente. La monja siguió azotándole el trasero, cada vez más enrojecido. Pandora gritaba y trataba de soltarse de las otras dos religiosas, que la sujetaban fuertemente. La azotaina continuó.

De pronto, Pandora sintió la oleada de un orgasmo. Se irguió conteniendo la respiración y estuvo a punto de volcar la taza de té. La terminó y observó que el medallón estaba cerrado. Debía de haberlo cerrado ella misma mientras dormía. Era la última vez que bebía un té cargado antes de irse a la cama. Se quitó la toalla de la cabeza y se sacudió el pelo. Qué sueño más extraño… Ella nunca había ido a una escuela católica. Sus padres pertenecían a la Iglesia anglicana y ella era una humanista secular, tal como se decía ahora en la jerga políticamente correcta.

Le dolía el trasero. Cuando se miró en el espejo, comprobó que tenía moratones.

A la mañana siguiente no vio nada que le llamara la atención cuando se miró en el espejo. Pandora restó importancia al asunto y lo atribuyó a las arrugas del albornoz y a su imaginación calenturienta. Dejó que sus empleados se ocuparan de la tienda mientras ella ojeaba los anuncios por palabras y los avisos de las próximas subastas. 

Doreen consiguió vender con facilidad por setecientos dólares la mesa de duramen de pino, que estaba mal restaurada y había sido comprada por una décima parte del precio de venta. Pandora empezó a sentirse mejor, pero, aun así, volvió a casa temprano. Se acordó de una película de James Bond que había visto e imaginó que Doreen y Mavis eran Bambi y Thumper, y Derrick era James Bond. Podía dejar la tienda en sus manos.

Se puso un camisón rosa estilo jovencita ingenua (tenía debilidad por la ropa de los años cincuenta), se hizo un ovillo en la cama y se puso a leer Deseo ardiente de enamorada, de David Drake, su escritor favorito de novela romántica. Involuntariamente, jugueteó con el medallón y la tapa se abrió.

Pandora llevaba un sujetador blanco con copa en pico y medias con liguero. Su vestido de noche debía de estar en algún lugar del asiento trasero de su coche, un Chevrolet del cincuenta y seis. Ella estaba de rodillas sobre la hierba del cementerio.

Biff y Jerry tenían prisa, ya que la policía estaba patrullando aquella zona en busca de adolescentes que iban allí para experimentar sensaciones fuertes. Acababan de bajarse los vaqueros y los calzoncillos. Se encontraban al lado del coche y Pandora les estaba haciendo una mamada a los dos al mismo tiempo.

No podía meterse las dos pollas en la boca por completo, por lo que les chupaba los capullos y los lamía rápidamente por turnos mientras se las meneaba y se masturbaba frotándose la vagina. Como a ninguno se le había ocurrido comprar condones, les había dicho que tenía la regla.

—¡Dios mío! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí…! —estaba gritando Biff.

—¡Cállate ya, mamón! ¡Vas a conseguir que la policía nos coja con el culo al aire!

Pandora no dijo nada y siguió haciendo el ruido que se produce cuando se sorbe y chupa algo. No podía cerrar los labios sobre las dos pollas y la saliva se le escurría por la barbilla hasta el sujetador.

Jerry soltó un gruñido y Biff repitió:

—¡Dios mío!

El semen de los dos inundó la boca de Pandora a más velocidad de la que ella podía tragarlo y le regó la cara. Ella engulló el pegajoso y salado chorro, chupando las dos pollas mientras estas iban perdiendo rigidez y sin dejar en ningún momento de frotarse la vagina. Tuvo el orgasmo justo en el momento en que conseguía que las dos pollas fláccidas llegaran al fondo de su garganta.

Pandora se incorporó en la cama repentinamente y con la novela todavía cogida entre las manos. Nunca había subido a un Chevrolet del cincuenta y seis. Tenía las mejillas y la barbilla cubiertas de saliva. Se las limpió con un pañuelo de papel y entonces se dio cuenta de que sabía a semen. Era semen.

El medallón se había cerrado.

Al día siguiente Pandora no hizo nada útil en la tienda y volvió a casa a la hora de comer aduciendo que tenía síntomas de gripe. Sus empleados se mostraron comprensivos, ya que no tenía buen aspecto. Mavis le telefoneó para recordarle que el sábado había una subasta a la que Pandora y Derrick pensaban acudir y añadió que Stuart Reading había llamado.

Pandora le contestó que Stuart Reading podía irse al cuerno y luego decidió tomar una ducha caliente. Quizá fuera cierto que tenía la gripe.

Una ducha era justo lo que necesitaba: caliente, con mucho vapor y relajante para los músculos. Mientras se secaba, rozó el medallón con los dedos y este se abrió con un chasquido.

Pandora se encontraba en un vestuario de hombres lleno de vapor y solo llevaba puesto un suspensorio blanco y elástico, pero no tenía ningún bulto en la entrepierna, a diferencia de las demás personas que había en el vestuario, musculosos hombres empapados en sudor y que lucían abultados suspensorios.

Uno de ellos le pegó en el trasero con una toalla enrollada y Pandora profirió un grito.

—Si quieres jugar a fútbol con los chicos, tendrás que inclinarte.

La obligaron a ponerse de rodillas sobre un banco de gimnasio y, al cabo de unos segundos, notó que una polla enjabonada le presionaba el ano. Pandora soltó un chillido cuando el capullo la penetró y la polla se coló brutalmente hasta los testículos. El hombre empezó a embestirla violentamente, acicateado por los gritos de ánimo de los demás. Pandora contuvo la respiración y consiguió soportar el dolor. Al cabo de unos minutos, notó que la polla se ponía tirante, se calentaba aún más y descargaba un chorro de semen en su recto.

La segunda penetración no fue tan dolorosa y el hombre se corrió rápidamente después de unas cuantas acometidas apresuradas. La tercera polla era gorda y larga; el hombre la folló por el culo lentamente mientras los demás le gritaban que se diera prisa. El cuarto hombre parecía que no iba a acabar nunca de correrse. El quinto entró y salió de su trasero en un momento. El sexto se lo tomó con calma e hizo una pausa para beberse una cerveza. Para cuando le tocó al séptimo, Pandora ya tenía el ano dolorido y ensangrentado, pero el hombre la excitó mediante un masaje en la vagina. El octavo hizo lo mismo y jugó con su clítoris. Con el noveno, Pandora tuvo por fin un orgasmo.

Despertó tumbada en su cama sintiendo un dolor horroroso en el trasero. El medallón estaba cerrado. Se dirigió al retrete con urgencia, pese a que apenas podía andar. Cuando se sentó, vio que echaba un poco de sangre y una gran cantidad de semen. Luego, mientras se limpiaba, se quitó el suspensorio. Ella nunca había tenido un suspensorio.

Pandora telefoneó a su terapeuta y obtuvo hora para el día siguiente. La doctora Rosalind Walden le había prestado un gran apoyo durante los aciagos meses de su fracasado matrimonio y Pandora pensaba que le ayudaría a comprender las pesadillas que había tenido, si es que habían sido realmente pesadillas.

La doctora Walden era una morena con buen tipo, el pelo bastante corto y de aproximadamente la misma altura que ella. Más que una psiquiatra, parecía una profesional de éxito. Aquel día llevaba un conjunto holgado de hilo en tonos oscuros y medias negras. Pandora se sentía cómoda con ella y, agradecida, se dejó caer en el sillón.

Al cabo de un rato, la doctora Walden dijo:

—De modo que piensas que estos sueños guardan relación con este medallón antiguo. ¿Por qué no te deshaces de él, pues?

—Creo que disfruto con las fantasías —contestó Pandora.

—Estás recuperándote de un matrimonio disfuncional durante el cual tu marido te maltrató tanto física como sexualmente. Creo que puede haber una parte de ti que disfruta siendo la víctima. Es preciso que exploremos estas necesidades reprimidas. Pero antes vamos a echar un vistazo al medallón.

La doctora Walden se inclinó sobre ella y empezó a forcejear con el fiador. A Pandora le resultó agradable el roce de sus manos sobre su pecho.

—No consigo abrirlo.

—Permíteme.

Pandora abrió el medallón. Rosalind acercó la cabeza y la besó suavemente en los labios. A continuación, sus lenguas se entrelazaron. Jadeante, Rosalind dejó de besarla y se volvió para quitarse las bragas. Pandora se sorprendió al ver que llevaba un liguero negro. Rosalind arrojó las bragas negras de encaje al suelo y rápidamente se sentó a horcajadas sobre la cara de Pandora. Luego se levantó la falda y miró a Pandora a los ojos.

—Quieres lamerme el coño. Tú sabes que quieres lamerme el coño. ¡Dime que quieres lamerme el coño! —Rosalind se había afeitado la entrepierna para ponerse un tanga. Le olía a almizcle y a perfume suave, y tenía los labios hinchados y separados.

—Quiero lamerte el coño.

—¡Dilo más alto! ¡Dentro de un momento ya no podrás pedírmelo!

—¡Sí! —gritó Pandora—. ¡Quiero lamerte el coño!

Rosalind descendió sobre su cara, haciéndola callar con su mordaza de carne. Con la falda levantada a la altura del pecho, observó la cara de Pandora mientras se mecía adelante y atrás sobre su lengua, se estrujaba los senos y daba empellones con el clítoris contra su nariz.

Casi sin poder respirar, Pandora consiguió lametear rápidamente el clítoris de Rosalind y su vagina. Tenía el coño salado y al mismo tiempo dulce por las secreciones. La excitaba. Entonces notó que a ella también se le humedecía la vagina. Rosalind se corrió en su boca, medio asfixiándola. Tras una breve convulsión extática, Rosalind empezó a moverse con más vigor. Pandora tenía la vagina cada vez más caliente y húmeda. Trató de masturbarse, pero las piernas de Rosalind le inmovilizaban los brazos y no pudo meterse la mano bajo la falda. El segundo orgasmo de Rosalind fue lo bastante violento como para provocarle a ella otro.

Pandora se incorporó repentinamente en el sillón. El medallón estaba cerrado y la doctora Walden tomaba notas.

—Las fantasías sexuales reprimidas son comunes en todas las personas y no es nada raro que los pacientes incluyan a sus terapeutas en ellas… Oh, ¿quieres un café? Te has quedado dormida durante un momento.

—Estoy bien.

—¿Estás segura de que puedes conducir? Te recetaré algo que te ayudará a dormir por la noche. Lo más probable es que las preocupaciones laborales y la tensión de los viajes sean la causa de la aparición de estas fantasías sexuales en la fase de sueño profundo. Prueba esto durante una semana. Si te va bien, te haré otra receta. En caso contrario, quizá sea necesario considerar la posibilidad de un antidepresivo. De todas maneras, no dudes en llamarme en cualquier momento.

—Gracias —Pandora cogió su bolso, que estaba en el suelo junto al sillón. A su lado había unas bragas negras de encaje. Rápidamente, mientras la doctora Walden le hacía la receta, las cogió y las metió en el bolso.

Derrick Sloane llamó a la puerta de su casa a las seis de la mañana. Pandora se puso el albornoz y le hizo pasar. Derrick parecía desconcertado.

—Quedamos en que vendría a eso de las seis y no has dicho nada, así que aquí me tienes, a la hora exacta. ¿Te encuentras bien? La gripe puede ser muy molesta. Si quieres quedarte en casa hasta que te recuperes, puedo ir a despertar a Mavis y decirle a Doreen que se ocupe de la tienda mientras nosotros vamos a la subasta.

—No. Es que mi psicóloga me ha dado unas pastillas para dormir. Me visto en un momento. ¿Te importaría poner la cafetera?

—No sabía que fueras al psiquiatra.

Derrick ya sabía manejarse en su cocina y estaba esperándole con una taza cuando acabó de vestirse.

—Gracias. Esto me sentará bien. No puedo perderme esta subasta.

Derrick preparaba el café mejor que Pandora. Era más alto que ella y muy fornido, tenía veintitantos años y era un buen conocedor de antigüedades. Era la persona perfecta para levantar y cargar piezas pesadas en las subastas y para moverlas en la tienda. Poseía una belleza misteriosa, y a Pandora le gustaba bastante, aunque sospechaba que era homosexual. Fuera como fuese, no le había hecho ninguna insinuación a ella o a las empleadas de la tienda, y eso que Mavis era una preciosidad.

Hacía una luminosa mañana de primavera y Pandora se sentía mejor gracias al café. Se había puesto unos vaqueros desteñidos, unas Reebok desgastadas y una camiseta de manga corta que abogaba por la salvación de las ballenas. Derrick llevaba unas Docker negras, una camiseta de Graceland y una chaqueta ligera de cuero negro. Le daría calor en cuanto el sol ascendiera. Pandora echó un vistazo a su reloj. Llevaban cierto retraso, pero llegarían a tiempo de ver la exposición de los artículos.

Derrick condujo velozmente. Pandora contempló con admiración sus hombros. Consiguieron llegar a la exposición previa a la subasta con tiempo de sobra. Se trataba de una granja de finales del siglo XIX de la que sus herederos querían deshacerse junto con todos sus bienes. Pandora sabía a ciencia cierta que la casa era un tesoro.

Stuart Reading se encontraba allí, naturalmente, conversando con los demás tratantes. Discretamente, se puso al lado de Pandora. Era un hombre de sesenta y pico años, calvo y barrigudo, que apestaba a tabaco.

—¿Ya has echado un vistazo a ese lote de joyas de la herencia Beale? Ya veo que llevas puesto su medallón.

—¿El medallón de quién?

—El de Tilda Beale. Si pujé menos que tú por el lote fue sólo porque estaba interesado en unas pocas piezas. Puedo ofrecerte un precio muy bueno por ellas. Por los pendientes de jaspe, por ejemplo.

—Eran de jade y ya están vendidos.

—Eran de crisólito, para ser exactos. ¿Todavía tienes el collar de cornalina y sanguinaria? ¿Y los pendientes a juego? Vamos, ofréceme un buen precio y no pujaré contra ti por esa cama de laca roja en la que has puesto los ojos. Ya tengo un comprador para ellos, de modo que podrás quedarte la cama sin necesidad de sobrepujarme y los dos saldremos ganando.

Reading miró el medallón y lo cogió del pecho de Pandora ante el desagrado de esta.

Face quidlibet voles. «Haz lo que quieras». Aleister Crowley. ¿Dónde demonios adquiriría esto? Lo llevaba siempre. Probablemente era la divisa de la familia. ¿Has pensado en venderlo?

—Los pendientes y el collar están a la venta, por supuesto, pero el medallón no. ¿Qué sabes de Tilda Beale?

—Deberías hacer tus deberes, querida, si deseas permanecer a flote en este negocio. Era una recatada solterona que jamás tuvo un pensamiento impuro. Una matriarca de nuestra Iglesia —Reading pertenecía a la Iglesia Baptista del Sur—. Falleció a los ciento tres años. Era una mujer maravillosa. Una mujer de las que hay pocas.

—¿No tenía pensamientos impuros?

—Si tuvo alguno, lo cual me extrañaría muchísimo, lo mantuvo guardado en su corazón. Mira, están a punto de empezar. ¿Hacemos un trato o no?

Lo hicieron, y Derrick y Pandora se llevaron triunfalmente la cama de laca roja.

Cuando descargaron la cama y el resto de las compras de Pandora, Derrick sugirió que fueran a su casa a beber la botella de champán que tenía guardada desde que su equipo había perdido la Super Bowl. Pandora se sentía animada por el éxito obtenido en la subasta y por haber vendido el collar y los pendientes a Stuart Reading a un precio desorbitado. Su comprador debía de ser tonto.

—¡Estupendo! —exclamó. ¿Estaba Derrick haciéndole una insinuación? Quizá se había formado una idea equivocada de él.

Derrick tenía varias botellas de champán. Con ayuda de un poco de queso Brie y unas galletas Ritz acabaron la primera rápidamente. Derrick no dejaba de excusarse y, cuando dijo que se le habían acabado la mantequilla de cacahuetes y el Velveeta, los dos prorrumpieron en carcajadas.

—¿Qué opinas de este medallón? —dijo Pandora, que ya había bebido una copa de más.

—¿Todavía lo llevas? Seguro que tiene dentro la fotografía de una mujer y un mechón de pelo. Lo vi en la subasta junto con el resto del lote la semana pasada.

—Pero está vacío.

—¿De veras? Bueno, da igual. Vamos a echar un vistazo —Derrick forcejeó con el fiador.

—Déjame a mí —dijo Pandora. El medallón se abrió.

Antes de que acabaran de darse el primer beso, Derrick ya estaba quitándole la camiseta. Ella le quitó a él la suya. Pandora llevaba sujetador, de modo que se lo quitó, tras lo cual también le quitó los vaqueros. Ella lo imitó. No tuvieron que quitarse muchas cosas más para quedar desnudos.

—¿Te importa si te ato? —preguntó Derrick.

—¿Cómo? —Pandora estaba medio aturdida por el champán.

—No es más que un juego inofensivo, pero resulta de lo más excitante. Así conseguiré que alcances una nueva cima de la pasión.

Parecía una mala frase sacada de una de sus novelas románticas, pero Pandora estaba dispuesta a todo. Derrick había empezado a empalmarse, y Pandora comprendió que se había equivocado al considerarlo homosexual. A poco que ella le ayudara, podría llegar a medirle unos veinticinco centímetros.

—Claro que no me importa.

Derrick abrió un cajón lleno de cuerdas y artilugios. Pandora puso las manos a la espalda y él se las ató.

—Ahora vamos a ver cuánto puedes acercar los codos.

—¡Me haces daño! —gimió ella cuando Derrick le ató los brazos brutalmente con otra cuerda.

A continuación cogió otra y se la ató a la altura de los senos, apretándoselos cruelmente.

—Ya te acostumbrarás —dijo él. Le había ceñido la cintura con otra cuerda y, tras darle varias vueltas, se la había pasado varias veces por la vagina y el trasero, tirando de ella fuertemente—. Ya se te está humedeciendo el coño. Ahora entra en la habitación y túmbate en la cama.

Derrick le ató a continuación tobillos y rodillas. Luego la puso boca abajo, le ató las muñecas con los tobillos y los juntó tirando del nudo. Pandora tenía ahora los tobillos asidos con las manos y sentía un poco de dolor. Tenía la espalda arqueada y los senos dirigidos hacia arriba. Aquello no era ningún juego, pero ya era demasiado tarde.

—Pero ¿cómo vas a follarme de este modo?

—Por la garganta, encanto. Abre bien la boca, zorra, si quieres que luego te desate.

Derrick, que estaba al lado de la cama y la había cogido por el pelo, introdujo de pronto la enorme polla erecta hasta el fondo de su garganta. Pandora trató de abarcarla con la boca y pensó en una película que había visto sobre un tal señor Rabolargo o algo parecido. Estaba totalmente indefensa. Aunque quizá fuera todo una broma.

Derrick estaba excitado y se corrió muy rápidamente, llenando su boca con chorros de semen. Le agarró la cabeza y le golpeó la cara una y otra vez contra su entrepierna, gritándole obscenidades. Cuando ella le hubo chupado hasta la última gota de semen, él se apartó de su boca. Pandora estaba muy dolorida a causa de la brutal forma en que la había atado Derrick.

—Creo que este juego ya ha durado bastante. Desátame, por favor.

—Pues yo creo que hablas demasiado —Derrick estaba rebuscando en el montón de ropa. Dobló esmeradamente sus bragas y luego se las metió en la boca por la parte de la entrepierna, que estaba sucia, y se lo ató fuertemente con el sujetador.

—De este modo no se te saldrá el semen mientras planeo lo que voy a hacer el resto de la tarde.

Pandora se balanceaba de atrás adelante sobre la cama, impotente e incapaz de nada excepto gruñir apagadamente.

Derrick la puso de lado, le rodeó con otra larga cuerda por encima de los senos y luego le hizo un fuerte torniquete en cada uno de ellos. Estos no tardaron en inflamarse a causa de la constricción. Derrick, que parecía satisfecho por el efecto que producían sus abultados y enrojecidos senos, cogió unas pinzas para la ropa y se las puso en los pezones. Pandora profirió unos sonidos ahogados por la mordaza.

Derrick la observó retorcerse mientras se fumaba un cigarrillo. Entonces se levantó y lo apagó sobre el trasero de Pandora, cuyos gritos se perdieron en la mordaza formada por las bragas y el sujetador. Derrick encendió otro cigarrillo.

—¿Te gusta, zorra? Ahora vamos a probar otro juego.

Derrick trajo una vela de la mesa del comedor, la encendió y empezó a verter cera caliente sobre los torturados senos de Pandora, quien profirió enloquecidamente unos sonidos amortiguados por la mordaza. Su dolor excitó a Derrick, que se empalmó rápidamente y empezó a frotarse la polla contra sus senos y su cara mientras dejaba que la cera cayera gota a gota sobre los rojos e hinchados senos.

—Creo que voy a correrme por tu nariz para ver si puedes respirar semen —Pandora le miró con expresión suplicante. Ya tenía dificultades para respirar a causa de la mordaza.

—Tal vez luego. Vamos a ver si te gusta esto —Derrick eyaculó sobre sus doloridos senos y a continuación vertió cera caliente sobre el semen—. ¿Qué está más caliente, puta? He pensado que te gustaría. Ahora vamos a probar esto.

Derrick la puso boca abajo y le encajó violentamente el cabo de vela encendida entre las nalgas.

—Si permaneces quieta y no protestas porque la cera caliente se te escurre por el culo y el chocho, puede que apague la vela antes de que se consuma del todo.

Aplastó el cigarrillo sobre su otra nalga, encendió otro y se sentó para mirarla. Luego sacó de un cajón un cuchillo largo y probó el filo. Pandora sentía un dolor espantoso pero aun así retorció el cuerpo para restregarse el clítoris mientras la cera caliente caía gota a gota por la raja de su trasero. La vela seguía consumiéndose y la llama le quemaba ahora las muñecas. No tardaría en quemarle las nalgas. Pandora se retorció con más fuerza, restregándose el clítoris con la cuerda. La llama llegó a su trasero.

Le costó muchísimo alcanzar el orgasmo, pero lo consiguió. El medallón estaba cerrado.

De pronto, Pandora se levantó del sillón de Derrick tambaleándose.

—Espero que te guste la infusión de hierbas. Ésta es una de mis favoritas. Ya verás cómo te espabila. Llevas una hora dormida. No deberías mezclar las subastas con la gripe.

Derrick tenía puesto un chándal. Puso la bandeja del té en la mesa que había al lado del sillón y empezó a servirlo.

—A todo esto, te presento a mi amigo Denny. Ha llegado cuando estabas en el reino de los sueños.

Denny era un joven guapo, rubio y musculoso que debía de haber cumplido los veinte hacía poco. La saludó con la mano e hizo los típicos comentarios graciosos al tiempo que aceptaba la taza de infusión. Luego dijo:

—Derrick me ha dicho que no habéis parado desde las seis de la mañana. No me extraña que te hayas quedado dormida.

—El vaso de Chablis ha contribuido a ello —dijo Derrick antes de beber un trago de infusión—. Y además, por muy liberadas que estén las mujeres, no deberías haber insistido en ayudarme a levantar los muebles. Cuando acabemos, te llevaremos a casa. Realmente necesitas tomarte unos días libres de la tienda. Nosotros podemos ocuparnos de ella. Estamos preocupados por ti. La gripe puede ser mucho peor que un simple resfriado.

Derrick y Denny llevaron a Pandora a casa. Ella les dio las gracias, cerró la puerta con llave, se desnudó, se quitó la cera que todavía tenía pegada a los senos, se tomó una pastilla y se tendió sobre la cama.

Como era domingo, se quedó en la cama hasta la tarde. A los pocos minutos de levantarse estaba andando por la casa con paso inseguro, enfundada en su albornoz y revolviendo una mezcla de café, azúcar y brandy con la que iba a tomarse una aspirina. Después de esto se tomó un brandy solo y luego se aposentó en su sillón favorito.

Debía de tener la gripe. Le dolían las articulaciones como si la hubieran inmovilizado con cuerdas. Entre la gripe, el peso que había levantado, el exceso de trabajo… Bueno, el lunes por la mañana estaría como una rosa. Aunque también podía tomarse un día libre como le había sugerido Derrick. Probablemente había hecho el ridículo desmayándose como lo había hecho. Necesitaba tomar más vitaminas y hacer más ejercicio. Y nada de beber champán. ¿O Chablis?

No habían bebido champán. Derrick había ido a su casa sólo para recoger el correo y dar de comer al gato, y ella había tenido que hacer una llamada. ¿Que había bebido un vaso de Chablis…? Quizá. ¿Un desvanecimiento? A saber… Había cogido la gripe y trabajaba en exceso. Tenía los nervios crispados.

Fue al lavabo y se sentó cuidadosamente en el retrete porque el trasero le dolía mucho. Luego de deponer se sintió mucho mejor. Entonces vio el cabo de una vela flotar en la taza.

Tiró de la cadena y salió apresuradamente del cuarto de baño sin parar de gritar.

—¡Zorra! ¡Zorra! ¡Eres una jodida zorra baptista! ¡Una mojigata de mierda! —Pandora irrumpió tambaleándose en su dormitorio y tiró de la cadena de oro del medallón—. ¡Zorra! ¡Zorra! Conque guardaste todas tus fantasías sexuales en tu corazón, ¿eh? ¡Eres una zorra! ¡Una zorra de mierda! ¡Te vas a enterar!

Pandora no consiguió abrir el fiador. Tras varios intentos, rompió la cadena, irritándose el cuello al hacerlo. Arrojó la cadena y el medallón al suelo y este se abrió de golpe. Empezó a pisotearlo con el pie desnudo, pero no era más que un medallón con un mechón de pelo y el retrato de una joven de otro siglo. Pandora se sentó en la cama y se cubrió la cara con las manos.

—No eres tú, sino yo. Tengo los nervios crispados. No puedo seguir reprimiendo mis fantasías. Ni siquiera quiero hacerlo. No quiero ser como tú.

Pandora se lavó el rasguño del cuello y, al mirarse en el espejo, contempló con admiración el corazón rojo que tenía tatuado sobre el seno izquierdo. Lo había borrado de su mente, pero ahora se acordaba de aquella ocasión en que, tras beber unas copas, había pasado por delante de un establecimiento donde hacían tatuajes. 

Se acordaba de la determinación que había sentido y de la sensación de la aguja al penetrar en su piel. Se preguntó qué otras cosas no recordaba de las que le habían ocurrido durante sus desvanecimientos y a partir de qué momento habían comenzado sus fantasías. La última paliza que le había propinado su marido le había obligado a permanecer tres días en el hospital.

Se estaba haciendo tarde, pero los bares de solteros estaban abiertos y seguramente con un ambiente muy interesante. Pandora eligió su vestimenta cuidadosamente y al final se puso medias con liguero, bragas, un sujetador que le realzaba los senos, un ajustado vestido de tubo y zapatos con tacones de aguja, todo negro. Gracias al acentuado escote y al atrevido sujetador, podía lucir el tatuaje en forma de corazón. 

Ahora recordaba que al comprar aquellas prendas no había experimentado ninguna vergüenza: se había sentido descarada y había sonreído a la dependienta de una manera que había puesto nerviosa a la joven. Aquélla era la primera vez que Pandora se ponía el conjunto, o al menos eso pensaba ella.

Se maquilló con cuidado y se cepilló el pelo mientras se preguntaba qué podía hacer a continuación. Vio una pequeña mancha parecida a una postilla en el dobladillo del vestido y la limpió. Quizá debería ponerse el vestido rojo en lugar de aquél.

La doctora Walden le había dicho que podía llamar en cualquier momento. Cuando saliera del bar de solteros, quizá. Podía preguntarle su opinión. Pero daba igual si lo hacía aquella noche u otra.

Abrió un cajón y dejó caer la navaja en su bolso de lentejuelas negro. Frunciendo el ceño, la sacó y apretó el botón del resorte: el mecanismo, bien engrasado, funcionaba, y la hoja estaba afilada y limpia. Volvió a meter la navaja en el bolso. Recordaba que la había encontrado en una caja de curiosidades comprada en una subasta. Como el medallón. También recordaba que le había limpiado la sangre antes de guardarla en el cajón por última vez. ¿O se trataba sólo de otra fantasía? El cuchillo era auténtico.

Con Derrick posiblemente resultaría divertido, así que lo dejaría para más tarde. ¿Y Mavis? Mavis sería algo delicioso… Ya no volvería a ser la víctima.

El enano saltarín - James Finn Garner

Hace mucho tiempo, en un reino muy lejano, vivía un molinero afectado por una situación económica sumamente desventajosa. Aquel molinero compartía su humilde morada con su única hija, una joven de espíritu independiente llamada Esmeralda. 

El caso es que, en lugar de mostrarse enfurecido contra el sistema económico que le marginaba, el molinero se sentía sumamente avergonzado de su pobreza, y siempre estaba buscando el modo de hacerse rico rápidamente.

—Si consiguiera casar a mi hija con un hombre rico —solía reflexionar con su actitud sexista y arcaica—, a ella no le faltaría de nada y yo no tendría que volver a trabajar durante el resto de mi vida.

Al fin, concibió una idea que le ayudaría a conseguir tan indigno objetivo. Haría correr el rumor de que su hija era capaz de hilar la paja corriente y convertirla en oro. Mediante aquella falsedad, lograría atraer la atención de numerosos hombres acaudalados y casar a su Esmeralda.

El rumor se propagó por el reino como un reguero de pólvora, y no tardó en llegar a oídos del príncipe. Este, tan codicioso y cándido como la mayoría de los hombres de su posición, creyó aquellas habladurías a pies juntillas e invitó a Esmeralda a su castillo para asistir a los festejos celebrados con motivo del Primero de Mayo. 

Sin embargo, cuando llegó la muchacha, ordenó que la arrojaran a una mazmorra llena de paja y le ordenó que la transformara en oro.

Encerrada en aquel calabozo y temiendo por su vida, Esmeralda se sentó en el suelo y comenzó a sollozar. Nunca hasta entonces se le había revelado con tanta crudeza la capacidad de explotación del sistema patriarcal. Mientras lloraba, apareció de repente en la mazmorra un hombrecillo diminuto tocado con un gorro de feria.

—¿Por qué lloras, querida? —inquirió.

Esmeralda se sobresaltó, pero respondió a su pregunta:

—El príncipe me ha ordenado hilar toda esta paja hasta convertirla en oro.

—Sí, pero, ¿por qué lloras? —preguntó de nuevo.

—Porque no puede hacerse. ¿Qué eres tú, un superdotado o algo por el estilo?

El hombre de estatura reducida se echó a reír y dijo:

—Querida, concentras demasiado tu pensamiento en el hemisferio cerebral izquierdo. Pero estás de suerte. Te enseñaré cómo llevar a cabo esa tarea, sí, pero primero debes prometerme que me darás a cambio lo que yo quiera.

Esmeralda, desprovista de elección alternativa, asintió. Para convertir la paja en oro, ambos la transportaron a una cooperativa campesina próxima, donde fue empleada para recubrir un viejo tejado. 

Dotados así de un hogar más seco, los granjeros vieron mejorar su salud y su productividad, fundaron una escuela comunal y transformaron gradualmente el reino en un modelo de democracia carente de cualquier forma de injusticia económica o social y dotado de una ínfima tasa de mortalidad infantil.

El príncipe, por su parte, fue capturado por una muchedumbre airada y ejecutado a golpes de bieldo frente a su palacio. A medida que fueron incrementándose las inversiones extranjeras de todos los países del mundo, los campesinos recordaron la paja con que tan generosamente les había obsequiado Esmeralda y la recompensaron con numerosas arcas llenas de oro.

Cuando todo hubo terminado, el menudo hombrecillo del gorro de feria se echó a reír y dijo:

—Así es como se consigue transformar la paja en oro. —Inmediatamente, su expresión se tornó amenazadora—: Y ahora que ya he concluido mi labor, te toca a ti cumplir con tu parte del trato. ¡Habrás de entregarme tu primer hijo!

—¡No tengo por qué negociar con alguien capaz de interferir en mis derechos de reproducción! —le espetó Esmeralda sin vacilar.

El hombrecillo verticalmente limitado se sintió impresionado ante la convicción de su tono de voz, por lo que decidió cambiar de táctica y dijo ladinamente:

—Muy bien, querida; te dejaré libre de cualquier obligación si eres capaz de adivinar cómo me llamo.

—De acuerdo —repuso Esmeralda. Caviló unos instantes, golpeándose la barbilla con los dedos, y añadió—: ¿No te llamarás, acaso...? Oh, no lo sé... ¿El enano saltarín, quizá?

—¡AAAARGHHH! —chilló el hombre de altura limitada—. Pero, ¿cómo... cómo has podido saberlo?

Repuso Esmeralda:

—Porque aparece escrito sobre el distintivo del "Seminario en pro de las Personas Pequeñas al Poder" que aún llevas puesto.

El enano saltarín dejó escapar un alarido de furia, dio una patada en el suelo y, al hacerlo, se abrió la tierra y le tragó entre un torbellino de humo y azufre.

Esmeralda, con su dinero, se trasladó a California y abrió una clínica de planificación familiar para enseñar a otras mujeres a no dejarse esclavizar por sus sistemas reproductores y vivió soltera el resto de sus días como una persona concienciada y realizada.


El cuento de la serpiente verde - Johann Wolfgang von Goethe (Parte 2)

En una verdosa glorieta, a la sombra de un bello conjunto de variados árboles, a la primera vista hechizó, como de costumbre, los ojos, el oído y el corazón de la mujer, que se acercó encantada jurándose a ella misma que la beldad se había hecho más hermosa todavía durante su ausencia. Ya desde lejos la buena mujer, saludándola y elogiándola, exclamó ante la más amable de todas las doncellas:

–¡Qué dicha veros! ¡Qué celestial diafanidad esparce vuestra presencia en torno vuestro! ¡Qué grácil se ve vuestra lira apoyada en vuestro regazo! ¡Cuán delicadamente la ciñen vuestros brazos, qué añoranza parece tener por vuestro pecho y qué tiernamente se escucha bajo el tacto de vuestros finos dedos! ¡Tres veces dichoso el mancebo al que prometisteis tomar su lugar!

Se hubo acercado al pronunciar estas palabras; la hermosa Azucena abrió los ojos, dejó caer sus manos y replicó:

–¡No me entristezcas con importunos elogios! Eso sólo me hace sentir más honda mi desdicha. Mira, aquí a mis pies está el pobre canario muerto. Acostumbraba posarse sobre mi lira y, gracias a mi esmero en su educación, evitaba tocarme. Hoy, después de haberme reconfortado del sueño, al comenzar una serena canción matinal y al escucharle a mi pequeño cantarín, más alegre que nunca, sus armoniosos trinos, un azor se lanzó por encima de mi cabeza. 

Mi pobre animalillo, asustado, se refugió dentro de mi pecho y en ese instante sentí los últimos estertores de la vida que lo abandonaba. Cierto que tocado por mi mirada, el criminal caminó desfalleciente al borde del agua, pero ¡de qué pudo servirme su castigo! Mi adorado está muerto y su tumba solamente hará crecer más los tristes abrojos de mi jardín.

–¡Animaos, hermosa Azucena! –exclamó la mujer, secándose una lágrima que el relato de la infeliz doncella le había provocado–. ¡Esforzaos! Mi edad puede mostraros que debéis moderar vuestra tristeza y considerar la desdicha más grande como un indicio de la más grande fortuna, pues ya ha de ser el tiempo. 

Y en verdad –continuó la anciana– muy revuelto anda el Mundo. ¡Ved tan sólo mi mano, qué negra se ha puesto! ¡En verdad que está mucho más pequeña y debo darme prisa antes de que desaparezca completamente! ¿Por qué debería mostrarme tan complaciente ante esos fuegos fatuos? ¿Por qué debía yo encontrarme con el gigante y por qué debía de meter mi mano en el río? ¿No me podéis dar una col, una alcachofa y una cebolla? De ese modo, se los llevaré al río y mi mano se pondrá blanca como antes, de manera que la podré poner casi al lado de la vuestra.

–Coles y cebollas podríais aún encontrarlas en cualquier sitio, pero en vano buscaréis alcachofas. Todas las plantas de mi jardín no tienen ni pétalos ni frutos pero cada ramita que quiebro y planto en la tumba de un ser querido reverdece de inmediato y rápidamente crece. 

Por desgracia, he visto crecer todos estos grupos de matorrales y florestas. Las umbelas de estos pinos, los obeliscos de estos cipreses, los colosos de encinos y hayas, todos, fueron ramas diminutas plantadas por mi mano como tristes monumentos en un suelo normalmente infértil.

La vieja había prestado poca atención a este discurso mientras sólo observaba su mano, la cual, en presencia de la hermosa Azucena, se volvía más y más negra y parecía disminuir a cada minuto. Quería tomar su cesto y estaba a punto de irse cuando sintió que había olvidado lo mejor. En seguida extrajo al dogo convertido y lo colocó sobre el prado, no lejos de la hermosa mujer. 

–Mi marido –dijo la vieja– os manda este presente. Sabéis que podéis revivir esta piedra preciosa apenas la toquéis. Este bueno y fiel animalillo os dará con seguridad mucha alegría, y la tristeza de que yo lo haya perdido puede aligerarse con la idea de que vos lo poseéis.

La hermosa Azucena miró con placer al manso animal y, según podía apreciarse, con admiración.

–Coinciden muchos signos que me inspiran gran esperanza –dijo ella–. Pero ¡ay!, ¿no es acaso una locura propia de nuestra naturaleza que cuando coinciden muchas desgracias nos imaginemos que lo mejor está cerca?

 

¿Cómo han de ayudarme tantos buenos signos?

¿El ave muerta, la negra mano de mi amiga?

¿El dogo convertido en joya tiene así su fiel imagen?

¿Acaso no me lo ha enviado la lámpara?

Alejada del dulce gozo humano,

estoy por cierto hermanada a la desdicha.

¡Ay! ¿Por qué no está el templo junto al río?

¿Por qué el puente no está todavía construido?

 

Con cierta impaciencia había escuchado la mujer estos versos que la hermosa Azucena había acompañado con los agradables sonidos de su lira y que a cualquier otro hubiera encantado. Apenas quiso retirarse cuando de nuevo le fue impedido por la llegada de la serpiente verde. Ésta había escuchado los últimos versos de la canción, por lo que al momento, llena de confianza, le infundió coraje.

–¡La profecía del puente se ha cumplido! –exclamó–. Preguntad tan sólo a esta buena mujer qué hermoso se muestra el arco en este momento. Lo que normalmente era jaspe opaco, lo que sólo era prasio a través del cual la luz atravesaba cuando mucho sus bordes, se ha vuelto ahora una transparente joya. Ningún berilo es tan claro y ninguna esmeralda tiene tan hermoso color.

–En tal caso os deseo suerte –dijo Azucena–, mas perdonadme si no creo cumplida aún la profecía. Sobre el elevado arco de vuestro puente sólo pueden pasar peatones, y se nos ha prometido que pasarán caballos y carros y viajeros de todas clases, yendo y viniendo al mismo tiempo sobre el puente. ¿No se os ha profetizado acerca de los grandes pilares que se levantarán desde el río mismo?

La vieja había clavado en todo momento su mirada sobre la mano; en ese instante interrumpió la conversación y se despidió ceremoniosamente.

–Aguarda un momento más –dijo la hermosa Azucena– y lleva a mi pobre canario. Ruega a la lámpara que lo convierta en un hermoso topacio. Yo lo quiero revivir con mis manos y él, junto con vuestro buen Mops, serán mi mejor esparcimiento; pero ¡apresúrate lo más que puedas!, pues con la puesta del Sol una insoportable descomposición atacará al pobre animal y desgarrará para siempre el conjunto de su hermosa figura.

La anciana colocó el diminuto cadáver entre tiernas hojas dentro del cesto y se retiró a toda prisa. 

–Sea lo que fuere –dijo la serpiente, continuando la conversación interrumpida–, el templo está construido.

–Pero aún no está en el río –replicó la hermosa mujer.

–Aún reposa en las profundidades de la Tierra –dijo la serpiente–. Yo he visto a los reyes y he hablado con ellos.

–Pero ¿cuándo se levantarán? –preguntó Azucena.

La serpiente replicó:

–Escuché las grandes palabras resonar dentro del templo: “El tiempo ha llegado”.

Una agradable alegría se extendió por el rostro de la beldad:

–Pues hoy escuché –dijo ella– las venturosas palabras por segunda ocasión. ¿Cuándo llegará el día que las escuche por tercera vez?

Se levantó y, de inmediato, detrás de un matorral, surgió una encantadora muchacha que recibió de sus manos la lira. A ésta la siguió otra que plegó el catrecillo tallado en marfil, en el cual había estado sentada Azucena, y bajo su brazo tomó el plateado almohadón. 

Una tercera, que llevaba una gran sombrilla bordada con perlas, se presentó en espera de que Azucena llegara a necesitarla en caso de hacer su paseo. Eran estas tres muchachas de una expresión incomparablemente bella y encantadora y, sin embargo, tan sólo resaltaba la belleza de Azucena de modo que cada una terminó por reconocer que no podían compararse con ella. 

Mientras tanto, la hermosa Azucena había observado con placer al magnifico perro. Se inclinó hacia él, lo tocó y, en ese instante, se levantó de un salto. Se volvió vivazmente, corrió de un lado a otro y por último se arrojó sobre su bienhechora saludándola de la manera más amable. Ella lo tomó en sus brazos y lo estrechó contra su pecho.

–¡Qué frío estás! Y aunque sólo anida en ti la mitad de la vida, eres bienvenido. Te quiero amar tiernamente, jugar contigo, mimarte y estrecharte con todas mis fuerzas cerca de mi corazón.

En ese momento lo soltó, lo alejó de sí, volvió a llamarlo, jugó con él y corretearon inocente y vivazmente sobre el prado, de tal manera que había que ver su alegría con nuevo encanto y participar de ella, al igual que un momento después su tristeza había afluido a todos los corazones.

Esa alegría, esos graciosos juegos fueron interrumpidos por la llegada del joven triste. Se aproximó de la manera como ya lo hemos visto; sólo que el calor del día parecía haberlo fatigado todavía más, y ante la presencia de su amada empalidecía más a cada instante. Llevaba el azor en su mano, posado tranquilamente, como una paloma, dejando caer sus alas.

–No es amable –exclamó Azucena, dirigiéndose a él– que traigas ante mi vista el odioso animal, el monstruo que ha matado a mi pequeño cantarín.

–¡No riñas a la infeliz ave! –replicó el joven–. Acúsate más bien a ti misma y al destino, y concédeme que permanezca en compañía de mi hermano de miserias.

Mientras tanto, el perro no cesaba de importunar a la beldad, a lo cual ella le correspondía con las muestras más cariñosas. Palmeó sus manos a fin de apartarlo; después al punto se dirigió para atraerlo de nuevo. Intentaba cogerlo cuando él huía y ahuyentarlo cuando intentaba acercarse a ella. 
 
El joven observaba en silencio y con creciente disgusto. Pero finalmente, como ella tomara en sus brazos al feo animalillo, que a él le parecía del todo horrible, lo apretara contra su blanco regazo y besara su negro hocico con sus celestiales labios, se le agotó por completo la paciencia y exclamó, lleno de desesperación:

–¿Es que debo yo, tal vez para siempre y por un triste destino, vivir privado de tu presencia, de ti, por cuya causa he perdido todo, incluso a mí mismo, ver ante mis ojos que una criatura tan antinatural te provoque alegría, que gane tu afecto y pueda disfrutar de tu abrazo? ¿Debo ir vagando por más tiempo de un lado a otro y completar el triste círculo cruzando el río de una a otra de sus orillas? 

No. Aún palpita una chispa del antiguo heroísmo en mi pecho. ¡Que en este momento se levante crepitante por última vez! Si piedras pueden reposar en tu seno, entonces que me convierta en piedra; si tu tacto mata, entonces quiero morir en tus manos.

Dijo estas palabras con ademanes vehementes; el azor voló de su mano, pero él se arrojó hacia la hermosa muchacha cuando ella alzó sus manos para detenerlo y, con horror, sintió ella la adorada carga en su seno. Con un grito retrocedió y el encantador mancebo se desplomó desde la altura de sus brazos.

¡La desgracia había ya sucedido! La dulce Azucena estaba de pie, inmóvil, mirando absorta el cadáver inánime. El corazón parecía paralizársele dentro del pecho y sus ojos estaban sin lágrimas. En vano el doguillo intentaba atraerla con movimientos amistosos; para ella todo el Mundo había muerto con él. En su muda desesperación no buscó ayuda pues ya no esperaba ninguna.

Por el contrario, la serpiente se movió con la mayor presteza; parecía tener en mente una forma de salvarlo y, en efecto, sus extraños movimientos servían al menos para impedir de momento las inminentes terribles consecuencias de la desgracia. Con su flexible cuerpo describió un amplio circulo en torno al cadáver, tomó la punta de su cola con los colmillos y se mantuvo inmóvil.

Poco después apareció una de las más hermosas doncellas de Azucena que traía consigo el catrecillo de marfil e instó a la beldad, con gestos amables, a que se sentara; poco después llegó la segunda de ellas, que llevaba un velo rojo que colocó sobre la cabeza de su señora, ornamentándola más que cubriéndola; la tercera le dio la lira y, apenas había ella tomado el precioso instrumento y arrancado algunos tonos a las cuerdas, cuando la primera regresó con un redondo y claro espejo, se sentó ante la beldad, captó sus miradas y le presentó la imagen más agradable que podía hallarse en la Naturaleza. 

El dolor acrecentaba su hermosura, el velo, sus encantos, la lira, su gracia; y cuanto más deseaba uno ver cambiar su triste situación, tanto más deseaba uno mantener su imagen tal y como aparecía en esos momentos.

Con una muda mirada hacia el espejo, tan pronto como arrancaba sonidos melodiosos, su dolor parecía aumentar y las cuerdas respondían vehementemente a su lamento. Varias veces hizo el intento de cantar, pero la voz se le quebraba; pronto su dolor se disolvió en lágrimas, las doncellas la tomaron del brazo en su ayuda, la lira cayó de su falda. Apenas tomó la solícita sierva el instrumento, lo puso a su lado.

–¿Quién nos trae al hombre de la lámpara antes de que el Sol desaparezca? –siseó suave pero comprensiblemente la serpiente. 

Las muchachas se miraron entre sí y las lágrimas de Azucena fueron en aumento. En ese instante, la mujer del cesto regresó, desalentada.

–¡Estoy perdida e inválida! –exclamó ella–. ¡Mirad cómo mi mano casi ha desaparecido! Ni el barquero ni el gigante me quieren transportar porque aún soy deudora del agua; en vano he ofrecido cien coles y cien cebollas: no quieren más que tres piezas y ninguna alcachofa puede encontrarse en esta región.

–Olvidad vuestra pena –dijo la serpiente– y tratad, de ayudar aquí. Tal vez al mismo tiempo se os pueda ayudar. Apresuraos todo lo que podáis para encontrar a los fuegos fatuos; aún queda suficiente luz para verlos pero tal vez podáis escuchar sus risas y su alboroto. Si ellos se apresuran, el gigante os llevará todavía al otro lado del río y entonces podréis encontrar al hombre de la lámpara y enviarlo aquí.

La mujer corrió tan aprisa como pudo y la serpiente parecía esperar el regreso de ambos con la misma impaciencia que Azucena.

El rayo del Sol poniente doraba por desgracia ya tan sólo la punta más alta de los árboles y de la maleza, y largas sombras se extendían sobre el lago y los prados; la serpiente se movía con impaciencia y Azucena se deshacía en lágrimas.

En ese trance, la serpiente miraba en torno suyo pues temía a cada momento que el Sol se ocultase, que la podredumbre penetrase en el círculo mágico y atacara inconteniblemente al apuesto mancebo. Por fin, vio en lo alto del cielo al azor con su purpúreo plumaje y cuyo pecho reflejaba los últimos rayos del Sol. Se estremeció de alegría ante la buena señal; y no se equivocaba pues poco después vio al hombre de la lámpara deslizarse por encima del lago como si patinara.

La serpiente no cambió de posición pero Azucena se puso de pie y le gritó:

–¿Qué buen espíritu te envía en este momento en que te deseamos y necesitamos tanto?

–El espíritu de mi lámpara me impulsa –replicó el viejo–, y el azor me condujo hasta aquí. Mi lámpara chisporrotea cuando alguien me necesita y yo solamente busco la señal en el cielo; cualquier ave o meteoro me señala la dirección o el sentido hacia donde debo dirigirme. 

¡Estad tranquila, bella doncella! Yo no sé si puedo ayudar, uno solo no ayuda sino el que se une en la hora precisa con muchos. Dejadnos diferir y esperad. Mantén tu circulo cerrado –continuó, dirigiéndose a la serpiente y sentándose al lado suyo, sobre un montículo de tierra y alumbrando el cuerpo muerto.

–¡Traed también al buen canario y colocadlo dentro del círculo!

Las muchachas tomaron del cesto el pequeño cadáver que la vieja había dejado allí y obedecieron a la voz del hombre.

Mientras tanto, el Sol se había ocultado y, a medida que la obscuridad aumentaba, no sólo la serpiente y la lámpara del hombre comenzaron a resplandecer, cada quien a su modo, sino que también el velo de Azucena despedía una tenue luz que coloreaba sus pálidas mejillas y su vestido blanco como una tierna aurora de una gracia infinita. Uno al otro se miraron intercambiando miradas en una muda contemplación; preocupación y tristeza estaban apaciguadas por una firme esperanza.

Por ello, no parecía menos gratificante mirar a la vieja en compañía de los vivaces fuegos, quienes entre tanto debían haber gastado mucho pues se habían puesto extremadamente magros, a pesar de lo cual se comportaban de lo más comedidos frente a la princesa y las demás doncellas. Con entero aplomo y locuaz expresividad dijeron cosas bastante vulgares; se mostraron sobre todo muy receptivos, especialmente ante el encanto que el reluciente velo expandía sobre Azucena y sus acompañantes. 
 
Las mujeres bajaron modestamente sus miradas y el elogio de su belleza en verdad las embellecía. Todo el Mundo estaba contento, tranquilo, excepto la anciana. Pese a que su marido afirmaba que su mano no podía disminuir más mientras estuviese expuesta a la luz de la lámpara, ella aseguró más de una vez que, de continuar así, ese noble miembro desaparecería del todo antes de la medianoche.

El viejo de la lámpara había escuchado atentamente la conversación de los fuegos fatuos y estaba contento de que Azucena se hubiera distraído y alegrado con esa conversación. Y, en efecto, llegó la medianoche, no se sabía cómo. El viejo miró las estrellas y entonces comenzó a decir:

–Estamos reunidos en la feliz hora, desempeñe cada quien su trabajo, cada uno cumpla con su obligación y una felicidad colectiva disolverá los pesares de cada quien al igual que la desgracia de todos consume las alegrías de cada uno.

Después de dichas estas palabras, surgió un maravilloso barullo pues todos los presentes hablaron por sí mismos y expresaron en voz alta lo que tenían que hacer; sólo las tres doncellas permanecían en silencio, vencidas por el sueño; una al lado de la lira, la otra a la vera del parasol y la tercera junto al catrecillo, y no se les podía tomar a mal pues era ya tarde. Los flamígeros jóvenes, después de breves galanterías que también habían dedicado a las siervas, habían acabado por referirse a Azucena como la más hermosa.

El anciano dijo al azor:

–Toma el espejo y con los primeros rayos del Sol alumbra a las durmientes y despiértalas desde la altura con el reflejo de la luz.

La serpiente comenzó a agitarse, deshizo el círculo y se movió en grandes ondulaciones hacia el río. Los fuegos fatuos le siguieron con la mayor ceremonia de modo que podía uno considerarlos como las llamas más serias. La anciana y su marido tomaron el cesto, cuya tenue luz no se había advertido hasta ese momento, lo estiraron por ambos lados hasta hacerlo más y más grande y resplandeciente; en seguida introdujeron el cadáver del mancebo y colocaron el canario en su pecho. 

El cesto se elevó en el aire y flotó sobre la cabeza de la vieja, quien siguió el camino de los fuegos fatuos. La bella Azucena tomó al perrillo entre sus brazos y siguió a la anciana; el hombre de la lámpara cerraba el séquito mientras la región estaba iluminada de la más extraña manera por estas diversas luces.

No sin escasa admiración, el grupo, al llegar al río, vio elevarse un arco precioso sobre el mismo, encima del cual la serpiente bienhechora les preparó un camino esplendoroso. Si durante el día uno había admirado las transparentes gemas de las que se apreciaba estar construido el puente, entonces durante la noche se admiraba uno de su resplandeciente hermosura. 

En la parte superior el claro círculo se destacaba del obscuro cielo, mientras que en la parte inferior refulgían vivos destellos hacia el centro mostrando la cambiante solidez de la construcción. La comitiva atravesó con lentitud y el barquero, que miraba a lo lejos desde su choza, contemplaba con admiración el círculo resplandeciente y las extrañas luces que por encima del mismo se agitaban.

Apenas llegaron a la otra orilla cuando el arco comenzó a balancearse de un modo singular

al aproximarse el agua ondulante. Poco después la serpiente se arrastraba por tierra, el cesto se asentó en el suelo y la serpiente volvió a cerrar su circulo; el anciano se inclinó ante ella y dijo:

–¿Qué has decidido?

–Sacrificarme antes de que me sacrifiquen –replicó la serpiente–. Prométeme que no vas a dejar en tierra una sola piedra.

El anciano se lo prometió y dijo después a la bella Azucena:

–¡Posa tu mano izquierda sobre la serpiente y la derecha sobre tu amado!

Azucena se arrodilló y tocó de ese modo a la serpiente y al cadáver. En ese instante, éste pareció retornar a la vida; se agitó dentro del cesto e incluso se incorporó para sentarse. Azucena lo quiso abrazar pero el viejo la retuvo; así, ayudó al mancebo a levantarse sosteniéndolo cuando salía del cesto y del círculo.

El joven estaba de pie, el canario revoloteaba en su hombro; había de nuevo vida en ambos pero el espíritu aún no había retornado. El apuesto mancebo tenía los ojos abiertos pero no veía, al menos parecía mirar todo sin interés alguno y, apenas se hubo moderado un tanto la admiración ante este fenómeno, se hizo notar la extraña manera en que se había transformado la serpiente. 

Su esbelto y hermoso cuerpo se había descompuesto en miles y miles de refulgentes piedras preciosas; la vieja, que al descuido quiso tomar su cesto, había tropezado con ellas y no se vio más la figura de la serpiente; tan sólo un hermoso círculo de resplandecientes gemas quedó sobre la hierba.

El anciano dio indicios de meterlas en el cesto, a lo cual su esposa tuvo que ayudarle. Ambos llevaron luego el cesto hacia la orilla, en un sitio elevado, y él arrojó toda la carga al río no sin el disgusto de su mujer y de las demás doncellas, a quienes les hubiera gustado elegir algunas para sí. Las gemas, como resplandecientes y fulgurantes estrellas, nadaron entre el oleaje y no podía distinguirse si se perdían a lo lejos o se sumergían.

–Señores míos –dijo el anciano encarecidamente a los fuegos fatuos–, en adelante voy a enseñaros el camino abriendo el paso; mas esperamos vuestra preciosa ayuda para franquearnos la puerta del sagrado recinto, por la cual tenemos que entrar esta vez y que nadie más que vosotros puede abrir.

Los fuegos fatuos se inclinaron cortésmente y se quedaron detrás. El anciano avanzó con la lámpara al interior de la caverna, que se abrió delante suyo. El joven, casi mecánicamente, le siguió; silenciosa e insegura, Azucena se mantuvo a cierta distancia detrás suyo, la vieja no quería quedarse atrás y alargó su mano para que la luz de la lámpara de su marido pudiera alumbrarla sin sombra alguna. Cerraron entonces los fuegos fatuos el séquito inclinando una hacia otra las puntas de sus llamas como si conversaran.

No habían andado mucho tiempo cuando el cortejo se halló delante de un gran portal de bronce cuyas hojas estaban cerradas con una cerradura de oro. Al momento, el anciano llamó a los fuegos fatuos quienes no vacilaron en consumir con sus llamas más punzantes la cerradura.

El bronce crujió cuando el portón saltó de pronto y aparecieron en el interior del recinto sagrado las dignas imágenes de los reyes, iluminadas por las luces que atravesaban desde el exterior. Todos y cada uno se inclinaron ante los venerables monarcas y especialmente los fuegos fatuos no escasearon en retorcidas genuflexiones.

Después de una pausa, el rey de oro preguntó:

–¿De donde venís?

–Del Mundo –contestó el viejo.

–¿A dónde vais? –preguntó el rey de plata.

–Al Mundo –dijo el viejo.

–¿Qué queréis de nosotros? –preguntó el rey de bronce.

–Os queremos acompañar –dijo el viejo.

El rey mixto estaba a punto de comenzar a hablar cuando el rey de oro dijo a los fuegos fatuos, quienes se le habían acercado demasiado:

–¡Alejaos de mí; mi oro no es para vuestro paladar!

En esto se dirigieron al de plata y se estrecharon a él; su traje relucía hermoso bajo los destellos dorados.

–Vosotros sois bienvenidos –dijo él–, pero yo no os puedo alimentar: ¡llenaos afuera y traedme vuestra luz! –se alejaron y caminaron en silencio pasando por donde estaba el rey de cobre, que parecía no haberlos notado, y se dirigieron hacia el rey mixto.

–¿Quién dominará el Mundo? –exclamó éste con voz tartamudeante.

–Quien está en sus pies –contestó el viejo.

–¡Ese soy yo! –dijo el rey mixto.

–Eso se manifestará –dijo el viejo–, pues el tiempo ha llegado.

La hermosa Azucena se echó al cuello del anciano y lo besó muy cordialmente.

–Santo padre –dijo ella–, mil veces te agradezco pues por tercera vez escucho estas palabras enteramente proféticas.

Apenas hubo exclamado lo anterior cuando se apoyó más fuertemente en el viejo pues el piso comenzó a vacilar bajo sus pies; la vieja y el joven se tomaron también el uno al otro; sólo los ágiles fuegos fatuos no se daban cuenta de nada.

Se podía sentir claramente que todo el templo se movía como un navío que se alejara suavemente fuera del puerto después de levar anclas; las profundidades de la Tierra parecían abrirse ante él al momento en que cruzaba. No chocó contra nada, ninguna roca se interpuso en su camino.

Durante unos instantes pareció caer una lluvia fina; el anciano sostuvo a la hermosa Azucena más fuertemente y le dijo:

–Estamos debajo del río y pronto habremos llegado a nuestro destino.

No mucho después creyeron estar en calma pero se equivocaban: el templo se elevaba.

Entonces surgió un ruido extraño por encima de sus cabezas. Tablas y vigas, en relación amorfa, comenzaron a oprimir hacia adentro ruidosamente y en dirección a la abertura de la cúpula. Azucena y la anciana saltaron a un lado, el hombre de la lámpara sujetó al mancebo y lo detuvo en su sitio. La pequeña choza del barquero –pues era ésta a la que el templo, al elevarse, había separado de la tierra y había acogido– descendió lentamente cubriendo al joven y al viejo.

Las mujeres gritaban mientras el templo se sacudía como un navío que chocase insospechadamente contra la costa. Angustiadas, las mujeres erraban bajo el crepúsculo en torno de la choza. La puerta estaba cerrada y nadie escuchaba sus toquidos. Llamaron más fuerte y no fue poco su asombro cuando al final la madera comenzó a resonar. 

Por la fuerza de la lámpara encerrada, la choza se había convertido desde dentro en plata. No pasó mucho tiempo cuando incluso cambió su figura, pues el noble metal abandonó las eventuales formas de las tablas, de los pilares y de las vigas y se extendió hasta formar un precioso edificio de un refinado trabajo. Había ahora un pequeño y hermoso templo en medio del grande o, más bien, un altar digno de un templo.

Por una escalera que ascendía desde el interior, el noble mancebo trepó hacia lo alto, el hombre de la lámpara le alumbró y otro, que parecía apoyarlo, apareció vestido en un traje blanco y corto con un ramo de plata en la mano; podía inmediatamente reconocerse en él al barquero, el anterior habitante de la choza transformada.

La bella Azucena trepó por las escaleras exteriores que conducían del templo hacia el altar; pero aún tenía que mantenerse alejada de su amado. La anciana, cuya mano se había vuelto más pequeña mientras la lámpara se mantuvo oculta, exclamo:

–¿Debo finalmente ser infeliz? ¿No hay manera de salvar mi mano con tantos milagros que suceden?

Su marido le señaló el portón abierto y le dijo:

–¡Mira, está amaneciendo! ¡Date prisa y báñate en el río!

–¡Vaya consejo! –exclamó ella–; ¡parece que debo ponerme toda negra y desaparecer del todo pues no he pagado todavía mi deuda!

–Ve –dijo el anciano– y sígueme. Todas las deudas están pagadas.

Fue la vieja corriendo y, en ese momento, la luz del Sol naciente apareció en la cúspide de la cúpula. El anciano se colocó entre el joven y la doncella y exclamó en voz alta:

–Son tres los que dominan la tierra: la Sabiduría, el Esplendor y el Poder.

A la primera palabra se levantó el rey de oro, a la segunda el de plata y a la tercera, lentamente, se puso en pie el de bronce al momento en que el rey mixto se sentó, aturdido de pronto.

Quien lo vio no podía apenas contenerse de risa a pesar del solemne momento pues no se sentaba ni se acostaba ni tampoco se apoyaba, sino que se había desplomado como una masa amorfa.

Los fuegos fatuos, que hasta entonces se habían ocupado de él, se hicieron a un lado. Parecían volver a estar, no obstante su palidez a la luz matinal, bien alimentados y de buenas llamas; habían lamido diestramente con sus agudas lenguas las doradas vetas de la colosal imagen. Los irregulares y vacíos espacios que se habían creado, permanecieron abiertos durante algún tiempo y la figura se mantuvo en su posición anterior. 
 
Pero cuando, finalmente, las vetas más tiernas fueron también consumidas la imagen se derrumbó y, por desgracia, precisamente en aquellas partes que se mantienen enteras cuando el hombre se sienta. En cambio, las articulaciones, que debían haberse doblado, se mantenían firmes. Quien no fuera capaz de reírse tenía que apartar su mirada; la combinación entre forma y masa resultaba repugnante a la vista.

El hombre de la lámpara condujo entonces al apuesto joven, aunque con la mirada aún fija durante el descenso del altar, clavada directamente en el rey de bronce. A los pies del poderoso príncipe se hallaba, dentro de su funda, una espada sobre el piso. El mancebo se la ciñó.

–¡La espada en la izquierda, la derecha libre! –exclamó el poderoso rey.

Entonces caminaron en dirección del rey de plata, quien inclinó su cetro hacia el joven. Este lo tomó con la izquierda; con agradable voz, le dijo el rey:

–¡Pastoread las ovejas!

Cuando llegaron ante el rey de oro, éste le colocó al joven la corona de encinas con gesto paternal, con el que le daba la bendición, y dijo:

–¡Reconoced lo más elevado!

El viejo había observado en todos sus detalles al joven durante esta celebración. Después de ceñirse la espada elevó su pecho, sus brazos se movieron y sus pies pisaron con más firmeza; tomando el cetro con la mano, la fuerza parecía suavizarse y volverse más poderosa en virtud de un encanto indescriptible; pero cuando la corona de encinas engalanó sus rizos, los rasgos de su rostro se avivaron, sus ojos brillaron con una indescriptible espiritualidad y la primera palabra en su boca fue:

“¡Azucena!”

–¡Querida Azucena! –exclamó él al correr a su lado subiendo las escaleras de plata, pues ella había observado sus pasos desde el pináculo del altar–. ¡Querida Azucena! ¿Qué mejor cosa puede desear un hombre dotado de todo que la inocencia y el callado afecto que tu pecho me ofrece...? ¡Oh, mi amigo! –continuó, dirigiéndose hacia el viejo y mirando a las tres imágenes sagradas–. Magnifico y seguro es el reino de nuestros padres pero has olvidado la cuarta fuerza que domina al Mundo desde sus orígenes del modo más general y seguro: el poder del Amor.

Con estas palabras se echó al cuello de la hermosa joven; había tirado el velo y sus mejillas se coloreaban del más hermoso e imperecedero rubor.

Entonces el anciano dijo, sonriente:

–El amor no gobierna pero nos templa, que es mejor.

En medio de esta solemnidad, felicidad y encanto no se habían percatado de que el día había nacido plenamente y, de golpe, les impresionaron aquellos objetos totalmente inesperados por entre el portón abierto. 
 
Ante una gran plaza rodeada de columnas se hallaba el vestíbulo, en cuyos confines se apreciaba un largo y hermoso puente que cruzaba el río sobre innumerables arcos; estaban amplia y hermosamente instalados en ambos lados para sus viajeros, con pasillos arqueados en los cuales ya se hallaban congregados muchos miles de ellos, que cruzaban afanosamente de un lado a otro. 
 
El gran camino central se animaba con el paso de rebaños, mulas, jinetes y carros que, en ambos lados, fluctuaban en corrientes sin estorbarse. Todos parecían admirarse ante la comodidad y el lujo, y el nuevo rey y su esposa estaban encantados con el movimiento y la vida de este gran pueblo, al igual que su mutuo amor los hacía felices.

–¡Honrad la memoria de la serpiente! –dijo el hombre de la lámpara–. Le debéis la vida, tu pueblo le debe el puente por el cual las dos orillas se unen y se vivifican como pueblos. Aquellas resplandecientes gemas que están en el agua, los restos de su cuerpo sacrificado, son los pilares de este hermoso puente. Sobre ellos ella misma se edificó y sola se mantendrá.

Quisieron reclamarle la aclaración de este maravilloso secreto cuando cuatro hermosas jóvenes entraron en el portón del templo. Por la lira, la sombrilla y el catrecillo podían reconocerse en seguida a las acompañantes de Azucena, pero la cuarta, más bella que las otras tres, era una desconocida que andaba corriendo con ellas a través del templo, bromeando como entre hermanas y subiendo las escaleras de plata.

–¿En el futuro me vas a creer más, querida esposa? –dijo el hombre de la lámpara a esta hermosa mujer–. ¡Que tú y toda criatura que se baña esta mañana en el río se llene de dicha y prosperidad!

La rejuvenecida y embellecida anciana, de cuyas formas no quedaba ni rastro, abrazó con revividos y juveniles brazos al hombre de la lámpara, que recibía complaciente sus caricias.

–Si te parezco demasiado viejo –dijo él, sonriendo– entonces puedes escoger a otro esposo. Desde hoy, ningún matrimonio es válido si no se contrae de nuevo.

–Es que no sabes –replicó ella– que tú también te has vuelto más joven.

–Me alegra si a tus ojos parezco un gallardo mancebo. Yo acepto de nuevo tu mano y viviré con gusto junto a ti durante el siguiente milenio.

La reina le dio la bienvenida a su nueva amiga y descendió con ella y sus demás compañeras de juegos mientras el rey, en medio de los dos hombres, miraba hacia el puente y contemplaba con atención el vívido gentío de su pueblo.

Pero no duró mucho su satisfacción; advirtió un objeto que durante un momento le provocó disgusto. El gigante, que parecía aún no haberse reincorporado de su siesta matinal, se tambaleaba a través del puente y causaba allí mismo gran desorden. Como siempre, se había levantado somnoliento pensando en bañarse en la conocida bahía del río. En vez de ésta, se encontró con tierra firme y caminó a tientas sobre el ancho empedrado del puente. 

Si bien entró entre personas y animales de la más torpe manera, era sin embargo ciertamente admirada su presencia por todos sin resentirse nadie de ella. Pero, cuando el Sol le pegó en los ojos y él levantó las manos para restregárselos, la sombra de sus inmensos puños pasó tan enérgica y torpemente detrás de él que personas y animales se derrumbaron en grandes masas, sufriendo daños y corriendo peligro de ser arrojados al río.

El rey, al ver este desaguisado, dirigió su mano instintivamente hacia su espada pero se contuvo y miró con tranquilidad primero su cetro, después la lámpara y por último el remo de sus acompañantes. 

–Adivino tus pensamientos –dijo el hombre de la lámpara–, pero nosotros y nuestras fuerzas somos impotentes contra este débil. ¡Estate tranquilo! Está causando daño por última vez y, por fortuna, se ha apartado de nosotros.

Mientras tanto, el gigante se había acercado más, había bajado sus manos admirado por lo que veían sus asombrados ojos; no hizo más daño y, boquiabierto, entró en el vestíbulo.

Caminaba hacia la puerta del templo cuando fue atrapado en medio del vestíbulo. Estaba erecto como un colosal e inmenso obelisco de piedra de un bermejo esplendor y su sombra mostraba las horas hechas en marquetería en forma de un círculo trazado en torno suyo sobre el piso, no con números sino en nobles y simbólicas imágenes.

No fue poca la alegría del rey al ver la utilidad de la sombra del gigante ni poca la sorpresa de la reina al subir con sus doncellas desde el altar, ornamentado con exagerado lujo, cuando vio hacia el puente.

Mientras tanto, el pueblo se había apretujado, detrás del gigante, siguiéndolo; y como éste se mantuviese quieto, lo rodearon admirando su transformación. La multitud partió de aquí hacia el templo, que hasta entonces parecieron advertir, y se multiplicaron junto a la puerta.

El azor volaba en ese momento en lo alto de la cúpula; con el espejo, captó la luz del Sol y la reflejó sobre el grupo, que estaba de pie en lo alto del altar. El rey, la reina y sus acompañantes parecían iluminados por un celeste resplandor dentro de la bóveda crepuscular del templo y el pueblo se arrodilló inclinando la cabeza. Cuando se hubo recuperado y reincorporado la muchedumbre, el rey descendió con los suyos dentro del altar para caminar, a través de pasadizos secretos, hacia su palacio. 

Y el pueblo se dispersó dentro del templo para satisfacer su curiosidad. Contemplaba, con arrobo y respeto, a los tres reyes erguidos, pero estaba tanto más ávido de saber qué bulto se ocultaba bajo el tapiz, dentro del cuarto nicho; pues quien haya sido, una modestia benévola había extendido un precioso manto sobre el rey caído y que ningún ojo pudo traspasar con la mirada ni mano alguna tiene permitido quitar.

El pueblo no hubiera. encontrado fin a su admiración y contemplación y la masa que continuaba entrando se hubiera aplastado dentro del templo si su atención no hubiera sido atraída de nuevo hacia la gran plaza.

Inesperadamente, cayeron del aire monedas de oro, resonando sobre las baldosas de mármol; los más cercanos se lanzaron a fin de apoderarse de ellas; aisladamente se repitió ese milagro, es decir, aquí y allí. Se comprende que los fuegos fatuos se daban otra vez gusto y malgastaban de manera alegre el oro de los miembros del rey caído. 

Ávidamente, el pueblo corrió durante algún tiempo de un lado a otro, se desgarró e incluso se desmoralizó debido a que cesaron de caer más monedas. Por último, poco a poco fue dispersándose, siguió su camino y, hasta hoy en día, el puente pulula de viajeros y el templo es el más visitado de toda la Tierra.