En una
verdosa glorieta, a la sombra de un bello conjunto de variados árboles, a la
primera vista hechizó, como de costumbre, los ojos, el oído y el corazón de la
mujer, que se acercó encantada jurándose a ella misma que la beldad se había
hecho más hermosa todavía durante su ausencia. Ya desde lejos la buena mujer,
saludándola y elogiándola, exclamó ante la más amable de todas las doncellas:
–¡Qué dicha veros! ¡Qué celestial
diafanidad esparce vuestra presencia en torno vuestro! ¡Qué grácil se ve
vuestra lira apoyada en vuestro regazo! ¡Cuán delicadamente la ciñen vuestros
brazos, qué añoranza parece tener por vuestro pecho y qué tiernamente se
escucha bajo el tacto de vuestros finos dedos! ¡Tres veces dichoso el mancebo
al que prometisteis tomar su lugar!
Se hubo acercado al pronunciar estas
palabras; la hermosa Azucena abrió los ojos, dejó caer sus manos y replicó:
–¡No me entristezcas con importunos
elogios! Eso sólo me hace sentir más honda mi desdicha. Mira, aquí a mis pies
está el pobre canario muerto. Acostumbraba posarse sobre mi lira y, gracias a
mi esmero en su educación, evitaba tocarme. Hoy, después de haberme
reconfortado del sueño, al comenzar una serena canción matinal y al escucharle
a mi pequeño cantarín, más alegre que nunca, sus armoniosos trinos, un azor se
lanzó por encima de mi cabeza.
Mi pobre animalillo, asustado, se refugió dentro
de mi pecho y en ese instante sentí los últimos estertores de la vida que lo
abandonaba. Cierto que tocado por mi mirada, el criminal caminó desfalleciente
al borde del agua, pero ¡de qué pudo servirme su castigo! Mi adorado está
muerto y su tumba solamente hará crecer más los tristes abrojos de mi jardín.
–¡Animaos, hermosa Azucena! –exclamó la
mujer, secándose una lágrima que el relato de la infeliz doncella le había
provocado–. ¡Esforzaos! Mi edad puede mostraros que debéis moderar vuestra
tristeza y considerar la desdicha más grande como un indicio de la más grande
fortuna, pues ya ha de ser el tiempo.
Y en verdad –continuó la anciana– muy
revuelto anda el Mundo. ¡Ved tan sólo mi mano, qué negra se ha puesto! ¡En
verdad que está mucho más pequeña y debo darme prisa antes de que desaparezca
completamente! ¿Por qué debería mostrarme tan complaciente ante esos fuegos
fatuos? ¿Por qué debía yo encontrarme con el gigante y por qué debía de meter
mi mano en el río? ¿No me podéis dar una col, una alcachofa y una cebolla? De
ese modo, se los llevaré al río y mi mano se pondrá blanca como antes, de
manera que la podré poner casi al lado de la vuestra.
–Coles y cebollas podríais aún
encontrarlas en cualquier sitio, pero en vano buscaréis alcachofas. Todas las
plantas de mi jardín no tienen ni pétalos ni frutos pero cada ramita que
quiebro y planto en la tumba de un ser querido reverdece de inmediato y rápidamente
crece.
Por desgracia, he visto crecer todos estos grupos de matorrales y
florestas. Las umbelas de estos pinos, los obeliscos de estos cipreses, los
colosos de encinos y hayas, todos, fueron ramas diminutas plantadas por mi mano
como tristes monumentos en un suelo normalmente infértil.
La vieja había prestado poca atención a este
discurso mientras sólo observaba su mano, la cual, en presencia de la hermosa
Azucena, se volvía más y más negra y parecía disminuir a cada minuto. Quería
tomar su cesto y estaba a punto de irse cuando sintió que había olvidado lo
mejor. En seguida extrajo al dogo convertido y lo colocó sobre el prado, no
lejos de la hermosa mujer.
–Mi marido –dijo la vieja– os manda este
presente. Sabéis que podéis revivir esta piedra preciosa apenas la toquéis.
Este bueno y fiel animalillo os dará con seguridad mucha alegría, y la tristeza
de que yo lo haya perdido puede aligerarse con la idea de que vos lo poseéis.
La hermosa Azucena miró con placer al
manso animal y, según podía apreciarse, con admiración.
–Coinciden muchos signos que me inspiran
gran esperanza –dijo ella–. Pero ¡ay!, ¿no es acaso una locura propia de
nuestra naturaleza que cuando coinciden muchas desgracias nos imaginemos que lo
mejor está cerca?
¿Cómo
han de ayudarme tantos buenos signos?
¿El ave
muerta, la negra mano de mi amiga?
¿El
dogo convertido en joya tiene así su fiel imagen?
¿Acaso
no me lo ha enviado la lámpara?
Alejada
del dulce gozo humano,
estoy
por cierto hermanada a la desdicha.
¡Ay!
¿Por qué no está el templo junto al río?
¿Por
qué el puente no está todavía construido?
Con cierta impaciencia había escuchado la
mujer estos versos que la hermosa Azucena había acompañado con los agradables
sonidos de su lira y que a cualquier otro hubiera encantado. Apenas quiso
retirarse cuando de nuevo le fue impedido por la llegada de la serpiente verde.
Ésta había escuchado los últimos versos de la canción, por lo que al momento,
llena de confianza, le infundió coraje.
–¡La profecía del puente se ha cumplido!
–exclamó–. Preguntad tan sólo a esta buena mujer qué hermoso se muestra el arco
en este momento. Lo que normalmente era jaspe opaco, lo que sólo era prasio a
través del cual la luz atravesaba cuando mucho sus bordes, se ha vuelto ahora
una transparente joya. Ningún berilo es tan claro y ninguna esmeralda tiene tan
hermoso color.
–En tal caso os deseo suerte –dijo
Azucena–, mas perdonadme si no creo cumplida aún la profecía. Sobre el elevado
arco de vuestro puente sólo pueden pasar peatones, y se nos ha prometido que
pasarán caballos y carros y viajeros de todas clases, yendo y viniendo al mismo
tiempo sobre el puente. ¿No se os ha profetizado acerca de los grandes pilares
que se levantarán desde el río mismo?
La vieja había clavado en todo momento su
mirada sobre la mano; en ese instante interrumpió la conversación y se despidió
ceremoniosamente.
–Aguarda un momento más –dijo la hermosa
Azucena– y lleva a mi pobre canario. Ruega a la lámpara que lo convierta en un
hermoso topacio. Yo lo quiero revivir con mis manos y él, junto con vuestro
buen Mops, serán mi mejor esparcimiento; pero ¡apresúrate lo más que puedas!,
pues con la puesta del Sol una insoportable descomposición atacará al pobre
animal y desgarrará para siempre el conjunto de su hermosa figura.
La anciana colocó el diminuto cadáver
entre tiernas hojas dentro del cesto y se retiró a toda prisa.
–Sea lo que fuere –dijo la serpiente,
continuando la conversación interrumpida–, el templo está construido.
–Pero aún no está en el río –replicó la
hermosa mujer.
–Aún reposa en las profundidades de la
Tierra –dijo la serpiente–. Yo he visto a los reyes y he hablado con ellos.
–Pero ¿cuándo se levantarán? –preguntó
Azucena.
La serpiente replicó:
–Escuché las grandes palabras resonar
dentro del templo: “El tiempo ha llegado”.
Una agradable alegría se extendió por el
rostro de la beldad:
–Pues hoy escuché –dijo ella– las
venturosas palabras por segunda ocasión. ¿Cuándo llegará el día que las escuche
por tercera vez?
Se levantó y, de inmediato, detrás de un
matorral, surgió una encantadora muchacha que recibió de sus manos la lira. A
ésta la siguió otra que plegó el catrecillo tallado en marfil, en el cual había
estado sentada Azucena, y bajo su brazo tomó el plateado almohadón.
Una
tercera, que llevaba una gran sombrilla bordada con perlas, se presentó en
espera de que Azucena llegara a necesitarla en caso de hacer su paseo. Eran
estas tres muchachas de una expresión incomparablemente bella y encantadora y,
sin embargo, tan sólo resaltaba la belleza de Azucena de modo que cada una
terminó por reconocer que no podían compararse con ella.
Mientras tanto, la
hermosa Azucena había observado con placer al magnifico perro. Se inclinó hacia
él, lo tocó y, en ese instante, se levantó de un salto. Se volvió vivazmente,
corrió de un lado a otro y por último se arrojó sobre su bienhechora
saludándola de la manera más amable. Ella lo tomó en sus brazos y lo estrechó
contra su pecho.
–¡Qué frío estás! Y aunque sólo anida en
ti la mitad de la vida, eres bienvenido. Te quiero amar tiernamente, jugar
contigo, mimarte y estrecharte con todas mis fuerzas cerca de mi corazón.
En ese momento lo soltó, lo alejó de sí,
volvió a llamarlo, jugó con él y corretearon inocente y vivazmente sobre el
prado, de tal manera que había que ver su alegría con nuevo encanto y
participar de ella, al igual que un momento después su tristeza había afluido a
todos los corazones.
Esa alegría, esos graciosos juegos fueron
interrumpidos por la llegada del joven triste. Se aproximó de la manera como ya
lo hemos visto; sólo que el calor del día parecía haberlo fatigado todavía más,
y ante la presencia de su amada empalidecía más a cada instante. Llevaba el
azor en su mano, posado tranquilamente, como una paloma, dejando caer sus alas.
–No es amable –exclamó Azucena,
dirigiéndose a él– que traigas ante mi vista el odioso animal, el monstruo que
ha matado a mi pequeño cantarín.
–¡No riñas a la infeliz ave! –replicó el
joven–. Acúsate más bien a ti misma y al destino, y concédeme que permanezca en
compañía de mi hermano de miserias.
Mientras tanto, el perro no cesaba de importunar a
la beldad, a lo cual ella le correspondía con las muestras más cariñosas. Palmeó sus
manos a fin de apartarlo; después al punto se dirigió para atraerlo de nuevo.
Intentaba cogerlo cuando él huía y ahuyentarlo cuando intentaba acercarse a
ella.
El joven observaba en silencio y con creciente disgusto. Pero finalmente,
como ella tomara en sus brazos al feo animalillo, que a él le parecía del todo
horrible, lo apretara contra su blanco regazo y besara su negro hocico con sus
celestiales labios, se le agotó por completo la paciencia y exclamó, lleno de
desesperación:
–¿Es que debo yo, tal vez para siempre y
por un triste destino, vivir privado de tu presencia, de ti, por cuya causa he
perdido todo, incluso a mí mismo, ver ante mis ojos que una criatura tan
antinatural te provoque alegría, que gane tu afecto y pueda disfrutar de tu
abrazo? ¿Debo ir vagando por más tiempo de un lado a otro y completar el triste
círculo cruzando el río de una a otra de sus orillas?
No. Aún palpita una
chispa del antiguo heroísmo en mi pecho. ¡Que en este momento se levante
crepitante por última vez! Si piedras pueden reposar en tu seno, entonces que
me convierta en piedra; si tu tacto mata, entonces quiero morir en tus manos.
Dijo estas palabras con ademanes
vehementes; el azor voló de su mano, pero él se arrojó hacia la hermosa
muchacha cuando ella alzó sus manos para detenerlo y, con horror, sintió ella
la adorada carga en su seno. Con un grito retrocedió y el encantador mancebo se
desplomó desde la altura de sus brazos.
¡La desgracia había ya sucedido! La dulce
Azucena estaba de pie, inmóvil, mirando absorta el cadáver inánime. El corazón
parecía paralizársele dentro del pecho y sus ojos estaban sin lágrimas. En vano
el doguillo intentaba atraerla con movimientos amistosos; para ella todo el
Mundo había muerto con él. En su muda desesperación no buscó ayuda pues ya no
esperaba ninguna.
Por el contrario, la serpiente se movió
con la mayor presteza; parecía tener en mente una forma de salvarlo y, en
efecto, sus extraños movimientos servían al menos para impedir de momento las
inminentes terribles consecuencias de la desgracia. Con su flexible cuerpo
describió un amplio circulo en torno al cadáver, tomó la punta de su cola con
los colmillos y se mantuvo inmóvil.
Poco después apareció una de las más
hermosas doncellas de Azucena que traía consigo el catrecillo de marfil e instó
a la beldad, con gestos amables, a que se sentara; poco después llegó la
segunda de ellas, que llevaba un velo rojo que colocó sobre la cabeza de su
señora, ornamentándola más que cubriéndola; la tercera le dio la lira y, apenas
había ella tomado el precioso instrumento y arrancado algunos tonos a las
cuerdas, cuando la primera regresó con un redondo y claro espejo, se sentó ante
la beldad, captó sus miradas y le presentó la imagen más agradable que podía
hallarse en la Naturaleza.
El dolor acrecentaba su hermosura, el velo, sus
encantos, la lira, su gracia; y cuanto más deseaba uno ver cambiar su triste
situación, tanto más deseaba uno mantener su imagen tal y como aparecía en esos
momentos.
Con una muda mirada hacia el espejo, tan
pronto como arrancaba sonidos melodiosos, su dolor parecía aumentar y las
cuerdas respondían vehementemente a su lamento. Varias veces hizo el intento de
cantar, pero la voz se le quebraba; pronto su dolor se disolvió en lágrimas,
las doncellas la tomaron del brazo en su ayuda, la lira cayó de su falda.
Apenas tomó la solícita sierva el instrumento, lo puso a su lado.
–¿Quién nos trae al hombre de la lámpara
antes de que el Sol desaparezca? –siseó suave pero comprensiblemente la
serpiente.
Las muchachas se miraron entre sí y las
lágrimas de Azucena fueron en aumento. En ese instante, la mujer del cesto
regresó, desalentada.
–¡Estoy perdida e inválida! –exclamó
ella–. ¡Mirad cómo mi mano casi ha desaparecido! Ni el barquero ni el gigante
me quieren transportar porque aún soy deudora del agua; en vano he ofrecido
cien coles y cien cebollas: no quieren más que tres piezas y ninguna alcachofa
puede encontrarse en esta región.
–Olvidad vuestra pena –dijo la serpiente–
y tratad, de ayudar aquí. Tal vez al mismo tiempo se os pueda ayudar.
Apresuraos todo lo que podáis para encontrar a los fuegos fatuos; aún queda
suficiente luz para verlos pero tal vez podáis escuchar sus risas y su
alboroto. Si ellos se apresuran, el gigante os llevará todavía al otro lado del
río y entonces podréis encontrar al hombre de la lámpara y enviarlo aquí.
La mujer corrió tan aprisa como pudo y la
serpiente parecía esperar el regreso de ambos con la misma impaciencia que
Azucena.
El rayo del Sol poniente doraba por
desgracia ya tan sólo la punta más alta de los árboles y de la maleza, y largas
sombras se extendían sobre el lago y los prados; la serpiente se movía con
impaciencia y Azucena se deshacía en lágrimas.
En ese trance, la serpiente miraba en
torno suyo pues temía a cada momento que el Sol se ocultase, que la podredumbre
penetrase en el círculo mágico y atacara inconteniblemente al apuesto mancebo.
Por fin, vio en lo alto del cielo al azor con su purpúreo plumaje y cuyo pecho
reflejaba los últimos rayos del Sol. Se estremeció de alegría ante la buena
señal; y no se equivocaba pues poco después vio al hombre de la lámpara
deslizarse por encima del lago como si patinara.
La serpiente no cambió de posición pero
Azucena se puso de pie y le gritó:
–¿Qué buen espíritu te envía en este
momento en que te deseamos y necesitamos tanto?
–El espíritu de mi lámpara me impulsa
–replicó el viejo–, y el azor me condujo hasta aquí. Mi lámpara chisporrotea
cuando alguien me necesita y yo solamente busco la señal en el cielo; cualquier
ave o meteoro me señala la dirección o el sentido hacia donde debo dirigirme.
¡Estad tranquila, bella doncella! Yo no sé si puedo ayudar, uno solo no ayuda
sino el que se une en la hora precisa con muchos. Dejadnos diferir y esperad.
Mantén tu circulo cerrado –continuó, dirigiéndose a la serpiente y sentándose al
lado suyo, sobre un montículo de tierra y alumbrando el cuerpo muerto.
–¡Traed también al buen canario y
colocadlo dentro del círculo!
Las muchachas tomaron del cesto el pequeño
cadáver que la vieja había dejado allí y obedecieron a la voz del hombre.
Mientras tanto, el Sol se había ocultado
y, a medida que la obscuridad aumentaba, no sólo la serpiente y la lámpara del
hombre comenzaron a resplandecer, cada quien a su modo, sino que también el
velo de Azucena despedía una tenue luz que coloreaba sus pálidas mejillas y su
vestido blanco como una tierna aurora de una gracia infinita. Uno al otro se
miraron intercambiando miradas en una muda contemplación; preocupación y
tristeza estaban apaciguadas por una firme esperanza.
Por ello, no parecía menos gratificante mirar a la
vieja en compañía de los vivaces fuegos, quienes entre tanto debían haber
gastado mucho pues se habían puesto extremadamente magros, a pesar de lo cual se comportaban
de lo más comedidos frente a la princesa y las demás doncellas. Con entero
aplomo y locuaz expresividad dijeron cosas bastante vulgares; se mostraron
sobre todo muy receptivos, especialmente ante el encanto que el reluciente velo
expandía sobre Azucena y sus acompañantes.
Las mujeres bajaron modestamente sus
miradas y el elogio de su belleza en verdad las embellecía. Todo el Mundo
estaba contento, tranquilo, excepto la anciana. Pese a que su marido afirmaba
que su mano no podía disminuir más mientras estuviese expuesta a la luz de la
lámpara, ella aseguró más de una vez que, de continuar así, ese noble miembro
desaparecería del todo antes de la medianoche.
El viejo de la lámpara había escuchado
atentamente la conversación de los fuegos fatuos y estaba contento de que
Azucena se hubiera distraído y alegrado con esa conversación. Y, en efecto,
llegó la medianoche, no se sabía cómo. El viejo miró las estrellas y entonces
comenzó a decir:
–Estamos reunidos en la feliz hora,
desempeñe cada quien su trabajo, cada uno cumpla con su obligación y una
felicidad colectiva disolverá los pesares de cada quien al igual que la
desgracia de todos consume las alegrías de cada uno.
Después de dichas estas palabras, surgió
un maravilloso barullo pues todos los presentes hablaron por sí mismos y
expresaron en voz alta lo que tenían que hacer; sólo las tres doncellas
permanecían en silencio, vencidas por el sueño; una al lado de la lira, la otra
a la vera del parasol y la tercera junto al catrecillo, y no se les podía tomar
a mal pues era ya tarde. Los flamígeros jóvenes, después de breves galanterías
que también habían dedicado a las siervas, habían acabado por referirse a
Azucena como la más hermosa.
El anciano dijo al azor:
–Toma el espejo y con los primeros rayos
del Sol alumbra a las durmientes y despiértalas desde la altura con el reflejo
de la luz.
La serpiente comenzó a agitarse, deshizo
el círculo y se movió en grandes ondulaciones hacia el río. Los fuegos fatuos
le siguieron con la mayor ceremonia de modo que podía uno considerarlos como
las llamas más serias. La anciana y su marido tomaron el cesto, cuya tenue luz
no se había advertido hasta ese momento, lo estiraron por ambos lados hasta
hacerlo más y más grande y resplandeciente; en seguida introdujeron el cadáver
del mancebo y colocaron el canario en su pecho.
El cesto se elevó en el aire y
flotó sobre la cabeza de la vieja, quien siguió el camino de los fuegos fatuos.
La bella Azucena tomó al perrillo entre sus brazos y siguió a la anciana; el
hombre de la lámpara cerraba el séquito mientras la región estaba iluminada de
la más extraña manera por estas diversas luces.
No sin escasa admiración, el grupo, al
llegar al río, vio elevarse un arco precioso sobre el mismo, encima del cual la
serpiente bienhechora les preparó un camino esplendoroso. Si durante el día uno
había admirado las transparentes gemas de las que se apreciaba estar construido
el puente, entonces durante la noche se admiraba uno de su resplandeciente
hermosura.
En la parte superior el claro círculo se destacaba del obscuro
cielo, mientras que en la parte inferior refulgían vivos destellos hacia el
centro mostrando la cambiante solidez de la construcción. La comitiva atravesó
con lentitud y el barquero, que miraba a lo lejos desde su choza, contemplaba
con admiración el círculo resplandeciente y las extrañas luces que por encima
del mismo se agitaban.
Apenas llegaron a la otra orilla cuando el arco
comenzó a balancearse de un modo singular
al aproximarse el agua ondulante. Poco
después la serpiente se arrastraba por tierra, el cesto se asentó en el suelo y
la serpiente volvió a cerrar su circulo; el anciano se inclinó ante ella y
dijo:
–¿Qué has decidido?
–Sacrificarme antes de que me sacrifiquen
–replicó la serpiente–. Prométeme que no vas a dejar en tierra una sola piedra.
El anciano se lo prometió y dijo después a
la bella Azucena:
–¡Posa tu mano izquierda sobre la
serpiente y la derecha sobre tu amado!
Azucena se arrodilló y tocó de ese modo a
la serpiente y al cadáver. En ese instante, éste pareció retornar a la vida; se
agitó dentro del cesto e incluso se incorporó para sentarse. Azucena lo quiso
abrazar pero el viejo la retuvo; así, ayudó al mancebo a levantarse
sosteniéndolo cuando salía del cesto y del círculo.
El joven estaba de pie, el canario
revoloteaba en su hombro; había de nuevo vida en ambos pero el espíritu aún no
había retornado. El apuesto mancebo tenía los ojos abiertos pero no veía, al
menos parecía mirar todo sin interés alguno y, apenas se hubo moderado un tanto
la admiración ante este fenómeno, se hizo notar la extraña manera en que se
había transformado la serpiente.
Su esbelto y hermoso cuerpo se había
descompuesto en miles y miles de refulgentes piedras preciosas; la vieja, que
al descuido quiso tomar su cesto, había tropezado con ellas y no se vio más la
figura de la serpiente; tan sólo un hermoso círculo de resplandecientes gemas
quedó sobre la hierba.
El anciano dio indicios de meterlas en el
cesto, a lo cual su esposa tuvo que ayudarle. Ambos llevaron luego el cesto
hacia la orilla, en un sitio elevado, y él arrojó toda la carga al río no sin
el disgusto de su mujer y de las demás doncellas, a quienes les hubiera gustado
elegir algunas para sí. Las gemas, como resplandecientes y fulgurantes
estrellas, nadaron entre el oleaje y no podía distinguirse si se perdían a lo
lejos o se sumergían.
–Señores míos –dijo el anciano
encarecidamente a los fuegos fatuos–, en adelante voy a enseñaros el camino
abriendo el paso; mas esperamos vuestra preciosa ayuda para franquearnos la
puerta del sagrado recinto, por la cual tenemos que entrar esta vez y que nadie
más que vosotros puede abrir.
Los fuegos fatuos se inclinaron
cortésmente y se quedaron detrás. El anciano avanzó con la lámpara al interior
de la caverna, que se abrió delante suyo. El joven, casi mecánicamente, le
siguió; silenciosa e insegura, Azucena se mantuvo a cierta distancia detrás
suyo, la vieja no quería quedarse atrás y alargó su mano para que la luz de la
lámpara de su marido pudiera alumbrarla sin sombra alguna. Cerraron entonces
los fuegos fatuos el séquito inclinando una hacia otra las puntas de sus llamas
como si conversaran.
No habían andado mucho tiempo cuando el
cortejo se halló delante de un gran portal de bronce cuyas hojas estaban
cerradas con una cerradura de oro. Al momento, el anciano llamó a los fuegos
fatuos quienes no vacilaron en consumir con sus llamas más punzantes la
cerradura.
El bronce crujió cuando el portón saltó de pronto y
aparecieron en el interior del recinto sagrado las dignas imágenes de los
reyes, iluminadas por las luces que atravesaban desde el exterior. Todos y cada
uno se inclinaron ante los venerables monarcas y especialmente los fuegos fatuos no escasearon en
retorcidas genuflexiones.
Después de una pausa, el rey de oro
preguntó:
–¿De donde venís?
–Del Mundo –contestó el viejo.
–¿A dónde vais? –preguntó el rey de plata.
–Al Mundo –dijo el viejo.
–¿Qué queréis de nosotros? –preguntó el
rey de bronce.
–Os queremos acompañar –dijo el viejo.
El rey mixto estaba a punto de comenzar a
hablar cuando el rey de oro dijo a los fuegos fatuos, quienes se le habían
acercado demasiado:
–¡Alejaos de mí; mi oro no es para vuestro
paladar!
En esto se dirigieron al de plata y se
estrecharon a él; su traje relucía hermoso bajo los destellos dorados.
–Vosotros sois bienvenidos –dijo él–, pero
yo no os puedo alimentar: ¡llenaos afuera y traedme vuestra luz! –se alejaron y
caminaron en silencio pasando por donde estaba el rey de cobre, que parecía no
haberlos notado, y se dirigieron hacia el rey mixto.
–¿Quién dominará el Mundo? –exclamó éste
con voz tartamudeante.
–Quien está en sus pies –contestó el
viejo.
–¡Ese soy yo! –dijo el rey mixto.
–Eso se manifestará –dijo el viejo–, pues
el tiempo ha llegado.
La hermosa Azucena se echó al cuello del
anciano y lo besó muy cordialmente.
–Santo padre –dijo ella–, mil veces te
agradezco pues por tercera vez escucho estas palabras enteramente proféticas.
Apenas hubo exclamado lo anterior cuando
se apoyó más fuertemente en el viejo pues el piso comenzó a vacilar bajo sus
pies; la vieja y el joven se tomaron también el uno al otro; sólo los ágiles
fuegos fatuos no se daban cuenta de nada.
Se podía sentir claramente que todo el
templo se movía como un navío que se alejara suavemente fuera del puerto
después de levar anclas; las profundidades de la Tierra parecían abrirse ante
él al momento en que cruzaba. No chocó contra nada, ninguna roca se interpuso
en su camino.
Durante unos instantes pareció caer una
lluvia fina; el anciano sostuvo a la hermosa Azucena más fuertemente y le dijo:
–Estamos debajo del río y pronto habremos
llegado a nuestro destino.
No mucho después creyeron estar en calma pero se
equivocaban: el templo se elevaba.
Entonces surgió un ruido extraño por
encima de sus cabezas. Tablas y vigas, en relación amorfa, comenzaron a oprimir
hacia adentro ruidosamente y en dirección a la abertura de la cúpula. Azucena y
la anciana saltaron a un lado, el hombre de la lámpara sujetó al mancebo y lo
detuvo en su sitio. La pequeña choza del barquero –pues era ésta a la que el
templo, al elevarse, había separado de la tierra y había acogido– descendió
lentamente cubriendo al joven y al viejo.
Las mujeres gritaban mientras el templo se
sacudía como un navío que chocase insospechadamente contra la costa.
Angustiadas, las mujeres erraban bajo el crepúsculo en torno de la choza. La
puerta estaba cerrada y nadie escuchaba sus toquidos. Llamaron más fuerte y no
fue poco su asombro cuando al final la madera comenzó a resonar.
Por la fuerza
de la lámpara encerrada, la choza se había convertido desde dentro en plata. No
pasó mucho tiempo cuando incluso cambió su figura, pues el noble metal abandonó
las eventuales formas de las tablas, de los pilares y de las vigas y se
extendió hasta formar un precioso edificio de un refinado trabajo. Había ahora
un pequeño y hermoso templo en medio del grande o, más bien, un altar digno de
un templo.
Por una escalera que ascendía desde el
interior, el noble mancebo trepó hacia lo alto, el hombre de la lámpara le
alumbró y otro, que parecía apoyarlo, apareció vestido en un traje blanco y
corto con un ramo de plata en la mano; podía inmediatamente reconocerse en él
al barquero, el anterior habitante de la choza transformada.
La bella Azucena trepó por las escaleras
exteriores que conducían del templo hacia el altar; pero aún tenía que
mantenerse alejada de su amado. La anciana, cuya mano se había vuelto más
pequeña mientras la lámpara se mantuvo oculta, exclamo:
–¿Debo finalmente ser infeliz? ¿No hay
manera de salvar mi mano con tantos milagros que suceden?
Su marido le señaló el portón abierto y le
dijo:
–¡Mira, está amaneciendo! ¡Date prisa y
báñate en el río!
–¡Vaya consejo! –exclamó ella–; ¡parece
que debo ponerme toda negra y desaparecer del todo pues no he pagado todavía mi
deuda!
–Ve –dijo el anciano– y sígueme. Todas las
deudas están pagadas.
Fue la vieja corriendo y, en ese momento,
la luz del Sol naciente apareció en la cúspide de la cúpula. El anciano se
colocó entre el joven y la doncella y exclamó en voz alta:
–Son tres los que dominan la tierra: la
Sabiduría, el Esplendor y el Poder.
A la primera palabra se levantó el rey de
oro, a la segunda el de plata y a la tercera, lentamente, se puso en pie el de
bronce al momento en que el rey mixto se sentó, aturdido de pronto.
Quien lo vio no podía apenas contenerse de
risa a pesar del solemne momento pues no se sentaba ni se acostaba ni tampoco
se apoyaba, sino que se había desplomado como una masa amorfa.
Los fuegos fatuos, que hasta entonces se habían
ocupado de él, se hicieron a un lado. Parecían volver a estar, no obstante su
palidez a la luz matinal, bien alimentados y de buenas llamas; habían lamido
diestramente con sus agudas lenguas las doradas vetas de la colosal imagen. Los irregulares y vacíos
espacios que se habían creado, permanecieron abiertos durante algún tiempo y la
figura se mantuvo en su posición anterior.
Pero cuando, finalmente, las vetas
más tiernas fueron también consumidas la imagen se derrumbó y, por desgracia,
precisamente en aquellas partes que se mantienen enteras cuando el hombre se
sienta. En cambio, las articulaciones, que debían haberse doblado, se mantenían
firmes. Quien no fuera capaz de reírse tenía que apartar su mirada; la combinación
entre forma y masa resultaba repugnante a la vista.
El hombre de la lámpara condujo entonces
al apuesto joven, aunque con la mirada aún fija durante el descenso del altar,
clavada directamente en el rey de bronce. A los pies del poderoso príncipe se
hallaba, dentro de su funda, una espada sobre el piso. El mancebo se la ciñó.
–¡La espada en la izquierda, la derecha
libre! –exclamó el poderoso rey.
Entonces caminaron en dirección del rey de
plata, quien inclinó su cetro hacia el joven. Este lo tomó con la izquierda;
con agradable voz, le dijo el rey:
–¡Pastoread las ovejas!
Cuando llegaron ante el rey de oro, éste
le colocó al joven la corona de encinas con gesto paternal, con el que le daba
la bendición, y dijo:
–¡Reconoced lo más elevado!
El viejo había observado en todos sus
detalles al joven durante esta celebración. Después de ceñirse la espada elevó
su pecho, sus brazos se movieron y sus pies pisaron con más firmeza; tomando el
cetro con la mano, la fuerza parecía suavizarse y volverse más poderosa en
virtud de un encanto indescriptible; pero cuando la corona de encinas engalanó
sus rizos, los rasgos de su rostro se avivaron, sus ojos brillaron con una
indescriptible espiritualidad y la primera palabra en su boca fue:
“¡Azucena!”
–¡Querida Azucena! –exclamó él al correr a
su lado subiendo las escaleras de plata, pues ella había observado sus pasos
desde el pináculo del altar–. ¡Querida Azucena! ¿Qué mejor cosa puede desear un
hombre dotado de todo que la inocencia y el callado afecto que tu pecho me
ofrece...? ¡Oh, mi amigo! –continuó, dirigiéndose hacia el viejo y mirando a
las tres imágenes sagradas–. Magnifico y seguro es el reino de nuestros padres
pero has olvidado la cuarta fuerza que domina al Mundo desde sus orígenes del
modo más general y seguro: el poder del Amor.
Con estas palabras se echó al cuello de la
hermosa joven; había tirado el velo y sus mejillas se coloreaban del más
hermoso e imperecedero rubor.
Entonces el anciano dijo, sonriente:
–El amor no gobierna pero nos templa, que
es mejor.
En medio de esta solemnidad, felicidad y encanto no
se habían percatado de que el día había nacido plenamente y, de golpe, les
impresionaron aquellos objetos totalmente inesperados por entre el portón
abierto.
Ante una gran plaza rodeada de columnas se hallaba el vestíbulo, en
cuyos confines se apreciaba un largo y hermoso puente que cruzaba el río sobre
innumerables arcos; estaban amplia y hermosamente instalados en ambos lados para sus viajeros, con pasillos arqueados
en los cuales ya se hallaban congregados muchos miles de ellos, que cruzaban
afanosamente de un lado a otro.
El gran camino central se animaba con el paso
de rebaños, mulas, jinetes y carros que, en ambos lados, fluctuaban en
corrientes sin estorbarse. Todos parecían admirarse ante la comodidad y el
lujo, y el nuevo rey y su esposa estaban encantados con el movimiento y la vida
de este gran pueblo, al igual que su mutuo amor los hacía felices.
–¡Honrad la memoria de la serpiente! –dijo
el hombre de la lámpara–. Le debéis la vida, tu pueblo le debe el puente por el
cual las dos orillas se unen y se vivifican como pueblos. Aquellas
resplandecientes gemas que están en el agua, los restos de su cuerpo
sacrificado, son los pilares de este hermoso puente. Sobre ellos ella misma se
edificó y sola se mantendrá.
Quisieron reclamarle la aclaración de este
maravilloso secreto cuando cuatro hermosas jóvenes entraron en el portón del
templo. Por la lira, la sombrilla y el catrecillo podían reconocerse en seguida
a las acompañantes de Azucena, pero la cuarta, más bella que las otras tres,
era una desconocida que andaba corriendo con ellas a través del templo,
bromeando como entre hermanas y subiendo las escaleras de plata.
–¿En el futuro me vas a creer más, querida
esposa? –dijo el hombre de la lámpara a esta hermosa mujer–. ¡Que tú y toda
criatura que se baña esta mañana en el río se llene de dicha y prosperidad!
La rejuvenecida y embellecida anciana, de
cuyas formas no quedaba ni rastro, abrazó con revividos y juveniles brazos al
hombre de la lámpara, que recibía complaciente sus caricias.
–Si te parezco demasiado viejo –dijo él,
sonriendo– entonces puedes escoger a otro esposo. Desde hoy, ningún matrimonio
es válido si no se contrae de nuevo.
–Es que no sabes –replicó ella– que tú
también te has vuelto más joven.
–Me alegra si a tus ojos parezco un
gallardo mancebo. Yo acepto de nuevo tu mano y viviré con gusto junto a ti
durante el siguiente milenio.
La reina le dio la bienvenida a su nueva
amiga y descendió con ella y sus demás compañeras de juegos mientras el rey, en
medio de los dos hombres, miraba hacia el puente y contemplaba con atención el
vívido gentío de su pueblo.
Pero no duró mucho su satisfacción;
advirtió un objeto que durante un momento le provocó disgusto. El gigante, que
parecía aún no haberse reincorporado de su siesta matinal, se tambaleaba a
través del puente y causaba allí mismo gran desorden. Como siempre, se había
levantado somnoliento pensando en bañarse en la conocida bahía del río. En vez
de ésta, se encontró con tierra firme y caminó a tientas sobre el ancho
empedrado del puente.
Si bien entró entre personas y animales de la más torpe
manera, era sin embargo ciertamente admirada su presencia por todos sin
resentirse nadie de ella. Pero, cuando el Sol le pegó en los ojos y él levantó
las manos para restregárselos, la sombra de sus inmensos puños pasó tan
enérgica y torpemente detrás de él que personas y animales se derrumbaron en
grandes masas, sufriendo daños y corriendo peligro de ser arrojados al río.
El rey, al ver este desaguisado, dirigió
su mano instintivamente hacia su espada pero se contuvo y miró con tranquilidad
primero su cetro, después la lámpara y por último el remo de sus acompañantes.
–Adivino tus pensamientos –dijo el hombre
de la lámpara–, pero nosotros y nuestras fuerzas somos impotentes contra este
débil. ¡Estate tranquilo! Está causando daño por última vez y, por fortuna, se
ha apartado de nosotros.
Mientras tanto, el gigante se había
acercado más, había bajado sus manos admirado por lo que veían sus asombrados
ojos; no hizo más daño y, boquiabierto, entró en el vestíbulo.
Caminaba hacia la puerta del templo cuando
fue atrapado en medio del vestíbulo. Estaba erecto como un colosal e inmenso
obelisco de piedra de un bermejo esplendor y su sombra mostraba las horas
hechas en marquetería en forma de un círculo trazado en torno suyo sobre el
piso, no con números sino en nobles y simbólicas imágenes.
No fue poca la alegría del rey al ver la
utilidad de la sombra del gigante ni poca la sorpresa de la reina al subir con
sus doncellas desde el altar, ornamentado con exagerado lujo, cuando vio hacia
el puente.
Mientras tanto, el pueblo se había
apretujado, detrás del gigante, siguiéndolo; y como éste se mantuviese quieto,
lo rodearon admirando su transformación. La multitud partió de aquí hacia el
templo, que hasta entonces parecieron advertir, y se multiplicaron junto a la
puerta.
El azor volaba en ese momento en lo alto
de la cúpula; con el espejo, captó la luz del Sol y la reflejó sobre el grupo,
que estaba de pie en lo alto del altar. El rey, la reina y sus acompañantes
parecían iluminados por un celeste resplandor dentro de la bóveda crepuscular
del templo y el pueblo se arrodilló inclinando la cabeza. Cuando se hubo
recuperado y reincorporado la muchedumbre, el rey descendió con los suyos
dentro del altar para caminar, a través de pasadizos secretos, hacia su
palacio.
Y el pueblo se dispersó dentro del templo para satisfacer su
curiosidad. Contemplaba, con arrobo y respeto, a los tres reyes erguidos, pero
estaba tanto más ávido de saber qué bulto se ocultaba bajo el tapiz, dentro del
cuarto nicho; pues quien haya sido, una modestia benévola había extendido un
precioso manto sobre el rey caído y que ningún ojo pudo traspasar con la mirada
ni mano alguna tiene permitido quitar.
El pueblo no hubiera. encontrado fin a su
admiración y contemplación y la masa que continuaba entrando se hubiera
aplastado dentro del templo si su atención no hubiera sido atraída de nuevo
hacia la gran plaza.
Inesperadamente, cayeron del aire monedas
de oro, resonando sobre las baldosas de mármol; los más cercanos se lanzaron a
fin de apoderarse de ellas; aisladamente se repitió ese milagro, es decir, aquí
y allí. Se comprende que los fuegos fatuos se daban otra vez gusto y
malgastaban de manera alegre el oro de los miembros del rey caído.
Ávidamente,
el pueblo corrió durante algún tiempo de un lado a otro, se desgarró e incluso
se desmoralizó debido a que cesaron de caer más monedas. Por último, poco a
poco fue dispersándose, siguió su camino y, hasta hoy en día, el puente pulula
de viajeros y el templo es el más visitado de toda la Tierra.