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Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 3)

Reena sacó prenda tras prenda de su guardarropa. Su habitación estaba llena de vestidos y capas, embozos y sombreros, abrigos y botas, prendas interiores y guantes. Yacían en la cama, en todas las sillas y en dos banquetas de la pared.

Tras menear la cabeza, Reena describió un lento círculo para examinar el conjunto. En la segunda vuelta, retiró una prenda de los montones y la plegó sobre su brazo izquierdo. Luego cogió una gruesa bufanda de piel de un gancho. Entregó ambas cosas al hombre alto, cetrino y silencioso que estaba de pie junto a la puerta. El arrugadísimo rostro del hombre parecía el del criado que había servido la cena: inexpresivo, de vagos ojos.

El criado recogió las prendas y las plegó. Reena le dio un segundo vestido, un sombrero, unos calzones y ropa interior. Guantes... El hombre recogió dos gruesas mantas que Reena sacó de un estante. Más calzones... Él metió todo en una especie de talego de lona.

—Lleva este... y otro vacío —dijo Reena, y se dirigió hacia la puerta.

Cruzó el umbral y atravesó el pasillo hasta una escalera, que empezó a bajar. El siervo la siguió, sosteniendo el saco junto al cuello con una mano, delante de él. Llevaba otro saco, plegado, bajo el otro brazo, que pendía rígidamente a su costado.

Reena avanzó por diversos pasillos hasta una espaciosa cocina vacía, donde el fuego seguía ardiendo sin llama en un hogar. El viento producía silbidos en la chimenea. Reena pasó junto al enorme tajadero y se dirigió hacia la habitación auxiliar de la cocina, a la izquierda. Examinó los estantes, recipientes y cajones, deteniéndose solo para mascar un bizcocho mientras miraba.

—Dame el saco —dijo—. No, ese no. El vacío.

Desplegó el saco y comenzó a llenarlo... con carnes secas, trozos de queso, botellas de vino, hogazas de pan. Hizo una pausa, examinó de nuevo las existencias, añadió luego un saquito de té y otro de azúcar. Metió también una olla pequeña y algunos cubiertos.

—Llévate este también —dijo por fin, dando media vuelta y saliendo de la despensa.

Avanzó con más precaución, con el siervo pisándole los talones en silencio, un saco en ambas manos. Reena se detuvo y aguzó el oído en rincones y escaleras antes de proseguir. Pero lo único que escuchó fueron los chillidos que sonaban muy arriba.

Finalmente llegó a una larga y estrecha escalera que bajaba y desaparecía en las tinieblas.

—Aguarda —dijo en voz baja, y alzó ambas manos, las ahuecó ante sus labios, sopló suavemente y las contempló.

Una chispita apareció en sus palmas, se apagó, brotó de nuevo mientras Reena musitaba suaves palabras. Separó las manos sin dejar de mover los labios. La minúscula luz quedó suspendida en el aire ante ella, agrandándose, aumentando su brillo. Era blancoazulada y alcanzaba la intensidad de varias velas.

Reena pronunció una última palabra y la luz empezó a moverse, desplazándose hacia abajo por la escalera. La joven la siguió. El criado fue detrás. Durante largo rato estuvieron bajando. La escalera descendía en espiral sin término visible. La luz parecía guiarlos. Las paredes cobraron humedad, frialdad, enorme frialdad, y las heladas figuras acabaron cubriéndose de una fina pátina. Reena se tapó más con la capa. Los minutos iban pasando.

Por fin llegaron a un rellano. Distantes paredes eran apenas visibles en la negrura más allá de la luz. Reena se dirigió hacia la izquierda y la luz se desplazó para precederla. Atravesaron un largo corredor ligeramente inclinado hacia abajo y, al cabo de un rato, llegaron a otra escalera, en un lugar donde las paredes se ensanchaban a ambos lados y el rocoso techo mantuvo su nivel hasta que desapareció durante el descenso.

Las dimensiones de la cámara en la que entraron no eran discernibles. Parecía más una caverna que una habitación. El suelo era menos regular que en cualquier otro punto anterior y, con mucho, era el lugar más frío que habían recorrido. Con la capa totalmente cerrada, las manos bajo ella, Reena entró en la cámara y se desplazó en diagonal hacia la derecha.

Finalmente apareció un gran trineo en forma de caja, con un ceroso trapo colgado de la punta del patín izquierdo. Se hallaba cerca del muro, en la entrada de un túnel donde bramaba un helado viento. La luz quedó encima, suspendida. Reena se detuvo y se volvió hacia el siervo.

—Ponlos ahí —dijo señalando—, en la parte delantera.

Suspiró mientras el criado obedecía, y después se inclinó y cubrió los sacos con una piel blanca que estaba plegada en el asiento del vehículo.

—Muy bien —dijo dando media vuelta—. Será mejor que regresemos.

Apuntó en la dirección por donde habían venido y la luz flotante se movió para seguir la indicación de su dedo.

En la habitación circular de la parte superior de la torre más elevada, Ridley pasaba las páginas de uno de los grandes libros. El viento bramaba como un fantasma por encima del inclinado techo, que de vez en cuando vibraba con la fuerza del aire. La misma torre tenía una oscilación apenas perceptible.

Ridley murmuró algo mientras tocaba la encuadernación de cuero, recorriendo con sus ojos las hojas color crema. No lucía ya la cadena con el anillo. El adorno descansaba en ese momento encima de una pequeña cómoda junto a la pared próxima a la puerta; un alto espejo situado encima reflejaba su imagen, con la piedra brillando pálidamente.

Sin dejar de murmurar, Ridley pasó una hoja, luego otra, y se detuvo. Cerró los ojos un momento y se volvió, dejando el libro en el atril. Se situó en el centro exacto de la habitación y permaneció allí largo rato, en el centro de un diagrama rojo dibujado en el suelo. Prosiguió murmurando. De pronto dio media vuelta y se acercó a la cómoda. Cogió el anillo y la cadena. Desató la segunda y retiró el primero.

Sosteniendo el anillo entre el pulgar y el índice de la mano derecha, extendió el índice de la otra mano y rápidamente deslizó el anillo en ese dedo. Lo sacó casi de inmediato y respiró profundamente. Contempló su reflejo en el espejo. Se apresuró a ponerse de nuevo el anillo, se detuvo unos segundos, lo retiró con más lentitud.

Dio vueltas al anillo y lo examinó. La piedra parecía brillar un poco más. Se lo puso una vez más, se lo quitó, se detuvo, se lo puso, se lo quitó, se lo puso, se detuvo, se lo quitó, volvió a ponérselo, hizo una pausa más larga, empezó a quitárselo con lentitud, se lo puso otra vez...

De haber mirado el espejo, Ridley habría reparado en que cada manipulación del anillo provocaba un rápido cambio de expresión en su semblante. El joven pasó por ciclos de asombro y placer, temor y satisfacción mientras el anillo entraba y salía en su dedo. Se lo quitó otra vez y lo dejó encima de la cómoda. Se frotó el dedo. Se contempló en el espejo, bajó los ojos, miró fijamente las profundidades de la piedra. Se humedeció los labios.

Dio media vuelta, dio varios pasos sobre el dibujo, se detuvo. Se volvió y contempló el anillo. Volvió y lo cogió, y lo sopesó en la palma de su mano derecha. Volvió a ponérselo en el dedo y siguió luciéndolo, todavía aferrándolo fuertemente con los dedos de la otra mano. En esta ocasión apretó los dientes y arrugó la frente.

En ese momento el espejo se empañó y una nueva imagen empezó a tomar forma en el cristal. Roca y nieve... Cierto tipo de movimiento... Un hombre... El hombre se arrastraba por la nieve... No. ¡Las manos del hombre buscaban asideros! ¡Avanzaba hacia arriba, no hacia adelante! ¡Estaba trepando, no arrastrándose!

La imagen se hizo más clara. Mientras el hombre subía y localizaba otro apoyo para los pies, Ridley vio las botas verdes. Acto seguido... Ridley dio una brusca orden. Hubo un efecto en lontananza. El hombre empequeñeció, la faz de la escarpa se amplió y se elevó. Allí, por encima del escalador, se alzaba el castillo, aquel castillo con la luz brillante en la ventana de la torre más elevada.

Tras lanzar una maldición, Ridley arrancó el anillo de su dedo. La imagen desapareció al instante, para ser sustituida por la colérica expresión de Ridley.

—¡No! —gritó, corriendo hacia la puerta y abriéndola—. ¡No!

Abrió la puerta de par en par y bajó como una flecha la escalera de caracol.

Dilvish descansó un rato, espalda y piernas apoyadas en los lados de la chimenea de roca, los guantes en su regazo. Sopló sobre sus manos, se las frotó. La grieta acababa a corta distancia por encima de su cabeza. No habría más descansos hasta que llegara a la cumbre, y luego... ¿quién podía decirlo?

Algunos copos de nieve flotaban alrededor. Dilvish escrutó el oscuro cielo, como había hecho regularmente, previendo el retorno de la criatura voladora, pero no vio nada. La idea de que la criatura le atrapara en posición vulnerable le producía considerable preocupación. Siguió frotándose las manos hasta notar picor, hasta percibir que recuperaban un poco de calor. Después se puso los guantes para conservar esa calidez. Echó atrás la cabeza tanto como pudo y miró hacia arriba. Había recorrido dos terceras partes del ascenso por la faz vertical.

Buscó y localizó nuevos asideros para las manos. Escuchó los latidos de su corazón, momentáneamente normales otra vez. Poco a poco, cautelosamente, Dilvish siguió subiendo con los brazos extendidos. Un último impulso hacia arriba. Tras salir de la chimenea, Dilvish se agarró a un saliente y subió un poco más. Sus pies encontraron un punto de apoyo y extendió de nuevo una mano.

Se preguntó si Black habría descubierto un buen camino para bajar. Pensó en su última comida, fría y seca, que estuvo a punto de congelar su lengua. Recordó mejores alimentos en tiempos pasados y notó que la boca se le hacía agua. Llegó a un lugar resbaladizo, lo pasó. Le extrañó la extraña sensación que había tenido antes, como si alguien estuviera vigilándole. 

Había escudriñado el cielo apresuradamente, pero la criatura voladora no estaba por allí. Tras situarse en una gruesa proyección rocosa, sonrió al comprobar que el muro de piedra se inclinaba hacia adentro. Encontró un punto de apoyo para los pies y trepó.

Avanzó con más rapidez a partir de entonces, y al poco tiempo topó con un abrupto borde que quizá fuera el fin de la escalada. Ascendió penosamente hacia el reborde mientras la pendiente se intensificaba y meditó sus movimientos una vez llegara a la cima. Trepó cada vez más deprisa, y por fin la pendiente se suavizó y pudo avanzar agachado. 

Cerca de lo que le pareció la cumbre, trepó más pausadamente hasta quedar tendido a poco menos de dos metros del borde. Aguzó el oído unos instantes, pero no había ruidos aparte del viento.

Con sumo cuidado, los guantes en los dientes, Dilvish sacó el cinto con la espada por encima del brazo y el hombro, y de la cabeza. Desató el cinto y lo bajó. Compuso su ropa, se colocó después el cinto en la cintura. Avanzó con gran lentitud ante la proximidad del borde. 

Cuando por fin alzó la cabeza sobre la roca, sus ojos se llenaron del blanco fulgor del castillo, erguido cual obra de pastelero no demasiado lejos. Pasaron varios minutos mientras Dilvish examinaba el lugar. Nada se movía aparte de la nieve. Buscó una puerta lateral, una ventana baja, cualquier entrada indirecta... Cuando creyó haber encontrado lo que buscaba, trepó al saliente y prosiguió su avance.

Meg estaba cantando a las bailarinas ratas. Las antorchas tremolaban. La humedad corría por las paredes. La bruja tranquilizó a los animales con migas de pan. Las acarició, las rascó y se rió entre dientes.

Hubo otro fuerte golpe en la puerta central. En esta ocasión la madera se astilló cerca de las bisagras.

—Mmeg... ¡Mmeg!...

Y el gran ojo apareció de nuevo detrás de las rejas. Meg levantó la cabeza, observó los húmedos y azulados ojos. Una preocupada expresión asomó en su semblante.

—¿Sí?... —dijo en voz baja.

—¡Meg!

Hubo otro estrépito. La puerta se estremeció. Aparecieron grietas en los bordes.

—¡Meg!

Otro golpe. La puerta crujió y sobresalió del marco; las rajas se ensancharon. Meg agitó la cabeza.

—¿Sí? —dijo en voz más alta, con cierta excitación en su tono.

Las ratas saltaron de su regazo, de sus hombros, de sus rodillas y huyeron precipitadamente por la paja. El siguiente golpe arrancó la puerta de sus goznes, empujándola casi medio metro hacia afuera. 

Una manaza cadavérica, más bien una garra, apareció en el borde con una cadena colgando de un puño metálico alrededor de la muñeca que resonó al golpear la pared, la puerta...

—¿Meg?

La bruja se puso en pie, dejando caer el pan restante que llevaba en el chal. Un negro torbellino de peludos cuerpos se agitó alrededor de las migas, y los chillidos apagaron la réplica de la bruja, que se abrió paso entre las ratas. Otro empujón abrió más la puerta. 

Una cabeza blanca, gigantesca y calva, con una zanahoria colgante por nariz, se asomó por el borde. El cuello era tan grueso que parecía prolongarse hasta los extremos de los anchos hombros. Los brazos eran tan grandes como muslos, la piel albina y con manchones de grasa. Apartó la puerta con un hombro y salió, con la espalda inclinada en un ángulo anormal, la cabeza echada hacia adelante, moviendo unas piernas como columnas. Vestía los jirones de una camisa y los desgarrados restos de unos calzones que, igual que su propietario, habían perdido por completo el color. Los ojos azules, que parpadearon y se humedecieron con la luz de las antorchas, se centraron en Meg.

—¿Mack?... —dijo la bruja.

—¿Meg?...

—¡Mack!

—¡Meg!

La bruja corrió a abrazar al cuarto de tonelada de níveos músculos, con los ojos también húmedos mientras él lograba estrecharla con suavidad. Ambos se hablaron con tiernos murmullos. Finalmente, la bruja le agarró el enorme brazo con su manita.

—Ven. Ven, Mack —le dijo—. Comida para ti. Calor. Estarás libre. Ven.

Le condujo hacia la salida de la cámara, olvidando a sus preciosas ratas. 

Ignorado, el criado de apergaminada piel se movía en los aposentos de Reena con silenciosos pies, recogiendo las esparcidas prendas y volviéndolas a poner en cajones y armarios. Reena estaba sentada ante el tocador, peinándose. Al terminar de poner en orden la habitación, el criado se acercó y se paró junto a la joven. Reena alzó la cabeza, miró alrededor.

—Muy bien —dijo—. No tengo más necesidad de ti. Puedes volver a tu ataúd.

La silueta de la oscura librea dio media vuelta y se fue. Reena se levantó y cogió una palangana de debajo de la cama. Tras llevarla a la mesita de noche, añadió agua de una jarra azul que estaba allí. Volvió al tocador, cogió una de las velas que había cerca del espejo y la colocó a la izquierda de la palangana. Luego se agachó y contempló la húmeda superficie. Las imágenes corrían en el agua... Mientras Reena observaba, fluyeron hasta unirse, se separaron, se combinaron...

El hombre estaba cerca de la cumbre. Reena se estremeció ligeramente al verlo detenerse para quitarse el cinto que llevaba al hombro y atárselo con la espada a la cintura. Lo vio trepar más, hasta el mismo borde. 

Lo vio examinar el castillo largo rato. Después, el desconocido subió y avanzó por la nieve... ¿Adónde iba? ¿Dónde buscaría una entrada? ...Hacia el norte y acercándose, hacia las ventanas del sombrío almacén de la parte trasera. ¡Naturalmente! La nieve estaba amontonada a más altura allí y muy endurecida. El hombre podía alcanzar el alféizar y encaramarse desde allí.

Solo precisaría unos momentos para abrir un agujero cerca del cerrojo con el puño de su arma, meter una mano y abrirlo. Después, varios largos minutos con la espada para astillar el hielo incrustado en el marco. Más tiempo para abrir la ventana. Otros segundos más para localizar la juntura de los postigos interiores, para introducir la hoja entre ambos, levantarla y soltar el pestillo... Luego se hallaría desorientado en una oscura habitación llena de objetos en desorden. 

Tardaría varios minutos más en superar esa situación... Reena sopló suavemente sobre la superficie del agua y la imagen desapareció entre escarceos. Tras coger la vela, la llevó al tocador, la dejó en el mismo sitio. Volvió a poner la palangana en su posición anterior. Se sentó ante el espejo y cogió un pequeño cepillo y una cajita metálica para añadir un toque de color a sus labios.

Ridley despertó a un criado y lo condujo arriba, para recorrer el pasillo que llevaba a la habitación de donde procedían los gritos. Tras detenerse ante la puerta, buscó la llave adecuada en el aro que llevaba al cinto y la abrió.

—¡Por fin! —sonó la voz del interior—. ¡Por favor! Ya...

—¡Cierra la boca! —dijo Ridley, y se volvió. Cogió del brazo al criado y lo condujo hacia la puerta abierta del pasillo. Empujó al criado para meterle en las sombras de la habitación.

—Ponte a un lado —le ordenó—. Quédate ahí. —Siguió guiándolo—. Ahí... donde no pueda verte nadie que pase cerca, pero donde puedas vigilar a ese. Ahora coge esta llave y escucha con atención. Si viene alguien a investigar estos gritos, debes estar preparado. En cuanto él quiera abrir esa puerta, sales rápidamente por detrás de él, le das un golpe y lo encierras... ¡Pega fuerte! Luego cierras la puerta con llave sin perder un instante. Después puedes volver a tu ataúd.

Ridley lo dejó solo, salió al corredor, vaciló un instante y se alejó en dirección al comedor.

—La hora ha llegado —anunció el rostro del espejo, en el mismo momento que entraba el joven.

Ridley se acercó al cristal, contempló la torva cara. Cogió el anillo y se lo puso.

—¡Silencio! —dijo—. Has cumplido tu misión. ¡Vete ya!

El rostro desapareció cuando sus labios empezaban a formar de nuevo las familiares palabras, y Ridley contempló su sombrío reflejo rodeado por el elegante marco. Sonrió vanidosamente, después su semblante cobró seriedad. Sus ojos se entrecerraron, su imagen osciló. El espejo se empañó y se aclaró. Ridley vio al hombre de las botas verdes de pie en el borde de una ventana, astillando el hielo...

Empezó a dar vueltas al anillo. Lo fue volviendo poco a poco, sin cesar, mordiéndose el labio mientras tanto. Luego, bruscamente, lo arrancó de su dedo y suspiró. La presuntuosa sonrisa volvió a su reflejado semblante. Ridley dio media vuelta y cruzó la sala. Pasó por un panel corredizo, se metió por una trampa en el suelo y bajó una escalerilla. Avanzando con rapidez, por todos los atajos que conocía, se dirigió una vez más a la habitación de los siervos.

 

(CONTINUARÁ...) 

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 2)

El último grito cesó con una apagada nota. Ridley se puso de pie y cruzó el salón hasta una ventana. Frotó el empañado vidrio con la palma de la mano, con un rápido movimiento circular. Acercó la cara a la parte que había limpiado, conteniendo el aliento.

—¿Qué ves? —le preguntó por fin Reena.

—Nieve —murmuró Ridley—, hielo...

—¿Nada más?

—Mi reflejo —respondió el joven, colérico, apartándose de la ventana.

Paseó de un lado a otro. Al pasar junto al rostro del espejo, los espectrales labios se movieron.

—Ha llegado la hora —dijo el espejo.

Ridley replicó con una obscenidad. Continuó paseando, las manos aferradas a la espalda.

—¿Crees que Meg vio realmente algo abajo? —preguntó.

—Sí. Hasta el espejo ha cambiado su tonada.

—¿Qué piensas que es?

—Un hombre con una extraña montura.

—Tal vez no venga hacia aquí. Quizá va de camino a otro sitio.

Reena rió en silencio.

—De camino a la taberna más próxima para echar unos tragos —dijo ella.

—¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡No pienso con claridad! ¡Estoy nervioso! Supongamos, solo supongamos, que él no llega aquí. Solo es un hombre.

—Con una espada. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una en tus manos?

Ridley se humedeció los labios.

—Y él debe ser bastante fuerte —dijo Reena— para haber llegado tan lejos cruzando estas inmensidades.

—Están los criados. Me obedecen. Puesto que ya están muertos, él tendrá problemas para matarlos.

—Ese será el resultado más lógico. Por otra parte, los criados son algo más lentos y torpes que la gente normal... y es posible despedazarlos.

—No haces mucho para animarme, ¿sabes?

—Trato de ser realista. Si afuera hay un hombre con botas elfas, tiene una posibilidad de llegar aquí. Si es de raza fuerte y maneja bien la espada, tiene la posibilidad de cumplir la misión para la que fue enviado.

—¿Y tú seguirás burlándote y lamentándote cuando él me rebane la cabeza? ¡Recuerda que la tuya también rodará!

Reena sonrió.

—No soy responsable en modo alguno de lo que sucedió.

—¿Realmente crees que él lo verá de esa forma? ¿Que se tomará la molestia de verlo así?

Reena apartó la mirada.

—Tuviste una oportunidad —dijo muy despacio— de ser uno de los grandes. Pero no quisiste seguir los cursos normales del desarrollo. Ansiabas poder. Precipitaste las cosas. Corriste lejos. Creaste una situación doblemente peligrosa. Pudiste explicar el cierre como un experimento que no resultó. Pudiste disculparte. Él se habría irritado, pero lo habría aceptado. Pero ahora, sin poder remediar lo que hiciste, ni hacer mucho en otro sentido, todo sea dicho, ahora él se enterará de lo que pasó. Sabrá que intentaste multiplicar tu poder hasta el punto incluso de desafiarle. Ya sabes cuál ha de ser su respuesta en estas circunstancias. Casi simpatizo con él. Si yo fuera él, tendría que hacer lo mismo: destruirte antes de que dominaras al otro. Te has convertido en un hombre sumamente peligroso.

—¡Pero si estoy impotente! ¡No puedo hacer una maldita cosa! ¡Ni siquiera hacer callar a ese simple espejo! —gritó Ridley, señalando el rostro que acababa de hablar otra vez—. ¡En este estado no constituyo amenaza para nadie!

—Aparte de que le has importunado al impedirle el acceso a una de sus fortalezas —dijo Reena—, él tendrá que considerar la posibilidad de que tú continúes aprovechándote... Es decir, que si tú te haces con el control del otro, serás uno de los magos más poderosos del mundo. Siendo su aprendiz... perdón, su exaprendiz, que al parecer ha usurpado una parte de su dominio, solo puede pasar una cosa: un duelo mágico en el que tú tienes una posibilidad de acabar con él. Ya que ese duelo aún no ha comenzado, él debe suponer que no estás preparado... o que estás recurriendo a cierto juego de espera. Por eso ha enviado un vengador humano, antes de correr el riesgo de que tú hayas transformado este lugar en alguna especie de trampa mágica.

—Todo pudo ser un simple accidente. Él también tendría que considerar esa posibilidad...

—En las circunstancias actuales, ¿correrías tú el riesgo de suponer eso y aguardar? Ya conoces la respuesta. Enviarías un asesino.

—He sido un buen siervo. Le he cuidado este lugar...

—Asegúrate de pedirle misericordia por eso la próxima vez que lo veas.

Ridley se detuvo y se frotó las manos.

—Tal vez tú podrías seducirlo. Eres muy atractiva...

Reena sonrió de nuevo.

—Me acostaría con él en un iceberg y no me quejaría —dijo—. Si eso nos sacara del apuro, le ofrecería el mejor paseo a caballo de su larga vida. Pero un mago como ese...

—No él. El vengador.

—Ah.

Reena enrojeció de pronto. Luego meneó la cabeza.

—No puedo creer que alguien que ha viajado tanto se deje disuadir de sus propósitos por un poco de coqueteo, aunque sea con alguien de mis reconocidos encantos. Por no hablar de la idea del castigo a su fracaso. No. Te desvías otra vez del problema real. Solo hay una salida para ti, y ya sabes cuál es.

Ridley bajó los ojos, manoseó el anillo de la cadena.

—El otro... —dijo—. Si controlara al otro, todos nuestros problemas terminarían...

Miró fijamente el anillo como si estuviera hipnotizado.

—Exacto —replicó Reena—. Esa es la única posibilidad real.

—Pero ya conoces mis temores...

—Sí. También son los míos.

—Si no da resultado... ¡si el otro me controla a mí!

—Bien, de cualquier forma estás condenado. Recuerda: un camino es seguro. El otro... ese camino ofrece todavía una posibilidad.

—Sí —dijo Ridley, que seguía sin mirar a la joven—. ¡Pero tú no conoces el horror de eso!

—Puedo suponerlo.

—¡Pero no tienes que sufrirlo!

—Tampoco he creado yo esta situación.

Ridley le lanzó una feroz mirada.

—Estoy harto de oírte alegar inocencia simplemente porque el otro no es tu creación. ¡Al principio hablé contigo y te expliqué todo cuanto pretendía hacer! ¿Intentaste disuadirme? ¡No! ¡Viste las ganancias que nos aguardaban! ¡Me apoyaste para hacerlo!

Reena se tapó la boca con las puntas de los dedos y bostezó delicadamente.

—Hermano —dijo—, supongo que tienes razón. Pero eso no cambia nada, ¿verdad? Nada de lo que hay que hacer...

Ridley hizo rechinar los dientes y se volvió de espaldas.

—No lo haré. ¡No puedo!

—Tal vez pienses de otra forma cuando él llame a la puerta.

—Tenemos infinidad de métodos para enfrentarnos a un solo hombre... ¡aunque sea un espadachín experto!

—¿Pero no lo entiendes? Aunque triunfaras, solo estarías posponiendo la decisión, no resolviendo el problema.

—Necesito ese tiempo. Tal vez imagine una forma de obtener una pequeña ventaja sobre el otro.

Las facciones de Reena se suavizaron.

—¿Realmente crees eso?

—Todo es posible, supongo...

La joven suspiró y se levantó. Se acercó a Ridley.

—Ridley, estás engañándote —dijo—. Jamás serás más fuerte que ahora.

—¡No es cierto! —exclamó él. Continuó yendo de un lado a otro—. ¡No es cierto!

Otro grito sonó en el pasillo. El espejo repitió su mensaje.

—¡Hazlo callar! ¡Tenemos que hacerle callar! ¡Después me preocuparé del otro!

Dio media vuelta y salió impetuosamente del salón. Reena bajó la mano que había alzado hacia Ridley y volvió a la mesa para acabar el vino. El hogar seguía dando quejidos.

Black completó el hechizo. Jinete y montura permanecieron inmóviles un rato.

—¿Ya está? —preguntó finalmente Dilvish.

—Ya está. Ahora estás protegido hasta el segundo nivel.

—No me siento distinto.

—Así debes sentirte.

—¿Debo hacer algo especial para solicitar su defensa si surge la necesidad?

—No, es totalmente automático. Pero que eso no te impida ejercitar la precaución normal respecto a cosas mágicas. Cualquier método tiene puntos débiles. Pero esto es lo mejor que podía hacer yo en el escaso tiempo disponible.

Dilvish asintió y miró la torre de hielo. Black levantó la cabeza y también la observó.

—Supongo que todos los preliminares están resueltos —dijo Dilvish.

—Eso parece. ¿Estás listo?

—Sí.

Black inició el avance. Mirando hacia abajo, Dilvish observó que los cascos parecían de mayor tamaño, más lisos. Quiso hacer la correspondiente pregunta al respecto, pero el viento sopló con más fuerza conforme Black cobraba velocidad y el guerrero decidió economizar su aliento. La nieve le produjo picor en mejillas y manos. Entrecerró los ojos y se inclinó más hacia adelante.

Todavía en terreno plano, el paso de Black fue aumentando poco a poco, y su casco despidió un sonido casi como de campana al golpear una piedra. Pronto avanzó más velozmente que cualquier caballo. A ambos lados, todo se convirtió en una nívea mancha. Dilvish trató de no mirar al frente para proteger sus ojos y su cara. Se agarró con fuerza y pensó en el rumbo que había seguido.

Había escapado del mismo Infierno tras dos siglos de tormento. Muchos humanos que había conocido ya habían muerto y el mundo estaba algo cambiado. Pero el que le había desterrado, condenándole al hacer tal cosa, seguía vivo: el viejo mago Jelerak. 

En los meses siguientes a su regreso, Dilvish buscó a ese ser, una vez libre de la exigencia de una vieja obligación ante los muros de Portaroy. En ese momento, pensó Dilvish, solo vivía para vengarse. Y aquella torre, aquella torre de hielo, una de las siete fortalezas de Jelerak, era el punto más próximo a su enemigo al que había llegado.

Del Infierno se había llevado una colección de Frases Atroces, hechizos de mortífera potencia, tan mortíferos que el que los pronunciaba podía correr un riesgo tan grande como la víctima si su ejecución era ligeramente menos que perfecta. Dilvish solo había usado una Frase Atroz desde su regreso, consiguiendo arrasar una ciudad entera. Su escalofrío fue provocado por el recuerdo de aquel día en la cumbre de la colina, no por las heladas ráfagas que le asaltaban.

Un cambio de equilibrio le indicó que Black había llegado a la pendiente e iniciado el ascenso. El viento producía un ruido atronador. Dilvish bajó la cabeza para protegerse de la persistente caída de hielo. Notó el rápido crujido de los cascos de Black, un sonido constante, todos los movimientos extraordinariamente potentes. Si Black resbalaba, Dilvish sabía que todo habría acabado... Adiós otra vez, mundo... Y Jelerak seguiría impune...

Conforme la reluciente superficie volaba bajo él, Dilvish se esforzó en apartar de su mente los pensamientos en Jelerak, muerte y venganza. Mientras escuchaba el viento y los crujidos del hielo, sus pensamientos se libraron del presente, flotaron sobre los días de infortunio, los días de campañas y viajes, y se posaron en una húmeda mañana estival en los bosques de la lejana Tierra Elfa. 

Él iba de caza cerca del castillo de Mirata. El sol era enorme y dorado, las brisas frescas y, por todas partes... verdor. Dilvish casi olió la tierra, notó la textura de la corteza de los árboles... ¿Volvería a conocer eso alguna vez, tal como había hecho en otro tiempo?

Un grito inarticulado escapó de su garganta, lanzado contra el viento, el destino y la tarea que se había asignado. Dilvish maldijo y se agarró más fuertemente con las piernas; su equilibrio se había alterado otra vez y Dilvish comprendió que la subida era más empinada.

Los cascos de Black golpeaban el suelo quizás un poco más lentamente. Las manos, los pies y la cara de Dilvish estaban entumeciéndose. Se preguntó cuánto habrían ascendido. Se aventuró a mirar al frente, pero solo vio velocísima nieve. «Hemos recorrido un gran trecho», decidió. ¿Dónde estaría el final?

Evocó sus recuerdos de la montaña vista desde abajo, trató de juzgar su posición. Seguramente estarían cerca del punto medio. Quizás, incluso lo habían pasado... Contó los latidos de su corazón, contó las veces que caían los cascos de Black. Sí, al parecer la enorme bestia estaba yendo más despacio... Se arriesgó de nuevo a mirar al frente. 

En esta ocasión tuvo un fugacísimo vislumbre de la imponente cuesta alzada y extendida ante él, centelleando en el atardecer, escarpada, cristalina. La montaña ocultaba buena parte del cielo, por lo que Dilvish dedujo que debían estar cerca.

Black continuó avanzando más despacio. El rugiente viento bajó su voz. La nieve golpeó a Dilvish con fuerza ligeramente disminuida. Dilvish miró hacia atrás por encima del hombro. Vio la gran pendiente extendida detrás, reluciente como los mosaicos de los baños de Ankyra. Hacia abajo, hacia abajo y hacia atrás... Habían recorrido una gran distancia.

Black iba más despacio. Dilvish escuchó tanto como vio el crujir de nieve y hielo aplastados bajo los cascos. Se soltó un poco, se echó ligeramente hacia atrás, levantó la cabeza. Allí estaba el último trecho hacia la torre, que relucía oscuramente, mucho más cerca ya.

De pronto, el viento cesó. El monolito debía estar bloqueándolo, decidió Dilvish. La nieve flotaba con mucha más suavidad. El paso de Black se había transformado en un mediogalope, aunque se esforzaba con no menos diligencia que hasta entonces. El viaje por el túnel cubierto de blanco estaba próximo a su fin.

Dilvish varió de nuevo su posición para examinar mejor la elevada escarpa. En este lugar, su superficie se había convertido en un conjunto de texturas. Con el aleteo de las sombras, Dilvish distinguió prominencias, grietas. Roca desnuda sobresalía en numerosos lugares. Rápidamente Dilvish recorrió posibles caminos hacia la cumbre.

Black iba más despacio todavía, casi paseando, pero ya estaban cerca del lugar donde empezaba la escarpadura más abrupta. Dilvish miró alrededor en busca de un punto donde parar.

—¿Qué te parece ese borde de la derecha, Black? —preguntó.

—No es gran cosa —fue la réplica—. Pero vamos hacia allí. La parte más arriesgada será llegar a la roca. No te sueltes aún.

Dilvish se agarró fuertemente mientras Black salvaba cien metros, cien más.

—Desde aquí parece más ancho que desde abajo —observó.

—Sí. Y también más alto. Agárrate bien. Si resbalamos aquí, hay un largo trecho hasta abajo.

El paso de Black se aceleró un poco con la cercanía del saliente que se alzaba casi hasta la altura de un hombre en la ladera. Estaba encajado ligeramente en la faz de la escarpa. Black saltó. Sus cascos traseros golpearon una prominencia de medio metro, una desnuda arruga de helada roca que se extendía horizontalmente por debajo del saliente. El impulso le permitió continuar. La prominencia se partió y destrozó, pero las patas delanteras de Black ya estaban en el rocoso zócalo y las traseras se enderezaron con un suave brinco. Black se debatió en el saliente y encontró un punto de apoyo.

—¿Estás bien? —preguntó Black.

—Sí —dijo Dilvish.

Volvieron simultáneamente la cabeza, despacio, y contemplaron las olas de blanco levantadas por el viento, nubes de humo que atravesaban el rutilante paraje. Dilvish extendió la mano y dio unas palmadas en el lomo de Black.

—Bien hecho —dijo—. En algunos momentos he estado un poco preocupado.

—¿Piensas que has sido el único?

—No. ¿Podremos bajar otra vez?

Black hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Pero tendremos que hacerlo con bastante más lentitud que el ascenso. Es posible que hasta tengas que caminar junto a mí, agarrado. Ya veremos. Este saliente parece prolongarse un poco hacia la montaña. Lo examinaré mientras te dedicas a tus asuntos. Quizás haya un camino de descenso algo mejor. Será más fácil averiguarlo desde aquí.

—De acuerdo —dijo Dilvish, y desmontó por el lado más próximo a la faz de la montaña.

Se quitó los guantes y se frotó las manos, sopló encima de ellas, se las metió bajo las axilas unos instantes.

—¿Has determinado el lugar para tu escalada?

—A la izquierda. —Dilvish señaló el lugar con la cabeza—. Esa grieta llega casi hasta arriba, y es bastante irregular a ambos lados.

—Parece una buena elección. ¿Cómo llegarás hasta allí?

—Comenzaré a subir por aquí. Estos agarraderos parecen bastante buenos. Llegaré a esa grieta después de la primera raja, esa tan grande.

Dilvish se quitó el cinto con la espada y se lo echó al hombro. Se frotó de nuevo las manos, se puso los guantes después.

—Será mejor que me ponga en marcha —dijo—. Gracias, Black. Ya nos veremos.

—Buen detalle que calces esas botas elfas —dijo Black—. Si tropiezas, sabes que caerás de pie... al final.

Dilvish soltó una risotada y extendió la mano hacia el primer agarradero.

Vistiendo un oscuro vestido, envuelta en un mantón verde, la bruja se hallaba sentada en una banqueta en el rincón del recinto subterráneo. Las antorchas llameaban y despedían humo en los dos huecos de la pared, fundiendo las porciones superiores y laterales del barniz de hielo que cubría paredes y techo. Una lamparilla de aceite ardía cerca de sus pies en la roca cubierta de paja del suelo. La bruja canturreó mientras acariciaba una de las hogazas de pan que llevaba en su manto.

Frente a ella había tres pesadas puertas de madera, cerradas con barras de oxidado metal, con ventanillas de rejas en lo alto. Tenues ruidos de movimiento brotaban de la del centro, pero la bruja no les prestaba atención. El agua que goteaba del irregular techo de piedra por encima de las antorchas había formado charcos que se extendían por la hierba y perdían sus lindes. El ruido del goteo acompañaba de forma sincopada el canturreo de la bruja.

—Mis pequeñas, mis preciosas —cantaba—. Venid, Meg. Venid con mamá Meg.

Hubo ruido de fuga precipitada en la paja, en el oscuro rincón próximo a la puerta de la izquierda. Apresuradamente la bruja partió un trozo de pan y lo echó en esa dirección. Hubo nuevos crujidos y suaves movimientos. La bruja hizo un gesto de aprobación, se meció en su asiento y sonrió.

En algún punto, tal vez detrás de la puerta central, hubo un tenue gemido. La bruja ladeó la cabeza un instante, pero después solo hubo silencio.

Lanzó otra miga de pan al mismo rincón. Los ruidos que siguieron fueron más rápidos, más pronunciados. La paja se alzó y descendió. La bruja echó otro trozo, frunció los labios y pronunció un suave ruido de gorjeo. Lanzó más pan.

—Mis pequeñas —cantó de nuevo, mientras una decena de ratas se aproximaban, saltaban sobre el pan, lo partían y lo tragaban. Más animales salieron de las partes oscuras y se unieron a los primeros para luchar por la comida. Se produjeron aislados chillidos con aumentada frecuencia, que poco a poco convergieron en un coro.

La bruja rió entre dientes. Lanzó más pan, más cerca. Treinta o cuarenta ratas se pelearon por las migas.

Tras la puerta central hubo un resonar de cadenas, seguido por otro gemido. Pero la atención de la bruja se centraba en sus pequeñas. Se inclinó hacia adelante y cambió la lamparilla a una posición próxima a la pared de la derecha. Partió otro trozo de pan y dispersó las migas por el suelo ante sus pies.

Numerosos cuerpecillos hicieron susurrar la paja al acercarse. Los chillidos cobraron más fuerza. Hubo un fuerte resonar de cadenas, un gemido mucho más potente. Algo se movió dentro de la celda y chocó contra la puerta, que se agitó, y otro gemido se alzó sobre los ruidos de las ratas.

La bruja volvió la cabeza en esa dirección, arrugando un poco la frente. El siguiente golpe en la puerta produjo un retumbo. Durante un segundo, algo similar a un ojo enorme pareció atisbar por las rejas. El gemido sonó otra vez, casi formando palabras:

—¡Meg!... ¡Meg!...

La bruja se incorporó en la silla y miró fijamente la puerta de la celda. El siguiente estrépito, el más fuerte hasta entonces, hizo resonar violentamente la puerta. Las ratas estaban ya frotando las piernas de la bruja, levantadas sobre sus patas traseras, danzando. La bruja extendió la mano para acariciar a una, a otra... Les dio de comer en sus manos.

Del interior de la celda brotó de nuevo el gemido, esta vez formando extraños sonidos:

—Mmmmegg... Mmeg...

La bruja levantó la cabeza una vez más y miró en esa dirección. Hizo ademán de levantarse. En ese instante, empero, una rata saltó a su regazo. Otro animal trepó por su espalda y se posó en su hombro derecho.

—Preciosas... —dijo ella, frotando su mejilla con una y acariciando a la otra—. Preciosas...

Hubo un ruido como de una cadena partiéndose, seguido por un terrorífico golpe en la puerta. Sin embargo, la bruja no prestó atención, porque sus preciosas ratas estaban bailando y jugando para ella...

 

(CONTINUARÁ...) 

El anillo - Joseph von Eichendorff

Rosa había bostezado varias veces durante la conversación. Faber lo notó y, como siempre se distinguiera por ser un admirador del bello sexo, se ofreció ante la complacencia de todos a narrar un cuento.

–Pero, por favor, que no sea un cuento rimado, pues sólo se les entiende a medias.

Entonces el grupo se hizo más cerrado; Faber se encaminó en medio de él y comenzó, mientras sus pasos continuaban entre un boscoso declive, la siguiente historia:

–Había una vez un caballero...

–Esto comienza como en un cuento...

Faber retomó su historia:

–Había una vez un caballero que vivía en lo profundo del bosque en su antiguo castillo, donde practicaba espirituales contemplaciones y penitencias. Ningún extranjero visitaba al santo varón, todos los caminos se hallaban cubiertos de tupida hierba y sólo la campanilla, que de tiempo en tiempo hacia sonar en el curso de sus oraciones, interrumpía el silencio dejándose escuchar en la claridad de la noche, adentrándose en la espesura del bosque. 

El caballero tenía una hija, la cual le inspiraba no pocos sobresaltos a causa de su manera de pensar, del todo diferente a la suya, y cuyo entero anhelo se dirigía únicamente a las cosas profanas. Por las noches, cuando se encontraba sentada ante su rueca y él le leía en sus viejos libros las historias maravillosas de los santos mártires, ella solía pensar entre sí:

“Pero eran realmente unos tontos.”

Y creía saber mucho más que su anciano padre. Este creía en todos esos milagros. Muchas veces, cuando él estaba ausente, ella hojeaba los libros y pintaba grandes bigotes sobre las imágenes de los santos.

Al oír esto, Rosa soltó una carcajada.

–¿De qué te ríes? –preguntó Leontín, un tanto picante.

Faber continuó con su relato:

–Ella era más hermosa e inteligente que todos los demás niños de su edad, por lo que siempre se avergonzaba de jugar con ellos; y quien hablaba con ella creía estar escuchando a una persona adulta. Con tal conocimiento y elocuencia conversaba con ellos. Además, sin sentir miedo y riéndose del viejo alcalde su padre, que le contaba cosas espantosas acerca del genio del agua, día y noche ella se paseaba en completa soledad por el bosque. Muchas veces, estando en medio del bosque o a la orilla del celeste río, gritaba con la voz agitada por las risas:

–¡Que el Genio del agua sea mi novio! ¡Que el Genio del agua sea mi novio!

Cuando su padre estaba a punto de morir, éste hizo llevar a su hija a su lecho de muerte y le entregó un enorme anillo labrado en oro puro y macizo. Le dijo entonces:

–Este anillo fue fabricado por una diestra mano hace cientos de años. Uno de tus antepasados lo obtuvo en Palestina en mitad de una batalla; allí se encontraba el anillo, completamente cubierto de sangre y arena; allí permaneció, inmaculado y reluciente, con un brillo tan claro y destellante que todos los caballos reparaban ante él, evitando pisarlo con su casco. Tu madre y tus antepasadas lo llevaron y, de este modo, Dios bendijo sus matrimonios. 

Tómalo tú también y contémplalo todas las mañanas con limpios pensamientos, así su destello aliviará y fortalecerá tu corazón. Pero si tus pensamientos y pareceres se inclinaran hacia lo malo, su brillo desaparecerá junto con la transparencia de tu alma e incluso te parecerá turbio. Consérvalo fielmente en tu mano hasta que encuentres un hombre virtuoso. Pues aquel que una vez lleve puesto este anillo, será por siempre tu marido fiel.

Con estas palabras, el anciano caballero murió. Ida, su hija, se quedó entonces sola. Conforme pasaba el tiempo, su miedo crecía al vivir en ese viejo castillo, y como hallase enormes tesoros en los sótanos de su padre, cambió de inmediato su manera de vivir.

–Gracias a Dios –dijo Rosa–, pues hasta entonces se había sentido bastante aburrida...

Faber reanudó el relato una vez más:

–Los obscuros arcos, portales y patios de la antigua fortaleza fueron derruidos y un castillo nuevo y luminoso de blancos y ligeros muros con pequeños torreoncillos se erigió al poco tiempo sobre los viejos escombros. A su lado mandó construir un amplio y hermoso jardín en medio del cual cruzaba el celeste río. 

Había miles de flores, altas y vistosas, entre las que se elevaban saltos de agua cerca de los cuales se paseaban plácidos terneros. El patio del castillo hormigueaba de caballos y de pajes ricamente ataviados, que cantaban alegres canciones para su bella dama que, entre tanto, se había hecho una mujer extraordinariamente hermosa. Por ello, ricos pretendientes llegaban a cortejarla desde todos los puntos de la tierra y los caminos que conducían al castillo resplandecían de jinetes, cascos y crestones.

Esto le agradaba enormemente a la doncella y, sin embargo, a pesar de su aprecio por todos los caballeros, a ninguno quiso darle su anillo, pues todo pensamiento en relación con el matrimonio le parecía odioso y ridículo:

–¡¿Para qué –se decía– he de ver marchita mi hermosa juventud representando el papel de una miserable ama de casa en esta apartada y aburrida soledad, en vez de ser libre como un ave en su vuelo?!

Por añadidura, todos los hombres le parecían tontos, ya fuese por ser demasiado torpes como para corresponder a sus bromas debido a su orgullosa pretensión de abrigar elevados propósitos en los que ella no creía. Y así, en su ceguera, se consideraba un hada encantadora en medio de monos y osos hechizados que tenían que bailar y atenderla, pendientes de cualquiera de sus gestos. Entre tanto, el anillo se hizo cada vez más obscuro.

Cierto día, la joven ofreció un vistoso banquete. Debajo de una hermosa tienda levantada en el centro del jardín se habían sentado las mujeres y los caballeros jóvenes que habitaban en las cercanías, y en el centro de todos la orgullosa doncella, como una reina, luciendo sus ademanes graciosos que resplandecían por encima del brillo de las perlas y gemas que ornamentaban su cuello y su pecho. 

Era como una manzana agusanada, tan rozagante y engañosa se aparecía. El dorado vino dio alegres vueltas, los caballeros le otorgaban a la joven sus miradas más atrevidas; voluptuosas y seductoras canciones se escuchaban sin cesar en el jardín, penetrando el aire estival. Entonces la mirada de Ida cayó por casualidad en el anillo. Éste se había vuelto obscuro y su apagado brillo despedía tan sólo un opaco destello. Se levantó en el acto y fue hacia el declive del jardín.

–¡Piedra tonta, no me molestarás más! –dijo, riéndose con loca alegría.

Se quitó el anillo y lo arrojó a la corriente del río. En su vuelo, el anillo describió un arco claro y luminoso y fue a sumergirse en seguida en las profundidades. Más tarde ella volvió al jardín, donde voluptuosos sonidos parecían alargar sus brazos hacia ella.

–Al otro día –prosiguió Faber– Ida se encontraba sola, sentada en el jardín, mirando hacia el río. Era mediodía. Todos sus huéspedes se habían marchado, la región entera estaba sumida en un sofocante silencio. Solitarias nubes de raras formas cruzaban con lentitud el claro cielo azul. A ratos, corría un viento súbito por la región y al instante parecía como si las rocas y los árboles se inclinaran y hablaran de ella. 

Ida sintió un escalofrío. De pronto, vio a un apuesto y esbelto caballero que llegaba por el camino, montado en un caballo blanco como la nieve. Brillaban su armadura y su casco de color azul marino, una cintilla del mismo color flotaba al viento, sus espuelas eran de cristal. La saludó amablemente, desmontó del caballo y se acercó a ella. 

Asustada, Ida dejó escapar un grito pues descubrió en su mano el viejo anillo prodigioso, que apenas el día anterior había arrojado al agua, y recordó en seguida las palabras que su padre le dijera en el lecho de su muerte. El apuesto caballero extrajo una triple cinta recamada con perlas y la colocó en el cuello de la doncella, la besó en la boca, la llamó su novia y le prometió llevarla a su casa esa misma noche. 

Ida no pudo responderle, pues todo le parecía verlo como en un profundo sueño; sin embargo, había escuchado muy bien al caballero, que le habló con encantadoras palabras que se mezclaban con los sonidos del río como si éste estuviera encima de ella, susurrando continua y confusamente. Más tarde, lo vio montar en su corcel blanco y galopar hacia el bosque, tan veloz que el viento soplaba a sus espaldas.

Al anochecer, desde una ventana del castillo, la joven miraba en dirección de las montañas, cubiertas ya por un grisáceo crepúsculo. Se preguntaba inútilmente una y otra vez quién podía ser ese apuesto caballero que tanto le agradaba. 

Una inquietud y un miedo que jamás había sentido invadieron su alma, y a medida que el paisaje obscurecía, ella se sentía mayormente oprimida por semejantes sentimientos. Tomó el laúd con objeto de distraerse. Le vino entonces a la mente una vieja canción que su padre cantaba a menudo, por las noches, cuando ella era niña, y que escuchaba al despertar en medio del sueño. Comenzó a cantar:

 

Aunque el Sol se tenga que ocultar

y a obscuras tengamos que permanecer,

podemos pese a ello cantar

la bondad de Dios y su poder,

pues ni la noche nos ha de impedir

su justo elogio cumplir.

 

Entre tanto, unas lágrimas escaparon de sus ojos y tuvo que dejar el laúd; tanto era su dolor.

Al fin, afuera había obscurecido por completo; de pronto escuchó un estrépito de extrañas voces y cascos de caballo. El patio del castillo se vio en un momento inundado con luces flotantes entre cuyos destellos ella vio un furioso hormiguero de coches, caballos, caballeros y damas. 

Los invitados a la boda pronto se distribuyeron en la amplitud de todo el castillo, siéndole evidente que se trataba de sus viejos conocidos que apenas la víspera habían asistido a su banquete. El apuesto novio, de nuevo totalmente vestido en seda azul marino, se acercó a ella y alegró al instante su corazón con expresiones dulces y graciosas; los músicos tocaban sus instrumentos con vivo entusiasmo, unos pajes escanciaban vino y todo el mundo bailaba y se regalaba en medio de un alegre barullo.

Durante la fiesta, Ida se colocó junto a su novio frente a la ventana abierta. A sus pies, la región se hallaba distante y en completo silencio, como si toda ella fuese una tumba; sólo el río susurraba hacia lo alto desde el obscuro declive.

–¿Qué pájaros negros son esos que vuelan lentamente en largas hileras? –preguntó Ida.

–Vuelan durante toda la noche –dijo el novio–, y simbolizan tu boda.

–¿Quién es toda esa gente extraña –volvió a preguntar Ida– que está tranquilamente sentada en las piedras a un lado del río?

–Son mis sirvientes –dijo el novio–. Y nos aguardan.

Entre tanto, lustrosas bandadas comenzaron a elevarse en el cielo y a lo lejos, desde los valles, se escuchaban los cantos de los gallos.

–Hace frío –dijo Ida, y cerró la ventana.

–En mi casa hace aún más –respondió el novio, e Ida se estremeció instintivamente.

Entonces él la tomó del brazo y la condujo, en medio del alegre gentío, a bailar. No tardaría en amanecer, las velas de la sala aún parpadeaban, aunque mortecinamente. Ida bailaba mientras tanto, con su novio a quien veía cada vez más pálido, a medida que el día se acercaba. 

Afuera, más allá de las ventanas, vio llegar a largos hombres de singulares rostros, quienes se instalaban en el interior de la sala. Asimismo, los rostros de los demás huéspedes e invitados se fueron transformando poco a poco hasta semejar unos semblantes cadavéricos.

–¡Dios mío! ¿Con quién he convivido durante este tiempo? –gritó.

La mucha fatiga le impidió escapar y no pudo ni siquiera zafarse, mas el novio la sostuvo firmemente abrazada y continuó bailando hasta que cayó al suelo, desvanecida.

Al amanecer, cuando el Sol brillaba alegremente por encima de las cordilleras, el jardín del castillo se veía solitario en la montaña, no había un alma y todas las ventanas permanecían abiertas.

Tiempo después, cuando los viajeros pasaban junto al río bajo el claro brillo de la Luna, o incluso al mediodía, veían con frecuencia a una joven muchacha surgir en medio de la corriente, con el desnudo torso fuera del agua. Era en verdad hermosa, aunque tan pálida que parecía la muerte.