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Dilvish, El Maldito - Roger Zelazny (Parte 2 y última)

Estaban cabalgando con el ocaso y la luz del sol poniente servía para enturbiar en parte, aunque no todas, las agitadas visiones que flotaban alrededor: los amenazadores árboles de apariencia consciente cuyas ramas oscilaban como huesudos dedos, con un tacto frío, flojo y molesto; las criaturas grisáceas que daban vueltas y que de vez en cuando se lanzaban hacia Dilvish y se apartaban de los tajos de su espada; los seres tentaculares que se deslizaban detrás de Black, con las extremidades extendidas pero incapaces de seguir el paso del animal metálico, y el viento helado que parecía más que viento, lleno de veloces escamas y franjas negras, con olor a sepultura... En cuanto a los ocasionales ruidos de animales que oía, Dilvish no supo de qué versión de la realidad procedían.

Conforme el sol descendía por el oeste y las sombras se alargaban, el otro mundo y su constante luz plateada iba predominando en el duelo por dominar los sentidos de Dilvish. Si acaso, el mundo fantasma parecía más brillante, aunque sus nieblas eran proporcionalmente más densas. 

Dilvish se sintió agobiado por la posibilidad de que los objetos de aquel plano pudieran cobrar densidad con respecto a él mientras el día decaía en su mundo.

Algo de elefantinas proporciones se aproximaba por la izquierda de forma amenazadora. Avanzaba con rapidez para su tamaño, pero no podía igualar el paso de Black y pronto quedó atrás y se perdió de vista. Dilvish suspiró y miró al frente. Zarcillos, sólo en parte palpables, fustigaron sus calzones y mangas.

Cuando Black aflojó el paso para doblar un recodo del camino, Dilvish notó un peso repentino en la espalda y garras que se clavaban en sus hombros.

Tras revolverse y extender las manos, agarró un cuello bajo una grotesca cabeza con pico que se proyectaba hacia la suya. La fuerza del impacto y los movimientos le forzaron a soltarse de la silla. 

Al caer del lomo de Black, el mundo fantasma se desvaneció. La criatura, similar a un ave y del tamaño de un perrillo, dejó escapar un grito agudo y gorjeante, agitó sus membranosas alas al tocar el suelo, pero Dilvish la agarró con fuerza y se revolvió para caer encima de ella.

El extraño animal dio la vuelta debajo de Dilvish nada más caer, trató de alejarse dando tirones y agitó las alas contra la cabeza del hombre. Tras liberar su cuello de otro tirón, dio un salto atrás y miró alocadamente en todas direcciones. A continuación se lanzó al aire y planeó hacia la derecha de la senda hasta desaparecer entre los árboles.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Dilvish, acercándose a Black.

—Has logrado transportar a esa criatura del plano fantasma al nuestro —replicó Black—. La habías cogido cuando perdiste el contacto con el circuito del cinto, y la has tirado al suelo contigo. Felicidades. Tengo la impresión de que eso no ocurre muy a menudo.

—Vámonos de aquí antes de que vuelva —dijo Dilvish mientras montaba—. La sensación de éxito está bastante embarullada. ¿Qué hará ese animal en nuestro mundo, de todas formas?

—Probablemente seguirte para intentarlo otra vez —respondió Black—. Pero apuesto a que no durará demasiado. No sabe mucho de nuestro mundo y los predadores olerán la diferencia perfectamente. Algo acabará liquidándolo. —Black prosiguió la marcha—. Aunque será muy interesante —añadió en tono meditativo— si se topa con algún pollo.

—¿Por qué? —inquirió Dilvish.

—Conozco a ese animal por mis viajes en el otro plano, hace mucho tiempo —dijo Black—. Si uno de ellos llega aquí y encuentra gallinas, al poco tiempo hay nidadas de basiliscos. Les gusta comprobar con gallinas, y ese es el resultado normal. —El camino era recto y Black apretó de nuevo el paso—. Por fortuna, los basiliscos tampoco duran mucho en este plano.

—Es agradable saberlo —dijo Dilvish, agachándose bajo una rama fantasma, mientras su visión se adaptaba al otro plano.

La luz diurna huyó del mundo normal, y las formas de este se volvieron sombrías e inmateriales. El otro plano cobró mayor brillantez, más apariencia sólida. Para comprobarlo, Dilvish extendió la mano y arrancó una alargada hoja, aserrada y oscura, de un árbol que se agitó con el paso de Black. 

De inmediato la hoja se enrolló en la mano y sus puntas horadaron la piel con la sensación de una infinidad de picaduras de insecto. Dilvish maldijo mientras se la arrancaba y la tiraba.

—Curiosidad otra vez —observó Black—. No atormentes a las plantas. Son muy sensibles.

Dilvish replicó con una obscenidad y se frotó la mano.

Siguieron cabalgando varias horas, a velocidad mayor que la que cualquier caballo puede mantener. Dejaron atrás grandes y amenazadoras criaturas; otras más pequeñas y más rápidas las eludieron o se enzarzaron brevemente con ellas. Dilvish sufrió picaduras en el muslo izquierdo y en el brazo derecho.

—Eres muy afortunado, no se hallan entre los ejemplares venenosos —había comentado Black.

—¿Por qué no me siento afortunado? —había replicado Dilvish.

Finalmente llegaron a una elevación del terreno en el otro mundo, aunque el camino continuaba recto y llano. Hasta entonces habían encontrado declives y descensos en su plano, creando la impresión de cabalgar por el aire sobre el brillante paisaje, pero en ese momento Dilvish pensó por primera vez que iba a meterse en la ladera de la colina.

—¡Despacio, Black! ¡Despacio! —gritó Dilvish, en el mismo instante que una silueta humana salía de la grieta de una roca situada a la derecha para tomar posición en la senda ante ellos—. ¿Qué...?

—Lo veo —dijo Black—. He estado haciendo comprobaciones. Puedo mencionar que el paraje no es famoso por su habitación humana.

La figura, la de un viejo con una oscura capa, hizo un gesto con el bastón como si les rogara que se detuvieran.

—Paremos y veamos qué desea —dijo Dilvish.

Black se detuvo. El anciano sonrió.

—¿Qué desea? —preguntó Dilvish.

El viejo levantó una mano. Respiraba con dificultad.

—Un momento —dijo—. Debo recuperar el aliento. He estado proyectándome por todas partes, tratando de localizarlos. Duro trabajo.

—El cinto —dijo Dilvish.

El otro asintió.

—El cinto —convino—. Estás llevándolo en mala dirección.

—¿Sí?

—Sí. Por esto no recibirás nada de los kallusanos, ni siquiera las gracias. Son un pueblo bárbaro.

—Entiendo —dijo Dilvish—. Apuesto a que sois sacerdote de Salbacus, en Sulvar.

—¿Cómo podría negarlo? —preguntó el hombre—. Por desgracia, no poseo el poder de transportar un objeto como el cinto de un plano a otro ni de un lugar a otro. Por tanto, es precisa vuestra cooperación. Quiero asegurarles que serán bien recompensado por ello.

—¿Qué desea, exactamente, que haga yo?

—Desde este plano, observamos el hurto del cinto —respondió el anciano—. Previendo el robo, nuestro ejército ya estaba movilizado. Nuestros oficiales empezaban a trasladarlo en esta dirección cuando Fly se apoderó del cinto. Nuestro ejército prosigue su marcha, pero los kallusanos lo saben y se han movilizado. También los elfos vienen hacia aquí, desde el oeste.

—¿Pretende decir que estoy entre dos ejércitos movilizados?

—Exactamente. Bien, también tenemos destacadas fuerzas de ataque y grupos de exploración. Hay uno a menos de media hora en este camino. Lleva la estatua del templo de Salbacus. Sería más sencillo que diera media vuelta y fuera a su encuentro. Devolviera el cinto y el oficial del grupo le daría un salvoconducto para ir a Sulvar. Sería un héroe allí, y le pagarían bien. Por otra parte, también hay gente nuestra que pretende acabar con usted...

—Espere  un momento —dijo Dilvish—. Ser un héroe y recibir buen pago siempre es agradable, pero ¿qué me dice de este plano y de las bestias que veo ahora mismo y que se acercan de nuevo?

El sacerdote se echó a reír.

—El primer sacerdote de Salbacus que tenga ese cinto en sus manos anulará la maldición, no tema. ¿De acuerdo?

Dilvish no replicó.

—¿Qué opinas, Black? —musitó.

—Parece menos costoso matarte que recompensarte —respondió Black—. Por otro lado, los kallusanos se alegrarán de recuperar lo que les pertenece, y saben que tú no fuiste el primero en cogerlo porque conocen al ladrón.

—Cierto —dijo Dilvish.

—¿De acuerdo? —repitió el sacerdote.

—Creo que no —replicó Dilvish—. El cinturón es de los otros.

El sacerdote meneó la cabeza.

—No creo que alguien que cabalga por la campiña haga cosas como esta simplemente porque piensa que es correcto —dijo—. Es perversidad, eso es. Ese cinto ha sido robado y recuperado tantas veces que hemos perdido el rastro del principio de las cosas. No defienda espectrales nociones de honor, dando vueltas como un molino de viento y sin llegar a ninguna parte. Sea razonable.

—Lo lamento —dijo Dilvish—. Pero así va a ser.

—En ese caso —dijo el otro—, las tropas lo recogerán de sus restos.

Bajó su bastón de tal modo que la punta quedó extendida, como una lanza, hacia Dilvish. Al instante, Black se encabritó y el fuego danzó en sus ojos y el humo ondeó en su hocico.

En ese momento, un hombre bajito y regordete que vestía una capa marrón y también llevaba un bastón, salió de la grieta de la roca.

—Un momento, Izim —dijo, volviendo el bastón hacia el otro.

—¡Maldita sea! ¡Precisamente cuando acababa mi turno! —observó el sacerdote de Salbacus.

—Forastero, sigue cabalgando —dijo el recién llegado—. Soy sacerdote de Cabolus. Una fuerza de Kallusan se dirige hacia aquí, llevando la estatua de Cabolus. En cuanto el cinto ciña su cintura, las cosas se resolverán satisfactoriamente.

El sacerdote de Salbacus atacó con el bastón al segundo hombre, que paró el golpe, respondió y saltó a un lado. De inmediato, apuntó la punta de su bastón hacia el otro hombre y brotó una oleosa llama. El sacerdote llamado Izim bajó su báculo y de la punta salieron chorros de vapor que mojaron la llama del otro. Atacó de nuevo con el bastón y el otro paró el golpe.

—¡Se me ha ocurrido una duda! —gritó Dilvish— ¡Con respecto a la identificación! Con tantas tropas y dioses avanzando por la campiña, ¿cómo se distingue la estatua de Cabolus de la de Salbacus?

—¡Cabolus tiene la mano derecha levantada! —gritó el sacerdote bajito mientras golpeaba en el hombro al otro.

—¡Si cambia de opinión —exclamó Izim mientras hacía tropezar al otro—, Salbacus tiene la mano izquierda levantada!

El sacerdote de inferior estatura rodó en el suelo, se levantó y golpeó al otro en el estómago.

—Sigamos cabalgando —dijo Dilvish, y Black se adentró en la ladera y se hizo la oscuridad.

Dilvish perdió la noción del tiempo con la claustrofobia que siguió. Luego, vagamente, su mundo apareció como si lo viera a través de una nube de humo. Miró hacia atrás por encima del hombro y vio que había salido la luna.

—Espero que al menos hayas aprendido a no entablar conversación con personas que tratan de robarte —dijo Black.

—Bien, debes admitir que ese hombre tenía un relato interesante.

—Estoy seguro de que Jelerak dispone de fascinantes relatos, si de eso se trata.

Dilvish no respondió. Miró fijamente el lugar donde una lucecita había aparecido entre los árboles.

—¿Fuego de campamento? —dijo por fin.

—Yo diría que sí —replicó Black.

—Kallusanos o sulváreos, me pregunto...

—No creo que hayan puesto un letrero.

—Afloja el paso. Yo diría que se impone la clandestinidad.

Black obedeció y sus movimientos se hicieron silenciosos. Dilvish continuaba experimentando la sensación de estar bajo tierra, de que su mundo normal era un paraje en sombras alrededor de él mientras se desplazaban a un lado del camino, dejaban este y se adentran en el bosque. Black siguió hacia la izquierda y hacia adelante, describiendo una trayectoria circular en dirección al fuego. Dilvish esperaba no salir pronto de la colina fantasma, para no confundirse con imágenes dobles.

El bosque que recorrían parecía espectral; todos los sonidos se confundían y árboles y piedras tenían un rasgo apagado, como en un sueño. Las ráfagas de un apenas perceptible viento ponían en movimiento las ramas de los árboles que, como gestos en lo alto, se percibían a ambos lados. Dilvish creyó oír un aleteo detrás de él en un momento dado, se detuvo, aguardó, observó y no vio nada más. Nada surgió para desafiarle. Prosiguieron después por el oscurecido paisaje, hasta que Dilvish olió la hoguera y escuchó tenues sonidos de voces masculinas.

—Será mejor que continúe a pie —dijo Dilvish—. Las botas elfas son magníficas para acechar.

Black se detuvo.

—Me tomaré tiempo y te seguiré en silencio —dijo—. Si me necesitas de repente, estaré allí en seguida.

Dilvish desmontó. Al separarse de Black y del cinto de la alforja, la noche perdió en parte su característica espectral, como si el mundo se destapara poco a poco. El olor a moho y tierra mojada se hizo más intenso. El volumen de los sonidos nocturnos aumentó. Las voces del campamento también parecían más fuertes, el fuego más brillante.

Dilvish avanzó agachado entre los árboles protectores, y caminó a gatas e hizo más lentos todos sus movimientos al acercarse al borde del campamento. Finalmente se detuvo y observó. Al cabo de un rato Black llegó muy despacio junto a él y se quedó totalmente inmóvil.

Había allí una decena de hombres, recostados o yendo de un lado a otro del campamento, todos ellos portando armas y ataviados como para la guerra. Diversos caballos estaban atados contra el viento. La tierra estaba muy pisada y en algunos puntos parecía removida. 

Había ramas diseminadas por todas partes, tal vez para alimentar la hoguera. Más allá de esta y hacia la izquierda había una litera de plataforma. Asegurado y atado encima de ella había algo similar a una estatua, por lo que Dilvish pudo ver. Su visión estaba obstruida en parte por los dos hombres que se encontraban conversando ante la estatua.

—¡Muévanse, maldita sea! —dijo en voz baja Dilvish.

Pero transcurrieron varios minutos antes de que ello sucediera. Cuando los hombres se apartaron por fin, empero, Dilvish suspiró.

—Muy bien —musitó a Black—. El brazo derecho está levantado. Puedo devolver el cinto a la banda de Cabolus y quedar fuera del juego.

Se levantó, retrocedió, abrió la alforja y sacó el cinto.

—Aguardaré aquí —dijo Black—, preparado.

—Perfectamente —dijo Dilvish, y avanzó.

Se abrió paso por una pantalla de ramas y se quedó inmóvil. Jamás era buena práctica entrar corriendo sin previo aviso en un campamento militar, decidió. Un instante después el hombre, al que había considerado oficial, se volvió hacia él. Varios soldados próximos a la hoguera repararon también en su presencia y se levantaron con las manos extendidas hacia sus armas. Dilvish alzó su vacía mano derecha.

—¿Han recibido un mensaje —preguntó— relacionado con el cinto?

El hombre que había supuesto estaba al mando del grupo permaneció inmóvil un instante y luego asintió. Avanzó.

—Sí —dijo—. ¿Lo tiene?

Dilvish levantó la mano izquierda y dejó que el cinto se desenrollara como una impetuosa cascada.

—Lo cogí al hombre que lo robó —afirmó—. Él murió.

Avanzó, extendiendo el cinto.

—Tómenlo —dijo—. Lo aguardábamos desde la última visita de nuestro sacerdote. Nosotros...

Dilvish se detuvo; había notado debajo del pie algo blanco de un matorral de altas hierbas. Se agachó de pronto, cogió un objeto y lo levantó.

Lo que sostenía era una mano de hombre.

—¿Qué es esto? —exclamó mientras la soltaba.

Saltó hacia un lado y sacó la espada. Hundió la punta del arma en un lugar donde la tierra estaba removida. Era una tumba poco profunda. Un movimiento de barrido dejó al descubierto un fragmento enterrado de pierna.

El oficial se abalanzó hacia él con el rostro contorsionado, pero Dilvish agitó la espada en posición de guardia. El otro se detuvo al instante y levantó una mano para detener a sus hombres, que avanzaban hacia ellos.

—Una patrulla de sulváreos nos atacó aquí antes —explicó—. Los superamos y les ofreció un entierro decente... más de lo que ellos habrían hecho por nosotros, estoy convencido.

—Y luego actuaron para eliminar cualquier indicio del conflicto...

—¿A quién le gustarían semejantes recuerdos siniestros alrededor del campamento?

—En tal caso, ¿por qué taparlos donde cayeron, estorbando? ¿Por qué no trasladarlos a cierta distancia? Hay algo extraño aquí...

—Estábamos cansados —dijo el oficial— después de marchar durante un día entero. Déjalo así, forastero. Entrégueme el cinto ahora y se librará de su carga.

Extendió una mano y dio un paso al frente.

—A menos que...

El soldado dio otro paso y el arma de Dilvish se agitó hacia él.

—Un momento —dijo Dilvish—. Se me acaba de ocurrir otra explicación.

—¿Qué sería...? —preguntó el oficial, deteniéndose de nuevo.

—Supongamos que son los sulváreos. Supongamos que hubieran caído sobre este destacamento de kallusanos, que los hubieran matado a todos... y luego, tras haber recibido el mensaje de que yo venía hacia aquí, se apresuraron a limpiar todo esto y esperaron para reclamar el cinto...

—Eso es mucho suponer —dijo el oficial—, y al igual que muchas historias descabelladas, no sé ninguna forma de refutarla.

—Bien, tal como yo lo entiendo, el bando del dios que luce el cinto es el que tiende a ganar estos conflictos. —Dilvish dio un paso hacia la izquierda, se puso de lado, sin dejar de mantenerse en guardia y retrocedió hacia la estatua—. Por tanto, voy a devolver el cinto a Cabolus y seguiré mi camino.

—¡Alto! —exclamó el oficial mientras desenvainaba su espada—. ¡Sería sacrílego que sus manos no sagradas realizaran ese acto! 

—Lo he llevado encima muchas horas —dijo—, y por lo tanto el daño ya debe estar hecho... y aquí no veo a nadie que tenga un aspecto particularmente sacerdotal... Correré el riesgo.

—¡No!

El oficial se lanzó hacia él, con la espada en alto. Dilvish paró el golpe y contraatacó. Oyó ruido de cascos, y una silueta negra con apariencia de caballo salió del bosque y cayó sobre los otros hombres que corrían hacia Dilvish.

Black aplastó a varios soldados con su ímpetu inicial. Después dio media vuelta, se empinó y atacó con los cascos... y Dilvish supo que el fuego estaba ardiendo en su montura.

Dilvish se deshizo de su rival con un tajo en el cuello y continuó retrocediendo ante el ataque de otros tres hombres.

Dilvish cayó apoyado en una rodilla y acometió con la espada una maniobra que el soldado más cercano no había previsto. Pero los otros dos se separaron y trataron de cercarle.

Al otro lado del claro, brotaron las llamas de Black, y Dilvish oyó los gritos de los que caían ante ellas.

Dilvish esquivó al soldado que estaba a su derecha y se abalanzó sobre el otro, y trabó combate con él. En cuanto las espadas chocaron, no obstante, comprendió que había cometido un error. 

El hombre era rápido, en cuanto a destreza, por encima de la media. No parecía haber forma de acabar con él rápidamente o hacerlo retroceder para enfrentarse con el otro, que en ese mismo momento debía estar preparándose a saltar sobre Dilvish. 

Este, casi frenéticamente, empezó a dar vueltas, con la esperanza de colocar a su adversario entre él y el segundo soldado. Sin embargo, su rival se opuso a la maniobra, haciendo más lento su retroceso en diagonal. Y por el rabillo del ojo Dilvish vio que Black estaba demasiado lejos para acudir a tiempo en su ayuda.

Escuchó de nuevo el silbido, y el batir de alas. Reconoció a su némesis del plano fantasma, que volaba hacia él entre los árboles.

Dilvish paró el golpe de su adversario, saltó hacia atrás y se lanzó agachado ante el segundo soldado, con la espada en alto, en posición de guardia.

La deslizante sombra había virado hacia él mientras saltaba. Ya muy cerca, la criatura abrió las alas pero no logró detenerse a tiempo. Chocó con la espalda del segundo soldado, que cayó entre Dilvish y el otro. El caído se revolvió y atacó a la bestia con su espada. El animal saltó por debajo de la hoja, le hirió en el hombro y le buscó la cara con las garras.

Todavía agachado, Dilvish atacó la corva del otro hombre, que chilló ante el impacto. Tras levantarse, vio la oportunidad de asestar un golpe definitivo y lo ejecutó.

Al volverse, Dilvish vio que el ave fantasma acababa de perforar con su pico el cuello del hombre caído y estaba apartándose de la roja fuente que allí brotaba, con sus oscuros ojos fijos en él. Batió con fuerza las alas y saltó hacia Dilvish.

La espada centelleó y la cabeza de la criatura voló hacia la derecha mientras el cuerpo continuaba avanzando, despidiendo un fluido azul claro por el muñón del cuello. Dilvish se apartó y el cuerpo pasó junto a él y siguió corriendo sin rumbo después de tocar el suelo.

Dilvish comprobó que no había atacantes lanzándose hacia él; Black continuaba pateando cuerpos. Envainó la espada y desandó el camino de la lucha en busca del cinto, que había caído durante la pelea. Se agachó por fin y lo recogió cerca del cadáver del primer atacante. Lo limpió de tierra y se volvió hacia la estatua.

—Aquí está, Cabolus —anunció mientras avanzaba—. Voy a devolverte el cinto. Apreciaría mucho que despidieras a las bestias del plano fantasma y anularas mi visión del lugar. Lamento que mis manos no estén limpias, pero han tenido que pasar por ahí.

Se arrodilló y colocó el cinto alrededor de la cintura de la estatua. De inmediato notó que se suavizaba la luz en las proximidades, y las facciones toscamente talladas que tenía ante él le parecieron más naturales aunque menos humanas. Retrocedió acto seguido mientras brotaba luz de las cuencas oculares y en la mano alzada.

—¡Muy bien! ¡Oh, muy bien! —sonó una voz detrás.

Dilvish dio media vuelta y se encontró ante la figura poco menos que sólida del grueso sacerdote que había conocido con anterioridad. El ojo izquierdo del recién llegado estaba cerrado por la hinchazón y en la frente tenía una herida. Se apoyaba con fuerza en su bastón.

—Los combates astrales parecen tan duros como los normales —observó Dilvish.

—Tendría  que ver al otro sacerdote —dijo el visitante—. Ha hecho un buen trabajo, forastero —y en ese instante el sacerdote señaló el campamento—, con un excelente sacrificio de sangre para calentar el corazón del viejo Cabolus.

—La razón ha sido un poco más temporal que espiritual —observó Dilvish.

—No importa, no importa... —musitó el sacerdote—. Se ha granjeado la buena voluntad de Cabolus. Puesto que el equilibrio ha vuelto a romperse, pronto celebraremos un festín en Sulvar, y habrá ejecuciones, incendios y excelente botín. Será recompensado por vuestra colaboración.

—Ya que habéis recuperado el cinto, ¿por qué no limitarse a dar por concluido el asunto y volver al hogar?

El sacerdote enarcó una ceja.

—Está  bromeando —dijo—. Ellos empezaron. Necesitaban una lección. De todos modos es nuestro turno. Ellos han hecho lo mismo con nosotros en vida mía. Y además, las tropas ya están en marcha. Imposible hacerlas regresar en este momento sin alguna acción, habría problemas. No, esa es la esencia del asunto. En realidad, algunos soldados llegarán aquí dentro de poco. Puede unirse a nuestro bando. Será un honor combatir por Cabolus... y tendrá una parte del botín.

Mientras tanto, Black se había acercado en silencio y estaba escuchando.

—Me pregunto —dijo por fin la negra montura— si habrá encontrado alguna gallina mientras estaba por aquí... —Estaba contemplando la cabeza caída del ave fantasma.

—Gracias por vuestra amable oferta —dijo Dilvish a la imagen del sacerdote—. Pero me espera un largo viaje y no deseo demorarme. Renuncio a mi parte del botín. —Montó a Black—. Buenas noches, sacerdote.

—En tal caso, el templo reclamará vuestra parte —dijo el sacerdote, sonriente—. Buenas noches pues, y que la bendición de Cabolus lo acompañe.

Dilvish se estremeció antes de saludar con una inclinación de cabeza.

—Pongamos pies en polvorosa —dijo Black—, y evitemos cualquier campo de batalla.

Black se volvió hacia el sur y se adentró en el bosque, dejando en el claro manchado de sangre la reluciente estatua del brazo levantado y al nebuloso sacerdote del ojo hinchado. La descabezada ave fantasma fue dando tumbos por el claro una vez más, y cayó después, agitando las alas y derramando fluido, cerca de un cadáver y de la hoguera. 

En lontananza sonaban las vibraciones de una tropa de caballería en pleno avance. La luna flotaba más alta, pero las sombras eran claras y vacuas. Black bajó la cabeza y todo desapareció dando vueltas.

La tarde siguiente, en otro camino que serpenteaba hacia el sur a través del bosque, una mujer joven salió corriendo de los árboles y se acercó a los viajeros.

—¡Buen caballero! —gritó a Dilvish—. ¡Mi amado yace herido en lo alto de esta colina! ¡Unos salteadores nos atacaron hace poco! ¡Por favor, vengan y ayúdenlo!

—Alto, Black —dijo Dilvish.

—Claro —dijo Black en un siseo casi inaudible—. Es uno de los juegos más viejos del libro. Tú la sigues y un par de hombres armados te tienden una emboscada. Los derrotas y la mujer te dará una cuchillada en la espalda. Incluso hay baladas con este tema. ¿No aprendiste nada ayer?

Dilvish contempló los hinchados ojos de la joven, observó cómo retorcía sus manos.

—Ella podría estar diciendo la verdad, compréndelo —dijo en voz baja.

—¡Por favor, caballero! ¡Por favor! ¡Venga en seguida! —gritó la mujer.

—Aquel primer sacerdote tenía bastante razón, diría yo —observó Black.

Dilvish le dio una palmada en el cuello y hubo un tenue sonido metálico.

—Maldito si lo dices, maldito si no lo dices —comentó Dilvish mientras desmontaba.

Dilvish, El Maldito - Roger Zelazny (Parte 1)

Dilvish había salido hacía tres días de Golgrinn, donde había trabajado dos semanas con el equipo que reparaba los muros de la ciudad, dañados durante el infructuoso cerco de una banda de proscritos. 

Había sido una tarea dura y polvorienta, pero los trabajadores disfrutaban de buena comida, y él había ganado suficientes monedas para llenar la bolsa después de casi duplicar el importe de sus pagas jugando en la taberna. 

Con provisiones en sus alforjas, Dilvish se dirigía hacia el sur en un soleado atardecer, recorriendo un territorio montañoso y arbolado en dirección a las montañas Kannai. 

Siempre hacia las Kannai a partir de entonces. Dilvish había planeado ese rumbo hacía un mes, cuando el poeta y adivino ciego, Olgric, le dijo que encontraría allí lo que buscaba. En un viejo castillo que algunos llamaban Eterno...

Cabalgando sin dejar de pensar en ello, Dilvish pasó un recodo y vio su camino obstruido por un hombre que blandía una espada.

—¡Viajero, ten las riendas! —gritó el desconocido—. ¡Voy a quedarme con tu bolsa!

Dilvish miró rápidamente a ambos lados del camino. El hombre parecía no tener compañeros.

—¡Eso ya lo veremos! —dijo acto seguido, y desenvainó su espada.

Su enorme montura negra no aflojó el paso, sino que se dirigió directamente hacia el desconocido. Cuando la mirada de este se posó en el pulido costado de Black, el asaltante se apartó de un brinco y lanzó un tajo a Dilvish.

Dilvish paró el golpe pero no lo devolvió.

—Un aficionado. No te detengas —dijo a Black—. Que derroche su sangre con otro.

Detrás, el salteador lanzó el arma al suelo.

—¡Mierda! —exclamó—. ¿Por qué no has atacado?

—Detente, Black —dijo Dilvish.

Black se detuvo, y Dilvish se volvió y miró hacia atrás.

—Perdóname. Pero has despertado mi curiosidad —dijo—. ¿Querías que te diera un tajo?

—¡Cualquier viajero decente me habría atacado!

Dilvish meneó la cabeza.

—Creo que precisas más instrucción en los principios del latrocinio armado —dijo—. La idea es enriquecerse a expensas de otros sin sufrir daños personales. Si tiene que haber daños, debe sufrirlos el otro bando.

—Eso ya lo veremos —dijo el desconocido. Un fulgor de astucia apareció en sus ojos. Después se agachó rápidamente y recogió la espada. Se abalanzó hacia Dilvish, blandiendo en alto el arma.

Sin haber envainado su espada, Dilvish se limitó a esperar. Cuando el otro atacó, dio un fuerte golpe. La espada voló de la mano del salteador y cayó en el camino a varios pasos de distancia.

Dilvish desmontó de inmediato y corrió. Puso un pie sobre el arma antes de que el otro pudiera recogerla.

—¡Has vuelto a hacerlo! ¡Maldita sea! ¡Has vuelto a hacerlo! —Los ojos del hombre se habían humedecido—. ¿Por qué no has respondido?

De pronto se abalanzó hacia adelante y trató de empalarse en la hoja de Dilvish.

Dilvish apartó la punta y cogió por el hombro al desconocido. Era un hombrecillo con una barba oscura y estrecha y ojos negros, y llevaba un aro de plata en la oreja izquierda. Visto de cerca era más viejo que al principio, con una red de arrugas alrededor de los ojos.

—Si necesitas algunas monedas o un trozo de pan —dijo Dilvish— yo te lo daré. No me gusta ver tanta desesperación... y además estúpida, la verdad sea dicha.

—¡No me interesa! —exclamó el otro.

Dilvish apretó su presa, ya que el desconocido había empezado a debatirse.

—Bien, ¿qué es lo que pretendes, pues?

—¡Quería que me mataras!

Dilvish suspiró.

—Lo siento, pero no te complaceré. Soy muy escrupuloso con la gente que mato. No me gusta que me fuercen a hacer esta clase de cosas.

—¡Suéltame, pues!

—No pienso seguir con este juego. Si estás tan ansioso de morir, ¿por qué no lo haces tú mismo?

—Soy cobarde para eso. He querido hacerlo varias veces, pero el valor me falla siempre.

—Tengo la impresión de que debería haber seguido cabalgando —dijo Dilvish.

Black, que se había aproximado y estaba examinando atentamente al hombrecillo, asintió.

—Sí —dijo en un siseo—. Déjalo sin sentido y sigamos nuestro camino. Hay algo extraño aquí. Un sentido que había olvidado poseer está empezando a funcionar.

—Habla... —dijo en voz baja el hombrecillo.

Dilvish alzó el puño, se detuvo después.

—No será nocivo escuchar su historia —dijo.

—Ha sido la curiosidad lo que te ha hecho detenerte —le recordó Black—. Triunfa sobre ella esta vez. Golpéalo y abandónalo al destino que se merezca.

Pero Dilvish vaciló ante el cenagal de una victoria moral. Meneó la cabeza.

—Quiero saber —afirmó.

—Maldita curiosidad de mono —dijo Black—. ¿De qué puede servirte ese conocimiento?

—Si es por eso, ¿qué daño puede causarme?

—Podría especular durante horas, pero no lo haré.

—Habla —repitió el hombrecillo.

—¿Por qué no haces tú lo mismo? —dijo Dilvish—. Explícame por qué estás tan ansioso de morir.

—Tengo un problema tan terrible que esa es la única salida.

—Tengo la sensación de que además es una larga historia —comentó Black.

—Moderadamente larga —dijo el hombrecillo.

—En ese caso, es hora de cenar —dijo Dilvish, y extendió la mano hacia una alforja. Aflojó su presa sobre el hombro del salteador—. ¿Me acompañas? —le preguntó.

—No tengo hambre.

—Es mejor morir con el estómago lleno, diría yo.

—Quizá tengas razón. Llámame Fly —dijo el hombrecillo.

—Curioso nombre.

—Escalo paredes. —Fly se frotó el hombro—. Entro en los lugares más infernales.

Dilvish envainó la espada y sacó carne, pan y una bota de vino de la alforja. Black se situó sobre la caída arma de Fly.

—Dilvish —dijo Black—, hay algo que no es normal en este lugar.

Dilvish avanzó hacia un pequeño claro junto al camino, llevando la comida. Miró a Fly.

—¿Puedes ilustrarnos al respecto? —inquirió.

Fly asintió.

—No hay problema —dijo—. Se han retirado. Están confundidos por ti y por eso... —señaló a Black—. Pero no puedo esquivarlos eternamente.

—¿Quiénes son?

Fly sacudió la cabeza y tomó asiento en el suelo.

—Será más comprensible si me dejas explicarlo tal como sucedió.

Dilvish cortó la comida con su daga, partiéndola. Abrió la bota.

—Prosigue.

—Robo cosas —empezó Fly—. Oh, no como lo he intentado contigo. Nunca a punta de espada. Voy a un sitio y averiguo qué objetos valiosos guardan allí. Pienso cómo conseguirlos. Me voy deprisa después y me desembarazo de las cosas a buena distancia de los lugares donde las conseguí. A veces me pagan para robar un objeto particular. Otras veces actúo por cuenta propia.

—Arriesgada forma de vida —comentó Black, acercándose—. Me sorprende que haya durado tanto.

Fly se encogió de hombros.

—Es un medio de vida —dijo.

Hubo un susurro en los árboles, como de un cuerpo enorme que recorría la maleza. Fly se puso en pie de un salto y miró en esa dirección. Permaneció observando un rato, pero el ruido no se repitió. Se alejó unos pasos después, metió la mano en...

—¿La tierra fantasma? —preguntó Dilvish mientras una extraña depresión brotaba en la tierra al otro lado de los árboles, triangular y con pequeños agujeros a lo largo de la base—. ¿Qué es eso de la tierra fantasma?

Fly comió más deprisa, masticó y tragó, se atiborró.

—Otro plano de existencia —logró decir con la boca llena de pan— contiguo a este, eso dicen. Se entrelaza con el nuestro en diversos puntos. Fluctúa un poco. Es el reino de Cabolus, en cierto sentido. Lo atraviesa cuando hace recados para otros. Lleno de asquerosas presencias, aunque dejan en paz a los sacerdotes... incluso aceptan órdenes de estos, con cierta persuasión, eso dicen. Los sonámbulos se introducen en esa tierra y aprenden muchas cosas. Y pueden ver nuestro mundo desde allí. Deben haberme localizado de esa forma...

Dilvish vio formarse otra huella, aparte de la primera.

—Los seres de ese plano ¿pueden manifestarse en este? —preguntó.

Fly asintió.

—El viejo sacerdote Inrigen lo hizo. Apareció ante mí en el camino y me ordenó devolver el cinto.

—¿Y...?

—Yo sabía que me matarían si lo hacía, y él dijo que enviarían a las bestias fantasmas en mi busca si no lo hacía. En cualquier caso, yo perdía.

—Por eso decidiste que era mejor desaparecer rápidamente.

—No al principio. Pensé que podía huir. Mira, fueron los sacerdotes de Salbacus los que me pagaron para conseguir el cinto, para dar predominio a su dios. De haber podido llegar hasta ellos, me habrían protegido. En cuanto hubieran tenido el cinto, habrían emprendido la guerra con Kallusan. Hay partidas que se dirigen hacia aquí para encontrarme y luego continuar hacia Kallusan en cuanto Salbacus se ponga el cinto. Pero aún no han llegado y las bestias me han alcanzado. Sé que ahora no puedo conseguirlo, y que van a matarme de una forma horrible.

—¿Cómo sabes que te han localizado si son seres inmateriales?

—El poseedor del cinto ve en ese plano.

—En ese caso sugiero que mires hacia allí —dijo Dilvish, señalando el lugar del suelo donde acababan de aparecer otras dos peculiares huellas— y me digas si ves algo especial.

Fly dio media vuelta bruscamente. Casi al momento alzó el cinto como si fuera un escudo.

—¡Atrás! —gritó—. ¡En nombre de Cabolus! ¡Os lo ordeno!

Se formó otra huella, más cerca.

—¿Y si renunciaras al cinto? —preguntó Dilvish, disponiendo la espada en su mano—. ¿Y si lo tiraras?

—De nada serviría —respondió Fly—. Les han ordenado que busquen también al poseedor del cinto.

Apareció otra huella, más cerca.

Fly volvió la cabeza de pronto y miró fijamente a Dilvish. Se humedeció los labios, miró otra vez hacia las huellas.

—¡Mirad! —gritó súbitamente—. ¡Entrego el cinto a este hombre! ¡Se lo entrego! ¡Es suyo ahora!

Lo lanzó a Dilvish y el cinto cayó en el hombro de este. De inmediato creyó estar contemplando el mundo a través de una neblina crepuscular. Y luego, en el centro de la arboleda...

Ruidosamente, la forma de Black se interpuso entre Dilvish y la visión. Dilvish oyó los espantosos chillidos de Fly junto a ruidos de trituración, masticación y sonidos de movimiento.

Tras levantarse, tiró el cinto al suelo y miró por encima del cuerpo de Black. Fly yacía en tierra, y le faltaba el brazo izquierdo. Mientras Dilvish miraba, el brazo derecho, el hombro y una porción del pecho se esfumaron tras otro ruido de masticación; la sangre oscureció la tierra entre unos nuevos sonidos repugnantes.

—¡Pongamos pies en polvorosa! —dijo Black—. ¡Esa criatura es enorme!

—¿La ves?

—Vagamente, ahora que funciono en el nivel adecuado. ¡Monta!

Dilvish obedeció. Mientras lo hacía, la cabeza, el cuello y el resto del pecho de Fly desaparecieron.

Black dio media vuelta, en el mismo instante que cuatro hombres a caballo y con las espadas desenvainadas entraban en la arboleda para impedirle el paso.

—¡Por Salbacus! —gritó el primero, embistiendo a Dilvish con el arma en alto.

—¡El cinto! —exclamó otro, siguiéndole.

Los otros dos se dispusieron a tomar posiciones laterales. Black cargó contra el primer jinete y Dilvish hizo una finta y atacó, alcanzándolo en el vientre. Al segundo jinete lo hirió en el cuello con la punta de su espada.

Black se encabritó después, y sus cascos metálicos golpearon al tercer jinete. Dilvish oyó caer a jinete y caballo mientras se volvía para parar un golpe del restante caballero. Su ataque fue parado. Atacó de nuevo con el mismo resultado.

—Entregadme el cinto y salvaréis la vida —dijo el jinete.

—No lo tengo. Está en el suelo. Más atrás —respondió Dilvish.

El desconocido volvió la cabeza y Dilvish se la arrancó de los hombros. Black dio media vuelta y se empinó, lanzando fuego por la boca y el hocico.

Una enorme flor de fuego se desplegó ante él. Se produjo un siseo que creció hasta convertirse en un silbido y estalló en una serie de pitidos que cesaron después, como si algo retrocediera en el bosque.

Cuando las llamas y sus imágenes consecutivas desaparecieron, Dilvish vio que sólo quedaba el pie derecho de Fly en el lugar empapado de sangre donde había caído, que gran número de marcas triangulares estaban impresas alrededor del charco y que un rastro de esas marcas se perdía entre los árboles.

Dilvish oyó una risa en el suelo. El hombre al que había herido en el vientre estaba sentado, encogido, agarrándose las entrañas. Pero sus ojos estaban alzados y en su semblante aparecía una tensa mueca.

—¡Oh, fantástico, fantástico! —dijo—. Arrojar fuego para ahuyentarlos. Matarnos a todos.

Después movió la pierna y bajó la mano para coger algo. Un objeto centelleó, y el moribundo alzó la mano. Dilvish vio que el herido había estado sentado encima del cinto, que en ese momento aferraba con fuerza y sostenía ante él, con la cara empapada de sudor.

—¡Pero los míos vendrán a por él! ¡Los sacerdotes de Salbacus están atentos! ¡Huid! ¡Las bestias volverán, os seguirán aunque el día decaiga! Coged el cinto de la mano de un muerto si os atrevéis... ¡Y os ganaréis mi maldición! ¡Será nuestro a pesar de todo! Mis compañeros celebrarán un festín en Kallusan dentro de poco, ¡y harán arder la ciudad antes de terminar! ¡Huid, maldito seáis! ¡Que Salbacus os maldiga y que se me lleve ahora!

El desconocido se desplomó, con el brazo extendido ante él.

—No ha sido un mal discurso de despedida —observó—. Contiene todos los elementos clásicos: la amenaza, la maldición, la correspondiente bravata, la invocación de la deidad...

—Magnífico —reconoció Dilvish—. Pero si guardas la crítica literaria para más tarde, me gustaría saber algo más práctico: ¿acabas de hacer retroceder a una criatura invisible de solidez suficiente para devorar a Fly?

—Lo ha devorado casi por completo.

—¿Volverá?

—Probablemente.

—¿Para buscarme, o para coger el cinto?

—Para buscarte, sí. No creo que su naturaleza le permita coger el cinto. Ese cinto parece coexistir aquí y en el plano fantasma, y creo que su contacto sería doloroso, si no fatal, para los habitantes de ese lugar. Se trata de un nexo de peculiares energías.

—En ese caso yo estaría en mejores condiciones cogiendo el cinto que abandonándolo. Podría ofrecerme un poco de protección.

—Sí, eso es cierto. Pero también te convertiría en objeto de caza para las tropas sulváreas.

—¿Cuánto tenemos que huir para librarnos de las bestias fantasmas?

—No sabría decirlo. Tal vez puedan perseguirte prácticamente a cualquier parte.

—Eso no me deja mucha elección, entonces.

—Creo que no.

Dilvish suspiró y desmontó.

—De acuerdo. Llevaremos esto a Kallusan, explicaremos lo sucedido y lo entregaremos a los sacerdotes de Cabolus. Esperando que nos den oportunidad de explicarlo, claro está.

Recogió el cinto fantasma.

—Qué demonios —dijo, se lo puso a la cintura y lo ató.

Miró hacia arriba y se tambaleó. Extendió una mano.

—¿Qué ocurre? —preguntó Black.

El mundo estaba lleno de una luz plateada que se filtraba a través de una nebulosa calina. Y no tenía los mismos rasgos que hasta entonces. Dilvish seguía viendo la arboleda, los cadáveres, a Black y los árboles del borde del claro. 

Pero también había árboles donde él no recordaba haber visto ninguno: ejemplares delgados y oscuros, uno de ellos alzado entre Black y él. El terreno parecía más elevado, aparte de eso, con su visión doble, como si él se hallara hundido hasta la rodilla en un montecillo gris. 

El horizonte estaba oculto por las brumas. Había una roca negra a la izquierda. Detrás de ella formas como dibujadas al carbón parecían agitarse en la penumbra. Dilvish extendió el brazo hacia el árbol fantasma que había a su derecha. Lo notó, pero su mano lo atravesó, como si fuera agua en movimiento y sin salpicaduras. Estaba frío.

Black repitió su pregunta.

—Estoy viendo doble... nuestro mundo, y supongo que ese otro plano mencionado por Fly —replicó Dilvish.

Desató el cinto y se lo quitó. Nada cambió.

—No desaparece —dijo.

—Todavía sostienes el cinto. Mételo en la alforja y monta. Será mejor que nos movamos.

Dilvish obedeció.

—Todo igual —dijo.

—La proximidad, en ese caso —replicó Black.

—¿Te afecta a ti, ahora que lo llevas encima?

—Así sería si yo lo permitiera. No obstante, estoy bloqueando ese plano. No puedo permitirme el riesgo de correr con una visión doble. Pero mientras continuamos echaré un vistazo de vez en cuando.

Black empezó a moverse en la dirección donde según Fly se hallaba Kallusan, y se adentró en una parte del bosque sin caminos.

—Será mejor que consultes tu mapa para ir a Kallusan —dijo—. Busca la ruta preferible.

Dilvish apartó la mirada de la vertiginosa escena y sacó el mapa de un bolsillo de la otra alforja.

—Ve en línea recta —dijo— hasta que llegues al camino por donde vinimos, más allá del recodo. Será más fácil si retrocedemos un poco. Llegaremos a una parte de campiña más despejada.

—De acuerdo.

Black dio media vuelta. Al poco rato encontraron el camino. En ese momento Dilvish pensó que estaba lejos e iluminado a media luz. Se dio cuenta de que se agachaba para evitar ramas que no eran más que brisas en su cara. 

Cada vez era más difícil mantener separados los dos mundos. Trató de cerrar los ojos un rato, pero en seguida le asqueó el vértigo que ello producía.

—No hay ninguna forma de que tapes la visión para mí, ¿me equivoco? —dijo mientras atravesaban al galope lo que parecía un sólido peñasco, con sensaciones idénticas a las de cruzar un túnel de hielo.

—Lo siento —respondió Black—. Esa habilidad no parece ser transferible.

Dilvish maldijo y continuó agachado. Al cabo de un rato, llegaron a una bifurcación del camino que habían pasado con anterioridad y siguieron por la senda de la izquierda: bien señalada, bastante llana y descendiendo ligeramente. 

 

(CONTINUARÁ...)