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El príncipe rana - James Finn Garner

Érase una vez una joven princesa de la que cuentan que, cada vez que se cansaba de partirse la cabeza contra la estructura masculina de poder reinante en su castillo, solía relajarse paseando por los bosques y sentándose junto a un pequeño estanque. 

Allí, se entretenía lanzando al aire su pelota dorada preferida y cavilando acerca del papel de las luchadoras ecofeministas en su época.

Un día, mientras se recreaba imaginando la utopía en que podría convertirse su reino de ocupar las mujeres los círculos de poder, dejó caer la pelota, y ésta rodó hasta el estanque. 

El estanque era tan profundo y lóbrego que la princesa no lograba ver dónde había ido a parar. Ni qué decir tiene que no lloró, si bien sí anotó mentalmente que debería tener más cuidado en el futuro.

Súbitamente, oyó una voz que le decía: —Princesa, yo podría devolveros vuestra pelota.

Miró a su alrededor y vio la cabeza de una rana que asomaba sobre la superficie del estanque. —No, no —dijo—, jamás esclavizaría a un miembro de otra especie animal obligándolo a trabajar en beneficio de mis egoístas intereses. —Bien, ¿qué os parece entonces si llegamos a un acuerdo basado en estas circunstancias concretas? Recuperaré vuestra pelota si a cambio me hacéis un favor.

La princesa accedió de buen grado a tan cabal propuesta. La rana se sumergió bajo el agua y, a los pocos instantes, emergió portando en la boca la pelota dorada. Tras escupirla sobre la orilla, dijo: —Y ahora que yo os he hecho un favor, querría sondear vuestra opinión acerca de la atracción física entre especies distintas.

La princesa no lograba imaginar de qué podía estar hablando la rana, pero ésta continuó: —Veréis... lo cierto es que no soy ni mucho menos una rana. En realidad, soy un hombre, al que un malvado brujo hizo víctima de un hechizo. Por más que mi forma anfibia no sea ni mejor ni peor que mi forma humana —sino únicamente diferente—, me encantaría rodearme de nuevo de la compañía de las personas. Y lo único que puede romper este hechizo es el beso de una princesa.

La princesa reflexionó un momento acerca de las posibilidades de acoso sexual entre especies distintas, pero los argumentos de la rana habían ablandado su corazón. Se inclinó y depositó un beso sobre la frente de la rana. 

Y allí mismo, sobre el mismo estanque en el que había descubierto al animal, apareció ante sus ojos un hombre ataviado con una camisa de golf y unos pantalones a cuadros francamente chillones: se trataba de un individuo de mediana edad, verticalmente limitado y ligeramente escaso de cabello en su zona superior.

La princesa se quedó estupefacta. —Lamento mucho si lo que voy a decir suena algo clasista —tartamudeó—, pero... en fin, quiero decir que... tenía entendido que los brujos solían aplicar sus hechizos a príncipes. —Por lo general, sí —dijo él—, pero esta vez la víctima resultó ser un hombre de negocios normal y corriente. El caso es que trabajo en una compañía de promoción inmobiliaria, y el brujo pensó que pretendía engañarle en un litigio de lindes. Sea como fuere, me invitó a jugar al golf y, justamente cuando me disponía a dar el primer golpe, me transformó. Sin embargo, no quisiera que pensara que he perdido el tiempo durante el período que he pasado convertido en rana. He tenido ocasión de conocer cada centímetro cuadrado de estos bosques y pienso que se trata de una zona ideal para construir un complejo de oficinas, urbanizaciones y apartamentos en multipropiedad. ¡Está magníficamente situado, y las cifras encajan a la perfección! El banco no hubiera aprobado ningún préstamo tratándose su cliente de una rana, pero ahora que he recuperado mi forma humana, vendrán a comerme de la mano. ¿Os imagináis? ¡Qué maravilla! Y, os lo aseguro: hablo de un proyecto ambicioso. Basta con desecar el estanque, talar el ochenta por ciento de los árboles y contratar mano de obra para...

El promotor-rana vio interrumpido su discurso: la princesa le había embutido la pelota dorada entre los dientes. A continuación, la joven volvió a sumergirle bajo el agua y le sujetó allí con fuerza hasta que dejó de debatirse. 

Mientras regresaba caminando hacia el castillo, no pudo por menos de asombrarse ante el número de buenas acciones que puede llevar a cabo una persona en una sola mañana. Y, aunque pudo haber quien echara de menos a la rana, nadie volvió a acordarse jamás del promotor inmobiliario.

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 1)

El negro animal con forma de caballo se detuvo en la helada senda. Con la cabeza vuelta hacia la izquierda y hacia arriba, contempló el castillo en lo alto de la fulgurante montaña, igual que su jinete.

—No —dijo por fin el hombre.

La negra bestia siguió cabalgando, y el hielo crujió bajo sus hendidos cascos metálicos y la nieve flotó alrededor de ellos.

—Empiezo a sospechar que no hay camino —anunció el animal al cabo de un rato—. Casi hemos dado media vuelta.

—Lo sé —replicó el embozado jinete de las botas verdes—. Yo podría escalar esto, pero eso significaría dejarte aquí.

—Arriesgado —contestó su montura—. Conoces mi valor en determinadas situaciones... en especial la situación a que vas a exponerte.

—Cierto. Pero si no hay otro remedio...

Siguieron avanzando un rato, haciendo periódicas pausas para examinar la prominencia.

—Dilvish, la pendiente tenía una parte más suave... más atrás, a cierta distancia —anunció el animal—. Con un buen impulso, puedo dejarte bastante arriba. No en la cumbre, pero cerca.

—Si no hay otro remedio, Black, iremos por allí —replicó el jinete. El aliento que humeaba ante él fue arrastrado por el viento—. Pero podríamos seguir buscando antes. ¡Vaya! ¿Qué es...?

Una oscura silueta se precipitaba montaña abajo. Cuando parecía estar a punto de chocar con el hielo delante de Black, extendió unas alas verde claro, similares a las de un murciélago, y se elevó. Dio rápidas vueltas, cobró altura, se precipitó hacia ellos.

De inmediato la espada estuvo en la mano de Dilvish, sostenida verticalmente ante él. Se echó hacia atrás, con los ojos fijos en la criatura que se aproximaba. Al ver el arma, el atacante se desvió, para volver inmediatamente. Dilvish atacó y falló el golpe. La criatura se alejó velozmente otra vez.

—Es obvio que nuestra presencia ha dejado de ser un secreto —comentó Black, volviéndose para quedar frente a la criatura voladora.

El atacante descendió de nuevo y Dilvish asestó otro golpe. La criatura se desvió en el último instante, siendo alcanzada por el filo de la espada. Cayó, revoloteó, se elevó, dio varias vueltas, ascendió a más altura, se alejó. Comenzó a remontar la ladera de la Torre de Hielo.

—Sí, parece que hemos perdido la ventaja de la sorpresa —observó Dilvish—. En realidad, pensaba que él nos habría visto antes.

Envainó la espada.

—Vamos a buscar ese camino... si es que hay alguno.

Prosiguieron su marcha alrededor de la base de la montaña. 

Igual que un cadáver, el rostro verde y blanco miraba desde el espejo. Nadie había de pie ante el cristal para proyectar esa imagen. El alto salón de piedra se reflejaba detrás del rostro, con los raídos tapices de sus paredes, varias estrechas ventanas, la pesada y larga mesa con un candelabro flameando en el extremo más alejado. El viento emitía gemidos en una chimenea cercana, aplanando y alargando las llamas alternativamente en el amplio hogar.

El rostro parecía estar contemplando a los comensales: un hombre joven, delgado, moreno y de ojos oscuros, ataviado con una casaca negra de verdes bordes, que jugueteaba con la comida y cuyos nerviosos gestos ponían sus dedos en contacto continuo con un grueso anillo de negro metal que tenía una piedra de color rosa y colgaba de una cadena alrededor del cuello; y una joven, de cabello y ojos iguales que los del hombre, cuyos generosos labios se curvaban de vez en cuando formando raras y breves sonrisas mientras comía con mejor apetito. La joven llevaba sobre los hombros una capa marrón y roja, con las puntas plegadas en su regazo. Sus ojos no eran tan hundidos como los del hombre y no se agitaban tanto.

La criatura del espejo movió sus pálidos labios.

—Se acerca la hora —anunció con voz grave e inexpresiva.

El joven se inclinó y cortó un trozo de carne. La mujer alzó su vaso de vino. Algo pareció agitarse un momento en una de las ventanas. En alguna parte del alargado pasillo situado a la derecha de la joven, una voz agónica gritó:

—¡Soltadme! ¡Oh, por favor, no hagáis esto! ¡Por favor! ¡Me hace mucho daño!

La joven sorbió el vino.

—Se acerca la hora —repitió el ser del espejo.

—Ridley, ¿me pasas el pan? —pidió la mujer.

—Ten.

—Gracias.

La joven cortó un trozo y lo mojó en la salsa. El hombre la observó mientras comía, como si ese acto le fascinara.

—Se acerca la hora —repitió la criatura.

De pronto Ridley golpeó la mesa. Los cubiertos resonaron. Gotas de vino cayeron en su plato.

—Reena, ¿no puedes hacer callar a ese maldito? —preguntó Ridley.

—Pero si tú lo llamaste —dijo dulcemente ella—. ¿No puedes agitar tu varita o chasquear tus dedos y decirle las palabras adecuadas?

El joven golpeó de nuevo la mesa, medio levantado de su silla.

—¡No se burlará de mí! —exclamó—. ¡Hazlo callar!

Reena meneó lentamente la cabeza.

—No es mi estilo de magia —replicó, con menos dulzura—. Yo no bromeo con cosas como esa...

Del pasillo llegaron más gritos.

—¡Qué daño! ¡Oh, por favor! ¡Duele tanto!

—... O como esa —dijo Reena con más seriedad—. Además, entonces me explicaste que tenía una finalidad útil.

Ridley se dejó caer en la silla.

—No era... yo mismo —replicó en voz baja. Cogió el vaso y lo apuró.

Un individuo con cara de momia y delantal oscuro salió corriendo del sombrío rincón próximo al hogar para llenar de nuevo el vaso. Muy tenue, y a gran distancia, se produjo un matraqueo, como de cadenas. Una oscura silueta chocó con otra ventana. Ridley manoseó la cadena que llevaba al cuello y siguió bebiendo.

—Se acerca la hora —anunció el cadavérico rostro del espejo.

Ridley le lanzó el vaso. Este se rompió, pero el espejo permaneció intacto. Quizás una levísima sonrisa asomó en las comisuras de los espectrales labios. El criado se apresuró a traer otro vaso.

Hubo más gritos en el corredor. 

—Esto va mal —afirmó Dilvish—. Hemos dado más de una vuelta. No veo ningún camino fácil para subir.

—Ya sabes cómo son los magos. En especial este.

—Cierto.

—Tendrías que haber preguntado al hombre lobo que encontraste hace poco.

—Demasiado tarde. Si seguimos, pronto llegaremos a esa pendiente que has mencionado, ¿no es cierto?

—Por fuerza —replicó Black, sin dejar de andar—. Me vendría bien un cubo de jarabe infernal. Incluso me conformaría con vino.

—Ojalá tuviera vino para mí. No he vuelto a ver a esa criatura voladora.

Dilvish observó el cielo cada vez más oscuro y el lugar donde el castillo, cubierto de nieve y hielo, se alzaba con una ventana iluminada en lo alto.

—A menos que la haya visto volando hacia allí —dijo—. Difícil asegurarlo, con la nieve y las sombras.

—Qué extraño que él no enviara algo más mortífero.

—He pensado en eso.

Continuaron largo rato. La pendiente de la ladera se suavizó conforme avanzaban y el muro de hielo adoptó una inclinación ligeramente menor. Dilvish reconoció la zona que habían cruzado antes, aunque las huellas de los cascos de Black estaban completamente borradas.

—Estás bastante escaso de provisiones, ¿verdad? —preguntó Black.

—Sí.

—Entonces creo que sería mejor hacer algo... pronto.

Dilvish examinó la pendiente mientras avanzaban por el pie de la montaña.

—Es un poco mejor, delante —observó Black. Y añadió—: Ese mago que conocimos, Strodd, tuvo una buena idea.

—¿A qué te refieres?

—Se dirigió hacia el sur. Odio este frío.

—No pensaba que te molestara a ti también.

—Hace mucho más calor donde yo nací.

—¿Preferirías estar allí?

—Ya que lo mencionas, no.

Varios minutos después bordearon una masa de hielo. Black se detuvo y volvió la cabeza.

—Esa es la ruta que yo elegiría... allí. Desde aquí puedes examinarla mejor.

Dilvish recorrió la pendiente con sus ojos. Tres cuartas partes de la distancia al castillo. Más arriba la pared ascendía abrupta y empinada.

—¿Hasta dónde crees que podrás llevarme? —preguntó Dilvish.

—Tendré que pararme cuando la montaña sea vertical. ¿Podrás escalar el resto?

Dilvish se protegió los ojos con la mano y observó:

—No lo sé. Tiene mal aspecto. Pero lo mismo pasa con el declive. ¿Estás seguro de poder llegar tan lejos?

Black guardó silencio unos instantes.

—No, no lo estoy —dijo—. Pero hemos dado una vuelta completa y este es el único lugar donde creo que tenemos una posibilidad.

Dilvish bajó los ojos.

—¿Qué opinas?

—Intentémoslo. 

—¡No entiendo cómo puedes estar tan tranquila comiendo así! —observó Ridley mientras dejaba bruscamente el cuchillo—. ¡Esto es desagradable!

—Hay que conservar la fuerza cuando llegan las calamidades —replicó Reena. Dio otro bocado—. Además, la comida es excepcionalmente buena esta noche. ¿Cuál de ellos la preparó?

—No lo sé. No sé diferenciarlos. Solo les doy órdenes.

—Se acerca la hora —afirmó el espejo.

Algo chocó de nuevo con la ventana y se detuvo, un oscuro perfil suspendido allí. Reena suspiró, dejó los cubiertos, se levantó. Dio la vuelta a la mesa y se acercó a la ventana.

—¡No pienso abrir la ventana con un tiempo como este! —gritó—. ¡Ya te lo había dicho! ¡Si quieres entrar, baja por una chimenea! ¡O no entres, como más te guste!

Escuchó un momento el rápido parloteo al otro lado del vidrio.

—¡No, ni una vez más! —dijo después—. ¡Te lo advertí antes de que salieras!

Dio media vuelta y caminó airosamente hasta la silla. Su sombra danzó en un tapiz con el flameo de las velas.

—¡Oh, no!... ¡Por favor, no!... ¡Oh! —llegaron los gritos del pasillo.

Reena se acomodó en la silla una vez más, dio un último bocado, sorbió más vino.

—Tenemos que hacer algo —dijo Ridley mientras acariciaba el anillo de la cadena—. No podemos continuar sentados.

—Yo estoy bastante cómoda —respondió la joven.

—Estás metida en esto tanto como yo.

—Ni mucho menos.

—Él no lo considerará así.

—Yo no estaría tan seguro.

Ridley resopló desdeñosamente.

—Tus encantos no te salvarán del arreglo de cuentas.

El labio inferior de Reena sobresalió formando un fingido puchero.

—Por si fuera poco, insultas a mi feminidad.

—¡Estás irritándome, Reena!

—Ya sabes lo que debes hacer, ¿no?

—¡No! —Ridley golpeó la mesa con el puño—. ¡No lo haré!

—Se acerca la hora —dijo el espejo.

El joven se tapó la cara con las manos y bajó la cabeza.

—Tengo... tengo miedo... —dijo en voz baja.

Al verle así, un gesto de preocupación arrugó la frente y entrecerró los ojos de Reena.

—Tengo miedo de... del otro —dijo él.

—¿Puedes imaginar otra salida?

—¡Haz algo! ¡Tienes poderes!

—No a ese nivel —dijo ella—. El otro es el único que puede tener una oportunidad, no sé de nadie más.

—¡Pero él no es digno de confianza! ¡Ya no puedo prever sus actos!

—Pero él es cada vez más fuerte. Pronto tendrá la fuerza suficiente.

—N-no lo sé...

—¿Quién nos metió en este lío?

—¡Eso no es justo!

Ridley bajó las manos y levantó la cabeza mientras se producía un estrépito en el interior de la chimenea. Partículas de hollín y argamasa cayeron sobre las llamas.

—¡Oh, lo que faltaba!

—Ese murciélago loco... —empezó a decir Ridley, volviendo la cabeza.

—Mira, eso tampoco está bien —afirmó Reena—. Al fin y al cabo...

Se esparcieron cenizas cuando un pequeño cuerpo chocó con los llameantes leños, rebotó, saltó en el suelo agitando sus largas alas membranosas y verdes para sacudirse las chispas del pelaje. Tenía el tamaño de un monito, con una cara arrugada, casi humana. Chilló mientras saltaba, y alguno de los sonidos era extraño, como si se tratara de maldiciones humanas. Finalmente se quedó totalmente quieto, encorvado, levantó la cabeza y volvió sus encendidos ojos hacia la pareja.

—¡Habéis intentado quemarme! —dijo con agudos chirridos.

—¡Vamos! ¡Nadie ha intentado quemarte! —dijo Reena.

—¡Has dicho «chimenea»! —gritó la criatura.

—Hay muchas chimeneas ahí arriba —contestó Reena—. Es bastante estúpido elegir una con humo.

—¡No es estúpido!

—¿Qué otra cosa puede decirse?

La criatura olisqueó varias veces.

—Lo siento —dijo Reena—. Pero podías haber tenido más cuidado.

—Se acerca la hora —dijo el espejo.

La criatura volvió su menuda cabeza, sacó la lengua.

—Mucho sabes tú —dijo—. Él... ¡Él me ha pegado!

—¿Quién? ¿Quién te ha pegado? —preguntó Ridley.

—El Vengador. —Hizo un amplio gesto hacia abajo con su ala derecha—. Él está ahí abajo.

—¡Oh, no! —Ridley palideció—. ¿Estás seguro?

—Él me ha golpeado —repitió la criatura. Después fue dando botes por el suelo, batió el aire con sus alas y voló hasta el centro de la mesa.

En algún lugar, tenuemente, resonó una cadena.

—¿Cómo sabes que es el Vengador? —preguntó Ridley.

La criatura saltó en la mesa, agarró el pan con sus garras, se metió un trozo en la boca y masticó ruidosamente.

—Mis pequeñas, mis preciosas —cantó al cabo de unos instantes mientras observaba el salón.

—¡Basta! —dijo Reena—. ¡Responde a su pregunta! ¿Cómo sabes que es él?

El extraño ser alzó las alas hasta sus orejas.

—¡No grites! ¡No grites! —chilló—. ¡Lo he visto! ¡Lo sé! Él golpeó... ¡mi pobre costado!... ¡con una espada! —Hizo una pausa para abrazarse con sus alas—. Yo solo quería verlo de cerca. Mis ojos no son tan buenos... ¡Cabalga en una bestia demoníaca! Da vueltas, da vueltas... ¡a la montaña! Viene, viene... ¡hacia aquí!

Ridley lanzó una mirada a Reena. La joven apretó los labios, después agitó la cabeza.

—A menos que vuele, jamás llegará a la torre —dijo—. No era un animal alado, ¿verdad?

—No. Un caballo —replicó la criatura, y agarró de nuevo el pan.

—Había una cuesta en la faz del sur —dijo Ridley—. Pero no. Ni aun así. Ni con un caballo...

—Un caballo demoníaco.

—¡Ni con un caballo demoníaco!

—¡El dolor! ¡El dolor! ¡No puedo soportarlo! —sonó un estridente grito.

Reena alzó su vaso, vio que estaba vacío, lo dejó en la mesa. El hombre con cara de momia salió corriendo de las sombras para llenarlo. Durante unos instantes la pareja observó cómo comía la criatura.

—No me gusta esto —dijo por fin Reena—. Ya sabes lo tortuoso que puede ser él.

—Lo sé.

—Y botas verdes —chirrió la criatura—. Botas Elfas. Siempre cae de pie. Vosotros me quemasteis, él me pegó... ¡Pobre Meg! ¡Pobre Meg! Él también os cogerá...

Saltó y se deslizó por el suelo.

—¡Mis pequeñas, mis preciosas! —gritó.

—¡Aquí no! ¡Sal de aquí! —chilló Ridley—. ¡Cambia o vete! ¡Que no se acerquen aquí!

—¡Pequeñas! ¡Preciosas! —sonó la menguante voz mientras Meg salía por el pasillo en dirección a los gritos.

Reena vertió vino en el vaso, bebió un poco, se lamió los labios.

—La hora ha llegado —anunció de repente el espejo.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Reena.

—No me siento bien —dijo Ridley. 

Al llegar al pie de la pendiente, Black se detuvo y permaneció quieto como una estatua largo rato, examinando el lugar. La nieve seguía cayendo. El viento arrastraba los copos.

Al cabo de varios minutos, Black avanzó y comprobó el declive; trepó varios pasos, se paró apoyando todo su peso, pateó y escarbó con sus cascos, con la cabeza baja. Finalmente retrocedió ladera abajo y dio media vuelta.

—¿Cuál es el veredicto? —inquirió Dilvish.

—Quiero intentarlo pese a todo. Mi estimación de las posibilidades no ha variado. ¿Tienes alguna idea de lo que vas a hacer si... o mejor dicho, cuando llegues a la cima?

—Buscar problemas —dijo Dilvish—. Defenderme siempre. Golpear al instante si veo al enemigo.

Black se alejó poco a poco de la montaña.

—Casi todos tus hechizos son de tipo ofensivo —afirmó Black—. Y usarlos es terrible, excepto en casos extremos. Deberías tomarte tiempo para aprender otros inferiores e intermedios, ¿sabes?

—Lo sé. Esta es una buena ocasión para una conferencia sobre la situación del arte.

—Lo que trato de decir es que si te atrapan arriba, sabes cómo acabar con todo el lugar y contigo al mismo tiempo. Pero no sabes ningún hechizo para abrir la cerradura de una puerta...

—¡Ese hechizo no es sencillo!

—Nadie ha dicho que lo fuera. Solo estoy apuntando tus deficiencias.

—Es un poco tarde para eso, ¿no te parece?

—Temo que sí —replicó Black—. Pues bien, hay tres buenos encantamientos generales de protección contra ataque mágico. Sabes igual que yo que tu enemigo puede superar cualquiera de los tres. Pero los más potentes podrían frenarlo el tiempo suficiente para que tú hicieras algo. No puedo dejarte marchar sin la protección de uno de ellos.

—En ese caso, ejecuta el más potente conmigo.

—Cuesta un día entero hacerlo.

Dilvish meneó la cabeza.

—¿Con este frío? Demasiado tiempo. ¿Qué me dices de los otros?

—El primero podemos rechazarlo como insuficiente contra cualquier buen practicante del arte. El segundo precisa casi una hora para ejecutarlo. Te ofrecerá excelente protección para cerca de medio día.

Dilvish guardó silencio un momento.

—Manos a la obra —dijo por fin.

—De acuerdo. Pero a pesar de todo, habrá criados para ocuparse del lugar. Probablemente te encontrarás superado en número.

Dilvish se encogió de hombros.

—Esa servidumbre puede ser poco importante —dijo—, y no hay necesidad de tener gran protección en un lugar tan inaccesible como este. Correré el riesgo.

Black llegó al lugar que consideró suficientemente alejado de la pendiente. Dio media vuelta y miró la torre.

—Descansa ahora —dijo— mientras preparo tu protección. Probablemente será la última que tengas durante algún tiempo.

Dilvish suspiró y se inclinó. Black habló con extraña voz. Sus palabras parecieron crepitar en el helado aire.


(CONTINUARÁ...) 

El cuento de Omar y Dilaram - Wilhelm Raabe

–Doctor Hagen, usted que peregrinó por el desierto, ¡relátenos un cuento!

–¡Bravo! –gritó el científico–. La señorita Eugenia siempre tiene las ideas más sensatas. ¡Aligere usted los caballos y alivie al camello del aburrimiento! ¡Adelante, doctor! Ya me siento como si estuviera en la costa oriental del mar Rojo... Pero por favor ningún pensamiento morboso o de muerte, ¡se lo ruego, Hashid!

–Sí, ¡cuéntenos un cuento, doctor! –dijo Lida–. Como los que usted acostumbraba relatarme antes de dormir, cuando llegaba demasiado cansada de la ópera y me quedaba tensa. Cuente, pues...

–Bien. Sucede en un fantástico país de Oriente –dijo al momento Hagen–. Escuchen ustedes: hace muchos años, se hallaba un joven en la gran ciudad de Bagdad. Sentado, bajo la luz de la lámpara, descifraba un antiguo manuscrito cuyas letras estaban escritas con los caracteres más extraños. Un amigo suyo se lo había obsequiado como recuerdo de la maravillosa e increíble ciudad de Bizancio. 

Era entonces una hermosa noche de verano. La Luna se elevaba por encima de los jardines del califa, hacia la otra orilla del Tigris; en el azul obscuro de la noche flotaba radiante y pura. Un ligero airecillo transportaba el perfume de los árboles, rebosantes de pétalos, hacia la ventana. En ocasiones, alguna góndola cruzaba velozmente sobre la superficie lustrosa del agua y por momentos se escuchaba a lo lejos una lira y, de vez en cuando, la estrofa de una canción de pescadores. 

El joven lector se sintió un tanto extraño. De los pergaminos que leía surgía un Mundo maravilloso que lo envolvía. En el momento de llegar a un pasaje borroso, imposible de leer, levantaba la vista y sentía entonces como si tuviera que bajarla otra vez de inmediato, encima del rollo que leía, para no perder ese sueño encantador. Palpitaba allí un inmenso mar de exuberantes islas con temibles desfiladeros habitados por excelentes y hermosos nativos y horripilantes monstruos. 

Un pueblo pagano había destruido una ciudad grande y magnífica situada a las orillas del mar. En la corriente, las huestes lavaban sus armas teñidas de sangre, así como sus heridas; luego subieron a sus navíos, rumbo a su patria, cada líder agrupando a los suyos, todos cargados con su botín. 

Había en aquellas tierras un rey lo mismo amado que odiado por diosas y dioses, protegido y a la vez amenazado de quedar en la ruina; y, habiendo sido expulsado de una isla por la tempestad y habiéndose tragado el mar a sus hombres, relataba a otro rey sus aventuras y desventuras: cómo lo había amado una hermosa e inmortal deidad; cómo había luchado contra los monstruos, las olas y los gigantes; cómo había descendido al Averno para visitar a sus guerreros muertos, a los hombres y mujeres del pasado. 

El joven leía por momentos en voz alta la estrofa de una canción, como si se deleitara con el agradable sonido de las palabras, semejantes al fragor ondulante y melodioso de las armas, como si fuese el murmullo de las olas o el palpitar de un corazón humano.

–Alá, Alá –exclamó–. ¡Esto es hermoso, es magnífico! ¡Ay! Y pensar que yo sólo estoy aquí sentado con el corazón desbordante. Alá, Alá. Así llevan tan lejos tu nombre y el de tu Profeta a través de todos los mares y países.

Un fuego salvaje se reflejaba en los ojos del joven. Pero muy pronto se extinguió, tan rápido como se había encendido.

–¡Ah! –dijo, con voz sorda–. ¿No está también, al otro extremo de las márgenes del mar poniente, el gran Okbah? El condujo su blanco camello hacia el torrente de las aguas y exclamó: “Alá, tú eres testigo de que no me fue posible continuar más adelante”.

–Georg Wilhelm Friedrich Hegel y la filosofía alemana. ¡Brrr...! –dijo el científico, que se sentía muy feliz cuando podía darle una patada a la Idea absoluta.

Pero Hagen no se dejó interrumpir. Sonriente, continuó en seguida:

–¡Ah! Pero él pudo continuar –exclamó el joven lector–. ¿Acaso los jinetes del desierto no trajeron al rey noticias de los fieles, la nueva de que los soldados de Alá luchaban una vez más contra los hombres de piel blanca, lejos, muy lejos del brazo del mar en el poniente? Dios es grande... Se dirigen de nuevo hacia el Oriente, hacia el Sol naciente, y arremeten contra el enemigo. ¡Ay, y tener que estar aquí sentado marchitándose con una mujer del harem!

El joven se había sobresaltado; miraba a través de la superficie del río. Se apoyó con una mano en el borde de la ventana y unas lágrimas rodaron de sus ojos. De pronto, detrás suyo, una puerta se abrió y una muchacha entró cautamente a la habitación. 

Traía consigo un cesto con flores y frutas lleno hasta los bordes y se quedó de pie al ver al pensativo joven acodado en la ventana. Cruzó en silencio la alfombra, hizo a un lado los manuscritos extendidos sobre una tabla, depositó su aromática cesta y extrajo una rosa blanca. Sonriente, con el dedo en los labios, se acercó lo más callada que pudo al joven soñador y depositó la rosa en su mano, que él tenía puesta en el borde de la ventana. Asombrado, él se dio vuelta.

–¡Dilaram! –exclamó y entonces la hermosa niña lo abrazo.

–¿Otra vez triste, Omar? –preguntó ella–. ¿Qué te preocupa, amigo mío?

–Te equivocas, corazón, no estoy triste. ¿Qué habría de preocuparme?

–Pobres de los hipócritas en aquel Día, dice el sagrado Corán –dijo la muchacha–. ¿Habrás leído otra vez durante largas horas tus horribles y paganos libros que tratan de magia hasta olvidarte de todo lo que te rodea, y también de mí? –añadió ella, amenazándolo traviesamente con su índice.

–¿Quién te podría olvidar, niña? Eres para mí lo que el Sol para la Tierra.

–¡Tú, tú! –dijo la muchacha sonriendo y sentándose en el borde de la ventana, al lado del joven–. ¡Ven, platiquemos! ¡Qué hermosa está la noche, y cómo brillan las ondas del río! ¿Dónde tienes mi lira, pues no la veo?

–¡Aquí está! –dijo Omar.

–Gracias. ¡Pero qué cara has puesto! Avergüenzate ante mi velo... Escucha al ruiseñor... ¡bul, bul, bul! ¡Qué hermoso! ¿Quieres que cante?

–¡Canta la Alabanza al desierto, al inmenso desierto, la alabanza al inmenso mar!

–¡Ay! –dijo la muchacha, algo compungida–. No conozco el desierto ni el mar. Pero pon atención, voy a cantarte otra cosa.

Acarició con sus dedos las cuerdas del instrumento y empezó entonces con una, diáfana y tersa voz:

 

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¿Por qué se unen los combatientes del Profeta?

¡De armas resuenan los mercados, de armas las calles!

¡El pueblo de Dios responde al llamado del gran califa!

¡A Oriente y Occidente van las multitudes de fieles!

¡El hombre deja a su mujer, el hijo a su madre!

¡Deja el padre a su niño, el hermano a su hermana!

¡En la ciudad del mar, temeroso está el rey de los francos,

y el de los persas rasga su vestido...! ¡Llora y se lamenta

la niña en la joven ciudad, a orillas del Tigris!

Los ejércitos del Profeta van a la batalla.

¡Deja el padre a su niño, el hermano a su hermana...!

 

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¿Por qué ese regocijo en las calles de Bagdad?

¡Clamor de victoria al amanecer!

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¡Clamor de victoria al amanecer!

¡Destrozada está la defensa de los persas y muerto el padre!

Inclinada está la cabeza del rey de los francos...

Muerto está el hermano...

Regocijo en las calles de Bagdad.

Sentada, la doncella llora...

¿Quién protege a la huérfana,

Quién consuela a la desamparada...?

 

La muchacha dejó caer la lira y su voz se perdió en apagados sollozos. Con mirada fulgurante, Omar tomó el instrumento y continuó la canción:

 

La arena de los caminos de Dios

reluce en el día del Gran Juicio...

Dichosos los combatientes en el Paraíso.

A la huérfana abandonada, la consuela ¡el amor...!

 

–¡El amor! –exclamó la muchacha entre lágrimas–. El amor, el santo amor. Es como la sombra que la palmera brinda al cansado caminante del desierto. ¡Para el niño abandonado, es como el agua para la gacela perseguida! Sagrado es el lugar donde nos encontramos, mi adorado. ¡Que la hora en la cual yo te vi por primera vez sea afortunada para todos los hombres y rebosante de bendiciones para toda la Tierra...!

–¡Dilaram! ¡Dilaram! ¡Paz de mi corazón! –exclamó el joven.

–¡Omar mío...! ¡Mira, tu frente se ha tornado alegre! Ahora tengo que irme. ¡Buenas noches! ¡Buenas noches, querido!

–¿Ya quieres abandonarme? ¡Quédate conmigo!

–Notarán mi ausencia. ¡Buenas noches, buenas noches!

¡Hermosas son las noches de verano a orillas del Tigris! ¡Dulce soñar bajo el cielo nocturno del Oriente! ¡Grande es la ciencia de Makachefa, grande el arte de reconocer los sentimientos del corazón! ¡Poderosas las fuerzas con las que Alá se ha permitido conmover las almas de las personas...!

Omar tomó su rollo de debajo de las flores que Dilaram había llevado. Pero no volvió a leer más. Se le cerraban los párpados y su cabeza cayó sobre los almohadones del diván. Así dormitó. A través del río, el viento nocturno llegaba más fresco y más intenso. La lámpara llameaba como si estuviera próxima a apagarse. De un lado a otro, ondeaban los tapices bordados con arabescos de oro sobre sentencias coránicas...

¡Hermosas son las noches de verano a orillas del Tigris! ¡Grande es el poder de los que han sido creados por Alá...!

Una barca ricamente engalanada en oro cruzó velozmente la superficie del río, iluminada por la Luna. El agua refulgía en destellos de plata bajo los remos de los seis esclavos negros que la conducían. Una mujer, envuelta en amplísimos velos, descansaba sobre un hermoso almohadón en la popa de la góndola. Bajo los velos, la mirada de los negros y fulgurantes ojos asaeteaba hacia los muros de las casas y jardines próximos a la ribera del río.

La mujer se incorporó sobre su asiento bajo la ventana de Omar, y dijo:

–¡Aquí!

Los negros levantaron los remos y la barca permaneció inmóvil. De un salto, la mujer de los velos se puso de pie. Así se mantuvo, como una elevada figura, con la mirada fija en la arqueada e iluminada ventana de la casa del joven. En su duermevela, tembloroso, Omar se movió con el pecho agitado, como si buscara el alivio de una pesada carga que lo oprimía. La lámpara llameó por última vez antes de apagarse. Una lira resonó muy tenuemente a través del aire. El joven se despertó y escuchó...

¡Ésa no era la voz de Dilaram! Los tonos que llegaban hasta sus oídos eran más cálidos, más exuberantes, más salvajes y sensuales; dejaron su corazón estremecido. ¡Esa no era la paz de su alma, no eran las amorosas canciones de cuna! Era el lenguaje de la pasión, de la pasión salvaje, del instinto, que se consume como la llama.

–¡La diosa de la boca de fuego!

–¡Aquí está otra vez! –murmuró el joven–. ¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí! ¿En qué le ha perturbado mi dichoso destino, mi paz? ¡Así viene cada noche, de manera que durante el día tengo que andar como en un sueño! ¡Pobre de mí!

Una silueta de hechizo lo atrajo irresistiblemente hacia la ventana. Inmóvil, la barca permanecía a poca distancia. Mudas, las gotas de los remos de la barca caían sobre el agua. Estrechamente envuelta en su albeante vestido, con el velo echado hacia atrás, la figura de la mujer se mantenía de pie. No se movió en el momento en que Omar apareció en el marco de la ventana. A sus pies estaba la lira con la cual lo había despertado...

–¡Pobre de mí! ¿Qué quiere esa mujer? ¿Qué quiere? –se decía Omar–. ¿Le hablaré...?

–¡Habla! –se oyó una voz, como si la extraña pudiera leer los pensamientos del corazón.

–¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué perturbas mi vida?

La figura levantó el brazo en señal de saludo.

–¡Ven!

–¡No te conozco! ¿Eres una mortal? ¿Eres un hada?

–¡Ven!

–Me inspiras temor...

Como a una señal oculta, los remos se sumergieron de nuevo en el agua. La barca dio un lento viraje.

–¡Ya voy, ya voy! –exclamó el joven.

Se levantó precipitada y alocadamente, abalanzándose contra el borde de la ventana. Descendió entre las vides que circundaban el arco. La barca se acercó como una flecha hasta el muro de la casa. Vacilante, se acercó a la seductora figura, como abrazado por un vértigo...

–¡Mírame! –dijo la mujer–. ¡Yo... te amo!

Omar guardó silencio. Estaba fascinado por el destello de los ojos, que resplandecían como brasas negras, semejantes a los ojos del ángel de la Muerte.

–¡Expulsa su imagen de tu corazón! –dijo la mujer–. ¡Ella es una niña! Sígueme a mí... Me perteneces, eres mío...

–¡Paz de mi corazón, paz de mi corazón! –murmuraba Omar como en un sueño.

Un miedo infinito lo estremecía. Podría apuñalar a la hermosa mujer; tomó la empuñadura de su filosa daga en el cinturón... ¡Ella sonreía...! Dejó caer la mano, sentía como si el Mundo circundante, toda su vida anterior, todos sus esfuerzos y sus propósitos se hubiesen perdido. Estaba solo con ella. ¡Todo era... ella...!

–Has ansiado salir de tu limitado espacio –dijo la mujer–. Tú no me conoces... Sin embargo, piensa como si yo fuese el Mundo... la vida...

La barca se deslizó con lentitud hacia la corriente, pero cuando hubo llegado al centro del agua su velocidad aumentó hasta que, finalmente, se precipitó río abajo impulsada por los remos de los mudos y negros esclavos... ¡Se acabó! Perdidos estaban los pensamientos de gloria y honor. Olvidada la paz del hogar paterno... ¡Paz de mi corazón!... ¡Perdida! ¡Perdida...!

Se quedó recostado a sus pies, su cabeza descansaba en su regazo. Su mano jugaba con sus rizos, ella le susurraba palabras al oído... Con los ojos cerrados, ignoraba el destino al que ella lo conducía. En esos momentos, él únicamente vivía bajo el hechizo mágico de su voz. Al abrir los ojos, vio encima suyo el negro cielo nocturno engalanado con el esplendor de las estrellas de Oriente. 

Vio inclinarse sobre sí su hermoso y magnífico rostro, entonces pálido bajo la luz de la Luna; miró muy de cerca sus ojos negros, semejantes al destello de las estrellas. Entonces se estremeció, estaba convertido en un niño carente de voluntad. Nada de él había quedado. ¡Todo era ella!

–¡Soy tuyo! ¡Soy tuyo! –murmuró, mientras ella sonreía.

–¡Ahora te conozco! –dijo él–. Eres la mágica reina Labe, la reina de los espíritus. Tú eres la vida, la libertad. Tú eres... ¡Ay, me vas a matar, lo sé, pero me amas... una noche... una hora!

Ella sonreía mientras la barca proseguía su rumbo.

Maravillosas son las noches de verano a orillas del Tigris...

Donde el Diala del desierto mezcla sus tibias aguas con las del gran río, un pobre pescador sacaba sus redes desde la orilla; sin prestarle mucha atención a sus presas, las dejaba caer sobre la tierra. Más tarde, vio en una olla del río flotar un cadáver hasta que quedó atrapado en un juncal de la orilla...

–Alá –exclamó el hombre–. ¡Qué joven y hermoso! –meneó la cabeza al arrastrar el cuerpo hacia la orilla.

Era notorio que estaba acostumbrado a semejantes cosas. Con ávida mano, despojó al cadáver de sus vestidos y le extrajo la daga del corazón. Desvalijado de esa manera, el pescador lo devolvió a las aguas con una patada.

–¡Vete! –dijo–. ¡Que Alá guíe tu alma al lugar de la piedad!

El cadáver siguió flotando hacia Seleusis, a la cual los fieles de hoy llaman Al-Modaín. Y paz de mi corazón.

–¿Qué le ocurre, señorita Lida? –exclamó el científico, levantándose precipitadamente y un tanto asustado.

–¡Luz, luz! –gimió la cantante con un miedo indescriptible en su voz–. ¡Por Dios, enciendan la luz!

Ninguno de los allí presentes se había dado cuenta de que, durante el fantástico relato del médico, había caído por completo la noche.

–¿Qué ha hecho usted, Hagen? –exclamó Ostermeier–. ¡Oh, Isis y Osiris! Esto sucede cuando uno escucha tales cuentos de fantasmas... 

Terror en el espacio (Capítulo 1) - Leigh Brackett

Capítulo 1 

Lundy conducía con sus propias manos el convertible aeroespacial. Lo había estado haciendo durante mucho tiempo. Tanto tiempo, que la mitad inferior de su cuerpo estaba dormida e insensible hasta las puntas de los pies y la mitad superior aún más insensible, con excepción de dos dolores separados peores que los que produce un flemón: uno alojado en su espalda y el otro en la cabeza.

Los jirones de nubes desgarradas y arrancadas de la espesa atmósfera venusiana color gris perla, pasaban rápidamente junto a la veloz aeronave. Los reactores palpitaban y zumbaban, mientras los instrumentos se movían desordenadamente bajo el influjo de las corrientes magnéticas que hacen de la atmósfera venusiana la pesadilla de los pilotos.

Jackie Smith seguía frío y envarado en el asiento del copiloto. A través de la portezuela cerrada que tenía a sus espaldas y que comunicaba con la minúscula cabina interior, Lundy oía gritar y debatirse a Farrell.

Hacía rato que gritaba. Desde que la inyección de avertina que le puso Lundy cuando lo subieron a bordo dejó de surtir efecto. Se debatía chillando e intentando librarse de las correas, profiriendo roncas exclamaciones que nada significaban.

Luchaba y se debatía a causa de aquello.

En algún lugar dentro de Lundy, dentro del arrugado y sudoroso uniforme negro de la Sección Especial de la Policía de los Tres Mundos, dentro del metro sesenta y cinco de gruesos y acerados músculos que este uniforme recubría, había un nudo. Un nudo muy grande, y muy frío también a pesar del sofocante calor que reinaba en la cabina, y además tenía la mala costumbre de contraerse de vez en cuando, haciendo que Lundy se estremeciese y sudase copiosamente, como si le hubiesen pinchado.

A Lundy no le gustaba tener aquel nudo frío en el estómago, pues eso significaba que tenía miedo. Había tenido miedo muchas otras veces, y no se avergonzaba de ello. Pero en aquellos momentos necesitaba apelar a toda su inteligencia y valor para devolver aquéllo a su cuartel general de Vhia, y no deseaba tener que luchar también consigo mismo.

El miedo puede hacer las cosas muy difíciles. Puede debilitarnos cuando necesitamos ser más fuertes, si queremos salvar nuestra vida. Y en este caso se trataba de su vida y la de sus dos compañeros.

Lundy confiaba en poder dominar su miedo, y también su cansancio... porque aquello permanecía agazapado en la pequeña arquita guardada en la caja fuerte, esperando que alguien se desmoronase.

Farrell se había desmoronado completamente, desde luego, pero estaba firmemente sujeto. Jackie Smith había empezado a mostrar signos de desmoralización antes de desvanecerse, y por ello Lundy tenía una mano puesta sobre la jeringuilla hipodérmica cargada con anestésico que pendía a un lado de su asiento. Y Lundy pensaba:
«Lo peor de todo es que no se sabe cuando empieza a actuar en nosotros. No existen precedentes, o si existen nosotros los desconocemos. Quizás ahora mismo, las indicaciones que veo en estas esferas sean completamente falsas...»

Por debajo de ellos, podía atisbar de vez en cuando pequeñas extensiones de océano entre los jirones de niebla gris. Las aguas negras, inmóviles, sin mareas ni oleajes del planeta Venus, que ocultan innumerables secretos de su vida pretérita.

Lo que veía no era de ninguna utilidad para Lundy. Le era imposible calcular su rumbo... podía hallarse sobre un punto cualquiera del océano. Esperaba que los motores seguirían funcionando con regularidad, o de lo contrario todos se darían un buen baño, en la inmensa extensión de aguas negras y tranquilas.

Farrell seguía gritando. Parecía tener la garganta blindada. Chillaba y se debatía para libertarse de sus ligaduras, porque aquello estaba encerrado y pedía socorro.

–Tengo frío –dijo Smith–. Oye, enanito.

Lundy volvió la cabeza. Por lo general mostraba una cara redonda, fresca y vivaracha, en la que brillaban unos ojos obscuros y una sonrisa juvenil que dejaba al descubierto sus dientes blanquísimos. En aquellos momentos, su aspecto era más bien el de una basura que el camarero hubiese sacado con la escoba de debajo una mesa a las cuatro de la madrugada, del día de año nuevo.

–Tienes frío, ¿eh? –dijo con voz ronca, pasándose la lengua por los labios empapados de sudor–. ¡Tanto mejor! Eso es lo que necesitamos.

Jackie Smith se movió un poco, gruñó y trató de incorporarse. Su guerrera negra estaba entreabierta, mostrando los vendajes blancos que le cruzaban el pecho, y tenía la mano izquierda sobre el extremo roto de la cremallera que cerraba la guerrera. Era un hombre corpulento y no mayor que Lundy, de facciones prominentes y feas, unos cabellos ásperos y claros y una tez que parecía cuero reseco.

–En Mercurio, donde nací –dijo– el clima es adecuado para los seres humanos. Vosotros, los pisaverdes del Viejo Mundo... –se interrumpía, palideciendo bajo su piel curtida, y dijo con los dientes muy apretados–: ¡Vaya! Veo que Farrell se ha ocupado a conciencia de mí.
–Te salvarás –le dijo Lundy, tratando de no pensar en lo cerca que él y Smith estuvieron de la muerte. Farrell había luchado como un demonio cuando lo descubrieron en una aldea indígena, situada en lo más alto de los Montes de la Nube Blanca.

Lundy aún recordaba con horror lo sucedido.
A Lundy no le importaba entendérselas con matones o andar a tortas con los peores rufianes. Pero Farrell no era de ésos. Sólo era un buen muchacho que cayó en las redes de alguien mucho más fuerte que él.

Un buen muchacho, enamorado con locura de alguien inexistente. Un muchacho decente y trabajador, con esposa y dos hijos, que perdió la chaveta, el alma y el corazón por un ser del espacio, hasta el punto que estaba dispuesto a matar para protegerlo.
«¡Qué diablos!», pensó Lundy, cansado y furioso. «¿No dejará nunca de chillar?»

Los reactores rugían poderosos. Los grises jirones de niebla pasaban con rapidez junto a la nave. Jackie Smith permanecía sentado, muy rígido, con los ojos cerrados, los labios pálidos y respirando entrecortadamente. Y aún faltaba mucho para llegar a Vhia.

Tal vez más de lo que él suponía. Quizás ni siquiera se dirigía hacia Vhia. Quizá aquello ejercía su influjo sobre él, y nunca lo sabría hasta que su aparato se estrellase.

El frío nudo se apretó aún más en su estómago, como la helada hoja de un cuchillo clavado en su carne.

Lundy lanzó una maldición. Sí se dejaba llevar por aquella clase de pensamientos, se iría de cabeza al infierno.

Pero no podía dejar de pensar en aquello. En el ser que había apresado gracias a una red especial de apretadas mallas metálicas. Echó aquella red sin mirar sobre algo que Farrell estaba contemplando. El ser que había metido a la fuerza en el cofre de glasita, cubriéndolo con una tela negra porque le habían advertido que no lo mirase.

A Lundy le cosquilleaban y le ardían aún las manos, de una manera que no era desagradable. Todavía le parecía notar aquel pequeño ser debatiéndose desesperadamente para escapar, cubierto por la red. Le pareció de una forma vagamente cilíndrica y terriblemente vivo.

Aquello era vida. Vida del espacio interplanetario, que salió de una nube de polvo cósmico atraída por la fuerza de gravedad de Venus. Desde que Venus atravesó aquella nube, se desencadenó una extraña oleada de locura en todo el planeta. Una locura como la que hizo su víctima de Farrell, que causó muertes y cosas aún peores.

Los hombres de ciencia tenían algunas teorías acerca de lo que podía ser aquella vida del espacio. Tuvieron la suerte de descubrir el cadáver de uno de aquellos seres, y circulaban varios rumores acerca de una substancia de apariencia cristalina que en realidad no era cristal, de unos ocho centímetros de longitud y magníficamente cincelada y estriada, provista además de unos pequeños y extrañísimos instrumentos cuyo uso nadie supo discernir.

Pero el cadáver de aquel ser no les sirvió de gran cosa. Tenían que apresar a uno vivo, si querían descubrir el secreto de su existencia y hallar el medio de terminar con lo que los telecomentadores habían denominado «La locura del más allá», o «El hechizo del vampiro».

Sin embargo, una cosa acerca de estos seres era del dominio general. Sus víctimas enloquecían de pronto, y en su demencia afirmaban que habían encontrado a la mujer soñada o el ideal último de la feminidad. Sólo podían verla ellos, pero esto les dejaba sin cuidado. Ellos la veían, y para ellos les bastaba con ver a... Ella. Y los ojos de ésta aparecían siempre velados.

Ella constituía un verdadero rompecabezas, y estaba mucho más allá de la hipnosis y del dominio de las fuerzas de la mente. Por esta razón no se había conseguido nunca apresar con vida a Ella, o a Aquello. Esto solamente se consiguió cuando Lundy y Smith, contando con todo el asesoramiento científico de la Policía Espacial, consiguieron localizar a Farrell y apoderarse del misterioso ser que lo tenía hechizado.

Desde luego, lo consiguieron por pura casualidad, por una suerte increíble. Lundy movió su dolorida cabeza tratando de librarse de la tortícolis, parpadeó para librarse del sudor que penetraba en sus ojos inyectados en sangre, y deseó ardientemente encontrarse en su casa y acostado.
Jackie Smith observó de pronto:
–Enanito, tengo frío. Dame una manta.
Lundy le miró. Sus claros ojos verdes estaban entreabiertos, pero su mirada estaba perdida en el vacío. Temblaba como un azogado.
–No puedo dejar los mandos, Jackie.
–Tonterías. Aún tengo una mano útil. Todavía puedo pilotar esta lata de conservas durante unos momentos.

Lundy refunfuñó. Sabía que Smith no bromeaba al afirmar que tenía frío. Las temperaturas que reinaban en Mercurio hacían que los hombres pertenecientes a la primera generación de colonizadores, fuesen sensibles a todas las temperaturas inferiores a la de un horno eléctrico. Además de la herida, Smith podía contraer una pulmonía si no le abrigaban convenientemente.
–Muy bien –Lundy tendió la mano para cerrar el interruptor señalado con una A. –Pero dejaré que Miguelito se encargue de dirigir el vuelo. Probablemente no durará más de cinco minutos antes de estallar.

Miguelito, el piloto automático, se convertía en una verdadera nulidad cuando se trataba de volar por la atmósfera de Venus. La constante compensación magnética calentaba las bobinas del robot hasta tal punto, que era cuestión de minutos que éstas se fundiesen.

Lundy se dijo que después de todo era agradable saber que aún había un par de cosas que los hombres podían hacer mejor que las máquinas.

Se levantó, y le pareció como sí hubiese estado enmoheciéndose al aire libre durante cuatrocientos años. Smith no volvió la cabeza. Lundy le gruñó:
–¡La próxima vez, hijito, ponte ropa interior de lana y déjame tranquilo!

Tras decir estas palabras notó que el nudo se apretaba en su estómago. Un sudor frío cubrió su cuerpo y una oleada de fuego recorrió sus nervios.

Farrell había dejado de gritar.

Reinó silencio en la nave. Nada lo rasgó. El fragor de los cohetes era ajeno a aquel silencio. Incluso la respiración jadeante de Jackie Smith cesó. Lundy se dirigió lentamente hacia la portezuela.

Apenas había dado dos pasos, cuando ésta se abrió. Lundy se detuvo, presa de súbita inmovilidad.

En el umbral se erguía Farrell. Farrell, un hombre bueno y honrado a carta cabal, con mujer y dos hijos. Su rostro era el mismo de siempre, pero los ojos que brillaban en él aparecían enajenados. No eran ni siquiera humanos.

Lundy le había atado por el pecho, la cintura, las piernas y los pies a la litera con cuatro fuertes correas. El cuerpo de Farrell mostraba las señales de las mismas. Se le habían clavado en su carne, en sus músculos y tendones, hasta mostrar sus desnudas costillas. Estaba cubierto de sangre, pero esto a él no parecía importarle.
–He roto las correas –dijo, dirigiendo una sonrisa a Lundy–. Ella me llamó y rompí las correas.

Hizo ademán de dirigirse hacia el cofre que se hallaba en un ángulo de la cabina. Lundy se esforzó por salir de la nube negra y fría que lo atenazaba y consiguió mover los pies.
Jackie Smith le dijo con voz queda:
–Quieto, enanito. A ella no le gusta estar encerrada en el cofre. Tiene frío y quiere salir.

Lundy le miró por encima del hombro. Smith se había vuelto a medias en su asiento y empuñaba la pistola hipodérmica, que había tomado de la funda colgada en el respaldo del asiento del piloto. Sus claros ojos verdes tenían un brillo distante y soñador, pero Lundy no se fiaba en absoluto de ello.
Sin la menor inflexión en su voz, dijo:
–Tú la has visto.
–No. La he... oído.
Los gruesos labios de Smith se plegaron en un extraño rictus. Su respiración se hizo ronca y sibilante.

Farrell se arrodilló junto al cofre. Poniendo sus manos sobre su superficie lisa y brillante, se volvió hacía Lundy. Éste vio que estaba llorando.
–Ábrelo. Tienes que abrirlo. Ella quiere salir. Está asustada la pobrecita.
Jackie Smith levantó imperceptiblemente la pistola.
–Ábrelo, enanito –susurró–. Ella tiene frío, ahí dentro.
Lundy no se movió. El sudor corría a raudales por su cuerpo y a pesar de ello tenía frío. Sin más, respondió con lengua estropajosa.
–No. Tiene calor. Allí dentro no puede respirar. Tiene calor.
Entonces levantó la cabeza con gesto convulsivo y gritó. Se volvió para enfrentarse con Smith, y con paso inseguro pero rápido se dirigió hacia él.
Las feas facciones de Smith se contrajeron como si fuese a llorar.
–¡Vamos, enanito! Mira que no quiero disparar contra ti. Abre el cofre.
Lundy, con un hilo de voz, dijo:
–Eres un pobre estúpido.
Y siguió avanzando.
Smith oprimió el gatillo.

Las agujas hipodérmicas cargadas de anestésico se clavaron en el pecho de Lundy. No dolían mucho. Sólo un pequeño pinchazo. El siguió avanzando, llevado por su impulso inicial.
A sus espaldas, Farrell gimió como un cachorro y se tendió sobre el cofrecito. Ya no volvió a moverse. Lundy cayó de rodillas y siguió avanzando a gatas y como en sueños hacia los mandos. Jackie Smith le contemplaba con mirada turbia.
Súbitamente, el piloto automático estalló.

Del cuadro de mandos surgió una llamarada azul. Su brillo cegador y el calor intenso hicieron caer a Lundy de espaldas. La cabina se llenó de silbidos, aullidos y empezó a girar locamente, mientras el convertible bailaba como una hoja en brazos del huracán. El mecanismo automático de seguridad apagó los cohetes.
La aeronave empezó a caer.

Smith balbuceaba palabras incoherentes, entre las que sólo se entendía Ella y plegó su asiento. Lundy se frotó la cara con la mano. Sus facciones eran borrosas y estúpidas. Sus ojos negros no tenían ninguna expresión.

Empezó a arrastrarse sobre el suelo bamboleante en dirección al cofre.

La proa de la nave rasgaba las nubes, y de pronto apareció una gran extensión líquida. Un mar negro y tranquilo, sin oleaje, sembrada de islitas flotantes de sargazos que se movían y agitaban con vida propia.
Unas aguas negras que ascendían a su encuentro.

Lundy no las miró. Se arrastró sobre la sangre de Farrell empujándolo hacia la pared de la cabina, y empezó a rascar la brillante puerta, gimiendo como un perro al que no dejan entrar en casa.

La nave chocó con el agua a terrible velocidad. El impacto levantó oleadas de espuma, que brilló con una blancura cegadora sobre aquel negro mar.

El agua levantada por el impacto cayó, y los círculos concéntricos se fueran alejando y terminaron por borrarse.

Las islas verdinegras de sargazos se desplazaron lentamente sobre el lugar de la caída. Una bandada de pequeños dragones marinos agitó sus alas de pedrería para abatirse sobre las peces, y ninguno de aquellos seres demostró el menor interés por la suerte de la nave voladora que se hundía hasta. las profundidades.

Ni siquiera el propio Lundy, tendido y frío en la cabina estanca, oprimiendo con su cuerpo el cofrecillo, mientras las lágrimas y el sudor se secaban en sus mejillas recubiertas de una barba incipiente.

(CONTINUARA...)