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Terror en el espacio (Capítulo 1) - Leigh Brackett

Capítulo 1 

Lundy conducía con sus propias manos el convertible aeroespacial. Lo había estado haciendo durante mucho tiempo. Tanto tiempo, que la mitad inferior de su cuerpo estaba dormida e insensible hasta las puntas de los pies y la mitad superior aún más insensible, con excepción de dos dolores separados peores que los que produce un flemón: uno alojado en su espalda y el otro en la cabeza.

Los jirones de nubes desgarradas y arrancadas de la espesa atmósfera venusiana color gris perla, pasaban rápidamente junto a la veloz aeronave. Los reactores palpitaban y zumbaban, mientras los instrumentos se movían desordenadamente bajo el influjo de las corrientes magnéticas que hacen de la atmósfera venusiana la pesadilla de los pilotos.

Jackie Smith seguía frío y envarado en el asiento del copiloto. A través de la portezuela cerrada que tenía a sus espaldas y que comunicaba con la minúscula cabina interior, Lundy oía gritar y debatirse a Farrell.

Hacía rato que gritaba. Desde que la inyección de avertina que le puso Lundy cuando lo subieron a bordo dejó de surtir efecto. Se debatía chillando e intentando librarse de las correas, profiriendo roncas exclamaciones que nada significaban.

Luchaba y se debatía a causa de aquello.

En algún lugar dentro de Lundy, dentro del arrugado y sudoroso uniforme negro de la Sección Especial de la Policía de los Tres Mundos, dentro del metro sesenta y cinco de gruesos y acerados músculos que este uniforme recubría, había un nudo. Un nudo muy grande, y muy frío también a pesar del sofocante calor que reinaba en la cabina, y además tenía la mala costumbre de contraerse de vez en cuando, haciendo que Lundy se estremeciese y sudase copiosamente, como si le hubiesen pinchado.

A Lundy no le gustaba tener aquel nudo frío en el estómago, pues eso significaba que tenía miedo. Había tenido miedo muchas otras veces, y no se avergonzaba de ello. Pero en aquellos momentos necesitaba apelar a toda su inteligencia y valor para devolver aquéllo a su cuartel general de Vhia, y no deseaba tener que luchar también consigo mismo.

El miedo puede hacer las cosas muy difíciles. Puede debilitarnos cuando necesitamos ser más fuertes, si queremos salvar nuestra vida. Y en este caso se trataba de su vida y la de sus dos compañeros.

Lundy confiaba en poder dominar su miedo, y también su cansancio... porque aquello permanecía agazapado en la pequeña arquita guardada en la caja fuerte, esperando que alguien se desmoronase.

Farrell se había desmoronado completamente, desde luego, pero estaba firmemente sujeto. Jackie Smith había empezado a mostrar signos de desmoralización antes de desvanecerse, y por ello Lundy tenía una mano puesta sobre la jeringuilla hipodérmica cargada con anestésico que pendía a un lado de su asiento. Y Lundy pensaba:
«Lo peor de todo es que no se sabe cuando empieza a actuar en nosotros. No existen precedentes, o si existen nosotros los desconocemos. Quizás ahora mismo, las indicaciones que veo en estas esferas sean completamente falsas...»

Por debajo de ellos, podía atisbar de vez en cuando pequeñas extensiones de océano entre los jirones de niebla gris. Las aguas negras, inmóviles, sin mareas ni oleajes del planeta Venus, que ocultan innumerables secretos de su vida pretérita.

Lo que veía no era de ninguna utilidad para Lundy. Le era imposible calcular su rumbo... podía hallarse sobre un punto cualquiera del océano. Esperaba que los motores seguirían funcionando con regularidad, o de lo contrario todos se darían un buen baño, en la inmensa extensión de aguas negras y tranquilas.

Farrell seguía gritando. Parecía tener la garganta blindada. Chillaba y se debatía para libertarse de sus ligaduras, porque aquello estaba encerrado y pedía socorro.

–Tengo frío –dijo Smith–. Oye, enanito.

Lundy volvió la cabeza. Por lo general mostraba una cara redonda, fresca y vivaracha, en la que brillaban unos ojos obscuros y una sonrisa juvenil que dejaba al descubierto sus dientes blanquísimos. En aquellos momentos, su aspecto era más bien el de una basura que el camarero hubiese sacado con la escoba de debajo una mesa a las cuatro de la madrugada, del día de año nuevo.

–Tienes frío, ¿eh? –dijo con voz ronca, pasándose la lengua por los labios empapados de sudor–. ¡Tanto mejor! Eso es lo que necesitamos.

Jackie Smith se movió un poco, gruñó y trató de incorporarse. Su guerrera negra estaba entreabierta, mostrando los vendajes blancos que le cruzaban el pecho, y tenía la mano izquierda sobre el extremo roto de la cremallera que cerraba la guerrera. Era un hombre corpulento y no mayor que Lundy, de facciones prominentes y feas, unos cabellos ásperos y claros y una tez que parecía cuero reseco.

–En Mercurio, donde nací –dijo– el clima es adecuado para los seres humanos. Vosotros, los pisaverdes del Viejo Mundo... –se interrumpía, palideciendo bajo su piel curtida, y dijo con los dientes muy apretados–: ¡Vaya! Veo que Farrell se ha ocupado a conciencia de mí.
–Te salvarás –le dijo Lundy, tratando de no pensar en lo cerca que él y Smith estuvieron de la muerte. Farrell había luchado como un demonio cuando lo descubrieron en una aldea indígena, situada en lo más alto de los Montes de la Nube Blanca.

Lundy aún recordaba con horror lo sucedido.
A Lundy no le importaba entendérselas con matones o andar a tortas con los peores rufianes. Pero Farrell no era de ésos. Sólo era un buen muchacho que cayó en las redes de alguien mucho más fuerte que él.

Un buen muchacho, enamorado con locura de alguien inexistente. Un muchacho decente y trabajador, con esposa y dos hijos, que perdió la chaveta, el alma y el corazón por un ser del espacio, hasta el punto que estaba dispuesto a matar para protegerlo.
«¡Qué diablos!», pensó Lundy, cansado y furioso. «¿No dejará nunca de chillar?»

Los reactores rugían poderosos. Los grises jirones de niebla pasaban con rapidez junto a la nave. Jackie Smith permanecía sentado, muy rígido, con los ojos cerrados, los labios pálidos y respirando entrecortadamente. Y aún faltaba mucho para llegar a Vhia.

Tal vez más de lo que él suponía. Quizás ni siquiera se dirigía hacia Vhia. Quizá aquello ejercía su influjo sobre él, y nunca lo sabría hasta que su aparato se estrellase.

El frío nudo se apretó aún más en su estómago, como la helada hoja de un cuchillo clavado en su carne.

Lundy lanzó una maldición. Sí se dejaba llevar por aquella clase de pensamientos, se iría de cabeza al infierno.

Pero no podía dejar de pensar en aquello. En el ser que había apresado gracias a una red especial de apretadas mallas metálicas. Echó aquella red sin mirar sobre algo que Farrell estaba contemplando. El ser que había metido a la fuerza en el cofre de glasita, cubriéndolo con una tela negra porque le habían advertido que no lo mirase.

A Lundy le cosquilleaban y le ardían aún las manos, de una manera que no era desagradable. Todavía le parecía notar aquel pequeño ser debatiéndose desesperadamente para escapar, cubierto por la red. Le pareció de una forma vagamente cilíndrica y terriblemente vivo.

Aquello era vida. Vida del espacio interplanetario, que salió de una nube de polvo cósmico atraída por la fuerza de gravedad de Venus. Desde que Venus atravesó aquella nube, se desencadenó una extraña oleada de locura en todo el planeta. Una locura como la que hizo su víctima de Farrell, que causó muertes y cosas aún peores.

Los hombres de ciencia tenían algunas teorías acerca de lo que podía ser aquella vida del espacio. Tuvieron la suerte de descubrir el cadáver de uno de aquellos seres, y circulaban varios rumores acerca de una substancia de apariencia cristalina que en realidad no era cristal, de unos ocho centímetros de longitud y magníficamente cincelada y estriada, provista además de unos pequeños y extrañísimos instrumentos cuyo uso nadie supo discernir.

Pero el cadáver de aquel ser no les sirvió de gran cosa. Tenían que apresar a uno vivo, si querían descubrir el secreto de su existencia y hallar el medio de terminar con lo que los telecomentadores habían denominado «La locura del más allá», o «El hechizo del vampiro».

Sin embargo, una cosa acerca de estos seres era del dominio general. Sus víctimas enloquecían de pronto, y en su demencia afirmaban que habían encontrado a la mujer soñada o el ideal último de la feminidad. Sólo podían verla ellos, pero esto les dejaba sin cuidado. Ellos la veían, y para ellos les bastaba con ver a... Ella. Y los ojos de ésta aparecían siempre velados.

Ella constituía un verdadero rompecabezas, y estaba mucho más allá de la hipnosis y del dominio de las fuerzas de la mente. Por esta razón no se había conseguido nunca apresar con vida a Ella, o a Aquello. Esto solamente se consiguió cuando Lundy y Smith, contando con todo el asesoramiento científico de la Policía Espacial, consiguieron localizar a Farrell y apoderarse del misterioso ser que lo tenía hechizado.

Desde luego, lo consiguieron por pura casualidad, por una suerte increíble. Lundy movió su dolorida cabeza tratando de librarse de la tortícolis, parpadeó para librarse del sudor que penetraba en sus ojos inyectados en sangre, y deseó ardientemente encontrarse en su casa y acostado.
Jackie Smith observó de pronto:
–Enanito, tengo frío. Dame una manta.
Lundy le miró. Sus claros ojos verdes estaban entreabiertos, pero su mirada estaba perdida en el vacío. Temblaba como un azogado.
–No puedo dejar los mandos, Jackie.
–Tonterías. Aún tengo una mano útil. Todavía puedo pilotar esta lata de conservas durante unos momentos.

Lundy refunfuñó. Sabía que Smith no bromeaba al afirmar que tenía frío. Las temperaturas que reinaban en Mercurio hacían que los hombres pertenecientes a la primera generación de colonizadores, fuesen sensibles a todas las temperaturas inferiores a la de un horno eléctrico. Además de la herida, Smith podía contraer una pulmonía si no le abrigaban convenientemente.
–Muy bien –Lundy tendió la mano para cerrar el interruptor señalado con una A. –Pero dejaré que Miguelito se encargue de dirigir el vuelo. Probablemente no durará más de cinco minutos antes de estallar.

Miguelito, el piloto automático, se convertía en una verdadera nulidad cuando se trataba de volar por la atmósfera de Venus. La constante compensación magnética calentaba las bobinas del robot hasta tal punto, que era cuestión de minutos que éstas se fundiesen.

Lundy se dijo que después de todo era agradable saber que aún había un par de cosas que los hombres podían hacer mejor que las máquinas.

Se levantó, y le pareció como sí hubiese estado enmoheciéndose al aire libre durante cuatrocientos años. Smith no volvió la cabeza. Lundy le gruñó:
–¡La próxima vez, hijito, ponte ropa interior de lana y déjame tranquilo!

Tras decir estas palabras notó que el nudo se apretaba en su estómago. Un sudor frío cubrió su cuerpo y una oleada de fuego recorrió sus nervios.

Farrell había dejado de gritar.

Reinó silencio en la nave. Nada lo rasgó. El fragor de los cohetes era ajeno a aquel silencio. Incluso la respiración jadeante de Jackie Smith cesó. Lundy se dirigió lentamente hacia la portezuela.

Apenas había dado dos pasos, cuando ésta se abrió. Lundy se detuvo, presa de súbita inmovilidad.

En el umbral se erguía Farrell. Farrell, un hombre bueno y honrado a carta cabal, con mujer y dos hijos. Su rostro era el mismo de siempre, pero los ojos que brillaban en él aparecían enajenados. No eran ni siquiera humanos.

Lundy le había atado por el pecho, la cintura, las piernas y los pies a la litera con cuatro fuertes correas. El cuerpo de Farrell mostraba las señales de las mismas. Se le habían clavado en su carne, en sus músculos y tendones, hasta mostrar sus desnudas costillas. Estaba cubierto de sangre, pero esto a él no parecía importarle.
–He roto las correas –dijo, dirigiendo una sonrisa a Lundy–. Ella me llamó y rompí las correas.

Hizo ademán de dirigirse hacia el cofre que se hallaba en un ángulo de la cabina. Lundy se esforzó por salir de la nube negra y fría que lo atenazaba y consiguió mover los pies.
Jackie Smith le dijo con voz queda:
–Quieto, enanito. A ella no le gusta estar encerrada en el cofre. Tiene frío y quiere salir.

Lundy le miró por encima del hombro. Smith se había vuelto a medias en su asiento y empuñaba la pistola hipodérmica, que había tomado de la funda colgada en el respaldo del asiento del piloto. Sus claros ojos verdes tenían un brillo distante y soñador, pero Lundy no se fiaba en absoluto de ello.
Sin la menor inflexión en su voz, dijo:
–Tú la has visto.
–No. La he... oído.
Los gruesos labios de Smith se plegaron en un extraño rictus. Su respiración se hizo ronca y sibilante.

Farrell se arrodilló junto al cofre. Poniendo sus manos sobre su superficie lisa y brillante, se volvió hacía Lundy. Éste vio que estaba llorando.
–Ábrelo. Tienes que abrirlo. Ella quiere salir. Está asustada la pobrecita.
Jackie Smith levantó imperceptiblemente la pistola.
–Ábrelo, enanito –susurró–. Ella tiene frío, ahí dentro.
Lundy no se movió. El sudor corría a raudales por su cuerpo y a pesar de ello tenía frío. Sin más, respondió con lengua estropajosa.
–No. Tiene calor. Allí dentro no puede respirar. Tiene calor.
Entonces levantó la cabeza con gesto convulsivo y gritó. Se volvió para enfrentarse con Smith, y con paso inseguro pero rápido se dirigió hacia él.
Las feas facciones de Smith se contrajeron como si fuese a llorar.
–¡Vamos, enanito! Mira que no quiero disparar contra ti. Abre el cofre.
Lundy, con un hilo de voz, dijo:
–Eres un pobre estúpido.
Y siguió avanzando.
Smith oprimió el gatillo.

Las agujas hipodérmicas cargadas de anestésico se clavaron en el pecho de Lundy. No dolían mucho. Sólo un pequeño pinchazo. El siguió avanzando, llevado por su impulso inicial.
A sus espaldas, Farrell gimió como un cachorro y se tendió sobre el cofrecito. Ya no volvió a moverse. Lundy cayó de rodillas y siguió avanzando a gatas y como en sueños hacia los mandos. Jackie Smith le contemplaba con mirada turbia.
Súbitamente, el piloto automático estalló.

Del cuadro de mandos surgió una llamarada azul. Su brillo cegador y el calor intenso hicieron caer a Lundy de espaldas. La cabina se llenó de silbidos, aullidos y empezó a girar locamente, mientras el convertible bailaba como una hoja en brazos del huracán. El mecanismo automático de seguridad apagó los cohetes.
La aeronave empezó a caer.

Smith balbuceaba palabras incoherentes, entre las que sólo se entendía Ella y plegó su asiento. Lundy se frotó la cara con la mano. Sus facciones eran borrosas y estúpidas. Sus ojos negros no tenían ninguna expresión.

Empezó a arrastrarse sobre el suelo bamboleante en dirección al cofre.

La proa de la nave rasgaba las nubes, y de pronto apareció una gran extensión líquida. Un mar negro y tranquilo, sin oleaje, sembrada de islitas flotantes de sargazos que se movían y agitaban con vida propia.
Unas aguas negras que ascendían a su encuentro.

Lundy no las miró. Se arrastró sobre la sangre de Farrell empujándolo hacia la pared de la cabina, y empezó a rascar la brillante puerta, gimiendo como un perro al que no dejan entrar en casa.

La nave chocó con el agua a terrible velocidad. El impacto levantó oleadas de espuma, que brilló con una blancura cegadora sobre aquel negro mar.

El agua levantada por el impacto cayó, y los círculos concéntricos se fueran alejando y terminaron por borrarse.

Las islas verdinegras de sargazos se desplazaron lentamente sobre el lugar de la caída. Una bandada de pequeños dragones marinos agitó sus alas de pedrería para abatirse sobre las peces, y ninguno de aquellos seres demostró el menor interés por la suerte de la nave voladora que se hundía hasta. las profundidades.

Ni siquiera el propio Lundy, tendido y frío en la cabina estanca, oprimiendo con su cuerpo el cofrecillo, mientras las lágrimas y el sudor se secaban en sus mejillas recubiertas de una barba incipiente.

(CONTINUARA...) 

La señorita Cubbidge y el dragón del romance - Lord Dunsany

Esta historia se cuenta en los balcones de Belgrave Square y entre las torres de Pont Street; los hombres la cantan al anochecer en Brompton Road.

Poco antes de su decimoctavo cumpleaños, la señorita Cubbidge, que vivía en el número 12A de Prince of Wales' Square, pensó que antes de que otro año pasara de largo ella perdería de vista aquel deforme rectángulo que por tanto tiempo había sido su casa. 

Y si además le hubieran dicho que en ese mismo año se habría desvanecido de su memoria cualquier vestigio de aquella supuesta plaza y del día en que su padre fue elegido por abrumadora mayoría para tomar parte en la dirección de los destinos del imperio, simplemente habría dicho con esa voz afectada que tenía: "¡Sí, ya!".

La prensa diaria no dijo nada al respecto, la política del partido de su padre no lo había previsto, no apareció ni por asomo en las conversaciones de las reuniones vespertinas a las que acudía la señorita Cubbidge: nada hubo que le avisara de que un repugnante dragón de escamas doradas, que agitaba al andar, surgiría limpiamente de la flor y nata del romance y atravesaría Hammersmith de noche (por lo que sabemos), y vendría a Ardle Mansions, para luego torcer a la izquierda, lo que le conduciría por supuesto a la casa del padre de la señorita Cubbidge.

La señorita Cubbidge se sentó al atardecer en su balcón completamente sola a esperar que a su padre le nombraran baronet. Llevaba botas, sombrero y un traje de noche escotado; pues un pintor estaba haciendo su retrato en aquel momento, y ni ella ni el pintor vieron nada raro en la extraña combinación. Ella no reparó en el estruendo de las escamas doradas del dragón, ni distinguió por encima de las múltiples luces de Londres el insignificante brillo rojo de sus ojos. 

De pronto levantó la cabeza, un resplandor dorado, hacia el balcón; no parecía un dragón amarillo, pues sus relucientes escamas reflejaban la belleza que Londres únicamente luce al atardecer y por la noche. Ella gritó, mas no a un caballero; no sabía a qué caballero llamar, ni adivinaba dónde estaban los vencedores de dragones de los lejanos tiempos románticos, ni cuáles eran las piezas más poderosas que ahora perseguían, o las batallas que libraban; tal vez estuviesen ocupados todavía al servicio de Armageddon.

En el balcón de la casa de su padre en Prince of Wales' Square, pintado de gris oscuro y cada año más ennegrecido, el dragón, desplegando sus rápidas alas, alzó a la señorita Cubbidge y Londres desapareció como una moda anticuada. Y desapareció Inglaterra, y el humo de sus fábricas, y el sonoro mundo material que despliega gran actividad alrededor del sol, agitado y perseguido por el tiempo; hasta que aparecieron las eternas y antiguas tierras del romance, que permanecían ocultas bajo los mares místicos.

No os imaginaríais a la señorita Cubbidge acariciando distraídamente con una mano la cabeza dorada de uno de los dragones de la canción, mientras con la otra jugaba de cuando en cuando con perlas procedentes de solitarios parajes marinos. 

Llenaron de perlas enormes conchas de haliotis y las pusieron a su lado; le llevaron esmeraldas que ella se apresuró a ostentar entre las trenzas de su larga cabellera negra; le llevaron zafiros ensartados para su manto; todo eso hicieron los príncipes de fábula y los elfos y gnomos de la mitología. 

Y, aunque todavía estaba viva, también formaba parte del pasado y de aquellos sagrados cuentos que las nodrizas contaban cuando los niños se portaban bien, y había llegado la noche y el fuego estaba encendido, y el suave golpeteo de los copos de nieve en el cristal era como la huella furtiva de las espantosas criaturas de los antiguos bosques encantados. 

Si al principio ella echó de menos aquellas primorosas novedades entre las cuales se había criado, el viejo y competente cántico del mar místico celebrando la tradición de las hadas la apaciguó momentáneamente y acabó por consolarla. 

Incluso se olvidó de aquellos anuncios de píldoras que son tan queridos en Inglaterra; incluso olvidó los tópicos políticos y las cosas de las que se suele discutir, y aquellas de las que no; y por fuerza debió contentarse viendo navegar enormes galeones cargados de oro para Madrid, y la divertida calavera y las tibias cruzadas de los piratas, y el diminuto nautilo saliendo al mar, y los navíos de los héroes que circulan por los romances o de los príncipes que buscan islas encantadas.

No fue con cadenas como el dragón la retuvo allí, sino con un sortilegio de los de antaño. Para aquellos a los que durante tanto tiempo las facilidades de la prensa diaria les han sido concedidas, los sortilegios han perdido todo su encanto -habría que decir- así como, al cabo de un tiempo, los galeones y todas las cosas anticuadas. Al cabo de un tiempo.

Pero ella no sabía si habían pasado siglos o años o nada de tiempo en absoluto. Si algo indicaba el paso del tiempo, era el ritmo de los cuernos de los elfos ascendiendo a las alturas. Si los siglos pasaron para ella, el sortilegio que le ataba le dio también juventud eterna y mantuvo siempre encendido el farol a su lado, y libró del deterioro al palacio de mármol situado frente al mar místico. 

Y si el tiempo no pasó por ella, su único momento en aquellas maravillosas costas se convirtió, por así decirlo, en un cristal que reflejaba miles de escenarios. Si todo fue un sueño, fue un sueño que no conoció comienzo ni se desvaneció. La corriente siguió su curso cuchicheando misterios y mitos, mientras cerca de aquella dama cautiva, dormido en su tanque de mármol, el dragón dorado soñaba. 

Y no muy lejos de la costa, todo lo que soñaba el dragón se veía borrosamente en la neblina que cubría el mar. Nunca soñó con ningún caballero salvador. Mientras soñaba, llegó el crepúsculo; mas cuando salió ágilmente de su tanque, cayó la noche y brillaron las estrellas en sus chorreantes escamas doradas.

Tanto él como su cautiva vencieron allí al Tiempo, o nunca se enfrentaron del todo a él. Mientras tanto, en el mundo que conocemos hacía estragos Roncesvalles u otras batallas todavía por venir... desconozco qué parte de los romances le contó a ella. 

Tal vez se convirtiese ella en una de esas princesas de las que nos hablan las fábulas amorosas, mas baste decir que vivía allí junto al mar; y gobernaron reyes y demonios, y volvieron de nuevo los reyes, y muchas ciudades retornaron a su polvo originario, y ella permaneció todavía allí, y su palacio de mármol no pasó aún a mejor vida, ni la fuerza del sortilegio del dragón.

Y tan sólo en una ocasión llegó hasta ella un mensaje del mundo que conocía de antiguo. Llegó en un barco nacarado a través del mar místico; procedía de una antigua amiga del colegio que había tenido en Putney, simplemente una nota, no más, con letra pequeña, clara y redonda. Decía:

"No es propio de ti estar allí sola".

La piedra del diablo - Beatrice Heron-Maxwell

 Declinaba ya una tarde templada y crepuscular de un día particularmente cálido, vaporoso y apacible en Aix-les-bains, en Saboya, cuando atravesé el jardín del hotel dispuesta a dar un lánguido paseo por las calles de la pequeña ciudad. Estaba harta de no tener nada que hacer ni nadie con quien hablar; los otros huéspedes del hotel eran en su mayoría extranjeros y, al margen de eso, carecían por completo de interés; en cuanto a mi padre, era casi como si no existiera para mí en ese momento, hasta que su «camino» hubiese terminado. Se pasaba el día, desde primera hora de la mañana hasta que la tarde lo cubría todo de rocío, sumergido en el agua, por fuera, por dentro o de las dos formas; y más allá de alguna ocasión en que lo veía fugazmente, ataviado con un traje que le daba apariencia de jeque árabe y llevado en silla de manos con gran pompa hacia los baños o de vuelta de ellos, yo era, metafóricamente hablando, huérfana hasta la table d’hôte.

Cuando cruzaba la terraza, alguien se levantó de una tumbona y, dejando a un lado el libro que estaba leyendo, dijo:

—¿Dónde va, señorita Durant? ¿Me permite acompañarla?

—Si le apetece —respondí, con tanta cortesía como indiferencia—; solo voy a buscar cucharas.

—A buscar ¿qué?

—Cucharas. Las colecciono, ya sabe; una afición como cualquier otra… Y siempre puede uno regalarlas si se cansa de ellas.

Paseamos, pues, uno al lado del otro; y al poco empecé a sentirme menos aburrida, y más reconciliada con las tribulaciones de la existencia, y, finalmente, divertida, interesada y halagada.

Aquel hombre de mediana edad de aspecto apacible —a quien mi padre me había presentado dos días antes como un amigo suyo, y al cual yo había catalogado mentalmente como «bastante agraciado, quizá inteligente, posiblemente presuntuoso y probablemente casado»— se estaba mostrando simpático como solo puede hacerlo un hombre cultivado, refinado y con mucho mundo que desea causar una impresión favorable; poco a poco, me descubrí reconociendo que su rostro oscuro e intelectual, con su corona de pelo ondulado y de color gris hierro, era algo más que agraciado, y que su inteligencia era suficiente para llevarlo más allá de la presunción, aunque, al parecer, no lo colocaba por encima del placer más que evidente que le procuraban la compañía y la conversación de una joven. 

Ya había tomado nota de casi todos mis gustos y ocupaciones, y me sonsacó, valiéndose de una empatía magnética, algunas confesiones acerca de mis aspiraciones y pensamientos más íntimos; a cambio, él me contó que viajaba con desaliento en busca de reposo, atendiendo a una orden imperiosa de su médico, y que lamentaba su solitaria soltería, cuando mi atención quedó atrapada por unas extrañas cucharas medio ocultas entre otros insulsos objetos de plata en el escaparate de una desolada tiendecita a la que nuestros pasos sin rumbo nos habían conducido por callejuelas estrechas y sombrías.

—Me gustaría saber cuánto cuestan —dije; y, pidiéndome que esperase fuera, el coronel Haughton desapareció en el oscuro interior de la tienda.

Yo me quedé mirando un momento a través del escaparate, y después, impelida por no sé qué vano impulso, seguí caminando lentamente.

El sonido de una ventana abriéndose por encima de mi cabeza y una risa de mujer me detuvieron, y alcé la vista. Era una risa extraña: baja y controlada, pero que encerraba una burla maliciosa que parecía el remate apropiado para un discurso mordaz; y justo detrás de la celosía abierta, con los brazos apoyados en el alféizar y la barbilla ligeramente reclinada sobre las manos entrelazadas, estaba la mujer más bella que he visto nunca. Apenas alcancé a ver su pelo castaño rojizo sobre una blanca frente, sus ojos como pensamientos marrones y sus labios partidos, que parecían pétalos escarlatas sobre la perfecta palidez de sus mejillas redondeadas, pero ha quedado fotografiada para siempre en mi cabeza. Pues, mientras la miraba, la mano y el brazo de un hombre, bronceado, delgado y muy ágil, con dedos nerviosos, en uno de los cuales brillaba una piedra verde, rodeó su cuello y le hundió una daga en el corazón. La sonrisa tembló en los bonitos labios antes de congelarse, pero de estos no salió ningún sonido, y los ojos se le pusieron en blanco y se cerraron; mientras se tambaleaba en la ventana abierta, el hechizo que me tenía paralizada se rompió y salí huyendo con un grito aterrado. Corrí y corrí —ciega, loca, desesperadamente—, sin sensación ni pensamiento ni emoción alguna salvo un miedo irrefrenable. Una niebla roja pareció cerrarse en torno a mí, y mientras luchaba contra ella sentí que me fallaban las fuerzas, y todo se quedó negro y en calma.

Percibí una voz que hablaba en esa oscuridad, el tacto de una mano en mi cara, un destello de luz, la dolorosa sensación de que alguien estaba sufriendo, y luego recobré la conciencia y la memoria. Mi padre estaba inclinado sobre mí con rostro preocupado, y su voz, como si hablase desde una gran distancia, dijo:

—Theo, ¿te encuentras mejor, cariño? No, no te levantes; descansa, y tómate esto.

Volví a recostarme, y comprendí vagamente que estaba en mi habitación del hotel, y que había allí un desconocido, médico sin duda. Me encareció que guardase reposo absoluto hasta que me visitase de nuevo, y pidió que se le informase de inmediato si se repetían los desmayos. Más adelante, cuando yo estuviera en condiciones de explicar la causa de aquel ataque, podría recetarme algo. La luz del crepúsculo luchaba por entrar a través de las cortinas, y supe que debía de haber estado muchas horas inconsciente. Con el esfuerzo de borrar todos los recuerdos de la terrible escena que había presenciado, vino el aletargamiento, y, poco después, un sueño profundo y tranquilo.

Varios días de reclusión y reposo me devolvieron parcialmente la salud y el ánimo, y empecé a pensar que lo ocurrido no había sido más que una especie de sueño diabólico, un horror que sería mejor olvidar. Mi padre, cuando escuchó mi historia, se mostró incrédulo al principio; después, impresionado a su pesar por la seriedad con que se lo conté, decidió creerme a regañadientes, pero me suplicó que no se lo contase a nadie. No consiguió encontrar ninguna noticia sobre un asesinato en los periódicos locales, ni pudo determinar si el trágico suceso que yo había presenciado había ocurrido en realidad, y, como no quería ver mezclado mi nombre en ninguna investigación, dejó correr el asunto. 

No volví a hablarlo con él, pero el recuerdo no desapareció del todo. Me atormentaba la visión de aquel rostro adorable, y el sonido de aquella risa con su espantoso desenlace. También di en pensar que aquella cara me resultaba en cierto modo familiar; me pasaba horas tumbada con los ojos cerrados, intentando en vano averiguar a quién se parecía. En esas reflexiones andaba enfrascada un día cuando salí de mi ensoñación y me topé con mi propio reflejo en un espejo colgado en la pared de enfrente. Me quedé mirándolo fijamente, sin aliento, mientras un terror nuevo se apoderaba de mí. Allí estaba el parecido que andaba buscando: el pelo castaño rojizo, los profundos ojos negros, la cara pálida con labios rojos partidos. No tan bonita, quizá, como la que había visto en la ventana; de hecho, cuando comprendí poco a poco que estaba mirándome a mí misma, no vi belleza en aquellos rasgos conocidos; pero sí parecido: ¡un parecido extraordinario y terrible! Y fue entonces cuando empecé a dudar por primera vez de la realidad de mi visión, y a esperar con impaciencia que al recuperar las fuerzas se borrase de mi cabeza. Decidí poner fin al descanso y las ensoñaciones, y esa tarde bajé al jardín.

—¡Por fin! —dijo el coronel Haughton, cogiéndome las dos manos—. Creí que no volveríamos a verla. He estado reprochándome haberla cansado en exceso aquel día… y haberla dejado sola; no tenía intención de alejarme de usted más que un momento, y quiero explicarle por qué me entretuve. Cuando salí y vi que no estaba, pensé que habría vuelto aquí, y me apresuré, con la fortuna de que la encontré un segundo antes de que se desmayase. Su padre me ha dicho que ha tenido un poco de malaria, y espero… Pero la estoy angustiando, señorita Durant; la estoy agotando. Permítame que le busque una silla cómoda y la deje descansar.

—No, no —grité ansiosamente—; quédese. Dígame, ¿dónde consiguió ese anillo?

En su dedo brillaba una extraña piedra verde que parecía idéntica a la que había visto en la mano que empuñaba la daga.

—Eso es precisamente lo que quiero contarle —dijo—. Después de comprarle las cucharas, vi, en un estuche tallado, este anillo. Es una piedra muy peculiar. Como puede comprobar, ahora mismo parece desprovista de brillo; sin embargo, puede llegar a relucir con el esplendor de un diamante. Y en la parte de atrás lleva tallada parte de la cabeza de una serpiente. Solo he visto otro anillo como este, y fue hace muchos años en un templo de la India. La llamaban la Piedra del Diablo y le rendían admiración. Me contaron, además, su historia. La había descubierto un santo varón hacía varios siglos, engastada en una reliquia sagrada, y le había construido un santuario, de donde la robaron. En el siguiente capítulo de su historia, un marajá la dividió en dos partes iguales y encargó que se hicieran con ellas dos anillos, uno de los cuales lo llevaba siempre puesto, y el otro se lo regaló a su maharaní, a la que amaba con locura. Un día descubrió que ella ya no lo llevaba en el dedo y, en un arrebato de celos, la mató y se suicidó. Su anillo pasó a manos de los brahmanes, pero el de ella no se encontró nunca. 

Ellos dicen que antes o después los dos anillos volverán a unirse, y que hasta entonces el anillo perdido llevará a cabo su misión, que, según se cree, es impulsar a su portador a cometer actos violentos y a destruirse a sí mismo; y, cuando el espíritu maligno que hay en su interior está satisfecho, el anillo resplandece. Dicen también que, si te deshaces de él, te desprendes también de toda la felicidad de tu vida y pierdes la oportunidad de volver a conseguirla nunca. Sin embargo, si lo llevas puesto, toma las riendas de tu destino. En cuanto lo vi, reconocí en él el anillo perdido, y le pregunté al hombre por cuánto lo vendía. Pero se negó a darme un precio; dijo que no estaba a la venta, de modo que me fui, porque no quería hacerla esperar más; pero volví al día siguiente y logré que me lo vendiera. El hombre, un anciano italiano bastante peculiar, se mostró muy reticente, pero parecía haber hecho algunas averiguaciones sobre la leyenda del anillo, y me dijo que estaba «maldito», y que no era aconsejable ni venderlo ni llevarlo. A él se lo había vendido un compatriota suyo, dijo, un hombre con una oscura historia, demasiado dispuesto siempre a echar mano de su navaja, y que había acabado mal. Le dije que lo robaría, y que podía cobrarme lo que quisiera por otros artículos que le comprase, y así fue como resolvimos el dilema.

—¿No tiene miedo de llevarlo? —pregunté—. Me estremezco solo de verlo. Encierra algún tipo de hechizo, estoy segura.

—No le tengo miedo a nada —dijo con ligereza—, excepto a su desagrado, señorita Theo. Si le molesta, me lo quitaré, pero he de confesarle que siento una gran fascinación por él. No creo en supersticiones, pero me gusta la piedra por su antigüedad y su curiosa historia. Algún día se lo enviaré a mis amigos los brahmanes; mientras tanto, no me inspira ninguna propensión maligna, y, dado que le ha interesado, estoy satisfecho con él de momento.

Así pues, resolví alejar de mis pensamientos el anillo y su historia y puse toda mi atención en el nuevo aliciente que había surgido en mi vida. Los siguientes días transcurrieron tan felizmente, y me resultaba tan natural que Lionel Haughton estuviera siempre a mi lado que no me paré a preguntarme la razón de nuestra estrecha relación…, aunque creo que, en mi fuero interno, la sabía. Y cada día, cada hora que pasaba con él, nos acercaba más y nos unía con lazos que no sería fácil romper.

—Haughton ha mejorado una barbaridad —dijo mi padre un día— desde que lo conocí hace muchos años; su hermano era un gran amigo mío, y a él no lo traté demasiado; al parecer, ha pasado buena parte de su vida en la India, e imagino que su salud se ha resentido. Supongo que no volverá allí. Tengo que convencerlo de que venga a visitarnos cuando estemos en casa, ¿no crees, Theo?

Una tarde, cuando nuestra estancia llegaba a su fin, pensamos en ir al casino y probar mi suerte en el juego.

—Siempre tengo suerte en lo que depende del azar —dije—, y me temo que no he aprovechado esa cualidad desde que llegué aquí. Vayamos a apostar esta noche, y ganaré una fortuna para todos nosotros.

Esa noche, sin embargo, el coronel Haughton no nos acompañó como de costumbre en la table d’hôte, y más tarde me llegó una nota suya en la que me informaba de que se había sentido indispuesto, pero que ya se encontraba mejor y se reuniría con nosotros en el casino. Era la primera vez en mi vida que apostaba, y pronto resultó evidente que mi profecía sobre mi suerte se estaba cumpliendo: gané, y gané, y gané otra vez, hasta que tuve ante mí un montón de oro y billetes que me convirtió en el centro de las miradas de toda la mesa. Jugaba de modo temerario, y, aun así, no había forma de que perdiera, hasta que mi atención se vio distraída de pronto por la llegada del coronel Haughton, que se inclinó por encima de mi hombro y dejó su apuesta al lado de la mía. Al hacerlo, tuve la impresión de que el anillo emitía un leve destello, y sentí como si mi despreocupada buena fortuna me hubiera abandonado. Ahora quería ganar, mientras que antes había apostado solo por la emoción, con el verdadero espíritu del jugador. Sin embargo, a partir de ese momento perdí. Él también perdió, grandes sumas, tan grandes que me pregunté si sería tan rico como para tomárselo con la filosofía con que parecía hacerlo. No obstante, tanto había ganado yo al principio que, aunque muy mermada, seguía siendo una pequeña fortuna lo que me llevé cuando abandonamos las mesas.

—Me ha traído usted mala suerte —le dije al coronel Haughton cuando volvíamos caminando al hotel—. ¿Sabe?, creo que fue su anillo.

—No volvería a ponérmelo nunca si pensara eso —respondió. Después, cuando llegamos al jardín y mi padre entró en el salón, dijo—: Theo, espere un segundo. Tengo algo que decirle. Querida, la amo; la amo más que a mi vida: ¿intentará sentir un poco de afecto por mí a cambio? Quiero que sea mi esposa. ¡La adoro!

¡Oh, Lionel! ¡Querido! ¡No hacía falta que me aseguraras tu amor para tener la certeza del mío por ti! Si alguna vez las puertas del cielo se han abierto a ojos mortales, esa noche estaban entreabiertas para nosotros; el jardín iluminado por las estrellas se convirtió en un auténtico Edén, por el que caminamos con asombrado regocijo, y no nos paramos a pensar en un ángel con espada de fuego que esperaba en silencio para sacarnos de nuestro paraíso y llevarnos a la oscuridad exterior.

Todavía no eran las doce cuando empezamos al día siguiente el ascenso al Dent du Chat, uno de los picos de montaña que dominaban Aix.

—Me siento como si tuviera alas y tuviera que elevarme a una atmósfera más alta —dije alegremente—. Dado que no podemos volar, escalemos. Quiero llegar a lo alto de la montaña contigo, y dejar el mundo a nuestra espalda. Vamos.

Íbamos a recorrer una parte del camino a caballo, para desmontar después y alcanzar el punto más alto a pie. Llevábamos tres guías que nos seguían sin prisa, hablando y gesticulando entre ellos, sin prestarnos demasiada atención, si no era para incitar a las mulas con un potente grito cuando nos aproximábamos a una curva peligrosa del sinuoso sendero, lo que tenía el efecto de crear una momentánea sensación de incertidumbre y peligro en lo que, por lo demás, era un ascenso tranquilo. No nos disgustó cuando, al cabo de dos o tres horas avanzando de esta forma, los guías nos dijeron que debíamos hacer un alto y que se quedarían a cargo de las mulas hasta que volviéramos. Era una subida bastante ardua, y el sol caía a plomo sobre nosotros, pero nos sentimos recompensados cuando, cerca ya de la cima, llegamos a una meseta en la que pudimos descansar, mientras una brisa fresca procedente de los lejanos picos nevados nos reanimaba.

—Aquí tienes un sillón listo para ti —dijo Lionel, llevándome a un mullido lecho de musgo a la sombra de un alto saliente de roca. Un par de metros más allá, la escarpada ladera de la montaña descendía, vertical e intransitable, hasta casi el pie, terminando en un barranco oscuro y estrecho entre dos cadenas de montañas. Muy abajo, a nuestra izquierda, se acurrucaba Aix, y a su lado, el lago Bourget, con su isla monasterio rodeada por aguas tan azules como las del propio lago Lemán.

—¡Qué preciosidad! —exclamé—. Hasta ahora no sabía lo bonita que puede ser la vida.

—Ni yo —respondió él—; he estado esperando a que mi esposa me lo enseñara.

Entonces me habló de su vida en la India, y de las muchas aventuras que había vivido, y por último me habló otra vez del anillo y de mi extraña y repentina enfermedad aquel día.

—Algún día te hablaré de eso —dije—, y de por qué tengo un extraño sentimiento de rechazo al anillo. Me gustaría que no lo llevases; sin embargo, ahora que lo tienes en tu poder, tengo el mal presentimiento de que, si te deshaces de él, se vengará de ti de alguna forma. Estoy segura de que lo vi brillar anoche cuando las cartas se volvieron contra nosotros. Tuviste una suerte pésima.

—Desafortunado en el juego, afortunado en el amor —citó; pero advertí una sombra en su rostro—. ¿Qué has hecho con tu fortuna, pequeña jugadora? Todavía no te ha dado tiempo a gastarla.

—Aquí está —dije, sacando mi monedero, donde había embutido los billetes—; pero le he cogido manía… Creo que debería darlo. Preferiría ser afortunada en otro sentido —y lo dejé a mi lado en la hierba.

—Mandaré el anillo a la India el día de mi boda —exclamó Lionel—; hasta entonces, ¿lo llevarás por mí? —Y, quitándoselo de su dedo, se dispuso a ponerlo en el mío.

Pero no le dejé hacerlo, y, dejándolo encima de los billetes de banco, dije:

—¡Es una contradicción! ¡Buena suerte y mala suerte lado a lado! Dejémoslas ahí —añadí, medio en broma, medio en serio— y empecemos de cero.

De repente me dio la espalda, y, temiendo haberle ofendido, puse mi mano en su brazo; pero él se la quitó de encima con un leve movimiento, y entonces me di cuenta de que estaba muy pálido, y de que su respiración era rápida y corta, y de que sus ojos tenían una expresión extrañamente preocupada y concentrada.

—Lionel, ¿estás enfermo? —grité—. ¿Qué te pasa, amor mío? ¿Qué puedo hacer por ti?

—No es nada —dijo débilmente, pero su voz había cambiado—: se me pasará. Volveré con los guías y beberé un poco de agua. Espera aquí hasta que vuelva.

—Déjame acompañarte —le rogué, pero él negó con la cabeza y dijo que se encontraba mejor y que se recuperaría del todo si hacía lo que me pedía; y así empezó el descenso. Yo lo observé durante un rato, hasta que lo perdí de vista en un recodo del sendero, antes de volver a mi asiento. Pero el sol se había puesto y todo parecía frío y oscuro, y un sentimiento grave y gris me oprimía el corazón. Estaba muy sola sin él, y el tiempo pasaba lento y triste, hasta que la quietud y la incertidumbre me resultaron insoportables.

Decidí que esperaría solo cinco minutos más antes de ir a buscarlo, y me recosté y cerré los ojos, superada por el cansancio. Sufrí una especie de desfallecimiento, pues estaba agotada, y el cambio repentino de la felicidad más absoluta a esta angustia, esta indefinible preocupación, me había dejado helada y aturdida.

Puede que hubieran pasado solo unos pocos minutos, o quizá más (no sabría decirlo), cuando fui consciente de pronto de que, aunque no había oído pasos, tenía a alguien cerca. Me quedé completamente quieta y escuché con atención, y, si bien no se advertía ningún ruido o movimiento manifiestos, percibía una sutil agitación en la quietud que me rodeaba, una respiración leve que auguraba peligro. Me sentí paralizada por la misma impotencia que se había adueñado de mí cuando se representara ante mis ojos la tragedia en la ventana. Se me ocurrió que tal vez fuera un ladrón, que, atraído por los billetes y el anillo que tenía a mi lado, se acercaba sigilosamente creyéndome dormida. Mi mano casi los tocaba, y, al bajar la vista para comprobar si podía alcanzarlos sin moverme, comprobé con un estremecimiento de inefable terror que la piedra verde brillaba con mil rayos de luz fulgurante.

En ese momento… algo se movió detrás de mí, y rodeando mi cuello apareció una mano que empuñaba un pequeño y afilado cuchillo como los que suelen llevar los indios, y lo colocó sobre mi corazón como si fuera a clavármelo. En un agónico impulso de rebelión desesperada contra mi destino inminente, cogí el anillo y lo lancé hacia el precipicio. Mientras la piedra emitía destellos por el aire, el asesino soltó el cuchillo y salió corriendo hacia el borde en un vano intento por atraparlo antes de que se perdiera. Pero tropezó, perdió el equilibrio y, soltando un grito terrible y moviendo las manos con desesperación para intentar aferrarse a algo, cayó de espaldas al abismo.

No era otro que Lionel, ¡mi amado!

Cuando los guías vinieron a buscarnos, les dije con una sonrisa que al caballero inglés se le había caído el anillo y, al intentar recuperarlo, se había resbalado y había caído por el precipicio.

Me acompañaron en la bajada, tratándome con gran amabilidad y hablando entre ellos en voz baja, si bien alcancé a oír cómo decían:

—Ten en cuenta que el coronel inglés estaba enamorado de la hermosa dama, y ha muerto delante de sus ojos… Es algo terrible, y la ha dejado trastornada.

Cuando unos días después mi padre me dijo con mucho tacto que lo habían encontrado y que iban a enterrarlo ese día en el pequeño cementerio, rompí a reír abiertamente.

Pero nunca he vuelto a sonreír desde entonces… y ahora estoy perfectamente cuerda; creo que he tenido suficiente risa para lo que me queda de vida. Y a veces me pregunto por qué tuvo que ocurrir todo aquello, y si hay alguna otra explicación que no sea la única que se me ocurre.

Hurleburlebutxz - Hermanos Grimm

 Érase un rey que estaba cazando y se perdió; entonces se le apareció un pequeño hom­brecillo de pelo blanco y le dijo:
          -Señor rey, si me dais a vuestra hija me­nor, os sacaré del bosque.
          El rey, por el miedo que tenía, se lo prometió; el hom­brecillo le llevó por el buen camino, se despidió de él y cuando el rey se iba le gritó aún:
          -¡Dentro de ocho días iré a recoger a mi novia!
          En casa, sin embargo, el rey se puso muy triste por lo que había prometido, pues la hija menor era a la que más quería. Las princesas se lo notaron y quisieron saber qué era lo que le preocupaba. Finalmente tu­vo que admitir que había prometido que le daría a la más joven de ellas a un pequeño hombrecillo de pelo blanco que se le había aparecido en el bosque, y que éste iría a recogerla dentro de ocho días. Pero ellas le dijeron que se animara, que ya engañarían ellas al hom­brecillo.
          Después, cuando llegó el día señalado, vistieron a la hija de un pastor de vacas con sus vestidos, la sentaron en su habitación y le ordenaron:
          -¡Si viene alguien a recogerte, ve con él!
          Ellas, en cambio, se marcharon todas de la casa.
          Apenas se habían ido llegó al palacio un zorro y le dijo a la muchacha:
          -¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Vá­monos! ¡Al bosque!
          La muchacha se sentó en la cola del zorro y, así, se la llevó al bosque.
          Pero en cuanto los dos llegaron a un bello y verde lugar donde el sol brillaba bien claro y cálido, dijo el zorro:
          -¡Bájate y quítame los piojos!        
          La muchacha obedeció.
          El zorro colocó la cabeza en su regazo y empezó a despiojarlo.
          Mientras lo estaba haciendo dijo la muchacha:    
          -¡Ayer a estas horas el bosque estaba aún más her­moso!
          -¿Cómo es que viniste al bosque? -le preguntó el zorro.
          -¡Pues porque saqué con mi padre las vacas a pastar!
          -¡O sea, que tú no eres la princesa! ¡Móntate en mi ruda cola! ¡Volvemos al palacio!
          El zorro la devolvió y le dijo al rey:
          -Me has engañado: ésta es la hija de un pastor de vacas. Dentro de ocho días volveré a recoger a la tuya.
          Al octavo día, sin embargo, las princesas vistieron lu­josamente a la hija de un pastor de gansos, la dejaron allí sentada y se marcharon. Entonces llegó de nuevo el zorro y dijo:
          -¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Vá­monos! ¡Al bosque!
          En cuanto llegaron al lugar soleado del bosque, dijo de nuevo el zorro:
          -¡Bájate y quítame los piojos!
          Y mientras la muchacha estaba despiojando al zorro suspiró y dijo:
          -¿Dónde estarán ahora mis gansos?                                                                  -¿Qué sabes tú de gansos?
          -Mucho, pues todos los días los sacaba con mi padre al prado.
          -¡O sea, que tú no eres la hija del rey! ¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Volvemos al palacio!        
          El zorro la devolvió y le dijo al rey:
          -Me has vuelto a engañar: ésta es la hija de un pastor de gansos. Dentro de ocho días volveré y como enton­ces no me des a tu hija, te irá muy mal.
          Al rey le entró miedo y cuando volvió el zorro le dio a la princesa.
          -¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Vá­monos! ¡Al bosque!
          Entonces ella tuvo que marcharse montada en la cola del zorro, y cuando llegaron al lugar soleado le dijo a ella también:
          -¡Bájate y quítame los piojos!
          Pero cuando el zorro le puso la cabeza en su regazo la princesa se echó a llorar y dijo:
          -¡Yo que soy hija de un rey tengo que quitarle los piojos a un zorro! ¡Si ahora estuviera en mi alcoba, po­dría ver mis flores en el jardín!
          Entonces el zorro vio que tenía a la verdadera novia, se transformó en el pequeño hombrecillo de pelo blan­co, y aquél era ahora su marido y tuvo que vivir con él en una pequeña cabaña, hacerle la comida y coserle, y así se pasó una buena temporada.
          El hombrecillo, sin embargo, hacía cualquier cosa por ella.
          Una vez le dijo el hombrecillo:
          -Me tengo que marchar, pero pronto llegarán vo­lando tres palomas blancas, pasarán volando muy a ras del suelo. Coge la que esté en el medio y cuando la ten­gas córtale enseguida la cabeza, pero ten cuidado de no coger otra que no sea la del medio u ocurrirá una gran desgracia.
          El hombrecillo se marchó. Y no pasó mucho tiem­po hasta que, efectivamente, llegaron volando las tres palomas blancas.
          La princesa puso mucha atención, agarró la del me­dio, cogió un cuchillo y le cortó la cabeza. Pero en cuan­to cayó al suelo apareció ante ella un joven y hermoso príncipe, y dijo:
          -Un hada me encantó y me condenó a perder mi fi­gura humana durante siete años, al cabo de los cuales, convertido en paloma, pasaría volando al lado de mi es­posa entre otras dos palomas, y si ella no me atrapaba o si atrapaba a otra y yo me escapaba estaría todo perdido y ya no habría salvación para mí. Por eso te pedí que pusie­ras mucha atención, pues yo soy el hombrecillo canoso y tú mi esposa.
          La princesa se quedó entonces muy complacida y se fueron juntos a casa del padre, y cuando éste murió he­redaron su reino.

Prismática - Samuel R. Delany

 I

 

Érase una vez un hombre pobre llamado Amos. Carecía de todo excepto de un pelo rojo vivo, unos ágiles dedos, pies rápidos y pensamiento aún más rápido. Un gris atardecer en el que la lluvia susurraba en las nubes a punto de caer, apareció por la calle empedrada dirigiéndose hacia la Taberna del Marinero para jugar a las pajas con Billy Belay, el marinero que tenía una pata de palo y la boca siempre llena de historias, que rumiaba y escupía a su alrededor durante toda la noche. Billy Belay hablaba y bebía y se reía, y a veces cantaba. Amos se sentaba apaciblemente y escuchaba, y ganaba siempre a las pajas.

Pero aquella tarde al entrar Amos en la taberna, Billy estaba en silencio, al igual que todos los demás. Hasta Hidalga, la mujer que era la propietaria de la taberna y que no se tomaba en serio el parloteo de hombre alguno, estaba acodada en el mostrador y escuchando con la boca abierta.

La única persona que hablaba era un hombre alto, delgado y gris. Vestía una capa gris, guantes grises, botas grises, y tenía el cabello gris. Su voz tenía para Amos el sonido del viento sobre el pelo de un ratón, o de arena frotada contra terciopelo viejo. Lo único en él que no era gris era un gran baúl negro que tenía a su lado, y que llegaba a la altura de los hombros. Vanos, rudos y mugrientos marineros con machetes estaban sentados a su mesa, tan sucios que no eran de ningún color.

—De modo que —continuó la suave voz gris— necesito de alguien lo suficientemente inteligente y valeroso como para ayudar a mi amigo más querido y más cercano a mí. Será compensado con creces.

—¿Quién es su amigo? —preguntó Amos.

Aunque no había oído el comienzo de la historia, la taberna le parecía con mucho demasiado silenciosa para un sábado por la noche. El hombre gris se volvió y alzó sus grises cejas.

—He ahí a mi amigo, mi más cercano y querido amigo.

Señaló hacia el baúl. De éste salió un tenue y espeso sonido: Ulmphf. Todas las bocas que había abiertas en la taberna se cerraron.

—¿Qué clase de ayuda necesita su amigo? —preguntó Amos—. ¿Un doctor?

Los ojos grises se dilataron, y todas las bocas volvieron a abrirse de nuevo.

—Está usted hablando de mi más cercano y querido amigo —dijo la gris voz suavemente.

Desde el otro extremo de la habitación, Billy Belay intentó hacer señas a Amos para que se callara, pero el hombre gris se volvió en redondo y el dedo que Billy se había llevado a los labios se introdujo a toda prisa en su boca como si estuviera hurgándole los dientes.

—La amistad es algo poco frecuente en estos días que corren —dijo Amos—. ¿Qué clase de ayuda necesitan usted y su amigo?

—La cuestión es: ¿estaría usted dispuesto a ofrecerla? —dijo el hombre gris.

—Y la respuesta es: si me compensa —contestó Amos, que en verdad pensaba muy de prisa.

—¿Le compensarían todas las perlas que le cupiesen en los bolsillos, todo el oro que pudiera llevar en una mano, todos los diamantes que fuera capaz de coger con la otra, y todas las esmeraldas que pudiera sacar de un pozo con una olla de latón?

—Eso no es gran cosa comparado con una amistad verdadera —dijo Amos.

—Si viese a un hombre atravesando el momento más feliz de su vida, ¿le compensaría entonces?

—Tal vez —admitió Amos.

—Entonces, ¿nos ayudará a mi amigo y a mí?

—A cambio de todas las perlas que me quepan en los bolsillos, todo el oro que pueda llevar en una mano, todos los diamantes que sea capaz de coger con la otra, todas las esmeraldas que pueda sacar de un pozo con una cazuela de latón, y la oportunidad de ver a un hombre vivir el momento más feliz de su vida… ¡les ayudaré!

Billy Belay dejó caer la cabeza sobre la mesa y se echó a llorar. Hidalga hundió la cara entre sus manos, y todos los demás que estaban en la taberna apartaron la vista y empezaron a tener un aspecto un tanto gris también.

—Entonces venga conmigo —dijo el hombre gris, y los rudos marineros armados de machetes se pusieron en pie a su alrededor y alzaron el baúl depositándolo sobre sus mugrientos hombros. Onvbpmf, dijo el espeso sonido desde el interior del baúl, y el hombre gris apartó a un lado la capa, tomó a Amos de la mano, y salió corriendo a la calle.

En el cielo las nubes giraban y se golpeaban las unas a las otras, tratando de verter la lluvia. A mitad de camino por la empedrada calle abajo el hombre gris dijo:

—¡Alto!

Todos se detuvieron y depositaron el baúl sobre la acera. El hombre gris se adelantó y cogió un gato callejero de pelo rojizo que hasta el momento había estado hurgando en busca de cabezas de pescado en el cubo de la basura.

—Abran el baúl —dijo.

Uno de los marineros cogió una gran llave de hierro que llevaba sujeta al cinturón y abrió la cerradura que había en lo alto del baúl. El hombre gris sacó su delgada espada de acero gris y abrió la tapadera, una rendija nada más. Inmediatamente echó el gato adentro.

Nada más dejar caer de nuevo la tapadera, el marinero de la llave de hierro cerró la cerradura que había en lo alto de la caja. De su interior salió el maullido del gato, que finalizó con un profundo y deprimente Elmblmpf.

—Me parece —dijo Amos, que pensaba de prisa y era rápido en decir lo que pensaba— que no está todo en orden aquí.

—Cállese y ayúdeme —dijo el espigado hombre gris— o le meteré a usted en el baúl con mi más cercano y querido amigo.

Por un momento, Amos sintió un poquitín de miedo.

 

II

 

Iban en un barco, y todos los maderos estaban grises de tanto tiempo que llevaban sin pintar. El hombre gris llevó a Amos a su camarote y se sentaron a una mesa, uno frente a otro.

—Bien —dijo el hombre gris—, he aquí un mapa.

—¿De dónde lo ha sacado? —preguntó Amos.

—Se lo robé a mi peor y más acérrimo enemigo.

—¿De qué es el mapa? —preguntó Amos.

Sabía que convenía hacer todas las preguntas posibles cuando había tal cantidad de cosas que uno no sabía.

—Es un mapa de muchos lugares y muchos tesoros, y necesito de alguien que me ayude a encontrarlos.

—¿Son esos tesoros las perlas y el oro y los diamantes y las esmeraldas de las que me habló?

—Tonterías —dijo el hombre gris—. Tengo ya tantas esmeraldas y diamantes y oro y perlas que no sé qué hacer con ellas.

Y abrió la puerta de un armario. Amos se quedó pasmado, parpadeando mientras millares de joyas caían sobre el suelo, reluciendo y brillando, rojas, verdes y amarillas.

—Ayúdeme a ponerlas de nuevo en el armario —dijo el hombre gris—. Son tan brillantes que si las miro demasiado tiempo, me dan dolor de cabeza.

De modo que metieron a empellones las joyas en el armario y empujaron la puerta con el hombro hasta que se cerró. Después volvieron al mapa.

—Entonces, ¿cuáles son los tesoros? —preguntó Amos repleto de curiosidad.

—El tesoro es la felicidad, para mí y para mi más cercano y querido amigo.

—¿Cómo se propone encontrarla?

—En un espejo —dijo el hombre gris—. En tres espejos, o mejor dicho, en un espejo roto en tres pedazos.

—Un espejo roto es presagio de mala suerte —dijo Amos—. ¿Quién lo rompió?

—Un hechicero tan grande y viejo y tan terrible que ni usted ni yo jamás tendremos que preocuparnos por él.

—¿Dice este mapa dónde están escondidos los trozos?

—Exactamente —contestó el hombre gris—. Mire, nos hallamos aquí.

—¿Cómo puede saberlo?

—El mapa así lo dice —dijo el hombre gris. Y efectivamente, escrito en grandes letras verdes en una esquina del mapa estaba marcado: AQUÍ—. Tal vez más cerca de lo que creías, en lo alto de esto, y a dos leguas de aquello estén escondidos los trozos.

—¿Y su mayor felicidad será mirarse en este espejo?

—Será mi mayor felicidad y la de mi más cercano y querido amigo.

—Muy bien —dijo Amos—. ¿Cuándo empezamos?

—Cuando el amanecer sea neblinoso y el sol esté cubierto y el aire sea todo lo gris que pueda ser el gris.

—Muy bien —dijo Amos por segunda vez—. Hasta entonces, daré una vuelta y exploraré su barco.

—Será mañana a las cuatro de la madrugada —dijo el hombre gris—, de modo que no se quede levantado hasta muy tarde.

—Muy bien —dijo Amos por tercera vez.

En el momento en que Amos estaba a punto de marcharse, el hombre gris recogió un rubí rojo brillante que había caído del armario y no había sido devuelto a su sitio. En el costado del baúl, que estaba ahora en un rincón, había una pequeña puerta triangular que Amos no había visto. El hombre gris la abrió, echó dentro el rubí, y la cerró rápidamente de un golpe. Orghmflbfe.

 

III

 

Fuera, las nubes estaban tan bajas que la punta del mástil más alto del barco amenazaba con rajar alguna. El viento jugueteaba entre el rojo pelo de Amos, entrando y saliendo de sus harapos. Sentado en las amuras del barco estaba un marinero, empalmando los cabos de una cuerda.

—Buenas noches —dijo Amos—. Estoy explorando el barco y tengo muy poco tiempo. Tengo que estar levantado a las cuatro en punto de la madrugada. Así que, ¿podría usted decirme qué es lo que debo pasar por alto porque resultaría tan tonto y tan poco interesante que no aprendería nada de ello?

El marinero frunció el ceño durante un rato, y después dijo:

—No hay nada en absoluto interesante en la sentina del barco.

—Muchas gracias —dijo Amos.

Y siguió caminando, hasta que se encontró con otro marinero cuyos pies estaban cubiertos de copos de jabón. El marinero estaba fregando de arriba abajo con una bayeta con tanta fuerza que Amos pensó que estaba intentando arrancar el último vestigio de color de los grises tablones.

—Buenas noches tenga usted también —dijo Amos—. Estoy explorando el barco y tengo muy poco tiempo, ya que tengo que estar levantado a las cuatro en punto de la madrugada. Me han dicho que pase por alto la sentina. De modo que, ¿podría usted indicarme dónde está? No quisiera encontrarme con ella por accidente.

El marinero apoyó la barbilla en el mango de la fregona durante un rato, después dijo:

—Si quiere evitarla, no baje por la segunda escotilla que hay detrás del puente.

—Muchas gracias —dijo Amos, y echó a andar apresuradamente hacia el puente.

Cuando encontró la segunda escotilla, bajó muy rápidamente, y estaba a punto de dirigirse hacia una celda protegida por barras de hierro cuando vio al mugriento marinero de la gran llave de hierro, que debía de ser también el carcelero, pensó Amos.

—Buenas noches —dijo Amos—. ¿Cómo está usted?

—Muy bien, gracias, ¿y usted? ¿Qué está haciendo aquí abajo?

—Estoy aquí intentando resultar amigable —dijo Amos—. Me dijeron que aquí abajo no había nada interesante. Y ya que es un sitio tan aburrido, pensé en bajar a hacerle compañía.

El marinero manoseó su llave durante un rato, después dijo:

—Muy amable por su parte, supongo.

—Así es —dijo Amos—. ¿Qué es lo que guardan aquí para que resulte tan poco interesante, que todo el mundo no hace más que decirme que pase este lugar por alto?

—Esto es la sentina del barco y aquí tenemos a los prisioneros. ¿Qué otra cosa íbamos a tener?

—Esa es una buena pregunta —dijo Amos—. ¿Qué es lo que guardan?

El carcelero manoseó su llave de nuevo, después dijo:

—Nada interesante en absoluto.

Justo en ese momento, tras las barras, Amos vio la pila de astrosas mantas grises moverse. Una esquina se retiró y vio justo el borde de algo tan rojo como su brillante cabello.

—Entonces supongo —dijo Amos— que he hecho bien al evitar venir aquí.

Y dándose media vuelta se fue.

Pero aquella noche, mientras la lluvia batía la cubierta y el redoblar de las pesadas gotas arrullaba a todo el mundo, Amos corrió apresuradamente sobre las resbaladizas maderas bajo los goteantes salientes del puente hasta la segunda escotilla y bajó. Las lámparas estaban bajadas, y el carcelero estaba dormido hecho un ovillo en una esquina sobre un trozo de lona gris.

Amos fue inmediatamente hacia las barras y miró entre ellas.

Se habían caído más mantas, y junto a un rojo tan brillante como su propio cabello, podía distinguir un verde del color de las plumas de un loro, un amarillo tan pálido como la mostaza china, y un azul tan brillante como un cielo de julio a las ocho de la tarde. ¿Alguna vez han observado a alguien durmiendo bajo un montón de mantas? Se puede ver cómo las mantas se mueven arriba y abajo, arriba y abajo con la respiración. Así fue como Amos supo que aquello era una persona.

—Psssst —dijo—. Usted, persona pintoresca pero sin interés, despiértese y hable conmigo.

Entonces todas las mantas se apartaron, y un hombre con más colores sobre su cuerpo de los que Amos había visto en su vida se incorporó, frotándose los ojos. Sus mangas eran de seda verde con ribetes azules y púrpura. Su capa era carmín con dibujos en naranja. Su camisa era de color oro con cuadrados arco iris, y una de sus botas era blanca y la otra negra.

—¿Quién eres? —preguntó el multicolor prisionero.

—Yo soy Amos, y he venido aquí para ver qué es lo que hace que seas tan poco interesante que todo el mundo me dice que te esquive y te cubren con mantas.

—Yo soy Jack, el príncipe del Arco Iris Lejano, y estoy prisionero en este barco.

—Ninguno de esos hechos resulta tan increíble cuando se los compara con algunas de las cosas raras de este mundo —dijo Amos—. ¿Por qué eres el príncipe del Lejano Arco Iris, y por qué estás prisionero aquí?

—Ah —dijo Jack—, la segunda cuestión es fácil de contestar, pero la primera no es tan sencilla. Estoy prisionero aquí porque un flacucho hombre gris me robó un mapa y me metió en la sentina para que no pudiera quitárselo. Pero ¿por qué soy el príncipe del Lejano Arco Iris?

»Esa es exactamente la pregunta que me hizo hace hoy un año un mago tan grande y tan viejo y tan terrible que ni tú ni yo tenemos por qué preocuparnos por él. Yo le contesté: «Yo soy príncipe porque mi padre es rey, y todo el mundo sabe que yo debo serlo». Entonces el mago me preguntó: «¿Por qué vas a ser tú príncipe en lugar de uno de entre una docena de otros? ¿Estás capacitado para gobernar, puedes juzgar con justicia, sabes resistir las tentaciones?» Yo no tenía ni idea de lo que quería decir, de modo que contesté de nuevo: «Yo soy príncipe porque mi padre es rey».

»El mago tomó un espejo y lo puso ante mí. «¿Qué es lo que ves?», me preguntó. «Me veo a mí mismo, como debe ser, el príncipe del Lejano Arco Iris», dije yo. Entonces el mago se puso furioso y rompió el espejo en tres pedazos y gritó: «No serás príncipe del Lejano Arco Iris hasta que te vuelvas a ver en este espejo completo, porque una mujer digna de un príncipe está atrapada tras el cristal y hasta que sea libre no podrás reinar en tu propia tierra».

»Hubo una explosión, y cuando me desperté, estaba sin mi corona, yaciendo vestido como me ves ahora en una pradera verde. En mi bolsillo había un mapa que me decía dónde estaban escondidos todos los trozos. Sólo que no me mostraba cómo volver al Lejano Arco Iris. Y aún no sé cómo volver a casa.

—Ya veo, ya veo —dijo Amos—. ¿Cómo te lo robó el delgado hombre gris, y qué quiere hacer con él?

—Bueno —dijo Jack—, después de que me di cuenta de que no sabía cómo volver a casa, decidí intentar encontrar los trozos. Así que empecé a buscar. La primera persona con la que me encontré fue con el delgado hombre gris, y con él estaba su gran baúl negro en el cual, según él, estaba su más cercano y querido amigo. Me dijo que si yo consentía en trabajar para él y en llevar su baúl, me pagaría una gran cantidad de dinero con el que podría comprarme un barco y continuar mi búsqueda. Me dijo que él mismo tendría mucho gusto en ver a una mujer digna de un príncipe. «Especialmente», dijo, «de un príncipe tan pintoresco como usted». Acarreé su baúl durante muchos meses, y finalmente me pagó una gran suma de dinero con la que compré un barco. Pero entonces el delgado hombre gris me robó el mapa, me robó el barco y me metió aquí en la sentina, y me dijo que él y su más cercano y querido amigo encontrarían el espejo para ellos solos.

—¿Qué querrá hacer con una mujer digna de un príncipe? —preguntó Amos.

—No quiero ni pensar en ello —dijo Jack—. Una vez me pidió que abriera la solapa de cuero que hay en el extremo del baúl y asomara la cabeza para ver cómo le iba a su más cercano y querido amigo. Pero yo me negué porque le había visto coger por el cuello a un precioso pájaro azul con plumas rojas y meterlo a través de la misma abertura, y todo lo que ocurrió fue que salió un desagradable sonido del baúl, algo así como orulmkf.

—Oh, sí —dijo Amos—. Conozco el sonido. No me agrada pensar lo que podría hacer con una mujer digna de un príncipe. —Y aun así Amos se encontró pensando en ello a pesar de todo—. Su falta de amistad hacia ti, desde luego, no dice nada en favor de su amistad por su más cercano y querido amigo.

Jack asintió con la cabeza.

—¿Por qué no coge el espejo él mismo, en lugar de pedírmelo a mí? —quiso saber Amos.

—¿Te fijaste en dónde estaban escondidos los trozos? —preguntó Jack.

—Recuerdo que uno está a dos leguas de aquello, otro está en lo alto de esto, y el tercero está en algún lugar más-cerca-de-lo-que-creías.

—Así es —dijo Jack—. Y más-cerca-de-lo-que-creías es un enorme, gris, enmarañado, fangoso y triste pantano. El primer trozo está en el fondo de un estanque luminoso que-hay-en-el-centro. Pero aquello es tan gris que el hombre gris se disolvería completamente en el ambiente y jamás volvería a salir. En-lo-alto-de-esto es una montaña tan alta que en ella vive el Viento del Norte dentro de una cueva. Aquello es un lugar tan ventoso y el hombre gris es tan delgado, que se le llevaría el viento antes de que hubiera conseguido llegar a la mitad del camino. A dos leguas de donde está el tercer trozo, se extiende un jardín de violentos colores y fragantes perfumes donde mariposas negras destellan en las orillas de fuentes de mármol rosa, y brillantes enredaderas se entretejen por doquier. Lo único que hay blanco en todo el jardín es un unicornio blanco como la plata que guarda el último trozo del espejo. Tal vez el hombre gris pudiera llegar hasta ese trozo él mismo, pero no creo que quiera; estoy seguro ya que los colores brillantes en abundancia le dan dolor de cabeza.

—Entonces habla a favor de su resistencia el que haya sido capaz de soportar tus brillantes vestiduras durante tanto tiempo —dijo Amos—. En cualquier caso, no creo que sea justo que nuestro amigo gris obtenga tu espejo con tu mapa. Al menos deberías tener una oportunidad de intentar obtenerlo tú. Déjame ver, el primer lugar al que vamos es algún lugar más-cercano-de-lo-que-creías.

—El pantano, entonces —dijo Jack.

—¿Te gustaría venir conmigo? —dijo Amos—. Así cogerías el trozo tú mismo.

—Por supuesto —dijo Jack—. Pero ¿cómo?

—Tengo un plan —dijo Amos, que podía pensar muy de prisa cuando tenía que hacerlo—. Simplemente haz lo que te diga.

Amos empezó a cuchichear a través de los barrotes. Detrás de ellos el carcelero roncaba sobre su trozo de lona.

 

IV

 

A las cuatro de la madrugada del día siguiente, cuando el amanecer era neblinoso y el sol estaba oculto y el aire era todo lo gris que podía ser el gris, el barco se aproximó a la playa de un enorme, apagado, enmarañado, fangoso y triste pantano.

—En el centro del pantano —dijo el hombre gris, señalando por encima de las amuradas del barco— hay un estanque luminoso. En el fondo del estanque hay un trozo de espejo. ¿Podrá estar de vuelta para la hora de comer?

—Eso creo —dijo Amos—. Pero esto es un pantano terriblemente gris. Podría diluirme tan completamente en el ambiente que jamás podría salir de nuevo.

—¿Con ese cabello rojo? —preguntó el hombre gris.

—Mi pelo rojo —dijo Amos— no cubre más que lo alto de mi cabeza. Mis ropas están harapientas y sucias y probablemente se vuelvan grises en un abrir y cerrar de ojos con toda esa neblina. ¿No hay ninguna ropa de colores brillantes en el barco, que centelleen de oro y reluzcan con la seda?

—Está mi armario lleno de joyas —dijo el hombre gris—. Puedes usar todas las que te plazca.

—Me cargarían demasiado —replicó Amos—, y no podría estar de vuelta para la hora de la comida. No, necesito unas ropas que sean lo suficientemente luminosas y brillantes como para que eviten que me pierda a mí mismo en medio de todo ese gris. Porque si es que llegara a perderme a mí mismo, usted jamás obtendría su espejo.

De modo que el hombre gris se volvió hacia uno de sus marinos y le dijo:

—Ya sabes dónde puedes encontrar unas ropas como ésas.

Cuando el hombre iba de camino, Amos dijo:

—Me parece una vergüenza el quitarle a alguien sus ropas, especialmente dado que puede que no vuelva. Denle mis harapos a quienquiera que sea el dueño de esa ropa para que me los guarde hasta que vuelva.

Amos se desprendió de sus harapos y se los alcanzó al marinero, que echó a trotar en dirección al puente. Pocos minutos más tarde estaba de vuelta con un brillante traje: las mangas eran de seda verde con ribeteados azules y púrpura, la capa era color carmín con dibujos naranja, la camisa era color oro con cuadros arco iris, y encima de todo había una bota blanca y otra negra.

—Ah, esto es lo que necesito —dijo Amos, poniéndose rápidamente las ropas, ya que estaba empezando a coger frío allí de pie en ropa interior.

Entonces se descolgó de la borda del barco hasta el pantano. Resultaba tan brillante y llamativo que nadie vio a la figura vestida de harapos sucios salir corriendo rápidamente detrás de ellos hasta el extremo opuesto del barco y descolgarse también hasta el pantano. Si la figura hubiera sido la de Amos —llevaba puestos los harapos de Amos—, su pelo rojo podría haber llamado la atención, pero el pelo de Jack, a pesar de su pintoresca vestimenta, era de un castaño muy vulgar.

El hombre gris estuvo observando a Amos hasta que desapareció. Entonces se llevó la mano a la cabeza, que estaba empezando a latirle un tanto, y se apoyó contra el baúl negro, que había sido trasladado hasta la cubierta. Glumphvmr, salió del baúl.

—Oh, mi más cercano y querido amigo —dijo el hombre gris—, casi me había olvidado de ti. Perdóname.

Sacó de su bolsillo un sobre, y del sobre sacó una grande y aleteante polilla.

—Esto entró volando por mi ventana esta noche —dijo.

Las alas eran azul pálido, con bandas marrones en los rebordes, y la parte inferior estaba moteada de copos de oro. Empujó hacia adentro una larga solapa de metal que había en un costado del baúl, muy parecida a la boca de un buzón de correos, y deslizó la polilla al interior.

Fuffle, salió del baúl, y el hombre gris sonrió.

 

En el pantano, Amos esperó hasta que el príncipe le encontrara.

—¿Tuviste algún problema? —preguntó Amos.

—Ninguno en absoluto —rió Jack. Ni siquiera se dieron cuenta de que el carcelero había desaparecido.

Porque lo que habían hecho la noche anterior después de que les dejáramos, fue coger la llave del carcelero, liberar al príncipe y amarrar al carcelero y meterle a él en la celda debajo de todas aquellas mantas. Por la mañana, cuando el marinero había ido a intercambiar las ropas, Jack se había liberado de nuevo al irse el marinero, y después se había escabullido del barco para unirse a Amos.

—Ahora vamos a buscar tu estanque luminoso —dijo Amos—, a ver si podemos estar de vuelta antes de la comida.

Juntos emprendieron el camino a través del pantano y el cieno.

—Sabes —dijo Amos, deteniéndose una vez a mirar una tela de araña gris que pendía de la rama de un árbol que había sobre ellos hasta una liana que se arrastraba por el suelo—, este lugar no es tan gris después de todo. Fíjate bien.

Y en cada gota de agua que había en cada hilo de la tela, la luz se descomponía, como si pasara a través de un prisma diminuto en azules, amarillos y rojos. Mientras miraban, Jack suspiró.

—Estos son los colores del Lejano Arco Iris —dijo.

No dijo nada más, pero Amos se sintió muy apenado por él. Fueron muy de prisa a partir de aquel momento hacia el centro del pantano.

—No, no es completamente gris —dijo Jack.

Sobre un tocón junto a ellos, una lagartija verde-grisácea parpadeaba mirándoles con sus ojos rojos, y una serpiente que era gris por el dorso, rodó apartándose de su camino, mostrándoles un abdomen naranja.

—¡Y mira eso! —exclamó Amos.

Más adelante, entre los grises troncos de los árboles, se proyectaba en medio de la niebla una luz plateada.

—¡El estanque luminoso! —exclamó el príncipe, y echaron a correr hacia él.

Efectivamente, al cabo de pocos momentos se encontraron en el borde de un estanque redondo y plateado. Al otro lado de donde estaban, grandes ranas croaban indignadas, y una o dos burbujas rompían la superficie. Juntos, Amos y Jack miraron al interior del estanque.

Tal vez esperaban ver el espejo brillando entre las algas y las piedras redondas del fondo del estanque; tal vez esperaran ver su propio reflejo. Pero no vieron ninguna de las dos cosas. En su lugar, la cara de una muchacha hermosísima apareció mirándoles desde debajo del agua.

Jack y Amos fruncieron el ceño. La muchacha se rió, y el agua se puso a burbujear.

—¿Quién eres? —preguntó Amos.

Y como respuesta, de las burbujas oyeron:

—¿Quiénes sois vosotros?

—Yo soy Jack, príncipe del Lejano Arco Iris —dijo Jack—, y éste es Amos.

—Yo soy una mujer digna de un príncipe —dijo la cara que había dentro del agua— y me llamo Lea.

Ahora Amos preguntó:

—¿Por qué eres digna de un príncipe? ¿Y cómo llegaste a estar donde estás?

—Ah —dijo Lea—, la segunda pregunta es fácil de contestar, pero la primera no es tan sencilla. Ya que ésa es la misma pregunta que me hizo hace un año y un día un mago tan grande y tan viejo y tan terrible que ni vosotros ni yo tenemos por qué preocuparnos de él.

—¿Qué le contestaste? —le preguntó Jack.

—Le dije que sabía hablar todas las lenguas del hombre, que era valiente y fuerte y hermosa, y que podía gobernar junto a cualquier hombre. Él dijo que era orgullosa, y que mi orgullo era una cosa buena. Pero entonces vio cómo me miraba al espejo, y dijo que era vanidosa, y que mi vanidad era mala, y que me mantendría alejada del príncipe del que era digna. La superficie brillante de todas las cosas, según me dijo, nos mantendrá apartados hasta que un príncipe pueda juntar de nuevo las piezas de un espejo roto, lo que me liberará.

—Entonces yo soy el príncipe que ha de salvarte —dijo Jack.

—¿Ah, sí? —preguntó Lea sonriendo—. Un trozo del espejo en el que estoy atrapada yace en el fondo de este estanque. En una ocasión yo misma buceé desde una roca en el mar para recoger la perla de fuego blanco que ahora llevo en mi frente. Aquélla fue la inmersión más profunda jamás realizada por hombre o mujer alguno. Y este estanque es diez pies más profundo. ¿Aún piensas intentarlo?

—Lo intentaré y tal vez muera en el intento —dijo Jack—, pero no puedo hacer más y tampoco menos.

Entonces Jack llenó sus pulmones de aire y se zambulló de cabeza en el estanque.

El propio Amos era bien consciente de lo mucho que hubiera dudado caso de que le hubieran hecho la pregunta a él. Según iban pasando los segundos, empezó a temer por la vida de Jack, y deseó haber tenido la oportunidad de inventar alguna otra forma de sacar el espejo. Pasó un minuto; tal vez podrían haber engañado a la muchacha para que lo subiera ella misma. Dos minutos; podían haber atado una cuerda a la pata de una rana y haberla mandado al fondo para que se encargara de la búsqueda. Tres minutos; no había ni una burbuja en el agua, y Amos se sorprendió a sí mismo decidiendo que lo único que cabía hacer era saltar dentro y al menos intentar salvar al príncipe.

Pero, de repente, ¡el agua se removió a sus pies! La cabeza de Jack salió del agua, y un momento más tarde apareció su mano sujetando un gran trozo de espejo.

Amos se puso tan contento que se puso a dar saltos arriba y abajo. El príncipe nadó hasta la orilla, y Amos le ayudó a salir. Entonces apoyaron el espejo contra un árbol y descansaron un rato.

—Ha sido una suerte que llevara estos harapos tuyos —dijo Jack— en lugar de mis propias ropas, ya que las algas se hubieran enredado en mi capa y las botas me hubieran hundido y jamás hubiera podido salir. Gracias, Amos.

—Muy poca cosa es como para que me la agradezcas —dijo Amos—. Pero mejor será que emprendamos la vuelta si es que queremos estar en el barco para la hora de comer.

De modo que emprendieron el camino de vuelta y a mediodía casi habían llegado hasta el barco. Entonces el príncipe dejó el espejo a Amos y se adelantó a toda prisa para volver a su celda. Amos caminó hasta el barco con el cristal roto.

—Bueno —dijo al delgado hombre gris que estaba sentado en lo alto de su baúl, esperando—, he aquí su espejo del fondo del estanque luminoso.

El hombre gris se puso tan contento que saltó del baúl, hizo una pirueta, y empezó a jadear y a toser y hubo que golpearle en la espalda varias veces.

—Muy bien —dijo cuando Amos hubo subido a cubierta, entregándole el cristal—. Ahora venga a comer conmigo, pero, por el amor de Dios, quítese esa tienda de circo que lleva puesta antes de que me entre otro dolor de cabeza.

Así que Amos se quitó las ropas del príncipe y el marinero se las llevó y volvió con los harapos de Amos. Cuando se hubo vestido y estaba a punto de ir a comer con el hombre gris, su manga rozó el brazo de éste. El hombre gris se detuvo y frunció tanto el entrecejo que se puso casi negro.

—Estas ropas están mojadas y las que llevaba puestas estaban secas.

—Pues es verdad —dijo Amos—. ¿Qué le parece a usted?

El hombre hizo una mueca de disgusto y meditó y cogitó, pero no fue capaz de sacar conclusiones. Al fin dijo:

—No importa, venga a comer.

Los marineros cargaron con el baúl detrás de ellos, y comieron una abundante y sabrosa comida. El hombre gris atravesó todos los rábanos de la ensalada con su cuchillo y los deslizó por un embudo que había colocado en una abertura redonda del baúl: ¡Fulrmp, Melrulf, Ulfmphgrumf!

 

V

 

—¿Cuando partimos en busca de la siguiente pieza? —preguntó Amos cuando terminaron de comer.

—Mañana por la tarde, cuando la puesta del sol sea color de oro y el cielo esté color turquesa y las rocas estén teñidas de rojo a la luz del ocaso —dijo el hombre gris—. Yo supervisaré todo con gafas de sol.

—Opino que ésa es una buena idea —dijo Amos—. Así no cogerá un dolor de cabeza tan fuerte.

Aquella noche, Amos volvió de nuevo a la sentina. Nadie había echado aún de menos al carcelero, así que no había guardia de ninguna clase.

—¿Cómo le va a nuestro amigo? —le preguntó Amos al príncipe, señalando el paquete de mantas que había en un rincón.

—Bastante bien —contestó Jack—. Le di comida y agua cuando me la trajeron a mí. Creo que ahora está dormido.

—Magnífico —dijo Amos—. Así que hemos encontrado un tercio de tu espejo mágico. Mañana al atardecer salgo a buscar la segunda parte. ¿Querrías venir conmigo?

—Ya lo creo que sí —dijo Jack—. Pero mañana al atardecer no resultará tan fácil, ya que no habrá neblina para esconderme si me voy contigo.

—Entonces lo haremos de tal forma que no tengas que esconderte —dijo Amos—. Si no recuerdo mal tus palabras, el segundo trozo está en lo alto de una ventosa montaña que es tan alta que vive en ella el Viento del Norte en una cueva.

—Así es —dijo Jack.

—Muy bien, entonces tengo un plan.

De nuevo Amos empezó a susurrar a través de los barrotes, y Jack sonrió y asintió con la cabeza.

 

Navegaron toda la noche y todo el día siguiente, y al atardecer arribaron a una playa rocosa donde a tan sólo unos cientos de metros se alzaba una altísima montaña en la clara luz del atardecer.

Los marineros se reunieron en la cubierta del barco justo cuando el sol empezaba a ponerse, y el hombre gris puso una mano enguantada sobre el hombro de Amos y señaló con la otra hacia la montaña.

—Allí, entre los ventosos picos, está la cueva del Viento del Norte. Aún más alto, en el más alto y ventoso de los picachos, está el segundo de los fragmentos del espejo. Es una escalada larga, peligrosa y traidora. ¿Le espero entonces para desayunar?

—Desde luego —dijo Amos—. Huevos fritos, si me hace el favor, poco pasados, y abundantes salchichas calientes.

—Se lo diré al cocinero —dijo el hombre gris.

—Espléndido —dijo Amos—. Oh, pero una cosa más. Me dice usted que ése es un lugar de mucho viento. Necesitaré una buena cuerda por lo tanto, y tal vez pueda usted prestarme un hombre para que me acompañe. Una cuerda no resulta muy útil si sólo hay una persona en un extremo. Si alguien viene conmigo, podré sujetarle si se le lleva el viento, y él podrá hacer lo mismo por mí. —Amos se volvió hacia los marineros—. ¿Qué le parece aquel hombre de allí? Tiene una cuerda y está bien abrigado contra el viento.

—Llévese a quien quiera —dijo el hombre gris—, mientras me traiga mi espejo.

El hombre bien abrigado con el rollo de cuerda al hombro se adelantó junto con Amos. Si el hombre gris no hubiera llevado puestas sus gafas de sol contra el ocaso, tal vez hubiera percibido algo familiar en el marinero, que no hacía más que mirar hacia la montaña y en ningún momento se volvió en su dirección. Pero tal y como estaban las cosas, no sospechó nada.

Amos y el marinero bien abrigado se descolgaron hasta las rocas que el sol había teñido de rojo, y partieron hacia la ladera de la montaña. Una vez el hombre gris alzó sus gafas para verles ir, pero se las caló de nuevo inmediatamente, ya que era la hora más dorada del ocaso en aquel momento. El sol se puso, y ya no alcanzaba a verles. Aún así se quedó durante largo rato junto a la barandilla hasta que un sonido procedente de la oscuridad le hizo volver de sus ensoñaciones: ¡Blmvghm!

 

Amos y Jack treparon duramente todo el atardecer. Cuando cayó sobre ellos la oscuridad, pensaron al principio que tendrían que detenerse, pero las brillantes estrellas producían una neblina sobre las escarpadas rocas, y poco después salió la luna. Después de esto el camino se hizo mucho más fácil.

En breve, comenzó a soplar el viento. Al principio no era más que una brisa que se aferraba al cuello de sus vestimentas. Después rachas más violentas empezaron a mordisquearles los dedos. Finalmente auténticas ráfagas de viento les aplastaban contra las rocas e inmediatamente intentaban arrancarles de ellas. La cuerda resultó extremadamente útil, y ninguno de los dos se quejó. Se limitaron a seguir trepando constantemente, hora tras hora. Una vez, Jack se detuvo un momento para volverse a mirar el mar de plata por encima del hombro y dijo algo que Amos no alcanzó a oír.

—¿Qué decías? —gritó Amos en medio del aullido del viento.

—¡Fíjate en la luna! —gritó el príncipe

Amos miró por encima del hombro y vio que el disco blanco de la luna iba descendiendo lentamente.

Empezaron a trepar de nuevo, más de prisa que nunca, pero al cabo de una hora la parte inferior de la luna se había hundido ya por debajo del borde del océano. Finalmente alcanzaron una plataforma de dimensiones adecuadas donde el viento no era tan fuerte. Por encima de ellos no parecía haber camino para llegar más arriba.

Jack se quedó mirando la luna y suspiró.

—Si fuera de día, me pregunto si podría ver desde aquí el Lejano Arco Iris.

—Tal vez pudieras —dijo Amos. Pero aunque su corazón estaba con Jack, seguía pensando que mantenerse con el espíritu animado era importante—. Pero lo podríamos ver con mucha más claridad desde lo alto de esta montaña.

Nada más decirlo, los últimos rayos de luz de la luna se extinguieron. Ahora habían desaparecido hasta las estrellas, y la oscuridad que les rodeaba era completa. Pero al volverse en busca de abrigo contra el viento creciente, Amos gritó:

—¡Hay una luz!

—¿Dónde hay una luz? —exclamó Jack.

—Allí, brillando tras esas rocas —dijo Amos.

Un tenue resplandor anaranjado silueteaba el ápice de una áspera roca, y se apresuraron en su dirección sobre la frágil cornisa. Cuando hubieron trepado a la roca, vieron que la luz procedía de detrás de otra pared de piedra más allá, y se encaminaron hacia ella a tropezones, con piedras y trozos de hielo deslizándose bajo sus manos. Detrás de la pared vieron que la luz era aún más fuerte por encima de otra escarpadura, e hicieron todo lo que pudieron por escalarla sin caerse desde lo alto de quién-sabe-cuántos cientos de metros de altura hasta la base de la montaña. Finalmente alcanzaron la cornisa y se apoyaron jadeantes contra la pared. Adelante, muy a lo lejos, unas llamas anaranjadas parpadeaban con brillantez, y la luz iluminaba las caras de ambos. A pesar del frío viento sus caras estaban aún brillantes con el sudor del esfuerzo.

—Vamos —dijo Amos—. Sólo queda un poco…

Y procedente de media docena de direcciones oyeron: Vamos, sólo queda un poco…, sólo queda un poco…, un poco…

Se quedaron mirándose el uno al otro, y Jack se puso de pie de un salto.

—Válgame Dios, debemos de estar en la cueva de…

Y en el eco oyeron: …debemos de estar en la cueva de…, en la cueva de…, cueva de…

—…del Viento del Norte —susurró Amos.

Echaron a andar de nuevo hacia adelante, en dirección a los fuegos. Estaba todo tan oscuro y la cueva era tan grande que ni siquiera con aquella luz alcanzaban a ver el techo o la pared más lejana. Los fuegos ardían en enormes cuencos excavados en la piedra. Habían sido puestos allí como aviso, porque justamente detrás de ellos el suelo desaparecía bajo los pies y más allá había una tumultuosa oscuridad.

—Me pregunto si estará en casa —susurró Jack.

Entonces ante ellos se produjo una corriente y un ruido y un rugido como el del trueno, y desde la oscuridad una voz dijo:

—Yo soy el Viento del Norte, y ya lo creo que estoy en casa.

Y se vieron sacudidos por una ráfaga de viento que hizo retemblar los fuegos en sus cuencos, y la gorra de marinero que Jack llevaba voló de su cabeza perdiéndose en la oscuridad.

—¿Es usted realmente el Viento del Norte? —preguntó Amos.

—¿Si yo soy realmente el Viento del Norte? —dijo la atronadora voz—. Ahora mismo estáis diciendo quiénes sois vosotros antes de que os haga pedacitos y los esparza por toda la superficie del mundo.

—Yo soy Amos y éste es Jack, príncipe del Lejano Arco Iris. Nos encontramos en su caverna por accidente y no pretendíamos ser descorteses. Pero la luna se puso y vimos sus luces.

—¿Adonde pretendíais trepar?

Jack contestó:

—A lo alto de la montaña, donde hay un trozo de espejo.

—Sí —dijo el Viento del Norte—, allí hay un espejo. Un mago tan grande y tan viejo y tan terrible que ni vosotros ni yo tenemos por qué preocuparnos por él lo colocó allí hace un año y dos días. Yo mismo le llevé hasta allí a cambio de un favor que me hizo hace un millón de años, ya que fue él quien me hizo esta cueva por medio de una magia artística y complicada.

—Hemos venido a recoger el espejo —dijo Jack.

El Viento del Norte se rió con tal fuerza que Amos y el príncipe tuvieron que agarrarse a las paredes para evitar que los llevara la corriente.

—Aquello está tan alto y hace tanto frío que jamás llegaréis —dijo el Viento—. Hasta el mago tuvo que pedirme ayuda para ponerlo allí.

—Entonces —exclamó Amos—, ¿nos podría ayudar usted a nosotros también?

El Viento del Norte se mantuvo en silencio durante todo un minuto. Luego preguntó:

—¿Por qué habría de hacerlo? El mago me construyó la cueva. ¿Qué habéis hecho vosotros para merecer tal ayuda?

—Nada aún —contestó Amos—. Pero podemos ayudarle si usted nos ayuda.

—¿De qué manera podéis ayudarme? —preguntó el Viento.

—Bueno —dijo Amos—, de la siguiente manera. Usted dice que es el Viento del Norte. ¿Cómo puede probarlo?

—¿Cómo puedes probar que tú eres realmente tú? —replicó el Viento.

—Fácilmente —dijo Amos—. Tengo el pelo rojo, tengo pecas, mido cinco pies y siete pulgadas, y tengo los ojos castaños. Lo único que tienen que hacer es ir a ver a Hidalga, que es la dueña de la Taberna del Marinero, y preguntarle quién tiene pelo rojo, mide tanto, tiene tales ojos, y ella le dirá: «Es el mismísimo Amos de mi corazón». Y la palabra de Hidalga debería ser prueba suficiente para cualquiera. Ahora bien, ¿qué aspecto tiene usted?

—¿Que qué aspecto tengo? —inquirió el Viento del Norte.

—Sí, descríbase a usted mismo.

—Soy grande y frío y fuerte…

—Eso es lo que se siente de usted —dijo Amos—. No el aspecto que tiene. Quiero saber cómo podría reconocerle si le viera caminando calle abajo tranquilamente en mi dirección cuando estuviera libre de servicio.

—Congelo y soy helado y muy frío…

—Una vez más, ése no es su aspecto; pero es lo que se siente de usted.

El Viento del Norte gruñó para sí mismo durante un rato y finalmente confesó:

—Pero nadie ha visto jamás al viento.

—Eso tenía entendido —dijo Amos—. Pero ¿no se ha mirado usted nunca en un espejo?

—Ah —suspiró el Viento del Norte—, los espejos están siempre en el interior de las casas, y nunca me invitan a entrar. De modo que nunca he tenido ocasión de mirarme en uno. Además, he estado demasiado ocupado.

—Bien —dijo Amos—, si nos ayuda a subir a lo alto de la montaña, le dejaremos que se mire en el fragmento del espejo. —Luego añadió—: Que, por lo que se ve, es más de lo que hizo su amigo el mago por usted.

Jack le dio una patadita a Amos, ya que no es prudente insultar a un mago tan grande y tan viejo y tan terrible como todo eso, incluso aunque uno no tenga por qué preocuparse por él.

El Viento del Norte refunfuñó y gimió en medio de la oscuridad durante un rato y al final dijo:

—Muy bien. Montad sobre mis hombros y os llevaré al pico más alto de la montaña. Cuando me haya mirado en vuestro espejo, os bajaré de nuevo hasta donde podáis descender el resto del camino por vuestros propios medios.

Amos y Jack estaban más contentos que unas castañuelas, y el Viento del Norte rugió hasta el borde de la cornisa y treparon a sus hombros, uno en cada uno. Se sujetaron fuertemente a su largo y tupido cabello, y las enormes alas del Viento llenaron la cueva de tal estruendo que los fuegos, de no haber estado mantenidos por medio de la magia, se hubieran apagado. El sonido de las grandes plumas de las alas chocando las unas contra las otras era como el del acero contra el bronce.

El Viento del Norte se elevó en su cueva y aceleró hacia la abertura, que era tan alta que no consiguieron ver el techo y tan ancha que no pudieron ver la pared más lejana, y en su pelo rozó el techo y las uñas de sus pies rozaron el suelo, y las puntas de sus alas hicieron caer peñascos de ambos lados cuando saltó al vacío.

Hicieron círculos hasta una altura tal que sobrepasaron las nubes, y una vez más las estrellas fueron como diamantes espolvoreados sobre el terciopelo de la noche. Voló tan largo tiempo que finalmente el sol empezó a asomarse arrojando lanzadas de oro a través del horizonte; y cuando la pelota del sol había emergido a medias del mar, puso un pie en una escarpadura a su izquierda, el otro en un picacho a su derecha, y se inclinó dejándoles bajar en el pico más alto, que estaba en el medio.

—Y ahora ¿dónde está el espejo…? —preguntó Amos mirando a su alrededor.

El sol naciente salpicaba de plata el hielo y la nieve.

—Cuando subí al mago hace un año —dijo el Viento del Norte por encima de ellos—, lo dejó aquí mismo, pero el hielo y la nieve se han solidificado sobre él.

Amos y el príncipe empezaron a apartar la nieve de un promontorio que había en el suelo, y bajo la blanca cubierta había hielo puro y refulgente. Era un trozo muy grande, casi tan grande como el baúl negro del delgado hombre gris.

—Debe de estar en el centro de este trozo de hielo —dijo Jack. Mientras miraban el brillante trozo de hielo, algo se movió en su interior: vieron que era la forma de una adorable muchacha. Era Lea, la que se les había aparecido en el estanque.

Ella les sonrió y dijo:

—Estoy encantada de que hayáis venido a buscar el segundo trozo del espejo, pero está enterrado en este trozo de hielo. Una vez, cuando yo era una niña, atravesé un trozo de hielo para recuperar un arete que mi madre había perdido la noche anterior en un baile de invierno. Aquel bloque de hielo era del hielo más frío y más duro que jamás hubiera visto hombre o mujer alguno. Este bloque es diez grados más frío. ¿Podrás atravesarlo?

—Puedo intentarlo —dijo Jack—, o tal vez morir en el intento. Pero no puedo hacer nada más ni nada menos.

Y tomó el pequeño piolet que habían utilizado para escalar la montaña.

—¿Terminarás antes de que sea la hora del desayuno? —preguntó Amos echando un vistazo al sol.

—Por supuesto que antes del desayuno —contestó el príncipe, y se puso a picar.

Los trozos de hielo volaron a su alrededor, y era tal el ardor con el que trabajaba que, a pesar del frío, hasta tuvo que quitarse la camisa. Trabajó tan duramente que en una hora había abierto el bloque de hielo, y allí, sobresaliendo, estaba el fragmento roto del espejo. Cansado, pero sonriente, el príncipe lo sacó del hielo y se lo alcanzó a Amos. Después se fue a recoger su camisa y su abrigo.

—Está bien, Viento del Norte —gritó Amos—. Échate un vistazo.

—Ponte de forma que el sol te dé en los ojos —dijo el Viento del Norte, cerniéndose sobre Amos, porque no quiero que nadie me vea antes que yo.

De modo que Amos y Jack se pusieron de cara al sol, y el enorme y terrible Viento del Norte se puso en cuclillas para mirarse al espejo. Debió de quedar contento con lo que vio, ya que soltó una larga y sonora carcajada que casi les barre del picacho. Después saltó una milla hacia lo alto, hizo un triple salto mortal, y picó sobre ellos, agarrándoles y echándoselos al hombro. Amos y Jack se aferraron a su largo y tupido cabello mientras el Viento volaba, gritando con voz ventosa:

—Ahora les diré a todas las hojas y les susurraré a todas las olas quién soy y qué aspecto tengo, para que puedan parlotear entre ellas en el otoño y levantarse y saludarme quitándose el sombrero antes de una tormenta de invierno.

El Viento del Norte estaba más contento de lo que hubiera estado desde que el mago le hizo su caverna.

Se hace de día en lo alto de una montaña mucho antes que a sus pies, y esta montaña era tan alta que, cuando llegaron a su base, el sol no se veía por ninguna parte, y se encontraron con que aún tenían más de media hora hasta la hora del desayuno.

—Tú echa a correr y vuelve a tu celda —dijo Amos—, y cuando te haya dado tiempo suficiente, volveré yo y comeré mis huevos con salchichas.

Así que el príncipe echó a correr rocas abajo hasta la playa y se coló en el barco, y Amos se quedó esperando a que saliera el sol. Cuando lo hizo emprendió el camino de vuelta.

 

VI

 

Pero en el barco, durante la noche, las cosas no habían ido de acuerdo con el plan de Amos. El hombre gris, meditando aún sobre las ropas mojadas de Amos, finalmente empezó a preguntar quién era el que Amos había elegido para que le acompañara y luego había ido a la sentina.

Allí vio inmediatamente que no había ni carcelero ni prisionero. Furioso, se abalanzó al interior de la celda y empezó a arrojar por doquier la pila de mantas que había en el rincón. Y de entre las mantas salió rodando el carcelero, atado y amordazado y vestido con el multicolor traje del príncipe del Lejano Arco Iris. Porque eran las ropas del carcelero las que Jack había usado cuando había acompañado a Amos a la montaña.

Al quitarle la mordaza, salió a la luz la historia, y la parte de la historia en la que el carcelero había estado dormido podía imaginársela el hombre de gris. De modo que desató al carcelero y llamó a los marineros e hicieron planes para el regreso de Amos y el príncipe. Lo último que hizo el hombre gris fue coger la ropa multicolor, llevándosela a su camarote donde le esperaba el baúl negro.

 

Cuando Amos subió al barco con el espejo bajo el brazo gritó:

—He aquí su espejo. ¿Dónde están mis huevos con salchichas?

—Recién sacadas del fuego y esperándole —dijo el hombre gris, alzando sus gafas de sol—. ¿Dónde está el marinero que se llevó para que le ayudara?

—Ah —contestó Amos— fue arrebatado por el viento. —Trepó por la escalera y le alcanzó el espejo al hombre gris—. Ya sólo nos queda un tercio, si no recuerdo mal. ¿Cuándo empezamos a buscarlo?

—Esta tarde, cuando el sol esté en su cenit y dé todo su calor —respondió el hombre gris.

—¿Es que no voy a tener ocasión de descansar? —preguntó Amos—. He estado escalando arriba y abajo por la montaña toda la noche.

—Puede echar una cabezada —dijo el hombre gris—. Pero venga y desayune primero.

El hombre gris echó su brazo sobre los hombros de Amos y le condujo a su camarote, donde el cocinero les trajo una gran bandeja humeante llena de salchichas y huevos.

—Está haciéndolo muy bien hasta ahora —dijo el hombre gris, señalando hacia la pared donde había colgado juntos los dos primeros trozos del espejo. Ahora ya podían imaginarse cuál sería la forma del tercero—. Y si consigue hacerse con el tercer trozo, habrá cumplido realmente bien.

—Ya casi puedo sentir el peso de todos esos diamantes y esmeraldas y oro y perlas —dijo Amos.

—¿Ah, sí? —comentó el hombre gris.

Sacó un trozo de seda verde de su bolsillo, se acercó a la caja negra y lo metió por una pequeña puerta cuadrada: ¡Orlmnb!

—¿Dónde está escondido el tercer espejo? —preguntó Amos.

—A dos leguas de allí hay un jardín de vivos colores e intensos aromas, donde mariposas negras refulgen sobre los bordes de fuentes de mármol rosa, y lo único que hay de color blanco en él es un unicornio que hace guardia sobre el tercer trozo del espejo.

—Entonces es buena cosa que vaya a ser yo el que vaya a buscárselo —dijo Amos—, porque incluso con sus gafas de sol le produciría a usted un terrible dolor de cabeza.

—Maldición —dijo el hombre gris—, es cierto.

Sacó de su bolsillo una tira de tela carmesí con dibujos naranjas, se acercó al baúl y la introdujo por un pequeño agujero redondo que había en la parte superior. Al desaparecer el último vestigio de tela, la cosa del interior de la caja dijo: ¡Mlpbgrm!

—Estoy ansioso por verle a usted pasar el momento más feliz de su vida —dijo Amos—. Pero todavía no me ha dicho qué es lo que usted y su más cercano y querido amigo esperan encontrar en el espejo.

—¿Ah, no? —dijo el hombre gris.

Se inclinó bajo la mesa y sacó una bota blanca de cuero, se acercó al baúl, alzó la tapa y la echó dentro. ¡Org! Este sonido no provenía del baúl: provenía de Amos tragándose el último trozo de salchicha demasiado de prisa. Él y el hombre gris se miraron el uno al otro, y ninguno dijo nada. El único sonido provino del baúl: ¡Grublmeumplefrmp… hic!

—Bien —dijo por fin Amos—, creo que saldré a dar una vuelta por la cubierta.

—Tonterías —replicó el hombre gris alisando sus guantes sobre sus muñecas—. Si tiene que estar despierto esta tarde, entonces mejor será que se vaya a dormir ahora mismo.

—Créame, un poco de aire fresco me haría dormir mucho mejor.

—Créame a mí —dijo el hombre gris—, he puesto un pellizquito de cierto producto en sus huevos y en sus salchichas que le hará dormir mejor que todo el aire fresco del mundo.

Súbitamente Amos sintió que los párpados se le cerraban, que le volaba la cabeza, y se deslizó sobre su silla.

 

Cuando despertó, estaba acostado en el suelo de la cala del barco dentro de la celda, y Jack, en paños menores —ya que los marineros le habían asaltado al volver aquella mañana, devolviéndole al carcelero las ropas que llevaba puestas—, estaba intentando despertarle.

—¿Qué te pasó? —preguntó Amos, y Jack se lo contó.

—Nos han descubierto y todo se ha perdido —terminó el príncipe—. Porque ya es mediodía, y el sol está en su cenit y desprendiendo todo su calor. El barco ha atracado a dos millas de allá, y el hombre gris debe de estar a punto de salir a buscar el tercer trozo de espejo él mismo.

—Así se le reviente la cabeza en mil pedazos —dijo Amos.

—A callarse ahí dentro —dijo el carcelero—. Estoy intentando dormir.

Extendió su trozo de lona de vela gris y se acostó. En el exterior el agua lamía los costados del barco, y al cabo de un momento Jack dijo:

—Hay un río que corre junto al castillo del Lejano Arco Iris, y cuando uno baja al jardín el agua suena igual que ahora contra las murallas.

—Vamos, no te pongas triste —dijo Amos—. Necesitamos toda nuestra astucia en este momento.

De alguna parte surgió el sonido de alguien golpeando el casco.

—Aunque en verdad —dijo Amos mirando hacia el techo— yo tuve una vez un amigo llamado Billy Belay, un viejo marinero con una pata de palo; solía jugar con él a las pajitas. Cuando subía a su habitación en la Taberna del Marinero, se le podía oír caminar igual que ahora.

El golpeteo volvió a sonar.

—Sólo que ese ruido no viene de arriba —dijo Jack—, sino de abajo.

Miraron hacia el suelo. Entonces Jack se puso a cuatro patas y miró bajo el catre.

—Aquí hay una trampilla —le susurró a Amos—, y alguien está llamando.

—¿Una trampilla en el fondo de un barco? —preguntó Amos.

—No nos hagamos preguntas —exclamó Jack—. Abrámosla.

Agarraron la anilla y tiraron hasta abrir la trampilla. A través de la abertura no se veía más que la verde superficie del agua. Entonces bajo la superficie apareció Lea.

—¿Qué estás haciendo ahí? —susurró Amos.

—He venido a ayudaros —contestó ella—. Habéis recuperado dos tercios del espejo roto. Ahora tenéis que recuperar el tercer trozo.

—¿Cómo llegaste hasta aquí? —preguntó Jack.

—Sólo la superficie brillante de las cosas nos mantiene separados —dijo Lea—. Si os zambullís por aquí, podréis salir buceando por debajo del barco.

—Y una vez que estemos fuera del barco —dijo Amos—, podremos volver a subir a él.

—¿Por qué habríamos de hacer semejante cosa? —preguntó Jack.

—Tengo un plan —dijo Amos.

—Pero ¿funcionará? —preguntó Jack―. El hombre gris está ya en el jardín de vivos colores e intensos perfumes, caminando entre las fuentes de mármol rosa donde refulgen las mariposas negras.

—Funcionará mientras el unicornio plateado guarde el fragmento del espejo —dijo Amos— y el hombre gris no haya podido cogerlo. Ahora, al agua.

El príncipe se zambulló y Amos se lanzó detrás de él.

—¿Queréis callaros ahí adentro? —dijo el carcelero sin abrir los ojos.

 

En el jardín, el hombre gris, con sus gafas de sol encajadas firmemente sobre sus ojos y un paraguas protegiéndole la cabeza, estaba de hecho caminando entre los vivos colores y los intensos perfumes y las fuentes de mármol rosa donde refulgían las mariposas negras. Hacía calor, el sudor le inundaba y le dolía terriblemente la cabeza.

Llevaba caminando largo rato, y a pesar de sus gafas oscuras podía distinguir el verde y el rojo de los capullos florecidos, las frutas púrpura que pendían de las ramas, los melones naranja que había en las vides. No obstante, la cosa más molesta de todas eran las nubes de mosquitos dorados que zumbaban a su alrededor. Agitaba el aire con su paraguas, pero volvían inmediatamente.

Después de lo que le pareció un tiempo largo, muy largo, vio un parpadeo plateado, y acercándose vio que era un unicornio. Estaba en el pequeño claro, resplandeciente. Justamente detrás del unicornio estaba el último trozo del espejo.

—Bueno, ya era hora —dijo el hombre gris, y empezó a caminar hacia él.

Pero en el momento en que puso los pies en el claro, el unicornio piafó y golpeó el suelo con sus pezuñas delanteras, una después de la otra.

—Lo cogeré rápidamente sin organizar ningún escándalo —dijo el hombre gris.

Pero cuando se adelantó, el unicornio se adelantó a su vez, y el hombre gris se encontró con la afilada punta del cuerno del unicornio pegada a la tela gris de su camisa, justamente a la altura de su ombligo.

—Tendré que rodearlo entonces —dijo el hombre gris.

Pero al moverse hacia la derecha, el unicornio se movía hacia la derecha; y cuando se movía hacia la izquierda, el unicornio hacía lo propio.

Procedente del espejo se escuchó una carcajada.

El hombre gris miró por encima del hombro del unicornio, y en el trozo de cristal no vio su reflejo, sino la cara de una joven mujer.

—Me temo —dijo ella alegremente—, que jamás podrás coger el espejo a menos que te lo permita el unicornio, ya que fue puesto aquí por un mago tan grande y tan viejo y tan terrible que ni tú ni yo tenemos por qué preocuparnos por él.

—Entonces, ¿qué es lo que debo hacer para que este animal cabezota me deje pasar? Dímelo rápido, porque tengo prisa y me duele la cabeza.

—Tienes que mostrar que eres digno —respondió Lea.

—¿Y cómo se hace eso?

—Tendrás que mostrar lo listo que eres —dijo Lea—. Cuando yo estaba libre de este espejo, mi profesor, para ver lo bien que había aprendido mis lecciones, me hizo tres preguntas. Contesté a las tres, y las preguntas eran más difíciles de las que jamás hubiera contestado hombre o mujer alguno. Voy a hacerte tres preguntas que son diez veces más difíciles, y si las respondes correctamente, podrás coger el espejo.

—Pregúntame —dijo el hombre gris.

—Primera —dijo Lea—, ¿quién está justo detrás de tu hombro izquierdo?

El hombre gris se volvió a mirar por encima del hombro, pero lo único que vio fueron los colores del jardín.

—Nadie —respondió.

—Segunda —dijo Lea—, ¿quién está justo detrás de tu hombro derecho?

El hombre gris miró en la otra dirección y a punto estuvo de quitarse las gafas de sol. Entonces decidió que no era necesario, ya que todo lo que vio fue una masa de colores confusos.

—Nadie —contestó.

—Tercera —dijo Lea—, ¿qué es lo que te van a hacer?

—Aquí no hay nadie y nadie me va a hacer nada —dijo el hombre gris.

—Has contestado mal a las tres preguntas —dijo Lea tristemente.

Entonces alguien agarró al hombre gris por un brazo, y alguna otra persona por el otro brazo, y le tiraron panza arriba al suelo, le hicieron darse la vuelta y le ataron las manos a la espalda. Uno le cogió por los hombros y el otro por los pies, y sólo se entretuvieron el tiempo suficiente para recoger el espejo del claro, cosa que el unicornio les dejó hacer alegremente ya que no cabía duda alguna de que habían contestado a las preguntas de Lea.

Pues uno de los dos era Amos, con la parte superior del traje del príncipe del Lejano Arco Iris, menos un pequeño trozo verde de la manga y una tira de la capa carmesí; se había puesto detrás de unos arbustos de forma que el hombre gris no pudiera ver sus pantalones, menos pintorescos. El otro era el príncipe Jack en persona, con la parte inferior del traje puesto, menos una bota blanca; se había colocado detrás de una rama baja de tal modo que el hombre gris no había podido verle de la cintura para arriba.

Con el espejo a buen recaudo —tampoco se olvidaron del paraguas y las gafas de sol del hombre gris— volvieron al barco. El plan de Amos parecía haber surtido efecto; habían conseguido subir de nuevo al barco y coger el traje del camarote del hombre gris sin que nadie los viera, para después escabullirse en busca del espejo hacia el jardín.

Pero aquí la suerte les volvió la espalda, ya que no habían hecho más que llegar de nuevo a la playa cuando cayeron sobre ellos los marineros. El carcelero se había despertado al fin, y al descubrir que sus cautivos habían desaparecido, habían organizado una partida de búsqueda que se disponía a partir justo cuando Amos y el príncipe llegaban al barco.

—¡Traición, contra traición y recontra traición! —exclamó triunfante el hombre gris mientras se llevaban a Amos y al príncipe de vuelta a la cala.

La trampilla había sido claveteada firmemente esta vez, y ni siquiera a Amos se le ocurría un plan.

—Levad anclas y partamos hacia la más gris y triste isla del mapa —gritó el hombre gris.

—¡Partimos! —gritaron los marineros.

—Y que nadie me moleste hasta que lleguemos —dijo el delgado hombre gris—. Hoy he tenido un mal día y la cabeza me está matando.

El hombre gris se llevó el tercer trozo del espejo a su camarote, pero se sentía demasiado mal como para juntar los fragmentos, de modo que dejó el último trozo sobre el baúl, se tomó varias aspirinas y se acostó.

 

VII

 

Sobre la más gris y triste isla del mapa hay un grande y tétrico castillo, y grandes escalones de piedra gris llevan desde la playa hasta la tétrica morada del delgado hombre gris. A la siguiente tarde gris, el barco atracó al pie de las escaleras, y el hombre gris, arrastrando a los dos cautivos amarrados, subió hasta la puerta.

Más tarde, en el salón del castillo, Amos y el príncipe se encontraron atados a la pared trasera. El hombre gris se rió para sus adentros al colgar los dos tercios del espejo. El último tercio estaba sobre la mesa.

—Por fin está a punto de ocurrir —dijo el hombre gris—. Pero, antes que nada… Amos, tú has de recibir tu recompensa por la ayuda que me has prestado.

Llevó a Amos, aún maniatado, hasta una pequeña puerta que había en la pared.

—Ahí dentro está mi jardín de joyas. Tengo más joyas que ningún otro hombre en el mundo. ¡Ugh! Me dan dolor de cabeza. Ve de prisa, toma tu recompensa, y cuando vuelvas te mostraré a un hombre en el momento más feliz de su vida. Después te meteré a ti con tus joyas en el interior del baúl, junto con mi más cercano y querido amigo.

Con la punta de su delgada espada gris cortó las ligaduras de Amos, empujándole al interior del jardín de joyas y cerrando la pequeña puerta firmemente a su espalda.

Era un Amos entristecido el que vagaba entre aquellas brillantes pilas de piedras preciosas que tanto brillaban y refulgían a su alrededor. Las paredes eran con mucho demasiado altas para poderlas escalar, y encerraban el jardín por completo. Siendo como era un hombre inteligente, Amos sabía que había situaciones en las que era un gasto inútil de astucia el intentar encontrar alguna salida. Así que, tristemente, cogió una pequeña carretilla que había en lo alto de una colina de rubíes y empezó a llenarse los bolsillos de perlas. Una vez que hubo sacado un caldero lleno de oro de un pozo que había en medio del jardín, puso toda su recompensa sobre la carretilla, volvió hasta la puerta y llamó.

La puerta se abrió y se vio arrastrado a través de ella y amarrado de nuevo. El hombre gris condujo a Amos de vuelta al lado del príncipe y llevó la carretilla al centro de la habitación.

—En cuestión de un momento —dijo el delgado hombre gris—, verás a un hombre en el momento más feliz de su vida. Pero primero he de asegurarme de que mi más cercano y querido amigo pueda ver también.

Se acercó al gran baúl negro, que parecía aún más negro y más grande, y lo puso de costado; entonces, con la gran llave de hierro, lo abrió casi hasta la mitad, de manera que quedara mirando en dirección al espejo. Pero desde donde estaban Amos y Jack no conseguían ver su interior.

El hombre gris tomó el último trozo de espejo, se acercó a la pared y lo encajó en su sitio, diciendo:

—Lo único que siempre he deseado más que ninguna otra cosa, para mí y para mi más querido y cercano amigo, es una mujer digna de un príncipe.

Inmediatamente se produjo un trueno, y una gran luz relampagueó en el restaurado espejo. El hombre gris dio un paso atrás, y del espejo salió la bellísima y digna Lea.

—¡Oh, felicidad! —rió el delgado hombre gris—. ¡Ella también es gris!

Porque Lea estaba cubierta de gris de pies a cabeza. Pero casi antes de que acabara de hablar el hombrecillo, ella se aflojó la capa gris y ésta cayó en torno a sus pies.

—¡Oh, horror! —exclamó el delgado hombre gris, y dio otro paso atrás.

Bajo la capa gris llevaba otra escarlata con rubíes llameantes que refulgían con la luz como relámpagos. Soltó su capa escarlata y ésta también cayó al suelo.

—¡Oh, miseria! —gritó el hombre gris, y dio un nuevo paso atrás.

Porque bajo su capa escarlata llevaba un velo de raso verde, y alrededor de su borde relampagueaban amarillos topacios bajo la luz de los relámpagos, que aún surgían del espejo. Apartó el velo de sus hombros.

—¡Oh depresión definitiva…! —aulló el delgado hombre gris, y volvió a dar un paso atrás, ya que el traje que llevaba bajo el velo era de plata con remates de oro, y su corpiño era de seda azul incrustado de perlas.

El último paso llevó al delgado hombre gris hasta el mismísimo interior del baúl abierto. Dio un grito de sorpresa, tropezó, el baúl rodó sobre un costado, y la tapadera se cerró con un chasquido.

Y no se oyó sonido alguno.

—Había esperado que pudiéramos evitar esto —dijo Lea, mientras se acercaba para desatar a Jack y a Amos—. Pero ya no hay nada que podamos hacer. Jamás podré agradeceros lo suficiente que recogierais los trozos del espejo y me liberarais.

—Tampoco nosotros podemos agradecerte —dijo Amos— la ayuda que nos has prestado para hacerlo.

—Ahora —dijo Jack, frotándose las muñecas—, podré volver a mirarme en el espejo para saber por qué soy el príncipe del Lejano Arco Iris.

Él y Lea se acercaron al espejo y se quedaron mirando sus reflejos.

—Vaya —dijo Jack—, yo soy un príncipe porque soy digno de serlo, y conmigo hay una mujer digna de ser princesa.

En el interior del marco dorado ya no aparecía su reflejo, sino una ondulante tierra de prados verdes y amarillos, con casas rojas y blancas, y en la lejanía un castillo dorado que se recortaba sobre un cielo azul.

—¡Esa es la tierra del Lejano Arco Iris! —exclamó Jack—. ¡Casi podríamos tocarla! —y empezó a avanzar.

—¿Y qué hay de mí? —gritó Amos—. ¿Cómo hago para volver a casa?

—Igual que nosotros —contestó Lea—. Cuando hayamos desaparecido, mira el espejo y verás tú también tu hogar.

—¿Y eso? —preguntó Amos, señalando hacia el baúl.

—¿Qué pasa con eso? —preguntó Jack.

—Bueno, ¿qué es lo que hay dentro?

—Míralo y lo verás —dijo Lea.

—Me da miedo —dijo Amos—. Ha dicho cosas tan horribles y terribles.

—¿Miedo tú? —se rió Jack—. ¿Tú, que me rescataste tres veces de la sentina, te aventuraste por el pantano gris y montaste en los hombros del Viento del Norte?

Pero Lea preguntó suavemente:

—¿Qué fue lo que dijo? Yo he estudiado las lenguas de los hombres y tal vez pueda ayudarte. ¿Qué dijo?

—Oh, cosas horribles —contestó Amos—, como onvbpmf y elmblpf y orghmflbfe.

—Eso significa —dijo Lea—, «fui metido en este baúl por un mago tan grande y tan viejo y tan terrible que ni vosotros ni yo tenemos por qué preocuparnos por él».

—Y dijo glumphvmr y fuffle y fulrmp —añadió Amos.

—Eso significa —dijo Lea—, «fui metido aquí para que fuera el más querido y cercano amigo de todas aquellas personas adustas y grises que engañan a todo el que ven y que son incapaces de disfrutar de nada que tenga colores en el mundo».

—Luego dijo orlmnb, y mlpbgrm y grublmeum-pleffrmp-hic.

—Traducido un tanto libremente —dijo Lea—: «El deber de uno es frecuentemente algo difícil de realizar con la alegría, buenos modos y diligencia que los demás esperan de nosotros; no obstante…»

—Y cuando el delgado hombre gris se cayó dentro del baúl —dijo Amos—, no emitió ningún sonido.

—Lo cual —dijo Lea— puede ser traducido por: «lo hice» A grosso modo.

—Si tú lo dices —dijo Amos.

Se acercó al baúl, dio tres vueltas a su alrededor, y temerosamente alzó la tapadera. No vio nada, de modo que la abrió aún más. Al ver que seguía sin ver nada, la abrió del todo.

—Válgame, pero si no hay na… —empezó a decir.

Pero entonces algo le llamó la atención desde el mismísimo fondo del baúl, y metió la mano para cogerlo. Era una barra de cristal, corta y triangular.

—¡Un prisma! —dijo Amos—. ¿No es sorprendente? Es la cosa más sorprendente que he visto en mi vida.

Pero estaba solo en el salón del castillo; Jack y Lea habían partido ya. Amos corrió hasta el espejo justo a tiempo para verles caminar a lo lejos a través de las praderas verdes y amarillas hacia el castillo de oro. Lea apoyaba la cabeza en el hombro de Jack, y el príncipe se volvía para besar su pelo negro como ala de cuervo, y Amos pensó: «He ahí dos personas pasando el momento más feliz de sus vidas».

Entonces la imagen cambió, y se halló mirando una familiar calle empedrada de la costa, húmeda de lluvia. Acababa de terminar una tormenta y las nubes empezaban a dispararse. Calle abajo, el anuncio de la Taberna del Marinero oscilaba empujado por la brisa.

Amos corrió a recoger su carretilla, puso encima de todo el prisma, y la llevó hasta el espejo. Después, sólo por si acaso, volvió y cerró cuidadosamente el baúl.

 

Alguien abrió la puerta de la Taberna del Marinero y gritó:

—¿Por qué está todo el mundo tan triste esta tarde, cuando hay un maravilloso arco iris envolviendo el mundo?

—¡Es Amos! —exclamó Hidalga, saliendo a toda carrera de detrás de la barra.

—¡Es Amos! —exclamó Billy Belay, golpeteando tras ella con su pata de palo.

Todos los demás clientes de la taberna salieron corriendo también. Efectivamente era Amos, y efectivamente un arco iris se combaba sobre ellos hacia los lejanos horizontes.

—¿Dónde has estado? —exclamó Hidalga—. Todos pensábamos que habías muerto.

—No me creerías si te lo contara —contestó Amos—, ya que no haces más que decir que nunca te tomas en serio la palabrería de ningún hombre.

—Cualquier hombre que es capaz de salir de una taberna una noche sin más que lo puesto y volver al cabo de una semana con eso —y señaló la carretilla llena de oro y joyas—, es un hombre al que hay que tomar en serio.

—Entonces cásate conmigo —dijo Amos—, porque yo siempre pensé que tenías un sentido común asombrosamente bueno en cuanto a quién creer y a quién no creer. Tus últimas palabras te han mostrado digna de mi opinión.

—Ya lo creo que lo haré —dijo Hidalga—, puesto que siempre pensé que eras un hombre con una inteligencia poco corriente. Tu regreso con esta carretilla ha demostrado que eras merecedor de mi opinión.

—Yo también creí que habías muerto —dijo Billy Belay—, después de que saliste corriendo de aquí con aquel hombre gris y su gran baúl negro. Nos contó terribles historias de los lugares a los que pretendía ir, y tú te limitaste a ir con él sin haber oído más que la recompensa que ofrecía.

—Hay momentos —dijo Amos— en los que es mejor conocer tan sólo la recompensa y no los peligros.

—Y obviamente aquél era uno de esos momentos —dijo Hidalga—, ya que has vuelto y vamos a casarnos.

—Bueno, entra entonces —dijo Billy— y juguemos a las pajitas, y así podrás contarnos toda la historia.

Volvieron a entrar en la taberna, llevando la carretilla frente a ellos.

—¿Qué es esto? —preguntó Hidalga al entrar.

Cogió el prisma de cristal de encima de la carretilla.

—Eso —contestó Amos— es el otro extremo del Lejano Arco Iris.

—¿El otro extremo del arco iris? —repitió Hidalga.

—Allí —dijo Amos señalando al exterior de la puerta— está aquel extremo. Y allí está ese extremo —y señaló a la ventana del frente—, y aquí mismo está el otro extremo.

Entonces le mostró cómo una luz brillante que lo atravesaba se descomponía llenándole a ella las manos de todos los colores que pudiera imaginar.

—¿No es fascinante? —dijo Hidalga—. Es la cosa más sorprendente que he visto en mi vida.

—Eso es exactamente lo mismo que dije yo —le dijo Amos, y ambos se sintieron muy felices, porque ambos eran lo suficientemente inteligentes como para saber que cuando un marido y una esposa están de acuerdo, eso significa que tienen por delante un largo y feliz matrimonio.