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Piedra de toque - Terry Carr

Tras treinta y dos años de observar con creciente perplejidad los hábitos del mundo y la vacilante búsqueda de amor y seguridad por parte de la gente, Randolph Helgar pensaba que había una sencilla respuesta para todo ello, que de alguna forma era posible agarrarse a la vida, aferraría y apreciarla sin temor. Y un sábado por la mañana, a principios de marzo, cuando las nubes habían desaparecido y el sol se alzaba pálido en el cielo, Randolph encontró lo que buscaba.

La nieve había abandonado las calles de Greenwich Village desde hacía más de una semana, dejando tras de sí únicamente un quebradizo residuo en las aceras. Todo el mundo seguía andando con paso incierto, como marineros de permiso en la costa. Randolph Helgar salió de su piso a las diez y se dirigió hacia el oeste. El viento del este encrespó su arreglado cabello color arena, confiriéndole el superficial aspecto de la prisa, pero sus inquietos ojos grises y la vaga sonrisa que tan a menudo aparecía en su boca anulaban esa apariencia. Randolph estaba más atareado buscando que andando.

El mejor detalle de la ciudad, por lo que a él respectaba, era que nunca se la podía cartografiar por completo. En cuanto se pensaba conocer todas las calles, todas las zapaterías, todos los puestos de bocadillos o pizzas, un día se encontraba algo nuevo, en un lugar no investigado hasta entonces. Una peculiar ceguera afecta a la gente que recorre las calles de Greenwich Village; la gente sólo se percata de su lugar de destino.

El día anterior, en el autobús, camino del hogar tras salir del trabajo en la agencia de viajes, Randolph miró por la ventanilla y vio una librería cuyo sucio escaparate era serena evidencia del tiempo que el establecimiento llevaba en aquel lugar. Y por eso iba en busca de la librería esa mañana. Había anotado la dirección, pero ya no era preciso sacar la hoja de papel de la cartera: el acto de anotarla la había fijado en su memoria.

La tienda acababa de abrir cuando Randolph llegó. Un hombretón de recia espalda, cabello negro y prominentes venas en el dorso de las manos estaba disponiendo la mesa de ocasiones delante de la librería. Randolph observó la mesa, llena de lomos borrados por el sol de anónimos libros de bolsillo, y saludó al hombretón con una inclinación de cabeza. Entró.

Los libros estaban amontonados a lo largo de las paredes. En diversos lugares había letreros hechos a mano que anunciaban MÚSICA, HISTORIA, PSICOLOGÍA, pero debían de llevar años allí, porque los libros de esas secciones no estaban relacionados con los letreros. Cerca de la entrada había un viejo aparador moteado por la luz que entraba por el sucio escaparate; un letrero de uno de sus estantes decía $10. Junto a este mueble había una mesita redonda que giraba sobre su base, pero no tenía puesto precio.

El propietario había vuelto a la librería y se hallaba junto a la puerta mirando a Randolph.

—¿Desea algo especial? —preguntó al cabo de unos instantes.

Randolph meneó la cabeza, echando atrás los mechones que caían sobre sus ojos. Pasó los dedos por su pelo, peinándolo hacia atrás, y observó uno de los montones de libros.

—Creo que quizá le interese esta sección —dijo el propietario, que caminó pesadamente sobre las inseguras tablas del piso y se situó al lado de Randolph.

Alzó su manaza y la pasó por un estante. Un letrero decía: MAGIA, BRUJERÍA.

Randolph lo miró.

—No —dijo.

—Ninguno de estos libros está en venta—dijo el hombre—. Esta sección es estrictamente una biblioteca de préstamo.

Randolph alzó los ojos para mirar los del hombre de más edad. El hombretón le devolvió la mirada tranquilamente, a la espera.

—¿No están en venta? —dijo Randolph.

—No, forman parte de mi colección —repuso el librero—. Pero los alquilo a diez centavos por día, si es que alguien desea leerlos, o bien...

—¿Quién se los lleva?

El pesado propietario se alzó de hombros, con la tenue pincelada de una sonrisa en sus carnosos labios.

—Gente. Gente que entra, ve los libros y piensa que quizá le guste leerlos. Siempre los devuelven.

Randolph examinó los libros de los estantes. Los lomos eran duros y quebradizos, las letras parecían nuevas.

—¿Cree que los leen? —preguntó.

—Por supuesto. Muchos lectores vuelven y compran otras cosas.

—¿Otros libros?

El hombre sé encogió de hombros por segunda vez y dio media vuelta. Se acercó lentamente a la trastienda.

—Vendo otras cosas. Es imposible ganarse la vida vendiendo libros en estos tiempos y esta época.

Randolph siguió al hombretón a la oscuridad de la trastienda.

—¿Qué otras cosas vende?

—Quizá deba leer antes los libros —dijo el hombre, observándole con los ojos entrecerrados.

—¿Vende... pociones amorosas? ¿Sangre de murciélago seca? ¿Entrañas de serpiente?

—No —dijo el vendedor—. Me temo que tendrá que visitar a los tabaqueros si quiere cosas como esas. Yo vendo únicamente cosas imperecederas.

—¿Amuletos mágicos? —preguntó Randolph. —Sí —repuso lentamente el hombretón—. Algunos son auténticos, otros no.

—Y supongo que los auténticos son más caros. —Aproximadamente valen lo mismo. Está en sus manos decidir cuáles son auténticos.

El hombretón se había agachado para buscar algo en un cajón de su escritorio, y sacó una caja cuya tapa levantó. Puso la caja en el escritorio y alzó la mano para encender una desnuda bombilla que pendía del oscuro techo.

La caja contenía diversos amuletos, piedras, insectos resecos encerrados en vidrio, tallas de madera y otros objetos. Todo estaba revuelto en la caja. Randolph removió el contenido con dos dedos.

—No creo en la magia —dijo. El hombretón sonrió lánguidamente. —Creo que yo tampoco. Pero algunas de estas cosas son bastante interesantes. Algunas son de auténtica hechura sudamericana, otras proceden de Europa y Oriente. Valen dinero, sí señor. —¿Qué es esto? —preguntó Randolph mientras cogía una piedra negra que encajaba perfectamente en la palma de su mano. Las configuraciones de la piedra se retorcían sobre sí mismas, igual que un puñado de masa de panadero. —Es una piedra de toque. Pase los dedos por ella. —Es perfectamente lisa—dijo Randolph. —Se supone que tiene poderes mágicos, hace que la gente se sienta contenta. Sosténgala en la mano.

Randolph apretó los dedos sobre la piedra. Tal vez fuera la fuerza de la sugestión, pero el tacto de la piedra era muy agradable. Tan lisa, igual que la piel...

—El hombre que me la dio dijo que era un antiguo objeto hindú. Engloba Yang y Yin, los opuestos que se complementan y dan armonía al mundo. Puede ver parte del símbolo en el aspecto de la piedra. —Sonrió lentamente—. Se supone además que contiene un alma humana, igual que un huevo.

—Más bien como un fósil —dijo Randolph.

No sabía qué clase de piedra era.

—Le costará cinco dólares —dijo el hombretón.

Randolph sopesó la piedra. Descansaba en su mano cómodamente, igual que un gato que se dispone a dormir.

—De acuerdo —contestó.

Sacó un billete de la cartera y observó el papel donde había apuntado la dirección de la librería el día anterior.

—Si vuelvo aquí dentro de una semana —dijo—, ¿seguirá estando la tienda? ¿O habrá desaparecido, como supuestamente desaparecen las tiendas de magia?

El hombretón no sonrió.

—Esta tienda no es de esa clase. Me arruinaría si estuviera trasladándome siempre.

—De acuerdo —dijo Randolph, observando la negra piedra—. Cuando era niño solía coger piedras en la playa y las llevaba encima semanas seguidas, porque me encantaban. En fin, supongo que esta piedra tiene esa clase de magia.

—Si decide que no desea tenerla, devuélvala —dijo el hombretón.

 

Cuando Randolph volvió al piso, Margo estaba levantándose. Bobby, de siete años, ya se había levantado y estaba fuera, al parecer. Randolph puso la cafetera con el café de la noche anterior en la cocina y se sentó a la mesa de la cocina para aguardar a que se calentara. Sacó la piedra de toque del bolsillo y pasó los dedos por ella.

Extraño... Era simplemente una roca negra, probablemente desgastada y alisada por el agua y más tarde, tal vez, por dedos que la habían frotado durante siglos. Pese a lo que había dicho el vendedor respecto a un símbolo hindú, la piedra no tenía forma particular.

Sin embargo, la piedra le produjo un peculiar efecto calmante. Quizá, pensó Randolph, es simplemente que la gente debe tener algo en las manos mientras piensa. Son las manos, el pulgar oponible, las que han hecho a los humanos tal como son, o así opinan los antropólogos. Las manos dan al hombre la capacidad de trabajar con cosas, de construir, de hacer. Y todos tenemos la sensación de tener que estar siempre usando las manos, o de lo contrario no vivimos de acuerdo con nuestra condición de seres humanos.

Por eso fuman tantas personas. Por eso tocan y se frotan la barbilla y por eso tamborilean con los dedos en las mesas. Pero la piedra de toque regía las manos.

Una simple forma de magia.

Margo entró en la cocina, peinando su largo cabello de modo que le cayera sobre los hombros. Todavía no se había maquillado, y su carnosa boca parecía tan pálida como las nubes. Sacó tacitas y sirvió el café, y luego se sentó al otro lado de la mesa.

—¿Has comprado la pintura?

—¿Pintura?

—Ibas a pintar hoy la cocina. La pintura que hay está agrietándose y se cae.

Randolph observó las paredes mientras acariciaba la piedra con los dedos. Las paredes no tenían mal aspecto, decidió. Podían durar otros seis meses sin pintarlas. Al fin y al cabo, no era una calamidad que el yeso apareciera encima de la cocina.

—No creo que lo haga hoy —dijo.

Margo no contestó. Cogió un libro de la silla contigua y buscó la hoja que estaba leyendo.

Randolph manoseó la piedra de toque y pensó en la playa de su niñez.

 

Había una fiesta esa noche en casa de Gene Blake, en el piso de abajo, pero en esta ocasión Randolph no tenía deseos de bajar. Blake era cuatro años más joven que él, y de pronto la diferencia parecía insuperable. Blake explicaba descentrados chistes sobre la integración en el Sur, hablaba de escritores que Randolph sólo conocía gracias a las críticas del Times del domingo y era aficionado a beber whisky y leche. No, no esa noche, dijo a Margo.

Después de la cena, Randolph se acomodó ante el televisor y, mientras sonaba en la cocina el lavado de platos y Bobby leía un tebeo en el rincón, vio una reposición de la mejor comedia de hacía tres temporadas. Cuando llegó el segundo anuncio, sacó la piedra de toque de su bolsillo y la frotó ociosamente

con el pulgar. Lo único preciso, pensó, es ignorar los anuncios.

—¿Alguna vez has visto una rana? —le preguntó Bobby.

Randolph levantó la cabeza y vio al niño junto a su silla, respirando rápidamente como hacen los niños cuando tienen algo que decir.

—Claro —dijo Randolph.

—¿Alguna vez has visto una negra? ¿Muerta?

Randolph pensó un momento. No creía haber visto una rana negra muerta.

—No —contestó.

—¡Espera un momento! —dijo Bobby, y salió corriendo de la habitación.

Randolph siguió mirando la pantalla del televisor y vio que la mujer tenía un caballo en el cuarto de estar y se esforzaba en convencerlo de que subiera al piso superior antes de que llegara el marido. El caballo parecía irritado.

—¡Mira! —dijo Bobby, y dejó caer la rana muerta en los pantalones de su padre.

Randolph la miró dos segundos antes de comprender de qué se trataba. Una pata y parte del cuerpo de la rana estaban aplastados, probablemente por la rueda de un coche, y la amplia boca estaba abierta. Era gris, no negra.

Randolph la tiró al suelo.

—Será mejor que la eches a la basura —dijo—. Olerá mal.

—¡Pero he pagado sesenta canicas por ella! —dijo Bobby—. Y sólo tenía veinticinco y tendrás que comprarme más.

Randolph suspiró y cambió la piedra de mano.

—De acuerdo —dijo—. El lunes. Guárdala en tu habitación.

Volvió la cabeza hacia la pantalla, donde todo el mundo estaba detrás del caballo y trataba de empujarlo escalera arriba.

—¿No te gusta? —preguntó Bobby.

Randolph miró inexpresivamente al niño.

—Mi rana—dijo Bobby.

Randolph pensó en ello un instante.

—Creo que será mejor que la tires —dijo—. Pronto apestará.

Bobby bajó la cabeza.

—¿Puedo preguntárselo a mamá?

Randolph no respondió, y supuso que el niño se alejaba. Había más propaganda, y acarició ociosamente la idea de un anuncio de piedras de toque: «Desde hace dos milenios la humanidad ha buscado la respuesta al olor de las axilas, la halitosis, la regularidad de la menstruación... Ahora, por fin...»

—¡Bobby! —gritó la esposa de Randolph en la cocina. Randolph levantó la cabeza, sorprendido—. ¡Saca eso del pasillo y ponlo en la basura ahora mismo! ¡Ni una palabra más!

Al cabo de un instante Bobby entró lentamente en la habitación, con la barbilla en el pecho. Pero miró a Randolph con un vestigio de esperanza.

—Ella quiere que la tire a la basura.

Randolph se encogió de hombros.

—Llenará de olor la casa—dijo.

—Bueno, pensaba que te gustaría de todas maneras —dijo Bobby—. Siempre me dices que tú fuiste niño, y ella no.

Bobby esperó un instante, aguardó la respuesta de su padre, y al no llegar ésta se fue corriendo bruscamente con la aplastada rana gris en su mano.

Margo entró en el cuarto de estar, secándose las manos con una toalla.

—Ran, ¿por qué no has intervenido antes?

--¿Qué?

—Sabes que esas cosas me ponen enferma. Estaré dos días sin poder comer.

—Estaba viendo el programa—dijo él.

—Ese ya lo has visto dos veces. ¿Qué te pasa?

—Tómate una aspirina si estás nerviosa —dijo Randolph.

Apretó la piedra en la palma de su mano hasta que Margo sacudió la cabeza y se fue.

Pocos minutos después empezó un nuevo programa, un reportaje sobre gente que se había manifestado en una base militar, protestando contra las bombas atómicas y la radiación. La cara de un profesor universitario apareció en la pantalla y el orador señaló gravemente un mapa.

—La Comisión de Energía Atómica admite que...

Randolph suspiró y apagó el televisor.

 

Se acostó temprano esa noche. Al despertar a la mañana siguiente salió, compró un libro y volvió a la cama con él. Cogió la piedra de toque de la silla próxima a la cama y le dio vueltas en sus manos un par de veces. Realmente era una piedra muy vulgar. Negra, lisa, de suave curvatura... ¿Qué tenía la roca para que todo pareciera tan carente de importancia, tan trivial?

Bien, naturalmente una piedra es una de las cosas más comunes del mundo, pensó Randolph. Las encuentras por todas partes; incluso en las calles de la ciudad, donde todo está hecho por el hombre, hay piedras. Forman parte del suelo, bajo el pavimento, son parte del mundo en que vivimos. Forman parte del hogar.

Randolph sostuvo la piedra de toque en una mano mientras leía.

Margo llevaba varias horas fuera cuando Randolph acabó la lectura. Mientras cerraba el libro entró ella y se quedó en la puerta, observándole en silencio.

—¿Me quieres? —preguntó ella al cabo de unos instantes.

Randolph levantó la cabeza, levemente sorprendido.

—Sí, claro.

—No estaba segura.

—¿Por qué no? ¿Algo va mal?

Margo se acercó y se sentó en la cama, junto a él, con su vestido de tela de esponja.

—Es que apenas me has hablado desde ayer. Pensaba que estabas enfadado por algo.

Randolph sonrió.

—No. ¿Por qué tenía que estar enfadado?

—No lo sé. Parecía que... —Margo se encogió de hombros.

Randolph le tocó la cara con la mano libre.

—No te preocupes.

Margo se echó junto a él, con la cabeza apoyada en su brazo.

—¿Y me amas? ¿Todo va bien?

Randolph hizo girar la piedra en su mano derecha.

—Naturalmente que todo va bien —dijo en voz baja.

Ella se apretó al cuerpo de su esposo.

—Quiero besarte.

—De acuerdo.

Randolph rozó con sus labios la frente y la nariz de Margo. Después ella le abrazó con fuerza mientras le besaba en los labios.

Cuando Margo terminó, Randolph se recostó en el almohadón y contempló el techo.

—¿Hace sol hoy? —preguntó—. Aquí ha estado oscuro todo el día.

—Quiero besarte más —dijo ella—. Si te parece bien.

Randolph estaba percibiendo el calor de la piedra en su mano. Las piedras no tienen calor, pensó. Solamente mi mano le da calor. Extraño.

—Naturalmente que me parece bien —dijo, y volvió la cabeza para que ella volviera a besarle.

 

Bobby estuvo en su habitación buena parte del día; Randolph supuso que estaría tramando algo. Margo, después de esa vez, no trató de hablar con él. Randolph siguió en la cama tocando la piedra y pensando, aunque cuando intentaba recordar en qué había pensado encontraba su mente en blanco.

Hacia las cinco y media se presentó en la puerta su amigo Blake. Randolph le oyó decir algo a Margo, y después el hombre entró en el dormitorio.

—Eh, ¿te encuentras bien? No estuviste en la fiesta ayer por la noche.

Randolph hizo un gesto de indiferencia.

—Claro. Tenía ganas de holgazanear este fin de semana.

La curtida cara de Randolph se iluminó.

—Bien, eso es bueno. Escucha, tengo un problema.

—Un problema—dijo Randolph.

Se incorporó en la cama mientras miraba ociosamente la piedra que tenía en la mano.

Blake hizo una pausa.

—¿Seguro que todo va bien? —preguntó después—. ¿Ningún problema con Margo? Ella no tenía muy buen aspecto cuando llegué.

—Los dos estamos bien.

—Perfecto. Escucha, Ran, sabes que eres el único amigo íntimo que tengo, ¿verdad? Quiero decir que hay muchas personas en el mundo, pero que tú eres la única con la que puedo contar cuando las cosas se tuercen. Con cierta gente bromeo, pero contigo puedo hablar. Sabes escuchar. ¿No es cieno?

Randolph asintió. Suponía que Blake tenía razón.

—Bien... Supongo que estarás enterado del escándalo de ayer por la noche. Un par de tipos bebieron demasiado y hubo una pelea.

—Me fui temprano a la cama.

—Me sorprende que pudieras dormir. La discusión fue todo un alboroto al cabo de un rato. Vino la policía. Rompieron tres ventanas y alguien derribó la nevera. Lo hicieron todo añicos. Una puerta tiene las bisagras arrancadas.

—No, no escuché nada.

—¿Será posible? Bueno, escucha, Ran... El casero me tiene cogido por el cuello. Quiere llevarme a juicio, quiere echarme a patadas. Ya conoces a ese tipo. Necesito dinero de prisa, para solucionar las cosas.

Randolph no contestó. Había descubierto un punto de la piedra donde su pulgar derecho encajaba perfectamente, como si la piedra hubiera sido moldeada con él. Se pasó la piedra a la mano izquierda, pero el otro pulgar no encajaba con tanta exactitud.

Blake reflejaba nerviosismo.

—Mira, sé que te lo digo con poco tiempo. No querría pedírtelo, pero estoy en un apuro. ¿Podrías prestarme cien billetes?

—¿Cien dólares?

—Podría arreglarme con ochenta, pero supongo que un soborno al casero...

—De acuerdo. No tiene importancia.

Blake hizo otra pausa, mirando fijamente a Randolph.

—¿Puedes?

—Claro.

—¿Qué? ¿Ochenta o cien?

—Cien si te hacen falta.

—¿Estás seguro de que... no será un problema, quedarte corto de dinero? Quiero decir que podría buscar en otra parte...

Te firmaré un talón —dijo Randolph. Se levantó lentamente y sacó el talonario del tocador—. ¿Cómo se escribe tu nombre?

—G-E-N-E. —Blake estaba nervioso, indeciso—. ¿Seguro que no será un problema? No quiero presionarte.

—No.

Randolph firmó el talón, lo arrancó y lo entregó a su amigo.

—Eres un verdadero amigo —dijo Blake—. Un amigo de verdad.

—Tonterías —Randolph se encogió de hombros.

Blake se quedó unos instantes más, al parecer porque deseaba decir algo. Pero luego volvió a dar las gracias y se apresuró a irse. Margo entró, se quedó en la puerta y miró a su marido en silencio unos momentos. Después, también ella se fue.

—¿Comprarás las canicas mañana? —preguntó Bobby esa noche mientras cenaban.

—¿Canicas?

—Te lo expliqué. Tengo que pagar a aquel chico por la rana que me hicisteis tirar a la basura.

—Ah. ¿Cuántas?

—Treinta y cinco. Eran sesenta, y sólo tenía veinticinco.

Bobby guardó silencio mientras tomaba su leche con cereales. Pinchó cuidadosamente tres granos con el tenedor y los sacó de éste con los dientes.

—Estoy seguro de que te olvidarás.

Margo levantó la vista del plato que estaba comiendo en silencio.

—¡Bobby!

—He terminado de cenar —dijo rápidamente Bobby, y se levantó. Lanzó una rápida mirada a Randolph—. Estoy seguro de que se olvidará—añadió, y se fue corriendo.

Tras cinco minutos de silencio, Margo se levantó y empezó a recoger los platos. Randolph estaba frotando la piedra de toque con el puente de su nariz.

—Me gustaría dormir contigo esta noche —dijo ella.

—Naturalmente —dijo él, un poco sorprendido.

Margo se detuvo junto a él y le tocó el brazo.

—No me refiero sólo a dormir. Quiero hacer el amor.

Randolph asintió.

—De acuerdo.

Pero cuando llegó el momento Margo se volvió y quedó silenciosa en la oscuridad. Randolph se durmió con un brazo apoyado descuidadamente en las caderas de su esposa.

 

Al sonar el teléfono Randolph se despertó poco a poco. Ya había sonado cinco veces cuando lo descolgó.

Era Howard, de la agencia.

—¿Se encuentra bien? —preguntó.

—Sí, estoy bien —dijo Randolph.

—Son más de las diez. Pensábamos que estaba enfermo y no había podido llamar.

—¿Más de las diez?

Durante unos segundos Randolph no comprendió el significado de la hora. Luego Margo apareció en la puerta de la cocina, sosteniendo el despertador en la mano, y él recordó que era lunes.

—Estaré allí dentro de una hora —se apresuró a decir—. No hay problema. Margo no se encontraba bien, pero ya se le ha pasado.

Margo, inexpresiva, dejó el despertador en la silla, junto a la cama, y miró un momento a su marido antes de salir del dormitorio.

—Nada serio, espero —dijo Howard.

—No, no hay problema. Le veré dentro de un rato.

Randolph colgó. Se sentó en el borde de la cama y trató de recordar qué había sucedido. Los últimos dos días eran una confusión. Había perdido algo, ¿no era cierto? Algo que llevaba en las manos.

—Intenté despertarte tres veces —dijo tranquilamente Margo. Había vuelto al dormitorio y estaba de pie, con las manos cruzadas bajo los pechos. Su voz era firme, controlada—. Pero no me prestaste la más mínima atención.

Randolph iba recordando lentamente. Había tenido la piedra de toque en su mano al acostarse, pero debía de haber resbalado mientras dormía. Se puso a buscarla entre las mantas.

—¿Has visto la piedra? —preguntó a su mujer.

--¿Qué?

—La piedra. La he perdido.

Se produjo un breve silencio.

—No la he visto. ¿Tan importante es precisamente ahora?

—Pagué cinco dólares por ella —dijo él, todavía rebuscando en la cama.

—¿Por una piedra?

Randolph se detuvo de pronto. Sí, cinco dólares por una piedra, pensó. No parecía correcto.

—Ran, ¿qué te pasa últimamente? Gene Blake estuvo aquí esta mañana. Devolvió tu talón y dijo que te pidiera perdón. Estaba francamente trastornado. Dijo que no creía que tú quisieras realmente prestarle el dinero.

«Pero no era una simple piedra —pensó Randolph—. Era una piedra de toque, negra y lisa»

—¿Te preocupa algo? —preguntó Margo.

La nuca de Randolph estaba repentinamente fría. «¿Preocuparme? —pensó—. No, nada me preocupa. Ese es el problema.» Levantó la cabeza.

—Es posible que haga frío afuera. ¿Puedes buscar mis guantes?

Margo le miró un momento y se dirigió hacia el armario del pasillo. Randolph se levantó y empezó a vestirse. Al cabo de unos instantes su esposa volvió con los guantes. Randolph se los puso.

—Hace un poco de frío aquí dentro —dijo.

En cuanto Margo volvió a la cocina, Randolph siguió buscando en la cama, esta vez fría y atentamente. Encontró la piedra bajo la almohada, y sin mirarla la metió en una bolsa de papel. Puso la bolsa en el bolsillo de su abrigo.

Al llegar a la agencia presentó sus excusas con la máxima desenvoltura posible, aunque estaba seguro de que todos sabían que él se había dormido. Bien, eso no tenía importancia... una vez.

Aquella tarde se detuvo en la librería camino de su casa. La tienda estaba tal como él la recordaba, y dentro se hallaba el mismo hombre, que alzó sus espesas cejas al ver a Randolph.

—Ha vuelto muy rápido.

—Quiero devolver la piedra de toque —dijo Randolph.

—No me sorprende. Mucha gente devuelve mis objetos mágicos. A veces pienso que sólo estoy alquilándolos, igual que los libros.

—¿Querrá quedársela otra vez?

—No por el mismo precio. Tengo que mantener el negocio.

—¿Qué precio? —preguntó Randolph.

—Sólo un dólar —dijo el hombretón—. O puede quedársela usted, si eso no es suficiente.

Randolph pensó un instante. Ciertamente no pensaba conservar la piedra, pero un dólar no era mucho. Podía deshacerse de la piedra...

Pero en ese caso alguien la cogería, era probable.

—¿Tiene un martillo? —preguntó—. Creo que será mejor romperla.

—Claro que tengo un martillo—dijo el hombretón.

El librero metió la mano en un cajón de su escritorio y sacó un martillo, viejo y rojizo a causa del óxido. Lo mostró a Randolph.

—El alquiler del martillo cuesta un dólar —dijo.

Randolph miró vivamente al hombretón, y luego decidió que el detalle no era sorprendente. El hombre tenía que mantener el negocio, cierto.

—De acuerdo. —Cogió el martillo—. Me pregunto si las venas de la piedra serán tan lisas como el exterior.

—Quizá veamos el alma fosilizada —dijo el hombretón—. Nunca conozco las cosas que vendo.

Randolph se arrodilló, y dejó que la piedra cayera de la bolsa al suelo. Rodó describiendo un inestable círculo y finalmente se inmovilizó.

—Yo sabía mucho de rocas cuando era niño —dijo Randolph—. Solía cogerlas en la playa.

Dio un martillazo a la piedra y ésta se deshizo en fragmentos que se deslizaron por el suelo y rebotaron hasta detenerse. El trozo más grande quedó junto al pie de Randolph.

Randolph cogió ese fragmento y el propietario de la tienda encendió la bombilla. Ambos examinaron el trozo de piedra.

Había un fósil, aunque Randolph no logró averiguar de qué. Era pequeño y no muy definido, pero al mirarlo sintió un escalofrío. Era tan desagradable y deforme como un feto humano, aunque más antiguo, un tipo de vida que murió en el barro del mundo antes de que naciera algo parecido a un hombre.

La piedra del diablo - Beatrice Heron-Maxwell

 Declinaba ya una tarde templada y crepuscular de un día particularmente cálido, vaporoso y apacible en Aix-les-bains, en Saboya, cuando atravesé el jardín del hotel dispuesta a dar un lánguido paseo por las calles de la pequeña ciudad. Estaba harta de no tener nada que hacer ni nadie con quien hablar; los otros huéspedes del hotel eran en su mayoría extranjeros y, al margen de eso, carecían por completo de interés; en cuanto a mi padre, era casi como si no existiera para mí en ese momento, hasta que su «camino» hubiese terminado. Se pasaba el día, desde primera hora de la mañana hasta que la tarde lo cubría todo de rocío, sumergido en el agua, por fuera, por dentro o de las dos formas; y más allá de alguna ocasión en que lo veía fugazmente, ataviado con un traje que le daba apariencia de jeque árabe y llevado en silla de manos con gran pompa hacia los baños o de vuelta de ellos, yo era, metafóricamente hablando, huérfana hasta la table d’hôte.

Cuando cruzaba la terraza, alguien se levantó de una tumbona y, dejando a un lado el libro que estaba leyendo, dijo:

—¿Dónde va, señorita Durant? ¿Me permite acompañarla?

—Si le apetece —respondí, con tanta cortesía como indiferencia—; solo voy a buscar cucharas.

—A buscar ¿qué?

—Cucharas. Las colecciono, ya sabe; una afición como cualquier otra… Y siempre puede uno regalarlas si se cansa de ellas.

Paseamos, pues, uno al lado del otro; y al poco empecé a sentirme menos aburrida, y más reconciliada con las tribulaciones de la existencia, y, finalmente, divertida, interesada y halagada.

Aquel hombre de mediana edad de aspecto apacible —a quien mi padre me había presentado dos días antes como un amigo suyo, y al cual yo había catalogado mentalmente como «bastante agraciado, quizá inteligente, posiblemente presuntuoso y probablemente casado»— se estaba mostrando simpático como solo puede hacerlo un hombre cultivado, refinado y con mucho mundo que desea causar una impresión favorable; poco a poco, me descubrí reconociendo que su rostro oscuro e intelectual, con su corona de pelo ondulado y de color gris hierro, era algo más que agraciado, y que su inteligencia era suficiente para llevarlo más allá de la presunción, aunque, al parecer, no lo colocaba por encima del placer más que evidente que le procuraban la compañía y la conversación de una joven. 

Ya había tomado nota de casi todos mis gustos y ocupaciones, y me sonsacó, valiéndose de una empatía magnética, algunas confesiones acerca de mis aspiraciones y pensamientos más íntimos; a cambio, él me contó que viajaba con desaliento en busca de reposo, atendiendo a una orden imperiosa de su médico, y que lamentaba su solitaria soltería, cuando mi atención quedó atrapada por unas extrañas cucharas medio ocultas entre otros insulsos objetos de plata en el escaparate de una desolada tiendecita a la que nuestros pasos sin rumbo nos habían conducido por callejuelas estrechas y sombrías.

—Me gustaría saber cuánto cuestan —dije; y, pidiéndome que esperase fuera, el coronel Haughton desapareció en el oscuro interior de la tienda.

Yo me quedé mirando un momento a través del escaparate, y después, impelida por no sé qué vano impulso, seguí caminando lentamente.

El sonido de una ventana abriéndose por encima de mi cabeza y una risa de mujer me detuvieron, y alcé la vista. Era una risa extraña: baja y controlada, pero que encerraba una burla maliciosa que parecía el remate apropiado para un discurso mordaz; y justo detrás de la celosía abierta, con los brazos apoyados en el alféizar y la barbilla ligeramente reclinada sobre las manos entrelazadas, estaba la mujer más bella que he visto nunca. Apenas alcancé a ver su pelo castaño rojizo sobre una blanca frente, sus ojos como pensamientos marrones y sus labios partidos, que parecían pétalos escarlatas sobre la perfecta palidez de sus mejillas redondeadas, pero ha quedado fotografiada para siempre en mi cabeza. Pues, mientras la miraba, la mano y el brazo de un hombre, bronceado, delgado y muy ágil, con dedos nerviosos, en uno de los cuales brillaba una piedra verde, rodeó su cuello y le hundió una daga en el corazón. La sonrisa tembló en los bonitos labios antes de congelarse, pero de estos no salió ningún sonido, y los ojos se le pusieron en blanco y se cerraron; mientras se tambaleaba en la ventana abierta, el hechizo que me tenía paralizada se rompió y salí huyendo con un grito aterrado. Corrí y corrí —ciega, loca, desesperadamente—, sin sensación ni pensamiento ni emoción alguna salvo un miedo irrefrenable. Una niebla roja pareció cerrarse en torno a mí, y mientras luchaba contra ella sentí que me fallaban las fuerzas, y todo se quedó negro y en calma.

Percibí una voz que hablaba en esa oscuridad, el tacto de una mano en mi cara, un destello de luz, la dolorosa sensación de que alguien estaba sufriendo, y luego recobré la conciencia y la memoria. Mi padre estaba inclinado sobre mí con rostro preocupado, y su voz, como si hablase desde una gran distancia, dijo:

—Theo, ¿te encuentras mejor, cariño? No, no te levantes; descansa, y tómate esto.

Volví a recostarme, y comprendí vagamente que estaba en mi habitación del hotel, y que había allí un desconocido, médico sin duda. Me encareció que guardase reposo absoluto hasta que me visitase de nuevo, y pidió que se le informase de inmediato si se repetían los desmayos. Más adelante, cuando yo estuviera en condiciones de explicar la causa de aquel ataque, podría recetarme algo. La luz del crepúsculo luchaba por entrar a través de las cortinas, y supe que debía de haber estado muchas horas inconsciente. Con el esfuerzo de borrar todos los recuerdos de la terrible escena que había presenciado, vino el aletargamiento, y, poco después, un sueño profundo y tranquilo.

Varios días de reclusión y reposo me devolvieron parcialmente la salud y el ánimo, y empecé a pensar que lo ocurrido no había sido más que una especie de sueño diabólico, un horror que sería mejor olvidar. Mi padre, cuando escuchó mi historia, se mostró incrédulo al principio; después, impresionado a su pesar por la seriedad con que se lo conté, decidió creerme a regañadientes, pero me suplicó que no se lo contase a nadie. No consiguió encontrar ninguna noticia sobre un asesinato en los periódicos locales, ni pudo determinar si el trágico suceso que yo había presenciado había ocurrido en realidad, y, como no quería ver mezclado mi nombre en ninguna investigación, dejó correr el asunto. 

No volví a hablarlo con él, pero el recuerdo no desapareció del todo. Me atormentaba la visión de aquel rostro adorable, y el sonido de aquella risa con su espantoso desenlace. También di en pensar que aquella cara me resultaba en cierto modo familiar; me pasaba horas tumbada con los ojos cerrados, intentando en vano averiguar a quién se parecía. En esas reflexiones andaba enfrascada un día cuando salí de mi ensoñación y me topé con mi propio reflejo en un espejo colgado en la pared de enfrente. Me quedé mirándolo fijamente, sin aliento, mientras un terror nuevo se apoderaba de mí. Allí estaba el parecido que andaba buscando: el pelo castaño rojizo, los profundos ojos negros, la cara pálida con labios rojos partidos. No tan bonita, quizá, como la que había visto en la ventana; de hecho, cuando comprendí poco a poco que estaba mirándome a mí misma, no vi belleza en aquellos rasgos conocidos; pero sí parecido: ¡un parecido extraordinario y terrible! Y fue entonces cuando empecé a dudar por primera vez de la realidad de mi visión, y a esperar con impaciencia que al recuperar las fuerzas se borrase de mi cabeza. Decidí poner fin al descanso y las ensoñaciones, y esa tarde bajé al jardín.

—¡Por fin! —dijo el coronel Haughton, cogiéndome las dos manos—. Creí que no volveríamos a verla. He estado reprochándome haberla cansado en exceso aquel día… y haberla dejado sola; no tenía intención de alejarme de usted más que un momento, y quiero explicarle por qué me entretuve. Cuando salí y vi que no estaba, pensé que habría vuelto aquí, y me apresuré, con la fortuna de que la encontré un segundo antes de que se desmayase. Su padre me ha dicho que ha tenido un poco de malaria, y espero… Pero la estoy angustiando, señorita Durant; la estoy agotando. Permítame que le busque una silla cómoda y la deje descansar.

—No, no —grité ansiosamente—; quédese. Dígame, ¿dónde consiguió ese anillo?

En su dedo brillaba una extraña piedra verde que parecía idéntica a la que había visto en la mano que empuñaba la daga.

—Eso es precisamente lo que quiero contarle —dijo—. Después de comprarle las cucharas, vi, en un estuche tallado, este anillo. Es una piedra muy peculiar. Como puede comprobar, ahora mismo parece desprovista de brillo; sin embargo, puede llegar a relucir con el esplendor de un diamante. Y en la parte de atrás lleva tallada parte de la cabeza de una serpiente. Solo he visto otro anillo como este, y fue hace muchos años en un templo de la India. La llamaban la Piedra del Diablo y le rendían admiración. Me contaron, además, su historia. La había descubierto un santo varón hacía varios siglos, engastada en una reliquia sagrada, y le había construido un santuario, de donde la robaron. En el siguiente capítulo de su historia, un marajá la dividió en dos partes iguales y encargó que se hicieran con ellas dos anillos, uno de los cuales lo llevaba siempre puesto, y el otro se lo regaló a su maharaní, a la que amaba con locura. Un día descubrió que ella ya no lo llevaba en el dedo y, en un arrebato de celos, la mató y se suicidó. Su anillo pasó a manos de los brahmanes, pero el de ella no se encontró nunca. 

Ellos dicen que antes o después los dos anillos volverán a unirse, y que hasta entonces el anillo perdido llevará a cabo su misión, que, según se cree, es impulsar a su portador a cometer actos violentos y a destruirse a sí mismo; y, cuando el espíritu maligno que hay en su interior está satisfecho, el anillo resplandece. Dicen también que, si te deshaces de él, te desprendes también de toda la felicidad de tu vida y pierdes la oportunidad de volver a conseguirla nunca. Sin embargo, si lo llevas puesto, toma las riendas de tu destino. En cuanto lo vi, reconocí en él el anillo perdido, y le pregunté al hombre por cuánto lo vendía. Pero se negó a darme un precio; dijo que no estaba a la venta, de modo que me fui, porque no quería hacerla esperar más; pero volví al día siguiente y logré que me lo vendiera. El hombre, un anciano italiano bastante peculiar, se mostró muy reticente, pero parecía haber hecho algunas averiguaciones sobre la leyenda del anillo, y me dijo que estaba «maldito», y que no era aconsejable ni venderlo ni llevarlo. A él se lo había vendido un compatriota suyo, dijo, un hombre con una oscura historia, demasiado dispuesto siempre a echar mano de su navaja, y que había acabado mal. Le dije que lo robaría, y que podía cobrarme lo que quisiera por otros artículos que le comprase, y así fue como resolvimos el dilema.

—¿No tiene miedo de llevarlo? —pregunté—. Me estremezco solo de verlo. Encierra algún tipo de hechizo, estoy segura.

—No le tengo miedo a nada —dijo con ligereza—, excepto a su desagrado, señorita Theo. Si le molesta, me lo quitaré, pero he de confesarle que siento una gran fascinación por él. No creo en supersticiones, pero me gusta la piedra por su antigüedad y su curiosa historia. Algún día se lo enviaré a mis amigos los brahmanes; mientras tanto, no me inspira ninguna propensión maligna, y, dado que le ha interesado, estoy satisfecho con él de momento.

Así pues, resolví alejar de mis pensamientos el anillo y su historia y puse toda mi atención en el nuevo aliciente que había surgido en mi vida. Los siguientes días transcurrieron tan felizmente, y me resultaba tan natural que Lionel Haughton estuviera siempre a mi lado que no me paré a preguntarme la razón de nuestra estrecha relación…, aunque creo que, en mi fuero interno, la sabía. Y cada día, cada hora que pasaba con él, nos acercaba más y nos unía con lazos que no sería fácil romper.

—Haughton ha mejorado una barbaridad —dijo mi padre un día— desde que lo conocí hace muchos años; su hermano era un gran amigo mío, y a él no lo traté demasiado; al parecer, ha pasado buena parte de su vida en la India, e imagino que su salud se ha resentido. Supongo que no volverá allí. Tengo que convencerlo de que venga a visitarnos cuando estemos en casa, ¿no crees, Theo?

Una tarde, cuando nuestra estancia llegaba a su fin, pensamos en ir al casino y probar mi suerte en el juego.

—Siempre tengo suerte en lo que depende del azar —dije—, y me temo que no he aprovechado esa cualidad desde que llegué aquí. Vayamos a apostar esta noche, y ganaré una fortuna para todos nosotros.

Esa noche, sin embargo, el coronel Haughton no nos acompañó como de costumbre en la table d’hôte, y más tarde me llegó una nota suya en la que me informaba de que se había sentido indispuesto, pero que ya se encontraba mejor y se reuniría con nosotros en el casino. Era la primera vez en mi vida que apostaba, y pronto resultó evidente que mi profecía sobre mi suerte se estaba cumpliendo: gané, y gané, y gané otra vez, hasta que tuve ante mí un montón de oro y billetes que me convirtió en el centro de las miradas de toda la mesa. Jugaba de modo temerario, y, aun así, no había forma de que perdiera, hasta que mi atención se vio distraída de pronto por la llegada del coronel Haughton, que se inclinó por encima de mi hombro y dejó su apuesta al lado de la mía. Al hacerlo, tuve la impresión de que el anillo emitía un leve destello, y sentí como si mi despreocupada buena fortuna me hubiera abandonado. Ahora quería ganar, mientras que antes había apostado solo por la emoción, con el verdadero espíritu del jugador. Sin embargo, a partir de ese momento perdí. Él también perdió, grandes sumas, tan grandes que me pregunté si sería tan rico como para tomárselo con la filosofía con que parecía hacerlo. No obstante, tanto había ganado yo al principio que, aunque muy mermada, seguía siendo una pequeña fortuna lo que me llevé cuando abandonamos las mesas.

—Me ha traído usted mala suerte —le dije al coronel Haughton cuando volvíamos caminando al hotel—. ¿Sabe?, creo que fue su anillo.

—No volvería a ponérmelo nunca si pensara eso —respondió. Después, cuando llegamos al jardín y mi padre entró en el salón, dijo—: Theo, espere un segundo. Tengo algo que decirle. Querida, la amo; la amo más que a mi vida: ¿intentará sentir un poco de afecto por mí a cambio? Quiero que sea mi esposa. ¡La adoro!

¡Oh, Lionel! ¡Querido! ¡No hacía falta que me aseguraras tu amor para tener la certeza del mío por ti! Si alguna vez las puertas del cielo se han abierto a ojos mortales, esa noche estaban entreabiertas para nosotros; el jardín iluminado por las estrellas se convirtió en un auténtico Edén, por el que caminamos con asombrado regocijo, y no nos paramos a pensar en un ángel con espada de fuego que esperaba en silencio para sacarnos de nuestro paraíso y llevarnos a la oscuridad exterior.

Todavía no eran las doce cuando empezamos al día siguiente el ascenso al Dent du Chat, uno de los picos de montaña que dominaban Aix.

—Me siento como si tuviera alas y tuviera que elevarme a una atmósfera más alta —dije alegremente—. Dado que no podemos volar, escalemos. Quiero llegar a lo alto de la montaña contigo, y dejar el mundo a nuestra espalda. Vamos.

Íbamos a recorrer una parte del camino a caballo, para desmontar después y alcanzar el punto más alto a pie. Llevábamos tres guías que nos seguían sin prisa, hablando y gesticulando entre ellos, sin prestarnos demasiada atención, si no era para incitar a las mulas con un potente grito cuando nos aproximábamos a una curva peligrosa del sinuoso sendero, lo que tenía el efecto de crear una momentánea sensación de incertidumbre y peligro en lo que, por lo demás, era un ascenso tranquilo. No nos disgustó cuando, al cabo de dos o tres horas avanzando de esta forma, los guías nos dijeron que debíamos hacer un alto y que se quedarían a cargo de las mulas hasta que volviéramos. Era una subida bastante ardua, y el sol caía a plomo sobre nosotros, pero nos sentimos recompensados cuando, cerca ya de la cima, llegamos a una meseta en la que pudimos descansar, mientras una brisa fresca procedente de los lejanos picos nevados nos reanimaba.

—Aquí tienes un sillón listo para ti —dijo Lionel, llevándome a un mullido lecho de musgo a la sombra de un alto saliente de roca. Un par de metros más allá, la escarpada ladera de la montaña descendía, vertical e intransitable, hasta casi el pie, terminando en un barranco oscuro y estrecho entre dos cadenas de montañas. Muy abajo, a nuestra izquierda, se acurrucaba Aix, y a su lado, el lago Bourget, con su isla monasterio rodeada por aguas tan azules como las del propio lago Lemán.

—¡Qué preciosidad! —exclamé—. Hasta ahora no sabía lo bonita que puede ser la vida.

—Ni yo —respondió él—; he estado esperando a que mi esposa me lo enseñara.

Entonces me habló de su vida en la India, y de las muchas aventuras que había vivido, y por último me habló otra vez del anillo y de mi extraña y repentina enfermedad aquel día.

—Algún día te hablaré de eso —dije—, y de por qué tengo un extraño sentimiento de rechazo al anillo. Me gustaría que no lo llevases; sin embargo, ahora que lo tienes en tu poder, tengo el mal presentimiento de que, si te deshaces de él, se vengará de ti de alguna forma. Estoy segura de que lo vi brillar anoche cuando las cartas se volvieron contra nosotros. Tuviste una suerte pésima.

—Desafortunado en el juego, afortunado en el amor —citó; pero advertí una sombra en su rostro—. ¿Qué has hecho con tu fortuna, pequeña jugadora? Todavía no te ha dado tiempo a gastarla.

—Aquí está —dije, sacando mi monedero, donde había embutido los billetes—; pero le he cogido manía… Creo que debería darlo. Preferiría ser afortunada en otro sentido —y lo dejé a mi lado en la hierba.

—Mandaré el anillo a la India el día de mi boda —exclamó Lionel—; hasta entonces, ¿lo llevarás por mí? —Y, quitándoselo de su dedo, se dispuso a ponerlo en el mío.

Pero no le dejé hacerlo, y, dejándolo encima de los billetes de banco, dije:

—¡Es una contradicción! ¡Buena suerte y mala suerte lado a lado! Dejémoslas ahí —añadí, medio en broma, medio en serio— y empecemos de cero.

De repente me dio la espalda, y, temiendo haberle ofendido, puse mi mano en su brazo; pero él se la quitó de encima con un leve movimiento, y entonces me di cuenta de que estaba muy pálido, y de que su respiración era rápida y corta, y de que sus ojos tenían una expresión extrañamente preocupada y concentrada.

—Lionel, ¿estás enfermo? —grité—. ¿Qué te pasa, amor mío? ¿Qué puedo hacer por ti?

—No es nada —dijo débilmente, pero su voz había cambiado—: se me pasará. Volveré con los guías y beberé un poco de agua. Espera aquí hasta que vuelva.

—Déjame acompañarte —le rogué, pero él negó con la cabeza y dijo que se encontraba mejor y que se recuperaría del todo si hacía lo que me pedía; y así empezó el descenso. Yo lo observé durante un rato, hasta que lo perdí de vista en un recodo del sendero, antes de volver a mi asiento. Pero el sol se había puesto y todo parecía frío y oscuro, y un sentimiento grave y gris me oprimía el corazón. Estaba muy sola sin él, y el tiempo pasaba lento y triste, hasta que la quietud y la incertidumbre me resultaron insoportables.

Decidí que esperaría solo cinco minutos más antes de ir a buscarlo, y me recosté y cerré los ojos, superada por el cansancio. Sufrí una especie de desfallecimiento, pues estaba agotada, y el cambio repentino de la felicidad más absoluta a esta angustia, esta indefinible preocupación, me había dejado helada y aturdida.

Puede que hubieran pasado solo unos pocos minutos, o quizá más (no sabría decirlo), cuando fui consciente de pronto de que, aunque no había oído pasos, tenía a alguien cerca. Me quedé completamente quieta y escuché con atención, y, si bien no se advertía ningún ruido o movimiento manifiestos, percibía una sutil agitación en la quietud que me rodeaba, una respiración leve que auguraba peligro. Me sentí paralizada por la misma impotencia que se había adueñado de mí cuando se representara ante mis ojos la tragedia en la ventana. Se me ocurrió que tal vez fuera un ladrón, que, atraído por los billetes y el anillo que tenía a mi lado, se acercaba sigilosamente creyéndome dormida. Mi mano casi los tocaba, y, al bajar la vista para comprobar si podía alcanzarlos sin moverme, comprobé con un estremecimiento de inefable terror que la piedra verde brillaba con mil rayos de luz fulgurante.

En ese momento… algo se movió detrás de mí, y rodeando mi cuello apareció una mano que empuñaba un pequeño y afilado cuchillo como los que suelen llevar los indios, y lo colocó sobre mi corazón como si fuera a clavármelo. En un agónico impulso de rebelión desesperada contra mi destino inminente, cogí el anillo y lo lancé hacia el precipicio. Mientras la piedra emitía destellos por el aire, el asesino soltó el cuchillo y salió corriendo hacia el borde en un vano intento por atraparlo antes de que se perdiera. Pero tropezó, perdió el equilibrio y, soltando un grito terrible y moviendo las manos con desesperación para intentar aferrarse a algo, cayó de espaldas al abismo.

No era otro que Lionel, ¡mi amado!

Cuando los guías vinieron a buscarnos, les dije con una sonrisa que al caballero inglés se le había caído el anillo y, al intentar recuperarlo, se había resbalado y había caído por el precipicio.

Me acompañaron en la bajada, tratándome con gran amabilidad y hablando entre ellos en voz baja, si bien alcancé a oír cómo decían:

—Ten en cuenta que el coronel inglés estaba enamorado de la hermosa dama, y ha muerto delante de sus ojos… Es algo terrible, y la ha dejado trastornada.

Cuando unos días después mi padre me dijo con mucho tacto que lo habían encontrado y que iban a enterrarlo ese día en el pequeño cementerio, rompí a reír abiertamente.

Pero nunca he vuelto a sonreír desde entonces… y ahora estoy perfectamente cuerda; creo que he tenido suficiente risa para lo que me queda de vida. Y a veces me pregunto por qué tuvo que ocurrir todo aquello, y si hay alguna otra explicación que no sea la única que se me ocurre.