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Poseídos por demonios - Catherine Crowe

 De todos los ámbitos de la brujería y lo sobrenatural a los que he dirigido mi atención, el de la «posesión demoníaca» es quizá el que despierta mayor fascinación. Muchos médicos alemanes sostienen que hoy en día siguen dándose casos de auténtica posesión, y son varios los trabajos publicados en su lengua sobre la materia; además, creen que el magnetismo es el único remedio, y desechan los demás por resultar, según su parecer, del todo inútiles. 

De hecho, consideran la posesión un estado magnético-demoníaco, en el cual el paciente está en comunicación con espíritus perversos o malévolos. Afirman que, si bien se trata de un mal poco frecuente, aflige a ambos sexos y a todas las edades, y es un grave error suponer que ha cesado desde la resurrección de Cristo, o que la expresión «poseído por el demonio», utilizada en las Escrituras, hace referencia simplemente a quien padecía locura o convulsiones. 

Los griegos conocían bien esta enfermedad, que no es contagiosa, y, en época más reciente, Hofman recogió varios casos que han quedado probados fuera de toda duda. Destacan como síntomas más característicos que el paciente hable con una voz que no es la suya y que sufra horribles convulsiones y movimientos del cuerpo, manifestaciones de la enfermedad que se presentan de repente, sin ninguna indisposición previa; también el uso de expresiones blasfemas y obscenas, así como un conocimiento de cosas secretas y de sucesos futuros; vomitar cosas extraordinarias, como pelo, piedras, alfileres, agujas de coser, etc. Huelga decir que esta no es una opinión aceptada por todo el mundo en Alemania, pero es la predominante entre muchos que han tenido numerosas oportunidades de observación.

El doctor Bardili tuvo en 1830 un caso que juzgó con todo convencimiento de posesión. La paciente era una campesina de treinta y cuatro años que nunca había padecido ninguna enfermedad, y cuyas funciones corporales siguieron mostrando un comportamiento normal mientras se daban los fenómenos extraños descritos a continuación. Cabe señalar que la mujer estaba felizmente casada y era madre de tres hijos, no era ninguna fanática y disfrutaba además de una bien ganada reputación de persona constante y trabajadora, cuando, sin indicio alguno ni causa aparente, se vio sometida a las más violentas convulsiones, mientras de su interior salía una voz extraña, supuestamente la de un espíritu maligno que había habitado anteriormente una forma humana. Mientras sufría estos ataques, perdió por completo su identidad y se convirtió en esa otra persona; cuando volvió en sí, recobró del todo su entendimiento y su personalidad. Las blasfemias y las maldiciones, igual que los aullidos y los alaridos, fueron espantosas. Resultó gravemente herida a causa de las fuertes caídas y los golpes violentos que se propinaba ella misma; y, cuando disfrutaba de una tregua, no podía hacer otra cosa más que llorar por lo que le decían que había ocurrido y el estado en que se encontraba. Se quedó además en los huesos, pues cuando intentaba comer la cuchara giraba en su mano, y a menudo se pasaba varios días seguidos sin probar bocado. Este mal se prolongó tres años; todos los remedios resultaban inútiles, y el único alivio se lo procuraban las continuas y fervorosas plegarias de quienes tenía a su lado y las suyas propias; porque, aunque a este demonio no le agradaban los rezos y se oponía con violencia a que se arrodillase, forzándola incluso a estallar en vergonzosos ataques de risa, ejercían poder sobre él. Resulta sorprendente que el embarazo, la reclusión y la crianza de su hijo no influyesen en absoluto en la enfermedad de la mujer. Todo se desarrolló con normalidad, pero el demonio no abandonó su puesto. Finalmente, al ser magnetizada, la paciente se sumió en un estado parcialmente sonámbulo en el que habló con otra voz distinta a la anterior, que no era sino la de su espíritu protector, el cual la animó a tener paciencia y esperanza, y le prometió que obligaría al invitado maligno a abandonar su actual aposento. Para entonces se sumía a menudo en un estado magnético sin la ayuda de un magnetizador. Al cabo de tres años, se recuperó del todo y volvió a estar tan sana como siempre.

En el caso de Rosina Wildin, una niña de tres años, ocurrido en Pleidelsheim en 1834, el demonio solía anunciar su llegada gritando: «¡Aquí estoy de nuevo!», y la exhausta niña, que hasta ese momento yacía postrada como un cadáver, se enfurecía y despotricaba con voz de hombre, haciendo los más extraordinarios movimientos y demostraciones de violencia y fuerza, hasta que gritaba: «¡Ahora tengo que irme otra vez!». Este espíritu solía hablar en plural, pues, según decía, la niña tenía otro a su lado, un demonio mudo, que era el que más la atormentaba. «Él es quien la obliga a dar vueltas y más vueltas, le deforma el rostro, hace girar sus ojos, aprieta sus dientes y demás. ¡Lo que él me ordena, lo tengo que hacer!». Esta niña logró ser curada por fin con magnetismo.

Barbara Rieger, una niña de diez años de Steinbach, fue poseída en 1834 por dos espíritus que hablaban en dos dialectos y con dos voces claramente diferenciadas; uno decía que había sido mampostero, y el otro se presentó como un provisor muerto, siendo este último el peor de los dos con diferencia. Cuando hablaban, la niña cerraba los ojos, y, cuando volvía a abrirlos, no era consciente de haber dicho nada. El mampostero confesó que había sido un pecador impenitente, pero el provisor era frío y orgulloso, y se negaba a confesar nada. Pedían comida a menudo, y la obligaban a comérsela, si bien a ella no le hacía ningún provecho, pues, cuando volvía en sí, estaba muy hambrienta. Al mampostero le gustaba mucho el brandi, y lo bebía en grandes cantidades; si no se lo servían cuando lo pedía, su furia y sus bramidos causaban auténtico pavor. Cuando se encontraba en pleno uso de sus facultades, la niña detestaba este licor. Le dispensaron tratamientos para lombrices y otras dolencias, sin el menor resultado; hasta que por fin, por magnetismo, logró expulsarse al mampostero. El provisor se mostró más pertinaz, pero finalmente consiguieron deshacerse también de él, y la niña se restableció del todo.

En 1835, un respetable ciudadano, cuyo nombre completo no se nos revela, fue llevado a la consulta del doctor Kerner. Tenía treinta y siete años y, hasta hacía siete, tanto su carácter como su comportamiento habían sido de lo más corrientes. Sin embargo, a la edad de treinta años, había experimentado un cambio incomprensible que había hecho muy infeliz a su familia; y de pronto un día, hacía poco tiempo, una voz extraña había empezado a hablar a través de él, diciendo que era el difunto juez S., y que llevaba dentro de él seis años. Cuando se expulsó a este espíritu por medio del magnetismo, el hombre cayó al suelo y se retorció con tal violencia que a punto estuvo de romperse en pedazos; pero entonces se quedó quieto durante un rato, como si hubiera muerto, y después se levantó, completamente recuperado y libre.

En otro caso, una mujer de Gruppenbach que estaba en su sano juicio oyó la voz de su demonio (que era también una persona fallecida) hablar a través de ella, sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

En resumen, los ejemplos de este tipo no son ni mucho menos infrecuentes; y, si un fenómeno como el de la posesión ha existido alguna vez, no veo con qué autoridad habríamos de afirmar que ya no existe, pues, a decir verdad, no sabemos nada de él; solo que, decididos a no aceptar nada tan contrario a las ideas de hoy en día, zanjamos el asunto concluyendo que es imposible.

Puesto que se dan casos en otros países, no cabe duda de que deben darse también en este; de hecho, yo misma me encontré con un caso mucho más notable en sus detalles que cualquiera de los referidos anteriormente, el cual ocurrió en Bishopwearmouth, cerca de Sunderland, en el año 1840; y, dado que los pormenores del caso han sido publicados y atestiguados por dos médicos y dos cirujanos, por no hablar del testimonio de muchas otras personas, creo que estamos obligados a aceptar los hechos, cualquiera que sea la interpretación que elijamos darles.

La paciente, llamada Mary Jobson, tenía entre doce y trece años; sus padres eran personas respetables de costumbres humildes, y ella asistía a una escuela dominical. Enfermó en noviembre de 1839, y al poco comenzó a sufrir ataques terribles que continuaron, a intervalos, a lo largo de once semanas. Fue en este período cuando la familia advirtió uno golpes extraños a los que no fueron capaces de encontrar explicación. Unas veces se oían en un sitio, y otras en otro; incluso por encima de la cama, cuando la niña yacía profundamente dormida, con las manos entrelazadas por encima de las sábanas. A continuación, oyeron una voz desconocida, la cual les contó cosas que ellos no sabían en ese momento, pero que resultaron ser ciertas. Después se oyó un ruido como de espadas chocando, y un estruendo tal que el inquilino del piso de abajo pensó que la casa iba a caérsele encima; pasos donde no se veía a nadie, agua goteando en el suelo desde nadie sabía dónde, puertas cerradas que se abrían y, por encima de todo, una música indescriptiblemente melodiosa. Los médicos y el padre se mostraron suspicaces, y se tomaron todas las precauciones posibles, pero no consiguieron encontrar explicación a aquel misterio. Este espíritu, sin embargo, era bondadoso, y les sermoneaba y les daba muchos consejos buenos. Fueron muchas las personas que visitaron la casa para presenciar el extraño fenómeno, y a algunas la voz les expresó su deseo de que la siguieran cuando se encontraban en su propia casa. Así, Elizabeth Gauntlett, mientras estaba ocupada en las tareas domésticas, se sobresaltó el oír una voz que le decía: «Sé fiel y verás las obras de tu Dios, y ¡lo oirás con tus propios oídos!». Ella exclamó: «¡Dios mío! ¿Qué es esto?», y al momento vio una gran nube blanca cerca de ella. Esa misma tarde, la voz le dijo: «Mary Jobson, una de tus alumnas, está enferma; ve a verla; será beneficioso para ti». Esta mujer no sabía dónde vivía la niña, pero averiguó la dirección y fue, y en la puerta volvió a oír la misma voz pidiéndole que subiera. Al entrar en la habitación, escuchó otra voz, dulce y bonita, que le pidió que fuera fiel y le dijo: «Soy la Virgen María». Esta voz le prometió una señal en casa; y así fue que esa misma noche, mientras leía la Biblia, la oyó decirle: «Jemima, no te asustes; soy yo; si sigues mis mandamientos, todo te irá bien». Cuando visitó a la niña por segunda vez, ocurrió lo mismo que la anterior, y escuchó la música más exquisita.

Todos los que fueron experimentaron fenómenos de idéntica naturaleza: los inmorales fueron reprendidos; los buenos, alentados. Algunos recibieron la orden de marcharse de inmediato, y se les obligó a hacerlo. También se oyeron las voces de algunos familiares muertos de la niña, que hicieron revelaciones.

La voz dijo: «¡Mirad, y veréis el sol y la luna en el cielo!», y al punto apareció una bonita representación de estos astros en colores vivos: a saber, verde, amarillo y naranja. Además eran figuras indelebles; pero el padre, que albergaba dudas desde hacía mucho tiempo, insistió en taparlas con una mano de cal; sin embargo, siguieron siendo visibles.

Entre otras cosas, la voz dijo que, aunque pareciese que la niña estaba sufriendo, no era así; ella no sabía dónde estaba su cuerpo; su espíritu lo había abandonado y otro lo había ocupado. Dijo también que su cuerpo había sido convertido en un megáfono. La voz les contó a la familia y a los visitantes muchas cosas sobre los amigos que tenían lejos, y, como comprobaron después, eran todas ciertas.

La joven vio en dos ocasiones una forma divina que le hablaba junto a la cabecera de la cama, y a Joseph Ragg, uno de los que habían sido invitados por la voz, se le apareció una figura bella y celestial junto a su cabecera a las once de la noche del 17 de enero. Llevaba un atuendo masculino y estaba rodeada por un resplandor. Esa misma noche se le volvió a aparecer por segunda vez. En cada ocasión, abrió las cortinas y lo miró con expresión benévola durante un cuarto de hora. Cuando se marchaba, las cortinas volvían a su sitio. Un día, estando en la habitación de la niña enferma, Margaret Watson vio un cordero atravesar el dormitorio y entrar en otra habitación en la que se encontraba el padre, John Jobson; pero este no lo vio.

Uno de los aspectos más destacables de este caso es la música agradable que escuchó todo el mundo; también la familia, incluido el padre incrédulo, y, de hecho, parece que fue esto, en gran medida, lo que acabó por convencerlo. Esta música fue escuchada en repetidas ocasiones a lo largo de seis semanas; unas veces sonaba como un órgano, aunque más bonito; otras, eran cantos de canciones sagradas, en parte, y la letra se escuchaba con claridad. La súbita aparición de agua en la habitación fue también inexplicable; porque la sintieron, y era realmente agua. Cuando la voz expresó su deseo de que el agua fuera rociada, esta al momento pareció rociarlos. En otra ocasión, después de haberle prometido al padre una señal, el suelo se cubrió súbitamente de agua; y esto sucedió «no una, sino veinte veces».

En el transcurso de toda esta posesión, las voces les dijeron que un milagro iba a obrarse en la niña; y, en efecto, el 22 de junio, cuando estaba más enferma que nunca y ellos rezaban ya solo por que muriese, a las cinco de la madrugada la voz ordenó que preparasen la ropa de la niña y abandonasen todos la habitación, excepto la hermana pequeña, que tenía dos años y medio. Ellos obedecieron y, después de esperar junto a la puerta un cuarto de hora, la voz gritó: «¡Entrad!», y al hacerlo vieron a la niña completamente vestida y con muy buen aspecto, sentada en una silla con la pequeña en sus rodillas, y no ha vuelto a estar enferma ni una hora desde ese día hasta la publicación del reportaje, que lleva fecha del 30 de enero de 1841.

Es muy fácil reírse y afirmar que nada de todo esto ocurrió, porque es absurdo e imposible; pero, puesto que personas inteligentes, honradas y bienintencionadas que estuvieron allí aseguran lo contrario, confieso que me siento obligada a creerlas, a pesar de los muchos detalles del caso que son incompatibles con mis ideas. No fue cosa de una hora o un día: hubo tiempo de sobra para la observación, pues el fenómeno se prolongó desde el 9 de febrero hasta el 22 de junio; y el descreimiento del padre sobre la posibilidad de apariciones espirituales, tan enérgico que finalmente expresó un gran arrepentimiento por la severidad de su conducta, es una garantía nada despreciable para descartar el engaño. Además, se negaron en redondo a aceptar dinero o ayuda, y ningún bien podía hacer a su imagen pública el reconocimiento de estos sucesos.

El doctor Reid Clanny, quien publicó el reportaje a partir de la declaración de los testigos, es un médico con muchos años de experiencia, y es también, según tengo entendido, el inventor de la lámpara de seguridad; y se declara firmemente convencido de la veracidad de los hechos, asegurando a sus lectores que «muchas personas de rango superior en la iglesia establecida, clérigos de otras confesiones y muchos ciudadanos laicos, muy respetados por su erudición y devoción, se muestran igual de convencidos». La primera vez que vio a la niña tumbada de espaldas, aparentemente inconsciente y con los ojos inyectados en sangre, no le cupo duda de que padecía una enfermedad cerebral, y no estaba ni mucho menos dispuesto a creer que el asunto tuviera un componente misterioso, hasta que la subsiguiente investigación le obligó a aceptarlo. Podemos estar seguros de que su creencia era firme, habida cuenta de que estuvo dispuesto a cargar con el oprobio inevitable tras semejante confesión.

Dice también que, desde que la niña se recuperó, tanto la familia de esta como la de Joseph Ragg han oído con frecuencia la misma música celestial que sonaba en el curso de su enfermedad; y el señor Torbock, un cirujano, quien no duda de la veracidad de lo narrado anteriormente, menciona también un caso en el que tanto él como la persona moribunda a la que estaba atendiendo oyeron una música divina justo antes del fallecimiento.

De este último fenómeno, el de oír música celestial justo antes de una muerte, he encontrado numerosos ejemplos.

A partir de la investigación del caso anterior, el doctor Clanny ha llegado a la conclusión de que el mundo espiritual se identifica ocasionalmente con nuestros asuntos, y el doctor Drury afirma que, además de este caso, se ha encontrado con otras situaciones que lo han conducido a la firme convicción de que vivimos en un mundo de espíritus, y de que él ha estado en presencia de un ser ultraterreno que había «cruzado un límite del que, según dicen, ningún viajero regresa».

El anillo mágico - H.L.

 Se reunieron a medianoche, bajo una luna menguante que no se atrevieron a mirar mientras formulaban el hechizo. Desde la musgosa orilla, la luz trémula de las luciérnagas bailaba en la superficie del agua. De pie bajo la humedad de los alisos pronunciaron las temibles palabras. Él puso el misterioso anillo en la mano de ella y observó la hora señalada. Habían robado la tierra de la tumba de un maníaco, esparcieron el polvo en el riachuelo, miraron la estrella polar. La estrella retiró sus brillantes rayos, y se ocultó tras una nube oscura, y con miedo dijeron el horrible hechizo. Los espíritus malignos se regocijaron, el viento gimió con tristeza a su alrededor, las luciérnagas apagaron su llama, y ellos, que habían tentado a la suerte, que habían esparcido el polvo del maníaco, leyeron su sino en los suspiros del viento, y desearon no haber pronunciado las terribles palabras.

El guarda forestal se marchó, deambuló por otros climas, el pasado se le antojaba un sueño, no pensó en sus juramentos, ni recordaba el poder del hechizo. Ella vivió en los claros del bosque, junto a la límpida corriente, alejada de los sitios frecuentados por los hombres, en la más profunda soledad. Habían pasado ya días y meses, pero el guarda no volvió; el quinto día de la semana, cuando las nubes envolvían la estrella polar, el viento soplaba entre los robles, y la niebla y la lluvia formaban remolinos en el valle, la muchacha dirigió sus pasos a aquel temido lugar, junto a la humedad de los alisos. Miró fijamente la reluciente gema azul, recuerdo del hechizo; su color no había cambiado, pues para quien lo llevaba seguía siendo auténtico. Deseaba demostrar el amor de su amante, y contempló el cielo con temor; pronunció las palabras que despiertan a los muertos y miró el anillo; la piedra azul se volvió de color blanco mortal, y supo entonces que el amor de él era falso. Los espíritus que habían oído el hechizo se regocijaron en los ecos a su alrededor, la niebla de medianoche cayó espesa y húmeda, pero el frío estaba en su alma; la tisis avanzó entre la niebla y trepó hasta su pecho.

Sus ojos eran claros y sus mejillas bonitas, pero el hechizo había escrito el fin de sus días. Cayó como una flor en el campo y desapareció de la faz de la tierra. Duerme junto a la tumba del maníaco, bajo la estrella polar. El guarda regresó. La morada de aquella a quien había amado estaba abandonada. El recuerdo de días pasados cobró fuerza, el hechizo secreto seguía teniendo poder en su cabeza; lo acosaba por la noche, lo acosaba por el día, lo rodeaba, invisible, pero omnipresente, y marcó sus facciones con la expresión funesta del mentiroso; los ojos que lo veían lo evitaban, todos los corazones le daban la espalda, buscó afecto, pero no lo encontró: nadie lo quería, y nadie lloró su muerte; ninguna oración bendijo nunca su tumba, ni ofreció descanso a su espíritu atormentado; sus cenizas se las llevó el viento; el peregrino evita el lugar, pues allí los espíritus malignos celebran sus ritos sobrenaturales, y formulan los hechizos de muerte.

El espectro de la bruja

 Hace unos treinta años, en el mes de mayo, despertaron a medianoche a un clérigo católico que vivía en Rathdowney, en Queen’s County, para que atendiese a un moribundo en una zona remota de la parroquia. El sacerdote obedeció sin rechistar, y, una vez administrada la extremaunción al pecador moribundo, lo vio abandonar este mundo antes salir de la cabaña. Como todavía era de noche, el hombre que había ido a llamar al sacerdote se ofreció ahora a acompañarlo a su casa, pero este rechazó el ofrecimiento y emprendió el viaje solo. La luz grisácea del alba empezó a asomar por encima de las montañas. El buen sacerdote estaba profundamente cautivado por la belleza de la escena, y siguió avanzando con su caballo, observando ahora con atención todo lo que lo rodeaba y soltando latigazos a los murciélagos y a las bonitas moscas nocturnas que se cruzaban revoloteando de vez en cuando en su solitario camino. Enfrascado en esta distracción prosiguió su viaje lentamente, hasta que el amanecer cada vez más próximo empezó a permitirle distinguir los objetos perfectamente, y entonces se apeó de su caballo, soltó las riendas, sacó el breviario de su bolsillo y se puso a leer su «oficio matutino» mientras caminaba sin prisa.

No había avanzado mucho cuando advirtió que su caballo, un animal muy brioso, parecía querer detenerse en mitad del camino y miraba fijamente un campo en el que pastaban tres o cuatro vacas. No obstante, él no prestó demasiada atención a esta circunstancia y siguió caminando un poco más, cuando el caballo de pronto corcoveó violentamente y trató de soltarse. El sacerdote logró dominarlo con gran dificultad y, al observarlo más de cerca, se dio cuenta de que temblaba y sudaba copiosamente. El animal se tranquilizó entonces, pero se negó a moverse de donde estaba, y ni las amenazas ni las súplicas pudieron inducirlo a continuar. El sacerdote no salía de su asombro, pero, como recordaba haber oído a menudo que una forma de obligar a un caballo asustado a seguir trabajando era vendarle los ojos, sacó su pañuelo y se lo ató en la cabeza. A continuación se montó y, pegándole con suavidad, el caballo prosiguió su camino sin oponer resistencia, pero aún sudando y temblando incontrolablemente. No habían avanzado mucho cuando llegaron a un estrecho camino de herradura, flanqueado por setos altos y tupidos, que comunicaba el camino principal con el campo en el que pastaban las vacas. El sacerdote miró por casualidad al sendero y vio un espectáculo que le heló la sangre. Las piernas de un hombre, sin tronco ni cabeza, venían trotando hacia ellos. El buen sacerdote se asustó mucho, pero, siendo un hombre de gran coraje, decidió que, pasase lo que pasase, esperaría y haría frente a aquel singular espectro. Así pues, se quedó parado, y lo mismo hizo la acéfala aparición, como si le diera miedo acercarse a él. El sacerdote, al ver esto, reculó un poco, alejándose de la entrada al sendero, y el fantasma se puso en marcha de nuevo. No tardó en llegar al camino, y el sacerdote tuvo entonces la oportunidad de observarlo minuciosamente. Iba con unos bombachos de gamuza amarillos, bien sujetos a la altura de las rodillas con unas cintas verdes, pero no llevaba ni zapatos ni calcetines, y sus piernas estaban cubiertas de pelo largo y rojo, y empapadas de agua, sangre y barro, resultado, al parecer, del roce con los espinosos setos. El sacerdote, aunque muy asustado, sintió deseos de estudiar al fantasma, y con este propósito echó mano de todo su aplomo para atreverse a hablarle. El fantasma iba ahora un poco adelantado, siguiendo su marcha con el mismo trote ligero, así que el sacerdote espoleó a su caballo hasta que lo alcanzó, y entonces le dijo:

—¡Hola, amigo! ¿Quién eres, y adónde vas tan temprano?

El horrible espectro no respondió, pero lanzó un gruñido feroz y sobrehumano, algo así como «Ja».

—Una mañana estupenda para que los fantasmas salgan a pasear —insistió el sacerdote.

Otro «Ja» por respuesta.

—¿Por qué no dices nada?

—Ja.

—No pareces muy inclinado a hablar hoy.

—Ja —otra vez.

El buen hombre empezó a irritarse ante el obstinado silencio de su misterioso acompañante, y le dijo, un tanto enfadado:

—Por todos los santos, te ordeno que me respondas: ¿quién eres, y a dónde te diriges?

Por toda respuesta, obtuvo un «Ja» más alto y furioso que los anteriores.

—Tal vez —dijo el sacerdote— probar mi látigo te vuelva más comunicativo. —Y acto seguido le asestó un fuerte golpe en el trasero.

El fantasma lanzó un grito salvaje y sobrenatural y cayó hacia delante, y cuál no sería la sorpresa del sacerdote al percatarse de que el suelo se había cubierto de leche. Se quedó mudo de asombro; el fantasma, tumbado en tierra, siguió soltando grandes cantidades de leche por todas partes; al sacerdote le daba vueltas la cabeza y se le nubló la vista; se sumió en un estupor que duró varios minutos y, cuando se recuperó, el aterrador espectro había desaparecido, y en su lugar vio tirado en el camino, y medio sumergido en leche, el cuerpo de Sarah Kennedy, una anciana del vecindario conocida desde hacía mucho tiempo en el distrito por practicar la brujería y la superstición. Ahora se descubría que, con ayuda infernal, había adoptado aquella forma monstruosa y se había dedicado toda esa mañana a succionar la leche a las vacas del pueblo. Si un volcán hubiera entrado en erupción entre sus pies, el hombre no se habría sorprendido tanto; se quedó un rato mirando en atónito silencio mientras la anciana gemía y se retorcía convulsivamente.

—Sarah —dijo él por fin—, llevo tiempo advirtiéndote de que te arrepentirías de tu comportamiento perverso, pero has hecho oídos sordos a todas mis súplicas; y ahora, condenada mujer, te sorprendo en plena fechoría.

—Oh, padre, padre —gritó la pobre anciana—, ¿no puede hacer nada para salvarme? Estoy perdida; el infierno se ha abierto para mí y legiones de diablos me rodean en este momento, esperando para llevar mi alma a la perdición.

El sacerdote no tuvo fuerzas para responder; el sufrimiento de la desdichada bruja se acentuó; su cuerpo se hinchó hasta adquirir un tamaño enorme; sus ojos se encendieron como el fuego, su rostro se oscureció como la noche, todo su cuerpo se retorció de mil formas distintas; sus gritos eran espantosos, se le hundió la cara, se le cerraron los ojos, y al cabo de unos minutos expiró en medio del más penoso tormento.

El sacerdote siguió su camino, deteniéndose en la primera casa que encontró para dar noticia del extraño suceso. Los restos de Sarah Kennedy se trasladaron a su propio chozo, situado en la linde de un pequeño bosque no muy lejos de allí. Llevaba viviendo en aquella zona muchos años, pero seguía siendo una forastera, y nadie sabía de dónde procedía. No tenía ningún familiar en aquel lugar más que una hija, ya entrada en años, que vivía con ella. Poseía una vaca, pero vendía más mantequilla, según decían, que cualquier granjero de la región, y la sospecha general era que la conseguía por medios diabólicos, pues ella nunca había ocultado sus amplios conocimientos de brujería y hechicería. Profesaba la religión católica romana, pero nunca había comulgado con las prácticas impuestas por dicha iglesia; por lo tanto, se les negó a sus restos cristiana sepultura, y fueron enterrados en una mina de arena próxima a su chozo.

La noche del entierro la gente de la aldea se reunió y quemó el chozo. Su hija huyó y nunca más volvió.

La historia de fantasmas de mi hermano - Amelia Edwards

 Mía es la historia de fantasmas de mi hermano. Le ocurrió hace unos treinta años, mientras caminaba entre los Alpes con su cuaderno de esbozos en la mano, eligiendo temas para un libro ilustrado sobre Suiza. Habiendo entrado en el Oberland por el paso de Brunig, y repleto su cuaderno de lo que él solía llamar «pedazos» de la comuna de Meiringen, pasó por Grosse Scheidegg hasta Grindelwald, adonde llegó una oscura tarde de septiembre, unos tres cuartos de hora después de la puesta del sol. Se había celebrado una feria ese día, y el sitio estaba abarrotado. En la mejor posada no encontró un centímetro de espacio libre —solo había dos posadas en Grindelwald hace treinta años—, así que mi hermano se dirigió a la que estaba al otro lado del puente cubierto, junto a la iglesia, y allí, no sin dificultad, consiguió la promesa de una pila de mantas y un colchón, en una habitación que ya estaba ocupada por otros tres viajeros.

El Adler era una posada anticuada, medio granja, medio mesón, con grandes galerías laberínticas en el exterior y una inmensa sala común que era una especie de granero. En un extremo de esta sala había grandes cocinas, como mostradores metálicos, repletas de cacerolas humeantes que brillaban por debajo como calderas. En el otro extremo, fumando, cenando y charlando, había congregados treinta o cuarenta huéspedes: guías, conductores y montañeros en su mayoría. Mi hermano tomó asiento entre ellos, y le sirvieron, como a los demás, un tazón de sopa, una fuente de carne, una jarra de vino francés y una hogaza de pan hecha con maíz indio. Enseguida se le acercó un san bernardo gigantesco y metió el hocico debajo del brazo de mi hermano. Entretanto, entabló conversación con dos jóvenes italianos, bronceados y de ojos negros, que estaban sentados cerca de él. Eran florentinos. Le dijeron que se llamaban Stefano y Battisto. Llevaban varios meses viajando y vendiendo a comisión camafeos, mosaicos, piezas de sulfuro y otras baratijas italianas por el estilo, y se dirigían ahora a Interlaken y Ginebra. Cansados del frío del norte, y nostálgicos como niños, no veían el momento de volver a sus montes azules y sus olivos verde grisáceos; a sus talleres en Ponte Vecchio y a su casa junto al Arno.

Supuso un gran alivio para mi hermano descubrir, cuando llegó el momento de irse a dormir, que aquellos muchachos eran dos de sus compañeros de habitación. El tercero ya estaba allí, durmiendo como un lirón de cara a la pared. Los otros apenas lo miraron. Estaban todos cansados y con ganas de levantarse al amanecer, pues habían acordado caminar juntos por la Wengernalp hasta llegar a Lauterbrunnen. Así pues, mi hermano y los dos jóvenes se dieron rápidamente las buenas noches y, antes de que hubieran pasado muchos minutos, ya se habían adentrado en la tierra de los sueños tan lejos como su desconocido compañero.

Mi hermano durmió profundamente; tan profundamente que, cuando por la mañana lo despertó un clamor de voces alegres, se incorporó soñoliento y preguntándose dónde estaba.

—Buenos días, signor —exclamó Battisto—. Aquí tenemos a un compañero que va en la misma dirección que nosotros.

—Christien Baumann, nativo de Kandersteg, de oficio fabricante de cajas de música, y al servicio de monsieur para lo que usted mande —dijo el durmiente de la noche anterior.

Se trataba del muchacho más apuesto que uno pueda imaginarse. Esbelto, fuerte, bien proporcionado, con el pelo castaño rizado y unos ojos brillantes y sinceros que parecían bailar al son de cada palabra que salía de su boca.

—Buenos días —dijo mi hermano—. Estabas dormido anoche cuando subimos.

—¡Dormido! Supongo que sí, después de pasarme todo el día en la feria, y caminando desde Meiringen la noche anterior. ¡Qué estupenda feria!

—Y que lo digas —dijo Battisto—. Ayer vendimos camafeos y mosaicos por valor de casi cincuenta francos.

—¡Vaya, vosotros dos vendéis camafeos y mosaicos! Enseñadme vuestros camafeos y yo os enseñaré mis cajas de música. Tengo algunas muy bonitas, con coloridas vistas de Ginebra y Chillon en la tapa, que tocan dos, cuatro, seis e incluso ocho canciones. ¡Qué diablos, os daré un concierto!

Y, con esto, soltó las correas de su maleta, dispuso sus pequeñas cajas en la mesa y les dio cuerda, una tras otra, para deleite de los italianos.

—Yo mismo colaboré en la fabricación de cada una —dijo orgulloso—. ¿No os parece una música preciosa? A veces pongo una en marcha cuando me acuesto por la noche, y me duermo escuchándola. ¡Así me aseguro de tener sueños agradables! Pero veamos vuestros camafeos. Tal vez os compre uno para Marie, si no son muy caros. Marie es mi prometida, y vamos a casarnos la semana que viene.

—¡La semana que viene! —exclamó Stefano—. Eso es muy pronto. Battisto también tiene novia, allá en Impruneta; pero tendrán que esperar mucho tiempo hasta poder comprar el anillo.

Battisto se puso colorado como una muchacha.

—¡Calla, hermano! —dijo—. Enséñale los camafeos a Christien, y ¡dale descanso a tu lengua!

Pero Christien no estaba dispuesto a cambiar de conversación.

—¿Cómo se llama? —preguntó—. ¡Vamos, Battisto, tienes que decírmelo! ¿Es guapa? ¿Es morena o rubia? ¿La ves a menudo cuando está en casa? ¿La quieres mucho? ¿La quieres tanto como Marie a mí?

—¿Cómo quieres que sepa eso? —preguntó Battisto, más ponderado—. Me ama, y yo la amo a ella, es lo único que sé.

—¿Cómo se llama?

—Margherita.

—¡Qué nombre más adorable! Y me atrevo a aventurar que es tan bonita como su nombre. ¿Has dicho que era rubia?

—No he dicho que fuera de ninguna forma —respondió Battisto, abriendo el cierre de hierro de una caja verde y sacando una bandeja tras otra con su preciosa mercancía—. ¡Fíjate! Estos cuadros hechos con pequeñas incrustaciones son mosaicos romanos; estas flores sobre un fondo negro son florentinas. El fondo está hecho con piedra negra, y las flores, con trozos de jaspe, ónix, cornalina y demás. Esas nomeolvides, por ejemplo, son trocitos de turquesa, y esa amapola está tallada en una pieza de coral.

—Los romanos son los que más me gustan —dijo Christien—. ¿Qué sitio es ese con tantos arcos?

—Es el Coliseo, y lo de al lado es la basílica de San Pedro. Pero a nosotros los florentinos no nos interesan mucho las piezas romanas. No son ni la mitad de bonitas y valiosas que las nuestras. Los romanos hacen sus mosaicos por composición.

—Composición o no, los pequeños paisajes son los que más me gustan —dijo Christien—. Hay uno magnífico, con un edificio puntiagudo, y un árbol, y montañas al fondo. ¡Cómo me gustaría para Marie!

—Puede ser tuyo por ocho francos —respondió Battisto—. Vendimos dos ayer por diez cada uno. Representa la tumba de Cayo Cestio, cerca de Roma.

—¡Una tumba! —repitió Christien, visiblemente consternado—. Diable! Sería un regalo funesto para la prometida de uno.

—Nunca sabría que es una tumba, si tú no se lo dijeras —sugirió Stefano.

Christien negó con la cabeza.

—Sería como la puerta de al lado de engañarla —dijo.

—No —intervino mi hermano—, el propietario de la tumba lleva muerto dieciocho o diecinueve siglos. Uno casi olvida que alguna vez estuvo enterrado ahí.

—¿Dieciocho o diecinueve siglos? Entonces, ¿era un pagano?

—Sin duda, si con eso quieres decir que vivió antes que Cristo.

El rostro de Christien se iluminó de inmediato.

—Bueno, eso zanja la cuestión —dijo; sacó su pequeño portamonedas de lona y pagó al instante—. Que sea la tumba de un pagano o que no sea una tumba viene a ser lo mismo para mí. Encargaré que me hagan un broche con él en Interlaken. Dime, Battisto, ¿qué vas a llevarle a Margherita cuando vuelvas a Italia?

Battisto se rio e hizo tintinear sus ocho francos.

—Eso depende de cómo vaya el negocio —respondió—: si conseguimos buenos beneficios de aquí a Navidad, tal vez le compre una muselina suiza en Berna; pero ya llevamos siete meses fuera y apenas hemos ganado cien francos, una vez descontados nuestros gastos.

Dicho esto, la conversación derivó a temas generales, los florentinos guardaron sus tesoros, Christien volvió a cerrar las correas de su maleta, y todos, incluido mi hermano, bajaron juntos a desayunar al aire libre en la parte exterior de la posada.

Hacía una mañana espléndida; soleada y sin nubes, con una brisa fresca que arrancaba susurros a la parra que cubría la galería y salpicaba la mesa con la inquieta sombra de las hojas verdes. Rodeándolos por los cuatro costados, se alzaban las grandes montañas, con sus glaciares de un blanco azulado bajando hasta el borde de los prados, y los bosques de pinos trepando como una mancha oscura por los lados. A la izquierda, el Wetterhorn; a la derecha, el Eiger; justo enfrente de ellos, deslumbrante e imperecedero, como un obelisco de plata escarchada, el Schreckhorn, o «cuerno del miedo». Acabado el desayuno, se despidieron de sus anfitrionas y, con el bastón de montaña en la mano, tomaron el camino a la Wengernalp. Medio en luz, medio en sombra se extendía el tranquilo valle, moteado de granjas y atravesado por un torrente que fluía apresurado, blanco como la leche, escapando de su prisión en el glaciar. Los tres muchachos caminaban a paso vivo un poco adelantados: sus voces sonaban juntas de cuando en cuando y a continuación venía un coro de risas. Por alguna razón, mi hermano se sentía triste. Se descolgó del grupo y, arrancando una florecilla roja de la orilla, la vio marcharse a toda prisa con el torrente, como una vida en el río del tiempo. ¿Por qué sentía esa pesadumbre? Y ¿por qué ellos estaban tan alegres?

Conforme avanzaba el día, la melancolía de mi hermano, igual que el alborozo de los jóvenes, parecía aumentar. Rebosantes de juventud y esperanza, hablaban del venturoso futuro y levantaban hermosos castillos en el aire. Battisto, que se iba volviendo más locuaz, admitió que casándose con Margherita, y llegando a ser un consumado artista de mosaicos, cumpliría el mayor sueño de su vida. Stefano, que no estaba enamorado, prefería viajar. Christien, quien parecía ser el más próspero, confesó que su máxima aspiración era alquilar una granja en el valle del Kander, donde había nacido, y llevar la vida patriarcal de sus padres. En cuanto al negocio de las cajas de música, dijo, uno tenía que vivir en Ginebra para que fuese rentable; y, en su caso, no cambiaría los pinares y los picos nevados por ninguna ciudad de Europa. Marie, además, también había nacido entre montañas, y se le rompería el corazón solo de pensar en tener que pasar toda su vida en Ginebra y no volver a ver nunca el Kander Thal. Con estas conversaciones transcurrió la mañana hasta el mediodía, y el grupo se detuvo a descansar un rato a la sombra de unos abetos gigantes engalanados con banderas colgantes de musgo verde grisáceo.

Allí comieron, acompañados por la música argentina de una de las pequeñas cajas de Christien, y al poco oyeron el eco sombrío de una avalancha lejana, en una cornisa del Jungfrau.

Después se pusieron en marcha de nuevo bajo la tarde abrasadora, a altitudes donde la rosa de los Alpes abandona las yermas laderas escarpadas y el liquen marrón crece cada vez más escaso entre las piedras. Aquí, solo los esqueletos estériles y blanqueados de un bosque de pinos muertos rompían la desolada monotonía; y arriba, en la cima del puerto de montaña, se alzaba una pequeña posada solitaria, entre ellos y el cielo.

En esa posada volvieron a descansar y bebieron a la salud de Christien y su prometida de una jarra de vino francés. Este estaba de un humor excelente, y no hacía más que darles la mano a todos una y otra vez.

—Mañana al anochecer —dijo—, ¡la estrecharé entre mis brazos de nuevo! Han pasado ya casi dos años desde que volví a casa para verla, una vez acabado mi aprendizaje. Ahora soy capataz, con un salario de treinta francos semanales, y estoy preparado para casarme.

—¡Treinta francos semanales! —repitió Battisto—. Corpo di Bacco! Eso es una pequeña fortuna.

El rostro de Christien se encendió.

—Sí —dijo—, vamos a ser muy felices; y, dentro de poco… ¿quién sabe?; tal vez acabemos nuestros días en el Kander Thal, y criemos a hijos que nos sucedan. ¡Ah! Si Marie supiera que voy a llegar mañana por la noche, ¡qué contenta estaría!

—¿Qué quieres decir, Christien? —preguntó mi hermano—. ¿No sabe que vuelves?

—No tiene la menor idea. Ni se imagina que puedo estar allí pasado mañana… y no podría, de hecho, si cogiese el camino que da un rodeo por Unterseen y Frutigen. Tengo pensado dormir esta noche en Lauterbrunnen, y dirigirme por la mañana hacia Kandersteg a través del glaciar Tschlingel. Si me despierto un poco antes del amanecer, debería estar en casa para la puesta de sol.

En ese momento llegaron a un punto en que el camino giraba de repente e iniciaba un descenso que ofrecía una inmensa panorámica de valles muy lejanos. Christien lanzó su gorra al aire y dio un grito de júbilo:

—¡Mirad! —dijo, abriendo los brazos como si quisiera abrazar aquel paisaje tan querido y familiar—. ¡Mirad! ¡Ahí están las montañas y los bosques de Interlaken, y aquí, al pie de los precipicios sobre los que nos encontramos, está Lauterbrunnen! ¡Alabado sea Dios, que hizo tan hermosa nuestra tierra natal!

Los italianos se miraron y sonrieron, pensando que su valle del Arno era mucho más bonito; pero el corazón de mi hermano se sintió reconfortado con la alegría del muchacho, y se hizo eco de su gratitud con ese espíritu que acepta toda la belleza como un derecho de nacimiento y una herencia. Ahora su recorrido se extendía a través de una inmensa meseta, repleta de trigales y praderas y tachonada de sólidas casas construidas con vieja madera marrón, con aleros enormes y sartas de maíz indio colgando como lingotes de oro de los balcones tallados. En las orillas del camino crecían arándanos, y de vez en cuando se encontraban con una genciana silvestre o una siempreviva con forma de estrella. Después el camino se convirtió en un mero zigzag por la superficie del precipicio, y en menos de media hora llegaron a lo más bajo del valle. La luminosa tarde aún no se había apagado tras los pinos más elevados cuando se sentaron a cenar todos juntos en el salón de una pequeña posada con vistas al Jungfrau. Por la noche mi hermano se dedicó a escribió cartas, mientras los tres jóvenes daban un paseo por el pueblo. A las nueve se dieron las buenas noches y cada uno se fue a su habitación.

A pesar de lo cansado que estaba, a mi hermano le resultó imposible conciliar el sueño. Seguía poseído por aquella melancolía inexplicable y, cuando por fin se sumió en un sueño agitado, no fue más que para despertarse sobresaltado una y otra vez por pesadillas espantosas, y debilitado a causa de un terror indescriptible. Ya amanecía cuando consiguió abandonarse a un sueño profundo, y no volvió a despertarse hasta que la mañana ya avanzaba rápidamente hacia el mediodía. Descubrió entonces con pesar que Christien se había marchado hacía mucho. Se había despertado antes del amanecer, desayunado a la luz de una vela y salido con la luz grisácea del alba… «más feliz —dijo el posadero— que un fullero en una feria».

Stefano y Battisto habían esperado para ver a mi hermano, con el encargo de transmitirle un amistoso mensaje de despedida de parte de Christien, así como la invitación a su boda. A ellos también los había invitado, y tenían intención de ir; así que mi hermano quedó en encontrase con ellos el martes siguiente en Interlaken, desde donde podrían ir caminando hasta Kandersteg siguiendo etapas fáciles y llegando a su destino el jueves por la mañana, a tiempo de ir a la iglesia para la boda. Después compró algunos pequeños camafeos florentinos, les deseó toda la suerte del mundo a los dos muchachos y los vio alejarse por el camino hasta que ya no alcanzó a distinguirlos.

Ahora que se había quedado solo, paseó con su cuaderno de esbozos y pasó el día en la parte alta del valle; al caer la tarde, cenó solo en su habitación a la luz de una sola lámpara. Cuando terminó, se acercó un poco más al fuego, sacó una edición de bolsillo de los ensayos sobre arte de Goethe y se comprometió a disfrutar de unas horas de lectura. (Qué bien me conozco ese libro, ese mismo ejemplar, con la portada descolorida, y ¡cuántas veces le he escuchado describir aquella tarde solitaria!). Para entonces la noche se había vuelto fría y lluviosa. La leña húmeda chisporroteaba en la chimenea, y el viento recorría el valle gimiendo y llevando con él la lluvia que azotaba los cristales en súbitas rachas. Mi hermano se dio cuenta enseguida de que iba a resultarle imposible leer. Su atención se desviaba continuamente. Leyó la misma frase una y otra vez, sin ser consciente de su significado, y sus pensamientos tomaron otro derrotero y se adentraron en el oscuro pasado.

Transcurrieron así las horas, y a las once oyó que cerraban las puertas en el piso de abajo y todos se retiraban a descansar. Tomó la determinación de no seguir sucumbiendo a aquella apatía soñadora. Echó más leños al fuego, despabiló la lámpara y dio varias vueltas por la habitación. A continuación abrió la ventana, y la lluvia lo golpeó en la cara y el viento le alborotó el pelo, igual que alborotaba las hojas de la acacia en el jardín que se extendía debajo. Así estuvo unos cuantos minutos y, cuando al fin cerró la ventana, tenía empapados la cara, el pelo y la camisa por la parte de delante. No hace falta decir que abrir su mochila y sacar una camisa seca fue su primer impulso; dejar caer la camisa al suelo, escuchar con atención y ponerse en pie de un salto, desconcertado y sin respiración, fue el siguiente.

Pues, arrastrada intermitentemente por el viento, ora llegando hasta la ventana, ora apagándose en la distancia, oyó los compases de una melodía que recordaba perfectamente, sutil y argentina como los «dulces aires» de la isla de Próspero[48], y procedente sin duda de la caja de música que el día anterior había amenizado su comida bajo los abetos de la Wengernalp.

¿Acaso había vuelto Christien y era esa la forma que había elegido de anunciar su regreso? De ser así, ¿dónde estaba? ¿Debajo de la ventana? ¿En el pasillo? ¿Refugiado en el porche a la espera de que le abriesen la puerta? Mi hermano abrió la ventana de nuevo y lo llamó.

—¡Christien! ¿Eres tú?

Fuera reinaba un profundo silencio. Pudo oír la última racha de viento y lluvia gimiendo cada vez más lejos en su desenfrenado viaje por el valle, y los pinos temblando, como algo vivo.

—¡Christien! —volvió a gritar, y tuvo la extraña impresión de que su voz resonaba en su oído—. ¡Habla! ¿Eres tú?

Tampoco ahora respondió nadie. Se asomó a la noche oscura, pero no lograba ver nada, ni siquiera la silueta del porche debajo de él. Empezó a pensar que su imaginación lo había engañado, cuando de pronto la música rompió a sonar de nuevo; solo que esta vez parecía provenir de dentro de la habitación.

Cuando se dio la vuelta, esperando encontrar a Christien detrás de su hombro, la melodía se interrumpió de golpe, y una sensación de frío intenso se apoderó de todo su cuerpo; no se trataba de un mero escalofrío producido por el miedo nervioso, ni de la consecuencia física de exponerse al viento y la lluvia, ¡sino de una congelación mortal de todas sus venas, una parálisis de todos sus nervios, la espeluznante certeza de que, al cabo de unos segundos más, sus pulmones dejarían de funcionar y su corazón dejaría de latir! Incapaz de hablar ni de moverse, cerró los ojos, convencido de que se estaba muriendo.

Este extraño desfallecimiento no duró más que unos segundos. Poco a poco, fue recuperando el calor vital y, con él, las fuerzas para cerrar la ventana y llegar tambaleándose hasta una silla. Ya sentado, se dio cuenta de que la pechera de su camisa estaba rígida y helada, y de que llevaba carámbanos pegados al pelo.

Miró su reloj. Se había parado a las doce menos veinte. Cogió el termómetro de la repisa de la chimenea y vio que el mercurio marcaba veinte grados. ¡Dios Santo! ¿Cómo era posible todo aquello con una temperatura de veinte grados y un gran fuego ardiendo en la chimenea?

Se sirvió medio vaso de coñac y se lo bebió de un trago. Irse a la cama quedaba descartado por completo. No se atrevía a dormir; apenas se atrevía a beber. Lo único que podía hacer era cambiar las sábanas, echar más leña al fuego, enrollarse con las mantas y pasarse toda la noche sentado en un sillón delante del fuego.

Sin embargo, no llevaba mucho tiempo así sentado cuando el calor, y probablemente la reacción nerviosa, lo arrastraron al sueño. Por la mañana se despertó tumbado en la cama, sin el menor recuerdo de cómo o cuándo había llegado hasta ella.

Volvía a hacer un día espléndido. La lluvia y el viento habían desaparecido, y, al final del valle, el Silverhorn alzaba su cabeza hacia un cielo despejado. Contemplando el amanecer, casi dudaba de los sucesos de la noche, y, salvo por la evidencia de su reloj, que seguía marcando las doce menos veinte, habría estado dispuesto a creer que todo había sido un sueño. En cierto modo, atribuía más de la mitad de sus miedos a los escrúpulos de un cerebro sobreexcitado y demasiado fatigado. A pesar de todo, seguía deprimido e inquieto, y tan poco dispuesto a pasar otra noche en Lauterbrunnen que decidió emprender esa misma mañana el camino a Interlaken. Cuando todavía estaba demorándose con el desayuno, y planteándose si sería mejor hacer a pie los once kilómetros de camino o alquilar un vehículo, un char[49] llegó a gran velocidad a la puerta de la posada y un hombre joven se apeó de un salto.

—¡Caramba, Battisto! —exclamó asombrado mi hermano al verlo entrar en la habitación—; ¿qué te trae por aquí hoy? ¿Dónde está Stefano?

—Lo he dejado en Interlaken, signor —respondió el italiano.

Había algo en su voz, algo en su cara; algo extraño y alarmante al mismo tiempo.

—¿Qué ocurre? —preguntó ansiosamente mi hermano—. ¿Está enfermo? ¿Ha ocurrido un accidente?

Battisto negó con la cabeza, miró furtivamente a uno y otro lado del pasillo y cerró la puerta.

—Stefano está bien, signor; pero… pero ha ocurrido algo… ¡algo muy extraño!… Signor, ¿cree usted en los espíritus?

—¿En los espíritus, Battisto?

—Ay, signor; si alguna vez el espíritu de un hombre, vivo o muerto, le ha hablado a un oído humano, el espíritu de Christien me visitó anoche a las doce menos veinte.

—¡A las doce menos veinte! —repitió mi hermano.

—Yo estaba acostado en mi cama, signor, y Stefano dormía en la misma habitación. Yo había subido bastante acalorado, y me había quedado dormido pensando en cosas agradables. Al poco rato, a pesar de que estaba abrigado con abundante ropa de cama, y tapado además con una manta de viaje, me desperté aterido de frío y apenas incapaz de respirar. Intenté llamar a Stefano, pero no tenía fuerzas ni para emitir el más leve sonido. Pensé que había llegado mi hora. De repente, oí un sonido que venía de la ventana… un sonido que reconocí como el de la caja de música de Christien; y la canción que sonaba era la misma que cuando comimos bajo los abetos, solo que esta vez era más salvaje y extraña y melancólica y solemne… ¡Horrible! Después, signor, fue apagándose poco a poco, y luego pareció como si se marchase con el viento, hasta desaparecer a lo lejos. En cuanto dejé de oírla, mi sangre helada volvió a calentarse de nuevo, y llamé a Stefano. Cuando le conté lo que había pasado, dijo que lo habría soñado. Le hice encender una cerilla, para poder ver mi reloj. Señalaba las doce menos veinte, y estaba parado; y, lo que es más extraño aún, al reloj de Stefano le había pasado lo mismo. Ahora dígame, signor, ¿le encuentra algún significado a todo esto, o cree, como se empeña en pensar Stefano, que no fue más que un sueño?

—¿Qué opinas tú, Battisto?

—Mi opinión, signor, es que algo malo le ha pasado al pobre Christien en el glaciar, y que su espíritu vino a verme anoche.

—Battisto, le ayudaremos si está vivo, o rescataremos su pobre cadáver si ha muerto; pues yo, igual que tú, creo que algo va mal.

Mi hermano pasó entonces a relatarle brevemente lo que le había ocurrido a él por la noche; después mandaron mensajeros en busca de los tres mejores guías de Lauterbrunnen, y prepararon cuerdas, hachas para el hielo, bastones de alpinismo y todo lo necesario para una expedición glaciar. Por mucha prisa que se dieron con los preparativos, era casi mediodía cuando partió la expedición.

A la media hora, cuando llegaron a un sitio llamado Stechelberg, dejaron el carruaje en el que habían viajado hasta ese momento en una cabaña y subieron un escarpado sendero con vistas al glaciar Breithorn, que se alzaba a su izquierda como un muro almenado de hielo. El camino seguía durante un rato entre pastos y pinares. A continuación llegaron a una colonia de cabañas llamada Steinberg, donde llenaron sus cantimploras, prepararon las cuerdas y se aprestaron a abordar el glaciar Tschlingel. Unos minutos después ya estaban en el hielo.

Llegados a este punto, los guías ordenaron parar y consultaron entre ellos. Uno optaba por dirigirse hacia la izquierda por la parte baja del glaciar y llegar a la parte alta por las rocas que lo delimitaban al sur. Los otros dos preferían ir por el norte, es decir, por la derecha; y esta fue la opción por la que se decantó mi hermano. El sol calentaba ahora con intensidad casi tropical, y avanzar por la superficie del hielo, surcada por grietas largas y traicioneras, pulida como el cristal y azul como un cielo de verano, era complicado y peligroso. En silencio y con mucha cautela, siguieron caminando, unidos por cuerdas a intervalos de tres metros: con dos guías a la cabeza y el tercero cerrando la marcha. Cuando llegó el momento de girar a la derecha, se encontraron con una roca de unos doce metros de alto que tenían que escalar para llegar a la parte alta del glaciar. La única forma de que Battisto y mi hermano pudiesen aspirar a conseguirlo era con la ayuda de una cuerda anclada arriba y abajo. Tiraron, pues, la cuerda desde arriba, y mi hermano se dispuso a subir el primero. No bien hubo apoyado su pie en el primer escalón, un grito ahogado de Battisto lo detuvo.

—¡Santa María! Signor! ¡Mire allí!

Mi hermano miró, y allí (así lo afirmaría después durante toda su vida), tan seguro como que hay un cielo sobre todos nosotros, vio a Christien Baumann de pie bajo la luz del sol, ¡a menos de cien metros de distancia! Reconocerlo mi hermano y desaparecer fue casi la misma cosa. No se desvaneció, ni se hundió en el hielo, ni se marchó; simplemente desapareció, como si nunca hubiera estado allí. Pálido como un muerto, Battisto cayó de rodillas y se tapó la cara con las manos. Aterrorizado y sin habla, se apoyó en la roca y sintió que el objetivo de su viaje había sido funestamente alcanzado. Los guías, por su parte, ignoraban lo que había ocurrido.

—¿Han visto eso? —les preguntaron mi hermano y Battisto al mismo tiempo.

Pero los hombres no habían visto nada, y el que se había quedado abajo dijo:

—¿Qué tendría que ver si no es hielo y sol?

Mi hermano se limitó a responder que había una grieta, de la que no había apartado los ojos ni un segundo desde que había visto la figura de pie en el borde, que quería explorar a fondo antes de dar un paso más; con lo cual, los dos hombres bajaron de lo alto del risco, recogieron las cuerdas y siguieron a mi hermano con incredulidad. En el estrechamiento final de la grieta, se detuvo y clavó con fuerza su bastón en el hielo. Se trataba de una fisura inusualmente larga: una simple hendidura al principio, pero que se iba ensanchando poco a poco, abriéndose a desconocidas profundidades de un azul oscuro casi negro, bordeada por largos carámbanos, como estalactitas de diamante. No habían pasado ni diez minutos desde que empezaran a seguir el recorrido de esta grieta, cuando el guía más joven exclamó apresuradamente:

—¡He visto algo! ¡Algo oscuro encajado en los dientes de la grieta, a gran profundidad!

Todos lo vieron: poco más que un bulto indistinguible, casi engullido por las paredes de hielo que se abrían a sus pies. Mi hermano ofreció cien francos a aquel que lo subiese. Todos dudaron.

—No sabemos lo que es —dijo uno.

—Puede que no sea más que una gamuza muerta —sugirió otro.

Su apatía lo enfureció.

—No es una gamuza —dijo enfadado—. Es el cuerpo de Christien Baumann, nativo de Kandersteg. Y ¡juro por Dios que, si son demasiado cobardes para intentarlo, bajaré yo mismo!

El guía más joven tiró al suelo su chaqueta, se ató una cuerda a la cintura y cogió un hacha.

—Iré yo, monsieur —dijo; y, sin añadir una palabra más, dejó que lo bajasen. Mi hermano se apartó. Una terrible angustia se apoderó de él, y al poco oyó el eco sordo del hacha en las profundidades del hielo. Alguien pidió otra cuerda, y después los hombres se hicieron a un lado en silencio, y mi hermano vio al guía más joven de nuevo junto al abismo, colorado y temblando, con el cuerpo de Christien extendido a sus pies.

¡Pobre Christien! Con sus cuerdas y bastones improvisaron unas toscas angarillas, y lo llevaron, con grandes dificultades, de vuelta a Steinberg. Allí encontraron ayuda adicional hasta Stechelberg, donde lo subieron al carruaje y lo transportaron hasta Lauterbrunnen. Al día siguiente, mi hermano se encargó de la triste tarea de preceder al cuerpo hasta Kandersteg y preparar a sus amigos para su llegada. Aún hoy, no obstante haber pasado treinta años de aquello, no soporta recordar la desesperación de Marie, ni todo el dolor que llevó muy a su pesar a aquel tranquilo valle. La pobre Marie murió hace mucho. La última vez que mi hermano pasó por el Kander Thal de camino a Gemmi, vio su tumba, al lado de la de Christien Baumann, en el cementerio del pueblo.

Esta es la historia de fantasmas de mi hermano.