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Erlathdronion - Lord Dunsany

El que fuera Sultán en un lugar tan remoto de Oriente que sus dominios fueron considerados fabulosos en Babilonia, cuyo nombre es hoy prototipo de lejanía en las calles de Bagdad, cuya excelencia invocan por su nombre viajeros barbados a la caída de la tarde con el fin de convocar oyentes a su recitación de cuentos, mientras se eleva el humo del tabaco, suenan los dados y las tabernas rebosan de gente, estableció también su mandato en esa misma ciudad y dijo: "Que sean conducidos hasta aquí todos los sabios que puedan comparecer ante mí y regocijar mi corazón con su sabiduría". 
 
Los hombres se apresuraron y los clarines sonaron, y así fue como se presentaron al sultán todos sus sabios. Y muchos fueron declarados no aptos. Mas de todos los que fueron capaces de decir cosas aceptables, después de ser llamados Los Afortunados, uno dijo que al sur de la Tierra había un País –coronado de loto, añadió– donde era verano cuando nosotros estamos en invierno y viceversa. 
 
Y cuando el Sultán de aquellas remotas tierras supo que el Creador de Todo había ideado una estratagema tan sumamente de su gusto, su júbilo no conoció fronteras. De pronto habló y dijo (eso fue en esencia lo que dijo) que sobre esa frontera o límite que separa el norte del sur se construiría un palacio en cuyos salones del ala norte sería verano, mientras que en los del ala sur sería invierno; así que él se trasladaría de unos salones a otros según su estado de ánimo: se reiría del verano por la mañana y pasaría el mediodía entre la nieve. 
 
De modo que mandaron llamar a los poetas del Sultán y les ordenaron que hablasen de aquella ciudad, previendo su esplendor lejos hacia el sur y en tiempos futuros, y algunos de ellos fueron considerados afortunados. Y entre todos los que fueron considerados afortunados y fueron coronados de flores, ninguno consiguió con más facilidad la sonrisa del Sultán (de la que dependía que los días fueran largos) que el que, imaginándose la ciudad, habló así de ella: 
 
–Durante siete años y siete días, ¡oh, Puntal del Cielo!, tus constructores edificarán tu palacio, que no estará ni en el norte ni en el sur, en el que ni el verano ni el invierno será dueño exclusivo de las horas. Lo veo blanco, tan extenso como una ciudad, tan hermoso como una mujer, auténtica maravilla del mundo, con muchas ventanas, desde las que al ocaso tus princesas mirarán al exterior. 
 
Sí, percibo la dicha en sus balcones dorados y escucho el rumor que desciende de las galerías y el arrullo de las palomas en sus aleros esculpidos. 
 
¡Oh, Puntal del Cielo!, esa ciudad tan hermosa deberían construirla tus antiguos señores, los hijos del sol, para que todos los hombres admiren su poder incluso hoy, y no sólo los poetas, cuya imaginación la ve tan alejada hacia el sur y en tiempos futuros. 
 
"¡Oh, Rey de los Años!, la ciudad debería estar situada en el centro de esa línea que divide equitativamente el norte del sur y separa las estaciones como si fuera una pantalla. Cuando en el ala norte sea verano, tus centinelas vestidos de seda pasearán por deslumbrantes murallas, mientras tus lanceros cubiertos de pieles circularán por el ala sur. 
 
Mas al mediodía del día central del año, tu chambelán descenderá de su elevada posición y entrará en el salón del centro, y tras él bajarán hombres con trompetas, y él proferirá un gran grito al mediodía, y los hombres harán sonar las trompetas, y los lanceros cubiertos de pieles marcharán hacia el norte y tus centinelas vestidos de seda ocuparán su lugar en el sur, y el verano abandonará el norte y se irá al sur, y las golondrinas levantarán el vuelo y le seguirán. 
 
Y únicamente no habrá cambio en tus salones interiores, pues están situados sobre esa línea que separa las estaciones y divide el norte del sur. 
 
"Y en los jardines siempre será primavera, pues la primavera permanece siempre al margen del verano; y el otoño también teñirá siempre tus jardines, pues siempre resplandece al borde del invierno, y esos jardines permanecerán aparte entre el invierno y el verano. Y habrá orquídeas en tu jardín, también, con toda su carga de otoño en las ramas y todas las flores de la primavera. 
 
"Sí, percibo ese palacio, ya que podemos imaginar las cosas venideras; veo su blanco muro resplandeciente a la deslumbrante luz del solsticio de verano, y los lagartos tumbados inmóviles al sol, y los hombres dormidos al mediodía, y las mariposas revoloteando alrededor, y las aves de radiante plumaje persiguiendo maravillosas polillas, y a lo lejos en la selva las grandes orquídeas, y los insectos iridiscentes danzando en torno a la luz. 
 
Veo el muro por el otro lado: la nieve se ha amontonado en las almenas, los carámbanos las han orlado de barbas de hielo, un violento viento que sopla desde parajes solitarios y clama a los helados campos, ha enviado los ventisqueros por encima de los contrafuertes. 
 
Los que se asoman a las ventanas de ese ala de tu palacio ven a los gansos silvestres volando bajo, y a todas las aves invernales pasando veloces en bandadas atenazadas por el implacable viento, y las nubes de encima son negras, ya que allí están en el solsticio de invierno. 
 
Mientras tanto, en tus otros salones las fuentes tintinean, cayendo sobre mármol bajo el sol abrasador del verano. 
 
"Así será tu palacio, ¡oh, Rey de los Años!, y su nombre será Erlathdronion, Prodigio de la Tierra; y tu sabiduría ordenará a tus arquitectos que lo construyan inmediatamente, ya que podemos ver lo que hasta ahora únicamente veían los poetas, y esta profecía se cumplirá. 
 
Y cuando el poeta se detuvo, el Sultán habló y dijo, mientras los demás escuchaban con la cabeza vuelta: –No será necesario que mis constructores edifiquen ese palacio, Erlathdronion, Prodigio de la Tierra, pues al oírte a ti hemos saboreado ya sus placeres. 
 
Y el poeta se fue de su Presencia y soñó otra cosa. 

De cómo Nuth habría practicado su arte contra los Gnolos - Lord Dunsany

Pese a las alusiones de firmas rivales, es probable que todos los comerciantes sepan que dentro de su profesión nadie goza actualmente de una posición igual a la del señor Nuth. 

Para aquellos que se encuentran fuera del círculo mágico de los negocios, su nombre es apenas conocido; mas él no necesita anunciarse, está satisfecho. Está por encima incluso de la moderna competencia, y, cualesquiera que sean las pretensiones de las que se jacten, sus rivales lo saben. Sus precios son moderados, ya sea al contado a la entrega del género, ya sea mediante chantaje después. Toma siempre en consideración la conveniencia de los demás. 

Se puede contar con su experiencia; le he visto moverse más sigilosamente que una sombra en una noche ventosa, pues Nuth es un ladrón profesional. Se ha sabido de hombres que, sin abandonar sus casas de campo, han enviado comerciantes a negociar un tapiz, algún mueble o algún cuadro que habían visto en su tienda. 

Eso es de mal gusto; mas aquellos cuya cultura es más refinada invariablemente han llamado a Nuth una o dos noches después de visitar su tienda. Se maneja bien con los tapices, difícilmente se daría uno cuenta de que los bordes han sido cortados. 

Y a menudo, cuando veo alguna nueva casa, inmensa, llena de muebles antiguos y cuadros de otras épocas, me digo a mí mismo: "Estas sillas con molduras, estos antepasados de cuerpo entero y estas caobas talladas son producto del incomparable Nuth".

Se puede objetar en contra de mi utilización de la palabra "incomparable" que en el oficio de ladrón el nombre de Slith sigue siendo soberano y único; eso no lo ignoro. Mas Slith es un clásico y vivió hace mucho tiempo, y no sabía completamente nada acerca de la moderna competencia; aparte de que la sorprendente índole de su funesto destino posiblemente ha añadido un encanto que exagera ante nuestros ojos sus indudables méritos.

No cabe suponerse que yo sea un amigo cualquiera de Nuth. Al contrario, soy partidario de la Propiedad, y no necesita que yo interceda por él, ya que su posición es casi única dentro del gremio, siendo de los pocos que no precisan anunciarse.

En la época en que comienza mi historia, Nuth vivía en una espaciosa casa de Belgrave Square. A su inimitable manera había trabado amistad con la portera. El lugar le agradaba a Nuth y, cada vez que alguien iba a inspeccionarlo con ánimos de compra, la portera solía ensalzar la casa con las palabras que Nuth le había sugerido. "Si no fuera por los desagües -les decía ella-, sería la mejor casa de Londres". Y cuando ellos se  aferraban a esa observación, y hacían preguntas acerca de los desagües, ella les contestaba que eran buenos, mas no tanto como la propia casa. 

No veían a Nuth cuando recorrían las habitaciones, mas Nuth estaba allí. Una mañana primaveral llegó una anciana, vestida pulcramente de negro y con un gorro forrado de rojo, preguntando por el señor Nuth; con ella venía su voluminoso y desgarbado hijo. La señora Eggins, la portera, echó un vistazo a la calle y después los dejó entrar, haciéndoles esperar en el salón entre muebles cubiertos por sábanas.

Esperaron un buen rato y luego olieron a tabaco de pipa: era Nuth que se acercaba a ellos. -Señor -dijo la anciana del gorro forrado de rojo-, usted ha sido el que me ha incitado -y entonces comprendió que ésa no era forma de dirigirse al señor Nuth.

Finalmente habló Nuth y la anciana le explicó muy tímidamente que su hijo era un joven prometedor, introducido ya en la profesión, que quería mejorar de posición, y que ella deseaba que el señor Nuth le enseñara a ganarse la vida.

Ante todo, Nuth quiso ver sus referencias, y cuando le mostraron una de un joyero del cual daba la casualidad de que era uña y carne, el resultado fue que accedió a hacerse cargo de Tonker (pues así se llamaba el prometedor joven) y convertirlo en su aprendiz. La anciana del gorro forrado de rojo regresó a su pequeña casa de campo y cada atardecer le decía a su viejo marido: -Tonker, debemos cerrar los postigos por la noche, pues ahora Tommy es un ladrón.

No tengo la intención de pormenorizar los detalles del aprendizaje del prometedor joven: los que son de la profesión ya los conocen y los que son de otros oficios solamente se preocupan de los suyos propios, mientras que los desocupados que carecen de profesión no lograrían apreciar los progresos de Tommy Tonker, primero cruzando a oscuras y sin hacer ningún ruido simples maderos cubiertos de pequeños obstáculos, después ascendiendo en silencio escaleras que crujen, más tarde abriendo puertas y por último trepando.

Baste decir que el negocio prosperó enormemente, mientras Nuth enviaba de vez en cuando a la anciana del gorro forrado de rojo entusiastas informes, escritos con su difícil letra, sobre los progresos de Tommy Tonker. Nuth había renunciado muy pronto a las clases de caligrafía, pues parecía tener algún prejuicio contra la falsificación y, por consiguiente, consideraba la escritura como una pérdida de tiempo. 

Más tarde se produjo la transacción con lord Castlenorman en su residencia de Surrey. Nuth eligió un sábado por la noche y a las once en punto toda la casa estaba en silencio. Cinco minutos antes de la medianoche, Tommy Tonker, siguiendo instrucciones del señor Nuth, que esperaba fuera, salió con una bolsa llena de anillos y botones de camisa. Era una bolsa realmente liviana, mas los joyeros de París no podrían igualarla sin hacer un pedido especial a África, así es que lord Castlenorman tuvo que pedir prestados botones de hueso.

No hubo ni un solo rumor que susurrara el nombre de Nuth. Si dijera que esta circunstancia se le subió a la cabeza, la afirmación molestaría a más de uno, pues sus socios sostienen que su astuto juicio no se veía afectado por las circunstancias. 

Diré por consiguiente que estimuló su genio para planear lo que ningún otro ladrón había planeado antes. Ni más ni menos que robar la mansión de los gnolos. Y eso se lo reveló a Tonker aquel hombre abstemio frente a una taza de té. 

Aunque Tonker no hubiera estado casi loco de orgullo por su reciente transacción, ni cegado por su veneración por Nuth, habría aceptado el plan, pero me temo que habría derramado la leche. Mas protestó respetuosamente: dijo que prefería no ir; se permitió argüir que no era un asunto claro. Y al final, una ventosa mañana de octubre que amenazaba tormenta les sorprendió a ambos siguiendo un rastro cerca del espantoso bosque.

Sopesando pequeñas esmeraldas con simples pedazos de roca, Nuth averiguó el peso probable de los adornos caseros que, según se creía, poseen los gnolos en la angosta y elevada mansión en la que han morado desde muy antiguo. 

Decidieron robar dos esmeraldas y transportarlas entre los dos envueltas en un capote; mas si resultaban demasiado pesadas, deberían arrojar inmediatamente una de ellas. Nuth advirtió al joven Tonker contra la avaricia y le explicó que las esmeraldas valdrían menos que un queso hasta que ellos estuvieran a salvo del espantoso bosque.

Todo había sido cuidadosamente planeado, y ahora caminaban ambos en silencio. No hallaron indicios de sendero alguno entre la siniestra penumbra de los árboles; tampoco de hombres o de ganado; desde hacía centenares de años no había pasado por allí ni siquiera algún cazador furtivo en busca de elfos. No era posible penetrar dos veces en los diminutos valles de los gnolos. Y, aparte de las cosas que allí habían sucedido, los mismos árboles eran un aviso, no tenían el aspecto saludable que presentan los que nosotros plantamos.

La aldea más próxima estaba a pocas millas y la parte posterior de todas sus casas daba al bosque, aunque sin ninguna ventana en aquella dirección.

Allí no hablaban de él y en otras partes lo desconocían.

Nuth y Tommy Tonker se introdujeron en aquel bosque. No llevaban armas de fuego. Tonker había pedido una pistola, mas Nuth le respondió que el ruido de un disparo "nos lo echaría todo a perder", y no se habló más de ello.

Anduvieron todo el día por el bosque, internándose cada vez más en él.

Vieron el esqueleto de algún primitivo cazador furtivo de tiempos del rey Jorge, clavado a una puerta bajo un roble. De vez en cuando divisaron a lo lejos una trampa para hadas. En cierta ocasión, Tonker pisó un trozo de madera seca y endurecida, después de lo cual permanecieron ambos inmóviles durante unos veinte minutos. Y el ocaso refulgió, lleno de presagios, por entre los troncos de los árboles; y cayó la noche; y, a la caprichosa luz de las estrellas, como Nuth había previsto, llegaron a aquella casa angosta y elevada donde los gnolos moraban en secreto.

Todo estaba tan silencioso en aquella módica casa que el decaído ánimo de Tonker vaciló; mas al experimentado juicio de Nuth le pareció que aquel silencio era excesivo. Y todo el tiempo el cielo presentó ese aspecto peor que un juicio oral, de manera que Nuth, como ocurre a menudo cuando los hombres desconfían, tuvo tiempo suficiente para temerse lo peor. 

Sin embargo, no abandonó el asunto sino que mandó al prometedor joven que, mediante una escala, subiera con el instrumental propio de su oficio a la vieja ventana verde. Y, en el momento en que Tonker tocó los podridos maderos, el silencio, que, aunque ominoso, era terrenal, se hizo sobrenatural como el roce de un gul. 

Y Tonker escuchó su respiración que violaba el silencio, y su corazón parecía un tambor furioso durante un ataque nocturno, y el cordón de una de sus sandalias golpeó en uno de los peldaños de la escalera, y las hojas del bosque enmudecieron, y la brisa de la noche se aplacó. Y Tonker rezó por que algún topo o ratón hiciera ruido; mas no se movió ni una sola criatura; incluso Nuth estuvo inmóvil.

E inmediatamente, antes de ser descubierto, el joven prometedor se decidió, como debiera haber hecho mucho antes, a dejar aquellas colosales esmeraldas en donde estaban y a no tener ya nada más que ver con la angosta y elevada mansión de los gnolos, abandonando en aquel preciso momento el siniestro bosque y retirándose enseguida del oficio para comprarse una casa en el campo. Entonces descendió silenciosamente y le hizo señas a Nuth. 

Mas los gnolos le habían observada a través de unos agujeros que habían horadado en los troncos de los árboles, y al misterioso silencio siguieron, como una bendición, los apresurados gritos de Tonker al ser atrapado por detrás; gritos cada vez más imperiosos hasta hacerse incoherentes. Es inútil preguntar adónde le llevaron, no pienso decir lo que hicieron.

Nuth observó durante un rato desde la esquina de la casa; mientras se frotaba la barbilla, su cara mostraba una ligera sorpresa, pues el truco de los agujeros en los árboles era nuevo para él. Entonces se escabulló ágilmente a través del espantoso bosque.

"¿Atraparon también a Nuth?", me preguntarás, apreciado lector.

"Pues no, niño mío" (pues semejante pregunta es pueril). "Nadie atrapó jamás a Nuth".

La señorita Cubbidge y el dragón del romance - Lord Dunsany

Esta historia se cuenta en los balcones de Belgrave Square y entre las torres de Pont Street; los hombres la cantan al anochecer en Brompton Road.

Poco antes de su decimoctavo cumpleaños, la señorita Cubbidge, que vivía en el número 12A de Prince of Wales' Square, pensó que antes de que otro año pasara de largo ella perdería de vista aquel deforme rectángulo que por tanto tiempo había sido su casa. 

Y si además le hubieran dicho que en ese mismo año se habría desvanecido de su memoria cualquier vestigio de aquella supuesta plaza y del día en que su padre fue elegido por abrumadora mayoría para tomar parte en la dirección de los destinos del imperio, simplemente habría dicho con esa voz afectada que tenía: "¡Sí, ya!".

La prensa diaria no dijo nada al respecto, la política del partido de su padre no lo había previsto, no apareció ni por asomo en las conversaciones de las reuniones vespertinas a las que acudía la señorita Cubbidge: nada hubo que le avisara de que un repugnante dragón de escamas doradas, que agitaba al andar, surgiría limpiamente de la flor y nata del romance y atravesaría Hammersmith de noche (por lo que sabemos), y vendría a Ardle Mansions, para luego torcer a la izquierda, lo que le conduciría por supuesto a la casa del padre de la señorita Cubbidge.

La señorita Cubbidge se sentó al atardecer en su balcón completamente sola a esperar que a su padre le nombraran baronet. Llevaba botas, sombrero y un traje de noche escotado; pues un pintor estaba haciendo su retrato en aquel momento, y ni ella ni el pintor vieron nada raro en la extraña combinación. Ella no reparó en el estruendo de las escamas doradas del dragón, ni distinguió por encima de las múltiples luces de Londres el insignificante brillo rojo de sus ojos. 

De pronto levantó la cabeza, un resplandor dorado, hacia el balcón; no parecía un dragón amarillo, pues sus relucientes escamas reflejaban la belleza que Londres únicamente luce al atardecer y por la noche. Ella gritó, mas no a un caballero; no sabía a qué caballero llamar, ni adivinaba dónde estaban los vencedores de dragones de los lejanos tiempos románticos, ni cuáles eran las piezas más poderosas que ahora perseguían, o las batallas que libraban; tal vez estuviesen ocupados todavía al servicio de Armageddon.

En el balcón de la casa de su padre en Prince of Wales' Square, pintado de gris oscuro y cada año más ennegrecido, el dragón, desplegando sus rápidas alas, alzó a la señorita Cubbidge y Londres desapareció como una moda anticuada. Y desapareció Inglaterra, y el humo de sus fábricas, y el sonoro mundo material que despliega gran actividad alrededor del sol, agitado y perseguido por el tiempo; hasta que aparecieron las eternas y antiguas tierras del romance, que permanecían ocultas bajo los mares místicos.

No os imaginaríais a la señorita Cubbidge acariciando distraídamente con una mano la cabeza dorada de uno de los dragones de la canción, mientras con la otra jugaba de cuando en cuando con perlas procedentes de solitarios parajes marinos. 

Llenaron de perlas enormes conchas de haliotis y las pusieron a su lado; le llevaron esmeraldas que ella se apresuró a ostentar entre las trenzas de su larga cabellera negra; le llevaron zafiros ensartados para su manto; todo eso hicieron los príncipes de fábula y los elfos y gnomos de la mitología. 

Y, aunque todavía estaba viva, también formaba parte del pasado y de aquellos sagrados cuentos que las nodrizas contaban cuando los niños se portaban bien, y había llegado la noche y el fuego estaba encendido, y el suave golpeteo de los copos de nieve en el cristal era como la huella furtiva de las espantosas criaturas de los antiguos bosques encantados. 

Si al principio ella echó de menos aquellas primorosas novedades entre las cuales se había criado, el viejo y competente cántico del mar místico celebrando la tradición de las hadas la apaciguó momentáneamente y acabó por consolarla. 

Incluso se olvidó de aquellos anuncios de píldoras que son tan queridos en Inglaterra; incluso olvidó los tópicos políticos y las cosas de las que se suele discutir, y aquellas de las que no; y por fuerza debió contentarse viendo navegar enormes galeones cargados de oro para Madrid, y la divertida calavera y las tibias cruzadas de los piratas, y el diminuto nautilo saliendo al mar, y los navíos de los héroes que circulan por los romances o de los príncipes que buscan islas encantadas.

No fue con cadenas como el dragón la retuvo allí, sino con un sortilegio de los de antaño. Para aquellos a los que durante tanto tiempo las facilidades de la prensa diaria les han sido concedidas, los sortilegios han perdido todo su encanto -habría que decir- así como, al cabo de un tiempo, los galeones y todas las cosas anticuadas. Al cabo de un tiempo.

Pero ella no sabía si habían pasado siglos o años o nada de tiempo en absoluto. Si algo indicaba el paso del tiempo, era el ritmo de los cuernos de los elfos ascendiendo a las alturas. Si los siglos pasaron para ella, el sortilegio que le ataba le dio también juventud eterna y mantuvo siempre encendido el farol a su lado, y libró del deterioro al palacio de mármol situado frente al mar místico. 

Y si el tiempo no pasó por ella, su único momento en aquellas maravillosas costas se convirtió, por así decirlo, en un cristal que reflejaba miles de escenarios. Si todo fue un sueño, fue un sueño que no conoció comienzo ni se desvaneció. La corriente siguió su curso cuchicheando misterios y mitos, mientras cerca de aquella dama cautiva, dormido en su tanque de mármol, el dragón dorado soñaba. 

Y no muy lejos de la costa, todo lo que soñaba el dragón se veía borrosamente en la neblina que cubría el mar. Nunca soñó con ningún caballero salvador. Mientras soñaba, llegó el crepúsculo; mas cuando salió ágilmente de su tanque, cayó la noche y brillaron las estrellas en sus chorreantes escamas doradas.

Tanto él como su cautiva vencieron allí al Tiempo, o nunca se enfrentaron del todo a él. Mientras tanto, en el mundo que conocemos hacía estragos Roncesvalles u otras batallas todavía por venir... desconozco qué parte de los romances le contó a ella. 

Tal vez se convirtiese ella en una de esas princesas de las que nos hablan las fábulas amorosas, mas baste decir que vivía allí junto al mar; y gobernaron reyes y demonios, y volvieron de nuevo los reyes, y muchas ciudades retornaron a su polvo originario, y ella permaneció todavía allí, y su palacio de mármol no pasó aún a mejor vida, ni la fuerza del sortilegio del dragón.

Y tan sólo en una ocasión llegó hasta ella un mensaje del mundo que conocía de antiguo. Llegó en un barco nacarado a través del mar místico; procedía de una antigua amiga del colegio que había tenido en Putney, simplemente una nota, no más, con letra pequeña, clara y redonda. Decía:

"No es propio de ti estar allí sola".

Las imprudentes plegarias de Pombo el Idólatra - Lord Dunsany

Pombo el idólatra había dirigido a Ammuz una súplica sencilla, indispensable, de esas que incluso un ídolo de marfil podía conceder con suma facilidad, y Ammuz no la había concedido inmediatamente. Luego, Pombo había rezado a Tharma pidiendo el derrocamiento de Ammuz, un ídolo simpático a los ojos de Tharma, y al hacerlo violó el protocolo de los dioses. Tharma rehusó conceder la petición. 

Pombo suplicó desesperadamente a todos los dioses de la idolatría, pues aunque se trataba de un asunto sencillo, era indispensable para él. Dioses más antiguos que Ammuz rechazaron las plegarias de Pombo, e incluso dioses más recientes y por tanto de mayor reputación.

Les suplicó uno a uno y todos rehusaron escucharle. Al principio él ni siquiera pensó en aquel sutil protocolo divino que había violado. Se le ocurrió de repente mientras rezaba al quincuagésimo ídolo, un diosecillo verde jade conocido de los chinos, contra el cual se habían aliado todos los demás ídolos.

Cuando Pombo descubrió esto sintió amargamente haber nacido y se lamentó, alegando que estaba perdido. Podía vérsele entonces en cualquier parte de Londres frecuentando tiendas de antigüedades y otros lugares donde venden ídolos de marfil o de piedra, ya que residía en Londres con otros de su raza aunque había nacido en Burmah y era de los que consideran sagrado el Ganges. 

En las tardes lluviosas del peor noviembre podía verse su rostro macilento en el resplandor de cualquier tienda pegado completamente al cristal, suplicando a algún apacible ídolo cruzado de piernas, hasta que la policía le hacía circular. Y después de la hora de cierre se iba de nuevo a su sórdida habitación, en esa parte de nuestra capital donde raramente se habla inglés, a suplicar a pequeños ídolos que poseía. 

Y cuando la sencilla e indispensable súplica de Pombo fue igualmente rechazada por los ídolos de museos, salas de subasta y tiendas, entonces consultó consigo mismo y compró incienso, y lo quemó en un brasero frente a sus propios ídolos baratos, y mientras tanto tocó un instrumento como los que utilizan los encantadores de serpientes. Y los ídolos seguían aferrándose a su protocolo.

No sé si Pombo conocía este protocolo y lo consideraba frívolo frente a su exigencia; o si ésta, cada vez más apremiante, trastornó su mente; mas lo cierto es que Pombo el idólatra cogió un palo y súbitamente se volvió iconoclasta.

Pombo el iconoclasta abandonó inmediatamente su casa, dejando que sus ídolos fueran barridos por el polvo mezclándose así con el Hombre. Fue a ver a un archiidólatra de fama que esculpía ídolos en piedras poco corrientes y le expuso su caso. 

El archiidólatra, que creaba sus propios ídolos, reprochó a Pombo en nombre de la Humanidad por haber roto sus ídolos. "Pues, ¿acaso no los ha hecho el hombre?", dijo. Y en cuanto a los ídolos mismos habló larga y doctamente, explicándole el protocolo divino, que Pombo había violado, por lo que ningún otro ídolo escucharía sus súplicas. 

Cuando Pombo oyó esto lamentó y protestó amargamente, y maldijo a los dioses de marfil y a los dioses de jade, y a la mano del Hombre que los había hecho, mas sobre todo maldijo su protocolo, que había arruinado, según dijo, a un inocente. 

De manera que, finalmente, aquel archiidólatra que hacía sus propios ídolos interrumpió su trabajo de un ídolo de jaspe para un rey que estaba harto de Wosh, y tuvo compasión de Pombo, y le dijo que, aunque ningún ídolo escucharía sus plegarias, no muy lejos de allí actuaba cierto ídolo de mala reputación que no sabía nada de protocolos y aceptaba plegarias que ningún otro dios respetable hubiera consentido en escuchar. 

Cuando Pombo oyó esto, tomó dos puñados de la barba del archiidólatra y los besó alegremente, y enjugó sus lágrimas y volvió a ser el mismo impertinente de siempre. Y el que esculpía en jaspe al usurpador de Wosh explicó que en la aldea del Fin del Mundo, en el extremo más alejado de la Ultima Calle, hay un hoyo que podría tomarse por un pozo, rodeado por la tapia del jardín, y que, si descendía hasta su mismo borde y buscaba a tientas con los pies, encontraría un saliente, que es el último peldaño de un tramo de escaleras que conduce a los confines del Mundo.

-Como todos los hombres saben, esas escaleras deben tener un destino o incluso un peldaño final -dijo el archiidólatra-; mas discutir acerca de los tramos inferiores es perder el tiempo.

Entonces a Pombo le castañetearon los dientes, pues temía la oscuridad; mas el que fabricaba sus propios ídolos le explicó que aquellas escaleras estaban siempre iluminadas por el pálido crepúsculo azulado en el que el Mundo gira.

-Entonces -dijo- pasarás cerca de la Casa Solitaria y bajo el puente que conduce de la Casa a Ninguna Parte, cuya utilidad no se adivina; desde allí dejarás atrás a Maharrion, el dios de las flores, y a su sumo sacerdote, que no es ni pájaro ni gato; y de esa manera llegarás al idolillo Duth, el dios de mala reputación que hará caso de tu plegaria.

Y siguió esculpiendo su ídolo de jaspe para el rey que estaba harto de Wosh; y Pombo le dio las gracias y se marchó cantando, pues en su vulgar mente pensaba que "tenía consigo a los dioses".

Hay un largo trecho desde Londres al Fin del Mundo, y a Pombo no le quedaba dinero. No obstante, en un plazo de cinco semanas estaba paseando por la Ultima Calle, aunque no diré cómo consiguió llegar hasta allí, ya que no fue de una forma completamente honrada. 

Pombo encontró el pozo al final del jardín, más allá de la última casa de la Ultima Calle, y mientras se descolgaba del borde con las manos cruzaron por su mente innumerables pensamientos, principalmente el que afirmaba que los dioses se reían de él por boca del archiidólatra, su profeta, y ese pensamiento se le metió en la cabeza hasta dolerle tanto como las muñecas... y entonces encontró el peldaño.

Pombo bajó las escaleras. Allí estaba, efectivamente, el crepúsculo en el que el mundo gira, y en él las estrellas brillaban débilmente a lo lejos.

Mientras bajaba no había nada ante él excepto aquel extraño y melancólico derroche de crepúsculo, con su multitud de estrellas, y sus cometas precipitándose al exterior a través de él o volviendo a casa. Luego divisó las luces del puente hacia Ninguna Parte y, de pronto, se encontró con el fulgor de la reluciente ventana del salón de la Casa Solitaria, y allí oyó voces que pronunciaban palabras, y las voces de ninguna manera eran humanas, y de no ser por su imperante necesidad habría gritado y huido. 

A mitad de camino entre las voces y Maharrion, al que ahora veía sobresaliendo del mundo, cubierto de halos irisados, divisó a la misteriosa bestia gris que no es ni gato ni pájaro. Mientras Pombo vacilaba, tiritando de miedo, oyó que las voces de la Casa Solitaria subían de tono, y en eso descendió sigilosamente unos cuantos peldaños y se abalanzó contra la bestia. La bestia observaba atentamente a Maharrion, el cual lanzaba burbujas hacia arriba, cada una de las cuales era una estación primaveral en desconocidas constelaciones, y llamaba a las golondrinas hacia inimaginables parajes. Le observaba sin volverse siquiera para mirar a Pombo, y le vio caer en el Linlunlarna, el río que nace en los confines del Mundo, cuya corriente depura el polen dorado que es arrebatado al Mundo para convertirse en la alegría de las Estrellas. 

Y allí estaba delante de Pombo el idolillo de mala reputación a quien nada importa el protocolo y el cual atiende las plegarias rechazadas por la totalidad de los dioses respetables. No sé, ni eso le importa a Pombo, si finalmente su visión de aquél excitó su impaciencia, o si fue su misma necesidad, superior a cuanto podía soportar, la que le condujo escaleras abajo tan velozmente; o si, como es más probable, pasó corriendo junto a la bestia demasiado deprisa; mas, en todo caso, no pudo detenerse, como era su propósito, a orar a los pies de Duth, sino que siguió bajando a la carrera los angostos peldaños, agarrándose a las peladas y lisas rocas hasta caerse del Mundo, como caemos en sueños, cuando nuestro corazón deja de latir y despertamos con un espantoso susto. Mas no hubo despertar para Pombo, el cual todavía sigue cayendo hacia las indiferentes estrellas, y su destino es el mismo que el de Slith.

 

La angustiosa historia de Thangobrind el joyero, y el funesto destino que le aconteció - Lord Dunsany

Cuando Thangobrind el joyero oyó la ominosa tos, se volvió en seguida hacia aquel angosto camino. Era un ladrón de gran reputación, protegido de los encumbrados y los elegidos, pues lo más pequeño que había robado era un huevo de Moomoo y en toda su vida únicamente robó cuatro tipos de piedras preciosas: Rubíes, diamantes, esmeraldas y zafiros; y como joyero su honradez era enorme. 

Un Príncipe Mercader se había presentado ahora ante Thangobrind y le había ofrecido el alma de su hija a cambio de un diamante más grande que una cabeza humana, que debía encontrarse en el regazo del ídolo-araña Hlo-hlo, en su templo de Moung-ga-ling; pues había oído decir que Thangobrind era un ladrón en el que se podía confiar.

Thangobrind lubricó su cuerpo y salió de su tienda, y recorrió en secreto apartados caminos y llegó tan lejos como Snarp, antes de que alguien supiera que había salido por negocios o echara de menos su espada de su lugar debajo del mostrador.

Por eso únicamente se ponía en marcha de noche, ocultándose de día y dedicándose a sacar brillo al filo de su espada, a la que llamaba Ratón porque era veloz y ágil. 

El joyero utilizaba sutiles métodos para viajar; nadie le vio nunca atravesar los llanos de Zid; nadie le vio llegar a Munrsk o Tlun. ¡Cómo adoraba las sombras! Una vez la luna, asomando de improviso después de una tempestad, había traicionado a un joyero corriente; a Thangobrind no le ocurrió lo mismo: los vigilantes únicamente vieron una figura agachada que gruñía y reía.

No es más que una hiena", dijeron.

En una ocasión le agarró uno de los guardianes de la ciudad de Ag, mas Thangobrind estaba lubricado y se escurrió de sus manos; apenas se oía el paso de sus pies desnudos. Sabía que el Príncipe Mercader esperaba su regreso, sin pegar ojo en toda la noche y reluciente de codicia; sabía que su hija yacía encadenada, gritando noche y día. ¡Ay! Thangobrind lo sabía.

Y si no hubiera estado fuera por negocios, casi se habría permitido una o dos pequeñas sonrisas. Mas el negocio era el negocio, y el diamante que buscaba permanecía todavía en el regazo de Hlo-hlo, donde había estado durante los dos últimos millones de años, desde que Hlo-hlo creara el mundo y le concediera todo excepto aquella piedra preciosa llamada el Diamante del Muerto. 

La joya fue robada a menudo, mas tenía el don de regresar de nuevo al regazo de Hlo-hlo. Thangobrind lo sabía, mas no era un joyero corriente y esperaba burlar a Hlo-hlo, sin darse cuenta de que su ambición y su vehemencia eran sólo vanidad.

¡Cuán ágilmente se deslizó por los pozos de Snood! Ora como un botánico escudriñando el terreno, ora como un bailarín saltando por encima de los desmoronados márgenes. Cuando había oscurecido del todo pasó cerca de las torres de Tor, donde los arqueros disparaban flechas de marfil a los desconocidos para que ningún forastero pudiera alterar sus leyes, las cuales eran malas, mas no tanto como para permitir que fueran alteradas por simples extranjeros. De noche disparaban guiándose por el ruido de los desconocidos al pasar. ¡Oh, Thangobrind, Thangobrind,! ¿Hubo alguna vez un joyero como tú?

Mediante largas cuerdas arrastró tras él dos piedras y los arqueros dispararon a éstas. Tentadora era, en verdad, la trampa que habían dispuesto en Woth: un engaste suelto de esmeraldas en la puerta de la ciudad. 

Mas Thangobrind percibió la cuerda dorada que ascendía por la pared desde cada una de ellas y los pesos que le caerían encima si tocaba alguna, de manera que las abandonó, aunque lamentándose, y finalmente llegó a Theth. 

Allí todos adoraban a Hlo-hlo, aunque, como lo atestiguan los misioneros, permitían creer en otros dioses; mas éstos únicamente servían de piezas en las cacerías de Hlo-hlo, el cual llevaba aureolas, así las llama esa gente, pendientes de los ganchos dorados de su canana. 

Y después de Theth llegó a la ciudad de Moung y al templo de Moung-ga-ling, donde entró y vio al ídolo-araña Hlo-hlo, sentado con el Diamante del muerto reluciendo en su regazo y mirando a todo el mundo como una luna llena, mas una luna llena entrevista por un loco que hubiera dormido demasiado tiempo bajo sus rayos, pues el Diamante del Muerto presentaba un cierto aspecto siniestro que presagiaba cosas que es mejor no mencionar aquí. 

El rostro del ídolo-araña estaba iluminado por aquella fatal gema; no había ninguna otra luz. A pesar de sus chocantes miembros y de aquel cuerpo demoníaco, su rostro estaba sereno y aparentemente inconsciente.

Un leve temor pasó por la mente de Thangobrind, un estremecimiento pasajero nada más: el negocio era el negocio y a él le esperaba el mejor.

Thangobrind ofreció miel a Hlo-hlo y se postró ante él. ¡Oh, qué astuto era! Cuando los sacerdotes salieron furtivamente de la oscuridad para sorber la miel quedaron tendidos sin sentido en el suelo del templo, pues había una droga en la miel ofrecida a Hlo-hlo. 

Y Thangobrind el joyero cogió el Diamante del Muerto, se lo puso a sus espaldas y se alejó del altar; y Hlo-hlo el ídolo-araña no dijo nada, sino que sonrió débilmente mientras el joyero cerraba la puerta. 

Cuando los sacerdotes se sobrepusieron del efecto de la droga que le fue ofrecida a Hlo-hlo con la miel, se precipitaron a una pequeña cámara secreta con vistas a las estrellas y trazaron un horóscopo del ladrón. Algo que vieron en el horóscopo pareció satisfacerles. 

No era propio de Thangobrind regresar por el mismo camino por el que había venido. No, fue por otro camino, si bien éste conducía a la senda angosta, a la mansión de la noche y al bosque de la araña.

Mientras se alejaba con el diamante, la ciudad de Moung se elevaba por detrás de él, balcón sobre balcón, eclipsando a medias a las estrellas. No caminaba tranquilo. No obstante, cuando surgió tras él un ligero golpeteo como de pies de terciopelo, se negó a admitir que fuera lo que él se temía, a pesar de que su instinto comercial le decía que no era bueno que ningún tipo de ruido siguiera de noche a un diamante, y éste era uno de los más grandes que había llegado hasta él en toda su vida comercial.

Cuando llegó a la senda angosta que conduce al bosque de la araña, el joyero se detuvo titubeante; sentía la frialdad y el peso del Diamante del Muerto y los pasos aterciopelados le parecían terriblemente cercanos. Miró tras él: allí no había nadie. Escuchó con atención; ahora no se oía ningún ruido. 

Entonces recordó los gritos de la hija del Príncipe Mercader, cuya alma era el precio del diamante, y sonrió, y siguió adelante resueltamente. En eso, del otro lado de la senda angosta, le miró esa inexorable y equívoca dama cuya mansión es la Noche. Habiendo dejado de percibir el ruido de pasos sospechosos, Thangobrind se sentía ahora más tranquilo. Cuando casi había llegado al final de la senda angosta, la mujer profirió indiferentemente aquella ominosa tos.

La tos era demasiado significativa para no hacer caso de ella. Thangobrind se volvió y vio inmediatamente lo que temía. El ídolo-araña no se había quedado en su casa. El joyero dejó suavemente en el suelo su diamante y sacó su espada llamada Ratón. Y entonces comenzó en la senda angosta aquella famosa lucha, por la cual parecía tener tan poco interés la siniestra anciana cuya morada era la Noche. 

Para el ídolo-araña tan de repente descubierto todo era una horrible broma. Para el joyero era una lúgubre señal. Luchó y jadeó y fue rechazado lentamente a lo largo de la senda angosta, mas todo el tiempo asestó terribles cuchilladas a Hlo-hlo en su ancho y blando cuerpo hasta que Ratón estuvo cubierta de sangre.

Finalmente, la persistente risa de Hlo-hlo fue demasiado para sus nervios e, hiriendo una vez más a su demoníaco enemigo, se dejó caer horrorizado y exhausto junto a la puerta de la morada llamada Noche a los pies de la siniestra anciana, la cual, después de proferir aquella ominosa tos, no volvió a entrometerse en el curso de los acontecimientos. 

Y los que estaban de servicio se llevaron a Thangobrind el joyero a la casa donde colgaban dos hombres y, descolgando de su gancho al que estaba a la izquierda, pusieron en su lugar a aquel aventurado joyero; de manera que cayó sobre él el funesto destino que temía, como todos saben pese a haber pasado tanto tiempo, y de alguna manera se calmó la ira de los envidiosos dioses.

Y la única hija del Príncipe Mercader sintió tan poca gratitud por este magnífico final que adoptó la respetabilidad de un combatiente, se convirtió en una taciturna agresiva, llamó a su hogar la Riviera Inglesa, utilizó una tópica cubretetera de estambre, y al final no murió, sino que desapareció en su residencia.

La novia del hombre caballo - Lord Dunsany

La mañana en que cumplía doscientos cincuenta años, Shepperalk el centauro se dirigió al arca dorada, en donde los centauros guardaban sus tesoros, y cogiendo de ella el amuleto que su padre, Jyshak, había extraído en sus años mozos de la montaña dorada, y engastándolo con ópalos trocados a los gnomos, se lo puso en la muñeca y, sin decir palabra, fue a la cueva de su madre. 

Y también se llevó con él el clarín de los centauros, la famosa trompa de plata, que en su tiempo había conminado a la rendición a diecisiete ciudades de los Humanos, y que durante veinte años había sonado frente a las murallas rodeadas de estrellas en el Sitio de Tholdenblarna, baluarte de los dioses, cuando los centauros libraron su fabulosa guerra y no fueron batidos por las armas, sino que se retiraron lentamente envueltos en una nube de polvo antes de producirse el decisivo milagro de los dioses que aquéllos trajeron ante su desesperante carencia de arsenal propio.

 Tomó su clarín y se alejó a grandes zancadas, y su madre únicamente suspiró y le dejó ir.

Bien sabía ella que Shepperalk no bebería hoy del riachuelo que descendía por las terrazas del Varpa Niger, el valle entre montañas; que hoy no admiraría la puesta de sol, y que más tarde regresaría de nuevo a la cueva al trote, para dormir sobre los juncos arrastrados por ríos que no conocen los Humanos. 

Ella sabía que ahora el clarín estaba al cuidado de él como antaño había estado al cuidado de su padre, y antes de Goom, el padre de Jyshak, y hace mucho tiempo al cuidado de los dioses. Por tanto, únicamente suspiró y le dejó ir. 

Mas él, saliendo de la cueva que constituía su hogar, cruzó por vez primera la escasa corriente y, rodeando los riscos, vio debajo de él la reluciente llanura terrestre. Y el frío viento otoñal, que sacaba brillo al mundo ascendiendo las faldas de la montaña, le golpeó en los desnudos flancos. El centauro levantó la cabeza y resopló.

-¡Ahora soy un hombre-caballo! -gritó en voz alta. Y saltando de risco en risco galopó por valles y abismos, cauces de torrente y crestas de alud, hasta llegar a las sinuosas leguas del llano, dejando tras él para siempre las montañas Athraminaurian.

Su meta era Zretazoola, la ciudad de Sombelenë. Ignoro si la leyenda de la belleza inhumana de Sombelenë, o de su asombroso enigma, ha circulado alguna vez por la llanura terrestre hasta llegar a la fabulosa cuna de la raza de los centauros, las montañas Athraminaurian. 

No obstante, en la sangre humana existe una marea, más bien una corriente marina, que de algún modo se asemeja al crepúsculo, y que nos trae rumores de belleza, aunque sean lejanos, lo mismo que en el mar encontramos madera flotante procedente de islas no descubiertas todavía. 

Esa corriente primaveral que azota la sangre humana procede de la fabulosa cuarta parte de su legendario y antiguo linaje, y nos arrastra a los bosques y a las colinas, y nos hace prestar atención a la vieja canción. 

Así que es posible que en aquellas solitarias montañas más allá de los confines del mundo la fabulosa sangre de Shepperalk concitara rumores que únicamente conoce el etéreo crepúsculo y que sólo se confían secretamente a los murciélagos; pues Shepperalk era más legendario incluso que el hombre. 

Era cierto que desde el principio se dirigió a la ciudad de Zretazoola, donde mora Sombelenë en su templo; no obstante, toda la llanura terrestre, sus ríos y montañas, están situados entre el hogar de Shepperalk y la ciudad que buscaba.

Cuando las patas del centauro tocaron por vez primera la hierba de aquella blanda tierra aluvial, sopló alegremente el cuerno de plata, hizo cabriolas y caracoleó, y brincó durante bastantes leguas. Por un nuevo y hermoso prodigio, su paso parecía el de un caballo que nunca hubiera ganado una carrera, y el viento reía al cruzarse con él. 

Bajaba la cabeza para olfatear las flores, la levantaba para estar más cerca de las invisibles estrellas, se divertía por esos mundos, saltaba los ríos sin perder el ritmo; ¿cómo te explicaría, a ti, que vives en la ciudad, cómo te explicaría lo que el centauro experimentaba al galopar? 

Se sentía fuerte como las torres de Bel-Narana; ligero como esos palacios de finísima gasa que las arañas hadas construyen entre el cielo y el mar en las costas de Zith; veloz como un pájaro corriendo de buena mañana a cantar a las agujas de alguna ciudad antes de que amanezca. Era el compañero declarado del viento. 

Parecía alegre como una canción; los rayos de sus legendarios padres, los dioses primitivos, empezaban a mezclarse con su sangre; sus pezuñas retumbaban. Llegó a las ciudades de los hombres, y todos temblaron al recordar las míticas guerras de la antigüedad, temiendo nuevas batallas que pusieran en peligro a la raza humana. 

Ni siquiera Clío recuerda aquellas guerras; la historia tampoco sabe nada de ellas; ¿y qué? Ninguno de nosotros se ha sentado a los pies de un historiador, mas todos hemos aprendido fábulas y mitos en las rodillas de nuestras madres. Y no hubo nadie que no temiera guerras inesperadas al ver a Shepperalk regatear y saltar por las vías públicas. Así pasó de ciudad en ciudad. 

De noche se tumbaba jadeante en los juncos de alguna marisma o en un bosque; antes de que amaneciera se levantaba triunfante y bebía largamente en algún río a oscuras, y chapoteando en él iba al trote hasta algún lugar alto para contemplar la salida del sol y saludar al astro con los exultantes ecos de su fabuloso cuerno. 

Y contemplaba el sol surgiendo de los ecos, y los llanos iluminados de nuevo por la luz diurna, y las leguas que se prolongaban como una cascada de agua, y ese alegre compañero, el viento que ríe estrepitosamente, y los hombres y sus miedos y sus ciudades. Y después de eso, grandes ríos y yermos y enormes colinas, y tras ellos nuevas tierras y más ciudades, siempre en presencia de ese viejo compañero, el glorioso viento. Pasaba de una región a otra y sin embargo su respiración era uniforme.

-Es maravilloso galopar sobre un buen césped cuando uno es joven -dijo el hombre-caballo, el centauro.

-¡Ja, ja! -dijo el viento procedente de las colinas, y los vientos de la llanura respondieron.

Las campanas repicaron frenéticamente en los campanarios, los sabios consultaron sus pergaminos, buscaron presagios en las estrellas, los ancianos hicieron sutiles profecías.

-¿Verdad que es veloz? -dijeron los jóvenes.

-¡Qué contento está! -dijeron los niños.

Noche tras noche se entregó al sueño, y día tras día galopó hasta llegar a las tierras de los Athalanes, que viven en los confines del llano terrestre; y desde allí llegó de nuevo a tierras legendarias como aquellas en las que fue acunado, al otro lado del mundo, y que, bordeándolo, se mezclan con el crepúsculo. Y entonces un poderoso pensamiento se apoderó de su infatigable corazón, pues sabía que se aproximaba a Zretazoola, la ciudad de Sombelenë.

Cuando llegó era tarde y las nubes, teñidas por el ocaso, cubrían la llanura que se extendía ante él. Siguió galopando en medio de aquella bruma dorada, y cuando ésta le ocultó la visión, recuperó sus ilusiones y examinó románticamente todos aquellos rumores que solían llegarle de Sombelenë.

Ella moraba (decía el anochecer al murciélago en secreto) en un pequeño templo a orillas de un lago solitario. Un bosquecillo de cipreses la protegía de la ciudad, de Zretazoola, la de las sendas ascendentes. Enfrente de su templo se encontraba su tumba, su triste sepulcro lacustre de libre acceso, por temor a que su asombrosa belleza y su eterna juventud pudieran ocasionar una herejía entre los hombres acerca de su inmortalidad: pues sólo su belleza y su linaje eran divinos.

Su padre había sido medio centauro y medio dios. Su madre era hija de un león del desierto y de esa esfinge que vigila las pirámides; era mas mística que Mujer.

Su belleza era como un sueño, como una canción; el sueño de una vida soñada bajo el rocío encantado, la canción cantada a alguna ciudad por un pájaro inmortal arrojado lejos de sus costas originarias por una tormenta del Paraíso. Amanecer tras amanecer sobre montañas de romance, o crepúsculo tras crepúsculo, jamás pudieron igualar su belleza. 

Ni siquiera todas las luciérnagas del mundo o todas las estrellas de la noche conocían su secreto; los poetas nunca la habían cantado ni el anochecer adivinaba su significado; la mañana la envidiaba; permanecía oculta a los amantes.

No estaba casada, ni la habían cortejado nunca.

Los leones no la cortejaban porque temían su fuerza, y los dioses no se atrevían a amarla porque sabían que debía morir.

Eso fue lo que el anochecer había susurrado al murciélago, el sueño que anidó en el corazón de Shepperalk mientras galopaba a ciegas en medio de la bruma. Y de repente, a sus pies, en la oscuridad de la llanura, apareció la hendidura en las legendarias tierras, y Zretazoola resguardaba en ella, tomando el sol al atardecer.

Astuta y velozmente bajó dando saltos por el extremo superior de la hendidura y, entrando en Zretazoola por la puerta exterior que mira a las estrellas, súbitamente galopó por sus estrechas calles. En la antigua canción se hablaba de los muchos que salieron precipitadamente a los balcones cuando él pasó con gran estrépito, de los muchos que asomaron la cabeza por sus relucientes ventanas. 

Shepperalk no tardó en saludarles o en responder a los desafíos de sus fortalezas militares; bajó hacia la entrada de la tierra como el rayo de sus padres y, como un leviatán que hubiese saltado sobre un águila, entró en el agua que había entre el templo y la tumba.

Subió los escalones del templo al galope y con los ojos semicerrados, viendo únicamente a través de las pestañas, y todavía no deslumbrado por su belleza, cogió a Sombelenë por el pelo y se la llevó a la fuerza. Y, saltando con ella por encima de la sima sin fondo donde las aguas del lago desaparecen olvidadas en aquel boquete del mundo, se la llevó no sabemos dónde, para convertirla en su esclava durante los siglos que todavía les sean concedidos a los de su raza.

Tres veces tocó aquel cuerno de plata que constituye el más antiguo tesoro de los centauros. Esas fueron sus campanadas nupciales.

La probable aventura de tres hombres de letras - Lord Dunsany

Cuando los nómadas llegaron a El Lola lo hicieron sin sus canciones y la cuestión de robar la caja dorada se planteó en toda su magnitud. Por una parte, muchos de ellos habían buscado la caja dorada, que (como los etíopes saben) es un receptáculo de poemas de fabuloso valor; y su funesto destino es todavía plática usual en Arabia. Por otra parte, era triste sentarse de noche alrededor del fuego de campamento sin nuevas canciones.

Fue la tribu de Hetch la que discutió estas cuestiones un atardecer en los llanos bajo la cumbre de Mluna. Su tierra natal había sido la vía a través del mundo de inmemoriales nómadas; y a los más viejos de ellos les inquietaba que no hubiera nuevas canciones. 

Mientras tanto, insensible a las inquietudes humanas y, hasta ahora, a la noche que estaba ocultando los llanos, la cumbre de Mluna, en calma al resplandor del crepúsculo, miraba hacia la Tierra Incierta. Y fue en el llano que hay en la ladera conocida de Mluna donde, en el preciso momento en que la estrella vespertina aparecía como un ratón y las llamas del fuego de campamento elevaban sus aislados penachos humeantes desanimadas por alguna canción, los nómadas planearon precipitadamente aquel imprudente proyecto que el mundo conoció como La Búsqueda De La Caja Dorada.

Ninguna otra precaución más acertada podían haber tomado los más ancianos de los nómadas que la de decidir que su ladrón fuera el propio Slith, aquel mismo ladrón que (como he escrito) ganó por la mano al rey de Westfalia en tantas aulas regentadas por institutrices. No obstante, era tal el peso de la caja que deberían acompañarle otros, y Sippy y Slorg eran ladrones no menos ágiles que los que hoy en día pueden encontrarse entre los vendedores de antigüedades.

Así es que al día siguiente los tres ascendieron las estribaciones del Mluna y durmieron en sus nieves tan bien como pudieron, antes que arriesgarse a pasar la noche en los bosques de la Tierra Incierta. Y amaneció un día radiante y los pájaros se hartaron de cantar, mas la selva de abajo y el yermo de más allá y los pelados y ominosos riscos presentaban un indecible aspecto amenazador.

Aunque tenía veinte años de experiencia como ladrón, Slith hablaba poco; únicamente cuando alguno de los otros dos hacía rodar una piedra con su pie, o, más tarde en la selva, cuando alguno de ellos pisaba una rama, les decía bruscamente en voz baja siempre las mismas palabras: "eso no está bien". Sabía que en dos días de viaje no podía convertirlos en mejores ladrones, y, cualesquiera que fueran las dudas que tuviera, no interfería más.

Desde las estribaciones del Mluna descendieron a los bancos de nubes, y de éstos a la selva, cuyas bestias autóctonas, como tan bien sabían los tres ladrones, comían todo tipo de carne ya fuera de pez o de humano. Allí cada uno de los ladrones sacó un dios de su bolsillo y suplicó protección en el infortunado bosque, esperando tener así una triple posibilidad de escapar de semejante lugar, ya que si uno de ellos era devorado seguramente lo serían los otros dos, mas confiaban en que también fuera cierto el corolario, y todos podrían escapar si uno de ellos lo conseguía. 

Ninguno de los tres supo si alguno de esos dioses fue propicio y actuó, o si lo fueron los tres, o si fue la casualidad la que les salvó de ser devorados en la selva por bestias odiosas; mas desde luego, ni los emisarios del dios que más temían, ni la ira del dios local de aquel ominoso lugar, ocasionaron la inmediata perdición de los tres aventureros.

Así que llegaron al Brezal Retumbante, en el corazón de la Tierra Incierta, cuyos borrascosos altozanos se debían a la ondulación del terreno y a la erosión del terremoto, en calma durante algún tiempo.

Algo tan enorme que parecía increíble que se pudiera mover tan despacio avanzaba majestuosamente a su lado, y lograron pasar tan desapercibidos que una palabra resonó en la imaginación de los tres: "Si... si... si...". Y cuando este peligro al fin pasó, siguieron de nuevo su camino cautelosamente y pronto vieron al pequeño e inofensivo mipt, medio elfo mitad gnomo, profiriendo estridentes y alegres chillidos en los confines del mundo. 

Y se alejaron poco a poco para no ser vistos, pues decían que la curiosidad del mipt había llegado a ser fabulosa y que, aunque inofensivo, le disgustaban los secretos. No obstante, probablemente les repugnaba la forma en que el mipt hozaba los huesos de los muertos, aunque no reconocieran su aversión, ya que no es propio de aventureros preocuparse por quién roerá sus huesos.

Sea como fuere, se alejaron del mipt y casi al mismo tiempo llegaron al árbol marchito, meta de su aventura, sabiendo que junto a ellos se encontraba la grieta en el Mundo y el puente entre lo Malo y lo Peor, y que debajo de ellos se levantaba la casa del Dueño de la Caja.

Éste era su sencillo plan: introducirse en el pasadizo del precipicio superior; bajar corriendo por él en silencio (por supuesto descalzos), teniendo en cuenta la advertencia a los viajeros grabada en la piedra, que los intérpretes toman por "Es Mejor No..."; no tocar las bayas que por algún motivo están allí, en el flanco derecho según se desciende; llegar de esa manera hasta el guardián que ha estado dormido en su pedestal durante mil años y todavía duerme; y, por fin, entrar por la ventana abierta. 

Uno debía esperar fuera junto a la grieta en el Mundo hasta que los otros dos salieran con la caja dorada y, si estos pedían ayuda, aquél debía amenazar inmediatamente con soltar la grapa de acero que sujeta la grieta. Cuando obtuvieran la caja deberían correr toda la noche y el día siguiente hasta que los bancos de nubes que cubren las laderas del Mluna se interpusieran completamente entre ellos y el Dueño de la Caja.

La puerta del precipicio estaba abierta. Dirigidos hasta el final por Slith, descendieron los fríos peldaños. Cada uno de ellos lanzó una impaciente mirada a las hermosas bayas. El guardián seguía durmiendo en su pedestal. Slorg subió por una escala, que Slith sabía dónde encontrar, hasta la grapa de acero del otro lado de la grieta en el Mundo, y aguardó junto a ella con un escoplo en la mano, permaneciendo atento a cualquier adversidad. 

Mientras tanto, sus amigos se introdujeron en la casa, sin que se oyera ningún ruido. Slith y Sippy pronto encontraron la caja dorada: todo parecía suceder como ellos lo habían planeado; solamente quedaba por comprobar si era la que buscaban y ver la forma de escapar con ella de aquel espantoso lugar. 

Al abrigo del pedestal, tan próximos al guardián que podían sentir su calor, que paradójicamente helaba la sangre de los más intrépidos, rompieron el cierre de esmeraldas y abrieron la caja dorada; y allí, a la luz de ingeniosos destellos que Slith sabía cómo conseguir, inspeccionaron el contenido, procurando tapar con sus cuerpos tan escasa luz. 

Cuál no sería su alegría, incluso en aquellos peligrosos momentos, cuando descubrieron, mientras acechaban entre el guardián y el abismo, que la caja contenía quince odas sin par en verso alcaico, cinco sonetos, con mucho los más hermosos del mundo, nueve baladas al estilo provenzal que no tenían parangón en todo el florilegio de la humanidad, un poema dedicado a una polilla en veintiocho estrofas perfectas, una muestra en verso libre de unas cien líneas de un nivel que no consta que el hombre haya alcanzado todavía, así como quince poemas líricos a los que ningún mercader se atrevería a poner precio. 

De buena gana habrían vuelto a leer estos tesoros, ya que hacían saltar las lágrimas y traían recuerdos de cosas agradables de nuestra infancia y melodiosas voces de lejanos sepulcros; mas Slith señaló imperiosamente el camino por el que habían venido. La luz se extinguió y Slorg y Sippy suspiraron y luego cogieron la caja.

El guardián dormía todavía su sueño milenario.

Cuando salieron vieron aquella indulgente silla junto a los confines del Mundo en la que el Dueño de la Caja se había sentado últimamente para leer interesadamente y en solitario los más hermosos versos y canciones que jamás soñara poeta alguno.

Llegaron en silencio al pie de las escaleras; entonces aconteció que, al acercarse a un sitio seguro, en la hora más secreta de la noche, una mano encendió una escandalosa luz en una cámara alta sin hacer ningún ruido.

Al principio parecía tratarse de una luz corriente, aunque fatal en un momento como éste; mas cuando empezó a seguirles como un detective y a enrojecer cada vez más mientras les vigilaba, entonces desapareció su optimismo.

Muy imprudentemente, Sippy intentó huir, y Slorg, con similar imprudencia, trató de esconderse. Mas Slith, sabiendo muy bien por qué habían encendido una luz en aquella cámara secreta y quién la había encendido, saltó por encima de los confines del Mundo y todavía está cayendo a través de la negrura sin reverberación del abismo.