INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta pensión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pensión. Mostrar todas las entradas

La cama - Iban Zaldua

En realidad no podía llamársele cama: era un jergón desvencijado, relleno de paja y lana, delgado, envuelto en sábanas que la señora Luisa lavaba cada dos semanas, con aspecto de estar siempre sucio y casi aplastado entre los otros dos camastros que llenaban la habitación. Otra particularidad de aquella cama, bastante común en aquellos días, era que siempre estaba caliente. Y eso llega a ser agradable, sobre todo en invierno. 

La señora Luisa no permitía a sus inquilinos calentar un ladrillo en la estufa de carbón para meterlo entre las sábanas, bien envuelto en trapos: solía argüir que no quería que le quemasen la poca ropa de cama que tenía. No había quejas porque, en realidad, el ladrillo resultaba, salvo en las noches más crudas del invierno, superfluo.

Amancio compartía aquel lecho con otros dos obreros de su fábrica, obreros de los que apenas sabía nada porque, obviamente, trabajaban en turnos distintos al suyo. Del que iba a despertar, conocía los gruñidos abotargados y un hombro hirsuto y fuerte (el que agitaba cuando quería sacarlo del sueño); del otro, del que trataba a su vez de despabilarlo, su olor a sudor y a antracita, y una voz pesada, apremiante y desagradable. 

No tuvo muchas oportunidades de conocerlos fuera del trabajo: los domingos y otros días festivos solía llegarse hasta Bilbao y no creía que los que compartían su cama fueran a los sitios que él frecuentaba. Amancio tampoco pareció mostrar nunca el menor interés por saber quiénes eran. 

La señora Luisa, que apreciaba los chismes y la conversación (sobre todo si nadie la interrumpía), opinaba que Amancio era de esos engreídos que, aunque recién llegados del campo, pensaban que no iban a pasar en su casa más que unos pocos días, unas semanas a lo sumo, que enseguida iban a ahorrar para el alquiler de una vivienda pequeñita, o de un cuarto bien ventilado, si acaso. Cada mes de más que pasara Amancio en su casa suponía un pequeño triunfo para ella. Qué se había creído aquel pueblerino.

La vida de Amancio transcurría entre la fábrica, la cantina y aquella cama. El paseo de los domingos no era más que una interrupción que apenas alteraba el lento transcurrir de la semana. Una noche, sin embargo, encontró entre sus sábanas un paquete dentro del cual parecían crujir unos papeles. En la oscuridad, no pudo ver lo que contenía, así que lo guardó bajo la cama y se durmió preguntándose si aquello tendría que ver con el hecho de que el ocupante del turno anterior se hubiera levantado tan deprisa; como si no hubiera conciliado el sueño durante sus horas de descanso. 

A la luz de la madrugada, fuera de la pensión, pudo ver de qué se trataba. Una nota, escrita en letras de molde, decía: «Me han dicho cómo te portaste en el asunto del capataz. Eres el único en quien podemos confiar. Repártelos entre los de tu turno. Salud». 

Los pasquines del paquete podían costarle el trabajo, e incluso la cárcel, si se los encontraban encima. Ni siquiera supo cómo los repartió: todavía hoy duda de que mucha gente los leyera, porque los fue dejando en los rincones más oscuros e inverosímiles de la planta. Amancio tuvo tanto miedo, además, que echó la mitad al horno, cuando nadie miraba. 

Los siguientes días no le dejaron nada en el camastro. A veces, cuando se tropezaba en el cuarto con alguno de los que llegaban o de los que se iban, creía notar una mano que le apretaba, durante un breve segundo, el brazo, pero no hubiera podido asegurarlo con certeza.

Casi un mes más tarde, se encontró otro paquete, más voluminoso esta vez. Ni siquiera se preocupó de comprobar el contenido de los panfletos. La nota era escueta e imperativa. Esa vez aprovechó mejor los descansos y la distribución fue algo más amplia —por lo menos, destruyó algunas proclamas menos que la vez anterior—. 

Dos días después, tras una gran asamblea, la fábrica se declaraba en huelga, en solidaridad con los despedidos de la cuenca minera. La noche anterior a la huelga, aquel obrero anónimo que le dejaba la cama tan calentita le susurró, al marcharse: «Muy bien». Él ni siquiera le dio las gracias. Estaba demasiado cansado.

Las cosas no se precipitaron inmediatamente. La lentitud de los acontecimientos irritaba ligeramente a Amancio. Los paquetes menudeaban pero, eso sí, todos los viernes encontraba, bajo la almohada, un ejemplar de El Obrero, con la tinta aún fresca. Lo leía a escondidas, los domingos. Cuando volvía de Bilbao, ya no lo traía consigo.

Amancio nunca llegó a conocer a los del grupo. Eso le preocupó, por lo menos al principio. ¿Sería que no confiaban en él? ¿No había cumplido, fielmente, con aquellos peligrosos encargos? Se tranquilizaba un poco pensando que, probablemente, se trataba de elementales normas de seguridad. 

No se atrevía a dejarle una nota a su desconocido corresponsal porque no sabía si el tercer turnista era de confianza. Tampoco creía prudente pasársela a cualquiera de esas sombras con que se cruzaba todas las noches, una de las cuales, muy raramente, le decía algo. 

Desde que había empezado todo, para cuando llegaba, la cama estaba vacía, aunque aún caliente, y él podía ser cualquiera de los que se afanaban en vestirse en la penumbra del cuarto. No sabía ni un nombre, ni un apodo: sus camaradas no tenían rostro. Sin embargo, no creía que estuviesen descontentos con él. Seguían haciéndole encargos. 

Leía con atención las páginas de El Obrero y creía encontrar guiños de complicidad cuando en algún breve se mencionaba «La extraordinaria solidaridad de los trabajadores del segundo turno…» o que: «La manifestación partió de la sala de calderas de la fábrica, a la que luego se unieron, como afluentes de un poderoso río, proletarios venidos de todas partes…».

Amancio ni siquiera acudió a la única cita que concertaron con él. Le picaba la curiosidad, desde luego, pero no le pareció prudente. Hacía tiempo que «Madrugador» —así lo había bautizado, en su fuero interno— no le escribía una nota. Fue lo primero que encontró en su cama aquella noche. Debajo de la nota había un paquete, y no era de pasquines. Una forma fría y pequeña se adivinaba bajo el envoltorio de estraza. 

Camino de la fábrica confirmó lo que sabía a medias: un revólver Star, nuevo, un día, el domingo, una hora, las tres, y un lugar, el muelle. Amancio rebuscó en su memoria y recordó las graves acusaciones que, desde hacía unas semanas, lanzaba El Obrero contra uno de los ingenieros del puerto. Estaba casi seguro. Iban a matar al ingeniero.

La noche del sábado durmió mal, y el domingo madrugó más que de costumbre, para darse el paseo hasta Bilbao. Apenas disfrutó del paisaje, ni del viento, suave y casi cálido. La pistola le helaba la pierna; temía que se descosiese el bolsillo del pantalón y se le cayese en cualquier momento. 

Ya en Bilbao, en vez de tomarse el primer café junto a la iglesia de San Nicolás, como solía, se dirigió directamente a la comisaría y, sin pararse a hablar con nadie, se llegó hasta el despacho del señor Blázquez y le entregó la pistola y la nota garrapateada. 

Le informó sobre sus sospechas y se lamentó por no saber cuántos más acudirían. El señor Blázquez, que habitualmente se mostraba ceñudo, le felicitó e incluso llegó a palmearle el hombro. Le dijo que cogerían a los que pudiesen y que, por cierto, no creía que le conviniese volver, ni por la pensión ni por la fábrica.

La detención del grupo fue, durante los días siguientes, la comidilla del pueblo. Doña Luisa no podía creérselo, aquel muchacho tan serio. ¡Con pistolas, con dinamita! En la plaza, las tenderas la notaban contrariada, seguramente, pensaban, por haber perdido aquel cliente. «Más de un cliente», mencionó una de las fruteras. «Será por las cucarachas», reían. «¡La muy avara!». 

Pero en esto se equivocaban, porque a doña Luisa no le iba a costar nada encontrar nuevos inquilinos: no paraban de llegar. Le molestaba más que Amancio, que no figuraba en las listas de detenidos, hubiera desaparecido sin dejar ni rastro. Estaba segura, muy a su pesar, de que había progresado más de lo que ella hubiera deseado. El giro que recibió, a los pocos días del suceso, saldando la semana que había dejado sin pagar cuando se fue, y añadiendo una jugosa propina, no hizo sino confirmar sus peores temores. ¡Un pueblerino como aquel!

El canario - Katherine Mansfield

¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo y, sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: «Antes allí debía de colgar una jaula». Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo.

...No te puedes figurar cómo cantaba. Su canto no era como el de los otros canarios, y lo que te cuento no es solo imaginación mía. A menudo, desde la ventana, acostumbraba observar a la gente que se detenía en el portal a escuchar; se quedaban absortos, apoyados largo rato en la verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te parecerá absurdo, pero si lo hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía el efecto de que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un final.

Por ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de la casa, y después de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la baranda a coser: él solía saltar de una percha a otra, dar golpecitos en los barrotes para llamarme la atención, beber un sorbo de agua como suelen hacer los cantantes profesionales, y luego, de repente, se ponía a cantar de un modo tan extraordinario, que yo tenía que dejar la aguja y escucharlo. 

No puedo darte idea de su canto, y a fe que me gustaría poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo sentía que comprendía cada nota de sus modulaciones.

¡Lo quería! ¡Cuánto lo quería! Quizá en este mundo no importa mucho lo que uno quiere, pero hay que querer algo. Mi casita y el jardín siempre han llenado un vacío, sin duda; pero nunca me han bastado. Las flores son muy agradecidas, pero no se interesan por nuestra vida. 

Hace tiempo quise a la estrella del atardecer. ¿Te parece una tontería? Solía sentarme en el jardín, detrás de la casa, cuando se había puesto el sol, y esperar a que la estrella saliera y brillara sobre las ramas oscuras del árbol de la goma. Entonces le murmuraba: «¿Ya estás aquí, amor mío?». Y en aquel instante parecía brillar solo para mí. Parecía que lo comprendiera...; algo que es nostalgia y, sin embargo, no lo es. 

O quizá el dolor de lo que uno echa de menos; sí, era este dolor. Pero ¿qué era lo que echaba de menos? He de agradecer lo mucho que he recibido.

...Pero, en cuanto el canario entró en mi vida, olvidé a la estrella del atardecer: ya no me hacía falta. Y aquello ocurrió de una manera extraña. Cuando el chino que vendía pájaros se detuvo delante de mi puerta y levantó la jaulita donde el canario, en vez de sacudirse como hacían los dorados pinzones, lanzó un débil y leve gorjeo, me sorprendí a mí misma diciéndole:

—¿Ya estás aquí, amor mío?

Desde aquel instante fue mío.

...Aún me asombra ahora recordar cómo él y yo compartíamos nuestras vidas. En cuanto por la mañana quitaba el paño que cubría su jaula, me saludaba con una pequeña nota soñolienta. Yo sabía que quería decirme: «¡Señora! ¡Señora!». Luego lo colgaba afuera, mientras preparaba el desayuno de mis tres muchachos pensionistas, y no lo entraba hasta que volvíamos a estar solos en casa. 

Más tarde, en cuanto terminaba de lavar los platos, empezaba una verdadera diversioncita nuestra. Solía poner una hoja de periódico en la mesa, y, cuando colocaba la jaula encima, el canario sacudía las alas desesperadamente como si no supiera lo que iba a ocurrir.

—Eres un verdadero comediante —le decía riñéndolo.

Le frotaba el plato de la jaula, lo espolvoreaba de arena limpia, llenaba de alpiste y de agua los recipientes, ponía entre los barrotes unas hojas de pamplina y medio chile. Y estoy segura de que él comprendía y sabía apreciar cada detalle de esta ceremonia. ¿Comprendes? Era, de natural, de una pulcritud exquisita. 

En su percha jamás había una mancha. Y solo viendo cómo disfrutaba bañándose se comprendía que su gran debilidad era la limpieza. Lo que yo ponía por último en la jaula era el envase en que se bañaba. Y al momento se metía en él. Primero sacudía un ala, luego la otra, después zambullía la cabeza y se remojaba las plumas del pecho. 

Toda la cocina se iba salpicando de gotas de agua, pero él no quería salir del baño. Yo solía decirle: «Es más que suficiente. Lo que quieres ahora es que te miren».

Y por fin, de un salto, salía del agua, y sosteniéndose con una pata se secaba con el pico, y al terminar se sacudía, movía las alas, ensayaba un gorjeo y levantando la cabeza... ¡Oh! No puedo ni siquiera recordarlo. Yo acostumbraba limpiar los cuchillos mientras tanto; me parecía que también los cuchillos cantaban a medida que se volvían relucientes.

...Me hacía compañía, ¿comprendes? Eso es lo que me hacía. La compañía más perfecta. Si has vivido sola, sabrás lo inapreciable que eso puede ser. Sin duda tenía también a mis tres muchachos que venían a cenar, y a veces se quedaban en casa leyendo los periódicos. 

Pero no podía suponer que ellos se interesaran en los detalles de mi vida cotidiana. ¿Por qué se iban a interesar? Yo no significaba nada para ellos: tanto es así, que una noche, en la escalera, oí que, hablando de mí, me llamaban «el adefesio». No importa. No tiene importancia, la más mínima importancia. Lo comprendo bien. Ellos son jóvenes. ¿Por qué me iba a incomodar? 

Pero me acuerdo de que aquella noche me consoló pensar que no estaba sola del todo. En cuanto los muchachos salieron, le dije a mi canario: «¿Sabes cómo la llaman a tu señora?». Y él ladeó la cabeza y me miró con su ojito reluciente, de tal forma que tuve que reírme. Parecía como si le hubiese divertido aquello.

...¿Has tenido pájaros alguna vez?... Si no has tenido nunca, quizá todo esto te parezca exagerado. La gente cree que los pájaros no tienen corazón, que son fríos, distintos de los perros y los gatos. Mi lavandera solía decirme cuando venía los lunes: «¿Por qué no tiene un fox-terrier bonito? No consuela ni acompaña un canario». No es verdad, estoy segura.

Me acuerdo de una noche que había tenido un sueño espantoso (a veces los sueños son terriblemente crueles) y, como al cabo de un rato de haberme despertado no conseguía tranquilizarme, me puse la bata y bajé a la cocina para beber un vaso de agua. Era una noche de invierno y llovía mucho. 

Supongo que aún estaba medio dormida; pero, a través de la ventana sin postigo, me parecía que la oscuridad me miraba, me espiaba. Y de pronto sentí que era insoportable no tener a nadie a quien poder decir: «He soñado un sueño horrible» o «Protégeme de la oscuridad». 

Estaba tan asustada, que incluso me tapé un momento la cara con las manos. Y luego oí un débil «¡Tui-tuí!». La jaula estaba en la mesa, y el paño que la cubría había resbalado de forma que le entraba una rayita de luz. «¡Tui-tuí!», volvía a llamar mi pequeño y querido compañero, como si dijera dulcemente: «Aquí estoy, señora mía: aquí estoy». Aquello fue tan consolador que casi me eché a llorar.

...Pero ahora se ha ido. Nunca más tendré otro pájaro, otro ser querido. ¿Cómo podría tenerlo? Cuando lo encontré tendido en la jaula, con los ojos empañados y las patitas retorcidas, cuando comprendí que nunca más lo oiría cantar, me pareció que algo moría en mí. 

Sentí un vacío en el corazón como si fuera la jaula de mi canario. Me iré resignando, seguramente: tengo que acostumbrarme. Con el tiempo todo pasa, y la gente dice que yo tengo un carácter jovial. Tienen razón. Doy gracias a Dios por habérmelo dado.

Sin embargo, a pesar de que no soy melancólica y de que no suelo dejarme llevar por los recuerdos y la tristeza, reconozco que hay algo triste en la vida. Es difícil definir lo que es. No hablo del dolor que todos conocemos, como son la enfermedad, la pobreza y la muerte, no: es otra cosa distinta. 

Está en nosotros profunda, muy profunda: forma parte de nuestro ser al modo de nuestra respiración. Aunque trabaje mucho y me canse, no tengo más que detenerme para saber que ahí está esperándome. A menudo me pregunto si todo el mundo siente eso mismo. ¿Quién lo puede saber? Pero ¿no es asombroso que, en su canto dulce y alegre, era esa tristeza, ese no sé qué lo que yo sentía?

Primera Línea - Carlos Gardini

 El cielo es un caldo rojo cruzado por tajos blancos. Colores sucios vibran en la nieve sucia. El ruido es una inyección en el cerebro.

Acurrucado en un pozo de zorro, el soldado Cáceres no tiene miedo. Piensa que el espectáculo vale la pena aunque el precio sea el miedo. De pronto es como si le sacaran la inyección, dejándole un hueco doloroso.

Un ruido se desprende del ruido. Un manotazo de tierra y nieve sacude al soldado Cáceres. Un silencio gomoso le tapa los oídos.

Cuando abre los ojos, el cielo es blanco, hiriente, liso. Y el silencio sigue, un silencio puntuado por ruidos goteantes, quebradizos: pasos, voces, instrumentos metálicos. El suelo es blando. El suelo es una cama, una cama en un cuarto de hospital. Un tubo de plástico le llega al brazo. Le duelen las manos.

Un médico joven se le acerca mirándolo de reojo.

- Quedáte tranquilo - le dice -. Te vas a poner bien.

- Mis manos - dice el soldado Cáceres -. Cómo están mis manos?

El médico tuerce la boca.

- No están - dice, sonriéndole a un jarrón con flores marchitas -. No están más.

No era lo único que había perdido.

 

Los días en el hospital eran largos, un corredor de sombras perdiéndose en un hueco negro. El hueco estaba lejos. Inmovilizado en la silla de ruedas, él no podía alcanzarlo. El corredor era opaco como un vidrio de botella, y detrás del vidrio había sombras. A veces las sombras se le acercaban, y adquirían un perfil borroso. Los rasgos se les deformaban cuando se apoyaban en el vidrio, y las voces sonaban distantes, voces envueltas en algodón.

Hoy tenés un plato especial, le decía una sombra. Pollo. ¿Querés que te guarde una pata de más? Y la sombra le guiñaba el ojo, le acariciaba el pelo a través del vidrio opaco. El soldado Cáceres miraba la manta que lo cubría de la cintura para abajo. Una pata de más, repetía estúpidamente.

O bien la sombra se le acercaba para ofrecerle un cigarrillo. El soldado Cáceres alzaba los muñones de los brazos, y la sombra, pacientemente, le ponía el cigarrillo en la boca, se lo prendía, lo compartía. Poco a poco el vidrio se resquebrajó. Alicia, le dijo una sombra un día, me llamo Alicia. Y la voz ya parecía de este mundo, un mundo donde los relojes sonaban y el tiempo transcurría. Alicia le contaba anécdotas de otros heridos de guerra, y de cómo se habían curado. O de cómo no se habían curado, él no hablaba nunca.

Cuando estuvo mejor (o eso le dijeron, que estaba mejor) pasaba el día frente al ventanal. Estaba en un piso alto, y mirando desde el ventanal veía el movimiento de afuera. El movimiento eran camiones militares cargando ataúdes, helicópteros descargando cadáveres y heridos en el parque, jeeps que entraban y salían, grupos de mujeres sin uniforme que traían paquetes y flores, pero el movimiento no era movimiento porque le faltaba el ruido. Sin el vidrio del ventanal habría ruido, pero siempre habría más y más vidrios aislándolo del ruido verdadero, la inyección en el cerebro. En medio del parque ondeaba la bandera. Nunca colgaba del mástil.

Siempre había viento, y siempre ondeaba. El soldado Cáceres miraba la bandera y buscaba en su memoria, buscaba algo que lo arrancara del sopor, algo que rompiera todos los vidrios. Un día recordó la letra de “Aurora” y le causó gracia. Le causó tanta gracia que cuando Alicia pasó por el corredor el soldado Cáceres se echó a reír.

- Veo que estás mejor - dijo Alicia, acercándose.

- Cuándo me muero - dijo el soldado Cáceres, poniéndose serio de golpe. No se sabía si era una pregunta, o qué.

 

Tenía que seguir viviendo. Eso decían, tenía que seguir viviendo. Cuando pensaba que tenía que seguir viviendo se preguntaba cuál era la parte amputada, si él, eso que quedaba de él, puro muñón, o las piernas o las manos perdidas. Qué le habían serruchado a qué? Había descubierto que uno era cosas que podían dejar de ser uno. Esas cosas no eran uno cuando se pudrían bajo la lluvia o la nieve en un fangal sanguinolento o entre desechos de hospital. O sí eran uno? Cuál era la parte mutilada? Cuál era él? Que él estuviera vivo y las otras partes muertas no era suficiente diferencia.

Era un misterio, y cuando pensaba en el misterio sentía ganas de llorar, y cuando lloraba pensaba en sus piernas, que al menos tendrían la suerte de no llorar por lo que les faltaba.

A veces recordaba a las mujeres. Veía enfermeras en el corredor, algunas atractivas, y pensaba en las mujeres. Imaginaba bocas, labios de vulva entreabriéndose, superficies húmedas.

Un día Alicia le puso un cigarrillo en los labios, le acarició el pelo traviesamente, le acomodó la manta bajo la cintura y por primera vez lo miró a los ojos.

- ¿Cómo está mi bebé? - le dijo -. Hoy tenés mejor cara. - No terminaba nunca de acomodarle la manta.

El la miró entre confundido y avergonzado.

- Perdonáme - dijo.

- ¿Perdonáme qué?

- Yo no puedo.

- ¿No podés qué? - dijo ella.

De golpe abrió la boca como quien recuerda algo, lo miró con severidad, tal vez con asco. Suspiró, dio media vuelta y se fue por el corredor.

El soldado Cáceres la siguió con los ojos, y no supo si él no había entendido. No supo qué no había entendido. Lloraba, y a través de las lágrimas vio de nuevo el vidrio, cada vez más grueso pero menos opaco.

Los otros ya no eran sombras. Tenían peso y consistencia, y tenían más peso y consistencia que él. Quería recordar, pero sólo encontraba hilachas de recuerdos humillantes. Un chico roba una revista de un quiosco, y lo sorprenden. El quiosquero no lo castiga, no lo denuncia, sólo dice que no te pesque otra vez. Cuando el chico vuelve al quiosco para comprar el diario para sus padres, sufre de nuevo la vergüenza, pues no sabe que para el quiosquero es sólo una travesura olvidada.

¿Cómo purificaría esos recuerdos, cómo les daría una forma que coincidiera con el dibujo acabado de una personalidad, algo que fuera sólido y no simplemente ridículo? Ahora todos los recuerdos serían así. La mirada de Alicia sería siempre un reproche, un que no te pesque otra vez. Ahora siempre se recordaría como ridículo, una cosa sin forma rebotando en un mundo de gente sólida. Un día estaba acurrucado en su pozo de zorro.

Siempre había tenido miedo, y había hablado del miedo con sus compañeros, pero ese día no tenía miedo, o estaba dispuesto a pagar el precio del miedo, y una bomba lo había despedazado. Era ridículo y doloroso, y ni siquiera había heroísmo, sólo una absurda falta de miedo.

Estaba mirando por el ventanal, viendo cómo los helicópteros aterrizaban en cámara lenta en medio del viento, y pensando nunca más, y preguntándose nunca más qué, cuando se le acercó un oficial. Al oficial le faltaba una pierna, y la cara era vagamente familiar. El soldado Cáceres recordó que lo había visto varias veces en el hospital, hablando con otros pacientes.

- ¿Cómo va eso? - dijo el oficial, acercando una silla de metal pintada de blanco y sentándose a su lado. Manejaba la muleta como un arma, como un privilegio.

Cómo va qué, pensó el soldado Cáceres, pero no dijo nada. Sonrió vagamente, como diciendo ahí anda. Era un oficial de reclutamiento de los grupos especiales MUTIL. El soldado Cáceres miró la insignia del brazo izquierdo. Entonces notó que estaba la manga, pero no el brazo.

El oficial le habló pausadamente. Sin duda él había oído hablar de las unidades MUTIL, aunque no las hubiera visto en combate. El soldado Cáceres sí las había visto en combate, pero no lo aclaró. Sabía que MUTIL era una sigla, dijo. Móvil Unitario Táctico Integral para Lisiados, explicó el oficial, y se lo escribió en un papel. Después le preguntó si tenía interés. El soldado Cáceres no respondió, y el oficial no repitió la pregunta. Siguió hablando. Mientras él hablaba, el soldado Cáceres pensaba en el ruido, y también pensaba en mujeres. También pensaba que el oficial no le había preguntado cómo se llamaba, e inexplicablemente eso lo deprimió.

- Acepto - dijo de golpe.

El oficial lo miró sorprendido, cortado en medio de una frase. Al fin sonrió y se levantó.

No tuvo el reflejo embarazoso de querer darle la mano. Le palmeó el hombro.

- Sólo una cosa - dijo de pronto, como si acabara de recordarlo -. ¿Usted no es judío, verdad? ¿Cómo dijo que se llamaba?

El soldado Cáceres, aliviado, le dijo cómo se llamaba.

- Bien, Cáceres. Le haré llegar los formularios.

El mes siguiente ingresó en un campo de adiestramiento MUTIL. Llegó en un ómnibus militar junto con otra tanda de mutilados dados de alta en el hospital. Todos tenían una franja de tela blanca en el pecho, con el apellido en rojo sobre la tela verde oliva. El rojo los identificaba como miembros de la fuerza especial. Los mandos del ómnibus estaban adaptados para lisiados. El chofer era un suboficial con las piernas inutilizadas.

Reía constantemente, y tenía la radio prendida. Por la radio pasaban un programa preparado especialmente por el enemigo. Una locutora de voz dulzona elogiaba el valor de los soldados que creían combatir por su patria, engañados por un gobierno inescrupuloso.

Elogiaba su valor, pero les decía que no valía la pena. Para ellos la guerra estaba perdida. El suboficial subía y bajaba el volumen continuamente, como si quisiera despedazar esa voz. Después venían segmentos de música folklórica, y el suboficial tarareaba convulsivamente. Cuando llegaron al campo de adiestramiento, apagó la radio.

- Estamos llegando, chicos - anunció, siempre riendo. Y prendió la radio.

El soldado Cáceres, que viajaba cerca del asiento del conductor, le sonrió extrañamente.

- Antes de la guerra era colectivero, después me enganché - le dijo el suboficial, frenando y abriendo las puertas dobles del ómnibus. El soldado Cáceres siguió sonriendo, pensando que era una broma. El suboficial apagó la radio -. ¿Vos qué hacías? - le preguntó.

El soldado Cáceres tardó en entender la pregunta. La guerra había durado años. El antes de la guerra pertenecía a un pasado remoto.

- No me acuerdo - dijo. Y era cierto, no se acordaba. Algo había muerto dentro de él. O quizá el recuerdo estaba en sus piernas o manos perdidas.

El suboficial prendió la radio. La locutora describía la habilidad de los grupos comando enemigos.

- Debe estar bien esa mina - dijo el suboficial -. ¿Te la imaginás con una muleta en el culo? Ese mismo día les dieron la primera clase. Los dividieron en grupos, y cada grupo tenía un oficial a cargo de la instrucción. El oficial a cargo no los trataba con piedad, ni con respeto, ni con nada. Los trataba como soldados. El oficial instructor del soldado Cáceres era un capitán sin una pierna, y sin una mano, y no lo disimulaba. Exhibía con orgullo las mutilaciones, y él también manejaba la muleta como un arma.

En lugar de la mano que le faltaba, la derecha, usaba un garfio retráctil de cuatro dedos. Se plantaba frente al pizarrón, apoyándose con firmeza en la muleta cromada, y tomaba la tiza con el garfio. Trazaba líneas rectas, sólidas, puras. Jamás le temblaba el pulso.

Lo primero que hizo fue describirles en detalle una unidad MUTIL. Cada unidad MUTIL era básicamente un minihelicóptero con autonomía de vuelo limitada que portaba gran cantidad de armamento de corto alcance. Cada unidad básica era provista con los accesorios que necesitaba cada soldado. Ninguna era igual a otra, pues cada cual respondía a un repertorio específico de mutilaciones. Los accesorios reemplazaban piernas y brazos, pies y manos, caderas y tobillos, y mediante piezas de plástico o metal se conectaban con los mandos: pedales, palancas o botones accionaban las armas y orientaban los rotores. Utilizaban la última tecnología médica en materia de prótesis, decía el capitán, y en ese énfasis se notaba la pobreza, la sofisticación de la pobreza.

Una unidad MUTIL era mucho más costosa que un infante, pero menos que un blindado; como arma antipersonal era mucho más rentable que una bomba de alta potencia, y mucho más barata que un avión derribado. Una escuadrilla de unidades funcionaba perfectamente como primera línea de ataque, pero en tierra eran vehículos torpes, enormes y grotescas sillas de cuatro ruedas. Los rotores eran plegables, para facilitar el transporte. El capitán dibujó y explicó todo esto con precisión, y luego les explicó por qué estaban allí. Estaban allí porque los mutilados eran una carga en la paz, una pensión costosa para el Estado, una aflicción para los parientes, muertos en vida.

Pero tenían algo más, mucho más que los enteros. Tenían temple. Se habían templado como acero en el fuego de la batalla. Templado como acero, repetía, como si él hubiera descubierto la frase. Estaban allí porque él iba a hacerles parir al héroe que tenían adentro. No eran la resaca sino la elite. El que no pensara así podía pedir la baja y pudrirse en la vida civil, una vida de llantos, pensiones y recriminaciones sordas.

Al día siguiente cada cual recibió su propia unidad adaptada. En la parte frontal tenían un blindaje, con una insignia pintada, un sol militar sin rayos.

 

El entrenamiento empezaba en la madrugada. Estaban lejos del frente, pero a menudo veían pasar, desde la pista de asfalto donde practicaban, aviones volando rumbo a la zona de combate. Las escuadrillas que volvían eran menos numerosas que las que iban. El soldado Cáceres oía el ruido en el cielo y recordaba ese cielo de ruidos, y cómo le habían sacado la inyección del cerebro. Sentía rencor contra el silencio. Creía haber encontrado una solución, un modo de purificar sus recuerdos, y la clave era el ruido.

El capitán los hacía maniobrar en formación sobre la pista de asfalto.

Hay que destruir despiadadamente al enemigo, decía. Como él nos destruyó a nosotros. Cada pieza de metal cromado, cada pieza de plástico opaco, debía ser una prolongación del cuerpo del mutilado. El soldado Cáceres ahora tenía manos, manos de acero. Con las manos de acero impulsaba torpemente las ruedas de su unidad, encendía el motor, y el viento del rotor principal le abofeteaba la cara donde no lo cubrían los anteojos ni el casco. El capitán los hacía desplazar rítmicamente sobre la pista, y era como ensayar para una comedia musical extravagante.

Como un ballet, decía el capitán. Tiene que salir como un ballet.

Los domingos tenían descanso. Era el día de la misa y el descanso y los juegos. Los curas que daban la misa y confesaban estaban enteros, o parecían enteros bajo las sotanas, y eso contribuía a aumentar su aura de santidad, o irrealidad, o extrañeza. En el campo de adiestramiento no había ningún entero, y un cuerpo sin mutilaciones empezaba a parecerles una cosa deforme. El soldado Cáceres creía notar un destello de reproche en la mirada de los curas, algo parecido a la mirada severa de Alicia.

Los curas hablaban de la paz de Cristo, pero la guerra no tenía descanso.

Las estelas de los jets surcaban el cielo, y el estruendo les llegaba en oleadas convulsivas aun durante la misa. Ese estruendo evocaba las llamaradas, los gritos, los borbotones de sangre, las máquinas al rojo vivo fundiéndose con los moribundos.

El domingo era día de sermones. Después del sermón de la misa venía el sermón del jefe del campo, que les hablaba de patriotismo y vocación de servicio. El que no tiene patriotismo ni vocación de servicio, decía, ése es un discapacitado. A media mañana venía el sermón informal del capitán.

Ese día se mezclaba con ellos como uno más, pero cuando hablaba recobraba la autoridad, siempre dispuesto a que cada cual pariera al héroe que llevaba adentro. La guerra no es inhumana, decía. Los animales no saben hacer la guerra. No hay nada más humano que la guerra. No hay nada más humano, decía con voz acerada, que la guerra.

Antes del mediodía jugaban al básquet. Formaban equipos, y usaban las unidades MUTIL para jugar. Hasta el juego formaba parte del adiestramiento: tenían que adiestrar ese cuerpo nuevo para ser soldados.

Soldados más perfectos, decía el capitán. Cualquier hombre sabe matar, pero sólo ellos eran verdaderos hijos de la guerra. Debían el cuerpo que tenían a la metralla del enemigo. Tenemos este cuerpo, decía, gracias a la metralla del enemigo. Y se señalaba el garfio retráctil, con orgullo y con odio.

El domingo era día de bromas. Bromeaban entre ellos cuando jugaban. Che paralítico, se decían cuando alguien no se desplazaba con agilidad. Che manco, se decían cuando alguien no atajaba un pase. Era día de bromas y de risas. Eran risas nuevas, risas de media boca, risas tuertas, risas con media cara congelada para siempre en un rictus de cólera o fastidio.

El soldado Cáceres tenía la cara entera, y los músculos faciales en buenas condiciones, pero aun así la risa se le había endurecido. No porque fuera una risa parca, o rencorosa, pero sospechaba que para los enteros pronto sería tan ilegible como la mueca de un simio. Alguna vez había leído que en los perros el bostezo significa gratitud hacia el amo. No sabía si era cierto, pero sí sabía que en él un bostezo ya no significaba sueño ni aburrimiento, sino simplemente que la cara se le contraía en un gesto que significaba algo que hasta entonces no había existido, que nacía con ellos.

El domingo era día de truco por la tarde. Era un truco diferente. Las señas no siempre servían; estaban pensadas para caras enteras, plásticas, no para máscaras medio quemadas, o medio paralizadas. Los mancos de una sola mano aprendían a barajar con esa sola mano. Los que no tenían ninguna aprendían a usar los garfios, y nadie los ayudaba. Cuando estuvieran bajo el fuego nadie los ayudaría; vibraciones nerviosas prolongadas en vibraciones eléctricas serían la diferencia entre la vida y la muerte.

Eran partidos tranquilos, sin risas ni cantos floridos; los cantos eran como repeticiones mecánicas, una música de pianola.

El domingo era día de camaradería. La camaradería era aprender a amigarse con uno en la imagen de los demás. Cuando entraran en combate, no habría demasiada coordinación. Sólo órdenes por radio, un blanco, y la voluntad de destruir y sobrevivir. Sólo acciones individuales, pero similares. La camaradería era un espejo partido, y ellos eran los pedazos.

 

Las últimas semanas empezaron las maniobras más intensas. Muchos habían sido descalificados. Algunos no habían podido acostumbrarse a orinar y defecar regularmente en los tubos de sus unidades: aunque nadie lo notara, se sentían desnudos. Otros querían volver a su hogar o su familia. Muchos ya tenían el suicidio pintado en la cara. Los restantes sólo esperaban el momento de matar y mutilar. Cuando hablaban, si hablaban, nunca se preguntaban dónde habían estado antes, cómo los habían herido. Antes no habían existido. Sólo ahora se estaban pariendo.

Las unidades MUTIL avanzaban como enjambres sobre las defensas enemigas.

El porcentaje de bajas por misión estaba calculado en un cincuenta por ciento. Eso incluía no sólo a los derribados por el fuego enemigo, sino a los derribados accidentalmente por sus compañeros, a los que se estrellaban por falta de combustible, a los que caían por fallas mecánicas en el equipo. El secreto era buscar el trayecto más corto hasta el blanco, aprovechar las municiones para causar el mayor daño posible y contar con mayor seguridad en el momento del descenso.

Llevaban poco combustible porque con menos combustible se cargaba más armamento, y además se evitaba que la acción conjunta perdiera concentración por un inoportuno exceso de iniciativa individual. Las unidades MUTIL abrían brechas, y en esas brechas penetraban la infantería y los blindados, con pérdidas mínimas.

- Por qué el enemigo no ha adoptado un equivalente? - preguntó una vez el soldado Cáceres.

Lo había intentado, explicó el capitán. No con mutilados de guerra. Habían usado unidades móviles con soldados enteros, pero no habían resultado. Eran costosas, por el gran número de bajas, y poco rentables, porque jamás tenían el ímpetu, el coraje, la voluntad de llegar a cualquier precio. Para esto, dijo el capitán, hace falta patriotismo. Para esto hace falta patriotismo, repitió. Además los otros no eran hijos de la guerra.

Las maniobras no eran la guerra, pero se parecían bastante. Los que sobrevivieron a las maniobras fueron despedidos por el capitán una mañana de lluvia, en una ceremonia sencilla donde fueron felicitados por el jefe del campo de adiestramiento y bendecidos por un capellán que no los miraba a los ojos. En el blindaje de las unidades, junto al sol sin rayos, les pintaron una inscripción en rojo:

LA VIRGEN NOS PROTEGE.

Cuando se abrieron las compuertas del avión de transporte el soldado Cáceres vio la nieve y puntos negros en la nieve. El avión acababa de girar trazando un arco y ahora daba la cola a las líneas enemigas. Globos de humo negro estallaban en el aire. Las unidades MUTIL se acercaron torpemente a las compuertas. Bajarían en paracaídas y en medio de la caída pondrían los rotores en funcionamiento.

El soldado Cáceres cayó girando en el aire, abrió el paracaídas cuando estuvo horizontal, sintió el tirón brusco del cordaje, vio que algunos se enredaban en el cordaje y se estrellaban. Alrededor se multiplicaban las explosiones. Un viento frío le golpeaba la cara, mezclándose con ráfagas de aire caliente. Dejó de mirar alrededor, pues el secreto era mirar hacia adelante. No se apresuró a maniobrar para evitar los proyectiles enemigos, pues sabía que el combustible no le permitía el lujo de apostar más al miedo que a la suerte. Esperó, y cuando estuvo cerca del suelo desplegó los rotores, los puso en marcha y soltó el esqueleto metálico donde estaba enganchado el paracaídas. Avanzó casi a ras del suelo, en línea recta. Allá adelante la nieve estaba entrecruzada de cicatrices.

Las cicatrices eran trincheras, y después de las trincheras había un bulto que parecía un depósito de material o una barraca. Apretó botones y palancas, moviendo frenéticamente todo el cuerpo, reservando los explosivos más potentes para último momento. A medida que se acercaba a las posiciones, la cortina de fuego se hacía más densa. Las venas le palpitaban como si tuvieran un exceso de sangre para un cuerpo que ya no necesitaba tanta. Cuando estuvo a poca distancia, descargó los proyectiles explosivos. Al lado vio pasar las estelas de los proyectiles de otros compañeros de escuadrilla. Un instante antes había carpas, blindados y redes de camuflaje, al siguiente llamaradas y cuerpos viboreando en el aire como cables pelados en la tormenta.

Aterrizó en la nieve cenagosa y esperó. A pocos metros descendieron otros compañeros. Algunos estaban en llamas. Atrás las primeras fuerzas de asalto desembarcaban de los helicópteros y terminaban de limpiar el terreno. Alrededor la nieve sucia estaba manchada por lamparones de sangre.

Era como si la tierra menstruara, renovándose. Sentía de nuevo la inyección en el cerebro. El ruido le taladraba los tímpanos como si su cabeza fuera una caja de resonancia. Una voz ladraba órdenes por la radio del casco. A lo lejos, en el horizonte de humo, helicópteros en llamas caían del cielo.

Como una lluvia de maná, pensó el soldado Cáceres.

 

Una hora más tarde los helicópteros descargaron al personal de auxilio.

Eran técnicos ceñudos y eficaces, y trabajaban con la rapidez de los mecánicos en las pistas de carrera. Cambiaban el tanque de combustible década unidad intacta por uno lleno, ajustaban las piezas flojas, descartaban las inútiles, renovaban las municiones, daban el visto bueno y revisaban las unidades derribadas en busca de material rescatable. Después las unidades MUTIL se remontaban nuevamente desde el terreno consolidado.

Avanzaban un centenar de metros, abrían nuevos claros en las defensas, hostigaban al enemigo en retirada o reconocían la zona. La única forma de pararlas era destruirlas: ninguna retrocedía, ni se posaba en la tierra de nadie, donde sería demasiado vulnerable.

Si el tripulante moría, casi siempre seguía disparando y a menudo se estrellaba contra las líneas defensivas. Cada etapa de la batalla pronto se volvió rutinaria para el soldado Cáceres. Despegue, vuelo en línea recta, descarga del material, compás de espera. Sólo en esa última fase se daba el lujo de observar la batalla, inmóvil como una osamenta fosilizada en medio del fuego de ambos bandos. Y entretanto recordaba, claro que recordaba. Alicia. Mujeres.

Pero las caricias tibias, la humedad salada, los labios entreabiertos, ya no podían compararse con la sangre, el aceite y el humo. Una sensación nueva le hormigueaba en los garfios de acero, en las piernas cromadas. Poco a poco se iba purificando. A fin de cuentas, el precio del espectáculo había valido la pena.

 

El tiempo ya no se medía en semanas o meses sino en desgarrones y convulsiones, un tiempo de tierra en llamas. Fuerzas gigantescas despedazaban la tierra, y el soldado Cáceres era un Cáceres entre muchos. Todos eran hermanos, fragmentos de un espejo partido.

Y de pronto hubo un silencio.

Era un silencio inmenso que se extendía sobre la tierra calcinada, sobre la nieve ennegrecida de lodo y sangre. El soldado Cáceres amaba esos silencios que puntuaban los momentos de gloria. Cesaban los estampidos de la artillería, el paleteo de los helicópteros, el rugido de los jets, el crujido de los blindados. Era como el silencio que sigue a la creación de un mundo, una paz de domingo. Hace mucho tiempo, pensaba Cáceres, la tierra vomitó sus vísceras, manchándose con sus propios excrementos. Después quedó agotada y las vísceras se convirtieron en cosas brillantes y cristalinas, y en algunas vetas de su corteza la tierra guardaba esos recuerdos, capas geológicas de paz seguidas por nuevos arranques de violencia.

Si uno estudiaba esa corteza, descubriría que la tierra estaba orgullosa de sus mutilaciones.

En esos silencios, el cielo era una membrana tensa, y todos esperaban.

Los prisioneros esperaban. Detrás de las alambradas, las caras desencajadas por el frío, por el recuerdo del frío, esperaban un traslado, un plato de sopa, un cigarrillo. Los combatientes esperaban.

Limpiaban las armas, se paseaban nerviosamente, charlaban. Los heridos esperaban. Los muertos esperaban. La tierra esperaba. Ellos también esperaban, pero su espera era diferente. Las unidades MUTIL se movían grotescamente en la nieve blanda, como grandes coleópteros, y la espera era un domingo. Nadie se les acercaba, nadie les hablaba. Sólo recibían miradas donde el respeto se mezclaba con el odio. Se les notaba en la cara? En la retina les quedaban grabadas las grandes visiones, la tierra abonada por los muertos, los helicópteros en llamas lloviendo del cielo como maná?

Pero esta vez el silencio se prolongó. Era como un telón. Como un ballet, recordó el soldado Cáceres.

 

Los helicópteros llegaron de noche, barriendo la nieve con haces blancos que de pronto eran círculos rosados y de pronto una luz sucia y polvorienta bajo una mole oscura que eclipsaba las estrellas. Varios integrantes del personal de auxilio bajaron de ellos, con movimientos urgentes, con listas en la mano. Empezaron a llamarlos por el nombre. Era raro, porque a un soldado MUTIL nunca lo llamaban por el nombre, nunca lo llamaban: le dictaban órdenes por radio, pero las órdenes eran voces grabadas, porque más que órdenes eran exhortaciones rítmicas, música de ballet. Además de raro era poco práctico, porque la mayoría de los anotados en las listas ya no estaban presentes.

La gente del personal de auxilio los hizo formar frente a los helicópteros. Les plegaron los rotores, y los subieron uno por uno. Después los helicópteros treparon en la noche y volaron hacia la retaguardia. Dentro de la cabina todos callaban, y había olor a miedo.

Los helicópteros de transporte aterrizaron en una base iluminada por reflectores. Llegaban, descargaban y despegaban enseguida para regresar al frente. Unidades MUTIL de distintas escuadrillas se estaban concentrando en la base. Las hacían esperar en la pista, en medio del ruido y del viento, y después las conducían a un galpón enorme rodeado por latas con brea encendida.

El interior del galpón estaba alumbrado por lámparas desnudas que despedían un fulgor amarillo y sucio. En el fondo había una tarima con un micrófono. Esperaron un par de horas, mientras el galpón se llenaba de combatientes. Afuera, el paleteo de los helicópteros de transporte era incesante. Varios PM se paseaban en los espacios vacíos, jugando con sus cachiporras blancas. No había ningún oficial MUTIL.

Al fin entró un coronel con uniforme de combate y casco. Era un entero, y tenía la cara roja, agitada, como si lo aguardaran asuntos más urgentes.

Subió a la tarima y acomodó el micrófono.

La patria les está agradecida, dijo, y el soldado Cáceres sintió una punzada en el vientre. Pronto habremos conseguido una paz justa, y la patria les está inmensamente agradecida. Una paz justa, pensó el soldado Cáceres sin entender. A través de los ojos empañados aún veía los helicópteros en llamas lloviendo del cielo como maná. Las generaciones venideras, dijo el coronel, conocerán las hazañas de hombres como ustedes, y grabarán sus nombres en el libro de la historia grande de nuestro pueblo.

Mientras hablaba el coronel, el personal de auxilio entraba empujando sillas de ruedas.

Algunos empezaron a separar los cuerpos de los combatientes de sus piezas cromadas. Trabajaban expeditivamente, como cuando estaban en la zona de combate. Los separaban de las unidades móviles, los instalaban en las sillas, les arrancaban la tela blanca con el apellido en rojo. Otros desmantelaban cada unidad MUTIL desocupada, amontonando las piezas en cajas de embalaje: armas, prótesis, cascos. 

Otros miembros del personal tendían cables a lo largo del costado de galpón, e instalaban bultos que parecían explosivos en las esquinas y entre las vigas.

No sólo han infligido al enemigo pérdidas materiales, dijo el coronel. No sólo le han infligido pérdidas materiales, repitió, como si no recordara qué decir a continuación. Le han dado una lección moral, añadió resueltamente, una lección de hombría y coraje. Por eso mismo ellos querrán ensañarse con ustedes, utilizando estas unidades que nos enorgullecen como instrumento de propaganda, como una acusación. Querrán transformar su gloria en ignominia, pero no lo permitiremos, porque ustedes les darán una lección de amor a la paz. La justa paz que hemos pactado necesita esa lección de amor.

Las palabras retumbaban secamente en el galpón amarilleado por las lámparas. A su turno, el soldado Cáceres fue separado de su unidad e instalado en su silla de ruedas. Cada cicatriz del cuerpo le palpitaba. El discurso terminó con una exhortación que sonaba como un reproche.

Cuando los sacaron del galpón, todos tenían la cara desencajada, caras de doblemente mutilados. Sin ceremonias, casi con sigilo, el personal de auxilio los empujó hacia otra pista donde esperaban aviones de transporte. Sobre sus sombras panzonas volaban remolinos de nieve polvorienta, y en los remolinos se enredaban órdenes y gritos. Silla tras silla los subieron en los aviones.

Las turbohélices empezaron a girar y el rugido del avión acalló el rugido del viento en la mente del soldado Cáceres. Mientras el transporte carreteaba por la pista, miró hacia el galpón, que temblaba a la luz de las latas de brea. Los hombres del personal de auxilio seguían desenrollando cables.

- ¿Qué hacen con las unidades MUTIL? - preguntó el soldado Cáceres a un suboficial. El suboficial sonrió.

- Nunca hubo unidades MUTIL. Ahora, chicos, volvemos a casa.

El avión despegó y viró trazando un arco sobre la pista. Allá abajo una sombra hizo señas a otra y una secuencia de explosiones despedazó el galpón mientras ellos ascendían. Las llamaradas arrancaron destellos a la nieve arremolinada.

En la cabina penumbrosa, el soldado Cáceres miró a sus compañeros: un Cáceres tras otro, imágenes de un espejo partido. Rezando, preparándose para afrontar la paz.