La casa que habitaba el matrimonio B... en Camden-Hill no tenía nada de particular, salvo su gran número de habitaciones, todas ellas igualmente confortables.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
La Casa B... en Camden-Hill - Catherine Crowe
La patrona - Roald Dahl
—Perdóneme —dijo—, ¿existe por aquí algún hotel barato que no esté muy lejos?
—Intente en La Campana y el Dragón —contestó el mozo de estación—. Puede que le acepten. Sólo está a unos cientos de metros siguiendo esa calle, al otro lado.
Billy dio las gracias, cogió su maleta y se dispuso a andar los cientos de metros que le separaban de La Campana y el Dragón. Nunca había estado antes en Bath. No conocía a nadie allí. Pero míster Greenslade, de la oficina central en Londres, le había dicho que se trataba de una ciudad espléndida.
—Encuentra tu propio alojamiento —le había dicho—. Después, en cuanto te hayas instalado, te presentas al director de la sucursal.
Billy tenía diecisiete años. Llevaba un abrigo de color azul marino, un sombrero nuevo, flexible y marrón, y un traje nuevo, también de color marrón. Se sentía muy bien. Echó a andar con energía por la calle. Durante aquellos días estaba tratando de hacerlo todo con energía.
Había llegado a la conclusión de que la energía era la única característica común de todos los hombres de negocios con éxito. Los grandes jefes de la oficina central eran absoluta y fantásticamente enérgicos en todo momento. Eran personas asombrosas.
No había tiendas en esta amplia calle que ahora estaba recorriendo. Sólo una línea de casas altas a cada lado, todas ellas idénticas. Tenían porches y columnas y cuatro o cinco escalones que conducían a sus puertas de entrada; era evidente que, en algún otro tiempo, habían sido residencias ostentosas.
Pero ahora, incluso en la oscuridad, podía ver que la pintura de la madera de las puertas y ventanas estaba toda desconchada, y que las elegantes fachadas blancas estaban resquebrajadas y llenas de manchas, como consecuencia del descuido.
De pronto, en una ventana baja brillantemente iluminada por un farón, no más lejos de cinco metros, Billy vio un cartel impreso pegado contra el cristal de uno de los paneles superiores. Decía CAMA Y DESAYUNO. Justo debajo de la nota había un florero alto y bonito, lleno de crisantemos amarillos.
Se detuvo. Se acercó un poco más. En el interior, y a ambas partes de la ventana, colgaban unas cortinas verdes de algún tipo de tela aterciopelada. Los crisantemos tenían un aspecto maravilloso a su lado. Se dirigió directamente hacia la ventana y, a través del cristal, echó un vistazo al interior de la habitación; lo primero que vio fue un gran fuego encendido en la chimenea. Sobre la alfombra que había frente al fuego vio un pequeño y bonito perro tejonero, acurrucado y dormido, con la nariz escondida en el cuerpo.
Por lo que podía ver en la semioscuridad, la habitación estaba llena de agradables muebles. Había un piano, un gran sofá y algunos pesados sillones; en una de las esquinas, alcanzó a ver un gran papagayo, metido en una jaula. Billy se dijo a sí mismo que, en un lugar como este, los animales eran un buen signo. Después de todo, aquello tenía aspecto de ser una casa agradable y decente en la que poder quedarse. Sin duda alguna, sería mucho más cómoda que La Campana y el Dragón.
Por otra parte, una casa de huéspedes sería mucho más agradable que una pensión. Habría cerveza y juegos por las noches, una buena cantidad de gente con la que poder conversar y, probablemente, también resultaría más barata. En cierta ocasión, había pasado un par de días en una casa de huéspedes y le agradó.
Nunca había estado viviendo en una pensión y, en el fondo, sentía un ligero temor hacia ellas. El mismo nombre conjuraba en su mente imágenes de coles aguadas, patronas rapaces y un poderoso olor de arenques ahumados en la sala de estar.
Después de vacilar y pensar en todo esto durante dos o tres minutos, expuesto al frío de la noche, Billy decidió seguir andando, y dar un vistazo a La Campana y el Dragón antes de tomar una decisión. Así pues, se volvió dispuesto a marcharse.
Entonces, le sucedió algo extraño. Estaba a punto de darse la vuelta y apartarse de la ventana cuando, de repente, su vista se fijó, sintiéndose atraído de un modo muy peculiar, por la pequeña nota pegada a la ventana. CAMA Y DESAYUNO, decía. CAMA Y DESAYUNO, CAMA Y DESAYUNO, CAMA Y DESAYUNO.
Cada una de las palabras era como un gran ojo negro que le observaba a través del cristal, reteniéndole, imponiéndose a él, forzándole a permanecer donde estaba y a no separarse de aquella casa. Después, sólo se dio cuenta de que se estaba moviendo, apartándose de la ventana, para dirigirse hacia la puerta de entrada de la casa, subiendo los escalones que conducían a ella y extendiendo su mano hacia el timbre.
Apretó el timbre. Algo alejado, en una habitación trasera, escuchó su sonido, y entonces inmediatamente —debió haber sido inmediatamente porque ni siquiera le dio tiempo a apartar el dedo del timbre— se abrió la puerta y una mujer apareció en ella.
Normalmente, uno toca el timbre y suele tener que esperar medio minuto antes de que se abra la puerta. Pero esta dama era como un resorte. Apretó el botón... ¡y allí apareció ella! Aquello le dio un buen susto.
Era una mujer de cuarenta y cinco o cincuenta años, y en cuanto le vio le ofreció una cálida sonrisa de bienvenida.
—Entre, por favor —le dijo, agradablemente.
Ella se apartó un poco hacia atrás, manteniendo muy abierta la puerta de entrada, y Billy se encontró avanzando hacia el interior de la vivienda. El impulso, o más bien el deseo de seguirla hacia el interior de la casa, resultó ser extraordinariamente fuerte.
—Vi el anuncio en la ventana —dijo, deteniéndose.
—Sí, lo sé.
—Me estaba preguntando si podría alquilar una habitación.
—Todo está preparado para usted, querido —dijo la mujer.
Tenía un rostro rosado y rechoncho y unos ojos azules de mirada apacible.
—Me dirigía hacia La Campana y el Dragón —le dijo Billy—. Pero acerté a descubrir el anuncio de su ventana.
—Querido joven —dijo ella—, ¿por qué no entra? Hace mucho frío.
—¿Cuánto cobra usted?
—Cinco chelines y seis peniques por noche, incluido el desayuno.
Resultaba fantásticamente barato. Era menos de la mitad de lo que había estado dispuesto a pagar.
—Si eso resulta demasiado —añadió ella—, quizá pueda reducirlo un poco, aunque no mucho. ¿Quiere tomar un huevo en el desayuno? Los huevos resultan caros en estos momentos. Si no toma un huevo, serían seis peniques menos.
—Cinco chelines y seis peniques está bien —contestó—. Me gustaría mucho quedarme aquí.
—Sabía que le gustaría. Entre.
La mujer parecía terriblemente amable. Tenía exactamente el aspecto de la madre del mejor estudiante de la escuela que está dando la bienvenida a alguien que va a pasar allí las fiestas de Navidad. Billy se quitó el sombrero y cruzó el umbral.
—Cuélguelo ahí —dijo la mujer—, y permítame que le ayude a quitarse el abrigo.
En el vestíbulo no había ningún otro abrigo, ni sombrero. Tampoco había paraguas, ni bastones... nada.
—Lo tenemos todo para nosotros —dijo ella, sonriendo por encima de su hombro mientras le mostraba el camino hacia arriba—. Como verá, no me sucede a menudo tener el placer de recibir a un visitante en mi pequeño nido.
Billy se dijo a sí mismo que aquella mujer parecía estar ligeramente chiflada. Pero ¿quién se puede quejar por una habitación que sólo cuesta cinco chelines y seis peniques?
—Había pensado que estaba abrumada de solicitudes —dijo con amabilidad.
—¡Oh! Lo estoy, querido; lo estoy, desde luego. El problema es que suelo ser un poquitín particular y prefiero elegir a mis huéspedes... Supongo que comprende lo que quiero decir.
—¡Oh, sí, claro!
—Pero siempre estoy preparada. En esta casa, todo está siempre preparado, día y noche, para el caso de que aparezca un joven caballero aceptable. Y resulta un placer muy agradable, querido, muy agradable, cuando, de tanto en tanto, abro la puerta y me encuentro con alguien que es exactamente la persona correcta —estaba a mitad de la escalera y se detuvo, manteniendo una mano en la barandilla, volviendo su cabeza hacia él y sonriéndole con unos labios pálidos—, como usted —añadió, y sus ojos azules recorrieron lentamente todo el cuerpo de Billy, desde la cabeza a los pies, y después a la inversa.
En el rellano del segundo piso, le dijo:
—Este piso es mío.
Subieron al piso superior.
—Y este es todo de usted —dijo—. Aquí está su habitación. Espero que le guste.
Le introdujo en una habitación pequeña pero encantadora, encendiendo antes la luz.
—El sol de la mañana penetra justo por esa ventana, míster Perkins. Porque es usted míster Perkins, ¿verdad?
—No —contestó—, mi apellido es Weaver.
—Míster Weaver. ¡Qué bonito! He puesto una botella de agua caliente entre las sábanas, míster Weaver. ¡Resulta tan agradable tener una botella de agua caliente en una cama extraña entre las sábanas limpias! ¿No le parece? Además, puede encender la calefacción a gas cada vez que sienta frío.
—Gracias —dijo Billy—, muchas gracias.
Se dio cuenta de que el cobertor había sido retirado de la cama, y de que las sábanas habían sido dobladas hacia un lado, como si todo estuviera preparado para que alguien se acostara inmediatamente.
—Me siento muy contenta de que haya aparecido usted —dijo ella, mirándole muy seriamente a la cara—. Ya estaba empezando a preocuparme.
—Está bien —dijo Billy con prontitud—. No debe preocuparse por mí.
Colocó la maleta sobre la silla y comenzó a abrirla.
—¿Qué le parece una buena cena, querido? ¿Se las ha arreglado para comer algo antes de venir aquí?
—No tengo apetito, gracias —contestó—. Creo que me meteré en la cama lo antes posible porque mañana me tengo que levantar bastante pronto para presentarme en la oficina.
—Está bien. Le dejaré ahora para que pueda deshacer la maleta. Pero antes de que se acueste, ¿le importaría bajar por la sala de estar, en la planta baja, para firmar el libro? Todo el mundo tiene que hacerlo, porque así es la ley del país, y no vamos a violar ninguna ley en estos momentos, ¿verdad?
Ella hizo un ligero gesto con la mano y salió rápidamente de la habitación, cerrando la puerta.
El hecho de que aquella patrona pareciera estar un poco fuera de sus cabales no preocupó a Billy en lo más mínimo. Después de todo, no sólo era inofensiva —no tenía ninguna duda sobre ello—, sino que evidentemente era una persona amable y generosa. Supuso que probablemente habría perdido a algún hijo en la guerra, o algo similar, y nunca había podido superarlo del todo.
Así pues, unos minutos más tarde, tras haber deshecho la maleta y haberse lavado las manos, bajó a la planta baja y entró en la sala de estar. Su patrona no estaba allí, pero el fuego seguía ardiendo en la chimenea y el pequeño perro tejonero seguía durmiendo tranquilamente frente a él. La sala tenía una atmósfera maravillosamente cálida y agradable. «Soy un tipo con suerte —pensó, frotándose las manos—. Esto está pero que muy bien.»
Encontró el libro de clientes, abierto sobre el piano, así es que cogió su pluma y escribió en él su nombre y dirección. En la página únicamente había otras dos inscripciones, y, como se suele hacer siempre con los libros de clientes cuando se tiene una oportunidad, comenzó a leerlas. Una de ellas correspondía a un tal Christopher Mullholland, de Cardiff. La otra era de Gregory W. Temple, de Bristol.
«Esto sí que resulta divertido», pensó de repente. Christopher Mullholland. Le sonaba de algo.
¿Dónde diablos había escuchado antes aquel nombre tan poco usual?
¿Se trataba de un compañero de escuela? ¿Era uno de los muchos admiradores de su hermana? ¿O un amigo de su padre? No, no era nadie de ellos. Volvió a echar un vistazo al libro.
Christopher Mullholland 231 Cathedral Road, Cardiff
Gregory W. Temple 27 Sycamore Drive, Bristol.
De hecho, y ahora que lo pensaba más detenidamente, no acababa de estar seguro de que el segundo nombre no le resultara tan familiar como el primero.
—¿Gregory Temple? —se preguntó en voz alta, buscando en su memoria—. ¿Christopher Mullholland?
—Unos muchachos muy encantadores —le contestó una voz detrás de él.
Se volvió y vio a la patrona entrando en la sala, llevando en las manos una gran bandeja de plata para el té. La mantenía algo apartada de sí, frente a ella y a bastante altura, como si la bandeja fuera un par de riendas pertenecientes a un caballo retozón.
—De algún modo, esos nombres me son familiares —dijo.
—¿De verdad? Eso es muy interesante.
—Estoy casi convencido de que he escuchado esos nombres antes, en alguna parte. ¿No es algo curioso? Quizá los haya visto impresos en los periódicos. No se trataba de personas famosas en ningún sentido, ¿no cree? ¿No serían jugadores de críquet, o de fútbol, o algo así?
—Famosos —dijo ella, colocando la bandeja de té sobre una mesa baja situada frente al sofá—. ¡Oh, no! No creo que fueran famosos. Pero ambos eran increíblemente elegantes y apuestos, eso se lo puedo asegurar. Eran jóvenes, altos y apuestos, querido, exactamente como usted.
Una vez más, Billy echó un vistazo al libro.
—Mire aquí —dijo, dándose cuenta de las fechas—. Esta última entrada se hizo hace más de dos años.
—¿De verdad?
—Sí, claro. Y Christopher Mullholland, que se inscribió con anterioridad, lo hizo un año antes..., o sea hace más de tres años.
—Querido —dijo la mujer, sacudiendo la cabeza y dando un delicado y pequeño suspiro—, nunca lo habría pensado. ¡Cómo pasa el tiempo para todos nosotros! ¿Verdad, míster Wilkins?
—Mi apellido es Weaver —dijo Billy—. W-e-a-v-e-r.
—¡Oh, claro, desde luego! —exclamó ella, sentándose en el sofá—. ¡Qué tonta soy! Le pido disculpas. Me entra por un oído y me sale por el otro. Así soy yo, míster Weaver.
—¿Sabe usted algo? —dijo Billy—. Algo que resulta bastante extraordinario en todo esto.
—No, querido, no lo sé.
—Bueno, resulta que estos dos nombres —Mullholland y Temple— no sólo parezco recordarlos por separado, sino que de algún modo y de una forma muy peculiar, parece como si estuvieran relacionados en mi memoria. Como si los dos se hubieran hecho famosos por lo mismo, si es que comprende usted lo que quiero decir... como... bueno... como Dempsey y Tunney, por ejemplo, o como Churchill y Roosevelt.
—¡Qué divertido! —exclamó ella—. Pero venga ahora aquí, querido, y siéntese a mi lado, en el sofá. Le serviré una buena taza de té y un pastel de jengibre antes de que se vaya a la cama.
—No debería usted molestarse —dijo Billy—. No pretendía que hiciera nada de eso.
Se quedó de pie, junto al piano, observándola mientras ella trajinaba con las tazas y los platos. Se dio cuenta de que tenía unas manos pequeñas, blancas, que se movían con rapidez, y cuyas uñas estaban pintadas de rojo.
—Estoy casi convencido de que vi sus nombres en los periódicos —dijo Billy—. Me acordará en un momento. Estoy seguro de acordarme.
No hay nada más desesperante que algo permanezca justo en los límites exteriores de nuestra memoria, sin acabar de penetrar en ella. No obstante, al joven le disgustaba tener que abandonar el esfuerzo.
—Un minuto —dijo—, espere un minuto. Mullholland... Christopher Mullholland..., ¿no se trata del estudiante de Eton que estaba realizando un viaje por West Country y que de repente...?
—¿Leche? —preguntó ella—. ¿Quiere también azúcar?
—Sí, por favor. Y que de repente...
—¿Estudiante de Eton? —preguntó ella—. ¡Oh, no, querido! Eso no puede ser cierto porque mi míster Mullholland no era ningún estudiante de Eton cuando vino aquí. Era un graduado de Cambridge. Venga aquí ahora y siéntese a mi lado, y caliéntese un poco frente a este fuego tan estupendo. Vamos. Su té ya está preparado.
Dio unos ligeros golpes en el asiento vacío que había junto a ella, sobre el sofá, y se acomodó allí, sonriéndole a Billy y esperando que él se sentara a su lado.
Billy cruzó la habitación lentamente y se sentó en el borde del sofá. Ella colocó la taza de té frente a él, sobre la mesa.
—Aquí estamos —dijo la mujer—. ¿No le parece bonito y agradable?
Billy empezó a remover el azúcar del té. Ella hizo lo mismo. Durante medio minuto, ninguno de ellos dijo una sola palabra. Pero Billy sabía que ella le estaba mirando. Su cuerpo estaba medio doblado hacia el de él y podía sentir sus ojos, descansando sobre su rostro, observándole sobre el borde de la taza de té. De vez en cuando captaba un olorcillo peculiar que parecía emanar directamente de la mujer. No era un olor desagradable y le hizo recordar... bueno, no estaba completamente seguro de lo que aquel olor le recordaba. ¿Nueces en escabeche? ¿Cuero nuevo? ¿O se trataba más bien del olor habitual en los pasillos de un hospital?
—Míster Mullholland era un gran bebedor de té —dijo ella al cabo de un rato—. Nunca en mi vida he conocido a nadie que bebiera tanto té como el querido y dulce míster Mullholland.
—Supongo que se marchó de aquí hace poco tiempo —dijo Billy.
Su mente todavía estaba preguntándose de qué conocía aquellos dos nombres. Ahora estaba seguro de que los había visto publicados en los periódicos... en los titulares.
—¿Marcharse? —preguntó ella elevando las cejas—. Pero, querido, él nunca se marchó. Todavía está aquí. Míster Temple también está aquí. Están en el cuarto piso, los dos juntos.
Billy dejó lentamente su taza de té sobre la mesa y miró fijamente a su patrona. Ella le sonrió y entonces puso una de sus manos blancas sobre la rodilla del joven, dándole unas amistosas palmaditas.
—¿Cuántos años tiene usted, querido? —preguntó.
—Diecisiete.
—¡Diecisiete! —exclamó—. ¡Oh, es la edad perfecta! Míster Mullholland también tenía diecisiete años. Pero creo que era un poco más bajo que usted; en realidad, estoy segura de que lo era y sus dientes no eran tan blancos como los suyos. Tiene usted los dientes más bonitos que he visto, míster Weaver, ¿lo sabía?
—No son tan buenos como aparentan —dijo Billy—. Han sido simplemente reforzados por la parte de atrás.
—Míster Temple, desde luego, tenía unos cuantos años más —dijo ella, ignorando su observación—. Tenía veintiocho años. Y sin embargo, nunca lo hubiera supuesto si él mismo no me lo hubiera dicho. Nunca lo habría imaginado. No había un solo defecto en todo su cuerpo.
—¿Un qué? —preguntó Billy.
—Su piel era exactamente como la de un niño pequeño.
Hubo un momento de silencio. Billy cogió su taza de té y bebió otro sorbo; después, volvió a dejarla sobre el plato. Esperó a que ella dijera algo más, pero la mujer parecía haber caído en otro de sus largos silencios. Se quedó allí, sentado, mirando frente a él, hacia la esquina más alejada de la habitación, mordiéndose el labio inferior.
—Ese papagayo —dijo él por fin—, ¿sabe usted algo? Me dejó completamente perplejo la primera vez que le vi a través de la ventana. Podría haber jurado que estaba vivo.
—No, ya no lo está.
—Resulta terriblemente inteligente la forma como se ha hecho —dijo—. No parece estar muerto. ¿Quién lo hizo?
—Yo misma.
—¿Usted?
—Desde luego —contestó ella—. ¿Ha visto también a mi pequeño «Basil»?
Indicó con la mirada hacia el pequeño perro tejonero acurrucado cómodamente frente al fuego. Billy lo miró. Y, de repente, se dio cuenta de que el animal se había mantenido durante todo el tiempo tan silencioso y tan inmóvil como el papagayo. Extendió una mano y le tocó suavemente en el lomo. Estaba duro y frío y cuando apartó el pelo con sus dedos, pudo ver la piel debajo, de un color grisáceo, seca, y perfectamente conservada.
—¡Dios mío! —exclamó—. Es absolutamente fascinante.
Apartó la mirada del perro y se quedó mirando con una profunda admiración a la mujer sentada junto a él en el sofá.
—Debe ser terriblemente difícil hacer una cosa así.
—En absoluto —dijo ella—. Diseco a todos mis animales domésticos cuando les llega el momento. ¿Quiere usted tomar otra taza de té?
—No, gracias —contestó Billy.
El té tenía un ligero gusto a almendras amargas y no sentía el menor interés de seguir bebiéndolo.
—Firmó usted en el libro, ¿verdad?
—¡Oh, sí!
—Eso está bien, porque más adelante, si me olvido de cómo se llama usted, siempre puedo comprobarlo en el libro. Eso es lo que hago casi todos los días con míster Mullholland y con míster..., míster...
—Temple —dijo Billy—, Gregory Temple. Permítame una pregunta: ¿no ha tenido ningún otro cliente durante los dos o tres últimos años?
Levantando mucho su taza de té con una mano, e inclinando ligeramente su cabeza hacia la izquierda, ella le miró desde las esquinas de sus ojos y le ofreció otra suave y amable sonrisa.
—No, querido —contestó—. Sólo usted.
La cama - Iban Zaldua
En realidad no podía llamársele cama: era un jergón desvencijado, relleno de paja y lana, delgado, envuelto en sábanas que la señora Luisa lavaba cada dos semanas, con aspecto de estar siempre sucio y casi aplastado entre los otros dos camastros que llenaban la habitación. Otra particularidad de aquella cama, bastante común en aquellos días, era que siempre estaba caliente. Y eso llega a ser agradable, sobre todo en invierno.
La señora Luisa no permitía a sus inquilinos calentar un ladrillo en la estufa de carbón para meterlo entre las sábanas, bien envuelto en trapos: solía argüir que no quería que le quemasen la poca ropa de cama que tenía. No había quejas porque, en realidad, el ladrillo resultaba, salvo en las noches más crudas del invierno, superfluo.
Amancio compartía aquel lecho con otros dos obreros de su fábrica, obreros de los que apenas sabía nada porque, obviamente, trabajaban en turnos distintos al suyo. Del que iba a despertar, conocía los gruñidos abotargados y un hombro hirsuto y fuerte (el que agitaba cuando quería sacarlo del sueño); del otro, del que trataba a su vez de despabilarlo, su olor a sudor y a antracita, y una voz pesada, apremiante y desagradable.
No tuvo muchas oportunidades de conocerlos fuera del trabajo: los domingos y otros días festivos solía llegarse hasta Bilbao y no creía que los que compartían su cama fueran a los sitios que él frecuentaba. Amancio tampoco pareció mostrar nunca el menor interés por saber quiénes eran.
La señora Luisa, que apreciaba los chismes y la conversación (sobre todo si nadie la interrumpía), opinaba que Amancio era de esos engreídos que, aunque recién llegados del campo, pensaban que no iban a pasar en su casa más que unos pocos días, unas semanas a lo sumo, que enseguida iban a ahorrar para el alquiler de una vivienda pequeñita, o de un cuarto bien ventilado, si acaso. Cada mes de más que pasara Amancio en su casa suponía un pequeño triunfo para ella. Qué se había creído aquel pueblerino.
La vida de Amancio transcurría entre la fábrica, la cantina y aquella cama. El paseo de los domingos no era más que una interrupción que apenas alteraba el lento transcurrir de la semana. Una noche, sin embargo, encontró entre sus sábanas un paquete dentro del cual parecían crujir unos papeles. En la oscuridad, no pudo ver lo que contenía, así que lo guardó bajo la cama y se durmió preguntándose si aquello tendría que ver con el hecho de que el ocupante del turno anterior se hubiera levantado tan deprisa; como si no hubiera conciliado el sueño durante sus horas de descanso.
A la luz de la madrugada, fuera de la pensión, pudo ver de qué se trataba. Una nota, escrita en letras de molde, decía: «Me han dicho cómo te portaste en el asunto del capataz. Eres el único en quien podemos confiar. Repártelos entre los de tu turno. Salud».
Los pasquines del paquete podían costarle el trabajo, e incluso la cárcel, si se los encontraban encima. Ni siquiera supo cómo los repartió: todavía hoy duda de que mucha gente los leyera, porque los fue dejando en los rincones más oscuros e inverosímiles de la planta. Amancio tuvo tanto miedo, además, que echó la mitad al horno, cuando nadie miraba.
Los siguientes días no le dejaron nada en el camastro. A veces, cuando se tropezaba en el cuarto con alguno de los que llegaban o de los que se iban, creía notar una mano que le apretaba, durante un breve segundo, el brazo, pero no hubiera podido asegurarlo con certeza.
Casi un mes más tarde, se encontró otro paquete, más voluminoso esta vez. Ni siquiera se preocupó de comprobar el contenido de los panfletos. La nota era escueta e imperativa. Esa vez aprovechó mejor los descansos y la distribución fue algo más amplia —por lo menos, destruyó algunas proclamas menos que la vez anterior—.
Dos días después, tras una gran asamblea, la fábrica se declaraba en huelga, en solidaridad con los despedidos de la cuenca minera. La noche anterior a la huelga, aquel obrero anónimo que le dejaba la cama tan calentita le susurró, al marcharse: «Muy bien». Él ni siquiera le dio las gracias. Estaba demasiado cansado.
Las cosas no se precipitaron inmediatamente. La lentitud de los acontecimientos irritaba ligeramente a Amancio. Los paquetes menudeaban pero, eso sí, todos los viernes encontraba, bajo la almohada, un ejemplar de El Obrero, con la tinta aún fresca. Lo leía a escondidas, los domingos. Cuando volvía de Bilbao, ya no lo traía consigo.
Amancio nunca llegó a conocer a los del grupo. Eso le preocupó, por lo menos al principio. ¿Sería que no confiaban en él? ¿No había cumplido, fielmente, con aquellos peligrosos encargos? Se tranquilizaba un poco pensando que, probablemente, se trataba de elementales normas de seguridad.
No se atrevía a dejarle una nota a su desconocido corresponsal porque no sabía si el tercer turnista era de confianza. Tampoco creía prudente pasársela a cualquiera de esas sombras con que se cruzaba todas las noches, una de las cuales, muy raramente, le decía algo.
Desde que había empezado todo, para cuando llegaba, la cama estaba vacía, aunque aún caliente, y él podía ser cualquiera de los que se afanaban en vestirse en la penumbra del cuarto. No sabía ni un nombre, ni un apodo: sus camaradas no tenían rostro. Sin embargo, no creía que estuviesen descontentos con él. Seguían haciéndole encargos.
Leía con atención las páginas de El Obrero y creía encontrar guiños de complicidad cuando en algún breve se mencionaba «La extraordinaria solidaridad de los trabajadores del segundo turno…» o que: «La manifestación partió de la sala de calderas de la fábrica, a la que luego se unieron, como afluentes de un poderoso río, proletarios venidos de todas partes…».
Amancio ni siquiera acudió a la única cita que concertaron con él. Le picaba la curiosidad, desde luego, pero no le pareció prudente. Hacía tiempo que «Madrugador» —así lo había bautizado, en su fuero interno— no le escribía una nota. Fue lo primero que encontró en su cama aquella noche. Debajo de la nota había un paquete, y no era de pasquines. Una forma fría y pequeña se adivinaba bajo el envoltorio de estraza.
Camino de la fábrica confirmó lo que sabía a medias: un revólver Star, nuevo, un día, el domingo, una hora, las tres, y un lugar, el muelle. Amancio rebuscó en su memoria y recordó las graves acusaciones que, desde hacía unas semanas, lanzaba El Obrero contra uno de los ingenieros del puerto. Estaba casi seguro. Iban a matar al ingeniero.
La noche del sábado durmió mal, y el domingo madrugó más que de costumbre, para darse el paseo hasta Bilbao. Apenas disfrutó del paisaje, ni del viento, suave y casi cálido. La pistola le helaba la pierna; temía que se descosiese el bolsillo del pantalón y se le cayese en cualquier momento.
Ya en Bilbao, en vez de tomarse el primer café junto a la iglesia de San Nicolás, como solía, se dirigió directamente a la comisaría y, sin pararse a hablar con nadie, se llegó hasta el despacho del señor Blázquez y le entregó la pistola y la nota garrapateada.
Le informó sobre sus sospechas y se lamentó por no saber cuántos más acudirían. El señor Blázquez, que habitualmente se mostraba ceñudo, le felicitó e incluso llegó a palmearle el hombro. Le dijo que cogerían a los que pudiesen y que, por cierto, no creía que le conviniese volver, ni por la pensión ni por la fábrica.
La detención del grupo fue, durante los días siguientes, la comidilla del pueblo. Doña Luisa no podía creérselo, aquel muchacho tan serio. ¡Con pistolas, con dinamita! En la plaza, las tenderas la notaban contrariada, seguramente, pensaban, por haber perdido aquel cliente. «Más de un cliente», mencionó una de las fruteras. «Será por las cucarachas», reían. «¡La muy avara!».
Pero en esto se equivocaban, porque a doña Luisa no le iba a costar nada encontrar nuevos inquilinos: no paraban de llegar. Le molestaba más que Amancio, que no figuraba en las listas de detenidos, hubiera desaparecido sin dejar ni rastro. Estaba segura, muy a su pesar, de que había progresado más de lo que ella hubiera deseado. El giro que recibió, a los pocos días del suceso, saldando la semana que había dejado sin pagar cuando se fue, y añadiendo una jugosa propina, no hizo sino confirmar sus peores temores. ¡Un pueblerino como aquel!
El canario - Katherine Mansfield
¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo y, sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: «Antes allí debía de colgar una jaula». Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo.
...No te puedes figurar cómo cantaba. Su canto no era como el de los otros canarios, y lo que te cuento no es solo imaginación mía. A menudo, desde la ventana, acostumbraba observar a la gente que se detenía en el portal a escuchar; se quedaban absortos, apoyados largo rato en la verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te parecerá absurdo, pero si lo hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía el efecto de que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un final.
Por ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de la casa, y después de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la baranda a coser: él solía saltar de una percha a otra, dar golpecitos en los barrotes para llamarme la atención, beber un sorbo de agua como suelen hacer los cantantes profesionales, y luego, de repente, se ponía a cantar de un modo tan extraordinario, que yo tenía que dejar la aguja y escucharlo.
No puedo darte idea de su canto, y a fe que me gustaría poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo sentía que comprendía cada nota de sus modulaciones.
¡Lo quería! ¡Cuánto lo quería! Quizá en este mundo no importa mucho lo que uno quiere, pero hay que querer algo. Mi casita y el jardín siempre han llenado un vacío, sin duda; pero nunca me han bastado. Las flores son muy agradecidas, pero no se interesan por nuestra vida.
Hace tiempo quise a la estrella del atardecer. ¿Te parece una tontería? Solía sentarme en el jardín, detrás de la casa, cuando se había puesto el sol, y esperar a que la estrella saliera y brillara sobre las ramas oscuras del árbol de la goma. Entonces le murmuraba: «¿Ya estás aquí, amor mío?». Y en aquel instante parecía brillar solo para mí. Parecía que lo comprendiera...; algo que es nostalgia y, sin embargo, no lo es.
O quizá el dolor de lo que uno echa de menos; sí, era este dolor. Pero ¿qué era lo que echaba de menos? He de agradecer lo mucho que he recibido.
...Pero, en cuanto el canario entró en mi vida, olvidé a la estrella del atardecer: ya no me hacía falta. Y aquello ocurrió de una manera extraña. Cuando el chino que vendía pájaros se detuvo delante de mi puerta y levantó la jaulita donde el canario, en vez de sacudirse como hacían los dorados pinzones, lanzó un débil y leve gorjeo, me sorprendí a mí misma diciéndole:
—¿Ya estás aquí, amor mío?
Desde aquel instante fue mío.
...Aún me asombra ahora recordar cómo él y yo compartíamos nuestras vidas. En cuanto por la mañana quitaba el paño que cubría su jaula, me saludaba con una pequeña nota soñolienta. Yo sabía que quería decirme: «¡Señora! ¡Señora!». Luego lo colgaba afuera, mientras preparaba el desayuno de mis tres muchachos pensionistas, y no lo entraba hasta que volvíamos a estar solos en casa.
Más tarde, en cuanto terminaba de lavar los platos, empezaba una verdadera diversioncita nuestra. Solía poner una hoja de periódico en la mesa, y, cuando colocaba la jaula encima, el canario sacudía las alas desesperadamente como si no supiera lo que iba a ocurrir.
—Eres un verdadero comediante —le decía riñéndolo.
Le frotaba el plato de la jaula, lo espolvoreaba de arena limpia, llenaba de alpiste y de agua los recipientes, ponía entre los barrotes unas hojas de pamplina y medio chile. Y estoy segura de que él comprendía y sabía apreciar cada detalle de esta ceremonia. ¿Comprendes? Era, de natural, de una pulcritud exquisita.
En su percha jamás había una mancha. Y solo viendo cómo disfrutaba bañándose se comprendía que su gran debilidad era la limpieza. Lo que yo ponía por último en la jaula era el envase en que se bañaba. Y al momento se metía en él. Primero sacudía un ala, luego la otra, después zambullía la cabeza y se remojaba las plumas del pecho.
Toda la cocina se iba salpicando de gotas de agua, pero él no quería salir del baño. Yo solía decirle: «Es más que suficiente. Lo que quieres ahora es que te miren».
Y por fin, de un salto, salía del agua, y sosteniéndose con una pata se secaba con el pico, y al terminar se sacudía, movía las alas, ensayaba un gorjeo y levantando la cabeza... ¡Oh! No puedo ni siquiera recordarlo. Yo acostumbraba limpiar los cuchillos mientras tanto; me parecía que también los cuchillos cantaban a medida que se volvían relucientes.
...Me hacía compañía, ¿comprendes? Eso es lo que me hacía. La compañía más perfecta. Si has vivido sola, sabrás lo inapreciable que eso puede ser. Sin duda tenía también a mis tres muchachos que venían a cenar, y a veces se quedaban en casa leyendo los periódicos.
Pero no podía suponer que ellos se interesaran en los detalles de mi vida cotidiana. ¿Por qué se iban a interesar? Yo no significaba nada para ellos: tanto es así, que una noche, en la escalera, oí que, hablando de mí, me llamaban «el adefesio». No importa. No tiene importancia, la más mínima importancia. Lo comprendo bien. Ellos son jóvenes. ¿Por qué me iba a incomodar?
Pero me acuerdo de que aquella noche me consoló pensar que no estaba sola del todo. En cuanto los muchachos salieron, le dije a mi canario: «¿Sabes cómo la llaman a tu señora?». Y él ladeó la cabeza y me miró con su ojito reluciente, de tal forma que tuve que reírme. Parecía como si le hubiese divertido aquello.
...¿Has tenido pájaros alguna vez?... Si no has tenido nunca, quizá todo esto te parezca exagerado. La gente cree que los pájaros no tienen corazón, que son fríos, distintos de los perros y los gatos. Mi lavandera solía decirme cuando venía los lunes: «¿Por qué no tiene un fox-terrier bonito? No consuela ni acompaña un canario». No es verdad, estoy segura.
Me acuerdo de una noche que había tenido un sueño espantoso (a veces los sueños son terriblemente crueles) y, como al cabo de un rato de haberme despertado no conseguía tranquilizarme, me puse la bata y bajé a la cocina para beber un vaso de agua. Era una noche de invierno y llovía mucho.
Supongo que aún estaba medio dormida; pero, a través de la ventana sin postigo, me parecía que la oscuridad me miraba, me espiaba. Y de pronto sentí que era insoportable no tener a nadie a quien poder decir: «He soñado un sueño horrible» o «Protégeme de la oscuridad».
Estaba tan asustada, que incluso me tapé un momento la cara con las manos. Y luego oí un débil «¡Tui-tuí!». La jaula estaba en la mesa, y el paño que la cubría había resbalado de forma que le entraba una rayita de luz. «¡Tui-tuí!», volvía a llamar mi pequeño y querido compañero, como si dijera dulcemente: «Aquí estoy, señora mía: aquí estoy». Aquello fue tan consolador que casi me eché a llorar.
...Pero ahora se ha ido. Nunca más tendré otro pájaro, otro ser querido. ¿Cómo podría tenerlo? Cuando lo encontré tendido en la jaula, con los ojos empañados y las patitas retorcidas, cuando comprendí que nunca más lo oiría cantar, me pareció que algo moría en mí.
Sentí un vacío en el corazón como si fuera la jaula de mi canario. Me iré resignando, seguramente: tengo que acostumbrarme. Con el tiempo todo pasa, y la gente dice que yo tengo un carácter jovial. Tienen razón. Doy gracias a Dios por habérmelo dado.
Sin embargo, a pesar de que no soy melancólica y de que no suelo dejarme llevar por los recuerdos y la tristeza, reconozco que hay algo triste en la vida. Es difícil definir lo que es. No hablo del dolor que todos conocemos, como son la enfermedad, la pobreza y la muerte, no: es otra cosa distinta.
Está en nosotros profunda, muy profunda: forma parte de nuestro ser al modo de nuestra respiración. Aunque trabaje mucho y me canse, no tengo más que detenerme para saber que ahí está esperándome. A menudo me pregunto si todo el mundo siente eso mismo. ¿Quién lo puede saber? Pero ¿no es asombroso que, en su canto dulce y alegre, era esa tristeza, ese no sé qué lo que yo sentía?