11
Una vez la policía
hubo abandonado la habitación con Jan, un silencio tenso se cernió sobre los
presentes. Starkwedder dijo:
-Bien, supongo que he de
comprobar si han logrado sacar mi coche de la cuneta; no pasamos por delante al
venir hacia aquí.
-No -respondió Laura-, el
sendero comienza en el otro lado de la carretera.
-Ya veo -respondió Starkwedder
mientras se dirigía a los ventanales. Al salir a la terraza, comentó-: ¡Qué
diferente se ve todo con la luz del día!
Tan pronto se marchó, Laura y
Farrar se miraron.
-Julian! -exclamó ella-. ¡El
encendedor! ¡Dije que era mío!
-¿Dijiste que era tuyo? ¿Al
inspector?
-No. A él.
-A ese tipo... -comenzó Farrar,
pero enmudeció al ver a Starkwedder pasearse por la terraza-. Laura...
-¡Ten cuidado! -le advirtió ella
mientras se acercaba a la pequeña ventana del vano y miraba al exterior-.
Quizá nos esté escuchando.
-¿Quién es? -preguntó Farrar-.
¿Le conoces?
Laura se acercó al centro de la
estancia.
-No, no le conozco -dijo-. Tuvo
un accidente con el coche y vino anoche, justo después de...
Julian le rozó la mano tendida
sobre el respaldo del sofá.
-No pasa nada, Laura. Sabes que
haré todo lo que pueda.
-Julian... las huellas
dactilares.
-¿Qué huellas?
-En esa mesa y en el cristal de
la ventana. ¿Son tuyas?
Farrar retiró la mano de la suya
para indicar que Starkwedder volvía a pasar por la terraza. Sin volverse hacia
la ventana, ella se apartó de él y dijo en voz alta:
-Es muy amable de tu parte,
Julian, estoy convencida de que puedes ayudarnos con muchas cosas.
Starkwedder deambulaba por la
terraza. Cuando hubo desaparecido de vista, Laura dijo:
-¿Son tuyas estas huellas
dactilares, Julian? Piensa.
Farrar permaneció pensativo un
instante y luego dijo:
-Las de la mesa quizá sí.
-¡Dios mío! ¿Qué vamos a hacer?
De nuevo distinguieron a
Starkwedder caminando de un lado a otro de la terraza. Laura dio una calada al
cigarrillo.
-La policía sospecha de un
hombre llamado MacGregor -dijo.
-Muy bien -respondió él-. Es
probable que sigan pensando así.
-Pero imagina...
Farrar la interrumpió.
-Debo marcharme, tengo una
reunión -dijo mientras se incorporaba-. No pasa nada -la tranquilizó con unas
palmadas en el hombro-. No te preocupes, yo me ocuparé de que estés bien.
La expresión de Laura era de
incomprensión, casi de desesperación. Pero Farrar, al parecer ajeno a ello,
se dirigió a los ventanales. Al salir, se encontró con Starkwedder, que
entraba de nuevo en el estudio. Farrar se apartó con cortesía para evitar
chocar con él.
-¿Se marcha usted a alguna
parte? -preguntó Starkwedder.
-Sí. Estos días voy bastante
ajetreado. Las elecciones se celebran dentro de una semana.
-Ya -respondió Starkwedder-.
Perdone mi ignorancia, pero ¿qué partido representa usted? ¿El conservador?
-Soy liberal -respondió Farrar
con altivez.
-¡Ah! ¿Todavía existen?
Julian Farrar suspiró y se
marchó sin pronunciar palabra. Starkwedder dedicó a Laura una mirada dura.
-Ya veo -dijo con furia
contenida-, o al menos estoy empezando a ver.
-¿Qué quiere decir?
-Es su amiguito, ¿verdad? -dijo
mientras se acercaba a ella-. Vamos, ¿sí o no?
-Ya que lo pregunta, ¡sí, lo es!
-respondió desafiante.
Starkwedder la miró y dijo:
-Hay muchas cosas que no me dijo
anoche, ¿no es cierto? Por eso cogió su encendedor tan deprisa y dijo que era
suyo. -Starkwedder se alejó unos pasos y se volvió hacia ella-. ¿Cuánto tiempo
hace que dura esta historia entre ustedes dos?
-Bastante -respondió ella con un
hilo de voz. -¿Nunca pensó en abandonar a Warwick y marcharse con él?
-No. Está la carrera política de
Julian, podría arruinarle.
Starkwedder se sentó malhumorado
en un extremo del sofá.
-Seguro que no, hoy en día no.
¿No aceptan todos el adulterio con tranquilidad?
-Son circunstancias
muy especiales -intentó explicar Laura-. Era amigo de Richard, y tratándose de
un inválido...
-Sí, ya veo. Es cierto que no
representaría muy buena publicidad para él -replicó Starkwedder.
Laura se acercó al sofá y se
quedó de pie, delante de él.
-¿Supongo que piensa que debería
habérselo explicado anoche? -comentó con frialdad. El apartó los ojos de su
mirada.
-No tenía ninguna obligación
-murmuró. Laura pareció tranquilizarse.
-No pensé que importara...
-dijo-. Quiero decir... lo único en lo que podía pensar era en que había matado
a Richard.
Pareció ganarse de nuevo a
simpatía de Starkwedder, pues éste murmuró:
-Entiendo. -Después de una pausa
añadió-: Yo tampoco podía pensar en nada más. -Enmudeció de nuevo y después
alzó los ojos hacia ella-. ¿Quiere probar un pequeño experimento? ¿Dónde se
encontraba ayer cuando disparó a Richard?
-¿Dónde me encontraba? -repitió
Laura perpleja.
-Sí, eso he dicho.
Después de pensarlo un momento,
ella respondió.
-Allí -señaló los ventanales.
-Acérquese al lugar desde donde
disparó -le pidió Starkwedder.
Laura se levantó y comenzó a
deambular nerviosa por la habitación.
-No... no lo recuerdo -dijo-. No
me pida que lo recuerde. -Parecía asustada.
-Su marido le dijo algo -le
recordó Starkwedder-, algo que hizo que usted cogiera la pistola. -Se levantó
del sofá y se dirigió a la mesa junto al sillón para apagar el cigarrillo-.
Vamos, representemos la escena -continuó-. Allí está la mesa y la pistola -dijo
mientras cogía el cigarrillo de Laura y lo depositaba en el cenicero-. Estaban
discutiendo y usted cogió la pistola, cójala...
-¡No quiero! -exclamó ella.
-No sea tonta. No está cargada.
Vamos, cójala.
Reticente, Laura lo hizo.
-Recuerde que la atrapó con
fuerza, no como ahora. La cogió con fuerza y disparó. Muéstreme cómo lo hizo.
Sosteniendo la pistola con
torpeza, ella se alejó unos pasos de él.
-Yo... yo -balbució.
-Vamos, muéstremelo -ordenó con
fuerza Starkwedder.
Laura intentó apuntar el arma.
-Vamos, ¡dispare! No está
cargada. Mientras Laura seguía titubeando, él le arrebató la pistola.
-¡Me lo imaginaba! -exclamó-.
Jamás ha disparado un arma en su vida, no sabe cómo hacerlo. -Con la vista
clavada en la pistola agregó-: Usted no disparó a su marido.
-Sí que lo hice -insistió ella.
-No, no lo hizo.
Laura preguntó con tono
asustado:
-¿Por qué iba a decir entonces
que lo hice yo?
Starkwedder respiró hondo. Se
acercó al sofá y se dejó caer en él.
-La respuesta me parece bastante
evidente: porque fue Julian Farrar quien le mató.
-¡No! -exclamó ella casi en un
grito.
-¡Sí!
-¡No!
-Le digo que sí -insistió él.
-Si fue Julian, ¿por qué diablos
iba a decir que lo hice yo?
Starkwedder le dirigió una
mirada desapasionada.
-Porque usted pensó, con
bastante acierto, que yo la encubriría, y tuvo razón. -Starkwedder se reclinó
en el sofá antes de proseguir-. Sí, jugó muy bien conmigo. Pero se acabó, ¿lo
entiende? Que me aspen si voy a contar un montón de mentiras para salvar el
pellejo del mayor Farrar.
Se hizo un silencio. Laura
sonrió y fue hacia la mesa junto al sillón para recoger el cigarrillo. Se
volvió hacia Starkwedder y dijo:
-¡Sí que lo hará! ¡Tendrá que
hacerlo! ¡Ya le ha dado su versión a la policía! ¡Ahora no puede cambiarla!
-¿Qué? -respondió él perplejo.
Laura se sentó en el sillón.
-Por mucho que sepa o crea saber
-puntualizó-, tendrá que ajustarse a su versión. Ahora es usted cómplice, lo
dijo usted mismo -explicó.
Starkwedder se levantó y
exclamó:
-¡Menuda zorra! -La miró con
desprecio sin pronunciar palabra y, girando sobre los talones, se marchó.
Laura le observó avanzar por el
jardín. Hizo ademán de seguirle y llamarle, pero cambió de opinión y, con aire
abatido, abandonó el estudio por la puerta del pasillo.
12
Ese mismo día, a
última hora de la tarde, Julian Farrar caminaba nervioso de un lado a otro del
estudio. Las ventanas de la terraza estaban abiertas; el sol, a punto de
ocultarse tras el horizonte, proyectaba una luz dorada sobre el jardín. Farrar
había sido citado por Laura Warwick, que al parecer necesitaba verle con urgencia.
Mientras esperaba, Farrar consultó su reloj repetidas veces.
Con aire disgustado, echó un
vistazo a la terraza y después se adentró de nuevo en la habitación, no sin
antes mirar de nuevo el reloj. En ese instante vio un periódico sobre la mesa
situada junto al sillón y lo cogió. Se trataba de un diario local, The
Western Echo, que publicaba en primera página un artículo sobre la muerte
de Richard Warwick: «Prominente residente local asesinado por un agresor
misterioso», rezaba el titular.
Farrar se sentó y comenzó a leer el artículo
con nerviosismo. Pasados unos minutos, dejó el periódico a un lado, se dirigió
a la ventana y, con un último vistazo a la habitación, se adentró en el
jardín. Había recorrido la mitad del terreno cuando oyó un ruido a sus
espaldas. Dio media vuelta y comenzó a farfullar:
-Laura, lo siento, yo... -Pero
se detuvo en seco al comprobar que la persona que venía en su dirección no era
Laura Warwick, sino Angell, el asistente del difunto Richard Warwick.
-Señor, la señora Warwick me ha
pedido que le comunique que bajará enseguida -dijo Angell-. Pero yo me
preguntaba si sería posible hablar un momento con usted.
-Claro. ¿De qué se trata?
Angell se acercó a Julian Farrar
y dio unos pasos más alejándose de la casa, como si le preocupara que alguien
pudiera oír lo que tenía que decir.
-¿Y bien? -preguntó Farrar al
adivinar sus intenciones.
-Señor, siento cierta
preocupación sobre mi situación en esta casa y quería consultarlo con usted.
Preocupado por sus propios
asuntos, Julian Farrar no estaba interesado en aquello.
-Y bien, ¿cuál es el problema?
Angell reflexionó un momento
antes de contestar:
-Con la muerte del señor
Warwick, pierdo mi puesto de trabajo.
-Sí, supongo que sí. Pero, no
creo que tenga dificultad en encontrar otro, ¿verdad?
-Espero que no, señor.
-Usted es un hombre cualificado,
¿no es cierto? -preguntó Farrar.
-Oh, sí. Además, siempre tengo
la posibilidad de trabajar en un hospital o en un centro privado, ya lo sé.
-Entonces, ¿qué le preocupa?
-indagó Farrar.
-Pues bien, señor, las
circunstancias en las que este trabajo ha llegado a su término han sido muy
desagradables para mí.
-Hablando en cristiano, no le
gusta la idea de haberse visto involucrado en un asesinato. ¿Es eso?
-Podríamos decirlo así, señor
-asintió el asistente.
-Pues bien, me temo que nadie
puede hacer nada al respecto. De todos modos, supongo que la señora Warwick le
dará buenas referencias. -Farrar sacó la pitillera y la abrió.
-No creo que haya ningún
problema al respecto, señor -respondió Angell-. La señora Warwick es una
persona muy agradable, encantadora, si me permite decirlo.
Farrar, que había decidido
esperar a Laura, estaba a punto de regresar a la casa, pero se giró al percibir
algo extraño en la actitud del asistente.
-¿Qué quiere decir? -preguntó
con voz queda.
-No quisiera causar ninguna
molestia a la señora Warwick -respondió Angell con voz melosa.
Antes de replicar, Farrar
extrajo un cigarrillo de la pitillera.
-¿Quiere decir que está
alargando su estadía por deferencia a ella?
-Es cierto, señor -confirmó
Angell-, que la ayudo con los asuntos de la casa, pero no es eso lo que quería
decir exactamente. -Guardó silencio un instante antes de continuar-. De hecho,
es una cuestión de conciencia, señor.
-¿Qué puñetas quiere decir?
-espetó Farrar irritado.
Angell parecía incómodo, pero su
voz sonó segura cuando respondió:
-Creo que no se da cuenta de la
dificultad de mi situación, señor, al tener que declarar ante la policía,
quiero decir. Es mi deber como ciudadano ayudar a la policía en todo lo que me
sea posible pero, al mismo tiempo, quisiera permanecer fiel a mis patronos.
Farrar se giró para encender el
cigarrillo.
-Habla usted como si hubiese
alguna clase de conflicto -comentó.
-Si lo piensa bien, señor, se
dará cuenta de que es inevitable. Podríamos decir que se da un conflicto de
lealtades.
Farrar lo miró.
-¿Adónde quiere llegar, Angell?
-La policía, señor, no puede
evaluar la situación -respondió Angell-. Quizá, y sólo quizá, esta situación
pudiera resultar muy importante en un caso como éste. Sabe usted, hace
bastante tiempo que padezco insomnio.
-¿Es necesario que hablemos de
sus dolencias? -preguntó Farrar.
-Me temo que sí, señor, pues
aunque ayer me retiré temprano, fui incapaz de conciliar el sueño.
-Cuánto lo siento -respondió
Farrar con acritud-. Pero realmente...
-Verá, señor -continuó Angell,
haciendo caso omiso de la interrupción-, dada la ubicación de mi dormitorio en
esta casa, he llegado a tener conocimiento de ciertos asuntos de los que quizá
la policía no sea plenamente consciente.
-¿Qué intenta decir?
-El difunto señor Warwick
-respondió Angell- era un hombre enfermo e inválido. En estas tristes
circunstancias, era de esperar que una mujer atractiva como la señora Warwick
buscara, ¿cómo diría yo?, otro vínculo en otra parte.
-Así que se trata de eso -dijo
Farrar-. Creo que no me agrada su tono, Angell.
-No, señor. Pero no se precipite
en su juicio. Si lo piensa bien, quizá comprenda lo difícil que es mi
situación, pues poseo una información que, de momento, no he compartido con la
policía, pero que quizá sería mi deber hacerlo.
Farrar lo miró con frialdad.
-Creo que lo de ir a la policía
es un farol; lo que usted quiere decir es que podría remover el asunto a no ser
que... -Se detuvo antes de completar la frase-. ¿A no ser qué?
Angell se encogió de hombros.
-Como usted bien dice, soy
enfermero titulado. Pero a veces, mayor Farrar, pienso que me gustaría
establecer mi propio negocio, un pequeño centro, no exactamente una clínica
sino un lugar en el que pudiera acoger a cinco o seis pacientes. Con la ayuda
de un asistente, claro.
Seguramente los pacientes serían hombres difíciles de
cuidar en casa por sus problemas con el alcohol, ya sabe. Por desgracia,
aunque he logrado ahorrar una suma considerable, no es suficiente, y por ello
me preguntaba si...
Farrar completó la frase por él:
-Usted se preguntaba si yo, o si
yo y la señora Warwick, podríamos ayudarle con su provecto.
-Sólo me lo preguntaba, señor
-respondió Angell con tono dócil-. Sería muy bondadoso por su parte.
-Sí que lo sería, ¿verdad?
-respondió Farrar sarcástico.
-Usted ha sugerido, con cierta
precipitación -prosiguió Angell-, que amenazaba con remover el asunto, supongo
que está pensando en el escándalo. Pero no es ésa mi intención, señor. Jamás
soñaría con hacer algo así.
-¿Adónde quiere llegar, Angell?
-preguntó Farrar a punto de perder los estribos-. Porque es obvio que pretende
llegar a alguna parte.
Angell sonrió con modestia antes
de responder. Cuando habló fue con voz queda pero firme:
-Como le decía, señor, anoche no
podía dormir; así que estaba tumbado en la cama escuchando la sirena de niebla
(siempre he pensado que es un sonido muy deprimente), cuando de pronto creí
oír una persiana chocando contra una ventana, un ruido muy molesto cuando se
intenta conciliar el sueño. Me levanté, miré por la ventana y me pareció que se
trataba de la persiana de la despensa, situada casi debajo de la mía.
-¿Y bien?
-Decidí bajar a cerrar la
persiana -continuó Angell-. Y cuando lo hacía, oí un disparo. En ese momento
no le di mayor importancia, pues pensé: Ya está otra vez el señor Warwick
haciendo de las suyas, aunque es imposible que vea nada con esta neblina.
Después me dirigí a la despensa y cerré la persiana. No se por qué, pero
mientras estaba allí me invadió cierta inquietud. Además, al otro lado de la
ventana, oí unos pasos en dirección a la casa.
-Se refiere al camino que lleva
a... -le interrumpió Farrar volviendo los ojos en esa dirección.
-Sí, señor -confirmó Angell-. El
camino que va desde la terraza, rodea la casa y pasa por delante de las
dependencias del servicio. Nadie utiliza ese camino, señor, excepto usted
cuando lo toma como atajo para ir a su casa.
El asistente guardó silencio y
clavó los ojos en Farrar, quien simplemente respondió: -Prosiga.
-Como le decía, me sentía un
poco inquieto, pensaba que quizá había algún merodeador por la casa, así que no
puede imaginarse el alivio que sentí al verle pasar por delante de la ventana
de la despensa. Caminaba deprisa, en dirección a su casa.
Farrar guardó silencio y después
dijo:
-Realmente no entiendo cuál es
el sentido de lo que me explica. ¿Acaso tiene alguno?
Con un carraspeo de disculpa,
Angell respondió.
-Sólo me preguntaba, señor, si
había usted mencionado a la policía que ayer estuvo aquí visitando al señor
Warwick. Si no es así, y suponiendo que me interrogaran de nuevo sobre los
acontecimientos de anoche...
Farrar le interrumpió.
-¿Supongo que es consciente de
que la pena por chantaje es muy dura? -preguntó con sequedad.
-¿Chantaje, señor? -respondió
Angell con aire sorprendido-. No sé qué quiere decir, tan sólo se trata de mi
deber para con la policía...
-La policía ya está satisfecha
con la identidad de la persona que asesinó al señor Warwick, de hecho a ese
tipo sólo le faltó firmar con su nombre, por lo que no es muy probable que vayan
a hacerle más preguntas.
-Le aseguro, señor -repuso
Angell con tono alarmado-, que sólo quería...
-Sé muy bien que es imposible
que reconociera a nadie en la niebla tan espesa de anoche, sólo se ha
inventado esta historia para... -Farrar enmudeció al ver que Laura Warwick salía al jardín.
13
-Siento haberte
hecho esperar, Julian -se disculpó Laura mientras se acercaba. Parecía
sorprendida de ver a Angell y Julian Farrar conversando.
-Señor, quizá pueda hablar más
tarde con usted sobre este pequeño asunto -murmuró Angell antes de marcharse.
Hizo una pequeña reverencia a Laura, cruzó el jardín con paso rápido y viró al
llegar a la esquina de la casa.
Laura siguió su marcha y después
dijo con apremio:
-Julian, tengo que...
Él le interrumpió.
-¿Por qué has mandado por mí,
Laura?
-preguntó enfadado.
-Te he estado esperando todo el
día -respondió ella sorprendida.
-He estado muy ocupado toda la
mañana -repuso él-, y esta tarde he
tenido varias reuniones; no puedo dejar esas cosas cuando están tan cerca las
elecciones. De todos modos, ¿no crees que sería mejor que no nos viéramos por
una temporada?
-Pero necesitamos hablar de
varias cosas. Farrar la tomó del brazo para alejarla de la casa.
-¿Sabes que Angell ha intentado
chantajearme?
-¿Angell? -exclamó Laura
incrédula.
-Sí, está claro que sabe lo
nuestro y también sabe, o al menos dice saber, que estuve aquí anoche.
Ella ahogó un grito.
-¿Quieres decir que te vio?
-Dice que me vio -replicó
Farrar.
-Pero es imposible que te viera
con esa niebla.
-Me ha contado una historia
sobre que bajó a la despensa para cerrar una persiana y que me vio pasar cuando
regresaba a casa. También dice que oyó un disparo poco antes pero que no le dio
mayor importancia.
-¡Dios mío! ¡Qué horror! ¿Qué
vamos a hacer?
Farrar fue a consolarla con un
abrazo, pero echó una ojeada a la casa y se abstuvo. Después la observó con
detenimiento.
-Todavía no sé qué vamos a
hacer, tendremos que pensar en algo.
-No le vas a pagar, ¿verdad?
-No. Si empiezas, es el
principio del fin. Pero, por otro lado, ¿qué puede hacerse? -preguntó a la vez
que se pasaba la mano por la frente-. Pensé que nadie sabía que estuve aquí
anoche, estoy convencido de que mi ama de llaves lo ignora. Pero la cuestión
es: ¿es cierto que me vio Angell o sólo finge haberme visto?
-¿Qué sucederá si acude a la
policía? -preguntó Laura con voz temblorosa.
-No sé. Tenemos que pensar,
pensar con cuidado. -Comenzó a caminar de un lado a otro-. Podríamos ignorarle
aduciendo que es un farol y que está mintiendo, que yo jamás salí de casa
anoche.
-Pero están las huellas
dactilares -objetó Laura.
-¿Qué huellas?
-Te has olvidado de las huellas
de la mesa -le recordó ella-. La policía cree que son de MacGregor, pero si
Angell les cuenta esta historia, querrán tomar tus huellas, y entonces...
-Ya -masculló Farrar-. Bien,
pues entonces tendré que reconocer que estuve aquí e inventarme alguna
historia, que vine para ver a Richard y que conversamos...
-Podrías decir que se encontraba
en perfecto estado cuando te marchaste.
Farrar la miró sin afecto
alguno.
-¡Qué fácil haces
que parezca todo! -replicó-. ¿De verdad puedo decir eso? -añadió sarcástico.
-¡Tendrás que decir algo!
-respondió Laura a la defensiva.
-Sí, que apoyé la mano cuando me
incliné a ver... -Tragó saliva al revivir la escena.
-Siempre y cuando piensen que
las huellas son de MacGregor -dijo Laura.
-¡MacGregor! ¡MacGregor! -espetó
él furioso-. ¿Qué demonios te hizo sacar ese mensaje del periódico y ponerlo
sobre el cuerpo de Richard? ¿No estabas corriendo un gran riesgo?
-Sí... no... ¡No lo sé! -chilló
Laura confundida.
Farrar la contempló con
desprecio.
-Teníamos que pensar en algo
-suspiró Laura-. Yo... yo no podía pensar. Fue idea de Michael,
-¿Michael?
-Michael Starkwedder.
-¿Quieres decirme que él te
ayudó? -preguntó Farrar incrédulo.
-¡Sí, lo hizo! Por eso quería
verte, para explicarte...
Farrar se acercó a Laura y
masculló:
-¿Qué tiene que ver ese Michael
-enfatizó el nombre de pila de Starkwedder-, ese Michael Starkwedder en todo
esto?
-Entró y me
encontró allí, con la pistola en la mano y...
-¡Dios Santo! -exclamó él al
tiempo que se apartaba de ella-. Y de alguna manera le convenciste de que...
-Creo que él me convenció a mí
-murmuró ella con tristeza mientras daba un paso hacia Farrar-. ¡Oh, Julian!
Laura estaba a punto de rodearle
el cuello con los brazos, pero él la apartó.
-Ya te lo he dicho, haré todo lo
que pueda -le aseguró-. No creas que no, pero...
Laura le observó.
-Has cambiado -comentó con voz
queda.
-Lo siento, pero es que no puedo
sentir lo mismo -reconoció Farrar, desesperado-. Después de lo sucedido, no
puedo sentir lo mismo.
-Yo sí. Al menos eso creo. No
importa lo que hayas hecho, Julian, siempre sentiré lo mismo.
-Nuestros sentimientos no
importan ahora -dijo Farrar-. Tenemos que ajustarnos a los hechos.
Ella le miró.
-Lo sé. Dije a Starkwedder que
yo... bueno, ya sabes, que fui yo.
Farrar la contempló con
incredulidad. -¿Le dijiste eso a Starkwedder?
-Sí.
-¿Y estuvo de acuerdo en
ayudarte? ¿Un extraño? ¡Ese hombre debe de estar loco!
-Sí, quizá esté un poco loco,
pero fue reconfortante tenerle allí.
-¡Así que no hay hombre que se
te resista! ¿Se trata de eso? -exclamó Farrar, y se giró. Después se volvió
hacia Laura de nuevo-. De todos modos, un asesinato... -Enmudeció al tiempo que
sacudía la cabeza.
-Intentaré no pensar en ello
-contestó ella-. No fue premeditado, Julian, fue un impulso -agregó con tono
casi suplicante.
-No es necesario que hablemos
más de ello. Ahora tenemos que pensar en lo que vamos a hacer.
-Ya lo sé, están tus huellas y
el encendedor.
-Sí -recordó Farrar-, debió de
caerse cuando me incliné sobre el cuerpo.
-Starkwedder sabe que es tuyo
-dijo Laura-. Pero no puede hacer nada al respecto, ahora ya se ha
comprometido y no puede cambiar su versión de los hechos.
Farrar la observó un instante.
Cuando habló de nuevo fue con cierto tono heroico:
-Llegado el caso, Laura, yo
asumiré la culpa -le aseguró.
-¡No, no quiero que hagas eso!
-exclamó ella y le agarró el brazo, pero lo soltó tras lanzar una ojeada
nerviosa a la casa-. ¡No quiero que lo hagas! -repitió.
-No creas que no
entiendo cómo sucedió -dijo Farrar-. Cogiste la pistola y le disparaste sin
saber lo que hacías, y...
Laura ahogó un grito.
-¿Qué? ¿Acaso pretendes que diga
que le maté yo? -espetó.
-En absoluto -respondió Farrar
con aire avergonzado-. Ya te he dicho que estoy dispuesto a asumir la culpa si
fuera necesario. Laura sacudió la cabeza, perpleja.
-Pero si decías que sabías cómo
había ocurrido...
Él la observó.
-Escucha, no creo que fuera un
acto deliberado ni premeditado. Sé que no lo fue, sé que le disparaste
porque...
Laura 1e interrumpió:
-¿Que yo le disparé? ¿Realmente
crees que yo le disparé?
Farrar se dio la vuelta al
tiempo que exclamaba:
-¡Dios mío! Va a ser imposible,
ni siquiera somos capaces de ser honestos con nosotros mismos. Laura parecía
desesperada. Intentó tranquilizarse antes de replicar con énfasis:
-¡Yo no le disparé y tú lo
sabes!
Hubo un silencio. El se volvió
lentamente hacia ella.
-Entonces ¿quién lo hizo?
-preguntó. De pronto lo comprendió y añadió-: ¡Laura! No estarás
diciendo que yo le maté.
Se encontraban frente a frente.
Guardaron silencio durante un instante. Luego Laura dijo:
-Oí el disparo, Julian. -Respiró
hondo antes de continuar-. Oí el disparo y tus pasos mientras te alejabas por
el camino. Bajé, y allí estaba Richard, muerto.
Pasado un instante, Farrar
respondió con suavidad:
-Laura, yo no le maté. -Alzó la
vista al cielo como en busca de inspiración y después clavó los ojos en ella-.
Vine para hablar con Richard -explicó-, para decirle que después de las elecciones
tendríamos que llegar a algún acuerdo sobre el divorcio. Oí un disparo poco
antes de llegar, pensé que se trataba de uno de los juegos de Richard, como
siempre. Entré, y allí estaba, muerto. El cuerpo todavía estaba caliente.
Ella le miró perpleja.
-¿Caliente? -repitió.
-No llevaba más de uno o dos
minutos muerto. Como es natural, pensé que le habías matado tú, ¿quién más
podía haber sido?
-No lo comprendo -murmuró ella.
-Supongo... supongo que pudo ser
un suicidio -aventuró Farrar, pero Laura le interrumpió.
-No, no pudo ser, porque...
-Enmudeció al oír los gritos exaltados del joven Jan en el interior de la
casa.
14
Farrar y Laura
corrieron hacia la casa y casi chocaron con Jan cuando salió por la contraventana
de la terraza.
-¡Laura! -gritó mientras le
empujaba hacia la biblioteca-. Laura, ahora que Richard ha muerto, todas sus
pistolas, rifles y cosas así me pertenecen, ¿verdad? Quiero decir, yo soy su
hermano, soy el hombre de la familia.
Julian Farrar les siguió a la
biblioteca, se acercó al sillón y se sentó en el brazo mientras Laura trataba
de tranquilizar a Jan, que no cesaba de quejarse.
-Benny no me deja coger las
pistolas, las ha guardado con llave en el armario de allá arriba. -Señaló con
un gesto hacia la puerta-. Pero son mías, estoy en mi derecho. Dile que me dé
la llave.
-Escucha, Jan, cariño -comenzó
Laura, pero Jan no quería ser interrumpido. Se dirigió rápido hacia la puerta
y dio media vuelta gritando:
-Me trata como a un niño. Todos
me tratan como a un niño, pero soy un hombre. Tengo diecinueve años, soy casi
mayor de edad.
-Abrió los brazos como si
intentara abarcar sus pistolas-. Todas las cosas de Richard me pertenecen.
Haré lo mismo que él, dispararé contra las ardillas, los pájaros y los gatos.
-Rió histérico-. Quizá dispare también contra las personas que no me gustan.
-No debes excitarte, Jan -le
advirtió Laura.
-No estoy excitado -respondió
enfurruñado-. Pero no voy a dejar que... que me victimicen. Ahora soy el
señor de la casa y todos harán lo que yo diga. -Se detuvo un instante y
después se dirigió a Farrar-: Yo también podría ser juez de paz si quisiera,
¿verdad, Julian?
-Todavía eres demasiado joven
para eso -contestó Farrar.
Jan se encogió de hombros y se
volvió hacia Laura.
-Todos me tratáis
como a un niño -volvió a lamentarse-. Pero ahora que Richard ha muerto ya no
podéis. -Fue hasta el sofá, se sentó y se cruzó de piernas-. Además, supongo
que ahora también soy rico, ¿verdad? Esta casa me pertenece, nadie puede
mandarme, ahora mandaré yo. No dejaré que la tonta de Benny me diga lo que
tengo que hacer, si Benny intenta darme órdenes, yo... ¡yo ya sé lo que haré!
Laura se acercó a él.
-Jan, cariño -susurró con
dulzura-, éste es un momento muy difícil para todos, y las cosas de Richard no
pertenecerán a nadie hasta que vengan los abogados, lean el testamento y lo
autentifiquen. ¿Lo comprendes?
La voz de Laura tuvo un efecto
balsámico y tranquilizador sobre Jan. El joven la miró, le rodeó la cintura
con los brazos y apoyó la cabeza en su regazo.
-Comprendo lo que dices, Laura
-dijo-. Te quiero, Laura. Te quiero mucho.
-Sí, cariño -murmuró ella con
dulzura-. Yo también te quiero.
-Estás contenta de que Richard
haya muerto, ¿verdad? -preguntó Jan de repente. Sorprendida, ella respondió:
-No, claro que no.
-Sí que lo estás -replicó él,
astuto-. Ahora podrás casarte con Julian.
Laura lanzó una rápida mirada a
Julian, que se puso en pie mientras Jan continuaba hablando.
-Sé que hace mucho tiempo que
quieres casarte con Julian. Todos piensan que no me doy cuenta de las cosas, o
que no sé nada, pero no es así. Ahora estáis bien, la situación se ha arreglado
y estáis contentos. Estáis contentos porque... -Calló al oír la voz de la
señorita Bennett en el pasillo llamándolo.
Jan rió.
-¡Benny, tonta! -gritó mientras
daba saltos en el sofá.
-Pórtate bien con Benny -le
reprendió Laura mientras le ayudaba a ponerse en pie-. Está muy preocupada por
todo -añadió mientras lo acompañaba hasta la puerta-. Tienes que ayudar a
Benny, Jan, porque ahora eres el hombre de la familia.
Jan abrió la puerta, miró a
Laura y después a Julian.
-De acuerdo, de acuerdo
-prometió con una sonrisa-. Lo haré. -Abandonó la habitación, cerró la puerta
tras de sí y comenzó a gritar «¡Benny!».
Laura se volvió hacia Farrar,
que se acercó a ella.
-No tenía ni idea de que supiera
lo nuestro -exclamó ella.
-Ese es el problema con las
personas como Jan. Nunca sabes cuánto saben. Es muy... quiero decir... se
altera muy rápido, ¿verdad?
-Sí, se pone nervioso muy rápido
-reconoció Laura-. Pero ahora que no está Richard para burlarse de él, se
tranquilizará, será más normal, estoy segura.
Farrar parecía dudoso.
-No lo sé -comenzó,
pero se detuvo al entrar Starkwedder por la contraventana de la terraza.
-Hola -dijo con tono alegre.
-Hola -respondió Farrar
titubeante.
-¿Cómo va todo? ¿Felices como
perdices? -preguntó Starkwedder mientras los contemplaba. Sonrió-: Ya veo, dos
son compañía y tres son multitud. No debería haber entrado por la contraventana
así, un caballero se hubiera dirigido a la puerta principal y hubiera llamado
al timbre, ¿no es así? Pero, saben, yo no soy ningún caballero.
-Por favor... -comenzó Laura,
pero Starkwedder la interrumpió.
-De hecho -explicó-, he venido
por dos razones. En primer lugar, para despedirme, ya han verificado mis
antecedentes y las altas esferas de Abadan han confirmado que soy un hombre
bueno y honesto. Así que ya soy libre de marcharme.
-Siento que se vaya tan pronto
-dijo Laura.
-Muy amable por su parte
-respondió Starkwedder con cierta acritud-, sobre todo si se tiene en cuenta la
manera en que me he entrometido en este asesinato familiar. -Contempló a Laura
un instante y después se acercó a la silla del escritorio-. Pero he entrado por
la contraventana por otra razón. La policía me ha acompañado en su coche y,
aunque no se mostraron muy comunicativos, creo que se traen algo entre manos.
Laura ahogó un grito de
consternación.
-¿La policía ha
vuelto?
-Sí -confirmó Starkwedder.
-Pero pensé que ya habían
acabado esta mañana.
Starkwedder le dirigió una
mirada astuta. -¡Por eso digo que se traen algo entre manos! -exclamó.
Laura y Farrar se acercaron al
oír unas voces en el pasillo. La puerta se abrió y entró la madre de Richard
Warwick, muy erguida y dueña de sí misma, a pesar de seguir caminando con ayuda
de un bastón.
-¡Benny! -exclamó por encima del
hombro antes de dirigirse a Laura-. ¡Ah! Estás aquí, Laura. Te estábamos
buscando.
Farrar se aproximó a la señora
Warwick y la ayudó a sentarse en el sillón.
-Qué amable por tu parte volver
a pasar por aquí, Julian, con lo ocupado que estás -comentó.
-Hubiera venido antes, señora
Warwick -respondió Farrar-, pero hoy ha sido un día especialmente ajetreado. Si
puedo hacer algo para ayudar... -Enmudeció al entrar en el estudio la señorita
Bennett seguida del inspector Thomas.
El policía, que se
detuvo en el centro de la habitación, llevaba un maletín en la mano. Starkwedder
se sentó en la silla del escritorio y encendió un cigarrillo
mientras el sargento Cadwallader entraba acompañado de Angell.
-No encuentro al
joven Warwick, señor -dijo el sargento al inspector mientras se acercaba a los
ventanales de la terraza.
-Está fuera en algún lugar, ha
salido a dar un paseo -anunció la señorita Bennett.
-No importa -dijo el inspector.
Observó a todos los presentes. Su actitud había cambiado y ahora mostraba
cierta severidad.
Después de esperar un momento a
que hablara, la señora Warwick preguntó con frialdad:
-¿Debo suponer que tiene más
preguntas que hacer, inspector Thomas?
-Sí, señora Warwick, me temo que
sí.
La voz de la señora Warwick sonó
cansada cuando preguntó:
-¿Todavía no tiene noticias de
ese MacGregor?
-Al contrario -respondió el
inspector.
-¿Lo han encontrado? -preguntó
la señora Warwick, ansiosa.
-Sí.
Todos reaccionaron con
manifiesta agitación. Laura y Farrar se mostraron incrédulos mientras que
Starkwedder se volvió hacia el inspector.
La voz severa de la señorita
Bennett rasgó el silencio:
-Entonces, ¿le han arrestado?
El inspector la miró antes de
responder.
-Creo que eso es imposible,
señorita Bennett.
-¿Imposible? -exclamó-. Pero,
¿por qué?
-Porque está muerto -respondió
el inspector con voz seca.
15
El anuncio del
inspector Thomas fue recibido con un silencio atónito. Laura susurró con voz
titubeante y temerosa:
-¿Qué ha dicho?
-He dicho que ese MacGregor ha
muerto. Todos emitieron un grito de sorpresa. El inspector inició la
explicación:
-John MacGregor murió en Alaska
hace más de dos años, poco después de regresar de Inglaterra a Canadá.
-¡Muerto! -exclamó Laura,
incrédula.
En ese momento Jan cruzó la
terraza y desapareció de vista.
-Esto lo cambia todo, ¿no es
así? -continuó el inspector-. No fue John MacGregor quien colocó esa nota de
venganza sobre el cadáver del señor Warwick. Pero es obvio, ¿no creen?, que la
dejó alguien que conocía la historia de MacGregor y del accidente en Norfolk.
-Se acercó al escabel y colocó el maletín encima- Lo cual nos limita, de forma
definitiva, a alguna persona de esta casa.
-¡No! -protestó la señorita
Bennett al tiempo que se acercaba al inspector-. ¿No pudo haber sido...?
-¿Sí, señorita Bennett? -la
instó el inspector y esperó un instante, pero ella se vio incapaz de
continuar. Desesperada, se alejó hacia los ventanales.
El inspector centró su atención
en la madre de Richard Warwick.
-Como usted comprenderá -dijo
intentando mostrarse compasivo-, esto cambia las cosas.
-Sí, por supuesto -respondió
ella antes de ponerse en pie-. ¿Me necesita para algo más, inspector?
-De momento no, señora Warwick.
-Gracias -murmuró ella mientras
se dirigía a la puerta que Angell se apresuró a abrirle.
Julian Farrar también se
incorporó para acompañarla, luego regresó y se colocó pensativo detrás del
sillón. Mientras tanto, el inspector Thomas había abierto el maletín y extrajo
una pistola.
Angell seguía a la señora
Warwick cuando el inspector le llamó con tono imperioso:
-¡Angell!
Sobresaltado, el asistente
regresó al estudio y cerró la puerta.
-¿Sí, señor? -respondió.
El inspector se acercó a él
llevando en la mano lo que era sin duda el arma del crimen.
-Es acerca de esta pistola; esta
mañana no estaba seguro, pero ¿puede o no puede decir con certeza si pertenecía
al señor Warwick?
-No quisiera equivocarme,
inspector -respondió Angell-. Tenía muchas pistolas.
-Se trata de una pistola europea
-le informó el inspector mostrándole el arma-, supongo que es un recuerdo de
alguna parte.
Jan volvió a cruzar la terraza
en dirección contraria, sin que nadie le viera, con una pistola que intentaba
ocultar.
Angell echó un vistazo a
la pistola que el inspector tenía en la mano.
-El señor Warwick poseía algunas
pistolas extranjeras, señor -dijo-. Pero él mismo se ocupaba de sus armas y no
dejaba que yo las tocara.
El inspector se volvió hacia
Farrar.
-Mayor -dijo-, seguramente usted
tiene recuerdos de la guerra. ¿Le dice algo esta arma? Farrar lanzó un rápido
vistazo a la pistola.
-No, me temo que no.
El inspector introdujo de nuevo
el arma en el maletín.
-El sargento Cadwallader y yo
-anunció volviéndose hacia los presentes- queremos examinar la colección de
armas del señor Warwick. Creo entender que tenía licencia para la mayoría.
-¡Oh, sí! -le aseguró Angell-.
Las licencias se encuentran en uno de los cajones de su dormitorio, y todas
las pistolas y el resto de las armas están en el armario de las armas.
El sargento Cadwallader se
acercó a la puerta, pero la señorita Bennett le impidió abandonar la
habitación.
-Un momento. Querrá usted la
llave del armario- dijo al tiempo que sacaba una del bolsillo.
-¿Lo ha cerrado con llave?
-inquirió el inspector-. ¿Por qué?
La respuesta de la señorita
Bennett fue igual de lacónica:
-Creo que esa pregunta es
innecesaria. Tantas armas, y la munición... es muy peligroso, todo el mundo lo
sabe.
El sargento disimuló una
sonrisa. Tomó la llave que le tendió la gobernanta, se dirigió a la puerta y se
detuvo en el umbral por si el inspector deseaba acompañarle. Disgustado por el
comentario de la señorita Bennett, el inspector agregó:
-Necesito hablar con usted de
nuevo, Angell. -Dicho esto, cogió el maletín, abandonó la habitación seguido
por el sargento y dejó la puerta abierta para Angell.
Sin embargo, el asistente no le
siguió de inmediato sino que, después de lanzar una mirada nerviosa a Laura,
que estaba sentada con los ojos clavados en la puerta, se acercó a Farrar y murmuró:
-Sobre ese pequeño asunto,
señor. Estoy impaciente por arreglarlo pronto...
Con voz entrecortada, Farrar
respondió:
-Creo... creo que podré hacer
algo al respecto.
-Gracias, señor -contestó Angell
con una leve sonrisa-. Muchas gracias. -El asistente estaba a punto de
trasponer la puerta cuando Farrar le dijo con tono autoritario:
-¡No! Espere un momento, Angell.
El asistente se volvió hacia él
y Farrar gritó:
-¡Inspector Thomas!
Hubo una pausa tensa. Un momento
más tarde, el inspector apareció por la puerta con el sargento detrás:
-¿Sí, señor Farrar?
Farrar adoptó una actitud
distendida al tiempo que se acercaba al sillón.
-Antes de que empiece con las
preguntas rutinarias -comentó-, hay algo que debería haberle dicho. De hecho,
hubiera tenido que mencionárselo esta mañana, pero estábamos todos tan
consternados... La señora Warwick acaba de informarme de que desean
identificar unas huellas dactilares. Aquí, en la mesa, me parece que dijo; pues
bien, con toda probabilidad serán mías.
Hubo un silencio. El inspector
se acercó a Farrar lentamente antes de preguntarle:
-¿Estuvo usted aquí anoche,
mayor Farrar?
-Sí. Vine a conversar con
Richard después de cenar, como suelo hacer a menudo.
-¿Y le encontró...?
-Le encontré muy malhumorado y
depresivo, así que no me quedé mucho tiempo.
-¿A qué hora fue eso? -preguntó
el inspector.
Farrar reflexionó un instante y
luego respondió:
-No me acuerdo, quizá a las
diez, o a las diez y media.
El inspector le observó.
-¿Podría ser un poco más
preciso? -inquirió.
-Lo siento, pero no -fue la
respuesta de Farrar.
Después de un silencio
ligeramente tenso, el inspector preguntó con un tono que pretendía ser
indiferente.
-¿Supongo que no discutirían
acaloradamente?
-No, por supuesto que no
-respondió Farrar. Después consultó su reloj y agregó-: Tengo que asistir a
una reunión en el ayuntamiento y no puedo retrasarme. -Dio media vuelta y se
dirigió a la contraventana-. Así que, si no le importa... -dijo al llegar a la
terraza.
-No puede hacer esperar a los
del ayuntamiento -convino el inspector mientras se acercaba a él-. Pero estoy
seguro de que entenderá, mayor Farrar, que me gustaría tener una declaración
completa sobre sus movimientos de anoche. Quizá podamos hacerlo mañana por la
mañana. -Hizo una pausa antes de proseguir- Se dará cuenta, claro, de que no
tiene obligación alguna de declarar, que es un acto plenamente voluntario por
su parte, y que tiene derecho a exigir la presencia de su abogado.
La madre de Richard Warwick
había entrado de nuevo en la habitación, pero permaneció en silencio mientras
escuchaba las últimas palabras del inspector. Farrar contuvo el aliento al
asimilar las palabras que acababa de pronunciar el inspector.
-Lo comprendo, perfectamente
-dijo-. ¿Qué le parece mañana a las diez? Mi abogado estará presente.
Farrar salió por la terraza y el
inspector se volvió hacia Laura Warwick.
-¿Vio al mayor Farrar cuando
vino aquí anoche? -le preguntó.
-Yo, yo... -comenzó ella
titubeante, pero Starkwedder acudió en su ayuda.
-No creo que a la señora Warwick
le apetezca contestar ninguna pregunta ahora mismo -manifestó al inspector.
16
Starkwedder y el
inspector Thomas se miraron en silencio durante un instante. A continuación,
habló éste:
-¿Qué ha dicho usted, señor
Starkwedder? -preguntó.
-He dicho que no creo que a la
señora Warwick le apetezca contestar más preguntas por el momento.
-¿De verdad? ¿Acaso es asunto
suyo?
La madre de Richard Warwick se unió a la discusión. -El señor Starkwedder tiene
razón -terció.
El inspector se volvió hacia
Laura con expresión inquisidora. Pasados unos instantes, ésta murmuró:
-No, no quiero responder más
preguntas ahora mismo.
Satisfecho, Starkwedder sonrió
al inspector, el cual dio media vuelta y abandonó la habitación acompañado del
sargento. Angell les siguió y cerró la puerta detrás de sí. En ese momento
Laura dijo:
-Pero debería hablar, debo...
debo decirles.
-El señor Starkwedder tiene
razón, Laura -la interrumpió la señora Warwick-. Cuanto menos digas ahora,
mejor. -Caminó unos pasos por la habitación apoyándose en el bastón antes de
añadir- Debemos ponernos en contacto con el señor Adams de inmediato. -Se
volvió hacia Starkwedder y explicó- Es nuestro abogado. -Miró a la señorita
Bennett-. Llámale ahora, Benny.
La señorita Bennett asintió y se
acercó al teléfono, pero la señora Warwick la detuvo.
-No; utiliza el supletorio de
arriba -le indicó y agregó- Laura, acompáñala.
Laura se puso en pie titubeante
y lanzó una mirada confusa a su suegra. Pero ésta meramente dijo:
-Quiero hablar con el señor
Starkwedder.
-Pero... -protestó Laura, aunque
la señora Warwick la interrumpió.
-No te preocupes, querida, haz
lo que te digo.
Laura dudó un instante, pero
luego salió al pasillo seguida de la señorita Bennett, que cerró la puerta tras
de sí. La señora Warwick se acercó a Starkwedder.
-No sé de cuánto
tiempo disponemos -dijo deprisa al tiempo que lanzaba una mirada a la puerta-.
Quiero que me ayude.
El se sorprendió.
-¿Cómo? -preguntó.
-Usted es un hombre inteligente,
y un extraño. Ha llegado a nuestras vidas desde el exterior, no sabemos nada
de usted, no tiene nada que ver con ninguno de nosotros.
Starkwedder asintió.
-Una visita inesperada, ¿eh?
-murmuró. Se sentó en un brazo del sofá-. Ya me lo han dicho antes -comentó.
-Como es usted un extraño
-prosiguió ella-, voy a pedirle que haga algo por mí. -Salió a la terraza y
miró en ambas direcciones.
Pasado un instante, Starkwedder
dijo:
-Sí, ¿señora Warwick?
Mientras entraba en la
habitación, ella comenzó a hablar con tono apremiante.
-Hasta esta noche había una
explicación razonable para esta tragedia. Un hombre al que mi hijo había hecho
daño al matar accidentalmente a su hijo había venido a vengarse. Sé que suena
melodramático pero, después de todo, cosas así se leen en los periódicos.
-Si usted lo dice -comentó él
mientras se preguntaba a dónde conducía esa conversación.
-Pero me temo que
ahora ya no existe esa explicación, con lo cual el asesinato de mi hijo vuelve
a la familia. -Se acercó al sillón-. Hay dos personas que no pueden haber
disparado a mi hijo y ésas son su mujer y la señorita Bennett, pues estaban
juntas cuando se produjo el disparo.
Starkwedder le lanzó una fugaz
mirada y dijo «Vaya».
-No obstante -añadió la señora
Warwick-, a pesar de que Laura no pudo haber matado a su marido, puede saber
quién fue.
-Eso la convertiría en cómplice.
Ella y ese Julian Farrar, ¿a eso se refiere?
Ella torció el gesto.
-No -respondió. Se alejó del
sillón y lanzó otra mirada a la puerta antes de agregar- Julian Farrar no
disparó a mi hijo.
Starkwedder se levantó del brazo
del sofá.
-¿Cómo puede saberlo? -preguntó.
-Lo sé -contestó la señora
Warwick mientras se alejaba unos pasos de él para luego volverse-. Voy a
contarle a usted, un extraño, algo que nadie de mi familia sabe: soy una mujer
a la que no le queda mucho tiempo de vida.
-Lo siento -comenzó Starkwedder,
pero ella levantó la mano para interrumpirle-. No se lo digo para que me
compadezca, sino para explicar algo que, en caso contrario, sería difícil de
explicar. Hay veces en las que uno elige una línea de acción que no elegiría si
le quedaran varios años de vida.
-¿Por ejemplo?
-preguntó Starkwedder. Ella le observó.
-En primer lugar, tengo que
explicarle otra cosa, señor Starkwedder, debo contarle algo sobre mi hijo. -La
señora Warwick se sentó en el sofá-. Yo quería mucho a mi hijo; de niño y durante
su juventud tenía muchas virtudes. Tenía éxito, era ingenioso, valiente, de
carácter alegre, era una gran compañía. -Se detuvo como si estuviera
recordando-. Tengo que reconocer que también tenía los defectos asociados con
esas cualidades: le frustraban las limitaciones, los obstáculos. Tenía una veta
cruel y una especie de arrogancia fatal. Todo funcionaba bien siempre y cuando
tuviera éxito, pero su carácter no le permitía enfrentarse a las adversidades,
y hacía tiempo que yo venía observando su declive.
Starkwedder se sentó en el
escabel frente a ella.
-Si dijera que se había
convertido en un monstruo -prosiguió la madre de Richard Warwick-, parecería
una exageración, pero de alguna forma lo era, un monstruo egoísta, orgulloso y
cruel. Como él había sufrido, sentía necesidad de hacer sufrir a los demás.
-En su voz había amargura-. Así que todos comenzaron a sufrir por su culpa, ¿me
comprende?
-Creo que sí -murmuró él.
La voz de la señora Warwick
volvió a dulcificarse cuando continuó.
-Pues bien, tengo
mucho cariño a mi nuera, es una chica de gran espíritu, bondadosa y fuerte.
Richard la deslumbró, pero no sé si realmente se enamoró de él. De todos modos,
he de reconocer que hizo todo lo que una esposa podía hacer para que la
enfermedad e inactividad de Richard fueran soportables.
Reflexionó un instante antes de
continuar con voz triste:
-Pero Richard no quería su
ayuda, la rechazaba. A veces pienso que incluso la odiaba, quizá sea eso más
natural de lo que pensamos. Así que creo que me entenderá cuando le diga que al
final sucedió lo inevitable: Laura se enamoró de otro hombre.
Starkwedder la observó con
atención.
-¿Por qué me cuenta todo esto?
-preguntó.
-Porque es usted un extraño
-respondió ella-. Todos estos amores, odios y tribulaciones no significan nada
para usted, así que puede escuchar sin verse afectado.
-Quizá.
Como si no le hubiera oído, ella
prosiguió.
-Así que se llegó a un punto en
el que parecía que la única manera de resolver todas las dificultades era con
la muerte de Richard.
Starkwedder continuó
observándola con atención.
-Así que ¿la muerte de Richard
era conveniente? -murmuró.
-Sí.
Hubo un silencio. Entonces
Starkwedder se incorporó, rodeó el escabel y se acercó a la mesa para apagar el
cigarrillo.
-Perdóneme si soy tan directo, señora Warwick
-se disculpó- pero ¿acaso se está confesando autora de un asesinato?
CONTINUARÁ...