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Modelados en barro - Alicia Giménez Bartlett

Lo más cerca que había estado Garzón de un modelo de alta costura fue el día que lució su traje de Primera Comunión. Mi caso no era muy diferente; claro que, al menos, yo conocía la existencia de pasarelas, diseñadores, colecciones de invierno y hasta había oído hablar de Yves Saint-Laurent. 

El subinspector, no. Lo de colección le sonaba a sellos, la pasarela a puente y a Saint-Laurent hubiera podido confundirlo con un mártir francés. Puede que fuera debido a ese obvio desconocimiento de la materia por lo que levantó ampollas nuestra designación. 

Todos los compañeros acusaron al comisario Coronas de injusticia: «¿Por qué ellos y nosotros no?» era la pregunta. Por una vez se morían de ganas de trabajar; en especial los jóvenes, todos unos esnobs que se gastan la pasta en zapatos italianos y camisas de marca, y para quienes la palabra «diseñador» está muy por encima de cualquier otro quehacer. 

Supongo que es cosa de épocas, en realidad. En la mía el esnobismo era harapiento, con lo que al menos ahorrábamos y podíamos seguir denostando al Capital. En tiempos del subinspector... bueno, imagino que con tener una buena bufanda para pasar la posguerra ya podía uno sentirse feliz.

Para que nos adjudicaran este caso supuso una ventaja ser mujer. El comisario pensó que nosotras estamos más cercanas a la moda, el costurero, la aguja y el dedal. Podía pensar lo que quisiera, no iba a ponerme a discutir. Aunque en realidad toda aquella excitación alrededor del caso no era tanto por el diseño como por estar cerca de las bellas modelos que teóricamente nos rodearían por doquier. Pero nada resultó tan idílico y lo que conseguimos fue cargar con un caso que conllevó un gran trabajo y acabó siendo difícil de resolver.

Habían matado a una chica, una modelo profesional. Apareció tendida por la mañana en el taller del diseñador por el que estaba contratada. Yacía sobre el lago de su propia sangre, alta y hermosa, como una zancuda a quien un cazador furtivo hubiera disparado sin piedad. Le habían pegado un tiro en el corazón. Según el forense, a las doce de la noche del día anterior. El arma era una pistola que el diseñador conservaba en el cajón de una mesa por seguridad. Nunca la había usado. Estaba tirada junto al cadáver, sin ninguna huella dactilar.

Cuando aparecimos por el taller el propio diseñador salió a recibirnos envuelto en lágrimas, nervios y un kilométrico fular. Todo aquello era trágico, impensable, patético. Que hubieran asesinado a Luz Ribó, una belleza en plena juventud, ya era espantoso de por sí, pero encima la cosa sucedía en su mismo establecimiento, y a dos días vista de que se presentara la nueva colección.

—¿Se da cuenta, inspectora?, dígame qué puedo hacer. No hay más remedio que seguir adelante, y ¿cómo puedo yo trabajar en medio de una conmoción tan espantosa? Estoy destrozado por el dolor y ¡hay periodistas apostados en cada esquina de la calle!

—¿Conocía bien a la chica?

—¿Está bromeando? ¡Yo la formé, trabajaba casi exclusivamente para mí! ¡Era como mi hija!

—¿Cómo pudo entrar por la noche en su taller?

—¡Tenía una llave! Yo me fío de mi gente, inspectora. ¿Usted no?

Un tipo curioso, el tal Pepín Rodríguez, modisto reputado, nervioso, frágil, de ademanes exagerados y teatrales... Me negaba a caer en el tópico del diseñador gay, pero a veces nada hay más seguro que un buen tópico. Solo con preguntarle a uno de sus empleados ya tuve la confirmación de mi sospecha. «¿Que si es gay Pepín?», fue su respuesta y en ella flotaban los aires de obviedad. «¿Cristóbal Colón?, descubridor de América, naturalmente». 

Perfecto, de ese modo podíamos descartar la relación pasional entre el modelador y su modelo. Ya se sabe que las pasiones no hacen sino enmarañar. Claro que la pasión no era del todo eliminable tratándose de una mujer tan bella. En cualquier caso el modisto tenía coartada. Había cenado en su casa con dos amigos. Ambos se hallaban dispuestos a testificar. Lo harían sin duda alguna, pero de momento nos disponíamos a empezar por la familia como hacíamos siempre.

Luz estaba independizada, vivía en un apartamento del barrio de Sarrià. Los registros que allí efectuamos no nos dejaron conocer ningún rasgo oculto de su carácter. Parecía una muchacha normal y corriente cuya vida se centraba en el trabajo. Leía algunos libros de temas variados, coleccionaba revistas de moda, alguna de decoración, y oía música moderna en su nuevo y flamante compact disc. 

En las paredes del dormitorio se alineaban pósteres de los personajes más contradictorios entre sí: el Papa, Brad Pitt, Martina Navratilova, Che Guevara... Pero todos estamos habituados al eclecticismo de los mitos, de modo que pocas enseñanzas pueden sacarse sobre las ideas de una persona que los selecciona quizás al azar. 

Distribuidas por toda la vivienda había muchas fotos enmarcadas: Luz en un desfile, Luz con otras modelos al lado de Pepín, Pepín y Luz en una fiesta, Pepín solo con un trofeo en las manos... Estaba claro que el modisto era algo más que su patrono, quizás debiéramos considerarlo como su mentor.

Nada hacía pensar que la chica tomara drogas, llevara una vida desordenada o estuviera conectada a algún tipo de marginación. A la vista de su apartamento tampoco le faltaban medios económicos. Seguros de que de allí no sacaríamos nada más, pasamos a visitar a la familia. 

En ese punto se acabó el ambiente de sofisticación. El matrimonio Ribó y sus dos hijos adolescentes vivían en la calle Virrey Amat, un barrio de clase trabajadora de los más despersonalizados de Barcelona. El padre era conductor de autobús. De lo primero que fuimos testigos fue de la absoluta desolación que reinaba allí. 

El menguado piso estaba lleno de gente: vecinos, amigos, familiares, todos se sentaban en sillas y suspiraban, al tiempo que había un curioso tráfico de mujeres que servían refrescos y tazas de café. Pedimos hablar con los padres a solas. Estaban devastados, como si sobre ellos hubiera caído una inundación o un terremoto. A duras penas conseguían mantener la dignidad. Fue la madre quien reunió el coraje suficiente para responder a nuestras preguntas mientras su marido tenía la mirada fija en la pared.

Tal y como habíamos previsto, el relato de las circunstancias y la personalidad de Luz estaba altamente idealizado. Su hija poseía un montón de virtudes, todos los perfiles de un cuadro angelical. Era amable, bondadosa, buena hija, cariñosa, trabajadora y responsable. A ellos nada les faltaba, pero, sin embargo, la chica siempre se había empeñado en ayudarles con alguna cantidad al mes. Y les hacía regalos: un gran televisor de pantalla panorámica, motocicletas para sus hermanos, anillos de oro... De vez en cuando interrumpía su enumeración para llorar.

—¿Cómo empezó su hija en el mundo de la moda, señora Ribó?

—El señor Pepín puso un anuncio en el periódico pidiendo modelos y ella se presentó. Como era tan guapa la escogieron.

—¿La escogió el señor Pepín personalmente?

—Sí, y entonces la envió a una escuela de modelos para que aprendiera. Él se lo pagó todo, dijo que tenía muchísimo futuro. Luego le dio trabajo en su empresa.

—¿Siempre se ha portado bien con ella?

—¿Bien?, era como su segundo padre.

—¿Ustedes lo conocen?

—Lo hemos visto un par de veces.

—¿No ha venido por aquí a darles el pésame?

—Llamó por teléfono ayer. Dice que está tan destrozado que no puede ni acercarse a nuestra casa, que cuando se encuentre más repuesto nos telefoneará.

—Entiendo. Una pregunta más. ¿Sabe usted si su hija tenía algún novio o salía con alguien?

—Creo que no.

—¿Cree?

—Mi hija estaba siempre muy ocupada, venía a visitarnos y nos contaba que se pasaba la vida trabajando. Viajaba al extranjero, hacía sesiones de fotos, ni siquiera podía tener amigas como cualquier chica de su edad.

En ese momento el padre de la chica se echó a llorar inopinadamente.

—Si hubiera tenido una profesión normal aún estaría viva. Si hubiera sido dependienta, o camarera.

La mujer se volvió bruscamente hacia él.

—¿Quieres dejar eso ya? ¡Quién sabe lo que podría pasar si las cosas fueran de otra manera, pero son como son!

—Yo no quería que se hiciese modelo.

—Tú hubieras querido que viviera como yo, toda la vida metida en casa y sin un duro.

—Señores, por favor... —intenté cortar cualquier posibilidad de discusión enconada. El hombre volvió a mirar a la pared. Y así lo dejamos, mirando a la pared dura y vacía con la que sin duda volvería a encontrarse cada mañana durante el resto de su existencia.

—Un asunto feo, ¿verdad? —le comenté a Garzón cuando salíamos.

—No pinta nada bien.

—Si no hay motivos pasionales, ni drogas, ni temas familiares...

—Permítame decirle, inspectora, que está siendo anticuada e incluso sexista. Suponer que porque se trate de una mujer solo puede haber familia, sexo o caída en la debilidad... ¿Qué me dice del trabajo? Podemos encontrarnos ante un caso de espionaje industrial, de celos profesionales...

—¡Caramba, Fermín, hoy juega usted fuerte!, ¿está pretendiendo darme una lección?

—Ninguna que no haya recibido antes de usted.

—Muy bien, de acuerdo, touchée; pero reconózcame al menos que matar por espionaje no es lo corriente.

—Tampoco estamos en una profesión habitual. Usted sabe que esos diseñadores son como artistas. Imaginemos que Pepín Rodríguez, después de haber criado a esa chica a sus pechos, es un decir, descubre que está pasándole información de sus nuevos modelos a la competencia. ¿No podría haber sufrido una reacción temperamental?

—¡Carajo!, creí que no sabía nada sobre modas.

—Usted siempre tiende a creer que soy como un oso en la caverna pasando la hibernación.

Lo miré con sorna.

—Imposible, Garzón, sería usted incapaz de resistir todo un invierno sin comer.

Un poco de esgrima siempre es positivo. ¿Hasta cuándo me sorprendería mi compañero? No tenía ni idea de si su conjetura podía ser atinada, pero lo sustancial de ella era que apuntaba a Pepín. Sin duda el protagonismo del modisto en la vida de su modelo resultaba lo suficientemente llamativo como para convertirlo en un sospechoso. 

Siempre he desconfiado de las personas que modelan a otras personas, me parece un proceso envenenado de raíz. Los pigmaliones acaban por creerse con derechos sobre sus criaturas, y estas tienden a pensar que todo se lo deben a su mentor.

—No olvidemos que el crimen se cometió con la pistola de Pepín. Aunque no haya sido él el asesino, quien la haya cogido sabía en qué sitio del taller solía guardarla. ¿Ha investigado si tiene licencia?

—La tiene —dijo Garzón—. Y justamente la reflexión que usted hace me inclina a pensar en un problema profesional.

—Pero el diseñador tiene coartada; por cierto, una coartada en la que debemos profundizar. ¿Ha conseguido las direcciones de los amigos que cenaron con él?

—Sí. ¿Quiere que los cite en comisaría?

—Esperemos un poco, me inclino a empezar por las compañeras de trabajo de Luz. Habrá que verlas a todas. ¿Le parece adecuado?

—Me parece de perlas.

—Estaba convencida.

Las chicas eran siete. ¿Compararlas con siete flores resultaría cursi? Me temo que sí; inexacto, además. En realidad eran como siete tallos firmes, enhiestos, flexibles, ondulantes. «La naturaleza es injusta», pensé al ver tanta belleza reunida. Garzón no estaba de acuerdo, por supuesto, o al menos tales injusticias no lo hacían sufrir. Se movía entre ellas con un deje coqueto o, siguiendo con la comparación campestre, como un distinguido abejorro encantado de mariposear.

El interrogatorio a que las sometimos se hallaba cortado por el mismo patrón. Preguntábamos qué tal relación tenían con la muerta, si habían observado cambios en su vida o en su carácter últimamente, si conocían a sus amigos, si tenían datos que las hicieran sospechar de alguien en concreto. 

Lo malo era que sus respuestas se alineaban en idéntica uniformidad. Conocían a Luz, naturalmente, pero no tenían con ella vínculos amistosos especiales, ni sabían qué tipo de personas frecuentaba, aunque imaginaban que no salía demasiado. Eso se revelaba como característica constante, y una de las chicas acertó a explicárnoslo muy bien.

—Nosotras apenas hacemos vida social. Viajamos, tenemos compromisos profesionales, vamos al gimnasio para estar en forma, no salimos por la noche, no bebemos alcohol, no podemos asistir a cenas ni a comidas porque solo tomamos lechuga y comida light... En fin, ya lo ven, no hay tiempo para los amigos.

—Detesto la comida light... —comentó Garzón—, aunque me lo propusieran mil veces nunca me haría modelo.

La chica sonrió divertida, lanzando una mirada de soslayo a la pinta juncal de mi compañero. Luego se volvió hacia mí y añadió:

—¿Han hablado con Lena? Lena y Luz se llevaban bien, eran amigas. Seguro que ella sabe más cosas sobre su vida.

Lena tenía el cuerpo espigado como las otras, los hombros altos, el talle estrecho. Mostraba una boca carnosa, quizá siliconada, y de su actitud emanaba un desprecio sutil, un cierto desencanto.

—¿Que si éramos amigas?, pues sí, hablábamos en los ratos libres.

—¿Cómo era Luz?

—Alegre, más lista que estas otras.

—¿Qué quiere decir?

—Mire, en este oficio todas empezamos creyéndonos que un buen día aparecerá un productor de Hollywood y nos propondrá pasarnos a hacer películas. Pero solo unas pocas nos damos cuenta pronto de que eso no sucederá. Luz era de esas pocas.

—Y, por supuesto, usted también.

—Sí, yo también. Sé que puedo seguir tirando profesionalmente tres o cuatro años más. Se gana dinero y no es un mal trabajo, pero soy una modelo del montón y tengo claro que esto no va a durar toda la vida. En cuanto tenga un poco de pasta ahorrada, mi proyecto es poner una buena tienda de jerseis.

—¿Era Luz de su misma opinión?

—Era más clásica, confiaba en el matrimonio. Pensaba que la solución pasaba por encontrar un buen marido rico.

—¿Y se aplicaba a ello?

—¡Qué va, era un desastre! ¿Han visto esas comedias antiguas americanas que pasan por televisión? Siempre tratan de chicas guapas que aspiran a casarse con un millonario y acaban enamorándose de un pelagatos encantador. Pues Luz hacía lo mismo.

—¿Tenía novio?

—Yo le he conocido tres. Bueno, en realidad solo me presentó a dos. Del último me dijo algo, pero poco. Se había enamorado como una loca de él, esta vez de verdad. Pero no se atrevió a presentármelo, quizá sea basurero o algo peor... ¿Es guapo por lo menos, inspectora?

—No sabemos de quién habla, Lena. Nadie ha aparecido diciendo que es su novio y la familia nos aseguró que Luz no salía con ningún hombre.

Lena se quedó desconcertada. Sus grandes ojos ribeteados de negro me taladraron.

—¿Está segura de la existencia de ese muchacho? —le pregunté.

La voz le tembló un poco.

—No sé, la verdad, me deja de una pieza. Que los padres no supieran nada es normal, nunca les contaba mucho; pero que el tipo no se haya presentado... ¿Se habrá enterado de que está muerta?

—Si la llama a su casa verá que no está, lo normal es que pregunte por ella en el trabajo.

—Iré a investigar si han dejado recados desde ayer —terció Garzón y se ausentó un momento. Al cabo de cinco minutos volvió negando con la cabeza.

—¿Quién podría conocer a ese chico, Lena?

—Le aseguro que no lo sé.

—¿Quizás Pepín?

—Ni hablar. Pepín la tenía dominada, peor que un padre era. Los otros dos novios se los ocultó.

—¿Y qué me dice de la pistola, quién sabía que estaba en ese cajón?

—¡Todo el mundo, inspectora!, era cosa de cachondeo. A mí me parecía que tenerla cargada era una barbaridad. Alguna vez la habían sacado las chicas para gastar bromas. Se lo avisé a Pepín, pero como es así...

—¿Cómo?

—¡Bah, un poco despreocupado!, aunque es un buen hombre, la verdad.

—¿Tiene alguna idea de quién mató a Luz?

—No, ni se me ocurre. Pero le aseguro que ha sido un mazazo para mí. A veces pienso que todas acabaremos igual.

—¿Cómo puede decir algo semejante?

—Nosotras nos exhibimos, inspectora, salimos en las revistas y hay tanto loco suelto...

—Muchos menos de los que cree, se lo garantizo. De la locura no hay que esperar grandes males, existen otras cosas que dan mucho más miedo.

Salimos del taller con un ligero encogimiento de corazón. Yo decía que la chica era realista, pero el subinspector la englobaba en un pesimismo casi anormal. Daba lo mismo, su testimonio fue útil, como lo fueron los datos que nos dio para localizar a los novios de Luz. A todos menos al tercero, naturalmente. 

Preguntamos a todo el mundo en el taller y nadie sabía nada de ningún muchacho que alguna vez hubiera ido a recoger a la muerta, ni que la hubiera llamado, ni que el último día se hubiera presentado de improviso.

—Los fantasmas son invisibles, inspectora.

—Siempre lo son por algún motivo.

—La chica lo ocultaba a los demás.

—¿Por qué?

—Para no perder su trabajo. Las modelos con novio están mal vistas.

—En eso modelos y policías somos iguales.

Localizar al primer novio de Luz fue casi tan fácil como descartarlo. Era vendedor de electrodomésticos y desde hacía un año había sido trasladado por su empresa a una tienda de Valencia. Garzón lo confirmó y su propio jefe le dijo que el joven había estado trabajando normalmente en las fechas del crimen. Punto final a su carrera de sospechoso.

La carrera del novio segundo era bastante más prometedora. Se llamaba Ernesto Guzmán y estaba al frente de un establecimiento de alquiler de películas de vídeo. El día que asesinaron a Luz realizaba el turno nocturno que empezaba a las ocho y acababa a la una de la madrugada. Aparentemente su coartada era perfecta. 

Sin embargo, Garzón y yo pensábamos que podía tener agujeros. ¿Quién nos aseguraba que algún amigo no le había hecho el favor de quedarse una hora en la tienda sustituyéndolo? Una hora no era mucho tiempo, pero sí el suficiente como para llegar hasta el taller de Luz, discutir con ella por motivos amorosos, coger la pistola del cajón (no sería la primera vez que estaba allí) y volver a la tienda con el tiempo justo para cerrarla. 

¿Por qué a Garzón y a mí nos daba por pensar algo semejante? Sin duda por la actitud de Guzmán: estaba celoso y resentido contra la muerta. Al parecer ella lo había abandonado por el enamorado fantasma, no hubo transición del uno al otro. Con una sonrisa irónica y crispada Guzmán nos lo contó.

—Se presentó diciéndome que había conocido a alguien y que eso cambiaba las cosas. Así, por las buenas, como si yo fuera un empleado al que se pudiera despedir.

—¿Le dijo quién era ese alguien?

—No, ni a mí me interesaba saberlo.

—¿Le comentó algún detalle?

—¿Qué pasa, creen que lo ha hecho ese hijo de puta?

—Limítese a contestar, es muy importante.

—Solo me dijo que era un tío que estaba más de acuerdo con su mundo. ¿Qué les parece?, su mundo... como si ella perteneciera a una clase superior. Total era una desgraciada igualito que yo, me había contado que su padre era conductor de autobús. ¡Menuda nobleza! Miren, la verdad es que si no hubiera sido tan guapa a lo mejor no hubiera pasado nada de esto. Se salió de lo que le correspondía y esa ha sido su perdición.

Le pedí a Garzón que alguien siguiera a aquel hombre las veinticuatro horas del día. Empezamos también a investigar quién había entrado o salido de la videoteca de las doce a la una del día de autos para verificar si Guzmán estaba al frente. Garzón era escéptico ante estas precauciones.

—Este tipo no se la ha cargado, inspectora, no la pondría tan verde delante de nosotros.

—Seguramente piensa que es eso lo que vamos a creer. Además, lo mismo dijo el padre de la chica y seguro que no se la cargó: «Si no hubiera sido modelo...». Ya ve cómo son ustedes los hombres, subinspector, en cuanto una mujer se libra de su destino miserable...

—Yo creo que es más bien una cuestión social. Cuando uno de clase baja se libra de su destino miserable...

—No le digo que no, pero si hubiera sido un hombre al que se hubieran cepillado nadie le hubiera echado en cara medrar. Al contrario, hubieran dicho que se defendía bien en la vida.

—¿De verdad piensa eso, inspectora?

—No estoy muy segura.

—Entonces no me joda y sigamos trabajando.

No era un prodigio de tacto, mi compañero, pero sus análisis tampoco estaban tan mal. Además, llevaba razón en lo del trabajo. Dejar pasar el tiempo tras los primeros días de un crimen es alejar la posibilidad de una resolución. Nos fuimos a comisaría donde habíamos citado por turno a las dos personas que declararon haber estado con Pepín Rodríguez la noche del asesinato. Debíamos llevar a cabo una comprobación más minuciosa.

El primero de ellos era su viejo amigo de toda la vida, también diseñador, aunque de ropa masculina. En nada se parecía a Pepín. Era gordo, fuertote, relajado, aunque por el modo en que gesticulaba y andaba vestido tampoco podíamos albergar dudas de que era gay. 

Sus pestañas aleteaban más que la Pavlova en El lago de los cisnes, movía las manos al estilo minué y exhibía una camisa brillante con tantas chorreras como un buen jamón. Corroboró la coartada de su colega: aquella noche los había invitado a cenar para enseñarles los nuevos diseños de la colección que preparaba.

—Y fuimos encantados, desde luego, son más de veinte años de amistad. ¿Le ha contado Pepín que somos del mismo pueblo? Nadie daba nada por nosotros cuando salimos, todo eran bromas de mal gusto, escarnios y luego ya ve, han tenido que callarse. Claro que hablo de otros tiempos, la gente era muy atrasada; cuando se lo explico a Lolo ni siquiera se lo cree, pero él es tan joven aún...

—¿Lolo?

—¡Ay, sí, perdone, por Dios!, Manolo García, es el chico que está fuera para pasar a declarar. Lo llevé conmigo a la cena de esa noche. No crea que le gusta venir a nuestras cenas, dice que somos unos carrozas que no paramos de hablar de cosas del pasado, pero como no tenía nada mejor que hacer... Él también es modelo, la joya de mis muchachos.

—¿Vive con usted?

Se quedó mirándome con aire de escándalo. Soltó una carcajada de falsete.

—¡Por favor, inspectora, qué indiscreción!, usted ya sabe cómo son estas cosas, él tiene su apartamento. Además, ¿qué es eso de vivir?: vivir, amar, quizás soñar...

Nos regaló un nuevo arpegio de su voz atiplada.

—Muy bien, señor Masrovira, tendrá que venir otro día a firmar su declaración.

Manolo García corroboró la versión de su jefe. Era un chico extremadamente guapo, pero estaba violento y cohibido. Comprendí que aparecer en público como el amante protegido del orondo Edelio Masrovira no debía ser plato de gusto para él. Salió de nuestro despacho corriendo como el viento, dejando tras de sí una estela de perfume excesivo que formaba una mezcolanza infame con el perfume excesivo anterior.

—Hemos topado con la Orden de la Mariconería en pleno, ¿no le parece, inspectora?

—El tal Edelio debe ser el Gran Maestre.

—¿Y qué me dice de Pepín?

—Pues que ya va siendo hora de interrogarlo como Dios manda. Vamos a su taller, con la coña de la colección se pasa la vida allí encerrado. Estoy convencida de que Luz debió contarle algo de su novio fantasma.

—¿Ha pensado que se trate de un hombre importante?, recuerde las palabras de Guzmán: era alguien más cercano a su mundo.

—Pepín sabrá si alguno de sus clientes tuvo contacto con ella.

—A lo mejor no quiere escándalos y está intentando protegerlo.

—¿Le parece poco escándalo tener un cadáver en la colección de invierno? Les presentaremos el modelo Mortaja, con acabado en crepé y delicado canesú.

Garzón se estremeció y me miró ceñudo.

—¡Carajo, Petra! Con todos los respetos, hay veces que no entiendo su sentido del humor.

El taller de Pepín Rodríguez se había convertido en un auténtico hervidero. ¡Ni en sus sueños eróticos más alborotados había podido imaginar Garzón nada igual! Las modelos corrían medio desnudas de un lado para otro, daban gritos, se sometían a las manos de costureras y peluqueros. 

Cuando pasaban a nuestro lado sonreían o nos miraban con cara de circunstancias. Tenían pieles aterciopeladas y ojos exageradamente maquillados, dientes blancos. Perdí a Garzón entre aquel trajín, y entonces fue cuando localicé a Rodríguez dando los últimos toques a la falda de una modelo. Puso los ojos en blanco al verme.

—¡Por Dios, inspectora!, ya me extrañaba que no me hicieran ampliar mi primera declaración. Aunque la verdad es que no he tenido tiempo de extrañarme, ni de pensar siquiera. Lo cual es perfecto, porque en cuanto presente la colección empezaré a darle vueltas a lo que ha pasado y me hundiré por completo.

Mientras hablaba, pinchaba alfileres sobre la túnica que lucía una chica angulosa.

—¿Podemos hablar en privado un momento?

—Le advierto que con mis niñas no tengo secretos.

—Por favor.

Me siguió de mala gana hasta un rincón después de haber dado un montón de indicaciones a la modista que lo sustituyó en la labor de pruebas.

—¿Han averiguado algo? —me preguntó cuando estuvimos solos.

—Señor Rodríguez, las pistas que tenemos nos llevan a pensar en los novios de Luz.

Dio un respingo malhumorado.

—Los novios, naturalmente, los novios; ese era su punto flaco. Se lo advertí más de mil veces, la avisé, pero no me hizo caso.

—¿Estaba usted al corriente?

—¡No! ¿Cree que me hubiera dicho algo? Ella sabía que esta profesión exige una entrega total durante unos años, ¡como si hubieras ingresado en un convento! Yo no sabía nada, pero veía cosas, me imaginaba otras. Sí, los novios, los dichosos novios. ¿Quién les ha contado eso?

—Lena, su compañera.

—Se hicieron muy amigas. Fue una mala influencia para Luz. Es una chica rebelde, follonera, que frecuenta ambientes poco recomendables. Le he soportado demasiadas cosas. Acabo de despedirla.

—¿Por qué?

—La gota que colma el vaso. Vino con la pretensión de organizar un plante si no se garantizaba a las modelos su seguridad. ¡Imagínese, a un día de la presentación! He contratado a una modelo de agencia. Nadie es insustituible.

—Lo lamento por ella.

—¿Les ha dicho quiénes eran esos novios?

—No ha sido una información completa. A ese respecto pensábamos que quizás usted pudiera ayudarnos.

—Ya ve que no.

—¿Existe la posibilidad, aunque no esté seguro, de que Luz hubiera empezado a salir con algún cliente, o quizás algún director de empresa, alguien importante en el mundo de la moda?

Se quedó parado un momento, pensando.

—¡Y quién sabe, era tan inconsciente que igual llegó hasta a eso, el más grave de los errores! Espero que si se trata de uno de mis clientes o del marido de una clienta actúen ustedes con la máxima discreción.

—No se preocupe, pero no tendré más remedio que pedirle una lista de esos clientes habituales.

—No me hace ninguna gracia pero se la daré, supongo que no puedo permitirme el lujo de obstruir a la Justicia.

Había esperado más resistencia. Iba a agradecerle su colaboración cuando sonó mi teléfono móvil. Aprovechó la ocasión para volver a sus jóvenes diosas. Era Coronas, el comisario.

—¿Petra? Al parecer han pescado a una de las modelos del tal Pepín Rodríguez intentando comprar una pistola en los bajos fondos.

—¿Cómo se llama?

—Lena no sé qué. Deberían venir ahora mismo, la tenemos en comisaría.

Cuando acudí a buscar a Garzón lo hallé en una situación inverosímil. Rodeado de una buena docena de modelos en casi desabillé, estaba contándoles algo que las mantenía ensimismadas por completo. Él se encontraba en idéntica actitud de embeleso, ni siquiera me vio.

—¿Puedo interrumpir la investigación, subinspector?

—¡Ah, sí, Petra!; en realidad solo estábamos charlando. Estas señoritas se interesan por el funcionamiento de la policía y ya sabe, es un deber ciudadano informar.

—Soy consciente de ello.

En el coche tuve la persistente sensación de que mi compañero no me escuchaba del todo, inmerso aún en su minuto de gloria entre pimpollos.

—¿Le parece Lena una sospechosa aceptable?

—Es aceptable cuando no hay nada seguro.

—¿Por qué demonios estaría intentando comprar una pistola?

La respuesta que nos dio la detenida fue simple: «Tenía miedo».

—Ha habido un asesinato y ustedes no consiguen averiguar quién ha sido. Supongo que tengo derecho a protegerme.

—¿De quién?

—¡No sé de quién! Ya ve cómo es este asunto, nosotras somos como el ganado, se nos explota y luego a la calle. Puede haber algún loco asesinando modelos por ahí.

—¿Quién le dijo dónde comprar una pistola?

—Tengo buenos amigos.

—Eso nos dijo Pepín Rodríguez.

—¡A saber qué les habrá dicho Pepín! ¿Y él, no puede haber matado él mismo a Luz? Al fin y al cabo no lo he visto demasiado triste por esa muerte; sigue pensando solo en su jodida colección.

—Él estuvo cenando esa noche con el diseñador Edelio Masrovira y otro amigo.

—¿Con ese cerdo?

Garzón se impacientó.

—Mire, Lena, puede que se encuentre usted resentida y asustada; pero con todo esto no vamos a ninguna parte. Ni insultos ni críticas van a librarla de sus responsabilidades.

—¡Yo tampoco lo pretendo, pero no me da la gana de pasar por una delincuente y que todos esos tíos vayan de respetables! Puede que Edelio sea un diseñador muy importante, pero también es un baboso que cada vez que ha venido por el taller ha intentado tocarme y besuquearme. Así que no retiro lo de cerdo.

Nos quedamos sorprendidos y callados. Por fin mi compañero preguntó quedamente:

—¿Y por qué haría una cosa así?

Incluso disculpé a la hermosa Lena cuando le respondió pletórica de sorna:

—¿Usted qué cree, subinspector?

No digo que nos dejáramos seducir inmediatamente por la posibilidad que Lena apuntaba, pero lo cierto fue que, sin librarla de sospechas, su comentario airado sobre Edelio abrió una puerta frente a nosotros que nos dispusimos a franquear. No sería la primera persona que le daba a ambos sexos. Al fin y al cabo, la opción de Lena como asesina no nos convencía a ninguno de los dos. Le faltaba un móvil adecuado. 

Solo la eventualidad de que Edelio fuera el novio invisible de Luz nos alargaba los dientes de placer. Claro que entonces Pepín Rodríguez debía haber mentido para proporcionarle una coartada, y lo mismo el joven amante de Edelio. Pero, entonces, ¿por qué la mató? —Ella lo amenazó con un escándalo, o quizás incluso estaba siendo víctima de un chantaje. ¿Y qué me dice de la siguiente conjetura?: Lena y Luz, hartas de los acosos de Edelio, se compincharon para ligárselo y después sacarle pasta. El tipo reaccionó mal y se la cargó. Eso explicaría que Lena esté asustada y que no confiese toda la verdad.

Escuché atentamente la teoría de Garzón. Tenía miga. Lo malo era que, para iniciar la averiguación, debíamos estar seguros de la bisexualidad del sujeto. Garzón estuvo investigando en el entorno de Edelio durante un par de días, y lo mismo hice yo en varios bares de ambiente gay que Pepín frecuentaba. 

Pero determinar las preferencias de alguien por vía interpuesta es muy complicado, y si la vía es policial, muchísimo más. El subinspector no encontró a nadie dispuesto a mojarse. «¿Que si Edelio es gay?, quizás. ¿Que si le gustan las mujeres?, ¡y a quién no!». Un montón de frases tan ambiguas como el motivo que las provocaba. Yo no tuve más suerte. Los camareros de los bares de alterne habían perdido la memoria al unísono, todos víctimas de la conocida amnesia protectora del cliente.

—No hay más remedio que echarle cojones, inspectora.

—¡Ay, por favor, Garzón, no utilice esos términos tratándose de temas semejantes!, dígame simplemente qué propone que hagamos.

—Una emboscada a Edelio. Lo convocamos a comisaría, lo acorralamos y le decimos que Lena ha confesado. Juraría que es batalla ganada, ya verá.

—¡Joder, un procedimiento muy poco legal, y encima arriesgado!

—No conozco estrategia sin riesgo.

—¡Deje de expresarse como un general!

—¡Y usted deje de criticar mi manera de hablar y decídase!

Me decidí, y no sé si fue por causa de la autosugestión, pero el caso es que me pareció que Edelio entraba en mi despacho acobardado. A Garzón debió parecerle lo mismo porque en cuanto lo tuvo a tiro aprovechó el momento psicológico y le disparó:

—Hay una confesión contra usted, será mejor que lo sepa desde el principio.

Aunque era mayor y corpulento, el tipo dio un salto en la silla. Se puso blanco al punto y balbuceó:

—¿Una confesión? Disculpe, no sé de qué me habla.

—Sí que lo sabe, sí, Lena ha confesado.

Noté que se desconcertaba.

—¿Y quién es Lena?

—No disimule, es una modelo de la agencia de Pepín Rodríguez.

Volvió la cara hacia mí.

—¿Qué quiere decir con eso?, no logro entender...

Su expresión de sorpresa me dio miedo, quizás no era esa la manera; intenté atajar:

—Esa chica nos ha contado que es usted bisexual, señor Masrovira, espero que comprenda cuál es su postura en estos momentos y decida hacer lo mejor para usted.

Pero su cara no perdía el rictus de extrañeza. Pensé que estábamos metiendo la pata de manera espantosa. Por desgracia, Garzón reiniciaba su ataque ya imparable:

—¡No me joda, Edelio, no finja no entender! Da igual si sabe quién es Lena o no. El caso es que sabemos que a usted también le gustan las tías y que se cargó a Luz.

—Pero ¿quién les ha dicho eso?

—¡Acabo de explicarle que quién es lo de menos! ¡Se le ha caído el pelo y en paz! ¿Qué hacía la chica, lo chantajeaba o solo lo amenazó con armar un jaleo en los periódicos? A lo mejor lo único que hizo fue negarse a follar con usted.

Tenía los ojos abiertos de par en par. Estaba paralizado, enloquecido de terror. Me miró buscando protección, movió la boca sin emitir palabras. Yo le devolví la mirada con total frialdad. Por fin dijo:

—Inspectora... —y de nuevo alargó sus manos hacia mí. Garzón seguía acosándolo sin pausa.

—Inspectora... —repitió de modo entrecortado.

—Lo siento, Edelio, no tiene salida, diga la verdad.

—No fui yo, no fui yo.

Garzón le pegó un grito inhumano:

—¡Suelta la verdad de una puta vez!

Ante mi asombro, Edelio gritó también:

—¡Basta! Inspectora, dígale que se calle, por favor; quiero hablar, lo intento, pero no puedo hacerlo así.

Me acerqué a él y le puse una mano en el brazo. Él me la cogió con vehemencia.

—Inspectora, quiero saber si ha sido Pepín quien les ha contado que yo asesiné a la chica. ¿Ha sido él o Lolo?

Completamente a bulto y al borde del infarto susurré:

—Ha sido él.

Entonces el diseñador apretó los dientes, se retrepó en la silla e intentó recobrar la compostura.

—Inspectora, todo esto es cosa de locos, quiero que me escuche y me crea. Es imprescindible que me crea, voy a decir la verdad.

Le hice un gesto a Garzón para que no se le ocurriera proseguir su acoso. Edelio dio un profundo suspiro dolorido y comenzó su confesión:

—En primer lugar, quiero que sepan que yo no maté a Luz. Lo único que hice fue secundar una coartada que nunca existió. Supongo que eso me convierte en cómplice, pero no en asesino, desde luego. A Luz la mató Pepín, él mismo me lo dijo. Se presentó en mi casa desesperado; había tenido una terrible pelea con ella y perdió los estribos, le disparó.

—¿Una pelea, por qué motivo?

—Cuestión pasional.

—¿Pero Pepín no es gay?

—Pepín sí, pero yo no, tampoco bisexual; puede que sea un solterón, putero incluso, pero solo me gustan las mujeres, lo digo muy en serio.

—¿Y entonces Lolo, su joven amante?

—No es mi amante, sino el de Pepín. Tengo testigos para todo lo que digo. Yo aquella noche me quedé trabajando en mi estudio hasta las dos de la mañana. El guardia de seguridad que cuida los apartamentos se lo confirmará, estuvimos charlando un rato cuando salí.

Garzón se impacientó.

—Un momento, un momento, no entiendo nada. ¿Quiere aclararnos todo ese lío de amantes y sexos?

—Es muy sencillo. Pepín estaba muy enamorado de Lolo; eran amantes desde hace más de un año, aunque lo llevaban con la mayor discreción. Pero un buen día Lolo y Luz se liaron. No me pregunte cómo pudo suceder porque no lo sé. Quizás el chico sí era bisexual, aunque yo me inclino a pensar que estaba con Pepín por interés. No le faltaba de nada con él, ¡hasta yo le daba un trato de favor en mis colecciones por recomendación de mi amigo! Cuando Pepín se enteró de la historia se puso como loco, no podía soportar una traición doble: su protegida y su amor al mismo tiempo. Se demenció, intentó separarlos, los amenazó, pero la chica le plantó cara. Aquella noche, en una discusión violenta, perdió el juicio y la mató. Él me juró que no fue premeditado.

—¿Y el chico?

—Al chico consiguió acojonarlo, le juró que si decía algo lo implicaría, que se vería tirado en la calle haciendo de chapero miserable, que contrataría a alguien para matarlo también. ¡Qué sé yo!, perdió el juicio, y el chico se avino a callar.

—¿Y usted?

—Yo me avine a representar la mascarada de la falsa cena, a hacerme pasar por homosexual delante de ustedes, a cargar con el falso amante... En fin, todo era horrible, pero lo hice por amistad.

—Eso cuénteselo al juez. ¿Y Lena, sabía algo Lena de toda la historia?

—No tengo ni idea.

—Supongo que Luz le contó algo. Por eso estaba asustada hasta el punto de intentar comprar una pistola. ¿Lo entiende, Garzón?

—¡Vaya que si lo entiendo!, hay que joderse, ¿eh?

En efecto, había que joderse: una complicada historia sentimental que fue fácilmente corroborable. Dos segundos después de hacerle la primera pregunta del interrogatorio a Lolo Sánchez, este se echó a llorar. Un desmoronamiento en toda regla. 

Lloró y lloró, y entre lágrima e hipido, vino a decir lo mal que se sentía y hasta tuvo el cuajo de reflexionar sobre el triste papel de los modelos profesionales, siempre en manos de los demás como simples objetos. Al final se maldijo a sí mismo por no haber demostrado siquiera la dignidad de señalar al asesino de la mujer que amaba.

—¿Pero usted cree que la amaba? —me preguntó Garzón cuando el caso estaba ya cerrado y tomábamos una copa en el bar.

—¡Yo qué sé!; en las historias pasionales todo se mezcla: amor, orgullo, miedo, interés...

—Pues el jodido Pepín ni siquiera después de haber confesado parecía arrepentido.

—¡Al menos él actuó, no se dejó manipular como hicieron esos chicos!

—Es verdad, los ve uno tan guapos, tan sofisticados, tan superiores con su metro ochenta, pero luego rascas y...

—Porque todos estamos modelados en barro, Fermín, no hay más.

—¡Ni que lo jure!; claro que prefiero el barro al plástico, no sé qué pensará al respecto.

—¿Y qué me dice de uno de esos nuevos materiales?

—¿Un Adán y una Eva de PVC?

Nos reímos un rato en plan relajado y seguimos charlando sobre materiales de construcción. Era un tema neutro e insólito, quizás un antídoto inconsciente contra tanto barro y tanta carnalidad. 

La Casa Croglin - Augustus Hare

El Capitán Fisher también nos contó esta extraordinaria historia, conectada con su propia familia.

"Fisher", dijo el capitán, "puede sonar a un nombre muy plebeyo, pero su familia es de muy antigua estirpe, y por varios cientos de años poseyeron un muy curioso lugar en Cumberland, que tenía el extraño nombre de 'casa Croglin'.

La gran característica de la casa era que nunca, en ningún período de su larga existencia, ha habido más que un alto, aunque siempre tuvo una terraza desde la cual grandes terrenos se extendían hacia donde había una iglesia, y desde donde se tenía una gran vista.

Cuando, a lo largo de los años, los Fisher acrecentaron en la Casa Croglin su fortuna y familia, no quisieron cambiar las características del lugar añadiendo otra torre a la casa, y se marcharon hacia el sur, para residir en Thorncombe, cerca de Guildford, dejando la Casa Croglin.

Los Fisher fueron extremadamente afortunados con sus inquilinos, dos hermanos y una hermana. Ellos escucharon sus encomiables palabras acerca de todos los cuartos. 

Sus inquilinos vecinos eran todos buenos y gentiles, les dieron una gran bienvenida. Por su parte, los nuevos inquilinos se vieron muy a gusto en la nueva residencia. Era como que la Casa Croglin había sido hecha para ellos. 

El invierno pasó felizmente para los nuevos habitantes de Croglin, quienes compartían con todos los pequeños placeres sociales del distrito, y se hacían de este modo muy populares. Al siguiente verano, hubo un día, muy particular, que hizo un calor terrible, insoportable. 

Los hermanos estaban echados bajo un árbol, con sus libros, ya que hacía demasiado calor para llevar a cabo cualquier tarea física. Ellos habían cenado temprano, y luego de la cena se sentaron en el porche, disfrutando del aire fresco que trajo la noche, y mientras miraban la puesta del sol, y la salida de la luna sobre las copas de los árboles que separaban los campos del cementerio de la iglesia, con unas nubes bañadas de plata como fondo.

Cuando se separaron por la noche, cada uno se retiró a su habitación en la planta baja (ya que, como dije, no había escaleras en esa casa), la hermana sintió que el calor era tan intenso que no podía dormir y, habiendo trabado su ventana, no había cerrado los postigos —ya que en tan tranquilo lugar no era necesario— y, apoyada en sus almohadones, aún se quedó mirando la maravillosa y espléndida belleza de esa noche de verano.

Gradualmente se percató de dos luces, dos luces que parpadeaban, en la zona de los árboles que separaban el jardín de los campos de la iglesia; y, a medida que su vista se prendó de ellas, las vio emerger y componerse en una sustancia oscura, algo horrible, que parecía a cada momento acercarse más y más, aumentando en tamaño y sustancia a medida que se aproximaba. 

Durante algunos momentos se perdía entre las sombras que se extendían por el jardín, desde los árboles, y luego volvía a emerger, más grande que antes, y aún avanzando. Mientras observaba, el más incontrolable horror se apoderó de ella. Intentó salir de ahí, pero la puerta estaba cerrada y la ventana también, y aun así la cosa se acercaba a ella. Trató de gritar, pero su voz estaba como paralizada, su lengua pegada al paladar.

Repentinamente, ella nunca pudo explicarlo por qué, el terrible objeto pareció volverse sobre un lado, como si fuera a rodear la casa y, después de todo, no viniera por ella. Inmediatamente ella saltó de la cama y acometió contra la puerta; y mientras trataba de destrabarla comenzó a escuchar scratch, scratch, scratch, contra la ventana, y vio un horrible rostro marrón con ojos ardientes que la miraba. Aterrorizada, regresó a la cama, pero la criatura continuaba rascando la ventana, scratch, scratch, scratch

Sintió una especie de alivio cuando se convenció de que la ventana estaba bien cerrada desde el interior. Súbitamente el rasqueteo cesó, y se escuchó una especie de sonido como de picotazo. Luego, en su agonía, ¡se dio cuenta de que la criatura estaba picando la unión de los vidrios! El ruido continuó, y un panel de vidrio cayó dentro de la habitación. 

Luego el largo y huesudo dedo de la criatura ingresó y giró la manija de la ventana. La misma se abrió, y la criatura entró en la habitación, y el terror de la chica fue tan intenso que no pudo gritar, y la criatura entrelazó sus largos dedos en el cabello de ella y comenzó a arrastrarla por la cama. En esta situación violenta se hirió la gola.

Cuando pasó esto, su voz se liberó, y pegó un grito, un alarido con todas sus fuerzas. Sus hermanos se despertaron y salieron de inmediato de sus cuartos, pero la puerta estaba cerrada por dentro. Fueron a buscar un atizador, rompieron la cerradura y entraron. 

Entonces la criatura ya había escapado por la ventana, y la chica estaba sangrando por una herida que se había hecho en la garganta, y yacía inconsciente a un lado de la cama. Un hermano persiguió a la criatura, que corría con grandes zancadas bajo la luz de la luna, hasta que desapareció sobre la pared de los límites del camposanto de la iglesia. 

El hermano regresó al lado de su hermana, que estaba siendo atendida por el otro hermano. Ella estaba malherida, y estuvo por morir; pero era de disposición fuerte, no se dejaba llevar por el romance o la superstición, y cuando volvió en sí, dijo: 'Lo que pasó fue muy extraordinario, y estoy muy herida. Me parece inexplicable, pero por supuesto habrá una explicación, y tenemos que encontrarla. Debe ser que algún lunático ha escapado de un asilo y ha venido hasta aquí'. 

La herida se curó, y ella se recompuso, pero el doctor que fue a atenderla no podía creer que se hubiese recuperado de tan terrible shock tan fácilmente, e insistió en que ella tenía que cambiar de paisaje; así que su hermano la llevó a Suiza. 

Siendo una chica sensible, cuando fue al extranjero se interesó por las novedades del país en que estaba, secó plantas, hizo dibujos, escaló montañas y, cuando llegó el otoño, fue quien urgió a sus hermanos a regresar a Croglin. 'La tenemos desde hace siete años', dijo, 'y solo hemos estado allí uno; y siempre hemos tenido dificultades para encontrar casas con solamente un alto, así que será mejor que regresemos. Los lunáticos no se escapan todos los días'. Y como ella los urgió, sus hermanos no quisieron nada mejor, y la familia regresó a Cumberland. 

Ya que no había escaleras en la casa, les fue difícil hacer grandes cambios en su disposición. La hermana ocupó la misma habitación, aunque jamás volvió a dejar abiertos los postigos. Los hermanos tomaron la habitación opuesta a la de su hermana, y siempre tenían pistolas cargadas consigo.

El invierno pasó de lo más pacífica y felizmente. En el mes de marzo la hermana se despertó una noche por un sonido que le recordó el scratch, scratch, scratch, sobre el vidrio de la ventana. Y mirando a la ventana, pudo ver claramente, en el panel superior, el mismo rostro marrón, horripilante y arrugado, con ojos brillantes, mirándola fijamente. 

Esta vez gritó tan fuerte como pudo. Sus hermanos salieron del cuarto, con sus armas en la mano, por la puerta principal y vieron que la criatura estaba huyendo por el jardín. 

Uno de los hermanos hizo fuego y le dio en una pierna, pero la cosa siguió corriendo hacia la pared de la iglesia, donde desapareció dentro de una bóveda que perteneció a una familia que habíase extinguido hacía mucho tiempo. 

Al siguiente día los hermanos llamaron a todos los inquilinos de Croglin y fueron a abrir la bóveda. Una horrible escena se reveló. La bóveda estaba repleta de cajones; todos estaban rotos y sus contenidos horriblemente despedazados y desfigurados, esparcidos en todo el piso del lugar. 

Un ataúd solo permanecía intacto. Ellos levantaron la tapa del mismo y ahí estaba, marrón, reseco, arrugado, momificado, pero aún entero, la misma horripilante figura que se veía por la ventana de Croglin, con la marca de un reciente disparo en la pierna; y ellos hicieron lo único que podía hacerse para destruir a un vampiro: lo quemaron".

La cama - Iban Zaldua

En realidad no podía llamársele cama: era un jergón desvencijado, relleno de paja y lana, delgado, envuelto en sábanas que la señora Luisa lavaba cada dos semanas, con aspecto de estar siempre sucio y casi aplastado entre los otros dos camastros que llenaban la habitación. Otra particularidad de aquella cama, bastante común en aquellos días, era que siempre estaba caliente. Y eso llega a ser agradable, sobre todo en invierno. 

La señora Luisa no permitía a sus inquilinos calentar un ladrillo en la estufa de carbón para meterlo entre las sábanas, bien envuelto en trapos: solía argüir que no quería que le quemasen la poca ropa de cama que tenía. No había quejas porque, en realidad, el ladrillo resultaba, salvo en las noches más crudas del invierno, superfluo.

Amancio compartía aquel lecho con otros dos obreros de su fábrica, obreros de los que apenas sabía nada porque, obviamente, trabajaban en turnos distintos al suyo. Del que iba a despertar, conocía los gruñidos abotargados y un hombro hirsuto y fuerte (el que agitaba cuando quería sacarlo del sueño); del otro, del que trataba a su vez de despabilarlo, su olor a sudor y a antracita, y una voz pesada, apremiante y desagradable. 

No tuvo muchas oportunidades de conocerlos fuera del trabajo: los domingos y otros días festivos solía llegarse hasta Bilbao y no creía que los que compartían su cama fueran a los sitios que él frecuentaba. Amancio tampoco pareció mostrar nunca el menor interés por saber quiénes eran. 

La señora Luisa, que apreciaba los chismes y la conversación (sobre todo si nadie la interrumpía), opinaba que Amancio era de esos engreídos que, aunque recién llegados del campo, pensaban que no iban a pasar en su casa más que unos pocos días, unas semanas a lo sumo, que enseguida iban a ahorrar para el alquiler de una vivienda pequeñita, o de un cuarto bien ventilado, si acaso. Cada mes de más que pasara Amancio en su casa suponía un pequeño triunfo para ella. Qué se había creído aquel pueblerino.

La vida de Amancio transcurría entre la fábrica, la cantina y aquella cama. El paseo de los domingos no era más que una interrupción que apenas alteraba el lento transcurrir de la semana. Una noche, sin embargo, encontró entre sus sábanas un paquete dentro del cual parecían crujir unos papeles. En la oscuridad, no pudo ver lo que contenía, así que lo guardó bajo la cama y se durmió preguntándose si aquello tendría que ver con el hecho de que el ocupante del turno anterior se hubiera levantado tan deprisa; como si no hubiera conciliado el sueño durante sus horas de descanso. 

A la luz de la madrugada, fuera de la pensión, pudo ver de qué se trataba. Una nota, escrita en letras de molde, decía: «Me han dicho cómo te portaste en el asunto del capataz. Eres el único en quien podemos confiar. Repártelos entre los de tu turno. Salud». 

Los pasquines del paquete podían costarle el trabajo, e incluso la cárcel, si se los encontraban encima. Ni siquiera supo cómo los repartió: todavía hoy duda de que mucha gente los leyera, porque los fue dejando en los rincones más oscuros e inverosímiles de la planta. Amancio tuvo tanto miedo, además, que echó la mitad al horno, cuando nadie miraba. 

Los siguientes días no le dejaron nada en el camastro. A veces, cuando se tropezaba en el cuarto con alguno de los que llegaban o de los que se iban, creía notar una mano que le apretaba, durante un breve segundo, el brazo, pero no hubiera podido asegurarlo con certeza.

Casi un mes más tarde, se encontró otro paquete, más voluminoso esta vez. Ni siquiera se preocupó de comprobar el contenido de los panfletos. La nota era escueta e imperativa. Esa vez aprovechó mejor los descansos y la distribución fue algo más amplia —por lo menos, destruyó algunas proclamas menos que la vez anterior—. 

Dos días después, tras una gran asamblea, la fábrica se declaraba en huelga, en solidaridad con los despedidos de la cuenca minera. La noche anterior a la huelga, aquel obrero anónimo que le dejaba la cama tan calentita le susurró, al marcharse: «Muy bien». Él ni siquiera le dio las gracias. Estaba demasiado cansado.

Las cosas no se precipitaron inmediatamente. La lentitud de los acontecimientos irritaba ligeramente a Amancio. Los paquetes menudeaban pero, eso sí, todos los viernes encontraba, bajo la almohada, un ejemplar de El Obrero, con la tinta aún fresca. Lo leía a escondidas, los domingos. Cuando volvía de Bilbao, ya no lo traía consigo.

Amancio nunca llegó a conocer a los del grupo. Eso le preocupó, por lo menos al principio. ¿Sería que no confiaban en él? ¿No había cumplido, fielmente, con aquellos peligrosos encargos? Se tranquilizaba un poco pensando que, probablemente, se trataba de elementales normas de seguridad. 

No se atrevía a dejarle una nota a su desconocido corresponsal porque no sabía si el tercer turnista era de confianza. Tampoco creía prudente pasársela a cualquiera de esas sombras con que se cruzaba todas las noches, una de las cuales, muy raramente, le decía algo. 

Desde que había empezado todo, para cuando llegaba, la cama estaba vacía, aunque aún caliente, y él podía ser cualquiera de los que se afanaban en vestirse en la penumbra del cuarto. No sabía ni un nombre, ni un apodo: sus camaradas no tenían rostro. Sin embargo, no creía que estuviesen descontentos con él. Seguían haciéndole encargos. 

Leía con atención las páginas de El Obrero y creía encontrar guiños de complicidad cuando en algún breve se mencionaba «La extraordinaria solidaridad de los trabajadores del segundo turno…» o que: «La manifestación partió de la sala de calderas de la fábrica, a la que luego se unieron, como afluentes de un poderoso río, proletarios venidos de todas partes…».

Amancio ni siquiera acudió a la única cita que concertaron con él. Le picaba la curiosidad, desde luego, pero no le pareció prudente. Hacía tiempo que «Madrugador» —así lo había bautizado, en su fuero interno— no le escribía una nota. Fue lo primero que encontró en su cama aquella noche. Debajo de la nota había un paquete, y no era de pasquines. Una forma fría y pequeña se adivinaba bajo el envoltorio de estraza. 

Camino de la fábrica confirmó lo que sabía a medias: un revólver Star, nuevo, un día, el domingo, una hora, las tres, y un lugar, el muelle. Amancio rebuscó en su memoria y recordó las graves acusaciones que, desde hacía unas semanas, lanzaba El Obrero contra uno de los ingenieros del puerto. Estaba casi seguro. Iban a matar al ingeniero.

La noche del sábado durmió mal, y el domingo madrugó más que de costumbre, para darse el paseo hasta Bilbao. Apenas disfrutó del paisaje, ni del viento, suave y casi cálido. La pistola le helaba la pierna; temía que se descosiese el bolsillo del pantalón y se le cayese en cualquier momento. 

Ya en Bilbao, en vez de tomarse el primer café junto a la iglesia de San Nicolás, como solía, se dirigió directamente a la comisaría y, sin pararse a hablar con nadie, se llegó hasta el despacho del señor Blázquez y le entregó la pistola y la nota garrapateada. 

Le informó sobre sus sospechas y se lamentó por no saber cuántos más acudirían. El señor Blázquez, que habitualmente se mostraba ceñudo, le felicitó e incluso llegó a palmearle el hombro. Le dijo que cogerían a los que pudiesen y que, por cierto, no creía que le conviniese volver, ni por la pensión ni por la fábrica.

La detención del grupo fue, durante los días siguientes, la comidilla del pueblo. Doña Luisa no podía creérselo, aquel muchacho tan serio. ¡Con pistolas, con dinamita! En la plaza, las tenderas la notaban contrariada, seguramente, pensaban, por haber perdido aquel cliente. «Más de un cliente», mencionó una de las fruteras. «Será por las cucarachas», reían. «¡La muy avara!». 

Pero en esto se equivocaban, porque a doña Luisa no le iba a costar nada encontrar nuevos inquilinos: no paraban de llegar. Le molestaba más que Amancio, que no figuraba en las listas de detenidos, hubiera desaparecido sin dejar ni rastro. Estaba segura, muy a su pesar, de que había progresado más de lo que ella hubiera deseado. El giro que recibió, a los pocos días del suceso, saldando la semana que había dejado sin pagar cuando se fue, y añadiendo una jugosa propina, no hizo sino confirmar sus peores temores. ¡Un pueblerino como aquel!

Una visita inesperada - Agatha Christie (parte 3)

         11

Una vez la policía hubo abandonado la habi­tación con Jan, un silencio tenso se cernió sobre los presentes. Starkwedder dijo:

-Bien, supongo que he de comprobar si han logrado sacar mi coche de la cuneta; no pasamos por delante al venir hacia aquí.

-No -respondió Laura-, el sendero co­mienza en el otro lado de la carretera.

-Ya veo -respondió Starkwedder mientras se dirigía a los ventanales. Al salir a la terraza, comen­tó-: ¡Qué diferente se ve todo con la luz del día!

Tan pronto se marchó, Laura y Farrar se mi­raron.

-Julian! -exclamó ella-. ¡El encendedor! ¡Dije que era mío!

-¿Dijiste que era tuyo? ¿Al inspector?

-No. A él.

-A ese tipo... -comenzó Farrar, pero en­mudeció al ver a Starkwedder pasearse por la te­rraza-. Laura...

-¡Ten cuidado! -le advirtió ella mientras se acercaba a la pequeña ventana del vano y mi­raba al exterior-. Quizá nos esté escuchando.

-¿Quién es? -preguntó Farrar-. ¿Le co­noces?

Laura se acercó al centro de la estancia.

-No, no le conozco -dijo-. Tuvo un ac­cidente con el coche y vino anoche, justo des­pués de...

Julian le rozó la mano tendida sobre el res­paldo del sofá.

-No pasa nada, Laura. Sabes que haré todo lo que pueda.

-Julian... las huellas dactilares.

-¿Qué huellas?

-En esa mesa y en el cristal de la ventana. ¿Son tuyas?

Farrar retiró la mano de la suya para indicar que Starkwedder volvía a pasar por la terraza. Sin volverse hacia la ventana, ella se apartó de él y dijo en voz alta:

-Es muy amable de tu parte, Julian, estoy convencida de que puedes ayudarnos con mu­chas cosas.

Starkwedder deambulaba por la terraza. Cuando hubo desaparecido de vista, Laura dijo:

-¿Son tuyas estas huellas dactilares, Julian? Piensa.

Farrar permaneció pensativo un instante y luego dijo:

-Las de la mesa quizá sí.

-¡Dios mío! ¿Qué vamos a hacer?

De nuevo distinguieron a Starkwedder caminando de un lado a otro de la terraza. Laura dio una calada al cigarrillo.

-La policía sospecha de un hombre llamado MacGregor -dijo.

-Muy bien -respondió él-. Es probable que sigan pensando así.

-Pero imagina...

Farrar la interrumpió.

-Debo marcharme, tengo una reunión -dijo mientras se incorporaba-. No pasa nada -la tranquilizó con unas palmadas en el hombro-. No te preocupes, yo me ocuparé de que estés bien.

La expresión de Laura era de incompren­sión, casi de desesperación. Pero Farrar, al pare­cer ajeno a ello, se dirigió a los ventanales. Al sa­lir, se encontró con Starkwedder, que entraba de nuevo en el estudio. Farrar se apartó con cortesía para evitar chocar con él.

-¿Se marcha usted a alguna parte? -pre­guntó Starkwedder.

-Sí. Estos días voy bastante ajetreado. Las elecciones se celebran dentro de una semana.

-Ya -respondió Starkwedder-. Perdone mi ignorancia, pero ¿qué partido representa us­ted? ¿El conservador?

-Soy liberal -respondió Farrar con al­tivez.

-¡Ah! ¿Todavía existen?

Julian Farrar suspiró y se marchó sin pro­nunciar palabra. Starkwedder dedicó a Laura una mirada dura.

-Ya veo -dijo con furia contenida-, o al menos estoy empezando a ver.

-¿Qué quiere decir?

-Es su amiguito, ¿verdad? -dijo mientras se acercaba a ella-. Vamos, ¿sí o no?

-Ya que lo pregunta, ¡sí, lo es! -respondió desafiante.

Starkwedder la miró y dijo:

-Hay muchas cosas que no me dijo anoche, ¿no es cierto? Por eso cogió su encendedor tan deprisa y dijo que era suyo. -Starkwedder se alejó unos pasos y se volvió hacia ella-. ¿Cuánto tiempo hace que dura esta historia entre uste­des dos?

-Bastante -respondió ella con un hilo de voz. -¿Nunca pensó en abandonar a Warwick y marcharse con él?

-No. Está la carrera política de Julian, po­dría arruinarle.

Starkwedder se sentó malhumorado en un extremo del sofá.

-Seguro que no, hoy en día no. ¿No acep­tan todos el adulterio con tranquilidad?

-Son circunstancias muy especiales -intentó explicar Laura-. Era amigo de Richard, y tratándose de un inválido...

-Sí, ya veo. Es cierto que no representaría muy buena publicidad para él -replicó Stark­wedder.

Laura se acercó al sofá y se quedó de pie, de­lante de él.

-¿Supongo que piensa que debería habér­selo explicado anoche? -comentó con frialdad. El apartó los ojos de su mirada.

-No tenía ninguna obligación -murmuró. Laura pareció tranquilizarse.

-No pensé que importara... -dijo-. Quiero decir... lo único en lo que podía pensar era en que había matado a Richard.

Pareció ganarse de nuevo a simpatía de Starkwedder, pues éste murmuró:

-Entiendo. -Después de una pausa añadió-: Yo tampoco podía pensar en nada más. -Enmu­deció de nuevo y después alzó los ojos hacia ella-. ¿Quiere probar un pequeño experimento? ¿Dón­de se encontraba ayer cuando disparó a Richard?

-¿Dónde me encontraba? -repitió Laura perpleja.

-Sí, eso he dicho.

Después de pensarlo un momento, ella res­pondió.

-Allí -señaló los ventanales.

-Acérquese al lugar desde donde disparó -le pidió Starkwedder.

Laura se levantó y comenzó a deambular nerviosa por la habitación.

-No... no lo recuerdo -dijo-. No me pida que lo recuerde. -Parecía asustada.

-Su marido le dijo algo -le recordó Stark­wedder-, algo que hizo que usted cogiera la pis­tola. -Se levantó del sofá y se dirigió a la mesa junto al sillón para apagar el cigarrillo-. Vamos, representemos la escena -continuó-. Allí está la mesa y la pistola -dijo mientras cogía el cigarrillo de Laura y lo depositaba en el cenicero-. Estaban discutiendo y usted cogió la pistola, cójala...

-¡No quiero! -exclamó ella.

-No sea tonta. No está cargada. Vamos, có­jala.

Reticente, Laura lo hizo.

-Recuerde que la atrapó con fuerza, no como ahora. La cogió con fuerza y disparó. Muéstreme cómo lo hizo.

Sosteniendo la pistola con torpeza, ella se alejó unos pasos de él.

-Yo... yo -balbució.

-Vamos, muéstremelo -ordenó con fuerza Starkwedder.

Laura intentó apuntar el arma.

-Vamos, ¡dispare! No está cargada. Mientras Laura seguía titubeando, él le arre­bató la pistola.

-¡Me lo imaginaba! -exclamó-. Jamás ha disparado un arma en su vida, no sabe cómo ha­cerlo. -Con la vista clavada en la pistola agre­gó-: Usted no disparó a su marido.

-Sí que lo hice -insistió ella.

-No, no lo hizo.

Laura preguntó con tono asustado:

-¿Por qué iba a decir entonces que lo hi­ce yo?

Starkwedder respiró hondo. Se acercó al sofá y se dejó caer en él.

-La respuesta me parece bastante evidente: porque fue Julian Farrar quien le mató.

-¡No! -exclamó ella casi en un grito.

-¡Sí!

-¡No!

-Le digo que sí -insistió él.

-Si fue Julian, ¿por qué diablos iba a decir que lo hice yo?

Starkwedder le dirigió una mirada desapa­sionada.

-Porque usted pensó, con bastante acierto, que yo la encubriría, y tuvo razón. -Starkwed­der se reclinó en el sofá antes de proseguir-. Sí, jugó muy bien conmigo. Pero se acabó, ¿lo entiende? Que me aspen si voy a contar un montón de mentiras para salvar el pellejo del mayor Fa­rrar.

Se hizo un silencio. Laura sonrió y fue hacia la mesa junto al sillón para recoger el cigarrillo. Se volvió hacia Starkwedder y dijo:

-¡Sí que lo hará! ¡Tendrá que hacerlo! ¡Ya le ha dado su versión a la policía! ¡Ahora no pue­de cambiarla!

-¿Qué? -respondió él perplejo.

Laura se sentó en el sillón.

-Por mucho que sepa o crea saber -pun­tualizó-, tendrá que ajustarse a su versión. Ahora es usted cómplice, lo dijo usted mismo -explicó.

Starkwedder se levantó y exclamó:

-¡Menuda zorra! -La miró con desprecio sin pronunciar palabra y, girando sobre los talo­nes, se marchó.

Laura le observó avanzar por el jardín. Hizo ademán de seguirle y llamarle, pero cambió de opinión y, con aire abatido, abandonó el estudio por la puerta del pasillo.

 

12

Ese mismo día, a última hora de la tarde, Ju­lian Farrar caminaba nervioso de un lado a otro del estudio. Las ventanas de la terraza estaban abiertas; el sol, a punto de ocultarse tras el ho­rizonte, proyectaba una luz dorada sobre el jardín. Farrar había sido citado por Laura War­wick, que al parecer necesitaba verle con ur­gencia. Mientras esperaba, Farrar consultó su reloj repetidas veces.

Con aire disgustado, echó un vistazo a la te­rraza y después se adentró de nuevo en la habita­ción, no sin antes mirar de nuevo el reloj. En ese instante vio un periódico sobre la mesa situada junto al sillón y lo cogió. Se trataba de un diario local, The Western Echo, que publicaba en pri­mera página un artículo sobre la muerte de Ri­chard Warwick: «Prominente residente local asesinado por un agresor misterioso», rezaba el titular. 

Farrar se sentó y comenzó a leer el ar­tículo con nerviosismo. Pasados unos minutos, dejó el periódico a un lado, se dirigió a la ventana y, con un último vistazo a la habitación, se aden­tró en el jardín. Había recorrido la mitad del te­rreno cuando oyó un ruido a sus espaldas. Dio media vuelta y comenzó a farfullar:

-Laura, lo siento, yo... -Pero se detuvo en seco al comprobar que la persona que venía en su dirección no era Laura Warwick, sino Angell, el asistente del difunto Richard Warwick.

-Señor, la señora Warwick me ha pedido que le comunique que bajará enseguida -dijo Angell-. Pero yo me preguntaba si sería posible hablar un momento con usted.

-Claro. ¿De qué se trata?

Angell se acercó a Julian Farrar y dio unos pasos más alejándose de la casa, como si le preo­cupara que alguien pudiera oír lo que tenía que decir.

-¿Y bien? -preguntó Farrar al adivinar sus intenciones.

-Señor, siento cierta preocupación sobre mi situación en esta casa y quería consultarlo con usted.

Preocupado por sus propios asuntos, Julian Farrar no estaba interesado en aquello.

-Y bien, ¿cuál es el problema?

Angell reflexionó un momento antes de contestar:

-Con la muerte del señor Warwick, pierdo mi puesto de trabajo.

-Sí, supongo que sí. Pero, no creo que ten­ga dificultad en encontrar otro, ¿verdad?

-Espero que no, señor.

-Usted es un hombre cualificado, ¿no es cierto? -preguntó Farrar.

-Oh, sí. Además, siempre tengo la posibili­dad de trabajar en un hospital o en un centro pri­vado, ya lo sé.

-Entonces, ¿qué le preocupa? -indagó Fa­rrar.

-Pues bien, señor, las circunstancias en las que este trabajo ha llegado a su término han sido muy desagradables para mí.

-Hablando en cristiano, no le gusta la idea de haberse visto involucrado en un asesinato. ¿Es eso?

-Podríamos decirlo así, señor -asintió el asistente.

-Pues bien, me temo que nadie puede hacer nada al respecto. De todos modos, supongo que la señora Warwick le dará buenas referencias. -Farrar sacó la pitillera y la abrió.

-No creo que haya ningún problema al res­pecto, señor -respondió Angell-. La señora Warwick es una persona muy agradable, encan­tadora, si me permite decirlo.

Farrar, que había decidido esperar a Laura, estaba a punto de regresar a la casa, pero se giró al percibir algo extraño en la actitud del asis­tente.

-¿Qué quiere decir? -preguntó con voz queda.

-No quisiera causar ninguna molestia a la señora Warwick -respondió Angell con voz melosa.

Antes de replicar, Farrar extrajo un cigarrillo de la pitillera.

-¿Quiere decir que está alargando su estadía por deferencia a ella?

-Es cierto, señor -confirmó Angell-, que la ayudo con los asuntos de la casa, pero no es eso lo que quería decir exactamente. -Guardó silencio un instante antes de continuar-. De hecho, es una cuestión de conciencia, señor.

-¿Qué puñetas quiere decir? -espetó Fa­rrar irritado.

Angell parecía incómodo, pero su voz sonó segura cuando respondió:

-Creo que no se da cuenta de la dificultad de mi situación, señor, al tener que declarar ante la policía, quiero decir. Es mi deber como ciuda­dano ayudar a la policía en todo lo que me sea posible pero, al mismo tiempo, quisiera perma­necer fiel a mis patronos.

Farrar se giró para encender el cigarrillo.

-Habla usted como si hubiese alguna clase de conflicto -comentó.

-Si lo piensa bien, señor, se dará cuenta de que es inevitable. Podríamos decir que se da un conflicto de lealtades.

Farrar lo miró.

-¿Adónde quiere llegar, Angell?

-La policía, señor, no puede evaluar la si­tuación -respondió Angell-. Quizá, y sólo quizá, esta situación pudiera resultar muy im­portante en un caso como éste. Sabe usted, hace bastante tiempo que padezco insomnio.

-¿Es necesario que hablemos de sus dolen­cias? -preguntó Farrar.

-Me temo que sí, señor, pues aunque ayer me retiré temprano, fui incapaz de conciliar el sueño.

-Cuánto lo siento -respondió Farrar con acritud-. Pero realmente...

-Verá, señor -continuó Angell, haciendo caso omiso de la interrupción-, dada la ubica­ción de mi dormitorio en esta casa, he llegado a tener conocimiento de ciertos asuntos de los que quizá la policía no sea plenamente consciente.

-¿Qué intenta decir?

-El difunto señor Warwick -respondió Angell- era un hombre enfermo e inválido. En estas tristes circunstancias, era de esperar que una mujer atractiva como la señora Warwick buscara, ¿cómo diría yo?, otro vínculo en otra parte.

-Así que se trata de eso -dijo Farrar-. Creo que no me agrada su tono, Angell.

-No, señor. Pero no se precipite en su jui­cio. Si lo piensa bien, quizá comprenda lo difícil que es mi situación, pues poseo una informa­ción que, de momento, no he compartido con la policía, pero que quizá sería mi deber hacerlo.

Farrar lo miró con frialdad.

-Creo que lo de ir a la policía es un farol; lo que usted quiere decir es que podría remover el asunto a no ser que... -Se detuvo antes de com­pletar la frase-. ¿A no ser qué?

Angell se encogió de hombros.

-Como usted bien dice, soy enfermero ti­tulado. Pero a veces, mayor Farrar, pienso que me gustaría establecer mi propio negocio, un pe­queño centro, no exactamente una clínica sino un lugar en el que pudiera acoger a cinco o seis pacientes. Con la ayuda de un asistente, claro. 

Seguramente los pacientes serían hombres difíci­les de cuidar en casa por sus problemas con el al­cohol, ya sabe. Por desgracia, aunque he logrado ahorrar una suma considerable, no es suficiente, y por ello me preguntaba si...

Farrar completó la frase por él:

-Usted se preguntaba si yo, o si yo y la señora Warwick, podríamos ayudarle con su pro­vecto.

-Sólo me lo preguntaba, señor -respondió Angell con tono dócil-. Sería muy bondadoso por su parte.

-Sí que lo sería, ¿verdad? -respondió Fa­rrar sarcástico.

-Usted ha sugerido, con cierta precipita­ción -prosiguió Angell-, que amenazaba con remover el asunto, supongo que está pensando en el escándalo. Pero no es ésa mi intención, señor. Jamás soñaría con hacer algo así.

-¿Adónde quiere llegar, Angell? -pregun­tó Farrar a punto de perder los estribos-. Porque es obvio que pretende llegar a alguna parte.

Angell sonrió con modestia antes de respon­der. Cuando habló fue con voz queda pero firme:

-Como le decía, señor, anoche no podía dormir; así que estaba tumbado en la cama escu­chando la sirena de niebla (siempre he pensa­do que es un sonido muy deprimente), cuando de pronto creí oír una persiana chocando con­tra una ventana, un ruido muy molesto cuando se intenta conciliar el sueño. Me levanté, miré por la ventana y me pareció que se trataba de la persiana de la despensa, situada casi debajo de la mía.

-¿Y bien?

-Decidí bajar a cerrar la persiana -conti­nuó Angell-. Y cuando lo hacía, oí un disparo. En ese momento no le di mayor importancia, pues pensé: Ya está otra vez el señor Warwick haciendo de las suyas, aunque es imposible que vea nada con esta neblina. Después me dirigí a la despensa y cerré la persiana. No se por qué, pero mientras estaba allí me invadió cierta inquietud. Además, al otro lado de la ventana, oí unos pasos en dirección a la casa.

-Se refiere al camino que lleva a... -le inte­rrumpió Farrar volviendo los ojos en esa direc­ción.

-Sí, señor -confirmó Angell-. El camino que va desde la terraza, rodea la casa y pasa por delante de las dependencias del servicio. Nadie utiliza ese camino, señor, excepto usted cuando lo toma como atajo para ir a su casa.

El asistente guardó silencio y clavó los ojos en Farrar, quien simplemente respondió: -Prosiga.

-Como le decía, me sentía un poco inquieto, pensaba que quizá había algún merodeador por la casa, así que no puede imaginarse el alivio que sen­tí al verle pasar por delante de la ventana de la des­pensa. Caminaba deprisa, en dirección a su casa.

Farrar guardó silencio y después dijo:

-Realmente no entiendo cuál es el sentido de lo que me explica. ¿Acaso tiene alguno?

Con un carraspeo de disculpa, Angell res­pondió.

-Sólo me preguntaba, señor, si había usted mencionado a la policía que ayer estuvo aquí vi­sitando al señor Warwick. Si no es así, y supo­niendo que me interrogaran de nuevo sobre los acontecimientos de anoche...

Farrar le interrumpió.

-¿Supongo que es consciente de que la pena por chantaje es muy dura? -preguntó con sequedad.

-¿Chantaje, señor? -respondió Angell con aire sorprendido-. No sé qué quiere decir, tan sólo se trata de mi deber para con la policía...

-La policía ya está satisfecha con la identi­dad de la persona que asesinó al señor Warwick, de hecho a ese tipo sólo le faltó firmar con su nombre, por lo que no es muy probable que va­yan a hacerle más preguntas.

-Le aseguro, señor -repuso Angell con tono alarmado-, que sólo quería...

-Sé muy bien que es imposible que recono­ciera a nadie en la niebla tan espesa de anoche, sólo se ha inventado esta historia para... -Farrar enmudeció al ver que Laura Warwick salía al jardín.


13

-Siento haberte hecho esperar, Julian -se disculpó Laura mientras se acercaba. Parecía sorprendida de ver a Angell y Julian Farrar conversando.

-Señor, quizá pueda hablar más tarde con usted sobre este pequeño asunto -murmuró Angell antes de marcharse. Hizo una pequeña reverencia a Laura, cruzó el jardín con paso rápido y viró al llegar a la esquina de la casa.

Laura siguió su marcha y después dijo con apremio:

-Julian, tengo que...

Él le interrumpió.

-¿Por qué has mandado por mí, Laura?

-preguntó enfadado.

-Te he estado esperando todo el día -res­pondió ella sorprendida.

-He estado muy ocupado toda la mañana -repuso él-, y esta tarde he tenido varias reu­niones; no puedo dejar esas cosas cuando están tan cerca las elecciones. De todos modos, ¿no crees que sería mejor que no nos viéramos por una temporada?

-Pero necesitamos hablar de varias cosas. Farrar la tomó del brazo para alejarla de la casa.

-¿Sabes que Angell ha intentado chanta­jearme?

-¿Angell? -exclamó Laura incrédula.

-Sí, está claro que sabe lo nuestro y tam­bién sabe, o al menos dice saber, que estuve aquí anoche.

Ella ahogó un grito.

-¿Quieres decir que te vio?

-Dice que me vio -replicó Farrar.

-Pero es imposible que te viera con esa niebla.

-Me ha contado una historia sobre que bajó a la despensa para cerrar una persiana y que me vio pasar cuando regresaba a casa. También dice que oyó un disparo poco antes pero que no le dio mayor importancia.

-¡Dios mío! ¡Qué horror! ¿Qué vamos a hacer?

Farrar fue a consolarla con un abrazo, pero echó una ojeada a la casa y se abstuvo. Después la observó con detenimiento.

-Todavía no sé qué vamos a hacer, tendre­mos que pensar en algo.

-No le vas a pagar, ¿verdad?

-No. Si empiezas, es el principio del fin. Pero, por otro lado, ¿qué puede hacerse? -pre­guntó a la vez que se pasaba la mano por la fren­te-. Pensé que nadie sabía que estuve aquí anoche, estoy convencido de que mi ama de llaves lo ignora. Pero la cuestión es: ¿es cierto que me vio Angell o sólo finge haberme visto?

-¿Qué sucederá si acude a la policía? -pre­guntó Laura con voz temblorosa.

-No sé. Tenemos que pensar, pensar con cuidado. -Comenzó a caminar de un lado a otro-. Podríamos ignorarle aduciendo que es un farol y que está mintiendo, que yo jamás salí de casa anoche.

-Pero están las huellas dactilares -objetó Laura.

-¿Qué huellas?

-Te has olvidado de las huellas de la me­sa -le recordó ella-. La policía cree que son de MacGregor, pero si Angell les cuenta esta historia, querrán tomar tus huellas, y enton­ces...

-Ya -masculló Farrar-. Bien, pues en­tonces tendré que reconocer que estuve aquí e inventarme alguna historia, que vine para ver a Richard y que conversamos...

-Podrías decir que se encontraba en perfec­to estado cuando te marchaste.

Farrar la miró sin afecto alguno.

-¡Qué fácil haces que parezca todo! -replicó-. ¿De verdad puedo decir eso? -añadió sarcástico.

-¡Tendrás que decir algo! -respondió Laura a la defensiva.

-Sí, que apoyé la mano cuando me incliné a ver... -Tragó saliva al revivir la escena.

-Siempre y cuando piensen que las huellas son de MacGregor -dijo Laura.

-¡MacGregor! ¡MacGregor! -espetó él fu­rioso-. ¿Qué demonios te hizo sacar ese men­saje del periódico y ponerlo sobre el cuerpo de Richard? ¿No estabas corriendo un gran riesgo?

-Sí... no... ¡No lo sé! -chilló Laura confundida.

Farrar la contempló con desprecio.

-Teníamos que pensar en algo -suspiró Laura-. Yo... yo no podía pensar. Fue idea de Michael,

-¿Michael?

-Michael Starkwedder.

-¿Quieres decirme que él te ayudó? -pre­guntó Farrar incrédulo.

-¡Sí, lo hizo! Por eso quería verte, para ex­plicarte...

Farrar se acercó a Laura y masculló:

-¿Qué tiene que ver ese Michael -enfatizó el nombre de pila de Starkwedder-, ese Michael Starkwedder en todo esto?

-Entró y me encontró allí, con la pistola en la mano y...

-¡Dios Santo! -exclamó él al tiempo que se apartaba de ella-. Y de alguna manera le convenciste de que...

-Creo que él me convenció a mí -murmu­ró ella con tristeza mientras daba un paso hacia Farrar-. ¡Oh, Julian!

Laura estaba a punto de rodearle el cuello con los brazos, pero él la apartó.

-Ya te lo he dicho, haré todo lo que pueda -le aseguró-. No creas que no, pero...

Laura le observó.

-Has cambiado -comentó con voz queda.

-Lo siento, pero es que no puedo sentir lo mismo -reconoció Farrar, desesperado-. Después de lo sucedido, no puedo sentir lo mismo.

-Yo sí. Al menos eso creo. No importa lo que hayas hecho, Julian, siempre sentiré lo mismo.

-Nuestros sentimientos no importan ahora -dijo Farrar-. Tenemos que ajustarnos a los hechos.

Ella le miró.

-Lo sé. Dije a Starkwedder que yo... bueno, ya sabes, que fui yo.

Farrar la contempló con incredulidad. -¿Le dijiste eso a Starkwedder?

-Sí.

-¿Y estuvo de acuerdo en ayudarte? ¿Un extraño? ¡Ese hombre debe de estar loco!

-Sí, quizá esté un poco loco, pero fue reconfortante tenerle allí.

-¡Así que no hay hombre que se te resista! ¿Se trata de eso? -exclamó Farrar, y se giró. Después se volvió hacia Laura de nuevo-. De todos modos, un asesinato... -Enmudeció al tiempo que sacudía la cabeza.

-Intentaré no pensar en ello -contestó ella-. No fue premeditado, Julian, fue un im­pulso -agregó con tono casi suplicante.

-No es necesario que hablemos más de ello. Ahora tenemos que pensar en lo que vamos a hacer.

-Ya lo sé, están tus huellas y el encendedor.

-Sí -recordó Farrar-, debió de caerse cuando me incliné sobre el cuerpo.

-Starkwedder sabe que es tuyo -dijo Lau­ra-. Pero no puede hacer nada al respecto, aho­ra ya se ha comprometido y no puede cambiar su versión de los hechos.

Farrar la observó un instante. Cuando habló de nuevo fue con cierto tono heroico:

-Llegado el caso, Laura, yo asumiré la cul­pa -le aseguró.

-¡No, no quiero que hagas eso! -exclamó ella y le agarró el brazo, pero lo soltó tras lanzar una ojeada nerviosa a la casa-. ¡No quiero que lo hagas! -repitió.

-No creas que no entiendo cómo sucedió -dijo Farrar-. Cogiste la pistola y le disparaste sin saber lo que hacías, y...

Laura ahogó un grito.

-¿Qué? ¿Acaso pretendes que diga que le maté yo? -espetó.

-En absoluto -respondió Farrar con aire avergonzado-. Ya te he dicho que estoy dispuesto a asumir la culpa si fuera necesario. Laura sacudió la cabeza, perpleja.

-Pero si decías que sabías cómo había ocu­rrido...

Él la observó.

-Escucha, no creo que fuera un acto delibe­rado ni premeditado. Sé que no lo fue, sé que le disparaste porque...

Laura 1e interrumpió:

-¿Que yo le disparé? ¿Realmente crees que yo le disparé?

Farrar se dio la vuelta al tiempo que excla­maba:

-¡Dios mío! Va a ser imposible, ni siquiera somos capaces de ser honestos con nosotros mismos. Laura parecía desesperada. Intentó tranquilizarse antes de replicar con énfasis:

-¡Yo no le disparé y tú lo sabes!

Hubo un silencio. El se volvió lentamente hacia ella.

-Entonces ¿quién lo hizo? -preguntó. De pronto lo comprendió y añadió-: ¡Laura! No estarás diciendo que yo le maté.

Se encontraban frente a frente. Guardaron silencio durante un instante. Luego Laura dijo:

-Oí el disparo, Julian. -Respiró hondo an­tes de continuar-. Oí el disparo y tus pasos mientras te alejabas por el camino. Bajé, y allí estaba Richard, muerto.

Pasado un instante, Farrar respondió con suavidad:

-Laura, yo no le maté. -Alzó la vista al cie­lo como en busca de inspiración y después clavó los ojos en ella-. Vine para hablar con Richard -explicó-, para decirle que después de las elec­ciones tendríamos que llegar a algún acuerdo so­bre el divorcio. Oí un disparo poco antes de lle­gar, pensé que se trataba de uno de los juegos de Richard, como siempre. Entré, y allí estaba, muerto. El cuerpo todavía estaba caliente.

Ella le miró perpleja.

-¿Caliente? -repitió.

-No llevaba más de uno o dos minutos muerto. Como es natural, pensé que le habías matado tú, ¿quién más podía haber sido?

-No lo comprendo -murmuró ella.

-Supongo... supongo que pudo ser un sui­cidio -aventuró Farrar, pero Laura le interrum­pió.

-No, no pudo ser, porque... -Enmudeció al oír los gritos exaltados del joven Jan en el inte­rior de la casa.

 

14

Farrar y Laura corrieron hacia la casa y casi chocaron con Jan cuando salió por la contraven­tana de la terraza.

-¡Laura! -gritó mientras le empujaba ha­cia la biblioteca-. Laura, ahora que Richard ha muerto, todas sus pistolas, rifles y cosas así me pertenecen, ¿verdad? Quiero decir, yo soy su hermano, soy el hombre de la familia.

Julian Farrar les siguió a la biblioteca, se acercó al sillón y se sentó en el brazo mientras Laura trataba de tranquilizar a Jan, que no cesa­ba de quejarse.

-Benny no me deja coger las pistolas, las ha guardado con llave en el armario de allá arriba. -Señaló con un gesto hacia la puerta-. Pero son mías, estoy en mi derecho. Dile que me dé la llave.

-Escucha, Jan, cariño -comenzó Laura, pero Jan no quería ser interrumpido. Se dirigió rá­pido hacia la puerta y dio media vuelta gritando:

-Me trata como a un niño. Todos me tratan como a un niño, pero soy un hombre. Ten­go diecinueve años, soy casi mayor de edad.

-Abrió los brazos como si intentara abarcar sus pistolas-. Todas las cosas de Richard me perte­necen. Haré lo mismo que él, dispararé contra las ardillas, los pájaros y los gatos. -Rió histéri­co-. Quizá dispare también contra las personas que no me gustan.

-No debes excitarte, Jan -le advirtió Laura.

-No estoy excitado -respondió enfurru­ñado-. Pero no voy a dejar que... que me victi­micen. Ahora soy el señor de la casa y todos ha­rán lo que yo diga. -Se detuvo un instante y después se dirigió a Farrar-: Yo también podría ser juez de paz si quisiera, ¿verdad, Julian?

-Todavía eres demasiado joven para eso -contestó Farrar.

Jan se encogió de hombros y se volvió hacia Laura.

-Todos me tratáis como a un niño -volvió a lamentarse-. Pero ahora que Richard ha muerto ya no podéis. -Fue hasta el sofá, se sen­tó y se cruzó de piernas-. Además, supongo que ahora también soy rico, ¿verdad? Esta casa me pertenece, nadie puede mandarme, ahora mandaré yo. No dejaré que la tonta de Benny me diga lo que tengo que hacer, si Benny intenta darme órdenes, yo... ¡yo ya sé lo que haré!

Laura se acercó a él.

-Jan, cariño -susurró con dulzura-, éste es un momento muy difícil para todos, y las co­sas de Richard no pertenecerán a nadie hasta que vengan los abogados, lean el testamento y lo autentifiquen. ¿Lo comprendes?

La voz de Laura tuvo un efecto balsámico y tranquilizador sobre Jan. El joven la miró, le ro­deó la cintura con los brazos y apoyó la cabeza en su regazo.

-Comprendo lo que dices, Laura -dijo-. Te quiero, Laura. Te quiero mucho.

-Sí, cariño -murmuró ella con dulzura-. Yo también te quiero.

-Estás contenta de que Richard haya muer­to, ¿verdad? -preguntó Jan de repente. Sorprendida, ella respondió:

-No, claro que no.

-Sí que lo estás -replicó él, astuto-. Aho­ra podrás casarte con Julian.

Laura lanzó una rápida mirada a Julian, que se puso en pie mientras Jan continuaba hablando.

-Sé que hace mucho tiempo que quieres ca­sarte con Julian. Todos piensan que no me doy cuenta de las cosas, o que no sé nada, pero no es así. Ahora estáis bien, la situación se ha arreglado y estáis contentos. Estáis contentos porque... -Calló al oír la voz de la señorita Bennett en el pasillo llamándolo.

Jan rió.

-¡Benny, tonta! -gritó mientras daba saltos en el sofá.

-Pórtate bien con Benny -le reprendió Laura mientras le ayudaba a ponerse en pie-. Está muy preocupada por todo -añadió mien­tras lo acompañaba hasta la puerta-. Tienes que ayudar a Benny, Jan, porque ahora eres el hom­bre de la familia.

Jan abrió la puerta, miró a Laura y después a Julian.

-De acuerdo, de acuerdo -prometió con una sonrisa-. Lo haré. -Abandonó la habita­ción, cerró la puerta tras de sí y comenzó a gritar «¡Benny!».

Laura se volvió hacia Farrar, que se acercó a ella.

-No tenía ni idea de que supiera lo nuestro -exclamó ella.

-Ese es el problema con las personas como Jan. Nunca sabes cuánto saben. Es muy... quiero decir... se altera muy rápido, ¿verdad?

-Sí, se pone nervioso muy rápido -reco­noció Laura-. Pero ahora que no está Richard para burlarse de él, se tranquilizará, será más normal, estoy segura.

Farrar parecía dudoso.

-No lo sé -comenzó, pero se detuvo al en­trar Starkwedder por la contraventana de la te­rraza.

-Hola -dijo con tono alegre.

-Hola -respondió Farrar titubeante.

-¿Cómo va todo? ¿Felices como perdices? -preguntó Starkwedder mientras los contem­plaba. Sonrió-: Ya veo, dos son compañía y tres son multitud. No debería haber entrado por la contraventana así, un caballero se hubiera dirigi­do a la puerta principal y hubiera llamado al tim­bre, ¿no es así? Pero, saben, yo no soy ningún caballero.

-Por favor... -comenzó Laura, pero Stark­wedder la interrumpió.

-De hecho -explicó-, he venido por dos razones. En primer lugar, para despedirme, ya han verificado mis antecedentes y las altas esfe­ras de Abadan han confirmado que soy un hombre bueno y honesto. Así que ya soy libre de marcharme.

-Siento que se vaya tan pronto -dijo Laura.

-Muy amable por su parte -respondió Starkwedder con cierta acritud-, sobre todo si se tiene en cuenta la manera en que me he entrometido en este asesinato familiar. -Contempló a Laura un instante y después se acercó a la silla del escritorio-. Pero he entrado por la contraventana por otra razón. La policía me ha acom­pañado en su coche y, aunque no se mostraron muy comunicativos, creo que se traen algo entre manos.

Laura ahogó un grito de consternación.

-¿La policía ha vuelto?

-Sí -confirmó Starkwedder.

-Pero pensé que ya habían acabado esta ma­ñana.

Starkwedder le dirigió una mirada astuta. -¡Por eso digo que se traen algo entre ma­nos! -exclamó.

Laura y Farrar se acercaron al oír unas voces en el pasillo. La puerta se abrió y entró la madre de Richard Warwick, muy erguida y dueña de sí misma, a pesar de seguir caminando con ayuda de un bastón.

-¡Benny! -exclamó por encima del hom­bro antes de dirigirse a Laura-. ¡Ah! Estás aquí, Laura. Te estábamos buscando.

Farrar se aproximó a la señora Warwick y la ayudó a sentarse en el sillón.

-Qué amable por tu parte volver a pasar por aquí, Julian, con lo ocupado que estás -comentó.

-Hubiera venido antes, señora Warwick -respondió Farrar-, pero hoy ha sido un día especialmente ajetreado. Si puedo hacer algo para ayudar... -Enmudeció al entrar en el estudio la señorita Bennett seguida del inspector Thomas.

El policía, que se detuvo en el centro de la habitación, llevaba un maletín en la mano. Stark­wedder se sentó en la silla del escritorio y encen­dió un cigarrillo mientras el sargento Cadwalla­der entraba acompañado de Angell.

-No encuentro al joven Warwick, señor -dijo el sargento al inspector mientras se acer­caba a los ventanales de la terraza.

-Está fuera en algún lugar, ha salido a dar un paseo -anunció la señorita Bennett.

-No importa -dijo el inspector. Observó a todos los presentes. Su actitud había cambiado y ahora mostraba cierta severidad.

Después de esperar un momento a que ha­blara, la señora Warwick preguntó con frial­dad:

-¿Debo suponer que tiene más preguntas que hacer, inspector Thomas?

-Sí, señora Warwick, me temo que sí.

La voz de la señora Warwick sonó cansada cuando preguntó:

-¿Todavía no tiene noticias de ese MacGre­gor?

-Al contrario -respondió el inspector.

-¿Lo han encontrado? -preguntó la seño­ra Warwick, ansiosa.

-Sí.

Todos reaccionaron con manifiesta agita­ción. Laura y Farrar se mostraron incrédulos mientras que Starkwedder se volvió hacia el ins­pector.

La voz severa de la señorita Bennett rasgó el silencio:

-Entonces, ¿le han arrestado?

El inspector la miró antes de responder.

-Creo que eso es imposible, señorita Bennett.

-¿Imposible? -exclamó-. Pero, ¿por qué?

-Porque está muerto -respondió el inspector con voz seca.

 

15

El anuncio del inspector Thomas fue recibi­do con un silencio atónito. Laura susurró con voz titubeante y temerosa:

-¿Qué ha dicho?

-He dicho que ese MacGregor ha muerto. Todos emitieron un grito de sorpresa. El ins­pector inició la explicación:

-John MacGregor murió en Alaska hace más de dos años, poco después de regresar de In­glaterra a Canadá.

-¡Muerto! -exclamó Laura, incrédula.

En ese momento Jan cruzó la terraza y de­sapareció de vista.

-Esto lo cambia todo, ¿no es así? -conti­nuó el inspector-. No fue John MacGregor quien colocó esa nota de venganza sobre el cadá­ver del señor Warwick. Pero es obvio, ¿no creen?, que la dejó alguien que conocía la historia de MacGregor y del accidente en Norfolk. -Se acercó al escabel y colocó el maletín encima- Lo cual nos limita, de forma definitiva, a alguna persona de esta casa.

-¡No! -protestó la señorita Bennett al tiempo que se acercaba al inspector-. ¿No pudo haber sido...?

-¿Sí, señorita Bennett? -la instó el inspec­tor y esperó un instante, pero ella se vio incapaz de continuar. Desesperada, se alejó hacia los ventanales.

El inspector centró su atención en la madre de Richard Warwick.

-Como usted comprenderá -dijo inten­tando mostrarse compasivo-, esto cambia las cosas.

-Sí, por supuesto -respondió ella antes de ponerse en pie-. ¿Me necesita para algo más, inspector?

-De momento no, señora Warwick.

-Gracias -murmuró ella mientras se diri­gía a la puerta que Angell se apresuró a abrirle.

Julian Farrar también se incorporó para acompañarla, luego regresó y se colocó pensati­vo detrás del sillón. Mientras tanto, el inspector Thomas había abierto el maletín y extrajo una pistola.

Angell seguía a la señora Warwick cuando el inspector le llamó con tono imperioso:

-¡Angell!

Sobresaltado, el asistente regresó al estudio y cerró la puerta.

-¿Sí, señor? -respondió.

El inspector se acercó a él llevando en la mano lo que era sin duda el arma del crimen.

-Es acerca de esta pistola; esta mañana no estaba seguro, pero ¿puede o no puede decir con certeza si pertenecía al señor Warwick?

-No quisiera equivocarme, inspector -res­pondió Angell-. Tenía muchas pistolas.

-Se trata de una pistola europea -le infor­mó el inspector mostrándole el arma-, supongo que es un recuerdo de alguna parte.

Jan volvió a cruzar la terraza en dirección contraria, sin que nadie le viera, con una pistola que intentaba ocultar.

Angell echó un vistazo a la pistola que el ins­pector tenía en la mano.

-El señor Warwick poseía algunas pistolas extranjeras, señor -dijo-. Pero él mismo se ocupaba de sus armas y no dejaba que yo las to­cara.

El inspector se volvió hacia Farrar.

-Mayor -dijo-, seguramente usted tiene recuerdos de la guerra. ¿Le dice algo esta arma? Farrar lanzó un rápido vistazo a la pistola.

-No, me temo que no.

El inspector introdujo de nuevo el arma en el maletín.

-El sargento Cadwallader y yo -anunció volviéndose hacia los presentes- queremos examinar la colección de armas del señor Warwick. Creo entender que tenía licencia para la mayoría.

-¡Oh, sí! -le aseguró Angell-. Las licen­cias se encuentran en uno de los cajones de su dormitorio, y todas las pistolas y el resto de las armas están en el armario de las armas.

El sargento Cadwallader se acercó a la puer­ta, pero la señorita Bennett le impidió abando­nar la habitación.

-Un momento. Querrá usted la llave del ar­mario- dijo al tiempo que sacaba una del bolsillo.

-¿Lo ha cerrado con llave? -inquirió el inspector-. ¿Por qué?

La respuesta de la señorita Bennett fue igual de lacónica:

-Creo que esa pregunta es innecesaria. Tantas armas, y la munición... es muy peligroso, todo el mundo lo sabe.

El sargento disimuló una sonrisa. Tomó la llave que le tendió la gobernanta, se dirigió a la puerta y se detuvo en el umbral por si el inspec­tor deseaba acompañarle. Disgustado por el co­mentario de la señorita Bennett, el inspector agregó:

-Necesito hablar con usted de nuevo, Angell. -Dicho esto, cogió el maletín, abandonó la habitación seguido por el sargento y dejó la puerta abierta para Angell.

Sin embargo, el asistente no le siguió de inmediato sino que, después de lanzar una mirada nerviosa a Laura, que estaba sentada con los ojos clavados en la puerta, se acercó a Farrar y mur­muró:

-Sobre ese pequeño asunto, señor. Estoy impaciente por arreglarlo pronto...

Con voz entrecortada, Farrar respondió:

-Creo... creo que podré hacer algo al res­pecto.

-Gracias, señor -contestó Angell con una leve sonrisa-. Muchas gracias. -El asistente estaba a punto de trasponer la puerta cuando Fa­rrar le dijo con tono autoritario:

-¡No! Espere un momento, Angell.

El asistente se volvió hacia él y Farrar gritó:

-¡Inspector Thomas!

Hubo una pausa tensa. Un momento más tarde, el inspector apareció por la puerta con el sargento detrás:

-¿Sí, señor Farrar?

Farrar adoptó una actitud distendida al tiem­po que se acercaba al sillón.

-Antes de que empiece con las preguntas rutinarias -comentó-, hay algo que debería haberle dicho. De hecho, hubiera tenido que mencionárselo esta mañana, pero estábamos to­dos tan consternados... La señora Warwick aca­ba de informarme de que desean identificar unas huellas dactilares. Aquí, en la mesa, me parece que dijo; pues bien, con toda probabilidad serán mías.

Hubo un silencio. El inspector se acercó a Farrar lentamente antes de preguntarle:

-¿Estuvo usted aquí anoche, mayor Farrar?

-Sí. Vine a conversar con Richard después de cenar, como suelo hacer a menudo.

-¿Y le encontró...?

-Le encontré muy malhumorado y depre­sivo, así que no me quedé mucho tiempo.

-¿A qué hora fue eso? -preguntó el ins­pector.

Farrar reflexionó un instante y luego res­pondió:

-No me acuerdo, quizá a las diez, o a las diez y media.

El inspector le observó.

-¿Podría ser un poco más preciso? -in­quirió.

-Lo siento, pero no -fue la respuesta de Farrar.

Después de un silencio ligeramente tenso, el inspector preguntó con un tono que pretendía ser indiferente.

-¿Supongo que no discutirían acaloradamente?

-No, por supuesto que no -respondió Fa­rrar. Después consultó su reloj y agregó-: Ten­go que asistir a una reunión en el ayuntamiento y no puedo retrasarme. -Dio media vuelta y se dirigió a la contraventana-. Así que, si no le im­porta... -dijo al llegar a la terraza.

-No puede hacer esperar a los del ayuntamiento -convino el inspector mientras se acer­caba a él-. Pero estoy seguro de que entenderá, mayor Farrar, que me gustaría tener una declara­ción completa sobre sus movimientos de anoche. Quizá podamos hacerlo mañana por la ma­ñana. -Hizo una pausa antes de proseguir- Se dará cuenta, claro, de que no tiene obligación al­guna de declarar, que es un acto plenamente voluntario por su parte, y que tiene derecho a exi­gir la presencia de su abogado.

La madre de Richard Warwick había entrado de nuevo en la habitación, pero permaneció en silencio mientras escuchaba las últimas pala­bras del inspector. Farrar contuvo el aliento al asimilar las palabras que acababa de pronunciar el inspector.

-Lo comprendo, perfectamente -dijo-. ¿Qué le parece mañana a las diez? Mi abogado estará presente.

Farrar salió por la terraza y el inspector se volvió hacia Laura Warwick.

-¿Vio al mayor Farrar cuando vino aquí anoche? -le preguntó.

-Yo, yo... -comenzó ella titubeante, pero Starkwedder acudió en su ayuda.

-No creo que a la señora Warwick le ape­tezca contestar ninguna pregunta ahora mismo -manifestó al inspector.

 

16

Starkwedder y el inspector Thomas se miraron en silencio durante un instante. A continua­ción, habló éste:

-¿Qué ha dicho usted, señor Starkwedder? -preguntó.

-He dicho que no creo que a la señora War­wick le apetezca contestar más preguntas por el momento.

-¿De verdad? ¿Acaso es asunto suyo?

La madre de Richard Warwick se unió a la discusión. -El señor Starkwedder tiene razón -terció.

El inspector se volvió hacia Laura con expre­sión inquisidora. Pasados unos instantes, ésta murmuró:

-No, no quiero responder más preguntas ahora mismo.

Satisfecho, Starkwedder sonrió al inspector, el cual dio media vuelta y abandonó la habitación acompañado del sargento. Angell les siguió y cerró la puerta detrás de sí. En ese momento Laura dijo:

-Pero debería hablar, debo... debo decirles.

-El señor Starkwedder tiene razón, Laura -la interrumpió la señora Warwick-. Cuanto menos digas ahora, mejor. -Caminó unos pa­sos por la habitación apoyándose en el bastón antes de añadir- Debemos ponernos en contacto con el señor Adams de inmediato. -Se volvió hacia Starkwedder y explicó- Es nuestro abogado. -Miró a la señorita Bennett-. Llámale ahora, Benny.

La señorita Bennett asintió y se acercó al te­léfono, pero la señora Warwick la detuvo.

-No; utiliza el supletorio de arriba -le in­dicó y agregó- Laura, acompáñala.

Laura se puso en pie titubeante y lanzó una mirada confusa a su suegra. Pero ésta meramente dijo:

-Quiero hablar con el señor Starkwedder.

-Pero... -protestó Laura, aunque la señora Warwick la interrumpió.

-No te preocupes, querida, haz lo que te digo.

Laura dudó un instante, pero luego salió al pasillo seguida de la señorita Bennett, que cerró la puerta tras de sí. La señora Warwick se acercó a Starkwedder.

-No sé de cuánto tiempo disponemos -dijo deprisa al tiempo que lanzaba una mirada a la puerta-. Quiero que me ayude.

El se sorprendió.

-¿Cómo? -preguntó.

-Usted es un hombre inteligente, y un ex­traño. Ha llegado a nuestras vidas desde el exte­rior, no sabemos nada de usted, no tiene nada que ver con ninguno de nosotros.

Starkwedder asintió.

-Una visita inesperada, ¿eh? -murmuró. Se sentó en un brazo del sofá-. Ya me lo han dicho antes -comentó.

-Como es usted un extraño -prosiguió ella-, voy a pedirle que haga algo por mí. -Sa­lió a la terraza y miró en ambas direcciones.

Pasado un instante, Starkwedder dijo:

-Sí, ¿señora Warwick?

Mientras entraba en la habitación, ella co­menzó a hablar con tono apremiante.

-Hasta esta noche había una explicación ra­zonable para esta tragedia. Un hombre al que mi hijo había hecho daño al matar accidentalmente a su hijo había venido a vengarse. Sé que suena melodramático pero, después de todo, cosas así se leen en los periódicos.

-Si usted lo dice -comentó él mientras se preguntaba a dónde conducía esa conversación.

-Pero me temo que ahora ya no existe esa explicación, con lo cual el asesinato de mi hijo vuelve a la familia. -Se acercó al sillón-. Hay dos personas que no pueden haber disparado a mi hijo y ésas son su mujer y la señorita Bennett, pues estaban juntas cuando se produjo el disparo.

Starkwedder le lanzó una fugaz mirada y dijo «Vaya».

-No obstante -añadió la señora War­wick-, a pesar de que Laura no pudo haber ma­tado a su marido, puede saber quién fue.

-Eso la convertiría en cómplice. Ella y ese Julian Farrar, ¿a eso se refiere?

Ella torció el gesto.

-No -respondió. Se alejó del sillón y lan­zó otra mirada a la puerta antes de agregar- Ju­lian Farrar no disparó a mi hijo.

Starkwedder se levantó del brazo del sofá.

-¿Cómo puede saberlo? -preguntó.

-Lo sé -contestó la señora Warwick mien­tras se alejaba unos pasos de él para luego volverse-. Voy a contarle a usted, un extraño, algo que nadie de mi familia sabe: soy una mujer a la que no le queda mucho tiempo de vida.

-Lo siento -comenzó Starkwedder, pero ella levantó la mano para interrumpirle-. No se lo digo para que me compadezca, sino para ex­plicar algo que, en caso contrario, sería difícil de explicar. Hay veces en las que uno elige una línea de acción que no elegiría si le quedaran varios años de vida.

-¿Por ejemplo? -preguntó Starkwedder. Ella le observó.

-En primer lugar, tengo que explicarle otra cosa, señor Starkwedder, debo contarle algo so­bre mi hijo. -La señora Warwick se sentó en el sofá-. Yo quería mucho a mi hijo; de niño y du­rante su juventud tenía muchas virtudes. Tenía éxito, era ingenioso, valiente, de carácter alegre, era una gran compañía. -Se detuvo como si estuviera recordando-. Tengo que reconocer que también tenía los defectos asociados con esas cualidades: le frustraban las limitaciones, los obstáculos. Tenía una veta cruel y una especie de arrogancia fatal. Todo funcionaba bien siempre y cuando tuviera éxito, pero su carácter no le permitía enfrentarse a las adversidades, y hacía tiempo que yo venía observando su declive.

Starkwedder se sentó en el escabel frente a ella.

-Si dijera que se había convertido en un monstruo -prosiguió la madre de Richard Warwick-, parecería una exageración, pero de alguna forma lo era, un monstruo egoísta, orgu­lloso y cruel. Como él había sufrido, sentía nece­sidad de hacer sufrir a los demás. -En su voz había amargura-. Así que todos comenzaron a sufrir por su culpa, ¿me comprende?

-Creo que sí -murmuró él.

La voz de la señora Warwick volvió a dulci­ficarse cuando continuó.

-Pues bien, tengo mucho cariño a mi nuera, es una chica de gran espíritu, bondadosa y fuerte. Richard la deslumbró, pero no sé si realmente se enamoró de él. De todos modos, he de reco­nocer que hizo todo lo que una esposa podía hacer para que la enfermedad e inactividad de Richard fueran soportables.

Reflexionó un instante antes de continuar con voz triste:

-Pero Richard no quería su ayuda, la recha­zaba. A veces pienso que incluso la odiaba, quizá sea eso más natural de lo que pensamos. Así que creo que me entenderá cuando le diga que al fi­nal sucedió lo inevitable: Laura se enamoró de otro hombre.

Starkwedder la observó con atención.

-¿Por qué me cuenta todo esto? -pre­guntó.

-Porque es usted un extraño -respondió ella-. Todos estos amores, odios y tribulacio­nes no significan nada para usted, así que puede escuchar sin verse afectado.

-Quizá.

Como si no le hubiera oído, ella prosiguió.

-Así que se llegó a un punto en el que parecía que la única manera de resolver todas las difi­cultades era con la muerte de Richard.

Starkwedder continuó observándola con atención.

-Así que ¿la muerte de Richard era conve­niente? -murmuró.

-Sí.

Hubo un silencio. Entonces Starkwedder se incorporó, rodeó el escabel y se acercó a la mesa para apagar el cigarrillo.

-Perdóneme si soy tan directo, señora Warwick -se disculpó- pero ¿acaso se está confesando autora de un asesinato?

 

 

CONTINUARÁ...