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Dilvish, El Maldito - Roger Zelazny (Parte 2 y última)

Estaban cabalgando con el ocaso y la luz del sol poniente servía para enturbiar en parte, aunque no todas, las agitadas visiones que flotaban alrededor: los amenazadores árboles de apariencia consciente cuyas ramas oscilaban como huesudos dedos, con un tacto frío, flojo y molesto; las criaturas grisáceas que daban vueltas y que de vez en cuando se lanzaban hacia Dilvish y se apartaban de los tajos de su espada; los seres tentaculares que se deslizaban detrás de Black, con las extremidades extendidas pero incapaces de seguir el paso del animal metálico, y el viento helado que parecía más que viento, lleno de veloces escamas y franjas negras, con olor a sepultura... En cuanto a los ocasionales ruidos de animales que oía, Dilvish no supo de qué versión de la realidad procedían.

Conforme el sol descendía por el oeste y las sombras se alargaban, el otro mundo y su constante luz plateada iba predominando en el duelo por dominar los sentidos de Dilvish. Si acaso, el mundo fantasma parecía más brillante, aunque sus nieblas eran proporcionalmente más densas. 

Dilvish se sintió agobiado por la posibilidad de que los objetos de aquel plano pudieran cobrar densidad con respecto a él mientras el día decaía en su mundo.

Algo de elefantinas proporciones se aproximaba por la izquierda de forma amenazadora. Avanzaba con rapidez para su tamaño, pero no podía igualar el paso de Black y pronto quedó atrás y se perdió de vista. Dilvish suspiró y miró al frente. Zarcillos, sólo en parte palpables, fustigaron sus calzones y mangas.

Cuando Black aflojó el paso para doblar un recodo del camino, Dilvish notó un peso repentino en la espalda y garras que se clavaban en sus hombros.

Tras revolverse y extender las manos, agarró un cuello bajo una grotesca cabeza con pico que se proyectaba hacia la suya. La fuerza del impacto y los movimientos le forzaron a soltarse de la silla. 

Al caer del lomo de Black, el mundo fantasma se desvaneció. La criatura, similar a un ave y del tamaño de un perrillo, dejó escapar un grito agudo y gorjeante, agitó sus membranosas alas al tocar el suelo, pero Dilvish la agarró con fuerza y se revolvió para caer encima de ella.

El extraño animal dio la vuelta debajo de Dilvish nada más caer, trató de alejarse dando tirones y agitó las alas contra la cabeza del hombre. Tras liberar su cuello de otro tirón, dio un salto atrás y miró alocadamente en todas direcciones. A continuación se lanzó al aire y planeó hacia la derecha de la senda hasta desaparecer entre los árboles.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Dilvish, acercándose a Black.

—Has logrado transportar a esa criatura del plano fantasma al nuestro —replicó Black—. La habías cogido cuando perdiste el contacto con el circuito del cinto, y la has tirado al suelo contigo. Felicidades. Tengo la impresión de que eso no ocurre muy a menudo.

—Vámonos de aquí antes de que vuelva —dijo Dilvish mientras montaba—. La sensación de éxito está bastante embarullada. ¿Qué hará ese animal en nuestro mundo, de todas formas?

—Probablemente seguirte para intentarlo otra vez —respondió Black—. Pero apuesto a que no durará demasiado. No sabe mucho de nuestro mundo y los predadores olerán la diferencia perfectamente. Algo acabará liquidándolo. —Black prosiguió la marcha—. Aunque será muy interesante —añadió en tono meditativo— si se topa con algún pollo.

—¿Por qué? —inquirió Dilvish.

—Conozco a ese animal por mis viajes en el otro plano, hace mucho tiempo —dijo Black—. Si uno de ellos llega aquí y encuentra gallinas, al poco tiempo hay nidadas de basiliscos. Les gusta comprobar con gallinas, y ese es el resultado normal. —El camino era recto y Black apretó de nuevo el paso—. Por fortuna, los basiliscos tampoco duran mucho en este plano.

—Es agradable saberlo —dijo Dilvish, agachándose bajo una rama fantasma, mientras su visión se adaptaba al otro plano.

La luz diurna huyó del mundo normal, y las formas de este se volvieron sombrías e inmateriales. El otro plano cobró mayor brillantez, más apariencia sólida. Para comprobarlo, Dilvish extendió la mano y arrancó una alargada hoja, aserrada y oscura, de un árbol que se agitó con el paso de Black. 

De inmediato la hoja se enrolló en la mano y sus puntas horadaron la piel con la sensación de una infinidad de picaduras de insecto. Dilvish maldijo mientras se la arrancaba y la tiraba.

—Curiosidad otra vez —observó Black—. No atormentes a las plantas. Son muy sensibles.

Dilvish replicó con una obscenidad y se frotó la mano.

Siguieron cabalgando varias horas, a velocidad mayor que la que cualquier caballo puede mantener. Dejaron atrás grandes y amenazadoras criaturas; otras más pequeñas y más rápidas las eludieron o se enzarzaron brevemente con ellas. Dilvish sufrió picaduras en el muslo izquierdo y en el brazo derecho.

—Eres muy afortunado, no se hallan entre los ejemplares venenosos —había comentado Black.

—¿Por qué no me siento afortunado? —había replicado Dilvish.

Finalmente llegaron a una elevación del terreno en el otro mundo, aunque el camino continuaba recto y llano. Hasta entonces habían encontrado declives y descensos en su plano, creando la impresión de cabalgar por el aire sobre el brillante paisaje, pero en ese momento Dilvish pensó por primera vez que iba a meterse en la ladera de la colina.

—¡Despacio, Black! ¡Despacio! —gritó Dilvish, en el mismo instante que una silueta humana salía de la grieta de una roca situada a la derecha para tomar posición en la senda ante ellos—. ¿Qué...?

—Lo veo —dijo Black—. He estado haciendo comprobaciones. Puedo mencionar que el paraje no es famoso por su habitación humana.

La figura, la de un viejo con una oscura capa, hizo un gesto con el bastón como si les rogara que se detuvieran.

—Paremos y veamos qué desea —dijo Dilvish.

Black se detuvo. El anciano sonrió.

—¿Qué desea? —preguntó Dilvish.

El viejo levantó una mano. Respiraba con dificultad.

—Un momento —dijo—. Debo recuperar el aliento. He estado proyectándome por todas partes, tratando de localizarlos. Duro trabajo.

—El cinto —dijo Dilvish.

El otro asintió.

—El cinto —convino—. Estás llevándolo en mala dirección.

—¿Sí?

—Sí. Por esto no recibirás nada de los kallusanos, ni siquiera las gracias. Son un pueblo bárbaro.

—Entiendo —dijo Dilvish—. Apuesto a que sois sacerdote de Salbacus, en Sulvar.

—¿Cómo podría negarlo? —preguntó el hombre—. Por desgracia, no poseo el poder de transportar un objeto como el cinto de un plano a otro ni de un lugar a otro. Por tanto, es precisa vuestra cooperación. Quiero asegurarles que serán bien recompensado por ello.

—¿Qué desea, exactamente, que haga yo?

—Desde este plano, observamos el hurto del cinto —respondió el anciano—. Previendo el robo, nuestro ejército ya estaba movilizado. Nuestros oficiales empezaban a trasladarlo en esta dirección cuando Fly se apoderó del cinto. Nuestro ejército prosigue su marcha, pero los kallusanos lo saben y se han movilizado. También los elfos vienen hacia aquí, desde el oeste.

—¿Pretende decir que estoy entre dos ejércitos movilizados?

—Exactamente. Bien, también tenemos destacadas fuerzas de ataque y grupos de exploración. Hay uno a menos de media hora en este camino. Lleva la estatua del templo de Salbacus. Sería más sencillo que diera media vuelta y fuera a su encuentro. Devolviera el cinto y el oficial del grupo le daría un salvoconducto para ir a Sulvar. Sería un héroe allí, y le pagarían bien. Por otra parte, también hay gente nuestra que pretende acabar con usted...

—Espere  un momento —dijo Dilvish—. Ser un héroe y recibir buen pago siempre es agradable, pero ¿qué me dice de este plano y de las bestias que veo ahora mismo y que se acercan de nuevo?

El sacerdote se echó a reír.

—El primer sacerdote de Salbacus que tenga ese cinto en sus manos anulará la maldición, no tema. ¿De acuerdo?

Dilvish no replicó.

—¿Qué opinas, Black? —musitó.

—Parece menos costoso matarte que recompensarte —respondió Black—. Por otro lado, los kallusanos se alegrarán de recuperar lo que les pertenece, y saben que tú no fuiste el primero en cogerlo porque conocen al ladrón.

—Cierto —dijo Dilvish.

—¿De acuerdo? —repitió el sacerdote.

—Creo que no —replicó Dilvish—. El cinturón es de los otros.

El sacerdote meneó la cabeza.

—No creo que alguien que cabalga por la campiña haga cosas como esta simplemente porque piensa que es correcto —dijo—. Es perversidad, eso es. Ese cinto ha sido robado y recuperado tantas veces que hemos perdido el rastro del principio de las cosas. No defienda espectrales nociones de honor, dando vueltas como un molino de viento y sin llegar a ninguna parte. Sea razonable.

—Lo lamento —dijo Dilvish—. Pero así va a ser.

—En ese caso —dijo el otro—, las tropas lo recogerán de sus restos.

Bajó su bastón de tal modo que la punta quedó extendida, como una lanza, hacia Dilvish. Al instante, Black se encabritó y el fuego danzó en sus ojos y el humo ondeó en su hocico.

En ese momento, un hombre bajito y regordete que vestía una capa marrón y también llevaba un bastón, salió de la grieta de la roca.

—Un momento, Izim —dijo, volviendo el bastón hacia el otro.

—¡Maldita sea! ¡Precisamente cuando acababa mi turno! —observó el sacerdote de Salbacus.

—Forastero, sigue cabalgando —dijo el recién llegado—. Soy sacerdote de Cabolus. Una fuerza de Kallusan se dirige hacia aquí, llevando la estatua de Cabolus. En cuanto el cinto ciña su cintura, las cosas se resolverán satisfactoriamente.

El sacerdote de Salbacus atacó con el bastón al segundo hombre, que paró el golpe, respondió y saltó a un lado. De inmediato, apuntó la punta de su bastón hacia el otro hombre y brotó una oleosa llama. El sacerdote llamado Izim bajó su báculo y de la punta salieron chorros de vapor que mojaron la llama del otro. Atacó de nuevo con el bastón y el otro paró el golpe.

—¡Se me ha ocurrido una duda! —gritó Dilvish— ¡Con respecto a la identificación! Con tantas tropas y dioses avanzando por la campiña, ¿cómo se distingue la estatua de Cabolus de la de Salbacus?

—¡Cabolus tiene la mano derecha levantada! —gritó el sacerdote bajito mientras golpeaba en el hombro al otro.

—¡Si cambia de opinión —exclamó Izim mientras hacía tropezar al otro—, Salbacus tiene la mano izquierda levantada!

El sacerdote de inferior estatura rodó en el suelo, se levantó y golpeó al otro en el estómago.

—Sigamos cabalgando —dijo Dilvish, y Black se adentró en la ladera y se hizo la oscuridad.

Dilvish perdió la noción del tiempo con la claustrofobia que siguió. Luego, vagamente, su mundo apareció como si lo viera a través de una nube de humo. Miró hacia atrás por encima del hombro y vio que había salido la luna.

—Espero que al menos hayas aprendido a no entablar conversación con personas que tratan de robarte —dijo Black.

—Bien, debes admitir que ese hombre tenía un relato interesante.

—Estoy seguro de que Jelerak dispone de fascinantes relatos, si de eso se trata.

Dilvish no respondió. Miró fijamente el lugar donde una lucecita había aparecido entre los árboles.

—¿Fuego de campamento? —dijo por fin.

—Yo diría que sí —replicó Black.

—Kallusanos o sulváreos, me pregunto...

—No creo que hayan puesto un letrero.

—Afloja el paso. Yo diría que se impone la clandestinidad.

Black obedeció y sus movimientos se hicieron silenciosos. Dilvish continuaba experimentando la sensación de estar bajo tierra, de que su mundo normal era un paraje en sombras alrededor de él mientras se desplazaban a un lado del camino, dejaban este y se adentran en el bosque. Black siguió hacia la izquierda y hacia adelante, describiendo una trayectoria circular en dirección al fuego. Dilvish esperaba no salir pronto de la colina fantasma, para no confundirse con imágenes dobles.

El bosque que recorrían parecía espectral; todos los sonidos se confundían y árboles y piedras tenían un rasgo apagado, como en un sueño. Las ráfagas de un apenas perceptible viento ponían en movimiento las ramas de los árboles que, como gestos en lo alto, se percibían a ambos lados. Dilvish creyó oír un aleteo detrás de él en un momento dado, se detuvo, aguardó, observó y no vio nada más. Nada surgió para desafiarle. Prosiguieron después por el oscurecido paisaje, hasta que Dilvish olió la hoguera y escuchó tenues sonidos de voces masculinas.

—Será mejor que continúe a pie —dijo Dilvish—. Las botas elfas son magníficas para acechar.

Black se detuvo.

—Me tomaré tiempo y te seguiré en silencio —dijo—. Si me necesitas de repente, estaré allí en seguida.

Dilvish desmontó. Al separarse de Black y del cinto de la alforja, la noche perdió en parte su característica espectral, como si el mundo se destapara poco a poco. El olor a moho y tierra mojada se hizo más intenso. El volumen de los sonidos nocturnos aumentó. Las voces del campamento también parecían más fuertes, el fuego más brillante.

Dilvish avanzó agachado entre los árboles protectores, y caminó a gatas e hizo más lentos todos sus movimientos al acercarse al borde del campamento. Finalmente se detuvo y observó. Al cabo de un rato Black llegó muy despacio junto a él y se quedó totalmente inmóvil.

Había allí una decena de hombres, recostados o yendo de un lado a otro del campamento, todos ellos portando armas y ataviados como para la guerra. Diversos caballos estaban atados contra el viento. La tierra estaba muy pisada y en algunos puntos parecía removida. 

Había ramas diseminadas por todas partes, tal vez para alimentar la hoguera. Más allá de esta y hacia la izquierda había una litera de plataforma. Asegurado y atado encima de ella había algo similar a una estatua, por lo que Dilvish pudo ver. Su visión estaba obstruida en parte por los dos hombres que se encontraban conversando ante la estatua.

—¡Muévanse, maldita sea! —dijo en voz baja Dilvish.

Pero transcurrieron varios minutos antes de que ello sucediera. Cuando los hombres se apartaron por fin, empero, Dilvish suspiró.

—Muy bien —musitó a Black—. El brazo derecho está levantado. Puedo devolver el cinto a la banda de Cabolus y quedar fuera del juego.

Se levantó, retrocedió, abrió la alforja y sacó el cinto.

—Aguardaré aquí —dijo Black—, preparado.

—Perfectamente —dijo Dilvish, y avanzó.

Se abrió paso por una pantalla de ramas y se quedó inmóvil. Jamás era buena práctica entrar corriendo sin previo aviso en un campamento militar, decidió. Un instante después el hombre, al que había considerado oficial, se volvió hacia él. Varios soldados próximos a la hoguera repararon también en su presencia y se levantaron con las manos extendidas hacia sus armas. Dilvish alzó su vacía mano derecha.

—¿Han recibido un mensaje —preguntó— relacionado con el cinto?

El hombre que había supuesto estaba al mando del grupo permaneció inmóvil un instante y luego asintió. Avanzó.

—Sí —dijo—. ¿Lo tiene?

Dilvish levantó la mano izquierda y dejó que el cinto se desenrollara como una impetuosa cascada.

—Lo cogí al hombre que lo robó —afirmó—. Él murió.

Avanzó, extendiendo el cinto.

—Tómenlo —dijo—. Lo aguardábamos desde la última visita de nuestro sacerdote. Nosotros...

Dilvish se detuvo; había notado debajo del pie algo blanco de un matorral de altas hierbas. Se agachó de pronto, cogió un objeto y lo levantó.

Lo que sostenía era una mano de hombre.

—¿Qué es esto? —exclamó mientras la soltaba.

Saltó hacia un lado y sacó la espada. Hundió la punta del arma en un lugar donde la tierra estaba removida. Era una tumba poco profunda. Un movimiento de barrido dejó al descubierto un fragmento enterrado de pierna.

El oficial se abalanzó hacia él con el rostro contorsionado, pero Dilvish agitó la espada en posición de guardia. El otro se detuvo al instante y levantó una mano para detener a sus hombres, que avanzaban hacia ellos.

—Una patrulla de sulváreos nos atacó aquí antes —explicó—. Los superamos y les ofreció un entierro decente... más de lo que ellos habrían hecho por nosotros, estoy convencido.

—Y luego actuaron para eliminar cualquier indicio del conflicto...

—¿A quién le gustarían semejantes recuerdos siniestros alrededor del campamento?

—En tal caso, ¿por qué taparlos donde cayeron, estorbando? ¿Por qué no trasladarlos a cierta distancia? Hay algo extraño aquí...

—Estábamos cansados —dijo el oficial— después de marchar durante un día entero. Déjalo así, forastero. Entrégueme el cinto ahora y se librará de su carga.

Extendió una mano y dio un paso al frente.

—A menos que...

El soldado dio otro paso y el arma de Dilvish se agitó hacia él.

—Un momento —dijo Dilvish—. Se me acaba de ocurrir otra explicación.

—¿Qué sería...? —preguntó el oficial, deteniéndose de nuevo.

—Supongamos que son los sulváreos. Supongamos que hubieran caído sobre este destacamento de kallusanos, que los hubieran matado a todos... y luego, tras haber recibido el mensaje de que yo venía hacia aquí, se apresuraron a limpiar todo esto y esperaron para reclamar el cinto...

—Eso es mucho suponer —dijo el oficial—, y al igual que muchas historias descabelladas, no sé ninguna forma de refutarla.

—Bien, tal como yo lo entiendo, el bando del dios que luce el cinto es el que tiende a ganar estos conflictos. —Dilvish dio un paso hacia la izquierda, se puso de lado, sin dejar de mantenerse en guardia y retrocedió hacia la estatua—. Por tanto, voy a devolver el cinto a Cabolus y seguiré mi camino.

—¡Alto! —exclamó el oficial mientras desenvainaba su espada—. ¡Sería sacrílego que sus manos no sagradas realizaran ese acto! 

—Lo he llevado encima muchas horas —dijo—, y por lo tanto el daño ya debe estar hecho... y aquí no veo a nadie que tenga un aspecto particularmente sacerdotal... Correré el riesgo.

—¡No!

El oficial se lanzó hacia él, con la espada en alto. Dilvish paró el golpe y contraatacó. Oyó ruido de cascos, y una silueta negra con apariencia de caballo salió del bosque y cayó sobre los otros hombres que corrían hacia Dilvish.

Black aplastó a varios soldados con su ímpetu inicial. Después dio media vuelta, se empinó y atacó con los cascos... y Dilvish supo que el fuego estaba ardiendo en su montura.

Dilvish se deshizo de su rival con un tajo en el cuello y continuó retrocediendo ante el ataque de otros tres hombres.

Dilvish cayó apoyado en una rodilla y acometió con la espada una maniobra que el soldado más cercano no había previsto. Pero los otros dos se separaron y trataron de cercarle.

Al otro lado del claro, brotaron las llamas de Black, y Dilvish oyó los gritos de los que caían ante ellas.

Dilvish esquivó al soldado que estaba a su derecha y se abalanzó sobre el otro, y trabó combate con él. En cuanto las espadas chocaron, no obstante, comprendió que había cometido un error. 

El hombre era rápido, en cuanto a destreza, por encima de la media. No parecía haber forma de acabar con él rápidamente o hacerlo retroceder para enfrentarse con el otro, que en ese mismo momento debía estar preparándose a saltar sobre Dilvish. 

Este, casi frenéticamente, empezó a dar vueltas, con la esperanza de colocar a su adversario entre él y el segundo soldado. Sin embargo, su rival se opuso a la maniobra, haciendo más lento su retroceso en diagonal. Y por el rabillo del ojo Dilvish vio que Black estaba demasiado lejos para acudir a tiempo en su ayuda.

Escuchó de nuevo el silbido, y el batir de alas. Reconoció a su némesis del plano fantasma, que volaba hacia él entre los árboles.

Dilvish paró el golpe de su adversario, saltó hacia atrás y se lanzó agachado ante el segundo soldado, con la espada en alto, en posición de guardia.

La deslizante sombra había virado hacia él mientras saltaba. Ya muy cerca, la criatura abrió las alas pero no logró detenerse a tiempo. Chocó con la espalda del segundo soldado, que cayó entre Dilvish y el otro. El caído se revolvió y atacó a la bestia con su espada. El animal saltó por debajo de la hoja, le hirió en el hombro y le buscó la cara con las garras.

Todavía agachado, Dilvish atacó la corva del otro hombre, que chilló ante el impacto. Tras levantarse, vio la oportunidad de asestar un golpe definitivo y lo ejecutó.

Al volverse, Dilvish vio que el ave fantasma acababa de perforar con su pico el cuello del hombre caído y estaba apartándose de la roja fuente que allí brotaba, con sus oscuros ojos fijos en él. Batió con fuerza las alas y saltó hacia Dilvish.

La espada centelleó y la cabeza de la criatura voló hacia la derecha mientras el cuerpo continuaba avanzando, despidiendo un fluido azul claro por el muñón del cuello. Dilvish se apartó y el cuerpo pasó junto a él y siguió corriendo sin rumbo después de tocar el suelo.

Dilvish comprobó que no había atacantes lanzándose hacia él; Black continuaba pateando cuerpos. Envainó la espada y desandó el camino de la lucha en busca del cinto, que había caído durante la pelea. Se agachó por fin y lo recogió cerca del cadáver del primer atacante. Lo limpió de tierra y se volvió hacia la estatua.

—Aquí está, Cabolus —anunció mientras avanzaba—. Voy a devolverte el cinto. Apreciaría mucho que despidieras a las bestias del plano fantasma y anularas mi visión del lugar. Lamento que mis manos no estén limpias, pero han tenido que pasar por ahí.

Se arrodilló y colocó el cinto alrededor de la cintura de la estatua. De inmediato notó que se suavizaba la luz en las proximidades, y las facciones toscamente talladas que tenía ante él le parecieron más naturales aunque menos humanas. Retrocedió acto seguido mientras brotaba luz de las cuencas oculares y en la mano alzada.

—¡Muy bien! ¡Oh, muy bien! —sonó una voz detrás.

Dilvish dio media vuelta y se encontró ante la figura poco menos que sólida del grueso sacerdote que había conocido con anterioridad. El ojo izquierdo del recién llegado estaba cerrado por la hinchazón y en la frente tenía una herida. Se apoyaba con fuerza en su bastón.

—Los combates astrales parecen tan duros como los normales —observó Dilvish.

—Tendría  que ver al otro sacerdote —dijo el visitante—. Ha hecho un buen trabajo, forastero —y en ese instante el sacerdote señaló el campamento—, con un excelente sacrificio de sangre para calentar el corazón del viejo Cabolus.

—La razón ha sido un poco más temporal que espiritual —observó Dilvish.

—No importa, no importa... —musitó el sacerdote—. Se ha granjeado la buena voluntad de Cabolus. Puesto que el equilibrio ha vuelto a romperse, pronto celebraremos un festín en Sulvar, y habrá ejecuciones, incendios y excelente botín. Será recompensado por vuestra colaboración.

—Ya que habéis recuperado el cinto, ¿por qué no limitarse a dar por concluido el asunto y volver al hogar?

El sacerdote enarcó una ceja.

—Está  bromeando —dijo—. Ellos empezaron. Necesitaban una lección. De todos modos es nuestro turno. Ellos han hecho lo mismo con nosotros en vida mía. Y además, las tropas ya están en marcha. Imposible hacerlas regresar en este momento sin alguna acción, habría problemas. No, esa es la esencia del asunto. En realidad, algunos soldados llegarán aquí dentro de poco. Puede unirse a nuestro bando. Será un honor combatir por Cabolus... y tendrá una parte del botín.

Mientras tanto, Black se había acercado en silencio y estaba escuchando.

—Me pregunto —dijo por fin la negra montura— si habrá encontrado alguna gallina mientras estaba por aquí... —Estaba contemplando la cabeza caída del ave fantasma.

—Gracias por vuestra amable oferta —dijo Dilvish a la imagen del sacerdote—. Pero me espera un largo viaje y no deseo demorarme. Renuncio a mi parte del botín. —Montó a Black—. Buenas noches, sacerdote.

—En tal caso, el templo reclamará vuestra parte —dijo el sacerdote, sonriente—. Buenas noches pues, y que la bendición de Cabolus lo acompañe.

Dilvish se estremeció antes de saludar con una inclinación de cabeza.

—Pongamos pies en polvorosa —dijo Black—, y evitemos cualquier campo de batalla.

Black se volvió hacia el sur y se adentró en el bosque, dejando en el claro manchado de sangre la reluciente estatua del brazo levantado y al nebuloso sacerdote del ojo hinchado. La descabezada ave fantasma fue dando tumbos por el claro una vez más, y cayó después, agitando las alas y derramando fluido, cerca de un cadáver y de la hoguera. 

En lontananza sonaban las vibraciones de una tropa de caballería en pleno avance. La luna flotaba más alta, pero las sombras eran claras y vacuas. Black bajó la cabeza y todo desapareció dando vueltas.

La tarde siguiente, en otro camino que serpenteaba hacia el sur a través del bosque, una mujer joven salió corriendo de los árboles y se acercó a los viajeros.

—¡Buen caballero! —gritó a Dilvish—. ¡Mi amado yace herido en lo alto de esta colina! ¡Unos salteadores nos atacaron hace poco! ¡Por favor, vengan y ayúdenlo!

—Alto, Black —dijo Dilvish.

—Claro —dijo Black en un siseo casi inaudible—. Es uno de los juegos más viejos del libro. Tú la sigues y un par de hombres armados te tienden una emboscada. Los derrotas y la mujer te dará una cuchillada en la espalda. Incluso hay baladas con este tema. ¿No aprendiste nada ayer?

Dilvish contempló los hinchados ojos de la joven, observó cómo retorcía sus manos.

—Ella podría estar diciendo la verdad, compréndelo —dijo en voz baja.

—¡Por favor, caballero! ¡Por favor! ¡Venga en seguida! —gritó la mujer.

—Aquel primer sacerdote tenía bastante razón, diría yo —observó Black.

Dilvish le dio una palmada en el cuello y hubo un tenue sonido metálico.

—Maldito si lo dices, maldito si no lo dices —comentó Dilvish mientras desmontaba.

Las avispas - Walter Beckers

En una tranquila mañana de verano, me paseaba al azar, tenía la convicción de que buscaba algo. Era una mañana de agosto, pura y soleada. Un viernes, según creo recordar, tal como intentaban sugerirme los ondulantes brezos. 
 
Caminaba por un sendero de hojas muertas, en dirección al cementerio del pueblo. Sorbía con indolencia el ambiente, contemplando la lejana cima de los árboles y la cúpula que formaban en un abrazo impuesto por el viento. Una naturaleza viva. 

Por un segundo, una naturaleza revoltosa y cómplice de un romanticismo indomable; poco después, una ternura alegre procedente de un misterio de cambiantes luminosidades. Alegría de vivir, que hace vivir. Fantasma en busca de reposo. Ir y venir. El ensueño de una mujer sensual.


Vacilé un momento a la entrada del cementerio. Salía un anciano conduciendo su bicicleta con la mano derecha mientras que, en la otra mano, llevaba fuertemente asida una pala. Cambiamos un saludo con la cabeza. Con rostro melancólico, pasó ante mí.

Entré en el cementerio. Ahora me encontraba solo en medio de toda clase de multitudes. Multitud de muertos. Multitud de huesos. Multitud de recuerdos. Multitud de presencias. Multitud de almas...

El silencio se me adhería a la piel. Algunos pájaros temerarios revoloteaban entre los pinos infinitos y los cipreses perdidos. Estilizadas ramas de árbol eran agitadas por el viento apático. Respiraba el olor a tierra mojada, con su humedad aún no perdida del alba. Vivía conscientemente esta paz.

Súbitamente, me hizo volver a la realidad el rodar de un automóvil sobre la grava. El ruido del motor y el escape de gases malolientes diluyó mi descanso.

Corto intermedio. El automóvil pronto desapareció y disfruté, de nuevo, intensamente de la soledad, de la luz y del silencio que me tomaba por confidente.

Una avispa se posó en mi mano, después en mi cabeza. Otra avispa revoloteaba a mi alrededor. ¿Acaso esperaba el permiso para aterrizar? Las cacé a ambas.

Una de las tumbas atrajo de un modo especial mi atención. Se trataba de una losa de piedra totalmente recubierta por una hiedra dominante, insistente. No había en esta losa fúnebre nada más que una mano tallada con indiferencia quién sabe cuándo. Las verdes garras se habían apoderado de este rincón en el que dormía un muerto desconocido. ¿Una mujer? ¿Un niño? ¿Un anciano, quizá?

Una tumba anónima. La exuberante vegetación que la rodeaba por completo ya se extendía hacia la tumba contigua, una pequeña tumba de granito gris. Todavía era legible su inscripción:

J. M. – MUERTO POR LA PATRIA

Otra tumba contigua ofrecía una inscripción parecida:

L. P. – MUERTO POR LA PATRIA

También ésta se hallaba abandonada, olvidada. Pero en ella, no obstante, no había hiedra. Tan sólo malas hierbas.

Observé nuevamente la tumba anónima. Mi mente se torturaba. ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Por qué no? ¿Desde cuánto tiempo?

Vi cómo la hiedra, hinchada de mágica savia, crecía desafiando al cielo. Los tallos más altos ya no tenían soporte. De todos modos no parecían necesitarlo: se encaramaban desafiando todas las leyes naturales, hasta llegar a proteger totalmente las tumbas. Un cielo verde. ¿Qué había ocurrido?

El silencio me tomó por confidente. Un soplo. Un soplo celestial esparcido por el viento.

10 de mayo de 1940. Llamado a filas, como tantos otros belgas. Había cumplido los veinte años el 4 de abril. Jamás llegué a ver el campo de batalla. Tampoco mis dos compañeros lo habían visto. Ninguno de los tres tuvimos ocasión de disparar un fusil. 

Una tonta historia, en una mañana de mayo del 40, en el patio interior del cuartel. Los alemanes habían invadido nuestro país. Se comentaba el acontecimiento mientras esperábamos la orden de marcha. Y entonces aparecieron aviones en el cielo. Volaban alrededor del cuartel. Primero creímos que eran belgas pero, súbitamente, se precipitaron contra nosotros como avispas. Ruido seco e implacable de ametralladoras. Los tres fallecimos en el patio interior.


Bruscamente, las palabras del silencio, demasiado ligeras, levantaron el vuelo sin que yo llegara a comprenderlas. Algunos segundos después regresó la voz:

¿POR QUÉ DURA TODAVÍA ESTA GUERRA? Nuevamente, el viento se impuso al silencio.

Esperé algunos segundos a que la voz volviera a hablarme. En vano. Me incliné hacia la tumba anónima.

Una vez más tuve que cazar algunas avispas. Terrible. Se diría que intentaban distraer mi meditación. ¿O quizá tenían intención de cazarme ellas a mí? Tuve dificultad en mantenerlas alejadas.

Entonces, y sólo entonces, percibí un grueso tronco de árbol en medio de la tumba. ¿Cómo era posible que no lo hubiera observado antes? No tuve tiempo de concentrarme sobre este problema. El campanario del pueblo dio las once. Once sonoros y agudos golpes. Cuando el último ya agonizaba, me sentí súbitamente arrancado de mi contemplación.

Allí donde, instantes antes, acababa de ver un tronco de árbol, había una masa negra, zumbando sonoramente. El zumbido que me sacara de mi ensimismamiento torturaba ahora mis sienes. Por encima, alrededor de la tumba, volaban algunos centenares de pequeños insectos negros y amarillos. Obedeciendo alguna orden imperceptible, se precipitaron como una escuadrilla perfectamente formada. El avispero se había elevado en su totalidad.

Respiré profundamente y miré a mi alrededor. Estaba solo en el cementerio. Con los nervios alterados, encendí un cigarrillo. Pasó todo tan rápidamente que no tuve ocasión de sentir temor alguno. Ahora la reacción me paralizaba. Y después, a continuación, la respuesta.

Esta ya se encontraba en la última frase que me había traído el indiscreto cierzo. Esta planta. Esta guerra que persistía, sin tener fin. Ahora ya lo sabía. Supe que incluso las cosas inanimadas tienen una segunda existencia, una metempsicosis insospechada. Sin este postulado, no podía explicarme nada: ¿acaso estas avispas fueron «Stukas», años atrás? Todavía ahora volvían a atacar a sus víctimas en medio de su reposo.

Pensé de nuevo en el tronco de árbol. Por más que fijaba mi atención, no lograba percibir nada que se pareciese, ni aun remotamente, a un tronco de árbol sobre la tumba desconocida. De paso, observé una vez más las otras dos tumbas: «J. M. y L. P., muertos por la Patria». Me parecieron inmutables.

Incluso en condiciones normales, las avispas me ponen enfermo. Era imposible, por lo tanto, pedir ahora a mi mente que razonara los hechos. Abandoné el cementerio.

El anciano volvía a mi encuentro, llevando su bicicleta con una mano y sosteniendo la pala con la otra. Detuve el paso. Él se paró cerca de la entrada y me observó nuevamente con atención. Y su mirada parecía contener toda la angustia de aquellas losas. Nos saludamos al igual que cómplices que mantienen un espantoso secreto.

Percibí que aún estaba allí, mirándome. Ya no me dejé llevar por el ensueño de los árboles y por su poesía. Ya no pensaba más que en esta mirada que me buscaba. Tras recorrer una distancia de veinte metros, encendí un cigarrillo y aproveché mis movimientos para volverme, del modo más natural posible, hacia el misterioso anciano.

Ya no estaba allí.

No obstante, percibía aún su mirada fija en mi espalda. Me fui de prisa, más solo que nunca.

Primera Línea - Carlos Gardini

 El cielo es un caldo rojo cruzado por tajos blancos. Colores sucios vibran en la nieve sucia. El ruido es una inyección en el cerebro.

Acurrucado en un pozo de zorro, el soldado Cáceres no tiene miedo. Piensa que el espectáculo vale la pena aunque el precio sea el miedo. De pronto es como si le sacaran la inyección, dejándole un hueco doloroso.

Un ruido se desprende del ruido. Un manotazo de tierra y nieve sacude al soldado Cáceres. Un silencio gomoso le tapa los oídos.

Cuando abre los ojos, el cielo es blanco, hiriente, liso. Y el silencio sigue, un silencio puntuado por ruidos goteantes, quebradizos: pasos, voces, instrumentos metálicos. El suelo es blando. El suelo es una cama, una cama en un cuarto de hospital. Un tubo de plástico le llega al brazo. Le duelen las manos.

Un médico joven se le acerca mirándolo de reojo.

- Quedáte tranquilo - le dice -. Te vas a poner bien.

- Mis manos - dice el soldado Cáceres -. Cómo están mis manos?

El médico tuerce la boca.

- No están - dice, sonriéndole a un jarrón con flores marchitas -. No están más.

No era lo único que había perdido.

 

Los días en el hospital eran largos, un corredor de sombras perdiéndose en un hueco negro. El hueco estaba lejos. Inmovilizado en la silla de ruedas, él no podía alcanzarlo. El corredor era opaco como un vidrio de botella, y detrás del vidrio había sombras. A veces las sombras se le acercaban, y adquirían un perfil borroso. Los rasgos se les deformaban cuando se apoyaban en el vidrio, y las voces sonaban distantes, voces envueltas en algodón.

Hoy tenés un plato especial, le decía una sombra. Pollo. ¿Querés que te guarde una pata de más? Y la sombra le guiñaba el ojo, le acariciaba el pelo a través del vidrio opaco. El soldado Cáceres miraba la manta que lo cubría de la cintura para abajo. Una pata de más, repetía estúpidamente.

O bien la sombra se le acercaba para ofrecerle un cigarrillo. El soldado Cáceres alzaba los muñones de los brazos, y la sombra, pacientemente, le ponía el cigarrillo en la boca, se lo prendía, lo compartía. Poco a poco el vidrio se resquebrajó. Alicia, le dijo una sombra un día, me llamo Alicia. Y la voz ya parecía de este mundo, un mundo donde los relojes sonaban y el tiempo transcurría. Alicia le contaba anécdotas de otros heridos de guerra, y de cómo se habían curado. O de cómo no se habían curado, él no hablaba nunca.

Cuando estuvo mejor (o eso le dijeron, que estaba mejor) pasaba el día frente al ventanal. Estaba en un piso alto, y mirando desde el ventanal veía el movimiento de afuera. El movimiento eran camiones militares cargando ataúdes, helicópteros descargando cadáveres y heridos en el parque, jeeps que entraban y salían, grupos de mujeres sin uniforme que traían paquetes y flores, pero el movimiento no era movimiento porque le faltaba el ruido. Sin el vidrio del ventanal habría ruido, pero siempre habría más y más vidrios aislándolo del ruido verdadero, la inyección en el cerebro. En medio del parque ondeaba la bandera. Nunca colgaba del mástil.

Siempre había viento, y siempre ondeaba. El soldado Cáceres miraba la bandera y buscaba en su memoria, buscaba algo que lo arrancara del sopor, algo que rompiera todos los vidrios. Un día recordó la letra de “Aurora” y le causó gracia. Le causó tanta gracia que cuando Alicia pasó por el corredor el soldado Cáceres se echó a reír.

- Veo que estás mejor - dijo Alicia, acercándose.

- Cuándo me muero - dijo el soldado Cáceres, poniéndose serio de golpe. No se sabía si era una pregunta, o qué.

 

Tenía que seguir viviendo. Eso decían, tenía que seguir viviendo. Cuando pensaba que tenía que seguir viviendo se preguntaba cuál era la parte amputada, si él, eso que quedaba de él, puro muñón, o las piernas o las manos perdidas. Qué le habían serruchado a qué? Había descubierto que uno era cosas que podían dejar de ser uno. Esas cosas no eran uno cuando se pudrían bajo la lluvia o la nieve en un fangal sanguinolento o entre desechos de hospital. O sí eran uno? Cuál era la parte mutilada? Cuál era él? Que él estuviera vivo y las otras partes muertas no era suficiente diferencia.

Era un misterio, y cuando pensaba en el misterio sentía ganas de llorar, y cuando lloraba pensaba en sus piernas, que al menos tendrían la suerte de no llorar por lo que les faltaba.

A veces recordaba a las mujeres. Veía enfermeras en el corredor, algunas atractivas, y pensaba en las mujeres. Imaginaba bocas, labios de vulva entreabriéndose, superficies húmedas.

Un día Alicia le puso un cigarrillo en los labios, le acarició el pelo traviesamente, le acomodó la manta bajo la cintura y por primera vez lo miró a los ojos.

- ¿Cómo está mi bebé? - le dijo -. Hoy tenés mejor cara. - No terminaba nunca de acomodarle la manta.

El la miró entre confundido y avergonzado.

- Perdonáme - dijo.

- ¿Perdonáme qué?

- Yo no puedo.

- ¿No podés qué? - dijo ella.

De golpe abrió la boca como quien recuerda algo, lo miró con severidad, tal vez con asco. Suspiró, dio media vuelta y se fue por el corredor.

El soldado Cáceres la siguió con los ojos, y no supo si él no había entendido. No supo qué no había entendido. Lloraba, y a través de las lágrimas vio de nuevo el vidrio, cada vez más grueso pero menos opaco.

Los otros ya no eran sombras. Tenían peso y consistencia, y tenían más peso y consistencia que él. Quería recordar, pero sólo encontraba hilachas de recuerdos humillantes. Un chico roba una revista de un quiosco, y lo sorprenden. El quiosquero no lo castiga, no lo denuncia, sólo dice que no te pesque otra vez. Cuando el chico vuelve al quiosco para comprar el diario para sus padres, sufre de nuevo la vergüenza, pues no sabe que para el quiosquero es sólo una travesura olvidada.

¿Cómo purificaría esos recuerdos, cómo les daría una forma que coincidiera con el dibujo acabado de una personalidad, algo que fuera sólido y no simplemente ridículo? Ahora todos los recuerdos serían así. La mirada de Alicia sería siempre un reproche, un que no te pesque otra vez. Ahora siempre se recordaría como ridículo, una cosa sin forma rebotando en un mundo de gente sólida. Un día estaba acurrucado en su pozo de zorro.

Siempre había tenido miedo, y había hablado del miedo con sus compañeros, pero ese día no tenía miedo, o estaba dispuesto a pagar el precio del miedo, y una bomba lo había despedazado. Era ridículo y doloroso, y ni siquiera había heroísmo, sólo una absurda falta de miedo.

Estaba mirando por el ventanal, viendo cómo los helicópteros aterrizaban en cámara lenta en medio del viento, y pensando nunca más, y preguntándose nunca más qué, cuando se le acercó un oficial. Al oficial le faltaba una pierna, y la cara era vagamente familiar. El soldado Cáceres recordó que lo había visto varias veces en el hospital, hablando con otros pacientes.

- ¿Cómo va eso? - dijo el oficial, acercando una silla de metal pintada de blanco y sentándose a su lado. Manejaba la muleta como un arma, como un privilegio.

Cómo va qué, pensó el soldado Cáceres, pero no dijo nada. Sonrió vagamente, como diciendo ahí anda. Era un oficial de reclutamiento de los grupos especiales MUTIL. El soldado Cáceres miró la insignia del brazo izquierdo. Entonces notó que estaba la manga, pero no el brazo.

El oficial le habló pausadamente. Sin duda él había oído hablar de las unidades MUTIL, aunque no las hubiera visto en combate. El soldado Cáceres sí las había visto en combate, pero no lo aclaró. Sabía que MUTIL era una sigla, dijo. Móvil Unitario Táctico Integral para Lisiados, explicó el oficial, y se lo escribió en un papel. Después le preguntó si tenía interés. El soldado Cáceres no respondió, y el oficial no repitió la pregunta. Siguió hablando. Mientras él hablaba, el soldado Cáceres pensaba en el ruido, y también pensaba en mujeres. También pensaba que el oficial no le había preguntado cómo se llamaba, e inexplicablemente eso lo deprimió.

- Acepto - dijo de golpe.

El oficial lo miró sorprendido, cortado en medio de una frase. Al fin sonrió y se levantó.

No tuvo el reflejo embarazoso de querer darle la mano. Le palmeó el hombro.

- Sólo una cosa - dijo de pronto, como si acabara de recordarlo -. ¿Usted no es judío, verdad? ¿Cómo dijo que se llamaba?

El soldado Cáceres, aliviado, le dijo cómo se llamaba.

- Bien, Cáceres. Le haré llegar los formularios.

El mes siguiente ingresó en un campo de adiestramiento MUTIL. Llegó en un ómnibus militar junto con otra tanda de mutilados dados de alta en el hospital. Todos tenían una franja de tela blanca en el pecho, con el apellido en rojo sobre la tela verde oliva. El rojo los identificaba como miembros de la fuerza especial. Los mandos del ómnibus estaban adaptados para lisiados. El chofer era un suboficial con las piernas inutilizadas.

Reía constantemente, y tenía la radio prendida. Por la radio pasaban un programa preparado especialmente por el enemigo. Una locutora de voz dulzona elogiaba el valor de los soldados que creían combatir por su patria, engañados por un gobierno inescrupuloso.

Elogiaba su valor, pero les decía que no valía la pena. Para ellos la guerra estaba perdida. El suboficial subía y bajaba el volumen continuamente, como si quisiera despedazar esa voz. Después venían segmentos de música folklórica, y el suboficial tarareaba convulsivamente. Cuando llegaron al campo de adiestramiento, apagó la radio.

- Estamos llegando, chicos - anunció, siempre riendo. Y prendió la radio.

El soldado Cáceres, que viajaba cerca del asiento del conductor, le sonrió extrañamente.

- Antes de la guerra era colectivero, después me enganché - le dijo el suboficial, frenando y abriendo las puertas dobles del ómnibus. El soldado Cáceres siguió sonriendo, pensando que era una broma. El suboficial apagó la radio -. ¿Vos qué hacías? - le preguntó.

El soldado Cáceres tardó en entender la pregunta. La guerra había durado años. El antes de la guerra pertenecía a un pasado remoto.

- No me acuerdo - dijo. Y era cierto, no se acordaba. Algo había muerto dentro de él. O quizá el recuerdo estaba en sus piernas o manos perdidas.

El suboficial prendió la radio. La locutora describía la habilidad de los grupos comando enemigos.

- Debe estar bien esa mina - dijo el suboficial -. ¿Te la imaginás con una muleta en el culo? Ese mismo día les dieron la primera clase. Los dividieron en grupos, y cada grupo tenía un oficial a cargo de la instrucción. El oficial a cargo no los trataba con piedad, ni con respeto, ni con nada. Los trataba como soldados. El oficial instructor del soldado Cáceres era un capitán sin una pierna, y sin una mano, y no lo disimulaba. Exhibía con orgullo las mutilaciones, y él también manejaba la muleta como un arma.

En lugar de la mano que le faltaba, la derecha, usaba un garfio retráctil de cuatro dedos. Se plantaba frente al pizarrón, apoyándose con firmeza en la muleta cromada, y tomaba la tiza con el garfio. Trazaba líneas rectas, sólidas, puras. Jamás le temblaba el pulso.

Lo primero que hizo fue describirles en detalle una unidad MUTIL. Cada unidad MUTIL era básicamente un minihelicóptero con autonomía de vuelo limitada que portaba gran cantidad de armamento de corto alcance. Cada unidad básica era provista con los accesorios que necesitaba cada soldado. Ninguna era igual a otra, pues cada cual respondía a un repertorio específico de mutilaciones. Los accesorios reemplazaban piernas y brazos, pies y manos, caderas y tobillos, y mediante piezas de plástico o metal se conectaban con los mandos: pedales, palancas o botones accionaban las armas y orientaban los rotores. Utilizaban la última tecnología médica en materia de prótesis, decía el capitán, y en ese énfasis se notaba la pobreza, la sofisticación de la pobreza.

Una unidad MUTIL era mucho más costosa que un infante, pero menos que un blindado; como arma antipersonal era mucho más rentable que una bomba de alta potencia, y mucho más barata que un avión derribado. Una escuadrilla de unidades funcionaba perfectamente como primera línea de ataque, pero en tierra eran vehículos torpes, enormes y grotescas sillas de cuatro ruedas. Los rotores eran plegables, para facilitar el transporte. El capitán dibujó y explicó todo esto con precisión, y luego les explicó por qué estaban allí. Estaban allí porque los mutilados eran una carga en la paz, una pensión costosa para el Estado, una aflicción para los parientes, muertos en vida.

Pero tenían algo más, mucho más que los enteros. Tenían temple. Se habían templado como acero en el fuego de la batalla. Templado como acero, repetía, como si él hubiera descubierto la frase. Estaban allí porque él iba a hacerles parir al héroe que tenían adentro. No eran la resaca sino la elite. El que no pensara así podía pedir la baja y pudrirse en la vida civil, una vida de llantos, pensiones y recriminaciones sordas.

Al día siguiente cada cual recibió su propia unidad adaptada. En la parte frontal tenían un blindaje, con una insignia pintada, un sol militar sin rayos.

 

El entrenamiento empezaba en la madrugada. Estaban lejos del frente, pero a menudo veían pasar, desde la pista de asfalto donde practicaban, aviones volando rumbo a la zona de combate. Las escuadrillas que volvían eran menos numerosas que las que iban. El soldado Cáceres oía el ruido en el cielo y recordaba ese cielo de ruidos, y cómo le habían sacado la inyección del cerebro. Sentía rencor contra el silencio. Creía haber encontrado una solución, un modo de purificar sus recuerdos, y la clave era el ruido.

El capitán los hacía maniobrar en formación sobre la pista de asfalto.

Hay que destruir despiadadamente al enemigo, decía. Como él nos destruyó a nosotros. Cada pieza de metal cromado, cada pieza de plástico opaco, debía ser una prolongación del cuerpo del mutilado. El soldado Cáceres ahora tenía manos, manos de acero. Con las manos de acero impulsaba torpemente las ruedas de su unidad, encendía el motor, y el viento del rotor principal le abofeteaba la cara donde no lo cubrían los anteojos ni el casco. El capitán los hacía desplazar rítmicamente sobre la pista, y era como ensayar para una comedia musical extravagante.

Como un ballet, decía el capitán. Tiene que salir como un ballet.

Los domingos tenían descanso. Era el día de la misa y el descanso y los juegos. Los curas que daban la misa y confesaban estaban enteros, o parecían enteros bajo las sotanas, y eso contribuía a aumentar su aura de santidad, o irrealidad, o extrañeza. En el campo de adiestramiento no había ningún entero, y un cuerpo sin mutilaciones empezaba a parecerles una cosa deforme. El soldado Cáceres creía notar un destello de reproche en la mirada de los curas, algo parecido a la mirada severa de Alicia.

Los curas hablaban de la paz de Cristo, pero la guerra no tenía descanso.

Las estelas de los jets surcaban el cielo, y el estruendo les llegaba en oleadas convulsivas aun durante la misa. Ese estruendo evocaba las llamaradas, los gritos, los borbotones de sangre, las máquinas al rojo vivo fundiéndose con los moribundos.

El domingo era día de sermones. Después del sermón de la misa venía el sermón del jefe del campo, que les hablaba de patriotismo y vocación de servicio. El que no tiene patriotismo ni vocación de servicio, decía, ése es un discapacitado. A media mañana venía el sermón informal del capitán.

Ese día se mezclaba con ellos como uno más, pero cuando hablaba recobraba la autoridad, siempre dispuesto a que cada cual pariera al héroe que llevaba adentro. La guerra no es inhumana, decía. Los animales no saben hacer la guerra. No hay nada más humano que la guerra. No hay nada más humano, decía con voz acerada, que la guerra.

Antes del mediodía jugaban al básquet. Formaban equipos, y usaban las unidades MUTIL para jugar. Hasta el juego formaba parte del adiestramiento: tenían que adiestrar ese cuerpo nuevo para ser soldados.

Soldados más perfectos, decía el capitán. Cualquier hombre sabe matar, pero sólo ellos eran verdaderos hijos de la guerra. Debían el cuerpo que tenían a la metralla del enemigo. Tenemos este cuerpo, decía, gracias a la metralla del enemigo. Y se señalaba el garfio retráctil, con orgullo y con odio.

El domingo era día de bromas. Bromeaban entre ellos cuando jugaban. Che paralítico, se decían cuando alguien no se desplazaba con agilidad. Che manco, se decían cuando alguien no atajaba un pase. Era día de bromas y de risas. Eran risas nuevas, risas de media boca, risas tuertas, risas con media cara congelada para siempre en un rictus de cólera o fastidio.

El soldado Cáceres tenía la cara entera, y los músculos faciales en buenas condiciones, pero aun así la risa se le había endurecido. No porque fuera una risa parca, o rencorosa, pero sospechaba que para los enteros pronto sería tan ilegible como la mueca de un simio. Alguna vez había leído que en los perros el bostezo significa gratitud hacia el amo. No sabía si era cierto, pero sí sabía que en él un bostezo ya no significaba sueño ni aburrimiento, sino simplemente que la cara se le contraía en un gesto que significaba algo que hasta entonces no había existido, que nacía con ellos.

El domingo era día de truco por la tarde. Era un truco diferente. Las señas no siempre servían; estaban pensadas para caras enteras, plásticas, no para máscaras medio quemadas, o medio paralizadas. Los mancos de una sola mano aprendían a barajar con esa sola mano. Los que no tenían ninguna aprendían a usar los garfios, y nadie los ayudaba. Cuando estuvieran bajo el fuego nadie los ayudaría; vibraciones nerviosas prolongadas en vibraciones eléctricas serían la diferencia entre la vida y la muerte.

Eran partidos tranquilos, sin risas ni cantos floridos; los cantos eran como repeticiones mecánicas, una música de pianola.

El domingo era día de camaradería. La camaradería era aprender a amigarse con uno en la imagen de los demás. Cuando entraran en combate, no habría demasiada coordinación. Sólo órdenes por radio, un blanco, y la voluntad de destruir y sobrevivir. Sólo acciones individuales, pero similares. La camaradería era un espejo partido, y ellos eran los pedazos.

 

Las últimas semanas empezaron las maniobras más intensas. Muchos habían sido descalificados. Algunos no habían podido acostumbrarse a orinar y defecar regularmente en los tubos de sus unidades: aunque nadie lo notara, se sentían desnudos. Otros querían volver a su hogar o su familia. Muchos ya tenían el suicidio pintado en la cara. Los restantes sólo esperaban el momento de matar y mutilar. Cuando hablaban, si hablaban, nunca se preguntaban dónde habían estado antes, cómo los habían herido. Antes no habían existido. Sólo ahora se estaban pariendo.

Las unidades MUTIL avanzaban como enjambres sobre las defensas enemigas.

El porcentaje de bajas por misión estaba calculado en un cincuenta por ciento. Eso incluía no sólo a los derribados por el fuego enemigo, sino a los derribados accidentalmente por sus compañeros, a los que se estrellaban por falta de combustible, a los que caían por fallas mecánicas en el equipo. El secreto era buscar el trayecto más corto hasta el blanco, aprovechar las municiones para causar el mayor daño posible y contar con mayor seguridad en el momento del descenso.

Llevaban poco combustible porque con menos combustible se cargaba más armamento, y además se evitaba que la acción conjunta perdiera concentración por un inoportuno exceso de iniciativa individual. Las unidades MUTIL abrían brechas, y en esas brechas penetraban la infantería y los blindados, con pérdidas mínimas.

- Por qué el enemigo no ha adoptado un equivalente? - preguntó una vez el soldado Cáceres.

Lo había intentado, explicó el capitán. No con mutilados de guerra. Habían usado unidades móviles con soldados enteros, pero no habían resultado. Eran costosas, por el gran número de bajas, y poco rentables, porque jamás tenían el ímpetu, el coraje, la voluntad de llegar a cualquier precio. Para esto, dijo el capitán, hace falta patriotismo. Para esto hace falta patriotismo, repitió. Además los otros no eran hijos de la guerra.

Las maniobras no eran la guerra, pero se parecían bastante. Los que sobrevivieron a las maniobras fueron despedidos por el capitán una mañana de lluvia, en una ceremonia sencilla donde fueron felicitados por el jefe del campo de adiestramiento y bendecidos por un capellán que no los miraba a los ojos. En el blindaje de las unidades, junto al sol sin rayos, les pintaron una inscripción en rojo:

LA VIRGEN NOS PROTEGE.

Cuando se abrieron las compuertas del avión de transporte el soldado Cáceres vio la nieve y puntos negros en la nieve. El avión acababa de girar trazando un arco y ahora daba la cola a las líneas enemigas. Globos de humo negro estallaban en el aire. Las unidades MUTIL se acercaron torpemente a las compuertas. Bajarían en paracaídas y en medio de la caída pondrían los rotores en funcionamiento.

El soldado Cáceres cayó girando en el aire, abrió el paracaídas cuando estuvo horizontal, sintió el tirón brusco del cordaje, vio que algunos se enredaban en el cordaje y se estrellaban. Alrededor se multiplicaban las explosiones. Un viento frío le golpeaba la cara, mezclándose con ráfagas de aire caliente. Dejó de mirar alrededor, pues el secreto era mirar hacia adelante. No se apresuró a maniobrar para evitar los proyectiles enemigos, pues sabía que el combustible no le permitía el lujo de apostar más al miedo que a la suerte. Esperó, y cuando estuvo cerca del suelo desplegó los rotores, los puso en marcha y soltó el esqueleto metálico donde estaba enganchado el paracaídas. Avanzó casi a ras del suelo, en línea recta. Allá adelante la nieve estaba entrecruzada de cicatrices.

Las cicatrices eran trincheras, y después de las trincheras había un bulto que parecía un depósito de material o una barraca. Apretó botones y palancas, moviendo frenéticamente todo el cuerpo, reservando los explosivos más potentes para último momento. A medida que se acercaba a las posiciones, la cortina de fuego se hacía más densa. Las venas le palpitaban como si tuvieran un exceso de sangre para un cuerpo que ya no necesitaba tanta. Cuando estuvo a poca distancia, descargó los proyectiles explosivos. Al lado vio pasar las estelas de los proyectiles de otros compañeros de escuadrilla. Un instante antes había carpas, blindados y redes de camuflaje, al siguiente llamaradas y cuerpos viboreando en el aire como cables pelados en la tormenta.

Aterrizó en la nieve cenagosa y esperó. A pocos metros descendieron otros compañeros. Algunos estaban en llamas. Atrás las primeras fuerzas de asalto desembarcaban de los helicópteros y terminaban de limpiar el terreno. Alrededor la nieve sucia estaba manchada por lamparones de sangre.

Era como si la tierra menstruara, renovándose. Sentía de nuevo la inyección en el cerebro. El ruido le taladraba los tímpanos como si su cabeza fuera una caja de resonancia. Una voz ladraba órdenes por la radio del casco. A lo lejos, en el horizonte de humo, helicópteros en llamas caían del cielo.

Como una lluvia de maná, pensó el soldado Cáceres.

 

Una hora más tarde los helicópteros descargaron al personal de auxilio.

Eran técnicos ceñudos y eficaces, y trabajaban con la rapidez de los mecánicos en las pistas de carrera. Cambiaban el tanque de combustible década unidad intacta por uno lleno, ajustaban las piezas flojas, descartaban las inútiles, renovaban las municiones, daban el visto bueno y revisaban las unidades derribadas en busca de material rescatable. Después las unidades MUTIL se remontaban nuevamente desde el terreno consolidado.

Avanzaban un centenar de metros, abrían nuevos claros en las defensas, hostigaban al enemigo en retirada o reconocían la zona. La única forma de pararlas era destruirlas: ninguna retrocedía, ni se posaba en la tierra de nadie, donde sería demasiado vulnerable.

Si el tripulante moría, casi siempre seguía disparando y a menudo se estrellaba contra las líneas defensivas. Cada etapa de la batalla pronto se volvió rutinaria para el soldado Cáceres. Despegue, vuelo en línea recta, descarga del material, compás de espera. Sólo en esa última fase se daba el lujo de observar la batalla, inmóvil como una osamenta fosilizada en medio del fuego de ambos bandos. Y entretanto recordaba, claro que recordaba. Alicia. Mujeres.

Pero las caricias tibias, la humedad salada, los labios entreabiertos, ya no podían compararse con la sangre, el aceite y el humo. Una sensación nueva le hormigueaba en los garfios de acero, en las piernas cromadas. Poco a poco se iba purificando. A fin de cuentas, el precio del espectáculo había valido la pena.

 

El tiempo ya no se medía en semanas o meses sino en desgarrones y convulsiones, un tiempo de tierra en llamas. Fuerzas gigantescas despedazaban la tierra, y el soldado Cáceres era un Cáceres entre muchos. Todos eran hermanos, fragmentos de un espejo partido.

Y de pronto hubo un silencio.

Era un silencio inmenso que se extendía sobre la tierra calcinada, sobre la nieve ennegrecida de lodo y sangre. El soldado Cáceres amaba esos silencios que puntuaban los momentos de gloria. Cesaban los estampidos de la artillería, el paleteo de los helicópteros, el rugido de los jets, el crujido de los blindados. Era como el silencio que sigue a la creación de un mundo, una paz de domingo. Hace mucho tiempo, pensaba Cáceres, la tierra vomitó sus vísceras, manchándose con sus propios excrementos. Después quedó agotada y las vísceras se convirtieron en cosas brillantes y cristalinas, y en algunas vetas de su corteza la tierra guardaba esos recuerdos, capas geológicas de paz seguidas por nuevos arranques de violencia.

Si uno estudiaba esa corteza, descubriría que la tierra estaba orgullosa de sus mutilaciones.

En esos silencios, el cielo era una membrana tensa, y todos esperaban.

Los prisioneros esperaban. Detrás de las alambradas, las caras desencajadas por el frío, por el recuerdo del frío, esperaban un traslado, un plato de sopa, un cigarrillo. Los combatientes esperaban.

Limpiaban las armas, se paseaban nerviosamente, charlaban. Los heridos esperaban. Los muertos esperaban. La tierra esperaba. Ellos también esperaban, pero su espera era diferente. Las unidades MUTIL se movían grotescamente en la nieve blanda, como grandes coleópteros, y la espera era un domingo. Nadie se les acercaba, nadie les hablaba. Sólo recibían miradas donde el respeto se mezclaba con el odio. Se les notaba en la cara? En la retina les quedaban grabadas las grandes visiones, la tierra abonada por los muertos, los helicópteros en llamas lloviendo del cielo como maná?

Pero esta vez el silencio se prolongó. Era como un telón. Como un ballet, recordó el soldado Cáceres.

 

Los helicópteros llegaron de noche, barriendo la nieve con haces blancos que de pronto eran círculos rosados y de pronto una luz sucia y polvorienta bajo una mole oscura que eclipsaba las estrellas. Varios integrantes del personal de auxilio bajaron de ellos, con movimientos urgentes, con listas en la mano. Empezaron a llamarlos por el nombre. Era raro, porque a un soldado MUTIL nunca lo llamaban por el nombre, nunca lo llamaban: le dictaban órdenes por radio, pero las órdenes eran voces grabadas, porque más que órdenes eran exhortaciones rítmicas, música de ballet. Además de raro era poco práctico, porque la mayoría de los anotados en las listas ya no estaban presentes.

La gente del personal de auxilio los hizo formar frente a los helicópteros. Les plegaron los rotores, y los subieron uno por uno. Después los helicópteros treparon en la noche y volaron hacia la retaguardia. Dentro de la cabina todos callaban, y había olor a miedo.

Los helicópteros de transporte aterrizaron en una base iluminada por reflectores. Llegaban, descargaban y despegaban enseguida para regresar al frente. Unidades MUTIL de distintas escuadrillas se estaban concentrando en la base. Las hacían esperar en la pista, en medio del ruido y del viento, y después las conducían a un galpón enorme rodeado por latas con brea encendida.

El interior del galpón estaba alumbrado por lámparas desnudas que despedían un fulgor amarillo y sucio. En el fondo había una tarima con un micrófono. Esperaron un par de horas, mientras el galpón se llenaba de combatientes. Afuera, el paleteo de los helicópteros de transporte era incesante. Varios PM se paseaban en los espacios vacíos, jugando con sus cachiporras blancas. No había ningún oficial MUTIL.

Al fin entró un coronel con uniforme de combate y casco. Era un entero, y tenía la cara roja, agitada, como si lo aguardaran asuntos más urgentes.

Subió a la tarima y acomodó el micrófono.

La patria les está agradecida, dijo, y el soldado Cáceres sintió una punzada en el vientre. Pronto habremos conseguido una paz justa, y la patria les está inmensamente agradecida. Una paz justa, pensó el soldado Cáceres sin entender. A través de los ojos empañados aún veía los helicópteros en llamas lloviendo del cielo como maná. Las generaciones venideras, dijo el coronel, conocerán las hazañas de hombres como ustedes, y grabarán sus nombres en el libro de la historia grande de nuestro pueblo.

Mientras hablaba el coronel, el personal de auxilio entraba empujando sillas de ruedas.

Algunos empezaron a separar los cuerpos de los combatientes de sus piezas cromadas. Trabajaban expeditivamente, como cuando estaban en la zona de combate. Los separaban de las unidades móviles, los instalaban en las sillas, les arrancaban la tela blanca con el apellido en rojo. Otros desmantelaban cada unidad MUTIL desocupada, amontonando las piezas en cajas de embalaje: armas, prótesis, cascos. 

Otros miembros del personal tendían cables a lo largo del costado de galpón, e instalaban bultos que parecían explosivos en las esquinas y entre las vigas.

No sólo han infligido al enemigo pérdidas materiales, dijo el coronel. No sólo le han infligido pérdidas materiales, repitió, como si no recordara qué decir a continuación. Le han dado una lección moral, añadió resueltamente, una lección de hombría y coraje. Por eso mismo ellos querrán ensañarse con ustedes, utilizando estas unidades que nos enorgullecen como instrumento de propaganda, como una acusación. Querrán transformar su gloria en ignominia, pero no lo permitiremos, porque ustedes les darán una lección de amor a la paz. La justa paz que hemos pactado necesita esa lección de amor.

Las palabras retumbaban secamente en el galpón amarilleado por las lámparas. A su turno, el soldado Cáceres fue separado de su unidad e instalado en su silla de ruedas. Cada cicatriz del cuerpo le palpitaba. El discurso terminó con una exhortación que sonaba como un reproche.

Cuando los sacaron del galpón, todos tenían la cara desencajada, caras de doblemente mutilados. Sin ceremonias, casi con sigilo, el personal de auxilio los empujó hacia otra pista donde esperaban aviones de transporte. Sobre sus sombras panzonas volaban remolinos de nieve polvorienta, y en los remolinos se enredaban órdenes y gritos. Silla tras silla los subieron en los aviones.

Las turbohélices empezaron a girar y el rugido del avión acalló el rugido del viento en la mente del soldado Cáceres. Mientras el transporte carreteaba por la pista, miró hacia el galpón, que temblaba a la luz de las latas de brea. Los hombres del personal de auxilio seguían desenrollando cables.

- ¿Qué hacen con las unidades MUTIL? - preguntó el soldado Cáceres a un suboficial. El suboficial sonrió.

- Nunca hubo unidades MUTIL. Ahora, chicos, volvemos a casa.

El avión despegó y viró trazando un arco sobre la pista. Allá abajo una sombra hizo señas a otra y una secuencia de explosiones despedazó el galpón mientras ellos ascendían. Las llamaradas arrancaron destellos a la nieve arremolinada.

En la cabina penumbrosa, el soldado Cáceres miró a sus compañeros: un Cáceres tras otro, imágenes de un espejo partido. Rezando, preparándose para afrontar la paz.