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Primera Línea - Carlos Gardini

 El cielo es un caldo rojo cruzado por tajos blancos. Colores sucios vibran en la nieve sucia. El ruido es una inyección en el cerebro.

Acurrucado en un pozo de zorro, el soldado Cáceres no tiene miedo. Piensa que el espectáculo vale la pena aunque el precio sea el miedo. De pronto es como si le sacaran la inyección, dejándole un hueco doloroso.

Un ruido se desprende del ruido. Un manotazo de tierra y nieve sacude al soldado Cáceres. Un silencio gomoso le tapa los oídos.

Cuando abre los ojos, el cielo es blanco, hiriente, liso. Y el silencio sigue, un silencio puntuado por ruidos goteantes, quebradizos: pasos, voces, instrumentos metálicos. El suelo es blando. El suelo es una cama, una cama en un cuarto de hospital. Un tubo de plástico le llega al brazo. Le duelen las manos.

Un médico joven se le acerca mirándolo de reojo.

- Quedáte tranquilo - le dice -. Te vas a poner bien.

- Mis manos - dice el soldado Cáceres -. Cómo están mis manos?

El médico tuerce la boca.

- No están - dice, sonriéndole a un jarrón con flores marchitas -. No están más.

No era lo único que había perdido.

 

Los días en el hospital eran largos, un corredor de sombras perdiéndose en un hueco negro. El hueco estaba lejos. Inmovilizado en la silla de ruedas, él no podía alcanzarlo. El corredor era opaco como un vidrio de botella, y detrás del vidrio había sombras. A veces las sombras se le acercaban, y adquirían un perfil borroso. Los rasgos se les deformaban cuando se apoyaban en el vidrio, y las voces sonaban distantes, voces envueltas en algodón.

Hoy tenés un plato especial, le decía una sombra. Pollo. ¿Querés que te guarde una pata de más? Y la sombra le guiñaba el ojo, le acariciaba el pelo a través del vidrio opaco. El soldado Cáceres miraba la manta que lo cubría de la cintura para abajo. Una pata de más, repetía estúpidamente.

O bien la sombra se le acercaba para ofrecerle un cigarrillo. El soldado Cáceres alzaba los muñones de los brazos, y la sombra, pacientemente, le ponía el cigarrillo en la boca, se lo prendía, lo compartía. Poco a poco el vidrio se resquebrajó. Alicia, le dijo una sombra un día, me llamo Alicia. Y la voz ya parecía de este mundo, un mundo donde los relojes sonaban y el tiempo transcurría. Alicia le contaba anécdotas de otros heridos de guerra, y de cómo se habían curado. O de cómo no se habían curado, él no hablaba nunca.

Cuando estuvo mejor (o eso le dijeron, que estaba mejor) pasaba el día frente al ventanal. Estaba en un piso alto, y mirando desde el ventanal veía el movimiento de afuera. El movimiento eran camiones militares cargando ataúdes, helicópteros descargando cadáveres y heridos en el parque, jeeps que entraban y salían, grupos de mujeres sin uniforme que traían paquetes y flores, pero el movimiento no era movimiento porque le faltaba el ruido. Sin el vidrio del ventanal habría ruido, pero siempre habría más y más vidrios aislándolo del ruido verdadero, la inyección en el cerebro. En medio del parque ondeaba la bandera. Nunca colgaba del mástil.

Siempre había viento, y siempre ondeaba. El soldado Cáceres miraba la bandera y buscaba en su memoria, buscaba algo que lo arrancara del sopor, algo que rompiera todos los vidrios. Un día recordó la letra de “Aurora” y le causó gracia. Le causó tanta gracia que cuando Alicia pasó por el corredor el soldado Cáceres se echó a reír.

- Veo que estás mejor - dijo Alicia, acercándose.

- Cuándo me muero - dijo el soldado Cáceres, poniéndose serio de golpe. No se sabía si era una pregunta, o qué.

 

Tenía que seguir viviendo. Eso decían, tenía que seguir viviendo. Cuando pensaba que tenía que seguir viviendo se preguntaba cuál era la parte amputada, si él, eso que quedaba de él, puro muñón, o las piernas o las manos perdidas. Qué le habían serruchado a qué? Había descubierto que uno era cosas que podían dejar de ser uno. Esas cosas no eran uno cuando se pudrían bajo la lluvia o la nieve en un fangal sanguinolento o entre desechos de hospital. O sí eran uno? Cuál era la parte mutilada? Cuál era él? Que él estuviera vivo y las otras partes muertas no era suficiente diferencia.

Era un misterio, y cuando pensaba en el misterio sentía ganas de llorar, y cuando lloraba pensaba en sus piernas, que al menos tendrían la suerte de no llorar por lo que les faltaba.

A veces recordaba a las mujeres. Veía enfermeras en el corredor, algunas atractivas, y pensaba en las mujeres. Imaginaba bocas, labios de vulva entreabriéndose, superficies húmedas.

Un día Alicia le puso un cigarrillo en los labios, le acarició el pelo traviesamente, le acomodó la manta bajo la cintura y por primera vez lo miró a los ojos.

- ¿Cómo está mi bebé? - le dijo -. Hoy tenés mejor cara. - No terminaba nunca de acomodarle la manta.

El la miró entre confundido y avergonzado.

- Perdonáme - dijo.

- ¿Perdonáme qué?

- Yo no puedo.

- ¿No podés qué? - dijo ella.

De golpe abrió la boca como quien recuerda algo, lo miró con severidad, tal vez con asco. Suspiró, dio media vuelta y se fue por el corredor.

El soldado Cáceres la siguió con los ojos, y no supo si él no había entendido. No supo qué no había entendido. Lloraba, y a través de las lágrimas vio de nuevo el vidrio, cada vez más grueso pero menos opaco.

Los otros ya no eran sombras. Tenían peso y consistencia, y tenían más peso y consistencia que él. Quería recordar, pero sólo encontraba hilachas de recuerdos humillantes. Un chico roba una revista de un quiosco, y lo sorprenden. El quiosquero no lo castiga, no lo denuncia, sólo dice que no te pesque otra vez. Cuando el chico vuelve al quiosco para comprar el diario para sus padres, sufre de nuevo la vergüenza, pues no sabe que para el quiosquero es sólo una travesura olvidada.

¿Cómo purificaría esos recuerdos, cómo les daría una forma que coincidiera con el dibujo acabado de una personalidad, algo que fuera sólido y no simplemente ridículo? Ahora todos los recuerdos serían así. La mirada de Alicia sería siempre un reproche, un que no te pesque otra vez. Ahora siempre se recordaría como ridículo, una cosa sin forma rebotando en un mundo de gente sólida. Un día estaba acurrucado en su pozo de zorro.

Siempre había tenido miedo, y había hablado del miedo con sus compañeros, pero ese día no tenía miedo, o estaba dispuesto a pagar el precio del miedo, y una bomba lo había despedazado. Era ridículo y doloroso, y ni siquiera había heroísmo, sólo una absurda falta de miedo.

Estaba mirando por el ventanal, viendo cómo los helicópteros aterrizaban en cámara lenta en medio del viento, y pensando nunca más, y preguntándose nunca más qué, cuando se le acercó un oficial. Al oficial le faltaba una pierna, y la cara era vagamente familiar. El soldado Cáceres recordó que lo había visto varias veces en el hospital, hablando con otros pacientes.

- ¿Cómo va eso? - dijo el oficial, acercando una silla de metal pintada de blanco y sentándose a su lado. Manejaba la muleta como un arma, como un privilegio.

Cómo va qué, pensó el soldado Cáceres, pero no dijo nada. Sonrió vagamente, como diciendo ahí anda. Era un oficial de reclutamiento de los grupos especiales MUTIL. El soldado Cáceres miró la insignia del brazo izquierdo. Entonces notó que estaba la manga, pero no el brazo.

El oficial le habló pausadamente. Sin duda él había oído hablar de las unidades MUTIL, aunque no las hubiera visto en combate. El soldado Cáceres sí las había visto en combate, pero no lo aclaró. Sabía que MUTIL era una sigla, dijo. Móvil Unitario Táctico Integral para Lisiados, explicó el oficial, y se lo escribió en un papel. Después le preguntó si tenía interés. El soldado Cáceres no respondió, y el oficial no repitió la pregunta. Siguió hablando. Mientras él hablaba, el soldado Cáceres pensaba en el ruido, y también pensaba en mujeres. También pensaba que el oficial no le había preguntado cómo se llamaba, e inexplicablemente eso lo deprimió.

- Acepto - dijo de golpe.

El oficial lo miró sorprendido, cortado en medio de una frase. Al fin sonrió y se levantó.

No tuvo el reflejo embarazoso de querer darle la mano. Le palmeó el hombro.

- Sólo una cosa - dijo de pronto, como si acabara de recordarlo -. ¿Usted no es judío, verdad? ¿Cómo dijo que se llamaba?

El soldado Cáceres, aliviado, le dijo cómo se llamaba.

- Bien, Cáceres. Le haré llegar los formularios.

El mes siguiente ingresó en un campo de adiestramiento MUTIL. Llegó en un ómnibus militar junto con otra tanda de mutilados dados de alta en el hospital. Todos tenían una franja de tela blanca en el pecho, con el apellido en rojo sobre la tela verde oliva. El rojo los identificaba como miembros de la fuerza especial. Los mandos del ómnibus estaban adaptados para lisiados. El chofer era un suboficial con las piernas inutilizadas.

Reía constantemente, y tenía la radio prendida. Por la radio pasaban un programa preparado especialmente por el enemigo. Una locutora de voz dulzona elogiaba el valor de los soldados que creían combatir por su patria, engañados por un gobierno inescrupuloso.

Elogiaba su valor, pero les decía que no valía la pena. Para ellos la guerra estaba perdida. El suboficial subía y bajaba el volumen continuamente, como si quisiera despedazar esa voz. Después venían segmentos de música folklórica, y el suboficial tarareaba convulsivamente. Cuando llegaron al campo de adiestramiento, apagó la radio.

- Estamos llegando, chicos - anunció, siempre riendo. Y prendió la radio.

El soldado Cáceres, que viajaba cerca del asiento del conductor, le sonrió extrañamente.

- Antes de la guerra era colectivero, después me enganché - le dijo el suboficial, frenando y abriendo las puertas dobles del ómnibus. El soldado Cáceres siguió sonriendo, pensando que era una broma. El suboficial apagó la radio -. ¿Vos qué hacías? - le preguntó.

El soldado Cáceres tardó en entender la pregunta. La guerra había durado años. El antes de la guerra pertenecía a un pasado remoto.

- No me acuerdo - dijo. Y era cierto, no se acordaba. Algo había muerto dentro de él. O quizá el recuerdo estaba en sus piernas o manos perdidas.

El suboficial prendió la radio. La locutora describía la habilidad de los grupos comando enemigos.

- Debe estar bien esa mina - dijo el suboficial -. ¿Te la imaginás con una muleta en el culo? Ese mismo día les dieron la primera clase. Los dividieron en grupos, y cada grupo tenía un oficial a cargo de la instrucción. El oficial a cargo no los trataba con piedad, ni con respeto, ni con nada. Los trataba como soldados. El oficial instructor del soldado Cáceres era un capitán sin una pierna, y sin una mano, y no lo disimulaba. Exhibía con orgullo las mutilaciones, y él también manejaba la muleta como un arma.

En lugar de la mano que le faltaba, la derecha, usaba un garfio retráctil de cuatro dedos. Se plantaba frente al pizarrón, apoyándose con firmeza en la muleta cromada, y tomaba la tiza con el garfio. Trazaba líneas rectas, sólidas, puras. Jamás le temblaba el pulso.

Lo primero que hizo fue describirles en detalle una unidad MUTIL. Cada unidad MUTIL era básicamente un minihelicóptero con autonomía de vuelo limitada que portaba gran cantidad de armamento de corto alcance. Cada unidad básica era provista con los accesorios que necesitaba cada soldado. Ninguna era igual a otra, pues cada cual respondía a un repertorio específico de mutilaciones. Los accesorios reemplazaban piernas y brazos, pies y manos, caderas y tobillos, y mediante piezas de plástico o metal se conectaban con los mandos: pedales, palancas o botones accionaban las armas y orientaban los rotores. Utilizaban la última tecnología médica en materia de prótesis, decía el capitán, y en ese énfasis se notaba la pobreza, la sofisticación de la pobreza.

Una unidad MUTIL era mucho más costosa que un infante, pero menos que un blindado; como arma antipersonal era mucho más rentable que una bomba de alta potencia, y mucho más barata que un avión derribado. Una escuadrilla de unidades funcionaba perfectamente como primera línea de ataque, pero en tierra eran vehículos torpes, enormes y grotescas sillas de cuatro ruedas. Los rotores eran plegables, para facilitar el transporte. El capitán dibujó y explicó todo esto con precisión, y luego les explicó por qué estaban allí. Estaban allí porque los mutilados eran una carga en la paz, una pensión costosa para el Estado, una aflicción para los parientes, muertos en vida.

Pero tenían algo más, mucho más que los enteros. Tenían temple. Se habían templado como acero en el fuego de la batalla. Templado como acero, repetía, como si él hubiera descubierto la frase. Estaban allí porque él iba a hacerles parir al héroe que tenían adentro. No eran la resaca sino la elite. El que no pensara así podía pedir la baja y pudrirse en la vida civil, una vida de llantos, pensiones y recriminaciones sordas.

Al día siguiente cada cual recibió su propia unidad adaptada. En la parte frontal tenían un blindaje, con una insignia pintada, un sol militar sin rayos.

 

El entrenamiento empezaba en la madrugada. Estaban lejos del frente, pero a menudo veían pasar, desde la pista de asfalto donde practicaban, aviones volando rumbo a la zona de combate. Las escuadrillas que volvían eran menos numerosas que las que iban. El soldado Cáceres oía el ruido en el cielo y recordaba ese cielo de ruidos, y cómo le habían sacado la inyección del cerebro. Sentía rencor contra el silencio. Creía haber encontrado una solución, un modo de purificar sus recuerdos, y la clave era el ruido.

El capitán los hacía maniobrar en formación sobre la pista de asfalto.

Hay que destruir despiadadamente al enemigo, decía. Como él nos destruyó a nosotros. Cada pieza de metal cromado, cada pieza de plástico opaco, debía ser una prolongación del cuerpo del mutilado. El soldado Cáceres ahora tenía manos, manos de acero. Con las manos de acero impulsaba torpemente las ruedas de su unidad, encendía el motor, y el viento del rotor principal le abofeteaba la cara donde no lo cubrían los anteojos ni el casco. El capitán los hacía desplazar rítmicamente sobre la pista, y era como ensayar para una comedia musical extravagante.

Como un ballet, decía el capitán. Tiene que salir como un ballet.

Los domingos tenían descanso. Era el día de la misa y el descanso y los juegos. Los curas que daban la misa y confesaban estaban enteros, o parecían enteros bajo las sotanas, y eso contribuía a aumentar su aura de santidad, o irrealidad, o extrañeza. En el campo de adiestramiento no había ningún entero, y un cuerpo sin mutilaciones empezaba a parecerles una cosa deforme. El soldado Cáceres creía notar un destello de reproche en la mirada de los curas, algo parecido a la mirada severa de Alicia.

Los curas hablaban de la paz de Cristo, pero la guerra no tenía descanso.

Las estelas de los jets surcaban el cielo, y el estruendo les llegaba en oleadas convulsivas aun durante la misa. Ese estruendo evocaba las llamaradas, los gritos, los borbotones de sangre, las máquinas al rojo vivo fundiéndose con los moribundos.

El domingo era día de sermones. Después del sermón de la misa venía el sermón del jefe del campo, que les hablaba de patriotismo y vocación de servicio. El que no tiene patriotismo ni vocación de servicio, decía, ése es un discapacitado. A media mañana venía el sermón informal del capitán.

Ese día se mezclaba con ellos como uno más, pero cuando hablaba recobraba la autoridad, siempre dispuesto a que cada cual pariera al héroe que llevaba adentro. La guerra no es inhumana, decía. Los animales no saben hacer la guerra. No hay nada más humano que la guerra. No hay nada más humano, decía con voz acerada, que la guerra.

Antes del mediodía jugaban al básquet. Formaban equipos, y usaban las unidades MUTIL para jugar. Hasta el juego formaba parte del adiestramiento: tenían que adiestrar ese cuerpo nuevo para ser soldados.

Soldados más perfectos, decía el capitán. Cualquier hombre sabe matar, pero sólo ellos eran verdaderos hijos de la guerra. Debían el cuerpo que tenían a la metralla del enemigo. Tenemos este cuerpo, decía, gracias a la metralla del enemigo. Y se señalaba el garfio retráctil, con orgullo y con odio.

El domingo era día de bromas. Bromeaban entre ellos cuando jugaban. Che paralítico, se decían cuando alguien no se desplazaba con agilidad. Che manco, se decían cuando alguien no atajaba un pase. Era día de bromas y de risas. Eran risas nuevas, risas de media boca, risas tuertas, risas con media cara congelada para siempre en un rictus de cólera o fastidio.

El soldado Cáceres tenía la cara entera, y los músculos faciales en buenas condiciones, pero aun así la risa se le había endurecido. No porque fuera una risa parca, o rencorosa, pero sospechaba que para los enteros pronto sería tan ilegible como la mueca de un simio. Alguna vez había leído que en los perros el bostezo significa gratitud hacia el amo. No sabía si era cierto, pero sí sabía que en él un bostezo ya no significaba sueño ni aburrimiento, sino simplemente que la cara se le contraía en un gesto que significaba algo que hasta entonces no había existido, que nacía con ellos.

El domingo era día de truco por la tarde. Era un truco diferente. Las señas no siempre servían; estaban pensadas para caras enteras, plásticas, no para máscaras medio quemadas, o medio paralizadas. Los mancos de una sola mano aprendían a barajar con esa sola mano. Los que no tenían ninguna aprendían a usar los garfios, y nadie los ayudaba. Cuando estuvieran bajo el fuego nadie los ayudaría; vibraciones nerviosas prolongadas en vibraciones eléctricas serían la diferencia entre la vida y la muerte.

Eran partidos tranquilos, sin risas ni cantos floridos; los cantos eran como repeticiones mecánicas, una música de pianola.

El domingo era día de camaradería. La camaradería era aprender a amigarse con uno en la imagen de los demás. Cuando entraran en combate, no habría demasiada coordinación. Sólo órdenes por radio, un blanco, y la voluntad de destruir y sobrevivir. Sólo acciones individuales, pero similares. La camaradería era un espejo partido, y ellos eran los pedazos.

 

Las últimas semanas empezaron las maniobras más intensas. Muchos habían sido descalificados. Algunos no habían podido acostumbrarse a orinar y defecar regularmente en los tubos de sus unidades: aunque nadie lo notara, se sentían desnudos. Otros querían volver a su hogar o su familia. Muchos ya tenían el suicidio pintado en la cara. Los restantes sólo esperaban el momento de matar y mutilar. Cuando hablaban, si hablaban, nunca se preguntaban dónde habían estado antes, cómo los habían herido. Antes no habían existido. Sólo ahora se estaban pariendo.

Las unidades MUTIL avanzaban como enjambres sobre las defensas enemigas.

El porcentaje de bajas por misión estaba calculado en un cincuenta por ciento. Eso incluía no sólo a los derribados por el fuego enemigo, sino a los derribados accidentalmente por sus compañeros, a los que se estrellaban por falta de combustible, a los que caían por fallas mecánicas en el equipo. El secreto era buscar el trayecto más corto hasta el blanco, aprovechar las municiones para causar el mayor daño posible y contar con mayor seguridad en el momento del descenso.

Llevaban poco combustible porque con menos combustible se cargaba más armamento, y además se evitaba que la acción conjunta perdiera concentración por un inoportuno exceso de iniciativa individual. Las unidades MUTIL abrían brechas, y en esas brechas penetraban la infantería y los blindados, con pérdidas mínimas.

- Por qué el enemigo no ha adoptado un equivalente? - preguntó una vez el soldado Cáceres.

Lo había intentado, explicó el capitán. No con mutilados de guerra. Habían usado unidades móviles con soldados enteros, pero no habían resultado. Eran costosas, por el gran número de bajas, y poco rentables, porque jamás tenían el ímpetu, el coraje, la voluntad de llegar a cualquier precio. Para esto, dijo el capitán, hace falta patriotismo. Para esto hace falta patriotismo, repitió. Además los otros no eran hijos de la guerra.

Las maniobras no eran la guerra, pero se parecían bastante. Los que sobrevivieron a las maniobras fueron despedidos por el capitán una mañana de lluvia, en una ceremonia sencilla donde fueron felicitados por el jefe del campo de adiestramiento y bendecidos por un capellán que no los miraba a los ojos. En el blindaje de las unidades, junto al sol sin rayos, les pintaron una inscripción en rojo:

LA VIRGEN NOS PROTEGE.

Cuando se abrieron las compuertas del avión de transporte el soldado Cáceres vio la nieve y puntos negros en la nieve. El avión acababa de girar trazando un arco y ahora daba la cola a las líneas enemigas. Globos de humo negro estallaban en el aire. Las unidades MUTIL se acercaron torpemente a las compuertas. Bajarían en paracaídas y en medio de la caída pondrían los rotores en funcionamiento.

El soldado Cáceres cayó girando en el aire, abrió el paracaídas cuando estuvo horizontal, sintió el tirón brusco del cordaje, vio que algunos se enredaban en el cordaje y se estrellaban. Alrededor se multiplicaban las explosiones. Un viento frío le golpeaba la cara, mezclándose con ráfagas de aire caliente. Dejó de mirar alrededor, pues el secreto era mirar hacia adelante. No se apresuró a maniobrar para evitar los proyectiles enemigos, pues sabía que el combustible no le permitía el lujo de apostar más al miedo que a la suerte. Esperó, y cuando estuvo cerca del suelo desplegó los rotores, los puso en marcha y soltó el esqueleto metálico donde estaba enganchado el paracaídas. Avanzó casi a ras del suelo, en línea recta. Allá adelante la nieve estaba entrecruzada de cicatrices.

Las cicatrices eran trincheras, y después de las trincheras había un bulto que parecía un depósito de material o una barraca. Apretó botones y palancas, moviendo frenéticamente todo el cuerpo, reservando los explosivos más potentes para último momento. A medida que se acercaba a las posiciones, la cortina de fuego se hacía más densa. Las venas le palpitaban como si tuvieran un exceso de sangre para un cuerpo que ya no necesitaba tanta. Cuando estuvo a poca distancia, descargó los proyectiles explosivos. Al lado vio pasar las estelas de los proyectiles de otros compañeros de escuadrilla. Un instante antes había carpas, blindados y redes de camuflaje, al siguiente llamaradas y cuerpos viboreando en el aire como cables pelados en la tormenta.

Aterrizó en la nieve cenagosa y esperó. A pocos metros descendieron otros compañeros. Algunos estaban en llamas. Atrás las primeras fuerzas de asalto desembarcaban de los helicópteros y terminaban de limpiar el terreno. Alrededor la nieve sucia estaba manchada por lamparones de sangre.

Era como si la tierra menstruara, renovándose. Sentía de nuevo la inyección en el cerebro. El ruido le taladraba los tímpanos como si su cabeza fuera una caja de resonancia. Una voz ladraba órdenes por la radio del casco. A lo lejos, en el horizonte de humo, helicópteros en llamas caían del cielo.

Como una lluvia de maná, pensó el soldado Cáceres.

 

Una hora más tarde los helicópteros descargaron al personal de auxilio.

Eran técnicos ceñudos y eficaces, y trabajaban con la rapidez de los mecánicos en las pistas de carrera. Cambiaban el tanque de combustible década unidad intacta por uno lleno, ajustaban las piezas flojas, descartaban las inútiles, renovaban las municiones, daban el visto bueno y revisaban las unidades derribadas en busca de material rescatable. Después las unidades MUTIL se remontaban nuevamente desde el terreno consolidado.

Avanzaban un centenar de metros, abrían nuevos claros en las defensas, hostigaban al enemigo en retirada o reconocían la zona. La única forma de pararlas era destruirlas: ninguna retrocedía, ni se posaba en la tierra de nadie, donde sería demasiado vulnerable.

Si el tripulante moría, casi siempre seguía disparando y a menudo se estrellaba contra las líneas defensivas. Cada etapa de la batalla pronto se volvió rutinaria para el soldado Cáceres. Despegue, vuelo en línea recta, descarga del material, compás de espera. Sólo en esa última fase se daba el lujo de observar la batalla, inmóvil como una osamenta fosilizada en medio del fuego de ambos bandos. Y entretanto recordaba, claro que recordaba. Alicia. Mujeres.

Pero las caricias tibias, la humedad salada, los labios entreabiertos, ya no podían compararse con la sangre, el aceite y el humo. Una sensación nueva le hormigueaba en los garfios de acero, en las piernas cromadas. Poco a poco se iba purificando. A fin de cuentas, el precio del espectáculo había valido la pena.

 

El tiempo ya no se medía en semanas o meses sino en desgarrones y convulsiones, un tiempo de tierra en llamas. Fuerzas gigantescas despedazaban la tierra, y el soldado Cáceres era un Cáceres entre muchos. Todos eran hermanos, fragmentos de un espejo partido.

Y de pronto hubo un silencio.

Era un silencio inmenso que se extendía sobre la tierra calcinada, sobre la nieve ennegrecida de lodo y sangre. El soldado Cáceres amaba esos silencios que puntuaban los momentos de gloria. Cesaban los estampidos de la artillería, el paleteo de los helicópteros, el rugido de los jets, el crujido de los blindados. Era como el silencio que sigue a la creación de un mundo, una paz de domingo. Hace mucho tiempo, pensaba Cáceres, la tierra vomitó sus vísceras, manchándose con sus propios excrementos. Después quedó agotada y las vísceras se convirtieron en cosas brillantes y cristalinas, y en algunas vetas de su corteza la tierra guardaba esos recuerdos, capas geológicas de paz seguidas por nuevos arranques de violencia.

Si uno estudiaba esa corteza, descubriría que la tierra estaba orgullosa de sus mutilaciones.

En esos silencios, el cielo era una membrana tensa, y todos esperaban.

Los prisioneros esperaban. Detrás de las alambradas, las caras desencajadas por el frío, por el recuerdo del frío, esperaban un traslado, un plato de sopa, un cigarrillo. Los combatientes esperaban.

Limpiaban las armas, se paseaban nerviosamente, charlaban. Los heridos esperaban. Los muertos esperaban. La tierra esperaba. Ellos también esperaban, pero su espera era diferente. Las unidades MUTIL se movían grotescamente en la nieve blanda, como grandes coleópteros, y la espera era un domingo. Nadie se les acercaba, nadie les hablaba. Sólo recibían miradas donde el respeto se mezclaba con el odio. Se les notaba en la cara? En la retina les quedaban grabadas las grandes visiones, la tierra abonada por los muertos, los helicópteros en llamas lloviendo del cielo como maná?

Pero esta vez el silencio se prolongó. Era como un telón. Como un ballet, recordó el soldado Cáceres.

 

Los helicópteros llegaron de noche, barriendo la nieve con haces blancos que de pronto eran círculos rosados y de pronto una luz sucia y polvorienta bajo una mole oscura que eclipsaba las estrellas. Varios integrantes del personal de auxilio bajaron de ellos, con movimientos urgentes, con listas en la mano. Empezaron a llamarlos por el nombre. Era raro, porque a un soldado MUTIL nunca lo llamaban por el nombre, nunca lo llamaban: le dictaban órdenes por radio, pero las órdenes eran voces grabadas, porque más que órdenes eran exhortaciones rítmicas, música de ballet. Además de raro era poco práctico, porque la mayoría de los anotados en las listas ya no estaban presentes.

La gente del personal de auxilio los hizo formar frente a los helicópteros. Les plegaron los rotores, y los subieron uno por uno. Después los helicópteros treparon en la noche y volaron hacia la retaguardia. Dentro de la cabina todos callaban, y había olor a miedo.

Los helicópteros de transporte aterrizaron en una base iluminada por reflectores. Llegaban, descargaban y despegaban enseguida para regresar al frente. Unidades MUTIL de distintas escuadrillas se estaban concentrando en la base. Las hacían esperar en la pista, en medio del ruido y del viento, y después las conducían a un galpón enorme rodeado por latas con brea encendida.

El interior del galpón estaba alumbrado por lámparas desnudas que despedían un fulgor amarillo y sucio. En el fondo había una tarima con un micrófono. Esperaron un par de horas, mientras el galpón se llenaba de combatientes. Afuera, el paleteo de los helicópteros de transporte era incesante. Varios PM se paseaban en los espacios vacíos, jugando con sus cachiporras blancas. No había ningún oficial MUTIL.

Al fin entró un coronel con uniforme de combate y casco. Era un entero, y tenía la cara roja, agitada, como si lo aguardaran asuntos más urgentes.

Subió a la tarima y acomodó el micrófono.

La patria les está agradecida, dijo, y el soldado Cáceres sintió una punzada en el vientre. Pronto habremos conseguido una paz justa, y la patria les está inmensamente agradecida. Una paz justa, pensó el soldado Cáceres sin entender. A través de los ojos empañados aún veía los helicópteros en llamas lloviendo del cielo como maná. Las generaciones venideras, dijo el coronel, conocerán las hazañas de hombres como ustedes, y grabarán sus nombres en el libro de la historia grande de nuestro pueblo.

Mientras hablaba el coronel, el personal de auxilio entraba empujando sillas de ruedas.

Algunos empezaron a separar los cuerpos de los combatientes de sus piezas cromadas. Trabajaban expeditivamente, como cuando estaban en la zona de combate. Los separaban de las unidades móviles, los instalaban en las sillas, les arrancaban la tela blanca con el apellido en rojo. Otros desmantelaban cada unidad MUTIL desocupada, amontonando las piezas en cajas de embalaje: armas, prótesis, cascos. 

Otros miembros del personal tendían cables a lo largo del costado de galpón, e instalaban bultos que parecían explosivos en las esquinas y entre las vigas.

No sólo han infligido al enemigo pérdidas materiales, dijo el coronel. No sólo le han infligido pérdidas materiales, repitió, como si no recordara qué decir a continuación. Le han dado una lección moral, añadió resueltamente, una lección de hombría y coraje. Por eso mismo ellos querrán ensañarse con ustedes, utilizando estas unidades que nos enorgullecen como instrumento de propaganda, como una acusación. Querrán transformar su gloria en ignominia, pero no lo permitiremos, porque ustedes les darán una lección de amor a la paz. La justa paz que hemos pactado necesita esa lección de amor.

Las palabras retumbaban secamente en el galpón amarilleado por las lámparas. A su turno, el soldado Cáceres fue separado de su unidad e instalado en su silla de ruedas. Cada cicatriz del cuerpo le palpitaba. El discurso terminó con una exhortación que sonaba como un reproche.

Cuando los sacaron del galpón, todos tenían la cara desencajada, caras de doblemente mutilados. Sin ceremonias, casi con sigilo, el personal de auxilio los empujó hacia otra pista donde esperaban aviones de transporte. Sobre sus sombras panzonas volaban remolinos de nieve polvorienta, y en los remolinos se enredaban órdenes y gritos. Silla tras silla los subieron en los aviones.

Las turbohélices empezaron a girar y el rugido del avión acalló el rugido del viento en la mente del soldado Cáceres. Mientras el transporte carreteaba por la pista, miró hacia el galpón, que temblaba a la luz de las latas de brea. Los hombres del personal de auxilio seguían desenrollando cables.

- ¿Qué hacen con las unidades MUTIL? - preguntó el soldado Cáceres a un suboficial. El suboficial sonrió.

- Nunca hubo unidades MUTIL. Ahora, chicos, volvemos a casa.

El avión despegó y viró trazando un arco sobre la pista. Allá abajo una sombra hizo señas a otra y una secuencia de explosiones despedazó el galpón mientras ellos ascendían. Las llamaradas arrancaron destellos a la nieve arremolinada.

En la cabina penumbrosa, el soldado Cáceres miró a sus compañeros: un Cáceres tras otro, imágenes de un espejo partido. Rezando, preparándose para afrontar la paz.

El héroe es único - Harlan Ellison

    Cort estaba acostado con los ojos cerrados, fingiendo que dormía, desde hacía exactamente una hora después de que ella empezara a roncar. De vez en cuando permitía que sus ojos se abrieran formando pequeñas rendijas para seguir el paso del tiempo en la esfera luminosa del reloj que había dejado en la mesilla. A las cinco en punto de la mañana salió de la cama del motel, que parecía una piscina olímpica, recogió la ropa del enmarañado montón que había en el suelo y se vistió con rapidez en el cuarto de baño. No encendió la luz.

Como no recordaba el nombre de ella, no dejó una nota.
Como no deseaba degradar a la chica, no dejó un billete de veinte dólares en la mesilla.
Como no podía irse con la celeridad que deseaba, sacó el coche del aparcamiento empujándolo y dejó que cobrara impulso por el silencioso solar hasta llegar a la calle. A través de la abierta ventanilla giró el volante, cogió la puerta antes de que el vehículo rodara hacia atrás, se metió y sólo entonces puso en marcha el motor.
 
La Ruta 1 entre Big Sur y Monterrey estaba desierta. La niebla abundaba. En algún punto, a la izquierda, bajo los acantilados, el Pacífico murmuraba amenazas cual viejo enemigo. La niebla se ondulaba en la autopista, conjurando ectoplásmicas formas con las condensadas luces de los faros. La humedad pendía de los grandes y gruesos árboles como plateados recuerdos de tiempos anteriores a la llegada del hombre. La tortuosa carretera de la costa ascendía a través de un terreno que recordó a Cort la selva tropical brasileña: empapado por la niebla y frígido, impenetrable y agresivamente siniestro. Cort aceleró, arriesgándose a que el desastre lo alcanzara. Debía de haber algo más que la amenaza de la selva.
 
Como tenía que haber en su vida algo más que endodoncias, rentas y frottage cargado de culpa a últimas horas de la noche con ojinegras ayudantes de dentista. Algo más que marcos de peltre con diplomas de prestigiosas universidades. Algo más que una esposa de una familia socialmente distinguida y 2,6 hijos aptos para la visión propagandista, perfecta y empalagosa de la juventud norteamericana de un fabricante. Algo más que levantarse todas las mañanas en un mundo que no reservaba sorpresas.
Debía de haber desastre en alguna parte. En la selva, en la niebla, en la noche.
Pero no en la Ruta 1 a las cinco y media. No para él, no en aquel momento.
 
A las seis y media llegó a Monterrey y se dio cuenta de que no había comido desde el mediodía del día anterior, cuando había terminado la terapia de los canales dentales de la señora Udall; tras guardar el torno se quitó la bata, se puso la chaqueta, salió de su despacho sin decir una palabra a Jan y a Alicia, fue al garaje del sótano y partió hacia la costa, huyendo sin pensar en un destino.
No hubo tiempo de cenar cuando ligó con la camarera, y ningún puesto nocturno de pizzas abierto para tomar algo antes de que ella se durmiera. El ácido había empezado a abrirle un agujero en el revestimiento de su estómago por culpa de tanto café y tan poca paz mental.
 
Cort se dirigió al centro turístico de Monterrey y no tuvo problemas para localizar una alargada extensión de espacios de aparcamiento. No había movimiento alguno en las aceras de las tiendas. El sol parecía dispuesto a no salir nunca. La niebla era espesa y húmeda; corrientes de arena movediza fluían alrededor de Cort. Durante un instante el escaparate de una tienda, repleto de lámparas con base de madera flotante destinadas a salas subterráneas de grabación de lowa, se solidificó en el centro de la remolineante niebla; acto seguido desapareció. Pero en ese instante Cort vio su cara en el cristal. Esa noche podía prolongarse el día entero.
 
Cort recorrió atentamente las calles, en busca de algún madrugador local donde pudiera conseguir un wafle con fresas heladas untadas con azucarado jugo. Un huevo frito por un solo lado. Algo agradable en la interminable oscuridad.
Nada abierto. Cort pensó en aquel detalle. ¿Nadie trabajaba temprano en Monterrey? ¿Ningún establecimiento se engalanaba para el asalto de las langostas que era la llegada de quinceañeros con mochilas, corpulentos vendedores de máquinas industriales con carmesíes sombreros a la moda y viudas semíticas de azulado cabello? ¿Se había producido un eclipse? ¿Era aquella la hoyosa, tímida faz de la luna vuelta de lado? ¿Dónde demonios estaba la luz diurna?
 
La niebla pasó junto a Cort, se dividió en fajas un instante. Al final de una callejuela vio una luz. Amarillenta, tan apagada como un pergamino, pálida y timorata. Pero era una luz.
Cort se metió en la callejuela y atisbo a través del azogue en busca de la fuente. Parecía haberse esfumado. Pasó junto a cerradas panaderías, joyerías y bazares con material de escafandrista. Un fantasma en la niebla. Cort comprendió que no sólo se enfrentaba a una ciudad vacía y a las fajas de niebla, sino también a un estado de temor. Gnotobiosis: estado ambiental en que a animales libres de gérmenes se les inoculan trazas de microorganismos conocidos. Miedo.
La luz salió a flote entre las silenciosas y plateadas sombras del océano: y Cort estaba delante mismo de ella. ¿Se había acercado él a la luz, o la luz a él?
Era una librería. Sin letrero. Y en el interior, muchos hombres y mujeres. Todos hojeando libros.
 
Cort permaneció en la oscuridad, inalcanzado por la somera luz de la anónima librería, con la mirada fija en la escena. Una tienda tan pequeña, a hora tan temprana de la mañana, estaba atestada. Hombres y mujeres de pie, casi tocándose unos a otros, todos absortos en el libro que tenían en la mano. Gnotobiosis: Cort notó que el miedo se deslizaba por sus venas y arterias igual que veneno.
Ninguno de los clientes volvía las hojas.
 
De no haber sido por el ligero movimiento de los cuerpos, si nadie se hubiera rascado el labio, parpadeado o movido los pies, si nadie hubiera hundido los hombros, erguido la espalda o mirado alrededor... Cort habría creído que contemplaba maniquíes. Una extraña pero interesante escena para inducir a los transeúntes a entrar y hojear. Estaban vivos, pero no volvían las hojas de los libros que les absorbían. Ni dejaban un libro en su estante para coger otro. Los hombres, las mujeres, todos: fascinados por palabras en el punto donde estaban abiertos los libros.
 
Cort dio media vuelta para alejarse con la máxima rapidez posible.
El coche. Sal a la carretera. Tiene que haber una parada de camiones, un comedor, un restaurante económico, comida para llevar, algo. «He estado aquí otra vez, ¡y esto no es Monterrey!»
Los golpes en el escaparate le detuvieron.
Cort se volvió. La desesperada expresión en la cara de tortuga de la menuda anciana atiesó su espalda. Cort notó que tenía la mano derecha levantada, como puesta entre él y la visión de la vieja. Sacudió la cabeza, no, definitivamente no, pero sin tener la menor idea respecto a qué estaba rechazando.
Ella le hizo gestos para que se quedara con sus arrugadas y pequeñas manos, y pronunció palabras al otro lado del vidrio del escaparate. Las pronunció con gran precisión y las palabras eran éstas:
«Tengo lo que necesita.»
Luego le indicó por gestos que se acercara a la puerta, que entrara: «Tengo lo que necesita».
La esfera luminosa del reloj de pulsera de Cort indicaba las 7.00. Aún era de noche. La niebla seguía descendiendo del bosque de la península de Monterrey.
 
Cort intentó alejarse. San Francisco estaba arriba. El sol debía de estar llameando en Russian Hill, Candlestich Park y Coit Tower. El mundo reservaba sorpresas a pesar de todo. Ahora estás libre, has roto el ciclo, oyó musitar a su futuro. No respondas. Dirígete hacia el sol.
Vio que su mano se alzaba hacia el pomo de la puerta. Entró en la librería.
Todos alzaron los ojos un momento, no denotaron emoción alguna en sus semblantes, la puerta se cerró, siguieron mirando los libros. Cort estaba ya dentro, con ellos.
—Estoy segura de que lo tengo en tapas duras, un ejemplar muy bien conservado —dijo la vieja tortuguilla que era la mujer.
Su sonrisa carecía de dientes. ¿Cómo puede haber niebla aquí dentro?
—Sólo quiero hojear —dijo Cort.
—Sí, claro —repuso ella—. Todos están hojeando.
La anciana le puso una mano en su brazo y Cort se estremeció.
—Hasta que abra algún restaurante.
—"Sí, claro.
Cort tenía dificultades para respirar. Acidez.
—¿Siempre..., siempre hay tanta oscuridad a primeras horas de la mañana?
—Está fuera de estación —dijo ella—. Eche un vistazo. Tengo lo que necesita. Exactamente lo que necesita.
Cort obedeció.
—No busco nada especial.
La vieja caminó junto a él, una mano en su brazo.
—Tampoco lo buscaban ellos. —La anciana señaló con la cabeza el enjambre de hombres y mujeres—. Pero encontraron respuestas aquí. Tengo un surtido magnífico.
Nadie volvía las páginas.
 
Cort miró por encima del hombro de una mujer de edad madura que tenía la vista fija en un libro con grabados de acero en ambas páginas abiertas.
—Su curiosidad —explicó la tortuga— fue excitada por la pregunta: «¿Cómo se creó el primer vampiro?». Un concepto fascinante, ¿no le parece? Si únicamente es posible crear un vampiro a partir de un ser humano normal que recibe el mordisco de un vampiro, ¿cómo nació el primer vampiro? Ella ha encontrado la respuesta aquí, entre mis prodigiosas existencias.
Cort miró el libro. Uno de los grabados en acero reproducía el Arca de Noé.
Pero ¿no significaba eso que tuvo que haber dos a bordo?
La tortuga le obligó a seguir recorriendo las hileras de libros. 
 
Cort se detuvo junto a un joven que llevaba una camiseta muy apretada. Parecía estar agotado por el trabajo. Tenía la cabeza inclinada, tan cerca del libro abierto en sus manos que su arreglado cabello rubio caía sobre sus ojos.
—Durante años ha sentido dolores simpáticos con una persona desconocida —explicó la anciana a modo de confidencia—. Sentía peligro, júbilo, lujuria, desesperación..., nada de ello personal, nada de ello relacionado en forma alguna con sus circunstancias en el momento concreto. Por fin comenzó a comprender que estaba unido a otra persona. Como los hermanos corsos. Pero sus padres le aseguraron que él había nacido solo, que no existía gemelo. El encontró la respuesta en este tomo.
La vieja hizo agitados gestos con sus manos llenas de azuladas venas.
Cort miró más allá de la cabeza y el cabello del joven. Era un libro de historia africana. Había lágrimas en los ojos del joven; había una mancha de humedad en la página par. Cort apartó la mirada rápidamente; no deseaba entremeterse.
 
El siguiente de la hilera era un hombre muy alto, con aspecto de asceta, que sostenía un pliego de papel obviamente escrito con una pluma de ave. Por los rasgos floridos y los remolinees de la escritura, Cort comprendió que el libro debía de ser muy antiguo y seguramente muy valioso. La mujer tortuga se agachó, con la cabeza tocando suavemente el pecho de Cort, y dijo:
—Siglo dieciséis. El primer infolio de Shakespeare. Este caballero pasó buena parte de su vida adulta, y décadas de investigaciones académicas, atormentado por el problema de quién escribió realmente The Booke of Sir Thomas More: el poeta, o su rival, Anthony Munday. Ahí está la respuesta, ante sus ojos. Tengo unas existencias tan magníficas...
 
—¿Por qué este hombre..., por qué ninguna de estas personas pasa las hojas?
—¿Por qué iban a molestarse? Han encontrado la respuesta que buscaban.
—¿Y no desean saber nada más? —Al parecer, no. Interesante, ¿no le parece? Cort pensó que era más estremecedor que interesante. Después, el estremecimiento se aferró permanentemente a su corazón, como una lapa, con la muda pregunta, ¿cuánto tiempo llevan así estos curiosos?
—Aquí hay una mujer que siempre había querido saber si el mal puro existe en todos los lugares de la faz de la tierra. —La mujer en cuestión llevaba una mantilla sobre los hombros, y contemplaba hipnotizada un libro de historia natural—. Este hombre anhelaba poseer una relación completa del contenido de la gran Biblioteca de Alejandría, los temas de ese medio millón de papiros escritos a mano antes de que la biblioteca fuera incendiada en el siglo quinto.
 
Era un hombre macilento y arrugado y en su semblante estaba grabada una expresión de fatiga tan vieja que Cort pensó en Stonehenge. Tenía la mirada clavada en dos hojas con caracteres infinitesimales y Cort no pudo distinguir una sola palabra entre aquellas cagadas de mosca.
—Una mujer que perdió la memoria —dijo la tortuga mientras señalaba con un gesto de su cabeza de tortuga a una hermosa criatura adornada con bufandas de seda de diez colores distintos—. Despertó en un burdel de Marrakech víctima de la trata de blancas, huyó para salvarse, ha pasado años errando por todas partes, intentando descubrir quién es. —La vieja se rió; su risa era suave y cordial—. Ella lo averiguó aquí. El relato completo está en ese libro.
 
Cort se volvió para mirar a la tortuga, apartando la arrugada zarpa de su brazo.
—Y usted «tiene lo que yo necesito», ¿verdad?
—Sí. Tengo lo que necesita. Entre mis magníficas existencias.
—¿Qué es exactamente lo que tiene y que yo necesito? Aquí. Entre sus magníficas existencias.
No le hacía falta que la mujer hablara. Cort sabía exactamente qué iba a decir ella. Ella diría: «Vaya, tengo las respuestas a su búsqueda», y después él se pasearía por la librería sintiéndose superior a los pobres diablos que llevaban allí desde sólo Dios sabía cuánto tiempo. Y finalmente él miraría a la vieja, sonreiría y diría: «Ni siquiera conozco las preguntas», y ambos sonreirían con esa afirmación: él como un idiota porque se trataba de la frase más gastada posible, ella porque sabía que él iba a decir alguna tontería como aquella. Y él se abstendría de excusarse por su fugaz estupidez. Luego formularía la pregunta y la vieja señalaría un estante y contestaría: «El libro que desea está allí», y le sugeriría que mirara tal y tal página para averiguar exactamente lo que deseaba saber: el motivo de su viaje por la costa.
 
Y si, diez mil años más tarde, la kármica esencia de lo único que queda de Suleimán el Magnífico, bendito sea su nombre, Suleimán del potente sello, sultán y señor de los genios de todas las especies: jinns, efrits, iblis...; si esa transustanciada esencia se presenta de nuevo, como se presenta de nuevo el cometa Halley, ese espíritu que aparece como por encanto, recorriendo la carmesí eternidad en su interminable hégira..., si se presenta de nuevo encontrará a Cort (doctor Alexander Cort, dentista cirujano de una cooperativa de odontólogos) todavía de pie en la librería, codo a codo con los otros curiosos. Celacantos perfilados en esquisto, mastodontes repentinamente congelados en hielo, avispas embutidas en ámbar. Gnotobiosis: para siempre.
 
—¿Por qué tengo la sensación de que todo esto no es casualidad? —preguntó Cort a la vieja mujer tortuga. Retrocedió poco a poco hacia la puerta—. ¿Por qué tengo la sensación de que todo esto me esperaba, del mismo modo que esperó al resto de pobres y jodidos perdedores? ¿Por qué huele usted a gardenias podridas, vieja señora?
Casi estaba en la puerta.
La anciana se hallaba en un espacio libre, en el centro de la librería, mirándole fijamente.
—Usted no es distinto, doctor Cort. Necesita las respuestas igual que los demás.
—Quizás una poción amorosa..., una piedra mágica..., inmortalidad..., toda esa jerigonza. He visto lugares como este en películas de televisión. Pero yo no muerdo, vieja señora. No tengo necesidades que usted pueda satisfacer.
Y su mano estaba en el pomo de la puerta; y lo hizo girar; y dio un tirón; y la puerta se abrió a la siniestra niebla y la interminable noche y el bosque que le aguardaba. Y la anciana dijo:
—¿No le gustaría saber cuándo tendrá el mejor instante de
toda su vida?
Y Cort cerró la puerta y se quedó inmóvil con la espalda apoyada en ella. Su sonrisa era enfermiza.
—Bien, me ha cogido —musitó.
—Su momento de máxima felicidad —dijo la vieja en voz baja, sin apenas mover sus finos labios—. De mayor fuerza, de más satisfacción, la cima de su buena forma, de su control, el momento de mayor gallardía, cuando tenga el mejor aspecto y sea sumamente bien considerado por el resto del mundo. Su momento culminante, de mayor impulso, su logro más apetecido, el que configurará el resto de su vida. El instante que jamás volverá a presentarse, aunque viva mil años. Aquí, entre mis magníficas existencias, tengo un tomo que le indicará el día, la hora, el minuto, el segundo de su mejor futuro. Pídalo y es suyo. Tengo lo que necesita.
—¿Y qué me costará?
La anciana abrió su húmeda boca y sonrió. Sus arrugadas manilas quedaron abiertas con las palmas hacia arriba ante ella.
—Pues nada —dijo—. Igual que los demás..., usted sólo quiere hojear, ¿no es cierto?
 
El frío como de lapas que osificaba su columna vertebral indicó a Cort que había cosas peores que tratar con el diablo. Sólo hojear, como ejercicio...
—¿Y bien? —preguntó la vieja, a la espera.
Cort meditó mientras se humedecía los labios, repentinamente secos cuando el momento decisivo estaba a su alcance.
¿Y si se produce dentro de pocos años? ¿Y si tengo poco tiempo para lograr cualquier cosa que siempre quise conseguir? ¿Cómo voy a vivir el resto de mi vida después de esto, sabiendo que nunca estará mejor, que jamás seré más feliz, más rico, más seguro, sabiendo que nunca superaré lo que hice en ese instante? ¿Qué valor tendrá el resto de mi vida?
 
La menuda mujer tortuga apartó con los hombros a dos curiosos, que se separaron perezosamente, como si se dieran la vuelta en la cama, y sacó un libro pequeño y rechoncho de un estante situado a la altura de su cintura. Cort parpadeó con rapidez. No, ella no lo había sacado de los estantes. El libro se había deslizado y había saltado hacia la mano de la vieja. Parecía un viejo minilibro.
La anciana se acercó y le tendió el libro.
—Sólo hojear—dijo húmedamente.
Cort extendió la mano y se detuvo, dobló los dedos. La mujer arqueó los finos bosquejos que eran sus cejas y le ofreció una mirada de diversión, irónica.
—Está terriblemente ansiosa de que yo lea este libro —dijo Cort.
—Estamos aquí para servir al público —dijo ella amistosamente.
—Tengo que hacerle una pregunta. No, dos preguntas. Son dos preguntas que quiero que me responda. Luego consideraré si hojeo sus magníficas existencias.
—Si yo no puedo responderle, cosa que es, al fin y al cabo, nuestro trabajo aquí, entonces estoy convencida de que un libro de mis magníficas existencias contiene la respuesta adecuada. Pero..., coja este libro que necesita, sólo cójalo, y responderé a su pregunta. Preguntas. Dos preguntas. Muy importantes, estoy segura.
 
La anciana le tendió el librito. Cort lo miró. Era un minilibro, de los que había leído siendo niño, con páginas ilustradas alternadas con páginas de texto, con aventuras de héroes de tebeo como Red Ryder, La Sombra o Skippy. A su alcance, la respuesta a la pregunta que todo el mundo desea formular: ¿cuál será el mejor momento de mi vida?
Cort no tocó el libro.
—Yo preguntaré, usted responderá. Entonces me habrá cogido... entonces me dedicaré a hojear.
La anciana se alzó de hombros, como diciendo, «haga lo que prefiera».
Cort pensó: «Haga lo que haga, usted hará su agosto».
—¿Cómo se llama esta librería? —dijo.
La cara de la vieja se crispó. Cort notó una repentina oleada de recuerdos de la infancia, de su primera lectura de un cuento de brujas. La cara de la mujer tortuga adoptó un aire malvado.
—No tiene nombre. Simplemente existe.
—¿Y cómo vamos a encontrarla en las páginas amarillas? —dijo Cort, mofándose de la vieja.
Era obvio que él se encontraba de pronto en situación de fuerza. Aunque no tuviera la menor idea respecto a la fuente de donde fluía esa fuerza.
 
—¡Ningún nombre! ¡Ningún nombre! No nos hace falta nombre. ¡Tenemos una clientela muy selecta! ¡La librería jamás ha tenido nombre! ¡No nos hacen falta nombres! —Su voz, suave como una tortuga, blanda, de chocolate, se había transformado en metal oxidado que araña metal oxidado—. ¡Ningún nombre, no le diré ningún nombre, no voy a mostrarle apestosas etiquetas!
Hizo una pausa para calmar su ira, y en pleno silencio Cort formuló su segunda pregunta.
—¿Qué gana usted con esto? ¿Cuánto le pagan? ¿Dónde está la línea de beneficio mínimo en su gráfica? ¿Qué saca usted de esto, pavorosa señora?
La mujer apretó los labios. Sus llameantes ojos parecían al mismo tiempo viejos y juvenilmente feroces y plateados.
—Clotho —dijo—. Clotho: Libros Raros.
  
Cort no reconoció el nombre, pero por la forma en que ella lo pronunció, supo que le había arrancado un importante secreto. Y lo había hecho, al parecer, porque él era el primero que lo preguntaba. Como cualquiera lo habría hecho, si hubiera preguntado. Y tras haber preguntado y ser respondido, Cort sabía que estaba a salvo de ella.
—Pues bien, dígame, señorita Clotho, o señora Clotho, o lo que sea. Dígame, ¿Qué gana usted con esto? ¿En qué moneda del reino le pagan? Usted se ocupa de esta tienda sobrenatural, atrapa a estos necios, y apuesto que apenas yo me vaya, ¡zas!, todo se esfuma. De vuelta al País de los Ensueños. ¿Qué tipo de vida hogareña lleva? ¿Hace tres comidas diarias? ¿Se cambia el tampax cuando tiene la regla? ¿Tiene aún la regla? ¿O ya ha pasado por la menopausia? ¿Inmortal, quizás? Dígame, extraña señora tortuga, si vive siempre, ¿cambia de vida? ¿Todavía le gusta acostarse con un hombre? ¿Alguna vez lo hizo? ¿Cómo es su caca, firme y dura? ¿Tienen que hacer caca las misteriosas viejas fantásticas que se esfuman con su librería? ¿O quizá no, eh?
—¡No puede hablarme así! —le gritó ella—. ¿Sabe quién soy?
—¡Mierda, no! —le respondió chillando Cort—. ¡No sé quién demonios es usted, y lo que es más importante, me importa un cochino pepino quién es!
 
Los lectores zombies había levantado la cabeza. Parecían angustiados. Como si se hubiera roto un prolongadísimo trance. Pestañeaban furiosamente, se movían sin objeto, parecían... marmotas que salen a examinar sus sombras.
—¡Deje de gritar! —refunfuñó Clotho—. ¡Está poniendo nerviosos a mis clientes!
—¿Quiere decir que estoy despenándolos? ¡Venga, todo el mundo, salgan a tomar el sol! ¡Dense un chapuzón! ¿Por qué están tan quietos? ¿Sabiduría del destino?
—¡Cierre el pico!
—¿Ah, sí? Tal vez lo haga y tal vez no, vieja tortuga. Si responde a mi pregunta, por qué me aguardaba aquí especialmente a mí, es posible que deje a estos papanatas seguir hojeando.
La vieja se acercó a él tanto como pudo sin tocarle, y silbó igual que una serpiente
—¿Usted? —dijo con los dientes apretados—. ¿Por qué piensa que le esperábamos a usted precisamente? Esperamos a todo el mundo. Esta era su oportunidad. Todos tienen una oportunidad, todos tendrán su oportunidad en la tienda del curioseo.
—¿Por qué dice «esperamos»? ¿Se siente imperial?
—Nosotras. Mis hermanas y yo.
—Oh, hay más de una como usted, ¿eh? Una cadena de librerías. Muy agudo. Pero supongo que tendrán sucursales en estos tiempos, con tanta competencia de otras cadenas...
Clotho apretó los dientes. Y por primera vez Cort vio que la vieja tortuga tenía dientes detrás de sus rectos y finos labios.
—Coja este libro o salga de mi tienda —dijo la mujer en un mortífero susurro.
Cort cogió el minilibro de las temblorosas manos de la vieja.
—Nunca había tratado una persona tan vil, tan grosera —refunfuñó Clotho.
—El cliente siempre tiene la razón, querida —dijo Cort.
Y abrió el libro en la página exacta.
 
La página donde leyó cuál sería su mejor momento. El conocimiento que convertiría el resto de su vida en una idea tardía. Un fracasado pasando el tiempo. Una constante caminata montaña abajo.
¿Cuándo se produciría? ¿Dentro de un año? ¿Dos años? ¿Cinco, diez, veinticinco, cincuenta, o en el bendito instante final de la vida, después de haber trepado, trepado y trepado siempre hasta la cumbre? Cort leyó...
Leyó que su mejor momento se produjo cuando tenía diez años. Cuando, en el transcurso de un partido de béisbol en un solar, un partido en el que sólo se podía batear si se echaba fuera a otro jugador, el mejor bateador del barrio consiguió un tremendo golpe dirigido hacia la parte más alejada del centro del campo, donde Cort se veía forzado a jugar siempre (porque se destacaba en este deporte). Él corrió de espaldas, extendió su desnuda mano y milagrosamente, él, el pequeño Alex Cort, saltó todo lo que pudo y el dolor de la desgastada y dura bola al tocar su mano y quedarse en ella fue más dulce que cualquier sensación anterior... o posterior. El momento se revivía en las palabras de la página del terrible libro. Lentamente, poco a poco Cort cayó al suelo, sus pies tocaron tierra y su vista fue hacia su mano, y allí, en la enrojecida y afligida palma, falta de guante de béisbol, estaba la pelota más dura jamás lanzada por un bateador. Alex era el mejor, el amo del mundo, lo más increíble en la faz de la tierra, enorme, intrépido y excelente, el expeno inconmesurable, milagroso; un prodigio, un prodigio andante. Ése fue el mejor momento de su vida.
Cuando tenía diez años.
 
Nada más haría en su vida, nada había hecho entre los diez y los treinta y cinco años, su edad mientras leía el minilibro. Y observó que él, hasta que muriera cuando se agotaran los años que le restaban de vida, no haría nada... nada podría compararse con aquel momento.
 
Cort alzó la cabeza lentamente. Tenía dificultades para ver. Estaba llorando. Clotho le sonreía desagradablemente.
—Tiene suene de que yo no sea como mis hermanas. Ellas reaccionan mucho peor cuando las fastidian.
La vieja se alejó de él. El sonido del minilibro bruscamente cerrado en el mostrador del escaparate detuvo su caminar. Cort dio media vuelta sin pronunciar palabra y se dirigió hacia la puerta. Oyó detrás de él los apresurados pasos de la anciana.
—¿Adonde cree que va?
—Vuelvo al mundo real. —Tenía dificultad para hablar. Las lágrimas le obligaban a expresarse con sollozos y las palabras brotaban ásperamente.
—¡Tiene que quedarse! ¡Todos se quedan!
—Yo no, querida. El héroe es único.
—Todo es inútil. Nunca volverá a conocer la grandeza. Sólo basura, despojos, vacío. No habrá nada tan bueno aunque viva mil años.
Cort abrió la puerta. La niebla continuaba allí. Y la noche. Y la última selva. Cort se detuvo y miró a la vieja.
—Si tengo suerte, no viviré mil años.
Luego cruzó la puerta de «Clotho: Libros Raros» y la cerró con fuerza. La vieja le observó al otro lado del escaparate cuando él se alejó entre la niebla.
Se detuvo de nuevo y se agachó para hablar tan cerca del vidrio como fuera posible. Ella estiró su carilla de tortuga y le oyó decir:
—Lo que queda puede ser solamente el final de una vida de mierda... pero es mi vida de mierda.
 
«Y es la única diversión de la ciudad, querida. El héroe es único.»
Luego Cort se adentró en la niebla, llorando; pero intentando silbar.