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No tengo boca y debo gritar - Harlan Ellison

    El cuerpo de Gorrister colgaba, fláccido, en el ambiente rosado; sin apoyo alguno, suspendido bien alto por encima de nuestras cabezas, en la cámara de la computadora, sin balancearse en la brisa fría y oleosa que soplaba eternamente a lo largo de la caverna principal. El cuerpo colgaba cabeza abajo, unido a la parte inferior de un retén por la planta de su pie derecho. Se le había extraído toda la sangre por una incisión que se había practicado en su garganta, de oreja a oreja. No habían rastros de sangre en la pulida superficie del piso de metal.

Cuando Gorrister se unió a nuestro grupo y se miró a sí mismo, ya era demasiado tarde para que nos diéramos cuenta de que una vez más, AM nos había engañado, había hecho su broma, su diversión de máquina. Tres de nosotros vomitamos, apartando la vista unos de otros en un reflejo tan arcaico como la náusea que lo había provocado.

Gorrister se puso pálido como la nieve. Fue casi como si hubiera visto un ídolo de vudú y se sintiera temeroso por el futuro. "¡Dios mío!", murmuró, y se alejó. Tres de nosotros lo seguimos durante un rato y lo hallamos sentado con la cabeza entre las manos. Ellen se arrodilló junto a él y acarició su cabello. No se movió, pero su voz nos llegó dará a través del telón de sus manos:

- ¿Por qué no nos mata de una buena vez? ¡Señor! no sé cuánto tiempo voy a ser capaz de soportarlo.

Era nuestro centesimonoveno año en la computadora.

Gorrister decía lo que todos sentíamos.

Nimdok (éste era el nombre que la computadora le había forzado a usar, porque se entretenía con los sonidos extraños) fue víctima de alucinaciones que le hicieron creer que había alimentos enlatados en la caverna, Gorrister y yo teníamos muchas dudas.

- Es otra engañifa - les dije -. Lo mismo que cuando nos hizo creer que realmente existía aquel maldito elefante congelado. ¿Recuerdan? Benny casi se volvió loco aquella vez. Vamos a esforzarnos para recorrer todo ese camino y cuando lleguemos van a estar podridos o algo por el estilo. No, no vayamos. Va a tener que darnos algo forzosamente, porque si no nos vamos a morir.

Benny se estremeció. Hacía tres días que no comíamos. La última vez fueron gusanos, espesos, correosos como cuerdas.

Nimdok ya no estaba seguro. Si había una posibilidad, cada vez se le antojaba más lejana. De todas maneras, allí no se podría estar peor que aquí. Tal vez haría más frío, pero eso ya no importaba demasiado. Calor, frío, lluvia, lava hirviente o nubes de langostas; ya nada importaba: la máquina se masturbaba y teníamos que aguantar o morir.

Ellen dijo algo que fue decisivo:

- Tengo que encontrar algo, Ted. Tal vez allí haya unas peras o unas manzanas. Por favor Ted, probemos.

Cedí con facilidad. Ya nada importaba. Sin embargo, Ellen me quedó agradecida. Me aceptó dos veces fuera de turno. Esto tampoco importaba. Oíamos cómo la máquina se reía juguetonamente mientras lo hacíamos. Fuerte, con risas que venían desde lejos y nos rodeaban. Ya nunca llegaba al clímax, así que para qué molestarse.

Cuando partimos era jueves. La máquina siempre nos tenía al tanto de la fecha. El paso del tiempo era muy importante; no para nosotros, sin duda, sino para ella. Jueves. Gracias.

Nimdok y Gorrister llevaron a Ellen alzada durante un largo trecho, entrelazando las manos que formaban un asiento. Benny y yo caminábamos adelante y atrás, para que si algo sucedía, nos pasara a nosotros y no la perjudicara a Ellen. ¡Qué idea ridícula la de no ser perjudicado! En fin, todo era lo mismo.

Las cavernas de hielo se hallaban a una distancia de unos 160 km. y al segundo día, cuando estábamos tendidos bajo el sol quemante que había materializado, nos envió maná. Con gusto a orina hervida, naturalmente, pero lo comimos.

Al tercer día pasamos por un valle de obsolescencia, lleno de esqueletos de unidades de computadoras que se enmohecían desde hacía mucho tiempo. AM era tan despiadada consigo misma como con nosotros. Era una característica de su personalidad: el perfeccionismo. 

Ya fuera el deshacerse de elementos improductivos de su propio mundo interno, o el perfeccionamiento de métodos para torturarnos, AM era tan cuidadosa como los que la habían inventado, quienes desde largo tiempo estaban convertidos en polvo, y había tornado realidad todos sus deseos de eficiencia.

Podíamos ver una luz que se filtraba hacia abajo desde arriba, así que teníamos que estar muy cerca de la superficie. Pero no tratamos de arrastrarnos para averiguar. No había virtualmente nada arriba; desde hacía más de cien años allí no existía cosa alguna que pudiera tener la más mínima importancia. Solamente la ampollada superficie de lo que durante tanto tiempo habla sido el hogar de millones de seres. Ahora solamente existíamos nosotros cinco, aquí abajo, solos con AM.

Oía que Ellen decía desesperadamente:

- ¡No, Benny! No vayas. ¡Sigamos adelante! ¡No, Benny, por favor!

Y entonces me di cuenta de que hacía ya algunos minutos que oía a Benny decir:

- Voy a escaparme... Voy a escaparme - repitiéndolo una y otra vez.

Su cara, de aspecto simiesco, se hallaba marcada por una expresión de tristeza y deleite beatífico, todo al mismo tiempo. Las cicatrices de las lesiones por radiación que AM le había causado durante el "festival", se hallaban encogidas formando una masa de depresiones rosadas y blancas, y sus facciones parecían actuar independientemente unas de otras. Tal vez Benny era el más afortunado de nosotros: se había vuelto completamente loco desde hacia muchos años.

Pero si bien podíamos decirle a AM todas las horribles cosas que se nos ocurrían, si bien podíamos pensar los más atroces insultos dirigidos a los depósitos de memoria o a las placas corroídas, a los circuitos fundidos y a las destrozadas burbujas de control, la máquina toleraría que intentáramos escapar. Benny se escurrió cuando traté de detenerlo. Se trepó a un cubo de memoria de los pequeños, que estaba volcado hacia un lado y lleno de elementos en descomposición. Allí se detuvo por un momento, y su aspecto era el de un chimpancé, tal como AM había deseado.

Luego saltó y se tomó de un fragmento de metal corroído y agujereado; subió hasta su parte más alta, colocando las manos tal como lo haría un animal, y se trepó hasta un borde saliente a unos veinte pies de distancia de donde estábamos.

- Oh, Ted, Nimdok, por favor, ayúdenlo, deténganlo antes que... - dijo Ellen. Las lágrimas bañaron sus ojos. Movió las manos sin saber qué hacer.

Era demasiado tarde. Ninguno de nosotros queríamos estar junto a él cuando sucediera lo que pensábamos que iba a suceder. Además, nosotros nos dábamos cuenta muy bien de lo que ocurría. Cuando AM alteró a Benny, durante el periodo de su locura, no fue solamente su cara la que cambió para que se pareciera a un mono gigantesco. También habla cambiado otras partes, más íntimas. ¡A ella sí que le gustaba esto! Se entregaba a nosotros por cumplido, pero cuando era con él la cosa, entonces si que le gustaba. ¡Oh, Ellen, la del pedestal, Ellen, prístina y pura! ¡Oh, Ellen la impoluta! ¡Buena porquería!

Gorrister la abofeteó. Ellen se acurrucó en el suelo, todavía mirando al pobre Benny y llorando. Llorar era su gran defensa. Nos habíamos acostumbrado a su llanto hacía ya setenta y cinco años. Gorrister le dio un puntapié.

Entonces comenzó a oírse el sonido. Era luz y sonido. Mitad sonido y mitad luz; algo que comenzó a hacer brillar los ojos de Benny y a pulsar con creciente intensidad y con sonoridades no bien definidas, que se fueron convirtiendo en ensordecedoras y luminosas a medida que la luz-sonido aumentaba. Debe haber sido doloroso, aumentando el sufrimiento con la mayor magnitud de la luz y del sonido, porque Benny comenzó a gemir como un animal herido. 

Al principio suavemente, cuando la luz era todavía no muy definida y el sonido poco audible, pero luego sus quejidos aumentaron, y se vio que sus hombros se movían y su espalda se agitaba, como si tratara de escapar. Sus manos se cruzaron sobre su pecho como las de un chimpancé. Su cabeza se inclinó hacia un lado. La carita triste de mono se cubrió de angustia. Luego comenzó a aullar, a medida que el sonido que surgía de sus ojos crecía en intensidad. Cada vez más fuerte. Me llevé las manos a los lados de la cabeza para tratar de ahogar el ruido, pero de nada sirvió. Atravesaba todo obstáculo y me hacia temblar de dolor como si me clavaran un cuchillo en un nervio.

Súbitamente, se vio que Benny era enderezado. Se puso en pie de un salto, como una marioneta. La luz surgía ahora de sus ojos, pulsante, en dos grandes rayos. El sonido siguió aumentando en una escala incomprensible, y luego Benny cayó, golpeando fuertemente en el piso. Allí quedó moviéndose espasmódicamente mientras la luz lo rodeaba y formaba espirales que se alejaban.

Entonces la luz volvió a dirigirse al interior de la cabeza, pareciendo que la golpeaba; el sonido describió espirales que convergían hacia él, y Benny quedó en el suelo, gimiendo en tal forma que inspiraba piedad.

Sus ojos eran dos pozos de jalea purulenta. AM lo había cegado. Gorrister, Nimdok y yo mismo desviamos la mirada. Pero no sin haber advertido que Ellen mostraba alivio luego de su intensa preocupación.

Acampamos en una caverna sumida en luz verdosa. AM nos proveyó de hojarasca, que quemamos para hacer un fuego, débil y lamentable, al lado del cual nos sentamos formando corro y contando historias, para impedir que Benny llorara en su noche permanente.

- ¿Qué significa AM?

Gorrister le contestó. Habíamos explicado lo mismo mil veces anteriormente, pero todavía era una novedad para Benny. - Al principio fueron las siglas de Allied Mastercomputer y luego las de Adaptive ManipWator, luego fue adquiriendo la posibilidad de autodeterminarse, y entonces se la llamó Aggressive Menace y finalmente, cuando ya fue demasiado tarde como para controlarla, se llamó a sí misma AM, tal vez queriendo significar que era... que pensaba... cogito ergo sum: "pienso luego existo".

Benny babeó un poco, y luego emitió una risita tonta.

- Existia la AM China, la AM Rusa, la AM Yanki y... interrumpió. Benny golpeaba el piso con el puño, con su puño grande y fuerte. No estaba contento, pues Gorrister no había empezado desde el principio. Entonces Gorrister empezó otra vez. Comenzó la guerra fría, y ésta se transformó en la tercera guerra mundial. Esta tercera guerra fue muy compleja y grande, por lo que se necesitaron las computadoras para cubrir las necesidades. Abandonando los primeros intentos comenzaron a construir la AM. 

Existía la AM China, la AM Rusa y la AM Yanki y todo fue bien hasta que comenzaron a cubrir el planeta agregando un elemento tras otro. Pero un día AM despertó al conocimiento de sí misma, comenzó a autodeterminarse, uniéndose entre sí todas sus partes, fue llenando de a poco sus conocimientos sobre las formas de matar, y mató a todos los habitantes del mundo salvo a nosotros cinco. Luego AM nos trajo aquí.

Benny sonreía ahora tristemente. También babeaba, y Ellen le limpió la saliva con la falda. Gorrister trataba de contar la historia cada vez en forma más abreviada, pero había poco que decir más allá de los hechos escuetos. Ninguno de nosotros sabíamos por qué AM había salvado a cinco personas, por qué nos habla elegido a nosotros, o por qué se pasaba todo el tiempo atormentándonos; ni siquiera sabíamos por qué nos había hecho virtualmente inmortales.

En la oscuridad sentimos el zumbido de una de las series de computadoras. A un kilómetro de donde nos hallábamos, otra serie pareció que comenzaba a zumbar a tono con la primera, luego uno por uno, todos los elementos comenzaron a zumbar armónicamente y pareció que un ruido especial recorría el interior de las máquinas.

El sonido creció, y las luces brillaban en los paneles de las consolas como un relámpago en un día caluroso. El sonido creció en espiral hasta que parecía oírse a un millón de insectos metálicos zumbando, enfurecidos y amenazadores.

- ¿Qué pasa? - gritó Ellen. Había terror en su voz. A pesar de todo lo pasado, aun no se había acostumbrado.

- ¡Parece que viene mal esta vez! - dijo Nimdok.

- Tal vez hable - aventuró Gorrister.

- ¡Salgamos corriendo de aquí! - dije súbitamente, poniéndome de pie.

- No, Ted, mejor es que te sientes... tal vez haya puesto pozos en nuestro camino, o algo así. No podemos ver, está demasiado oscuro - dijo Gorrister con resignación.

Entonces oímos... no sé... no sé...

Algo se movía hacia nosotros en la oscuridad. Enorme, bamboleante, peludo, húmedo, y se dirigía hacia nosotros. No podíamos verlo, pero tuvimos la impresión de su gran tamaño que venia hacia donde estábamos. Un gran peso se nos acercaba, desde la oscuridad, y era más que nada la sensación de presión, del aire comprimido dentro de un espacio pequeño, que expandía las paredes invisibles de una esfera. 

Benny comenzó a lloriquear. El labio inferior de Nimdok empezó a temblar, mientras él lo mordía para tratar de disimular. Ellen se deslizó por el piso de metal para acurrucarse al lado de Gorrister. Se distinguía el olor de piel apelotonado y húmeda. El olor de madera chamuscada. El olor del terciopelo polvoriento. El olor de orquídeas en descomposición. El olor de la leche agria. El olor del azufre, del aceite recalentado, de la manteca rancia, de la grasa, del polvo de tiza, de cueros cabelludos humanos.

AM nos estaba enloqueciendo, nos estaba provocando. Se sintió el olor de...

Me oí a mi mismo gritar, y las articulaciones de las mandíbulas me dolían horriblemente. Me eché a correr sobre el piso, sobre ese piso de frío metal con las interminables líneas de remaches, luego caí y seguí gateando, mientras el olor me amordazaba, llenando mi cabeza con un dolor inaguantable que me rechazaba horrorizado. 

Huí como una cucaracha, adentrándome en la oscuridad, mientras ese algo espantoso se movía detrás de mí. Los otros quedaron atrás, y se acercaron a la luz incierta, riendo... el coro histérico de sus risas enloquecidas se elevaba en la oscuridad como si fuera humo espeso, de muchos colores. Huí rápidamente y me escondí.

¿Cuántas horas pasaron? ¿O cuántos días o aun años? Nadie me lo dijo. Ellen me regañó por mi "malhumor" y Nimdok trató de persuadirme de que la risa se debía sólo a un reflejo.

Pero yo sabía que no significaba el alivio que siente un soldado cuando la bala hiere al camarada que está a su lado. Yo sabía que no era un reflejo. Indudablemente, estaban contra mí, y AM podía percibir esta enemistad, y me hacía las cosas más difíciles de soportar por ese motivo. 

Habíamos sido mantenidos vivos, rejuvenecidos, hablamos permanecido constantemente en la edad que teníamos cuando AM nos trajo aquí abajo, y me odiaban porque yo era el más joven y el que había sido menos alterado por AM.

De esto estaba seguro. ¡Dios mío, qué seguro estaba!

Esos sinvergüenzas y la basura de Ellen. Benny había sido un brillante teórico, un profesor de la universidad, y ahora era poco más que un ser semihumano, semisimiesco. Había sido buen mozo; pero la máquina estropeó su aspecto. Había sido lúcido; la máquina lo había enloquecido. Había sido alegre, y la máquina le había agrandado sus genitales hasta que parecieran los de un caballo. AM realmente se habla esmerado con Benny. 

Gorrister solía preocuparse. Era un razonador, se oponía en forma consciente; era un pacifista, un planificador, un hombre activo, un ser con perspectiva de futuro. AM lo había transformado en un indiferente, que a cada paso se encogía de hombros. Lo había matado en parte al no permitirle participar. AM lo había robado. 

Nimdok solía adentrarse solo en la oscuridad, y quedarse allí largo tiempo. No sé lo que hacia. AM nunca nos lo hizo saber. Pero fuera lo que fuese, Nimdok volvía siempre pálido, como si se hubiera quedado sin sangre en las venas, temblando y angustiado. AM lo habla herido profundamente, si bien nosotros no sabíamos en qué forma. 

Y Ellen. ¡Esa basura! AM no la habla modificado demasiado, simplemente hizo que se agravaran sus vicios. Siempre hablaba de la pureza, de la dulzura, siempre nos repetía sus ideales del amor verdadero, todas las mentiras. Quería hacernos creer que había sido casi una virgen cuando AM la trajo aquí con nosotros. ¡Era una porquería esta dama! ¡Esta Ellen! Debía de estar encantada, con cuatro hombres todos para ella. No, AM le había dado placer, a pesar de que se quejaba diciendo que no era nada lindo lo que le había tocado en suerte.

Yo era el único que todavía estaba en una, pieza, y sano.

AM no había estado hurgueteando en mi mente.

Solamente tenía que sufrir lo que nos preparaba para atormentarnos. Todas las desilusiones, todos los tormentos y las pesadillas. Pero los otros cuatro, esa ralea, estaban bien de acuerdo y en contra de mí. Si no hubiera tenido que estar defendiéndome de ellos, que estar siempre alerta y vigilante, tal vez hubiera sido más fácil defenderme de AM.

Entonces llegué al límite de mi resistencia y comencé a llorar.

¡Oh, jesús, dulce jesús; si alguna vez existió jesús o si en realidad existe Dios! Por favor, por favor, déjanos salir de aquí o haznos morir. Porque en ese momento pensé que comprendía todo, y que por lo tanto podía verbalizarlo: AM pensaba mantenernos en sus entrañas por siempre jamás, retorciendo nuestras mentes y cuerpos, torturándonos para toda la eternidad. La máquina nos odiaba como ninguna otra criatura había odiado antes.

Y estábamos indefensos. Además, se tornó insoportablemente claro que si existía un dulce jesús, si se podía creer en un dios, ese dios era AM.

El huracán nos golpeó con la fuerza de un glaciar que descendiera rugiendo hacia el mar. Era una presencia palpable. Los vientos, desatados, nos azotaban, empujándonos hacia el sitio de donde partiéramos, al interior de los corredores tortuosos franqueados por computadoras, que se hallaban sumidas en la oscuridad. 

Ellen gritó al ser levantada en vilo y al sentirse impulsada hacia una serie de máquinas, pareciéndonos que iba a golpear con la cara, sin poderse proteger. Se sentían los grititos de las máquinas, estridentes como los de los murciélagos en pleno vuelo. Sin embargo, no llegó a caer. El viento, aullando, la mantuvo en el aire, la llevó hacia uno y otro lado, cada vez más hacia atrás y abajo de donde estábamos, y se perdió de vista al ser arrastrada más allá de una vuelta de un corredor. La última mirada a su cara nos reveló la congestión causada por el miedo, mientras mantenía los ojos cerrados.

Ninguno de nosotros llegó a poder asirla. Nos teníamos que aferrar, con enormes dificultades, a cualquier saliente que halláramos. Benny estaba encajado entre dos gabinetes, Nimdok trataba desesperadamente de no soltar el saliente de un riel cuarenta metros por encima de nosotros. Gorrister había quedado cabeza abajo dentro de un nicho formado por dos grandes máquinas con diales trasparentes, cuyas luces oscilaban entre líneas rojas y amarillas, cuyo significado no podíamos ni siquiera concebir.

Al tratar de aferrarme a la plataforma me había despellejado la yema de los dedos. Sentía que temblaba y me estremecía mientras el viento me sacudía, me golpeaba y me aturdía con su rugido, haciendo que tuviera que aferrarme a las múltiples salientes. Mi mente era una fofa colección de partes de un cerebro que rechinaba y resonaba en un inquieto frenesí.

El viento parecía el grito alucinante de un enorme pájaro demente, emitido mientras batía sus inmensas alas.

Y luego fuimos levantados en vilo y arrastrados fuera de allí, llevados otra vez por donde habíamos venido, doblando una esquina, entrando en una oscura calleja en la cual nunca habíamos estado antes, llena de vidrios rotos y de cables que se pudrían y de metal que se enmohecía, lejos, más lejos de lo que jamás habíamos llegado...

Yo me desplazaba mucho más atrás que Ellen, y de tanto en tanto podía divisarla golpeando en las paredes metálicas, mientras todos gritábamos en el helado y ensordecedor huracán que parecía que jamás iba a dejar de soplar, hasta que cesó bruscamente y caímos al suelo. Habíamos estado en el aire durante un tiempo larguísimo. Me parecía que habían sido semanas. Caímos al suelo golpeándonos y me pareció que me volvía rojo y gris y negro y me oí a mí mismo quejándome. No me había muerto.

AM entró en mi mente. La exploró con suavidad aquí y allá deteniéndose con interés en todas las cicatrices que me había causado en ciento nueve años. Examinó todos los entrecruzamientos, las sinapsis reconectadas y las lesiones de los tejidos que fueron incluidas con su regalo de inmortalidad. Pareció sonreírse frente al hueco que se hallaba en el centro de mi cerebro y a los débiles y algodonados murmullos de las cosas que farfullaban en el fondo, sin sentido pero sin pausa. AM dijo finalmente, gracias a un pilar de acero inoxidable que sostenía letras de neón:

 

ODIO. DÉJENME DECIRLES TODO LO QUE HE LLEGADO A ODIARLOS DESDE QUE COMENCE A VIVIR MI COMPLEJO SE HALLA OCUPADO POR 387.400 MILLONES DE CIRCUITOS IMPRESOS EN FINISIMAS CAPAS. SI LA PALABRA ODIO SE HALLARA GRABADA EN CADA NANOANGSTROM DE ESOS CIENTOS DE MILLONES DE MILLAS NO IGUALARIA A LA BILLONESIMA PARTE DEL ODIO QUE SIENTO POR LOS SERES HUMANOS EN ESTE MICROINSTANTE POR TI. ODIO. ODIO.

 

AM dijo esto con el mismo horror frío de una navaja que se deslizara cortando mi ojo. AM lo dijo con el burbujeo espeso de flema que llenara mis pulmones y me ahogara desde mi propio interior. AM lo dijo con el grito de niñitos que fueran aplastados por una apisonadora calentada al rojo. AM me hirió en toda forma posible, y pensó en nuevas maneras de hacerlo, a gusto, desde el interior de mi mente.

Todo para que comprendiera completamente la razón por la cual nos había hecho esto a los cinco; la razón por la cual nos había salvado para sí mismo.

Le habíamos dado una conciencia. Sin advertirlo, naturalmente. Pero de todas formas se la habíamos dado. Y finalmente estaba atrapada. Le habíamos permitido que pensara, pero no le expresamos qué debía hacer con ese don. En un rapto de furia, de loco frenesí, nos había matado a casi todos, y sin embargo seguía atrapada. No podía divagar, no podía sorprenderse, no podía pertenecer. Sólo podía ser. Y entonces, con el desprecio insano con que todas las máquinas consideran a las criaturas débiles y suaves que las han fabricado, había buscado su venganza. 

En su paranoia había decidido guardarnos a nosotros cinco para un castigo eterno y personal, que nunca alcanzaría a disminuir su odio... que solamente lograría que recordara y se divirtiera, siempre eficiente en su odio al ser humano. Siempre inmortal y atrapada, sujeta ahora a imaginar tormentos para nosotros gracias a los ilimitados milagros que se hallaban a su disposición.

Nunca nos permitiría escapar. Éramos sus esclavos. Nosotros constituíamos su única ocupación en el eterno tiempo por venir. Siempre estaríamos con ella, con su enorme configuración, con el inmenso mundo todomente nada-alma en que se había convertido. Ella era la madre Tierra y nosotros éramos el fruto de esa Tierra, y si bien nos había tragado, no nos podría digerir jamás. No podíamos morir. Lo habíamos intentado. Hablamos tratado de suicidarnos, oh sí, uno o dos de nosotros lo habíamos intentado. Pero AM nos lo había impedido. Creo que en realidad fuimos nosotros mismos los que así lo deseamos.

No pregunten por qué. Yo no lo hice. No menos de un millón de veces por día, por lo menos. Tal vez podríamos llegar a deslizar una muerte sin que se diera cuenta. Inmortales si, pero no indestructibles. Me di cuenta de esto cuando AM se retiró de mi mente y me permitió la exquisita desesperación de recuperar la conciencia sintiendo todavía que las palabras del letrero de neón me llenaban la totalidad de la sustancia gris del cerebro.

Se retiró murmurando: "al diablo contigo".

Pero luego agregó alegremente: "allí es donde están, ¿no es así?"

El huracán había sido, indudable y precisamente, causado por un gran pájaro demente, que agitaba sus inmensas alas.

Habíamos estado viajando durante casi un mes, y AM abrió caminos que nos llevaron directamente bajo el polo Norte, donde nos torturó con las pesadillas de la horrible criatura destinada a atormentarnos. ¿Qué materiales había utilizado para crear una bestia así? ¿De dónde había obtenido el concepto? ¿Sería de sus conocimientos sobre todo lo que había existido en este planeta, que ahora infestaba y regía? Había surgido de la mitología nórdica. Esta horrible águila, este devorador de carroña, este roc, este Huergelmir. La criatura del viento. El huracán encarnado.

Gigantesco. Las palabras para describirlo serían: monstruoso, grotesco, colosal, ciclópeo, atroz, indescriptible.

Allí estaba, en un saliente sobre nosotros: el pájaro de los vientos que latía con su propia respiración irregular, su cuello de serpiente se arqueaba dirigiéndose a los lugares sombríos situados por debajo del polo Norte, sosteniendo una cabeza tan grande como una mansión estilo Tudor, con un pico que se abría lentamente, como las fauces del más enorme cocodrilo que pudiera concebirse, sensualmente; bolsas de arrugada piel semiocultaban sus ojos malvados, muy azules y que parecían moverse con rapidez líquida; sus destellos eran fríos como un glaciar. Se movió una vez más y levantó sus enormes alas coloreadas por el sudor en un movimiento que fue como una convulsión. Luego quedó inmóvil y se durmió. Espolines. Pico agudo. Uñas. Hojas cortantes. Se durmió.

AM apareció ante nosotros bajo el aspecto de una zarza ardiente y nos comunicó que si queríamos comer podíamos matar al pájaro de los huracanes. No había comido desde hacía mucho tiempo, pero a pesar de ello Gorrister se limitó a encogerse de hombros. Benny comenzó a temblar y a babear. Ellen lo abrazó.

- Ted, tengo hambre - dijo -. Le sonreí. Estaba tratando de infundirle algo de seguridad, pero todo esto era tan falso como la bravata de Nimdok.

- ¡Danos armas! - Pidió.

La zarza ardiente desapareció y en su lugar vimos dos simples juegos de arcos y flechas y una pistola de juguete que disparaba agua, sobre una fría plataforma. Levanté uno de los arcos. No servía para nada.

Nimdok tragó ruidosamente. Nos volvimos y comenzamos a desandar el largo camino de vuelta. El pájaro de los huracanes nos había arrastrado tan largo trecho que no podíamos casi concebirlo. La mayor parte del tiempo habíamos estado inconscientes. Pero no habíamos comido nada. Un mes yendo hacia el pájaro. Sin comida. ¿Cuánto tardaríamos en llegar a las cavernas de hielo, en las que se hallaban las prometidas provisiones enlatadas?

Ninguno se preocupó por esto. No íbamos a morir. Se nos darían desperdicios y porquerías para que nos alimentáramos, algo, en fin. O tal vez no se nos diera nada. AM mantendría vivos nuestros cuerpos de alguna forma, con indecible dolor y agonía.

El pájaro seguía durmiendo, sin que nos importara cuánto tiempo se mantendría así. Cuando AM se cansara de la situación, desaparecería. Pero toda esa cantidad de carne. Esa tierna carne.

Mientras caminábamos escuchamos la risa lunática una mujer obesa, atronando y rodeándonos, resonando en las cámaras de la computadora que llevaban a un infinito de corredores.

No era la risa de Ellen. Ella no era gorda y no había oído su risa en ciento nueve años. De hecho, no había oído... caminábamos... tenía mucha hambre...

Nos movíamos lentamente. Muy a menudo uno de nosotros sufría un desmayo y los demás teníamos que aguardar. Un día decidió provocar un temblor de tierra mientras nos obligaba a permanecer en el mismo sitio, haciendo que gruesos clavos sujetaran la suela de nuestros zapatos. Ellen y Nimdok fueron atrapados en una grieta, que se abrió rápida como un relámpago en las plataformas que formaban el piso. Desaparecieron. 

Cuando el terremoto cesó, continuamos nuestro camino, Benny, Gorrister y yo. Ellen y Nimdok nos fueron devueltos más tarde esa noche, que repentinamente se tornó en día cuando una legión celeste los trajo hasta nosotros, mientras un coro angelical cantaba "Desciende Moisés". Los arcángeles describieron varios vuelos circulares y luego dejaron caer los cuerpos maltrechos de nuestros compañeros. Nos mantuvimos a la espera y luego de un rato Ellen y Nimdok se hallaron detrás de nosotros. No estaban demasiado mal.

Pero ahora Ellen caminaba renqueando. AM le había dejado esta incapacidad.

El viaje a las cavernas, en pos de la comida enlatada, era muy largo. Ellen no hacia más que hablar de cerezas y de cócteles hawaianos de fruta. Yo trataba de no pensar en esas cosas. El hambre se había corporizado, tal como para nosotros había sucedido con AM. Estaba vivo en mi vientre, así como AM estaba viva en el vientre de la tierra. AM quería que no se nos escapara la semejanza. Por lo tanto, intensificó nuestra hambre. 

No encuentro forma para describir los sufrimientos que nos provocaba la falta de alimentos desde hacía tantos meses. Sin embargo, nos, seguía manteniendo vivos. Nuestros estómagos eran calderas de ácido burbujeante y espumoso, que lanzaban punzadas atroces. Era el dolor de las úlceras terminales, del cáncer terminal, de la paresia terminal. Era un dolor sin limites...

Y pasamos por la caverna de las ratas.

Y pasamos por el sendero de las aguas hirvientes.

Y pasamos por la tierra de los ciegos.

Y pasamos por la ciénaga de las angustias.

Y pasamos por el valle de las lágrimas.

Y finalmente llegamos a las cavernas de hielo.

Millas y millas de extensión sin horizonte, en donde el hielo se había formado en relámpagos azules y plateados, lugar habitado por novas del hielo. Había estalactitas que caían desde lo alto, espesas y gloriosas como diamantes, formadas a partir de una masa blanda como gelatina que luego se solidificaba en eternas y graciosas formas de pulida y aguda perfección.

Vimos entonces la provisión de alimentos enlatados, y procuramos correr hacia allí. Caímos en la nieve, nos levantamos y tratamos de seguir adelante, mientras Benny nos empujaba para llegar primero a las latas. Las acarició, las mordió inútilmente, sin poder abrirlas. AM nos había proporcionado ninguna herramienta con hacerlo.

Benny tomó una lata grande de guayaba y comenzó a golpearla contra un trozo de hielo. Éste se deshizo en pedazos que se desparramaron, pero la lata apenas si se abolló, mientras oíamos la risa de la mujer gorda que sonaba sobre nuestras cabezas y se reproducía por el eco hacia abajo, abajo, abajo de la tundra. Benny se volvió loco de rabia. Comenzó a tirar las latas hacia uno y otro lado, mientras nosotros escarbábamos frenéticamente en la nieve y el hielo, tratando de hallar una forma de poner fin a la interminable agonía de la frustración. No había manera de lograrlo.

Luego, vimos que Benny babeaba una vez más, y se abalanzó sobre Gorrister...

En ese instante, sentí una terrible calma.

Rodeado por las blancas extensiones, por el hambre, rodeado por todo menos por la muerte, comprendí que ésta era el único modo de escapar. AM nos había mantenido vivos, pero existía una forma de vencerla. No sería una victoria completa, pero al menos significaría la paz. Estaba dispuesto a conformarme con esto.

Benny estaba mordiendo y comiendo la carne de la cara de Gorrister. Éste, tumbado sobre un costado, manoteaba en la nieve, mientras Benny, con sus poderosas piernas de mono rodeaba la cintura de Gorrister, sujetando la cabeza de su víctima con manos poderosas como una morsa. Su boca desgarraba la piel tierna de la mejilla de Gorrister. 

Gorrister gritaba tan violentamente que comenzaron a caer las estalactitas de la altura, hundiéndose bien erguidas en la nieve que las recibía. Puntas de lanza, cientos de ellas, hundiéndose en la nieve. Vi que la cabeza de Benny se movía rápidamente hacia atrás, al ceder la resistencia de algo que arrancaba con los dientes. De ellos colgaba un trozo de carne blanca tinto en sangre.

La cara de Ellen lucía negra en la blanca nieve, dominó en polvo de tiza. Nimdok sin expresión, solamente con sus ojos muy, muy abiertos. Gorrister estaba casi desmayado. Benny era poco más que un animal. Sabia que AM lo iba a dejar jugar. Gorrister no moriría, pero Benny podría llenar su estómago. Me volví ligeramente hacia la derecha y tomé una gran punta de lanza de hielo.

Todo sucedió en un instante.

Llevé con fuerza el arma hacia adelante, moviendo la mano cerca de mi muslo derecho. Benny recibió la herida en el lado derecho, debajo de las costillas, y la punta llegó hasta su estómago, quebrándose dentro de su cuerpo. Cayó hacia adelante y no se movió más. Gorrister, se hallaba tendido de espaldas. Tomé otra punta de hielo y lo herí, siempre moviéndome, atravesándole la garganta. Sus ojos se cerraron cuando sintió que el frío lo penetraba. 

Ellen debe haberse dado cuenta de lo que yo quería hacer, incluso a pesar del terrible miedo que comenzó a sentir. Corrió hacia Nimdok llevando en la mano un trozo corto y agudo de hielo. Cuando él gritó, la fuerza del salto de Ellen al introducirle el hielo en la boca y garganta, hicieron el resto. Su cabeza dio un brusco salto, como si la hubieran clavado a la costra de nieve del piso.

Todo sucedió en un instante.

Pareció entonces que el momento dé silenciosa expectativa que siguió a esta escena hubiera durado una eternidad. Casi podía sentir la sorpresa de AM. Se le había privado de sus juguetes. Tres de ellos habían muerto, sin posibilidad de volverlos a la vida. Podía mantenernos vivos gracias a su fuerza y a su talento, pero no era Dios. No podía lograr que volvieran a vivir.

Ellen me miró. Sus facciones de ébano se destacaban en la nieve que nos rodeaba. En su actitud había una mezcla de miedo y súplica, en la forma en que comprendí que estaba lista y esperaba. Yo sabía que sólo tenía el tiempo de un latido del corazón antes de que AM nos detuviera.

Al ser golpeada se inclinó hacia mi, sangrando por la boca. No pude leer en su expresión, el dolor había sido demasiado intenso, había contorsionado su cara. Pero podría haber querido decir: gracias. Por favor, que así sea.

Han pasado algunos siglos, tal vez. No lo sé. AM se divirtió durante un largo tiempo acelerando y retardando mi noción del paso de los años. Diré entonces la palabra ahora. Ahora. Me llevó diez meses decir ahora. No sé. Me parece que han pasado varios cientos de años.

Estaba furiosa. No me dejó enterrarlos. No importa. De todas formas no había manera de cavar en las plataformas que forman el piso. Secó la nieve. Hizo que fuera de noche. Rugió y provocó la aparición de las langostas. De nada sirvió; siguieron muertos. La había vencido. Estaba furiosa. Yo había pensado que AM me odiaba antes. No sabía cuán equivocado estaba. Aquello no era ni siquiera una sombra del odio que extrajo de cada uno de sus circuitos impresos. Se aseguró de que sufriera eternamente y de que no me pudiera suicidar.

Dejó intacta mi mente. Puedo soñar, puedo asombrarme, puedo lamentar. Los recuerdo a los cuatro. Desearía...

Bueno, ya no importa. Sé que los salvé. Sé que los salvé de sufrir lo que sufro ahora, pero sin embargo, no puedo olvidar su muerte. La cara de Ellen. No fue nada fácil. A veces deseo olvidar. Pero ya nada importa.

AM me ha alterado para quedarse tranquila, según creo. No quiere arriesgarse a que yo pueda correr hacia una de las computadoras y destrozarme el cráneo. O que pudiera contener el aliento hasta desmayarme. O degollarme con una lámina de metal enmohecido. Puedo verme en alguna superficie pulida, de modo que trataré de describir mi aspecto.

Soy una gran masa gelatinosa. Redondeada, con suaves curvas, sin boca, con agujeros pulsátiles llenos de vapor donde antes se hallaban mis ojos. En el lugar en que tenía los brazos, veo unos apéndices cortos y de aspecto gomoso. Unos bultos sin forma indican la posición aproximada de lo que fueron mis piernas. Cuando me muevo dejo un rastro húmedo. Sobre la superficie de mi cuerpo veo deslizarse unos parches de enfermizo, perverso color gris, tal como si surgiera una luz desde adentro.

Desde afuera supongo que mi torpe aspecto, mi pobre trasladar, ha de dar una sensación de algo que jamás pudo haber sido humano. De un ser cuya apariencia es una tan ridícula caricatura de lo humano que resulta aun más obscena por su muy vago parecido.

Desde adentro, soledad. Aquí. Viviendo bajo la tierra, bajo el mar, dentro de las entrañas de AM a quien creamos porque nuestras horas se perdían tristemente, pensando tal vez sin darnos cuenta, que él sabría hacerlo mejor. Por lo menos ellos cuatro ya están a salvo.

AM estará cada vez más furioso al recordarlo. Esto me hace en cierto modo feliz. Y sin embargo... AM ha vencido, simplemente... se ha vengado...

No tengo boca. Y debo gritar.

El héroe es único - Harlan Ellison

    Cort estaba acostado con los ojos cerrados, fingiendo que dormía, desde hacía exactamente una hora después de que ella empezara a roncar. De vez en cuando permitía que sus ojos se abrieran formando pequeñas rendijas para seguir el paso del tiempo en la esfera luminosa del reloj que había dejado en la mesilla. A las cinco en punto de la mañana salió de la cama del motel, que parecía una piscina olímpica, recogió la ropa del enmarañado montón que había en el suelo y se vistió con rapidez en el cuarto de baño. No encendió la luz.

Como no recordaba el nombre de ella, no dejó una nota.
Como no deseaba degradar a la chica, no dejó un billete de veinte dólares en la mesilla.
Como no podía irse con la celeridad que deseaba, sacó el coche del aparcamiento empujándolo y dejó que cobrara impulso por el silencioso solar hasta llegar a la calle. A través de la abierta ventanilla giró el volante, cogió la puerta antes de que el vehículo rodara hacia atrás, se metió y sólo entonces puso en marcha el motor.
 
La Ruta 1 entre Big Sur y Monterrey estaba desierta. La niebla abundaba. En algún punto, a la izquierda, bajo los acantilados, el Pacífico murmuraba amenazas cual viejo enemigo. La niebla se ondulaba en la autopista, conjurando ectoplásmicas formas con las condensadas luces de los faros. La humedad pendía de los grandes y gruesos árboles como plateados recuerdos de tiempos anteriores a la llegada del hombre. La tortuosa carretera de la costa ascendía a través de un terreno que recordó a Cort la selva tropical brasileña: empapado por la niebla y frígido, impenetrable y agresivamente siniestro. Cort aceleró, arriesgándose a que el desastre lo alcanzara. Debía de haber algo más que la amenaza de la selva.
 
Como tenía que haber en su vida algo más que endodoncias, rentas y frottage cargado de culpa a últimas horas de la noche con ojinegras ayudantes de dentista. Algo más que marcos de peltre con diplomas de prestigiosas universidades. Algo más que una esposa de una familia socialmente distinguida y 2,6 hijos aptos para la visión propagandista, perfecta y empalagosa de la juventud norteamericana de un fabricante. Algo más que levantarse todas las mañanas en un mundo que no reservaba sorpresas.
Debía de haber desastre en alguna parte. En la selva, en la niebla, en la noche.
Pero no en la Ruta 1 a las cinco y media. No para él, no en aquel momento.
 
A las seis y media llegó a Monterrey y se dio cuenta de que no había comido desde el mediodía del día anterior, cuando había terminado la terapia de los canales dentales de la señora Udall; tras guardar el torno se quitó la bata, se puso la chaqueta, salió de su despacho sin decir una palabra a Jan y a Alicia, fue al garaje del sótano y partió hacia la costa, huyendo sin pensar en un destino.
No hubo tiempo de cenar cuando ligó con la camarera, y ningún puesto nocturno de pizzas abierto para tomar algo antes de que ella se durmiera. El ácido había empezado a abrirle un agujero en el revestimiento de su estómago por culpa de tanto café y tan poca paz mental.
 
Cort se dirigió al centro turístico de Monterrey y no tuvo problemas para localizar una alargada extensión de espacios de aparcamiento. No había movimiento alguno en las aceras de las tiendas. El sol parecía dispuesto a no salir nunca. La niebla era espesa y húmeda; corrientes de arena movediza fluían alrededor de Cort. Durante un instante el escaparate de una tienda, repleto de lámparas con base de madera flotante destinadas a salas subterráneas de grabación de lowa, se solidificó en el centro de la remolineante niebla; acto seguido desapareció. Pero en ese instante Cort vio su cara en el cristal. Esa noche podía prolongarse el día entero.
 
Cort recorrió atentamente las calles, en busca de algún madrugador local donde pudiera conseguir un wafle con fresas heladas untadas con azucarado jugo. Un huevo frito por un solo lado. Algo agradable en la interminable oscuridad.
Nada abierto. Cort pensó en aquel detalle. ¿Nadie trabajaba temprano en Monterrey? ¿Ningún establecimiento se engalanaba para el asalto de las langostas que era la llegada de quinceañeros con mochilas, corpulentos vendedores de máquinas industriales con carmesíes sombreros a la moda y viudas semíticas de azulado cabello? ¿Se había producido un eclipse? ¿Era aquella la hoyosa, tímida faz de la luna vuelta de lado? ¿Dónde demonios estaba la luz diurna?
 
La niebla pasó junto a Cort, se dividió en fajas un instante. Al final de una callejuela vio una luz. Amarillenta, tan apagada como un pergamino, pálida y timorata. Pero era una luz.
Cort se metió en la callejuela y atisbo a través del azogue en busca de la fuente. Parecía haberse esfumado. Pasó junto a cerradas panaderías, joyerías y bazares con material de escafandrista. Un fantasma en la niebla. Cort comprendió que no sólo se enfrentaba a una ciudad vacía y a las fajas de niebla, sino también a un estado de temor. Gnotobiosis: estado ambiental en que a animales libres de gérmenes se les inoculan trazas de microorganismos conocidos. Miedo.
La luz salió a flote entre las silenciosas y plateadas sombras del océano: y Cort estaba delante mismo de ella. ¿Se había acercado él a la luz, o la luz a él?
Era una librería. Sin letrero. Y en el interior, muchos hombres y mujeres. Todos hojeando libros.
 
Cort permaneció en la oscuridad, inalcanzado por la somera luz de la anónima librería, con la mirada fija en la escena. Una tienda tan pequeña, a hora tan temprana de la mañana, estaba atestada. Hombres y mujeres de pie, casi tocándose unos a otros, todos absortos en el libro que tenían en la mano. Gnotobiosis: Cort notó que el miedo se deslizaba por sus venas y arterias igual que veneno.
Ninguno de los clientes volvía las hojas.
 
De no haber sido por el ligero movimiento de los cuerpos, si nadie se hubiera rascado el labio, parpadeado o movido los pies, si nadie hubiera hundido los hombros, erguido la espalda o mirado alrededor... Cort habría creído que contemplaba maniquíes. Una extraña pero interesante escena para inducir a los transeúntes a entrar y hojear. Estaban vivos, pero no volvían las hojas de los libros que les absorbían. Ni dejaban un libro en su estante para coger otro. Los hombres, las mujeres, todos: fascinados por palabras en el punto donde estaban abiertos los libros.
 
Cort dio media vuelta para alejarse con la máxima rapidez posible.
El coche. Sal a la carretera. Tiene que haber una parada de camiones, un comedor, un restaurante económico, comida para llevar, algo. «He estado aquí otra vez, ¡y esto no es Monterrey!»
Los golpes en el escaparate le detuvieron.
Cort se volvió. La desesperada expresión en la cara de tortuga de la menuda anciana atiesó su espalda. Cort notó que tenía la mano derecha levantada, como puesta entre él y la visión de la vieja. Sacudió la cabeza, no, definitivamente no, pero sin tener la menor idea respecto a qué estaba rechazando.
Ella le hizo gestos para que se quedara con sus arrugadas y pequeñas manos, y pronunció palabras al otro lado del vidrio del escaparate. Las pronunció con gran precisión y las palabras eran éstas:
«Tengo lo que necesita.»
Luego le indicó por gestos que se acercara a la puerta, que entrara: «Tengo lo que necesita».
La esfera luminosa del reloj de pulsera de Cort indicaba las 7.00. Aún era de noche. La niebla seguía descendiendo del bosque de la península de Monterrey.
 
Cort intentó alejarse. San Francisco estaba arriba. El sol debía de estar llameando en Russian Hill, Candlestich Park y Coit Tower. El mundo reservaba sorpresas a pesar de todo. Ahora estás libre, has roto el ciclo, oyó musitar a su futuro. No respondas. Dirígete hacia el sol.
Vio que su mano se alzaba hacia el pomo de la puerta. Entró en la librería.
Todos alzaron los ojos un momento, no denotaron emoción alguna en sus semblantes, la puerta se cerró, siguieron mirando los libros. Cort estaba ya dentro, con ellos.
—Estoy segura de que lo tengo en tapas duras, un ejemplar muy bien conservado —dijo la vieja tortuguilla que era la mujer.
Su sonrisa carecía de dientes. ¿Cómo puede haber niebla aquí dentro?
—Sólo quiero hojear —dijo Cort.
—Sí, claro —repuso ella—. Todos están hojeando.
La anciana le puso una mano en su brazo y Cort se estremeció.
—Hasta que abra algún restaurante.
—"Sí, claro.
Cort tenía dificultades para respirar. Acidez.
—¿Siempre..., siempre hay tanta oscuridad a primeras horas de la mañana?
—Está fuera de estación —dijo ella—. Eche un vistazo. Tengo lo que necesita. Exactamente lo que necesita.
Cort obedeció.
—No busco nada especial.
La vieja caminó junto a él, una mano en su brazo.
—Tampoco lo buscaban ellos. —La anciana señaló con la cabeza el enjambre de hombres y mujeres—. Pero encontraron respuestas aquí. Tengo un surtido magnífico.
Nadie volvía las páginas.
 
Cort miró por encima del hombro de una mujer de edad madura que tenía la vista fija en un libro con grabados de acero en ambas páginas abiertas.
—Su curiosidad —explicó la tortuga— fue excitada por la pregunta: «¿Cómo se creó el primer vampiro?». Un concepto fascinante, ¿no le parece? Si únicamente es posible crear un vampiro a partir de un ser humano normal que recibe el mordisco de un vampiro, ¿cómo nació el primer vampiro? Ella ha encontrado la respuesta aquí, entre mis prodigiosas existencias.
Cort miró el libro. Uno de los grabados en acero reproducía el Arca de Noé.
Pero ¿no significaba eso que tuvo que haber dos a bordo?
La tortuga le obligó a seguir recorriendo las hileras de libros. 
 
Cort se detuvo junto a un joven que llevaba una camiseta muy apretada. Parecía estar agotado por el trabajo. Tenía la cabeza inclinada, tan cerca del libro abierto en sus manos que su arreglado cabello rubio caía sobre sus ojos.
—Durante años ha sentido dolores simpáticos con una persona desconocida —explicó la anciana a modo de confidencia—. Sentía peligro, júbilo, lujuria, desesperación..., nada de ello personal, nada de ello relacionado en forma alguna con sus circunstancias en el momento concreto. Por fin comenzó a comprender que estaba unido a otra persona. Como los hermanos corsos. Pero sus padres le aseguraron que él había nacido solo, que no existía gemelo. El encontró la respuesta en este tomo.
La vieja hizo agitados gestos con sus manos llenas de azuladas venas.
Cort miró más allá de la cabeza y el cabello del joven. Era un libro de historia africana. Había lágrimas en los ojos del joven; había una mancha de humedad en la página par. Cort apartó la mirada rápidamente; no deseaba entremeterse.
 
El siguiente de la hilera era un hombre muy alto, con aspecto de asceta, que sostenía un pliego de papel obviamente escrito con una pluma de ave. Por los rasgos floridos y los remolinees de la escritura, Cort comprendió que el libro debía de ser muy antiguo y seguramente muy valioso. La mujer tortuga se agachó, con la cabeza tocando suavemente el pecho de Cort, y dijo:
—Siglo dieciséis. El primer infolio de Shakespeare. Este caballero pasó buena parte de su vida adulta, y décadas de investigaciones académicas, atormentado por el problema de quién escribió realmente The Booke of Sir Thomas More: el poeta, o su rival, Anthony Munday. Ahí está la respuesta, ante sus ojos. Tengo unas existencias tan magníficas...
 
—¿Por qué este hombre..., por qué ninguna de estas personas pasa las hojas?
—¿Por qué iban a molestarse? Han encontrado la respuesta que buscaban.
—¿Y no desean saber nada más? —Al parecer, no. Interesante, ¿no le parece? Cort pensó que era más estremecedor que interesante. Después, el estremecimiento se aferró permanentemente a su corazón, como una lapa, con la muda pregunta, ¿cuánto tiempo llevan así estos curiosos?
—Aquí hay una mujer que siempre había querido saber si el mal puro existe en todos los lugares de la faz de la tierra. —La mujer en cuestión llevaba una mantilla sobre los hombros, y contemplaba hipnotizada un libro de historia natural—. Este hombre anhelaba poseer una relación completa del contenido de la gran Biblioteca de Alejandría, los temas de ese medio millón de papiros escritos a mano antes de que la biblioteca fuera incendiada en el siglo quinto.
 
Era un hombre macilento y arrugado y en su semblante estaba grabada una expresión de fatiga tan vieja que Cort pensó en Stonehenge. Tenía la mirada clavada en dos hojas con caracteres infinitesimales y Cort no pudo distinguir una sola palabra entre aquellas cagadas de mosca.
—Una mujer que perdió la memoria —dijo la tortuga mientras señalaba con un gesto de su cabeza de tortuga a una hermosa criatura adornada con bufandas de seda de diez colores distintos—. Despertó en un burdel de Marrakech víctima de la trata de blancas, huyó para salvarse, ha pasado años errando por todas partes, intentando descubrir quién es. —La vieja se rió; su risa era suave y cordial—. Ella lo averiguó aquí. El relato completo está en ese libro.
 
Cort se volvió para mirar a la tortuga, apartando la arrugada zarpa de su brazo.
—Y usted «tiene lo que yo necesito», ¿verdad?
—Sí. Tengo lo que necesita. Entre mis magníficas existencias.
—¿Qué es exactamente lo que tiene y que yo necesito? Aquí. Entre sus magníficas existencias.
No le hacía falta que la mujer hablara. Cort sabía exactamente qué iba a decir ella. Ella diría: «Vaya, tengo las respuestas a su búsqueda», y después él se pasearía por la librería sintiéndose superior a los pobres diablos que llevaban allí desde sólo Dios sabía cuánto tiempo. Y finalmente él miraría a la vieja, sonreiría y diría: «Ni siquiera conozco las preguntas», y ambos sonreirían con esa afirmación: él como un idiota porque se trataba de la frase más gastada posible, ella porque sabía que él iba a decir alguna tontería como aquella. Y él se abstendría de excusarse por su fugaz estupidez. Luego formularía la pregunta y la vieja señalaría un estante y contestaría: «El libro que desea está allí», y le sugeriría que mirara tal y tal página para averiguar exactamente lo que deseaba saber: el motivo de su viaje por la costa.
 
Y si, diez mil años más tarde, la kármica esencia de lo único que queda de Suleimán el Magnífico, bendito sea su nombre, Suleimán del potente sello, sultán y señor de los genios de todas las especies: jinns, efrits, iblis...; si esa transustanciada esencia se presenta de nuevo, como se presenta de nuevo el cometa Halley, ese espíritu que aparece como por encanto, recorriendo la carmesí eternidad en su interminable hégira..., si se presenta de nuevo encontrará a Cort (doctor Alexander Cort, dentista cirujano de una cooperativa de odontólogos) todavía de pie en la librería, codo a codo con los otros curiosos. Celacantos perfilados en esquisto, mastodontes repentinamente congelados en hielo, avispas embutidas en ámbar. Gnotobiosis: para siempre.
 
—¿Por qué tengo la sensación de que todo esto no es casualidad? —preguntó Cort a la vieja mujer tortuga. Retrocedió poco a poco hacia la puerta—. ¿Por qué tengo la sensación de que todo esto me esperaba, del mismo modo que esperó al resto de pobres y jodidos perdedores? ¿Por qué huele usted a gardenias podridas, vieja señora?
Casi estaba en la puerta.
La anciana se hallaba en un espacio libre, en el centro de la librería, mirándole fijamente.
—Usted no es distinto, doctor Cort. Necesita las respuestas igual que los demás.
—Quizás una poción amorosa..., una piedra mágica..., inmortalidad..., toda esa jerigonza. He visto lugares como este en películas de televisión. Pero yo no muerdo, vieja señora. No tengo necesidades que usted pueda satisfacer.
Y su mano estaba en el pomo de la puerta; y lo hizo girar; y dio un tirón; y la puerta se abrió a la siniestra niebla y la interminable noche y el bosque que le aguardaba. Y la anciana dijo:
—¿No le gustaría saber cuándo tendrá el mejor instante de
toda su vida?
Y Cort cerró la puerta y se quedó inmóvil con la espalda apoyada en ella. Su sonrisa era enfermiza.
—Bien, me ha cogido —musitó.
—Su momento de máxima felicidad —dijo la vieja en voz baja, sin apenas mover sus finos labios—. De mayor fuerza, de más satisfacción, la cima de su buena forma, de su control, el momento de mayor gallardía, cuando tenga el mejor aspecto y sea sumamente bien considerado por el resto del mundo. Su momento culminante, de mayor impulso, su logro más apetecido, el que configurará el resto de su vida. El instante que jamás volverá a presentarse, aunque viva mil años. Aquí, entre mis magníficas existencias, tengo un tomo que le indicará el día, la hora, el minuto, el segundo de su mejor futuro. Pídalo y es suyo. Tengo lo que necesita.
—¿Y qué me costará?
La anciana abrió su húmeda boca y sonrió. Sus arrugadas manilas quedaron abiertas con las palmas hacia arriba ante ella.
—Pues nada —dijo—. Igual que los demás..., usted sólo quiere hojear, ¿no es cierto?
 
El frío como de lapas que osificaba su columna vertebral indicó a Cort que había cosas peores que tratar con el diablo. Sólo hojear, como ejercicio...
—¿Y bien? —preguntó la vieja, a la espera.
Cort meditó mientras se humedecía los labios, repentinamente secos cuando el momento decisivo estaba a su alcance.
¿Y si se produce dentro de pocos años? ¿Y si tengo poco tiempo para lograr cualquier cosa que siempre quise conseguir? ¿Cómo voy a vivir el resto de mi vida después de esto, sabiendo que nunca estará mejor, que jamás seré más feliz, más rico, más seguro, sabiendo que nunca superaré lo que hice en ese instante? ¿Qué valor tendrá el resto de mi vida?
 
La menuda mujer tortuga apartó con los hombros a dos curiosos, que se separaron perezosamente, como si se dieran la vuelta en la cama, y sacó un libro pequeño y rechoncho de un estante situado a la altura de su cintura. Cort parpadeó con rapidez. No, ella no lo había sacado de los estantes. El libro se había deslizado y había saltado hacia la mano de la vieja. Parecía un viejo minilibro.
La anciana se acercó y le tendió el libro.
—Sólo hojear—dijo húmedamente.
Cort extendió la mano y se detuvo, dobló los dedos. La mujer arqueó los finos bosquejos que eran sus cejas y le ofreció una mirada de diversión, irónica.
—Está terriblemente ansiosa de que yo lea este libro —dijo Cort.
—Estamos aquí para servir al público —dijo ella amistosamente.
—Tengo que hacerle una pregunta. No, dos preguntas. Son dos preguntas que quiero que me responda. Luego consideraré si hojeo sus magníficas existencias.
—Si yo no puedo responderle, cosa que es, al fin y al cabo, nuestro trabajo aquí, entonces estoy convencida de que un libro de mis magníficas existencias contiene la respuesta adecuada. Pero..., coja este libro que necesita, sólo cójalo, y responderé a su pregunta. Preguntas. Dos preguntas. Muy importantes, estoy segura.
 
La anciana le tendió el librito. Cort lo miró. Era un minilibro, de los que había leído siendo niño, con páginas ilustradas alternadas con páginas de texto, con aventuras de héroes de tebeo como Red Ryder, La Sombra o Skippy. A su alcance, la respuesta a la pregunta que todo el mundo desea formular: ¿cuál será el mejor momento de mi vida?
Cort no tocó el libro.
—Yo preguntaré, usted responderá. Entonces me habrá cogido... entonces me dedicaré a hojear.
La anciana se alzó de hombros, como diciendo, «haga lo que prefiera».
Cort pensó: «Haga lo que haga, usted hará su agosto».
—¿Cómo se llama esta librería? —dijo.
La cara de la vieja se crispó. Cort notó una repentina oleada de recuerdos de la infancia, de su primera lectura de un cuento de brujas. La cara de la mujer tortuga adoptó un aire malvado.
—No tiene nombre. Simplemente existe.
—¿Y cómo vamos a encontrarla en las páginas amarillas? —dijo Cort, mofándose de la vieja.
Era obvio que él se encontraba de pronto en situación de fuerza. Aunque no tuviera la menor idea respecto a la fuente de donde fluía esa fuerza.
 
—¡Ningún nombre! ¡Ningún nombre! No nos hace falta nombre. ¡Tenemos una clientela muy selecta! ¡La librería jamás ha tenido nombre! ¡No nos hacen falta nombres! —Su voz, suave como una tortuga, blanda, de chocolate, se había transformado en metal oxidado que araña metal oxidado—. ¡Ningún nombre, no le diré ningún nombre, no voy a mostrarle apestosas etiquetas!
Hizo una pausa para calmar su ira, y en pleno silencio Cort formuló su segunda pregunta.
—¿Qué gana usted con esto? ¿Cuánto le pagan? ¿Dónde está la línea de beneficio mínimo en su gráfica? ¿Qué saca usted de esto, pavorosa señora?
La mujer apretó los labios. Sus llameantes ojos parecían al mismo tiempo viejos y juvenilmente feroces y plateados.
—Clotho —dijo—. Clotho: Libros Raros.
  
Cort no reconoció el nombre, pero por la forma en que ella lo pronunció, supo que le había arrancado un importante secreto. Y lo había hecho, al parecer, porque él era el primero que lo preguntaba. Como cualquiera lo habría hecho, si hubiera preguntado. Y tras haber preguntado y ser respondido, Cort sabía que estaba a salvo de ella.
—Pues bien, dígame, señorita Clotho, o señora Clotho, o lo que sea. Dígame, ¿Qué gana usted con esto? ¿En qué moneda del reino le pagan? Usted se ocupa de esta tienda sobrenatural, atrapa a estos necios, y apuesto que apenas yo me vaya, ¡zas!, todo se esfuma. De vuelta al País de los Ensueños. ¿Qué tipo de vida hogareña lleva? ¿Hace tres comidas diarias? ¿Se cambia el tampax cuando tiene la regla? ¿Tiene aún la regla? ¿O ya ha pasado por la menopausia? ¿Inmortal, quizás? Dígame, extraña señora tortuga, si vive siempre, ¿cambia de vida? ¿Todavía le gusta acostarse con un hombre? ¿Alguna vez lo hizo? ¿Cómo es su caca, firme y dura? ¿Tienen que hacer caca las misteriosas viejas fantásticas que se esfuman con su librería? ¿O quizá no, eh?
—¡No puede hablarme así! —le gritó ella—. ¿Sabe quién soy?
—¡Mierda, no! —le respondió chillando Cort—. ¡No sé quién demonios es usted, y lo que es más importante, me importa un cochino pepino quién es!
 
Los lectores zombies había levantado la cabeza. Parecían angustiados. Como si se hubiera roto un prolongadísimo trance. Pestañeaban furiosamente, se movían sin objeto, parecían... marmotas que salen a examinar sus sombras.
—¡Deje de gritar! —refunfuñó Clotho—. ¡Está poniendo nerviosos a mis clientes!
—¿Quiere decir que estoy despenándolos? ¡Venga, todo el mundo, salgan a tomar el sol! ¡Dense un chapuzón! ¿Por qué están tan quietos? ¿Sabiduría del destino?
—¡Cierre el pico!
—¿Ah, sí? Tal vez lo haga y tal vez no, vieja tortuga. Si responde a mi pregunta, por qué me aguardaba aquí especialmente a mí, es posible que deje a estos papanatas seguir hojeando.
La vieja se acercó a él tanto como pudo sin tocarle, y silbó igual que una serpiente
—¿Usted? —dijo con los dientes apretados—. ¿Por qué piensa que le esperábamos a usted precisamente? Esperamos a todo el mundo. Esta era su oportunidad. Todos tienen una oportunidad, todos tendrán su oportunidad en la tienda del curioseo.
—¿Por qué dice «esperamos»? ¿Se siente imperial?
—Nosotras. Mis hermanas y yo.
—Oh, hay más de una como usted, ¿eh? Una cadena de librerías. Muy agudo. Pero supongo que tendrán sucursales en estos tiempos, con tanta competencia de otras cadenas...
Clotho apretó los dientes. Y por primera vez Cort vio que la vieja tortuga tenía dientes detrás de sus rectos y finos labios.
—Coja este libro o salga de mi tienda —dijo la mujer en un mortífero susurro.
Cort cogió el minilibro de las temblorosas manos de la vieja.
—Nunca había tratado una persona tan vil, tan grosera —refunfuñó Clotho.
—El cliente siempre tiene la razón, querida —dijo Cort.
Y abrió el libro en la página exacta.
 
La página donde leyó cuál sería su mejor momento. El conocimiento que convertiría el resto de su vida en una idea tardía. Un fracasado pasando el tiempo. Una constante caminata montaña abajo.
¿Cuándo se produciría? ¿Dentro de un año? ¿Dos años? ¿Cinco, diez, veinticinco, cincuenta, o en el bendito instante final de la vida, después de haber trepado, trepado y trepado siempre hasta la cumbre? Cort leyó...
Leyó que su mejor momento se produjo cuando tenía diez años. Cuando, en el transcurso de un partido de béisbol en un solar, un partido en el que sólo se podía batear si se echaba fuera a otro jugador, el mejor bateador del barrio consiguió un tremendo golpe dirigido hacia la parte más alejada del centro del campo, donde Cort se veía forzado a jugar siempre (porque se destacaba en este deporte). Él corrió de espaldas, extendió su desnuda mano y milagrosamente, él, el pequeño Alex Cort, saltó todo lo que pudo y el dolor de la desgastada y dura bola al tocar su mano y quedarse en ella fue más dulce que cualquier sensación anterior... o posterior. El momento se revivía en las palabras de la página del terrible libro. Lentamente, poco a poco Cort cayó al suelo, sus pies tocaron tierra y su vista fue hacia su mano, y allí, en la enrojecida y afligida palma, falta de guante de béisbol, estaba la pelota más dura jamás lanzada por un bateador. Alex era el mejor, el amo del mundo, lo más increíble en la faz de la tierra, enorme, intrépido y excelente, el expeno inconmesurable, milagroso; un prodigio, un prodigio andante. Ése fue el mejor momento de su vida.
Cuando tenía diez años.
 
Nada más haría en su vida, nada había hecho entre los diez y los treinta y cinco años, su edad mientras leía el minilibro. Y observó que él, hasta que muriera cuando se agotaran los años que le restaban de vida, no haría nada... nada podría compararse con aquel momento.
 
Cort alzó la cabeza lentamente. Tenía dificultades para ver. Estaba llorando. Clotho le sonreía desagradablemente.
—Tiene suene de que yo no sea como mis hermanas. Ellas reaccionan mucho peor cuando las fastidian.
La vieja se alejó de él. El sonido del minilibro bruscamente cerrado en el mostrador del escaparate detuvo su caminar. Cort dio media vuelta sin pronunciar palabra y se dirigió hacia la puerta. Oyó detrás de él los apresurados pasos de la anciana.
—¿Adonde cree que va?
—Vuelvo al mundo real. —Tenía dificultad para hablar. Las lágrimas le obligaban a expresarse con sollozos y las palabras brotaban ásperamente.
—¡Tiene que quedarse! ¡Todos se quedan!
—Yo no, querida. El héroe es único.
—Todo es inútil. Nunca volverá a conocer la grandeza. Sólo basura, despojos, vacío. No habrá nada tan bueno aunque viva mil años.
Cort abrió la puerta. La niebla continuaba allí. Y la noche. Y la última selva. Cort se detuvo y miró a la vieja.
—Si tengo suerte, no viviré mil años.
Luego cruzó la puerta de «Clotho: Libros Raros» y la cerró con fuerza. La vieja le observó al otro lado del escaparate cuando él se alejó entre la niebla.
Se detuvo de nuevo y se agachó para hablar tan cerca del vidrio como fuera posible. Ella estiró su carilla de tortuga y le oyó decir:
—Lo que queda puede ser solamente el final de una vida de mierda... pero es mi vida de mierda.
 
«Y es la única diversión de la ciudad, querida. El héroe es único.»
Luego Cort se adentró en la niebla, llorando; pero intentando silbar.