Era la proverbial noche que no es buena ni para el hombre ni para la bestia, negra, horrible, con la lluvia que caía aullando en ráfagas implacables. Pero en el local de Charley Sullivan todo era tan cómodo como un zapato viejo, las luces brillaban tenuemente, la calefacción funcionaba y los letreros de neón de las cervezas chisporroteaban agradablemente, con Charley detrás del bar llenando los vasos por encima de la línea y todos los habituales en sus sitios de costumbre. ¡Qué agradable y cómoda puede resultar una taberna como la de Charley Sullivan en una noche negra, horrible y cargada del aullido de la lluvia!
—Era una noche como esta —le dijo el papa a Karl Marx—. Recuerdo que era una noche como esta cuando cambiaste de parecer en cuanto a reventar el mercado de valores, ¿eh?
Karl Marx asintió, meditabundo.
—Sí, fue el principio del fin para mí como auténtico revolucionario, cierto que lo fue. —No es irlandés, pero en el local de Charley Sullivan todo el mundo adopta rápidamente el ritmo y la forma de hablar de los irlandeses—. Cuando te acostumbras demasiado a tus comodidades y no estás dispuesto a salir y exponerte a la ventisca para atacar a los enemigos del proletariado, entonces es que ha llegado el final de tu vocación, cierto que sí.
Lanzó un suspiro y contempló el contenido de su vaso. Ahora no había más que espuma, y volvió a suspirar.
—¿Puedo invitarte a otro? —preguntó el papa—. En recuerdo de tu vocación.
—Puedes, ciertamente —contestó Karl Marx. El papa miró a su alrededor.
—¿Y quién más lo necesita? ¡Es mi ronda!
El Dirigente golpeó levemente el borde de su vaso. Lo mismo hicieron la señora Bewley y Mors Longa. Yo sonreí y meneé la cabeza, y la Ingenua también decidió pasar, pero Toulouse-Lautrec, en un extremo del mostrador, apartó los ojos del televisor lo suficiente como para hacer una seña. Charley se encargó con eficiencia de llenar todos los vasos: cerveza para el apóstol de la lucha de clases, Jack Daniel's para Mors Longa, Valpolicella para el papa, escocés con agua para el Dirigente, vino blanco para la señora Bewley, Perrier con una rodaja de limón para Toulouse-Lautrec, ya que la última vez había bebido coñac y decía querer tomarse un respiro. Y, para mí, Myers con hielo. A Charley nunca le hace falta preguntar. Naturalmente, nos conoce a todos muy bien.
—Salud —dijo el Dirigente y todos bebimos, y luego pasó un ángel y el largo silencio solo terminó cuando el feo rugido del trueno hizo estremecerse el lugar con una intensidad aproximada de 6,3 en la escala Richter.
—Fea noche —dijo la Ingenua—. ¡Imaginaos, intentar la huida con un diluvio semejante! Puedo verlo ahora. Harry y yo misma en el cobertizo, y el coche...
—Harry y yo —dijo Mors Longa—. «Yo misma» no va bien ahí. Como muy bien sabes, cariño.
La Ingenua parpadeó cariñosamente.
—Siempre me olvido. Bien, ahí estábamos Harry y yo en el cobertizo y el coche esperando, el viejo Pierce-Arrow de mi primo con el...
«... bar en el asiento trasero, que siempre estaba repleto de los mejores licores importados», proseguí yo en silencio, solo una fracción de segundo por delante de su voz, límpida y aguda, «y lo único que debíamos hacer era conducir esos ciento cincuenta kilómetros, cruzar la frontera estatal y llegar al sitio donde nos aguardaba el juez de paz...».
Me dediqué a mi ron. El Dirigente, acercándose un poco más a la Ingenua, le cogió tiernamente la mano mientras que las partes desagradables de la historia empezaban a llegar. El papa sorbió su vino con un resoplido de simpatía, y Karl Marx frunció el ceño y empezó a golpearse una mano con la otra, y hasta la señora Bewley, que era muy poco tolerante con las tonterías de la Ingenua, se las arregló para emitir una brillante sonrisa en nombre de la hermandad femenina.
—... la lluvia, ¿comprendéis?, le había hecho algo horrible a los mecanismos del coche y ahí estábamos, Harry metido en el fango hasta las rodillas intentando arreglarlo, y yo medio enloquecida por el nerviosismo y la impaciencia, y la noche se estaba poniendo cada vez peor y peor, cuando entonces oímos perros ladrando y...
«... mi guardián y dos de sus hombres emergieron de entre la noche...»
Ya lo habíamos oído todo cincuenta veces. Lo cuenta cada noche que llueve mucho. No toleramos tal repetición a nadie más; tenemos nuestra sensibilidad, y resultaría un castigo cruel y fuera de lo acostumbrado vernos obligados a escuchar la misma historia una vez y otra y otra.
Pero la Ingenua es una joven y encantadora criatura cuya manía especial es repetirse a sí misma, y ella y solo ella es capaz de salirse con la suya entre los habituales del local de Charley Sullivan.
Seguimos su relato, asintiendo, suspirando y meneando la cabeza en los momentos adecuados, igual que se hace cuando estás oyendo la Quinta de Beethoven o la Inacabada de Schubert. Ella estaba llegando justamente al clímax tempestuoso, su prometido y su guardián en un combate a muerte iluminado por los lúgubres destellos del relámpago, cuando en el exterior hubo un auténtico relámpago, seguido casi al instante por un trueno que hizo parecer al anterior meramente el suspiro de un mosquito. Las vibraciones hicieron caer tres vasos del mostrador, y las fotos que Charley Sullivan tiene enmarcadas del presidente Kennedy y el papa Juan XXIII oscilaron en sus rincones.
Lo siguiente en ocurrir fue que la puerta se abrió, y por ella entró un nuevo cliente. Y ya pueden imaginar que eso hizo que nos irguiéramos llenos de atención, pues con un tiempo así es de esperar que al local de Charley solo vengan los habituales, y era una auténtica novedad ver materializarse a un desconocido. Además, había llegado justo a tiempo, pues sin él habríamos continuado quince minutos más con el relato del infortunado y fallido intento de huida de la Ingenua.
Tendría unos treinta y dos años o quizá algo menos. Vestía unos Levi's de aspecto resistente, un cárdigan grueso y negro y una chaqueta bastante maltrecha. Su pelo, oscuro y rebelde, estaba empapado y sucio. Sin disponer de ninguna evidencia en particular, decidí inmediatamente que era un marinero mercante que había abandonado su barco.
Durante un segundo se quedó inmóvil, un par de pasos más allá del umbral, contemplándonos a todos con esa mirada cautelosa que el hombre acostumbrado a los bares tiene cuando llega a un nuevo sitio donde, obviamente, todo el mundo es un habitual desde hace mucho tiempo; y luego sonrió, al principio con algo de timidez, luego más cálidamente al ver que algunos de nosotros le devolvíamos la sonrisa.
Se quitó la chaqueta y la colgó en el perchero que había encima de la gramola, se sacudió como un perro mojado, y luego se instaló en el mostrador entre el papa y Mors Longa.
—¡Jesús, qué noche más apestosa! —dijo—. No saben lo que me alegré al ver una luz encendida al final de la manzana.
—Esto te gustará, hermano —dijo el papa—. Charley, permíteme que pague la primera copa de este joven.
—La última ronda fue tuya —indicó Mors Longa—. ¿Puedo, su santidad?
El papa se encogió de hombros.
—¿Por qué no?
—Será un placer —le dijo Mors Longa al recién llegado—. ¿Qué vas a tomar?
—¿Tienen Old Bushmills aquí?
—Aquí tienen de todo —dijo Mors Longa—. Charley tiene de todo. Es nuestro anfitrión. Bushmills para el joven, Charley, y creo que será doble. ¿Alguien más está preparado?
—Algo dulce por aquí —dijo el Dirigente.
Toulouse-Lautrec optó por su siguiente coñac. La Ingenua, que parecía haber olvidado que no terminó de contar su historia, indicó con una seña que deseaba su acostumbrada mezcla de aguardiente de centeno y jengibre. Los demás no quisimos nada.
—¿Cuál es tu barco? —le pregunté.
El desconocido me miró con sorpresa.
—Pequod Mani, bandera liberiana. ¿Cómo lo has sabido?
—Soy bueno adivinando. ¿Te importa que te pregunte a dónde vais?
Tomó un largo trago de su whisky.
—Decían que a Maracaibo. No llevamos líquidos. Café y cacao. Pero yo no voy. Yo... bueno, me despedí de mi puesto. Esta tarde, muy de repente. ¡Jesús, esto sabe bien! ¡Este lugar es maravilloso y acogedor!
—Y nos gusta verte en él —dijo Charley Sullivan—. Te llamaremos Ishmael, ¿eh?
—¿Ishmael?
—Aquí todos necesitamos nombres —dijo Mors Longa—. Por ejemplo, a este caballero le llamamos Karl Marx. Tiene conciencia social. Al final del mostrador tienes a Toulouse-Lautrec. Y en cuanto a mí, puedes llamarme Mors Longa.
Ishmael frunció el ceño.
—¿Es un nombre italiano?
—En realidad, es latín. No es un nombre, es una especie de frase. Mors longa, vita brevis. ("La muerte es larga, la vida es breve") Mi divisa. Y esa es la Ingenua, que necesita montones de amor y protección, y esa es la señora Bewley, que sabe cuidar de sí misma, y...
Fue nombrando a todos los presentes en la habitación. Ishmael parecía esforzarse por recordar los nombres. Los fue repitiendo hasta tenerlos bien aprendidos, pero parecía algo sorprendido.
—En los bares que he frecuentado no es costumbre hacer este tipo de presentaciones —dijo—. Hace que todo se parezca más a una fiesta particular que a un bar.
—Sería mejor decir una reunión de familia —contestó la señora Bewley.
—Aquí formamos una sociedad —dijo Karl Marx—. No es la conciencia de los hombres la que determina su existencia sino, al contrario, su existencia social la que determina su conciencia. En este lugar cada uno cuida de los demás.
—Esto te gustará —intervino el papa.
—Me gusta. Me sorprende lo mucho que me gusta. —El marinero sonrió—. Quizá este sea el bar que llevo buscando toda mi vida.
—No hay duda de que lo es —dijo Charley Sullivan—. ¿Qué te parece un Bushmills por mi cuenta, chico?
Ishmael empujó tímidamente su vaso hacia adelante y Charley lo llenó hasta el borde.
—El ambiente de aquí es muy amistoso —comentó Ishmael—. Es casi como... el hogar.
—Quizá como un club —sugirió el Dirigente.
—Un club, el hogar, sí —dijo Mors Longa, indicándole a Charley que deseaba otro bourbon—. Karl Marx lo ha dicho muy bien; en este lugar todos nos cuidamos mutuamente y nos preocupamos el uno del otro. Somos amigos y luchamos continuamente para divertirnos y protegernos mutuamente; esos son los dos deberes básicos de los amigos. Nos invitamos a beber, hablamos y narramos historias para que la oscuridad pase más rápidamente.
—¿Vienen aquí cada noche?
—Nunca nos perdemos una —dijo Mors Longa.
—Ahora ya deben conocerse todos bastante bien.
—Muy bien. Muy, muy bien.
—El tipo de lugar con el que siempre he soñado —dijo Ishmael con voz pensativa—. El tipo de lugar que nunca querré abandonar. —Dejó que sus ojos se movieran en un lento recorrido por toda la habitación, deslizándose sobre la gramola, la mesa de billar, el tablero de dardos, la pantalla del televisor, el maltrecho calendario de 1934 que nunca había sido reemplazado, la chimenea y el piano. Tenía el rostro encendido y no era solo a causa del whisky—. ¿Por qué razón alguien desearía abandonar un sitio como este?
—Es un lugar estupendo —comentó Karl Marx.
—Y cuando encuentras un sitio excelente, ese es el sitio en el cual deseas permanecer —dijo Mors Longa—. Claro que sí. Se convierte en tu club, tal y como dice nuestro amigo. Tu hogar cuando estás lejos del hogar. Pero eso me recuerda una historia, jovencito. ¿Has oído hablar alguna vez del bar que no tiene salida? ¿El bar en el que todo el mundo permanece para siempre, porque no podrían marcharse de él aunque lo desearan? ¿Conoces esa historia?
—Nunca la he oído —dijo Ishmael.
Pero el resto de nosotros sí la habíamos oído. En el local de Charley Sullivan siempre intentamos no contar dos veces la misma historia, para no herir la sensibilidad de los demás, pues el aburrimiento es aquí la peor de todas las calamidades. Solo la Ingenua se halla exenta de tal regla, pues está en su misma naturaleza el narrar las historias una y otra vez, y todos la apreciamos lo mismo a pesar de ello.
Sin embargo, de vez en cuando ocurre que uno de nosotros debe narrar una historia vieja y familiar en beneficio de un recién llegado; y aunque en cualquier otro instante es necesario que todos estemos atentos a lo que se dice, en tales ocasiones no es imprescindible.
Así pues, el Dirigente y la Ingenua fueron hacia la chimenea para mantener una pequeña conversación privada; Karl Marx desafió al papa para que jugara una partida de dardos, y los demás fueron hacia su rincón particular, hasta que solo quedamos Mors Longa, el marinero y yo sentados ante el mostrador, yo meditando sobre mi vaso de ron y Mors Longa empezando a mostrar una expresión lejana en su rostro, mientras que Ishmael, el cuerpo tenso por la emoción, decía:
—¿Un bar del que nadie puede salir nunca? ¡Qué sitio más extraño!
—Sí —contestó Mors Longa.
—¿Dónde se encuentra semejante lugar?
—En ninguna parte especial del Universo. Con ello quiero decir que se encuentra en algún lugar fuera del tiempo y del espacio, tal y como entendemos tales conceptos, que está simultáneamente en todas partes y en ninguna, aunque no hay en él nada de extraño aparte de que carezca de tiempo y espacio propios. De hecho, según me han contado, se parece a todos los demás bares que hayas podido visitar en tu vida, aunque en él todos los detalles son más acentuados y correctos que en esos bares. El propietario es un hombretón moreno de Irlanda, muy parecido al Charley Sullivan que tenemos aquí; y no le importa invitar de vez en cuando a los habituales a una ronda por cuenta de la casa; y siempre sirve buenas raciones y tiene la calefacción bien ajustada. Y la madera del local es oscura y suave, muy bien pulimentada, y la barra del mostrador está hecha de ese latón tan familiar, y en el bar se ven las dos plantas trepadoras de costumbre, así como la aspidistra que debe colocarse siempre junto a la escupidera en un rincón, y hay un tablero de dardos y una mesa de billar, y todas las otras cosas que pueden encontrar en los bares que son como ese. ¿Me comprendes? Es un bar completamente corriente, pero no está en la ciudad de Nueva York, ni en San Francisco, ni en Hamburgo o en Rangún, ni en ninguna otra ciudad de las que tú puedas visitar; apenas pongas el pie en él, te sentirás perfectamente a gusto, como si estuvieras en tu casa.
—Igual que aquí.
—Sí, muy parecido a lo que ocurre aquí —dijo Mors Longa.
—Pero ¿la gente nunca se va de él? —Ishmael frunció el ceño—. ¿Nunca?
—Bueno, a decir verdad algunos sí salen de él —dijo Mors Longa—. Pero antes déjame hablarte de los demás, ¿de acuerdo? Ya sabes que hay ciertas personas que jamás entran en los bares, que prefieren beber en su casa o en los restaurantes antes de la cena, o que nunca beben. Pero también está la gente a la cual le gustan los bares. Algunos, ya sabes, son tipos a los que sencillamente les gusta beber, y que encuentran un bar en algún sitio conveniente para animarse un poquito durante el trayecto que lleva de un lugar a otro. Y también están los que consideran el beber un acto social, ¿no? Pero en los bares también encontrarás montones de gente que acude ahí porque en su interior hay un vacío que necesita ser colmado, un espacio hueco, oscuro y frío, que debe llenarse no solo con el agradable calor del bourbon, entiéndeme, sino con una sustancia mística e invisible que emana de los que se hallan en la misma situación, gente que, no se sabe cómo, ha perdido un poco de sus almas por accidente, y que necesita el consuelo de encontrarse entre los de su propia especie. Digamos que un sacerdote ha perdido la vocación, o un escritor ha olvidado en qué consiste la alegría de crear historias sobre el papel, o un pintor ha descubierto que todos los colores se han vuelto simples matices del gris, o un cirujano siente ciertos temblores en la mano con que coge el escalpelo, o un fotógrafo ya no puede enfocar adecuadamente sus ojos. Conoces a ese tipo de gente, ¿verdad? Se encuentra mucha gente así en los bares. Algo en sus ojos te indica lo que son. Pero en este bar especial del que te estoy hablando solo encontrarás a ese tipo de gente; gente buena y decente, sí, pero con esa zona vacía en su interior. Eso hace que ese bar sea mucho más bar que todos los demás, de hecho lo convierte en una especie de bar platónico, si es que puedes seguirme, una especie de estereotipo tridimensional poblado por clichés de carne y hueso, una especie de escenario perpetuo, ¿lo entiendes? Si oyeras hablar de un sitio como ese, donde todo el mundo es un poco trágico y todos han sufrido un poco en la vida, donde todo el mundo es un perfecto personaje de bar, te reirías, dirías que no es real, que es demasiado parecido a la idea que todo el mundo se hace de un lugar así como para resultar convincente, ¿verdad? Pero todos los estereotipos se hallan firmemente enraizados en la realidad, ya sabes. Eso es lo que hace de ellos estereotipos, el hecho de que son exactamente iguales a la realidad, solo que más reales. Y para la gente que bebe en el bar del cual te estoy hablando, no se trata de ningún estereotipo y ellos no son clichés. Es la única realidad que tienen, la realidad más real que existe para ellos, y no es bueno reírse de todo eso porque en eso consiste su pequeño mundo particular, el mundo del bar arquetípico, el mundo de los habituales del bar.
—Que nunca salen de él —terminó Ishmael.
—¿Cómo podrían? ¿A dónde irían? ¿Qué harían en su día libre? No tienen identidad alguna salvo dentro del bar. El bar es su vida. El bar es su universo. No tienen nada que hacer en ningún otro sitio. Sencillamente, son lo que son. Se cuentan historias entre ellos y se esfuerzan duramente por mantenerse alegres, y no existe mundo exterior para ninguno. Eso significa ser un habitual, ser un ideal platónico. Cada noche, cuando llega la hora de cerrar, el bar y todo lo que contiene se esfuma en una especie de neblina gris, y cada mañana, a la hora que marca la ley para poder abrir, el bar regresa y, mientras tanto, los habituales no van a ninguna parte salvo a la neblina, porque solo ella existe, la neblina y luego el bar, el bar y luego la neblina. Los ideales platónicos no tienen trabajos, y no visitan Atlantic City durante el fin de semana, y no deciden ir una noche a la bolera en vez de a su bar. ¿Me vas entendiendo? Siguen siendo lo que son, al igual que los maniquíes de un escaparate permanecen en su interior. Solo que ellos pueden andar, hablar, sentir, beber y hacerlo todo, cosa que los maniquíes del escaparate no pueden conseguir. Y esa es su vida entera, noche tras noche, mes tras mes, año tras año, siglo tras siglo... puede que hasta el fin de los tiempos.
—Un sitio que da algo de miedo —dijo Ishmael, estremeciéndose levemente.
—La gente que está en ese bar es más feliz dentro de él de lo que podría serlo en cualquier otro sitio.
—Pero nunca salen de él. Salvo que antes dijiste que algunos sí salen, y que luego me hablarías de esa gente.
Mors Longa terminó su bourbon y, sin que hiciera falta decírselo, Charley Sullivan le sirvió otro más, y puso otro ron ante mí y un irlandés para el marinero. Durante un largo rato Mors Longa estuvo observando su vaso.
—Realmente no puedo decirte gran cosa sobre los que se van porque no sé mucho sobre ellos —dijo por fin—. Intuyo su existencia de forma lógica, eso es todo. Verás, de vez en cuando llega alguien nuevo a este bar, aunque el bar está fuera del tiempo y del espacio. Alguien aparece de entre la noche tal y como lo hiciste tú, se sienta y se une al grupo de los habituales y, poco a poco, encaja en él. Resulta obvio que, si de vez en cuando aparece alguien nuevo y nadie se marcha nunca, en poco tiempo el local se llenaría de una forma terrible, como la estación Grand Central en la hora punta, y entonces, ¿qué tipo de lugar feliz sería ese? Por lo tanto, concluyo que más pronto o más tarde cada uno de los habituales debe esfumarse de forma muy silenciosa, limitándose a desaparecer sin que nadie se entere de ello, quizá se marcha al lavabo y nunca sale de él, o algo parecido. Y no solo nadie se da cuenta de que falta esa persona, sino que nadie recuerda que esa persona estuviera alguna vez allí. ¿Me entiendes? De ese modo, el lugar nunca llega a estar demasiado concurrido.
—Pero a dónde van una vez que han desaparecido del bar del que nadie sale nunca, el bar que está fuera del tiempo...
—No lo sé —dijo Mors Longa en voz baja—. No tengo ni la más remota idea. —Y, después de un momento, añadió—: Aunque hay una teoría. Cuidado, es solo una teoría. Consiste en que, en realidad, la gente del bar está pasando el tiempo en una especie de lugar a medio camino, una especie de purgatorio, ¿entiendes? Algo que está entre un mundo y el otro. Y se quedan ahí durante largo, largo tiempo, no importa lo largo que deba ser, hasta que hayan agotado su período de espera, y luego se van, pero solo pueden marcharse cuando llega su reemplazo. Y de inmediato, se les olvida. La misma materia que forma el lugar, sea la que sea, se cierra sobre ellos y nadie entre los habituales recuerda que en tiempos solía haber aquí un médico con delirium tremens, o un político al que pillaron aceptando dinero, o un tipo bajito que se sentaba durante horas ante el piano sin tocar jamás ni una sola nota. Pero todo el mundo intuye que así es como funciona el sistema. Por eso el que alguien nuevo entre es tan importante. Cada uno de los habituales empieza a preguntarse en secreto: ¿seré yo el que se vaya? Y, además, se pregunta: ¿a dónde iré, si es que soy yo?
Ishmael sorbió lenta y pensativamente un trago de su bebida.
—¿Temen irse o temen quedarse?
—¿Tú qué piensas?
—No estoy seguro. Pero supongo que la mayoría de ellos deben tener miedo de irse. El bar es un sitio tan cálido, confortable y seguro... Es todo su mundo y lo ha sido durante un millón de años, y ahora puede que vayan a otro lugar distinto y horrible... ¿quién sabe? Lo seguro es que irán a otro lugar distinto. Eso me daría miedo. Claro que si llevara un millón de años atrapado en el mismo sitio estaría dispuesto a largarme en cuanto llegara la ocasión, sin importar lo cómodo que fuera ese sitio. ¿Qué desearías hacer tú?
—No tengo ni la más ligera idea —contestó Mors Longa—. Pero esta es la historia del bar del cual nadie sale nunca.
—Aterradora —dijo Ishmael.
Terminó su bebida y apartó el vaso, meneando la cabeza hacia Charley Sullivan, y se quedó sentado en silencio. Todos nos quedamos sentados, en silencio. La lluvia tamborileaba con un ruidito miserable en el edificio. Me volví hacia el Dirigente y la Ingenua. Él le había cogido la mano y la miraba a los ojos de forma harto significativa. El papa, sopesando un dardo, pasaba los pies por encima de la línea de tiro y se lamía los labios para afinar la puntería. La señora Bewley y Toulouse-Lautrec jugaban al ajedrez. De pronto había llegado la parte tranquila de la noche.
El marinero se puso en pie lentamente y cogió su chaqueta del perchero. Se volvió, sonrió de forma algo insegura y dijo:
—Se está haciendo tarde. Será mejor que me vaya. —Nos hizo una seña a los tres que estábamos en el bar, y dijo—: Gracias por las copas. Me hacían falta. Y gracias por la historia, señor Longa. Fue una historia muy rara, ¿sabe?
No dijimos nada. El marinero abrió la puerta, encogiendo el cuerpo al sentir la frialdad de la lluvia que caía a ráfagas. Se ajustó bien la chaqueta y, estremeciéndose levemente, penetró en la oscuridad. Pero solo estuvo fuera un instante. Apenas la puerta había tenido tiempo de cerrarse tras él y se abrió de nuevo, dejándole entrar con paso vacilante, empapado.
—Jesús —dijo—, está lloviendo como nunca. ¡Qué noche tan horrible! ¡No pienso meterme debajo del diluvio!
—No —contesté yo—. No es una noche adecuada para hombres ni para bestias.
—Entonces, ¿les importa que me quede aquí hasta que amaine un poco?
—¿Importar? ¿Importar? —Me reí—. Amigo mío, esto es un local público. Tiene tanto derecho a estar aquí dentro como cualquier otra persona. Venga, siéntese. Instálese como en su casa.
—Queda mucho Bushmills en la botella, chico —dijo Charley Sullivan.
—No ando muy bien de dinero —murmuró Ishmael.
—No importa —contestó Mors Longa—. El dinero no es la única moneda del reino que usamos aquí. Nos irían bien algunas historias que no hayamos oído antes. Para empezar, oigamos la historia más rara que puedas contarnos, y yo me encargaré de mantenerte bien provisto de irlandés mientras hablas, ¿eh?
—Me parece estupendo —dijo Ishmael, y estuvo pensando durante unos segundos—. De acuerdo. Tengo una muy buena. Es realmente muy buena, si no les importa que sea algo rara. Es sobre mi tío Timothy y su hermano gemelo, que era tan pequeño que lo llevó bajo el brazo durante toda su vida. ¿Les interesa?
—Puedo asegurarte que sí —dije yo.
—Secundo la moción —intervino Mors Longa, y sonrió con una cordialidad que yo llevaba mucho tiempo sin ver en su rostro—. Adelante —le dijo a Charley Sullivan—. Una ronda a mi cuenta. Por el bar.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Mostrando entradas con la etiqueta niebla. Mostrar todas las entradas
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Los habituales - Robert Silverberg
El héroe es único - Harlan Ellison
Cort estaba acostado con los ojos cerrados, fingiendo que dormía, desde hacía exactamente una hora después de que ella empezara a roncar. De vez en cuando permitía que sus ojos se abrieran formando pequeñas rendijas para seguir el paso del tiempo en la esfera luminosa del reloj que había dejado en la mesilla. A las cinco en punto de la mañana salió de la cama del motel, que parecía una piscina olímpica, recogió la ropa del enmarañado montón que había en el suelo y se vistió con rapidez en el cuarto de baño. No encendió la luz.
Como no recordaba el nombre de ella, no dejó
una nota.
Como no deseaba degradar a la chica, no dejó
un billete de veinte dólares en la mesilla.
Como no podía irse con la celeridad que
deseaba, sacó el coche del aparcamiento empujándolo y dejó que cobrara impulso
por el silencioso solar hasta llegar a la calle. A través de la abierta
ventanilla giró el volante, cogió la puerta antes de que el vehículo rodara
hacia atrás, se metió y sólo entonces puso en marcha el motor.
La Ruta 1 entre Big Sur y Monterrey estaba
desierta. La niebla abundaba. En algún punto, a la izquierda, bajo los
acantilados, el Pacífico murmuraba amenazas cual viejo enemigo. La niebla se
ondulaba en la autopista, conjurando ectoplásmicas formas con las condensadas
luces de los faros. La humedad pendía de los grandes y gruesos árboles como
plateados recuerdos de tiempos anteriores a la llegada del hombre. La tortuosa
carretera de la costa ascendía a través de un terreno que recordó a Cort la
selva tropical brasileña: empapado por la niebla y frígido, impenetrable y
agresivamente siniestro. Cort aceleró, arriesgándose a que el desastre lo
alcanzara. Debía de haber algo más que la amenaza de la selva.
Como tenía que haber en su vida algo más que
endodoncias, rentas y frottage cargado de culpa a últimas horas de
la noche con ojinegras ayudantes de dentista. Algo más que marcos de peltre con
diplomas de prestigiosas universidades. Algo más que una esposa de una familia
socialmente distinguida y 2,6 hijos aptos para la visión propagandista,
perfecta y empalagosa de la juventud norteamericana de un fabricante. Algo más
que levantarse todas las mañanas en un mundo que no reservaba sorpresas.
Debía de haber desastre en alguna parte. En
la selva, en la niebla, en la noche.
Pero no en la Ruta 1 a las cinco y media. No
para él, no en aquel momento.
A las seis y media llegó a Monterrey y se dio
cuenta de que no había comido desde el mediodía del día anterior, cuando había
terminado la terapia de los canales dentales de la señora Udall; tras guardar
el torno se quitó la bata, se puso la chaqueta, salió de su despacho sin decir
una palabra a Jan y a Alicia, fue al garaje del sótano y partió hacia la costa,
huyendo sin pensar en un destino.
No hubo tiempo de cenar cuando ligó con la
camarera, y ningún puesto nocturno de pizzas abierto para tomar algo antes de
que ella se durmiera. El ácido había empezado a abrirle un agujero en el
revestimiento de su estómago por culpa de tanto café y tan poca paz mental.
Cort se dirigió al centro turístico de
Monterrey y no tuvo problemas para localizar una alargada extensión de espacios
de aparcamiento. No había movimiento alguno en las aceras de las tiendas. El
sol parecía dispuesto a no salir nunca. La niebla era espesa y húmeda;
corrientes de arena movediza fluían alrededor de Cort. Durante un instante el
escaparate de una tienda, repleto de lámparas con base de madera flotante
destinadas a salas subterráneas de grabación de lowa, se solidificó en el
centro de la remolineante niebla; acto seguido desapareció. Pero en ese
instante Cort vio su cara en el cristal. Esa noche podía prolongarse el día
entero.
Cort recorrió atentamente las calles, en
busca de algún madrugador local donde pudiera conseguir un wafle con
fresas heladas untadas con azucarado jugo. Un huevo frito por un solo lado.
Algo agradable en la interminable oscuridad.
Nada abierto. Cort pensó en aquel detalle.
¿Nadie trabajaba temprano en Monterrey? ¿Ningún establecimiento se engalanaba
para el asalto de las langostas que era la llegada de quinceañeros con
mochilas, corpulentos vendedores de máquinas industriales con carmesíes sombreros
a la moda y viudas semíticas de azulado cabello? ¿Se había producido un
eclipse? ¿Era aquella la hoyosa, tímida faz de la luna vuelta de lado? ¿Dónde
demonios estaba la luz diurna?
La niebla pasó junto a Cort, se dividió en
fajas un instante. Al final de una callejuela vio una luz. Amarillenta, tan
apagada como un pergamino, pálida y timorata. Pero era una luz.
Cort se
metió en la callejuela y atisbo a través del azogue en busca de la fuente.
Parecía haberse esfumado. Pasó junto a cerradas panaderías, joyerías y bazares
con material de escafandrista. Un fantasma en la niebla. Cort comprendió que no
sólo se enfrentaba a una ciudad vacía y a las fajas de niebla, sino también a
un estado de temor. Gnotobiosis: estado
ambiental en que a animales libres de gérmenes se les inoculan trazas de
microorganismos conocidos. Miedo.
La luz salió a flote entre las silenciosas y
plateadas sombras del océano: y Cort estaba delante mismo de ella. ¿Se había
acercado él a la luz, o la luz a él?
Era una librería. Sin letrero. Y en el
interior, muchos hombres y mujeres. Todos hojeando libros.
Cort permaneció en la oscuridad, inalcanzado
por la somera luz de la anónima librería, con la mirada fija en la escena. Una
tienda tan pequeña, a hora tan temprana de la mañana, estaba atestada. Hombres
y mujeres de pie, casi tocándose unos a otros, todos absortos en el libro que
tenían en la mano. Gnotobiosis: Cort notó que el miedo se deslizaba por
sus venas y arterias igual que veneno.
Ninguno de los clientes volvía las hojas.
De no haber sido por el ligero movimiento de
los cuerpos, si nadie se hubiera rascado el labio, parpadeado o movido los
pies, si nadie hubiera hundido los hombros, erguido la espalda o mirado
alrededor... Cort habría creído que contemplaba maniquíes. Una extraña pero
interesante escena para inducir a los transeúntes a entrar y hojear. Estaban
vivos, pero no volvían las hojas de los libros que les absorbían. Ni dejaban un
libro en su estante para coger otro. Los hombres, las mujeres, todos:
fascinados por palabras en el punto donde estaban abiertos los libros.
Cort dio media vuelta para alejarse con la
máxima rapidez posible.
El coche. Sal a la carretera. Tiene que haber
una parada de camiones, un comedor, un restaurante económico, comida para
llevar, algo. «He estado aquí otra vez, ¡y esto no es Monterrey!»
Los golpes en el escaparate le detuvieron.
Cort se volvió. La desesperada expresión en
la cara de tortuga de la menuda anciana atiesó su espalda. Cort notó que tenía
la mano derecha levantada, como puesta entre él y la visión de la vieja.
Sacudió la cabeza, no, definitivamente no, pero sin tener la menor idea
respecto a qué estaba rechazando.
Ella le hizo gestos para que se quedara con
sus arrugadas y pequeñas manos, y pronunció palabras al otro lado del vidrio del
escaparate. Las pronunció con gran precisión y las palabras eran éstas:
«Tengo lo que necesita.»
Luego le indicó por gestos que se acercara a
la puerta, que entrara: «Tengo lo que necesita».
La esfera luminosa del reloj de pulsera de
Cort indicaba las 7.00. Aún era de noche. La niebla seguía descendiendo del
bosque de la península de Monterrey.
Cort intentó alejarse. San Francisco estaba
arriba. El sol debía de estar llameando en Russian Hill, Candlestich Park y Coit
Tower. El mundo reservaba sorpresas a pesar de todo. Ahora
estás libre, has roto el ciclo, oyó musitar a su futuro. No respondas.
Dirígete hacia el sol.
Vio que su mano se alzaba hacia el pomo de la
puerta. Entró en la librería.
Todos alzaron los ojos un momento, no
denotaron emoción alguna en sus semblantes, la puerta se cerró, siguieron
mirando los libros. Cort estaba ya dentro, con ellos.
—Estoy segura de que lo tengo en tapas duras,
un ejemplar muy bien conservado —dijo la vieja tortuguilla que era la mujer.
Su sonrisa carecía de dientes. ¿Cómo puede
haber niebla aquí dentro?
—Sólo quiero hojear —dijo Cort.
—Sí, claro —repuso ella—. Todos están
hojeando.
La anciana le puso una mano en su brazo y
Cort se estremeció.
—Hasta que abra algún restaurante.
—"Sí, claro.
Cort tenía dificultades para respirar.
Acidez.
—¿Siempre..., siempre hay tanta oscuridad a
primeras horas de la mañana?
—Está fuera de estación —dijo ella—. Eche un
vistazo. Tengo lo que necesita. Exactamente lo que necesita.
Cort obedeció.
—No busco nada especial.
La vieja caminó junto a él, una mano en su
brazo.
—Tampoco lo buscaban ellos. —La anciana
señaló con la cabeza el enjambre de hombres y mujeres—. Pero encontraron
respuestas aquí. Tengo un surtido magnífico.
Nadie volvía las páginas.
Cort miró por encima del hombro de una mujer
de edad madura que tenía la vista fija en un libro con grabados de acero en
ambas páginas abiertas.
—Su curiosidad —explicó la tortuga— fue
excitada por la pregunta: «¿Cómo se creó el primer vampiro?». Un concepto
fascinante, ¿no le parece? Si únicamente es posible crear un vampiro a partir
de un ser humano normal que recibe el mordisco de un vampiro, ¿cómo nació el
primer vampiro? Ella ha encontrado la respuesta aquí, entre mis prodigiosas
existencias.
Cort miró el libro. Uno de los grabados en
acero reproducía el Arca de Noé.
Pero ¿no significaba eso que tuvo que haber
dos a bordo?
La tortuga le obligó a seguir recorriendo las
hileras de libros.
Cort se detuvo junto a un joven que llevaba una camiseta muy
apretada. Parecía estar agotado por el trabajo. Tenía la cabeza inclinada, tan
cerca del libro abierto en sus manos que su arreglado cabello rubio caía sobre
sus ojos.
—Durante años ha sentido dolores simpáticos
con una persona desconocida —explicó la anciana a modo de confidencia—. Sentía
peligro, júbilo, lujuria, desesperación..., nada de ello personal, nada de ello
relacionado en forma alguna con sus circunstancias en el momento concreto. Por
fin comenzó a comprender que estaba unido a otra persona. Como los hermanos
corsos. Pero sus padres le aseguraron que él había nacido solo, que no existía
gemelo. El encontró la respuesta en este tomo.
La vieja hizo agitados gestos con sus manos
llenas de azuladas venas.
Cort miró más allá de la cabeza y el cabello
del joven. Era un libro de historia africana. Había lágrimas en los ojos del
joven; había una mancha de humedad en la página par. Cort apartó la mirada
rápidamente; no deseaba entremeterse.
El siguiente de la hilera era un hombre muy
alto, con aspecto de asceta, que sostenía un pliego de papel obviamente escrito
con una pluma de ave. Por los rasgos floridos y los remolinees de la escritura,
Cort comprendió que el libro debía de ser muy antiguo y seguramente muy
valioso. La mujer tortuga se agachó, con la cabeza tocando suavemente el pecho
de Cort, y dijo:
—Siglo
dieciséis. El primer infolio de Shakespeare. Este caballero pasó buena parte de
su vida adulta, y décadas de investigaciones académicas, atormentado por el
problema de quién escribió realmente The Booke of Sir Thomas More: el
poeta, o su rival, Anthony Munday. Ahí está la respuesta,
ante sus ojos. Tengo unas existencias tan magníficas...
—¿Por qué este hombre..., por qué ninguna de
estas personas pasa las hojas?
—¿Por qué iban a molestarse? Han encontrado
la respuesta que buscaban.
—¿Y no desean saber nada más? —Al parecer,
no. Interesante, ¿no le parece? Cort pensó que era más estremecedor que
interesante. Después, el estremecimiento se aferró permanentemente a su
corazón, como una lapa, con la muda pregunta, ¿cuánto tiempo llevan así
estos curiosos?
—Aquí hay una mujer que siempre había querido
saber si el mal puro existe en todos los lugares de la faz de la tierra. —La
mujer en cuestión llevaba una mantilla sobre los hombros, y contemplaba
hipnotizada un libro de historia natural—. Este hombre anhelaba poseer una
relación completa del contenido de la gran Biblioteca de Alejandría, los temas
de ese medio millón de papiros escritos a mano antes de que la biblioteca fuera
incendiada en el siglo quinto.
Era un hombre macilento y arrugado y en su
semblante estaba grabada una expresión de fatiga tan vieja que Cort pensó en
Stonehenge. Tenía la mirada clavada en dos hojas con caracteres infinitesimales
y Cort no pudo distinguir una sola palabra entre aquellas cagadas de mosca.
—Una mujer que perdió la memoria —dijo la
tortuga mientras señalaba con un gesto de su cabeza de tortuga a una hermosa
criatura adornada con bufandas de seda de diez colores distintos—. Despertó en
un burdel de Marrakech víctima de la trata de blancas, huyó para salvarse, ha
pasado años errando por todas partes, intentando descubrir quién es. —La vieja
se rió; su risa era suave y cordial—. Ella lo averiguó aquí. El relato completo
está en ese libro.
Cort se volvió para mirar a la tortuga,
apartando la arrugada zarpa de su brazo.
—Y usted «tiene lo que yo necesito», ¿verdad?
—Sí. Tengo lo que necesita. Entre mis
magníficas existencias.
—¿Qué es exactamente lo que tiene y que yo
necesito? Aquí. Entre sus magníficas existencias.
No le hacía falta que la mujer hablara. Cort
sabía exactamente qué iba a decir ella. Ella diría: «Vaya, tengo las respuestas
a su búsqueda», y después él se pasearía por la librería sintiéndose superior a
los pobres diablos que llevaban allí desde sólo Dios sabía cuánto tiempo. Y
finalmente él miraría a la vieja, sonreiría y diría: «Ni siquiera conozco las
preguntas», y ambos sonreirían con esa afirmación: él como un idiota porque se
trataba de la frase más gastada posible, ella porque sabía que él iba a decir
alguna tontería como aquella. Y él se abstendría de excusarse por su fugaz
estupidez. Luego formularía la pregunta y la vieja señalaría un estante y
contestaría: «El libro que desea está allí», y le sugeriría que mirara tal y
tal página para averiguar exactamente lo que deseaba saber: el motivo de su
viaje por la costa.
Y si, diez mil años más tarde, la kármica
esencia de lo único que queda de Suleimán el Magnífico, bendito sea su nombre,
Suleimán del potente sello, sultán y señor de los genios de todas las especies:
jinns, efrits, iblis...; si esa transustanciada esencia se presenta de
nuevo, como se presenta de nuevo el cometa Halley, ese espíritu que aparece
como por encanto, recorriendo la carmesí eternidad en su interminable
hégira..., si se presenta de nuevo encontrará a Cort (doctor Alexander Cort,
dentista cirujano de una cooperativa de odontólogos) todavía de pie en la
librería, codo a codo con los otros curiosos. Celacantos perfilados en esquisto,
mastodontes repentinamente congelados en hielo, avispas embutidas en ámbar. Gnotobiosis:
para siempre.
—¿Por qué tengo la sensación de que todo esto
no es casualidad? —preguntó Cort a la vieja mujer tortuga. Retrocedió poco a
poco hacia la puerta—. ¿Por qué tengo la sensación de que todo esto me
esperaba, del mismo modo que esperó al resto de pobres y jodidos perdedores?
¿Por qué huele usted a gardenias podridas, vieja señora?
Casi estaba en la puerta.
La anciana se hallaba en un espacio libre, en
el centro de la librería, mirándole fijamente.
—Usted no es distinto, doctor Cort. Necesita
las respuestas igual que los demás.
—Quizás una poción amorosa..., una piedra
mágica..., inmortalidad..., toda esa jerigonza. He visto lugares como este en
películas de televisión. Pero yo no muerdo, vieja señora. No tengo necesidades
que usted pueda satisfacer.
Y su mano estaba en el pomo de la puerta; y
lo hizo girar; y dio un tirón; y la puerta se abrió a la siniestra niebla y la
interminable noche y el bosque que le aguardaba. Y la anciana dijo:
—¿No le gustaría saber cuándo tendrá el mejor
instante de
toda su vida?
Y Cort cerró la puerta y se quedó inmóvil con
la espalda apoyada en ella. Su sonrisa era enfermiza.
—Bien, me ha cogido —musitó.
—Su momento de máxima felicidad —dijo la
vieja en voz baja, sin apenas mover sus finos labios—. De mayor fuerza, de más
satisfacción, la cima de su buena forma, de su control, el momento de mayor
gallardía, cuando tenga el mejor aspecto y sea sumamente bien considerado por
el resto del mundo. Su momento culminante, de mayor impulso, su logro más
apetecido, el que configurará el resto de su vida. El instante que jamás
volverá a presentarse, aunque viva mil años. Aquí, entre mis magníficas
existencias, tengo un tomo que le indicará el día, la hora, el minuto, el
segundo de su mejor futuro. Pídalo y es suyo. Tengo lo que necesita.
—¿Y qué me costará?
La anciana abrió su húmeda boca y sonrió. Sus
arrugadas manilas quedaron abiertas con las palmas hacia arriba ante ella.
—Pues nada —dijo—. Igual que los demás...,
usted sólo quiere hojear, ¿no es cierto?
El frío como de lapas que osificaba su
columna vertebral indicó a Cort que había cosas peores que tratar con el
diablo. Sólo hojear, como ejercicio...
—¿Y bien? —preguntó la vieja, a la espera.
Cort meditó mientras se humedecía los labios,
repentinamente secos cuando el momento decisivo estaba a su alcance.
¿Y si se produce dentro de pocos años? ¿Y si
tengo poco tiempo para lograr cualquier cosa que siempre quise conseguir? ¿Cómo
voy a vivir el resto de mi vida después de esto, sabiendo que nunca estará
mejor, que jamás seré más feliz, más rico, más seguro, sabiendo que nunca
superaré lo que hice en ese instante? ¿Qué valor tendrá el resto de mi vida?
La menuda
mujer tortuga apartó con los hombros a dos curiosos, que se separaron
perezosamente, como si se dieran la vuelta en la cama, y sacó un libro pequeño
y rechoncho de un estante situado a la altura de su cintura. Cort parpadeó con rapidez. No, ella no lo había sacado de
los estantes. El libro se había deslizado y había saltado hacia la mano de la
vieja. Parecía un viejo minilibro.
La anciana se acercó y le tendió el libro.
—Sólo hojear—dijo húmedamente.
Cort extendió la mano y se detuvo, dobló los
dedos. La mujer arqueó los finos bosquejos que eran sus cejas y le ofreció una
mirada de diversión, irónica.
—Está terriblemente ansiosa de que yo lea
este libro —dijo Cort.
—Estamos aquí para servir al público —dijo
ella amistosamente.
—Tengo que hacerle una pregunta. No, dos
preguntas. Son dos preguntas que quiero que me responda. Luego consideraré si
hojeo sus magníficas existencias.
—Si yo no puedo responderle, cosa que es, al
fin y al cabo, nuestro trabajo aquí, entonces estoy convencida de que un libro
de mis magníficas existencias contiene la respuesta adecuada. Pero..., coja
este libro que necesita, sólo cójalo, y responderé a su pregunta. Preguntas. Dos
preguntas. Muy importantes, estoy segura.
La anciana le tendió el librito. Cort lo
miró. Era un minilibro, de los que había leído siendo niño, con páginas
ilustradas alternadas con páginas de texto, con aventuras de héroes de tebeo
como Red Ryder, La Sombra o Skippy. A su alcance, la respuesta a la pregunta
que todo el mundo desea formular: ¿cuál será el mejor momento de mi vida?
Cort no tocó el libro.
—Yo preguntaré, usted responderá. Entonces me
habrá cogido... entonces me dedicaré a hojear.
La anciana se alzó de hombros, como diciendo,
«haga lo que prefiera».
Cort pensó: «Haga lo que haga, usted hará su
agosto».
—¿Cómo se llama esta librería? —dijo.
La cara de la vieja se crispó. Cort notó una
repentina oleada de recuerdos de la infancia, de su primera lectura de un
cuento de brujas. La cara de la mujer tortuga adoptó un aire malvado.
—No tiene nombre. Simplemente existe.
—¿Y cómo vamos a encontrarla en las páginas
amarillas? —dijo Cort, mofándose de la vieja.
Era obvio que él se encontraba de pronto en
situación de fuerza. Aunque no tuviera la menor idea respecto a la fuente de
donde fluía esa fuerza.
—¡Ningún nombre! ¡Ningún nombre! No nos hace
falta nombre. ¡Tenemos una clientela muy selecta! ¡La librería jamás ha tenido
nombre! ¡No nos hacen falta nombres! —Su voz, suave como una tortuga, blanda,
de chocolate, se había transformado en metal oxidado que araña metal oxidado—.
¡Ningún nombre, no le diré ningún nombre, no voy a mostrarle apestosas
etiquetas!
Hizo una pausa para calmar su ira, y en pleno
silencio Cort formuló su segunda pregunta.
—¿Qué gana usted con esto? ¿Cuánto le pagan?
¿Dónde está la línea de beneficio mínimo en su gráfica? ¿Qué saca usted de
esto, pavorosa señora?
La mujer apretó los labios. Sus llameantes
ojos parecían al mismo tiempo viejos y juvenilmente feroces y plateados.
—Clotho —dijo—. Clotho: Libros Raros.
Cort no reconoció el nombre, pero por la
forma en que ella lo pronunció, supo que le había arrancado un importante
secreto. Y lo había hecho, al parecer, porque él era el primero que lo
preguntaba. Como cualquiera lo habría hecho, si hubiera preguntado. Y tras
haber preguntado y ser respondido, Cort sabía que estaba a salvo de ella.
—Pues bien, dígame, señorita Clotho, o señora
Clotho, o lo que sea. Dígame, ¿Qué gana usted con esto? ¿En qué moneda del
reino le pagan? Usted se ocupa de esta tienda sobrenatural, atrapa a estos
necios, y apuesto que apenas yo me vaya, ¡zas!, todo se esfuma. De vuelta al
País de los Ensueños. ¿Qué tipo de vida hogareña lleva? ¿Hace tres comidas
diarias? ¿Se cambia el tampax cuando tiene la regla? ¿Tiene aún la regla? ¿O ya
ha pasado por la menopausia? ¿Inmortal, quizás? Dígame, extraña señora tortuga,
si vive siempre, ¿cambia de vida? ¿Todavía le gusta acostarse con un hombre?
¿Alguna vez lo hizo? ¿Cómo es su caca, firme y dura? ¿Tienen que hacer caca las
misteriosas viejas fantásticas que se esfuman con su librería? ¿O quizá no, eh?
—¡No puede hablarme así! —le gritó ella—.
¿Sabe quién soy?
—¡Mierda, no! —le respondió chillando Cort—.
¡No sé quién demonios es usted, y lo que es más importante, me importa un
cochino pepino quién es!
Los lectores zombies había levantado la
cabeza. Parecían angustiados. Como si se hubiera roto un prolongadísimo trance.
Pestañeaban furiosamente, se movían sin objeto, parecían... marmotas que salen
a examinar sus sombras.
—¡Deje de gritar! —refunfuñó Clotho—. ¡Está
poniendo nerviosos a mis clientes!
—¿Quiere decir que estoy despenándolos?
¡Venga, todo el mundo, salgan a tomar el sol! ¡Dense un chapuzón! ¿Por qué
están tan quietos? ¿Sabiduría del destino?
—¡Cierre el pico!
—¿Ah, sí? Tal vez lo haga y tal vez no, vieja
tortuga. Si responde a mi pregunta, por qué me aguardaba aquí especialmente a
mí, es posible que deje a estos papanatas seguir hojeando.
La vieja se acercó a él tanto como pudo sin
tocarle, y silbó igual que una serpiente
—¿Usted? —dijo con los dientes apretados—.
¿Por qué piensa que le esperábamos a usted precisamente? Esperamos a todo el
mundo. Esta era su oportunidad. Todos tienen una oportunidad, todos tendrán su
oportunidad en la tienda del curioseo.
—¿Por qué dice «esperamos»? ¿Se siente
imperial?
—Nosotras. Mis hermanas y yo.
—Oh, hay más de una como usted, ¿eh? Una
cadena de librerías. Muy agudo. Pero supongo que tendrán sucursales en estos
tiempos, con tanta competencia de otras cadenas...
Clotho apretó los dientes. Y por primera vez
Cort vio que la vieja tortuga tenía dientes detrás de sus rectos y finos
labios.
—Coja este libro o salga de mi tienda —dijo
la mujer en un mortífero susurro.
Cort cogió el minilibro de las temblorosas
manos de la vieja.
—Nunca había tratado una persona tan vil, tan
grosera —refunfuñó Clotho.
—El cliente siempre tiene la razón, querida
—dijo Cort.
Y abrió el libro en la página exacta.
La página donde leyó cuál sería su mejor
momento. El conocimiento que convertiría el resto de su vida en una idea
tardía. Un fracasado pasando el tiempo. Una constante caminata montaña abajo.
¿Cuándo se produciría? ¿Dentro de un año?
¿Dos años? ¿Cinco, diez, veinticinco, cincuenta, o en el bendito instante final
de la vida, después de haber trepado, trepado y trepado siempre hasta la
cumbre? Cort leyó...
Leyó que su mejor momento se produjo cuando
tenía diez años. Cuando, en el transcurso de un partido de béisbol en un solar,
un partido en el que sólo se podía batear si se echaba fuera a otro jugador, el
mejor bateador del barrio consiguió un tremendo golpe dirigido hacia la parte
más alejada del centro del campo, donde Cort se veía forzado a jugar siempre
(porque se destacaba en este deporte). Él corrió de espaldas, extendió su
desnuda mano y milagrosamente, él, el pequeño Alex Cort, saltó todo lo que pudo
y el dolor de la desgastada y dura bola al tocar su mano y quedarse en ella fue
más dulce que cualquier sensación anterior... o posterior. El momento se revivía
en las palabras de la página del terrible libro. Lentamente, poco a poco Cort
cayó al suelo, sus pies tocaron tierra y su vista fue hacia su mano, y allí, en
la enrojecida y afligida palma, falta de guante de béisbol, estaba la pelota
más dura jamás lanzada por un bateador. Alex era el mejor, el amo del mundo, lo
más increíble en la faz de la tierra, enorme, intrépido y excelente, el expeno
inconmesurable, milagroso; un prodigio, un prodigio andante. Ése fue el mejor
momento de su vida.
Cuando tenía diez años.
Nada más haría en su vida, nada había hecho
entre los diez y los treinta y cinco años, su edad mientras leía el minilibro.
Y observó que él, hasta que muriera cuando se agotaran los años que le restaban
de vida, no haría nada... nada podría compararse con aquel momento.
Cort alzó la cabeza lentamente. Tenía
dificultades para ver. Estaba llorando. Clotho le sonreía desagradablemente.
—Tiene suene de que yo no sea como mis
hermanas. Ellas reaccionan mucho peor cuando las fastidian.
La vieja se alejó de él. El sonido del
minilibro bruscamente cerrado en el mostrador del escaparate detuvo su
caminar. Cort dio media vuelta sin pronunciar palabra y se dirigió hacia la
puerta. Oyó detrás de él los apresurados pasos de la anciana.
—¿Adonde cree que va?
—Vuelvo al mundo real. —Tenía dificultad para
hablar. Las lágrimas le obligaban a expresarse con sollozos y las palabras
brotaban ásperamente.
—¡Tiene que quedarse! ¡Todos se quedan!
—Yo no, querida. El héroe es único.
—Todo es inútil. Nunca volverá a conocer la
grandeza. Sólo basura, despojos, vacío. No habrá nada tan bueno aunque viva mil
años.
Cort abrió la puerta. La niebla continuaba
allí. Y la noche. Y la última selva. Cort se detuvo y miró a la vieja.
—Si tengo suerte, no viviré mil años.
Luego cruzó la puerta de «Clotho: Libros
Raros» y la cerró con fuerza. La vieja le observó al otro lado del escaparate
cuando él se alejó entre la niebla.
Se detuvo de nuevo y se agachó para hablar
tan cerca del vidrio como fuera posible. Ella estiró su carilla de tortuga y le
oyó decir:
—Lo que queda puede ser solamente el final de
una vida de mierda... pero es mi vida de mierda.
«Y es la única diversión de la ciudad,
querida. El héroe es único.»
Luego Cort se adentró en la niebla, llorando;
pero intentando silbar.
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