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Los habituales - Robert Silverberg

Era la proverbial noche que no es buena ni para el hombre ni para la bestia, negra, horrible, con la lluvia que caía aullando en ráfagas implacables. Pero en el local de Charley Sullivan todo era tan cómodo como un zapato viejo, las luces brillaban tenuemente, la calefacción funcionaba y los letreros de neón de las cervezas chisporroteaban agradablemente, con Charley detrás del bar llenando los vasos por encima de la línea y todos los habituales en sus sitios de costumbre. ¡Qué agradable y cómoda puede resultar una taberna como la de Charley Sullivan en una noche negra, horrible y cargada del aullido de la lluvia!

—Era una noche como esta —le dijo el papa a Karl Marx—. Recuerdo que era una noche como esta cuando cambiaste de parecer en cuanto a reventar el mercado de valores, ¿eh?

Karl Marx asintió, meditabundo.

—Sí, fue el principio del fin para mí como auténtico revolucionario, cierto que lo fue. —No es irlandés, pero en el local de Charley Sullivan todo el mundo adopta rápidamente el ritmo y la forma de hablar de los irlandeses—. Cuando te acostumbras demasiado a tus comodidades y no estás dispuesto a salir y exponerte a la ventisca para atacar a los enemigos del proletariado, entonces es que ha llegado el final de tu vocación, cierto que sí.

Lanzó un suspiro y contempló el contenido de su vaso. Ahora no había más que espuma, y volvió a suspirar.

—¿Puedo invitarte a otro? —preguntó el papa—. En recuerdo de tu vocación.

—Puedes, ciertamente —contestó Karl Marx. El papa miró a su alrededor.

—¿Y quién más lo necesita? ¡Es mi ronda!

El Dirigente golpeó levemente el borde de su vaso. Lo mismo hicieron la señora Bewley y Mors Longa. Yo sonreí y meneé la cabeza, y la Ingenua también decidió pasar, pero Toulouse-Lautrec, en un extremo del mostrador, apartó los ojos del televisor lo suficiente como para hacer una seña. Charley se encargó con eficiencia de llenar todos los vasos: cerveza para el apóstol de la lucha de clases, Jack Daniel's para Mors Longa, Valpolicella para el papa, escocés con agua para el Dirigente, vino blanco para la señora Bewley, Perrier con una rodaja de limón para Toulouse-Lautrec, ya que la última vez había bebido coñac y decía querer tomarse un respiro. Y, para mí, Myers con hielo. A Charley nunca le hace falta preguntar. Naturalmente, nos conoce a todos muy bien.

—Salud —dijo el Dirigente y todos bebimos, y luego pasó un ángel y el largo silencio solo terminó cuando el feo rugido del trueno hizo estremecerse el lugar con una intensidad aproximada de 6,3 en la escala Richter.

—Fea noche —dijo la Ingenua—. ¡Imaginaos, intentar la huida con un diluvio semejante! Puedo verlo ahora. Harry y yo misma en el cobertizo, y el coche...

—Harry y yo —dijo Mors Longa—. «Yo misma» no va bien ahí. Como muy bien sabes, cariño.

La Ingenua parpadeó cariñosamente.

—Siempre me olvido. Bien, ahí estábamos Harry y yo en el cobertizo y el coche esperando, el viejo Pierce-Arrow de mi primo con el...

«... bar en el asiento trasero, que siempre estaba repleto de los mejores licores importados», proseguí yo en silencio, solo una fracción de segundo por delante de su voz, límpida y aguda, «y lo único que debíamos hacer era conducir esos ciento cincuenta kilómetros, cruzar la frontera estatal y llegar al sitio donde nos aguardaba el juez de paz...».

Me dediqué a mi ron. El Dirigente, acercándose un poco más a la Ingenua, le cogió tiernamente la mano mientras que las partes desagradables de la historia empezaban a llegar. El papa sorbió su vino con un resoplido de simpatía, y Karl Marx frunció el ceño y empezó a golpearse una mano con la otra, y hasta la señora Bewley, que era muy poco tolerante con las tonterías de la Ingenua, se las arregló para emitir una brillante sonrisa en nombre de la hermandad femenina.

—... la lluvia, ¿comprendéis?, le había hecho algo horrible a los mecanismos del coche y ahí estábamos, Harry metido en el fango hasta las rodillas intentando arreglarlo, y yo medio enloquecida por el nerviosismo y la impaciencia, y la noche se estaba poniendo cada vez peor y peor, cuando entonces oímos perros ladrando y...

«... mi guardián y dos de sus hombres emergieron de entre la noche...»

Ya lo habíamos oído todo cincuenta veces. Lo cuenta cada noche que llueve mucho. No toleramos tal repetición a nadie más; tenemos nuestra sensibilidad, y resultaría un castigo cruel y fuera de lo acostumbrado vernos obligados a escuchar la misma historia una vez y otra y otra. 

Pero la Ingenua es una joven y encantadora criatura cuya manía especial es repetirse a sí misma, y ella y solo ella es capaz de salirse con la suya entre los habituales del local de Charley Sullivan. 

Seguimos su relato, asintiendo, suspirando y meneando la cabeza en los momentos adecuados, igual que se hace cuando estás oyendo la Quinta de Beethoven o la Inacabada de Schubert. Ella estaba llegando justamente al clímax tempestuoso, su prometido y su guardián en un combate a muerte iluminado por los lúgubres destellos del relámpago, cuando en el exterior hubo un auténtico relámpago, seguido casi al instante por un trueno que hizo parecer al anterior meramente el suspiro de un mosquito. Las vibraciones hicieron caer tres vasos del mostrador, y las fotos que Charley Sullivan tiene enmarcadas del presidente Kennedy y el papa Juan XXIII oscilaron en sus rincones.

Lo siguiente en ocurrir fue que la puerta se abrió, y por ella entró un nuevo cliente. Y ya pueden imaginar que eso hizo que nos irguiéramos llenos de atención, pues con un tiempo así es de esperar que al local de Charley solo vengan los habituales, y era una auténtica novedad ver materializarse a un desconocido. Además, había llegado justo a tiempo, pues sin él habríamos continuado quince minutos más con el relato del infortunado y fallido intento de huida de la Ingenua.

Tendría unos treinta y dos años o quizá algo menos. Vestía unos Levi's de aspecto resistente, un cárdigan grueso y negro y una chaqueta bastante maltrecha. Su pelo, oscuro y rebelde, estaba empapado y sucio. Sin disponer de ninguna evidencia en particular, decidí inmediatamente que era un marinero mercante que había abandonado su barco. 

Durante un segundo se quedó inmóvil, un par de pasos más allá del umbral, contemplándonos a todos con esa mirada cautelosa que el hombre acostumbrado a los bares tiene cuando llega a un nuevo sitio donde, obviamente, todo el mundo es un habitual desde hace mucho tiempo; y luego sonrió, al principio con algo de timidez, luego más cálidamente al ver que algunos de nosotros le devolvíamos la sonrisa. 

Se quitó la chaqueta y la colgó en el perchero que había encima de la gramola, se sacudió como un perro mojado, y luego se instaló en el mostrador entre el papa y Mors Longa.

—¡Jesús, qué noche más apestosa! —dijo—. No saben lo que me alegré al ver una luz encendida al final de la manzana.

—Esto te gustará, hermano —dijo el papa—. Charley, permíteme que pague la primera copa de este joven.

—La última ronda fue tuya —indicó Mors Longa—. ¿Puedo, su santidad?

El papa se encogió de hombros.

—¿Por qué no?

—Será un placer —le dijo Mors Longa al recién llegado—. ¿Qué vas a tomar?

—¿Tienen Old Bushmills aquí?

—Aquí tienen de todo —dijo Mors Longa—. Charley tiene de todo. Es nuestro anfitrión. Bushmills para el joven, Charley, y creo que será doble. ¿Alguien más está preparado?

—Algo dulce por aquí —dijo el Dirigente.

Toulouse-Lautrec optó por su siguiente coñac. La Ingenua, que parecía haber olvidado que no terminó de contar su historia, indicó con una seña que deseaba su acostumbrada mezcla de aguardiente de centeno y jengibre. Los demás no quisimos nada.

—¿Cuál es tu barco? —le pregunté.

El desconocido me miró con sorpresa.

—Pequod Mani, bandera liberiana. ¿Cómo lo has sabido?

—Soy bueno adivinando. ¿Te importa que te pregunte a dónde vais?

Tomó un largo trago de su whisky.

—Decían que a Maracaibo. No llevamos líquidos. Café y cacao. Pero yo no voy. Yo... bueno, me despedí de mi puesto. Esta tarde, muy de repente. ¡Jesús, esto sabe bien! ¡Este lugar es maravilloso y acogedor!

—Y nos gusta verte en él —dijo Charley Sullivan—. Te llamaremos Ishmael, ¿eh?

—¿Ishmael?

—Aquí todos necesitamos nombres —dijo Mors Longa—. Por ejemplo, a este caballero le llamamos Karl Marx. Tiene conciencia social. Al final del mostrador tienes a Toulouse-Lautrec. Y en cuanto a mí, puedes llamarme Mors Longa.

Ishmael frunció el ceño.

—¿Es un nombre italiano?

—En realidad, es latín. No es un nombre, es una especie de frase. Mors longa, vita brevis.
("La muerte es larga, la vida es breve") Mi divisa. Y esa es la Ingenua, que necesita montones de amor y protección, y esa es la señora Bewley, que sabe cuidar de sí misma, y...

Fue nombrando a todos los presentes en la habitación. Ishmael parecía esforzarse por recordar los nombres. Los fue repitiendo hasta tenerlos bien aprendidos, pero parecía algo sorprendido.

—En los bares que he frecuentado no es costumbre hacer este tipo de presentaciones —dijo—. Hace que todo se parezca más a una fiesta particular que a un bar.

—Sería mejor decir una reunión de familia —contestó la señora Bewley.

—Aquí formamos una sociedad —dijo Karl Marx—. No es la conciencia de los hombres la que determina su existencia sino, al contrario, su existencia social la que determina su conciencia. En este lugar cada uno cuida de los demás.

—Esto te gustará —intervino el papa.

—Me gusta. Me sorprende lo mucho que me gusta. —El marinero sonrió—. Quizá este sea el bar que llevo buscando toda mi vida.

—No hay duda de que lo es —dijo Charley Sullivan—. ¿Qué te parece un Bushmills por mi cuenta, chico?

Ishmael empujó tímidamente su vaso hacia adelante y Charley lo llenó hasta el borde.

—El ambiente de aquí es muy amistoso —comentó Ishmael—. Es casi como... el hogar.

—Quizá como un club —sugirió el Dirigente.

—Un club, el hogar, sí —dijo Mors Longa, indicándole a Charley que deseaba otro bourbon—. Karl Marx lo ha dicho muy bien; en este lugar todos nos cuidamos mutuamente y nos preocupamos el uno del otro. Somos amigos y luchamos continuamente para divertirnos y protegernos mutuamente; esos son los dos deberes básicos de los amigos. Nos invitamos a beber, hablamos y narramos historias para que la oscuridad pase más rápidamente.

—¿Vienen aquí cada noche?

—Nunca nos perdemos una —dijo Mors Longa.

—Ahora ya deben conocerse todos bastante bien.

—Muy bien. Muy, muy bien.

—El tipo de lugar con el que siempre he soñado —dijo Ishmael con voz pensativa—. El tipo de lugar que nunca querré abandonar. —Dejó que sus ojos se movieran en un lento recorrido por toda la habitación, deslizándose sobre la gramola, la mesa de billar, el tablero de dardos, la pantalla del televisor, el maltrecho calendario de 1934 que nunca había sido reemplazado, la chimenea y el piano. Tenía el rostro encendido y no era solo a causa del whisky—. ¿Por qué razón alguien desearía abandonar un sitio como este?

—Es un lugar estupendo —comentó Karl Marx.

—Y cuando encuentras un sitio excelente, ese es el sitio en el cual deseas permanecer —dijo Mors Longa—. Claro que sí. Se convierte en tu club, tal y como dice nuestro amigo. Tu hogar cuando estás lejos del hogar. Pero eso me recuerda una historia, jovencito. ¿Has oído hablar alguna vez del bar que no tiene salida? ¿El bar en el que todo el mundo permanece para siempre, porque no podrían marcharse de él aunque lo desearan? ¿Conoces esa historia?

—Nunca la he oído —dijo Ishmael.

Pero el resto de nosotros sí la habíamos oído. En el local de Charley Sullivan siempre intentamos no contar dos veces la misma historia, para no herir la sensibilidad de los demás, pues el aburrimiento es aquí la peor de todas las calamidades. Solo la Ingenua se halla exenta de tal regla, pues está en su misma naturaleza el narrar las historias una y otra vez, y todos la apreciamos lo mismo a pesar de ello. 

Sin embargo, de vez en cuando ocurre que uno de nosotros debe narrar una historia vieja y familiar en beneficio de un recién llegado; y aunque en cualquier otro instante es necesario que todos estemos atentos a lo que se dice, en tales ocasiones no es imprescindible. 

Así pues, el Dirigente y la Ingenua fueron hacia la chimenea para mantener una pequeña conversación privada; Karl Marx desafió al papa para que jugara una partida de dardos, y los demás fueron hacia su rincón particular, hasta que solo quedamos Mors Longa, el marinero y yo sentados ante el mostrador, yo meditando sobre mi vaso de ron y Mors Longa empezando a mostrar una expresión lejana en su rostro, mientras que Ishmael, el cuerpo tenso por la emoción, decía:

—¿Un bar del que nadie puede salir nunca? ¡Qué sitio más extraño!

—Sí —contestó Mors Longa.

—¿Dónde se encuentra semejante lugar?

—En ninguna parte especial del Universo. Con ello quiero decir que se encuentra en algún lugar fuera del tiempo y del espacio, tal y como entendemos tales conceptos, que está simultáneamente en todas partes y en ninguna, aunque no hay en él nada de extraño aparte de que carezca de tiempo y espacio propios. De hecho, según me han contado, se parece a todos los demás bares que hayas podido visitar en tu vida, aunque en él todos los detalles son más acentuados y correctos que en esos bares. El propietario es un hombretón moreno de Irlanda, muy parecido al Charley Sullivan que tenemos aquí; y no le importa invitar de vez en cuando a los habituales a una ronda por cuenta de la casa; y siempre sirve buenas raciones y tiene la calefacción bien ajustada. Y la madera del local es oscura y suave, muy bien pulimentada, y la barra del mostrador está hecha de ese latón tan familiar, y en el bar se ven las dos plantas trepadoras de costumbre, así como la aspidistra que debe colocarse siempre junto a la escupidera en un rincón, y hay un tablero de dardos y una mesa de billar, y todas las otras cosas que pueden encontrar en los bares que son como ese. ¿Me comprendes? Es un bar completamente corriente, pero no está en la ciudad de Nueva York, ni en San Francisco, ni en Hamburgo o en Rangún, ni en ninguna otra ciudad de las que tú puedas visitar; apenas pongas el pie en él, te sentirás perfectamente a gusto, como si estuvieras en tu casa.

—Igual que aquí.

—Sí, muy parecido a lo que ocurre aquí —dijo Mors Longa.

—Pero ¿la gente nunca se va de él? —Ishmael frunció el ceño—. ¿Nunca?

—Bueno, a decir verdad algunos sí salen de él —dijo Mors Longa—. Pero antes déjame hablarte de los demás, ¿de acuerdo? Ya sabes que hay ciertas personas que jamás entran en los bares, que prefieren beber en su casa o en los restaurantes antes de la cena, o que nunca beben. Pero también está la gente a la cual le gustan los bares. Algunos, ya sabes, son tipos a los que sencillamente les gusta beber, y que encuentran un bar en algún sitio conveniente para animarse un poquito durante el trayecto que lleva de un lugar a otro. Y también están los que consideran el beber un acto social, ¿no? Pero en los bares también encontrarás montones de gente que acude ahí porque en su interior hay un vacío que necesita ser colmado, un espacio hueco, oscuro y frío, que debe llenarse no solo con el agradable calor del bourbon, entiéndeme, sino con una sustancia mística e invisible que emana de los que se hallan en la misma situación, gente que, no se sabe cómo, ha perdido un poco de sus almas por accidente, y que necesita el consuelo de encontrarse entre los de su propia especie. Digamos que un sacerdote ha perdido la vocación, o un escritor ha olvidado en qué consiste la alegría de crear historias sobre el papel, o un pintor ha descubierto que todos los colores se han vuelto simples matices del gris, o un cirujano siente ciertos temblores en la mano con que coge el escalpelo, o un fotógrafo ya no puede enfocar adecuadamente sus ojos. Conoces a ese tipo de gente, ¿verdad? Se encuentra mucha gente así en los bares. Algo en sus ojos te indica lo que son. Pero en este bar especial del que te estoy hablando solo encontrarás a ese tipo de gente; gente buena y decente, sí, pero con esa zona vacía en su interior. Eso hace que ese bar sea mucho más bar que todos los demás, de hecho lo convierte en una especie de bar platónico, si es que puedes seguirme, una especie de estereotipo tridimensional poblado por clichés de carne y hueso, una especie de escenario perpetuo, ¿lo entiendes? Si oyeras hablar de un sitio como ese, donde todo el mundo es un poco trágico y todos han sufrido un poco en la vida, donde todo el mundo es un perfecto personaje de bar, te reirías, dirías que no es real, que es demasiado parecido a la idea que todo el mundo se hace de un lugar así como para resultar convincente, ¿verdad? Pero todos los estereotipos se hallan firmemente enraizados en la realidad, ya sabes. Eso es lo que hace de ellos estereotipos, el hecho de que son exactamente iguales a la realidad, solo que más reales. Y para la gente que bebe en el bar del cual te estoy hablando, no se trata de ningún estereotipo y ellos no son clichés. Es la única realidad que tienen, la realidad más real que existe para ellos, y no es bueno reírse de todo eso porque en eso consiste su pequeño mundo particular, el mundo del bar arquetípico, el mundo de los habituales del bar.

—Que nunca salen de él —terminó Ishmael.

—¿Cómo podrían? ¿A dónde irían? ¿Qué harían en su día libre? No tienen identidad alguna salvo dentro del bar. El bar es su vida. El bar es su universo. No tienen nada que hacer en ningún otro sitio. Sencillamente, son lo que son. Se cuentan historias entre ellos y se esfuerzan duramente por mantenerse alegres, y no existe mundo exterior para ninguno. Eso significa ser un habitual, ser un ideal platónico. Cada noche, cuando llega la hora de cerrar, el bar y todo lo que contiene se esfuma en una especie de neblina gris, y cada mañana, a la hora que marca la ley para poder abrir, el bar regresa y, mientras tanto, los habituales no van a ninguna parte salvo a la neblina, porque solo ella existe, la neblina y luego el bar, el bar y luego la neblina. Los ideales platónicos no tienen trabajos, y no visitan Atlantic City durante el fin de semana, y no deciden ir una noche a la bolera en vez de a su bar. ¿Me vas entendiendo? Siguen siendo lo que son, al igual que los maniquíes de un escaparate permanecen en su interior. Solo que ellos pueden andar, hablar, sentir, beber y hacerlo todo, cosa que los maniquíes del escaparate no pueden conseguir. Y esa es su vida entera, noche tras noche, mes tras mes, año tras año, siglo tras siglo... puede que hasta el fin de los tiempos.

—Un sitio que da algo de miedo —dijo Ishmael, estremeciéndose levemente.

—La gente que está en ese bar es más feliz dentro de él de lo que podría serlo en cualquier otro sitio.

—Pero nunca salen de él. Salvo que antes dijiste que algunos sí salen, y que luego me hablarías de esa gente.

Mors Longa terminó su bourbon y, sin que hiciera falta decírselo, Charley Sullivan le sirvió otro más, y puso otro ron ante mí y un irlandés para el marinero. Durante un largo rato Mors Longa estuvo observando su vaso.

—Realmente no puedo decirte gran cosa sobre los que se van porque no sé mucho sobre ellos —dijo por fin—. Intuyo su existencia de forma lógica, eso es todo. Verás, de vez en cuando llega alguien nuevo a este bar, aunque el bar está fuera del tiempo y del espacio. Alguien aparece de entre la noche tal y como lo hiciste tú, se sienta y se une al grupo de los habituales y, poco a poco, encaja en él. Resulta obvio que, si de vez en cuando aparece alguien nuevo y nadie se marcha nunca, en poco tiempo el local se llenaría de una forma terrible, como la estación Grand Central en la hora punta, y entonces, ¿qué tipo de lugar feliz sería ese? Por lo tanto, concluyo que más pronto o más tarde cada uno de los habituales debe esfumarse de forma muy silenciosa, limitándose a desaparecer sin que nadie se entere de ello, quizá se marcha al lavabo y nunca sale de él, o algo parecido. Y no solo nadie se da cuenta de que falta esa persona, sino que nadie recuerda que esa persona estuviera alguna vez allí. ¿Me entiendes? De ese modo, el lugar nunca llega a estar demasiado concurrido.

—Pero a dónde van una vez que han desaparecido del bar del que nadie sale nunca, el bar que está fuera del tiempo...

—No lo sé —dijo Mors Longa en voz baja—. No tengo ni la más remota idea. —Y, después de un momento, añadió—: Aunque hay una teoría. Cuidado, es solo una teoría. Consiste en que, en realidad, la gente del bar está pasando el tiempo en una especie de lugar a medio camino, una especie de purgatorio, ¿entiendes? Algo que está entre un mundo y el otro. Y se quedan ahí durante largo, largo tiempo, no importa lo largo que deba ser, hasta que hayan agotado su período de espera, y luego se van, pero solo pueden marcharse cuando llega su reemplazo. Y de inmediato, se les olvida. La misma materia que forma el lugar, sea la que sea, se cierra sobre ellos y nadie entre los habituales recuerda que en tiempos solía haber aquí un médico con delirium tremens, o un político al que pillaron aceptando dinero, o un tipo bajito que se sentaba durante horas ante el piano sin tocar jamás ni una sola nota. Pero todo el mundo intuye que así es como funciona el sistema. Por eso el que alguien nuevo entre es tan importante. Cada uno de los habituales empieza a preguntarse en secreto: ¿seré yo el que se vaya? Y, además, se pregunta: ¿a dónde iré, si es que soy yo?

Ishmael sorbió lenta y pensativamente un trago de su bebida.

—¿Temen irse o temen quedarse?

—¿Tú qué piensas?

—No estoy seguro. Pero supongo que la mayoría de ellos deben tener miedo de irse. El bar es un sitio tan cálido, confortable y seguro... Es todo su mundo y lo ha sido durante un millón de años, y ahora puede que vayan a otro lugar distinto y horrible... ¿quién sabe? Lo seguro es que irán a otro lugar distinto. Eso me daría miedo. Claro que si llevara un millón de años atrapado en el mismo sitio estaría dispuesto a largarme en cuanto llegara la ocasión, sin importar lo cómodo que fuera ese sitio. ¿Qué desearías hacer tú?

—No tengo ni la más ligera idea —contestó Mors Longa—. Pero esta es la historia del bar del cual nadie sale nunca.

—Aterradora —dijo Ishmael.

Terminó su bebida y apartó el vaso, meneando la cabeza hacia Charley Sullivan, y se quedó sentado en silencio. Todos nos quedamos sentados, en silencio. La lluvia tamborileaba con un ruidito miserable en el edificio. Me volví hacia el Dirigente y la Ingenua. Él le había cogido la mano y la miraba a los ojos de forma harto significativa. El papa, sopesando un dardo, pasaba los pies por encima de la línea de tiro y se lamía los labios para afinar la puntería. La señora Bewley y Toulouse-Lautrec jugaban al ajedrez. De pronto había llegado la parte tranquila de la noche.

El marinero se puso en pie lentamente y cogió su chaqueta del perchero. Se volvió, sonrió de forma algo insegura y dijo:

—Se está haciendo tarde. Será mejor que me vaya. —Nos hizo una seña a los tres que estábamos en el bar, y dijo—: Gracias por las copas. Me hacían falta. Y gracias por la historia, señor Longa. Fue una historia muy rara, ¿sabe?

No dijimos nada. El marinero abrió la puerta, encogiendo el cuerpo al sentir la frialdad de la lluvia que caía a ráfagas. Se ajustó bien la chaqueta y, estremeciéndose levemente, penetró en la oscuridad. Pero solo estuvo fuera un instante. Apenas la puerta había tenido tiempo de cerrarse tras él y se abrió de nuevo, dejándole entrar con paso vacilante, empapado.

—Jesús —dijo—, está lloviendo como nunca. ¡Qué noche tan horrible! ¡No pienso meterme debajo del diluvio!

—No —contesté yo—. No es una noche adecuada para hombres ni para bestias.

—Entonces, ¿les importa que me quede aquí hasta que amaine un poco?

—¿Importar? ¿Importar? —Me reí—. Amigo mío, esto es un local público. Tiene tanto derecho a estar aquí dentro como cualquier otra persona. Venga, siéntese. Instálese como en su casa.

—Queda mucho Bushmills en la botella, chico —dijo Charley Sullivan.

—No ando muy bien de dinero —murmuró Ishmael.

—No importa —contestó Mors Longa—. El dinero no es la única moneda del reino que usamos aquí. Nos irían bien algunas historias que no hayamos oído antes. Para empezar, oigamos la historia más rara que puedas contarnos, y yo me encargaré de mantenerte bien provisto de irlandés mientras hablas, ¿eh?

—Me parece estupendo —dijo Ishmael, y estuvo pensando durante unos segundos—. De acuerdo. Tengo una muy buena. Es realmente muy buena, si no les importa que sea algo rara. Es sobre mi tío Timothy y su hermano gemelo, que era tan pequeño que lo llevó bajo el brazo durante toda su vida. ¿Les interesa?

—Puedo asegurarte que sí —dije yo.

—Secundo la moción —intervino Mors Longa, y sonrió con una cordialidad que yo llevaba mucho tiempo sin ver en su rostro—. Adelante —le dijo a Charley Sullivan—. Una ronda a mi cuenta. Por el bar.

El diablo y la bailarina - Roger Zelazny (Parte 1)

La luna flotaba redonda y soplaban fríos vientos cuando Oele danzó para Diablo, con las huellas de sus pies trazadas en fuego ante el vacío altar de piedra. En las tierras cercanas ya era primavera, pero allí, en las montañas, la noche hablaba de invierno. 

Sin embargo, ella danzaba descalza, vistiendo simplemente una frágil prenda gris ceñida con una cinta plateada que ponía al descubierto más que ocultaba su elástica figura mientras levantaba las llamas formando antiguas configuraciones, con su largo cabello rubio flotando alrededor de sus hombros.

La tierra se convirtió en un fulgurante tapiz, y sin embargo, Oele no se quemaba. Mucho más abajo, en la ladera septentrional, un espectral palacio se estremecía bajo la luz de la luna; las torres se esfumaban hasta el punto de ser transparentes y recuperaban parcial solidez momentos después, las paredes se desplazaban para unirse con las sombras y huían de ellas, las luces se hacían cerosas y se debilitaban detrás de las elevadas ventanas. La voz del viento era áspera y estridente, pero Oele tampoco sentía el frío.

La oscuridad se hizo más densa en el altar hasta que finalmente empañó las estrellas. Mientras ello ocurría, el viento se calmó y cesó. Las llamas brincaron más alto, pero la gran mancha que estaba encima de la piedra no se iluminó. Era un perfil enorme, de toscas alas, con una gran cabeza, y ondeaba. Casi parecía un agujero en el espacio, y Oele recibía la impresión de enormes profundidades internas en cuanto sus ojos giraban hacia allí.

Ella había danzado así, en determinadas temporadas, durante muchos años, más allá del recuerdo de cualquier morador de la vecindad. Todos la llamaban bruja, y también ella se consideraba como tal. El único que la conocía más le daba un título distinto, pero la distinción había ido deshilachándose con los años desde que una bailarina asesinara a su amante en aquel mismo lugar para obtener los poderes que sólo él, entre todos los hombres, poseía. 

Sacerdote había sido él, el último adorador en vida de un antiguo dios que, por ello, lo tenía en alta estima. Oele era la última adoradora, y ni siquiera conocía el nombre del dios. Ella lo llamaba Diablo y el dios le concedía deseos en respuesta a sus coreográficos actos de devoción, que Oele consideraba encantamientos. 

Una bruja que invocaba a un diablo, un dios que respondía a un devoto... En parte, era un asunto de perspectiva, pero sólo en parte. Porque las cosas que Oele pedía estaban más en armonía con sus nociones personales, y sus relaciones distaban mucho de las que había mantenido el dios con sus primeros adoradores hacía mucho tiempo.

Pese a todo, el vínculo entre ambos era fuerte. El dios obtenía fuerza con la danza de Oele, con ese último contacto con la tierra. Y ella también ganaba muchas cosas.

Por fin, los movimientos de la bailarina cesaron y Oele quedó en medio de su dibujo, mirando a la oscura forma que ocupaba el altar de piedra. Durante largos instantes, una pesada quietud flotó entre ambos, hasta que finalmente Oele habló:

—Diablo, te ofrezco mi danza.

La figura pareció asentir y aumentar ligeramente.

—Eso me complace —dijo por fin en voz profunda y lenta.

Oele aguardó, un silencio prolongado según el ritual, y luego habló de nuevo:

—Mi palacio se esfuma.

Otra vez la pausa, luego las palabras «Lo sé», seguidas por el gesto de un desigual miembro parecido a un ala de la insondable sombra, hacia el lugar de la ladera ocupado por la oscilante estructura.

—Observa, sacerdotisa, es firme una vez más.

Oele miró y vio que ello era cierto. A la luz de la luna, el palacio se alzaba rígido y sólido, sus luces brillaban uniformemente y sus rampas se perfilaban cual proas en la noche y las estrellas.

—Lo veo —replicó finalmente Oele—. Pero ¿cuánto tiempo seguirá así? Mis siervos desaparecen uno tras otro, vuelven a la tierra de la que brotaron.

—Están contigo una vez más.

—Pero ¿cuánto tiempo? —repitió Oele—. Es la tercera vez que te invoco para restaurar el orden... en menos de un año.

La figura guardó silencio más tiempo que el período acostumbrado.

—¡Dímelo, Diablo!

—No lo sé con certeza, sacerdotisa —respondió la sombra—. Cada vez soy más débil. Es precisa considerable energía para manteneros, a ti y a tu establecimiento, durante períodos largos... más energía que la que puedo obtener transformando tu danza.

—¿Qué debe hacerse?

—Podrías elegir una forma de vida más sencilla.

—¡Necesito magnificencia!

—Pronto me faltará la fuerza para sustentarla.

—¡En ese caso precisas algo más potente que mi danza!

—Yo no exijo esto.

—Pero lo aceptas cuando es necesario.

—Lo acepto.

—Pues tendrás sangre humana suficiente para recobrar tus poderes, y para aumentar los míos.

Hubo silencio.

—Empiezo ahora la danza de clausura —dijo Oele.

Y al moverse de nuevo, las llamas fueron apagándose con los pasos que trazaba, el viento sopló alrededor y la figura del altar menguó y desapareció, restituyendo un puñado de estrellas.

Cuando terminó, Oele dio media vuelta y se dirigió al palacio sin mirar atrás. Era el momento de preparar un viaje, al territorio de las llanuras, a una población costera donde se aseguraba que podía encontrarse cualquier cosa que se deseara.

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La mujer que montaba la yegua gris de negra crin vestía calzones de cuero de color canela, un jubón y una capa marrón y roja. Su cabello, igual que sus ojos de largas pestañas, era oscuro y su ancha boca parecía a punto de esbozar, tenue, quizás inconscientemente, una sonrisa. Lucía un anillo de jade en el dedo corazón de la mano izquierda, otro de ónice en la derecha. Una espada corta pendía de su cinto.

Su compañero vestía calzones negros, jubón verde y botas del mismo color. Su capa era negra, con bordes verdes, y llevaba una espada y una daga al cinto. Iba a lomos de una negra criatura con forma de caballo cuyo cuerpo parecía de metal.

Los dos conducían tres caballos de carga por las sendas de la montaña en el ambiente fresco y claro de la tarde. El ruido del agua que corría llegaba a sus oídos desde algún punto cercano.

—El tiempo mejora día tras día —observó la mujer—. Después de las regiones que hemos recorrido, esto parece casi veraniego.

—En cuanto salgamos de estas alturas —replicó el hombre—, las cosas serán más agradables todavía. Y cuando lleguemos a la costa... eso podría ser como un bálsamo. Te llevaremos a Tooma en una buena época del año.

La mujer desvió la mirada. —Ya no estoy tan ansiosa de llegar a ese lugar...

Moviéndose hacia la derecha, salvaron un promontorio rocoso. La montura del hombre emitió un extraño ruido. Tras volver la cabeza, el jinete observó la senda.

—No estamos solos —observó.

La mujer siguió su mirada; un hombre estaba sentado en una roca, un poco más adelante y a la derecha. Su cabello y su barba eran de color blanco puro, e iba vestido con pieles. Mientras lo miraban, el desconocido se levantó, apoyado en un bastón que era más alto que él.

—Hola —saludó.

—Saludos —dijo el jinete de las botas verdes, deteniéndose ante él—. ¿Cómo os va?

—Bastante bien —replicó el otro—. ¿Viajáis muy lejos?

—Sí. A Tooma, como mínimo.

El hombre asintió.

—No saldréis de las montañas esta noche.

—Lo sé. He vislumbrado un castillo a cierta distancia. Quizá nos permitan dormir dentro de sus muros.

—Tal vez sí. Porque la señora del castillo, Oele, siempre ha mostrado buena disposición con los viajeros, y le gusta cualquier relato que ellos puedan contar. Yo, en realidad, me dirijo hacia allí, para participar de la hospitalidad del lugar... aunque me han dicho que la señora está de viaje actualmente. Ese animal que montáis tiene un aspecto poco usual, caballero.

—Así es, ciertamente.

—...Y vos tenéis aspecto familiar, si me permitís decirlo. ¿Puedo saber vuestro nombre?

—Soy Dilvish, y esta es Reena.

La mujer asintió y sonrió.

—No es un nombre vulgar, el vuestro. Hubo un Dilvish hace mucho tiempo...

—No creo que ese castillo existiera en aquellos tiempos.

—A decir verdad, no. El territorio era entonces el hogar de una tribu de las montañas, lógicamente satisfecha con sus ganados y su dios... cuyo nombre ha sido olvidado desde entonces. Pero las ciudades crecieron en la llanura y...

—Taksh'mael —dijo Dilvish.

—¿Cómo?

—Taksh'mael era su dios —respondió Dilvish—, guardián de los ganados. Un amigo y yo hicimos una ofrenda en su altar cuando pasábamos por allí... hace mucho tiempo. Me pregunto si aún existirá el altar.

—Oh, existe, se halla donde siempre ha estado... Definitivamente sois miembro de una minoría, ya que conserváis recuerdos. Quizá sería preferible que no os detuvierais en el castillo... Ver la región en tan malos tiempos deprimiría a una persona como vos. Después de pensarlo dos veces, yo diría: seguid cabalgando y apartad ese pobre lugar de vuestra mente. Recordadlo tal como fue en otros tiempos.

—Gracias, pero hemos viajado mucho —replicó Dilvish—. No parece valer la pena un nuevo esfuerzo simplemente para no herir susceptibilidades. Iremos al castillo.

Los claros ojazos del hombre le miraron fijamente, se desviaron bruscamente después. Con una mano buscó algo bajo su tosca vestimenta. Luego avanzó renqueando y extendió esa mano hacia Dilvish.

—Tomad esto —murmuró—. Debéis tenerlo.

—¿Qué es? —preguntó Dilvish, alargando automáticamente el brazo.

—Una fruslería —dijo el otro—. Un viejo objeto que poseo desde hace algún tiempo, una muestra del favor y la protección del dios. Una persona que recuerda a Taksh'mael debe tenerlo por estos contornos.

Dilvish lo examinó: un fragmento de roca gris con vetas rosas donde aparecía rayada la imagen de un carnero. Estaba agujereada en un extremo con una gastada hebra de lana pasada por la abertura.

—Gracias —dijo Dilvish mientras metía la mano en su bolsa—. Me gustaría daros algo a cambio.

—No —dijo el anciano, retrocediendo—. Es un obsequio hecho libremente, y de nada me serviría una fruslería de la ciudad. Y en realidad no es gran cosa. Los dioses más recientes pueden permitirse más lujos, estoy seguro.

—Bien, que él guarde vuestros pasos.

—A mi edad, dudo que eso importe. Que os vaya bien.

El viejo se marchó entre las rocas y pronto se perdió de vista.

—Black, ¿qué opinas de esto? —preguntó Dilvish, inclinándose para balancear el amuleto ante su montura.

—Tiene cierto poder —replicó Black—, pero su magia está viciada. No estoy muy seguro de que yo confiaría en alguien que luce un objeto como este.

—Primero nos dice que hagamos un alto en el castillo, luego nos dice que pasemos de largo. ¿En qué parte del consejo debemos desconfiar de él?

—Déjame verlo, Dilvish —dijo Reena.

Dilvish dejó caer el amuleto en las manos de la mujer y esta lo examinó largo rato.

—Cierto, es tal como dice Black... —empezó a comentar por fin.

—¿Lo conservo o lo tiro?

—Oh, quédatelo —replicó la joven, devolviéndoselo—. La magia es como la miel. ¿A quién le importa de dónde procede? Es el uso que haces de ella lo que importa.

—Eso sólo es cierto si puedes controlar el uso —dijo Dilvish—. ¿Quieres hacer un alto en el castillo? ¿O viajamos tanto como podamos esta noche?

—Los animales están cansados.

—Cierto.

—Creo que ese hombre estaba un poco loco.

—Seguramente.

—Una cama de verdad sería muy agradable.

—En ese caso, visitaremos el castillo.

Black guardó silencio cuando prosiguieron la marcha.

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Lamparillas de aceite, velas y un gran hogar iluminaban la taberna donde Oele danzaba. Marineros, comerciantes, soldados, bribones y ciudadanos de diversas especies bebían y comían en las pesadas mesas de madera. Esa noche Oele lucía su vestido azul y verde, y dos músicos acompañaban sus enérgicos movimientos en la parte despejada de la sala principal. 

El negocio había mejorado considerablemente desde su llegada a la ciudad hacía dos semanas, y aunque había recibido tres propuestas de matrimonio y muchas otras clases de ofertas, Oele no se había comprometido con nadie. Y la falta de un fornido compañero no le creaba grandes problemas. Una mirada fija y un simple gesto imperioso ponían fin a las indeseadas atenciones de los más inoportunos, haciendo que un hombre cayera sin sentido al suelo. 

Era obvio que ella no deseaba los abrazos de los borrachos clientes del lugar, aunque sus ojos escrutaban hasta el último rostro en el transcurso de la noche. Y en ese momento había caras nuevas. Esa tarde había llegado una caravana procedente del oeste, y un barco había arribado de aguas meridionales. El gentío de esa noche era más ruidoso que de costumbre.

Un alto hijo del desierto atrajo su atención... Un hombre de pausados movimientos, moreno y aguileño. La suelta vestimenta no ocultaba su cuerpo fuerte y bien proporcionado. Estaba descansando cerca de la entrada, sorbiendo vino y fumando con un complicado artefacto que había dejado en la mesa ante él. 

Otros hombres de similares atavíos estaban sentados ante la misma mesa, conversando en su sibilante lengua. Los ojos del hombre alto no se desviaban de Oele, y la sacerdotisa empezó a pensar que esa podía ser la noche esperada. Había indicios de gran vitalidad incluso en los movimientos más ligeros del desconocido.

Un grupo de marineros llegó mientras pasaba la noche, pero Oele no les prestó atención. Por entonces estaba bailando únicamente para el hombre elegido. Y era patente, por la luz de sus ojos, su sonrisa y las palabras que había pronunciado a la bailarina al pasar cerca de él, que estaba cautivado. Le serviría. Una hora más y ella se lo llevaría de allí...

—Venid hacia aquí, señora. Me gusta.

Oele miró a la derecha, al hombre que había hablado, y vio unos ojos azules bajo unas revueltas greñas cobrizas, un pendiente de oro, dientes muy blancos, un pañuelo rojo: uno de los marineros recién llegados. Era difícil juzgar su corpulencia, inclinado como estaba hacia adelante.

Oele se acercó mientras lo examinaba. Interesante cicatriz en su mentón... Diestras manazas en la mesa ante él...

Oele esbozó con los labios una suave sonrisa. Aquel hombre estaba más animado que el otro, y ciertamente tan lleno de vida... ¿No sería preferible...?

La sacerdotisa oyó un ruido detrás y se volvió sin perder el compás. El comerciante estaba de pie, mirando coléricamente al marinero. Sus hombres también estaban levantándose. Oele siguió sonriendo y se alejó. La música cesó de pronto. La bailarina escuchó un juramento, muy audible con el repentino silencio.

—Eres muy vivo —dijo el marinero, poniéndose en pie—. Espero que valgas la pena.

Al instante la sala entera pareció cobrar movimiento: mesas y sillas fueron apartadas. Marineros y comerciantes se aproximaron, con armas aparecidas en sus manos casi por arte de magia. Los demás clientes se escabulleron hacia lugares protegidos o salieron del establecimiento por la puerta más próxima. Sin mostrar miedo, Oele se apartó varios pasos para hacer sitio para el combate.

El marinero que ella vigilaba avanzó agachado, con un puñal en la mano derecha. El comerciante alto blandía un arma blanca curvada y más larga. Mientras sus hombres peleaban alrededor, los dos rivales se abrieron paso hasta un lugar despejado próximo al centro de la sala, como si se hubieran puesto de acuerdo para ello. De un rincón salió despedida una jarra hacia la nuca del comerciante. Oele hizo un brusco ademán y la jarra se desvió y se hizo añicos en la pared.

El marinero esquivó el primer tajo del arma del otro y replicó con un golpe de arriba abajo que hirió levemente el bíceps de su rival. No logró evitar el contragolpe, no obstante, aunque sí pararlo con su arma. Se apartó de un brinco después, incapaz de responder dada la mayor longitud del cuchillo del otro hombre. 

Empezó a dar vueltas alrededor del comerciante, arrastrando los pies y pateando. Su espalda quedó un momento delante de la reyerta general, y un comerciante de escasa estatura se lanzó hacia él. Oele hizo otro gesto y pareció como si el hombrecillo hubiera sido agarrado por una mano gigante y lanzado al otro lado de la sala. Oele sonrió, se humedeció los labios.

Mientras daba vueltas, el pie del marinero topó con una banqueta. De una patada la lanzó hacia su rival. A pesar de su larga vestimenta, empero, el comerciante evitó la banqueta con un rápido movimiento y atacó de nuevo la cabeza del otro. Pero el marinero había sacado una cabilla de su cinturón y la usó para parar el golpe; reaccionó con rapidez y lanzó un tajo al estómago del comerciante.

El atacado logró recobrarse y esquivar el golpe a tiempo, pero con ello quedó en mala posición muy cerca de su rival. La cabilla le alcanzó en la sien. Retrocedió, claramente aturdido, mientras su arma describía un amplio movimiento circular, y la porra le dio de nuevo, en el pómulo izquierdo. Se tambaleó y la cabilla subió y bajó dos veces más en rápida sucesión. 

Quedó tendido en el suelo, inmóvil, con la ropa desarreglada. El marinero se acercó y de una patada le quitó el arma de la mano extendida. Pese a ello, el comerciante no se movió. Jadeante, el marinero se enjugó el sudor de la frente y sonrió a Oele mientras metía la cabilla en el cinturón.

—Buen trabajo —dijo la bailarina—. Casi terminado.

El marinero contempló su puñal, sacudió la cabeza después.

—Está terminado —replicó—. No pienso apuñalarlo para vuestra diversión.

Puso el arma en la funda que llevaba en la bota derecha. La pelea entre marineros y comerciantes continuaba, aunque con algunas muestras de lentitud, perdiendo fuerza. Tras una rápida mirada en esa dirección, el marinero inclinó la cabeza ante Oele.

—Capitán Reynar —dijo—, a vuestro servicio. Amo de mi propio barco, la Pata de Tigre. —Extendió un brazo—. Venid ahora y os lo mostraré. Creo que podríais disfrutar navegando por las aguas del sur.

Oele aceptó su brazo y ambos se alejaron.

—Creo que no —dijo ella—. Porque también yo soy ama en mi casa, que no pienso abandonar. ¿Evitamos nuevas heridas a estos pobres sujetos?

Hizo un amplio gesto circular hacia los restantes combatientes y todos cayeron sin sentido al suelo.

—Un truco magnífico —dijo el capitán—, y que no me importaría conocer.

Oele hizo otro gesto mientras seguían andando y la puerta se abrió de par en par ante ellos.

—Tal vez os lo enseñe —respondió la bailarina al salir—. Pero mis aposentos están más cerca que vuestro barco y sin duda menos atestados... Aunque los dejaremos por la mañana para viajar a las montañas.

El marinero sonrió.

—Falta mucho para convencer a un capitán de que abandone su barco... Sin descortesía alguna a vuestros evidentes encantos.

—Ahuecad vuestras manos.

Reynar le soltó el brazo y obedeció. Oele tapó las manos del hombre con las suyas y algo empezó a resonar. Momentos después el marinero puso tensos los brazos ante el inesperado peso. Oele levantó las manos y las del capitán estaban llenas de relucientes monedas. Siguieron cayendo más, que resbalaron y cayeron al suelo.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Se están cayendo! —exclamó Reynar.

Oele rió, y el sonido de su risa no era distinto del oro, pero el diluvio de dinero concluyó. Reynar guardó las monedas en diversos lugares de su persona. Se arrodilló y recogió el dinero caído. Lo examinó. Mordió una moneda.

—¡Auténticas! ¡Son auténticas! —dijo.

—¿Qué me decíais de un capitán y su barco?

—No tenéis la menor idea de cuán miserable puede ser la vida en el mar. Siempre he deseado vivir en las montañas. —Se tocó la frente y ofreció de nuevo su brazo—. ¿En qué dirección? —preguntó.

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El sol había pasado detrás de la montaña, creando largas sombras, aunque el día aún se extendía en el territorio de las llanuras cuando Dilvish y Reena se acercaron al castillo que habían divisado horas antes.

Se detuvieron y contemplaron el lugar. Los estandartes aleteaban en las almenas y torres y parecía haber luz en todas las ventanas. El rastrillo se levantó y un sonido de música brotó del interior.

—¿Qué opinas? —dijo Dilvish.

—Estaba comparándolo con el castillo que fue mi hogar —replicó Reena—. Me parece magnífico.

Atisbaron por la entrada. Una mujer que aguardaba en las proximidades cruzó la puerta y los saludó.

—¡Viajeros! Sed bienvenidos si buscáis cobijo.

Dilvish señaló los adornos de los muros, la alargada alfombra extendida al otro lado de la entrada.

—¿Cuál es el motivo —preguntó— de este ornamento?

—Nuestra señora ha estado fuera —replicó la mujer—. Regresará esta noche con su nuevo cónyuge.

—Debe ser una mujer notable, para mantener un castillo como este aquí.

—Ciertamente lo es, caballero.

Dilvish observó un instante más.

—Tengo intención de quedarme aquí —dijo por fin.

—Y yo un cuerpo que agradecerá un poco de descanso —comentó Reena.

—Entremos.

Avanzaron hasta llegar donde estaba la rechoncha mujer morena que los había saludado. Sus manos eran grandes, sus movimientos pausados; su rostro estaba salpicado de pecas. Sonrió enseñando sus grandes dientes y condujo a los viajeros al interior.

Dilvish contó otros cinco sirvientes —dos mujeres y tres hombres— dedicados a diversas tareas en el patio. Algunos estaban colgando nuevos adornos. La mujer que los había recibido llamó a uno de los hombres.

—Él se ocupará de vuestros caballos —dijo. Luego volvió la cabeza y miró a Black—. Excepto este. ¿Qué deseáis que se haga con él?

Dilvish miró hacia un rincón a la izquierda.

—Si es posible, lo dejaré allí —dijo—. No se moverá.

—¿Estáis seguro?

—Lo estoy.

—Perfectamente. Hacedlo. Sacad las cosas que habéis traído y os ayudaré a llevarlas a vuestras habitaciones. Más tarde cenaréis en la mesa de la señora.

—En ese caso, quiero eso —dijo Reena, señalando un fardo, mientras Dilvish y Black se alejaban hacia el rincón elegido.

—Me preocupa vagamente —dijo Black— nuestro encuentro con aquel viejo. No saldré de este cuerpo mientras esté aquí. Si me necesitas, llámame y vendré.

—De acuerdo —dijo Dilvish—, aunque dudo que sea necesario.

Black bufó y se quedó inmóvil, convirtiéndose en la estatua de un caballo. Dilvish desmontó, cogió sus cosas y siguió a las mujeres hacia el interior.

La mujer que los había recibido, cuyo nombre era Andra, los condujo a una habitación del tercer piso con vistas al patio.

—Cuando la señora y su esposo lleguen, os llamaremos a cenar y a gozar de la diversión —dijo—. Mientras tanto, ¿hay algo que necesitéis?

Dilvish meneó la cabeza.

—No, gracias. Pero siento curiosidad por averiguar cómo sabéis exactamente cuándo llegará ella. Estáis a bastante distancia de cualquier lugar.

Andra reflejó confusión.

—Ella es la señora —replicó—. Nosotros lo sabemos.

En cuanto se hubo ido, Dilvish señaló la puerta con la cabeza.

—Extraño... —dijo.

—Tal vez no —replicó Reena—. Hay una sensación peculiar en este lugar. Yo puedo reconocerla mejor que nadie, aunque no es tan fuerte como en mi hogar. Creo que esta dama, Oele, podría ser una adepta menor. Hasta sus criados parecen poseer la sensibilidad apagada de las personas dominadas.

—¿Pero no habías oído hablar de ella, o de alguien de esta región, como hermana del arte?

—No. Pero hay tantos practicantes menores que es imposible conocer a todos. Solo los actos de los grandes ofrecen temas generales para los chismes.

—¿Como los de tu antiguo patrón?

Reena se volvió hacia él, con los ojos entrecerrados.

—¿Tienes que recordar en todas las conversaciones a tu enemigo y tu venganza? —dijo—. Yo también lo odio, y sé que te hizo mucho daño. ¡Además mató a mi hermano! ¡Pero estoy harta de oír hablar de él!

—Lo... lo siento —replicó Dilvish—. Supongo que me he vuelto un poco testarudo...

Reena se echó a reír.

—¿Un poco? —dijo—. ¿Vives para otra cosa? ¿Recapacitas alguna vez? Por la forma en que él controla todos tus pensamientos, todos tus actos, ¡podrías estar hechizado por él! Si logras destruirlo, ¿qué harás después? ¿Queda otra cosa en tu vida? Tú...

Reena se interrumpió y se volvió de espaldas.

—Lo lamento —dijo—. No he debido hablar de nada de esto.

—No —replicó Dilvish, sin mirarla—. Tienes razón. Nunca me había dado cuenta. Pero tienes razón. ¿Creerías que me educaron para ser cortesano..., que interpretaba música y cantaba, que escribía poemas?... Hice otras cosas después debido a las circunstancias, pero mi cuna era noble. Solo por casualidad adquirí ciertas dotes militares, y solo por necesidad progresé en esa carrera. Yo siempre había deseado... otra cosa. Ahora... ¡Qué lejano parece todo eso! Has dicho algo que es verdad. Me pregunto...

—¿Qué?

—Qué haría si todo terminara. Volver a mi patria, tal vez, tratar de resolver viejos agravios contra nuestra casa...

—¿Otra venganza?

Dilvish se echó a reír, algo que Reena raramente oía.

—Más bien un asunto de aburridas legalidades. Voy a pensar en ello, y en muchas otras cosas, ahora. Incluso esa enorme... laguna en mi vida se ha alterado un poco, de la pesadilla al sueño. Sí, de vez en cuando me preocuparé de otros asuntos.

—¿Por ejemplo?

—Qué hacer hasta la hora de cenar, por ejemplo.

—Te ayudaré a pensar en algo —le dijo Reena, aproximándose.

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Las antorchas llameaban y chisporroteaban y la música sonaba por todas partes cuando Reynar y Oele entraron en el patio, cabalgando sobre la gran alfombra adornada con las flores arrojadas por los criados en el momento que la pareja cruzó la entrada. Oele asintió y sonrió y las sombras danzaron y culebrearon. Luego su expresión se enfrió cuando su mirada topó con una oscura silueta en un lejano rincón, con metálicos toques de luz en su superficie. Oele tiró de las riendas y señaló la silueta.

—¿Qué es eso? —preguntó en voz alta.

Andra corrió junto a ella.

—Pertenece a un invitado, señora —afirmó—, un hombre llamado Dilvish que llegó antes. Le ofreció hospitalidad, como vos habríais deseado.

Oele desmontó y entregó las riendas a Andra. Atravesó el patio y se detuvo ante Black. Luego dio la vuelta a la estatua, sin dejar de observarla. Finalmente extendió su enjoyada mano y le dio una palmada en el cuello. Se echó hacia atrás, volvió después con Andra.

—¿Cómo —dijo— ha transportado una estatua de caballo a través de las montañas? ¿Y por qué?

—Bien, es una estatua ahora, señora —replicó Andra—, pero él entró cabalgando en ella. Dijo que no se movería cuando la dejó aquí. Y no se ha movido.

Oele miró de nuevo a Black. Mientras tanto, Reynar había desmontado y se había aproximado a ella.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Oele le cogió de la mano y lo condujo por el patio hacia la entrada principal.

—Esa... cosa —dijo, señalándola bruscamente con la cabeza— trajo a su amo.

—¿Cómo es posible? —preguntó Reynar—. Me parece bastante rígida.

—Obviamente nuestro invitado es un mago —replicó ella—. Esto me resulta bastante embarazoso.

—¿Por qué?

—Nos apresuramos a volver hoy porque esta noche la luna estará llena en lo alto del cielo y debo actuar para asegurarme el poder del que te hablé.

—¿Para concederme poderes como los tuyos?

Oele sonrió.

—Naturalmente.

Subieron una escalera y llegaron a un gran recibidor. Sonaba más música, en alguna parte a la izquierda. Reynar olió exóticos perfumes.

—¿Y este mago...? —inquirió.

—No me gusta la idea de tener por aquí a alguien de su ralea precisamente ahora. Su llegada es curiosamente inoportuna.

Reynar sonrió mientras Oele le llevaba hacia una escalera.

—Quizá yo disponga la hora de su partida para satisfacerte.

Oele le dio una palmadita en el brazo.

—No nos apresuremos tanto. Cenaremos con ese hombre y nos formaremos rápidamente una opinión de él.

Oele le llevó escaleras arriba y entraron en sus aposentos, donde llamó a un sirviente. Una mujer parecida a Andra, aunque más alta y corpulenta, respondió a la llamada.

—¿Cuándo estará preparada la cena? —le preguntó Oele.

—Tan pronto como deseéis, señora. Son platos que se pueden comer ahora o más tarde. La carne ha estado haciéndose a fuego lento desde hace un rato.

—Cenaremos dentro de una hora. Di al invitado que nos acompañe.

—¿Solo a él, señora? ¿No a su mujer?

—No sabía que hubiera dos invitados. Dime sus nombres.

—Él se llama Dilvish, y la señora Reena.

—He oído ese nombre anteriormente —dijo Reynar—. Dilvish... Me ha parecido conocido cuando la otra mujer lo ha mencionado en el patio. ¿Un guerrero, tal vez?

—No lo sé —respondió la mujer.

—Naturalmente dirás lo mismo a Reena —dijo Oele—. Vete y hazlo ahora mismo.

La criada se fue y Oele preparó su ropa para la noche: una prenda gris sorprendentemente sencilla y una correa de plata. Se puso detrás de un biombo, donde aguardaban agua y toallas, y al poco rato Reynar oyó ruido de salpicaduras.

—¿Qué sabes de este hombre? —gritó por fin Oele.

Reynar, que se había acercado a la ventana y contemplaba el patio, se volvió.

—Creo que se dice que se distinguió en un lugar llamado Portaroy —respondió—, en esas interminables guerras fronterizas entre el Este y el Oeste. Algo de que cabalga en un caballo metálico y que resucitó a un ejército de muertos. Pero no recuerdo detalles. No sé nada de la mujer.

—Él está muy lejos de Portaroy —dijo Oele—. Me pregunto qué estará haciendo aquí.

Reynar se acercó al tocador, donde se peinó y se limpió las uñas. Encontró un trapo y se frotó las botas con él.

—Eh... si él está aquí para hacer algo que contraríe tus planes para esta noche —dijo—, ¿podrás hacer frente a... eso?

—No te preocupes —replicó Oele—. No carezco de recursos. Me ocuparé de ti.

—Nunca lo he dudado —dijo Reynar, sonriente mientras daba brillo a la hebilla de su cinturón.

Reena se había puesto un largo vestido escotado de bordes negros y mangas abombadas, y Dilvish una blusa marrón y una chaqueta de cuero color verde claro, con los pantalones negros ceñidos con un cinto igualmente verde. Oyeron música en el comedor cuando bajaron la escalera: instrumentos de cuerda y una flauta, sonando lentamente. Los olores de la cocina no tardaron en llegar hasta ellos.

—Estoy ansioso por conocer a nuestra anfitriona —dijo Dilvish.

—Confieso que yo estoy más ansiosa porque me presenten una comida caliente —dijo Reena—. ¿Cuánto tiempo desde la última posada? Más de una semana...

Risueña, Oele se levantó cuando entraron los invitados. Reynar se apresuró a imitarla. Las presentaciones fueron breves, y la anfitriona rogó a Dilvish y Reena que tomaran asiento. Los criados se dispusieron a traer el primer plato y a servir vino. Un fuego crepitaba en el hogar, enfrente de Dilvish, detrás de Reena. Los músicos se hallaban en el extremo opuesto de la sala.

Llevaban comiendo varios minutos cuando Dilvish vio que había otro comensal, no en su compañía. En la mesita situada a un lado de la chimenea había un anciano vestido con pieles, con el bastón apoyado en la pared. Parecía ser el mismo hombre que habían conocido anteriormente en la senda. Cuando sus miradas se encontraron, el viejo sonrió y saludó con una inclinación de cabeza. Se señaló el cuello y Dilvish tocó el amuleto que llevaba bajo la camisa y devolvió el saludo.

—No había reparado en ese anciano —observó Dilvish.

—Oh, ha estado aquí otras veces —dijo Oele—. Cuida ganados. Pasa por aquí de vez en cuando. Reynar me dice que cree recordar vuestro nombre relacionado con un lugar llamado Portaroy. ¿Está en lo cierto?

Dilvish asintió.

—Combatí allí.

—He empezado a recordar relatos que oí —dijo Reynar—. ¿Es cierto que el animal metálico que montáis es realmente un demonio que os ayudó a huir del Infierno y que un día os llevará a la tumba?

—Me lleva a la tumba casi todos los días —dijo Dilvish, sonriente—, y me ha ayudado de muchas formas... y yo a él.

—...Y hay rumores sobre una estatua. ¿Es cierto que en tiempos fuisteis una... como el animal ahora mismo?

Dilvish se miró las manos.

—Sí —dijo en voz baja.

—Extraordinario —observó Oele—. ¿Puedo preguntar qué lleva a un hombre de vuestro... pasado... tan lejos del escenario de sus triunfos?

—Venganza —dijo, y siguió cenando—. Estoy buscando a alguien que a mí y a gran número de personas nos ha causado infinidad de problemas.

—¿Quién puede ser? —preguntó Reynar.

—No deseo que caiga una maldición sobre este lugar mencionando su nombre. Es un mago.

—Parece que encontráis malos enemigos —dijo Reynar—. Tenemos eso en común. Hace tiempo maté a un mago, en las Islas Orientales. El maldito estuvo a punto de asfixiarme antes de que pudiera acabar con él. Me había dejado sin respiración. Por fortuna, yo tenía cierta experiencia como buscador de perlas...

 

(CONTINUARÁ...)