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El Misterioso Caso De Styles - Agatha Christie

Capítulo 2 - Dieciséis y diecisiete de julio

Había llegado a Styles el 5 de julio. Relataré a continuación los hechos ocurridos el 16 y 17 de aquel mes. Recapitularé los incidentes de aquellos días con tanta exactitud como me sea posible. Estos hechos salieron a la luz posteriormente, en el proceso, después de largos y pesados interrogatorios.

Recibí una carta de Evelyn Howard un par de días después de su marcha; en ella me decía que trabajaba como enfermera en el gran hospital de Middlingham, ciudad industrial a unas quince millas de Styles, y me rogaba le hiciera saber si la señora Inglethorp daba muestras de desear reconciliarse.

La única sombra que enturbiaba la tranquilidad de mi estancia en Styles era la extraordinaria preferencia de la señora Cavendish por la compañía del doctor Bauerstein, preferencia que me parecía incomprensible. No podía comprender qué era lo que veía en él, pero siempre estaba invitándole y con frecuencia hacían largas excursiones juntos. Sinceramente, su atractivo era para mí un misterio.

El 16 de julio cayó en lunes. Fue un día de mucho movimiento. La famosa tómbola se había inaugurado el sábado anterior, y aquella noche se representaría una función relacionada con la fiesta de la caridad, en la que la señora Inglethorp recitaría un poema patriótico. Habíamos estado toda la mañana muy atareados arreglando y decorando el local del pueblo donde la función iba a celebrarse. Almorzamos tarde y salimos al jardín a descansar. Observé que la actitud de John no era del todo normal. Parecía muy excitado e inquieto.

Después del té, la señora Inglethorp se retiró a sus habitaciones y yo desafié a Mary Cavendish a un partido de tenis.

A eso de las siete menos cuarto, la señora Inglethorp nos avisó a gritos que la comida se adelantaría aquella noche y que no íbamos a estar a punto. Tuvimos que darnos mucha prisa para llegar a tiempo y, antes de terminar de comer, el coche ya esperaba en la puerta.

La función constituyó un gran éxito y la actuación de la señora Inglethorp fue premiada con una ovación. Hubo también algunos cuadros plásticos en los que intervino Cynthia. La muchacha no regresó con nosotros, por haber sido invitada a una cena y a pasar la noche con unos amigos que habían actuado con ella en la representación.

A la mañana siguiente, la señora Inglethorp desayunó en la cama por encontrarse fatigada, pero a las 12:30 se presentó muy animada y nos arrastró a Lawrence y a mí a una comida en casa de unos amigos.

—Una invitación amabilísima de la señora Rolleston —dijo—. Es hermana de lady Tadminster. Los Rolleston vinieron a Inglaterra con Guillermo el Conquistador. Una de nuestras familias más antiguas.

Mary se había excusado de asistir, pretextando un compromiso con el doctor Bauerstein.

La comida resultó muy agradable y, al volver, Lawrence sugirió que pasáramos por Tarminster, dando un rodeo de una milla escasa, y le hiciéramos una visita a Cynthia en su dispensario. A la señora Inglethorp le pareció una idea excelente, pero como tenía que escribir varias cartas dijo que nos dejaría allí y que volviéramos con Cynthia cuanto antes en el tílburi.

El portero del hospital nos detuvo por sospechosos hasta que apareció Cynthia y respondió por nosotros. Su aspecto era reposado y estaba muy mona con su larga bata blanca. Nos llevó a su cuarto y nos presentó a un compañero suyo, individuo de aspecto terrible, a quien Cynthia llamaba alegremente «Nibs».

—¡Qué cantidad de botellas! —exclamé, dejando vagar la mirada por el pequeño cuarto—. ¿Sabe usted realmente lo que hay en todas ellas?

—Diga algo original —rezongó Cynthia—. Todo el que viene aquí dice lo mismo. Estamos pensando en conceder un premio al primero que no diga: «¡Qué cantidad de botellas!». Y ya sé qué es lo que va a decir ahora: «¿A cuántas personas ha envenenado?».

Me confesé culpable, riendo.

—Si supieran ustedes lo fácil que es envenenar a una persona por error, no bromearían acerca de ello. Vamos, vamos a tomar el té. Tenemos toda clase de provisiones en el armario. ¡No, Lawrence, ese es el armario de los venenos! El grande, eso es.

Tomamos el té alegremente y ayudamos a Cynthia a fregar los cacharros. Acabábamos de guardar la última cucharilla cuando se oyó un golpe en la puerta. Súbitamente, los rostros de Cynthia y Nibs se endurecieron, adquiriendo una expresión antipática.

—Pase —dijo Cynthia en tono profesional.

Apareció una joven enfermera de aspecto asustado, que entregó a Nibs una botella. Este, a su vez, se la dio a Cynthia, diciendo enigmáticamente:

—Yo no estoy aquí hoy.

Cynthia cogió la botella y la examinó con la severidad de un juez.

—Tenían que haberla traído esta mañana.

—La enfermera lo siente mucho. Se olvidó.

—La enfermera debería haber leído las instrucciones que hay en la puerta.

Por la expresión de la enfermerita comprendí que no había la menor probabilidad de que se atreviera a transmitir el mensaje a la temible «enfermera».

—De modo que ya no se puede hacer nada hasta mañana —concluyó Cynthia.

—¿No sería posible hacerlo esta noche?

—Estamos muy ocupados, pero si hay tiempo se hará —dijo Cynthia, condescendiente.

La pequeña enfermera se retiró y Cynthia cogió un frasco del estante, llenó la botella y la colocó en la mesa. Me reí.

—¿Manteniendo la disciplina?

—Eso es. Venga al balcón. Desde allí se ven todos los pabellones.

Seguí a Cynthia y a su amigo, quienes me señalaron las diferentes salas. Lawrence se quedó atrás, pero al cabo de unos segundos Cynthia se volvió y le dijo que se reuniera con nosotros. Entonces miró su reloj de pulsera.

—¿No nos queda nada que hacer, Nibs?

—No.

—Muy bien. Entonces cerraremos y nos vamos.

Aquella tarde había visto a Lawrence bajo un aspecto totalmente distinto. Comparado con John, era extraordinariamente difícil llegar a conocerlo. Era opuesto a su hermano en casi todo. Sin embargo, había cierto encanto en su modo de ser y me pareció que, conociéndolo bien, podría tomársele gran afecto. Por regla general, su actitud respecto a Cynthia era algo cohibida, y ella, por su parte, se sentía tímida en su presencia. Pero aquella tarde estaban los dos muy alegres y charlaban como un par de chiquillos.

Cuando cruzábamos el pueblo, recordé que necesitaba unos sellos y, por consiguiente, nos detuvimos ante la oficina de correos.

Al salir de esta oficina, tropecé con un hombrecillo que entraba. Me hice a un lado, ofreciendo mis excusas, cuando de pronto, con una exclamación, me estrechó entre sus brazos y me besó calurosamente.

—¡Mi amigo Hastings! —exclamó—. ¡Pero si es mi amigo Hastings!

—¡Poirot! —exclamé.

Me volví a explicar a mis amigos, que seguían en el tílburi:

—Cynthia, es un encuentro realmente agradable para mí. Mi viejo amigo monsieur Poirot, a quien no había visto desde hace años. Ya comprenderá mi alegría ante tal encuentro.

—Pero si ya lo conocemos —dijo Cynthia, alegremente—. Y no tenía la menor idea de que fuera amigo suyo.

—Es cierto —dijo Poirot seriamente—. Conozco a la señorita Cynthia. Si estoy aquí es gracias a la bondadosa señora Inglethorp. Sí, amigo mío, ha ofrecido hospitalidad a siete refugiados de mi país. Nosotros, los belgas, le estamos eternamente agradecidos.

Poirot era un hombrecillo de aspecto fuera de lo corriente. Mediría escasamente 1,60 m de altura, pero su porte resultaba muy digno. Su cabeza tenía la forma exacta de un huevo y acostumbraba a inclinarla ligeramente hacia un lado. Su bigote era tieso y de aspecto militar. La pulcritud de su atuendo era casi increíble; dudo que una herida de bala pudiera causarle el mismo disgusto que una mota de polvo. Sin embargo, este curioso hombrecillo, que, por desgracia, y según pude observar, cojeaba ligeramente, había sido en sus tiempos uno de los miembros más destacados de la policía belga. Como detective, su olfato era extraordinario, y había obtenido resonantes éxitos ventilando algunos de los casos más desconcertantes de la época.

Me señaló la casita donde habitaban él y su compatriota y prometí ir a verle en fecha próxima. Saludó ceremoniosamente a Cynthia, quitándose el sombrero, y nos marchamos.

—Es un hombrecillo encantador —dijo Cynthia—. No tenía idea de que lo conocía usted.

—Han dado ustedes albergue a una celebridad —repliqué.

Y durante todo el camino les recité las hazañas y éxitos de Hércules Poirot.

Llegamos a casa en alegre disposición de ánimo. Al atravesar el vestíbulo, vimos a la señora Inglethorp que salía de su *boudoir*. Parecía nerviosa y trastornada.

—¡Ah!, sois vosotros —dijo.

—¿Pasa algo, tía Emily? —preguntó Cynthia.

—Claro que no —dijo bruscamente la señora Inglethorp—. ¿Qué va a pasar?

Y viendo a Dorcas, la doncella, que se dirigía al salón, le dijo que le llevara unos sellos al *boudoir*.

—Sí, señora —la vieja sirvienta titubeó y dijo al fin, tímidamente—: ¿No cree usted, señora, que haría bien en irse a la cama? Parece usted fatigada.

—Puede ser que tenga usted razón, Dorcas, sí... No, ahora no. Tengo que terminar algunas cartas para que alcancen el correo. ¿Ha encendido el fuego en mi cuarto, como le dije?

—Sí, señora.

—Entonces me iré a la cama inmediatamente después de comer.

Entró de nuevo en su *boudoir* y Cynthia se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos.

—¡Por Dios bendito! ¿Qué pasará? —le dijo a Lawrence.

Él no la oyó, al parecer, pues, sin decir una palabra, giró sobre sus talones, nos echó una mirada y salió de la casa inmediatamente.

Le propuse a Cynthia un rápido partido de tenis antes de cenar y, habiendo sido aceptada mi proposición, corrí escaleras arriba a buscar mi raqueta.

La señora Cavendish bajaba en aquel momento. Puede ser que fuera mi imaginación, pero parecía agitada.

—¿Fue agradable el paseo con el doctor Bauerstein? —pregunté, tan indiferente como me fue posible.

—No fui —contestó bruscamente—. ¿Dónde está la señora Inglethorp?

—En el *boudoir*.

Su mano se agarraba con fuerza a la baranda. Después pareció acumular energías para una entrevista difícil y rápidamente bajó las escaleras y cruzó el vestíbulo en dirección al *boudoir*, donde entró cerrando la puerta tras ella.

Unos minutos después, camino del campo de tenis, tuve que pasar por delante de la ventana abierta del *boudoir* y no pude evitar oír lo siguiente:

—¿Entonces no quiere usted enseñármelo? —decía Mary Cavendish con la voz de una persona que hace esfuerzos desesperados por dominarse.

—Querida Mary, no tiene nada que ver con el asunto —replicó la señora Inglethorp.

—Pues enséñemelo entonces.

—Ya te he dicho que no es lo que te imaginas. No te incumbe en absoluto.

A lo cual Mary Cavendish replicó con amargura creciente:

—¡Claro está! ¡Debería haber supuesto que usted lo protegería!

Cynthia me esperaba y me recibió diciendo con vehemencia:

—¡Oiga, Hastings! ¡Ha habido un lío espantoso! Se lo he sacado a Dorcas.

—¿Qué clase de lío?

—Entre tía Emily y él. Espero que al fin sabrá quién es.

—¿Andaba Dorcas presente?

—Claro que no. Estaba «cerca de la puerta, por casualidad». Ha sido algo serio. Me gustaría saber el motivo.

Recordé la cara agitada de la señora Raikes y las advertencias de la señorita Howard, pero decidí prudentemente guardar silencio, mientras Cynthia agotaba toda posible hipótesis. Al fin dijo, esperanzada:

—Tía Emily le echará de casa y no volverá a dirigirle la palabra.

Tenía grandes deseos de hablar con John, pero no pude encontrarle. Era evidente que algo muy grave había ocurrido, sin querer, y, a pesar de todos mis esfuerzos, no conseguía apartarlo de mi imaginación. ¿Qué relación tendría Mary Cavendish con el asunto?

El señor Inglethorp estaba en el salón cuando bajé a cenar. Su rostro aparecía tan impasible como de costumbre y volvió a impresionarme la extraña irrealidad que emanaba en gran manera de su persona.

La señora Inglethorp fue la última en bajar. Parecía estar todavía fatigada y durante la comida reinó un silencio un poco forzado. Generalmente rodeaba a su mujer de pequeñas atenciones, colocando un cojín a su espalda y representando el papel de marido complaciente. Después de comer, la señora Inglethorp se retiró de nuevo a su *boudoir*.

—Mándame allí mi café, Mary —pidió—. Sólo tengo cinco minutos si quiero que las cartas no pierdan el correo.

Cynthia y yo nos sentamos junto a la ventana abierta del salón. Mary Cavendish nos llevó allí el café. Parecía excitada.

—¿Quiere la gente joven que encienda las luces o prefieren la semioscuridad del crepúsculo? —preguntó—. Cynthia, por favor, llévale el café a la señora Inglethorp. Voy a servirlo.

—Déjelo, Mary, yo lo haré —dijo Inglethorp. Él mismo lo sirvió y salió del cuarto llevándolo con cuidado.

Lawrence le siguió y la señora Cavendish se sentó junto a nosotros.

Permanecieron los tres en silencio durante algún tiempo. Era una noche maravillosa, cálida y tranquila. La señora Cavendish se abanicaba dulcemente con una hoja de palma.

—Hace casi demasiado calor. Tendremos tormenta a no tardar.

¡Lástima que estos momentos llenos de armonía no puedan durar! El sonido de una voz conocida que yo detestaba profundamente hizo añicos mi paraíso.

—¡El doctor Bauerstein! —exclamó Cynthia—. ¡Vaya unas horas de venir!

Dirigí a Mary Cavendish una mirada recelosa, pero permanecía impasible, sin que se alterase siquiera la deliciosa palidez de sus mejillas. Segundos más tarde, Alfred Inglethorp introducía al doctor, quien se disculpaba riendo por entrar en el salón en aquella facha. Realmente, estaba cubierto de barro de pies a cabeza y ofrecía un aspecto lamentable.

—¿Qué ha estado usted haciendo, doctor? —exclamó la señora Cavendish.

—Tengo que disculparme —dijo el médico—. No quería entrar, pero el señor Inglethorp insistió con tanto ahínco.

—La verdad es, Bauerstein, que está usted hecho una pena —dijo John, que venía del vestíbulo—. Tome una taza de café y cuéntenos qué le ha ocurrido.

—Gracias.

Se rió con melancolía y explicó que había descubierto una especie muy rara de helecho en un lugar inaccesible, y que en sus esfuerzos por apoderarse de él había perdido pie, cayendo de modo lamentable a una charca.

—Me sequé pronto al sol —añadió—, pero mi aspecto es lamentable.

En este momento, la señora Inglethorp llamó a Cynthia desde el vestíbulo y la muchacha salió corriendo.

—¿Quieres subirme la caja morada de los papeles? Me voy a la cama.

La puerta que daba al vestíbulo era ancha. Me levanté al mismo tiempo que Cynthia. John estaba a mi lado. Por tanto, éramos tres los testigos que podríamos jurar que la señora Inglethorp llevaba en la mano su taza de café, que aún no había probado.

La presencia del doctor Bauerstein me estropeó la velada por completo. Me parecía que no iba a marcharse nunca. Sin embargo, al fin se levantó y suspiré aliviado.

—Bajaré al pueblo con usted —dijo Inglethorp—. Tengo que ver al administrador para tratar de unas cuentas. —Se volvió a John—: No es necesario que nadie me espere levantado. Llevaré el llavín.

 

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Capítulo 3 - La noche de la tragedia

Para que resulte clara esta parte de mi relato, incluyo el siguiente plano del primer piso de Styles. A las habitaciones de la servidumbre se llega a través de la puerta B. No tiene comunicación con el ala derecha, donde estaban situadas las habitaciones de los Inglethorp.

Debía de ser hacia la mitad de la noche cuando me despertó Lawrence Cavendish. Tenía una vela en la mano y por la agitación de su rostro se veía claramente que algo grave ocurría.

—¿Qué pasa? —pregunté, sentándome en la cama y tratando de ordenar mis pensamientos dispersos.

—Parece que mi madre está muy enferma. Debe de tener un ataque. Por desgracia, se ha encerrado por dentro en su cuarto.

—Voy enseguida.

Salté de la cama y, poniéndome una bata, seguí a Lawrence a lo largo del pasillo y de la galería hasta el ala derecha de la casa.

John Cavendish se unió a nosotros y uno o dos de los sirvientes espantados rondaban por allí, excitadísimos. Lawrence se volvió hacia su hermano.

—¿Qué te parece que hagamos?

La indecisión de su carácter nunca había sido tan evidente.

John sacudió con violencia el picaporte, pero sin resultado positivo. La puerta, evidentemente, estaba cerrada con llave o tenía echado el cerrojo por dentro. Ya toda la casa se había levantado. Desde el interior de la habitación llegaban ruidos alarmantes. Había que hacer algo con urgencia.

—Trate de entrar por el cuarto del señor Inglethorp, señor —gritó Dorcas—. ¡La pobre señora!

De pronto caí en la cuenta de que Alfred Inglethorp no estaba con nosotros. Era el único que no había hecho acto de presencia. John abrió la puerta de su cuarto. Estaba oscuro como la boca del lobo, pero Lawrence le seguía con la vela y, a su luz vacilante, pudimos ver que la cama estaba sin deshacer y no había señales de que el cuarto hubiera sido ocupado aquella noche.

Fuimos directamente a la puerta de comunicación. También estaba cerrada o tenía echado el cerrojo por dentro. ¿Qué hacer?

—¡Ay, señor! ¿Qué vamos a hacer? —gritaba Dorcas, retorciéndose las manos.

—Creo que debemos intentar forzar la puerta. Va a ser tarea dura. Que una de las chicas baje a buscar al doctor Wilkins. Bueno, vamos a la puerta. Un momento, ¿no hay una puerta en el cuarto de la señorita Cynthia?

—Sí, señor, pero también está cerrada. Nunca ha estado abierta.

—Podemos probarlo de todos modos.

Corrió a lo largo del pasillo hasta el cuarto de Cynthia. Allí estaba Mary Cavendish, zarandeando a la muchacha, que debía tener un sueño extraordinariamente pesado, y tratando de despertarla.

John estuvo de vuelta después de unos segundos.

—No hay nada que hacer allí; también está cerrada. Tenemos que forzar la puerta. Creo que esta es algo menos sólida que la del pasillo.

Todos unimos nuestras fuerzas y empujamos, jadeantes. El armazón de la puerta era sólido y durante mucho tiempo resistió nuestros esfuerzos, pero al fin, con un ruidoso estallido, se abrió violentamente.

Entramos todos juntos, dando traspiés. Lawrence seguía sosteniendo la vela. La señora Inglethorp estaba en la cama, agitada por violentas convulsiones, en una de las cuales, al parecer, había volcado la mesa que estaba a su lado. Sin embargo, cuando nosotros entramos, sus miembros se relajaron y cayó sobre las almohadas.

John cruzó el cuarto y encendió el gas. Volviéndose hacia Annie, una de las doncellas, la mandó al salón a buscar coñac. Entonces se acercó a su madre, mientras yo descorría el cerrojo de la puerta del pasillo.

Me volví hacia Lawrence para sugerirle que era mejor que yo les dejara, ya que mis servicios no eran necesarios, pero las palabras se helaron en mis labios. Nunca había visto a un hombre con semejante expresión de terror. Estaba blanco como la nieve; la vela que sostenía en su mano temblaba y la cera caía en la alfombra, y sus ojos, petrificados por el pánico o algún sentimiento similar, miraban fijamente a algún punto de la pared. Seguí instintivamente la dirección de su mirada, pero no pude ver allí nada extraordinario. Solo las brasas que chisporroteaban débilmente en la chimenea y la hilera de figuritas en la repisa, pero ni unas ni otras justificaban aquel terror.

Parecía que la violencia del ataque de la señora Inglethorp iba cediendo. Ya podía hablar tan solo con sonidos entrecortados.

—Estoy mejor... Vino tan de pronto... qué estúpida he sido... encerrándome...

Una sombra se proyectó en la cama, volví la cabeza y vi a Mary Cavendish de pie, cerca de la puerta, sosteniendo con un brazo a Cynthia, que parecía completamente aturdida. Tenía el rostro congestionado y bostezaba repetidamente.

—La pobre Cynthia está muy asustada —dijo Mary Cavendish en voz baja y clara.

Mary llevaba puesta su bata blanca de trabajo. Debía de ser más tarde de lo que había pensado. Un pálido rayo de luz atravesaba las cortinas de las ventanas y el reloj de la chimenea señalaba cerca de las cinco.

Un grito estrangulado me sobresaltó. El dolor atenazaba de nuevo a la infortunada señora. Las convulsiones eran de tal violencia que el presenciarlas constituía una verdadera prueba. Reinaba la mayor confusión. Nos amontonábamos a su alrededor, incapaces de ayudarla o aliviarla. Una última convulsión la levantó de la cama, y luego pareció descansar sobre la cabeza y los tobillos, con el cuerpo arqueado del modo más extraordinario. Mary y John trataban en vano de darle a beber coñac. Los minutos iban pasando. De nuevo se arqueó su cuerpo extrañamente.

En aquel momento, el doctor Bauerstein se abrió paso autoritariamente a través de la habitación. Durante unos segundos permaneció inmóvil contemplando a la señora Inglethorp, y entonces esta gritó con voz ahogada, los ojos fijos en el doctor:

—¡Alfred! ¡Alfred!

Y cayó inmóvil sobre las almohadas. El doctor se acercó vivamente al lecho y, cogiendo los brazos de la señora Inglethorp, los zarandeó enérgicamente, aplicándole la respiración artificial. Dio unas cuantas órdenes rápidas a los sirvientes. Un imperioso movimiento de su mano nos llevó a todos a la puerta. Le contemplábamos fascinados, aunque creo que en el fondo de nuestros corazones todos sabíamos que era ya demasiado tarde para conseguir nada. Por la expresión de su rostro comprendí que él tampoco tenía esperanzas.

Por último abandonó su tarea, moviendo la cabeza gravemente. En aquel momento oímos unos pasos que se acercaban y entró atropelladamente el médico de cabecera de la señora Inglethorp, el doctor Wilkins, un hombre rollizo e inquieto.

En pocas palabras, el doctor Bauerstein explicó que pasaba casualmente por delante de la verja cuando el coche salía en busca del doctor Wilkins, y había acudido lo más aprisa posible. Señaló a la figura de la cama con un vago gesto que hizo con la mano.

—Muy triste, muy triste —murmuró el doctor Wilkins—. ¡Pobre señora! Siempre quería hacer demasiadas cosas, demasiadas, contra mi consejo... Yo se lo advertí. Su corazón estaba muy débil. «Calma, calma», le dije. Pero no, su amor por las buenas obras era demasiado grande. La naturaleza se rebeló, la naturaleza se rebeló.

El doctor Bauerstein observaba con atención a su colega.

—Las convulsiones eran de una violencia extraordinaria, doctor Wilkins —dijo sin dejar de mirarle—. Siento que no haya estado usted aquí a tiempo de presenciarlas. Eran... de naturaleza tetánica.

—¡Ah! —dijo prudentemente el doctor Wilkins.

—Me gustaría hablar con usted reservadamente —dijo Bauerstein. Y volviéndose hacia John—: ¿Tiene usted algo que objetar?

—Desde luego que no.

Salimos todos al pasillo, dejando solos a los dos médicos, y oí la llave en la cerradura detrás de nosotros.

Bajamos lentamente las escaleras. Yo estaba excitadísimo. Tengo cierto talento deductivo y la actitud del doctor Bauerstein había despertado en mi imaginación un montón de conjeturas. Mary Cavendish puso su mano sobre mi brazo.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué está tan... extraño el doctor Bauerstein?

—¿Sabe usted lo que pienso?

—¿Qué?

—¡Escuche!

Miré alrededor. Estábamos fuera del alcance del oído de los demás, pero, aun así, dije en un susurro:

—Creo que ha sido envenenada. Estoy seguro de que el doctor Bauerstein lo sospecha.

—¡Qué!

Se encogió contra la pared, las pupilas dilatadas violentamente, lanzando un grito desesperado que me sobresaltó.

—¡No, no! ¡Eso no, eso no!

Y voló escaleras arriba, dejándome solo. La seguí, temiendo que fuera a desmayarse. La encontré recostada contra el pasamano, mortalmente pálida. Me hizo con la mano una señal complaciente de que me fuera.

—¡No, no, déjeme! Prefiero estar sola. Déjeme tranquila un minuto o dos. Vaya abajo con los demás.

Obedecí de mala gana. John y Lawrence estaban en el salón. Me acerqué a ellos. Todos permanecíamos callados, pero creo que expresé el sentir general cuando rompí aquel silencio y pregunté alterado:

—¿Dónde está el señor Inglethorp?

John negó con la cabeza.

—No está en casa.

Nos miramos. ¿Dónde estaba Alfred Inglethorp? Su ausencia resultaba extraña, inexplicable. Recordé las últimas palabras de la señora Inglethorp. ¿Qué había en el fondo de ellas? ¿Qué más nos hubiera dicho de haber tenido tiempo?

Al fin oímos a los médicos bajar la escalera. El doctor Wilkins se daba aires de importancia y parecía como si tratara de ocultar bajo una calma decorosa su excitación interior. El doctor Bauerstein se mantenía en segundo término y la expresión de su rostro grave no se había alterado. El doctor Wilkins habló por los dos, dirigiéndose a John:

—Señor Cavendish, deseo su autorización para hacer la autopsia.

—¿Es necesario? —preguntó John gravemente. Un espasmo de dolor cruzó su rostro.

—Absolutamente necesario —contestó el doctor Bauerstein.

—¿Quiere usted decir que...?

—Que ni el doctor Wilkins ni yo podremos extender un certificado de defunción en las actuales circunstancias.

John inclinó la cabeza.

—En ese caso, mi única alternativa es consentir.

—Gracias —dijo el doctor Wilkins vivamente—. Creemos conveniente que la autopsia tenga efecto mañana por la noche, o mejor esta misma noche. —Miró rápidamente a la luz del día—. En las presentes circunstancias me temo que no podremos evitar una indagatoria. Son formalidades necesarias, pero les ruego que no se angustien por ello. A todo se proveerá.

Una pausa siguió a las palabras del médico de cabecera. Luego, el doctor Bauerstein sacó dos llaves de su bolsillo y se las entregó a John, diciendo a la par:

—Las llaves de los dos cuartos. Los he cerrado y, en mi opinión, deberían permanecer cerrados por el momento.

Los doctores se marcharon.

Había estado dando vueltas en mi cabeza a una idea y me pareció que había llegado el momento de exponerla. Sin embargo, temía un poco hacerlo. Sabía que John sentía horror por toda clase de publicidad y que era un optimista despreocupado, poco amigo de buscar problemas. Podía ser difícil convencerle de la sensatez de mi plan. Por otra parte, Lawrence, menos esclavo de convencionalismos y más imaginativo, podía convertirse en mi aliado. Sin ningún género de duda, había llegado el momento de que yo tomara la dirección del asunto.

—John —dije—, te voy a pedir una cosa.

—Di.

—¿Recuerdas que os he hablado de mi amigo Poirot, el belga que está en el pueblo? Ha sido un detective famosísimo.

—Sí. Bien.

—Quiero que me dejes llamarlo para... investigar el asunto que nos ocupa.

—¡Cómo! ¿Ahora mismo? ¿Antes de la autopsia?

—Sí, el tiempo será un gran aliado si... si hay algo sucio en todo esto.

—¡Tonterías! —exclamó Lawrence con enfado—. En mi opinión, todo es una paparruchada de Bauerstein. A Wilkins no se le ocurrió semejante cosa hasta que Bauerstein se la metió en la cabeza. Como todos los especialistas, Bauerstein tiene su manía. Los venenos son su chifladura y, claro, conoce bien sus efectos.

Tengo que confesar que me sorprendió la actitud de Lawrence. Muy rara vez se apasionaba por nada. John dudó un momento.

—No estoy de acuerdo contigo, Lawrence —dijo al fin—. Me inclino a darle a Hastings plenos poderes, aunque prefiero esperar un poco. No queremos escándalo si puede evitarse.

—¡No, no! —exclamé con ansiedad—. No tengáis miedo. Poirot es la discreción personificada y procede con sumo tino.

—Bueno, entonces haz lo que quieras. Lo dejo en tus manos. Aunque si es lo que sospechamos, parece un caso clarísimo. Dios me perdone si soy injusto con él.

Sin embargo, me concedí cinco minutos, que empleé en rebuscar en la biblioteca hasta que descubrí un libro de medicina con una descripción del envenenamiento por estricnina.

El diablo y la bailarina - Roger Zelazny (Parte 1)

La luna flotaba redonda y soplaban fríos vientos cuando Oele danzó para Diablo, con las huellas de sus pies trazadas en fuego ante el vacío altar de piedra. En las tierras cercanas ya era primavera, pero allí, en las montañas, la noche hablaba de invierno. 

Sin embargo, ella danzaba descalza, vistiendo simplemente una frágil prenda gris ceñida con una cinta plateada que ponía al descubierto más que ocultaba su elástica figura mientras levantaba las llamas formando antiguas configuraciones, con su largo cabello rubio flotando alrededor de sus hombros.

La tierra se convirtió en un fulgurante tapiz, y sin embargo, Oele no se quemaba. Mucho más abajo, en la ladera septentrional, un espectral palacio se estremecía bajo la luz de la luna; las torres se esfumaban hasta el punto de ser transparentes y recuperaban parcial solidez momentos después, las paredes se desplazaban para unirse con las sombras y huían de ellas, las luces se hacían cerosas y se debilitaban detrás de las elevadas ventanas. La voz del viento era áspera y estridente, pero Oele tampoco sentía el frío.

La oscuridad se hizo más densa en el altar hasta que finalmente empañó las estrellas. Mientras ello ocurría, el viento se calmó y cesó. Las llamas brincaron más alto, pero la gran mancha que estaba encima de la piedra no se iluminó. Era un perfil enorme, de toscas alas, con una gran cabeza, y ondeaba. Casi parecía un agujero en el espacio, y Oele recibía la impresión de enormes profundidades internas en cuanto sus ojos giraban hacia allí.

Ella había danzado así, en determinadas temporadas, durante muchos años, más allá del recuerdo de cualquier morador de la vecindad. Todos la llamaban bruja, y también ella se consideraba como tal. El único que la conocía más le daba un título distinto, pero la distinción había ido deshilachándose con los años desde que una bailarina asesinara a su amante en aquel mismo lugar para obtener los poderes que sólo él, entre todos los hombres, poseía. 

Sacerdote había sido él, el último adorador en vida de un antiguo dios que, por ello, lo tenía en alta estima. Oele era la última adoradora, y ni siquiera conocía el nombre del dios. Ella lo llamaba Diablo y el dios le concedía deseos en respuesta a sus coreográficos actos de devoción, que Oele consideraba encantamientos. 

Una bruja que invocaba a un diablo, un dios que respondía a un devoto... En parte, era un asunto de perspectiva, pero sólo en parte. Porque las cosas que Oele pedía estaban más en armonía con sus nociones personales, y sus relaciones distaban mucho de las que había mantenido el dios con sus primeros adoradores hacía mucho tiempo.

Pese a todo, el vínculo entre ambos era fuerte. El dios obtenía fuerza con la danza de Oele, con ese último contacto con la tierra. Y ella también ganaba muchas cosas.

Por fin, los movimientos de la bailarina cesaron y Oele quedó en medio de su dibujo, mirando a la oscura forma que ocupaba el altar de piedra. Durante largos instantes, una pesada quietud flotó entre ambos, hasta que finalmente Oele habló:

—Diablo, te ofrezco mi danza.

La figura pareció asentir y aumentar ligeramente.

—Eso me complace —dijo por fin en voz profunda y lenta.

Oele aguardó, un silencio prolongado según el ritual, y luego habló de nuevo:

—Mi palacio se esfuma.

Otra vez la pausa, luego las palabras «Lo sé», seguidas por el gesto de un desigual miembro parecido a un ala de la insondable sombra, hacia el lugar de la ladera ocupado por la oscilante estructura.

—Observa, sacerdotisa, es firme una vez más.

Oele miró y vio que ello era cierto. A la luz de la luna, el palacio se alzaba rígido y sólido, sus luces brillaban uniformemente y sus rampas se perfilaban cual proas en la noche y las estrellas.

—Lo veo —replicó finalmente Oele—. Pero ¿cuánto tiempo seguirá así? Mis siervos desaparecen uno tras otro, vuelven a la tierra de la que brotaron.

—Están contigo una vez más.

—Pero ¿cuánto tiempo? —repitió Oele—. Es la tercera vez que te invoco para restaurar el orden... en menos de un año.

La figura guardó silencio más tiempo que el período acostumbrado.

—¡Dímelo, Diablo!

—No lo sé con certeza, sacerdotisa —respondió la sombra—. Cada vez soy más débil. Es precisa considerable energía para manteneros, a ti y a tu establecimiento, durante períodos largos... más energía que la que puedo obtener transformando tu danza.

—¿Qué debe hacerse?

—Podrías elegir una forma de vida más sencilla.

—¡Necesito magnificencia!

—Pronto me faltará la fuerza para sustentarla.

—¡En ese caso precisas algo más potente que mi danza!

—Yo no exijo esto.

—Pero lo aceptas cuando es necesario.

—Lo acepto.

—Pues tendrás sangre humana suficiente para recobrar tus poderes, y para aumentar los míos.

Hubo silencio.

—Empiezo ahora la danza de clausura —dijo Oele.

Y al moverse de nuevo, las llamas fueron apagándose con los pasos que trazaba, el viento sopló alrededor y la figura del altar menguó y desapareció, restituyendo un puñado de estrellas.

Cuando terminó, Oele dio media vuelta y se dirigió al palacio sin mirar atrás. Era el momento de preparar un viaje, al territorio de las llanuras, a una población costera donde se aseguraba que podía encontrarse cualquier cosa que se deseara.

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La mujer que montaba la yegua gris de negra crin vestía calzones de cuero de color canela, un jubón y una capa marrón y roja. Su cabello, igual que sus ojos de largas pestañas, era oscuro y su ancha boca parecía a punto de esbozar, tenue, quizás inconscientemente, una sonrisa. Lucía un anillo de jade en el dedo corazón de la mano izquierda, otro de ónice en la derecha. Una espada corta pendía de su cinto.

Su compañero vestía calzones negros, jubón verde y botas del mismo color. Su capa era negra, con bordes verdes, y llevaba una espada y una daga al cinto. Iba a lomos de una negra criatura con forma de caballo cuyo cuerpo parecía de metal.

Los dos conducían tres caballos de carga por las sendas de la montaña en el ambiente fresco y claro de la tarde. El ruido del agua que corría llegaba a sus oídos desde algún punto cercano.

—El tiempo mejora día tras día —observó la mujer—. Después de las regiones que hemos recorrido, esto parece casi veraniego.

—En cuanto salgamos de estas alturas —replicó el hombre—, las cosas serán más agradables todavía. Y cuando lleguemos a la costa... eso podría ser como un bálsamo. Te llevaremos a Tooma en una buena época del año.

La mujer desvió la mirada. —Ya no estoy tan ansiosa de llegar a ese lugar...

Moviéndose hacia la derecha, salvaron un promontorio rocoso. La montura del hombre emitió un extraño ruido. Tras volver la cabeza, el jinete observó la senda.

—No estamos solos —observó.

La mujer siguió su mirada; un hombre estaba sentado en una roca, un poco más adelante y a la derecha. Su cabello y su barba eran de color blanco puro, e iba vestido con pieles. Mientras lo miraban, el desconocido se levantó, apoyado en un bastón que era más alto que él.

—Hola —saludó.

—Saludos —dijo el jinete de las botas verdes, deteniéndose ante él—. ¿Cómo os va?

—Bastante bien —replicó el otro—. ¿Viajáis muy lejos?

—Sí. A Tooma, como mínimo.

El hombre asintió.

—No saldréis de las montañas esta noche.

—Lo sé. He vislumbrado un castillo a cierta distancia. Quizá nos permitan dormir dentro de sus muros.

—Tal vez sí. Porque la señora del castillo, Oele, siempre ha mostrado buena disposición con los viajeros, y le gusta cualquier relato que ellos puedan contar. Yo, en realidad, me dirijo hacia allí, para participar de la hospitalidad del lugar... aunque me han dicho que la señora está de viaje actualmente. Ese animal que montáis tiene un aspecto poco usual, caballero.

—Así es, ciertamente.

—...Y vos tenéis aspecto familiar, si me permitís decirlo. ¿Puedo saber vuestro nombre?

—Soy Dilvish, y esta es Reena.

La mujer asintió y sonrió.

—No es un nombre vulgar, el vuestro. Hubo un Dilvish hace mucho tiempo...

—No creo que ese castillo existiera en aquellos tiempos.

—A decir verdad, no. El territorio era entonces el hogar de una tribu de las montañas, lógicamente satisfecha con sus ganados y su dios... cuyo nombre ha sido olvidado desde entonces. Pero las ciudades crecieron en la llanura y...

—Taksh'mael —dijo Dilvish.

—¿Cómo?

—Taksh'mael era su dios —respondió Dilvish—, guardián de los ganados. Un amigo y yo hicimos una ofrenda en su altar cuando pasábamos por allí... hace mucho tiempo. Me pregunto si aún existirá el altar.

—Oh, existe, se halla donde siempre ha estado... Definitivamente sois miembro de una minoría, ya que conserváis recuerdos. Quizá sería preferible que no os detuvierais en el castillo... Ver la región en tan malos tiempos deprimiría a una persona como vos. Después de pensarlo dos veces, yo diría: seguid cabalgando y apartad ese pobre lugar de vuestra mente. Recordadlo tal como fue en otros tiempos.

—Gracias, pero hemos viajado mucho —replicó Dilvish—. No parece valer la pena un nuevo esfuerzo simplemente para no herir susceptibilidades. Iremos al castillo.

Los claros ojazos del hombre le miraron fijamente, se desviaron bruscamente después. Con una mano buscó algo bajo su tosca vestimenta. Luego avanzó renqueando y extendió esa mano hacia Dilvish.

—Tomad esto —murmuró—. Debéis tenerlo.

—¿Qué es? —preguntó Dilvish, alargando automáticamente el brazo.

—Una fruslería —dijo el otro—. Un viejo objeto que poseo desde hace algún tiempo, una muestra del favor y la protección del dios. Una persona que recuerda a Taksh'mael debe tenerlo por estos contornos.

Dilvish lo examinó: un fragmento de roca gris con vetas rosas donde aparecía rayada la imagen de un carnero. Estaba agujereada en un extremo con una gastada hebra de lana pasada por la abertura.

—Gracias —dijo Dilvish mientras metía la mano en su bolsa—. Me gustaría daros algo a cambio.

—No —dijo el anciano, retrocediendo—. Es un obsequio hecho libremente, y de nada me serviría una fruslería de la ciudad. Y en realidad no es gran cosa. Los dioses más recientes pueden permitirse más lujos, estoy seguro.

—Bien, que él guarde vuestros pasos.

—A mi edad, dudo que eso importe. Que os vaya bien.

El viejo se marchó entre las rocas y pronto se perdió de vista.

—Black, ¿qué opinas de esto? —preguntó Dilvish, inclinándose para balancear el amuleto ante su montura.

—Tiene cierto poder —replicó Black—, pero su magia está viciada. No estoy muy seguro de que yo confiaría en alguien que luce un objeto como este.

—Primero nos dice que hagamos un alto en el castillo, luego nos dice que pasemos de largo. ¿En qué parte del consejo debemos desconfiar de él?

—Déjame verlo, Dilvish —dijo Reena.

Dilvish dejó caer el amuleto en las manos de la mujer y esta lo examinó largo rato.

—Cierto, es tal como dice Black... —empezó a comentar por fin.

—¿Lo conservo o lo tiro?

—Oh, quédatelo —replicó la joven, devolviéndoselo—. La magia es como la miel. ¿A quién le importa de dónde procede? Es el uso que haces de ella lo que importa.

—Eso sólo es cierto si puedes controlar el uso —dijo Dilvish—. ¿Quieres hacer un alto en el castillo? ¿O viajamos tanto como podamos esta noche?

—Los animales están cansados.

—Cierto.

—Creo que ese hombre estaba un poco loco.

—Seguramente.

—Una cama de verdad sería muy agradable.

—En ese caso, visitaremos el castillo.

Black guardó silencio cuando prosiguieron la marcha.

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Lamparillas de aceite, velas y un gran hogar iluminaban la taberna donde Oele danzaba. Marineros, comerciantes, soldados, bribones y ciudadanos de diversas especies bebían y comían en las pesadas mesas de madera. Esa noche Oele lucía su vestido azul y verde, y dos músicos acompañaban sus enérgicos movimientos en la parte despejada de la sala principal. 

El negocio había mejorado considerablemente desde su llegada a la ciudad hacía dos semanas, y aunque había recibido tres propuestas de matrimonio y muchas otras clases de ofertas, Oele no se había comprometido con nadie. Y la falta de un fornido compañero no le creaba grandes problemas. Una mirada fija y un simple gesto imperioso ponían fin a las indeseadas atenciones de los más inoportunos, haciendo que un hombre cayera sin sentido al suelo. 

Era obvio que ella no deseaba los abrazos de los borrachos clientes del lugar, aunque sus ojos escrutaban hasta el último rostro en el transcurso de la noche. Y en ese momento había caras nuevas. Esa tarde había llegado una caravana procedente del oeste, y un barco había arribado de aguas meridionales. El gentío de esa noche era más ruidoso que de costumbre.

Un alto hijo del desierto atrajo su atención... Un hombre de pausados movimientos, moreno y aguileño. La suelta vestimenta no ocultaba su cuerpo fuerte y bien proporcionado. Estaba descansando cerca de la entrada, sorbiendo vino y fumando con un complicado artefacto que había dejado en la mesa ante él. 

Otros hombres de similares atavíos estaban sentados ante la misma mesa, conversando en su sibilante lengua. Los ojos del hombre alto no se desviaban de Oele, y la sacerdotisa empezó a pensar que esa podía ser la noche esperada. Había indicios de gran vitalidad incluso en los movimientos más ligeros del desconocido.

Un grupo de marineros llegó mientras pasaba la noche, pero Oele no les prestó atención. Por entonces estaba bailando únicamente para el hombre elegido. Y era patente, por la luz de sus ojos, su sonrisa y las palabras que había pronunciado a la bailarina al pasar cerca de él, que estaba cautivado. Le serviría. Una hora más y ella se lo llevaría de allí...

—Venid hacia aquí, señora. Me gusta.

Oele miró a la derecha, al hombre que había hablado, y vio unos ojos azules bajo unas revueltas greñas cobrizas, un pendiente de oro, dientes muy blancos, un pañuelo rojo: uno de los marineros recién llegados. Era difícil juzgar su corpulencia, inclinado como estaba hacia adelante.

Oele se acercó mientras lo examinaba. Interesante cicatriz en su mentón... Diestras manazas en la mesa ante él...

Oele esbozó con los labios una suave sonrisa. Aquel hombre estaba más animado que el otro, y ciertamente tan lleno de vida... ¿No sería preferible...?

La sacerdotisa oyó un ruido detrás y se volvió sin perder el compás. El comerciante estaba de pie, mirando coléricamente al marinero. Sus hombres también estaban levantándose. Oele siguió sonriendo y se alejó. La música cesó de pronto. La bailarina escuchó un juramento, muy audible con el repentino silencio.

—Eres muy vivo —dijo el marinero, poniéndose en pie—. Espero que valgas la pena.

Al instante la sala entera pareció cobrar movimiento: mesas y sillas fueron apartadas. Marineros y comerciantes se aproximaron, con armas aparecidas en sus manos casi por arte de magia. Los demás clientes se escabulleron hacia lugares protegidos o salieron del establecimiento por la puerta más próxima. Sin mostrar miedo, Oele se apartó varios pasos para hacer sitio para el combate.

El marinero que ella vigilaba avanzó agachado, con un puñal en la mano derecha. El comerciante alto blandía un arma blanca curvada y más larga. Mientras sus hombres peleaban alrededor, los dos rivales se abrieron paso hasta un lugar despejado próximo al centro de la sala, como si se hubieran puesto de acuerdo para ello. De un rincón salió despedida una jarra hacia la nuca del comerciante. Oele hizo un brusco ademán y la jarra se desvió y se hizo añicos en la pared.

El marinero esquivó el primer tajo del arma del otro y replicó con un golpe de arriba abajo que hirió levemente el bíceps de su rival. No logró evitar el contragolpe, no obstante, aunque sí pararlo con su arma. Se apartó de un brinco después, incapaz de responder dada la mayor longitud del cuchillo del otro hombre. 

Empezó a dar vueltas alrededor del comerciante, arrastrando los pies y pateando. Su espalda quedó un momento delante de la reyerta general, y un comerciante de escasa estatura se lanzó hacia él. Oele hizo otro gesto y pareció como si el hombrecillo hubiera sido agarrado por una mano gigante y lanzado al otro lado de la sala. Oele sonrió, se humedeció los labios.

Mientras daba vueltas, el pie del marinero topó con una banqueta. De una patada la lanzó hacia su rival. A pesar de su larga vestimenta, empero, el comerciante evitó la banqueta con un rápido movimiento y atacó de nuevo la cabeza del otro. Pero el marinero había sacado una cabilla de su cinturón y la usó para parar el golpe; reaccionó con rapidez y lanzó un tajo al estómago del comerciante.

El atacado logró recobrarse y esquivar el golpe a tiempo, pero con ello quedó en mala posición muy cerca de su rival. La cabilla le alcanzó en la sien. Retrocedió, claramente aturdido, mientras su arma describía un amplio movimiento circular, y la porra le dio de nuevo, en el pómulo izquierdo. Se tambaleó y la cabilla subió y bajó dos veces más en rápida sucesión. 

Quedó tendido en el suelo, inmóvil, con la ropa desarreglada. El marinero se acercó y de una patada le quitó el arma de la mano extendida. Pese a ello, el comerciante no se movió. Jadeante, el marinero se enjugó el sudor de la frente y sonrió a Oele mientras metía la cabilla en el cinturón.

—Buen trabajo —dijo la bailarina—. Casi terminado.

El marinero contempló su puñal, sacudió la cabeza después.

—Está terminado —replicó—. No pienso apuñalarlo para vuestra diversión.

Puso el arma en la funda que llevaba en la bota derecha. La pelea entre marineros y comerciantes continuaba, aunque con algunas muestras de lentitud, perdiendo fuerza. Tras una rápida mirada en esa dirección, el marinero inclinó la cabeza ante Oele.

—Capitán Reynar —dijo—, a vuestro servicio. Amo de mi propio barco, la Pata de Tigre. —Extendió un brazo—. Venid ahora y os lo mostraré. Creo que podríais disfrutar navegando por las aguas del sur.

Oele aceptó su brazo y ambos se alejaron.

—Creo que no —dijo ella—. Porque también yo soy ama en mi casa, que no pienso abandonar. ¿Evitamos nuevas heridas a estos pobres sujetos?

Hizo un amplio gesto circular hacia los restantes combatientes y todos cayeron sin sentido al suelo.

—Un truco magnífico —dijo el capitán—, y que no me importaría conocer.

Oele hizo otro gesto mientras seguían andando y la puerta se abrió de par en par ante ellos.

—Tal vez os lo enseñe —respondió la bailarina al salir—. Pero mis aposentos están más cerca que vuestro barco y sin duda menos atestados... Aunque los dejaremos por la mañana para viajar a las montañas.

El marinero sonrió.

—Falta mucho para convencer a un capitán de que abandone su barco... Sin descortesía alguna a vuestros evidentes encantos.

—Ahuecad vuestras manos.

Reynar le soltó el brazo y obedeció. Oele tapó las manos del hombre con las suyas y algo empezó a resonar. Momentos después el marinero puso tensos los brazos ante el inesperado peso. Oele levantó las manos y las del capitán estaban llenas de relucientes monedas. Siguieron cayendo más, que resbalaron y cayeron al suelo.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Se están cayendo! —exclamó Reynar.

Oele rió, y el sonido de su risa no era distinto del oro, pero el diluvio de dinero concluyó. Reynar guardó las monedas en diversos lugares de su persona. Se arrodilló y recogió el dinero caído. Lo examinó. Mordió una moneda.

—¡Auténticas! ¡Son auténticas! —dijo.

—¿Qué me decíais de un capitán y su barco?

—No tenéis la menor idea de cuán miserable puede ser la vida en el mar. Siempre he deseado vivir en las montañas. —Se tocó la frente y ofreció de nuevo su brazo—. ¿En qué dirección? —preguntó.

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El sol había pasado detrás de la montaña, creando largas sombras, aunque el día aún se extendía en el territorio de las llanuras cuando Dilvish y Reena se acercaron al castillo que habían divisado horas antes.

Se detuvieron y contemplaron el lugar. Los estandartes aleteaban en las almenas y torres y parecía haber luz en todas las ventanas. El rastrillo se levantó y un sonido de música brotó del interior.

—¿Qué opinas? —dijo Dilvish.

—Estaba comparándolo con el castillo que fue mi hogar —replicó Reena—. Me parece magnífico.

Atisbaron por la entrada. Una mujer que aguardaba en las proximidades cruzó la puerta y los saludó.

—¡Viajeros! Sed bienvenidos si buscáis cobijo.

Dilvish señaló los adornos de los muros, la alargada alfombra extendida al otro lado de la entrada.

—¿Cuál es el motivo —preguntó— de este ornamento?

—Nuestra señora ha estado fuera —replicó la mujer—. Regresará esta noche con su nuevo cónyuge.

—Debe ser una mujer notable, para mantener un castillo como este aquí.

—Ciertamente lo es, caballero.

Dilvish observó un instante más.

—Tengo intención de quedarme aquí —dijo por fin.

—Y yo un cuerpo que agradecerá un poco de descanso —comentó Reena.

—Entremos.

Avanzaron hasta llegar donde estaba la rechoncha mujer morena que los había saludado. Sus manos eran grandes, sus movimientos pausados; su rostro estaba salpicado de pecas. Sonrió enseñando sus grandes dientes y condujo a los viajeros al interior.

Dilvish contó otros cinco sirvientes —dos mujeres y tres hombres— dedicados a diversas tareas en el patio. Algunos estaban colgando nuevos adornos. La mujer que los había recibido llamó a uno de los hombres.

—Él se ocupará de vuestros caballos —dijo. Luego volvió la cabeza y miró a Black—. Excepto este. ¿Qué deseáis que se haga con él?

Dilvish miró hacia un rincón a la izquierda.

—Si es posible, lo dejaré allí —dijo—. No se moverá.

—¿Estáis seguro?

—Lo estoy.

—Perfectamente. Hacedlo. Sacad las cosas que habéis traído y os ayudaré a llevarlas a vuestras habitaciones. Más tarde cenaréis en la mesa de la señora.

—En ese caso, quiero eso —dijo Reena, señalando un fardo, mientras Dilvish y Black se alejaban hacia el rincón elegido.

—Me preocupa vagamente —dijo Black— nuestro encuentro con aquel viejo. No saldré de este cuerpo mientras esté aquí. Si me necesitas, llámame y vendré.

—De acuerdo —dijo Dilvish—, aunque dudo que sea necesario.

Black bufó y se quedó inmóvil, convirtiéndose en la estatua de un caballo. Dilvish desmontó, cogió sus cosas y siguió a las mujeres hacia el interior.

La mujer que los había recibido, cuyo nombre era Andra, los condujo a una habitación del tercer piso con vistas al patio.

—Cuando la señora y su esposo lleguen, os llamaremos a cenar y a gozar de la diversión —dijo—. Mientras tanto, ¿hay algo que necesitéis?

Dilvish meneó la cabeza.

—No, gracias. Pero siento curiosidad por averiguar cómo sabéis exactamente cuándo llegará ella. Estáis a bastante distancia de cualquier lugar.

Andra reflejó confusión.

—Ella es la señora —replicó—. Nosotros lo sabemos.

En cuanto se hubo ido, Dilvish señaló la puerta con la cabeza.

—Extraño... —dijo.

—Tal vez no —replicó Reena—. Hay una sensación peculiar en este lugar. Yo puedo reconocerla mejor que nadie, aunque no es tan fuerte como en mi hogar. Creo que esta dama, Oele, podría ser una adepta menor. Hasta sus criados parecen poseer la sensibilidad apagada de las personas dominadas.

—¿Pero no habías oído hablar de ella, o de alguien de esta región, como hermana del arte?

—No. Pero hay tantos practicantes menores que es imposible conocer a todos. Solo los actos de los grandes ofrecen temas generales para los chismes.

—¿Como los de tu antiguo patrón?

Reena se volvió hacia él, con los ojos entrecerrados.

—¿Tienes que recordar en todas las conversaciones a tu enemigo y tu venganza? —dijo—. Yo también lo odio, y sé que te hizo mucho daño. ¡Además mató a mi hermano! ¡Pero estoy harta de oír hablar de él!

—Lo... lo siento —replicó Dilvish—. Supongo que me he vuelto un poco testarudo...

Reena se echó a reír.

—¿Un poco? —dijo—. ¿Vives para otra cosa? ¿Recapacitas alguna vez? Por la forma en que él controla todos tus pensamientos, todos tus actos, ¡podrías estar hechizado por él! Si logras destruirlo, ¿qué harás después? ¿Queda otra cosa en tu vida? Tú...

Reena se interrumpió y se volvió de espaldas.

—Lo lamento —dijo—. No he debido hablar de nada de esto.

—No —replicó Dilvish, sin mirarla—. Tienes razón. Nunca me había dado cuenta. Pero tienes razón. ¿Creerías que me educaron para ser cortesano..., que interpretaba música y cantaba, que escribía poemas?... Hice otras cosas después debido a las circunstancias, pero mi cuna era noble. Solo por casualidad adquirí ciertas dotes militares, y solo por necesidad progresé en esa carrera. Yo siempre había deseado... otra cosa. Ahora... ¡Qué lejano parece todo eso! Has dicho algo que es verdad. Me pregunto...

—¿Qué?

—Qué haría si todo terminara. Volver a mi patria, tal vez, tratar de resolver viejos agravios contra nuestra casa...

—¿Otra venganza?

Dilvish se echó a reír, algo que Reena raramente oía.

—Más bien un asunto de aburridas legalidades. Voy a pensar en ello, y en muchas otras cosas, ahora. Incluso esa enorme... laguna en mi vida se ha alterado un poco, de la pesadilla al sueño. Sí, de vez en cuando me preocuparé de otros asuntos.

—¿Por ejemplo?

—Qué hacer hasta la hora de cenar, por ejemplo.

—Te ayudaré a pensar en algo —le dijo Reena, aproximándose.

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Las antorchas llameaban y chisporroteaban y la música sonaba por todas partes cuando Reynar y Oele entraron en el patio, cabalgando sobre la gran alfombra adornada con las flores arrojadas por los criados en el momento que la pareja cruzó la entrada. Oele asintió y sonrió y las sombras danzaron y culebrearon. Luego su expresión se enfrió cuando su mirada topó con una oscura silueta en un lejano rincón, con metálicos toques de luz en su superficie. Oele tiró de las riendas y señaló la silueta.

—¿Qué es eso? —preguntó en voz alta.

Andra corrió junto a ella.

—Pertenece a un invitado, señora —afirmó—, un hombre llamado Dilvish que llegó antes. Le ofreció hospitalidad, como vos habríais deseado.

Oele desmontó y entregó las riendas a Andra. Atravesó el patio y se detuvo ante Black. Luego dio la vuelta a la estatua, sin dejar de observarla. Finalmente extendió su enjoyada mano y le dio una palmada en el cuello. Se echó hacia atrás, volvió después con Andra.

—¿Cómo —dijo— ha transportado una estatua de caballo a través de las montañas? ¿Y por qué?

—Bien, es una estatua ahora, señora —replicó Andra—, pero él entró cabalgando en ella. Dijo que no se movería cuando la dejó aquí. Y no se ha movido.

Oele miró de nuevo a Black. Mientras tanto, Reynar había desmontado y se había aproximado a ella.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Oele le cogió de la mano y lo condujo por el patio hacia la entrada principal.

—Esa... cosa —dijo, señalándola bruscamente con la cabeza— trajo a su amo.

—¿Cómo es posible? —preguntó Reynar—. Me parece bastante rígida.

—Obviamente nuestro invitado es un mago —replicó ella—. Esto me resulta bastante embarazoso.

—¿Por qué?

—Nos apresuramos a volver hoy porque esta noche la luna estará llena en lo alto del cielo y debo actuar para asegurarme el poder del que te hablé.

—¿Para concederme poderes como los tuyos?

Oele sonrió.

—Naturalmente.

Subieron una escalera y llegaron a un gran recibidor. Sonaba más música, en alguna parte a la izquierda. Reynar olió exóticos perfumes.

—¿Y este mago...? —inquirió.

—No me gusta la idea de tener por aquí a alguien de su ralea precisamente ahora. Su llegada es curiosamente inoportuna.

Reynar sonrió mientras Oele le llevaba hacia una escalera.

—Quizá yo disponga la hora de su partida para satisfacerte.

Oele le dio una palmadita en el brazo.

—No nos apresuremos tanto. Cenaremos con ese hombre y nos formaremos rápidamente una opinión de él.

Oele le llevó escaleras arriba y entraron en sus aposentos, donde llamó a un sirviente. Una mujer parecida a Andra, aunque más alta y corpulenta, respondió a la llamada.

—¿Cuándo estará preparada la cena? —le preguntó Oele.

—Tan pronto como deseéis, señora. Son platos que se pueden comer ahora o más tarde. La carne ha estado haciéndose a fuego lento desde hace un rato.

—Cenaremos dentro de una hora. Di al invitado que nos acompañe.

—¿Solo a él, señora? ¿No a su mujer?

—No sabía que hubiera dos invitados. Dime sus nombres.

—Él se llama Dilvish, y la señora Reena.

—He oído ese nombre anteriormente —dijo Reynar—. Dilvish... Me ha parecido conocido cuando la otra mujer lo ha mencionado en el patio. ¿Un guerrero, tal vez?

—No lo sé —respondió la mujer.

—Naturalmente dirás lo mismo a Reena —dijo Oele—. Vete y hazlo ahora mismo.

La criada se fue y Oele preparó su ropa para la noche: una prenda gris sorprendentemente sencilla y una correa de plata. Se puso detrás de un biombo, donde aguardaban agua y toallas, y al poco rato Reynar oyó ruido de salpicaduras.

—¿Qué sabes de este hombre? —gritó por fin Oele.

Reynar, que se había acercado a la ventana y contemplaba el patio, se volvió.

—Creo que se dice que se distinguió en un lugar llamado Portaroy —respondió—, en esas interminables guerras fronterizas entre el Este y el Oeste. Algo de que cabalga en un caballo metálico y que resucitó a un ejército de muertos. Pero no recuerdo detalles. No sé nada de la mujer.

—Él está muy lejos de Portaroy —dijo Oele—. Me pregunto qué estará haciendo aquí.

Reynar se acercó al tocador, donde se peinó y se limpió las uñas. Encontró un trapo y se frotó las botas con él.

—Eh... si él está aquí para hacer algo que contraríe tus planes para esta noche —dijo—, ¿podrás hacer frente a... eso?

—No te preocupes —replicó Oele—. No carezco de recursos. Me ocuparé de ti.

—Nunca lo he dudado —dijo Reynar, sonriente mientras daba brillo a la hebilla de su cinturón.

Reena se había puesto un largo vestido escotado de bordes negros y mangas abombadas, y Dilvish una blusa marrón y una chaqueta de cuero color verde claro, con los pantalones negros ceñidos con un cinto igualmente verde. Oyeron música en el comedor cuando bajaron la escalera: instrumentos de cuerda y una flauta, sonando lentamente. Los olores de la cocina no tardaron en llegar hasta ellos.

—Estoy ansioso por conocer a nuestra anfitriona —dijo Dilvish.

—Confieso que yo estoy más ansiosa porque me presenten una comida caliente —dijo Reena—. ¿Cuánto tiempo desde la última posada? Más de una semana...

Risueña, Oele se levantó cuando entraron los invitados. Reynar se apresuró a imitarla. Las presentaciones fueron breves, y la anfitriona rogó a Dilvish y Reena que tomaran asiento. Los criados se dispusieron a traer el primer plato y a servir vino. Un fuego crepitaba en el hogar, enfrente de Dilvish, detrás de Reena. Los músicos se hallaban en el extremo opuesto de la sala.

Llevaban comiendo varios minutos cuando Dilvish vio que había otro comensal, no en su compañía. En la mesita situada a un lado de la chimenea había un anciano vestido con pieles, con el bastón apoyado en la pared. Parecía ser el mismo hombre que habían conocido anteriormente en la senda. Cuando sus miradas se encontraron, el viejo sonrió y saludó con una inclinación de cabeza. Se señaló el cuello y Dilvish tocó el amuleto que llevaba bajo la camisa y devolvió el saludo.

—No había reparado en ese anciano —observó Dilvish.

—Oh, ha estado aquí otras veces —dijo Oele—. Cuida ganados. Pasa por aquí de vez en cuando. Reynar me dice que cree recordar vuestro nombre relacionado con un lugar llamado Portaroy. ¿Está en lo cierto?

Dilvish asintió.

—Combatí allí.

—He empezado a recordar relatos que oí —dijo Reynar—. ¿Es cierto que el animal metálico que montáis es realmente un demonio que os ayudó a huir del Infierno y que un día os llevará a la tumba?

—Me lleva a la tumba casi todos los días —dijo Dilvish, sonriente—, y me ha ayudado de muchas formas... y yo a él.

—...Y hay rumores sobre una estatua. ¿Es cierto que en tiempos fuisteis una... como el animal ahora mismo?

Dilvish se miró las manos.

—Sí —dijo en voz baja.

—Extraordinario —observó Oele—. ¿Puedo preguntar qué lleva a un hombre de vuestro... pasado... tan lejos del escenario de sus triunfos?

—Venganza —dijo, y siguió cenando—. Estoy buscando a alguien que a mí y a gran número de personas nos ha causado infinidad de problemas.

—¿Quién puede ser? —preguntó Reynar.

—No deseo que caiga una maldición sobre este lugar mencionando su nombre. Es un mago.

—Parece que encontráis malos enemigos —dijo Reynar—. Tenemos eso en común. Hace tiempo maté a un mago, en las Islas Orientales. El maldito estuvo a punto de asfixiarme antes de que pudiera acabar con él. Me había dejado sin respiración. Por fortuna, yo tenía cierta experiencia como buscador de perlas...

 

(CONTINUARÁ...)