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Un futuro color de rosa para Roderick - Nelson Bond (Parte 2 y última)

Roderick se fue, y yo me sumí de nuevo en el estéril santuario de mis libros. Esto sucedía a las dos. A eso de las cuatro, cansado de dar cabezazos contra una muralla de piedra, decidí salir a respirar un poco de aire puro.

Era un día brillante, claro, sin nubes. Por ello lo que vino luego fue una sorpresa completa. Yo había dado sólo una docena de pasos por el patio delantero cuando vino una especie de silbido líquido y me encontré chorreando por todas partes en medio de un chaparrón veraniego torrencial. O, mejor dicho, eso fue lo que creí al principio. 

Luego alboreó en mi mente el hecho de que el camarada Roderick había dado el agua de la boca de riego del otro lado de la esquina de la casa. ¡Y de que yo me había plantado exactamente sobre el tubo de salida del aspersor!

Con un aullido de rabia salté fuera de su alcance, dando furiosos manotazos a mis empapadas ropas. El muchacho, que había regresado a la escena del crimen, me miraba atónito.

—¡Diantre, míster Evans! ¡Cómo se ha mojado!

—¿Y me lo dices tú? ¡So pequeño idiota!, ¿cómo no me has advertido que te disponías a poner en marcha la manguera? ¡Mírame! ¡Calado hasta los huesos! Por menos de dos cuartos te...

Pero entonces mi furor se duplicó, triplicó, cuadruplicó, se multiplicó por cien. Porque mis inquietos ojos descubrieron algo que hasta entonces les había pasado desapercibido. Abandonada en el centro del prado, devastadoramente expuesta al diluvio incontenible del aspersor, estaba...

—¡Mi segadora! —gemí—. ¡Dios te confunda, Roderick! ¡Te dije que tuvieras mucho cuidado con ese objeto!

Me lancé hacia la boca de riego que alimentaba la manguera; pero Roderick se me adelantó en tres saltos. Mientras nuestras manos se encontraban en el grifo, me dijo en tono tranquilizador:

—No pasa nada, míster Evans. No hay por qué excitarse. Sólo estoy poniendo a prueba...

—Poniendo a prueba, ¿qué? ¿Mi paciencia?

—Mi telaraña mágica —contestó Roderick—. Aquella sustancia que le dije. Y va bien. ¡Venga y véalo!

Me cogió la mano y tiró. Me dejé arrastrar a través del empapado césped hasta mi maltratada segadora. El agua aparecía en su antiguamente prístina superficie formando perlas... charcos... brillantes, centelleantes estanques. Yo gemía, viendo con la imaginación en cada gota una futura ampolla de herrumbre. Pero Roderick sacó tranquilamente un pañuelo del bolsillo y dijo:

—¿Ve? Se va.

Pasó el cuadrado de tela por la superficie cubierta de agua de la segadora. Y tanto si ustedes lo creen como si no, ¡el agua desapareció! Tan suave y fácilmente como jamás agua pura alguna se deslizara fuera del dorso del pato del proverbio. Yo me quedé contemplando aquel inexplicable fenómeno, y luego a su antecitado creador, con pasmado asombro.

—¿Cómo lo has hecho? —grazné.

—Con el pañuelo —contestó Roderick.

—Ya lo sé. Pero quiero decir, ¿cómo ha sido que el agua se haya marchado de ese modo de la superficie metálica?

—Ah, es que jamás estuvo realmente sobre ella. Es un problema de cohesión molecular. Mire usted, hace un minuto rocié la segadora con eso que llamo mi «telaraña mágica».

—¿Qué hiciste? —De pronto, el peligro de la herrumbre pareció casi sin importancia. La idea de que el jovencito hubiese cubierto mi adorada segadora con cierta composición de ingredientes de su equipo químico me aterraba—. ¿Qué hiciste? —grité angustiado.

—No pasa nada, míster Evans —insistió Roderick—. Mi espuma la ha protegido del agua. Y puedo quitar la espuma en cosa de segundos. Mire, se lo enseñaré.

Echó a correr hacia su casa y regresó inmediatamente con un pulverizador. Lo apuntó a la segadora, y después hizo una pausa.

—Ah, de paso —sugirió—, quizá usted desee palpar la segadora. Sólo para asegurarse de que ha quedado recubierta.

Como persona que se mueve en una pesadilla, toqué la superficie metálica. Estaba suave y resbaladiza como con una capa de fina seda. La denominación con que había bautizado el chico aquel producto no era desacertada. Tenía realmente el tacto de una telaraña untada de aceite... si saben imaginarse ustedes semejante cosa.

—He aquí la espuma protectora —dijo Roderick—. He invertido unos diez segundos en aplicarla. Ahora, ahí ve con qué rapidez se quita.

Y se puso —flush, flush— a manejar el pulverizador. Sofoqué el impulso de soltar un alarido. Porque ante mis asombrados ojos la capa aceitosa del metal se levantó, se convirtió en una niebla fina y se evaporó bajo los cálidos rayos del sol. Segundos después, cuando toqué la superficie de la segadora, ¡el metal estaba seco como los huesos!

Y en aquel momento fue cuando me erigí en el primer miembro honorario del Club Americano de Admiradores de Roderick Fenton...

Bien, no es preciso que enuncie punto por punto todo lo demás, ¿verdad que no? Para explicar en pocas palabras una larga historia, vi cómo Roderick componía una nueva provisión de su espuma de la telaraña mágica. Era precisamente lo que yo estaba buscando desde largos, muy largos meses, con angustia en el corazón: un compuesto sencillo, hecho a base de ingredientes corrientes, baratos.

Me llevé al chico conmigo a la fábrica. Y regresó a su casa con una ancha sonrisa y un contrato asegurándole unos derechos de inventor que habían de tenerle nadando en la abundancia por todo el resto de su vida natural. A cambio, mi compañía obtuvo la exclusiva sobre el descubrimiento, y, con ella, la seguridad de conseguir dinero suficiente del Gobierno para pagar el impuesto sobre el exceso de beneficios.

Pero todavía quedaba otra cosa. Y para solucionarla fui a ver al padre de Roderick. Es un científico, como también lo soy yo. De modo que no malgasté palabras, sino que fui directamente al grano.

—Creo que ya lo sé —dije llanamente—. Pero dímelo de todos modos. Me refiero al chico ¿Es él?

—¿Si es agradecido? ¿Si te está agradecido? —esgrimió Walter Fenton—. Pues, por supuesto, Tom. Y también lo estoy yo. Has sido enormemente bondadoso al...

—¡Bah! —le interrumpí—. ¡Tonterías! Soy yo quien está en deuda hasta las rodillas con él, y tú lo sabes. Y ahora deja de andarte por las ramas. Sé cuándo y dónde nació. Y sé lo que sucedía allí por aquellas fechas: experimentos atómicos. Estos son dos y dos. ¿Qué te parece si me hicieras la suma?

Fenton suspiró.

—Veo que estás ya muy cerca de la solución. Y me creo en el deber de explicarte el resto. —Meneó la cabeza despacio, gravemente—. Mira, Roderick no es hijo mío, en realidad. Sarah y yo lo adoptamos. Su verdadero padre era uno de nuestros físicos más destacados. Su madre murió en el parto. El padre falleció un año después. La radiación acabó con él.

—Es lo que me figuraba, más o menos —dije asintiendo con la cabeza—. Trabajaba en el Proyecto Manhattan, ¿no? ¿Cerca de la pila?

—Demasiado cerca. Los escudos que teníamos a la sazón no eran demasiado efectivos. La radiación asó para siempre a unos cuantos muchachos. A otros, como, por ejemplo, el padre de Roderick... pues, sencillamente, no sabemos nada. Pero algo debió de ocurrir. Rayos gamma duros... mutación de los genes. Roddy...

—Ya sé. A los ocho años lee a Lobachevsky y a Bolyai por diversión. ¿Cuándo empezó a leer?

—A los dos años —confesó Fenton—. A los dos años, inglés. Desde entonces ha aprendido francés y alemán y unas nociones de griego y latín. Se aficionó a la física y las matemáticas a los cuatro años. En la actualidad me ha adelantado de tal modo que ya no puedo ni leer sus notas siquiera. Utiliza símbolos que no entiendo. ¡Y piensa que tengo un coeficiente intelectual de 140!

—¿Andando? ¿Y el del muchacho? ¿Lo has medido?

—Sí. Pero no me creerías.

—Quizá sí. Prueba.

—Pasa de 400 —dijo Fenton—. No hay manera de medirlo con exactitud. Sencillamente, no existen pruebas ideadas para mentes como la suya. —Después de un momento de pausa, continuó—: Eres la primera persona con la cual hablo de este tema. Exceptuando a Roddy, por supuesto. Cuando cumplió los seis años, tuvimos una larga conversación de hombre a hombre. Él sabe que es diferente... y sabe por qué. Pero yo le aconsejo que lo esconda a la gente todo lo posible. A ciertas personas quizá no les gustase. Podrían sentir nacer en su espíritu un resentimiento. ¿Comprendes lo que quiero decir?

Moví la cabeza afirmativamente.

—O hasta un miedo. Aunque no hay motivo especial alguno para que abriguen tales sentimientos. Era inevitable. Desde Darwin sabíamos que llegaría el día en que el hombre daría otro paso adelante en su eterna lucha hacia la perfección de la especie. Una mutación repentina, una alteración de los genes... así es como se produce. Los experimentos de Muller con rayos gamma sobre la mosca de la fruta lo demostraron. Y las radiaciones de una pila atómica como aquella con la que trabajaba el padre de Roddy en Oak Ridge hace mi nueve años, eran rayos duros. Rayos gamma.

—Entonces tú crees, lo mismo que yo, que Roderick es...

—Sí —le dije—. Mentalmente. Pero en todos los demás aspectos, absolutamente normal ¡gracias a Dios! Roddy es el signo de los tiempos venideros. Aunque no volando por los aires, raudo, con malla azul y una capa color rosa. No, un hombre de verdad. Aunque un tipo de hombre mejor, más sabio.

Con intencionada delicadeza, ninguno de ambos empleó la otra palabra, la expresión popular del tipo humano del cual el hijo adoptivo de Walt Fenton era precursor. Superhombre...

Acaso parezca extraño, pero el día que conversé con Walt Fenton no me preocupaba lo más mínimo la condición de homo superior de Roddy. La pura verdad era que más bien me complacía el habérmela figurado, fundándome en unos cuantos hechos que había ido observando. No fue hasta que hubieron pasado unos cuantos días que se me ocurrió el otro aspecto, y empezó a roerme una duda creciente, atormentadora.

Una cosa es un niño de nueve años de una raza de superhombres... pero ¿qué pasaría con un adulto de esa misma raza? ¿Qué podíamos esperar de Roderick Fenton dentro de diez o veinte años? ¿Qué papel puede figurarse uno que representará en la vida una criatura con un coeficiente intelectual tres veces mayor que el de la mayoría de sabios?

Transcurrieron varias semanas antes de que yo descargase esta incertidumbre cada día más inquietante y onerosa sobre los hombros de Walt Fenton. Él arrugaba la frente y se pellizcaba el labio inferior al contestarme:

—Tus suposiciones valen tanto como las mías, Tom. Me he pasado noches enteras despierto, preocupado por ese mismo problema. A juzgar por lo que hace ahora, puede convertirse en el mayor benefactor del género humano: infinitamente dulce, amistoso y bueno, y dotado de inteligencia suficiente para mejorar de mil maneras nuestra mal ensamblada civilización... O bien —concedió luego—, puede ocurrir exactamente al revés. Podría adueñarse de él la ambición, un afán desmesurado de dinero, poder, dominio. Si un día utilizase su poderoso intelecto para fines malos, los hombres no podrían resistirse. Si lo deseara, podría gobernar toda la tierra.

—Existe una tercera posibilidad —añadí—. El superhombre no tiene necesidad de ser benigno ni maligno para resultar perjudicial. Nietzsche nos lo enseñó. El ser humano futuro podría ser tan fríamente lógico en sus razonamientos que, sin proponérselo conscientemente, llegara a ser total, completamente despiadado.

—Situado más allá del bien y del mal —asintió Fenton—. Sí. Supongo que también existe esa posibilidad. ¡Maldita sea, Tom! ¡Ojalá hubiera alguna solución para este problema! Una solución segura, rápida, suave...

Y mientras nosotros continuábamos sentados allí, mirándonos fijamente con aire sombrío, Roddy llevó a cabo una de sus entradas más ruidosas y entusiasmadas. Cogió a su padre adoptivo por una mano y tiró de él, al mismo tiempo que me hacía señas con gesto excitado.

—¡Vamos! —gritaba—. ¡Vengan a verla! Ya está casi terminada.

Le seguimos hasta el garaje de los Fenton para quedarnos parados allí, mientras mis ojos de hombre de mediana edad se clavaban en el artefacto más estrambótico que hayan contemplado nunca. Por una parte tenía el aspecto de una caja, y por otra el de una jaula de pájaros, y en conjunto semejaba uno de los sueños más dementes de Rube Goldberg. 

Estaba compuesto de toda suerte de piezas recogidas de aquí y de allá; era un conglomerado ridículo de tubos, pernos, ruedas y tablas recogidos en los montones colectivos de trastos de desecho de la vecindad. Colocado en la parte central de aquel revoltijo había un asiento en forma de cubo equipado con una almohadilla sacada de un viejo banco-columpio de porche. 

Montadas en un panel improvisado con un guardabarros se veía cierto número de esferas y aparatitos, la naturaleza de los cuales nos resultaba totalmente incomprensible. Yo miré el aparato, y luego a Fenton. Este se encogió de hombros. Ambos miramos a Roddy. El muchacho sonreía de oreja a oreja.

—¿Qué opinan? —preguntó.

—Magnífico, hijo —respondió con cautela Fenton—. Sólo que...

—¿Sólo qué?

—Precisamente —intervine yo con voz cantarina—. ¿Sólo qué...? O, para ser más concreto, ¿qué diablos?

—¡Ah, canastos! —exclamó Roddy estirando el cuello—. ¿No se lo había contado? Quizá no. ¡Pues, vean ustedes, es una máquina del tiempo!

Fenton me dedicó una sonrisa débil.

—Cuánta imaginación, ¿eh, Tom? —dijo—. Últimamente ha leído muchas cosas de H. G. Wells.

Yo me dije que quedaba todavía una cuarta posibilidad que Walt y yo no habíamos tomado en cuenta. El supercráneo de Roderick podía excederse a sí mismo. Lo cierto es que parecía una suposición razonable la de que se había excedido ya. Y seguramente no había que temer grandes males de un superimbécil...

—Miren —gorjeó Roderick contentísimo—. ¡Se lo enseñaré!

Metió la mano dentro del instrumento, hizo girar levemente una esfera del cuadro de mandos, y luego nos miró sonriendo.

—Dos minutos —proclamó—. Voy a enviarla a dos minutos en el futuro. ¡Fíjense!

Dio un tirón a la palanca de una especie de aparato de engranajes y sacó prestamente el brazo. Se oyó un sonido repentino de maquinaria en movimiento, entre un resoplido, un bufido y un rugir sordo. Por un instante retumbó en mis oídos una aguda vibración supersónica. Y luego...

—¡Dios santo! —exclamó Walter Fenton—. ¡Ha desaparecido!

En efecto. Delante de nosotros el espacio estaba tan vacío como los bolsillos del contribuyente después de pagar los impuestos. Y mientras Fenton me contemplaba y yo correspondía con vivo interés a su mirada de imbécil, llegó hasta nosotros otro sonido. 

Como antes, percibí un breve ruido de timbre. Luego escuché un choque sordo y extenso... y el fantástico vehículo de Roddy se materializó bruscamente de la nada para posarse en el suelo delante de nosotros. Roderick levantó la vista, que tenía fija en el reloj de pulsera.

—Un minuto cincuenta y seis segundos —anunció—. Casi perfecto. Bastará ajustarlo un poco y estará en disposición de...

—Hijo —dijo Walter Fenton con voz ahogada—, ¿lo... lo dices en serio? ¿No se trata, simplemente, de una broma? ¿Funciona de veras?

—¡Pues, canastos! ¡Claro que funciona! Ustedes lo han visto, ¿verdad?

—¿Cómo? —pregunté, aturdido.

Roderick se mordió el labio.

—Pues no sé si podré explicárselo, míster Evans. Quiero decir... perdóneme... pero si no entiende usted bien el combamiento del tiempo y la mecánica continua...

—No, no los entiendo —le contesté llanamente.

—Entonces no sé si podré hacérselo comprender. —Y se revolvió en un gesto como de pedir excusas—. Pero no importa. Aun en el caso de que la mayoría de humanos... —Aquí observó la mirada de su padre adoptivo y se corrigió prestamente—. Aun en el caso de que la mayoría de personas no sepan cómo funciona, podemos utilizar esa máquina. Podemos viajar hacia el futuro y estudiar aquella civilización... y traernos los inventos necesarios para adelantar y mejorar la nuestra... podemos acelerar el progreso de la humanidad hacia una cultura superior.

Fenton preguntó pausada, cuidadosamente:

—¿Será bueno eso, hijo?

—¿Bueno? ¡Claro que será bueno!

—Me extraña. Quizá fuese mejor que los hombres progresaran más despacio. Quizá conviniera que el hombre se ganara los progresos descubriéndolos por sí mismo. Quiero decir: ¿no es una forma de esclavitud el situarse uno de modo que dependa de la sabiduría de otros?

Un leve ceño alteró las cejas de Roderick. Se me antojó que en su réplica había cierto deje de irritación.

—¡No sea ridículo, papá! El género humano necesita que lo guíen y lo instruyan. Los cerebros inferiores han de depender de aquellos que son capaces de dirigirlos y orientarlos. Hasta ustedes pueden ver...

Se interrumpió bruscamente, disgustado de haberse delatado con una franca exposición de sus convicciones. Otra vez, prestísimamente, volvía a ser el niño Roddy Fenton, sonriente y sociable, deseoso de agradar.

—Lo que quise decir es que con eso ¡podríamos aprender tanto...!

—Acaso —aventuré yo—, anduviéramos más seguros utilizándolo solamente para viajar hacia el pasado. También ahí podríamos encontrar muchas cosas que beneficiarían a la humanidad. Podríamos aprender los secretos que se han perdido con el paso de los siglos, refundiríamos nuestros libros de historia, hallaríamos la solución a un millar de misterios desconcertantes.

—Sí, sería muy divertido —admitió Roderick—. Pero es imposible, de momento. Esta máquina —añadió, señalándola— no puede viajar para atrás en el tiempo; sólo adelante. En pura realidad no sé si se podrá construir nunca una máquina que retroceda en el tiempo. Ello implicaría demasiadas paradojas inexplicables. Como, por ejemplo, que unas personas estuvieran donde no estuvieron jamás... ¿Comprenden?

—Comprendo —respondió Walter Fenton, que estaba cavilando en silencio desde la breve pero impetuosa expresión de desdén por el género humano que había pronunciado Roddy. Ahora Walter tenía un semblante pensativo, grave, decidido—. Entonces, esa máquina ¿sólo anda en un sentido?

—En efecto, papá. Adelante.

—¿Y hasta qué distancia, hijo?

—Oh, puede recorrer una larga, larga distancia. Naturalmente, no lo he ensayado. Pero esta esfera de aquí...

Roddy subió a la máquina para mostrarnos mejor sus mecanismos. Fenton y yo nos inclinábamos sobre el costado del aparato.

—Esta esfera de aquí —continuó Roderick— designa la era hacia la cual ha de viajar. Sencillamente, uno sitúa la esfera en concordancia con el número deseado de años, días o minutos.

—Entonces, esa cifra —preguntó Fenton— ¿la dirigiría hasta una fecha situada a doscientos años de este momento? —Y colocó la manecilla en posición.

Roderick movió la cabeza afirmativamente.

—Es cierto. ¡Cuidado, papá! Si alguien bajase esta palanca mientras yo estoy aquí dentro no volveríamos a vernos jamás.

—¿Quieres decir que morirías? —le pregunté.

—¡Oh, no! Estaría perfectamente a salvo. Pero desaparecería de aquí y aparecería súbitamente en el mundo que existirá dentro de doscientos años. Un mundo en el que quizá... —y sonrió tímidamente a su padre adoptivo—, la gente se parezca más a mí. ¿Quién sabe? En todo caso, no sufriría ningún daño. Lo único es que ya no podría regresar.

—Sí —asintió Fenton—. Es lo que me figuraba. Bien, pues... ¡buena suerte, hijo!

Roddy lo miró con ojos muy abiertos.

—¿Eh? ¿Buena suerte? ¡Ah!, ¿se refiere a vender este invento? Claro, papá. Podemos ganar una fortuna para todos.

—No, Roddy —dijo Fenton—. No es eso precisamente lo que quise decir. Quise decir que aquel mundo está preparado para recibirte; y este no. Todos te amamos entrañablemente. Todos reconocemos tus grandes facultades y las aplaudimos. Pero, francamente, Roddy, nos das miedo. Nos da miedo lo que tu bienintencionada insensibilidad pudiera acarrearnos a nosotros y a otras gentes de nuestro tiempo. De modo que, buena suerte, Roddy. Y... ¡adiós!

Los ojos de Roddy se abrieron todavía más; la mandíbula se le cayó.

—¡Pero, papá! —gritó—. Tú no puedes pensar en...

Sí, sí podía. Con tranquilo propósito, Fenton estiró el brazo y empujó la palanca de arranque...

De modo que, como dije antes, si ustedes no sienten escrúpulos necios por apostar sobre una partida ganada ya, ahí tienen una en la que pueden arriesgar hasta el último céntimo: a Roderick le espera un futuro color de rosa.

¡Dentro de doscientos años, entiéndase bien!

Un futuro color de rosa para Roderick - Nelson Bond (Parte 1)

Si ustedes no sienten escrúpulos necios contra el apostar sobre seguro, he ahí una predicción en la que pueden aventurar hasta el último cuarto: a Roderick le espera un futuro color de rosa.

No me entiendan mal. A mí no se me humedecen los ojos de admiración por la brigada joven de «pantalones tejanos y goma de mascar». A los chavales lo mismo puede ser que los acepte, como que los deje en paz... y suelo preferir lo último. 

No abrigo el menor deseo de que ninguna organización juvenil me tome por una persona muy importante; el parloteo de las voces muchachiles se me antoja mucho más tolerable si sale a través de sendas mordazas, y la idea que tengo de un Movimiento Juvenil ideal es la de que será tanto más ideal cuanto más ligero y constante el paso con que se aleje de mis proximidades.

Pero Roderick... es un caso distinto. He ahí un zagal con algo en el puchero. Tardé cierto tiempo en convencerme del hecho; pero hoy soy un verdadero creyente. ¡Qué me hablen a mí de genio juvenil...! Permitan que se lo explique.

La primera vez que vi al muchacho no supe reconocer el áureo destello del genio. La pura verdad es que mi impresión inicial fue la de que se trataba, pura y simplemente, de un descarado. Por supuesto, las circunstancias en que nos conocimos no eran las más apropiadas para que yo me formase lo que ustedes llamarían una opinión serena, nada tendenciosa...

Vean ustedes, hace muy poco que nos hemos trasladado —Molly y yo— aquí, a los suburbios, y después de haber llevado a cabo la mayor parte de tareas adicionales del interior de nuestra nueva casa, salí a desencadenar el ataque inicial sobre un trecho de césped al que se le había permitido acumular reservas veraniegas detrás de una lozana cosecha primaveral de tropas de asalto de pelargonios.

Como acababa de invertir mi dinero en una nueva y resplandeciente segadora mecánica, la perspectiva de jugar a barbero rasurador de prados no me espantaba. Bien entendido, no me espantó hasta que la emprendí de veras. Entonces descubrí, con gran enojo por mi parte, que ni siquiera una come-hierbas y bebe-gasolina le puede arreglar las trenzas a Mamá Naturaleza si uno no logra, en primerísimo lugar, ponerla en marcha. ¡Y yo no conseguía arrancar el maldito artefacto!

El mecanismo de arranque era lo que me tenía atascado. El librito de instrucciones afirmaba que si yo enrollaba la cuerda A alrededor del volante B y tiraba con fuerza, mis esfuerzos se verían recompensados con un rugido sonoro, reconfortante. Pero yo enrollé y tiré hasta ponerme morado, y negro incluso, de cara, de ánimo y de vocabulario, y lo único que le arrancaba a mi renuente instrumento era un jadeo débil, asmático y momentáneo.

Por consiguiente, me hallaba en el estado de espíritu menos amistoso que imaginarse pueda cuando una sosegada voz muchachil sonó allí, muy cerca:

—Hola, señor. ¿Tratando de poner en marcha la segadora?

El autor de esta pregunta idiota era un jovenzuelo rechoncho, pelirrojo, subido a la escalinata de la casa vecina. Le dirigí una mirada de aborrecimiento.

—¿Quién, yo? Claro que no, hijo mío. Sólo trataba de cultivar un buen apetito. Un problema —comenté en tono cáustico—, que, evidentemente, tú no podrías entender.

La ironía no hizo mella en el chaval, que continuó mordisqueando la esfera —en rápido cuarto menguante— de una manzana con bendita despreocupación. Cuando no quedó casi más que un husito, arrojó el corazón de la fruta a un desventurado petirrojo que andurreaba por nuestros jardines, y volvió a tomar la palabra:

—Porque si lo quiere, no quiere, ya sabe —dijo. Yo medité brevemente la frase. Tiempo perdido.

—¿Lo repites? —sugerí.

—¿Qué dice usted?

—Ese último comentario que has hecho. ¿Qué necesito para descifrarlo? ¿Un libro de claves?

Por un momento fue él quien pareció desconcertado. Luego sonrió.

—Ah, comprendo. He sido un poco nebuloso, ¿verdad? Quise decir —aclaró cuidadosamente—, que si trata de poner la máquina en marcha, no lo hace como debe. Al menos eso es lo que se me figura a mí.

Ya es bastante lamentable que no sepas hacer bien una cosa; pero es peor todavía que un chaval que no tiene ni la cuarta parte de tus años hurgue en tu incompetencia con dedo atormentador. Yo saqué las uñas, dispuesto al ataque, con una sonrisa subyugadora.

—Oye, jefe... —dije.

—Roderick —puntualizó él—. Roderick Fenton.

—Dime, Roderick, ¿cuántos años tienes?

—Ocho —contestó—. Y voy por los nueve.

—Ocho —le corregí—, y vas ya con tiempo prestado. Oye, niño: hay leyes contra los adultos que destrozan menores de edad antes de tiempo. Pero no sé que el Código Penal prohíba que uno tire hacia lo alto un objeto pesado y deje que la ley de la gravedad actúe como suele hacerlo. Es posible que yo no sepa manejar esta máquina; pero creo que, haciendo un esfuerzo decidido, sería capaz de levantarla. De manera que, o cierras esa asquerosa bocina que tienes por boca, o hago que un montón de piezas metálicas, inútiles para cualquier otra finalidad, se desplome sobre tu puchero.

—¡Oh, rediantre! —se quejó el chiquillo—. Si quiere tomárselo así... —Se levantó y cogió con mano aturdida la empuñadura de su puerta—. Yo sólo trataba de serle útil.

—¡Grrr! —proferí con la mayor cortesía.

—Al fin y al cabo, ese motor es de gasolina. Si no abre ese grifito encarnado del tubo de alimentación...

—¡Largo! —bramé, herido hasta lo insoportable. Y se largó. Precipitadamente. La puerta se cerró de golpe tras él. Yo aguardé hasta que la roja niebla que me cubría los ojos se disipó; en ese momento volví a meditar el problema de aquel dolor de cabeza que me costaba cien dólares.

Dos veces más malgasté las energías en el truquito de la cuerda, con resultados tan fútiles como los anteriores. Luego, con rencorosa desgana, hice una pausa y estudié el mecanismo que tenía delante. No faltaba más, allí estaba —tal como había señalado Roderick— un grifito en la base del tubo de alimentación. Lo toqué. Se movió. Murmuré:

—¡Humm! —y dirigí una rápida mirada oblicua a la casa de Roderick. No tenía público alguno. Di un giro de noventa grados a la espita. Luego enrollé, una vez más, la cuerda de arranque alrededor del volante y tiré.

Se oyó una explosión sorda, un rugido y enseguida un clamor trepidante. Los pies se me fueron de debajo del cuerpo mientras la despertada segadora emprendía la marcha a través del prado, llevándome a remolque. Y la hierba verde volaba por todo mi alrededor, por todo mi alrededor...

Un par de noches después, mientras lavábamos en mares de espuma los platos de la comida, mi mujer, alegría de mi vida, me informó:

—Ah, de paso, esta noche vamos a jugar al bridge.

—Estupendo. ¿Con quién?

—Con los vecinos —respondió Molly—. Se llaman Fenton. Ella es muy simpática. Y —añadió pensativamente—, él es físico. Quizá pueda ayudarte a resolver el problema.

Hice una mueca de dolor. Había llegado a la época en que la mención incidental de aquel asunto hacía que mis destrozados nervios vibrasen como una orquesta de cuerda oriental.

—Por favor, cariño —supliqué—, no hablemos de estas cosas ahora, ¿quieres? Las veladas son para descansar y relajarse. Es decir... —todo mi ser se estremeció conmovido por una repentina y negra sospecha—, teóricamente, al menos. ¿Dónde hemos de jugar? ¿Aquí?

—No. En su casa.

—Eso me temía. ¿Antes o después?

—¡Pero, Tom!, ¿de qué estás hablando? ¿Antes o después... de qué?

—Antes o después de que hayan atado a la cama, con cadenas, al odioso monstruo pequeño que tienen por hijo.

—¿Estás hablando de Roddy? ¡Vaya, yo le considero un encanto de muchachito!

—También lo era, no cabe duda —gruñí yo—, Jack el Destripador. No, cariño mío. Por una vez en nuestra existencia de casados, que por todo lo demás ha sido un idilio divino, debo desautorizarte. Queda cancelada la cita. Me niego a poner los pies en la madriguera de aquel ogrito espantoso.

—Pero, Tom, yo he prometido...

—Lo siento.

—Y sería una grosería terrible con...

—Es una pena.

—Y ellos nos están esperando...

—¡No! —dije llana, firme, definitivamente—. ¡De una vez y para siempre, no! Esta noche no me muevo de aquí. ¡Es mi última palabra!

De modo que cosa de una hora después estábamos sentados en la sala de los Fenton, trabando relación con nuestros vecinos. Y debo confesar que, a despecho de mis enmurriadas expectativas, eran una pareja agradable: atractivos, amables e inteligentes. Después de una ronda de vasos de bourbon —Fenton hasta sirvió mi marca preferida— empezamos a tutearnos como viejos amigos.

Muy agradable todo ello. Muy impermanente. Porque todas las cosas buenas —para recurrir a una frase sobada— han de llegar forzosamente a su fin. Serían las nueve, poco más o menos, cuando la puerta se abrió y entró en el dichoso saloncito, como una mosca en la salsa, Roderick.

—¡Ah! —exclamó—. ¿Invitados? Buenas noches.

Denme un sobresaliente en Esfuerzo. Animado por el espíritu de buena camaradería y las consecuencias de unos generosos tragos de brandy, dominé la repugnancia que me inspiraba el fastidioso zagalillo y eché mano de la parlotería insulsa del vecino cordial.

—Hola, Roddy —le saludé—. ¿Has ido al cine?

La mirada con que me favoreció no era exactamente desdeñosa. Más bien un tanto compasiva.

—No, señor —dijo—. A la biblioteca.

—Roddy —adujo su madre casi en tono de excusa— es un gran aficionado a la lectura.

—¿Andando? —declamé, en una cálida efusión de nostalgia vuelta hacia mis días de colegial—. No se me ocurre nada más agradable que enfrascarse en un buen libro... es decir, para un chico ya un poco crecidito. ¡Oh, sí! ¡La magnífica literatura de la juventud! Te habrás llenado la azotea con las gestas de los grandes paladines, ¿eh, Roddy?

—¿Cómo dice usted, señor? —preguntó el niño con aire inexpresivo.

—Habrás saciado las células grises de sangre, ¿no? Habrás estado leyendo historias de aventuras tremendas en países lejanos. Los Caballeros de la Tabla Redonda, los piratas del Océano Español, los indios desenterrando el hacha guerrera.

—No, señor —replicó Roderick—. He leído a Lobachevsky sobre curvas geométricas.

—¿Eh?

—Y a Riemann. Y a Bolyai. A los geómetras no euclidianos. —El chico se revolvió incómodo, quizá por la aprensión que le causara el verme boquiabierto, con la mandíbula inferior caída—. A mí... a mí las matemáticas me interesan muchísimo —dijo—. ¿A usted no?

Agarré con fuerza el vaso, y el destrozado dominio de mí mismo, y logré soltar una risita que no me asfixió del todo.

—¡Claro que sí! Yo siempre afirmo —dije—, que la mejor manera de abrirse camino en este mundo consiste en tener los pies bien firmes en el suelo y recordar que dos y dos hacen cuatro.

—O, a veces, cien —murmuró Roderick.

—¿Eh?

—En la numeración binaria, bien entendido. Bueno, será mejor que me vaya a la cama. Buenas noches a todos.

Y besó a sus padres, y ellos le besaron a él exactamente igual que si se hubiera tratado de un ser humano. Luego desapareció escaleras arriba. Su padre le seguía con mirada cariñosa.

—Ese chico es algo, ¿eh, Tom? —dijo.

—Sí, en efecto, es algo —reconocí cautelosamente—. Pero ¿qué, exactamente?

—¡Sí, señor! Yo estoy orgullosísimo de mi muchacho. Es todo un pensador. ¿Tengo o no tengo razón?

—¡Usted lo ha dicho! —convine.

Mi jefe de laboratorio es miembro de un trust de cerebros con más grados que un termómetro clínico. Al día siguiente le pregunté:

—Doc, ¿qué es la numeración binaria?

—¡Ah, sí, la numeración binaria! Pues es un sistema de numeración que sólo requiere el empleo de dos cifras, o símbolos, 1 y 0, a diferencia de los diez símbolos del sistema decimal. Muy sencillo, muy eficiente. La cantidad 1 sigue siendo 1; pero 2 se convierte en 10; 3 es 11...

—¿Andando? ¿Dos más dos? ¿No hacen cuatro?

—No. Hacen 100. ¿Por qué? ¿Desde cuándo se interesa por los sistemas de numeración poco utilizados?

—No me intereso. Lo oí mencionar por casualidad.

El jefe sonrió.

—Será mejor que los chicos del gobierno no oigan estas palabras. El único lugar del mundo donde, que yo sepa, se utiliza normalmente la numeración binaria es en las zonas rurales de Rusia. Y este proyecto militar en que estamos trabajando... bueno, ya sabe usted lo desconfiados que son los «federales».

—Sí. Lo sé. ¡Si hasta dejé de emplear la defensa Petroff cuando juego al ajedrez!

—No lo digo incidentalmente, en modo alguno —continuó Doc—. ¿Qué tal le va ese trabajo de investigación?

—¿Quiere la verdad —pregunté—, o que sufra de úlceras?

—¿Tan mal está?

—Peor. Estoy llegando a ninguna parte a gran velocidad. Lo cierto es que estoy tan lejos de una solución ahora como cuando empecé; porque he eliminado una cantidad incalculable de millones de posibilidades.

Doc meneó la cabeza tristemente.

—Es difícil, ya lo sé. Pero ha de haber alguna solución. Usted se da el nombre de químico...

—Yo me he dado todos los nombres menos ese durante los meses últimos.

—Bueno, siga en la brecha. Y si necesita algo, avíseme.

—¡Magnífico! —refunfuñé malhumorado—. ¿Qué surtido tenemos de aspirinas, muñecas de papel y camisas de fuerza?

¿Se figuran quizá que el problema de marras no me tenía preocupado? Piénsenlo mejor. Puedo demostrar que estaba hundido hasta las cejas en la más negra desesperación. Hasta me llevaba el trabajo a casa los fines de semana. Porque estaba que me subía a la parra, y lo mismo estaba el jefe, y lo mismo la compañía por la cual trabajamos ambos. Y no hablemos ya del Tío Sam, que dependía de nuestros esfuerzos por descubrir una solución a su problema.

De modo que un sábado por la tarde yo estaba sentado en mi estudio, enojadamente atareado en la consulta de unos libros especializados, cuando aparecieron a mi vera treinta y tantos kilogramos de fastidio. Era el amigo Roderick.

—Hola, míster Evans —dijo.

Cerré los ojos con la esperanza de que cuando los abriese de nuevo ya se habría marchado. Pero no, continuaba allí, tranquilo y desagradablemente sociable.

—Hola —suspiré—. ¿Querías algo?

—Nada en particular. Sólo he venido a verle. Está leyendo, ¿eh?

Yo levanté unas cejas atónitas al volumen que tenía en las manos.

—¡Vaya, que me cuelguen si no es cierto! —exclamé.

—A mí mi gusta leer —dijo Roderick.

—¿De veras? Recuérdame que debo colgar un rótulo de «No estorben» en mi puerta para tu futura diversión.

—Generalmente libros de ciencia —continuó afablemente—, o de geología, o de psicología, o de historia. ¿Cuál es su personaje histórico favorito?

—El rey Herodes —le respondí—. Oye, Roddy. Estoy ocupadísimo. Si no te importase...

—¿Le molesto?

—No más que una combinación de jaqueca, fiebre del heno y el prurito de siete años. Tengo que terminar un trabajo...

—Papá me dijo que usted era químico —continuó el chaval—. ¿Es cierto?

—Estadísticamente, sí. Éticamente...

—En Oak Ridge había muchos químicos —comentó Roderick—. Es donde nací yo, ya sabe.

—¿Naciste de veras? ¿Aseguras que no te encontraron bajo un pedrusco?

Roderick o no lo entendió o prefirió pasarlo por alto. Y siguió diciendo:

—Tengo una colección de química. La grande. Un centenar de productos químicos y un libro que explica la manera de hacer una multitud de cosas.

—¿Incluso —pregunté, esperanzado—, trinitrotolueno?

—Bah, usted bromea. El trinitrotolueno es peligroso. Pero se sorprendería de la colección de cosas que he preparado con mi juego de productos químicos. Algunas no están en el libro siquiera. Inventé una que resulta curiosa de verdad. Yo la llamo la telaraña mágica. Se...

—Roddy —le dije en tono fatigado—, me encanta saber que te diviertes tanto con tus juguetes, pero no tengo tiempo para hablar de ellos ahora. Como te decía antes, he de terminar un trabajo...

—¿Qué clase de trabajo? —preguntó Roderick.

Suspiré y elegí el camino de la menor resistencia.

—Si te lo digo, ¿te irás a tu casa?

—Pues claro. Si usted quiere que me vaya...

—Muy bien, pues. Aquí está el problema. ¿Sabes que nuestra nación se enfrenta con la posibilidad de otra guerra?

—Naturalmente. Lo sabe todo el mundo.

—¿Y que parte de nuestra campaña de preparación consiste en que armemos a los amigos que tenemos en ultramar?

Roderick movió la cabeza afirmativamente.

—Claro. Les enviamos aeroplanos y tanques y cañones...

—En efecto. ¿Y sabes cómo se lo enviamos?

—En barco, principalmente, supongo.

—Exacto. Y ahí es donde empieza el conflicto. Cargamos millares de toneladas de equipo valioso en barcos de transporte y los mandamos a un largo viaje por mar. Debido a su forma y su tamaño, buena parte de ese equipo tiene que hacer la travesía sobre cubierta, expuesto al sol, el hielo, la lluvia y la rociada incesante de agua salada. ¿Y sabes lo que le hace la sal al metal?

—Pues sí. Lo corroe.

—Cierto. De manera que para proteger nuestro equipo tenemos que recubrirlo con alguna sustancia que resista los elementos. He ahí mi tarea. Encontrar una sustancia adecuada.

—Pero ¡si ya tienen materiales así! —comentó Roderick—. Yo he visto fotografías...

—Cierto. Pero ninguna de las sustancias protectoras actuales resulta satisfactoria. O bien son viscosas y pegajosas, o bien forman una costra dura, gomosa, que cuesta horas y horas de fatiga quitarla. Pasamos días y días aplicando las sustancias protectoras y semanas y semanas quitándolas. Los soldados que deberían estar haciendo maniobras militares para ejercitarse tienen que pasarse una infinidad de horas en la dura tarea de limpiar el engrasado equipo cuando llega a su destino. Y si no crees que esa tarea es pesada, pregúntaselo a cualquier soldado raso que haya desembalado y limpiado una caja de rifles, simplemente...

—Entonces usted trata de encontrar...

—Un compuesto sencillo y barato que se pueda aplicar rápidamente, que salvaguarde el material que se transporta y luego, al final del trayecto, se pueda eliminar con gran facilidad. Una sustancia elusiva —suspiré—. Y que acaso no exista. Y ahora, hijito, yo he cumplido ya mi parte de lo pactado. Te toca, pues, cumplir la tuya.

—¿Eh? —dijo Roderick distraídamente.

—Fuera —ordené yo, empujándole suavemente hacia la puerta—. No creas que no ha sido un placer verte, porque no lo ha sido. Vuelve otro día; pero no demasiado pronto.

Roderick preguntó plañideramente:

—Bueno, diantre, no es preciso que empuje, ¿verdad que no? Míster Evans...

—¿Ahora qué, hombrecito?

—¿Le sabría mal que utilizara su segadora de césped?

—Me figuro que no. Pero cuídala bien, ¿eh? Ese trasto cuesta mucho dinero.

—Claro que sí —prometió—. Tendré cuidado. Gracias.

 

(CONTINUARÁ...) 

Accidente - Agatha Christie

 —Y le aseguro... que es la misma mujer... ¡sin la menor duda!
 
El capitán Haydock miró el rostro de su amigo y suspiró. 
 
Hubiera deseado que Evans no se mostrara tan absoluto. Durante el curso de su carrera, el viejo capitán de marina había aprendido a no preocuparse por las cosas que no le concernían. Su amigo Evans, inspector retirado del C.I.D., tenía una filosofía muy distinta. «Hay que actuar según la información recibida»... Había sido su lema en sus primeros tiempos, y ahora lo había ampliado hasta buscar él mismo la información.
 
El inspector Evans había sido un policía muy listo y despierto, que ganó justamente el puesto alcanzado. Incluso ahora, ya retirado del cuerpo e instalado en la casita de sus sueños, su instinto profesional seguía en activo.
 
—Nunca pude olvidar una cara —repetía satisfecho—. La señora Anthony... sí, es la señora Anthony sin lugar a dudas. Cuando usted dijo la señora Merrowdene... la reconocí en el acto.
 
El capitán Haydock movióse intranquilo. Los Merrowdene eran sus vecinos más próximos, aparte del propio Evans, y el que éste identificara a la señora Merrowdene con una antigua heroína de un caso célebre, le contrariaba.
 
—Ha pasado mucho tiempo —dijo con voz débil.
—Nueve años —replicó Evans con la precisión de siempre—. Nueve años y tres meses. ¿Recuerda el caso?
—Vagamente.
—Anthony resultó ser un consumidor de arsénico —dijo Evans—, y por eso la absolvieron.
—Bueno, ¿por qué no habían de hacerlo?
—Por ninguna razón. Es el único veredicto que podían pronunciar dada la evidencia. Absolutamente correcto.
—Entonces —replicó Haydock—, no veo por qué ha de preocuparse.
—¿Quién se preocupa?
—Yo creía que usted.
—En absoluto.
—El caso pasó a la historia —continuó el capitán—. Si la señora Merrowdene tuvo la desgracia en otro tiempo de ser juzgada y absuelta por un crimen...
—Por lo general no se considera una desgracia el ser absuelto —intervino Evans.
—Ya sabe a lo que me refiero —dijo el capitán Haydock irritado—. Si la pobre señora tuvo que pasar esa amarga experiencia, no es asunto nuestro el sacarlo a relucir, ¿no le parece?
Evans no respondió.
—Vamos, Evans. Esa señora es inocente... usted mismo acaba de decirlo.
—Yo no dije que fuera inocente, sino que fue absuelta.
—Es lo mismo.
El capitán Haydock, que había empezado a vaciar su pipa contra el costado de su silla, se detuvo para mirarle en actitud expectante.
—¡Hola, hola, hola! —dijo—. ¿Conque esas tenemos, eh? ¿Usted cree que no era inocente?
—Yo no diría eso. Sólo... no sé. Anthony tenía la costumbre de tomar arsénico, y su esposa lo adquiría para él. Un día, por error, tomó demasiado. ¿La equivocación fue suya o de su esposa? Nadie pudo decirlo, y el juez, muy sensatamente, dudó de ella. Eso está muy bien y no veo nada malo en ello, pero de todas formas... me gustaría saber...
El capitán Haydock volvió a dedicar toda su atención a la pipa.
—Bien —dijo tranquilo—; no es asunto nuestro.
—No estoy tan seguro.
—Pero, seguramente...
—Escúcheme un momento. Este hombre, Merrowdene... anoche en su laboratorio manipulando entre sus tubos de ensayo... ¿recuerda lo que dijo?
—Sí. Mencionó el experimento de Marsh con respecto al arsénico. Dijo que usted debiera saberlo muy bien... que era cosa de su ramo... y se rió. No lo hubiera dicho si hubiese pensado por un momento...
Evans le interrumpió.
—Quiere usted decir que no lo hubiera dicho de haberlo sabido. Llevan ya tiempo casados... ¿seis años, me dijo usted? Apuesto lo que quiera a que no tiene la menor idea de que su esposa fue la célebre señora Anthony.
—Y desde luego no lo sabrá por mí —dijo el capitán Haydock.
Evans continuó sin prestarle atención.
—Acabe de interrumpirme. Según el experimento de Marsh, Merrowdene calentó una sustancia en un tubo de ensayo, y el residuo metálico se disolvió en agua y luego lo precipitó agregándole nitrato de plata. Esta era la prueba de los cloratos. Un experimento claro y sencillo, pero tuve oportunidad de leer estas palabras en un libro que estaba abierto sobre la mesa. «H2 SO4 descompone cloratos con evolución de Cl2O4. Si se calienta, explota violentamente, por lo tanto la mezcla debe guardarse en lugar frío y se utiliza sólo en cantidades muy pequeñas.»
Haydock, profundamente extrañado, miró a su amigo de hito en hito.
—Bueno, ¿y qué?
—Sólo esto. En mi profesión tenemos también que llevar a cabo ciertos experimentos... para probar un crimen. Hay que ir añadiendo los hechos... pesarlos, separar el residuo de los prejuicios y la incompetencia general de los testigos. Pero hay otra prueba... mucho más precisa... ¡Pero bastante peligrosa! Un asesino raramente se contenta con un crimen. Si se le da tiempo y nadie sospecha de él, cometerá otro. Usted coge a un hombre...¿Ha asesinado o no a su esposa?... Tal vez el caso no esté demasiado claro. Examine su pasado... si descubre que ha tenido varias esposas... y que todas murieron... digamos... de un modo extraño... ¡entonces puede estar bien seguro! No le hablo legalmente, comprenda, sino de la certeza moral, y una vez se sabe, puede buscarse la evidencia.
—¿Y bien?
—Voy al grano. Eso está muy bien cuando existe un pasado que revisar. Pero supongamos que usted detiene a un asesino que acaba de cometer su primer crimen. Entonces esa prueba no dará resultado. Pero el detenido es absuelto y empieza una nueva vida bajo otro supuesto nombre. ¿Repetirá o no su crimen?
—Es una idea horrible.
—¿Sigue usted pensando que no es asunto nuestro?
—Sí; no tiene usted motivos para pensar que la señora Merrowdene sea otra cosa que una mujer inocente.
El ex inspector guardó silencio unos instantes, y luego dijo despacio:
—Le dije que examinamos su pasado y no encontramos nada. Eso no es del todo cierto. Tenía padrastro y cuando cumplió los dieciocho años se enamoró de cierto joven... y su padrastro hizo valer su autoridad para separarlos. Un día, cuando paseaban por una parte peligrosa de los acantilados, hubo un accidente... el padrastro se aproximó demasiado al borde de las rocas... perdió pie y cayó, matándose.
—No pensará...
—Fue un accidente. ¡Accidente! La dosis extra de Anthony fue un accidente. No hubiera sido procesada nunca de no haberse sospechado que había otro hombre... que por cierto escapó. Al parecer, no quedó satisfecho como el jurado. Le aseguro, Haydock, que por lo que respecta a esa mujer tengo miedo de que ocurra... ¡otro accidente!
El anciano capitán se encogió de hombros.
—Bueno, no sé cómo va usted a prevenirse contra eso.
—Ni yo tampoco —repuso Evans con pesar.
—Yo de usted dejaría las cosas tal como están —dijo el capitán Haydock—. Nunca se saca ningún bien de entrometerse en los asuntos ajenos.
Pero aquel consejo no habría de seguirlo el inspector, que era un hombre paciente, pero decidido. Cuando se hubo despedido de su amigo, echó a andar hacia el pueblo, dando vueltas en su mente a las posibilidades de una acción inmediata y de éxito.
Al entrar en un estanco para comprar sellos, tropezó con el objeto de sus preocupaciones, Jorge Merrowdene. El ex profesor de química era un hombrecillo menudo, de aspecto soñador y modales amables y correctos, que por lo general andaba siempre distraído. Reconoció al inspector, saludándole afectuosamente, y se agachó para recoger las cartas que por efecto del choque se le habían caído al suelo. Evans se agachó también, y por ser más rápido de movimientos, pudo recogerlas primero, devolviéndolas a su propietario con unas palabras de disculpa.
Al hacerlo pudo echarles un vistazo, y la de encima del montón volvió a despertar sus sospechas. Iba dirigida a una conocida agencia de seguros.
Al instante tomó una resolución, y el distraído Jorge Merrowdene se encontró sin darse cuenta caminando hacia el pueblo en compañía del ex inspector, y tampoco hubiera podido decir cómo surgió en su conversación el tema de los seguros de vida.
Evans no tuvo dificultad en lograr su objeto. Merrowdene por su propia voluntad le comunicó que acababa de asegurar su vida en beneficio de su esposa, y quiso saber lo que Evans opinaba de la compañía en cuestión.
—He hecho algunas inversiones poco acertadas —le explicó—, Y como resultado, mis rentas han disminuido. Si me ocurriera algo, mi esposa quedaría en mala situación. Con este seguro de vida queda todo arreglado.
—¿Ella no se opuso? —preguntó Evans—. Algunas señoras no suelen querer. Dicen que trae mala suerte...
—¡Oh!, Margarita es muy práctica —repuso Merrowdene sonriendo—. Y nada supersticiosa. En realidad, me parece que la idea fue suya. No le gusta verme preocupado.
Evans tenía ya la información que deseaba y dejó a Merrowdene, sumamente preocupado. El difunto señor Anthony también había asegurado su vida en favor de su mujer pocas semanas antes de su muerte.
Acostumbrado a confiar en su instinto, tenía plena certeza en su interior, pero el saber cómo debía actuar era cosa muy distinta. Él deseaba no detener al criminal con las manos en la masa, sino impedir que se cometiera otro crimen, y eso era mucho más difícil.
Todo el día estuvo pensativo. Aquella tarde se celebraba una fiesta al aire libre en la finca del alcalde, y Evans asistió a ella, entreteniéndose en el juego de la pesca, adivinando el peso de un cerdo y tirando a los cocos, con la misma mirada abstraída. Incluso consultó a Zara, la Adivinadora de la Bola de Cristal, sonriendo al recordar cómo la había perseguido durante sus tiempos de inspector.
No prestó gran atención al discurso de la voz cantarina y misteriosa, hasta que el final de una frase atrajo su atención.
—...y de pronto... muy pronto... se verá complicado en un asunto de vida o muerte... para otra persona. Una decisión... Tiene usted que tomar una decisión. Tiene que andar con cuidado... con mucho... mucho cuidado. Si cometiera un error... el más pequeño error...
—¿Eh...? ¿Qué es eso? —preguntó con brusquedad.
La adivinadora se estremeció. El inspector Evans sabía que todo aquello eran tonterías, pero no obstante estaba impresionado.
—Le prevengo... que no debe cometer ni el más pequeño error. Si lo hace veo con toda claridad el resultado: una muerte.
¡Qué extraño! ¡Una muerte! ¡Qué curioso que se le hubiera ocurrido decir eso!
—Si cometo un error el resultado será una muerte, ¿es eso?
—Sí.
—En ese caso —dijo Evans poniéndose en pie y entregándole el precio de la consulta—, no debo cometer errores, ¿no es así?
Lo dijo en tono intrascendente, pero al salir de la tienda tenía las mandíbulas apretadas. Era fácil decirlo pero no tanto el estar seguro de no cometerlo. No podía equivocarse. Una vida, una valiosa vida humana, dependía de ello.
Y nadie podía ayudarle. Miró a lo lejos la figura de su amigo Haydock. «Deje las cosas como están», le diría, y eso es lo que, a la sazón, no podía hacer.
Haydock estaba hablando con una mujer que al separarse de él se aproximó a Evans. Era la señora Merrowdene, y el inspector, siguiendo sus impulsos, apresuróse a detenerla.
La señora Merrowdene era una mujer bastante atractiva. Tenía una frente ancha y unos serenos ojos castaños muy bonitos, así como la expresión plácida. Su aspecto era el de las Madonnas italianas, que acentuaba peinándose con raya en medio y ondas sobre las orejas. Su voz era profunda, casi somnolienta.
Al ver a Evans le dedicó una sonrisa de bienvenida. 
—Me pareció que era usted, señora Anthony... quiero decir, señora Merrowdene —dijo en tono ligero y deliberado, mientras la observaba. Vio que abría un poco más los ojos, y que tomaba aliento, pero su mirada no desfalleció, sosteniendo la suya con firmeza y orgullo.
—Estoy buscando a mi esposo —dijo tranquila—. ¿Le ha visto por aquí? 
—La última vez que le vi, iba en esa dirección.
Echaron a andar en la dirección indicada, charlando animadamente. El inspector sentía aumentar su admiración. ¡Qué mujer! ¡Qué dominio de sí misma! ¡Qué destreza! Una mujer notable... y muy peligrosa. Sí... estaba seguro de que era peligrosa.
Aún se sentía intranquilo, aunque estaba satisfecho de su paso inicial. Sabiendo que la había reconocido, no era de esperar que se atreviera a intentar nada. Quedaba la cuestión de Merrowdene. Si pudiera avisarle... Encontraron al hombrecillo abstraído en la contemplación de una muñeca de porcelana que fue un premio en el juego de la pesca. Su esposa le sugirió que volvieran a casa, a lo que él se avino en seguida. Luego la señora Merrowdene volvióse al inspector.
—¿No quiere venir con nosotros a tomar una taza de té, señor Evans?
¿No había un ligero tono de reto en su voz? A él se lo pareció. 
—Gracias, señora Merrowdene. Con muchísimo gusto lo acepto. 
Y fueron caminando juntos mientras comentaban temas vulgares. Brillaba el sol, soplaba una ligera brisa y todo parecía agradable y sonriente. La doncella había ido a la fiesta, según le explicó la señora Merrowdene cuando llegaron a la encantadora casita. Fue a su habitación a quitarse el sombrero, y al regresar se dispuso a preparar el té calentando el agua sobre un infiernillo de plata. De un estante cerca de la chimenea cogió tres pequeños boles con sus tres platos correspondientes.
—Tenemos un té chino muy especial —explicó—. Y siempre lo tomamos al estilo chino... en bol, y nunca lo hacemos en taza.
Se interrumpió mirando al interior de uno de ellos, que fue a cambiar con una exclamación de disgusto. 
—Jorge... eres terrible. Ya has vuelto a coger un bol de ésos.
—Lo siento, querida —dijo el profesor disculpándose—. Tienen una medida tan a propósito... Los que encargué aún no me los han enviado.
—Cualquier día nos envenenarás a todos —dijo su esposa sonriendo—Mary los encuentra en el laboratorio y los trae aquí sin molestarse en lavarlos, a menos que tengan algo muy visible en su interior. Vaya, el otro día pusiste en uno cianuro potásico, y la verdad, Jorge, eso es peligrosísimo. 
Merrowdene pareció ligeramente irritado.
—Mary no tiene por qué coger las cosas de mi laboratorio, ni tocar nada de allí.
—Pero a menudo dejamos allí las tazas después de tomar el té. ¿Cómo va ella a saberlo? Sé razonable, querido.
El profesor marchó a su dormitorio murmurando entre dientes, y con una sonrisa la señora Merrowdene echó el agua hirviendo sobre el té y apagó la llama del infiernillo de plata.
Evans estaba intrigado, pero al fin creyó ver un rayo de luz. Por alguna razón desconocida, la señora Merrowdene estaba mostrando sus cartas. ¿Es que aquello iba a ser el «accidente»? ¿Decía todo aquello con el propósito de preparar su coartada de antemano y de manera que cuando algún día ocurriera el «accidente» él se viera obligado a declarar en su favor? Qué tonta era, porque antes de todo eso...
De pronto contuvo el aliento. La señora Merrowdene había servido el té en tres boles. Uno lo colocó delante de él, otro ante ella, y el tercero en una mesita que había cerca de la chimenea, junto a la butaca donde solía sentarse su esposo, y fue al colocar esta última cuando sus labios se curvaron en una sonrisa especial. Fue aquella sonrisa la que le convenció.
¡Ahora lo sabía!
Una mujer notable... y peligrosa. Sin esperar... y sin preparación. Esta tarde, aquella misma tarde... con él como testigo. Su osadía le cortó la respiración.
Era inteligente... endiabladamente inteligente. No podría probar nada. Ella contaba con que él no sospecharía... por la sencilla razón de ser «demasiado pronto». Una mujer de inteligencia y acción rápidas.
Tomó aliento antes de inclinarse ligeramente hacia delante.
—Señora Merrowdene, soy hombre de raros caprichos. ¿Me perdonará usted uno?
Ella le miró intrigada, pero sin recelo.
Evans se levantó y cogiendo el bol que había ante ella, lo sustituyó por el que estaba dispuesto de antemano sobre la mesita.
—Quiero que usted beba éste.
Sus ojos se encontraron con los suyos... firmes, indomables, mientras el color iba desapareciendo paulatinamente de su rostro.
Alargando la mano cogió la taza. Evans contuvo el aliento.
¿Y si hubiera cometido un error?
Ella la llevó a sus labios..., pero en el último momento, con un escalofrío, se apresuró a verter el contenido del bol en una maceta de helechos. Luego volvió a sentarse, mirándole retadora.
El exhaló un profundo suspiro y volvió a sentarse.
—¿Y bien? —dijo ella.
Su tono había cambiado. Ahora era ligeramente burlón... y desafiante.
Evans le contestó tranquilo:
—Es usted una mujer muy inteligente, señora Merrowdene. Y creo que me comprende. No habrá repetición. ¿Sabe a qué me refiero?
—Sé a qué se refiere.
Su voz carecía de expresión. Evans inclinó la cabeza satisfecho. Era una mujer inteligente y no quería verse ahorcada.
—A su salud y a la de su esposo —brindó llevándose el té a sus labios.
Luego su rostro cambió..., contorsionándose horriblemente...; quiso levantarse..., gritar...; su cuerpo se agarrotaba..., estaba congestionado... Cayó desplomado en el sillón... presa de convulsiones.
La señora Merrowdene se inclinó hacia delante observándole con una sonrisa, y le dijo... en tono suave:
—Cometió usted un error, señor Evans. Pensó que yo quería matar a Jorge. ¡Qué tonto fue usted... qué tonto!
Permaneció unos minutos contemplando al muerto..., el tercer hombre que había amenazado con interponerse en su camino y separarla del hombre que amaba.
Su sonrisa se acentuó. Parecía más que nunca una madonna, y al fin, levantando la voz, gritó:
—Jorge..., Jorge! ¡Oh! Ven en seguida. Me temo que ha ocurrido un lamentable accidente. Pobre señor Evans...