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Blancanieves y los siete enanitos - James Finn Garner

Érase una vez una joven princesa en absoluto desagradable desde el punto de vista estético que, además, se hallaba dotada de un temperamento mucho más cautivador que el de la mayoría de sus conciudadanos. Era conocida con el apodo de Blancanieves, denominación que refleja la discriminación implícita en el hecho de asociar cualidades agradables o atractivas con la luz y otras más antipáticas o repelentes con la oscuridad. Así, y desde su más tierna edad, Blancanieves era ya una víctima inconsciente —si bien privilegiada— de esta clase de clasificaciones cromáticas.

Cuando Blancanieves era aún muy joven, su madre cayó repentinamente enferma, vio luego acrecentada su falta de salud y terminó por caer en estado terminal. Su padre, el rey, la lloró durante lo que podríamos considerar como un período de tiempo aceptable y, por fin, requirió a otra mujer para ocupar el puesto de reina. Blancanieves hizo cuanto estuvo en su mano para agradar a su nueva madre política, pero no pudo evitar que entre ambas se estableciera una relación de frialdad y distancia.

La más preciada posesión de la reina era un espejo mágico que tenía la virtud de responder con veracidad a cualquier pregunta que se le formulara. Sin embargo, sus largos años de condicionamiento social bajo una dictadura jerárquica masculina habían convertido a la reina en una mujer considerablemente insegura acerca de sus propios méritos. La belleza física había llegado a convertirse en el único valor que por entonces la preocupaba, y se había acostumbrado a autodefinirse basándose únicamente en su aspecto personal.

Así pues, todas las mañanas, la reina preguntaba a su espejo:
«Espejito mágico, que todo lo ves, la más hermosa, dime, ¿quién es?»
Y el espejo contestaba:
«Permitidme —oh, mi reina— ser sincero: sois sin duda la más bella que existe en el mundo entero.»

Aquel diálogo fue sucediéndose a diario con regularidad hasta un día en que la reina se despertó sintiendo que no tenía bien el pelo y, ávida de apoyo externo, formuló la pregunta de costumbre. El espejo, sin embargo, repuso:
«Tal valor a la belleza no debes darle, ricura, pues tiempo ha que Blancanieves te supera en hermosura.»

Al oír aquello, la reina montó en cólera. Cualquier oportunidad de colaborar con Blancanieves en pos de un sólido lazo de hermandad era algo que ya pertenecía al pasado. Por el contrario, la reina se dejó llevar por un acceso transitorio de prepotencia masculina y ordenó al real maestro talador que se llevara a Blancanieves al bosque y la matara. Asimismo (y posiblemente para impresionar a los varones de la corte real), añadió una bárbara exigencia: debía arrancar el corazón a la joven y llevarlo posteriormente a su presencia.

El maestro talador aceptó entristecido aquellas órdenes y condujo a la muchacha, que de hecho era ya una mujer incipiente, hasta el corazón del bosque. Sin embargo, su relación con la tierra y con las estaciones naturales del año habían hecho de él una persona bondadosa, y no pudo soportar la idea de hacer daño a la joven. Así, puso a Blancanieves al corriente de la opresiva e insolidaria orden de la reina y la exhortó a partir a la carrera y a internarse cuanto pudiera en el bosque.

La atemorizada Blancanieves hizo lo que le ordenaban. El maestro talador, temeroso de la ira de la reina por más que hubiera rehusado a poner fin a otra vida con el simple fin de complacerla, acudió al poblado y pidió al pastelero que le fabricara un corazón de mazapán. A continuación, se lo entregó a la reina, quien lo devoró ávidamente, ofreciendo con ello un repugnante espectáculo de pseudocanibalismo.

Entretanto, Blancanieves seguía corriendo entre la espesura. Y justamente cuando ya creía haberse alejado lo más posible de la civilización y de sus peligrosos efectos, tropezó con una cabaña. En su interior, pudo distinguir una hilera de siete camas diminutas sin hacer. Vio asimismo siete platos apilados en el fregadero y siete butacones anatómicos emplazados frente a otros tantos televisores con control remoto. 

Supuso que la cabaña debía pertenecer bien a siete hombres de pequeño tamaño o bien a algún numerólogo desaseado. Las camas mostraban un aspecto tan tentador que la fatigada joven se acurrucó sobre una de ellas e, inmediatamente, se quedó dormida.

Cuando despertó, varias horas más tarde, vio ante sí los rostros de siete hombres barbudos y verticalmente limitados que la contemplaban inmóviles alrededor de la cama y se incorporó, sobresaltada. 

Uno de los hombres dijo: —¿Habéis visto eso? Típico de las mujeres frívolas: tan pronto descansan pacíficamente como se incorporan y se ponen a chillar. 

—Estoy completamente de acuerdo —dijo otro—. Esta mujer desbaratará nuestros potentes vínculos de hermandad y creará entre nosotros una situación de rivalidad en la persecución de sus afectos. Yo voto por arrojarla al río en un saco lleno de piedras. 

—Yo también opino que deberíamos deshacernos de ella —dijo un tercero— pero, ¿por qué degradar el medio ambiente? ¿Por qué no arrojarla a los osos o algo por el estilo? Así, pasaría a formar parte de la cadena alimenticia. 

—¡Bravo, bravo! —Bien pensado, hermano.

Cuando Blancanieves recuperó por fin la conciencia, suplicó: —Por favor, por favor, no me matéis. No pretendía causar daño alguno al acostarme en vuestra cama. Pensé que nadie lo advertiría. 

—¿Lo veis? —dijo uno de los hombres— Ya empiezan a aflorar las clásicas inquietudes femeninas. Ahora protesta porque no hemos hecho las camas. 

—¡Matadla! ¡Matadla! 

—¡No, por favor! —gimió la joven—. Si me he internado tanto en estos bosques es debido a que mi madre política, la reina, ordenó que me mataran. 

—¿Habéis oído? ¡He ahí la mutua vengatividad femenina! 

—¡No pretendas hacerte la víctima con nosotros, guapa! 

—¡SILENCIO! —retumbó uno de ellos, dotado de una flamígera cabellera roja cubierta por la piel de una especie animal no humana. 

Blancanieves advirtió que era el jefe del grupo, y que de él dependía su suerte. 

-Explícate. ¿Cómo te llamas y cuál es el motivo real de tu presencia aquí? 

—Me llamo Blancanieves —comenzó ella—, y ya os he explicado el motivo: mi madre política, la reina, ordenó a un maestro talador que me llevara al bosque y me matara, pero él se compadeció de mí y me dijo que echara a correr por el bosque y que me alejara todo lo posible. 

—Típico de las mujeres —gruñó uno de los miembros del grupo para sus adentros—: se buscan a un hombre para que les haga el trabajo sucio.

El jefe alzó la mano exigiendo silencio y dijo: —Muy bien, Blancanieves. Si esa es tu historia, imagino que tendremos que creerte.

Blancanieves comenzaba a sentirse molesta por el trato que estaba recibiendo, pero intentó no mostrarlo. 

—En cualquier caso, ¿puede saberse quiénes sois vosotros? —inquirió. 

—Se nos conoce con el nombre de los Siete Gigantes Colosales —repuso el jefe. A Blancanieves se le escapó una risita que no pasó desapercibida, pero el líder continuó—: Somos colosales en espíritu y, por lo tanto, gigantes entre los habitantes del bosque. Antes, solíamos ganarnos la vida explotando nuestras minas, pero llegamos a la decisión de que tal despojamiento de los recursos del planeta resultaba tan inmoral como inconsciente a largo plazo (y, por si fuera poco, el mercado de metales está bajo mínimos). Así pues, nos hemos convertido en abnegados custodios de la tierra y vivimos aquí en completa armonía con la naturaleza. Y, para llegar a fin de mes, organizamos asimismo retiros destinados a aquellos jóvenes que necesitan entrar en contacto con sus primitivas identidades masculinas. 

—¿Ah, sí? ¿Y en qué consiste eso, aparte de dedicarse a beber leche directamente del envase? —preguntó Blancanieves. 

—Yo en tu lugar no emplearía ese sarcasmo —advirtió el jefe de los Siete Gigantes Colosales—. Mis compañeros quieren desembarazarse de ti porque consideran corruptora cualquier presencia femenina, y podría suceder que no me fuera posible detenerles, ¿comprendes? ¡Camaradas, debemos hablar con sinceridad y franqueza! ¡Retirémonos a nuestro refugio!

Los siete hombrecillos abandonaron atropelladamente la estancia, gritando y despojándose de sus vestiduras, y Blancanieves esperó su regreso sin saber qué hacer. Temerosa de pisar cualquier cosa que pudiera andar arrastrándose entre la suciedad que alfombraba el suelo, decidió no moverse de la cama, y de hecho logró esperar hasta su regreso sin moverse.

A sus oídos llegó un fuerte estrépito acompañado de gritos y, al poco rato, los Siete Gigantes Colosales penetraron de nuevo en la cabaña. Iban todos ataviados con sendos taparrabos y, por fortuna, no olían tan mal como hubiera cabido esperar. 

—¡Agggh! ¡Mirad lo que ha hecho con mi cama! ¡Cambio mi voto! ¡Quiero que desaparezca de aquí! 

—Cálmate, hermano —dijo el jefe—. ¿Es que no te das cuenta? De esto es precisamente de lo que se trata: de contrastar. Nos será tanto más fácil comprobar nuestros progresos como verdaderos hombres si contamos con la presencia de una hembra con la que poder compararnos.

Los hombres comenzaron a refunfuñar, poniendo en duda lo acertado de su decisión, pero Blancanieves ya estaba harta: —¡Me niego a seguir aquí en calidad de objeto, sin otra función que la de vara de medir de vuestros respectivos egos y penes! 

—De acuerdo, pues —dijo el líder del grupo—. Eres libre de buscar tú misma el camino de regreso a través del bosque. No olvides darle recuerdos a la reina. 

—Bueno, también es cierto que puedo quedarme algún tiempo, hasta que se me ocurra otro plan —repuso ella. 

—Perfectamente —dijo el jefe—, pero deberás atenerte a ciertas normas básicas. Nada de quitar el polvo, nada de ordenar la casa y nada de andar lavando la ropa interior en el fregadero. 

—Y nada de fisgar en el refugio. 

—Y no te acerques a nuestras cosas.

Entretanto, en el castillo, la reina se felicitaba de la desaparición de su única rival en hermosura, y andaba entretenida en su gabinete leyendo el *Elle* y *Glamour* y permitiéndose consumir tres onzas enteras de chocolate (sin purgarse a continuación, como solía hacer para conservar la línea). Al poco rato, se dirigió con aire decidido hacia su espejo mágico y le planteó la misma pregunta amarga de siempre:
«Espejito mágico, que todo lo ves, la más hermosa, dime, ¿quién es?»
Y el espejo repuso:
«Tienes un peso perfecto para tu figura y talla pero, en LO QUE HAY QUE TENER, comparada a Blancanieves no pasas de ser morralla.»

Al oír aquello, la reina apretó los puños y dejó escapar un alarido con toda la fuerza de sus pulmones. Sus propias inseguridades llevaban años consumiéndola, hasta el punto de acabar por apartarla moralmente de la norma. Recurriendo a toda su astucia y malicia, comenzó a proyectar un plan mediante el cual asegurar la inviabilidad de su hija política.

Pocos días después, Blancanieves —quien por supuesto se había abstenido de tocar u ordenar nada— se hallaba sentada en el suelo de la cabaña, meditando. De pronto, oyó que llamaban a la puerta. Blancanieves acudió a abrir y descubrió ante sí a una mujer notablemente dotada desde el punto de vista cronológico que portaba una cesta al brazo. A juzgar por sus vestidos, parecía hallarse libre de las limitaciones de un empleo regular. 

—Ayuda a una mujer de ingresos inciertos, querida —dijo—, y compra una de mis manzanas.

Blancanieves reflexionó unos instantes. Personalmente, tenía como norma no adquirir alimentos de intermediarios, ya que lo consideraba una forma de protesta contra los consorcios comerciales agrarios. Su corazón, sin embargo, se había enternecido ante aquella mujer económicamente marginada, por lo que dijo que sí. 

Lo que Blancanieves ignoraba era que en realidad se trataba de la reina, oculta tras un disfraz, y que la manzana había sido alterada química y genéticamente de tal modo que cualquiera que la mordiera estaría condenado a dormir para siempre.

Cualquiera pensaría que al recibir el dinero correspondiente al pago de la manzana, la reina se habría sentido eufórica de comprobar que su plan de venganza estaba funcionando. Sin embargo, al contemplar la hermosa complexión y la tersa figura de Blancanieves se sintió sucesivamente asaltada por oleadas de envidia y autodesprecio. Por fin, rompió en lágrimas. 

—¿Qué ocurre? ¿Qué le sucede? —preguntó Blancanieves. 

—Eres tan joven y tan hermosa —sollozó la reina disfrazada— mientras que yo resulto repelente a la vista y empeoro con cada día que pasa. 

—No debería usted decir eso. Después de todo, la belleza reside en el interior de las personas. 

—Hace años que me lo repito a mí misma —repuso la reina—, pero aún no alcanzo a creérmelo. ¿Cómo logras mantenerte en una forma tan espléndida? 

—Bueno... medito mucho, hago tres horas de aeróbic todos los días y cada vez que me ponen un plato delante procuro no consumir más que la mitad. ¿Querría usted que la enseñara? 

—Oh, sí, sí, por favor —dijo la reina. 

Así pues, comenzaron con una simple sesión de treinta minutos de meditación hatha yoga y, a continuación, practicaron aeróbic durante una hora. Luego, mientras descansaban, Blancanieves partió la manzana por la mitad y entregó uno de los trozos a la reina. Ésta, sin pensar, lo mordió, y ambas cayeron en un profundo sueño.

Ya avanzado el día, los Siete Gigantes Colosales regresaron de un refugio que poseían en el bosque, cuidadosamente guarnecido con barro, plumas y pieles animales. Les acompañaba el príncipe de un reino vecino que había acudido a aquel retiro masculino con la esperanza de hallar una cura para su impotencia (o, como él prefería denominarla, su involuntaria suspensión de actividad falocéntrica). 

Venían todos riendo y entrechocando las palmas con gran camaradería, pero se detuvieron al ver los dos cuerpos tendidos. —¿Qué ha ocurrido? —preguntó el príncipe. 

—Aparentemente, nuestra invitada y esta otra mujer han debido de enzarzarse en una refriega y se han liquidado la una a la otra —sugirió uno de los gigantes. 

—Si pensaban que de este modo iban a hacernos caer presa de nuestros sentimientos más débiles, se equivocan de medio a medio —bufó otro. 

—Bueno, ya que tenemos que desembarazarnos de ellas, ¿por qué no poner en práctica uno de esos funerales vikingos acerca de los que tanto hemos leído? 

—¿Sabéis? —dijo el príncipe—, quizá juzguéis que lo que voy a decir resulta ligeramente depravado, pero tengo confianza en vosotros. Encuentro atractiva a la más joven. Sumamente atractiva. ¿Os importaría, muchachos..., esto..., esperar fuera mientras yo...? 

—¡Detente ahora mismo! —dijo el jefe de los gigantes—. Esos trozos de manzana a medio comer... ese atuendo repugnante... esto tiene toda la pinta de tratarse de alguna clase de sortilegio. No están ni mucho menos muertas. 

—Buf... —suspiró el príncipe—, no sabéis cuánto me alegro. Bueno, chicos, ¿podríais, pues, levantar el vuelo y dejarme que...? 

—Alto ahí, príncipe —dijo el jefe—. ¿Acaso Blancanieves ha logrado que vuelvas a sentirte hombre? 

—Desde luego que sí. Y ahora, ¿os importaría...? 

—¡No la toques! No la toques o romperás el hechizo —dijo el líder. A continuación, caviló unos segundos y dijo—: Hermanos, creo adivinar ciertas posibilidades económicas en todo esto. Si conservamos a Blancanieves en esta comarca, podríamos anunciar nuestros retiros como centros de tratamiento contra la impotencia.

Los gigantes mostraron su aprobación asintiendo con la cabeza, pero el príncipe les interrumpió: —¿Y qué hay de mí? Yo ya he pagado mi inscripción. ¿Cuándo me tocará... esto... hacer la cura? 

—No te enrolles, príncipe —dijo el jefe—. Se ve pero no se toca. De otro modo, romperás el hechizo. Ahora bien, te diré qué puedes hacer: puedes montártelo con la otra. 

—No quisiera parecer clasista —dijo el príncipe—, pero no tiene el calibre necesario para mí. 

—Eso me suena a farol viniendo de alguien que siempre falla el blanco —dijo uno de los gigantes, y todos, menos el príncipe, rompieron en carcajadas.

Dijo el jefe: —Vamos, hermanos, recojamos a estas dos y veamos cómo exhibirlas del modo más eficaz posible.

Hicieron falta tres gigantes para alzar a cada una de las mujeres, pero al fin consiguieron transportar los dos cuerpos. Apenas lo habían hecho, sin embargo, cuando los trozos de manzana envenenada se desprendieron de los labios de Blancanieves y de la reina y ambas despertaron de su sueño. 

—¿Qué os habéis creído que estáis haciendo? ¡Dejadnos en el suelo! —gritaron.

Los gigantes se sobresaltaron hasta tal punto que poco les faltó para dejarlas caer. 

—¡No he escuchado nada tan repugnante en toda mi vida! —vociferó la reina—. ¡Ofrecernos al público como si fuéramos objetos! 

—Y tú —dijo Blancanieves dirigiéndose al príncipe—, intentando hacértelo con una chica que está en coma. ¡Puaj! 

—Oye, a mí no me eches la culpa —dijo el príncipe—. Ten en cuenta que se trata de un problema de salud. 

—No empecéis a echarnos las culpas a nosotros —dijo el líder de los gigantes—. Al fin y al cabo, fuisteis vosotras quienes invadisteis nuestra propiedad. ¡Puedo llamar a la policía! 

—Ni se te ocurra, Napoleón —dijo la reina—. Estos bosques son propiedad de la corona. Vosotros sois los intrusos.

Aquella réplica despertó una notable agitación entre los presentes, pero nada comparable al revuelo que causó su siguiente advertencia: —Y, otra cosa: mientras estábamos paralizadas y todos vosotros os dedicabais a divagar desde vuestra perspectiva machista, tuve ocasión de experimentar una revelación personal. De ahora en adelante, pienso dedicar mi vida a eliminar el abismo que se abre entre el cuerpo y el espíritu de las mujeres. Proyecto enseñar a todas ellas a aceptar su imagen física natural y a superar su desintegración. Blancanieves y yo vamos a fundar un centro de conferencias y un balneario femenino en este preciso lugar, un sitio donde podamos celebrar retiros, reuniones y conferencias para todas las hermanas del planeta.

Inmediatamente, se desató una enorme algarabía de gritos e insultos, pero la reina terminó por salirse con la suya.

No obstante, antes de que pudieran ser desahuciados de su residencia, los Siete Gigantes Colosales lograron organizar el traslado de su refugio a otro lugar aún más internado en las profundidades del bosque. 

El príncipe permaneció en el balneario en calidad de elegante —pero inofensivo— profesor de tenis. 

Y Blancanieves y la reina se convirtieron en buenas amigas y llegaron a hacerse mundialmente famosas por sus contribuciones a la causa de la hermandad femenina. 

En cuanto a los gigantes, nunca más volvió a saberse de ellos, salvo por las diminutas huellas que de vez en cuando aparecían por las mañanas bajo las ventanas de los vestuarios del balneario.

Un futuro color de rosa para Roderick - Nelson Bond (Parte 1)

Si ustedes no sienten escrúpulos necios contra el apostar sobre seguro, he ahí una predicción en la que pueden aventurar hasta el último cuarto: a Roderick le espera un futuro color de rosa.

No me entiendan mal. A mí no se me humedecen los ojos de admiración por la brigada joven de «pantalones tejanos y goma de mascar». A los chavales lo mismo puede ser que los acepte, como que los deje en paz... y suelo preferir lo último. 

No abrigo el menor deseo de que ninguna organización juvenil me tome por una persona muy importante; el parloteo de las voces muchachiles se me antoja mucho más tolerable si sale a través de sendas mordazas, y la idea que tengo de un Movimiento Juvenil ideal es la de que será tanto más ideal cuanto más ligero y constante el paso con que se aleje de mis proximidades.

Pero Roderick... es un caso distinto. He ahí un zagal con algo en el puchero. Tardé cierto tiempo en convencerme del hecho; pero hoy soy un verdadero creyente. ¡Qué me hablen a mí de genio juvenil...! Permitan que se lo explique.

La primera vez que vi al muchacho no supe reconocer el áureo destello del genio. La pura verdad es que mi impresión inicial fue la de que se trataba, pura y simplemente, de un descarado. Por supuesto, las circunstancias en que nos conocimos no eran las más apropiadas para que yo me formase lo que ustedes llamarían una opinión serena, nada tendenciosa...

Vean ustedes, hace muy poco que nos hemos trasladado —Molly y yo— aquí, a los suburbios, y después de haber llevado a cabo la mayor parte de tareas adicionales del interior de nuestra nueva casa, salí a desencadenar el ataque inicial sobre un trecho de césped al que se le había permitido acumular reservas veraniegas detrás de una lozana cosecha primaveral de tropas de asalto de pelargonios.

Como acababa de invertir mi dinero en una nueva y resplandeciente segadora mecánica, la perspectiva de jugar a barbero rasurador de prados no me espantaba. Bien entendido, no me espantó hasta que la emprendí de veras. Entonces descubrí, con gran enojo por mi parte, que ni siquiera una come-hierbas y bebe-gasolina le puede arreglar las trenzas a Mamá Naturaleza si uno no logra, en primerísimo lugar, ponerla en marcha. ¡Y yo no conseguía arrancar el maldito artefacto!

El mecanismo de arranque era lo que me tenía atascado. El librito de instrucciones afirmaba que si yo enrollaba la cuerda A alrededor del volante B y tiraba con fuerza, mis esfuerzos se verían recompensados con un rugido sonoro, reconfortante. Pero yo enrollé y tiré hasta ponerme morado, y negro incluso, de cara, de ánimo y de vocabulario, y lo único que le arrancaba a mi renuente instrumento era un jadeo débil, asmático y momentáneo.

Por consiguiente, me hallaba en el estado de espíritu menos amistoso que imaginarse pueda cuando una sosegada voz muchachil sonó allí, muy cerca:

—Hola, señor. ¿Tratando de poner en marcha la segadora?

El autor de esta pregunta idiota era un jovenzuelo rechoncho, pelirrojo, subido a la escalinata de la casa vecina. Le dirigí una mirada de aborrecimiento.

—¿Quién, yo? Claro que no, hijo mío. Sólo trataba de cultivar un buen apetito. Un problema —comenté en tono cáustico—, que, evidentemente, tú no podrías entender.

La ironía no hizo mella en el chaval, que continuó mordisqueando la esfera —en rápido cuarto menguante— de una manzana con bendita despreocupación. Cuando no quedó casi más que un husito, arrojó el corazón de la fruta a un desventurado petirrojo que andurreaba por nuestros jardines, y volvió a tomar la palabra:

—Porque si lo quiere, no quiere, ya sabe —dijo. Yo medité brevemente la frase. Tiempo perdido.

—¿Lo repites? —sugerí.

—¿Qué dice usted?

—Ese último comentario que has hecho. ¿Qué necesito para descifrarlo? ¿Un libro de claves?

Por un momento fue él quien pareció desconcertado. Luego sonrió.

—Ah, comprendo. He sido un poco nebuloso, ¿verdad? Quise decir —aclaró cuidadosamente—, que si trata de poner la máquina en marcha, no lo hace como debe. Al menos eso es lo que se me figura a mí.

Ya es bastante lamentable que no sepas hacer bien una cosa; pero es peor todavía que un chaval que no tiene ni la cuarta parte de tus años hurgue en tu incompetencia con dedo atormentador. Yo saqué las uñas, dispuesto al ataque, con una sonrisa subyugadora.

—Oye, jefe... —dije.

—Roderick —puntualizó él—. Roderick Fenton.

—Dime, Roderick, ¿cuántos años tienes?

—Ocho —contestó—. Y voy por los nueve.

—Ocho —le corregí—, y vas ya con tiempo prestado. Oye, niño: hay leyes contra los adultos que destrozan menores de edad antes de tiempo. Pero no sé que el Código Penal prohíba que uno tire hacia lo alto un objeto pesado y deje que la ley de la gravedad actúe como suele hacerlo. Es posible que yo no sepa manejar esta máquina; pero creo que, haciendo un esfuerzo decidido, sería capaz de levantarla. De manera que, o cierras esa asquerosa bocina que tienes por boca, o hago que un montón de piezas metálicas, inútiles para cualquier otra finalidad, se desplome sobre tu puchero.

—¡Oh, rediantre! —se quejó el chiquillo—. Si quiere tomárselo así... —Se levantó y cogió con mano aturdida la empuñadura de su puerta—. Yo sólo trataba de serle útil.

—¡Grrr! —proferí con la mayor cortesía.

—Al fin y al cabo, ese motor es de gasolina. Si no abre ese grifito encarnado del tubo de alimentación...

—¡Largo! —bramé, herido hasta lo insoportable. Y se largó. Precipitadamente. La puerta se cerró de golpe tras él. Yo aguardé hasta que la roja niebla que me cubría los ojos se disipó; en ese momento volví a meditar el problema de aquel dolor de cabeza que me costaba cien dólares.

Dos veces más malgasté las energías en el truquito de la cuerda, con resultados tan fútiles como los anteriores. Luego, con rencorosa desgana, hice una pausa y estudié el mecanismo que tenía delante. No faltaba más, allí estaba —tal como había señalado Roderick— un grifito en la base del tubo de alimentación. Lo toqué. Se movió. Murmuré:

—¡Humm! —y dirigí una rápida mirada oblicua a la casa de Roderick. No tenía público alguno. Di un giro de noventa grados a la espita. Luego enrollé, una vez más, la cuerda de arranque alrededor del volante y tiré.

Se oyó una explosión sorda, un rugido y enseguida un clamor trepidante. Los pies se me fueron de debajo del cuerpo mientras la despertada segadora emprendía la marcha a través del prado, llevándome a remolque. Y la hierba verde volaba por todo mi alrededor, por todo mi alrededor...

Un par de noches después, mientras lavábamos en mares de espuma los platos de la comida, mi mujer, alegría de mi vida, me informó:

—Ah, de paso, esta noche vamos a jugar al bridge.

—Estupendo. ¿Con quién?

—Con los vecinos —respondió Molly—. Se llaman Fenton. Ella es muy simpática. Y —añadió pensativamente—, él es físico. Quizá pueda ayudarte a resolver el problema.

Hice una mueca de dolor. Había llegado a la época en que la mención incidental de aquel asunto hacía que mis destrozados nervios vibrasen como una orquesta de cuerda oriental.

—Por favor, cariño —supliqué—, no hablemos de estas cosas ahora, ¿quieres? Las veladas son para descansar y relajarse. Es decir... —todo mi ser se estremeció conmovido por una repentina y negra sospecha—, teóricamente, al menos. ¿Dónde hemos de jugar? ¿Aquí?

—No. En su casa.

—Eso me temía. ¿Antes o después?

—¡Pero, Tom!, ¿de qué estás hablando? ¿Antes o después... de qué?

—Antes o después de que hayan atado a la cama, con cadenas, al odioso monstruo pequeño que tienen por hijo.

—¿Estás hablando de Roddy? ¡Vaya, yo le considero un encanto de muchachito!

—También lo era, no cabe duda —gruñí yo—, Jack el Destripador. No, cariño mío. Por una vez en nuestra existencia de casados, que por todo lo demás ha sido un idilio divino, debo desautorizarte. Queda cancelada la cita. Me niego a poner los pies en la madriguera de aquel ogrito espantoso.

—Pero, Tom, yo he prometido...

—Lo siento.

—Y sería una grosería terrible con...

—Es una pena.

—Y ellos nos están esperando...

—¡No! —dije llana, firme, definitivamente—. ¡De una vez y para siempre, no! Esta noche no me muevo de aquí. ¡Es mi última palabra!

De modo que cosa de una hora después estábamos sentados en la sala de los Fenton, trabando relación con nuestros vecinos. Y debo confesar que, a despecho de mis enmurriadas expectativas, eran una pareja agradable: atractivos, amables e inteligentes. Después de una ronda de vasos de bourbon —Fenton hasta sirvió mi marca preferida— empezamos a tutearnos como viejos amigos.

Muy agradable todo ello. Muy impermanente. Porque todas las cosas buenas —para recurrir a una frase sobada— han de llegar forzosamente a su fin. Serían las nueve, poco más o menos, cuando la puerta se abrió y entró en el dichoso saloncito, como una mosca en la salsa, Roderick.

—¡Ah! —exclamó—. ¿Invitados? Buenas noches.

Denme un sobresaliente en Esfuerzo. Animado por el espíritu de buena camaradería y las consecuencias de unos generosos tragos de brandy, dominé la repugnancia que me inspiraba el fastidioso zagalillo y eché mano de la parlotería insulsa del vecino cordial.

—Hola, Roddy —le saludé—. ¿Has ido al cine?

La mirada con que me favoreció no era exactamente desdeñosa. Más bien un tanto compasiva.

—No, señor —dijo—. A la biblioteca.

—Roddy —adujo su madre casi en tono de excusa— es un gran aficionado a la lectura.

—¿Andando? —declamé, en una cálida efusión de nostalgia vuelta hacia mis días de colegial—. No se me ocurre nada más agradable que enfrascarse en un buen libro... es decir, para un chico ya un poco crecidito. ¡Oh, sí! ¡La magnífica literatura de la juventud! Te habrás llenado la azotea con las gestas de los grandes paladines, ¿eh, Roddy?

—¿Cómo dice usted, señor? —preguntó el niño con aire inexpresivo.

—Habrás saciado las células grises de sangre, ¿no? Habrás estado leyendo historias de aventuras tremendas en países lejanos. Los Caballeros de la Tabla Redonda, los piratas del Océano Español, los indios desenterrando el hacha guerrera.

—No, señor —replicó Roderick—. He leído a Lobachevsky sobre curvas geométricas.

—¿Eh?

—Y a Riemann. Y a Bolyai. A los geómetras no euclidianos. —El chico se revolvió incómodo, quizá por la aprensión que le causara el verme boquiabierto, con la mandíbula inferior caída—. A mí... a mí las matemáticas me interesan muchísimo —dijo—. ¿A usted no?

Agarré con fuerza el vaso, y el destrozado dominio de mí mismo, y logré soltar una risita que no me asfixió del todo.

—¡Claro que sí! Yo siempre afirmo —dije—, que la mejor manera de abrirse camino en este mundo consiste en tener los pies bien firmes en el suelo y recordar que dos y dos hacen cuatro.

—O, a veces, cien —murmuró Roderick.

—¿Eh?

—En la numeración binaria, bien entendido. Bueno, será mejor que me vaya a la cama. Buenas noches a todos.

Y besó a sus padres, y ellos le besaron a él exactamente igual que si se hubiera tratado de un ser humano. Luego desapareció escaleras arriba. Su padre le seguía con mirada cariñosa.

—Ese chico es algo, ¿eh, Tom? —dijo.

—Sí, en efecto, es algo —reconocí cautelosamente—. Pero ¿qué, exactamente?

—¡Sí, señor! Yo estoy orgullosísimo de mi muchacho. Es todo un pensador. ¿Tengo o no tengo razón?

—¡Usted lo ha dicho! —convine.

Mi jefe de laboratorio es miembro de un trust de cerebros con más grados que un termómetro clínico. Al día siguiente le pregunté:

—Doc, ¿qué es la numeración binaria?

—¡Ah, sí, la numeración binaria! Pues es un sistema de numeración que sólo requiere el empleo de dos cifras, o símbolos, 1 y 0, a diferencia de los diez símbolos del sistema decimal. Muy sencillo, muy eficiente. La cantidad 1 sigue siendo 1; pero 2 se convierte en 10; 3 es 11...

—¿Andando? ¿Dos más dos? ¿No hacen cuatro?

—No. Hacen 100. ¿Por qué? ¿Desde cuándo se interesa por los sistemas de numeración poco utilizados?

—No me intereso. Lo oí mencionar por casualidad.

El jefe sonrió.

—Será mejor que los chicos del gobierno no oigan estas palabras. El único lugar del mundo donde, que yo sepa, se utiliza normalmente la numeración binaria es en las zonas rurales de Rusia. Y este proyecto militar en que estamos trabajando... bueno, ya sabe usted lo desconfiados que son los «federales».

—Sí. Lo sé. ¡Si hasta dejé de emplear la defensa Petroff cuando juego al ajedrez!

—No lo digo incidentalmente, en modo alguno —continuó Doc—. ¿Qué tal le va ese trabajo de investigación?

—¿Quiere la verdad —pregunté—, o que sufra de úlceras?

—¿Tan mal está?

—Peor. Estoy llegando a ninguna parte a gran velocidad. Lo cierto es que estoy tan lejos de una solución ahora como cuando empecé; porque he eliminado una cantidad incalculable de millones de posibilidades.

Doc meneó la cabeza tristemente.

—Es difícil, ya lo sé. Pero ha de haber alguna solución. Usted se da el nombre de químico...

—Yo me he dado todos los nombres menos ese durante los meses últimos.

—Bueno, siga en la brecha. Y si necesita algo, avíseme.

—¡Magnífico! —refunfuñé malhumorado—. ¿Qué surtido tenemos de aspirinas, muñecas de papel y camisas de fuerza?

¿Se figuran quizá que el problema de marras no me tenía preocupado? Piénsenlo mejor. Puedo demostrar que estaba hundido hasta las cejas en la más negra desesperación. Hasta me llevaba el trabajo a casa los fines de semana. Porque estaba que me subía a la parra, y lo mismo estaba el jefe, y lo mismo la compañía por la cual trabajamos ambos. Y no hablemos ya del Tío Sam, que dependía de nuestros esfuerzos por descubrir una solución a su problema.

De modo que un sábado por la tarde yo estaba sentado en mi estudio, enojadamente atareado en la consulta de unos libros especializados, cuando aparecieron a mi vera treinta y tantos kilogramos de fastidio. Era el amigo Roderick.

—Hola, míster Evans —dijo.

Cerré los ojos con la esperanza de que cuando los abriese de nuevo ya se habría marchado. Pero no, continuaba allí, tranquilo y desagradablemente sociable.

—Hola —suspiré—. ¿Querías algo?

—Nada en particular. Sólo he venido a verle. Está leyendo, ¿eh?

Yo levanté unas cejas atónitas al volumen que tenía en las manos.

—¡Vaya, que me cuelguen si no es cierto! —exclamé.

—A mí mi gusta leer —dijo Roderick.

—¿De veras? Recuérdame que debo colgar un rótulo de «No estorben» en mi puerta para tu futura diversión.

—Generalmente libros de ciencia —continuó afablemente—, o de geología, o de psicología, o de historia. ¿Cuál es su personaje histórico favorito?

—El rey Herodes —le respondí—. Oye, Roddy. Estoy ocupadísimo. Si no te importase...

—¿Le molesto?

—No más que una combinación de jaqueca, fiebre del heno y el prurito de siete años. Tengo que terminar un trabajo...

—Papá me dijo que usted era químico —continuó el chaval—. ¿Es cierto?

—Estadísticamente, sí. Éticamente...

—En Oak Ridge había muchos químicos —comentó Roderick—. Es donde nací yo, ya sabe.

—¿Naciste de veras? ¿Aseguras que no te encontraron bajo un pedrusco?

Roderick o no lo entendió o prefirió pasarlo por alto. Y siguió diciendo:

—Tengo una colección de química. La grande. Un centenar de productos químicos y un libro que explica la manera de hacer una multitud de cosas.

—¿Incluso —pregunté, esperanzado—, trinitrotolueno?

—Bah, usted bromea. El trinitrotolueno es peligroso. Pero se sorprendería de la colección de cosas que he preparado con mi juego de productos químicos. Algunas no están en el libro siquiera. Inventé una que resulta curiosa de verdad. Yo la llamo la telaraña mágica. Se...

—Roddy —le dije en tono fatigado—, me encanta saber que te diviertes tanto con tus juguetes, pero no tengo tiempo para hablar de ellos ahora. Como te decía antes, he de terminar un trabajo...

—¿Qué clase de trabajo? —preguntó Roderick.

Suspiré y elegí el camino de la menor resistencia.

—Si te lo digo, ¿te irás a tu casa?

—Pues claro. Si usted quiere que me vaya...

—Muy bien, pues. Aquí está el problema. ¿Sabes que nuestra nación se enfrenta con la posibilidad de otra guerra?

—Naturalmente. Lo sabe todo el mundo.

—¿Y que parte de nuestra campaña de preparación consiste en que armemos a los amigos que tenemos en ultramar?

Roderick movió la cabeza afirmativamente.

—Claro. Les enviamos aeroplanos y tanques y cañones...

—En efecto. ¿Y sabes cómo se lo enviamos?

—En barco, principalmente, supongo.

—Exacto. Y ahí es donde empieza el conflicto. Cargamos millares de toneladas de equipo valioso en barcos de transporte y los mandamos a un largo viaje por mar. Debido a su forma y su tamaño, buena parte de ese equipo tiene que hacer la travesía sobre cubierta, expuesto al sol, el hielo, la lluvia y la rociada incesante de agua salada. ¿Y sabes lo que le hace la sal al metal?

—Pues sí. Lo corroe.

—Cierto. De manera que para proteger nuestro equipo tenemos que recubrirlo con alguna sustancia que resista los elementos. He ahí mi tarea. Encontrar una sustancia adecuada.

—Pero ¡si ya tienen materiales así! —comentó Roderick—. Yo he visto fotografías...

—Cierto. Pero ninguna de las sustancias protectoras actuales resulta satisfactoria. O bien son viscosas y pegajosas, o bien forman una costra dura, gomosa, que cuesta horas y horas de fatiga quitarla. Pasamos días y días aplicando las sustancias protectoras y semanas y semanas quitándolas. Los soldados que deberían estar haciendo maniobras militares para ejercitarse tienen que pasarse una infinidad de horas en la dura tarea de limpiar el engrasado equipo cuando llega a su destino. Y si no crees que esa tarea es pesada, pregúntaselo a cualquier soldado raso que haya desembalado y limpiado una caja de rifles, simplemente...

—Entonces usted trata de encontrar...

—Un compuesto sencillo y barato que se pueda aplicar rápidamente, que salvaguarde el material que se transporta y luego, al final del trayecto, se pueda eliminar con gran facilidad. Una sustancia elusiva —suspiré—. Y que acaso no exista. Y ahora, hijito, yo he cumplido ya mi parte de lo pactado. Te toca, pues, cumplir la tuya.

—¿Eh? —dijo Roderick distraídamente.

—Fuera —ordené yo, empujándole suavemente hacia la puerta—. No creas que no ha sido un placer verte, porque no lo ha sido. Vuelve otro día; pero no demasiado pronto.

Roderick preguntó plañideramente:

—Bueno, diantre, no es preciso que empuje, ¿verdad que no? Míster Evans...

—¿Ahora qué, hombrecito?

—¿Le sabría mal que utilizara su segadora de césped?

—Me figuro que no. Pero cuídala bien, ¿eh? Ese trasto cuesta mucho dinero.

—Claro que sí —prometió—. Tendré cuidado. Gracias.

 

(CONTINUARÁ...)