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Un futuro color de rosa para Roderick - Nelson Bond (Parte 1)

Si ustedes no sienten escrúpulos necios contra el apostar sobre seguro, he ahí una predicción en la que pueden aventurar hasta el último cuarto: a Roderick le espera un futuro color de rosa.

No me entiendan mal. A mí no se me humedecen los ojos de admiración por la brigada joven de «pantalones tejanos y goma de mascar». A los chavales lo mismo puede ser que los acepte, como que los deje en paz... y suelo preferir lo último. 

No abrigo el menor deseo de que ninguna organización juvenil me tome por una persona muy importante; el parloteo de las voces muchachiles se me antoja mucho más tolerable si sale a través de sendas mordazas, y la idea que tengo de un Movimiento Juvenil ideal es la de que será tanto más ideal cuanto más ligero y constante el paso con que se aleje de mis proximidades.

Pero Roderick... es un caso distinto. He ahí un zagal con algo en el puchero. Tardé cierto tiempo en convencerme del hecho; pero hoy soy un verdadero creyente. ¡Qué me hablen a mí de genio juvenil...! Permitan que se lo explique.

La primera vez que vi al muchacho no supe reconocer el áureo destello del genio. La pura verdad es que mi impresión inicial fue la de que se trataba, pura y simplemente, de un descarado. Por supuesto, las circunstancias en que nos conocimos no eran las más apropiadas para que yo me formase lo que ustedes llamarían una opinión serena, nada tendenciosa...

Vean ustedes, hace muy poco que nos hemos trasladado —Molly y yo— aquí, a los suburbios, y después de haber llevado a cabo la mayor parte de tareas adicionales del interior de nuestra nueva casa, salí a desencadenar el ataque inicial sobre un trecho de césped al que se le había permitido acumular reservas veraniegas detrás de una lozana cosecha primaveral de tropas de asalto de pelargonios.

Como acababa de invertir mi dinero en una nueva y resplandeciente segadora mecánica, la perspectiva de jugar a barbero rasurador de prados no me espantaba. Bien entendido, no me espantó hasta que la emprendí de veras. Entonces descubrí, con gran enojo por mi parte, que ni siquiera una come-hierbas y bebe-gasolina le puede arreglar las trenzas a Mamá Naturaleza si uno no logra, en primerísimo lugar, ponerla en marcha. ¡Y yo no conseguía arrancar el maldito artefacto!

El mecanismo de arranque era lo que me tenía atascado. El librito de instrucciones afirmaba que si yo enrollaba la cuerda A alrededor del volante B y tiraba con fuerza, mis esfuerzos se verían recompensados con un rugido sonoro, reconfortante. Pero yo enrollé y tiré hasta ponerme morado, y negro incluso, de cara, de ánimo y de vocabulario, y lo único que le arrancaba a mi renuente instrumento era un jadeo débil, asmático y momentáneo.

Por consiguiente, me hallaba en el estado de espíritu menos amistoso que imaginarse pueda cuando una sosegada voz muchachil sonó allí, muy cerca:

—Hola, señor. ¿Tratando de poner en marcha la segadora?

El autor de esta pregunta idiota era un jovenzuelo rechoncho, pelirrojo, subido a la escalinata de la casa vecina. Le dirigí una mirada de aborrecimiento.

—¿Quién, yo? Claro que no, hijo mío. Sólo trataba de cultivar un buen apetito. Un problema —comenté en tono cáustico—, que, evidentemente, tú no podrías entender.

La ironía no hizo mella en el chaval, que continuó mordisqueando la esfera —en rápido cuarto menguante— de una manzana con bendita despreocupación. Cuando no quedó casi más que un husito, arrojó el corazón de la fruta a un desventurado petirrojo que andurreaba por nuestros jardines, y volvió a tomar la palabra:

—Porque si lo quiere, no quiere, ya sabe —dijo. Yo medité brevemente la frase. Tiempo perdido.

—¿Lo repites? —sugerí.

—¿Qué dice usted?

—Ese último comentario que has hecho. ¿Qué necesito para descifrarlo? ¿Un libro de claves?

Por un momento fue él quien pareció desconcertado. Luego sonrió.

—Ah, comprendo. He sido un poco nebuloso, ¿verdad? Quise decir —aclaró cuidadosamente—, que si trata de poner la máquina en marcha, no lo hace como debe. Al menos eso es lo que se me figura a mí.

Ya es bastante lamentable que no sepas hacer bien una cosa; pero es peor todavía que un chaval que no tiene ni la cuarta parte de tus años hurgue en tu incompetencia con dedo atormentador. Yo saqué las uñas, dispuesto al ataque, con una sonrisa subyugadora.

—Oye, jefe... —dije.

—Roderick —puntualizó él—. Roderick Fenton.

—Dime, Roderick, ¿cuántos años tienes?

—Ocho —contestó—. Y voy por los nueve.

—Ocho —le corregí—, y vas ya con tiempo prestado. Oye, niño: hay leyes contra los adultos que destrozan menores de edad antes de tiempo. Pero no sé que el Código Penal prohíba que uno tire hacia lo alto un objeto pesado y deje que la ley de la gravedad actúe como suele hacerlo. Es posible que yo no sepa manejar esta máquina; pero creo que, haciendo un esfuerzo decidido, sería capaz de levantarla. De manera que, o cierras esa asquerosa bocina que tienes por boca, o hago que un montón de piezas metálicas, inútiles para cualquier otra finalidad, se desplome sobre tu puchero.

—¡Oh, rediantre! —se quejó el chiquillo—. Si quiere tomárselo así... —Se levantó y cogió con mano aturdida la empuñadura de su puerta—. Yo sólo trataba de serle útil.

—¡Grrr! —proferí con la mayor cortesía.

—Al fin y al cabo, ese motor es de gasolina. Si no abre ese grifito encarnado del tubo de alimentación...

—¡Largo! —bramé, herido hasta lo insoportable. Y se largó. Precipitadamente. La puerta se cerró de golpe tras él. Yo aguardé hasta que la roja niebla que me cubría los ojos se disipó; en ese momento volví a meditar el problema de aquel dolor de cabeza que me costaba cien dólares.

Dos veces más malgasté las energías en el truquito de la cuerda, con resultados tan fútiles como los anteriores. Luego, con rencorosa desgana, hice una pausa y estudié el mecanismo que tenía delante. No faltaba más, allí estaba —tal como había señalado Roderick— un grifito en la base del tubo de alimentación. Lo toqué. Se movió. Murmuré:

—¡Humm! —y dirigí una rápida mirada oblicua a la casa de Roderick. No tenía público alguno. Di un giro de noventa grados a la espita. Luego enrollé, una vez más, la cuerda de arranque alrededor del volante y tiré.

Se oyó una explosión sorda, un rugido y enseguida un clamor trepidante. Los pies se me fueron de debajo del cuerpo mientras la despertada segadora emprendía la marcha a través del prado, llevándome a remolque. Y la hierba verde volaba por todo mi alrededor, por todo mi alrededor...

Un par de noches después, mientras lavábamos en mares de espuma los platos de la comida, mi mujer, alegría de mi vida, me informó:

—Ah, de paso, esta noche vamos a jugar al bridge.

—Estupendo. ¿Con quién?

—Con los vecinos —respondió Molly—. Se llaman Fenton. Ella es muy simpática. Y —añadió pensativamente—, él es físico. Quizá pueda ayudarte a resolver el problema.

Hice una mueca de dolor. Había llegado a la época en que la mención incidental de aquel asunto hacía que mis destrozados nervios vibrasen como una orquesta de cuerda oriental.

—Por favor, cariño —supliqué—, no hablemos de estas cosas ahora, ¿quieres? Las veladas son para descansar y relajarse. Es decir... —todo mi ser se estremeció conmovido por una repentina y negra sospecha—, teóricamente, al menos. ¿Dónde hemos de jugar? ¿Aquí?

—No. En su casa.

—Eso me temía. ¿Antes o después?

—¡Pero, Tom!, ¿de qué estás hablando? ¿Antes o después... de qué?

—Antes o después de que hayan atado a la cama, con cadenas, al odioso monstruo pequeño que tienen por hijo.

—¿Estás hablando de Roddy? ¡Vaya, yo le considero un encanto de muchachito!

—También lo era, no cabe duda —gruñí yo—, Jack el Destripador. No, cariño mío. Por una vez en nuestra existencia de casados, que por todo lo demás ha sido un idilio divino, debo desautorizarte. Queda cancelada la cita. Me niego a poner los pies en la madriguera de aquel ogrito espantoso.

—Pero, Tom, yo he prometido...

—Lo siento.

—Y sería una grosería terrible con...

—Es una pena.

—Y ellos nos están esperando...

—¡No! —dije llana, firme, definitivamente—. ¡De una vez y para siempre, no! Esta noche no me muevo de aquí. ¡Es mi última palabra!

De modo que cosa de una hora después estábamos sentados en la sala de los Fenton, trabando relación con nuestros vecinos. Y debo confesar que, a despecho de mis enmurriadas expectativas, eran una pareja agradable: atractivos, amables e inteligentes. Después de una ronda de vasos de bourbon —Fenton hasta sirvió mi marca preferida— empezamos a tutearnos como viejos amigos.

Muy agradable todo ello. Muy impermanente. Porque todas las cosas buenas —para recurrir a una frase sobada— han de llegar forzosamente a su fin. Serían las nueve, poco más o menos, cuando la puerta se abrió y entró en el dichoso saloncito, como una mosca en la salsa, Roderick.

—¡Ah! —exclamó—. ¿Invitados? Buenas noches.

Denme un sobresaliente en Esfuerzo. Animado por el espíritu de buena camaradería y las consecuencias de unos generosos tragos de brandy, dominé la repugnancia que me inspiraba el fastidioso zagalillo y eché mano de la parlotería insulsa del vecino cordial.

—Hola, Roddy —le saludé—. ¿Has ido al cine?

La mirada con que me favoreció no era exactamente desdeñosa. Más bien un tanto compasiva.

—No, señor —dijo—. A la biblioteca.

—Roddy —adujo su madre casi en tono de excusa— es un gran aficionado a la lectura.

—¿Andando? —declamé, en una cálida efusión de nostalgia vuelta hacia mis días de colegial—. No se me ocurre nada más agradable que enfrascarse en un buen libro... es decir, para un chico ya un poco crecidito. ¡Oh, sí! ¡La magnífica literatura de la juventud! Te habrás llenado la azotea con las gestas de los grandes paladines, ¿eh, Roddy?

—¿Cómo dice usted, señor? —preguntó el niño con aire inexpresivo.

—Habrás saciado las células grises de sangre, ¿no? Habrás estado leyendo historias de aventuras tremendas en países lejanos. Los Caballeros de la Tabla Redonda, los piratas del Océano Español, los indios desenterrando el hacha guerrera.

—No, señor —replicó Roderick—. He leído a Lobachevsky sobre curvas geométricas.

—¿Eh?

—Y a Riemann. Y a Bolyai. A los geómetras no euclidianos. —El chico se revolvió incómodo, quizá por la aprensión que le causara el verme boquiabierto, con la mandíbula inferior caída—. A mí... a mí las matemáticas me interesan muchísimo —dijo—. ¿A usted no?

Agarré con fuerza el vaso, y el destrozado dominio de mí mismo, y logré soltar una risita que no me asfixió del todo.

—¡Claro que sí! Yo siempre afirmo —dije—, que la mejor manera de abrirse camino en este mundo consiste en tener los pies bien firmes en el suelo y recordar que dos y dos hacen cuatro.

—O, a veces, cien —murmuró Roderick.

—¿Eh?

—En la numeración binaria, bien entendido. Bueno, será mejor que me vaya a la cama. Buenas noches a todos.

Y besó a sus padres, y ellos le besaron a él exactamente igual que si se hubiera tratado de un ser humano. Luego desapareció escaleras arriba. Su padre le seguía con mirada cariñosa.

—Ese chico es algo, ¿eh, Tom? —dijo.

—Sí, en efecto, es algo —reconocí cautelosamente—. Pero ¿qué, exactamente?

—¡Sí, señor! Yo estoy orgullosísimo de mi muchacho. Es todo un pensador. ¿Tengo o no tengo razón?

—¡Usted lo ha dicho! —convine.

Mi jefe de laboratorio es miembro de un trust de cerebros con más grados que un termómetro clínico. Al día siguiente le pregunté:

—Doc, ¿qué es la numeración binaria?

—¡Ah, sí, la numeración binaria! Pues es un sistema de numeración que sólo requiere el empleo de dos cifras, o símbolos, 1 y 0, a diferencia de los diez símbolos del sistema decimal. Muy sencillo, muy eficiente. La cantidad 1 sigue siendo 1; pero 2 se convierte en 10; 3 es 11...

—¿Andando? ¿Dos más dos? ¿No hacen cuatro?

—No. Hacen 100. ¿Por qué? ¿Desde cuándo se interesa por los sistemas de numeración poco utilizados?

—No me intereso. Lo oí mencionar por casualidad.

El jefe sonrió.

—Será mejor que los chicos del gobierno no oigan estas palabras. El único lugar del mundo donde, que yo sepa, se utiliza normalmente la numeración binaria es en las zonas rurales de Rusia. Y este proyecto militar en que estamos trabajando... bueno, ya sabe usted lo desconfiados que son los «federales».

—Sí. Lo sé. ¡Si hasta dejé de emplear la defensa Petroff cuando juego al ajedrez!

—No lo digo incidentalmente, en modo alguno —continuó Doc—. ¿Qué tal le va ese trabajo de investigación?

—¿Quiere la verdad —pregunté—, o que sufra de úlceras?

—¿Tan mal está?

—Peor. Estoy llegando a ninguna parte a gran velocidad. Lo cierto es que estoy tan lejos de una solución ahora como cuando empecé; porque he eliminado una cantidad incalculable de millones de posibilidades.

Doc meneó la cabeza tristemente.

—Es difícil, ya lo sé. Pero ha de haber alguna solución. Usted se da el nombre de químico...

—Yo me he dado todos los nombres menos ese durante los meses últimos.

—Bueno, siga en la brecha. Y si necesita algo, avíseme.

—¡Magnífico! —refunfuñé malhumorado—. ¿Qué surtido tenemos de aspirinas, muñecas de papel y camisas de fuerza?

¿Se figuran quizá que el problema de marras no me tenía preocupado? Piénsenlo mejor. Puedo demostrar que estaba hundido hasta las cejas en la más negra desesperación. Hasta me llevaba el trabajo a casa los fines de semana. Porque estaba que me subía a la parra, y lo mismo estaba el jefe, y lo mismo la compañía por la cual trabajamos ambos. Y no hablemos ya del Tío Sam, que dependía de nuestros esfuerzos por descubrir una solución a su problema.

De modo que un sábado por la tarde yo estaba sentado en mi estudio, enojadamente atareado en la consulta de unos libros especializados, cuando aparecieron a mi vera treinta y tantos kilogramos de fastidio. Era el amigo Roderick.

—Hola, míster Evans —dijo.

Cerré los ojos con la esperanza de que cuando los abriese de nuevo ya se habría marchado. Pero no, continuaba allí, tranquilo y desagradablemente sociable.

—Hola —suspiré—. ¿Querías algo?

—Nada en particular. Sólo he venido a verle. Está leyendo, ¿eh?

Yo levanté unas cejas atónitas al volumen que tenía en las manos.

—¡Vaya, que me cuelguen si no es cierto! —exclamé.

—A mí mi gusta leer —dijo Roderick.

—¿De veras? Recuérdame que debo colgar un rótulo de «No estorben» en mi puerta para tu futura diversión.

—Generalmente libros de ciencia —continuó afablemente—, o de geología, o de psicología, o de historia. ¿Cuál es su personaje histórico favorito?

—El rey Herodes —le respondí—. Oye, Roddy. Estoy ocupadísimo. Si no te importase...

—¿Le molesto?

—No más que una combinación de jaqueca, fiebre del heno y el prurito de siete años. Tengo que terminar un trabajo...

—Papá me dijo que usted era químico —continuó el chaval—. ¿Es cierto?

—Estadísticamente, sí. Éticamente...

—En Oak Ridge había muchos químicos —comentó Roderick—. Es donde nací yo, ya sabe.

—¿Naciste de veras? ¿Aseguras que no te encontraron bajo un pedrusco?

Roderick o no lo entendió o prefirió pasarlo por alto. Y siguió diciendo:

—Tengo una colección de química. La grande. Un centenar de productos químicos y un libro que explica la manera de hacer una multitud de cosas.

—¿Incluso —pregunté, esperanzado—, trinitrotolueno?

—Bah, usted bromea. El trinitrotolueno es peligroso. Pero se sorprendería de la colección de cosas que he preparado con mi juego de productos químicos. Algunas no están en el libro siquiera. Inventé una que resulta curiosa de verdad. Yo la llamo la telaraña mágica. Se...

—Roddy —le dije en tono fatigado—, me encanta saber que te diviertes tanto con tus juguetes, pero no tengo tiempo para hablar de ellos ahora. Como te decía antes, he de terminar un trabajo...

—¿Qué clase de trabajo? —preguntó Roderick.

Suspiré y elegí el camino de la menor resistencia.

—Si te lo digo, ¿te irás a tu casa?

—Pues claro. Si usted quiere que me vaya...

—Muy bien, pues. Aquí está el problema. ¿Sabes que nuestra nación se enfrenta con la posibilidad de otra guerra?

—Naturalmente. Lo sabe todo el mundo.

—¿Y que parte de nuestra campaña de preparación consiste en que armemos a los amigos que tenemos en ultramar?

Roderick movió la cabeza afirmativamente.

—Claro. Les enviamos aeroplanos y tanques y cañones...

—En efecto. ¿Y sabes cómo se lo enviamos?

—En barco, principalmente, supongo.

—Exacto. Y ahí es donde empieza el conflicto. Cargamos millares de toneladas de equipo valioso en barcos de transporte y los mandamos a un largo viaje por mar. Debido a su forma y su tamaño, buena parte de ese equipo tiene que hacer la travesía sobre cubierta, expuesto al sol, el hielo, la lluvia y la rociada incesante de agua salada. ¿Y sabes lo que le hace la sal al metal?

—Pues sí. Lo corroe.

—Cierto. De manera que para proteger nuestro equipo tenemos que recubrirlo con alguna sustancia que resista los elementos. He ahí mi tarea. Encontrar una sustancia adecuada.

—Pero ¡si ya tienen materiales así! —comentó Roderick—. Yo he visto fotografías...

—Cierto. Pero ninguna de las sustancias protectoras actuales resulta satisfactoria. O bien son viscosas y pegajosas, o bien forman una costra dura, gomosa, que cuesta horas y horas de fatiga quitarla. Pasamos días y días aplicando las sustancias protectoras y semanas y semanas quitándolas. Los soldados que deberían estar haciendo maniobras militares para ejercitarse tienen que pasarse una infinidad de horas en la dura tarea de limpiar el engrasado equipo cuando llega a su destino. Y si no crees que esa tarea es pesada, pregúntaselo a cualquier soldado raso que haya desembalado y limpiado una caja de rifles, simplemente...

—Entonces usted trata de encontrar...

—Un compuesto sencillo y barato que se pueda aplicar rápidamente, que salvaguarde el material que se transporta y luego, al final del trayecto, se pueda eliminar con gran facilidad. Una sustancia elusiva —suspiré—. Y que acaso no exista. Y ahora, hijito, yo he cumplido ya mi parte de lo pactado. Te toca, pues, cumplir la tuya.

—¿Eh? —dijo Roderick distraídamente.

—Fuera —ordené yo, empujándole suavemente hacia la puerta—. No creas que no ha sido un placer verte, porque no lo ha sido. Vuelve otro día; pero no demasiado pronto.

Roderick preguntó plañideramente:

—Bueno, diantre, no es preciso que empuje, ¿verdad que no? Míster Evans...

—¿Ahora qué, hombrecito?

—¿Le sabría mal que utilizara su segadora de césped?

—Me figuro que no. Pero cuídala bien, ¿eh? Ese trasto cuesta mucho dinero.

—Claro que sí —prometió—. Tendré cuidado. Gracias.

 

(CONTINUARÁ...) 

Celephaïs - H. P. Lovecraft


     En un sueño Kuranes vio la ciudad del valle y la costa que había más allá, y el pico que dominaba el mar, y las galeras pintadas de alegres colores que zarpan desde el puerto rumbo a las distantes regiones donde el mar se junta con los cielos. 

    También en un sueño consiguió el nombre de Kuranes, ya que durante la vigilia era llamado de forma distinta. Quizás le fue natural el soñar un nombre nuevo, ya que era el último de su estirpe y se hallaba solo entre las muchedumbres indiferentes de Londres, por lo que no había demasiados que pudieran hablar con él y recordarle quién había sido. 

    Había perdido sus tierras y dinero, y no se preocupaba de los hábitos de la gente alrededor, ya que prefería soñar y plasmar tales sueños. Cuanto escribiera había despertado la hilaridad de aquellos a los que se lo había mostrado, y, por último, dejó de escribir. Cuanto más se retiraba del mundo inmediato, más maravillosos se volvían sus sueños, y hubiera sido casi inútil el intentar traspasarlos al papel. 

    Kuranes no era un hombre moderno, y no tenía las miras de otros que también escriben. Mientras ellos pugnaban por despojar a la vida de las ornadas vestimentas del mito, Kuranes tan solo aspiraba a la belleza. Cuando la verdad y la experiencia no se la mostraron, se volvió hacia la fantasía y la ilusión, hallándola en sus mismos umbrales, entre los nebulosos recuerdos de los cuentos de su niñez y entre los sueños.

No hay mucha gente que sepa cuántas maravillas se les abren en las historias y visiones de juventud, ya que cuando somos niños oímos y soñamos, albergamos ideas a medio cuajar, y cuando al hacernos hombres intentamos recordar, nos vemos estorbados y convertidos en seres prosaicos por el veneno de la vida. 

Pero algunos de nosotros nos despertamos en mitad de la noche entre extraños fantasmas de colinas y jardines encantados, de fuentes cantarinas al sol, de acantilados dorados a la vera de mares rumorosos, de llanuras abiertas en torno a somnolientas ciudades de bronce y piedra, de la severa compañía de héroes cabalgando blancos caballos engualdrapados junto a espesas selvas; y entonces sabremos que hemos vuelto los ojos a las puertas de marfil del mundo de prodigios que fuera nuestro antes de convertirnos en sabios e infelices.

Kuranes volvió de súbito al viejo mundo de la infancia. Había estado soñando con la casa donde naciera; el gran hogar de piedra cubierto por la hiedra, donde vivieran trece generaciones de antepasados, y donde hubiera ansiado morir. 

Lucía la luna, y él se había escabullido por la fragante noche veraniega; atravesó jardines, bajó terrazas, dejó atrás los grandes robles y recorrió el largo camino blanquecino hacia el pueblo. 

La villa parecía muy antigua, con sus límites tan reducidos como aquella luna que comenzaba a menguar, y Kuranes se preguntó si bajo los tejados picudos de las casitas se albergaría el sueño o la muerte. Las malas hierbas crecían en las calles, y los cristales de las ventanas a ambos lados se encontraban rotos o acechaban transparentes. 

Kuranes no se demoró, antes bien prosiguió trabajosamente, como al reclamo de alguna meta. No osó desobedecer su llamada por miedo a que se revelase como una ilusión similar a las necesidades y aspiraciones de la vigilia, que no conducen a destino alguno. 

Luego se sintió atraído hacia un callejón que salía del casco de la ciudad rumbo a los acantilados del canal y alcanzó el final de las cosas… el precipicio y el abismo donde el pueblo y el mundo entero se desplomaban abruptamente en una vacuidad sin sonidos de infinito, y donde el cielo por delante se hallaba a oscuras, despojado de la menguante luna o de las acechantes estrellas. 

La confianza le urgió a proseguir sobre el precipicio, en el abismo por donde descendió flotando, flotando, flotando; pasó oscuridad, incorporeidad, sueños no soñados, esferas débilmente iluminadas que podían ser sueños soñados a medias y burlones seres alados que parecían mofarse de los soñadores de todos los mundos. 

Entonces pareció abrirse una falla en la oscuridad de delante y vio la ciudad del valle, refulgiendo de forma radiante a lo lejos, lejos y abajo, con el trasfondo del mar y del cielo, y la montaña cubierta de nieves al pie de la orilla.

Kuranes se despertó en el mismo instante de vislumbrar la ciudad, aunque gracias a aquel fugaz vistazo supo que no se trataba sino de Celephaïs, en el valle de Ooth-Nargai, más allá de las colinas Tanarias, donde su espíritu morara durante toda la eternidad de una hora, una tarde de verano, mucho tiempo atrás, cuando se había escapado de su aya y había permitido que la cálida brisa marina le acunara hasta alcanzar el sueño mientras observaba las nubes desde los riscos próximos al pueblo. 

Entonces se había resistido, cuando lo encontraron, lo despertaron y lo llevaron de vuelta a casa, ya que justo al despertar había estado al borde de embarcar en una galera dorada rumbo a esas seductoras regiones donde el mar se reúne con el cielo. Y ahora se sentía igualmente molesto de despertar, ya que había reencontrado su fabulosa ciudad tras cuarenta fatigosos años.

Pero Kuranes volvió a Celephaïs tres noches después. Como anteriormente, soñó al principio con el pueblo durmiente o muerto, y con el abismo por el que uno debía caer flotando en el silencio; luego apareció de nuevo el acantilado y pudo contemplar los resplandecientes minaretes de la ciudad, y vio las galeras llenas de gracia fondeadas en el puerto azul, y observó los gingkos de monte Aran meciéndose con la brisa marina. 

Pero esta vez no se vio bruscamente arrebatado y fue a posarse tan suavemente como un ser alado sobre una colina herbosa, hasta que al fin sus pies reposaron sin violencia sobre el césped. Había por fin regresado al valle de Ooth-Nargai y a la esplendorosa ciudad de Celephaïs.

Kuranes fue cuesta abajo entre hierbas aromáticas y flores brillantes, cruzó el burbujeante Naraxa por el puentecillo de madera sobre el que grabara su nombre tantos años atrás, y cruzó las susurrantes arboledas rumbo al gran puente de piedra que llevaba a las puertas de la ciudad. 

Todo seguía como antes; ni las murallas marmóreas se habían descolorido, ni se habían deslucido las estatuas de bronce que las coronaban. Y Kuranes vio que no debía temer que las cosas que conociera hubieran desaparecido, ya que incluso los centinelas de las murallas eran los mismos, y tan jóvenes como los recordaba. 

Al entrar en la ciudad, cruzando las puertas de bronce y pisando el pavimento de ónice, los mercaderes y los camelleros lo saludaban como si no se hubiera marchado jamás; y le ocurrió lo mismo en el templo de turquesa de Nath-Horthath, donde los sacerdotes tocados de orquídeas le informaron de que el tiempo no existe en Ooth-Nargai, sino tan solo juventud eterna. 

Entonces Kuranes fue por la calle de las Columnas hasta el muro marítimo, donde se reunían mercaderes y marineros, así como extrañas gentes llegadas de las regiones donde el mar se junta con el cielo. Allí estuvo largo rato, oteando sobre el puerto brillante donde el oleaje centellea bajo un sol desconocido y donde se encuentran listas para zarpar las galeras de lugares lejanos. 

Y contempló también al monte Aran alzándose regiamente sobre la orilla, las suaves laderas verdes con sus árboles balanceándose y su cima blanca rozando las nubes.

Más que nunca, Kuranes sintió el anhelo de embarcar en una galera rumbo a los lejanos lugares sobre los que había oído contar tantas extrañas historias, y buscó de nuevo al capitán que había aceptado enrolarlo hacía tanto tiempo. 

Encontró a aquel hombre, Athib, sentado sobre el mismo cofre de especias que ocupara antaño, y Athib no parecía ser consciente de cuánto tiempo había transcurrido. Entonces los dos remaron hasta una galera del puerto y, dando órdenes a los remeros, comenzaron a bogar sobre el ondulante mar Cerenio que conduce hasta el cielo. 

Durante varios días se deslizaron sobre el mar agitado hasta alcanzar por fin el horizonte, donde el mar se reúne con el firmamento. Aquí la galera no llegó a detenerse, sino que fue flotando despacio por el azul celeste entre nubes de algodón teñidas de rosa. 

Y muy por debajo de la quilla, Kuranes llegó a divisar extrañas tierras y ríos y ciudades de arrebatadora belleza, tendidas indolentes al resplandor de un sol que nunca parecía menguar o desaparecer. 

Al fin Athib le comunicó que el viaje estaba próximo a concluir, y que pronto arribarían al puerto de Serannian, la ciudad de mármol rojo de las nubes, que ha sido edificada en esa etérea costa donde el viento del poniente sopla por los cielos; pero cuando la más alta de las torres talladas de la ciudad apareció a la vista, se produjo un sonido en algún lugar y Kuranes despertó en su buhardilla de Londres.

Durante muchos meses, Kuranes buscó en vano la maravillosa ciudad de Celephaïs y sus galeras celestiales; y aunque sus sueños le llevaron a multitud de lugares magníficos, nunca antes narrados, nadie de cuantos se cruzó fue capaz de indicarle cómo encontrar Ooth-Nargai, más allá de la colinas Tanarias. 

Una noche sobrevoló oscuras montañas donde ardían mortecinos y solitarios fuegos de campamento, a una gran distancia, y había extraños rebaños de seres velludos cuyos guías portaban resonantes campanillas; y en la parte más salvaje de aquel montañoso distrito, tan remoto que pocos hombres habían llegado a verlo, encontró un muro o calzada de piedra, de espantosa antigüedad, zigzagueando entre las cimas y los valles; demasiado grande incluso para haber sido construido por manos humanas, y de tal longitud que ninguno de sus extremos estaba a la vista. 

Más allá del muro, en el alba gris, llegó a una tierra de pintorescos jardines y cerezos, y al alzarse el sol pudo contemplar la belleza de flores rojas y blancas, follajes verdes y céspedes, caminos blancos, arroyos cristalinos, estanques azules, puentes tallados y pagodas de tejados rojos; y buscó a la gente de esa tierra, pero comprobó que allí no había nadie, fuera de pájaros, abejas y mariposas. 

Otra noche Kuranes se acercó a una escalera espiral de piedra, húmeda y sin fin, y llegó a una ventana de una torre que dominaba una gran llanura y un río a la luz de la luna llena, y en aquella silenciosa ciudad que se extendía por la orilla del río creyó columbrar algún rasgo o aspecto nunca antes visto. 

Hubiera bajado a preguntar por el camino a Ooth-Nargai de no ser por la temible aurora que se alzó sobre algún remoto lugar más allá del horizonte, mostrando las ruinas y la antigüedad de la ciudad, y el estancamiento del río enrojecido y la muerte enseñoreándose de esa tierra, tal y como sucediera desde que el rey Kynaratholis volviera de sus conquistas para arrostrar la venganza de los dioses.

Así que Kuranes buscó infructuosamente la maravillosa ciudad de Celephaïs y sus galeras que bogan hasta Seranman a través de los cielos, presenciando mientras tanto multitud de maravillas y escapando en una ocasión por los pelos del sumo sacerdote que no puede ser descrito, aquel que porta una máscara de seda amarilla sobre el rostro y mora solitario en un prehistórico monasterio de piedra en la fría meseta desértica de Leng. 

Según crecía su impaciencia durante los pocos acogedores intervalos de vigilia, comenzó a comprar drogas para prolongar sus periodos de sueño. El hachís resultó de gran ayuda, y una vez lo condujo hasta una parte del espacio donde no existen formas, pero donde gases resplandecientes estudian los secretos de la existencia. 

Y un gas violeta le dijo que esa parte del espacio se encontraba más allá de lo que se conoce como infinito. El gas no había oído hablar anteriormente de planetas u organismos, pero identificó sin dificultad a Kuranes como alguien procedente de ese infinito donde existen materia, energía y gravitación. 

Kuranes se sentía ahora sumamente ansioso de volver a esa Celephaïs salpicada de minaretes y aumentó sus dosis de drogas, pero finalmente se le acabó el dinero y ya no pudo comprar más. Entonces, un día de verano lo desahuciaron de su buhardilla y vagabundeó indefenso por las calles, pasando por un puente hasta un sitio donde las casas resultaban cada vez más míseras. Y entonces llegó la culminación, y se encontró con el cortejo de caballeros llegados de Celephaïs para llevarlo allí por siempre.

Apuestos caballeros eran, a horcajadas sobre caballos ruanos y revestidos de brillantes armaduras y tabardos de curiosos blasones. Resultaban tan numerosos que Kuranes estuvo a punto de confundirlos con un ejército, pero su jefe le informó de que habían sido enviados en su honor, ya que era él quien había creado Ooth-Nargai en sus sueños, por lo que sería nombrado su dios supremo para siempre. 

Entonces brindó un caballo a Kuranes y lo emplazaron a la cabeza de la comitiva, y todos cabalgaron majestuosamente por las calles de Surrey camino de la región donde Kuranes y sus antepasados nacieran. Era algo muy extraño, ya que cada vez que pasaban por un pueblo a la luz del crepúsculo tan solo veían las casas y pueblos que Chaucer y gentes aún anteriores podían haber contemplado, y a veces veían a caballeros en sus monturas, acompañados de pequeñas compañías de secuaces. 

Al caer la noche viajaron más ligeros, hasta que pronto parecieron volar de forma asombrosa por los aires. Con la débil alborada llegaron al pueblo que Kuranes viera vivo durante su infancia y que ahora estaba dormido o muerto en sus sueños. 

Ahora vivía, y los pueblerinos más madrugadores les hicieron reverencias mientras los jinetes cruzaban ruidosamente las calles y torcían por el callejón que iba a parar al abismo del sueño. Previamente, Kuranes había entrado en tal abismo solo de noche, y se preguntaba por su aspecto durante el día; así que oteó ansioso mientras la columna se aproximaba al borde. 

Cuando galopaban por la pendiente hacia el precipicio, un fulgor dorado se alzó en alguna parte del oriente y cubrió todo el paisaje de resplandecientes ropajes. El abismo se mostraba ahora como un caos hirviente de esplendores rosados y cerúleos, y unas voces invisibles cantaban exultantes mientras el séquito de caballeros rebasaba el borde y flotaba graciosamente a través de las nubes resplandecientes y los fulgores plateados. 

Los jinetes flotaron sin fin, sus monturas hollando el éter como si galoparan sobre arenas doradas, y luego los vapores luminosos se abrieron para desvelar una luz aún mayor, el brillo de la ciudad de Celephaïs y de la ribera de más allá, y el pico nevado que dominaba el mar, y las galeras alegremente pintadas que zarpan rumbo a las lejanas regiones donde se juntan el mar y el cielo.

Y Kuranes reinó desde entonces en Ooth-Nargai y todas las regiones cercanas del sueño, y estableció alternativamente su corte entre Celephaïs y la Serannian, la ciudad de las nubes. Aún reina allí, y reinará feliz por siempre, aunque bajo los acantilados las mareas del canal agitaban burlonas el cuerpo de un vagabundo que pasara dando traspiés por el pueblo medio desierto al alba; jugueteaban burlonas y lo zaherían contra las piedras bajo Trevor Tower, cubierta de hiedra, donde un fabricante de cerveza particularmente paleto disfrutaba de una atmósfera comprada de extinta nobleza.

Borrón y cuenta nueva - G. Wayne Millar

    La de aquella noche, hace dos semanas, eras tú, ¿verdad?
Tú, tras el volante de tu increíble descapotable Mustang rojo del año sesenta y cuatro, con tu cabello castaño chocolate al viento, como el ala elegante de un ave exótica. 
    Yo regresaba a casa tarde del trabajo, la autopista de Boston seguía atestada, mi Toyota avanzaba con esfuerzo, entre resoplidos, como si estuviera afectado por un enfisema grave. Anduviste un trecho a mi lado, lo suficiente para que observaras el asombro retratado en mi rostro, lo suficiente como para que yo viera tu sonrisa; después, aceleraste al máximo y te perdiste entre el tráfico.
    Esa misma noche, más tarde, tú me telefoneaste, pero permaneciste muda, ¿no? Tú, la que me envió aquella loca carta de amor sin firmar. Tú, la que me dejó un mensaje en la oficina. Tú, la que susurró anoche ante mi ventana. Fuiste tú, ¿verdad?
    Desapareciste durante cinco años, el período más largo, y ahora has regresado, y te dispones a llevar a cabo lo que debes hacer.
    Ya casi me había olvidado.
    ¿Me crees, Katrina? Es la verdad. Las estaciones cambiaron, la rueda de la vida dio otra vuelta, y sobreviví de nuevo..., incluso logré prosperar. Conseguí enterrar el pasado y crearme otro presente; me casé y engendré a esta maravillosa hija mía. Cheryl y Angie, mi esposa y mi hija. 
    Las amo profundamente, Katrina, más de lo que pueda expresar. Y ellas me quieren. Lo veo en sus sonrisas, lo noto en sus voces. Todos los hombres deberían contar con una bendición así.
    Qué ingenuidad por mi parte esperar que esta vez sería distinto, que con el transcurso del tiempo, y tú ocupada en otra parte, me pasarías por alto. Debí saber que regresarías. Que te marcharías dondequiera que vayas y que volverías, tal como lo has hecho siempre. Que regresarías decidida a quitarme esta vida que he creado para sostenerla un momento en tu mano y luego, desintegrarla de un soplo como la brisa otoñal que deshace una flor de algodoncillo.
    Y a Cheryl y Angie con ella. Te odio por eso.
   Finalmente, después de tanto tiempo, presiento que se romperá el hechizo. 
    Ese coche. Comenzó con ese increíble coche.
   Me acuerdo de la primera vez que lo vi: brillante, rojo. desplazándose hacia el arcén donde yo esperaba con una mochila y un cartel escrito a mano que decía: SAN FRANCISCO o LA QUIEBRA. 
    Te recuerdo: el sol de junio acariciaba tu rostro marfileño; tu delicioso cuerpo, apenas contenido por la camiseta y los Levi's; tus ojos, ocultos tras unas gafas de sol rosa. Era el verano del setenta, y yo había dejado la facultad para dedicarme a ver mundo.
    Había ido de Boston a Albany en autoestop la tarde que tú me recogiste. Apenas podía creer en mi buena suerte. Eras hermosa e inteligente; tenías un atractivo físico que me volvió loco en cuanto subí a tu coche. Antes de que pudiera presentarme, me llamaste «amor mío» y me rozaste la mejilla con la mano. 
    Me sonrojé. Dijiste que tú también ibas hacia San Francisco, que con mi complicidad cometeríamos todo tipo de delitos a lo largo y a lo ancho del país. Me eché a reír como un desequilibrado mental al oír tu comentario. 
    Nos fumamos un canuto y nos dirigimos hacia el oeste por la Interestatal Noventa; el velocímetro marcaba ciento veinte y tu Mustang del sesenta y cuatro ronroneaba como un gatito junto a la estufa.
    Al llegar a Ohio, ya me tenías en tus redes.
    Aquella noche, hicimos el amor durante horas en una tienda de campaña que levantamos junto a un arroyo, al final de un camino comarcal. Si existe algo parecido al cielo en la Tierra, esa noche lo fue. 
    No logro describir qué sensaciones primitivas despertaron en mí, su salvajismo, el cosquilleo que me recorría el cuerpo hasta que creí estallar, cómo mi cuerpo y mi espíritu fueron transportados a un lugar de dicha completa. A la mañana siguiente, hablamos del modo en que habíamos alcanzado un plano místico. Cuando la conversación acabó, volvimos a hacer el amor, una vez, y otra, y otra más.
   Yo lo ignoraba, pero ya entonces había empezado a ahogarme.
   Cuando llegamos a Tahoe estaba dispuesto a casarme contigo. En los setenta no era una locura estar dispuesto a pasar el resto de tu vida con una extraña a la que habías conocido en una carretera. 
    Pertenecíamos a la generación de Woodstock, y el amor era nuestra especialidad. Yo iba muy en serio, quería que permaneciéramos juntos para siempre. Te dije que estaba escrito en las estrellas. Me dirigiste una amplia sonrisa al oír la referencia a la astrología, y otra, más amplia aún, cuando mencioné la eternidad. No podía dejarte marchar. Y me decía: «Si pierdes un pájaro libre, nunca más vuelves a verlo».
    Por eso te pedí que te casaras conmigo.
    Desde luego, aceptaste. Proseguimos la marcha por la orilla del lago, dejamos atrás casinos, cabañas, tiendas de regalos, moteles, tiendas de artículos para hippies y capillas nupciales. Nunca había visto una capilla nupcial. Tú tampoco. A los dos nos parecieron increíblemente impersonales. Escogimos el Amor Du Chalet porque en el jardín que tenía delante había un desfile de flamencos de plástico rosado. 
    En el interior, nos desternillamos con las flores de plástico, las sillas plegables, la música grabada y el reverendo Berto Andreozzi. Cuando terminamos de reír, saqué treinta y cinco dólares y le pedí que te convirtiera en mi legítima esposa. Allí de pie, tú con tus pantalones cortos y yo con un pañuelo de colores anudado al cabello, nos casamos.
   Me estaba hundiendo.
   Pasamos la luna de miel en los bosques del lado californiano del lago. Durante tres días bebimos vino, comimos pan y queso, nos motivamos e hicimos el amor de un modo tan prolongado y con tanta pasión que creí que jamás me recuperaría. 
    Durante tres días escribimos poemas y canciones. Durante tres noches, dormimos bajo la luna llena, hechizados por las oscuras montañas plateadas que, según tú, debían de haber sido robadas del sueño de algún astronauta. Compartimos los secretos de nuestras almas, como en la canción, y juramos que ningún mortal, hombre o mujer, había tenido jamás lo que nosotros teníamos.
    A la cuarta noche, te habías marchado.
   Me desperté aterido, solo, a la luz del sol naciente. Tu tienda, tu bolsa de dormir, tu coche... habían desaparecido. Te busqué durante todo el día. Vagué por los bosques, por la playa, por la zona comercial. No había rastro de ti ni de tu coche. 
    La policía no pudo decirme nada. «Este tipo de cosas ocurren todos los días», me dijo entre sonrisas un sargento de mediana edad y peso excesivo, al otro lado del mostrador de información. Desesperado, fui a visitar al reverendo Andreozzi.     No se acordaba de ella, me dijo. Tampoco se acordaba de mí. «Al cabo del día celebro tantas bodas de ese tipo...», se excusó con expresión de sinceridad.
    Me quedé en los alrededores de Tahoe una semana. Había enloquecido; me sentía paralizado. 
   Cuando por fin logré llegar a San Francisco, vagué de parque en parque, de cuarto en cuarto; lloré hasta dormirme en bancos, debajo de los árboles, y en camas de personas a quienes jamás había visto y a las que nunca volvería a ver.           Fumaba marihuana gratis y le contaba mi historia a todo aquel que quisiera escucharme. Fui a los periódicos; en una imprenta pedí que me hicieran unos carteles y los pegué en las paredes de las lavanderías, en las paradas de los transportes públicos, en las estaciones de autobuses interurbanas.
    Y nada.
    Esa semana, una nueva sensación comenzó a aparecer en mi dolor; una sensación más negra y siniestra que todo lo que había experimentado hasta entonces. Empecé a pensar que quizá te había imaginado, que había soñado nuestro viaje a través del país, la boda, aquellas fantásticas curvas de tu cuerpo y las facciones de tu rostro. Comencé a preguntarme si no sería el efecto de alguna droga, o si no habría sido víctima de un experimento de control mental del gobierno, o si no habría caído en alguna confusión cósmica del karma.
    Empecé a creer que me encontraba de lleno en la espiral que conduce a la locura.
    Me estaba ahogando.
   Pasó el mes de junio, siguieron julio y agosto, y el dinero empezó a escasear, por lo que no tuve más alternativa que regresar al este. Me marché de mala gana. 
    De regreso a casa, me detuve en Salem, Ohio, la ciudad donde tú habías nacido, crecido e ido al instituto. Fui a la comisaría de policía, al ayuntamiento, a las tiendas de la calle principal. Consulté ejemplares antiguos de Salem Song, el anuario del instituto. Nadie había oído hablar de ti. No figurabas en un solo registro. Nadie tenía la menor idea de a qué o a quién me refería.
    Supuse que me equivocaba, que se trataría de otro Salem, de otro Estado.
   Me estaba ahogando. 
   Era un ingenuo, y me estaba ahogando.
   Pero era imposible que me equivocara con mi ciudad natal. Hyannis, Massachusetts, ubicada en el centro del arenoso Cape Cod. Salvo los estudios universitarios, toda mi vida la había pasado allí. 
  En ella había nacido y asistido a la escuela. Llegué temprano, un domingo, en la cabina de un camión de doce metros que me había recogido en Buffalo. Desde la calle principal me dirigí a pie hacia el sur, en dirección a la playa, donde mis padres tenían una magnífica casa de estilo Victoriano con un césped cuidado y un bien podado seto.
   La casa estaba allí. Y el césped cuidado. Y el seto. Y la espectacular vista de Lewis Bay y Yarmouth. Cuando llamé a la puerta, un perfecto extraño salió a abrir.
   No sé cuánto tiempo me lo quedé mirando fijamente: la expresión de mi rostro pasó de la expectación a la sorpresa; de ésta a la consternación más completa y luego al pánico infinito. «No –me dijo–, aquí no ha vivido nadie más, al menos en los treinta y cinco años que he sido propietario de esta casa.» «¿Está seguro? –le pregunté yo, incrédulo–. Mire usted, no bromeo.» «Yo tampoco», me espetó, y me cerró la puerta en las narices.
    Me sentí perdido. Vagué por Hyannis durante horas, en ese estado de azoramiento y confusión. 
    Habría sido distinto si me hubieras advertido, Katrina. Si me hubieses dejado algún indicio. Cualquier pista me habría bastado. Pero ése no es tu estilo, ¿verdad? El capricho, la autocracia, ésos sí son elementos de tu estilo.
    ¿Sabes lo que ocurrió después?
    Me quedé en Cape Cod hasta el invierno, en una búsqueda inútil de la gente que conocí, de las fichas que debían haber estado en los archivos de las escuelas, de los periódicos que habían dado cuenta de mi carrera juvenil como as del baloncesto. Otras virtudes no tendrás, Katrina, pero minuciosa lo eres, y mucho; me habías dejado sin antecedentes, era como hacer borrón y cuenta nueva. 
    Al llegar el frío, vagué hasta Boston, me busqué un trabajo por horas en una tienda, me alojaba en los albergues de la Asociación de Jóvenes Cristianos y en pensiones de mala muerte e intenté rehacer mi vida. 
    Tú sabes lo cerca que estuve de acabar con todo aquella tarde, mientras me paseaba por el vestíbulo abierto de la última planta de las Oficinas de Aduana, a diecinueve pisos por encima de la acera. Sabes bien que, con el tiempo, el dolor se convirtió en aturdimiento y éste en inconsecuencia, y más tarde, la inconsecuencia en la resolución de que sería un superviviente.
    ¿Acaso comprendía yo algo durante aquella primera fase?     ¿Alguna vez te lo has preguntado, Katrina?
   La respuesta es que no. Me pasé aquel primer año convencido de que estaba loco, y ofuscado por el hecho de que en la mayor parte de los otros aspectos era perfectamente cuerdo. 
   Al principio, fue mejor creer que había padecido una amnesia, tal vez producida por un accidente que mi estado me impedía recordar. Y hubiera continuado creyéndome aquello de no haber recordado con tanta claridad todo lo referente a ti, a mi familia, a mis raíces. 
    Por irónico que parezca, mi salvación comenzó cuando me di cuenta de que debía olvidar, tenía que olvidar al que yo había sido, a aquel que había esperado ser. Así, inicié mi propio proceso de borrón y cuenta nueva, de empezar de cero: un proceso de negación.
  Regresaste en el setenta y tres, cuando tu recuerdo comenzaba a debilitarse.
   Te presentaste delante de mi apartamento, un sábado por la mañana, imperturbable, como si no hubiera pasado nada ni en Tahoe ni en los tres años siguientes. Era el mes de mayo, hacía un día cálido y soleado. Oí el claxón y al asomarme a la ventana, te vi en aquel coche increíble. 
   Me sonreíste y me llamaste «amor mío»; sacudiste la cabeza para echarte el cabello hacia atrás y luego me preguntaste qué tal me había ido. Por la preocupación que denotaba el tono de tu voz, fue como si nos hubiéramos separado el día anterior.
    Al principio me quedé mirándote, enmudecido, a través de la ventana abierta: estaba asombrado.
    Luego, en un instante de cristalina claridad, lo comprendí. No sabía cómo, no lograba entender la mecánica del asunto, pero lo comprendí.
    Y no había nada que pudiera hacer. Nada que quisiera hacer. Lo cómico, Katrina, era con qué fuerza me tenías atrapado en tus manos.
   Estuvimos juntos dos semanas. Te paseabas por mi apartamento con un vestido de seda blanca y cantabas las canciones que habíamos compuesto bajo las estrellas, a la orilla del lago Tahoe. 
    La primera semana, lo resistí. Estaba enfadado. Quería explicaciones. Quería mi pasado. Creí que iba a matarte. Pero tú me dijiste que el pasado, pasado estaba, y que no tenía sentido hablar de él. Y no hablaste, a pesar de mis estallidos de cólera. Resistí una semana; después, me rendí a ti. Katrina. 
    Utilizaste tu magia y yo quise volver a sentirme indefenso, y así ocurrió.
    A la octava noche, un domingo, hicimos el amor. Resultó mejor de lo que había sido antes.
    Me había ahogado.
    Al decimoquinto día, te habías marchado. No me sentí tan sorprendido como en California. Contigo se fueron mi trabajo, mis nuevos amigos, mi hogar. El edificio continuaba allí. incluso el apartamento en el que yo había vivido. Pero cuando regresé y metí la llave en la cerradura, un hombre al que jamás había visto salió, y entonces lo supe, pero no protesté.
    En el curso de los diez años siguientes, el ciclo se repitió cuatro veces. Cada vez me prometí no volver a tomarte, te amenacé, discutí contigo, estuve a punto de odiarte.
    Y cada vez tú ganaste.
    Y siempre te marchabas, y te llevabas contigo todo lo que yo había vuelto a construir. Los trabajos. Los apartamentos. En una ocasión, incluso una nueva novia. Todo salvo la ropa que vestía.
    De modo que aquí estás de nuevo.
    Tú y tu increíble coche.
   Sé lo que has estado haciendo estas dos últimas semanas. Has analizado la situación. Trazando tu estrategia. Tal vez hayas refrescado tus recuerdos sobre mí, y aprendido todo lo que puedes sobre los detalles de mi nueva vida, preparándote para tu actuación. Creo que actuarás esta noche. En realidad, sé que ocurrirá así.
    Lo sé porque telefoneaste a la oficina hace dos días. No me sorprendió. Es tu sistema. Apariciones fugaces, provocaciones, una llamada, y, finalmente, nuestro reencuentro. Cuando telefoneaste, te mentí. Te dije que Cheryl y Angie estarían fuera este fin de semana. Te dije que irían a visitar a mis suegros y que tendríamos toda la casa para nosotros, si así lo deseabas.
    Me creíste.
    Y así lo deseaste.
    Pero la cuestión es que no se han marchado, Katrina. Están en el sótano, en dos baúles separados, completamente frías; empieza ya a secarse la sangre de las heridas producidas por las balas que les disparé al volver a casa, de regreso del trabajo.
    Acabé con ellas, Katrina, antes de que tú lo hicieras. Verás, es que no podía permitirlo. Esos otros trabajos, los apartamentos, incluso aquella novia..., todo aquello era una cosa. Pero Cheryl y Angie eran otra muy distinta. No podía permitir que lo hicieras. Katrina. Las amaba con toda mi alma y con todo mi corazón. Las amaba más que a nada..., más que a ti.
    Por fin hubo dos que fueron más que tú.
    Y aquí estoy. Esperándote. Pronto darán las nueve; la mesa está puesta, con copas de cristal y platos de porcelana, y he preparado una exquisita cena. Hablaremos de los viejos tiempos, y beberemos vino tinto californiano, como en Tahoe; después, cuando hayamos terminado de cenar, y la llama de las velas se acorte y el deseo crezca, subiremos y haremos el amor.
    Quiero ahogarme una última vez.
    Más tarde, haré borrón y cuenta nueva. Esta vez, Katrina, yo seré quien borre todos los antecedentes. Borrón y cuenta nueva.
    Cuando te hayas dormido, iré al garaje en busca de la lata de cinco litros de gasolina que guardo 
para la cortadora de césped. Recorreré la casa y la iré vaciando a mi paso. Y cuando haya acabado, dejaré caer una cerilla encendida.
    A medida que las llamas vayan ascendiendo, me meteré en la boca el cañón de mi revólver y apretaré el disparador.
    Esta vez seré yo quien se marche.
    Adonde se han ido ya Cheryl y Angie.
    Porque allí te será imposible alcanzarnos.
    Me parece que ya oigo tu coche. Sí, eres tú. Tú, al volante de ese increíble Mustang del sesenta y cuatro. Ahora te detienes ahí enfrente.
Creo que beberemos unas copas, amor mío.
«Amor mío.»
 

Cuando ganamos la calle - Gustavo Masso

Ahí estábamos matando el sábado, contándonos chistes y vacilando a las chamacas, adiós mamacita, a qué horas vas al pan, si como las mueves etcétera, que pasaban a cada rato para ir a la Guadalupana, la tienda de la esquina, a traer algún mandado, mientras nos gorreábamos unos a otros los cigarros y nos mentábamos la madre o nos golpeábamos amistosamente.

También los escuincles de la cuadra estaban, como de costumbre, jugando futbol a media calle, driblando de vez en cuando algún coche. Por eso teníamos que estarnos cuidando de los balonazos, ¡bolita favor...!, que nos llegaban. 

Pero ahora, por más que les aventábamos la bola bien lejos, ¡háganse para allá, cabrones!, los canijos ya nos habían agarrado de sus tarugos y se la pasaban chutando con todas sus ganas para acá. 

En una de esas le dieron un pelotazo en la mera jeta al Macuarro, que ese sí es rete enojón, y que se levanta hecho la madre a perseguirlos, aunque con esos guarachotes que usa cuándo los iba a alcanzar. 

De todos modos nos quedamos con el balón y los escuincles ya no se animaron a pedirlo. Nomás los veíamos parados en la esquina haciéndonos gestos y burlándose.

Entonces, como el Federico ya iba a empezar otra vez con su chistecito del cura, que es bien mamón, que nos ponemos de acuerdo para echar una cascarita de futbol y, pa luego es tarde, formamos los equipos, cuatro contra cuatro, el que pierda paga las caguamas, ¡van!, pusimos las porterías, coladeritas de tras pasos, con dos piedrotas en medio de la calle, se vale rebotar en la banqueta y no hay ofsaid, sale, sacan pichones, y comenzamos a jugar con entusiasmo, pensando más que nada en las cervezas que estaban de por medio.

Los comerciantes de la cuadra, ¡ya van a empezar esos vagos!, bajaron luego luego sus cortinas, aunque de todos modos casi era hora de cerrar, y los chavitos, que ya nos habían perdido el miedo y se interesaron en el partido, se acomodaron en un zaguán y desde ahí soltaban la carcajada cada vez que atropellábamos a alguna señora, ¡brutos, desconsiderados!, que pasaba por allí con su chilpayate en brazos, o cuando nos metíamos algún faul más o menos aparatoso.

El juego estaba reñido y ya íbamos dos dos cuando un coche, un Gálaxi negro grandote, se soltó tocando el cláxon para que lo dejáramos pasar. Nosotros ni lo pelamos, así que siguió pite y pite hasta que el Macuarro se encabronó y le tiró adrede un balonazo que le dio en la frente y le abolló toda la parrilla. 

Entonces, como ya se habían juntado cuatro o cinco coches más, atrás de él, el cuate este del Gálaxi, ¡qué se han creído!, se sintió de pronto valiente y se bajó a echar bronca. Los de los otros carros también se bajaron a ver qué pasaba, los niños salieron del zaguán y se acercaron, y en las ventanas de las casas los vecinos, ¿quién le pegó a quién?, se asomaban a preguntar a los de afuera. 

Pronto se hizo una bolita de gente que no sabía ni qué pedo pero ai estaban de chismosos.

El del Gálaxi discutía, ¡ustedes no saben con quién se están metiendo!, sacaba credenciales y quería quitar las piedras, y nosotros agarrábamos al Macuarro, ¡déjenme partirle su madre a este pinche viejo!, que se le quería ir encima, mientras en medio de la discusión el Toño, que se da aires de galán, aprovechaba para llegarle, ¿por qué tan sola, mamacita?, a una chava de un Volkswagen que no sabía ya ni dónde meterse.

El caso es que nosotros no aflojamos, y lo bueno es que los vecinos, ¡no se dejen muchachos!, comenzaron a apoyarnos, mientras desde las azoteas de las casas le aventaban basura y porquería y media a los coches. 

Pero el colmo fue cuando al carnicero que vive en la esquina se le ocurrió salir a afilar sus cuchillos en la banqueta, a la vista de todos. Ahí empezó la desbandada, y como los coches de atrás se estaban echando en reversa para salir por un callejoncito lateral, al del Gálaxi, ¡mejor ai muere!, se le quitó lo valiente, se subió a su carro y se echó también en reversa seguido de todos los chavitos, ¡pinche viejo maricón!, que iban golpeándole los cristales y burlándose.

Total que acabamos el partido, hicimos coperacha para tomar una cerveza, y ya de nochecita, cuando de las casas salía un olor a frijoles recién hechecitos y a café con leche, nos metimos a cenar, pero nadie quitó las piedras de la calle. 

Esa noche, a pesar de ser sábado, no nos emborrachamos.