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Borrón y cuenta nueva - G. Wayne Millar

    La de aquella noche, hace dos semanas, eras tú, ¿verdad?
Tú, tras el volante de tu increíble descapotable Mustang rojo del año sesenta y cuatro, con tu cabello castaño chocolate al viento, como el ala elegante de un ave exótica. 
    Yo regresaba a casa tarde del trabajo, la autopista de Boston seguía atestada, mi Toyota avanzaba con esfuerzo, entre resoplidos, como si estuviera afectado por un enfisema grave. Anduviste un trecho a mi lado, lo suficiente para que observaras el asombro retratado en mi rostro, lo suficiente como para que yo viera tu sonrisa; después, aceleraste al máximo y te perdiste entre el tráfico.
    Esa misma noche, más tarde, tú me telefoneaste, pero permaneciste muda, ¿no? Tú, la que me envió aquella loca carta de amor sin firmar. Tú, la que me dejó un mensaje en la oficina. Tú, la que susurró anoche ante mi ventana. Fuiste tú, ¿verdad?
    Desapareciste durante cinco años, el período más largo, y ahora has regresado, y te dispones a llevar a cabo lo que debes hacer.
    Ya casi me había olvidado.
    ¿Me crees, Katrina? Es la verdad. Las estaciones cambiaron, la rueda de la vida dio otra vuelta, y sobreviví de nuevo..., incluso logré prosperar. Conseguí enterrar el pasado y crearme otro presente; me casé y engendré a esta maravillosa hija mía. Cheryl y Angie, mi esposa y mi hija. 
    Las amo profundamente, Katrina, más de lo que pueda expresar. Y ellas me quieren. Lo veo en sus sonrisas, lo noto en sus voces. Todos los hombres deberían contar con una bendición así.
    Qué ingenuidad por mi parte esperar que esta vez sería distinto, que con el transcurso del tiempo, y tú ocupada en otra parte, me pasarías por alto. Debí saber que regresarías. Que te marcharías dondequiera que vayas y que volverías, tal como lo has hecho siempre. Que regresarías decidida a quitarme esta vida que he creado para sostenerla un momento en tu mano y luego, desintegrarla de un soplo como la brisa otoñal que deshace una flor de algodoncillo.
    Y a Cheryl y Angie con ella. Te odio por eso.
   Finalmente, después de tanto tiempo, presiento que se romperá el hechizo. 
    Ese coche. Comenzó con ese increíble coche.
   Me acuerdo de la primera vez que lo vi: brillante, rojo. desplazándose hacia el arcén donde yo esperaba con una mochila y un cartel escrito a mano que decía: SAN FRANCISCO o LA QUIEBRA. 
    Te recuerdo: el sol de junio acariciaba tu rostro marfileño; tu delicioso cuerpo, apenas contenido por la camiseta y los Levi's; tus ojos, ocultos tras unas gafas de sol rosa. Era el verano del setenta, y yo había dejado la facultad para dedicarme a ver mundo.
    Había ido de Boston a Albany en autoestop la tarde que tú me recogiste. Apenas podía creer en mi buena suerte. Eras hermosa e inteligente; tenías un atractivo físico que me volvió loco en cuanto subí a tu coche. Antes de que pudiera presentarme, me llamaste «amor mío» y me rozaste la mejilla con la mano. 
    Me sonrojé. Dijiste que tú también ibas hacia San Francisco, que con mi complicidad cometeríamos todo tipo de delitos a lo largo y a lo ancho del país. Me eché a reír como un desequilibrado mental al oír tu comentario. 
    Nos fumamos un canuto y nos dirigimos hacia el oeste por la Interestatal Noventa; el velocímetro marcaba ciento veinte y tu Mustang del sesenta y cuatro ronroneaba como un gatito junto a la estufa.
    Al llegar a Ohio, ya me tenías en tus redes.
    Aquella noche, hicimos el amor durante horas en una tienda de campaña que levantamos junto a un arroyo, al final de un camino comarcal. Si existe algo parecido al cielo en la Tierra, esa noche lo fue. 
    No logro describir qué sensaciones primitivas despertaron en mí, su salvajismo, el cosquilleo que me recorría el cuerpo hasta que creí estallar, cómo mi cuerpo y mi espíritu fueron transportados a un lugar de dicha completa. A la mañana siguiente, hablamos del modo en que habíamos alcanzado un plano místico. Cuando la conversación acabó, volvimos a hacer el amor, una vez, y otra, y otra más.
   Yo lo ignoraba, pero ya entonces había empezado a ahogarme.
   Cuando llegamos a Tahoe estaba dispuesto a casarme contigo. En los setenta no era una locura estar dispuesto a pasar el resto de tu vida con una extraña a la que habías conocido en una carretera. 
    Pertenecíamos a la generación de Woodstock, y el amor era nuestra especialidad. Yo iba muy en serio, quería que permaneciéramos juntos para siempre. Te dije que estaba escrito en las estrellas. Me dirigiste una amplia sonrisa al oír la referencia a la astrología, y otra, más amplia aún, cuando mencioné la eternidad. No podía dejarte marchar. Y me decía: «Si pierdes un pájaro libre, nunca más vuelves a verlo».
    Por eso te pedí que te casaras conmigo.
    Desde luego, aceptaste. Proseguimos la marcha por la orilla del lago, dejamos atrás casinos, cabañas, tiendas de regalos, moteles, tiendas de artículos para hippies y capillas nupciales. Nunca había visto una capilla nupcial. Tú tampoco. A los dos nos parecieron increíblemente impersonales. Escogimos el Amor Du Chalet porque en el jardín que tenía delante había un desfile de flamencos de plástico rosado. 
    En el interior, nos desternillamos con las flores de plástico, las sillas plegables, la música grabada y el reverendo Berto Andreozzi. Cuando terminamos de reír, saqué treinta y cinco dólares y le pedí que te convirtiera en mi legítima esposa. Allí de pie, tú con tus pantalones cortos y yo con un pañuelo de colores anudado al cabello, nos casamos.
   Me estaba hundiendo.
   Pasamos la luna de miel en los bosques del lado californiano del lago. Durante tres días bebimos vino, comimos pan y queso, nos motivamos e hicimos el amor de un modo tan prolongado y con tanta pasión que creí que jamás me recuperaría. 
    Durante tres días escribimos poemas y canciones. Durante tres noches, dormimos bajo la luna llena, hechizados por las oscuras montañas plateadas que, según tú, debían de haber sido robadas del sueño de algún astronauta. Compartimos los secretos de nuestras almas, como en la canción, y juramos que ningún mortal, hombre o mujer, había tenido jamás lo que nosotros teníamos.
    A la cuarta noche, te habías marchado.
   Me desperté aterido, solo, a la luz del sol naciente. Tu tienda, tu bolsa de dormir, tu coche... habían desaparecido. Te busqué durante todo el día. Vagué por los bosques, por la playa, por la zona comercial. No había rastro de ti ni de tu coche. 
    La policía no pudo decirme nada. «Este tipo de cosas ocurren todos los días», me dijo entre sonrisas un sargento de mediana edad y peso excesivo, al otro lado del mostrador de información. Desesperado, fui a visitar al reverendo Andreozzi.     No se acordaba de ella, me dijo. Tampoco se acordaba de mí. «Al cabo del día celebro tantas bodas de ese tipo...», se excusó con expresión de sinceridad.
    Me quedé en los alrededores de Tahoe una semana. Había enloquecido; me sentía paralizado. 
   Cuando por fin logré llegar a San Francisco, vagué de parque en parque, de cuarto en cuarto; lloré hasta dormirme en bancos, debajo de los árboles, y en camas de personas a quienes jamás había visto y a las que nunca volvería a ver.           Fumaba marihuana gratis y le contaba mi historia a todo aquel que quisiera escucharme. Fui a los periódicos; en una imprenta pedí que me hicieran unos carteles y los pegué en las paredes de las lavanderías, en las paradas de los transportes públicos, en las estaciones de autobuses interurbanas.
    Y nada.
    Esa semana, una nueva sensación comenzó a aparecer en mi dolor; una sensación más negra y siniestra que todo lo que había experimentado hasta entonces. Empecé a pensar que quizá te había imaginado, que había soñado nuestro viaje a través del país, la boda, aquellas fantásticas curvas de tu cuerpo y las facciones de tu rostro. Comencé a preguntarme si no sería el efecto de alguna droga, o si no habría sido víctima de un experimento de control mental del gobierno, o si no habría caído en alguna confusión cósmica del karma.
    Empecé a creer que me encontraba de lleno en la espiral que conduce a la locura.
    Me estaba ahogando.
   Pasó el mes de junio, siguieron julio y agosto, y el dinero empezó a escasear, por lo que no tuve más alternativa que regresar al este. Me marché de mala gana. 
    De regreso a casa, me detuve en Salem, Ohio, la ciudad donde tú habías nacido, crecido e ido al instituto. Fui a la comisaría de policía, al ayuntamiento, a las tiendas de la calle principal. Consulté ejemplares antiguos de Salem Song, el anuario del instituto. Nadie había oído hablar de ti. No figurabas en un solo registro. Nadie tenía la menor idea de a qué o a quién me refería.
    Supuse que me equivocaba, que se trataría de otro Salem, de otro Estado.
   Me estaba ahogando. 
   Era un ingenuo, y me estaba ahogando.
   Pero era imposible que me equivocara con mi ciudad natal. Hyannis, Massachusetts, ubicada en el centro del arenoso Cape Cod. Salvo los estudios universitarios, toda mi vida la había pasado allí. 
  En ella había nacido y asistido a la escuela. Llegué temprano, un domingo, en la cabina de un camión de doce metros que me había recogido en Buffalo. Desde la calle principal me dirigí a pie hacia el sur, en dirección a la playa, donde mis padres tenían una magnífica casa de estilo Victoriano con un césped cuidado y un bien podado seto.
   La casa estaba allí. Y el césped cuidado. Y el seto. Y la espectacular vista de Lewis Bay y Yarmouth. Cuando llamé a la puerta, un perfecto extraño salió a abrir.
   No sé cuánto tiempo me lo quedé mirando fijamente: la expresión de mi rostro pasó de la expectación a la sorpresa; de ésta a la consternación más completa y luego al pánico infinito. «No –me dijo–, aquí no ha vivido nadie más, al menos en los treinta y cinco años que he sido propietario de esta casa.» «¿Está seguro? –le pregunté yo, incrédulo–. Mire usted, no bromeo.» «Yo tampoco», me espetó, y me cerró la puerta en las narices.
    Me sentí perdido. Vagué por Hyannis durante horas, en ese estado de azoramiento y confusión. 
    Habría sido distinto si me hubieras advertido, Katrina. Si me hubieses dejado algún indicio. Cualquier pista me habría bastado. Pero ése no es tu estilo, ¿verdad? El capricho, la autocracia, ésos sí son elementos de tu estilo.
    ¿Sabes lo que ocurrió después?
    Me quedé en Cape Cod hasta el invierno, en una búsqueda inútil de la gente que conocí, de las fichas que debían haber estado en los archivos de las escuelas, de los periódicos que habían dado cuenta de mi carrera juvenil como as del baloncesto. Otras virtudes no tendrás, Katrina, pero minuciosa lo eres, y mucho; me habías dejado sin antecedentes, era como hacer borrón y cuenta nueva. 
    Al llegar el frío, vagué hasta Boston, me busqué un trabajo por horas en una tienda, me alojaba en los albergues de la Asociación de Jóvenes Cristianos y en pensiones de mala muerte e intenté rehacer mi vida. 
    Tú sabes lo cerca que estuve de acabar con todo aquella tarde, mientras me paseaba por el vestíbulo abierto de la última planta de las Oficinas de Aduana, a diecinueve pisos por encima de la acera. Sabes bien que, con el tiempo, el dolor se convirtió en aturdimiento y éste en inconsecuencia, y más tarde, la inconsecuencia en la resolución de que sería un superviviente.
    ¿Acaso comprendía yo algo durante aquella primera fase?     ¿Alguna vez te lo has preguntado, Katrina?
   La respuesta es que no. Me pasé aquel primer año convencido de que estaba loco, y ofuscado por el hecho de que en la mayor parte de los otros aspectos era perfectamente cuerdo. 
   Al principio, fue mejor creer que había padecido una amnesia, tal vez producida por un accidente que mi estado me impedía recordar. Y hubiera continuado creyéndome aquello de no haber recordado con tanta claridad todo lo referente a ti, a mi familia, a mis raíces. 
    Por irónico que parezca, mi salvación comenzó cuando me di cuenta de que debía olvidar, tenía que olvidar al que yo había sido, a aquel que había esperado ser. Así, inicié mi propio proceso de borrón y cuenta nueva, de empezar de cero: un proceso de negación.
  Regresaste en el setenta y tres, cuando tu recuerdo comenzaba a debilitarse.
   Te presentaste delante de mi apartamento, un sábado por la mañana, imperturbable, como si no hubiera pasado nada ni en Tahoe ni en los tres años siguientes. Era el mes de mayo, hacía un día cálido y soleado. Oí el claxón y al asomarme a la ventana, te vi en aquel coche increíble. 
   Me sonreíste y me llamaste «amor mío»; sacudiste la cabeza para echarte el cabello hacia atrás y luego me preguntaste qué tal me había ido. Por la preocupación que denotaba el tono de tu voz, fue como si nos hubiéramos separado el día anterior.
    Al principio me quedé mirándote, enmudecido, a través de la ventana abierta: estaba asombrado.
    Luego, en un instante de cristalina claridad, lo comprendí. No sabía cómo, no lograba entender la mecánica del asunto, pero lo comprendí.
    Y no había nada que pudiera hacer. Nada que quisiera hacer. Lo cómico, Katrina, era con qué fuerza me tenías atrapado en tus manos.
   Estuvimos juntos dos semanas. Te paseabas por mi apartamento con un vestido de seda blanca y cantabas las canciones que habíamos compuesto bajo las estrellas, a la orilla del lago Tahoe. 
    La primera semana, lo resistí. Estaba enfadado. Quería explicaciones. Quería mi pasado. Creí que iba a matarte. Pero tú me dijiste que el pasado, pasado estaba, y que no tenía sentido hablar de él. Y no hablaste, a pesar de mis estallidos de cólera. Resistí una semana; después, me rendí a ti. Katrina. 
    Utilizaste tu magia y yo quise volver a sentirme indefenso, y así ocurrió.
    A la octava noche, un domingo, hicimos el amor. Resultó mejor de lo que había sido antes.
    Me había ahogado.
    Al decimoquinto día, te habías marchado. No me sentí tan sorprendido como en California. Contigo se fueron mi trabajo, mis nuevos amigos, mi hogar. El edificio continuaba allí. incluso el apartamento en el que yo había vivido. Pero cuando regresé y metí la llave en la cerradura, un hombre al que jamás había visto salió, y entonces lo supe, pero no protesté.
    En el curso de los diez años siguientes, el ciclo se repitió cuatro veces. Cada vez me prometí no volver a tomarte, te amenacé, discutí contigo, estuve a punto de odiarte.
    Y cada vez tú ganaste.
    Y siempre te marchabas, y te llevabas contigo todo lo que yo había vuelto a construir. Los trabajos. Los apartamentos. En una ocasión, incluso una nueva novia. Todo salvo la ropa que vestía.
    De modo que aquí estás de nuevo.
    Tú y tu increíble coche.
   Sé lo que has estado haciendo estas dos últimas semanas. Has analizado la situación. Trazando tu estrategia. Tal vez hayas refrescado tus recuerdos sobre mí, y aprendido todo lo que puedes sobre los detalles de mi nueva vida, preparándote para tu actuación. Creo que actuarás esta noche. En realidad, sé que ocurrirá así.
    Lo sé porque telefoneaste a la oficina hace dos días. No me sorprendió. Es tu sistema. Apariciones fugaces, provocaciones, una llamada, y, finalmente, nuestro reencuentro. Cuando telefoneaste, te mentí. Te dije que Cheryl y Angie estarían fuera este fin de semana. Te dije que irían a visitar a mis suegros y que tendríamos toda la casa para nosotros, si así lo deseabas.
    Me creíste.
    Y así lo deseaste.
    Pero la cuestión es que no se han marchado, Katrina. Están en el sótano, en dos baúles separados, completamente frías; empieza ya a secarse la sangre de las heridas producidas por las balas que les disparé al volver a casa, de regreso del trabajo.
    Acabé con ellas, Katrina, antes de que tú lo hicieras. Verás, es que no podía permitirlo. Esos otros trabajos, los apartamentos, incluso aquella novia..., todo aquello era una cosa. Pero Cheryl y Angie eran otra muy distinta. No podía permitir que lo hicieras. Katrina. Las amaba con toda mi alma y con todo mi corazón. Las amaba más que a nada..., más que a ti.
    Por fin hubo dos que fueron más que tú.
    Y aquí estoy. Esperándote. Pronto darán las nueve; la mesa está puesta, con copas de cristal y platos de porcelana, y he preparado una exquisita cena. Hablaremos de los viejos tiempos, y beberemos vino tinto californiano, como en Tahoe; después, cuando hayamos terminado de cenar, y la llama de las velas se acorte y el deseo crezca, subiremos y haremos el amor.
    Quiero ahogarme una última vez.
    Más tarde, haré borrón y cuenta nueva. Esta vez, Katrina, yo seré quien borre todos los antecedentes. Borrón y cuenta nueva.
    Cuando te hayas dormido, iré al garaje en busca de la lata de cinco litros de gasolina que guardo 
para la cortadora de césped. Recorreré la casa y la iré vaciando a mi paso. Y cuando haya acabado, dejaré caer una cerilla encendida.
    A medida que las llamas vayan ascendiendo, me meteré en la boca el cañón de mi revólver y apretaré el disparador.
    Esta vez seré yo quien se marche.
    Adonde se han ido ya Cheryl y Angie.
    Porque allí te será imposible alcanzarnos.
    Me parece que ya oigo tu coche. Sí, eres tú. Tú, al volante de ese increíble Mustang del sesenta y cuatro. Ahora te detienes ahí enfrente.
Creo que beberemos unas copas, amor mío.
«Amor mío.»
 

Los curiosos - Juan Gabriel Vásquez

Durante la mañana comenzamos a darnos cuenta de que ya éramos varios, pero nadie puede asegurar ahora quiénes llegaron primero y quiénes después, nadie puede establecer esas primogenituras banales. 

Siempre ocurre igual en el lugar de una tragedia: los curiosos se van agolpando poco a poco, sin método ni constancia, como el agua acumulada, y de repente hay una multitud donde antes había solo un vagabundo desocupado. Y así nos ocurrió a nosotros junto al río Medellín. 

Podemos pensar que los primeros llegaron a la orilla y se pararon entre la hierba crecida, sin saber muy bien dónde pisaban -sintiendo en las suelas de los zapatos la superficie incierta y barrosa de la ribera-, y manteniendo siempre varios metros de distancia con la línea de bomberos, para no estorbar. 

Los siguientes buscaron un espacio debajo del puente, en la plataforma de concreto donde nacen los pilares, porque desde ese lugar se tiene una mejor visión de las maniobras, y en algún momento alguien pensó que ya lo sucedido no era una cuestión de interés pasajero, y se acomodó arriba, sobre el puente, la pierna doblada y los codos apoyados en la baranda amarilla. 

Muy pronto ese puente con nombre de tira cómica (Horacio Toro, se llamaba y se llama todavía) se fue llenando con nuestros ruidos, con los roces de las chaquetas y las frases expectantes; hubo un comentario fuera de lugar, y enseguida corrió la voz de que había que tener cuidado, no ir a decir cualquier cosa; porque entre nosotros estaba el hombre, el marido de la mujer desaparecida.

Nos enteramos de que tenía apellido italiano, Ciardelli, y era periodista deportivo en uno de los dos periódicos de Medellín. 

El miércoles anterior su esposa le había pedido que la llevara a ver el partido, y después, a eso de las once de la noche, habían salido apenas del parqueadero del Atanasio Girardot cuando un taxi les cortó el camino, y acabaron recorriendo todos los cajeros de la ciudad y sacando toda la plata de ambas cuentas para aquellos secuestradores momentáneos. 

Cuando ya las tarjetas no dieron más, a Ciardelli le quitaron la ropa y los zapatos, lo echaron del carro en un potrero del Cauca y se llevaron a su esposa, y el tipo tardó más de dos horas en llegar caminando y desnudo a un teléfono que funcionara. 

Pidió ayuda y debió pensar en el fondo que al llegar a casa encontraría a su mujer sentada en la sala con todas las luces prendidas, esperándolo muerta de susto y tal vez violada pero lista para soportar el trauma de las diligencias policiales y olvidar poco a poco el asunto. 

No fue así, claro; a partir de las cinco, Ciardelli se dedicó a revisar los hospitales primero y las morgues después, incapaz de dar a su esposa por muerta -pues el cuerpo no estaba en ninguna parte- pero consciente de alguna manera de que no volvería a verla, y ya destrozado por la noción de que solo le quedaba el río. 

Le debió de parecer increíble que su esposa acabara como tantos muertos en esta ciudad lanzada por encima de la baranda del Horacio Toro, hundida en la corriente de aguamierda, atrapada entre las malezas de ese lecho sucio adonde van a dar los conductos del alcantarillado. 

No sabemos cómo cedió a la evidencia, pero Ciardelli no perdió el tiempo (al principio comentábamos con admiración ese coraje, esa diligencia frente a la muerte), y antes de que terminara el día ya los bomberos le habían encargado este caso al Pájaro Solano, instructor de buzos profesionales, uno de los mejores rescatistas de la ciudad y el único capaz de meterse de cabeza en el Medellín para buscar un cuerpo desaparecido y darle a su familia el lujo de enterrarlo.

El Pájaro Solano. Ustedes no se acuerdan del Pájaro Solano, pero para nosotros ya era una leyenda mucho antes de lo de la esposa de Ciardelli, y ahora, cuando todo eso ha pasado y se pierde poco a poco en los anecdotarios locales, nos hemos dado cuenta de que no hay demasiadas imágenes suyas, y el carnet de rescatista forma toda su iconografía. 

Era un tipo de casi cincuenta años, de cabeza rapada y brazos de mujer, que había completado doscientos rescates exitosos en los ríos de Antioquia, y no veía la hora de la jubilación para mudarse a Providencia y vivir sus últimos días en el agua limpia y salada del Caribe, entre turistas ricos que no se saben poner una careta. 

Durante más de veinte años lo vimos pasar de una estación de bomberos a la siguiente, en función de mecanismos oficiales que él entendía mal pero que le daban lo mismo, vestido con el único traje que tenía, negro y de manga sisa, y en días de mucho sol con la calva protegida por una gorra de beisbolista que se quitaba antes de comenzar una inmersión de rescate, limpiándole con dos dedos la visera como si enderezara el ala de un sombrero y enseguida dejándola caer sobre el morral de lona verde donde llevaba sus equipos. 

Después de darse tres bendiciones, el Pájaro se lanzaba de cabeza al río Medellín; era un momento mágico para los presentes, un momento de emoción casi infantil, porque nunca faltó el que pronunciara, después de dos minutos, o tres, o cuatro, la frase terrible: "Ahora sí se ahogó".

Cinco minutos, o seis, o siete: y al cabo de un rato que a muchos les parecía insoportable, y que más de una vez ocasionó el desmayo de alguna señora angustiada, se formaba un borboteo en la superficie del río, una ruptura en las delicadas figuras de la corriente, y de repente un cuerpo -una cabeza, una mano- rompía el color barroso: era el Pájaro, y tras él salía el cuerpo rescatado, un sicario muerto en su ley, un adolescente que había opuesto resistencia en un atraco, un apostador, un futbolista tramposo. 

Salían sin vida, es cierto, pero lo importante era que salieran, que el Pájaro los rescatara para que sus familiares les dieran cristiana sepultura.

El Pájaro era el artífice de esos consuelos póstumos, y las familias se lo agradecían con canastas de comida o gallinas vivas o plata en fajos rechonchos; y claro, todos en Medellín teníamos un pariente o un conocido cuyos días habían terminado en el río, o bien teníamos el temor y la relativa certidumbre de que el río y su fondo formaban parte de nuestro futuro y solo era cuestión de tiempo antes de que debiéramos por fuerza recurrir a los servicios del Pájaro: y él se volvía para nosotros una especie de destino espiritual, un representante del porvenir, una profecía.

La tarde en que el Pájaro Solano llegó a la orilla del Medellín para buscar a la esposa de Ciardelli había en el aire un nerviosismo que nunca antes habíamos sentido, y cuando se quitó el morral como si se sacara una pena de encima, cuando lo dejó sobre el capó del Mercedes que lo había traído, hubiéramos podido jurar que todos íbamos a zambullirnos tras la mujer asesinada, o por lo menos que estábamos muy dispuestos a hacerlo. 

El Pájaro se puso las aletas sin sentarse, caminó hasta la orilla masajeando el elástico de la careta -estirándolo una y otra vez, como un niño a punto de inflar un globo-, y desde arriba vimos su silueta adelgazarse con los juegos de la perspectiva, hasta que no fue más que una cabeza calva y la línea de unos hombros. 

Desde el puente Horacio Toro vimos la cabeza internarse en las aguas del río, las aspas de los brazos moverse como la pértiga de un equilibrista, y al cabo de unos segundos la pértiga había desaparecido: ante la mirada aturdida o envidiosa de los bomberos, la superficie negra del río Medellín se tragó la cabeza. 

Entonces el puente cayó en un mutismo respetuoso, como el que se va formando en un estadio cuando se ordena un minuto de silencio para honrar a algún muerto reciente. El único ruido era el de un carrito de raspados: la campanilla soltaba sus tintineos hipócritas, las rueditas voluntariosas se sobreponían a cada accidente del cemento, a cada grieta, a cada botella de cerveza que los curiosos habíamos vaciado durante la espera.

Nadie puede decir ahora cuánto tiempo pasó en realidad, pero lo cierto es que el tiempo pasó, entre indolente y distraído. De repente estalló el sol en el cielo, se abrieron las nubes como suele suceder en Medellín, y los curiosos sentimos en la cabeza el peso del calor, el sudor en las manos que se aferraban a la baranda, el sudor en las axilas (los brazos tensos y pegados al cuerpo), el sudor en los pliegues del cuello (todas las cabezas dobladas hacia abajo). 

En la orilla, Ciardelli permanecía quieto como un pilote de muelle: era el único de los presentes que no sudaba. Desde arriba lo veíamos pasarse un pañuelo por la frente, y el gesto nos parecía inútil o superfluo, porque su piel seguía tan cerrada y tan opaca como la de un muerto. Y entonces, algo ocurrió: Ciardelli lanzó un resoplido, como el de un caballo, y se acuclilló entre la maleza. En ese instante, en su cara se vio todo el cansancio acumulado por la búsqueda. 

Lo sorprendente no fue eso, claro, sino que en ese momento los demás nos dimos cuenta de que también estábamos cansados, de que también nuestros muslos resentidos, nuestros tobillos hinchados acusaban ya las horas pasadas allí, sobre el puente, las horas en que vanamente habíamos esperado el resurgimiento del Pájaro Solano. Y eso fue. 

Fue ese cansancio, soltado de repente sobre nosotros como un saco de arena, lo que nos devolvió a la realidad, lo que nos lanzó la evidencia a la cara, de manera que nadie se sorprendió cuando las palabras de siempre comenzaron a circular con otro tono, con otras maneras, por el puente Horacio Toro: "Ahora sí se ahogó". "Ahora sí se ahogó". "Ahora sí se ahogó".

El cuerpo del Pájaro Solano, rescatista rescatado, sería recuperado a eso de las tres y media de esa misma madrugada. La autopsia, realizada en el curso de las siguientes cuarenta y ocho horas, revelaría un golpe en la cabeza (la piel del cráneo rasgada por el impacto, las partículas de roca dura pegadas al cuero cabelludo) y daría cuenta del agua sucia que inunda los pulmones, de la tráquea invadida, de la asfixia; pero no incluiría lo sucedido allí, en la orilla, cuando nos dimos cuenta de que el Pájaro no volvería a salir. 

Tampoco los discursos del entierro mencionaron la rabia que nos tomó por sorpresa, ni los reportes de los bomberos hablaron de la turba que bajó del puente (un enjambre de avispas enloquecidas), ni los obituarios de El Colombiano hicieron constar la repentina violencia con que el enjambre se fue acomodando en la orilla del río Medellín, ni las judiciales de El Tiempo señalaron el desconcierto del hombre que se vio de repente perdido en el centro de la turba. 

A Ciardelli, encerrado entre nosotros y el río, lo vimos mover las manos como si limpiara el aire, lo escuchamos balbucear algo incomprensible, y enseguida vimos que en su cara se instalaba una mueca de comprensión y luego una de miedo. 

Ciardelli recibió el primer escupitajo con algo de dignidad, y no dejó escapar ruido alguno mientras encajaba las primeras patadas, pero a partir de un momento sus pies se comenzaron a mover hacia atrás sobre el barro de la ribera, y nos pareció admirable la destreza con que se dio la vuelta y se lanzó al agua, la curiosa pericia con que logró, en dos brazadas -la corbata sacudiéndose detrás del nadador como una estela-, llegar a la mitad del río, la confianza o quizás la arrogancia con que entonces dejó de nadar y miró hacia donde estábamos nosotros, acaso para confirmar que estaba a salvo, y muy en el fondo nos dio lástima que la pericia y la destreza y la confianza y la arrogancia no le sirvieran para nada, que no le permitieran intuir el vuelo de la botella ni esquivar el impacto, pues a la orilla llegó, como un eco de otros tiempos, el retumbo seco que produjo el vidrio al golpearle la cabeza, y fue entonces que Ciardelli gritó, que empezó a patalear furiosamente, y siguió pataleando entre las demás botellas que lo atacaban desde la orilla, acaso imaginando la multitud de cuerpos que, si llegaba a hundirse, lo esperaban en las profundidades.