Durante la
mañana comenzamos a darnos cuenta de que ya éramos varios, pero nadie puede
asegurar ahora quiénes llegaron primero y quiénes después, nadie puede
establecer esas primogenituras banales.
Siempre ocurre igual en el lugar de una
tragedia: los curiosos se van agolpando poco a poco, sin método ni constancia,
como el agua acumulada, y de repente hay una multitud donde antes había solo un
vagabundo desocupado. Y así nos ocurrió a nosotros junto al río Medellín.
Podemos pensar que los primeros llegaron a la orilla y se pararon entre la
hierba crecida, sin saber muy bien dónde pisaban -sintiendo en las suelas de
los zapatos la superficie incierta y barrosa de la ribera-, y manteniendo
siempre varios metros de distancia con la línea de bomberos, para no estorbar.
Los siguientes buscaron un espacio debajo del puente, en la plataforma de
concreto donde nacen los pilares, porque desde ese lugar se tiene una mejor
visión de las maniobras, y en algún momento alguien pensó que ya lo sucedido no
era una cuestión de interés pasajero, y se acomodó arriba, sobre el puente, la
pierna doblada y los codos apoyados en la baranda amarilla.
Muy pronto ese
puente con nombre de tira cómica (Horacio Toro, se llamaba y se llama todavía)
se fue llenando con nuestros ruidos, con los roces de las chaquetas y las
frases expectantes; hubo un comentario fuera de lugar, y enseguida corrió la
voz de que había que tener cuidado, no ir a decir cualquier cosa; porque entre
nosotros estaba el hombre, el marido de la mujer desaparecida.
Nos enteramos de que tenía apellido italiano, Ciardelli, y era periodista
deportivo en uno de los dos periódicos de Medellín.
El miércoles anterior su
esposa le había pedido que la llevara a ver el partido, y después, a eso de las
once de la noche, habían salido apenas del parqueadero del Atanasio Girardot
cuando un taxi les cortó el camino, y acabaron recorriendo todos los cajeros de
la ciudad y sacando toda la plata de ambas cuentas para aquellos secuestradores
momentáneos.
Cuando ya las tarjetas no dieron más, a Ciardelli le quitaron la
ropa y los zapatos, lo echaron del carro en un potrero del Cauca y se llevaron
a su esposa, y el tipo tardó más de dos horas en llegar caminando y desnudo a
un teléfono que funcionara.
Pidió ayuda y debió pensar en el fondo que al
llegar a casa encontraría a su mujer sentada en la sala con todas las luces
prendidas, esperándolo muerta de susto y tal vez violada pero lista para
soportar el trauma de las diligencias policiales y olvidar poco a poco el
asunto.
No fue así, claro; a partir de las cinco, Ciardelli se dedicó a revisar
los hospitales primero y las morgues después, incapaz de dar a su esposa por
muerta -pues el cuerpo no estaba en ninguna parte- pero consciente de alguna
manera de que no volvería a verla, y ya destrozado por la noción de que solo le
quedaba el río.
Le debió de parecer increíble que su esposa acabara como tantos
muertos en esta ciudad lanzada por encima de la baranda del Horacio Toro,
hundida en la corriente de aguamierda, atrapada entre las malezas de ese lecho
sucio adonde van a dar los conductos del alcantarillado.
No sabemos cómo cedió
a la evidencia, pero Ciardelli no perdió el tiempo (al principio comentábamos con admiración ese coraje, esa diligencia frente a la muerte), y
antes de que terminara el día ya los bomberos le habían encargado este caso al
Pájaro Solano, instructor de buzos profesionales, uno de los mejores
rescatistas de la ciudad y el único capaz de meterse de cabeza en el Medellín
para buscar un cuerpo desaparecido y darle a su familia el lujo de enterrarlo.
El Pájaro Solano. Ustedes no se acuerdan del Pájaro Solano, pero para nosotros
ya era una leyenda mucho antes de lo de la esposa de Ciardelli, y ahora, cuando
todo eso ha pasado y se pierde poco a poco en los anecdotarios locales, nos
hemos dado cuenta de que no hay demasiadas imágenes suyas, y el carnet de
rescatista forma toda su iconografía.
Era un tipo de casi cincuenta años, de
cabeza rapada y brazos de mujer, que había completado doscientos rescates
exitosos en los ríos de Antioquia, y no veía la hora de la jubilación para
mudarse a Providencia y vivir sus últimos días en el agua limpia y salada del
Caribe, entre turistas ricos que no se saben poner una careta.
Durante más de
veinte años lo vimos pasar de una estación de bomberos a la siguiente, en
función de mecanismos oficiales que él entendía mal pero que le daban lo mismo,
vestido con el único traje que tenía, negro y de manga sisa, y en días de mucho
sol con la calva protegida por una gorra de beisbolista que se quitaba antes de
comenzar una inmersión de rescate, limpiándole con dos dedos la visera como si
enderezara el ala de un sombrero y enseguida dejándola caer sobre el morral de
lona verde donde llevaba sus equipos.
Después de darse tres bendiciones, el
Pájaro se lanzaba de cabeza al río Medellín; era un momento mágico para los
presentes, un momento de emoción casi infantil, porque nunca faltó el que
pronunciara, después de dos minutos, o tres, o cuatro, la frase terrible:
"Ahora sí se ahogó".
Cinco minutos, o seis, o siete: y al cabo de un rato que a muchos les parecía
insoportable, y que más de una vez ocasionó el desmayo de alguna señora
angustiada, se formaba un borboteo en la superficie del río, una ruptura en las
delicadas figuras de la corriente, y de repente un cuerpo -una cabeza, una
mano- rompía el color barroso: era el Pájaro, y tras él salía el cuerpo
rescatado, un sicario muerto en su ley, un adolescente que había opuesto
resistencia en un atraco, un apostador, un futbolista tramposo.
Salían sin
vida, es cierto, pero lo importante era que salieran, que el Pájaro los
rescatara para que sus familiares les dieran cristiana sepultura.
El Pájaro era
el artífice de esos consuelos póstumos, y las familias se lo agradecían con
canastas de comida o gallinas vivas o plata en fajos rechonchos; y claro, todos
en Medellín teníamos un pariente o un conocido cuyos días habían terminado en
el río, o bien teníamos el temor y la relativa certidumbre de que el río y su
fondo formaban parte de nuestro futuro y solo era cuestión de tiempo antes de
que debiéramos por fuerza recurrir a los servicios del Pájaro: y él se volvía
para nosotros una especie de destino espiritual, un representante del porvenir,
una profecía.
La tarde en que el Pájaro Solano llegó a la orilla del Medellín para buscar a
la esposa de Ciardelli había en el aire un nerviosismo que nunca antes habíamos
sentido, y cuando se quitó el morral como si se sacara una pena de encima,
cuando lo dejó sobre el capó del Mercedes que lo había traído, hubiéramos
podido jurar que todos íbamos a zambullirnos tras la mujer asesinada, o por lo
menos que estábamos muy dispuestos a hacerlo.
El Pájaro se puso las aletas sin
sentarse, caminó hasta la orilla masajeando el elástico de la careta
-estirándolo una y otra vez, como un niño a punto de inflar un globo-, y desde
arriba vimos su silueta adelgazarse con los juegos de la perspectiva, hasta que
no fue más que una cabeza calva y la línea de unos hombros.
Desde el puente
Horacio Toro vimos la cabeza internarse en las aguas del río, las aspas de los
brazos moverse como la pértiga de un equilibrista, y al cabo de unos segundos
la pértiga había desaparecido: ante la mirada aturdida o envidiosa de los
bomberos, la superficie negra del río Medellín se tragó la cabeza.
Entonces el
puente cayó en un mutismo respetuoso, como el que se va formando en un estadio
cuando se ordena un minuto de silencio para honrar a algún muerto reciente. El
único ruido era el de un carrito de raspados: la campanilla soltaba sus
tintineos hipócritas, las rueditas voluntariosas se sobreponían a cada
accidente del cemento, a cada grieta, a cada botella de cerveza que los
curiosos habíamos vaciado durante la espera.
Nadie puede decir ahora cuánto tiempo pasó en realidad, pero lo cierto es que
el tiempo pasó, entre indolente y distraído. De repente estalló el sol en el
cielo, se abrieron las nubes como suele suceder en Medellín, y los curiosos
sentimos en la cabeza el peso del calor, el sudor en las manos que se aferraban
a la baranda, el sudor en las axilas (los brazos tensos y pegados al cuerpo),
el sudor en los pliegues del cuello (todas las cabezas dobladas hacia abajo).
En la orilla, Ciardelli permanecía quieto como un pilote de muelle: era el
único de los presentes que no sudaba. Desde arriba lo veíamos pasarse un pañuelo
por la frente, y el gesto nos parecía inútil o superfluo, porque su piel seguía
tan cerrada y tan opaca como la de un muerto. Y entonces, algo ocurrió:
Ciardelli lanzó un resoplido, como el de un caballo, y se acuclilló entre la
maleza. En ese instante, en su cara se vio todo el cansancio acumulado por la
búsqueda.
Lo sorprendente no fue eso, claro, sino que en ese momento los demás
nos dimos cuenta de que también estábamos cansados, de que también nuestros
muslos resentidos, nuestros tobillos hinchados acusaban ya las horas pasadas
allí, sobre el puente, las horas en que vanamente habíamos esperado el
resurgimiento del Pájaro Solano. Y eso fue.
Fue ese cansancio, soltado de
repente sobre nosotros como un saco de arena, lo que nos devolvió a la realidad,
lo que nos lanzó la evidencia a la cara, de manera que nadie se sorprendió
cuando las palabras de siempre comenzaron a circular con otro tono, con otras
maneras, por el puente Horacio Toro: "Ahora sí se ahogó". "Ahora
sí se ahogó". "Ahora sí se ahogó".
El cuerpo del Pájaro Solano, rescatista rescatado, sería recuperado a eso de
las tres y media de esa misma madrugada. La autopsia, realizada en el curso de
las siguientes cuarenta y ocho horas, revelaría un golpe en la cabeza (la piel
del cráneo rasgada por el impacto, las partículas de roca dura pegadas al cuero
cabelludo) y daría cuenta del agua sucia que inunda los pulmones, de la tráquea
invadida, de la asfixia; pero no incluiría lo sucedido allí, en la orilla,
cuando nos dimos cuenta de que el Pájaro no volvería a salir.
Tampoco los
discursos del entierro mencionaron la rabia que nos tomó por sorpresa, ni los
reportes de los bomberos hablaron de la turba que bajó del puente (un enjambre
de avispas enloquecidas), ni los obituarios de El Colombiano hicieron constar
la repentina violencia con que el enjambre se fue acomodando en la orilla del
río Medellín, ni las judiciales de El Tiempo señalaron el desconcierto
del hombre que se vio de repente perdido en el centro de la turba.
A Ciardelli,
encerrado entre nosotros y el río, lo vimos mover las manos como si limpiara el
aire, lo escuchamos balbucear algo incomprensible, y enseguida vimos que en su
cara se instalaba una mueca de comprensión y luego una de miedo.
Ciardelli
recibió el primer escupitajo con algo de dignidad, y no dejó escapar ruido
alguno mientras encajaba las primeras patadas, pero a partir de un momento sus
pies se comenzaron a mover hacia atrás sobre el barro de la ribera, y nos
pareció admirable la destreza con que se dio la vuelta y se lanzó al agua, la
curiosa pericia con que logró, en dos brazadas -la corbata sacudiéndose detrás
del nadador como una estela-, llegar a la mitad del río, la confianza o quizás
la arrogancia con que entonces dejó de nadar y miró hacia donde estábamos
nosotros, acaso para confirmar que estaba a salvo, y muy en el fondo nos dio
lástima que la pericia y la destreza y la confianza y la arrogancia no le
sirvieran para nada, que no le permitieran intuir el vuelo de la botella ni
esquivar el impacto, pues a la orilla llegó, como un eco de otros tiempos, el
retumbo seco que produjo el vidrio al golpearle la cabeza, y fue entonces que
Ciardelli gritó, que empezó a patalear furiosamente, y siguió pataleando entre
las demás botellas que lo atacaban desde la orilla, acaso imaginando la
multitud de cuerpos que, si llegaba a hundirse, lo esperaban en las
profundidades.