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Las tres cabras interdependientes de la familia Gruff - James Finn Garner

Érase una vez tres cabras relacionadas entre sí por su condición de hermanas que vivían juntas en la ladera de una hermosa montaña. Se llamaban Gruff y formaban una familia sumamente unida. Durante los meses de invierno, vivían en un valle verde y exuberante, comiendo hierba y realizando otras actividades propias de su género. Al llegar el verano, ascendían por la falda de la montaña para alcanzar pastos más dulces. De este modo, evitaban agotar las reservas de su valle y lograban reducir al mínimo su impacto ecológico sobre el entorno natural.

Para llegar hasta sus pastos, sin embargo, las cabras tenían que atravesar un puente que se extendía sobre un ancho precipicio. Cuando llegaron los primeros días del verano, una de las cabras emprendió el camino, decidida a cruzar el puente. 

De las tres hermanas, aquella cabra era la menos desarrollada cronológicamente y, por ello, era la que menos superioridad dimensional había alcanzado. Cuando llegó al puente, se puso su casco de seguridad y se aferró al pasamanos. 

Sin embargo, apenas había comenzado a atravesarlo cuando oyó un gruñido amenazador que procedía de debajo del puente.

De repente, vio saltar sobre la barandilla y aterrizar en su camino a un trol, una criatura peluda, higiénicamente limitada y olfativamente sobrecargada.

—¡Yaaarrrgh! —entonó el trol—. ¡Soy el guardián de este puente, y por más que a las cabras pueda asistirles el derecho de atravesarlo, devoraré a cualquiera que lo intente!

—Pero, ¿por qué, señor Trol? —baló la cabra.

—Porque soy un trol, y además, muy orgulloso de serlo. Tengo todas las necesidades propias de cualquier trol, y entre las mismas se incluye comer cabras, conque harás bien en respetarlas o atenerte a las consecuencias.

La cabra estaba asustada.

—Le aseguro, señor —tartamudeó—, que si el hecho de devorarme pudiera ayudarle a convertirse en un trol más realizado consigo mismo, nada me proporcionaría tanta alegría como complacerle. Mas lo cierto es que no puedo comprometerme con semejante curso de acción sin consultar antes con mis hermanas. ¿Querrá perdonarme?

Y echó a correr de regreso al valle.

A continuación, fue la segunda hermana la que llegó al puente. Aquella cabra se encontraba más avanzada cronológicamente que la primera, por lo que disfrutaba de cierta ventaja de tamaño con respecto a aquella (por más que ello no la hiciera mejor que las demás ni merecedora de privilegio adicional alguno). Cuando ya se disponía a cruzar el puente, el trol se interpuso en su camino.

—La naturaleza me ha hecho trol —dijo—, y me enorgullezco de mi condición. ¿Serías capaz de negarme el derecho a vivir como tal con tanta dignidad e integridad como me sea posible?

—¿Yo? ¡Jamás! —exclamó la cabra con gesto altivo.

—En tal caso, permanece inmóvil donde estás mientras yo me acerco y te como. Y no intentes salir corriendo, o habré de considerar tu actitud como una afrenta personal —dijo, y comenzó a invadir el espacio privado de la cabra.

—Sin embargo —balbució la cabra—, pertenezco a una familia muy unida, y sería una muestra de egoísmo por mi parte dejarme devorar sin consultar antes con el resto de sus miembros. Sus sentimientos me merecen igual respeto. Detestaría pensar que mi ausencia pudiera causarles algún desgaste emocional por no haberles avisado previamente de...

—¡Ve, pues! —vociferó el trol.

—Regresaré aquí tan pronto como alcancemos todas un consenso mutuo —dijo la cabra—, ya que no sería justo mantenerte en esta incertidumbre.

—Muy amable por tu parte —dijo el trol, y la cabra echó a correr en dirección al valle.

A medida que aumentaba su hambre, el trol comenzó a experimentar un profundo rencor hacia las cabras. Se hallaba decidido a acudir a las autoridades si no lograba comerse al menos una.

Cuando la tercera cabra acudió al puente, el trol descubrió que casi le doblaba en tamaño, y que se hallaba dotada de cuernos grandes y afilados y de duras y pesadas pezuñas. El trol advirtió que sus propias prerrogativas de intimidación física iban desvaneciéndose rápidamente. Sintiendo que el miedo le devoraba las entrañas, se hincó de rodillas y suplicó:

—¡Oh, por favor, por favor, perdóname! He estado utilizándoos a ti y a tus hermanas para mis propios fines egoístas. Ignoro qué ha sido lo que me ha impulsado a hacerlo, pero reconozco lo equivocado de mi conducta.

La cabra se postró a su vez sobre lo que en una cabra podrían considerarse las rodillas y dijo:

—Vamos, vamos, no te eches toda la culpa a ti mismo. Ha sido nuestra presencia y nuestra condición de criaturas notablemente comestibles lo que te ha llevado a esta situación. Tanto mis hermanas como yo estamos profundamente apenadas. Por favor, eres tú quien debe perdonarnos a nosotras.

El trol comenzó a sollozar.

—No, no, todo ha sido culpa mía. Os he amenazado e intimidado a todas, simplemente en beneficio de mi propia supervivencia. ¡Cómo he podido ser tan egoísta!

Pero la cabra no estaba dispuesta a dar su extremidad a torcer.

—Nosotras hemos sido las egoístas. Tan solo buscábamos salvar nuestro propio pellejo y hemos desatendido por completo tus necesidades. ¡Te lo ruego, devórame ahora!

—No —dijo el trol—; eres tú quien debe arrojarme de este puente a topetazos por egocéntrico e insensible.

—No tengo la menor intención de hacer semejante cosa —dijo la cabra—, ya que fuimos nosotras las que te tentamos desde un principio. Vamos, pégame un mordisco. Adelante.

—Te digo —insistió el trol, incorporándose— que aquí el único culpable soy yo. ¡Así que tírame del puente, y deprisa!

—Escucha —dijo la cabra, alzándose cuan alta era—, no pienso permitir que nadie cargue con mis culpas en este asunto, ni siquiera tú, así que haz el favor de comerme antes de que te sacuda en la nariz.

—¡No se te ocurra jugar conmigo a ver quién es más culpable, cabeza de cuerno!

—¿Yo cabeza de cuerno, especie de bola peluda y maloliente? ¡Ahora te enseñaré quién tiene la culpa y quién no!

Y, diciendo esto, comenzaron a luchar, a morderse, a golpearse y a propinarse patadas en su común intento de cargar con todo el peso de la culpa.

Las otras dos cabras se aproximaron al puente y procedieron a evaluar la situación de la batalla. Sintiéndose culpables por no haber asumido suficiente proporción de culpa, se unieron ambas a la refriega, formando con los otros contendientes un torbellino de pelo, pezuñas, cuernos y dientes. 

Pero la endeble estructura del puente no estaba diseñada para soportar tanto peso, por lo que comenzó a estremecerse y a oscilar hasta que, finalmente, cedió, arrojando al trol y a las tres cabras interdependientes al precipicio.

Mientras caían, todos experimentaron el alivio de saber que por fin iban a recibir su merecido, con el aliciente adicional de otra pequeña porción de culpa por su responsabilidad en el destino de los demás.


El Lobo y las Siete Cabritas - Hermanos Grimm

 
Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas.

-Hijas mías -les dijo-, me voy al bosque; mucho cuidado con el lobo, pues si entra en la casa las devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo reconocerán enseguida por su ronca voz y sus negras patas.

Las cabritas respondieron:
-Tendremos mucho cuidado, madrecita. Puedes irte tranquila.
Se fue la cabra despidiéndose con un balido y, confiada, emprendió su camino. No había transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz dijo:
-Abran, hijitas. Soy su madre, estoy de vuelta y les traigo algo para cada una.
Pero las cabritas comprendieron, por lo rudo de la voz, que era el lobo.
-No te abriremos -exclamaron-. No eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es ronca y áspera, eres el lobo.

Entonces el lobo fue a la tienda y compró un buen trozo de yeso. Se lo comió para suavizarse la voz, volvió a la casita y llamó nuevamente a la puerta:
Abran hijitas -dijo-. Su madre les trae algo a cada una.
Pero el lobo había puesto una negra pata en la ventana, y al verla, las cabritas, exclamaron:
-No, no te abriremos; nuestra madre no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!

Corrió entonces el muy bribón a un zapatero y le dijo:
Mira, me he lastimado un pie; úntamelo con un poco de pasta.
Una vez untada la pata, fue al encuentro del molinero:
-Échame harina blanca en el pie -le dijo. El molinero, comprendiendo que el lobo tramaba alguna trampa, renegó al principio; pero la fiera lo amenazó: 
-Si no lo haces, te devoro-. El hombre, asustado, le blanqueó la pata. Sí, así es la gente.
Volvió el muy pícaro por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo: 
-Abran, pequeñas; soy su madrecita querida, que está de regreso y les traigo cosas del bosque.
Las cabritas replicaron:
-Enséñanos la pata; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre.

La fiera puso la pata en la ventana y, al ver ellas que era blanca, creyeron de verdad en sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué apuro por esconderse todas! 

Una se metió debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo de la pileta de la cocina, y la más pequeña, en la caja del reloj. Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, pudo escapar a sus pesquisas. Ya lleno y satisfecho, el lobo se alejó a un trote ligero y, llegado a un verde prado se tiró a dormir a la sombra de un árbol.

Al cabo de un rato regresó a casa la mamá. ¡Santo Dios, lo que vio! La puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo. Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; las llamó a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que le llegó el turno a la última, la cual, con vocecita queda, dijo:
-Madre querida, estoy en la caja del reloj.

La cabra la sacó rápidamente, y entonces la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imagínense con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas!

Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuerte que hacía temblar las ramas. Al observarlo de cerca, le pareció que algo se movía y agitaba en su abultada barriga.
-¡Dios mío! -pensó-. ¿Serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún?

Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo. Abrió la panza al lobo, y apenas había empezado a cortar cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras. ¡Allí era de ver su regocijo! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta, saltando de alegría como sastre en bodas! 

Pero la cabra dijo: -¡Tráiganme ahora piedras; llenaremos con ellas la panza del lobo, aprovechando que duerme!

Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento.

Terminada ya su siesta, el lobo se levantó, y, como los guijarros que le llenaban el estómago le dieron mucha sed, se dirigió a un pozo para beber. Mientras andaba, moviéndose de un lado a otro, los guijarros de su panza chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó: -¿Qué será este ruido que suena en mi barriga? Creí que eran seis cabritas, mas ahora me parecen piedritas.

Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo, donde se ahogó miserablemente. Viéndolo las cabritas, acudieron corriendo y gritando jubilosas:
-¡Muerto está el lobo! ¡Muerto está el lobo!
Y, con su madre, se pusieron a bailar girando en torno al pozo.