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Blancanieves y los siete enanitos - James Finn Garner

Érase una vez una joven princesa en absoluto desagradable desde el punto de vista estético que, además, se hallaba dotada de un temperamento mucho más cautivador que el de la mayoría de sus conciudadanos. Era conocida con el apodo de Blancanieves, denominación que refleja la discriminación implícita en el hecho de asociar cualidades agradables o atractivas con la luz y otras más antipáticas o repelentes con la oscuridad. Así, y desde su más tierna edad, Blancanieves era ya una víctima inconsciente —si bien privilegiada— de esta clase de clasificaciones cromáticas.

Cuando Blancanieves era aún muy joven, su madre cayó repentinamente enferma, vio luego acrecentada su falta de salud y terminó por caer en estado terminal. Su padre, el rey, la lloró durante lo que podríamos considerar como un período de tiempo aceptable y, por fin, requirió a otra mujer para ocupar el puesto de reina. Blancanieves hizo cuanto estuvo en su mano para agradar a su nueva madre política, pero no pudo evitar que entre ambas se estableciera una relación de frialdad y distancia.

La más preciada posesión de la reina era un espejo mágico que tenía la virtud de responder con veracidad a cualquier pregunta que se le formulara. Sin embargo, sus largos años de condicionamiento social bajo una dictadura jerárquica masculina habían convertido a la reina en una mujer considerablemente insegura acerca de sus propios méritos. La belleza física había llegado a convertirse en el único valor que por entonces la preocupaba, y se había acostumbrado a autodefinirse basándose únicamente en su aspecto personal.

Así pues, todas las mañanas, la reina preguntaba a su espejo:
«Espejito mágico, que todo lo ves, la más hermosa, dime, ¿quién es?»
Y el espejo contestaba:
«Permitidme —oh, mi reina— ser sincero: sois sin duda la más bella que existe en el mundo entero.»

Aquel diálogo fue sucediéndose a diario con regularidad hasta un día en que la reina se despertó sintiendo que no tenía bien el pelo y, ávida de apoyo externo, formuló la pregunta de costumbre. El espejo, sin embargo, repuso:
«Tal valor a la belleza no debes darle, ricura, pues tiempo ha que Blancanieves te supera en hermosura.»

Al oír aquello, la reina montó en cólera. Cualquier oportunidad de colaborar con Blancanieves en pos de un sólido lazo de hermandad era algo que ya pertenecía al pasado. Por el contrario, la reina se dejó llevar por un acceso transitorio de prepotencia masculina y ordenó al real maestro talador que se llevara a Blancanieves al bosque y la matara. Asimismo (y posiblemente para impresionar a los varones de la corte real), añadió una bárbara exigencia: debía arrancar el corazón a la joven y llevarlo posteriormente a su presencia.

El maestro talador aceptó entristecido aquellas órdenes y condujo a la muchacha, que de hecho era ya una mujer incipiente, hasta el corazón del bosque. Sin embargo, su relación con la tierra y con las estaciones naturales del año habían hecho de él una persona bondadosa, y no pudo soportar la idea de hacer daño a la joven. Así, puso a Blancanieves al corriente de la opresiva e insolidaria orden de la reina y la exhortó a partir a la carrera y a internarse cuanto pudiera en el bosque.

La atemorizada Blancanieves hizo lo que le ordenaban. El maestro talador, temeroso de la ira de la reina por más que hubiera rehusado a poner fin a otra vida con el simple fin de complacerla, acudió al poblado y pidió al pastelero que le fabricara un corazón de mazapán. A continuación, se lo entregó a la reina, quien lo devoró ávidamente, ofreciendo con ello un repugnante espectáculo de pseudocanibalismo.

Entretanto, Blancanieves seguía corriendo entre la espesura. Y justamente cuando ya creía haberse alejado lo más posible de la civilización y de sus peligrosos efectos, tropezó con una cabaña. En su interior, pudo distinguir una hilera de siete camas diminutas sin hacer. Vio asimismo siete platos apilados en el fregadero y siete butacones anatómicos emplazados frente a otros tantos televisores con control remoto. 

Supuso que la cabaña debía pertenecer bien a siete hombres de pequeño tamaño o bien a algún numerólogo desaseado. Las camas mostraban un aspecto tan tentador que la fatigada joven se acurrucó sobre una de ellas e, inmediatamente, se quedó dormida.

Cuando despertó, varias horas más tarde, vio ante sí los rostros de siete hombres barbudos y verticalmente limitados que la contemplaban inmóviles alrededor de la cama y se incorporó, sobresaltada. 

Uno de los hombres dijo: —¿Habéis visto eso? Típico de las mujeres frívolas: tan pronto descansan pacíficamente como se incorporan y se ponen a chillar. 

—Estoy completamente de acuerdo —dijo otro—. Esta mujer desbaratará nuestros potentes vínculos de hermandad y creará entre nosotros una situación de rivalidad en la persecución de sus afectos. Yo voto por arrojarla al río en un saco lleno de piedras. 

—Yo también opino que deberíamos deshacernos de ella —dijo un tercero— pero, ¿por qué degradar el medio ambiente? ¿Por qué no arrojarla a los osos o algo por el estilo? Así, pasaría a formar parte de la cadena alimenticia. 

—¡Bravo, bravo! —Bien pensado, hermano.

Cuando Blancanieves recuperó por fin la conciencia, suplicó: —Por favor, por favor, no me matéis. No pretendía causar daño alguno al acostarme en vuestra cama. Pensé que nadie lo advertiría. 

—¿Lo veis? —dijo uno de los hombres— Ya empiezan a aflorar las clásicas inquietudes femeninas. Ahora protesta porque no hemos hecho las camas. 

—¡Matadla! ¡Matadla! 

—¡No, por favor! —gimió la joven—. Si me he internado tanto en estos bosques es debido a que mi madre política, la reina, ordenó que me mataran. 

—¿Habéis oído? ¡He ahí la mutua vengatividad femenina! 

—¡No pretendas hacerte la víctima con nosotros, guapa! 

—¡SILENCIO! —retumbó uno de ellos, dotado de una flamígera cabellera roja cubierta por la piel de una especie animal no humana. 

Blancanieves advirtió que era el jefe del grupo, y que de él dependía su suerte. 

-Explícate. ¿Cómo te llamas y cuál es el motivo real de tu presencia aquí? 

—Me llamo Blancanieves —comenzó ella—, y ya os he explicado el motivo: mi madre política, la reina, ordenó a un maestro talador que me llevara al bosque y me matara, pero él se compadeció de mí y me dijo que echara a correr por el bosque y que me alejara todo lo posible. 

—Típico de las mujeres —gruñó uno de los miembros del grupo para sus adentros—: se buscan a un hombre para que les haga el trabajo sucio.

El jefe alzó la mano exigiendo silencio y dijo: —Muy bien, Blancanieves. Si esa es tu historia, imagino que tendremos que creerte.

Blancanieves comenzaba a sentirse molesta por el trato que estaba recibiendo, pero intentó no mostrarlo. 

—En cualquier caso, ¿puede saberse quiénes sois vosotros? —inquirió. 

—Se nos conoce con el nombre de los Siete Gigantes Colosales —repuso el jefe. A Blancanieves se le escapó una risita que no pasó desapercibida, pero el líder continuó—: Somos colosales en espíritu y, por lo tanto, gigantes entre los habitantes del bosque. Antes, solíamos ganarnos la vida explotando nuestras minas, pero llegamos a la decisión de que tal despojamiento de los recursos del planeta resultaba tan inmoral como inconsciente a largo plazo (y, por si fuera poco, el mercado de metales está bajo mínimos). Así pues, nos hemos convertido en abnegados custodios de la tierra y vivimos aquí en completa armonía con la naturaleza. Y, para llegar a fin de mes, organizamos asimismo retiros destinados a aquellos jóvenes que necesitan entrar en contacto con sus primitivas identidades masculinas. 

—¿Ah, sí? ¿Y en qué consiste eso, aparte de dedicarse a beber leche directamente del envase? —preguntó Blancanieves. 

—Yo en tu lugar no emplearía ese sarcasmo —advirtió el jefe de los Siete Gigantes Colosales—. Mis compañeros quieren desembarazarse de ti porque consideran corruptora cualquier presencia femenina, y podría suceder que no me fuera posible detenerles, ¿comprendes? ¡Camaradas, debemos hablar con sinceridad y franqueza! ¡Retirémonos a nuestro refugio!

Los siete hombrecillos abandonaron atropelladamente la estancia, gritando y despojándose de sus vestiduras, y Blancanieves esperó su regreso sin saber qué hacer. Temerosa de pisar cualquier cosa que pudiera andar arrastrándose entre la suciedad que alfombraba el suelo, decidió no moverse de la cama, y de hecho logró esperar hasta su regreso sin moverse.

A sus oídos llegó un fuerte estrépito acompañado de gritos y, al poco rato, los Siete Gigantes Colosales penetraron de nuevo en la cabaña. Iban todos ataviados con sendos taparrabos y, por fortuna, no olían tan mal como hubiera cabido esperar. 

—¡Agggh! ¡Mirad lo que ha hecho con mi cama! ¡Cambio mi voto! ¡Quiero que desaparezca de aquí! 

—Cálmate, hermano —dijo el jefe—. ¿Es que no te das cuenta? De esto es precisamente de lo que se trata: de contrastar. Nos será tanto más fácil comprobar nuestros progresos como verdaderos hombres si contamos con la presencia de una hembra con la que poder compararnos.

Los hombres comenzaron a refunfuñar, poniendo en duda lo acertado de su decisión, pero Blancanieves ya estaba harta: —¡Me niego a seguir aquí en calidad de objeto, sin otra función que la de vara de medir de vuestros respectivos egos y penes! 

—De acuerdo, pues —dijo el líder del grupo—. Eres libre de buscar tú misma el camino de regreso a través del bosque. No olvides darle recuerdos a la reina. 

—Bueno, también es cierto que puedo quedarme algún tiempo, hasta que se me ocurra otro plan —repuso ella. 

—Perfectamente —dijo el jefe—, pero deberás atenerte a ciertas normas básicas. Nada de quitar el polvo, nada de ordenar la casa y nada de andar lavando la ropa interior en el fregadero. 

—Y nada de fisgar en el refugio. 

—Y no te acerques a nuestras cosas.

Entretanto, en el castillo, la reina se felicitaba de la desaparición de su única rival en hermosura, y andaba entretenida en su gabinete leyendo el *Elle* y *Glamour* y permitiéndose consumir tres onzas enteras de chocolate (sin purgarse a continuación, como solía hacer para conservar la línea). Al poco rato, se dirigió con aire decidido hacia su espejo mágico y le planteó la misma pregunta amarga de siempre:
«Espejito mágico, que todo lo ves, la más hermosa, dime, ¿quién es?»
Y el espejo repuso:
«Tienes un peso perfecto para tu figura y talla pero, en LO QUE HAY QUE TENER, comparada a Blancanieves no pasas de ser morralla.»

Al oír aquello, la reina apretó los puños y dejó escapar un alarido con toda la fuerza de sus pulmones. Sus propias inseguridades llevaban años consumiéndola, hasta el punto de acabar por apartarla moralmente de la norma. Recurriendo a toda su astucia y malicia, comenzó a proyectar un plan mediante el cual asegurar la inviabilidad de su hija política.

Pocos días después, Blancanieves —quien por supuesto se había abstenido de tocar u ordenar nada— se hallaba sentada en el suelo de la cabaña, meditando. De pronto, oyó que llamaban a la puerta. Blancanieves acudió a abrir y descubrió ante sí a una mujer notablemente dotada desde el punto de vista cronológico que portaba una cesta al brazo. A juzgar por sus vestidos, parecía hallarse libre de las limitaciones de un empleo regular. 

—Ayuda a una mujer de ingresos inciertos, querida —dijo—, y compra una de mis manzanas.

Blancanieves reflexionó unos instantes. Personalmente, tenía como norma no adquirir alimentos de intermediarios, ya que lo consideraba una forma de protesta contra los consorcios comerciales agrarios. Su corazón, sin embargo, se había enternecido ante aquella mujer económicamente marginada, por lo que dijo que sí. 

Lo que Blancanieves ignoraba era que en realidad se trataba de la reina, oculta tras un disfraz, y que la manzana había sido alterada química y genéticamente de tal modo que cualquiera que la mordiera estaría condenado a dormir para siempre.

Cualquiera pensaría que al recibir el dinero correspondiente al pago de la manzana, la reina se habría sentido eufórica de comprobar que su plan de venganza estaba funcionando. Sin embargo, al contemplar la hermosa complexión y la tersa figura de Blancanieves se sintió sucesivamente asaltada por oleadas de envidia y autodesprecio. Por fin, rompió en lágrimas. 

—¿Qué ocurre? ¿Qué le sucede? —preguntó Blancanieves. 

—Eres tan joven y tan hermosa —sollozó la reina disfrazada— mientras que yo resulto repelente a la vista y empeoro con cada día que pasa. 

—No debería usted decir eso. Después de todo, la belleza reside en el interior de las personas. 

—Hace años que me lo repito a mí misma —repuso la reina—, pero aún no alcanzo a creérmelo. ¿Cómo logras mantenerte en una forma tan espléndida? 

—Bueno... medito mucho, hago tres horas de aeróbic todos los días y cada vez que me ponen un plato delante procuro no consumir más que la mitad. ¿Querría usted que la enseñara? 

—Oh, sí, sí, por favor —dijo la reina. 

Así pues, comenzaron con una simple sesión de treinta minutos de meditación hatha yoga y, a continuación, practicaron aeróbic durante una hora. Luego, mientras descansaban, Blancanieves partió la manzana por la mitad y entregó uno de los trozos a la reina. Ésta, sin pensar, lo mordió, y ambas cayeron en un profundo sueño.

Ya avanzado el día, los Siete Gigantes Colosales regresaron de un refugio que poseían en el bosque, cuidadosamente guarnecido con barro, plumas y pieles animales. Les acompañaba el príncipe de un reino vecino que había acudido a aquel retiro masculino con la esperanza de hallar una cura para su impotencia (o, como él prefería denominarla, su involuntaria suspensión de actividad falocéntrica). 

Venían todos riendo y entrechocando las palmas con gran camaradería, pero se detuvieron al ver los dos cuerpos tendidos. —¿Qué ha ocurrido? —preguntó el príncipe. 

—Aparentemente, nuestra invitada y esta otra mujer han debido de enzarzarse en una refriega y se han liquidado la una a la otra —sugirió uno de los gigantes. 

—Si pensaban que de este modo iban a hacernos caer presa de nuestros sentimientos más débiles, se equivocan de medio a medio —bufó otro. 

—Bueno, ya que tenemos que desembarazarnos de ellas, ¿por qué no poner en práctica uno de esos funerales vikingos acerca de los que tanto hemos leído? 

—¿Sabéis? —dijo el príncipe—, quizá juzguéis que lo que voy a decir resulta ligeramente depravado, pero tengo confianza en vosotros. Encuentro atractiva a la más joven. Sumamente atractiva. ¿Os importaría, muchachos..., esto..., esperar fuera mientras yo...? 

—¡Detente ahora mismo! —dijo el jefe de los gigantes—. Esos trozos de manzana a medio comer... ese atuendo repugnante... esto tiene toda la pinta de tratarse de alguna clase de sortilegio. No están ni mucho menos muertas. 

—Buf... —suspiró el príncipe—, no sabéis cuánto me alegro. Bueno, chicos, ¿podríais, pues, levantar el vuelo y dejarme que...? 

—Alto ahí, príncipe —dijo el jefe—. ¿Acaso Blancanieves ha logrado que vuelvas a sentirte hombre? 

—Desde luego que sí. Y ahora, ¿os importaría...? 

—¡No la toques! No la toques o romperás el hechizo —dijo el líder. A continuación, caviló unos segundos y dijo—: Hermanos, creo adivinar ciertas posibilidades económicas en todo esto. Si conservamos a Blancanieves en esta comarca, podríamos anunciar nuestros retiros como centros de tratamiento contra la impotencia.

Los gigantes mostraron su aprobación asintiendo con la cabeza, pero el príncipe les interrumpió: —¿Y qué hay de mí? Yo ya he pagado mi inscripción. ¿Cuándo me tocará... esto... hacer la cura? 

—No te enrolles, príncipe —dijo el jefe—. Se ve pero no se toca. De otro modo, romperás el hechizo. Ahora bien, te diré qué puedes hacer: puedes montártelo con la otra. 

—No quisiera parecer clasista —dijo el príncipe—, pero no tiene el calibre necesario para mí. 

—Eso me suena a farol viniendo de alguien que siempre falla el blanco —dijo uno de los gigantes, y todos, menos el príncipe, rompieron en carcajadas.

Dijo el jefe: —Vamos, hermanos, recojamos a estas dos y veamos cómo exhibirlas del modo más eficaz posible.

Hicieron falta tres gigantes para alzar a cada una de las mujeres, pero al fin consiguieron transportar los dos cuerpos. Apenas lo habían hecho, sin embargo, cuando los trozos de manzana envenenada se desprendieron de los labios de Blancanieves y de la reina y ambas despertaron de su sueño. 

—¿Qué os habéis creído que estáis haciendo? ¡Dejadnos en el suelo! —gritaron.

Los gigantes se sobresaltaron hasta tal punto que poco les faltó para dejarlas caer. 

—¡No he escuchado nada tan repugnante en toda mi vida! —vociferó la reina—. ¡Ofrecernos al público como si fuéramos objetos! 

—Y tú —dijo Blancanieves dirigiéndose al príncipe—, intentando hacértelo con una chica que está en coma. ¡Puaj! 

—Oye, a mí no me eches la culpa —dijo el príncipe—. Ten en cuenta que se trata de un problema de salud. 

—No empecéis a echarnos las culpas a nosotros —dijo el líder de los gigantes—. Al fin y al cabo, fuisteis vosotras quienes invadisteis nuestra propiedad. ¡Puedo llamar a la policía! 

—Ni se te ocurra, Napoleón —dijo la reina—. Estos bosques son propiedad de la corona. Vosotros sois los intrusos.

Aquella réplica despertó una notable agitación entre los presentes, pero nada comparable al revuelo que causó su siguiente advertencia: —Y, otra cosa: mientras estábamos paralizadas y todos vosotros os dedicabais a divagar desde vuestra perspectiva machista, tuve ocasión de experimentar una revelación personal. De ahora en adelante, pienso dedicar mi vida a eliminar el abismo que se abre entre el cuerpo y el espíritu de las mujeres. Proyecto enseñar a todas ellas a aceptar su imagen física natural y a superar su desintegración. Blancanieves y yo vamos a fundar un centro de conferencias y un balneario femenino en este preciso lugar, un sitio donde podamos celebrar retiros, reuniones y conferencias para todas las hermanas del planeta.

Inmediatamente, se desató una enorme algarabía de gritos e insultos, pero la reina terminó por salirse con la suya.

No obstante, antes de que pudieran ser desahuciados de su residencia, los Siete Gigantes Colosales lograron organizar el traslado de su refugio a otro lugar aún más internado en las profundidades del bosque. 

El príncipe permaneció en el balneario en calidad de elegante —pero inofensivo— profesor de tenis. 

Y Blancanieves y la reina se convirtieron en buenas amigas y llegaron a hacerse mundialmente famosas por sus contribuciones a la causa de la hermandad femenina. 

En cuanto a los gigantes, nunca más volvió a saberse de ellos, salvo por las diminutas huellas que de vez en cuando aparecían por las mañanas bajo las ventanas de los vestuarios del balneario.

Blancanieves - Hermanos Grimm


Era un crudo día de invierno, y los copos de nieve caían del cielo como blancas plumas. La Reina cosía junto a una ventana, cuyo marco era de ébano. Y como mientras cosía miraba caer los copos, con la aguja se pinchó un dedo y tres gotas de sangre fueron a caer sobre la nieve. El rojo de la sangre destacaba bellamente sobre el fondo blanco, y ella pensó: «¡Ah, si pudiese tener una hija que fuese blanca como nieve, roja como sangre y negra como el ébano de esta ventana!».
 
No mucho tiempo después le nació una niña que era blanca como la nieve, sonrosada como la sangre y de cabello negro como la madera de ébano; y por eso le pusieron por nombre Blancanieves. Pero al nacer ella, murió la Reina.
 
Un año más tarde, el Rey volvió a casarse. La nueva reina era muy bella, pero orgullosa y altanera, y no podía sufrir que nadie la aventajase en hermosura.
 
Tenía un espejo prodigioso, y cada vez que se miraba en él, le preguntaba:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»

Y el espejo le contestaba invariablemente:
«Señora Reina, vos sois la más hermosa en todo el país.»

La Reina quedaba satisfecha, pues sabía que el espejo decía siempre la verdad.
 
Blancanieves fue creciendo y se hacía más bella cada día.
Cuando cumplió los siete años, era tan hermosa como la luz del día, y mucho más que la misma Reina.
 
Al preguntar ésta un día al espejo:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
 
Y respondió el espejo:
«Señora Reina, vos sois como una estrella,
pero Blancanieves es mil veces más bella.»
 
Espantóse la Reina, palideciendo de envidia y, desde entonces, cada vez que veía a Blancanieves sentía revolvérsele el corazón; tal era el odio que abrigaba contra ella. Y la envidia y la soberbia, como las malas hierbas, crecían cada vez más altas en su alma, no dejándole un instante de reposo de día ni de noche.
 
Finalmente, llamó un día a un montero y le dijo:
—Llévate a la niña al bosque; no quiero tenerla más tiempo ante mis ojos. La matarás, y en prueba de haber cumplido mi orden, me traerás sus pulmones y su hígado.
 
Obedeció el cazador y se marchó al bosque con la muchacha. Pero cuando se disponía a clavar su cuchillo de monte en el inocente corazón de la niña, echóse ésta a llorar:
—¡Piedad, buen cazador, déjame vivir! —suplicaba—. Me quedaré en el bosque y jamás volveré a palacio.
 
Y era tan hermosa que el cazador, apiadándose de ella, le dijo:
—¡Márchate, pues, pobrecilla!
 
Y pensó: «No tardarán las fieras en devorarte». Y, sin embargo, parecióle como si se le quitase una piedra del corazón al no tener que matarla. Y como acertara a pasar por allí un jabatillo, lo degolló, le sacó los pulmones y el hígado, y se los llevó a la Reina como prueba de haber cumplido su mandato.
 
La perversa mujer los entregó al cocinero para que se los guisara, y se los comió convencida de que comía la carne de Blancanieves.
 
La pobre niña se encontró sola y abandonada en el inmenso bosque. Se moría de miedo, y el menor movimiento de las hojas de los árboles le daba un sobresalto. No sabiendo qué hacer, echó a correr por entre espinos y piedras puntiagudas, y los animales de la selva pasaban saltando por su lado sin causarle el menor daño.
 
Siguió corriendo mientras la llevaron los pies y hasta que se ocultó el sol. Entonces vio una casita y entró en ella para descansar.
 
Todo era diminuto en la casita, pero tan primoroso y limpio, que no hay palabras para describirlo.
 
Había un mesita cubierta con un mantel blanquísimo, con siete minúsculos platitos y siete vasitos; y al lado de cada platito había su cucharilla, su cuchillito y su tenedorcito. Alineadas junto a la pared veíanse siete camitas, con sábanas de inmaculada blancura.
 
Blancanieves, como estaba muy hambrienta, comió un poquitín de legumbres y un bocadito de pan de cada platito, y bebió una gota de vino de cada copita, pues no quería tomarlo todo de uno solo.
 
Luego, sintiéndose muy cansada, quiso echarse en una de las camitas; pero ninguna era de su medida: resultaba demasiado larga o demasiado corta; hasta que, por fin, la séptima le vino bien; se acostó en ella, encomendóse a Dios y quedó dormida.
 
Cerrada ya la noche, llegaron los dueños de la casita, que eran siete enanos que se dedicaban a excavar minerales en el monte. Encendieron sus siete lamparillas y, al iluminarse la habitación, vieron que alguien había entrado en ella, pues las cosas no estaban en el orden en que ellos las habían dejado al marcharse.
 
Dijo el primero:
—¿Quién se sentó en mi sillita?
 
El segundo:
—¿Quién ha comido de mi platito?
 
El tercero:
—¿Quién ha cortado un poco de mi pan?
 
El cuarto:
—¿Quién ha comido de mi verdurita?
 
El quinto:
—¿Quién ha pinchado con mi tenedorcito?
 
El sexto:
—¿Quién ha cortado con mi cuchillito?
 
Y el séptimo:
—¿Quién ha bebido de mi vasito?
 
Luego el primero, dándose una vuelta por la habitación y viendo un pequeño hueco en su cama, exclamó alarmado:
 
—¿Quién se ha subido en mi camita?
Acudieron corriendo los demás y exclamaron todos:
—¡Alguien estuvo echado en la mía!
 
Pero el séptimo, al examinar la suya, descubrió a Blancanieves dormida en ella. Llamó entonces a los demás, los cuales acudieron presurosos y no pudieron reprimir sus exclamaciones de admiración cuando, acercando las siete lamparillas, vieron a la niña.
 
—¡Oh, Dios mío; oh, Dios mio! —decían—. ¡Qué criatura más hermosa!
 
Y fue tal su alegría, que decidieron no despertarla, sino dejar que siguiera durmiendo en la camita.
 
El séptimo enano se acostó junto a sus compañeros, una hora con cada uno, y así transcurrió la noche.
 
Al clarear el día despertóse Blancanieves y, al ver a los siete enanos, tuvo un sobresalto. Pero ellos la saludaron afablemente y le preguntaron:
 
—¿Cómo te llamas?
—Me llamo Blancanieves —respondió ella.
—¿Y cómo llegaste a nuestra casa? —siguieron preguntando los hombrecillos.
 
Entonces ella les contó que su madrastra había dado orden de matarla, pero que el cazador le había perdonado la vida, y ella había estado corriendo todo el día hasta que, al atardecer, encontró la casita.
 
Dijeron los enanos:
—¿Quieres cuidar de nuestra casa? ¿Cocinar, hacer las camas, lavar, remendar la ropa y mantenerlo todo ordenado y limpio? Si es así, puedes quedarte con nosotros y nada te faltará.
—¡Sí! —exclamó Blancanieves—. Con mucho gusto.
Y se quedó con ellos.
 
A partir de entonces, cuidaba la casa con todo esmero. Por la mañana, ellos salían a la montaña en busca de mineral y oro, y al regresar por la tarde, encontraban la comida preparada.
 
Durante el día, la niña se quedaba sola, y los buenos enanitos le advirtieron:
—Guárdate de tu madrastra, que no tardará en saber que estás aquí. ¡No dejes entrar a nadie!
 
La Reina, entretanto, desde que creía haberse comido los pulmones y el hígado de Blancanieves, vivía segura de volver a ser la primera en belleza.
 
Acercóse un día al espejo y le preguntó:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
Y respondió el espejo:
«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella;
pero mora en la montaña, con los enanitos,
Blancanieves, que es mil veces más bella.»
 
Sobresaltóse la Reina, pues sabía que el espejo jamás mentía, y se dio cuenta de que el cazador la había engañado, y que Blancanieves no estaba muerta. Pensó entonces otra manera de deshacerse de ella, pues mientras hubiese en el país alguien que la superase en belleza, la envidia no la dejaba reposar.
 
Finalmente, ideó un medio. Tiznóse la cara y se vistió como una vieja buhonera, quedando completamente desconocida. Así disfrazada, dirigióse a las siete montañas y, llamando a la puerta de los siete enanitos, gritó:
   
—¡Vendo cosas buenas y bonitas!
Asomóse Blancanieves a la ventana y le dijo:
—¡Buenos días, buena mujer! ¿Qué traéis para vender?
—Cosas finas, cosas finas —respondió la Reina—. Lazos de todos los colores.
 
Y sacó uno trenzado, de seda multicolor. «Bien puedo dejar entrar a esta pobre mujer», pensó Blancanieves. Y, abriendo la puerta, compró el primoroso lacito.
—¡Qué linda eres, niña! —exclamó la vieja—. Ven, que yo misma te pondré el lazo.
 
Blancanieves, sin sospechar nada, púsose delante de la vendedora para que le atase la cinta alrededor del cuello, pero la bruja lo hizo tan bruscamente y apretando tanto, que a la niña se le cortó la respiración y cayó como muerta.
—¡Ahora ya no eres la más hermosa! —dijo la madrastra, y se alejó precipitadamente.
 
Al cabo de poco rato, ya anochecido, regresaron los sietes enanos. Imaginad su susto cuando vieron tendida en el suelo a su querida Blancanieves, sin moverse, como muerta.
Corrieron a incorporarla y viendo que el lazo le apretaba el cuello, se apresuraron a cortarlo. La niña comenzó a respirar levemente, y poco a poco fue volviendo en sí.
 
Al oír los enanos lo que había sucedido, le dijeron:
—La vieja vendedora no era otra que la malvada Reina. Guárdate muy bien de dejar entrar a nadie mientras nosotros estemos ausentes.
 
La mala mujer, al llegar a palacio, corrió ante el espejo y le preguntó:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
Y respondió el espejo, como la vez anterior:
«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella;
pero mora en la montaña, con los enanitos,
Blancanieves, que es mil veces más bella.»
 
Al oírlo, del despecho toda la sangre le afluyó al corazón, pues vio que Blancanieves continuaba viviendo. «Esta vez —se dijo— idearé una treta de la que no te escaparás». Y, valiéndose de las artes diabólicas en que era maestra, fabricó un peine envenenado.
 
Luego volvió a disfrazarse, adoptando también la figura de una vieja, y se fue a las montañas y llamó a la puerta de los siete enanos.
—¡Buena mercancía para vender! —gritó.
Blancanieves, asomándose a la ventana, díjole:
—Seguid vuestro camino, que no puedo abrir a nadie.
—¡Al menos podrás mirar lo que traigo! —dijo la vieja.
 
Y, sacando el peine, lo levantó en el aire. Gustóle tanto el peine a la niña, que olvidándose de todas las advertencias abrió la puerta.
Cuando se hubieron puesto de acuerdo sobre el precio dijo la vieja:
—Ven que te peine como Dios manda.
 
La pobrecilla, no pensando nada malo, dejó hacer a la vieja; mas apenas hubo ésta clavado el peine en el cabello, el veneno produjo su efecto y la niña se desplomó insensible.
—¡Dechado de belleza —exclamó la malvada bruja—, ahora sí que estás lista!
Y se marchó.
 
Pero, afortunadamente, faltaba poco para la noche, y los enanitos no tardaron en regresar. Al encontrar a Blancanieves inanimada en el suelo, en seguida sospecharon de la madrastra. Y, buscando, descubrieron el peine envenenado. Quitáronselo y, al momento, volvió la niña en sí y les explicó lo ocurrido.
Ellos le advirtieron de nuevo que debía estar alerta y no abrir la puerta a nadie.

La Reina, de nuevo en palacio, fue directamente a su espejo:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
Y, como las veces anteriores, respondió el espejo:
«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella;
pero mora en la montaña, con los enanitos,
Blancanieves, que es mil veces más bella.»
 
Al oír estas palabras del espejo, la malvada bruja se puso temblar de rabia.
—¡Blancanieves morirá —gritó—, aunque me haya de costar a mí la vida!
 
Y, bajando a una cámara secreta donde nadie tenía acceso sino ella, preparó una manzana con un veneno de lo más virulento. Por fuera era preciosa, blanca y sonrosada, capaz de hacer la boca agua a cualquiera que la viese. Pero un solo bocado significaba la muerte segura.
 
Cuando tuvo preparada la manzana, pintóse nuevamente la cara, se vistió de campesina y se encaminó a las siete montañas, a la casa de los siete enanos.
 
Llamó a la puerta, Blancanieves asomó la cabeza a la ventana y dijo:
—No debo abrir a nadie; los siete enanitos me lo han prohibido.
—Como quieras —respondió la campesina—. Pero yo quiero deshacerme de mis manzanas. Mira, te regalo una.
—No —contestó la niña—, no puedo aceptar nada.
—¿Temes acaso que te envenene? —dijo la vieja—. Fíjate —corto la manzana en dos mitades—: tú te comes la parte roja, y yo, la blanca. 
 
La fruta estaba preparada de modo que sólo el lado encarnado tenía veneno. Blancanieves miraba la fruta con ojos codiciosos, y cuando vio que la campesina la comía, no pudo ya resistir.
 
Alargó la mano y cogió la mitad envenenada. Pero no bien se hubo metido en la boca el primer trocito, cayó en el suelo muerta.
Contemplóla la Reina con una mirada de rencor y, echándose a reír, dijo:
 
—¡Blanca como la nieve; roja como la sangre; negra como el ébano! Esta vez, no te resucitarán los enanos.
 
Y cuando, al llegar a palacio, preguntó al espejo:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
Y respondióle el espejo, al fin:
«Señora Reina, vos sois la más hermosa en todo el país.»

Sólo entonces se aquietó su envidioso corazón, suponiendo que un corazón envidioso pueda aquietarse.

Los enanitos, al volver a su casa aquella noche, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, sin que de sus labios saliera el hálito más leve. Estaba muerta. La levantaron, miraron si tenía encima algún objeto emponzoñado, la desabrocharon, le peinaron el pelo, la lavaron con agua y vino, pero todo fue inútil. La pobre niña estaba muerta y bien muerta.
 
La colocaron en un ataúd, y los siete, sentándose alrededor, la estuvieron llorando por espacio de tres días. Luego pensaron en darle sepultura; pero viendo que el cuerpo se conservaba lozano, como el de una persona viva, y que sus mejillas seguían sonrosadas, dijeron:
—No podemos enterrarla en el seno de la negra tierra.
 
Y mandaron fabricar una caja de cristal transparente que permitiese verla desde todos lados. La colocaron en ella y grabaron su nombre con letras de oro: «Princesa Blancanieves».
 
Después transportaron el ataúd a la cumbre de la montaña, y uno de ellos, por turno, estaba siempre allí haciéndole vela. Y hasta los animales acudieron a llorar a Blancanieves; primero, una lechuza; luego, un cuervo y, finalmente, una palomita.
 
Y así estuvo Blancanieves mucho tiempo, reposando en su ataúd, sin descomponerse, como dormida, pues seguía siendo blanca como la nieve, roja como la sangre y con el cabello negro como ébano.
 
Sucedió, empero, que un príncipe que se había metido en el bosque, se dirigió a la casa de los enanitos para pasar la noche. Vio en la montaña el ataúd que contenía a la hermosa Blancanieves y leyó la inscripción grabada con letras de oro.
 
Dijo entonces a los enanos:
—Dadme el ataúd, os pagaré por él lo que me pidáis.
Pero los enanos contestaron:
—Ni por todo el oro del mundo lo venderíamos.
—En tal caso, regaládmelo —propuso el príncipe—, pues ya no podré vivir sin ver a Blancanieves. La honraré y reverenciaré como a lo que más quiero.
 
Al oír estas palabras, los hombrecillos sintieron compasión del príncipe y le regalaron el féretro.
 
El príncipe mandó que sus criados lo transportasen en hombros. Pero ocurrió que en el camino tropezaron contra una mata, y de la sacudida saltó del cuello de Blancanieves el bocado de la manzana envenenada, que todavía tenía atragantado. Y, al poco rato, la princesa abrió los ojos y recobró la vida.
 
Levantó la tapa del ataúd, se incorporó y dijo:
—¡Dios Santo!, ¿dónde estoy?
Y el príncipe le respondió, loco de alegría:
—Estás conmigo —y, después de explicarle todo lo ocurrido, le dijo—. Te quiero más que a nadie en el mundo. Vente al castillo de mi padre y serás mi esposa.
 
Accedió Blancanieves y se marchó con él al palacio, donde en seguida se dispuso la boda que debía celebrarse con gran magnificencia y esplendor.
 
A la fiesta fue invitada también la malvada madrastra de Blancanieves. Una vez se hubo ataviado con sus vestidos más lujosos, fue al espejo y le preguntó:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
Y respondió el espejo:
«Señora Reina, vos sois como una estrella,
pero la reina joven es mil veces más bella.»

La malvada mujer soltó una palabrota y tuvo tal sobresalto, que quedó como fuera de sí. Su primer propósito fue no ir a la boda, pero la inquietud la roía, y no pudo resistir al deseo de ver a aquella joven reina.
 
Al entrar en el salón reconoció a Blancanieves, y fue tal su espanto y pasmo, que se quedó clavada en el suelo sin poder moverse. Pero habían puesto ya al fuego unas zapatillas de hierro y estaban incandescentes. Cogiéndolas con tenazas, la obligaron a ponérselas, y hubo de bailar con ellas hasta que cayó muerta.