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Blancanieves - Hermanos Grimm


Era un crudo día de invierno, y los copos de nieve caían del cielo como blancas plumas. La Reina cosía junto a una ventana, cuyo marco era de ébano. Y como mientras cosía miraba caer los copos, con la aguja se pinchó un dedo y tres gotas de sangre fueron a caer sobre la nieve. El rojo de la sangre destacaba bellamente sobre el fondo blanco, y ella pensó: «¡Ah, si pudiese tener una hija que fuese blanca como nieve, roja como sangre y negra como el ébano de esta ventana!».
 
No mucho tiempo después le nació una niña que era blanca como la nieve, sonrosada como la sangre y de cabello negro como la madera de ébano; y por eso le pusieron por nombre Blancanieves. Pero al nacer ella, murió la Reina.
 
Un año más tarde, el Rey volvió a casarse. La nueva reina era muy bella, pero orgullosa y altanera, y no podía sufrir que nadie la aventajase en hermosura.
 
Tenía un espejo prodigioso, y cada vez que se miraba en él, le preguntaba:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»

Y el espejo le contestaba invariablemente:
«Señora Reina, vos sois la más hermosa en todo el país.»

La Reina quedaba satisfecha, pues sabía que el espejo decía siempre la verdad.
 
Blancanieves fue creciendo y se hacía más bella cada día.
Cuando cumplió los siete años, era tan hermosa como la luz del día, y mucho más que la misma Reina.
 
Al preguntar ésta un día al espejo:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
 
Y respondió el espejo:
«Señora Reina, vos sois como una estrella,
pero Blancanieves es mil veces más bella.»
 
Espantóse la Reina, palideciendo de envidia y, desde entonces, cada vez que veía a Blancanieves sentía revolvérsele el corazón; tal era el odio que abrigaba contra ella. Y la envidia y la soberbia, como las malas hierbas, crecían cada vez más altas en su alma, no dejándole un instante de reposo de día ni de noche.
 
Finalmente, llamó un día a un montero y le dijo:
—Llévate a la niña al bosque; no quiero tenerla más tiempo ante mis ojos. La matarás, y en prueba de haber cumplido mi orden, me traerás sus pulmones y su hígado.
 
Obedeció el cazador y se marchó al bosque con la muchacha. Pero cuando se disponía a clavar su cuchillo de monte en el inocente corazón de la niña, echóse ésta a llorar:
—¡Piedad, buen cazador, déjame vivir! —suplicaba—. Me quedaré en el bosque y jamás volveré a palacio.
 
Y era tan hermosa que el cazador, apiadándose de ella, le dijo:
—¡Márchate, pues, pobrecilla!
 
Y pensó: «No tardarán las fieras en devorarte». Y, sin embargo, parecióle como si se le quitase una piedra del corazón al no tener que matarla. Y como acertara a pasar por allí un jabatillo, lo degolló, le sacó los pulmones y el hígado, y se los llevó a la Reina como prueba de haber cumplido su mandato.
 
La perversa mujer los entregó al cocinero para que se los guisara, y se los comió convencida de que comía la carne de Blancanieves.
 
La pobre niña se encontró sola y abandonada en el inmenso bosque. Se moría de miedo, y el menor movimiento de las hojas de los árboles le daba un sobresalto. No sabiendo qué hacer, echó a correr por entre espinos y piedras puntiagudas, y los animales de la selva pasaban saltando por su lado sin causarle el menor daño.
 
Siguió corriendo mientras la llevaron los pies y hasta que se ocultó el sol. Entonces vio una casita y entró en ella para descansar.
 
Todo era diminuto en la casita, pero tan primoroso y limpio, que no hay palabras para describirlo.
 
Había un mesita cubierta con un mantel blanquísimo, con siete minúsculos platitos y siete vasitos; y al lado de cada platito había su cucharilla, su cuchillito y su tenedorcito. Alineadas junto a la pared veíanse siete camitas, con sábanas de inmaculada blancura.
 
Blancanieves, como estaba muy hambrienta, comió un poquitín de legumbres y un bocadito de pan de cada platito, y bebió una gota de vino de cada copita, pues no quería tomarlo todo de uno solo.
 
Luego, sintiéndose muy cansada, quiso echarse en una de las camitas; pero ninguna era de su medida: resultaba demasiado larga o demasiado corta; hasta que, por fin, la séptima le vino bien; se acostó en ella, encomendóse a Dios y quedó dormida.
 
Cerrada ya la noche, llegaron los dueños de la casita, que eran siete enanos que se dedicaban a excavar minerales en el monte. Encendieron sus siete lamparillas y, al iluminarse la habitación, vieron que alguien había entrado en ella, pues las cosas no estaban en el orden en que ellos las habían dejado al marcharse.
 
Dijo el primero:
—¿Quién se sentó en mi sillita?
 
El segundo:
—¿Quién ha comido de mi platito?
 
El tercero:
—¿Quién ha cortado un poco de mi pan?
 
El cuarto:
—¿Quién ha comido de mi verdurita?
 
El quinto:
—¿Quién ha pinchado con mi tenedorcito?
 
El sexto:
—¿Quién ha cortado con mi cuchillito?
 
Y el séptimo:
—¿Quién ha bebido de mi vasito?
 
Luego el primero, dándose una vuelta por la habitación y viendo un pequeño hueco en su cama, exclamó alarmado:
 
—¿Quién se ha subido en mi camita?
Acudieron corriendo los demás y exclamaron todos:
—¡Alguien estuvo echado en la mía!
 
Pero el séptimo, al examinar la suya, descubrió a Blancanieves dormida en ella. Llamó entonces a los demás, los cuales acudieron presurosos y no pudieron reprimir sus exclamaciones de admiración cuando, acercando las siete lamparillas, vieron a la niña.
 
—¡Oh, Dios mío; oh, Dios mio! —decían—. ¡Qué criatura más hermosa!
 
Y fue tal su alegría, que decidieron no despertarla, sino dejar que siguiera durmiendo en la camita.
 
El séptimo enano se acostó junto a sus compañeros, una hora con cada uno, y así transcurrió la noche.
 
Al clarear el día despertóse Blancanieves y, al ver a los siete enanos, tuvo un sobresalto. Pero ellos la saludaron afablemente y le preguntaron:
 
—¿Cómo te llamas?
—Me llamo Blancanieves —respondió ella.
—¿Y cómo llegaste a nuestra casa? —siguieron preguntando los hombrecillos.
 
Entonces ella les contó que su madrastra había dado orden de matarla, pero que el cazador le había perdonado la vida, y ella había estado corriendo todo el día hasta que, al atardecer, encontró la casita.
 
Dijeron los enanos:
—¿Quieres cuidar de nuestra casa? ¿Cocinar, hacer las camas, lavar, remendar la ropa y mantenerlo todo ordenado y limpio? Si es así, puedes quedarte con nosotros y nada te faltará.
—¡Sí! —exclamó Blancanieves—. Con mucho gusto.
Y se quedó con ellos.
 
A partir de entonces, cuidaba la casa con todo esmero. Por la mañana, ellos salían a la montaña en busca de mineral y oro, y al regresar por la tarde, encontraban la comida preparada.
 
Durante el día, la niña se quedaba sola, y los buenos enanitos le advirtieron:
—Guárdate de tu madrastra, que no tardará en saber que estás aquí. ¡No dejes entrar a nadie!
 
La Reina, entretanto, desde que creía haberse comido los pulmones y el hígado de Blancanieves, vivía segura de volver a ser la primera en belleza.
 
Acercóse un día al espejo y le preguntó:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
Y respondió el espejo:
«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella;
pero mora en la montaña, con los enanitos,
Blancanieves, que es mil veces más bella.»
 
Sobresaltóse la Reina, pues sabía que el espejo jamás mentía, y se dio cuenta de que el cazador la había engañado, y que Blancanieves no estaba muerta. Pensó entonces otra manera de deshacerse de ella, pues mientras hubiese en el país alguien que la superase en belleza, la envidia no la dejaba reposar.
 
Finalmente, ideó un medio. Tiznóse la cara y se vistió como una vieja buhonera, quedando completamente desconocida. Así disfrazada, dirigióse a las siete montañas y, llamando a la puerta de los siete enanitos, gritó:
   
—¡Vendo cosas buenas y bonitas!
Asomóse Blancanieves a la ventana y le dijo:
—¡Buenos días, buena mujer! ¿Qué traéis para vender?
—Cosas finas, cosas finas —respondió la Reina—. Lazos de todos los colores.
 
Y sacó uno trenzado, de seda multicolor. «Bien puedo dejar entrar a esta pobre mujer», pensó Blancanieves. Y, abriendo la puerta, compró el primoroso lacito.
—¡Qué linda eres, niña! —exclamó la vieja—. Ven, que yo misma te pondré el lazo.
 
Blancanieves, sin sospechar nada, púsose delante de la vendedora para que le atase la cinta alrededor del cuello, pero la bruja lo hizo tan bruscamente y apretando tanto, que a la niña se le cortó la respiración y cayó como muerta.
—¡Ahora ya no eres la más hermosa! —dijo la madrastra, y se alejó precipitadamente.
 
Al cabo de poco rato, ya anochecido, regresaron los sietes enanos. Imaginad su susto cuando vieron tendida en el suelo a su querida Blancanieves, sin moverse, como muerta.
Corrieron a incorporarla y viendo que el lazo le apretaba el cuello, se apresuraron a cortarlo. La niña comenzó a respirar levemente, y poco a poco fue volviendo en sí.
 
Al oír los enanos lo que había sucedido, le dijeron:
—La vieja vendedora no era otra que la malvada Reina. Guárdate muy bien de dejar entrar a nadie mientras nosotros estemos ausentes.
 
La mala mujer, al llegar a palacio, corrió ante el espejo y le preguntó:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
Y respondió el espejo, como la vez anterior:
«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella;
pero mora en la montaña, con los enanitos,
Blancanieves, que es mil veces más bella.»
 
Al oírlo, del despecho toda la sangre le afluyó al corazón, pues vio que Blancanieves continuaba viviendo. «Esta vez —se dijo— idearé una treta de la que no te escaparás». Y, valiéndose de las artes diabólicas en que era maestra, fabricó un peine envenenado.
 
Luego volvió a disfrazarse, adoptando también la figura de una vieja, y se fue a las montañas y llamó a la puerta de los siete enanos.
—¡Buena mercancía para vender! —gritó.
Blancanieves, asomándose a la ventana, díjole:
—Seguid vuestro camino, que no puedo abrir a nadie.
—¡Al menos podrás mirar lo que traigo! —dijo la vieja.
 
Y, sacando el peine, lo levantó en el aire. Gustóle tanto el peine a la niña, que olvidándose de todas las advertencias abrió la puerta.
Cuando se hubieron puesto de acuerdo sobre el precio dijo la vieja:
—Ven que te peine como Dios manda.
 
La pobrecilla, no pensando nada malo, dejó hacer a la vieja; mas apenas hubo ésta clavado el peine en el cabello, el veneno produjo su efecto y la niña se desplomó insensible.
—¡Dechado de belleza —exclamó la malvada bruja—, ahora sí que estás lista!
Y se marchó.
 
Pero, afortunadamente, faltaba poco para la noche, y los enanitos no tardaron en regresar. Al encontrar a Blancanieves inanimada en el suelo, en seguida sospecharon de la madrastra. Y, buscando, descubrieron el peine envenenado. Quitáronselo y, al momento, volvió la niña en sí y les explicó lo ocurrido.
Ellos le advirtieron de nuevo que debía estar alerta y no abrir la puerta a nadie.

La Reina, de nuevo en palacio, fue directamente a su espejo:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
Y, como las veces anteriores, respondió el espejo:
«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella;
pero mora en la montaña, con los enanitos,
Blancanieves, que es mil veces más bella.»
 
Al oír estas palabras del espejo, la malvada bruja se puso temblar de rabia.
—¡Blancanieves morirá —gritó—, aunque me haya de costar a mí la vida!
 
Y, bajando a una cámara secreta donde nadie tenía acceso sino ella, preparó una manzana con un veneno de lo más virulento. Por fuera era preciosa, blanca y sonrosada, capaz de hacer la boca agua a cualquiera que la viese. Pero un solo bocado significaba la muerte segura.
 
Cuando tuvo preparada la manzana, pintóse nuevamente la cara, se vistió de campesina y se encaminó a las siete montañas, a la casa de los siete enanos.
 
Llamó a la puerta, Blancanieves asomó la cabeza a la ventana y dijo:
—No debo abrir a nadie; los siete enanitos me lo han prohibido.
—Como quieras —respondió la campesina—. Pero yo quiero deshacerme de mis manzanas. Mira, te regalo una.
—No —contestó la niña—, no puedo aceptar nada.
—¿Temes acaso que te envenene? —dijo la vieja—. Fíjate —corto la manzana en dos mitades—: tú te comes la parte roja, y yo, la blanca. 
 
La fruta estaba preparada de modo que sólo el lado encarnado tenía veneno. Blancanieves miraba la fruta con ojos codiciosos, y cuando vio que la campesina la comía, no pudo ya resistir.
 
Alargó la mano y cogió la mitad envenenada. Pero no bien se hubo metido en la boca el primer trocito, cayó en el suelo muerta.
Contemplóla la Reina con una mirada de rencor y, echándose a reír, dijo:
 
—¡Blanca como la nieve; roja como la sangre; negra como el ébano! Esta vez, no te resucitarán los enanos.
 
Y cuando, al llegar a palacio, preguntó al espejo:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
Y respondióle el espejo, al fin:
«Señora Reina, vos sois la más hermosa en todo el país.»

Sólo entonces se aquietó su envidioso corazón, suponiendo que un corazón envidioso pueda aquietarse.

Los enanitos, al volver a su casa aquella noche, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, sin que de sus labios saliera el hálito más leve. Estaba muerta. La levantaron, miraron si tenía encima algún objeto emponzoñado, la desabrocharon, le peinaron el pelo, la lavaron con agua y vino, pero todo fue inútil. La pobre niña estaba muerta y bien muerta.
 
La colocaron en un ataúd, y los siete, sentándose alrededor, la estuvieron llorando por espacio de tres días. Luego pensaron en darle sepultura; pero viendo que el cuerpo se conservaba lozano, como el de una persona viva, y que sus mejillas seguían sonrosadas, dijeron:
—No podemos enterrarla en el seno de la negra tierra.
 
Y mandaron fabricar una caja de cristal transparente que permitiese verla desde todos lados. La colocaron en ella y grabaron su nombre con letras de oro: «Princesa Blancanieves».
 
Después transportaron el ataúd a la cumbre de la montaña, y uno de ellos, por turno, estaba siempre allí haciéndole vela. Y hasta los animales acudieron a llorar a Blancanieves; primero, una lechuza; luego, un cuervo y, finalmente, una palomita.
 
Y así estuvo Blancanieves mucho tiempo, reposando en su ataúd, sin descomponerse, como dormida, pues seguía siendo blanca como la nieve, roja como la sangre y con el cabello negro como ébano.
 
Sucedió, empero, que un príncipe que se había metido en el bosque, se dirigió a la casa de los enanitos para pasar la noche. Vio en la montaña el ataúd que contenía a la hermosa Blancanieves y leyó la inscripción grabada con letras de oro.
 
Dijo entonces a los enanos:
—Dadme el ataúd, os pagaré por él lo que me pidáis.
Pero los enanos contestaron:
—Ni por todo el oro del mundo lo venderíamos.
—En tal caso, regaládmelo —propuso el príncipe—, pues ya no podré vivir sin ver a Blancanieves. La honraré y reverenciaré como a lo que más quiero.
 
Al oír estas palabras, los hombrecillos sintieron compasión del príncipe y le regalaron el féretro.
 
El príncipe mandó que sus criados lo transportasen en hombros. Pero ocurrió que en el camino tropezaron contra una mata, y de la sacudida saltó del cuello de Blancanieves el bocado de la manzana envenenada, que todavía tenía atragantado. Y, al poco rato, la princesa abrió los ojos y recobró la vida.
 
Levantó la tapa del ataúd, se incorporó y dijo:
—¡Dios Santo!, ¿dónde estoy?
Y el príncipe le respondió, loco de alegría:
—Estás conmigo —y, después de explicarle todo lo ocurrido, le dijo—. Te quiero más que a nadie en el mundo. Vente al castillo de mi padre y serás mi esposa.
 
Accedió Blancanieves y se marchó con él al palacio, donde en seguida se dispuso la boda que debía celebrarse con gran magnificencia y esplendor.
 
A la fiesta fue invitada también la malvada madrastra de Blancanieves. Una vez se hubo ataviado con sus vestidos más lujosos, fue al espejo y le preguntó:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
Y respondió el espejo:
«Señora Reina, vos sois como una estrella,
pero la reina joven es mil veces más bella.»

La malvada mujer soltó una palabrota y tuvo tal sobresalto, que quedó como fuera de sí. Su primer propósito fue no ir a la boda, pero la inquietud la roía, y no pudo resistir al deseo de ver a aquella joven reina.
 
Al entrar en el salón reconoció a Blancanieves, y fue tal su espanto y pasmo, que se quedó clavada en el suelo sin poder moverse. Pero habían puesto ya al fuego unas zapatillas de hierro y estaban incandescentes. Cogiéndolas con tenazas, la obligaron a ponérselas, y hubo de bailar con ellas hasta que cayó muerta.

Las doce princesas bailarinas

I
Hace mucho tiempo, en el poblado de Montignies-sur-Roc, vivía un pequeño vaquero que no tenía padre ni madre. Su nombre verdadero era Michael, pero todos le llamaban “El cazador de estrellas”, porque cuando dirigía sus vacas hacia los valles para pastar, se seguía de largo con la cabeza hacia arriba, mirando boquiabierto a la nada.
Como tenía piel blanca, ojos azules y unos rizos que adornaban su cabeza, las muchachas de la aldea solían gritarle al pasar: “Y bien, cazador de estrellas, ¿qué haces?”, y Michael les respondía: “Nada”, y continuaba su camino sin siquiera volverse a mirarlas.
La verdad es que a él le parecía que eran bastante feas; tenían los cuellos quemados por el sol, las manos grandes y rojas, sus enaguas eran ásperas y usaban zapatos de madera.
Había escuchado que en algún lugar del mundo había chicas con cuellos blancos y manos pequeñas, que siempre estaban vestidas con las sedas y encajes más finos y eran conocidas como princesas; y mientras que sus compañeros, sentados alrededor del fuego mirando las llamas, sólo hablaban de las mismas ocurrencias de todos los días, él soñaba con tener la fortuna de casarse con una princesa.
II
Una mañana a mediados de agosto, justo al mediodía, cuando el sol pegaba con más fuerza, Michael cenó un trozo de pan duro y se fue a dormir bajo un roble; soñó que se le aparecía una hermosa dama, vestida con una túnica de tela de oro, que le decía: “Ve al castillo de Beloeil y allí te casarás con una princesa”.
Esa noche, el pequeño vaquero, quien se había quedado pensando mucho en el consejo que le había dado la dama del vestido de oro, les contó su sueño a los granjeros del pueblo. Pero, como era de esperarse, se rieron del cazador de estrellas.
Al día siguiente, a la misma hora, se fue a dormir bajo el mismo árbol. La dama se le apareció una segunda vez y le dijo: “Ve al castillo de Beloeil y te casarás con una princesa”.
Por la noche, Michael les contó a sus amigos que había tenido el mismo sueño otra vez, pero ellos por respuesta sólo se rieron más de él. “No importa”, pensó para sí, “si la dama se me aparece una tercera vez, haré lo que me dice”.
Al día siguiente, para el asombro de todo el pueblo, alrededor de las dos en punto de la tarde, se escuchó una voz que decía:
—¡Arre, arre, cómo va el ganado!
Era el pequeño vaquero que llevaba su rebaño de vuelta al establo.
El granjero, furioso, comenzó a regañarlo, pero él le respondió tranquilamente: “Me voy lejos de aquí”, hizo un atado con su ropa, les dijo adiós a sus amigos y se fue valientemente a buscar fortuna.
Hubo gran conmoción en todo el pueblo. La gente se agrupó en la cima del monte a reírse a carcajadas mientras veían al cazador de estrellas pasar gallardo por el valle con su atado de ropa que colgaba del extremo de una vara.
A decir verdad era una imagen capaz de hacer reír a cualquiera.
III
Era bien sabido en veinte millas a la redonda que en el castillo de Beloeil vivían doce princesas de gran belleza; eran tan orgullosas como hermosas y además eran tan sensibles y de un linaje real tan puro, que sentirían de inmediato si hubiera un guisante en sus camas, aun si lo pusieran debajo del colchón.
Corría el rumor de que llevaban una vida exactamente como se supone que deben llevar las princesas: dormían hasta bien entrada la mañana y no se levantaban de sus camas hasta el mediodía. Tenían doce camas en la misma habitación, pero ocurría algo extraordinario; aunque por las noches cerraban su puerta con tres candados, cada mañana sus zapatos de satín aparecían agujereados.
Cuando se les preguntaba qué habían hecho toda la noche, ellas siempre respondían que habían estado dormidas; y, de hecho, no se escuchaba ningún ruido en el cuarto, pero ¡ni modo que los zapatos se desgastaran solos!
Un día, el duque de Beloeil ordenó que tocaran las trompetas para convocar a la gente y anunció que quien lograra descubrir cómo era que sus hijas desgastaban sus zapatos, podría tomar a una de ellas por esposa.
Al escuchar lo que proclamó el duque, varios príncipes llegaron al castillo a probar suerte. Vigilaban toda la noche detrás de la puerta de las princesas, pero al amanecer ya no estaban ahí y nadie sabía qué había pasado con ellos.
IV
Al llegar al castillo, Michael se dirigió directamente al jardinero y le ofreció sus servicios. Habían enviado lejos al chico que ayudaba al jardinero y aunque el cazador de estrellas no se veía muy fuerte, el jardinero aceptó emplearlo porque pensó que su cara bonita y sus rizos de oro les agradarían a las princesas.
Lo primero que le dijeron fue que cuando las princesas se levantaran, él debía de obsequiarles un ramo de flores a cada una; Michael pensó que si eso era lo peor que tendría que hacer en su trabajo, seguro se la iba a pasar muy bien.
Se colocó detrás de la puerta de la habitación de las princesas con los doce ramos en una canasta. Les dio uno a cada una de las hermanas, quienes los tomaron sin dignarse siquiera a mirar al muchacho, excepto Lina, la menor, quien posó la mirada de sus grandes ojos negros, suaves como el terciopelo, sobre él y exclamó: ¡“Oh, qué guapo es nuestro nuevo jardinero”!
Las demás se echaron a reír y la mayor la regañó diciéndole que una princesa nunca debe rebajarse a mirar a un jardinero.
En ese momento Michael supo qué había pasado con los príncipes. Sin embargo, los hermosos ojos de la princesa Lina provocaron en él un fuerte deseo de querer probar su suerte.
Con todo, no se atrevió a dar el paso siguiente, temeroso de que sólo se burlarían de él o de que lo echarían del castillo debido a su imprudencia.
V
Sin embargo, el cazador de estrellas tuvo otro sueño. La dama del vestido dorado se le apareció una vez más sosteniendo en una mano dos distintos retoños: un laurel de cerezas y uno de rosas, y en la otra mano tenía un rastrillo dorado, una pequeña cubeta de oro y una toalla de seda, y le dijo:
—Planta estos laureles en dos grandes macetas, remueve la tierra con este rastrillo, riégalos con la cubeta y límpialos con la toalla. Cuando hayan crecido tan altos como una joven de quince años de edad, dile a cada uno de ellos lo siguiente:
“Hermoso laurel, he removido tu tierra con el rastrillo de oro, con la cubeta de oro te he regado, con la toalla de seda te he limpiado”. Después de decirles eso pídeles cualquier cosa que desees y los laureles te la concederán.
Michael le dio las gracias a la bella dama del vestido dorado y al despertar encontró los dos árboles de laurel a su lado, así que siguió cuidadosamente las órdenes que la dama le había dado.
Los árboles crecieron rápidamente y cuando alcanzaron la altura de una joven de quince años de edad, le dijo al laurel de cerezas: “Mi amado laurel, he removido tu tierra con el rastrillo de oro, con la cubeta de oro te he regado, con la toalla de seda te he limpiado. Enséñame cómo hacerme invisible”. Y apareció en ese instante una hermosa flor blanca en el laurel. Michael la tomó y se la puso en el ojal de la camisa.
VI
Aquella noche, cuando las princesas se fueron a dormir, él las siguió descalzo para no hacer ruido y se escondió detrás de una de las doce camas para no ocupar mucho espacio.
Las princesas abrieron de inmediato sus armarios y sus alhajeros. Sacaron los vestidos más hermosos y se los probaron frente a sus espejos. Luego dieron vueltas por la habitación para mirar cómo les quedaban.
Michael no podía ver nada desde su escondite, pero podía escuchar todo y así escuchó a las princesas reír y brincar de gusto. Por fin la mayor dijo: “Apúrense, hermanas, nuestras parejas estarán impacientes”. Una hora después, cuando el cazador de estrellas dejó de escuchar ruidos, echó un vistazo y vio a las doce princesas con sus vestidos espléndidos, con sus zapatos de satín y en las manos, los ramos de flores que él mismo les había dado.
—¿Están listas? —preguntó la hermana mayor.
—Sí —respondieron las otras once al unísono y tomaron sus lugares una por una detrás de ella.
Luego la princesa dio tres fuertes palmadas y se abrió una escotilla. Todas las princesas descendieron por una escalera secreta y Michael las siguió rápidamente. Mientras bajaba por la escalera detrás de la princesa Lina, accidentalmente pisó el borde de su vestido.
—Hay alguien detrás de mí —dijo la princesa—. Está sujetando mi vestido.
—Pequeña tonta —le dijo su hermana mayor—. Todo te da miedo; es sólo un clavo con el que tu vestido se atoró.
VII
Bajaron y bajaron y bajaron por la escalera hasta llegar a un pasaje con una puerta en uno de los extremos, la cual estaba cerrada solamente con un pestillo. La princesa mayor la abrió y de inmediato se encontraron en un pequeño bosque encantador, donde las hojas de los árboles brillaban bajo la luz de la luna por las gotas de plata con que estaban bañadas.
Después llegaron a otro bosque en el que las hojas tenían lentejuelas de oro y luego a otro más en el que las hojas de los árboles habían sido regadas con pequeños diamantes.
Por fin el cazador de estrellas vio un enorme lago a cuya orilla estaban doce botes techados en los que sendos príncipes, remos en mano, esperaban a las princesas.
Cada princesa abordó uno de los botes y Michael se escurrió en el que llevaría a la menor de ellas. Los botes se deslizaban rápidamente, pero el de Lina se mantenía un poco retrasado con respecto a los demás por llevar peso extra.
“Nunca nos habíamos desplazado tan lento como ahora”, exclamó la princesa, “¿cuál será el motivo?”
—No lo sé —respondió el príncipe—. Le aseguro que estoy remando lo más rápido que puedo.
El joven jardinero vio un maravilloso castillo, espléndidamente iluminado, de donde provenía una música de violines, timbales y trompetas del otro lado del lago.
Poco después atracaron y todos descendieron de los botes de un brinco; y los príncipes, después de haber atado sus barcas, aguardaron a que las princesas los tomaran del brazo y las llevaron al castillo.
VIII
Michael las siguió y entró al salón de baile junto con la comitiva. Por todos lados había espejos, luces, flores y finas telas que adornaban las paredes.
El cazador de estrellas estaba muy sorprendido por la magnificencia del lugar.
Se colocó en una esquina para admirar desde ahí la gracia y la belleza de las princesas. Su encanto abarcaba varios tipos. Algunas eran rubias, otras eran morenas; algunas tenían el cabello castaño o rizos más oscuros y otras tenían bucles dorados. Nunca se vio reunidas a tantas princesas maravillosas, pero la que el joven jardinero creía que era la más hermosa y fascinante era la pequeña princesa de los ojos de terciopelo.
¡Con qué gracia bailaba! Recargada en el hombro de su compañero, bailaba como un torbellino. Sus mejillas enrojecían, los ojos le brillaban y a todas luces se veía que lo que más le gustaba era bailar.
El pobre muchacho envidiaba a esos apuestos jóvenes con quienes ellas bailaban con tanto encanto, pero no sabía cuán poco reales eran sus motivos para estar celoso de ellos.
Los jóvenes eran realmente los príncipes que habían tratado de robar el secreto de las princesas, pero ellas les habían dado a beber un filtro, el cual les congelaba el corazón y no les dejaba nada excepto el amor por el baile.
IX
Bailaron hasta que les salieron hoyos a los zapatos de las princesas. Cuando el gallo cantó por tercera vez, los violines pararon y unos niños sirvieron una cena deliciosa que consistía en flores naranjas azucaradas, pétalos de rosa cristalizados, violetas granuladas, panecillos, obleas y otros platillos que son, como todos saben, la comida preferida de las princesas.
Después de la cena, todos los bailarines volvieron a sus botes y esta vez el cazador de estrellas se subió al de la princesa mayor. De nuevo cruzaron el bosque con las hojas de los árboles salpicadas de diamantes, el otro con las hojas rociadas de oro y el bosque en cuyos árboles brillaban las gotas de plata. Como una prueba de lo que había visto, el muchacho quebró una pequeña rama de un árbol del último bosque. Lina se volvió al escuchar el ruido de la rama al romperse.
—¿Qué fue ese ruido? —preguntó.
—Nada —respondió la hermana mayor— fue tan sólo el canto de las lechuzas en una de las torres del castillo.
Mientras hablaba, Michael se las arregló para pasarse hacia el frente y tras subir corriendo la escalera llegó al cuarto de las princesas antes que ellas. Abrió la ventana, descendió por la enredadera que cubría el muro y se encontró en el jardín justo cuando el sol comenzaba a salir y era el momento en que debía ponerse a trabajar.
X
Ese día, mientras arreglaba los ramos de flores, Michael escondió la rama con las gotas de plata en el ramillete destinado a la princesa más joven.
Cuando Lina lo encontró quedó muy sorprendida. Sin embargo, no les dijo nada a sus hermanas, pero al encontrarse con el muchacho por accidente, mientras caminaba bajo las sombras de los olmos, se detuvo como para decirle algo; luego, cambiando de opinión se siguió de largo.
Esa misma noche, las doce hermanas volvieron al baile y el cazador de estrellas volvió a seguirlas y cruzó el lago a bordo del bote de Lina. Esta vez fue el príncipe quien se quejó de que el bote parecía muy pesado.
—Es el calor —respondió la princesa—. Yo también he tenido mucho calor.
Durante el baile buscaba por todas partes al jardinero, pero nunca lo encontraba.
Mientras regresaban, Michael tomó una rama del bosque cuyos árboles estaban salpicados con oro y esta vez fue la princesa mayor quien escuchó el ruido que el muchacho hizo al romperla.
—No es nada —dijo Lina— tan sólo el canto de las lechuzas en una de las torres del castillo.
XI
Al despertar encontró la rama salpicada de oro en su ramillete de flores. Cuando las hermanas bajaron de su habitación, ella se quedó un poco rezagada y le dijo al vaquero: “¿De dónde salió esta rama?”
—Su Real Majestad lo sabe muy bien —respondió Michael.
—Así que nos has seguido.
—Sí, princesa.
—¿Cómo lo lograste? Nunca te vimos.
—Me escondí muy bien —dijo el cazador de estrellas en voz baja.
La princesa se quedó callada un momento y luego dijo:
—Veo que conoces nuestro secreto: guárdalo. Aquí tienes una recompensa por tu discreción —le dijo y le arrojó al muchacho una pequeña bolsa de oro.
—Yo no vendo mi silencio —dijo Michael y se retiró sin tomar la bolsa.
Por tres noches, Lina no vio ni escuchó nada extraordinario; en la cuarta escuchó un crujido entre las hojas de los árboles espolvoreados de diamantes. Ese día encontró una rama de esos árboles en su ramillete de flores.
Llamó al cazador de estrellas y le dijo con dureza:
—¿Sabes cuál es el precio que mi padre está dispuesto a pagar por nuestro secreto?
—Lo sé, princesa —dijo Michael.
—¿Y no le vas a contar?
—Esa no es mi intención.
—¿Tienes miedo?
—No, princesa.
—Entonces, ¿qué te hace tan discreto?
Pero Michael permaneció en silencio.
XII
Las hermanas de Lina la habían visto conversar con el jardinero y se burlaron de ella por hacerlo.
—¿Por qué no te casas con él? —preguntó la hermana mayor— tú también serías una jardinera; es un trabajo encantador. Podrías vivir en una cabaña en las afueras del parque y ayudar a tu marido a extraer agua del pozo, y cuando te levantes por la mañana podrías traernos nuestros ramos de flores.
La princesa Lina estaba muy enojada y cuando el cazador de estrellas le ofreció sus flores, las recibió con desdén.
Michael se portó de lo más respetuoso. Nunca le alzó la mirada, pero casi todo el día ella lo sintió a su lado sin verlo siquiera.
Un día se decidió a decirle todo a su hermana mayor.
—¡Qué! ¿Este granuja conoce nuestro secreto y no me habías dicho nada? Debo deshacerme de él cuanto antes.
—¿Pero cómo?
—Pues haciendo que lo lleven a la torre y lo encierren en el calabozo.
Esta era la manera en que antiguamente las hermosas princesas se deshacían de la gente que sabía demasiado.
Pero lo más sorprendente fue que a la hermana menor no le agradó mucho la idea de cerrar la boca del joven jardinero de ese modo, ya que después de todo, él no le había dicho nada a su padre.
XIII
Se acordó que el asunto fuera compartido a las otras diez hermanas. Todas estaban del lado de la mayor. Entonces la menor les dijo que si le ponían un dedo encima al jardinero, ella misma iría y le contaría a su padre el secreto de los agujeros en sus zapatos.
Al final decidieron que deberían poner a prueba a Michael; que lo llevarían al baile y al final de la cena le darían a beber el filtro que lo hechizaría como a los otros.
Mandaron llamar al cazador de estrellas y le preguntaron cómo se las había arreglado para conocer su secreto, pero él permaneció en silencio.
Luego, la hermana mayor le dio la orden que todas habían acordado y él se limitó a responder:
—Así lo haré.
En realidad él había estado presente, invisible, en el concilio de las princesas y había escuchado todo, y había decidido beber el filtro y sacrificarse por la felicidad de su amada.
Sin embargo, no quería dejar a una de las bailarinas sin pareja junto a las demás, así que se dirigió de inmediato hacia los laureles y dijo:
—Mi amado laurel de rosas, con el rastrillo de oro he removido tu tierra, con la cubeta de oro te he regado, con la toalla de seda te he limpiado. Vísteme como a un príncipe.
Una hermosa flor color rosa apareció. Michael la tomó y en un instante se vio vestido de terciopelo negro, tan negro como los ojos de la pequeña princesa, con una boina y un tocado de diamantes que combinaban muy bien y un botón de rosa de laurel en el ojal.
Así vestido, se presentó esa noche ante el duque de Beloeil y obtuvo permiso para intentar descubrir el secreto de sus hijas. Se veía tan distinguido que difícilmente alguien habría sabido quién era.
XIV
Las doce princesas subieron a su habitación para acostarse.
Michael las siguió y esperó detrás de la puerta abierta hasta que le dieron la señal para partir.
Esta vez no cruzó a bordo del bote de Lina. Le ofreció el brazo a la hermana mayor, bailó con cada una de las princesas y lo hizo con tanta gracia que todas estaban fascinadas con él. Así llegó el momento en que bailara con la pequeña princesa. A ella le pareció el mejor compañero de baile del mundo, pero él no se atrevió a dirigirle una sola palabra.
Cuando la llevaba de regreso a su lugar, ella le dijo en un tono burlón:
—Aquí estás, en la cima de tus mayores deseos: eres tratado como a un príncipe.
—No tenga temor, princesa, usted nunca será la esposa de un jardinero.
La pequeña princesa lo miró con temor, pero él no se detuvo a esperar una respuesta.
Después de tanto baile las zapatillas de satín de las princesas quedaron desgastadas, los violines pararon y los niños encargados pusieron la mesa. Michael estaba sentado junto a la hermana mayor y frente a la menor.
Le dieron platillos exquisitos para cenar y vinos delicados para beber; y para que volviera la cabeza un poco más, de un lado y otro le arrojaban cumplidos y frases halagadoras.
Pero él tuvo mucho cuidado de no embriagarse ni del vino ni de los cumplidos.
XV
Por fin la hermana mayor hizo una señal y uno de los pajes le llevó una enorme copa de oro.
—El castillo encantado ya no tiene secretos para ti —le dijo al cazador de estrellas—. Brindemos por tu triunfo.
Miró por un momento a la pequeña princesa y alzó la copa sin titubear.
—¡No bebas! —gritó de pronto la princesa— Preferiría casarme con un jardinero —dijo y se echó a llorar.
Michael arrojó detrás de sí el contenido de la copa, brincó encima de la mesa y cayó a los pies de Lina. Los otros príncipes se arrojaron del mismo modo a los pies de las princesas, cada una de las cuales escogió a un esposo y lo incorporó a su lado. El hechizo se había roto.
Las doce parejas se embarcaron en unos botes que tuvieron que cruzar varias veces para poder transportar a todos los príncipes. Luego pasaron todos por los tres bosques y una vez que hubieron pasado la puerta del pasadizo secreto se escuchó un gran ruido, como si el castillo encantado se estuviera derrumbando.
Se dirigieron a la habitación del duque de Beloeil, quien se acababa de despertar. Michael sostenía la copa dorada en la mano y reveló el secreto de los agujeros en los zapatos.
—Entonces escoge a la que quieras —le dijo el duque.
—Ya he escogido —respondió el jardinero y le tendió la mano a la joven princesa, quien se sonrojó y bajó la mirada.
XVI
La princesa Lina no se convirtió en la esposa de un jardinero; al contrario, fue el cazador de estrellas quien se hizo príncipe.
Pero antes de la ceremonia de matrimonio, la princesa le insistió en que le dijera cómo fue que descubrió su secreto.
Así que le mostró los laureles que le habían ayudado y ella, como una chica prudente, creyendo que le habían dado mucha ventaja a él sobre su esposa, los cortó de raíz y los arrojó al fuego. Y por eso las muchachas del campo cantan por ahí: “Ya no iremos al bosque, pues han cortado los laureles” y en verano bailan bajo la luz de la luna.