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Blancanieves y los siete enanitos - James Finn Garner

Érase una vez una joven princesa en absoluto desagradable desde el punto de vista estético que, además, se hallaba dotada de un temperamento mucho más cautivador que el de la mayoría de sus conciudadanos. Era conocida con el apodo de Blancanieves, denominación que refleja la discriminación implícita en el hecho de asociar cualidades agradables o atractivas con la luz y otras más antipáticas o repelentes con la oscuridad. Así, y desde su más tierna edad, Blancanieves era ya una víctima inconsciente —si bien privilegiada— de esta clase de clasificaciones cromáticas.

Cuando Blancanieves era aún muy joven, su madre cayó repentinamente enferma, vio luego acrecentada su falta de salud y terminó por caer en estado terminal. Su padre, el rey, la lloró durante lo que podríamos considerar como un período de tiempo aceptable y, por fin, requirió a otra mujer para ocupar el puesto de reina. Blancanieves hizo cuanto estuvo en su mano para agradar a su nueva madre política, pero no pudo evitar que entre ambas se estableciera una relación de frialdad y distancia.

La más preciada posesión de la reina era un espejo mágico que tenía la virtud de responder con veracidad a cualquier pregunta que se le formulara. Sin embargo, sus largos años de condicionamiento social bajo una dictadura jerárquica masculina habían convertido a la reina en una mujer considerablemente insegura acerca de sus propios méritos. La belleza física había llegado a convertirse en el único valor que por entonces la preocupaba, y se había acostumbrado a autodefinirse basándose únicamente en su aspecto personal.

Así pues, todas las mañanas, la reina preguntaba a su espejo:
«Espejito mágico, que todo lo ves, la más hermosa, dime, ¿quién es?»
Y el espejo contestaba:
«Permitidme —oh, mi reina— ser sincero: sois sin duda la más bella que existe en el mundo entero.»

Aquel diálogo fue sucediéndose a diario con regularidad hasta un día en que la reina se despertó sintiendo que no tenía bien el pelo y, ávida de apoyo externo, formuló la pregunta de costumbre. El espejo, sin embargo, repuso:
«Tal valor a la belleza no debes darle, ricura, pues tiempo ha que Blancanieves te supera en hermosura.»

Al oír aquello, la reina montó en cólera. Cualquier oportunidad de colaborar con Blancanieves en pos de un sólido lazo de hermandad era algo que ya pertenecía al pasado. Por el contrario, la reina se dejó llevar por un acceso transitorio de prepotencia masculina y ordenó al real maestro talador que se llevara a Blancanieves al bosque y la matara. Asimismo (y posiblemente para impresionar a los varones de la corte real), añadió una bárbara exigencia: debía arrancar el corazón a la joven y llevarlo posteriormente a su presencia.

El maestro talador aceptó entristecido aquellas órdenes y condujo a la muchacha, que de hecho era ya una mujer incipiente, hasta el corazón del bosque. Sin embargo, su relación con la tierra y con las estaciones naturales del año habían hecho de él una persona bondadosa, y no pudo soportar la idea de hacer daño a la joven. Así, puso a Blancanieves al corriente de la opresiva e insolidaria orden de la reina y la exhortó a partir a la carrera y a internarse cuanto pudiera en el bosque.

La atemorizada Blancanieves hizo lo que le ordenaban. El maestro talador, temeroso de la ira de la reina por más que hubiera rehusado a poner fin a otra vida con el simple fin de complacerla, acudió al poblado y pidió al pastelero que le fabricara un corazón de mazapán. A continuación, se lo entregó a la reina, quien lo devoró ávidamente, ofreciendo con ello un repugnante espectáculo de pseudocanibalismo.

Entretanto, Blancanieves seguía corriendo entre la espesura. Y justamente cuando ya creía haberse alejado lo más posible de la civilización y de sus peligrosos efectos, tropezó con una cabaña. En su interior, pudo distinguir una hilera de siete camas diminutas sin hacer. Vio asimismo siete platos apilados en el fregadero y siete butacones anatómicos emplazados frente a otros tantos televisores con control remoto. 

Supuso que la cabaña debía pertenecer bien a siete hombres de pequeño tamaño o bien a algún numerólogo desaseado. Las camas mostraban un aspecto tan tentador que la fatigada joven se acurrucó sobre una de ellas e, inmediatamente, se quedó dormida.

Cuando despertó, varias horas más tarde, vio ante sí los rostros de siete hombres barbudos y verticalmente limitados que la contemplaban inmóviles alrededor de la cama y se incorporó, sobresaltada. 

Uno de los hombres dijo: —¿Habéis visto eso? Típico de las mujeres frívolas: tan pronto descansan pacíficamente como se incorporan y se ponen a chillar. 

—Estoy completamente de acuerdo —dijo otro—. Esta mujer desbaratará nuestros potentes vínculos de hermandad y creará entre nosotros una situación de rivalidad en la persecución de sus afectos. Yo voto por arrojarla al río en un saco lleno de piedras. 

—Yo también opino que deberíamos deshacernos de ella —dijo un tercero— pero, ¿por qué degradar el medio ambiente? ¿Por qué no arrojarla a los osos o algo por el estilo? Así, pasaría a formar parte de la cadena alimenticia. 

—¡Bravo, bravo! —Bien pensado, hermano.

Cuando Blancanieves recuperó por fin la conciencia, suplicó: —Por favor, por favor, no me matéis. No pretendía causar daño alguno al acostarme en vuestra cama. Pensé que nadie lo advertiría. 

—¿Lo veis? —dijo uno de los hombres— Ya empiezan a aflorar las clásicas inquietudes femeninas. Ahora protesta porque no hemos hecho las camas. 

—¡Matadla! ¡Matadla! 

—¡No, por favor! —gimió la joven—. Si me he internado tanto en estos bosques es debido a que mi madre política, la reina, ordenó que me mataran. 

—¿Habéis oído? ¡He ahí la mutua vengatividad femenina! 

—¡No pretendas hacerte la víctima con nosotros, guapa! 

—¡SILENCIO! —retumbó uno de ellos, dotado de una flamígera cabellera roja cubierta por la piel de una especie animal no humana. 

Blancanieves advirtió que era el jefe del grupo, y que de él dependía su suerte. 

-Explícate. ¿Cómo te llamas y cuál es el motivo real de tu presencia aquí? 

—Me llamo Blancanieves —comenzó ella—, y ya os he explicado el motivo: mi madre política, la reina, ordenó a un maestro talador que me llevara al bosque y me matara, pero él se compadeció de mí y me dijo que echara a correr por el bosque y que me alejara todo lo posible. 

—Típico de las mujeres —gruñó uno de los miembros del grupo para sus adentros—: se buscan a un hombre para que les haga el trabajo sucio.

El jefe alzó la mano exigiendo silencio y dijo: —Muy bien, Blancanieves. Si esa es tu historia, imagino que tendremos que creerte.

Blancanieves comenzaba a sentirse molesta por el trato que estaba recibiendo, pero intentó no mostrarlo. 

—En cualquier caso, ¿puede saberse quiénes sois vosotros? —inquirió. 

—Se nos conoce con el nombre de los Siete Gigantes Colosales —repuso el jefe. A Blancanieves se le escapó una risita que no pasó desapercibida, pero el líder continuó—: Somos colosales en espíritu y, por lo tanto, gigantes entre los habitantes del bosque. Antes, solíamos ganarnos la vida explotando nuestras minas, pero llegamos a la decisión de que tal despojamiento de los recursos del planeta resultaba tan inmoral como inconsciente a largo plazo (y, por si fuera poco, el mercado de metales está bajo mínimos). Así pues, nos hemos convertido en abnegados custodios de la tierra y vivimos aquí en completa armonía con la naturaleza. Y, para llegar a fin de mes, organizamos asimismo retiros destinados a aquellos jóvenes que necesitan entrar en contacto con sus primitivas identidades masculinas. 

—¿Ah, sí? ¿Y en qué consiste eso, aparte de dedicarse a beber leche directamente del envase? —preguntó Blancanieves. 

—Yo en tu lugar no emplearía ese sarcasmo —advirtió el jefe de los Siete Gigantes Colosales—. Mis compañeros quieren desembarazarse de ti porque consideran corruptora cualquier presencia femenina, y podría suceder que no me fuera posible detenerles, ¿comprendes? ¡Camaradas, debemos hablar con sinceridad y franqueza! ¡Retirémonos a nuestro refugio!

Los siete hombrecillos abandonaron atropelladamente la estancia, gritando y despojándose de sus vestiduras, y Blancanieves esperó su regreso sin saber qué hacer. Temerosa de pisar cualquier cosa que pudiera andar arrastrándose entre la suciedad que alfombraba el suelo, decidió no moverse de la cama, y de hecho logró esperar hasta su regreso sin moverse.

A sus oídos llegó un fuerte estrépito acompañado de gritos y, al poco rato, los Siete Gigantes Colosales penetraron de nuevo en la cabaña. Iban todos ataviados con sendos taparrabos y, por fortuna, no olían tan mal como hubiera cabido esperar. 

—¡Agggh! ¡Mirad lo que ha hecho con mi cama! ¡Cambio mi voto! ¡Quiero que desaparezca de aquí! 

—Cálmate, hermano —dijo el jefe—. ¿Es que no te das cuenta? De esto es precisamente de lo que se trata: de contrastar. Nos será tanto más fácil comprobar nuestros progresos como verdaderos hombres si contamos con la presencia de una hembra con la que poder compararnos.

Los hombres comenzaron a refunfuñar, poniendo en duda lo acertado de su decisión, pero Blancanieves ya estaba harta: —¡Me niego a seguir aquí en calidad de objeto, sin otra función que la de vara de medir de vuestros respectivos egos y penes! 

—De acuerdo, pues —dijo el líder del grupo—. Eres libre de buscar tú misma el camino de regreso a través del bosque. No olvides darle recuerdos a la reina. 

—Bueno, también es cierto que puedo quedarme algún tiempo, hasta que se me ocurra otro plan —repuso ella. 

—Perfectamente —dijo el jefe—, pero deberás atenerte a ciertas normas básicas. Nada de quitar el polvo, nada de ordenar la casa y nada de andar lavando la ropa interior en el fregadero. 

—Y nada de fisgar en el refugio. 

—Y no te acerques a nuestras cosas.

Entretanto, en el castillo, la reina se felicitaba de la desaparición de su única rival en hermosura, y andaba entretenida en su gabinete leyendo el *Elle* y *Glamour* y permitiéndose consumir tres onzas enteras de chocolate (sin purgarse a continuación, como solía hacer para conservar la línea). Al poco rato, se dirigió con aire decidido hacia su espejo mágico y le planteó la misma pregunta amarga de siempre:
«Espejito mágico, que todo lo ves, la más hermosa, dime, ¿quién es?»
Y el espejo repuso:
«Tienes un peso perfecto para tu figura y talla pero, en LO QUE HAY QUE TENER, comparada a Blancanieves no pasas de ser morralla.»

Al oír aquello, la reina apretó los puños y dejó escapar un alarido con toda la fuerza de sus pulmones. Sus propias inseguridades llevaban años consumiéndola, hasta el punto de acabar por apartarla moralmente de la norma. Recurriendo a toda su astucia y malicia, comenzó a proyectar un plan mediante el cual asegurar la inviabilidad de su hija política.

Pocos días después, Blancanieves —quien por supuesto se había abstenido de tocar u ordenar nada— se hallaba sentada en el suelo de la cabaña, meditando. De pronto, oyó que llamaban a la puerta. Blancanieves acudió a abrir y descubrió ante sí a una mujer notablemente dotada desde el punto de vista cronológico que portaba una cesta al brazo. A juzgar por sus vestidos, parecía hallarse libre de las limitaciones de un empleo regular. 

—Ayuda a una mujer de ingresos inciertos, querida —dijo—, y compra una de mis manzanas.

Blancanieves reflexionó unos instantes. Personalmente, tenía como norma no adquirir alimentos de intermediarios, ya que lo consideraba una forma de protesta contra los consorcios comerciales agrarios. Su corazón, sin embargo, se había enternecido ante aquella mujer económicamente marginada, por lo que dijo que sí. 

Lo que Blancanieves ignoraba era que en realidad se trataba de la reina, oculta tras un disfraz, y que la manzana había sido alterada química y genéticamente de tal modo que cualquiera que la mordiera estaría condenado a dormir para siempre.

Cualquiera pensaría que al recibir el dinero correspondiente al pago de la manzana, la reina se habría sentido eufórica de comprobar que su plan de venganza estaba funcionando. Sin embargo, al contemplar la hermosa complexión y la tersa figura de Blancanieves se sintió sucesivamente asaltada por oleadas de envidia y autodesprecio. Por fin, rompió en lágrimas. 

—¿Qué ocurre? ¿Qué le sucede? —preguntó Blancanieves. 

—Eres tan joven y tan hermosa —sollozó la reina disfrazada— mientras que yo resulto repelente a la vista y empeoro con cada día que pasa. 

—No debería usted decir eso. Después de todo, la belleza reside en el interior de las personas. 

—Hace años que me lo repito a mí misma —repuso la reina—, pero aún no alcanzo a creérmelo. ¿Cómo logras mantenerte en una forma tan espléndida? 

—Bueno... medito mucho, hago tres horas de aeróbic todos los días y cada vez que me ponen un plato delante procuro no consumir más que la mitad. ¿Querría usted que la enseñara? 

—Oh, sí, sí, por favor —dijo la reina. 

Así pues, comenzaron con una simple sesión de treinta minutos de meditación hatha yoga y, a continuación, practicaron aeróbic durante una hora. Luego, mientras descansaban, Blancanieves partió la manzana por la mitad y entregó uno de los trozos a la reina. Ésta, sin pensar, lo mordió, y ambas cayeron en un profundo sueño.

Ya avanzado el día, los Siete Gigantes Colosales regresaron de un refugio que poseían en el bosque, cuidadosamente guarnecido con barro, plumas y pieles animales. Les acompañaba el príncipe de un reino vecino que había acudido a aquel retiro masculino con la esperanza de hallar una cura para su impotencia (o, como él prefería denominarla, su involuntaria suspensión de actividad falocéntrica). 

Venían todos riendo y entrechocando las palmas con gran camaradería, pero se detuvieron al ver los dos cuerpos tendidos. —¿Qué ha ocurrido? —preguntó el príncipe. 

—Aparentemente, nuestra invitada y esta otra mujer han debido de enzarzarse en una refriega y se han liquidado la una a la otra —sugirió uno de los gigantes. 

—Si pensaban que de este modo iban a hacernos caer presa de nuestros sentimientos más débiles, se equivocan de medio a medio —bufó otro. 

—Bueno, ya que tenemos que desembarazarnos de ellas, ¿por qué no poner en práctica uno de esos funerales vikingos acerca de los que tanto hemos leído? 

—¿Sabéis? —dijo el príncipe—, quizá juzguéis que lo que voy a decir resulta ligeramente depravado, pero tengo confianza en vosotros. Encuentro atractiva a la más joven. Sumamente atractiva. ¿Os importaría, muchachos..., esto..., esperar fuera mientras yo...? 

—¡Detente ahora mismo! —dijo el jefe de los gigantes—. Esos trozos de manzana a medio comer... ese atuendo repugnante... esto tiene toda la pinta de tratarse de alguna clase de sortilegio. No están ni mucho menos muertas. 

—Buf... —suspiró el príncipe—, no sabéis cuánto me alegro. Bueno, chicos, ¿podríais, pues, levantar el vuelo y dejarme que...? 

—Alto ahí, príncipe —dijo el jefe—. ¿Acaso Blancanieves ha logrado que vuelvas a sentirte hombre? 

—Desde luego que sí. Y ahora, ¿os importaría...? 

—¡No la toques! No la toques o romperás el hechizo —dijo el líder. A continuación, caviló unos segundos y dijo—: Hermanos, creo adivinar ciertas posibilidades económicas en todo esto. Si conservamos a Blancanieves en esta comarca, podríamos anunciar nuestros retiros como centros de tratamiento contra la impotencia.

Los gigantes mostraron su aprobación asintiendo con la cabeza, pero el príncipe les interrumpió: —¿Y qué hay de mí? Yo ya he pagado mi inscripción. ¿Cuándo me tocará... esto... hacer la cura? 

—No te enrolles, príncipe —dijo el jefe—. Se ve pero no se toca. De otro modo, romperás el hechizo. Ahora bien, te diré qué puedes hacer: puedes montártelo con la otra. 

—No quisiera parecer clasista —dijo el príncipe—, pero no tiene el calibre necesario para mí. 

—Eso me suena a farol viniendo de alguien que siempre falla el blanco —dijo uno de los gigantes, y todos, menos el príncipe, rompieron en carcajadas.

Dijo el jefe: —Vamos, hermanos, recojamos a estas dos y veamos cómo exhibirlas del modo más eficaz posible.

Hicieron falta tres gigantes para alzar a cada una de las mujeres, pero al fin consiguieron transportar los dos cuerpos. Apenas lo habían hecho, sin embargo, cuando los trozos de manzana envenenada se desprendieron de los labios de Blancanieves y de la reina y ambas despertaron de su sueño. 

—¿Qué os habéis creído que estáis haciendo? ¡Dejadnos en el suelo! —gritaron.

Los gigantes se sobresaltaron hasta tal punto que poco les faltó para dejarlas caer. 

—¡No he escuchado nada tan repugnante en toda mi vida! —vociferó la reina—. ¡Ofrecernos al público como si fuéramos objetos! 

—Y tú —dijo Blancanieves dirigiéndose al príncipe—, intentando hacértelo con una chica que está en coma. ¡Puaj! 

—Oye, a mí no me eches la culpa —dijo el príncipe—. Ten en cuenta que se trata de un problema de salud. 

—No empecéis a echarnos las culpas a nosotros —dijo el líder de los gigantes—. Al fin y al cabo, fuisteis vosotras quienes invadisteis nuestra propiedad. ¡Puedo llamar a la policía! 

—Ni se te ocurra, Napoleón —dijo la reina—. Estos bosques son propiedad de la corona. Vosotros sois los intrusos.

Aquella réplica despertó una notable agitación entre los presentes, pero nada comparable al revuelo que causó su siguiente advertencia: —Y, otra cosa: mientras estábamos paralizadas y todos vosotros os dedicabais a divagar desde vuestra perspectiva machista, tuve ocasión de experimentar una revelación personal. De ahora en adelante, pienso dedicar mi vida a eliminar el abismo que se abre entre el cuerpo y el espíritu de las mujeres. Proyecto enseñar a todas ellas a aceptar su imagen física natural y a superar su desintegración. Blancanieves y yo vamos a fundar un centro de conferencias y un balneario femenino en este preciso lugar, un sitio donde podamos celebrar retiros, reuniones y conferencias para todas las hermanas del planeta.

Inmediatamente, se desató una enorme algarabía de gritos e insultos, pero la reina terminó por salirse con la suya.

No obstante, antes de que pudieran ser desahuciados de su residencia, los Siete Gigantes Colosales lograron organizar el traslado de su refugio a otro lugar aún más internado en las profundidades del bosque. 

El príncipe permaneció en el balneario en calidad de elegante —pero inofensivo— profesor de tenis. 

Y Blancanieves y la reina se convirtieron en buenas amigas y llegaron a hacerse mundialmente famosas por sus contribuciones a la causa de la hermandad femenina. 

En cuanto a los gigantes, nunca más volvió a saberse de ellos, salvo por las diminutas huellas que de vez en cuando aparecían por las mañanas bajo las ventanas de los vestuarios del balneario.

El Cascanueces y el rey de los ratones - E. T. A. Hoffmann (parte 6)

 El reino de las muñecas

Me parece a mí, queridos lectores, que ninguno de vosotros habría vacilado en seguir al buen Cascanueces, que no era fácil tuviese propósito de causaros mal alguno. María lo hizo así, con sumo gusto al contar con el agradecimiento de Cascanueces; estaba convencida de que cumpliría su palabra haciéndole ver multitud de cosas bellas. Por lo tanto, dijo:

Iré con usted, señor Drosselmeier, pero no muy lejos ni por mucho tiempo, pues no he dormido nada.

Entonces tomaremos el camino más corto, aunque sea el más difícil respondió Cascanueces.

Y echó a andar delante, siguiéndole María, hasta que se detuvieron frente al gran armario ropero del recibimiento. María se quedó asombrada al ver que las puertas del armario, habitualmente cerradas, estaban abiertas de par en par, dejando al descubierto el abrigo de piel de zorra que el padre usaba en los viajes y que colgaba en primer término. 

Cascanueces trepó con mucha agilidad por los adornos y molduras, hasta que pudo alcanzar el hermoso hopo que, sujeto por un grueso cordón, colgaba de la parte de atrás del abrigo de piel. En cuanto Cascanueces se apoderó del hopo, echó abajo una escala de madera de cedro a través de la manga de piel.

Haga el favor de subir, señorita exclamó Cascanueces.

María lo hizo así; pero apenas había comenzado a subir por la manga, casi en el momento en que empezaba a mirar por encima del cuello, quedó deslumbrada por una luz cegadora y se encontró, de repente, en una pradera perfumada, de la que brotaban millones de chispas como piedras preciosas.

Estamos en la pradera de Cande dijo Cascanueces y tenemos que pasar por aquella puerta.

Entonces María advirtió la hermosa puerta que no había visto hasta aquel momento, y que se elevaba a pocos pasos de la pradera. Parecía edificada de mármol blanco, pardo y color corinto; pero mirándola despacio, descubrió que los materiales de construcción eran almendras garapiñadas y pasas, por cuya razón, según le dijo Cascanueces, aquella puerta por la que iban a penetrar se llamaba la «puerta de las Almendras y de las Pasas»

La gente vulgar la llamaba la «puerta de los Mendigos», con muy poca propiedad. En una galería exterior de esta puerta, al parecer de azúcar de naranjo, seis monitos, vestidos con casaquitas rojas, tocaban una música turca de lo mejor que se puede oír, y María apenas si advirtió que seguían avanzando por un pavimento de lajas de mármol que, sin embargo, no eran otra cosa que pastillas muy bien hechas.

A poco se oyeron unos acordes dulcísimos, procedentes de un bosquecillo maravilloso que se extendía a ambos lados. Entre el follaje verde había tal claridad que se veían perfectamente los frutos dorados y plateados colgando de las ramas, de colores vivos, y estas y los troncos aparecían adornados con cintas y ramos de flores, que semejaban novios alegres y recién casados llenos de felicidad. 

Y de vez en cuando el aroma de los naranjos era esparcido por el blando céfiro, que resonaba en las ramas y en las hojas, las cuales, al entrechocarse, producían un ruido semejante a la más melodiosa música, a cuyos acordes bailaban y danzaban las brillantes lucecillas.

—¡Qué bonito es todo esto! exclamó María, encantada y loca de contenta.

Estamos en el bosque de Navidad, querida señorita dijo Cascanueces.

—¡Ay continuó María, si pudiera permanecer aquí! ¡Es tan bonito!

Cascanueces dio una palmada y aparecieron unos pastores y pastoras, cazadores y cazadoras, tan bonitos y blancos que hubiera podido creerse estaban hechos de azúcar, y a los cuales no había visto María a pesar de que se paseaban por el bosque. 

Llevaban una preciosa butaca de oro; colocaron en ella un almohadón de malvavisco y, muy corteses, invitaron a María a tomar asiento en ella. Apenas lo hizo, empezaron pastores y pastoras a bailar una danza artística, mientras los cazadores tocaban en sus cuernos de caza; luego desaparecieron todos en la espesura.

Perdone, señorita de Stahlbaum dijo Cascanueces, que el baile haya resultado tan pobre; pero los personajes pertenecen a los de los bailes de alambre y no saben ejecutar sino los mismos movimientos siempre. También hay una razón para que la música de los cazadores sea tan monótona. El cesto del azúcar está colgado en los árboles de Navidad encima de sus narices, pero un poco alto. ¿Quiere usted que sigamos adelante?

Todo es precioso y me gusta muchísimo dijo María levantándose para seguir a Cascanueces, que había echado a andar.

Pasaron a lo largo de un arroyo cantarín y alegre, en el que se advertía el mismo aroma delicioso del resto del bosque.

Es el arroyo de las Naranjas respondió Cascanueces a la pregunta de María; pero, aparte su aroma, no tiene comparación en tamaño y belleza con el torrente de los Limones, que, como él, vierte en el mar de las Almendras.

En seguida escuchó María un ruido sordo y vio el torrente de los limones, que se precipitaba en ondas color perla entre arbustos verdes chispeantes como carbunclos. Del agua murmuradora emanaba una frescura reconfortante para el pecho y el corazón. 

Un poco más allá corría un agua amarillenta, más espesa, de un aroma penetrante y dulce, y a su orilla jugueteaban una multitud de chiquillos, que pescaban con anzuelo, comiéndose al momento los pececillos que cogían. 

Al acercarse, observó María que los pececillos parecían avellanas. A cierta distancia se divisaba un pueblecito a orillas del torrente; las casas, la iglesia, la rectoral, las alquerías, todo era parduzco, aunque cubierto con tejados dorados; también se veían algunos muros tan bonitos pintados como si estuviesen sembrados de corteza de limón y de almendras.

Es la patria del Alajú dijo Cascanueces, que está situada a orillas del arroyo de la Miel; ahí habitan gentes muy guapas, pero casi siempre están descontentas porque padecen de dolor de muelas. No los visitaremos por esta razón.

Luego divisó María una ciudad pequeña, compuesta de casitas transparentes y claras, que resultaba muy linda. Cascanueces se dirigió decididamente a ella, y María escuchó un gran estrépito, viendo que miles de personajes diminutos se disponían a descargar una infinidad de carros muy cargados que estaban en el mercado. Lo que sacaban aparecía envuelto en papeles de colores y semejaba pastillas de chocolate.

Estamos en el país de los Bombones dijo Cascanueces, y acaba de llegar un envío del país del Papel y del rey del Chocolate. Las casas del país de los Bombones estaban seriamente amenazadas por el ejército que manda el almirante de las Moscas, y por esta causa las cubren con los dones del país del Papel y construyen fortificaciones con los envíos del rey del Chocolate. Pero en este país no nos hemos de conformar con ver los pueblos, sino que debemos ir a la capital.

Y Cascanueces guió hacia la capital a la curiosa María.

Al poco tiempo notó un pronunciado olor a rosas y todo apareció como envuelto en una niebla rosada. María observó que aquello era el reflejo de un agua de ese color que en ondas armoniosas y murmuradoras corría ante sus ojos. 

En aquel lago encantador, que se ensanchaba hasta adquirir las proporciones de un inmenso mar, nadaban unos cuantos hermosos cisnes plateados, a cuyos cuellos estaban atadas cintitas de oro y cantaban a porfía las canciones más lindas; y en las rosadas ondas, los pececillos diamantinos iban de un lado para otro, como danzando a compás.

—¡Ah! exclamó María entusiasmada. Este es un lago como el que me quería hacer el padrino Drosselmeier en una ocasión, y yo soy la niña que acariciaría a los cisnes.

Cascanueces sonrió de un modo más burlón que nunca y dijo:

El tío no sabría hacer una cosa semejante; usted quizá sí, querida señorita de Stahlbaum... Pero no discutiremos por esto; vamos a embarcarnos y nos dirigiremos, por el lago de las Rosas, a la capital.

La capital

Cascanueces dio una palmada: el lado de las Rosas comenzó a agitarse más, las olas se hicieron mayores y María vio que a lo lejos se dirigía hacia donde estaban ellos un carro de conchas de marfil, claro y resplandeciente, tirado por dos delfines de escamas doradas. 

Doce negritos, con monteritas y delantalitos tejidos de plumas de colibrí, saltaron a la orilla y trasladaron a María y luego a Cascanueces, deslizándose suavemente sobre las olas, al carro, que en el mismo instante se puso en movimiento. ¡Qué hermosura verse en el carro de concha, embalsamado de aroma de rosas y conducido por encima de las olas rosadas! 

Los dos delfines de escamas doradas levantaban sus fauces, y al resoplar brotaban de ellas brillantes cristales que alcanzaban gran altura, volviendo a caer en ondas espumosas y chispeantes. Luego pareció como si cantaran multitud de vocecillas. «¿Quién boga por el lago de las Rosas?... ¡El hada!... Mosquitas, ¡sum, sum, sum! Pececillos, ¡sim, sim, sim! Cisnes, ¡cua, cua, cua! Pajaritos, ¡pi, pi, pi! Ondas del torrente, agitaos, cantad, observad... el hada viene. Ondas rosadas, agitaos, refrescad, bañad.» 

Pero los doce negritos, que habían descendido del carro de conchas, tomaron muy mal aquel canto y sacudieron sus sombrillas con tal fuerza que las hojas de palmera de que estaban hechas empezaron a sonar y castañetear, y ellos al tiempo acompañaban con los pies, haciendo una cadencia extraña y cantando: «¡Clip, clap, clip, clap!, cortejo de negros, no calléis; no os estéis quietos, pececillos; danzad, cisnes; balancéate, carro de concha, balancéate. ¡Clip, clap, clip, clap!».

Los negros son muy alegres dijo Cascanueces un poco sorprendido, pero alborotan todo el lago.

En efecto, en seguida se oyó un gran murmullo de voces extraordinarias que parecía como si saliesen del agua y flotasen en el aire.

María no se fijó en las últimas, sino que miró y las ondas rosadas, en las que vio reflejarse el rostro de una muchacha encantadora que le sonreía.

—¡Ah! exclamó muy contenta palmoteando. Mire, señor Drosselmeier, allá abajo está la princesa Pirlipat, que me sonríe de un modo admirable. ¿No la ve usted, señor Drosselmeier?

Cascanueces suspiró tristemente y dijo:

Querida señorita de Stahlbaum, no es la princesa Pirlipat; es su mismo rostro el que sonríe en las ondas de rosa.

María volvió la cabeza, avergonzada, y cerró los ojos.

En aquel instante se encontró trasladada por los mismos negros a la orilla, y en un matorral casi tan bello como el bosque de Navidad, con mil cosas admirables y, sobre todo, con unas frutas raras que colgaban de los árboles, que no sólo tenían los colores más lindos, sino que olían divinamente.

Estamos en el bosque de las Confituras dijo Cascanueces; pero ahí está la capital.

Entonces vio María algo verdaderamente inesperado. No sé cómo lograría yo, queridos niños, explicaros la belleza y las maravillas de la ciudad que se extendía ante los ojos de María en una pradera florida. 

Los muros y las torres estaban pintados de colores preciosos; la forma de los edificios no tenía igual en el mundo. En vez de tejados, las casas lucían coronas lindamente tejidas, y las torres, guirnaldas de hojas verdes de lo más bonito que se puede ver. Al pasar por la puerta, que parecía edificada de macarrones y de frutas escarchadas, siete soldados les presentaron armas, y un hombrecillo con una bata de brocado se echó al cuello de Cascanueces, saludándolo con las siguientes palabras:

Bienvenido seáis, querido príncipe; bienvenido al pueblo de Mermelada.

María se admiró mucho al ver que Drosselmeier era considerado y tratado como príncipe por un hombre distinguido. Luego oyó un charlar confuso, un parloteo, unas risas, una música y unos cánticos que la distrajeron de todo lo demás, y sólo pensó en averiguar su causa.

Querida señorita de Stahlbaum respondió Cascanueces, no tiene nada de particular. Mermelada es una ciudad alegre; siempre está igual. Pero tenga la bondad de seguirme un poco más adelante.

Apenas anduvieron unos pasos, llegaron a la plaza del Mercado, que presentaba un aspecto hermoso. Todas las casas de alrededor eran de azúcar trabajada con calados y galerías superpuestas; en el centro se alzaba un ramillete a modo de obelisco; cerca de él lanzaban a gran altura sus juegos de agua cuatro fuentes muy artísticas de grosella, limonada y otras bebidas dulces, y en las tazas remansaba la crema, que se podía coger a cucharadas. 

Y lo más bonito de todo eran los miles de lucecillas que, colgadas encima de otras tantas cabezas, iban de un lado para otro gritando, riendo, bromeando, cantando..., en una palabra, armando el alboroto que María oyera desde lejos. Se veían gentes bellamente ataviadas: armenios, griegos, judíos y tiroleses, oficiales y soldados, sacerdotes, pastores y bufones; en fin, todos los personajes que se pueden hallar en el mundo. 

En una de las esquinas era mayor el tumulto; la gente se atropellaba, pues pasaba el Gran Mogol en su palanquín, acompañado por noventa y tres grandes del reino y ciento siete esclavos. En la esquina opuesta, tenía su fuerte el cuerpo de pescadores, que sumaba quinientas cabezas; y lo peor fue que el Gran Señor Turco tuvo la ocurrencia de irse a pasear a la plaza, a caballo, con tres mil jenízaros, yendo a interrumpir el cortejo que se dirigía al ramillete central cantando el himno Alabemos al poderoso Sol. 

Hubo gran revuelta y muchos tropezones y gritos. Al rato se escuchó un lamento: era que un pescador había cortado la cabeza a un bracmán, y al Gran Mogol por poco lo atropella un bufón. El ruido se hacía más ensordecedor a cada instante, y ya empezaba la gente a llegar a las manos cuando hizo su aparición en la plaza el individuo de la bata de damasco que saludara a Cascanueces en la puerta de la ciudad dándole el título de príncipe, y subiéndose al ramillete tocó tres veces una campanilla y gritó al tiempo:

—¡Confitero!... ¡Confitero!... ¡Confitero!

Instantáneamente cesó el tumulto; cada cual procuró arreglárselas como pudo, y, después que se hubo desenredado el lío de coches, se limpió el Gran Mogol y se volvió a colocar la cabeza al bracmán, continuó la algazara.

—¿Qué ha querido decir con la palabra confitero, señor Drosselmeier? preguntó María.

Señorita respondió Cascanueces, confitero se llama aquí a una fuerza desconocida de la que se supone puede hacer con los hombres lo que le viene en gana; es la fatalidad que pesa sobre este alegre pueblo, y le temen tanto que sólo con nombrarlo se apaga el tumulto más grande, como lo acaba de hacer el burgomaestre. Nadie piensa más en lo terreno, en romperse los huesos o en cortarse la cabeza, sino que todo el mundo se reconcentra y dice para sí: «¿Qué será ese hombre y qué es lo que haría con nosotros?».

María no pudo contener una exclamación de asombro y de admiración al verse delante de un palacio iluminado por los rojos rayos del sol, con cien torrecillas alegres. En los muros había sembrados ramilletes de violetas, narcisos, tulipanes, alhelíes, cuyos tonos oscuros hacían resaltar más y más el fondo rojo. La gran cúpula central del edificio, lo mismo que los tejados piramidales de las torrecillas, estaban sembrados de miles de estrellas doradas y plateadas.

Estamos en el palacio de Mazapán dijo Cascanueces.

María se perdía en la contemplación del maravilloso palacio; pero no se le escapó que a una de las torres grandes le faltaba el tejado. Al parecer, unos hombrecillos encaramados en un andamiaje armado con ramas de cinamomo trataban de repararlo. Antes de que preguntase nada a Cascanueces, explicó este:

Hace poco amenazó al hermoso palacio un hundimiento serio, que bien pudo haber llegado a la destrucción total. El gigante Goloso pasó por aquí, se comió el tejado de esa torre y dio un bocado a la gran cúpula; los ciudadanos de Mermelada le dieron como tributo un barrio entero y una parte considerable del bosque de confituras, con lo cual se satisfizo y se marchó.

En aquel momento, se oyó una música agradable y dulce; las puertas del palacio se abrieron, dando paso a los doce pajecillos con tallos de girasol encendidos, que llevaban a modo de hachas. Su cabeza consistía en una perla; los cuerpos, de rubíes y esmeraldas, y marchaban sobre piececillos diminutos de oro puro. Los seguían cuatro damas de un tamaño aproximado a la muñeca Clarita, de María, pero tan maravillosamente vestidas que María reconoció en seguida en ellas a las princesas. Abrazaron muy cariñosas a Cascanueces, diciéndole conmovidas:

—¡Oh, príncipe! ¡Oh, hermano mío!

Cascanueces, muy conmovido, se limpió las lágrimas que inundaban sus ojos, tomó a María de la mano y dijo en tono patético:

Esta señorita es María Stahlbaum, hija de un respetable consejero de Sanidad y la que me ha salvado la vida. Si ella no tira a tiempo su zapatilla, si no me proporciona el sable del coronel retirado, estaría en la sepultura, mordido por el maldito rey de los ratones. ¿Puede compararse con esta señorita la princesa Pirlipat, a pesar de su nacimiento, en belleza, bondad y virtud? No, digo yo; no.

Todas las damas dijeron asimismo «no», y echaron los brazos al cuello de María, exclamando entre sollozos:

—¡Oh, noble salvadora de nuestro querido hermano el príncipe!... ¡Oh, bonísima señorita de Stahlbaum!

Las damas acompañaron a María y al Cascanueces al interior del palacio, conduciéndolos a un salón cuyas paredes eran de pulido cristal de tonos claros. Lo que más le gustó a María fueron las preciosas sillitas, las cómodas, los escritorios, etc., que estaban diseminados por el salón, y que eran de cedro o de madera del Brasil con incrustaciones de oro semejando flores. 

Las princesas hicieron sentar a María y a Cascanueces, diciéndoles que iban a prepararles la comida. Presentaron una colección de pucheritos y tacitas de la más fina porcelana española, cucharas, tenedores, cuchillos, ralladores, cacerolas y otros utensilios de cocina de oro y plata. 

Luego sacaron las frutas y golosinas más sabrosas que María viera en su vida, y comenzaron, con sus manos de nieve, a prensar las frutas, a preparar la sazón, a rallar la almendra; en una palabra, trabajaron de tal manera, que María pudo ver que eran buenas cocineras y comprendió que preparaban una comida exquisita. En lo íntimo de su ser, deseaba saber algo de aquellas cosas para ayudar a las princesas. La más hermosa de ellas, como si hubiese adivinado su deseo, alargó a María un mortero de oro, diciéndole:

Dulce amiguita, salvadora de mi hermano, machaca un poco de azúcar cande.

Mientras María machacaba afanosa y el ruido que hacía en el mortero sonaba como una linda canción, Cascanueces comenzó a contar a sus hermanas la terrible batalla entre sus tropas y las del rey de los ratones, la cobardía de su ejército, que quedó casi batido por completo, y la intención del rey de los ratones de acabar con él, y el sacrificio que María hizo de muchos de sus ciudadanos, etc. 

María estaba cada vez más lejos del relato y del ruido del mortero, llegando al fin a ver levantarse una gasa plateada a modo de neblina en la que flotaban las princesas, los pajes, Cascanueces y ella misma, escuchando al tiempo un canto dulcísimo y un murmullo extraño, que se desvanecía a lo lejos y subía y subía cada vez más alto.

Conclusión

¡Brr...!, ¡pum!..., María cayó de una altura inconmensurable... ¡Qué sacudida!... Pero abrió los ojos y se encontró en su camita; era muy de día, y su madre estaba a su lado, diciendo:

Vamos, ¿cómo puedes dormir tanto? Ya hace mucho tiempo que está el desayuno.

Comprenderás, público respetable, que María, entusiasmada con las maravillas que había visto, concluyó por dormirse en el salón del palacio de Mazapán, y que los negros, los pajes o quizá las princesas mismas la trasladaron a su casa y la metieron en la cama.

Madre, querida madre, no sabes dónde me ha llevado esta noche el señor Drosselmeier y las cosas tan lindas que me ha enseñado.

Y contó a su madre todo lo que yo acabo de referir; y la buena señora se maravilló mucho.

Cuando María acabó su narración, dijo su madre:

Has tenido un sueño largo y bonito, pero procura que se te quiten esas ideas de la cabeza.

María, testaruda, insistía en que no había soñado y que en realidad vio todo lo que contaba. Entonces su madre la tomó de la mano y la condujo ante el armario, donde enseñándole el Cascanueces, que, como de costumbre, estaba en la tercera tabla, le dijo:

—¿Cómo puedes creer, criatura, que este muñeco de madera de Nuremberg pueda tener vida y movimiento?

Pero, querida madre repuso María, yo sé muy bien que el pequeño Cascanueces es el joven Drosselmeier de Nuremberg, el sobrino del magistrado.

El consejero de Sanidad y su mujer soltaron la carcajada.

—¡Ah! dijo María casi llorando. No te rías de mi Cascanueces, querido padre, que ha hablado muy bien de ti; precisamente cuando me presentó a sus hermanas, las princesas, en el palacio de Mazapán, dijo que eras un consejero de Sanidad muy respetable.

Mayores fueron aún las carcajadas de los padres, a las que se unieron las de Luisa y Federico.

María se metió en su cuarto, sacó de una cajita las siete coronas del rey de los ratones y se las enseñó a su madre, diciendo:

Mira, querida madre, aquí están las siete coronas del rey de los ratones que me entregó anoche el joven Drosselmeier como trofeo de su victoria.

Muy asombrada contempló la madre las siete coronitas, tan primorosamente trabajadas en un metal desconocido que no era posible estuviesen hechas por manos humanas. El consejero de Sanidad no podía apartar la vista de aquella maravilla, y ambos, el padre y la madre, insistieron en que María les dijese de dónde había sacado aquellas coronas. La niña sólo pudo responder lo que ya había dicho, y como su padre no la creía y le decía que era una mentirosa, comenzó a llorar amargamente, diciendo.

—¡Pobre de mí! ¿Qué puedo decir yo?

En aquel momento se abrió la puerta, dando paso al magistrado, que exclamó:

—¿Qué es eso, qué es eso? ¿Por qué llora mi ahijadita? ¿Qué pasa?

El consejero de Sanidad le contó todo lo ocurrido, enseñándole las coronitas.

En cuanto el magistrado las vio se echó a reír, diciendo:

—¡Qué tontería, qué tontería! Esas son las coronitas que hace años llevaba yo en la cadena del reloj y que le regalé a María el día que cumplió dos años. ¿No os acordáis?

Ni el consejero de Sanidad ni su mujer se acordaban de aquello; pero María, observando que sus padres desarrugaban el ceño, se echó en brazos de su padrino y dijo:

Padrino, tú lo sabes todo. Dile que Cascanueces es tu sobrino, el joven de Nuremberg, y que él es quien me ha dado las coronitas.

El magistrado se puso muy serio y murmuró:

—¡Tonterías, extravagancias!

Entonces el padre tomó a María en brazos y le sermoneó:

Escucha, María: a ver si te dejas de imaginaciones y de bromas; si vuelves a decir que el insignificante y contrahecho Cascanueces es el sobrino del magistrado Drosselmeier, lo tiro por el balcón, y con él todas tus demás muñecas, incluso a la señorita Clara.

La pobre María no tuvo más remedio que callarse y no hablar de lo que llenaba su alma, pues podéis comprender perfectamente que no era fácil olvidar todas las bellezas que había visto. El mismo Federico volvía la espalda cuando su hermana quería hablarle del reino maravilloso en que fue tan feliz, llegando algunas veces a murmurar entre dientes:

—¡Qué estúpida!

Trabajo me cuesta creer esto último conociendo su buen natural; pero de lo que sí estoy seguro es de que, como ya no creía nada de lo que su hermana le contaba, desagravió a sus húsares de la ofensa que les hiciera con una parada en toda regla; les puso unos pompones de pluma de ganso en vez de la divisa, y les permitió que tocasen la marcha de los húsares de la Guardia. Nosotros sabemos muy bien cómo se portaron los húsares cuando recibieron en sus chaquetillas rojas las manchas de las asquerosas balas...

A María no se le permitió volver a hablar de su aventura; pero la imagen de aquel reino encantador la rodeaba como de un susurro dulcísimo y de una armonía deliciosa; lo veía todo de nuevo en cuanto se lo proponía, y así, algunas veces, en vez de jugar como antes, se quedaba quieta y callada, ensimismada, como si la acometiera un sueño repentino.

Un día, el magistrado estaba arreglando uno de los relojes de la casa. María, sentada ante el armario de cristales y sumida en sus sueños, contemplaba al Cascanueces; sin advertirlo, comenzó a decir:

Querido Drosselmeier: si vivieses, yo no haría como la princesa Pirlipat; yo no te despreciaría por haber dejado de ser por causa mía un joven apuesto.

El magistrado exclamó:

Vaya, vaya, ¡qué tonterías!...

Y en el mismo momento se sintió una sacudida y un gran ruido, y María cayó al suelo desmayada.

Cuando volvió en sí, su madre, que la atendía, dijo:

—¿Cómo te has caído de la silla siendo ya tan grande? Aquí tienes al sobrino del magistrado, que ha venido de Nuremberg...; a ver si eres juiciosa.

María levantó la vista. El magistrado se había puesto la peluca y su gabán amarillo y sonreía satisfecho; en la mano tenía un muñequito pequeño, pero muy bien hecho: su rostro parecía de leche y sangre; llevaba un traje rojo adornado de oro, medias de seda blanca y zapatos y en la chorrera un ramo de flores; iba muy rizado y empolvado, y a la espalda le colgaba una trenza; la espada, sujeta de su cinto, brillaba constelada de joyas, y el sombrerillo, que sostenía debajo del brazo, era de pura seda. 

Demostraba sus buenas costumbres en que había traído a María una infinidad de muñequitos de mazapán y todas las figuritas que el rey de los ratones se comiera. A Federico también le traía un sable. En la mesa partió con mucha soltura nueces para todos; no se le resistían ni las más duras; con la mano derecha se las metía en la boca, con la izquierda levantaba la trenza y..., ¡crac!..., la nuez se hacía pedazos.

María se puso roja cuando vio al joven, y más roja aún cuando, después de comer, el joven Drosselmeier la invitó a salir con él y a colocarse junto al armario de cristales.

Jugad tranquilos, hijos míos dijo el magistrado; como todos mis relojes marchan bien, no me opongo a ello.

En cuanto el joven Drosselmeier estuvo solo con María se hincó de rodillas y exclamó:

Distinguidísima señorita de Stahlbaum: aquí tiene a sus pies al feliz Drosselmeier, cuya vida salvó usted en este mismo sitio. Usted, con su bondad característica, dijo que no sería como la princesa Pirlipat y que no me despreciaría si por su causa hubiera perdido mi apostura. En el mismo momento dejé de ser un vulgar Cascanueces y recobré mi antigua figura. Distinguida señorita, hágame feliz concediéndome su mano; comparta conmigo reino y corona; reine conmigo en el palacio de Mazapán, pues allí soy el rey.

María levantó al joven y dijo en voz baja:

Querido señor Drosselmeier: es usted un hombre amable y bueno, y como además posee usted un reino simpático en el que la gente es muy amable y alegre, le acepto como prometido.

Desde aquel momento, fue María la prometida de Drosselmeier. Al cabo de un año dicen que fue a buscarla en un coche de oro tirado por caballos plateados. En las bodas bailaron veintiún mil personajes adornados con perlas y diamantes, y María se convirtió en reina de un país en el que sólo se ven, si se tienen ojos, alegres bosques de Navidad, transparentes palacios de Mazapán, en una palabra, toda clase de cosas asombrosas.

Este es el cuento de El Cascanueces y el rey de los ratones.