El
reino de las muñecas
Me
parece a mí, queridos lectores, que ninguno
de vosotros habría vacilado en seguir al buen
Cascanueces, que no era fácil tuviese propósito
de causaros mal alguno. María lo hizo así,
con sumo gusto al contar con el agradecimiento de Cascanueces; estaba
convencida de que cumpliría su palabra haciéndole
ver multitud de cosas bellas. Por lo tanto, dijo:
—Iré con usted, señor
Drosselmeier, pero no muy lejos ni por mucho tiempo, pues no he dormido nada.
—Entonces tomaremos el camino más
corto, aunque sea el más difícil —respondió
Cascanueces.
Y
echó a andar delante, siguiéndole
María, hasta que se detuvieron frente
al gran armario ropero del recibimiento. María se quedó
asombrada al ver que las puertas del armario, habitualmente cerradas, estaban
abiertas de par en par, dejando al descubierto el abrigo de piel de zorra que
el padre usaba en los viajes y que colgaba en primer término.
Cascanueces trepó con mucha agilidad por los
adornos y molduras, hasta que pudo alcanzar el hermoso hopo que, sujeto por un
grueso cordón, colgaba de la parte de atrás
del abrigo de piel. En cuanto Cascanueces se apoderó del hopo, echó
abajo una escala de madera de cedro a través de la manga de
piel.
—Haga el favor de subir, señorita
—exclamó Cascanueces.
María
lo hizo así; pero apenas había
comenzado a subir por la manga, casi en el momento en que empezaba a mirar por
encima del cuello, quedó deslumbrada por una luz cegadora
y se encontró, de repente, en una pradera
perfumada, de la que brotaban millones de chispas como piedras preciosas.
—Estamos en la pradera de Cande —dijo
Cascanueces— y tenemos que pasar por aquella
puerta.
Entonces
María advirtió
la hermosa puerta que no había visto hasta aquel momento, y
que se elevaba a pocos pasos de la pradera. Parecía edificada de mármol
blanco, pardo y color corinto; pero mirándola despacio,
descubrió que los materiales de construcción
eran almendras garapiñadas y pasas, por cuya razón,
según le dijo Cascanueces, aquella
puerta por la que iban a penetrar se llamaba la «puerta de las
Almendras y de las Pasas».
La gente vulgar la llamaba la «puerta
de los Mendigos», con muy poca propiedad. En una
galería exterior de esta puerta, al
parecer de azúcar de naranjo, seis monitos,
vestidos con casaquitas rojas, tocaban una música turca de lo
mejor que se puede oír, y María
apenas si advirtió que seguían
avanzando por un pavimento de lajas de mármol que, sin
embargo, no eran otra cosa que pastillas muy bien hechas.
A
poco se oyeron unos acordes dulcísimos, procedentes
de un bosquecillo maravilloso que se extendía a ambos lados.
Entre el follaje verde había tal claridad que se veían
perfectamente los frutos dorados y plateados colgando de las ramas, de colores
vivos, y estas y los troncos aparecían adornados con
cintas y ramos de flores, que semejaban novios alegres y recién
casados llenos de felicidad.
Y de vez en cuando el aroma de los naranjos era
esparcido por el blando céfiro, que resonaba en las ramas y
en las hojas, las cuales, al entrechocarse, producían un ruido
semejante a la más melodiosa música,
a cuyos acordes bailaban y danzaban las brillantes lucecillas.
—¡Qué bonito es todo
esto! —exclamó María,
encantada y loca de contenta.
—Estamos en el bosque de Navidad,
querida señorita —dijo Cascanueces.
—¡Ay —continuó
María—, si pudiera
permanecer aquí! ¡Es tan bonito!
Cascanueces
dio una palmada y aparecieron unos pastores y pastoras, cazadores y cazadoras,
tan bonitos y blancos que hubiera podido creerse estaban hechos de azúcar,
y a los cuales no había visto María
a pesar de que se paseaban por el bosque.
Llevaban una preciosa butaca de oro;
colocaron en ella un almohadón de malvavisco y, muy corteses,
invitaron a María a tomar asiento en ella. Apenas
lo hizo, empezaron pastores y pastoras a bailar una danza artística,
mientras los cazadores tocaban en sus cuernos de caza; luego desaparecieron
todos en la espesura.
—Perdone, señorita
de Stahlbaum —dijo Cascanueces—,
que el baile haya resultado tan pobre; pero los personajes pertenecen a los de
los bailes de alambre y no saben ejecutar sino los mismos movimientos siempre.
También hay una razón
para que la música de los cazadores sea tan monótona.
El cesto del azúcar está colgado en los árboles
de Navidad encima de sus narices, pero un poco alto. ¿Quiere usted que
sigamos adelante?
—Todo es precioso y me gusta muchísimo
—dijo María
levantándose para seguir a Cascanueces,
que había echado a andar.
Pasaron
a lo largo de un arroyo cantarín y alegre, en el
que se advertía el mismo aroma delicioso del
resto del bosque.
—Es el arroyo de las Naranjas —respondió
Cascanueces a la pregunta de María—;
pero, aparte su aroma, no tiene comparación en tamaño
y belleza con el torrente de los Limones, que, como él, vierte en el mar
de las Almendras.
En
seguida escuchó María un ruido sordo y
vio el torrente de los limones, que se precipitaba en ondas color perla entre
arbustos verdes chispeantes como carbunclos. Del agua murmuradora emanaba una
frescura reconfortante para el pecho y el corazón.
Un poco más
allá corría un agua
amarillenta, más espesa, de un aroma penetrante
y dulce, y a su orilla jugueteaban una multitud de chiquillos, que pescaban con
anzuelo, comiéndose al momento los pececillos
que cogían.
Al acercarse, observó
María que los pececillos parecían
avellanas. A cierta distancia se divisaba un pueblecito a orillas del torrente;
las casas, la iglesia, la rectoral, las alquerías, todo era
parduzco, aunque cubierto con tejados dorados; también se veían
algunos muros tan bonitos pintados como si estuviesen sembrados de corteza de
limón y de almendras.
—Es la patria del Alajú
—dijo Cascanueces—,
que está situada a orillas del arroyo de la Miel; ahí
habitan gentes muy guapas, pero casi siempre están descontentas
porque padecen de dolor de muelas. No los visitaremos por esta razón.
Luego
divisó María una ciudad pequeña,
compuesta de casitas transparentes y claras, que resultaba muy linda.
Cascanueces se dirigió decididamente a ella, y María
escuchó un gran estrépito,
viendo que miles de personajes diminutos se disponían a descargar una
infinidad de carros muy cargados que estaban en el mercado. Lo que sacaban
aparecía envuelto en papeles de colores
y semejaba pastillas de chocolate.
—Estamos en el país
de los Bombones —dijo Cascanueces—,
y acaba de llegar un envío del país
del Papel y del rey del Chocolate. Las casas del país de los Bombones
estaban seriamente amenazadas por el ejército que manda el
almirante de las Moscas, y por esta causa las cubren con los dones del país
del Papel y construyen fortificaciones con los envíos del rey del
Chocolate. Pero en este país no nos hemos de conformar con
ver los pueblos, sino que debemos ir a la capital.
Y
Cascanueces guió hacia la capital a la curiosa
María.
Al
poco tiempo notó un pronunciado olor a rosas y
todo apareció como envuelto en una niebla
rosada. María observó
que aquello era el reflejo de un agua de ese color que en ondas armoniosas y
murmuradoras corría ante sus ojos.
En aquel lago
encantador, que se ensanchaba hasta adquirir las proporciones de un inmenso
mar, nadaban unos cuantos hermosos cisnes plateados, a cuyos cuellos estaban
atadas cintitas de oro y cantaban a porfía las canciones más
lindas; y en las rosadas ondas, los pececillos diamantinos iban de un lado para
otro, como danzando a compás.
—¡Ah! —exclamó
María entusiasmada—.
Este es un lago como el que me quería hacer el padrino
Drosselmeier en una ocasión, y yo soy la niña
que acariciaría a los cisnes.
Cascanueces
sonrió de un modo más
burlón que nunca y dijo:
—El tío no sabría
hacer una cosa semejante; usted quizá sí,
querida señorita de Stahlbaum... Pero no
discutiremos por esto; vamos a embarcarnos y nos dirigiremos, por el lago de
las Rosas, a la capital.
La
capital
Cascanueces
dio una palmada: el lado de las Rosas comenzó a agitarse más, las olas se
hicieron mayores y María vio que a lo lejos se dirigía hacia donde estaban
ellos un carro de conchas de marfil, claro y resplandeciente, tirado por dos
delfines de escamas doradas.
Doce negritos, con monteritas y delantalitos
tejidos de plumas de colibrí, saltaron a la orilla y trasladaron a María y
luego a Cascanueces, deslizándose suavemente sobre las olas, al carro, que en
el mismo instante se puso en movimiento. ¡Qué hermosura verse en el carro de
concha, embalsamado de aroma de rosas y conducido por encima de las olas
rosadas!
Los dos delfines de escamas doradas levantaban sus fauces, y al
resoplar brotaban de ellas brillantes cristales que alcanzaban gran altura, volviendo
a caer en ondas espumosas y chispeantes. Luego pareció como si cantaran
multitud de vocecillas. «¿Quién boga por el lago de las Rosas?... ¡El hada!...
Mosquitas, ¡sum, sum, sum! Pececillos, ¡sim, sim, sim! Cisnes, ¡cua, cua, cua!
Pajaritos, ¡pi, pi, pi! Ondas del torrente, agitaos, cantad, observad... el
hada viene. Ondas rosadas, agitaos, refrescad, bañad.»
Pero los doce negritos,
que habían descendido del carro de conchas, tomaron muy mal aquel canto y
sacudieron sus sombrillas con tal fuerza que las hojas de palmera de que
estaban hechas empezaron a sonar y castañetear, y ellos al tiempo acompañaban
con los pies, haciendo una cadencia extraña y cantando: «¡Clip, clap, clip,
clap!, cortejo de negros, no calléis; no os estéis quietos, pececillos; danzad,
cisnes; balancéate, carro de concha, balancéate. ¡Clip, clap, clip, clap!».
—Los negros son muy alegres —dijo
Cascanueces un poco sorprendido—, pero alborotan
todo el lago.
En
efecto, en seguida se oyó un gran murmullo de voces
extraordinarias que parecía como si saliesen del agua y
flotasen en el aire.
María
no se fijó en las últimas,
sino que miró y las ondas rosadas, en las que
vio reflejarse el rostro de una muchacha encantadora que le sonreía.
—¡Ah! —exclamó
muy contenta palmoteando—. Mire, señor
Drosselmeier, allá abajo está
la princesa Pirlipat, que me sonríe de un modo
admirable. ¿No la ve usted, señor
Drosselmeier?
Cascanueces
suspiró tristemente y dijo:
—Querida señorita
de Stahlbaum, no es la princesa Pirlipat; es su mismo rostro el que sonríe
en las ondas de rosa.
María
volvió la cabeza, avergonzada, y cerró
los ojos.
En
aquel instante se encontró trasladada por los mismos negros
a la orilla, y en un matorral casi tan bello como el bosque de Navidad, con mil
cosas admirables y, sobre todo, con unas frutas raras que colgaban de los árboles,
que no sólo tenían los colores más
lindos, sino que olían divinamente.
—Estamos en el bosque de las
Confituras —dijo Cascanueces—;
pero ahí está la capital.
Entonces
vio María algo verdaderamente inesperado.
No sé cómo lograría
yo, queridos niños, explicaros la belleza y las
maravillas de la ciudad que se extendía ante los ojos de
María en una pradera florida.
Los
muros y las torres estaban pintados de colores preciosos; la forma de los
edificios no tenía igual en el mundo. En vez de
tejados, las casas lucían coronas lindamente tejidas, y
las torres, guirnaldas de hojas verdes de lo más bonito que se
puede ver. Al pasar por la puerta, que parecía edificada de macarrones
y de frutas escarchadas, siete soldados les presentaron armas, y un hombrecillo
con una bata de brocado se echó al cuello de
Cascanueces, saludándolo con las siguientes
palabras:
—Bienvenido seáis,
querido príncipe; bienvenido al pueblo de
Mermelada.
María
se admiró mucho al ver que Drosselmeier era considerado y tratado como príncipe
por un hombre distinguido. Luego oyó un charlar confuso, un parloteo, unas
risas, una música y unos cánticos que la distrajeron de todo lo demás, y sólo
pensó en averiguar su causa.
—Querida señorita
de Stahlbaum —respondió
Cascanueces—, no tiene nada de particular.
Mermelada es una ciudad alegre; siempre está igual. Pero tenga
la bondad de seguirme un poco más adelante.
Apenas
anduvieron unos pasos, llegaron a la plaza del Mercado, que presentaba un
aspecto hermoso. Todas las casas de alrededor eran de azúcar trabajada con
calados y galerías superpuestas; en el centro se alzaba un ramillete a modo de
obelisco; cerca de él lanzaban a gran altura sus juegos de agua cuatro fuentes
muy artísticas de grosella, limonada y otras bebidas dulces, y en las tazas
remansaba la crema, que se podía coger a cucharadas.
Y lo más bonito de todo
eran los miles de lucecillas que, colgadas encima de otras tantas cabezas, iban
de un lado para otro gritando, riendo, bromeando, cantando..., en una palabra,
armando el alboroto que María oyera desde lejos. Se veían gentes bellamente
ataviadas: armenios, griegos, judíos y tiroleses, oficiales y soldados,
sacerdotes, pastores y bufones; en fin, todos los personajes que se pueden
hallar en el mundo.
En una de las esquinas era mayor el tumulto; la gente se
atropellaba, pues pasaba el Gran Mogol en su palanquín, acompañado por noventa
y tres grandes del reino y ciento siete esclavos. En la esquina opuesta, tenía
su fuerte el cuerpo de pescadores, que sumaba quinientas cabezas; y lo peor fue
que el Gran Señor Turco tuvo la ocurrencia de irse a pasear a la plaza, a
caballo, con tres mil jenízaros, yendo a interrumpir el cortejo que se dirigía
al ramillete central cantando el himno Alabemos
al poderoso Sol.
Hubo
gran revuelta y muchos tropezones y gritos. Al rato se escuchó un lamento: era
que un pescador había cortado la cabeza a un bracmán, y al Gran Mogol por poco
lo atropella un bufón. El ruido se hacía más ensordecedor a cada instante, y ya
empezaba la gente a llegar a las manos cuando hizo su aparición en la plaza el
individuo de la bata de damasco que saludara a Cascanueces en la puerta de la
ciudad dándole el título de príncipe, y subiéndose al ramillete tocó tres veces
una campanilla y gritó al tiempo:
—¡Confitero!... ¡Confitero!...
¡Confitero!
Instantáneamente
cesó el tumulto; cada cual procuró arreglárselas
como pudo, y, después que se hubo desenredado el lío
de coches, se limpió el Gran Mogol y se volvió
a colocar la cabeza al bracmán, continuó
la algazara.
—¿Qué ha querido decir
con la palabra confitero, señor Drosselmeier? —preguntó
María.
—Señorita —respondió
Cascanueces—, confitero se llama aquí
a una fuerza desconocida de la que se supone puede hacer con los hombres lo que
le viene en gana; es la fatalidad que pesa sobre este alegre pueblo, y le temen
tanto que sólo con nombrarlo se apaga el
tumulto más grande, como lo acaba de hacer
el burgomaestre. Nadie piensa más en lo terreno, en
romperse los huesos o en cortarse la cabeza, sino que todo el mundo se
reconcentra y dice para sí: «¿Qué
será ese hombre y qué
es lo que haría con nosotros?».
María
no pudo contener una exclamación de asombro y de
admiración al verse delante de un palacio
iluminado por los rojos rayos del sol, con cien torrecillas alegres. En los
muros había sembrados ramilletes de
violetas, narcisos, tulipanes, alhelíes, cuyos tonos
oscuros hacían resaltar más
y más el fondo rojo. La gran cúpula
central del edificio, lo mismo que los tejados piramidales de las torrecillas,
estaban sembrados de miles de estrellas doradas y plateadas.
—Estamos en el palacio de Mazapán
—dijo Cascanueces.
María
se perdía en la contemplación
del maravilloso palacio; pero no se le escapó que a una de las
torres grandes le faltaba el tejado. Al parecer, unos hombrecillos encaramados
en un andamiaje armado con ramas de cinamomo trataban de repararlo. Antes de
que preguntase nada a Cascanueces, explicó este:
—Hace poco amenazó
al hermoso palacio un hundimiento serio, que bien pudo haber llegado a la
destrucción total. El gigante Goloso pasó
por aquí, se comió
el tejado de esa torre y dio un bocado a la gran cúpula; los ciudadanos
de Mermelada le dieron como tributo un barrio entero y una parte considerable
del bosque de confituras, con lo cual se satisfizo y se marchó.
En
aquel momento, se oyó una música agradable y
dulce; las puertas del palacio se abrieron, dando paso a los doce pajecillos
con tallos de girasol encendidos, que llevaban a modo de hachas. Su cabeza
consistía en una perla; los cuerpos, de
rubíes y esmeraldas, y marchaban
sobre piececillos diminutos de oro puro. Los seguían cuatro damas de
un tamaño aproximado a la muñeca
Clarita, de María, pero tan maravillosamente
vestidas que María reconoció
en seguida en ellas a las princesas. Abrazaron muy cariñosas
a Cascanueces, diciéndole conmovidas:
—¡Oh, príncipe! ¡Oh,
hermano mío!
Cascanueces,
muy conmovido, se limpió las lágrimas que inundaban
sus ojos, tomó a María de la mano y dijo
en tono patético:
—Esta señorita es María
Stahlbaum, hija de un respetable consejero de Sanidad y la que me ha salvado la
vida. Si ella no tira a tiempo su zapatilla, si no me proporciona el sable del
coronel retirado, estaría en la sepultura, mordido por el
maldito rey de los ratones. ¿Puede compararse con esta señorita
la princesa Pirlipat, a pesar de su nacimiento, en belleza, bondad y virtud?
No, digo yo; no.
Todas
las damas dijeron asimismo «no», y echaron los
brazos al cuello de María, exclamando entre sollozos:
—¡Oh, noble salvadora de nuestro
querido hermano el príncipe!... ¡Oh,
bonísima señorita de Stahlbaum!
Las
damas acompañaron a María
y al Cascanueces al interior del palacio, conduciéndolos a un salón
cuyas paredes eran de pulido cristal de tonos claros. Lo que más
le gustó a María fueron las
preciosas sillitas, las cómodas, los escritorios, etc., que
estaban diseminados por el salón, y que eran de
cedro o de madera del Brasil con incrustaciones de oro semejando flores.
Las
princesas hicieron sentar a María y a Cascanueces,
diciéndoles que iban a prepararles la
comida. Presentaron una colección de pucheritos y
tacitas de la más fina porcelana española,
cucharas, tenedores, cuchillos, ralladores, cacerolas y otros utensilios de
cocina de oro y plata.
Luego sacaron las frutas y golosinas más
sabrosas que María viera en su vida, y comenzaron,
con sus manos de nieve, a prensar las frutas, a preparar la sazón,
a rallar la almendra; en una palabra, trabajaron de tal manera, que María
pudo ver que eran buenas cocineras y comprendió que preparaban una
comida exquisita. En lo íntimo de su ser, deseaba saber
algo de aquellas cosas para ayudar a las princesas. La más
hermosa de ellas, como si hubiese adivinado su deseo, alargó
a María un mortero de oro, diciéndole:
—Dulce amiguita, salvadora de mi
hermano, machaca un poco de azúcar cande.
Mientras
María machacaba afanosa y el ruido
que hacía en el mortero sonaba como una
linda canción, Cascanueces comenzó
a contar a sus hermanas la terrible batalla entre sus tropas y las del rey de
los ratones, la cobardía de su ejército,
que quedó casi batido por completo, y la
intención del rey de los ratones de
acabar con él, y el sacrificio que María
hizo de muchos de sus ciudadanos, etc.
María estaba cada vez más
lejos del relato y del ruido del mortero, llegando al fin a ver levantarse una
gasa plateada a modo de neblina en la que flotaban las princesas, los pajes,
Cascanueces y ella misma, escuchando al tiempo un canto dulcísimo
y un murmullo extraño, que se desvanecía
a lo lejos y subía y subía cada vez más
alto.
Conclusión
¡Brr...!, ¡pum!...,
María cayó de una altura
inconmensurable... ¡Qué sacudida!... Pero
abrió los ojos y se encontró en
su camita; era muy de día, y su madre estaba a su lado,
diciendo:
—Vamos, ¿cómo
puedes dormir tanto? Ya hace mucho tiempo que está el desayuno.
Comprenderás,
público respetable, que María,
entusiasmada con las maravillas que había visto, concluyó
por dormirse en el salón del palacio de Mazapán,
y que los negros, los pajes o quizá las princesas
mismas la trasladaron a su casa y la metieron en la cama.
—Madre, querida madre, no sabes dónde
me ha llevado esta noche el señor Drosselmeier y
las cosas tan lindas que me ha enseñado.
Y
contó a su madre todo lo que yo acabo
de referir; y la buena señora se maravilló
mucho.
Cuando
María acabó su narración,
dijo su madre:
—Has tenido un sueño
largo y bonito, pero procura que se te quiten esas ideas de la cabeza.
María,
testaruda, insistía en que no había
soñado y que en realidad vio todo lo
que contaba. Entonces su madre la tomó de la mano y la
condujo ante el armario, donde enseñándole el
Cascanueces, que, como de costumbre, estaba en la tercera tabla, le dijo:
—¿Cómo puedes creer,
criatura, que este muñeco de madera de Nuremberg pueda
tener vida y movimiento?
—Pero, querida madre —repuso
María—, yo sé
muy bien que el pequeño Cascanueces es el joven
Drosselmeier de Nuremberg, el sobrino del magistrado.
El
consejero de Sanidad y su mujer soltaron la carcajada.
—¡Ah! —dijo María
casi llorando—. No te rías
de mi Cascanueces, querido padre, que ha hablado muy bien de ti; precisamente
cuando me presentó a sus hermanas, las princesas,
en el palacio de Mazapán, dijo que eras un consejero de
Sanidad muy respetable.
Mayores
fueron aún las carcajadas de los padres, a
las que se unieron las de Luisa y Federico.
María
se metió en su cuarto, sacó
de una cajita las siete coronas del rey de los ratones y se las enseñó
a su madre, diciendo:
—Mira, querida madre, aquí
están las siete coronas del rey de
los ratones que me entregó anoche el joven Drosselmeier
como trofeo de su victoria.
Muy
asombrada contempló la madre las siete coronitas,
tan primorosamente trabajadas en un metal desconocido que no era posible
estuviesen hechas por manos humanas. El consejero de Sanidad no podía
apartar la vista de aquella maravilla, y ambos, el padre y la madre,
insistieron en que María les dijese de dónde
había sacado aquellas coronas. La niña
sólo pudo responder lo que ya había
dicho, y como su padre no la creía y le decía
que era una mentirosa, comenzó a llorar amargamente, diciendo.
—¡Pobre de mí!
¿Qué puedo decir yo?
En
aquel momento se abrió la puerta, dando paso al
magistrado, que exclamó:
—¿Qué es eso, qué
es eso? ¿Por qué llora mi ahijadita?
¿Qué pasa?
El
consejero de Sanidad le contó todo lo ocurrido, enseñándole
las coronitas.
En
cuanto el magistrado las vio se echó a reír,
diciendo:
—¡Qué tontería,
qué tontería! Esas son las
coronitas que hace años llevaba yo en la cadena del
reloj y que le regalé a María el día
que cumplió dos años. ¿No
os acordáis?
Ni
el consejero de Sanidad ni su mujer se acordaban de aquello; pero María,
observando que sus padres desarrugaban el ceño, se echó
en brazos de su padrino y dijo:
—Padrino, tú
lo sabes todo. Dile que Cascanueces es tu sobrino, el joven de Nuremberg, y que
él es quien me ha dado las
coronitas.
El
magistrado se puso muy serio y murmuró:
—¡Tonterías, extravagancias!
Entonces
el padre tomó a María en brazos y le
sermoneó:
—Escucha, María:
a ver si te dejas de imaginaciones y de bromas; si vuelves a decir que el
insignificante y contrahecho Cascanueces es el sobrino del magistrado
Drosselmeier, lo tiro por el balcón, y con él
todas tus demás muñecas, incluso a la
señorita Clara.
La
pobre María no tuvo más
remedio que callarse y no hablar de lo que llenaba su alma, pues podéis
comprender perfectamente que no era fácil olvidar todas
las bellezas que había visto. El mismo Federico volvía
la espalda cuando su hermana quería hablarle del reino
maravilloso en que fue tan feliz, llegando algunas veces a murmurar entre
dientes:
—¡Qué estúpida!
Trabajo
me cuesta creer esto último conociendo su buen natural;
pero de lo que sí estoy seguro es de que, como ya
no creía nada de lo que su hermana le
contaba, desagravió a sus húsares
de la ofensa que les hiciera con una parada en toda regla; les puso unos
pompones de pluma de ganso en vez de la divisa, y les permitió
que tocasen la marcha de los húsares de la Guardia. Nosotros
sabemos muy bien cómo se portaron los húsares
cuando recibieron en sus chaquetillas rojas las manchas de las asquerosas
balas...
A
María no se le permitió
volver a hablar de su aventura; pero la imagen de aquel reino encantador la
rodeaba como de un susurro dulcísimo y de una armonía
deliciosa; lo veía todo de nuevo en cuanto se lo
proponía, y así, algunas veces, en
vez de jugar como antes, se quedaba quieta y callada, ensimismada, como si la
acometiera un sueño repentino.
Un
día, el magistrado estaba
arreglando uno de los relojes de la casa. María, sentada ante el
armario de cristales y sumida en sus sueños, contemplaba al
Cascanueces; sin advertirlo, comenzó a decir:
—Querido Drosselmeier: si
vivieses, yo no haría como la princesa Pirlipat; yo
no te despreciaría por haber dejado de ser por
causa mía un joven apuesto.
El
magistrado exclamó:
—Vaya, vaya, ¡qué
tonterías!...
Y
en el mismo momento se sintió una sacudida y un gran ruido, y
María cayó al suelo desmayada.
Cuando
volvió en sí, su madre, que la
atendía, dijo:
—¿Cómo te has caído
de la silla siendo ya tan grande? Aquí tienes al sobrino
del magistrado, que ha venido de Nuremberg...; a ver si eres juiciosa.
María
levantó la vista. El magistrado se había
puesto la peluca y su gabán amarillo y sonreía
satisfecho; en la mano tenía un muñequito pequeño,
pero muy bien hecho: su rostro parecía de leche y sangre;
llevaba un traje rojo adornado de oro, medias de seda blanca y zapatos y en la
chorrera un ramo de flores; iba muy rizado y empolvado, y a la espalda le
colgaba una trenza; la espada, sujeta de su cinto, brillaba constelada de
joyas, y el sombrerillo, que sostenía debajo del brazo,
era de pura seda.
Demostraba sus buenas costumbres en que había
traído a María
una infinidad de muñequitos de mazapán
y todas las figuritas que el rey de los ratones se comiera. A Federico también
le traía un sable. En la mesa partió
con mucha soltura nueces para todos; no se le resistían ni las más
duras; con la mano derecha se las metía en la boca, con la
izquierda levantaba la trenza y..., ¡crac!..., la nuez se
hacía pedazos.
María
se puso roja cuando vio al joven, y más roja aún
cuando, después de comer, el joven Drosselmeier
la invitó a salir con él
y a colocarse junto al armario de cristales.
—Jugad tranquilos, hijos míos
—dijo el magistrado—;
como todos mis relojes marchan bien, no me opongo a ello.
En
cuanto el joven Drosselmeier estuvo solo con María se hincó
de rodillas y exclamó:
—Distinguidísima
señorita de Stahlbaum: aquí
tiene a sus pies al feliz Drosselmeier, cuya vida salvó
usted en este mismo sitio. Usted, con su bondad característica,
dijo que no sería como la princesa Pirlipat y que
no me despreciaría si por su causa hubiera perdido
mi apostura. En el mismo momento dejé de ser un vulgar
Cascanueces y recobré mi antigua figura. Distinguida
señorita, hágame
feliz concediéndome su mano; comparta conmigo
reino y corona; reine conmigo en el palacio de Mazapán, pues allí
soy el rey.
María
levantó al joven y dijo en voz baja:
—Querido señor
Drosselmeier: es usted un hombre amable y bueno, y como además
posee usted un reino simpático en el que la gente es muy
amable y alegre, le acepto como prometido.
Desde
aquel momento, fue María la prometida de Drosselmeier.
Al cabo de un año dicen que fue a buscarla en un
coche de oro tirado por caballos plateados. En las bodas bailaron veintiún
mil personajes adornados con perlas y diamantes, y María
se convirtió en reina de un país
en el que sólo se ven, si se tienen ojos,
alegres bosques de Navidad, transparentes palacios de Mazapán,
en una palabra, toda clase de cosas asombrosas.
Este
es el cuento de El Cascanueces y el rey de los ratones.