INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta admirador. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta admirador. Mostrar todas las entradas

Un futuro color de rosa para Roderick - Nelson Bond (Parte 2 y última)

Roderick se fue, y yo me sumí de nuevo en el estéril santuario de mis libros. Esto sucedía a las dos. A eso de las cuatro, cansado de dar cabezazos contra una muralla de piedra, decidí salir a respirar un poco de aire puro.

Era un día brillante, claro, sin nubes. Por ello lo que vino luego fue una sorpresa completa. Yo había dado sólo una docena de pasos por el patio delantero cuando vino una especie de silbido líquido y me encontré chorreando por todas partes en medio de un chaparrón veraniego torrencial. O, mejor dicho, eso fue lo que creí al principio. 

Luego alboreó en mi mente el hecho de que el camarada Roderick había dado el agua de la boca de riego del otro lado de la esquina de la casa. ¡Y de que yo me había plantado exactamente sobre el tubo de salida del aspersor!

Con un aullido de rabia salté fuera de su alcance, dando furiosos manotazos a mis empapadas ropas. El muchacho, que había regresado a la escena del crimen, me miraba atónito.

—¡Diantre, míster Evans! ¡Cómo se ha mojado!

—¿Y me lo dices tú? ¡So pequeño idiota!, ¿cómo no me has advertido que te disponías a poner en marcha la manguera? ¡Mírame! ¡Calado hasta los huesos! Por menos de dos cuartos te...

Pero entonces mi furor se duplicó, triplicó, cuadruplicó, se multiplicó por cien. Porque mis inquietos ojos descubrieron algo que hasta entonces les había pasado desapercibido. Abandonada en el centro del prado, devastadoramente expuesta al diluvio incontenible del aspersor, estaba...

—¡Mi segadora! —gemí—. ¡Dios te confunda, Roderick! ¡Te dije que tuvieras mucho cuidado con ese objeto!

Me lancé hacia la boca de riego que alimentaba la manguera; pero Roderick se me adelantó en tres saltos. Mientras nuestras manos se encontraban en el grifo, me dijo en tono tranquilizador:

—No pasa nada, míster Evans. No hay por qué excitarse. Sólo estoy poniendo a prueba...

—Poniendo a prueba, ¿qué? ¿Mi paciencia?

—Mi telaraña mágica —contestó Roderick—. Aquella sustancia que le dije. Y va bien. ¡Venga y véalo!

Me cogió la mano y tiró. Me dejé arrastrar a través del empapado césped hasta mi maltratada segadora. El agua aparecía en su antiguamente prístina superficie formando perlas... charcos... brillantes, centelleantes estanques. Yo gemía, viendo con la imaginación en cada gota una futura ampolla de herrumbre. Pero Roderick sacó tranquilamente un pañuelo del bolsillo y dijo:

—¿Ve? Se va.

Pasó el cuadrado de tela por la superficie cubierta de agua de la segadora. Y tanto si ustedes lo creen como si no, ¡el agua desapareció! Tan suave y fácilmente como jamás agua pura alguna se deslizara fuera del dorso del pato del proverbio. Yo me quedé contemplando aquel inexplicable fenómeno, y luego a su antecitado creador, con pasmado asombro.

—¿Cómo lo has hecho? —grazné.

—Con el pañuelo —contestó Roderick.

—Ya lo sé. Pero quiero decir, ¿cómo ha sido que el agua se haya marchado de ese modo de la superficie metálica?

—Ah, es que jamás estuvo realmente sobre ella. Es un problema de cohesión molecular. Mire usted, hace un minuto rocié la segadora con eso que llamo mi «telaraña mágica».

—¿Qué hiciste? —De pronto, el peligro de la herrumbre pareció casi sin importancia. La idea de que el jovencito hubiese cubierto mi adorada segadora con cierta composición de ingredientes de su equipo químico me aterraba—. ¿Qué hiciste? —grité angustiado.

—No pasa nada, míster Evans —insistió Roderick—. Mi espuma la ha protegido del agua. Y puedo quitar la espuma en cosa de segundos. Mire, se lo enseñaré.

Echó a correr hacia su casa y regresó inmediatamente con un pulverizador. Lo apuntó a la segadora, y después hizo una pausa.

—Ah, de paso —sugirió—, quizá usted desee palpar la segadora. Sólo para asegurarse de que ha quedado recubierta.

Como persona que se mueve en una pesadilla, toqué la superficie metálica. Estaba suave y resbaladiza como con una capa de fina seda. La denominación con que había bautizado el chico aquel producto no era desacertada. Tenía realmente el tacto de una telaraña untada de aceite... si saben imaginarse ustedes semejante cosa.

—He aquí la espuma protectora —dijo Roderick—. He invertido unos diez segundos en aplicarla. Ahora, ahí ve con qué rapidez se quita.

Y se puso —flush, flush— a manejar el pulverizador. Sofoqué el impulso de soltar un alarido. Porque ante mis asombrados ojos la capa aceitosa del metal se levantó, se convirtió en una niebla fina y se evaporó bajo los cálidos rayos del sol. Segundos después, cuando toqué la superficie de la segadora, ¡el metal estaba seco como los huesos!

Y en aquel momento fue cuando me erigí en el primer miembro honorario del Club Americano de Admiradores de Roderick Fenton...

Bien, no es preciso que enuncie punto por punto todo lo demás, ¿verdad que no? Para explicar en pocas palabras una larga historia, vi cómo Roderick componía una nueva provisión de su espuma de la telaraña mágica. Era precisamente lo que yo estaba buscando desde largos, muy largos meses, con angustia en el corazón: un compuesto sencillo, hecho a base de ingredientes corrientes, baratos.

Me llevé al chico conmigo a la fábrica. Y regresó a su casa con una ancha sonrisa y un contrato asegurándole unos derechos de inventor que habían de tenerle nadando en la abundancia por todo el resto de su vida natural. A cambio, mi compañía obtuvo la exclusiva sobre el descubrimiento, y, con ella, la seguridad de conseguir dinero suficiente del Gobierno para pagar el impuesto sobre el exceso de beneficios.

Pero todavía quedaba otra cosa. Y para solucionarla fui a ver al padre de Roderick. Es un científico, como también lo soy yo. De modo que no malgasté palabras, sino que fui directamente al grano.

—Creo que ya lo sé —dije llanamente—. Pero dímelo de todos modos. Me refiero al chico ¿Es él?

—¿Si es agradecido? ¿Si te está agradecido? —esgrimió Walter Fenton—. Pues, por supuesto, Tom. Y también lo estoy yo. Has sido enormemente bondadoso al...

—¡Bah! —le interrumpí—. ¡Tonterías! Soy yo quien está en deuda hasta las rodillas con él, y tú lo sabes. Y ahora deja de andarte por las ramas. Sé cuándo y dónde nació. Y sé lo que sucedía allí por aquellas fechas: experimentos atómicos. Estos son dos y dos. ¿Qué te parece si me hicieras la suma?

Fenton suspiró.

—Veo que estás ya muy cerca de la solución. Y me creo en el deber de explicarte el resto. —Meneó la cabeza despacio, gravemente—. Mira, Roderick no es hijo mío, en realidad. Sarah y yo lo adoptamos. Su verdadero padre era uno de nuestros físicos más destacados. Su madre murió en el parto. El padre falleció un año después. La radiación acabó con él.

—Es lo que me figuraba, más o menos —dije asintiendo con la cabeza—. Trabajaba en el Proyecto Manhattan, ¿no? ¿Cerca de la pila?

—Demasiado cerca. Los escudos que teníamos a la sazón no eran demasiado efectivos. La radiación asó para siempre a unos cuantos muchachos. A otros, como, por ejemplo, el padre de Roderick... pues, sencillamente, no sabemos nada. Pero algo debió de ocurrir. Rayos gamma duros... mutación de los genes. Roddy...

—Ya sé. A los ocho años lee a Lobachevsky y a Bolyai por diversión. ¿Cuándo empezó a leer?

—A los dos años —confesó Fenton—. A los dos años, inglés. Desde entonces ha aprendido francés y alemán y unas nociones de griego y latín. Se aficionó a la física y las matemáticas a los cuatro años. En la actualidad me ha adelantado de tal modo que ya no puedo ni leer sus notas siquiera. Utiliza símbolos que no entiendo. ¡Y piensa que tengo un coeficiente intelectual de 140!

—¿Andando? ¿Y el del muchacho? ¿Lo has medido?

—Sí. Pero no me creerías.

—Quizá sí. Prueba.

—Pasa de 400 —dijo Fenton—. No hay manera de medirlo con exactitud. Sencillamente, no existen pruebas ideadas para mentes como la suya. —Después de un momento de pausa, continuó—: Eres la primera persona con la cual hablo de este tema. Exceptuando a Roddy, por supuesto. Cuando cumplió los seis años, tuvimos una larga conversación de hombre a hombre. Él sabe que es diferente... y sabe por qué. Pero yo le aconsejo que lo esconda a la gente todo lo posible. A ciertas personas quizá no les gustase. Podrían sentir nacer en su espíritu un resentimiento. ¿Comprendes lo que quiero decir?

Moví la cabeza afirmativamente.

—O hasta un miedo. Aunque no hay motivo especial alguno para que abriguen tales sentimientos. Era inevitable. Desde Darwin sabíamos que llegaría el día en que el hombre daría otro paso adelante en su eterna lucha hacia la perfección de la especie. Una mutación repentina, una alteración de los genes... así es como se produce. Los experimentos de Muller con rayos gamma sobre la mosca de la fruta lo demostraron. Y las radiaciones de una pila atómica como aquella con la que trabajaba el padre de Roddy en Oak Ridge hace mi nueve años, eran rayos duros. Rayos gamma.

—Entonces tú crees, lo mismo que yo, que Roderick es...

—Sí —le dije—. Mentalmente. Pero en todos los demás aspectos, absolutamente normal ¡gracias a Dios! Roddy es el signo de los tiempos venideros. Aunque no volando por los aires, raudo, con malla azul y una capa color rosa. No, un hombre de verdad. Aunque un tipo de hombre mejor, más sabio.

Con intencionada delicadeza, ninguno de ambos empleó la otra palabra, la expresión popular del tipo humano del cual el hijo adoptivo de Walt Fenton era precursor. Superhombre...

Acaso parezca extraño, pero el día que conversé con Walt Fenton no me preocupaba lo más mínimo la condición de homo superior de Roddy. La pura verdad era que más bien me complacía el habérmela figurado, fundándome en unos cuantos hechos que había ido observando. No fue hasta que hubieron pasado unos cuantos días que se me ocurrió el otro aspecto, y empezó a roerme una duda creciente, atormentadora.

Una cosa es un niño de nueve años de una raza de superhombres... pero ¿qué pasaría con un adulto de esa misma raza? ¿Qué podíamos esperar de Roderick Fenton dentro de diez o veinte años? ¿Qué papel puede figurarse uno que representará en la vida una criatura con un coeficiente intelectual tres veces mayor que el de la mayoría de sabios?

Transcurrieron varias semanas antes de que yo descargase esta incertidumbre cada día más inquietante y onerosa sobre los hombros de Walt Fenton. Él arrugaba la frente y se pellizcaba el labio inferior al contestarme:

—Tus suposiciones valen tanto como las mías, Tom. Me he pasado noches enteras despierto, preocupado por ese mismo problema. A juzgar por lo que hace ahora, puede convertirse en el mayor benefactor del género humano: infinitamente dulce, amistoso y bueno, y dotado de inteligencia suficiente para mejorar de mil maneras nuestra mal ensamblada civilización... O bien —concedió luego—, puede ocurrir exactamente al revés. Podría adueñarse de él la ambición, un afán desmesurado de dinero, poder, dominio. Si un día utilizase su poderoso intelecto para fines malos, los hombres no podrían resistirse. Si lo deseara, podría gobernar toda la tierra.

—Existe una tercera posibilidad —añadí—. El superhombre no tiene necesidad de ser benigno ni maligno para resultar perjudicial. Nietzsche nos lo enseñó. El ser humano futuro podría ser tan fríamente lógico en sus razonamientos que, sin proponérselo conscientemente, llegara a ser total, completamente despiadado.

—Situado más allá del bien y del mal —asintió Fenton—. Sí. Supongo que también existe esa posibilidad. ¡Maldita sea, Tom! ¡Ojalá hubiera alguna solución para este problema! Una solución segura, rápida, suave...

Y mientras nosotros continuábamos sentados allí, mirándonos fijamente con aire sombrío, Roddy llevó a cabo una de sus entradas más ruidosas y entusiasmadas. Cogió a su padre adoptivo por una mano y tiró de él, al mismo tiempo que me hacía señas con gesto excitado.

—¡Vamos! —gritaba—. ¡Vengan a verla! Ya está casi terminada.

Le seguimos hasta el garaje de los Fenton para quedarnos parados allí, mientras mis ojos de hombre de mediana edad se clavaban en el artefacto más estrambótico que hayan contemplado nunca. Por una parte tenía el aspecto de una caja, y por otra el de una jaula de pájaros, y en conjunto semejaba uno de los sueños más dementes de Rube Goldberg. 

Estaba compuesto de toda suerte de piezas recogidas de aquí y de allá; era un conglomerado ridículo de tubos, pernos, ruedas y tablas recogidos en los montones colectivos de trastos de desecho de la vecindad. Colocado en la parte central de aquel revoltijo había un asiento en forma de cubo equipado con una almohadilla sacada de un viejo banco-columpio de porche. 

Montadas en un panel improvisado con un guardabarros se veía cierto número de esferas y aparatitos, la naturaleza de los cuales nos resultaba totalmente incomprensible. Yo miré el aparato, y luego a Fenton. Este se encogió de hombros. Ambos miramos a Roddy. El muchacho sonreía de oreja a oreja.

—¿Qué opinan? —preguntó.

—Magnífico, hijo —respondió con cautela Fenton—. Sólo que...

—¿Sólo qué?

—Precisamente —intervine yo con voz cantarina—. ¿Sólo qué...? O, para ser más concreto, ¿qué diablos?

—¡Ah, canastos! —exclamó Roddy estirando el cuello—. ¿No se lo había contado? Quizá no. ¡Pues, vean ustedes, es una máquina del tiempo!

Fenton me dedicó una sonrisa débil.

—Cuánta imaginación, ¿eh, Tom? —dijo—. Últimamente ha leído muchas cosas de H. G. Wells.

Yo me dije que quedaba todavía una cuarta posibilidad que Walt y yo no habíamos tomado en cuenta. El supercráneo de Roderick podía excederse a sí mismo. Lo cierto es que parecía una suposición razonable la de que se había excedido ya. Y seguramente no había que temer grandes males de un superimbécil...

—Miren —gorjeó Roderick contentísimo—. ¡Se lo enseñaré!

Metió la mano dentro del instrumento, hizo girar levemente una esfera del cuadro de mandos, y luego nos miró sonriendo.

—Dos minutos —proclamó—. Voy a enviarla a dos minutos en el futuro. ¡Fíjense!

Dio un tirón a la palanca de una especie de aparato de engranajes y sacó prestamente el brazo. Se oyó un sonido repentino de maquinaria en movimiento, entre un resoplido, un bufido y un rugir sordo. Por un instante retumbó en mis oídos una aguda vibración supersónica. Y luego...

—¡Dios santo! —exclamó Walter Fenton—. ¡Ha desaparecido!

En efecto. Delante de nosotros el espacio estaba tan vacío como los bolsillos del contribuyente después de pagar los impuestos. Y mientras Fenton me contemplaba y yo correspondía con vivo interés a su mirada de imbécil, llegó hasta nosotros otro sonido. 

Como antes, percibí un breve ruido de timbre. Luego escuché un choque sordo y extenso... y el fantástico vehículo de Roddy se materializó bruscamente de la nada para posarse en el suelo delante de nosotros. Roderick levantó la vista, que tenía fija en el reloj de pulsera.

—Un minuto cincuenta y seis segundos —anunció—. Casi perfecto. Bastará ajustarlo un poco y estará en disposición de...

—Hijo —dijo Walter Fenton con voz ahogada—, ¿lo... lo dices en serio? ¿No se trata, simplemente, de una broma? ¿Funciona de veras?

—¡Pues, canastos! ¡Claro que funciona! Ustedes lo han visto, ¿verdad?

—¿Cómo? —pregunté, aturdido.

Roderick se mordió el labio.

—Pues no sé si podré explicárselo, míster Evans. Quiero decir... perdóneme... pero si no entiende usted bien el combamiento del tiempo y la mecánica continua...

—No, no los entiendo —le contesté llanamente.

—Entonces no sé si podré hacérselo comprender. —Y se revolvió en un gesto como de pedir excusas—. Pero no importa. Aun en el caso de que la mayoría de humanos... —Aquí observó la mirada de su padre adoptivo y se corrigió prestamente—. Aun en el caso de que la mayoría de personas no sepan cómo funciona, podemos utilizar esa máquina. Podemos viajar hacia el futuro y estudiar aquella civilización... y traernos los inventos necesarios para adelantar y mejorar la nuestra... podemos acelerar el progreso de la humanidad hacia una cultura superior.

Fenton preguntó pausada, cuidadosamente:

—¿Será bueno eso, hijo?

—¿Bueno? ¡Claro que será bueno!

—Me extraña. Quizá fuese mejor que los hombres progresaran más despacio. Quizá conviniera que el hombre se ganara los progresos descubriéndolos por sí mismo. Quiero decir: ¿no es una forma de esclavitud el situarse uno de modo que dependa de la sabiduría de otros?

Un leve ceño alteró las cejas de Roderick. Se me antojó que en su réplica había cierto deje de irritación.

—¡No sea ridículo, papá! El género humano necesita que lo guíen y lo instruyan. Los cerebros inferiores han de depender de aquellos que son capaces de dirigirlos y orientarlos. Hasta ustedes pueden ver...

Se interrumpió bruscamente, disgustado de haberse delatado con una franca exposición de sus convicciones. Otra vez, prestísimamente, volvía a ser el niño Roddy Fenton, sonriente y sociable, deseoso de agradar.

—Lo que quise decir es que con eso ¡podríamos aprender tanto...!

—Acaso —aventuré yo—, anduviéramos más seguros utilizándolo solamente para viajar hacia el pasado. También ahí podríamos encontrar muchas cosas que beneficiarían a la humanidad. Podríamos aprender los secretos que se han perdido con el paso de los siglos, refundiríamos nuestros libros de historia, hallaríamos la solución a un millar de misterios desconcertantes.

—Sí, sería muy divertido —admitió Roderick—. Pero es imposible, de momento. Esta máquina —añadió, señalándola— no puede viajar para atrás en el tiempo; sólo adelante. En pura realidad no sé si se podrá construir nunca una máquina que retroceda en el tiempo. Ello implicaría demasiadas paradojas inexplicables. Como, por ejemplo, que unas personas estuvieran donde no estuvieron jamás... ¿Comprenden?

—Comprendo —respondió Walter Fenton, que estaba cavilando en silencio desde la breve pero impetuosa expresión de desdén por el género humano que había pronunciado Roddy. Ahora Walter tenía un semblante pensativo, grave, decidido—. Entonces, esa máquina ¿sólo anda en un sentido?

—En efecto, papá. Adelante.

—¿Y hasta qué distancia, hijo?

—Oh, puede recorrer una larga, larga distancia. Naturalmente, no lo he ensayado. Pero esta esfera de aquí...

Roddy subió a la máquina para mostrarnos mejor sus mecanismos. Fenton y yo nos inclinábamos sobre el costado del aparato.

—Esta esfera de aquí —continuó Roderick— designa la era hacia la cual ha de viajar. Sencillamente, uno sitúa la esfera en concordancia con el número deseado de años, días o minutos.

—Entonces, esa cifra —preguntó Fenton— ¿la dirigiría hasta una fecha situada a doscientos años de este momento? —Y colocó la manecilla en posición.

Roderick movió la cabeza afirmativamente.

—Es cierto. ¡Cuidado, papá! Si alguien bajase esta palanca mientras yo estoy aquí dentro no volveríamos a vernos jamás.

—¿Quieres decir que morirías? —le pregunté.

—¡Oh, no! Estaría perfectamente a salvo. Pero desaparecería de aquí y aparecería súbitamente en el mundo que existirá dentro de doscientos años. Un mundo en el que quizá... —y sonrió tímidamente a su padre adoptivo—, la gente se parezca más a mí. ¿Quién sabe? En todo caso, no sufriría ningún daño. Lo único es que ya no podría regresar.

—Sí —asintió Fenton—. Es lo que me figuraba. Bien, pues... ¡buena suerte, hijo!

Roddy lo miró con ojos muy abiertos.

—¿Eh? ¿Buena suerte? ¡Ah!, ¿se refiere a vender este invento? Claro, papá. Podemos ganar una fortuna para todos.

—No, Roddy —dijo Fenton—. No es eso precisamente lo que quise decir. Quise decir que aquel mundo está preparado para recibirte; y este no. Todos te amamos entrañablemente. Todos reconocemos tus grandes facultades y las aplaudimos. Pero, francamente, Roddy, nos das miedo. Nos da miedo lo que tu bienintencionada insensibilidad pudiera acarrearnos a nosotros y a otras gentes de nuestro tiempo. De modo que, buena suerte, Roddy. Y... ¡adiós!

Los ojos de Roddy se abrieron todavía más; la mandíbula se le cayó.

—¡Pero, papá! —gritó—. Tú no puedes pensar en...

Sí, sí podía. Con tranquilo propósito, Fenton estiró el brazo y empujó la palanca de arranque...

De modo que, como dije antes, si ustedes no sienten escrúpulos necios por apostar sobre una partida ganada ya, ahí tienen una en la que pueden arriesgar hasta el último céntimo: a Roderick le espera un futuro color de rosa.

¡Dentro de doscientos años, entiéndase bien!