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Los crímenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe (Parte 4 y última)

Era una minuciosa descripción anatómica y descriptiva del gran orangután leonado de las islas de la India oriental. La gigantesca estatura, la prodigiosa fuerza y agilidad, la terrible ferocidad y las tendencias imitativas de estos mamíferos son bien conocidas. Instantáneamente comprendí todo el horror del asesinato.

—La descripción de los dedos —dije al terminar la lectura— concuerda exactamente con este dibujo. Solo un orangután, entre todos los animales existentes, es capaz de producir las marcas que aparecen en su diseño. Y el mechón de pelo coincide en un todo con el pelaje de la bestia descrita por Cuvier. De todas maneras, no alcanzo a comprender los detalles de este aterrador misterio. Además, se escucharon dos voces que disputaban y una de ellas era, sin duda, la de un francés.

—Cierto. Y recordará usted que, casi unánimemente, los testigos declararon haber oído decir a esa voz las palabras: «Mon Dieu!». Dadas las circunstancias, uno de los testigos (Montani, el confitero) acertó al sostener que la exclamación tenía un tono de reproche o reconvención. Sobre esas dos palabras, pues, he apoyado todas mis esperanzas de una solución total del enigma. 

»Un francés estuvo al tanto del asesinato. Es posible —e incluso muy probable— que fuera inocente de toda participación en el sangriento episodio. El orangután pudo habérsele escapado. Quizá siguió sus huellas hasta la habitación; pero, dadas las terribles circunstancias que se sucedieron, le fue imposible capturarlo otra vez. El animal anda todavía suelto. 

»No continuaré con estas conjeturas (pues no tengo derecho a darles otro nombre), ya que las sombras de reflexión que les sirven de base poseen apenas suficiente profundidad para ser alcanzadas por mi intelecto, y no pretenderé mostrarlas con claridad a la inteligencia de otra persona. Las llamaremos conjeturas, pues, y nos referiremos a ellas como tales. Si el francés en cuestión es, como lo supongo, inocente de tal atrocidad, este aviso que dejé anoche cuando volvíamos a casa en las oficinas de Le Monde (un diario consagrado a cuestiones marítimas y muy leído por los navegantes) lo hará acudir a nuestra casa.

Me alcanzó un papel, donde leí:
 

 CAPTURADO.—En el Bois de Boulogne, en la mañana del... (la mañana del asesinato), se ha capturado un gran orangután leonado de la especie de Borneo. Su dueño (de quien se sabe que es un marinero perteneciente a un barco maltés) puede reclamarlo, previa identificación satisfactoria y pago de los gastos resultantes de su captura y cuidado. Presentarse al número... calle... Faubourg Saint-Germain... tercer piso.

—Pero, ¿cómo es posible —pregunté— que sepa usted que el hombre es un marinero y que pertenece a un barco maltés?

—No lo sé —dijo Dupin— y no estoy seguro de ello. Pero he aquí un trocito de cinta que, a juzgar por su forma y su grasienta condición, debió de ser usado para atar el pelo en una de esas largas queues de que tan orgullosos se muestran los marineros. Además, el nudo pertenece a esa clase que pocas personas son capaces de hacer, salvo los marinos, y es característico de los malteses. 

»Encontré esta cinta al pie de la varilla del pararrayos. Imposible que perteneciera a una de las víctimas. De todos modos, si me equivoco al deducir de la cinta que el francés era un marinero perteneciente a un barco maltés, no he causado ningún daño al estamparlo en el aviso. Si me equivoco, el hombre pensará que me he confundido por alguna razón que no se tomará el trabajo de averiguar. 

»Pero si estoy en lo cierto, hay mucho ganado. Conocedor, aunque inocente de los asesinatos, el francés vacilará, como es natural, antes de responder al aviso y reclamar el orangután. He aquí cómo razonará: «Soy inocente y pobre; mi orangután es muy valioso y para un hombre como yo representa una verdadera fortuna. ¿Por qué perderlo a causa de una tonta aprensión? Está ahí, a mi alcance. Lo han encontrado en el Bois de Boulogne, a mucha distancia de la escena del crimen. ¿Cómo podría sospechar alguien que ese animal es el culpable? 

»La policía está desorientada y no ha podido encontrar la más pequeña huella. Si llegaran a seguir la pista del mono, les será imposible probar que supe algo de los crímenes o echarme alguna culpa como testigo de ellos. Además, soy conocido. El redactor del aviso me designa como dueño del animal. Ignoro hasta dónde llega su conocimiento. Si renuncio a reclamar algo de tanto valor, que se sabe de mi pertenencia, las sospechas recaerán, por lo menos, sobre el animal. Contestaré al aviso, recobraré el orangután y lo tendré encerrado hasta que no se hable más del asunto».

En ese momento oímos pasos en la escalera.

—Prepare las pistolas —dijo Dupin—, pero no las use ni las exhiba hasta que le haga una seña.

La puerta de entrada de la casa había quedado abierta y el visitante había entrado sin llamar, subiendo algunos peldaños de la escalera. Pero, de pronto, pareció vacilar y lo oímos bajar. Dupin corría ya a la puerta cuando advertimos que volvía a subir. Esta vez no vaciló, sino que, luego de trepar decididamente la escalera, golpeó en nuestra puerta.

—¡Adelante! —dijo Dupin con voz cordial y alegre.

El hombre que entró era, con toda evidencia, un marino, alto, robusto y musculoso, con un semblante en el que cierta expresión audaz no resultaba desagradable. Su rostro, muy atezado, aparecía en gran parte oculto por las patillas y los bigotes. Traía consigo un grueso bastón de roble, pero al parecer esa era su única arma. Inclinóse torpemente, dándonos las buenas noches en francés; a pesar de un cierto acento suizo de Neuchâtel, se veía que era de origen parisiense.

—Siéntese usted, amigo mío —dijo Dupin—. Supongo que viene en busca del orangután. Palabra, se lo envidio un poco; es un magnífico animal, que presumo debe de tener gran valor. ¿Qué edad le calcula usted?

El marinero respiró profundamente, con el aire de quien se siente aliviado de un peso intolerable, y contestó con tono reposado:

—No podría decirlo, pero no tiene más de cuatro o cinco años. ¿Lo guarda usted aquí?

—¡Oh, no! Carecemos de lugar adecuado. Está en una caballeriza de la rue Dubourg, cerca de aquí. Podría usted llevárselo mañana por la mañana. Supongo que estará en condiciones de probar su derecho de propiedad.

—Por supuesto que sí, señor.

—Lamentaré separarme de él —dijo Dupin.

—No quisiera que usted se hubiese molestado por nada —declaró el marinero—. Estoy dispuesto a pagar una recompensa por el hallazgo del animal. Una suma razonable, se entiende.

—Pues bien —repuso mi amigo—, eso me parece muy justo. Déjeme pensar: ¿qué le pediré? ¡Ah, ya sé! He aquí cuál será mi recompensa: me contará usted todo lo que sabe sobre esos crímenes en la rue Morgue.

Dupin pronunció las últimas palabras en voz muy baja y con gran tranquilidad. Después, con igual calma, fue hacia la puerta, la cerró y guardó la llave en el bolsillo. Sacando luego una pistola, la puso sin la menor prisa sobre la mesa.

El rostro del marinero enrojeció como si un acceso de sofocación se hubiera apoderado de él. Levantándose, aferró su bastón, pero un segundo después se dejó caer de nuevo en el asiento, temblando violentamente y pálido como la muerte. No dijo una palabra. Lo compadecí desde lo más profundo de mi corazón.

—Amigo mío, se está usted alarmando sin necesidad —dijo cordialmente Dupin—. Le aseguro que no tenemos intención de causarle el menor daño. Lejos de nosotros querer perjudicarlo: le doy mi palabra de caballero y de francés. Estoy perfectamente enterado de que es usted inocente de las atrocidades de la rue Morgue. Pero sería inútil negar que, en cierto modo, se halla implicado en ellas. Fundándose en lo que le he dicho, supondrá que poseo medios de información sobre este asunto, medios que le sería imposible imaginar. 

»El caso se plantea de la siguiente manera: usted no ha cometido nada que no debiera haber cometido, nada que lo haga culpable. Ni siquiera se le puede acusar de robo, cosa que pudo llevar a cabo impunemente. No tiene nada que ocultar ni razón para hacerlo. Por otra parte, el honor más elemental lo obliga a confesar todo lo que sabe. Hay un hombre inocente en la cárcel, acusado de un crimen cuyo perpetrador puede usted denunciar.

Mientras Dupin pronunciaba estas palabras, el marinero había recobrado en buena parte su compostura, aunque su aire decidido del comienzo habíase desvanecido por completo.

—¡Dios venga en mi ayuda! —dijo, después de una pausa—. Sí, le diré todo lo que sé sobre este asunto, aunque no espero que crea ni la mitad de lo que voy a contarle... ¡Estaría loco si pensara que van a creerme! Y, sin embargo, soy inocente, y lo confesaré todo aunque me cueste la vida.

En sustancia, lo que nos dijo fue lo siguiente: poco tiempo atrás, había hecho un viaje al archipiélago índico. Un grupo del que formaba parte desembarcó en Borneo y penetró en el interior a fin de hacer una excursión placentera. Entre él y un compañero capturaron al orangután. Como su compañero falleciera, quedó dueño único del animal. 

Después de considerables dificultades, ocasionadas por la indomable ferocidad de su cautivo durante el viaje de vuelta, logró finalmente encerrarlo en su casa de París, donde, para aislarlo de la incómoda curiosidad de sus vecinos, lo mantenía cuidadosamente recluido, mientras el animal curaba de una herida en la pata que se había hecho con una astilla a bordo del buque. Una vez curado, el marinero estaba dispuesto a venderlo.

Una noche, o más bien una madrugada, en que volvía de una pequeña juerga de marineros, nuestro hombre se encontró con que el orangután había penetrado en su dormitorio, luego de escaparse de la habitación contigua donde su captor había creído tenerlo sólidamente encerrado. Navaja en mano y embadurnado de jabón, habíase sentado frente a un espejo y trataba de afeitarse, tal como, sin duda, había visto hacer a su amo espiándolo por el ojo de la cerradura. 

Aterrado al ver arma tan peligrosa en manos de un animal que, en su ferocidad, era harto capaz de utilizarla, el marinero se quedó un instante sin saber qué hacer. Por lo regular, lograba contener al animal, aun en sus arrebatos más terribles, con ayuda de un látigo, y pensó acudir otra vez a ese recurso. Pero al verlo, el orangután se lanzó de un salto a la puerta, bajó las escaleras y, desde ellas, saltando por una ventana que desgraciadamente estaba abierta, se dejó caer a la calle.

Desesperado, el francés se precipitó en su seguimiento. Navaja en mano, el mono se detenía para mirar y hacer muecas a su perseguidor, dejándolo acercarse casi hasta su lado. Entonces echaba a correr otra vez. Siguió así la caza durante largo tiempo. Las calles estaban profundamente tranquilas, pues eran casi las tres de la madrugada. 

Al atravesar el pasaje de los fondos de la rue Morgue, la atención del fugitivo se vio atraída por la luz que salía de la ventana abierta del aposento de madame L’Espanaye, en el cuarto piso de su casa. Precipitándose hacia el edificio, descubrió la varilla del pararrayos, trepó por ella con inconcebible agilidad, aferró la persiana que se hallaba completamente abierta y pegada a la pared, y en esta forma se lanzó hacia adelante hasta caer sobre la cabecera de la cama. Todo esto había ocurrido en menos de un minuto. Al saltar en la habitación, las patas del orangután rechazaron nuevamente la persiana, la cual quedó abierta.

El marinero, a todo esto, se sentía tranquilo y preocupado al mismo tiempo. Renacían sus esperanzas de volver a capturar a la bestia, ya que le sería difícil escapar de la trampa en que acababa de meterse, salvo que bajara otra vez por el pararrayos, ocasión en que sería posible atraparlo. Por otra parte, se sentía ansioso al pensar en lo que podría estar haciendo en la casa. Esta última reflexión indujo al hombre a seguir al fugitivo. 

Para un marinero no hay dificultad en trepar por una varilla de pararrayos; pero, cuando hubo llegado a la altura de la ventana, que quedaba muy alejada a su izquierda, no pudo seguir adelante; lo más que alcanzó fue a echarse a un lado para observar el interior del aposento. Apenas hubo mirado, estuvo a punto de caer a causa del horror que lo sobrecogió. 

Fue en ese momento cuando empezaron los espantosos alaridos que arrancaron de su sueño a los vecinos de la rue Morgue. Madame L’Espanaye y su hija, vestidas con sus camisones de dormir, habían estado aparentemente ocupadas en arreglar algunos papeles en la caja fuerte ya mencionada, la cual había sido corrida al centro del cuarto. 

Hallábase abierta, y a su lado, en el suelo, los papeles que contenía. Las víctimas debían de haber estado sentadas dando la espalda a la ventana, y, a juzgar por el tiempo transcurrido entre la entrada de la bestia y los gritos, parecía probable que en un primer momento no hubieran advertido su presencia. El golpear de la persiana pudo ser atribuido por ellas al viento.

En el momento en que el marinero miró hacia el interior del cuarto, el gigantesco animal había aferrado a madame L’Espanaye por el cabello (que la dama tenía suelto, como si se hubiera estado peinando) y agitaba la navaja cerca de su cara imitando los movimientos de un barbero. La hija yacía postrada e inmóvil, víctima de un desmayo. 

Los gritos y los esfuerzos de la anciana señora, durante los cuales le fueron arrancados los mechones de la cabeza, tuvieron por efecto convertir los propósitos probablemente pacíficos del orangután en otros llenos de furor. Con un solo golpe de su musculoso brazo separó casi completamente la cabeza del cuerpo de la víctima. La vista de la sangre transformó su cólera en frenesí. 

Rechinando los dientes y echando fuego por los ojos, saltó sobre el cuerpo de la joven y, hundiéndole las terribles garras en la garganta, las mantuvo así hasta que hubo expirado. Las furiosas miradas de la bestia cayeron entonces sobre la cabecera del lecho, sobre el cual el rostro de su amo, paralizado por el horror, alcanzaba apenas a divisarse. La furia del orangután, que, sin duda, no olvidaba el temido látigo, se cambió instantáneamente en miedo. 

Seguro de haber merecido un castigo, pareció deseoso de ocultar sus sangrientas acciones, y se lanzó por el cuarto lleno de nerviosa agitación, echando abajo y rompiendo los muebles a cada salto y arrancando el lecho de su bastidor. Finalmente se apoderó del cadáver de mademoiselle L’Espanaye y lo metió en el cañón de la chimenea, tal como fue encontrado luego, tomó luego el de la anciana y lo tiró de cabeza por la ventana.

En momentos en que el mono se acercaba a la ventana con su mutilada carga, el marinero se echó aterrorizado hacia atrás y, deslizándose sin precaución alguna hasta el suelo, corrió inmediatamente a su casa, temeroso de las consecuencias de semejante atrocidad y olvidando en su terror toda preocupación por la suerte del orangután. Las palabras que los testigos oyeron en la escalera fueron las exclamaciones de espanto del francés, mezcladas con los diabólicos sonidos que profería la bestia.

Poco me queda por agregar. El orangután debió de escapar por la varilla del pararrayos un segundo antes de que la puerta fuera forzada. Sin duda, cerró la ventana a su paso. Más tarde fue capturado por su mismo dueño, quien lo vendió al Jardin des Plantes en una elevada suma.

Lebon fue puesto en libertad inmediatamente después que hubimos narrado todas las circunstancias del caso —con algunos comentarios por parte de Dupin— en el bureau del prefecto de policía. Este funcionario, aunque muy bien dispuesto hacia mi amigo, no pudo ocultar del todo el fastidio que le producía el giro que había tomado el asunto, y deslizó uno o dos sarcasmos sobre la conveniencia de que cada uno se ocupara de sus propios asuntos.

—Déjelo usted hablar —me dijo Dupin, que no se había molestado en replicarle—. Deje que se desahogue; eso aliviará su conciencia. Me doy por satisfecho con haberlo derrotado en su propio terreno. De todos modos, el hecho de que haya fracasado en la solución del misterio no es ninguna razón para asombrarse; en verdad, nuestro amigo el prefecto es demasiado astuto para ser profundo. No hay fibra en su ciencia: mucha cabeza y nada de cuerpo, como las imágenes de la diosa Laverna, o, a lo sumo, mucha cabeza y lomos, como un bacalao. Pero después de todo es un buen hombre. Lo estimo especialmente por cierta forma maestra de gazmoñería, a la cual debe su reputación. Me refiero a la manera que tiene de nier ce qui est, et d’expliquer ce qui n’est pas.


 

Drummer-Hinger - John Flanders

Era un milagro el que Harvey Simenson no estuviese borracho al contar su aventura. No era este el caso cuando la vivió. Desde luego, él mismo admitía que estaba ebrio como un cosaco cuando vivió aquella espantosa experiencia.

Hacía ya mucho tiempo que el Ptarmigan había zarpado del puerto de Altona cuando llegué al muelle. Me dolía mucho la cabeza y aún me duraban los vértigos que me produjera la borrachera de la noche anterior. Aún podía ver el humo que salía por la chimenea de mi barco. ¡Los muy canallas! No habían tenido siquiera la delicadeza de esperar unos minutos y recoger a un compañero de tripulación, que sólo había cometido el pequeño pecado de pasar una buena noche en tierra después de haber navegado durante tantos días.

Lo primero que se me ocurrió fue matar al capitán, al piloto y al timonel apenas se me presentase la ocasión. Luego me fui a ver al cónsul, quien no sólo me echó a la calle como a un perro sino que, además, me aseguró que, si volvía a molestarlo, no sólo haría que me dieran una buena paliza, sino que avisaría a la policía para que me encerrasen una buena temporada a la sombra.

«Otro miserable más de los muchos que hay en este cochino mundo», me dije a mí mismo mientras lanzaba un escupitajo sobre el umbral de la puerta de entrada al Consulado. No me quedaba ni un triste centavo. Me había gastado todo el dinero emborrachándome en Hamburgo. ¿Conocen ustedes Sankt-Pauli? Pues allí estuve a punto de estirar la pata, con la turca que pesqué vaciando botellas y más botellas.

Imagínense, mis queridos amigos, un flamante coche de nueve caballos. A lo mejor eran caballos de madera, pero esto no tiene ninguna importancia, ni viene al caso. Pues bien, fue en un chisme como ese donde me harté de beber Sekt y Berenfang hasta llenar esta bodega que tengo por estómago.

¿Saben lo que es el Berenfang? Una maravillosa bebida hecha con excelente miel y alcohol. ¡Tan buena que no me importaría que me llevasen al mismo infierno, a cambio de un buen barril de ella! Y tan suculenta que, después de cada sorbo, uno tiene la impresión de que va a caerse de la silla tieso como un muerto.

—Limítate a los hechos, charlatán —exclamaron todos los que le estaban escuchando.

—¡Era la introducción! —respondió Simenson—. Después de todo, en todos los librejos hay unos preliminares como estos. Y mi historia vale tanto como un librejo.

Cuando no se tiene un céntimo en el bolsillo y el barco en que uno va enrolado se ha largado, dejándole a uno en tierra, mientras en la mente las ideas se vuelven cada vez más lúcidas, decidme, amigos, ¿adónde se dirige entonces un hombre? Yo os lo diré: de diez probabilidades hay nueve de que se dirija a una estación de ferrocarril. ¿No están de acuerdo conmigo, eh, compañeros?

Se sube uno al primer vagón que encuentra, escoge el compartimento con más cojines por todas partes y nos dejamos adormecer de un modo placentero por el movimiento monótono del tren en marcha. Y así continuamos, hasta que de pronto aparece un revisor y nos expulsa del vagón al llegar a la próxima estación, acompañando su gesto con una sarta de frases nada agradables. 

Pero, por fortuna, en mi caso, la estación en la que el revisor me echó del tren era realmente magnífica. Estaba iluminada como una piedra preciosa en el escaparate de una joyería, pero muy abandonada, sin un alma viviente, pues era de noche.


Entonces me hice el borracho, con el fin de no contestar a las posibles preguntas que pudieran hacerme dos empleados de la estación. Me fijé en que uno de ellos le dijo en voz baja a su compañero:

—Este ya está maduro para Drummer-Hinger.

—¡Cállate! Estas cosas no se pueden decir —le contestó el otro, que tenía una especie de quepis dorado sobre su orondo cráneo.

Luego se acercaron unos cuantos tipos bien rellenos de grasa, me cogieron como si fuera un baúl, y me metieron sobre el entarimado de un miserable tabuco.

—Aquí te quedas, amigote, y a ver si revientas de una vez —dijeron bromeando, mientras se alejaban dejándome solo en aquel inmundo lugar.

Fue entonces cuando el destino vino en mi ayuda. Me estaba muriendo de sed. A mi mente acudieron las deliciosas bebidas que había paladeado durante la víspera, es decir, el Sekt, el Berenfang y otros exquisitos licores. De repente oí el típico ruido de botellas al chocar unas con otras y la boca se me hizo agua.

Seguramente será café, o té o algunas de esas repugnantes bebidas, me dije a mí mismo, mientras me apoderaba de una de esas botellas. Pero cuando la tuve en mi mano, quedé pasmado: ¡era Schnaps! Y de una calidad tan excelente, que me bebí toda la botella.

«Si alguno de aquellos tipos se da cuenta de que me he bebido su exquisito licor, estoy listo», pensé. Por fortuna, aún me quedaban las suficientes fuerzas como para huir del tabuco y salir corriendo, amparado por la obscuridad de la noche, a lo largo de las vías de ferrocarriles.

Había recorrido una buena milla cuando tropecé con uno de los maderos; caí al suelo como un saco de plomo, y sentí un inmenso dolor en todos los huesos de mi esqueleto. Mi caída tuvo que producir ruido forzosamente. Además, creo que grité y lancé un juramento.

Sí, debían haberme oído. Instantes después, alguien me enfocaba a los ojos con una potente linterna.

—Por favor, apague la linterna —dije—. Tengo la costumbre de dormir sin lámpara, ni vela.

—¿Qué es lo que estás haciendo aquí? —me graznó una voz seca y desagradable.

—Aquí no estoy haciendo nada, y por eso ahora mismo me voy; sí, debo irme.

—¿Y adónde debe ir el caballero?

No sé exactamente cómo, pero en aquel instante me vino a la mente el nombre de Drummer-Hinger, y se lo dije en voz alta, casi gritando.

Entonces observé que la linterna se movió un poco, como si la mano que la sostenía temblase.

—No hable tan alto, compañero —respondió el individuo con voz repentinamente dulcificada—. Le ruego que no hable, caballero. Pronto vendré a buscarle. El tren que sale para... en fin, usted ya sabe hacia dónde, no llega hasta aquí. Suele detenerse cerca de la señal roja que ve usted allí.

La luz de la linterna desapareció en la obscuridad de la noche, y otra voz, llena de compasión, me dijo:

—Comprendo muy bien que un hombre tan borracho...

«¿Pero qué es lo que aquí sucede? —me dije—. Debe ser un sueño.»

Me dirigí hacia los abetos, me senté en un lugar cómodo y, poco a poco, me quedé adormecido.

—¡Vamos...! Llegó el momento.

Me pusieron de pie, pues apenas tenía fuerzas en mis piernas. Me sentía tan débil como una jovencita. Luego aquellos individuos me arrastraron.

—Por mi parte, me podéis arrastrar así hasta el día de mi muerte, pues apenas tengo fuerzas para andar por mis propios pies —les dije.

—Ya tendrás tiempo para dormir cuando estés dentro del tren.

—¡Ah..., sí! Es verdad. Voy a ver a Drum...

—Cierra la boca. ¿Cómo es posible que puedas hablar con tanta ligereza de una cosa tan importante? ¡Cualquiera diría que estás contento con el viaje!

Aquella voz era despectiva, pero no severa. Incluso llegué a percibir cierto deje de compasión en ella. La señal roja brillaba en la obscuridad. Delante de mí había un tren negro muy largo. Sin fuego, ni luces, esperando que llegasen los viajeros.

De repente oí que se abría la puerta de un vagón. Instantes después me depositaban, con delicadeza verdaderamente maternal, sobre un montón de cómodos cojines.

—¡Gracias! ¡Gracias! —dije; pero ya no había nadie que pudiera escucharme.

La locomotora se puso en marcha con lentitud. Luego, se abrió la puerta de nuevo y una forma vaga y confusa se precipitó dentro de mi compartimento.

El tren empezó a aumentar su velocidad con una especie de chirrido quejumbroso, y pronto quedé sumido en un profundo sueño.

Cuando desperté, me sorprendí al comprobar la débil luz que reinaba en el compartimento. Un viejecito de pequeña estatura y mirada bondadosa, vestido como un burgués, se hallaba sentado frente a mí y me hacía señales de aprobación con su cabeza.

—Buenos días —le dije—. ¿También va usted a... cómo era... a Drummer-Hinger?

—¿Cómo dice usted? —respondió, extrañado.

—Drummer-Hinger —volví a insistir.

—Se trata de un nombre muy extraño —respondió el anciano, moviendo dulcemente la cabeza—. No creo haberlo oído mencionar nunca en mi vida.

—¡Esto es el colmo! ¡Ya no hay quién pueda soportarlo! Que yo no lo sepa es muy lógico, pues cuando me metieron en este tren estaba más borracho que un cosaco.

—¿Estaba usted borracho? Pues bien, me alegro de haberle despertado. Y ahora, quisiera hacerle algunas preguntas sobre este extraño viaje.

—Pues está usted listo, ya que yo sé tanto como usted, es decir, no sé nada. Puede que...

—Verá usted; yo tenía que hacer este viaje, cosa que ya de por sí es ridícula y a la que no estoy acostumbrado, pues nunca he viajado en toda mi vida. Soy profesor, y no tengo esposa ni hijos que me impidan hacer lo que me plazca. Lo único que amo en este mundo son los libros, y dentro de estos, aquellos relacionados con la antigüedad. Precisamente tenía que leer un magnífico libro de Encke. ¿Conoce usted a Encke?

—¿Encke? ¡Cómo no! Es el segundo oficial del Frauenlob. Un auténtico marrano. Aún no me ha pagado un dinero que le presté en cierta ocasión.

—Está usted equivocado, caballero —respondió el anciano—. Encke es un célebre historiador de la antigüedad. Pero, en fin, todo esto no tiene nada que ver con el asunto. Lo que yo me pregunto es cómo he podido emprender un viaje en el momento preciso en que me disponía a leer una obra tan famosa. ¿Yo, viajando? No tiene sentido, no lo comprendo.

—Bueno, no es para tanto. Yo siempre estoy viajando de una punta del mundo a la otra y, sin embargo, no veo nada extraño en ello.

—¿Es verdad? —dijo el anciano, con un tono algo despreciativo.— Espere un poco; tengo que acordarme. Me dirigía a la clase a dar un curso sobre historia universal, cuando he aquí que recibí un fuerte golpe. Fue un autobús...

El anciano se calló de repente, adoptando una postura como si estuviera soñando despierto.

—Sí, fue una cosa muy extraña —suspiró al fin—, pues justo después de aquel accidente me entraron unas ganas locas de salir de viaje. Partí de inmediato. ¿Pero adónde me dirijo en este momento? Recuerdo que pedí un billete en la estación de ferrocarril, pero nada más, no me acuerdo de nada más. ¡Ay, Dios mío, no sé lo que me ocurre, ni lo que estoy haciendo en este tren! Por favor, ¿señor...?

—Harvey Simenson —le respondí, presentándome—. Cuando alguien quiere halagarme me llama capitán Simenson; pero se lo confieso con sinceridad, no soy capitán.

—Capitán Simenson, ¿sería tan amable de pronunciar una vez más ese nombre de extrañas sonoridades?

—Drummer-Hinger.

Entonces, de repente, se produjo un misterioso cambio en las facciones del anciano. Sus labios temblaron y en sus ojos se reflejó una angustia indescriptible. Pero, momentos después, en su rostro sólo podía verse una profunda resignación.

—Creo que ahora lo comprendo todo —murmuró entre dientes—. Sí, ahora lo sé todo; ya no me queda la menor duda. Estoy completamente convencido de que todos los que van en este tren... están muertos.

—Eso son tonterías —le respondí.

El anciano se encogió de hombros, y añadió:

—Además, en este momento nos dirigimos hacia el Gran Destino, nuestro último destino...

Aquellas palabras me parecieron tan solemnes, tan sombrías y tétricas, que tuve la impresión de que una ola de agua helada acababa de caerme encima. Pero al mismo tiempo, dentro de mi alma sentía que había dicho la verdad.

Después de un prolongado silencio, me dirigí al viejecito y le dije, algo nervioso:

—La locomotora ya no hace ningún ruido. Las ruedas no chirrían. ¿Verdad que no se oyen las bielas? ¡No, no se oyen! Da la impresión de que el tren está bogando, ¿no le parece, caballero?

—Es muy posible —repuso con indiferencia—. Por el momento, estimado capitán, la única cosa que podemos hacer, lo único que nos está permitido, es pensar, sólo pensar. Claro que si pensamos con detenimiento, quizá tengamos una última oportunidad para... bueno, no vale la pena desperdiciar nuestro precioso tiempo y nuestras palabras. Capitán Simenson, si no tiene ningún inconveniente, preferiría estar callado.

A través de las pequeñas ventanas del vagón se percibía un claro día. El tren rodaba a través de una nube color lila que nos impedía ver el paisaje. De vez en cuando, a través de unos claros en aquella bruma, tuve la impresión de ver unas tierras sombrías, tenebrosas. De repente el tren disminuyó su marcha, y, sin poder contenerme, exclamé:

—¡Maldito sea el demonio! ¡Fíjese, caballero...! ¡Trenes! ¡No hay más que trenes! ¡Muchísimos trenes!

Mi compañero de viaje pareció no haberme oído. Sus ojos estaban fijos en mí, como si se extrañase de lo que acababa de decirle.

—No me mire de ese modo. Tiene usted el aspecto... no, no quiero decirlo, pero de todas formas, no me agrada que me mire de esa forma. Si tiene ganas de ver algo, contemple todos los trenes que están ahí fuera.

No me contestó nada. Su rostro estaba dominado por el terror.

—Los trenes, los trenes —repetía yo; pero el anciano seguía con los ojos fijos en mí, sin responderme.

De vez en cuando, y a través de aquellos claros en las nubes, se veían los trenes. Dirigí mi mirada hacia los cristales de las ventanas de esos vagones y quedé estupefacto y horrorizado al contemplar numerosos rostros apoyados en ellos; unos rostros deformados por el terror y la angustia.

—¡Muertos, todos están muertos! ¿Pero adónde los conducen? ¿Por qué están en esos trenes?

Ya no me atrevía a mirar al profesor. Su mirada se había hecho más horrible.

—Señor Simenson —me dijo de repente—, escúcheme...

—Es lo que estoy haciendo.

—Tengo la impresión —me respondió el profesor—, mejor dicho, el temor, de que ya me queda muy poco tiempo para conversar con usted. Es más, incluso pienso que, a partir de este instante, ya ni siquiera tengo el derecho de hablar con usted. Sin lugar a dudas, aún me queda una brizna de libertad antes de llegar al Gran Destino. Escúcheme, pues. Estoy convencido de que usted, sólo usted, no está muerto.

—¿Qué? ¿Cómo dice?

—¡Tiene que salir de inmediato de aquí! ¡Regrese cuanto antes a ese mundo al que usted aún pertenece! ¡Salte del tren!

—¿Pero por qué?

—¿Es que no comprendes nada, imbécil? ¿Es que no te das cuenta, ignorante criatura?

Si aquellas palabras me las hubiera dicho antes cualquier persona, se habría acordado de mí durante toda su vida; pero en aquel preciso instante, incluso un niño de pantalones cortos habría podido apalearme.

—De modo que no me comprende, ¿no es así? Pues bien, se lo diré de una forma más clara: los muertos odian a los vivos, y yo le odio. Huya, desaparezca, pues ya no puedo contenerme más. ¡Le odio, le detesto! Huya de inmediato o... ¡Voy a morderle!

Aquel viejecito, que hasta entonces me había parecido una persona simpática, empezaba a transformarse ante mis ojos en una horrible y amenazadora criatura, temblando de odio y de rabia de la cabeza a los pies.

—¡Voy..., voy a... debo morderle!

De un salto, se lanzó sobre mí. Lo rechacé con todas mis fuerzas e intenté abrir la puerta del compartimento. Unos instantes después, me hundía en las nubes, y al fin caí sobre una tierra húmeda que apestaba a algo mohoso y putrefacto.

En la lontananza, vi que el tren desaparecía poco a poco en la bruma.

Estoy convencido de que estuve errando allí por lo menos ocho días, envuelto en aquella bruma helada, caminando sobre una tierra húmeda y pegajosa, fría como un témpano de hielo. De vez en cuando, observaba unas sombras furtivas que parecían buscar alguna cosa con avidez. Y hubo un momento en que algo o alguien me atrapó en sus garras, y pude ver, a través de una espesa bruma, una especie de boca gris con dientes demasiado blancos, que crujían mientras se acercaban a mi garganta.

Hice un esfuerzo y me liberé de ser atrapado por aquellas horribles fauces, y entonces oí gemidos y lloriqueos.

De repente oí una campana, en medio de la espesa bruma. Sonaba con una claridad bastante extraña; los sonidos metálicos se sucedían unos a otros, con rapidez. Me dirigí de inmediato en dirección a los mismos. A causa de la espesa bruma, estuve a punto de romperme la nariz, al chocar contra un muro de piedras. Al final de aquel muro había una torre, en la que una campana sonaba con estrépito.

Un hombre de elevada estatura, vestido con un hábito de monje, tiraba sin parar de la cuerda de una campana, cuando aparecí ante él. Sus brillantes ojos reflejaron un rayo de alegría cuando me vio.

—¡Un hombre! —exclamó—. Estaba seguro de que alguien se había extraviado una vez más y por eso me puse a batir la campana, para orientarlo hacia aquí.

—¡Por el amor de Dios, ayúdeme! —le supliqué, mientras observaba que todo su cuerpo temblaba como la hoja de un árbol.

—Bueno... sí, sí..., ¡pero no puedo pronunciar una palabra!

—¿Es que... usted también... es un muerto? —dije temblando.

—¡No! —exclamó, dando un grito salvaje—. ¡Y nunca lo seré! ¡Soy Isaac Laquedem! ¡El Judío Errante! ¡Huya! —me dijo, mientras se retorcía las manos—. Aquí se encuentra usted en la misma frontera. Los muertos no pueden franquearla, pero Él, sí. ¡Huya, quizá no sea aún demasiado tarde!

Bruscamente, extendió su brazo, como queriendo indicar algo en la lontananza, donde no había bruma ni nubes. En el lugar que el monje me indicó estaba el mar; un mar tenebroso y sin fin, a cuyas orillas se alzaban altos acantilados. En medio de aquellas aguas, un barco negro se deslizaba.

—El Holandés Volante. Ese tampoco morirá nunca —me dijo con tono quejumbroso, como aquel mar silencioso—. ¡Huya! Haga un esfuerzo, si aún puede, y trate de...

Eché a correr como un loco. A medida que avanzaba, el suelo era más firme. Lancé un suspiro de alivio. Detrás de mí, los tañidos de la campana atravesaban la bruma, y se oían con más agudeza que nunca. Entonces me volví. ¡Nunca debí haberlo hecho! Nunca olvidaré la horrible visión que se presentó ante mis ojos, por muchos años que me queden de vida.

A unos pasos del muro de piedra, donde Isaac Laquedem tiraba de la cuerda de la campana, se agitaba una masa infinita, un mar humano de siniestros personajes apretujándose los unos contra los otros. Millones de ojos en llamas me contemplaban con insistencia, de un modo siniestro, con rabia y furor.

Millones y millones de miradas plenas de ese odio de los muertos al ver que un vivo había podido escapar de sus macabras garras. Sin embargo, por encima de aquel ejército de personajes siniestros, algo gigantesco estaba mirando. Algo de lo que nunca podré dar una descripción exacta. Era noche, fuego, tempestad, dolor. No, no creo que existan palabras que puedan describir lo que yo vi y sentí. El mismo pensamiento incluso no podría traducir una visión.

Aquella entidad —tengo que emplear esta palabra pues no encuentro otra más apropiada—, que no tenía ojos ni cuerpo, parecía, a pesar de todo, estar fijándose detenidamente en algo.

Como una bestia salvaje perseguida durante una cacería, seguí corriendo, corriendo, corriendo, hasta que perdí el conocimiento. Dos pescadores del Báltico me encontraron en medio de un montón de desechos de pescados. Tuve que haber estado allí mucho tiempo, ya que las ratas de las cloacas ya me habían mordido profundamente en las manos y orejas.

Harvey Simenson nos contó esta historia en una taberna de Rotterdam.

—Ahora ya sé qué es la Muerte, la misma Muerte, la que me ha olvidado, como me dio a entender Isaac Laquedem.

Estas fueron sus últimas palabras, o casi...

—Ya sé que me tomarán por un idiota por haberles contado todo eso —añadió, con cierta tristeza en la voz.

Después de estas palabras, abandonó la taberna, dejándonos a todos nosotros a la puerta de la misma, en aquel bulevar húmedo y frío, donde el viento de otoño hacía revolotear las hojas y las gotas de agua. Pronto desapareció en la bruma.

Nos quedamos largo tiempo contemplando el lugar por donde Simenson había desaparecido, y, de repente, un frío indescriptible se apoderó de todos nosotros.

Una sombra larga, muy larga, sin fin, apareció de pronto, como si hubiese surgido de alguna de aquellas callejuelas adyacentes, y se puso a seguir al marino.

Nadie volvió a ver jamás a Harvey Simenson.

El diablo y la bailarina - Roger Zelazny (Parte 3 y última)

Las palabras de Reena reaparecieron en su mente al contemplar la humeante copa. La había levantado y había fingido beber mientras Oele giraba y giraba siguiendo su danza. La había olido. Parecía vino calentado con azúcar y especias, pero tenía un aroma peculiar. Había tocado el húmedo borde con la lengua y percibido un amargo sabor. Cuando Oele miró en dirección a él, echó atrás la cabeza y alzó la copa fingiendo que la apuraba. Cuando Oele desvió la mirada, tiró el líquido por encima del hombro, en la oscuridad.

«¡La intrigante bruja! —pensó Reynar—. Ella no piensa ofrecerme nada. Mi encantadora Reena tenía razón. Apuesto a que soy el sacrificio para algo que ella desea. Fingiré que me adormezco y veremos qué ocurre. ¡Bruja!».

Dejó la copa en el suelo y se inclinó sobre el altar, observando la creciente complejidad del brillante diseño. La forma de moverse de la bailarina era casi hipnótica. Otro hombre habría dado media vuelta y huido tras haber llegado a la misma conclusión que el marino, pero Reynar se había bastado en todas las ocasiones peligrosas en el curso de una vida muy activa. Sonrió mientras observaba la silueta de Oele que fluía bajo la ligera vestimenta gris, y se acordó de bostezar cuando ella le miraba. Qué triste... Oele le había gustado más que otras mujeres.

Después comenzó el pánico. Un escalofrío, totalmente falto de relación con el viento y la noche, recorrió el cuello y los hombros de Reynar. Era como si alguien estuviera detrás de él, observándole fijamente. El marino consideró que podía coger la daga al mismo tiempo que se volvía y defenderse adecuadamente, con el altar entre su cuerpo y su repentina compañía. 

Sin embargo... Jamás se había sentido objeto de escrutinio con tan intensos acompañamientos. La mera contemplación de un desconocido jamás le había producido picor en las manos, retortijones de estómago ni la absoluta certidumbre de otra presencia. La debilidad invadió sus extremidades cuando trató de apartar su mirada de los últimos movimientos de Oele para dar media vuelta y juzgar al visitante.

«Pretendes defraudar a la sacerdotisa —sonaron estas palabras como gotas de sangre en la mente de Reynar—, y haciendo eso me engañas».

«¿Quién eres?», preguntó sin hablar el marino, dirigiéndose al otro.

«Eso nunca lo sabrás».

Se apoyó con fuerza en el altar, recurriendo a toda su fuerza para volverse en parte hacia la presencia, y el borde de algo absolutamente negro entró en su campo de visión. Una fuerza que parecía emanar de la negrura le aferró con mayor firmeza en ese momento, impidiéndole volverse por completo. Reynar comprendió que nunca podría coger la daga del altar... y que, aunque pudiera, de poco le serviría frente a la criatura que le dominaba.

Se tambaleó como si estuviera totalmente agotado, con la mano izquierda aferrada al borde de la piedra, la derecha suelta en su costado. Al inclinarse más, vio que Oele se movía más despacio, que los pasos tal vez finales de la danza iban acercándola a él. 

La luna, había visto Reynar, estaba casi encima mismo de su cabeza. Seguía percibiendo la presencia al otro lado del altar, pero la atención de aquel ser no era tan intensa, ni mucho menos, que momentos antes. El marino se preguntó si la presencia estaba comunicándose con Oele.

Al inclinarse un poco más, mantuvo los ojos centrados en la silueta femenina que se aproximaba. Finalmente Oele se detuvo, a tan solo unos pasos de distancia. La danza había concluido. Reynar dejó que sus párpados se cerraran y su respiración se intensificó. Pero Oele no estaba prestándole atención. Todo el interés de la bailarina parecía dirigido a algo que estaba detrás del marino.

Reynar aguardó, preguntándose hasta qué punto estaba dominado, temeroso de comprobarlo. El pánico anterior había pasado, reemplazado por la controlada tensión, el renovado estado de alerta que siempre le sobrevenía en momentos de crisis.

Oele parecía estar hablando, aunque él no logró oír las palabras, y después hizo una pausa como si escuchara algo, pero el marino tampoco oyó réplica alguna. Finalmente Oele avanzó, pasó ante Reynar sin apenas mirarle, extendió la mano y cogió la daga de la pétrea superficie. Después la sacerdotisa se volvió hacia él, y su mano izquierda se movió como si quisiera agarrarle el cabello.

—¡Bruja! —dijo en un siseo el marino.

Su mano derecha sacó el cuchillo de la funda que llevaba en la bota y lo extendió y levantó mientras se erguía, a pesar de sentir que la frígida fuerza del otro lado del altar pugnaba por dominarle de nuevo.

La expresión del semblante de Oele fue de sorpresa. Su grito fue breve y la sacerdotisa se desplomó casi al instante, mientras la daga del sacrificio resbalaba de sus dedos.

Reynar la cogió mientras caía, se volvió y dejó el cadáver en el altar.

—¡Aquí está tu sangre! —espetó—. ¡Cógela y sé maldito por siempre!

Sostuvo el cuchillo ante él y dio un paso atrás, esperando una represalia sobrenatural en cualquier momento. No hubo tal. La oscura presencia permaneció al otro lado de la forma de su sangrante amante y Reynar percibió su escrutinio, pero el extraño ser no hizo esfuerzo alguno para dominarle o atacarle.

Al notar que su fuerza le acompañaba de nuevo, Reynar dio otro paso atrás y miró alrededor en busca del camino más seguro de huida.

—Marino, marino —sonó la voz que parecía audible en la ventosa noche—. ¿A dónde vas?

—¡Lejos de este lugar maldito! —respondió Reynar.

—¿Para qué viniste?

El capitán hizo un gesto con su arma.

—Ella me prometió poderes como los suyos.

—Entonces ¿por qué huyes?

—Ella me mintió.

—Pero yo no. Aún puedes tener esos poderes.

—¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué pretendes decir?

—Dos caminos hay ante mí, y no me había dado cuenta de lo reacio que soy a dejar este mundo. No me complace enteramente esto, pero así son las cosas. Vuelve la cabeza hacia el castillo que has dejado. Es tuyo si lo quieres, y todo lo que contiene. O, si me lo pides, se desvanecerá un instante después y yo erigiré otro según tus deseos... o no lo haré, como desees. Puedes tener lo que ella tenía... cualquier cosa que desees y que pueda ofrecerte... porque estoy necesitado de ti.

—¿En qué forma?

—Ella era mi vínculo con este plano de existencia. Requiero un devoto aquí para centrar mis energías en este mundo. Ella era la última. Ahora mi presencia se debilitará aquí hasta que deba retirarme a los parajes de los Antiguos. A menos que encuentre un nuevo devoto.

—¿Yo?

—Sí. Sírveme, y yo te serviré.

Hubo una pausa.

—No intentaré detenerte. Quizá ya estaba consumido en este lugar hace mucho tiempo y me aferré a él ahora solo debido a ciertas percepciones que me ofrece. No trataré de detenerte.

Reynar se echó a reír.

—Bien, con tantas cosas que deseo, sería un necio si rechazara tu oferta, ¿no? Acabas de adquirir un acólito, un sacerdote, un devoto... lo que sea preciso. Lo que digo es que me concedas los poderes que poseía esa homicida y que me des rápida instrucción sobre los artículos de la fe. Hay una potranca que voy a montar antes de que acabe la noche.

—En ese caso deja tu arma, marino, y acércate al altar...

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Ya desmontados, Dilvish y Reena estaban poniéndose ropa de más abrigo cuando el primero vio una silueta que se aproximaba por la ladera de una colina, delante, a su derecha.

—Alguien viene —dijo Reena, que inmediatamente volvió la cabeza en dirección al castillo.

—No. Por allí —dijo Dilvish, señalando—. Será mejor que prosigamos.

Terminó de atar el fardo de sus pertenencias y ayudó a Reena a montar.

—¡Eh! ¡Dilvish! —llegó el grito de la silueta que avanzaba—. ¡Reena!

Ambos dudaron mientras atisbaban en la noche. Luego la luz de la luna tocó a la forma que se acercaba.

—¡Aguardad un poco! ¡Tenemos algo que discutir!

Black volvió la cabeza.

—No me gusta esto —dijo—. Vámonos.

Dilvish dio una vuelta en torno a su montura.

—No temo a Reynar —respondió.

Durante un instante observó al hombre que bajaba con rapidez la ladera.

—¿De qué se trata? —dijo después—. ¿Qué deseáis?

Reynar se detuvo, quizás a veinte pasos de distancia.

—¿Desear? Solo a la mujer. Solo a Reena —respondió el marino—. A menos que queráis ser una estatua otra vez. Tenemos un acuerdo.

Dilvish miró hacia atrás.

—¿Es cierto? —preguntó.

—No... sí... no... —respondió Reena.

—Parece que tenemos una pequeña confusión en este punto —dijo Dilvish a Reynar—. No comprendo la situación.

—Preguntadle qué pasó con la puerta —dijo el otro.

Dilvish miró de nuevo a la joven. Reena desvió la mirada.

—¿Bien...? —dijo Dilvish—. Me gustaría saberlo.

—Fue obra mía —afirmó por fin Reena—. Uno de mis mejores hechizos. Para cualquier otra persona, la puerta se había esfumado. Yo podía haberla cruzado.

—¿Por qué? ¿Y cómo se ha enterado él?

—Bien... le dije que iba a hacerlo. En realidad, acababa de ejecutar el encantamiento cuando despertaste. Eso me impidió ejecutar el segundo.

—¿El segundo? ¿De qué clase?

—Un hechizo adormecedor. Para mantenerte allí mientras yo hacía lo que decidiese hacer.

—Temo continuar perdido. ¿Qué debías decidir?

—Huir conmigo —dijo Reynar—. Enseñarme a usar correctamente mis nuevos poderes.

—En ese caso yo soy un estorbo —dijo Dilvish—. ¿Por qué no me lo has explicado? No tengo derecho alguno sobre ti. Yo...

—¡He dicho que debía decidir! —replicó Reena casi gruñendo—. ¡Habría sido tan fácil si hubieras continuado dormido!

—La próxima vez no seré tan tonto.

—¡Pero he decidido! Nada de esto debía haber surgido. No quiero ir con él. Quiero continuar como estábamos.

Dilvish sonrió.

—Entonces no hay problema. Lo lamento, Reynar. Reena ha tomado su decisión. Vámonos, Reena.

—Aguardad —dijo Reynar en voz baja—. La decisión, ¿sabéis?, me corresponde tomarla a mí.

Dilvish vio aparecer una brillante chispa en el cielo, en lo alto de la colina. Voló hacia la extendida mano derecha de Reynar, creciendo al aproximarse. Al llegar, el marino sostuvo una bola de fría luz azul que levantó por encima del hombro.

—Vos —dijo a Dilvish— sois ahora un fardo innecesario.

El globo huyó de su mano. Dilvish trató de esquivarlo, pero la bola volvió para seguirle. Le golpeó en pleno pecho, rebotó y cayó al suelo a más de dos metros a la izquierda, donde explotó formando una brillante fuente de chispas y dejando un humeante agujero en la tierra.

Dilvish avanzó rápidamente. Reynar alzó ambas manos e hizo gestos con ellas.

Dilvish notó como si se hubiera librado por muy poco de una bofetada. Fue igual que si una serie de ráfagas de ventarrón azotaran todo cuanto le rodeaba... y prosiguieron. Siguió ladera arriba y logró distinguir la confusa expresión del semblante del marino.

—El Diablo me ha mentido —dijo—. Ya deberíais estar muerto.

La mirada de Dilvish fue más allá de Reynar, hacia el bajo perfil del altar con el cuerpo de Oele encima, menudo y pálido bajo la luz de la luna.

—¡Black! —gritó mientras iba comprendiendo—. ¡Destruye ese altar!

Momentos después oyó el sonido de cascos metálicos. Reynar se volvió señalando a Black, y una línea de llamas brotó de su extendido dedo. El fuego alcanzó a Black en la parte izquierda del cuello mientras pasaba junto a los dos hombres. La zona se tiñó de rojo. Pero Black prosiguió su curso sin detenerse, y nada en sus movimientos indicaba que hubiera percibido el efecto.

Reynar se volvió para encararse con Dilvish, y se agachó para volver a erguirse con su arma en la mano.

—Si la magia no puede con vos —dijo—, aquí tengo algo mejor.

El arma de Dilvish, cuatro veces más larga que la de su rival, emitió un susurro al quedar desenvainada en su mano. Dilvish avanzó para entrar en combate.

Los dedos de Reynar se retorcieron, y su mano izquierda describió un amplio gesto circular. La espada huyó del puño de Dilvish, dio vueltas en lo alto y se perdió de vista.

—De modo que solo vuestra persona resiste a mi poder... —dijo Reynar mientras arremetía contra él.

Dilvish levantó la capa ante él, al mismo tiempo que doblaba el brazo izquierdo por detrás. La hoja desgarró el tejido veinte centímetros por debajo del brazo. En ese momento Dilvish movió la capa hacia adelante y hacia abajo, y simultáneamente sacó su cuchillo con la mano derecha y arremetió contra su adversario.

Reynar se recuperó con rapidez. Soltó su arma mientras la daga de Dilvish le alcanzaba en el hombro y astillaba el hueso antes de retirarse. Agachados, ambos hombres empezaron a dar vueltas. 

La mano izquierda de Reynar describió un rápido movimiento circular, y Dilvish notó de nuevo un fuerte viento, aunque solo la suelta punta de la capa se agitó. Notó calor en el pecho, y algo apareció bajo sus ojos.

Dilvish miró hacia abajo un instante. Allí, encima de su camisa, brillaba tenuemente el amuleto que le había dado el anciano. Agitó la capa con el nuevo ataque del marino, frustrando el golpe y respondiendo de inmediato, aunque solo acuchilló el aire, porque su rival se había retirado ágilmente. A lo lejos se oyó el primer golpe violento de Black contra el altar.

Los ojos de Reynar se habían abierto mucho en el momento de posarse sobre el reluciente amuleto, como si cierta sospecha naciera en ese instante. Pero los entrecerró después al desplazarse con rapidez, casi con excesiva rapidez, hacia la izquierda de su adversario. 

Dilvish había previsto en parte el tropezón y la rápida recuperación que siguieron. Cuando aquella mano izquierda se movió de nuevo, no fue magia sino un puñado de tierra lo que voló hacia su cara.

Reacio a bajar la capa, Dilvish se protegió los ojos con el brazo derecho y se desplazó hacia un lado, sabiendo que se produciría un ataque inmediatamente. 

El cuchillo de Reynar rozó sus costillas en el costado izquierdo. Con la mano en alto todavía, incapaz de adoptar a tiempo una posición segura, Dilvish bajó el pomo de su espada hacia el hombre que había herido antes. 

Oyó un brusco jadeo de su rival y trató de agarrar al marino. Pero Reynar le apartó de un empujón y retrocedió de un brinco, cambió la daga de mano y embistió y atacó con ella.

Dilvish notó la herida en el dorso de su mano mientras oía el nuevo golpe de Black a las piedras del altar. Respondió, pero Reynar estaba ya fuera de su alcance. Las miradas de ambos hombres se desviaron momentáneamente hacia una tenue luz rojiza en la cumbre de la colina que rodeaba con un halo a Black y al altar.

Reynar alzó la mano derecha, apuntando a Dilvish igual que había hecho con Black momentos antes. La llama saltó hacia el pecho de Dilvish, le alcanzó cerca del reluciente amuleto y rebotó como si se reflejara en un espejo. Reynar reaccionó de inmediato con otro golpe de cuchillo.

Se abalanzó sobre su rival y atacó por lo bajo. Dilvish bajó su arma. Reynar se irguió de pronto en ese instante y su mano derecha se extendió bruscamente para asir el amuleto y tirar con fuerza de él. La cuerda se partió y Reynar retrocedió, llevándose el amuleto.

Más arriba, el fulgor rojo cobró brillo mientras Black se empinaba de nuevo, muy despacio, como si luchara con una fuerza opuesta.

—¡Veamos cómo os va ahora! —exclamó Reynar, y las llamas danzaron en las puntas de sus dedos, se extendieron y se unieron en una espada de fuego.

Cuando avanzó otra vez, la luz fluctuó y se apagó en la cumbre de la colina, acompañada por un estruendo. Las rocas cayeron y rebotaron junto a los contendientes mientras Dilvish retrocedía, agitando la capa, con el cuchillo bajo.

El ataque de Reynar abrió un gran rasgón en el material. Dilvish siguió retrocediendo, y en el momento que su rival alzaba la llameante espada, esta empezó a apagarse, fluctuó una vez... dos veces... y desapareció.

—La historia de mi vida —observó Reynar mientras meneaba la cabeza—. Todo lo bueno parece fundirse siempre.

—Demos por terminada la maldita pelea —dijo Dilvish—. Vuestro poder está destruido.

—Tal vez tengáis razón —respondió Reynar, bajando el arma que le quedaba y dando un paso al frente.

Se hallaba colina arriba respecto a Dilvish, y de pronto cayó al suelo y resbaló hacia abajo. Su pie izquierdo trabó el tobillo de la extendida pierna derecha de Dilvish y su pie derecho golpeó a su rival por debajo de la rótula. Se enderezó, empujó. 

Mientras Dilvish caía de espalda, Reynar ya estaba levantándose. Saltó hacia adelante en cuanto estuvo de pie, con el arma en alto, y se abalanzó sobre el otro hombre, que estaba en posición supina.

Dilvish sacudió la cabeza para vencer el aturdimiento mientras Reynar atacaba, dio una vuelta de costado y se encogió. Se defendió con el brazo derecho mientras ponía en posición el izquierdo. 

Notó la rigidez del marino al caer al suelo junto a él, empalándose en la hoja que Dilvish había cambiado de mano. Sostuvo la mano de Reynar que blandía la daga hasta que la fuerza la abandonó. Luego se apoyó en una rodilla y puso al marino de espaldas.

La cara de Reynar se retorció a la luz de la luna.

—Saltar sin mirar otra vez... —murmuró el marino—. Finalmente lo he pagado... ¡Oh! ¡Esto quema! No saquéis el cuchillo... hasta que yo muera, por favor.

Dilvish meneó la cabeza.

—¡Lamento haberla conocido!

Dilvish no preguntó a quién se refería.

—No sé... por qué me concedió el poder..., vos teníais la protección...

—Conocí a un hombre no hace mucho tiempo —replicó Dilvish— que poseía dos mentes distintas en el mismo cuerpo. Y he oído hablar de otros. Si ello es posible en un hombre, ¿por qué no en un dios?

—Diablo —afirmó Reynar.

—Quizá la distinción entre los dos no sea tan clara como los hombres piensan... en especial cuando los tiempos se hacen difíciles. Conocí este lugar hace mucho tiempo. Era diferente.

—¡Al diablo con todos, Dilvish el Maldito! ¡Al diablo con todos!

Algo se escapó de él y Reynar se desplomó. Su semblante se suavizó por fin.

Dilvish sacó la daga y la limpió. Solo entonces miró a Black, que se había acercado en silencio y estaba observando. Reena se hallaba más lejos, llorando.

—Tu espada cayó por allí —dijo Black, volviendo la cabeza hacia atrás, hacia la derecha—. La vi al bajar.

—Gracias —dijo Dilvish, poniéndose en pie.

—...Y el castillo ha desaparecido. También lo vi al bajar.

Dilvish volvió la cabeza y miró.

—Me pregunto qué habrá sido de nuestros caballos.

—Están vagando abajo. Puedo cogerlos.

—Hazlo, pues.

Black se alejó. Dilvish se acercó a Reena.

—No puedo excavar aquí —dijo—. Tendré que usar piedras.

Reena asintió. Dilvish extendió la mano y le apretó el hombro.

—No podías prever todo esto.

—He visto más de lo que sabía —dijo la joven—. Ahora deseo haber sabido más... o haber visto menos.

Reena se apartó y la mano de Dilvish resbaló de su hombro. Dilvish fue a buscar la espada.

Habían viajado esa noche hasta llegar a un rocoso mirador libre de los vientos, cerca del borde de la nieve, por encima del punto donde la senda inicia su sinuoso descenso hacia las llanuras y el tiempo primaveral. 

En ese lugar encontraron cobijo y durmieron, los caballos atados detrás de las rocas, Black tan inmóvil como un fragmento del lejano paisaje.

Dilvish se desperezó cuando el cielo iba tiñéndose de rosa por el este. Sus heridas latían sordamente, pero se sentó y se calzó las botas. Ni Reena ni Black se movieron cuando Dilvish pasó junto a ellos, en dirección a la figura vestida con pieles y apoyada en un bastón a la derecha de la senda.

—Buenos días —dijo en voz baja.

El anciano asintió.

—Deseo daros las gracias por el amuleto. Me ha salvado la vida.

—Lo sé.

—¿Por qué lo hicisteis?

—Vos hicisteis una ofrenda a Taksh'mael en cierta ocasión.

—¿Es eso tan importante?

—Sois el último que recordáis su nombre.

—¿Y vos?

—Yo no puedo calificarme de devoto, salvo en el sentido más narcisista.

Dilvish le observó de nuevo. Su figura parecía más alta, más noble, y había algo en sus ojos que obligaba a desviar la mirada al instante... una sensación de profundidad sobrenatural, un poder.

—Me voy ahora —continuó el anciano—. No fue fácil librarme de este lugar. Venid, caminad conmigo un trecho.

Dio media vuelta y avanzó cuesta arriba sin volver la cabeza. Dilvish le siguió hacia los bordes de la nieve, con el aliento humeando ante él.

—¿Vais a un buen lugar?

—Me gusta pensar que sí. Os oí hablar antes. Es cierto que cualquiera puede tener... dos mentes. Ahora solo tengo una, y merecéis mis gracias por eso.

Dilvish sopló sobre sus manos y se las frotó mientras el paisaje iba cobrando blancura.

—De momento, poseo más poder del que necesito. ¿Hay algo que pueda ofreceros?

—¿Podríais ofrecereme la vida de un mago llamado Jelerak?

Por delante de él, Dilvish vio que el paso del anciano vacilaba un instante.

—No —fue la réplica—. No sé nada de ese mago, pero lo que pedís no sería cosa fácil. Precisaría más de lo que yo puedo dar. No es sencillo enfrentarse a él.

—Lo sé. Se afirma que es el mejor.

—Sin embargo, existe al menos una persona que podría destruirle en su propio terreno.

—¿Y quién puede ser esa persona?

—El hombre del que hablasteis antes. Ridley es su nombre.

—Ridley ha muerto.

—No. Jelerak lo derrotó, pero no tuvo fuerza suficiente para destruirlo. Por eso lo aprisionó bajo la caída Torre de Hielo, donde planeaba volver cuando recuperara su fuerza para acabar la tarea.

—Eso no me parece muy prometedor.

—Pasará tiempo antes de que pueda hacerlo.

—¿Por qué?

—El conflicto de ambos atrajo la atención de los demás grandes magos del mundo. Durante siglos habían buscado un arma contra Jelerak. Cuando él partió sin lograr destruir a su enemigo, combinaron sus fuerzas para tender una barrera mágica alrededor de la destrozada torre, una barrera que ni siquiera Jelerak puede atravesar. Ahora esos magos disponen de la seguridad que deseaban. Si él los importuna demasiado, amenazarán con levantar la barrera para liberar a Ridley.

—¿Y Ridley destruirá a Jelerak la próxima vez?

—No lo sé. Pero él tendría más posibilidades que los demás.

—¿Podría yo liberar a Ridley sin ayuda?

—Lo dudo.

—¿Podríais vos?

—Temo que debo irme ahora. Lo siento.

El anciano señaló hacia el este, donde el sol inicia su ascenso. Dilvish miró en la misma dirección; el astro separaba las nubes como si fueran cortinas escarlatas. 

Cuando desvió la mirada, el anciano estaba ya muy arriba, y trepaba con asombrosa velocidad y agilidad por la chispeante superficie de nieve. Mientras Dilvish lo contemplaba, rodeó un saliente rocoso y lo perdió de vista.

—¡Esperad! —gritó—. ¡Tengo más cosas que preguntar!

Haciendo caso omiso de sus diversos dolores, Dilvish inició el ascenso, siguiendo el rastro del anciano. Al poco tiempo, notó que las irregulares pisadas iban separándose cada vez más, aunque de forma paradójica iban haciéndose menos profundas. Y al rodear el saliente, Dilvish solo encontró una huella, muy tenue.

La tarde siguiente salieron de las montañas. Dilvish no habló de Ridley con Reena.

En el elevado paraje, cuando la luna está llena, los fuegos mágicos se alzan y el espíritu de Oele danza ante el destrozado altar, aunque ningún diablo se presenta. Pero a veces hay la forma de otro que observa en las sombras. Cuando la última piedra caiga, él llevará al mar a ese espíritu.