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Drummer-Hinger - John Flanders

Era un milagro el que Harvey Simenson no estuviese borracho al contar su aventura. No era este el caso cuando la vivió. Desde luego, él mismo admitía que estaba ebrio como un cosaco cuando vivió aquella espantosa experiencia.

Hacía ya mucho tiempo que el Ptarmigan había zarpado del puerto de Altona cuando llegué al muelle. Me dolía mucho la cabeza y aún me duraban los vértigos que me produjera la borrachera de la noche anterior. Aún podía ver el humo que salía por la chimenea de mi barco. ¡Los muy canallas! No habían tenido siquiera la delicadeza de esperar unos minutos y recoger a un compañero de tripulación, que sólo había cometido el pequeño pecado de pasar una buena noche en tierra después de haber navegado durante tantos días.

Lo primero que se me ocurrió fue matar al capitán, al piloto y al timonel apenas se me presentase la ocasión. Luego me fui a ver al cónsul, quien no sólo me echó a la calle como a un perro sino que, además, me aseguró que, si volvía a molestarlo, no sólo haría que me dieran una buena paliza, sino que avisaría a la policía para que me encerrasen una buena temporada a la sombra.

«Otro miserable más de los muchos que hay en este cochino mundo», me dije a mí mismo mientras lanzaba un escupitajo sobre el umbral de la puerta de entrada al Consulado. No me quedaba ni un triste centavo. Me había gastado todo el dinero emborrachándome en Hamburgo. ¿Conocen ustedes Sankt-Pauli? Pues allí estuve a punto de estirar la pata, con la turca que pesqué vaciando botellas y más botellas.

Imagínense, mis queridos amigos, un flamante coche de nueve caballos. A lo mejor eran caballos de madera, pero esto no tiene ninguna importancia, ni viene al caso. Pues bien, fue en un chisme como ese donde me harté de beber Sekt y Berenfang hasta llenar esta bodega que tengo por estómago.

¿Saben lo que es el Berenfang? Una maravillosa bebida hecha con excelente miel y alcohol. ¡Tan buena que no me importaría que me llevasen al mismo infierno, a cambio de un buen barril de ella! Y tan suculenta que, después de cada sorbo, uno tiene la impresión de que va a caerse de la silla tieso como un muerto.

—Limítate a los hechos, charlatán —exclamaron todos los que le estaban escuchando.

—¡Era la introducción! —respondió Simenson—. Después de todo, en todos los librejos hay unos preliminares como estos. Y mi historia vale tanto como un librejo.

Cuando no se tiene un céntimo en el bolsillo y el barco en que uno va enrolado se ha largado, dejándole a uno en tierra, mientras en la mente las ideas se vuelven cada vez más lúcidas, decidme, amigos, ¿adónde se dirige entonces un hombre? Yo os lo diré: de diez probabilidades hay nueve de que se dirija a una estación de ferrocarril. ¿No están de acuerdo conmigo, eh, compañeros?

Se sube uno al primer vagón que encuentra, escoge el compartimento con más cojines por todas partes y nos dejamos adormecer de un modo placentero por el movimiento monótono del tren en marcha. Y así continuamos, hasta que de pronto aparece un revisor y nos expulsa del vagón al llegar a la próxima estación, acompañando su gesto con una sarta de frases nada agradables. 

Pero, por fortuna, en mi caso, la estación en la que el revisor me echó del tren era realmente magnífica. Estaba iluminada como una piedra preciosa en el escaparate de una joyería, pero muy abandonada, sin un alma viviente, pues era de noche.


Entonces me hice el borracho, con el fin de no contestar a las posibles preguntas que pudieran hacerme dos empleados de la estación. Me fijé en que uno de ellos le dijo en voz baja a su compañero:

—Este ya está maduro para Drummer-Hinger.

—¡Cállate! Estas cosas no se pueden decir —le contestó el otro, que tenía una especie de quepis dorado sobre su orondo cráneo.

Luego se acercaron unos cuantos tipos bien rellenos de grasa, me cogieron como si fuera un baúl, y me metieron sobre el entarimado de un miserable tabuco.

—Aquí te quedas, amigote, y a ver si revientas de una vez —dijeron bromeando, mientras se alejaban dejándome solo en aquel inmundo lugar.

Fue entonces cuando el destino vino en mi ayuda. Me estaba muriendo de sed. A mi mente acudieron las deliciosas bebidas que había paladeado durante la víspera, es decir, el Sekt, el Berenfang y otros exquisitos licores. De repente oí el típico ruido de botellas al chocar unas con otras y la boca se me hizo agua.

Seguramente será café, o té o algunas de esas repugnantes bebidas, me dije a mí mismo, mientras me apoderaba de una de esas botellas. Pero cuando la tuve en mi mano, quedé pasmado: ¡era Schnaps! Y de una calidad tan excelente, que me bebí toda la botella.

«Si alguno de aquellos tipos se da cuenta de que me he bebido su exquisito licor, estoy listo», pensé. Por fortuna, aún me quedaban las suficientes fuerzas como para huir del tabuco y salir corriendo, amparado por la obscuridad de la noche, a lo largo de las vías de ferrocarriles.

Había recorrido una buena milla cuando tropecé con uno de los maderos; caí al suelo como un saco de plomo, y sentí un inmenso dolor en todos los huesos de mi esqueleto. Mi caída tuvo que producir ruido forzosamente. Además, creo que grité y lancé un juramento.

Sí, debían haberme oído. Instantes después, alguien me enfocaba a los ojos con una potente linterna.

—Por favor, apague la linterna —dije—. Tengo la costumbre de dormir sin lámpara, ni vela.

—¿Qué es lo que estás haciendo aquí? —me graznó una voz seca y desagradable.

—Aquí no estoy haciendo nada, y por eso ahora mismo me voy; sí, debo irme.

—¿Y adónde debe ir el caballero?

No sé exactamente cómo, pero en aquel instante me vino a la mente el nombre de Drummer-Hinger, y se lo dije en voz alta, casi gritando.

Entonces observé que la linterna se movió un poco, como si la mano que la sostenía temblase.

—No hable tan alto, compañero —respondió el individuo con voz repentinamente dulcificada—. Le ruego que no hable, caballero. Pronto vendré a buscarle. El tren que sale para... en fin, usted ya sabe hacia dónde, no llega hasta aquí. Suele detenerse cerca de la señal roja que ve usted allí.

La luz de la linterna desapareció en la obscuridad de la noche, y otra voz, llena de compasión, me dijo:

—Comprendo muy bien que un hombre tan borracho...

«¿Pero qué es lo que aquí sucede? —me dije—. Debe ser un sueño.»

Me dirigí hacia los abetos, me senté en un lugar cómodo y, poco a poco, me quedé adormecido.

—¡Vamos...! Llegó el momento.

Me pusieron de pie, pues apenas tenía fuerzas en mis piernas. Me sentía tan débil como una jovencita. Luego aquellos individuos me arrastraron.

—Por mi parte, me podéis arrastrar así hasta el día de mi muerte, pues apenas tengo fuerzas para andar por mis propios pies —les dije.

—Ya tendrás tiempo para dormir cuando estés dentro del tren.

—¡Ah..., sí! Es verdad. Voy a ver a Drum...

—Cierra la boca. ¿Cómo es posible que puedas hablar con tanta ligereza de una cosa tan importante? ¡Cualquiera diría que estás contento con el viaje!

Aquella voz era despectiva, pero no severa. Incluso llegué a percibir cierto deje de compasión en ella. La señal roja brillaba en la obscuridad. Delante de mí había un tren negro muy largo. Sin fuego, ni luces, esperando que llegasen los viajeros.

De repente oí que se abría la puerta de un vagón. Instantes después me depositaban, con delicadeza verdaderamente maternal, sobre un montón de cómodos cojines.

—¡Gracias! ¡Gracias! —dije; pero ya no había nadie que pudiera escucharme.

La locomotora se puso en marcha con lentitud. Luego, se abrió la puerta de nuevo y una forma vaga y confusa se precipitó dentro de mi compartimento.

El tren empezó a aumentar su velocidad con una especie de chirrido quejumbroso, y pronto quedé sumido en un profundo sueño.

Cuando desperté, me sorprendí al comprobar la débil luz que reinaba en el compartimento. Un viejecito de pequeña estatura y mirada bondadosa, vestido como un burgués, se hallaba sentado frente a mí y me hacía señales de aprobación con su cabeza.

—Buenos días —le dije—. ¿También va usted a... cómo era... a Drummer-Hinger?

—¿Cómo dice usted? —respondió, extrañado.

—Drummer-Hinger —volví a insistir.

—Se trata de un nombre muy extraño —respondió el anciano, moviendo dulcemente la cabeza—. No creo haberlo oído mencionar nunca en mi vida.

—¡Esto es el colmo! ¡Ya no hay quién pueda soportarlo! Que yo no lo sepa es muy lógico, pues cuando me metieron en este tren estaba más borracho que un cosaco.

—¿Estaba usted borracho? Pues bien, me alegro de haberle despertado. Y ahora, quisiera hacerle algunas preguntas sobre este extraño viaje.

—Pues está usted listo, ya que yo sé tanto como usted, es decir, no sé nada. Puede que...

—Verá usted; yo tenía que hacer este viaje, cosa que ya de por sí es ridícula y a la que no estoy acostumbrado, pues nunca he viajado en toda mi vida. Soy profesor, y no tengo esposa ni hijos que me impidan hacer lo que me plazca. Lo único que amo en este mundo son los libros, y dentro de estos, aquellos relacionados con la antigüedad. Precisamente tenía que leer un magnífico libro de Encke. ¿Conoce usted a Encke?

—¿Encke? ¡Cómo no! Es el segundo oficial del Frauenlob. Un auténtico marrano. Aún no me ha pagado un dinero que le presté en cierta ocasión.

—Está usted equivocado, caballero —respondió el anciano—. Encke es un célebre historiador de la antigüedad. Pero, en fin, todo esto no tiene nada que ver con el asunto. Lo que yo me pregunto es cómo he podido emprender un viaje en el momento preciso en que me disponía a leer una obra tan famosa. ¿Yo, viajando? No tiene sentido, no lo comprendo.

—Bueno, no es para tanto. Yo siempre estoy viajando de una punta del mundo a la otra y, sin embargo, no veo nada extraño en ello.

—¿Es verdad? —dijo el anciano, con un tono algo despreciativo.— Espere un poco; tengo que acordarme. Me dirigía a la clase a dar un curso sobre historia universal, cuando he aquí que recibí un fuerte golpe. Fue un autobús...

El anciano se calló de repente, adoptando una postura como si estuviera soñando despierto.

—Sí, fue una cosa muy extraña —suspiró al fin—, pues justo después de aquel accidente me entraron unas ganas locas de salir de viaje. Partí de inmediato. ¿Pero adónde me dirijo en este momento? Recuerdo que pedí un billete en la estación de ferrocarril, pero nada más, no me acuerdo de nada más. ¡Ay, Dios mío, no sé lo que me ocurre, ni lo que estoy haciendo en este tren! Por favor, ¿señor...?

—Harvey Simenson —le respondí, presentándome—. Cuando alguien quiere halagarme me llama capitán Simenson; pero se lo confieso con sinceridad, no soy capitán.

—Capitán Simenson, ¿sería tan amable de pronunciar una vez más ese nombre de extrañas sonoridades?

—Drummer-Hinger.

Entonces, de repente, se produjo un misterioso cambio en las facciones del anciano. Sus labios temblaron y en sus ojos se reflejó una angustia indescriptible. Pero, momentos después, en su rostro sólo podía verse una profunda resignación.

—Creo que ahora lo comprendo todo —murmuró entre dientes—. Sí, ahora lo sé todo; ya no me queda la menor duda. Estoy completamente convencido de que todos los que van en este tren... están muertos.

—Eso son tonterías —le respondí.

El anciano se encogió de hombros, y añadió:

—Además, en este momento nos dirigimos hacia el Gran Destino, nuestro último destino...

Aquellas palabras me parecieron tan solemnes, tan sombrías y tétricas, que tuve la impresión de que una ola de agua helada acababa de caerme encima. Pero al mismo tiempo, dentro de mi alma sentía que había dicho la verdad.

Después de un prolongado silencio, me dirigí al viejecito y le dije, algo nervioso:

—La locomotora ya no hace ningún ruido. Las ruedas no chirrían. ¿Verdad que no se oyen las bielas? ¡No, no se oyen! Da la impresión de que el tren está bogando, ¿no le parece, caballero?

—Es muy posible —repuso con indiferencia—. Por el momento, estimado capitán, la única cosa que podemos hacer, lo único que nos está permitido, es pensar, sólo pensar. Claro que si pensamos con detenimiento, quizá tengamos una última oportunidad para... bueno, no vale la pena desperdiciar nuestro precioso tiempo y nuestras palabras. Capitán Simenson, si no tiene ningún inconveniente, preferiría estar callado.

A través de las pequeñas ventanas del vagón se percibía un claro día. El tren rodaba a través de una nube color lila que nos impedía ver el paisaje. De vez en cuando, a través de unos claros en aquella bruma, tuve la impresión de ver unas tierras sombrías, tenebrosas. De repente el tren disminuyó su marcha, y, sin poder contenerme, exclamé:

—¡Maldito sea el demonio! ¡Fíjese, caballero...! ¡Trenes! ¡No hay más que trenes! ¡Muchísimos trenes!

Mi compañero de viaje pareció no haberme oído. Sus ojos estaban fijos en mí, como si se extrañase de lo que acababa de decirle.

—No me mire de ese modo. Tiene usted el aspecto... no, no quiero decirlo, pero de todas formas, no me agrada que me mire de esa forma. Si tiene ganas de ver algo, contemple todos los trenes que están ahí fuera.

No me contestó nada. Su rostro estaba dominado por el terror.

—Los trenes, los trenes —repetía yo; pero el anciano seguía con los ojos fijos en mí, sin responderme.

De vez en cuando, y a través de aquellos claros en las nubes, se veían los trenes. Dirigí mi mirada hacia los cristales de las ventanas de esos vagones y quedé estupefacto y horrorizado al contemplar numerosos rostros apoyados en ellos; unos rostros deformados por el terror y la angustia.

—¡Muertos, todos están muertos! ¿Pero adónde los conducen? ¿Por qué están en esos trenes?

Ya no me atrevía a mirar al profesor. Su mirada se había hecho más horrible.

—Señor Simenson —me dijo de repente—, escúcheme...

—Es lo que estoy haciendo.

—Tengo la impresión —me respondió el profesor—, mejor dicho, el temor, de que ya me queda muy poco tiempo para conversar con usted. Es más, incluso pienso que, a partir de este instante, ya ni siquiera tengo el derecho de hablar con usted. Sin lugar a dudas, aún me queda una brizna de libertad antes de llegar al Gran Destino. Escúcheme, pues. Estoy convencido de que usted, sólo usted, no está muerto.

—¿Qué? ¿Cómo dice?

—¡Tiene que salir de inmediato de aquí! ¡Regrese cuanto antes a ese mundo al que usted aún pertenece! ¡Salte del tren!

—¿Pero por qué?

—¿Es que no comprendes nada, imbécil? ¿Es que no te das cuenta, ignorante criatura?

Si aquellas palabras me las hubiera dicho antes cualquier persona, se habría acordado de mí durante toda su vida; pero en aquel preciso instante, incluso un niño de pantalones cortos habría podido apalearme.

—De modo que no me comprende, ¿no es así? Pues bien, se lo diré de una forma más clara: los muertos odian a los vivos, y yo le odio. Huya, desaparezca, pues ya no puedo contenerme más. ¡Le odio, le detesto! Huya de inmediato o... ¡Voy a morderle!

Aquel viejecito, que hasta entonces me había parecido una persona simpática, empezaba a transformarse ante mis ojos en una horrible y amenazadora criatura, temblando de odio y de rabia de la cabeza a los pies.

—¡Voy..., voy a... debo morderle!

De un salto, se lanzó sobre mí. Lo rechacé con todas mis fuerzas e intenté abrir la puerta del compartimento. Unos instantes después, me hundía en las nubes, y al fin caí sobre una tierra húmeda que apestaba a algo mohoso y putrefacto.

En la lontananza, vi que el tren desaparecía poco a poco en la bruma.

Estoy convencido de que estuve errando allí por lo menos ocho días, envuelto en aquella bruma helada, caminando sobre una tierra húmeda y pegajosa, fría como un témpano de hielo. De vez en cuando, observaba unas sombras furtivas que parecían buscar alguna cosa con avidez. Y hubo un momento en que algo o alguien me atrapó en sus garras, y pude ver, a través de una espesa bruma, una especie de boca gris con dientes demasiado blancos, que crujían mientras se acercaban a mi garganta.

Hice un esfuerzo y me liberé de ser atrapado por aquellas horribles fauces, y entonces oí gemidos y lloriqueos.

De repente oí una campana, en medio de la espesa bruma. Sonaba con una claridad bastante extraña; los sonidos metálicos se sucedían unos a otros, con rapidez. Me dirigí de inmediato en dirección a los mismos. A causa de la espesa bruma, estuve a punto de romperme la nariz, al chocar contra un muro de piedras. Al final de aquel muro había una torre, en la que una campana sonaba con estrépito.

Un hombre de elevada estatura, vestido con un hábito de monje, tiraba sin parar de la cuerda de una campana, cuando aparecí ante él. Sus brillantes ojos reflejaron un rayo de alegría cuando me vio.

—¡Un hombre! —exclamó—. Estaba seguro de que alguien se había extraviado una vez más y por eso me puse a batir la campana, para orientarlo hacia aquí.

—¡Por el amor de Dios, ayúdeme! —le supliqué, mientras observaba que todo su cuerpo temblaba como la hoja de un árbol.

—Bueno... sí, sí..., ¡pero no puedo pronunciar una palabra!

—¿Es que... usted también... es un muerto? —dije temblando.

—¡No! —exclamó, dando un grito salvaje—. ¡Y nunca lo seré! ¡Soy Isaac Laquedem! ¡El Judío Errante! ¡Huya! —me dijo, mientras se retorcía las manos—. Aquí se encuentra usted en la misma frontera. Los muertos no pueden franquearla, pero Él, sí. ¡Huya, quizá no sea aún demasiado tarde!

Bruscamente, extendió su brazo, como queriendo indicar algo en la lontananza, donde no había bruma ni nubes. En el lugar que el monje me indicó estaba el mar; un mar tenebroso y sin fin, a cuyas orillas se alzaban altos acantilados. En medio de aquellas aguas, un barco negro se deslizaba.

—El Holandés Volante. Ese tampoco morirá nunca —me dijo con tono quejumbroso, como aquel mar silencioso—. ¡Huya! Haga un esfuerzo, si aún puede, y trate de...

Eché a correr como un loco. A medida que avanzaba, el suelo era más firme. Lancé un suspiro de alivio. Detrás de mí, los tañidos de la campana atravesaban la bruma, y se oían con más agudeza que nunca. Entonces me volví. ¡Nunca debí haberlo hecho! Nunca olvidaré la horrible visión que se presentó ante mis ojos, por muchos años que me queden de vida.

A unos pasos del muro de piedra, donde Isaac Laquedem tiraba de la cuerda de la campana, se agitaba una masa infinita, un mar humano de siniestros personajes apretujándose los unos contra los otros. Millones de ojos en llamas me contemplaban con insistencia, de un modo siniestro, con rabia y furor.

Millones y millones de miradas plenas de ese odio de los muertos al ver que un vivo había podido escapar de sus macabras garras. Sin embargo, por encima de aquel ejército de personajes siniestros, algo gigantesco estaba mirando. Algo de lo que nunca podré dar una descripción exacta. Era noche, fuego, tempestad, dolor. No, no creo que existan palabras que puedan describir lo que yo vi y sentí. El mismo pensamiento incluso no podría traducir una visión.

Aquella entidad —tengo que emplear esta palabra pues no encuentro otra más apropiada—, que no tenía ojos ni cuerpo, parecía, a pesar de todo, estar fijándose detenidamente en algo.

Como una bestia salvaje perseguida durante una cacería, seguí corriendo, corriendo, corriendo, hasta que perdí el conocimiento. Dos pescadores del Báltico me encontraron en medio de un montón de desechos de pescados. Tuve que haber estado allí mucho tiempo, ya que las ratas de las cloacas ya me habían mordido profundamente en las manos y orejas.

Harvey Simenson nos contó esta historia en una taberna de Rotterdam.

—Ahora ya sé qué es la Muerte, la misma Muerte, la que me ha olvidado, como me dio a entender Isaac Laquedem.

Estas fueron sus últimas palabras, o casi...

—Ya sé que me tomarán por un idiota por haberles contado todo eso —añadió, con cierta tristeza en la voz.

Después de estas palabras, abandonó la taberna, dejándonos a todos nosotros a la puerta de la misma, en aquel bulevar húmedo y frío, donde el viento de otoño hacía revolotear las hojas y las gotas de agua. Pronto desapareció en la bruma.

Nos quedamos largo tiempo contemplando el lugar por donde Simenson había desaparecido, y, de repente, un frío indescriptible se apoderó de todos nosotros.

Una sombra larga, muy larga, sin fin, apareció de pronto, como si hubiese surgido de alguna de aquellas callejuelas adyacentes, y se puso a seguir al marino.

Nadie volvió a ver jamás a Harvey Simenson.

El diablo y la bailarina - Roger Zelazny (Parte 3 y última)

Las palabras de Reena reaparecieron en su mente al contemplar la humeante copa. La había levantado y había fingido beber mientras Oele giraba y giraba siguiendo su danza. La había olido. Parecía vino calentado con azúcar y especias, pero tenía un aroma peculiar. Había tocado el húmedo borde con la lengua y percibido un amargo sabor. Cuando Oele miró en dirección a él, echó atrás la cabeza y alzó la copa fingiendo que la apuraba. Cuando Oele desvió la mirada, tiró el líquido por encima del hombro, en la oscuridad.

«¡La intrigante bruja! —pensó Reynar—. Ella no piensa ofrecerme nada. Mi encantadora Reena tenía razón. Apuesto a que soy el sacrificio para algo que ella desea. Fingiré que me adormezco y veremos qué ocurre. ¡Bruja!».

Dejó la copa en el suelo y se inclinó sobre el altar, observando la creciente complejidad del brillante diseño. La forma de moverse de la bailarina era casi hipnótica. Otro hombre habría dado media vuelta y huido tras haber llegado a la misma conclusión que el marino, pero Reynar se había bastado en todas las ocasiones peligrosas en el curso de una vida muy activa. Sonrió mientras observaba la silueta de Oele que fluía bajo la ligera vestimenta gris, y se acordó de bostezar cuando ella le miraba. Qué triste... Oele le había gustado más que otras mujeres.

Después comenzó el pánico. Un escalofrío, totalmente falto de relación con el viento y la noche, recorrió el cuello y los hombros de Reynar. Era como si alguien estuviera detrás de él, observándole fijamente. El marino consideró que podía coger la daga al mismo tiempo que se volvía y defenderse adecuadamente, con el altar entre su cuerpo y su repentina compañía. 

Sin embargo... Jamás se había sentido objeto de escrutinio con tan intensos acompañamientos. La mera contemplación de un desconocido jamás le había producido picor en las manos, retortijones de estómago ni la absoluta certidumbre de otra presencia. La debilidad invadió sus extremidades cuando trató de apartar su mirada de los últimos movimientos de Oele para dar media vuelta y juzgar al visitante.

«Pretendes defraudar a la sacerdotisa —sonaron estas palabras como gotas de sangre en la mente de Reynar—, y haciendo eso me engañas».

«¿Quién eres?», preguntó sin hablar el marino, dirigiéndose al otro.

«Eso nunca lo sabrás».

Se apoyó con fuerza en el altar, recurriendo a toda su fuerza para volverse en parte hacia la presencia, y el borde de algo absolutamente negro entró en su campo de visión. Una fuerza que parecía emanar de la negrura le aferró con mayor firmeza en ese momento, impidiéndole volverse por completo. Reynar comprendió que nunca podría coger la daga del altar... y que, aunque pudiera, de poco le serviría frente a la criatura que le dominaba.

Se tambaleó como si estuviera totalmente agotado, con la mano izquierda aferrada al borde de la piedra, la derecha suelta en su costado. Al inclinarse más, vio que Oele se movía más despacio, que los pasos tal vez finales de la danza iban acercándola a él. 

La luna, había visto Reynar, estaba casi encima mismo de su cabeza. Seguía percibiendo la presencia al otro lado del altar, pero la atención de aquel ser no era tan intensa, ni mucho menos, que momentos antes. El marino se preguntó si la presencia estaba comunicándose con Oele.

Al inclinarse un poco más, mantuvo los ojos centrados en la silueta femenina que se aproximaba. Finalmente Oele se detuvo, a tan solo unos pasos de distancia. La danza había concluido. Reynar dejó que sus párpados se cerraran y su respiración se intensificó. Pero Oele no estaba prestándole atención. Todo el interés de la bailarina parecía dirigido a algo que estaba detrás del marino.

Reynar aguardó, preguntándose hasta qué punto estaba dominado, temeroso de comprobarlo. El pánico anterior había pasado, reemplazado por la controlada tensión, el renovado estado de alerta que siempre le sobrevenía en momentos de crisis.

Oele parecía estar hablando, aunque él no logró oír las palabras, y después hizo una pausa como si escuchara algo, pero el marino tampoco oyó réplica alguna. Finalmente Oele avanzó, pasó ante Reynar sin apenas mirarle, extendió la mano y cogió la daga de la pétrea superficie. Después la sacerdotisa se volvió hacia él, y su mano izquierda se movió como si quisiera agarrarle el cabello.

—¡Bruja! —dijo en un siseo el marino.

Su mano derecha sacó el cuchillo de la funda que llevaba en la bota y lo extendió y levantó mientras se erguía, a pesar de sentir que la frígida fuerza del otro lado del altar pugnaba por dominarle de nuevo.

La expresión del semblante de Oele fue de sorpresa. Su grito fue breve y la sacerdotisa se desplomó casi al instante, mientras la daga del sacrificio resbalaba de sus dedos.

Reynar la cogió mientras caía, se volvió y dejó el cadáver en el altar.

—¡Aquí está tu sangre! —espetó—. ¡Cógela y sé maldito por siempre!

Sostuvo el cuchillo ante él y dio un paso atrás, esperando una represalia sobrenatural en cualquier momento. No hubo tal. La oscura presencia permaneció al otro lado de la forma de su sangrante amante y Reynar percibió su escrutinio, pero el extraño ser no hizo esfuerzo alguno para dominarle o atacarle.

Al notar que su fuerza le acompañaba de nuevo, Reynar dio otro paso atrás y miró alrededor en busca del camino más seguro de huida.

—Marino, marino —sonó la voz que parecía audible en la ventosa noche—. ¿A dónde vas?

—¡Lejos de este lugar maldito! —respondió Reynar.

—¿Para qué viniste?

El capitán hizo un gesto con su arma.

—Ella me prometió poderes como los suyos.

—Entonces ¿por qué huyes?

—Ella me mintió.

—Pero yo no. Aún puedes tener esos poderes.

—¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué pretendes decir?

—Dos caminos hay ante mí, y no me había dado cuenta de lo reacio que soy a dejar este mundo. No me complace enteramente esto, pero así son las cosas. Vuelve la cabeza hacia el castillo que has dejado. Es tuyo si lo quieres, y todo lo que contiene. O, si me lo pides, se desvanecerá un instante después y yo erigiré otro según tus deseos... o no lo haré, como desees. Puedes tener lo que ella tenía... cualquier cosa que desees y que pueda ofrecerte... porque estoy necesitado de ti.

—¿En qué forma?

—Ella era mi vínculo con este plano de existencia. Requiero un devoto aquí para centrar mis energías en este mundo. Ella era la última. Ahora mi presencia se debilitará aquí hasta que deba retirarme a los parajes de los Antiguos. A menos que encuentre un nuevo devoto.

—¿Yo?

—Sí. Sírveme, y yo te serviré.

Hubo una pausa.

—No intentaré detenerte. Quizá ya estaba consumido en este lugar hace mucho tiempo y me aferré a él ahora solo debido a ciertas percepciones que me ofrece. No trataré de detenerte.

Reynar se echó a reír.

—Bien, con tantas cosas que deseo, sería un necio si rechazara tu oferta, ¿no? Acabas de adquirir un acólito, un sacerdote, un devoto... lo que sea preciso. Lo que digo es que me concedas los poderes que poseía esa homicida y que me des rápida instrucción sobre los artículos de la fe. Hay una potranca que voy a montar antes de que acabe la noche.

—En ese caso deja tu arma, marino, y acércate al altar...

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Ya desmontados, Dilvish y Reena estaban poniéndose ropa de más abrigo cuando el primero vio una silueta que se aproximaba por la ladera de una colina, delante, a su derecha.

—Alguien viene —dijo Reena, que inmediatamente volvió la cabeza en dirección al castillo.

—No. Por allí —dijo Dilvish, señalando—. Será mejor que prosigamos.

Terminó de atar el fardo de sus pertenencias y ayudó a Reena a montar.

—¡Eh! ¡Dilvish! —llegó el grito de la silueta que avanzaba—. ¡Reena!

Ambos dudaron mientras atisbaban en la noche. Luego la luz de la luna tocó a la forma que se acercaba.

—¡Aguardad un poco! ¡Tenemos algo que discutir!

Black volvió la cabeza.

—No me gusta esto —dijo—. Vámonos.

Dilvish dio una vuelta en torno a su montura.

—No temo a Reynar —respondió.

Durante un instante observó al hombre que bajaba con rapidez la ladera.

—¿De qué se trata? —dijo después—. ¿Qué deseáis?

Reynar se detuvo, quizás a veinte pasos de distancia.

—¿Desear? Solo a la mujer. Solo a Reena —respondió el marino—. A menos que queráis ser una estatua otra vez. Tenemos un acuerdo.

Dilvish miró hacia atrás.

—¿Es cierto? —preguntó.

—No... sí... no... —respondió Reena.

—Parece que tenemos una pequeña confusión en este punto —dijo Dilvish a Reynar—. No comprendo la situación.

—Preguntadle qué pasó con la puerta —dijo el otro.

Dilvish miró de nuevo a la joven. Reena desvió la mirada.

—¿Bien...? —dijo Dilvish—. Me gustaría saberlo.

—Fue obra mía —afirmó por fin Reena—. Uno de mis mejores hechizos. Para cualquier otra persona, la puerta se había esfumado. Yo podía haberla cruzado.

—¿Por qué? ¿Y cómo se ha enterado él?

—Bien... le dije que iba a hacerlo. En realidad, acababa de ejecutar el encantamiento cuando despertaste. Eso me impidió ejecutar el segundo.

—¿El segundo? ¿De qué clase?

—Un hechizo adormecedor. Para mantenerte allí mientras yo hacía lo que decidiese hacer.

—Temo continuar perdido. ¿Qué debías decidir?

—Huir conmigo —dijo Reynar—. Enseñarme a usar correctamente mis nuevos poderes.

—En ese caso yo soy un estorbo —dijo Dilvish—. ¿Por qué no me lo has explicado? No tengo derecho alguno sobre ti. Yo...

—¡He dicho que debía decidir! —replicó Reena casi gruñendo—. ¡Habría sido tan fácil si hubieras continuado dormido!

—La próxima vez no seré tan tonto.

—¡Pero he decidido! Nada de esto debía haber surgido. No quiero ir con él. Quiero continuar como estábamos.

Dilvish sonrió.

—Entonces no hay problema. Lo lamento, Reynar. Reena ha tomado su decisión. Vámonos, Reena.

—Aguardad —dijo Reynar en voz baja—. La decisión, ¿sabéis?, me corresponde tomarla a mí.

Dilvish vio aparecer una brillante chispa en el cielo, en lo alto de la colina. Voló hacia la extendida mano derecha de Reynar, creciendo al aproximarse. Al llegar, el marino sostuvo una bola de fría luz azul que levantó por encima del hombro.

—Vos —dijo a Dilvish— sois ahora un fardo innecesario.

El globo huyó de su mano. Dilvish trató de esquivarlo, pero la bola volvió para seguirle. Le golpeó en pleno pecho, rebotó y cayó al suelo a más de dos metros a la izquierda, donde explotó formando una brillante fuente de chispas y dejando un humeante agujero en la tierra.

Dilvish avanzó rápidamente. Reynar alzó ambas manos e hizo gestos con ellas.

Dilvish notó como si se hubiera librado por muy poco de una bofetada. Fue igual que si una serie de ráfagas de ventarrón azotaran todo cuanto le rodeaba... y prosiguieron. Siguió ladera arriba y logró distinguir la confusa expresión del semblante del marino.

—El Diablo me ha mentido —dijo—. Ya deberíais estar muerto.

La mirada de Dilvish fue más allá de Reynar, hacia el bajo perfil del altar con el cuerpo de Oele encima, menudo y pálido bajo la luz de la luna.

—¡Black! —gritó mientras iba comprendiendo—. ¡Destruye ese altar!

Momentos después oyó el sonido de cascos metálicos. Reynar se volvió señalando a Black, y una línea de llamas brotó de su extendido dedo. El fuego alcanzó a Black en la parte izquierda del cuello mientras pasaba junto a los dos hombres. La zona se tiñó de rojo. Pero Black prosiguió su curso sin detenerse, y nada en sus movimientos indicaba que hubiera percibido el efecto.

Reynar se volvió para encararse con Dilvish, y se agachó para volver a erguirse con su arma en la mano.

—Si la magia no puede con vos —dijo—, aquí tengo algo mejor.

El arma de Dilvish, cuatro veces más larga que la de su rival, emitió un susurro al quedar desenvainada en su mano. Dilvish avanzó para entrar en combate.

Los dedos de Reynar se retorcieron, y su mano izquierda describió un amplio gesto circular. La espada huyó del puño de Dilvish, dio vueltas en lo alto y se perdió de vista.

—De modo que solo vuestra persona resiste a mi poder... —dijo Reynar mientras arremetía contra él.

Dilvish levantó la capa ante él, al mismo tiempo que doblaba el brazo izquierdo por detrás. La hoja desgarró el tejido veinte centímetros por debajo del brazo. En ese momento Dilvish movió la capa hacia adelante y hacia abajo, y simultáneamente sacó su cuchillo con la mano derecha y arremetió contra su adversario.

Reynar se recuperó con rapidez. Soltó su arma mientras la daga de Dilvish le alcanzaba en el hombro y astillaba el hueso antes de retirarse. Agachados, ambos hombres empezaron a dar vueltas. 

La mano izquierda de Reynar describió un rápido movimiento circular, y Dilvish notó de nuevo un fuerte viento, aunque solo la suelta punta de la capa se agitó. Notó calor en el pecho, y algo apareció bajo sus ojos.

Dilvish miró hacia abajo un instante. Allí, encima de su camisa, brillaba tenuemente el amuleto que le había dado el anciano. Agitó la capa con el nuevo ataque del marino, frustrando el golpe y respondiendo de inmediato, aunque solo acuchilló el aire, porque su rival se había retirado ágilmente. A lo lejos se oyó el primer golpe violento de Black contra el altar.

Los ojos de Reynar se habían abierto mucho en el momento de posarse sobre el reluciente amuleto, como si cierta sospecha naciera en ese instante. Pero los entrecerró después al desplazarse con rapidez, casi con excesiva rapidez, hacia la izquierda de su adversario. 

Dilvish había previsto en parte el tropezón y la rápida recuperación que siguieron. Cuando aquella mano izquierda se movió de nuevo, no fue magia sino un puñado de tierra lo que voló hacia su cara.

Reacio a bajar la capa, Dilvish se protegió los ojos con el brazo derecho y se desplazó hacia un lado, sabiendo que se produciría un ataque inmediatamente. 

El cuchillo de Reynar rozó sus costillas en el costado izquierdo. Con la mano en alto todavía, incapaz de adoptar a tiempo una posición segura, Dilvish bajó el pomo de su espada hacia el hombre que había herido antes. 

Oyó un brusco jadeo de su rival y trató de agarrar al marino. Pero Reynar le apartó de un empujón y retrocedió de un brinco, cambió la daga de mano y embistió y atacó con ella.

Dilvish notó la herida en el dorso de su mano mientras oía el nuevo golpe de Black a las piedras del altar. Respondió, pero Reynar estaba ya fuera de su alcance. Las miradas de ambos hombres se desviaron momentáneamente hacia una tenue luz rojiza en la cumbre de la colina que rodeaba con un halo a Black y al altar.

Reynar alzó la mano derecha, apuntando a Dilvish igual que había hecho con Black momentos antes. La llama saltó hacia el pecho de Dilvish, le alcanzó cerca del reluciente amuleto y rebotó como si se reflejara en un espejo. Reynar reaccionó de inmediato con otro golpe de cuchillo.

Se abalanzó sobre su rival y atacó por lo bajo. Dilvish bajó su arma. Reynar se irguió de pronto en ese instante y su mano derecha se extendió bruscamente para asir el amuleto y tirar con fuerza de él. La cuerda se partió y Reynar retrocedió, llevándose el amuleto.

Más arriba, el fulgor rojo cobró brillo mientras Black se empinaba de nuevo, muy despacio, como si luchara con una fuerza opuesta.

—¡Veamos cómo os va ahora! —exclamó Reynar, y las llamas danzaron en las puntas de sus dedos, se extendieron y se unieron en una espada de fuego.

Cuando avanzó otra vez, la luz fluctuó y se apagó en la cumbre de la colina, acompañada por un estruendo. Las rocas cayeron y rebotaron junto a los contendientes mientras Dilvish retrocedía, agitando la capa, con el cuchillo bajo.

El ataque de Reynar abrió un gran rasgón en el material. Dilvish siguió retrocediendo, y en el momento que su rival alzaba la llameante espada, esta empezó a apagarse, fluctuó una vez... dos veces... y desapareció.

—La historia de mi vida —observó Reynar mientras meneaba la cabeza—. Todo lo bueno parece fundirse siempre.

—Demos por terminada la maldita pelea —dijo Dilvish—. Vuestro poder está destruido.

—Tal vez tengáis razón —respondió Reynar, bajando el arma que le quedaba y dando un paso al frente.

Se hallaba colina arriba respecto a Dilvish, y de pronto cayó al suelo y resbaló hacia abajo. Su pie izquierdo trabó el tobillo de la extendida pierna derecha de Dilvish y su pie derecho golpeó a su rival por debajo de la rótula. Se enderezó, empujó. 

Mientras Dilvish caía de espalda, Reynar ya estaba levantándose. Saltó hacia adelante en cuanto estuvo de pie, con el arma en alto, y se abalanzó sobre el otro hombre, que estaba en posición supina.

Dilvish sacudió la cabeza para vencer el aturdimiento mientras Reynar atacaba, dio una vuelta de costado y se encogió. Se defendió con el brazo derecho mientras ponía en posición el izquierdo. 

Notó la rigidez del marino al caer al suelo junto a él, empalándose en la hoja que Dilvish había cambiado de mano. Sostuvo la mano de Reynar que blandía la daga hasta que la fuerza la abandonó. Luego se apoyó en una rodilla y puso al marino de espaldas.

La cara de Reynar se retorció a la luz de la luna.

—Saltar sin mirar otra vez... —murmuró el marino—. Finalmente lo he pagado... ¡Oh! ¡Esto quema! No saquéis el cuchillo... hasta que yo muera, por favor.

Dilvish meneó la cabeza.

—¡Lamento haberla conocido!

Dilvish no preguntó a quién se refería.

—No sé... por qué me concedió el poder..., vos teníais la protección...

—Conocí a un hombre no hace mucho tiempo —replicó Dilvish— que poseía dos mentes distintas en el mismo cuerpo. Y he oído hablar de otros. Si ello es posible en un hombre, ¿por qué no en un dios?

—Diablo —afirmó Reynar.

—Quizá la distinción entre los dos no sea tan clara como los hombres piensan... en especial cuando los tiempos se hacen difíciles. Conocí este lugar hace mucho tiempo. Era diferente.

—¡Al diablo con todos, Dilvish el Maldito! ¡Al diablo con todos!

Algo se escapó de él y Reynar se desplomó. Su semblante se suavizó por fin.

Dilvish sacó la daga y la limpió. Solo entonces miró a Black, que se había acercado en silencio y estaba observando. Reena se hallaba más lejos, llorando.

—Tu espada cayó por allí —dijo Black, volviendo la cabeza hacia atrás, hacia la derecha—. La vi al bajar.

—Gracias —dijo Dilvish, poniéndose en pie.

—...Y el castillo ha desaparecido. También lo vi al bajar.

Dilvish volvió la cabeza y miró.

—Me pregunto qué habrá sido de nuestros caballos.

—Están vagando abajo. Puedo cogerlos.

—Hazlo, pues.

Black se alejó. Dilvish se acercó a Reena.

—No puedo excavar aquí —dijo—. Tendré que usar piedras.

Reena asintió. Dilvish extendió la mano y le apretó el hombro.

—No podías prever todo esto.

—He visto más de lo que sabía —dijo la joven—. Ahora deseo haber sabido más... o haber visto menos.

Reena se apartó y la mano de Dilvish resbaló de su hombro. Dilvish fue a buscar la espada.

Habían viajado esa noche hasta llegar a un rocoso mirador libre de los vientos, cerca del borde de la nieve, por encima del punto donde la senda inicia su sinuoso descenso hacia las llanuras y el tiempo primaveral. 

En ese lugar encontraron cobijo y durmieron, los caballos atados detrás de las rocas, Black tan inmóvil como un fragmento del lejano paisaje.

Dilvish se desperezó cuando el cielo iba tiñéndose de rosa por el este. Sus heridas latían sordamente, pero se sentó y se calzó las botas. Ni Reena ni Black se movieron cuando Dilvish pasó junto a ellos, en dirección a la figura vestida con pieles y apoyada en un bastón a la derecha de la senda.

—Buenos días —dijo en voz baja.

El anciano asintió.

—Deseo daros las gracias por el amuleto. Me ha salvado la vida.

—Lo sé.

—¿Por qué lo hicisteis?

—Vos hicisteis una ofrenda a Taksh'mael en cierta ocasión.

—¿Es eso tan importante?

—Sois el último que recordáis su nombre.

—¿Y vos?

—Yo no puedo calificarme de devoto, salvo en el sentido más narcisista.

Dilvish le observó de nuevo. Su figura parecía más alta, más noble, y había algo en sus ojos que obligaba a desviar la mirada al instante... una sensación de profundidad sobrenatural, un poder.

—Me voy ahora —continuó el anciano—. No fue fácil librarme de este lugar. Venid, caminad conmigo un trecho.

Dio media vuelta y avanzó cuesta arriba sin volver la cabeza. Dilvish le siguió hacia los bordes de la nieve, con el aliento humeando ante él.

—¿Vais a un buen lugar?

—Me gusta pensar que sí. Os oí hablar antes. Es cierto que cualquiera puede tener... dos mentes. Ahora solo tengo una, y merecéis mis gracias por eso.

Dilvish sopló sobre sus manos y se las frotó mientras el paisaje iba cobrando blancura.

—De momento, poseo más poder del que necesito. ¿Hay algo que pueda ofreceros?

—¿Podríais ofrecereme la vida de un mago llamado Jelerak?

Por delante de él, Dilvish vio que el paso del anciano vacilaba un instante.

—No —fue la réplica—. No sé nada de ese mago, pero lo que pedís no sería cosa fácil. Precisaría más de lo que yo puedo dar. No es sencillo enfrentarse a él.

—Lo sé. Se afirma que es el mejor.

—Sin embargo, existe al menos una persona que podría destruirle en su propio terreno.

—¿Y quién puede ser esa persona?

—El hombre del que hablasteis antes. Ridley es su nombre.

—Ridley ha muerto.

—No. Jelerak lo derrotó, pero no tuvo fuerza suficiente para destruirlo. Por eso lo aprisionó bajo la caída Torre de Hielo, donde planeaba volver cuando recuperara su fuerza para acabar la tarea.

—Eso no me parece muy prometedor.

—Pasará tiempo antes de que pueda hacerlo.

—¿Por qué?

—El conflicto de ambos atrajo la atención de los demás grandes magos del mundo. Durante siglos habían buscado un arma contra Jelerak. Cuando él partió sin lograr destruir a su enemigo, combinaron sus fuerzas para tender una barrera mágica alrededor de la destrozada torre, una barrera que ni siquiera Jelerak puede atravesar. Ahora esos magos disponen de la seguridad que deseaban. Si él los importuna demasiado, amenazarán con levantar la barrera para liberar a Ridley.

—¿Y Ridley destruirá a Jelerak la próxima vez?

—No lo sé. Pero él tendría más posibilidades que los demás.

—¿Podría yo liberar a Ridley sin ayuda?

—Lo dudo.

—¿Podríais vos?

—Temo que debo irme ahora. Lo siento.

El anciano señaló hacia el este, donde el sol inicia su ascenso. Dilvish miró en la misma dirección; el astro separaba las nubes como si fueran cortinas escarlatas. 

Cuando desvió la mirada, el anciano estaba ya muy arriba, y trepaba con asombrosa velocidad y agilidad por la chispeante superficie de nieve. Mientras Dilvish lo contemplaba, rodeó un saliente rocoso y lo perdió de vista.

—¡Esperad! —gritó—. ¡Tengo más cosas que preguntar!

Haciendo caso omiso de sus diversos dolores, Dilvish inició el ascenso, siguiendo el rastro del anciano. Al poco tiempo, notó que las irregulares pisadas iban separándose cada vez más, aunque de forma paradójica iban haciéndose menos profundas. Y al rodear el saliente, Dilvish solo encontró una huella, muy tenue.

La tarde siguiente salieron de las montañas. Dilvish no habló de Ridley con Reena.

En el elevado paraje, cuando la luna está llena, los fuegos mágicos se alzan y el espíritu de Oele danza ante el destrozado altar, aunque ningún diablo se presenta. Pero a veces hay la forma de otro que observa en las sombras. Cuando la última piedra caiga, él llevará al mar a ese espíritu.

El diablo y la bailarina - Roger Zelazny (Parte 1)

La luna flotaba redonda y soplaban fríos vientos cuando Oele danzó para Diablo, con las huellas de sus pies trazadas en fuego ante el vacío altar de piedra. En las tierras cercanas ya era primavera, pero allí, en las montañas, la noche hablaba de invierno. 

Sin embargo, ella danzaba descalza, vistiendo simplemente una frágil prenda gris ceñida con una cinta plateada que ponía al descubierto más que ocultaba su elástica figura mientras levantaba las llamas formando antiguas configuraciones, con su largo cabello rubio flotando alrededor de sus hombros.

La tierra se convirtió en un fulgurante tapiz, y sin embargo, Oele no se quemaba. Mucho más abajo, en la ladera septentrional, un espectral palacio se estremecía bajo la luz de la luna; las torres se esfumaban hasta el punto de ser transparentes y recuperaban parcial solidez momentos después, las paredes se desplazaban para unirse con las sombras y huían de ellas, las luces se hacían cerosas y se debilitaban detrás de las elevadas ventanas. La voz del viento era áspera y estridente, pero Oele tampoco sentía el frío.

La oscuridad se hizo más densa en el altar hasta que finalmente empañó las estrellas. Mientras ello ocurría, el viento se calmó y cesó. Las llamas brincaron más alto, pero la gran mancha que estaba encima de la piedra no se iluminó. Era un perfil enorme, de toscas alas, con una gran cabeza, y ondeaba. Casi parecía un agujero en el espacio, y Oele recibía la impresión de enormes profundidades internas en cuanto sus ojos giraban hacia allí.

Ella había danzado así, en determinadas temporadas, durante muchos años, más allá del recuerdo de cualquier morador de la vecindad. Todos la llamaban bruja, y también ella se consideraba como tal. El único que la conocía más le daba un título distinto, pero la distinción había ido deshilachándose con los años desde que una bailarina asesinara a su amante en aquel mismo lugar para obtener los poderes que sólo él, entre todos los hombres, poseía. 

Sacerdote había sido él, el último adorador en vida de un antiguo dios que, por ello, lo tenía en alta estima. Oele era la última adoradora, y ni siquiera conocía el nombre del dios. Ella lo llamaba Diablo y el dios le concedía deseos en respuesta a sus coreográficos actos de devoción, que Oele consideraba encantamientos. 

Una bruja que invocaba a un diablo, un dios que respondía a un devoto... En parte, era un asunto de perspectiva, pero sólo en parte. Porque las cosas que Oele pedía estaban más en armonía con sus nociones personales, y sus relaciones distaban mucho de las que había mantenido el dios con sus primeros adoradores hacía mucho tiempo.

Pese a todo, el vínculo entre ambos era fuerte. El dios obtenía fuerza con la danza de Oele, con ese último contacto con la tierra. Y ella también ganaba muchas cosas.

Por fin, los movimientos de la bailarina cesaron y Oele quedó en medio de su dibujo, mirando a la oscura forma que ocupaba el altar de piedra. Durante largos instantes, una pesada quietud flotó entre ambos, hasta que finalmente Oele habló:

—Diablo, te ofrezco mi danza.

La figura pareció asentir y aumentar ligeramente.

—Eso me complace —dijo por fin en voz profunda y lenta.

Oele aguardó, un silencio prolongado según el ritual, y luego habló de nuevo:

—Mi palacio se esfuma.

Otra vez la pausa, luego las palabras «Lo sé», seguidas por el gesto de un desigual miembro parecido a un ala de la insondable sombra, hacia el lugar de la ladera ocupado por la oscilante estructura.

—Observa, sacerdotisa, es firme una vez más.

Oele miró y vio que ello era cierto. A la luz de la luna, el palacio se alzaba rígido y sólido, sus luces brillaban uniformemente y sus rampas se perfilaban cual proas en la noche y las estrellas.

—Lo veo —replicó finalmente Oele—. Pero ¿cuánto tiempo seguirá así? Mis siervos desaparecen uno tras otro, vuelven a la tierra de la que brotaron.

—Están contigo una vez más.

—Pero ¿cuánto tiempo? —repitió Oele—. Es la tercera vez que te invoco para restaurar el orden... en menos de un año.

La figura guardó silencio más tiempo que el período acostumbrado.

—¡Dímelo, Diablo!

—No lo sé con certeza, sacerdotisa —respondió la sombra—. Cada vez soy más débil. Es precisa considerable energía para manteneros, a ti y a tu establecimiento, durante períodos largos... más energía que la que puedo obtener transformando tu danza.

—¿Qué debe hacerse?

—Podrías elegir una forma de vida más sencilla.

—¡Necesito magnificencia!

—Pronto me faltará la fuerza para sustentarla.

—¡En ese caso precisas algo más potente que mi danza!

—Yo no exijo esto.

—Pero lo aceptas cuando es necesario.

—Lo acepto.

—Pues tendrás sangre humana suficiente para recobrar tus poderes, y para aumentar los míos.

Hubo silencio.

—Empiezo ahora la danza de clausura —dijo Oele.

Y al moverse de nuevo, las llamas fueron apagándose con los pasos que trazaba, el viento sopló alrededor y la figura del altar menguó y desapareció, restituyendo un puñado de estrellas.

Cuando terminó, Oele dio media vuelta y se dirigió al palacio sin mirar atrás. Era el momento de preparar un viaje, al territorio de las llanuras, a una población costera donde se aseguraba que podía encontrarse cualquier cosa que se deseara.

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La mujer que montaba la yegua gris de negra crin vestía calzones de cuero de color canela, un jubón y una capa marrón y roja. Su cabello, igual que sus ojos de largas pestañas, era oscuro y su ancha boca parecía a punto de esbozar, tenue, quizás inconscientemente, una sonrisa. Lucía un anillo de jade en el dedo corazón de la mano izquierda, otro de ónice en la derecha. Una espada corta pendía de su cinto.

Su compañero vestía calzones negros, jubón verde y botas del mismo color. Su capa era negra, con bordes verdes, y llevaba una espada y una daga al cinto. Iba a lomos de una negra criatura con forma de caballo cuyo cuerpo parecía de metal.

Los dos conducían tres caballos de carga por las sendas de la montaña en el ambiente fresco y claro de la tarde. El ruido del agua que corría llegaba a sus oídos desde algún punto cercano.

—El tiempo mejora día tras día —observó la mujer—. Después de las regiones que hemos recorrido, esto parece casi veraniego.

—En cuanto salgamos de estas alturas —replicó el hombre—, las cosas serán más agradables todavía. Y cuando lleguemos a la costa... eso podría ser como un bálsamo. Te llevaremos a Tooma en una buena época del año.

La mujer desvió la mirada. —Ya no estoy tan ansiosa de llegar a ese lugar...

Moviéndose hacia la derecha, salvaron un promontorio rocoso. La montura del hombre emitió un extraño ruido. Tras volver la cabeza, el jinete observó la senda.

—No estamos solos —observó.

La mujer siguió su mirada; un hombre estaba sentado en una roca, un poco más adelante y a la derecha. Su cabello y su barba eran de color blanco puro, e iba vestido con pieles. Mientras lo miraban, el desconocido se levantó, apoyado en un bastón que era más alto que él.

—Hola —saludó.

—Saludos —dijo el jinete de las botas verdes, deteniéndose ante él—. ¿Cómo os va?

—Bastante bien —replicó el otro—. ¿Viajáis muy lejos?

—Sí. A Tooma, como mínimo.

El hombre asintió.

—No saldréis de las montañas esta noche.

—Lo sé. He vislumbrado un castillo a cierta distancia. Quizá nos permitan dormir dentro de sus muros.

—Tal vez sí. Porque la señora del castillo, Oele, siempre ha mostrado buena disposición con los viajeros, y le gusta cualquier relato que ellos puedan contar. Yo, en realidad, me dirijo hacia allí, para participar de la hospitalidad del lugar... aunque me han dicho que la señora está de viaje actualmente. Ese animal que montáis tiene un aspecto poco usual, caballero.

—Así es, ciertamente.

—...Y vos tenéis aspecto familiar, si me permitís decirlo. ¿Puedo saber vuestro nombre?

—Soy Dilvish, y esta es Reena.

La mujer asintió y sonrió.

—No es un nombre vulgar, el vuestro. Hubo un Dilvish hace mucho tiempo...

—No creo que ese castillo existiera en aquellos tiempos.

—A decir verdad, no. El territorio era entonces el hogar de una tribu de las montañas, lógicamente satisfecha con sus ganados y su dios... cuyo nombre ha sido olvidado desde entonces. Pero las ciudades crecieron en la llanura y...

—Taksh'mael —dijo Dilvish.

—¿Cómo?

—Taksh'mael era su dios —respondió Dilvish—, guardián de los ganados. Un amigo y yo hicimos una ofrenda en su altar cuando pasábamos por allí... hace mucho tiempo. Me pregunto si aún existirá el altar.

—Oh, existe, se halla donde siempre ha estado... Definitivamente sois miembro de una minoría, ya que conserváis recuerdos. Quizá sería preferible que no os detuvierais en el castillo... Ver la región en tan malos tiempos deprimiría a una persona como vos. Después de pensarlo dos veces, yo diría: seguid cabalgando y apartad ese pobre lugar de vuestra mente. Recordadlo tal como fue en otros tiempos.

—Gracias, pero hemos viajado mucho —replicó Dilvish—. No parece valer la pena un nuevo esfuerzo simplemente para no herir susceptibilidades. Iremos al castillo.

Los claros ojazos del hombre le miraron fijamente, se desviaron bruscamente después. Con una mano buscó algo bajo su tosca vestimenta. Luego avanzó renqueando y extendió esa mano hacia Dilvish.

—Tomad esto —murmuró—. Debéis tenerlo.

—¿Qué es? —preguntó Dilvish, alargando automáticamente el brazo.

—Una fruslería —dijo el otro—. Un viejo objeto que poseo desde hace algún tiempo, una muestra del favor y la protección del dios. Una persona que recuerda a Taksh'mael debe tenerlo por estos contornos.

Dilvish lo examinó: un fragmento de roca gris con vetas rosas donde aparecía rayada la imagen de un carnero. Estaba agujereada en un extremo con una gastada hebra de lana pasada por la abertura.

—Gracias —dijo Dilvish mientras metía la mano en su bolsa—. Me gustaría daros algo a cambio.

—No —dijo el anciano, retrocediendo—. Es un obsequio hecho libremente, y de nada me serviría una fruslería de la ciudad. Y en realidad no es gran cosa. Los dioses más recientes pueden permitirse más lujos, estoy seguro.

—Bien, que él guarde vuestros pasos.

—A mi edad, dudo que eso importe. Que os vaya bien.

El viejo se marchó entre las rocas y pronto se perdió de vista.

—Black, ¿qué opinas de esto? —preguntó Dilvish, inclinándose para balancear el amuleto ante su montura.

—Tiene cierto poder —replicó Black—, pero su magia está viciada. No estoy muy seguro de que yo confiaría en alguien que luce un objeto como este.

—Primero nos dice que hagamos un alto en el castillo, luego nos dice que pasemos de largo. ¿En qué parte del consejo debemos desconfiar de él?

—Déjame verlo, Dilvish —dijo Reena.

Dilvish dejó caer el amuleto en las manos de la mujer y esta lo examinó largo rato.

—Cierto, es tal como dice Black... —empezó a comentar por fin.

—¿Lo conservo o lo tiro?

—Oh, quédatelo —replicó la joven, devolviéndoselo—. La magia es como la miel. ¿A quién le importa de dónde procede? Es el uso que haces de ella lo que importa.

—Eso sólo es cierto si puedes controlar el uso —dijo Dilvish—. ¿Quieres hacer un alto en el castillo? ¿O viajamos tanto como podamos esta noche?

—Los animales están cansados.

—Cierto.

—Creo que ese hombre estaba un poco loco.

—Seguramente.

—Una cama de verdad sería muy agradable.

—En ese caso, visitaremos el castillo.

Black guardó silencio cuando prosiguieron la marcha.

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Lamparillas de aceite, velas y un gran hogar iluminaban la taberna donde Oele danzaba. Marineros, comerciantes, soldados, bribones y ciudadanos de diversas especies bebían y comían en las pesadas mesas de madera. Esa noche Oele lucía su vestido azul y verde, y dos músicos acompañaban sus enérgicos movimientos en la parte despejada de la sala principal. 

El negocio había mejorado considerablemente desde su llegada a la ciudad hacía dos semanas, y aunque había recibido tres propuestas de matrimonio y muchas otras clases de ofertas, Oele no se había comprometido con nadie. Y la falta de un fornido compañero no le creaba grandes problemas. Una mirada fija y un simple gesto imperioso ponían fin a las indeseadas atenciones de los más inoportunos, haciendo que un hombre cayera sin sentido al suelo. 

Era obvio que ella no deseaba los abrazos de los borrachos clientes del lugar, aunque sus ojos escrutaban hasta el último rostro en el transcurso de la noche. Y en ese momento había caras nuevas. Esa tarde había llegado una caravana procedente del oeste, y un barco había arribado de aguas meridionales. El gentío de esa noche era más ruidoso que de costumbre.

Un alto hijo del desierto atrajo su atención... Un hombre de pausados movimientos, moreno y aguileño. La suelta vestimenta no ocultaba su cuerpo fuerte y bien proporcionado. Estaba descansando cerca de la entrada, sorbiendo vino y fumando con un complicado artefacto que había dejado en la mesa ante él. 

Otros hombres de similares atavíos estaban sentados ante la misma mesa, conversando en su sibilante lengua. Los ojos del hombre alto no se desviaban de Oele, y la sacerdotisa empezó a pensar que esa podía ser la noche esperada. Había indicios de gran vitalidad incluso en los movimientos más ligeros del desconocido.

Un grupo de marineros llegó mientras pasaba la noche, pero Oele no les prestó atención. Por entonces estaba bailando únicamente para el hombre elegido. Y era patente, por la luz de sus ojos, su sonrisa y las palabras que había pronunciado a la bailarina al pasar cerca de él, que estaba cautivado. Le serviría. Una hora más y ella se lo llevaría de allí...

—Venid hacia aquí, señora. Me gusta.

Oele miró a la derecha, al hombre que había hablado, y vio unos ojos azules bajo unas revueltas greñas cobrizas, un pendiente de oro, dientes muy blancos, un pañuelo rojo: uno de los marineros recién llegados. Era difícil juzgar su corpulencia, inclinado como estaba hacia adelante.

Oele se acercó mientras lo examinaba. Interesante cicatriz en su mentón... Diestras manazas en la mesa ante él...

Oele esbozó con los labios una suave sonrisa. Aquel hombre estaba más animado que el otro, y ciertamente tan lleno de vida... ¿No sería preferible...?

La sacerdotisa oyó un ruido detrás y se volvió sin perder el compás. El comerciante estaba de pie, mirando coléricamente al marinero. Sus hombres también estaban levantándose. Oele siguió sonriendo y se alejó. La música cesó de pronto. La bailarina escuchó un juramento, muy audible con el repentino silencio.

—Eres muy vivo —dijo el marinero, poniéndose en pie—. Espero que valgas la pena.

Al instante la sala entera pareció cobrar movimiento: mesas y sillas fueron apartadas. Marineros y comerciantes se aproximaron, con armas aparecidas en sus manos casi por arte de magia. Los demás clientes se escabulleron hacia lugares protegidos o salieron del establecimiento por la puerta más próxima. Sin mostrar miedo, Oele se apartó varios pasos para hacer sitio para el combate.

El marinero que ella vigilaba avanzó agachado, con un puñal en la mano derecha. El comerciante alto blandía un arma blanca curvada y más larga. Mientras sus hombres peleaban alrededor, los dos rivales se abrieron paso hasta un lugar despejado próximo al centro de la sala, como si se hubieran puesto de acuerdo para ello. De un rincón salió despedida una jarra hacia la nuca del comerciante. Oele hizo un brusco ademán y la jarra se desvió y se hizo añicos en la pared.

El marinero esquivó el primer tajo del arma del otro y replicó con un golpe de arriba abajo que hirió levemente el bíceps de su rival. No logró evitar el contragolpe, no obstante, aunque sí pararlo con su arma. Se apartó de un brinco después, incapaz de responder dada la mayor longitud del cuchillo del otro hombre. 

Empezó a dar vueltas alrededor del comerciante, arrastrando los pies y pateando. Su espalda quedó un momento delante de la reyerta general, y un comerciante de escasa estatura se lanzó hacia él. Oele hizo otro gesto y pareció como si el hombrecillo hubiera sido agarrado por una mano gigante y lanzado al otro lado de la sala. Oele sonrió, se humedeció los labios.

Mientras daba vueltas, el pie del marinero topó con una banqueta. De una patada la lanzó hacia su rival. A pesar de su larga vestimenta, empero, el comerciante evitó la banqueta con un rápido movimiento y atacó de nuevo la cabeza del otro. Pero el marinero había sacado una cabilla de su cinturón y la usó para parar el golpe; reaccionó con rapidez y lanzó un tajo al estómago del comerciante.

El atacado logró recobrarse y esquivar el golpe a tiempo, pero con ello quedó en mala posición muy cerca de su rival. La cabilla le alcanzó en la sien. Retrocedió, claramente aturdido, mientras su arma describía un amplio movimiento circular, y la porra le dio de nuevo, en el pómulo izquierdo. Se tambaleó y la cabilla subió y bajó dos veces más en rápida sucesión. 

Quedó tendido en el suelo, inmóvil, con la ropa desarreglada. El marinero se acercó y de una patada le quitó el arma de la mano extendida. Pese a ello, el comerciante no se movió. Jadeante, el marinero se enjugó el sudor de la frente y sonrió a Oele mientras metía la cabilla en el cinturón.

—Buen trabajo —dijo la bailarina—. Casi terminado.

El marinero contempló su puñal, sacudió la cabeza después.

—Está terminado —replicó—. No pienso apuñalarlo para vuestra diversión.

Puso el arma en la funda que llevaba en la bota derecha. La pelea entre marineros y comerciantes continuaba, aunque con algunas muestras de lentitud, perdiendo fuerza. Tras una rápida mirada en esa dirección, el marinero inclinó la cabeza ante Oele.

—Capitán Reynar —dijo—, a vuestro servicio. Amo de mi propio barco, la Pata de Tigre. —Extendió un brazo—. Venid ahora y os lo mostraré. Creo que podríais disfrutar navegando por las aguas del sur.

Oele aceptó su brazo y ambos se alejaron.

—Creo que no —dijo ella—. Porque también yo soy ama en mi casa, que no pienso abandonar. ¿Evitamos nuevas heridas a estos pobres sujetos?

Hizo un amplio gesto circular hacia los restantes combatientes y todos cayeron sin sentido al suelo.

—Un truco magnífico —dijo el capitán—, y que no me importaría conocer.

Oele hizo otro gesto mientras seguían andando y la puerta se abrió de par en par ante ellos.

—Tal vez os lo enseñe —respondió la bailarina al salir—. Pero mis aposentos están más cerca que vuestro barco y sin duda menos atestados... Aunque los dejaremos por la mañana para viajar a las montañas.

El marinero sonrió.

—Falta mucho para convencer a un capitán de que abandone su barco... Sin descortesía alguna a vuestros evidentes encantos.

—Ahuecad vuestras manos.

Reynar le soltó el brazo y obedeció. Oele tapó las manos del hombre con las suyas y algo empezó a resonar. Momentos después el marinero puso tensos los brazos ante el inesperado peso. Oele levantó las manos y las del capitán estaban llenas de relucientes monedas. Siguieron cayendo más, que resbalaron y cayeron al suelo.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Se están cayendo! —exclamó Reynar.

Oele rió, y el sonido de su risa no era distinto del oro, pero el diluvio de dinero concluyó. Reynar guardó las monedas en diversos lugares de su persona. Se arrodilló y recogió el dinero caído. Lo examinó. Mordió una moneda.

—¡Auténticas! ¡Son auténticas! —dijo.

—¿Qué me decíais de un capitán y su barco?

—No tenéis la menor idea de cuán miserable puede ser la vida en el mar. Siempre he deseado vivir en las montañas. —Se tocó la frente y ofreció de nuevo su brazo—. ¿En qué dirección? —preguntó.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-. 

El sol había pasado detrás de la montaña, creando largas sombras, aunque el día aún se extendía en el territorio de las llanuras cuando Dilvish y Reena se acercaron al castillo que habían divisado horas antes.

Se detuvieron y contemplaron el lugar. Los estandartes aleteaban en las almenas y torres y parecía haber luz en todas las ventanas. El rastrillo se levantó y un sonido de música brotó del interior.

—¿Qué opinas? —dijo Dilvish.

—Estaba comparándolo con el castillo que fue mi hogar —replicó Reena—. Me parece magnífico.

Atisbaron por la entrada. Una mujer que aguardaba en las proximidades cruzó la puerta y los saludó.

—¡Viajeros! Sed bienvenidos si buscáis cobijo.

Dilvish señaló los adornos de los muros, la alargada alfombra extendida al otro lado de la entrada.

—¿Cuál es el motivo —preguntó— de este ornamento?

—Nuestra señora ha estado fuera —replicó la mujer—. Regresará esta noche con su nuevo cónyuge.

—Debe ser una mujer notable, para mantener un castillo como este aquí.

—Ciertamente lo es, caballero.

Dilvish observó un instante más.

—Tengo intención de quedarme aquí —dijo por fin.

—Y yo un cuerpo que agradecerá un poco de descanso —comentó Reena.

—Entremos.

Avanzaron hasta llegar donde estaba la rechoncha mujer morena que los había saludado. Sus manos eran grandes, sus movimientos pausados; su rostro estaba salpicado de pecas. Sonrió enseñando sus grandes dientes y condujo a los viajeros al interior.

Dilvish contó otros cinco sirvientes —dos mujeres y tres hombres— dedicados a diversas tareas en el patio. Algunos estaban colgando nuevos adornos. La mujer que los había recibido llamó a uno de los hombres.

—Él se ocupará de vuestros caballos —dijo. Luego volvió la cabeza y miró a Black—. Excepto este. ¿Qué deseáis que se haga con él?

Dilvish miró hacia un rincón a la izquierda.

—Si es posible, lo dejaré allí —dijo—. No se moverá.

—¿Estáis seguro?

—Lo estoy.

—Perfectamente. Hacedlo. Sacad las cosas que habéis traído y os ayudaré a llevarlas a vuestras habitaciones. Más tarde cenaréis en la mesa de la señora.

—En ese caso, quiero eso —dijo Reena, señalando un fardo, mientras Dilvish y Black se alejaban hacia el rincón elegido.

—Me preocupa vagamente —dijo Black— nuestro encuentro con aquel viejo. No saldré de este cuerpo mientras esté aquí. Si me necesitas, llámame y vendré.

—De acuerdo —dijo Dilvish—, aunque dudo que sea necesario.

Black bufó y se quedó inmóvil, convirtiéndose en la estatua de un caballo. Dilvish desmontó, cogió sus cosas y siguió a las mujeres hacia el interior.

La mujer que los había recibido, cuyo nombre era Andra, los condujo a una habitación del tercer piso con vistas al patio.

—Cuando la señora y su esposo lleguen, os llamaremos a cenar y a gozar de la diversión —dijo—. Mientras tanto, ¿hay algo que necesitéis?

Dilvish meneó la cabeza.

—No, gracias. Pero siento curiosidad por averiguar cómo sabéis exactamente cuándo llegará ella. Estáis a bastante distancia de cualquier lugar.

Andra reflejó confusión.

—Ella es la señora —replicó—. Nosotros lo sabemos.

En cuanto se hubo ido, Dilvish señaló la puerta con la cabeza.

—Extraño... —dijo.

—Tal vez no —replicó Reena—. Hay una sensación peculiar en este lugar. Yo puedo reconocerla mejor que nadie, aunque no es tan fuerte como en mi hogar. Creo que esta dama, Oele, podría ser una adepta menor. Hasta sus criados parecen poseer la sensibilidad apagada de las personas dominadas.

—¿Pero no habías oído hablar de ella, o de alguien de esta región, como hermana del arte?

—No. Pero hay tantos practicantes menores que es imposible conocer a todos. Solo los actos de los grandes ofrecen temas generales para los chismes.

—¿Como los de tu antiguo patrón?

Reena se volvió hacia él, con los ojos entrecerrados.

—¿Tienes que recordar en todas las conversaciones a tu enemigo y tu venganza? —dijo—. Yo también lo odio, y sé que te hizo mucho daño. ¡Además mató a mi hermano! ¡Pero estoy harta de oír hablar de él!

—Lo... lo siento —replicó Dilvish—. Supongo que me he vuelto un poco testarudo...

Reena se echó a reír.

—¿Un poco? —dijo—. ¿Vives para otra cosa? ¿Recapacitas alguna vez? Por la forma en que él controla todos tus pensamientos, todos tus actos, ¡podrías estar hechizado por él! Si logras destruirlo, ¿qué harás después? ¿Queda otra cosa en tu vida? Tú...

Reena se interrumpió y se volvió de espaldas.

—Lo lamento —dijo—. No he debido hablar de nada de esto.

—No —replicó Dilvish, sin mirarla—. Tienes razón. Nunca me había dado cuenta. Pero tienes razón. ¿Creerías que me educaron para ser cortesano..., que interpretaba música y cantaba, que escribía poemas?... Hice otras cosas después debido a las circunstancias, pero mi cuna era noble. Solo por casualidad adquirí ciertas dotes militares, y solo por necesidad progresé en esa carrera. Yo siempre había deseado... otra cosa. Ahora... ¡Qué lejano parece todo eso! Has dicho algo que es verdad. Me pregunto...

—¿Qué?

—Qué haría si todo terminara. Volver a mi patria, tal vez, tratar de resolver viejos agravios contra nuestra casa...

—¿Otra venganza?

Dilvish se echó a reír, algo que Reena raramente oía.

—Más bien un asunto de aburridas legalidades. Voy a pensar en ello, y en muchas otras cosas, ahora. Incluso esa enorme... laguna en mi vida se ha alterado un poco, de la pesadilla al sueño. Sí, de vez en cuando me preocuparé de otros asuntos.

—¿Por ejemplo?

—Qué hacer hasta la hora de cenar, por ejemplo.

—Te ayudaré a pensar en algo —le dijo Reena, aproximándose.

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Las antorchas llameaban y chisporroteaban y la música sonaba por todas partes cuando Reynar y Oele entraron en el patio, cabalgando sobre la gran alfombra adornada con las flores arrojadas por los criados en el momento que la pareja cruzó la entrada. Oele asintió y sonrió y las sombras danzaron y culebrearon. Luego su expresión se enfrió cuando su mirada topó con una oscura silueta en un lejano rincón, con metálicos toques de luz en su superficie. Oele tiró de las riendas y señaló la silueta.

—¿Qué es eso? —preguntó en voz alta.

Andra corrió junto a ella.

—Pertenece a un invitado, señora —afirmó—, un hombre llamado Dilvish que llegó antes. Le ofreció hospitalidad, como vos habríais deseado.

Oele desmontó y entregó las riendas a Andra. Atravesó el patio y se detuvo ante Black. Luego dio la vuelta a la estatua, sin dejar de observarla. Finalmente extendió su enjoyada mano y le dio una palmada en el cuello. Se echó hacia atrás, volvió después con Andra.

—¿Cómo —dijo— ha transportado una estatua de caballo a través de las montañas? ¿Y por qué?

—Bien, es una estatua ahora, señora —replicó Andra—, pero él entró cabalgando en ella. Dijo que no se movería cuando la dejó aquí. Y no se ha movido.

Oele miró de nuevo a Black. Mientras tanto, Reynar había desmontado y se había aproximado a ella.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Oele le cogió de la mano y lo condujo por el patio hacia la entrada principal.

—Esa... cosa —dijo, señalándola bruscamente con la cabeza— trajo a su amo.

—¿Cómo es posible? —preguntó Reynar—. Me parece bastante rígida.

—Obviamente nuestro invitado es un mago —replicó ella—. Esto me resulta bastante embarazoso.

—¿Por qué?

—Nos apresuramos a volver hoy porque esta noche la luna estará llena en lo alto del cielo y debo actuar para asegurarme el poder del que te hablé.

—¿Para concederme poderes como los tuyos?

Oele sonrió.

—Naturalmente.

Subieron una escalera y llegaron a un gran recibidor. Sonaba más música, en alguna parte a la izquierda. Reynar olió exóticos perfumes.

—¿Y este mago...? —inquirió.

—No me gusta la idea de tener por aquí a alguien de su ralea precisamente ahora. Su llegada es curiosamente inoportuna.

Reynar sonrió mientras Oele le llevaba hacia una escalera.

—Quizá yo disponga la hora de su partida para satisfacerte.

Oele le dio una palmadita en el brazo.

—No nos apresuremos tanto. Cenaremos con ese hombre y nos formaremos rápidamente una opinión de él.

Oele le llevó escaleras arriba y entraron en sus aposentos, donde llamó a un sirviente. Una mujer parecida a Andra, aunque más alta y corpulenta, respondió a la llamada.

—¿Cuándo estará preparada la cena? —le preguntó Oele.

—Tan pronto como deseéis, señora. Son platos que se pueden comer ahora o más tarde. La carne ha estado haciéndose a fuego lento desde hace un rato.

—Cenaremos dentro de una hora. Di al invitado que nos acompañe.

—¿Solo a él, señora? ¿No a su mujer?

—No sabía que hubiera dos invitados. Dime sus nombres.

—Él se llama Dilvish, y la señora Reena.

—He oído ese nombre anteriormente —dijo Reynar—. Dilvish... Me ha parecido conocido cuando la otra mujer lo ha mencionado en el patio. ¿Un guerrero, tal vez?

—No lo sé —respondió la mujer.

—Naturalmente dirás lo mismo a Reena —dijo Oele—. Vete y hazlo ahora mismo.

La criada se fue y Oele preparó su ropa para la noche: una prenda gris sorprendentemente sencilla y una correa de plata. Se puso detrás de un biombo, donde aguardaban agua y toallas, y al poco rato Reynar oyó ruido de salpicaduras.

—¿Qué sabes de este hombre? —gritó por fin Oele.

Reynar, que se había acercado a la ventana y contemplaba el patio, se volvió.

—Creo que se dice que se distinguió en un lugar llamado Portaroy —respondió—, en esas interminables guerras fronterizas entre el Este y el Oeste. Algo de que cabalga en un caballo metálico y que resucitó a un ejército de muertos. Pero no recuerdo detalles. No sé nada de la mujer.

—Él está muy lejos de Portaroy —dijo Oele—. Me pregunto qué estará haciendo aquí.

Reynar se acercó al tocador, donde se peinó y se limpió las uñas. Encontró un trapo y se frotó las botas con él.

—Eh... si él está aquí para hacer algo que contraríe tus planes para esta noche —dijo—, ¿podrás hacer frente a... eso?

—No te preocupes —replicó Oele—. No carezco de recursos. Me ocuparé de ti.

—Nunca lo he dudado —dijo Reynar, sonriente mientras daba brillo a la hebilla de su cinturón.

Reena se había puesto un largo vestido escotado de bordes negros y mangas abombadas, y Dilvish una blusa marrón y una chaqueta de cuero color verde claro, con los pantalones negros ceñidos con un cinto igualmente verde. Oyeron música en el comedor cuando bajaron la escalera: instrumentos de cuerda y una flauta, sonando lentamente. Los olores de la cocina no tardaron en llegar hasta ellos.

—Estoy ansioso por conocer a nuestra anfitriona —dijo Dilvish.

—Confieso que yo estoy más ansiosa porque me presenten una comida caliente —dijo Reena—. ¿Cuánto tiempo desde la última posada? Más de una semana...

Risueña, Oele se levantó cuando entraron los invitados. Reynar se apresuró a imitarla. Las presentaciones fueron breves, y la anfitriona rogó a Dilvish y Reena que tomaran asiento. Los criados se dispusieron a traer el primer plato y a servir vino. Un fuego crepitaba en el hogar, enfrente de Dilvish, detrás de Reena. Los músicos se hallaban en el extremo opuesto de la sala.

Llevaban comiendo varios minutos cuando Dilvish vio que había otro comensal, no en su compañía. En la mesita situada a un lado de la chimenea había un anciano vestido con pieles, con el bastón apoyado en la pared. Parecía ser el mismo hombre que habían conocido anteriormente en la senda. Cuando sus miradas se encontraron, el viejo sonrió y saludó con una inclinación de cabeza. Se señaló el cuello y Dilvish tocó el amuleto que llevaba bajo la camisa y devolvió el saludo.

—No había reparado en ese anciano —observó Dilvish.

—Oh, ha estado aquí otras veces —dijo Oele—. Cuida ganados. Pasa por aquí de vez en cuando. Reynar me dice que cree recordar vuestro nombre relacionado con un lugar llamado Portaroy. ¿Está en lo cierto?

Dilvish asintió.

—Combatí allí.

—He empezado a recordar relatos que oí —dijo Reynar—. ¿Es cierto que el animal metálico que montáis es realmente un demonio que os ayudó a huir del Infierno y que un día os llevará a la tumba?

—Me lleva a la tumba casi todos los días —dijo Dilvish, sonriente—, y me ha ayudado de muchas formas... y yo a él.

—...Y hay rumores sobre una estatua. ¿Es cierto que en tiempos fuisteis una... como el animal ahora mismo?

Dilvish se miró las manos.

—Sí —dijo en voz baja.

—Extraordinario —observó Oele—. ¿Puedo preguntar qué lleva a un hombre de vuestro... pasado... tan lejos del escenario de sus triunfos?

—Venganza —dijo, y siguió cenando—. Estoy buscando a alguien que a mí y a gran número de personas nos ha causado infinidad de problemas.

—¿Quién puede ser? —preguntó Reynar.

—No deseo que caiga una maldición sobre este lugar mencionando su nombre. Es un mago.

—Parece que encontráis malos enemigos —dijo Reynar—. Tenemos eso en común. Hace tiempo maté a un mago, en las Islas Orientales. El maldito estuvo a punto de asfixiarme antes de que pudiera acabar con él. Me había dejado sin respiración. Por fortuna, yo tenía cierta experiencia como buscador de perlas...

 

(CONTINUARÁ...)