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La visita - Iban Zaldua


Es algo increíble. Los fines de semana. Van por la calle como si no existieran más que ellos, dando codazos, no les importa atropellar a la gente. Hay quien recorre la calle con motocicletas que arman un estruendo de mil demonios. ¡Por una calle peatonal! ¡Y a cualquier hora de la noche! Con sus ropas brillantes, con sus pantalones de cuero. No se volverían a ayudar a un anciano con el que hubieran tropezado. Ni aunque fuera su abuelo. El alcohol les sale por las orejas.

Ya a las ocho de la tarde hay muchachitas que apenas tienen edad para pintarse vomitándolo todo contra la pared de casa, ahí abajo, ahí mismo. Una amiga se suele quedar con ellas, les grita a las otras que no sean cabronas, que las esperen, que no ves que Vanessa está muy mal, por culpa de Chemi que se ha puesto así. ¡Por culpa de Chemi! Que ha bebido más cervezas, más ginkases de la cuenta, chata. Y ahí está, dale que te pego, hasta que no le queda nada en el estómago, hipando, llorando, diciendo me quiero volver a casa, aullando Chemi es un hijo de puta, Chemi eres un hijo de puta, pero uno no sabe muy bien si es ella la que grita o es su amiga, porque están siempre gritando, da igual para qué, por qué, todo lo hacen gritando. 

Aunque, la verdad, es peor cuando se ponen a cantar: «Se fuee, se fuee…» como si, efectivamente, les fuera en ello la vida. Lo mismo a las diez de la noche que a las cinco de la mañana. Porque los bares echan la persiana a las tres. Oficialmente. Pero hay dos o tres garitos que no cierran hasta las seis. Podría llamarlos garitos de mala muerte, quedaría más propio, ¿verdad?, pero eso sería singularizarlos demasiado, todos esos bares son iguales, feos, oscuros, ruidosos. Tabernas de mala muerte eran las de Bahía, las de aquel otro puerto, no me acuerdo del nombre… Bien, pues parece que están cerrados, pero no.

Un camarero espera detrás de la puerta y sube la persiana cuando alguien se acerca. Más ruido. Los de la Municipal pasan en sus coches, a cuarenta por hora, ni siquiera miran. Qué más les da: a ellos les van a pagar igual. Así que hasta las cinco no hay quien duerma. Las ventanas de casa, bueno, son como son. Las barnizo todos los años, pero no cierran bien, nunca han cerrado bien. Antes compraba Tessa-Film, esa espumilla, pero ya no se encuentra en las tiendas. Aunque debería decir que donde ya no la encuentro es en la ferretería de Garnacho, que es donde suelo ir a comprar las cosas que necesito para hacer mis chapucicas: clavos, tacos, brocas, todo eso.

Es una tienda muy vieja, llena de cajones de madera que llegan hasta el techo, cada uno con su plaquita de latón siempre brillante. Está ahí cerca, a la vuelta de la esquina. A Garnacho lo conozco desde siempre, crecimos juntos en el barrio. Cuando volvimos, allí seguía, en la tienda que había heredado de su padre, que a su vez la había recibido de su abuelo. Ahora parece que se la van a tirar, con todas las casas de alrededor. La verdad es que es un edificio muy antiguo. En la misma tienda de Garnacho las tablas del suelo crujen a cada paso y hay un profundo olor a humedad. Dicen que toda la calle está construida sobre un río subterráneo, y que la humedad se filtra hacia arriba por los cimientos de las casas. Es muy probable.

De todas maneras, no me creo esas historias sobre seres deformes, cubiertos de vendajes, que viven en las cuevas y salen de vez en cuando al exterior, por los sótanos. Son las mismas historias que nos contaban cuando niños, para asustarnos. No digo que no haya ratas, no. De hecho, algunas son enormes. Y sí que salen al exterior, cuando no hay comida, cuando hace frío hasta en las alcantarillas, que son húmedas pero calurosas. No digo tonterías, no. Menos mal que los gatos…; lo malo es que cada día hay menos. En invierno sube un vapor nauseabundo que a veces se filtra hasta los tejados por las tuberías de desagüe, por los canalones.

No exagero: yo mismo me he asomado a una de esas tuberías para ver de qué se trataba. No estaba tranquilo viendo aquel humo perezoso, gris. Me acordé de lo que pasó una vez en Manaus, la compañía norteamericana que servía la gasolina y el fuel-oil a las gasolineras y a las factorías había tenido una fuga y vertió litros y litros de petróleo en el alcantarillado de la ciudad. La gente empezó a oler el petróleo, aparecieron algunas manchas oscuras en el Amazonas. De alguna manera, el fuego prendió y destruyó todo el barrio antes de que los bomberos pudieran controlarlo. Cuentan que hubo personas que se quemaron las nalgas mientras cagaban… es una broma. 

Nosotros nos libramos por los pelos, estábamos lejos aquella semana, en la selva. No teníamos muchas cosas en el piso, así que no nos apenó tanto su pérdida. Pero lo del barrio es otra cosa, huele mal, pero no a petróleo ni a nada que se le parezca. Es un olor a podrido, a montañas de desperdicios, de desechos, de restos de comida, fermentando, quemándose ahí abajo. No, seguro que no hace nada de fresco. Ya les he escrito al Ayuntamiento varias veces con ese tema y hasta ahora nadie me ha contestado. Hasta ahora.

Julio Guiarres, funcionario, recuerda perfectamente el estilo alambicado de cada una de aquellas cartas, la letra perfecta, la caligrafía de colegio religioso —¿La Salle quizás?—. El viejo se refería a la posibilidad de que en el fondo de aquellos subterráneos que conforman el alcantarillado del casco viejo el agua hubiera dejado de correr y estuviera estancada, o casi. En todo caso, proseguía, estaba seguro de que había algo que taponaba total o parcialmente la salida de las aguas fecales, y de que el nivel de éstas estaba ascendiendo lentamente.

La descripción era demasiado prolija, tanto que uno de los de la Comisión de Medio Ambiente y Actividades Insalubres dijo que llegó a marearse la primera vez que la leyó. Que fue la última, porque fue su compañero del departamento el que se hizo cargo del asunto. Es un decir. La aparición de un cada vez mayor número de ratas en la superficie la atribuía a este proceso, y los remedios…

—¿Dice usted que ha estado en América? ¿En serio? —ya lo sabía, claro, pero piensa que mostrando interés le puede caer más simpático.
—¡Claro que sí! —responde, haciéndose el ofendido—, yo y mi mujer, en Brasil, veinte años, se dice pronto, después de terminar mis estudios. Luego volvimos aquí. No tuvimos suerte y no ahorramos demasiado, es evidente —Su mano pasea brevemente por toda la habitación—. Si no, no tendríamos una casa en este barrio. En este barrio de mierda. Olvidados de Dios y del Ayuntamiento —La mirada es irónica—. Aunque tiene que ver con que yo haya nacido aquí, también.

Para Guiarres está claro que al anciano no le apetece hablar de su vida en Brasil. Se ha quedado con las ganas de saber por qué volvieron. Las historias que circulan no le convencen, pero prefiere no insistir. Mejor, porque no quiere perder demasiado tiempo.

—¿Desea que mi mujer le prepare una caipiriña? En ningún bar la probará igual. El secreto está en el aguardiente de caña, nos lo envía directamente un amigo desde allá. Unas cuantas botellas al año. Nada que ver con lo que venden en la licorería de la plazuela, que es el que compramos cuando se nos acaba el bueno. Tengo que confesar que la primera vez que lo probé creí que estaban tratando de envenenarme. Fui con la botella y todo, a protestar. En fin, ¿qué le parece?, ¿quiere o no? No me vendrá con esas monsergas de que está de servicio y lo demás, eso que dicen los policías en las películas. Pues buenos son ustedes los del Ayuntamiento.
—No tengo costumbre pero de acuerdo, está bien —Guiarres mueve la cabeza afirmativamente, siente que necesita esa copa, algo que moje sus labios y alivie el reseco de su garganta.
—María —grita el viejo—, haznos una caipiriña. Estará en seguida. Ya verá.

Guiarres pasea la mirada por la habitación, se demora, tarda mucho en abarcarlo todo. Está tratando de sobreponerse a la sensación de agobio que le ha producido, tras las pertinentes presentaciones y una vez depositado el abrigo en una silla de mimbre junto a la puerta, la entrada en lo que su forzado anfitrión ha denominado el salón, demasiado pequeño, sin embargo, para recibir ese nombre. Es una sala mínima, llena de cosas, con un mirador parcheado de plástico y cristales rotos, por el que penetran la luz de un soleado día de invierno y el frío de la calle. 

Guiarres piensa que están locos los dos: el viejo y él. ¡Una caipiriña llena de cubitos de hielo! Las paredes aparecen cubiertas de anaqueles que contienen los más disparatados cachivaches, desde botellas vacías o semivacías a cámaras Minolta dignas de figurar en una vitrina de algún museo de la tecnología, además de revistas y libros, que se derraman e invaden también parte del suelo, formando islotes y archipiélagos de papel, y algún que otro atolón de mayor o menor altura, todos convenientemente nevados de polvo y hollín. Muebles de todos los estilos ocupan el mínimo espacio disponible y cohabitan pecaminosamente, disputándose unos a otros un hipotético premio al mal gusto. 

Sillas de playa se mezclan con esterillas de colores apagados que intentan disimular las simas que el paso del tiempo ha ido abriendo en el suelo de madera de olivo. Mesas de plástico lechoso, que a Guiarres de alguna manera le recuerdan a la película La naranja mecánica, soportan candelabros de metal estriado y ceniceros-recuerdo de Santillana del Mar, llenos de colillas húmedas y minúsculas. Entre las baldas repletas de libros y cuadernos hay un hueco que muestra una pared amarillenta en la que hay dos fotografías aéreas de algún pueblo meseteño difícilmente identificable y un par de máscaras rituales cubiertas de plumas descoloridas.

Un viejo tocadiscos yace abandonado junto a un revistero rebosante de Blancos y Negros e incluso algún antediluviano Sábado Gráfico, que conserva, imposible saber cómo, buena parte de los colores de su portada. Sobre una vacilante mesa de camping preside la escena, cual cabeza de retablo y semejante a un ojo perennemente abierto, un enorme televisor Zenith color bronce, que ha sido lo primero que le ha señalado el viejo al entrar, comentando: «No piense mal de unos intelectuales como nosotros. Hace años que no la vemos. Pero nos ha seguido a todas partes: es como de la familia…».

 Guiarres casi no se atreve a esbozar movimiento alguno, temeroso de pisar los inverosímiles singles de Raphael y Engelbert Humperdinck que asoman por debajo del sillón de orejas en el que se está hundiendo lentamente. La mujer del viejo aparece de repente, como si saliera de la nada, y sorteando los obstáculos con la habilidad de una participante en el eslalon especial de unos Juegos Olímpicos de Invierno, se acerca a Guiarres y le entrega un desmesurado tazón de caipiriña. Un tazón de leche, de loza. Aunque la presentación no es la más adecuada, era imposible no estar de acuerdo con el viejo acerca de la calidad del brebaje: ni en el O’Clock la ha tomado nunca mejor.

—Gracias, señora. Está estupenda.

Pero la anciana ya ha desaparecido tan silenciosamente como ha llegado y allí están él y el viejo. En su fuero interno no se acaba de acostumbrar a llamarlo por sus apellidos o por su nombre de pila. Ha leído sus cartas una y otra vez, pero no se le quita de la cabeza: cuando piensa en él es la única palabra que le viene a la mente. El viejo. En realidad, el Viejo, con mayúscula y todo.

—Está estupenda, de verdad, señor Díaz —se repite, mientras intenta no hacer ruido al sorber. En estos casos nunca sabe si tiene que decir el apellido entero. Hay gente muy suya para estas cosas.
—Díaz de Garayo, si no le importa. Es el apellido completo, ya sabe. Le parecerá una tontería, pero le tengo cariño. No le digo los demás porque se reiría. No, seguro. Además, usted ya sabe cuál es mi segundo apellido, por lo menos, lo habrá visto en mi ficha del Ayuntamiento. Pues imagínese el resto. Son todos del mismo pelaje —y le hace un guiño. Guiarres, resignado, sorbe la caipiriña ruidosamente—. Así que el Ayuntamiento se ha dignado por fin mandarme a un funcionario —es lo mismo que le ha escuchado decir cuando el Viejo le ha abierto la puerta para ver de qué se trataba. Se lo ha espetado por la rendija de la puerta, sin quitar el pestillo.

Y ha tenido que entregarle la acreditación del Ayuntamiento. La voz ronca del Viejo vuelve a romper el silencio de la sala—. Yo hubiera preferido que fuera el alcalde, claro, o algún concejal, por ejemplo el de limpieza, sí, ya sé que he hablado por teléfono dos o tres veces con él, bueno, si usted lo dice, ocho, ya, en los últimos tres meses, aunque es un político parece una persona simpática, pero no entiendo por qué no puede venir en persona, si total el casco viejo está aquí, al lado de su oficina. No pretendo menospreciarle, en absoluto. ¿Qué ha dicho que es usted? Asistente social. Del Ayuntamiento. Ya. Por algo se empieza. 

Pero usted ya no es un chaval, lo digo sin ánimo de ofender. No me malinterprete, es que las asistentes sociales que vemos por el barrio son jóvenes, encantadoras, algo ñoñas, pero muy jovencitas. Además son todas chicas; no sabía que los varones también hicieran esa carrera. Ah, que estudió usted en Madrid. Ya, ya sé que hoy día se puede hacer aquí, en la Escuela, seguro que esas chiquitas vienen de allí, ah, puede ser, estudiantes en prácticas. Así cambian tanto las que vienen a traerles la comida a los Echeverría, igual sabe usted algo de ellos, son muy mayores y casi no bajan a la calle, se cansan mucho, no pueden hacerse ellos mismos la compra. No, ya me imagino que lleva usted muchos años en el escalafón, ya, ya sé que no se dice así. 

Lo que quiero decir es que llevo cuatro años, no, de acuerdo, siete, siete años y medio escribiendo cartas al Ayuntamiento y ésta es la primera vez que me hacen caso, bueno, que me hacen caso de verdad, porque respuestas amables he recibido muchas, pero nunca han arreglado los problemas de este barrio. Sólo cartas a máquina, ninguna de puño y letra. Hasta fotocopias de respuestas modelo me han enviado. Ya ni siquiera las firmas son verdaderas: ¡vienen impresas en el papel oficial! ¡Y a veces en rojo, en verde, como si no hubieran tenido a mano su pluma de siempre y no les importara firmar con lo primero que tuvieran a mano!

Hombre, sé que es algo habitual, como las firmas de las cartas personales que envían los políticos cada campaña electoral. ¿Y sabe qué le digo? Que todos esos papelotes van directamente a la basura. No me creo nada, no señor. No, no voto, nunca. Pero si usted piensa que por eso no tengo derecho a que el Ayuntamiento me atienda como es debido, se equivoca. Ya, de acuerdo, no ha querido decirme nada de eso, pero sé leer en las miradas. No le fastidia. Pues pago mis impuestos como los demás, qué digo, seguro que mejor y más puntualmente que muchos: la basura, el agua, el gas ciudad… sin fallar nunca.

«Sin fallar nunca, es cierto —piensa Guiarres—, lo mismo que las cartas que puntualmente envía al Ayuntamiento, una al mes, exactamente». En realidad casi exactamente, porque las de algunos meses faltaban, sobre todo las de julio y agosto, aunque Guiarres sospecha que más bien se perdían por la indolencia del exiguo retén de funcionarios municipales que sobrelleva como puede los calores del verano burocrático. 

Son todas muy parecidas, aunque al mismo tiempo diferentes, pues tratan de asuntos como el incumplimiento de los plazos de una obra, el socavón que aparece en la acera de tal calle, las molestias que ocasionan los encargados de la limpieza de los patios a los gatos que allí viven, la desvergonzada actitud de los niños que suben desde la escuela pública al comedor comunal, la peligrosidad de los cables de la compañía eléctrica que penden entre las fachadas, provisionalmente, desde hace tres años, etc. Dentro del grupo «ruidos molestos» había una buena cantidad, de entre las que Guiarres recordaba vivamente una que rezaba así:

En, a 23 de octubre de 1993
El abajo firmante, Ernesto María Díaz de Garayo González de Durana, mayor de edad, con DNI número 3 762 841, residente en esta ciudad, calle Curtiduría número 97, cuarto, centro,
EXPONE
que debido al atroz barullo que produce el bar llamado «Catón», sito en la calle Curtiduría número 97, planta baja, exactamente donde antaño se ubicaba el establecimiento «Coloniales Las Heras», le es imposible, al igual que al resto del vecindario del mencionado edificio, conciliar el sueño hasta altas horas de la madrugada, por no decir de la mañana, de los viernes, sábados, domingos y vísperas de festivos. Ya se ha mencionado que la causa principal son los ruidos provenientes de dicho bar «Catón», propiedad, según el Registro Mercantil de la Provincia, de la sociedad colectiva Mauro y Mauro, fundada en 1956, hoja número 1547, tomo  XI, aunque arrendada desde 1983 a Pedro López de Acevedo, que es quien lo explota junto a otros dos amigos, cuyos apellidos se desconocen y que responden a los nombres de Santiago (o «Santi») y Jesús María (más habitualmente «Jesús Mari»), Los vecinos del inmueble nunca habían tenido problemas hasta hace cosa de dos meses…

Y así interminablemente durante cuatro páginas de letra apretada, refiriendo los más mínimos detalles acerca de la música que ponían al principio y la que pusieron después, describiendo los reiterados encuentros de la comunidad de vecinos del inmueble —siempre representados por el señor Díaz de Garayo— con los camareros del bar, las sucesivas denuncias, siempre inútiles, ante la policía municipal. Terminaba, indefectiblemente:

… Pero no es cuestión llegar tan lejos, y de ahí esta carta, que el abajo firmante le remite en su nombre y en el de todos los vecinos de este inmueble. Es cierto: los problemas de esta ciudad son muchos, mas ¿no cree que ya es hora de ocuparse de este barrio, cada día más degradado y ruinoso? No es éste un hecho aislado, ni mucho menos, como se le recuerda en las comunicaciones de 1/IV/1992, 28/XII/1992 y 26/III/1993, de las cuales, por cierto, no se ha recibido aún respuesta. Sin más y rogándole que aplique en este caso, y sin dilación, su reconocido celo y haga cumplir la ley —nada más, ni nada menos— se despide con un atento saludo
Ernesto M.ª Díaz de Garayo 

AL EXCELENTÍSIMO ALCALDE DE LA CIUDAD

Todas las cartas eran así, de ese estilo. A Guiarres le fascinan la minuciosidad, el amor al detalle y a la exactitud que denotan estos pequeños monumentos a la inutilidad, condenados de antemano al polvo del archivador, si no a las fauces de la trituradora. Ese afán por documentarse, como demostraba el censo de grupos musicales que había intentado pergeñar en aquella carta. Guiarres no sabe decidir hasta qué punto la imagen que se había formado del Viejo se corresponde con lo que está observando. Sentado en otro polvoriento sillón de orejas, inclinado sobre la taza de caipiriña, que bebe a pequeños pero ruidosos sorbitos, a Guiarres se le antoja una especie de ave enorme y expectante.

Cierra durante unos segundos los párpados. Su nariz aguileña, sus ojos de lechuza impasible, sus orejas minúsculas y parcialmente enterradas en una, por otra parte, no muy abundante mata de pelo entrecano, su cuello largo y pelado encima del polo beige, sus uñas largas y ennegrecidas… todo contribuye a reforzar en Guiarres esa imagen, a la que sólo añadiría algunos elementos escénicos como una rama desnuda y torcida y, quizás, la luna llena al fondo.

 A María, la anciana, menuda y oscura, sólo la ha entrevisto un instante, pero ha podido imaginarla sin dificultad como a un gorrión de esos que, dando saltitos, van robando en la plaza las migas de pan a las palomas. Un gorrión con moño. Y Guiarres no puede evitar verse a sí mismo como un pingüino, mofletudo, regordete y satisfecho entre los trozos de hielo de su caipiriña, que bien podrían ser icebergs a la deriva en el círculo polar antártico, o las carpetas blancas que habitualmente cubren su mesa de oficinista, una mesa que se ha agrandado con cada ampliación en gastos de mobiliario y material fungible, siempre inútilmente, pues las carpetas no tardan en invadir el espacio ganado. Extraviado en su ensoñación, con el sabor fresco de la bebida aún en los labios, Guiarres llega por un momento a identificar el olor que flota por la casa con el del alpiste, pero no es más que una impresión momentánea que se le escapa al instante.

Decide volver en sí y dirige su mirada hacia el Viejo, que lleva unos segundos sumido en un mutismo expectante. Hace un sitio en la mesilla que tiene a su lado y, como recordándolo de pronto, busca el maletín, que halla casi enterrado bajo una reciente avalancha de semanales de El País. Extrae trabajosamente la encuesta y encara al Viejo, que de alguna manera reconoce el fajo.

—¿Usted también me va a hacer una encuesta? —le suelta—. ¿No sabe que somos a diario pasto de encuestadores de la más diversa procedencia? Nos asaltan continuamente: del propio Ayuntamiento, por supuesto, pero también del EUSTAT, de la EPA, del servicio estadístico europeo, del Ministerio de Agricultura, de empresas privadas que no quieren revelar su nombre… Algunos sociólogos de sofá han decidido que los del barrio somos un apetecible objeto de estudio. Estoy seguro de que llenamos los gráficos con colores la mar de bonitos y las cifras de nuestras tablas le hacen exclamar «¡Tate! ¿No te lo decía?» a más de uno, pero las soluciones no llegan nunca. Para este barrio las soluciones no llegan nunca.


—Pues por eso estoy aquí, señor Díaz de Garayo. Para que nos cuente. Para que actuemos. Usted es el alma del barrio. Por eso estamos aquí —su aplomo es falso, pero quiere creer que convincente.


El Viejo no responde, se arrellana en el sillón, hace gemir la tapicería. A Guiarres le resulta difícil decidir si su gesto es de satisfacción o de otra cosa. Deja a un lado la encuesta, le pega otro sorbo al vaso y se inclina hacia delante.


—Dígame qué es lo que más le preocupa del barrio. No se calle nada. Incluso si es la administración el blanco de sus críticas. Déjeme adivinar. Quizá sea la seguridad ciudadana. Es uno de los aspectos más problemáticos del barrio, lo sé. ¿Sabe cuántas denuncias recibe sobre hechos delictivos ocurridos en este sector el cuartel de la guardia municipal al día? Ni se lo imagina. Y más desde el asunto de los asesinatos, claro. Pero, bueno, también tenemos sus propias quejas respecto a este tema. Por ejemplo, la de marzo pasado sobre los heroinómanos que venían, eh, a inyectarse la droga en su portal. Créame que desde ese día hay una ronda más patrullando por esta calle.


Guiarres sigue sin saber si el Viejo le mira socarronamente o está indignándose por momentos. Entrecierra los ojillos como si… en fin, no podría decirlo.


—Una ronda más. Sí, por supuesto que tiene usted razón. De patrullar por delante de este portal una vez cada tres horas y media, han pasado a hacerlo una cada dos horas y veintidós minutos. Es una media, por supuesto. Pero sólo los fines de semana. Y entonces da igual, porque sus centuriones no hacen nada por evitar el pandemónium que se monta en la calle. En cuanto ven un atisbo de pelea, se largan. Lo he visto yo con mis propios ojos, desde ese mirador, sí. Hasta los serenos demostraban mayor gallardía que ese montón de pelagatos. El resto de los días pasan de cuatro en cuatro horas, y eso si incluimos el coche de las once de la noche. 

De los picotas tuvimos que encargarnos los vecinos mismos, por supuesto. Mire, decidimos turnarnos para limpiar la escalera todos los días, a eso de las ocho de la tarde, con bien de lejía. Durante dos o tres horas es imposible quedarse más de un minuto en el portal, por el olor. La verdad es que no han vuelto. Pero imagínese lo que le cuesta a la comunidad todo esto, y no estoy hablando de la cantidad de lejía (y a veces de Salfumán) que compramos todas las semanas. Salvo los Peláez, que viven en el cuarto, todos los demás vecinos somos viejos, gente con más de cincuenta tacos a la espalda. 

No sabe usted el coraje que da ver a una pobre anciana arrodillada, frota que te frota, cuando donde debería estar es dentro de casa, cenando o viendo la tele al calor de una manta. Sobre todo si esa anciana es su mujer. Hemos pasado por mucho, no lo dude, pero ya no estamos para ciertos trotes, no sé si me explico. De todas formas ése no es el problema gordo, ni mucho menos. No hay tanta delincuencia como quieren hacernos creer. 

El asunto ese de los mutilados, no sé…, lo mencionan en la tele, en la radio, pero no acabo de… ¿Hasta qué punto no es parte de un plan del Ayuntamiento para intervenir más en la vida del barrio y comprar más y más casas? Como ha estado haciendo todos estos últimos años, por otra parte…


—¡Señor Díaz de Garayo, por favor…! —Guiarres trata de imprimir un tono indignado a su réplica, pero no le sale más que un gallo, bastante ridículo por cierto—. Sospechar siquiera eso…


—De acuerdo, de acuerdo —en el semblante del Viejo, sin embargo, no aparece la más mínima mueca de disculpa—. Puede que haya exagerado. Pero era a eso a lo que iba. Gran parte de los problemas del barrio se deben, y no se enfade, a cómo nos tratan ustedes, los del Ayuntamiento. No tienen ningún respeto por los que vivimos aquí. No digo que no quieran, que no amen el barrio, como se encarga de subrayar cualquiera de sus concejales cada vez que se atreven a poner los pies en alguna de las mesas redondas que organiza la asociación de vecinos. 

Yo hace años que no voy a ninguna: son inútiles. Siempre los mismos temas, las mismas buenas palabras, los mismos resultados. El amor al barrio. ¡Ja! No, ustedes nos tratan como si no existiéramos, como meras cifras de ordenador, de estadística. Si se les ocurre plantar una grúa en medio de la calle y dejarla allí durante tres años, aunque sólo haya trabajado realmente durante seis meses, aunque hayan prometido que las obras terminarían en el plazo de un mes, aunque durante todo ese tiempo el recinto en el que la encierran se llene de verdín, yuyos e inmundicia, aunque los niños del barrio puedan entrar sin problemas y subirse hasta arriba, hasta que la caída no tiene remedio… 

¿qué se puede esperar de ustedes? No me diga que no hemos protestado. No me diga que no ha tenido que dar un buen rodeo para llegar a este portal. No me diga que no conoce el caso del hijo de los Azcue, que se quedó parapléjico. ¿Cree que nos consultan cuando se les ocurre hacer alguna reforma, alguna intervención, como ustedes las llaman? 

No hace ni dos meses que alguna directriz de vaya usted a saber qué departamento decidió que había que sacar a la luz las paredes de ladrillo de las casas viejas, eliminando el estucado o el hormigón que en algunos casos las cubría. Algunos edificios han quedado muy bonitos, no me cabe la menor duda. Pero cuando llegaron a la Casa Zuaznabar no se les ocurrió que las pinturas casi borradas que recubrían el enyesado podían tener algún valor. Procedieron igual: hicieron emerger el ladrillo. Y se cargaron una decoración con motivos vegetales ¡del siglo  XVII! Alguien les avisó, y gracias a algunas fotografías viejas pudieron reconstruir el diseño. Pero lo hicieron con pintura acrílica. Ahora la casa Zuaznabar parece un motel de carretera norteamericano.

Guiarres piensa en el Viejo. Escuchándole se le hace difícil no imaginárselo como uno de esos ancianos gruñones, con una pensión exigua, que todas las mañanas bajan al sol de la plaza en zapatillas de casa, a quejarse del gobierno y de los impuestos. El Viejo sólo baja en zapatillas, con su mujer, a dar de comer los menudillos con arroz que les preparan a los gatos del patio contiguo. Eso, al menos, es lo que le han contado a Guiarres. No, su forma de hablar, pedantería más o menos, no se aleja de la de cualquiera de esos jubilados. Sólo ese afán por la exactitud, por el detalle nimio… 

Aunque no han logrado averiguar en qué universidad cursó sus estudios, el Viejo es antropólogo, desde hace muchos años además. Lo primero que ha hecho al entrar al cuarto es mirar las paredes a ver si encontraba el título enmarcado: si está allí, no ha podido verlo por el abigarramiento. A principios de los sesenta escribió y publicó un estudio pionero titulado Televisión y control social, sorprendente teniendo en cuenta la breve historia que el medio tenía entonces en España. 

Guiarres se lo ha leído —no es demasiado largo— y ha de reconocer que aunque se ha quedado un poco anticuado, hay pasajes que siguen teniendo garra y actualidad. Una beca para perfeccionar estudios en París y una agregaduría en una universidad de provincias. Después, su trayectoria se hace algo más oscura: un viaje a Brasil con el objeto de estudiar una tribu amazónica, una vida difícil en los suburbios de algunas capitales de provincias en aquel país, el encuentro —y probablemente la boda— con María y, de repente, en 1977, vuelta a la ciudad natal, al desvencijado piso que ocupan los dos ahora. ¿Por qué? ¿Qué historia de derrotas se esconde tras aquellos vaivenes?

—Por lo tanto, señor Díaz de Garayo, usted es de la opinión de que no es el orden público el problema más preocupante, en este barrio. Quizá no sepa que hace dos días, a la vuelta de esta manzana…

—Conozco el tema. Yo también lo vi. Un charco tremendo… es horrible, claro. Pero, qué quiere. Vivimos en un barrio deprimido. Son ustedes los que han condenado a toda esa ralea de gente a vivir aquí. Y ahora, encima, quieren construir casas nuevas, más modernas, que ni los delincuentes ni nosotros, los antiguos vecinos del barrio, podamos comprar. Ahora, de repente, quieren que nos vayamos al extrarradio. ¿Sabe quién ganó las últimas elecciones, aquí, en el barrio? La derecha, qué digo, la extrema derecha. Y el segundo fue EH. Saque cuentas. El resto de los partidos les seguían a cientos de votos de distancia. 

La gente está crispada, y no me extraña, qué quiere que le diga. Con esas obras atronándonos todo el día, desde las ocho de la mañana. No me extraña que haya quien se vuelva loco y empiece a despedazar a la gente, sin más. Aunque tampoco sin más, si lo piensa usted bien.

—¿Me está usted diciendo que son los ruidos los que causan los crímenes? ¿Los de las obras? ¿No cree que está usted exagerando?
—Bueno, no quería decir que fuera sólo eso, no. Pero se nota que usted vive en una de esas urbanizaciones que tanto abundan por las afueras. Un jardincito bien cuidado, unos vecinos amables, una carretera que acaba ante la puerta de casa, ni un solo ruido durante el día y un silencio más profundo aún por la noche. Una inversión en el devenir histórico: el campo se torna civilización, la ciudad se convierte en el centro de la barbarie, del desorden. Un irónico revés de la oposición naturaleza-cultura, ¿no le parece?
—La verdad es que no estoy demasiado familiarizado con la filosofía moderna, señor Díaz… Díaz de Garayo…
—Pero qué filosofía ni qué leche. ¿Es que no le han enseñado nada en su universidad, o qué? Me importa un bledo que usted estudiara en un colegio universitario: ¿es que no tenían un plan de estudios? La mayoría de los miembros de ciertas tribus de la Amazonia, que por otra parte usted no dudaría en calificar de salvajes, serían capaces de comprender pensamientos más complejos que el que acabo de formular. Fíjese, sin ir más lejos, en la leyenda de la creación de los arumbayas, que viven diseminados a lo largo de las orillas del río San Ceferino, cerca de los wahtsu, y a los que tuve la suerte de estudiar durante varias campañas. 

Según la leyenda, al principio los arumbayas, que vivían lejos de donde se encuentran ahora, cerca de las montañas, carecían de espíritu, eran como las bestias de la selva, peleaban entre ellos por la comida. Pero sobre todo —y esto era lo que más asombro causaba entre los que oían la historia, especialmente en los niños— los hombres tenían por aquel entonces manos de tapir, es decir, algo parecido a pezuñas, así que no podían construir chozas ni hacer fuego y malvivían en la selva, esclavos de los elementos y del dios de la lluvia, a quien se veían obligados a adorar con sacrificios humanos. 

Pues bien, un día un arumbaya que vagaba por la ribera del San Ceferino —que ni entonces ni ahora tiene nombre, para ellos— se encontró al dios del río, parecido a un gran pez. El hombre, asustado, quiso huir, pero el dios del río le detuvo y le comunicó que él podía librar a los arumbayas de la tiranía del dios de la lluvia. «¿Cómo?», le preguntó el arumbaya. «Es fácil —le respondió el dios—, no tienes más que restregar las pezuñas en el fango que cubre las orillas de mi río». 

El arumbaya hizo lo que el dios le había dicho y vio cómo enseguida sus pezuñas se convertían en manos, con sus cinco dedos y todo eso. Al principio las miraba asombrado, pues no sabía para qué podían servir. Pero pronto comprobó su utilidad cuando las empleó para lanzar piedras a un ocelote que en otra circunstancia lo hubiera sin duda devorado: el félido, acostumbrado a la caza de los inofensivos arumbayas, huyó como alma que lleva el diablo. 

El hombre, entusiasmado, recogió todo el barro que pudo y lo llevó a donde vivía su gente, y pronto todos los arumbayas tuvieron manos y, enseguida, aprendieron a usarlas, construyendo una gran choza, fabricando instrumentos, haciendo fuego frotando dos ramitas. Cuando el dios de la lluvia decidió visitarles de nuevo encontró a los arumbayas poco dispuestos a servirle como antes hacían, se enfureció y descargó sobre la selva la más impresionante tormenta que nunca hubieran visto. Duró días y días, pero los arumbayas no se asustaron, porque tenían caza en abundancia, techos bajo los que protegerse y fuego con el que calentarse. 

De aquellas interminables noches bajo la tempestad les viene, añaden, la costumbre de congregarse para oír historias. Un día, el dios de la lluvia, cansado, dejó de molestarles. Decidieron entonces trasladarse a las orillas del río que, mucho después, un extremeño que buscaba El Dorado se toparía el día de San Ceferino, y adorar allí al dios del río, que tanto les había ayudado. Y allí siguen, concluyen, aunque el dios de la lluvia no les haya olvidado y les moleste de vez en cuando.

Guiarres lleva un buen rato observando la taza, preguntándose qué hace allí, con aquel viejo chiflado. Quiere parecer pensativo, concentrado en el sentido de la historia, pero es como si la realidad se le estuviera escapando. Es más, se da cuenta, con horror, de que casi ha olvidado el motivo de su visita a aquella casa.

—No me diga que no ha captado el fondo de esta curiosa versión del Génesis. Me dirá que no se parece en nada a la nuestra y tendrá razón, mas habrá notado que es mucho más certera que la que nuestra cultura ha heredado de los antiguos hebreos, por lo menos si hacemos caso a las hipótesis de antropólogos y arqueólogos como Besucov, Graham, Dunbar y otros, que como usted ya sabrá mantienen que en la peculiar forma de la mano humana —sobre todo en la posición del pulgar— está la base de la formación de nuestra inteligencia.

Somos inteligentes porque hemos aprendido a usar nuestras manos, porque hemos sido capaces de concebir y luego realizar instrumentos, instrumentos que tienen un fin. Las manos elevadas a fuego prometeico, a soplo de Dios. Fuente de la inteligencia, que es a la postre lo que nos hace humanos. Las manos…

El Viejo se mira las manos nudosas, oscuras. Guiarres trata de percibir en ellas algún temblor, una mínima vacilación, un anuncio de la muerte que no tardaría en rondarle. Pero, sin sorpresa, comprueba que permanecen firmes; el Viejo es como una estatua de bronce, imponente. El funcionario piensa en la encuesta que ha guardado en la cartera, se le antoja cada vez más inútil. ¿Cuál podría ser el próximo paso?

—Cuéntale lo de los gatos, Ernesto.

Guiarres se ha asustado, no siente vergüenza de confesárselo a sí mismo. La voz de María parece venir de muy lejos, casi de ultratumba, y revela un acento extraño, difícilmente identificable. Detrás de una columna de novelas añejas que casi llega hasta el techo ha surgido, inexplicablemente, una mecedora de mimbre en la que se ha materializado la misma vieja que ¿una?, ¿dos? horas antes les había servido la caipiriña.

Probablemente acaba de concluir su faena en la cocina, piensa el funcionario, que tiene la oportunidad de observarla con algo de detenimiento por primera vez. Pero le es difícil mantener la vista alzada ante esos ojos duros como diamantes. El moño es más grande de lo que pensaba, tan blanco que hace daño a la vista, un prodigio de ligaduras y retruécanos entre los que apenas se divisan las horquillas, un auténtico monumento al tiempo devorador. 

No, definitivamente no es un gorrión, aunque María sea pequeña y permanezca interminablemente encogida. La mecedora no se balancea ni un milímetro y permanece tan inmóvil como su mirada. Los conocimientos ornitológicos de Guiarres no son, en cualquier caso, lo suficientemente amplios como para dar con la especie que le correspondería a aquella María. Tampoco tiene ganas de pensar demasiado: le parece que el Viejo está tardando una eternidad en responder.

—Ya he mandado varias cartas al Ayuntamiento sobre este desgraciado asunto, el señor Guiarres lo recordará sin duda. ¿Que no las ha leído? Es lo que sospechaba: estaba seguro de que ni la mitad llegaban a su destino —su enfado es triunfal—. La burocracia, es lo que digo siempre. ¡Cuántas cosas no se perderán antes de llegar a su destino!

Pausa. El silencio es pegajoso. Guiarres ha claudicado definitivamente.

—Pues bien, cuando empezaron las interminables obras de la manzana de ahí al lado —la constructora ha rebasado con creces lo estipulado en las bases del concurso: ¡casi en dos años, qué le parece!—, una familia de gatos se vino a vivir a nuestro patio. Eran cuatro: la madre y sus tres cachorros, una preciosidad. Todos de raza común europea, cómo no, dos a rayas como la madre y el tercero negro como el betún. María y yo nos aficionamos a ellos, claro. Los veíamos jugar sobre las baldosas del callejón, correr hasta la gatera cuando algún perro suelto los perseguía, cazar las ratas que en ocasiones salían de las alcantarillas. Hasta nombres les pusimos.

Salomón, Moisés, Asurbanipal y la madre, Moña. Sic, como se suele escribir. Guiarres no sabe por qué, pero se acuerda de aquella estupidez, pese a que sólo había dedicado un momentito a repasar aquel archivador de cartas.

—… a la madre le pusimos Moña y a los gatitos Salomón, Moisés y Asurbanipal. Bajábamos todos los días con algo de comida para ellos, normalmente higadillos de pollo con arroz partido que les cocinaba mi mujer. ¡No sabe cómo lo agradecían! Lo devoraban en un abrir y cerrar de ojos. Cada vez que bajábamos, Moña se acercaba ronroneando y nos hacía fiestas: se nos enroscaba entre las piernas, se dejaba acariciar, nos lamía la mano. Sus hijos eran mucho más ariscos y no se llegaban a la comida hasta que no nos habíamos alejado un poco, impulsados sin duda por el temor a que Moña les dejara sin nada.

Y un día, de repente, nos asomamos a la ventana y encontramos el cuerpo de Asurbanipal tendido en el suelo en un charco de sangre. ¿O la versión epistolar era «bañado en sangre»? Guiarres se apuesta a sí mismo mil duros a favor de la primera alternativa.

—Y un día, de repente, nos asomamos a la ventana y encontramos el cuerpo de Asurbanipal tendido en el suelo bañado en sangre. Bajamos inmediatamente. No pudimos hacer nada, murió allí mismo, en mis brazos. Moña y sus gatitos se habían escondido en alguna de las bajeras del patio; tardaron muchos días en reaparecer. ¿Quién lo había podido matar? 

Preguntamos a los obreros de la obra, nadie sabía nada, eso nos dijeron. Uno de ellos, sin embargo, nos miró burlón y dijo algo así como «¡Qué más les dará a ustedes! Total, no hacían más que ensuciarnos la obra con sus cagadas». Le pregunté el nombre, pero no quiso dármelo. Me dijo que me fuera a tomar por el culo, que era un viejo chocho.

Alfonso Martínez, treinta y nueve años, capataz de obra, mujer y tres hijos, natural de Aranda de Duero, un metro sesenta y dos centímetros de estatura, moreno, barrigón.

—A Moña le costó volver a cogernos confianza. Pero siguió viviendo en nuestro patio. Quizás le cueste entender que gente como nosotros encuentre apasionante ver crecer y corretear a unos gatos por un patio sucio, pero le puedo asegurar que es una de las cosas más bonitas que se pueden hacer en esta vida. María y yo casi nos peleamos por asomarnos a la ventana: se habrá dado cuenta de que es muy pequeña —la pausa, una vez más, se le hace interminable al funcionario—. El siguiente en caer fue Salomón: se lo pusimos porque nunca nos pareció muy listo. Fue horroroso, lo vimos todo.

Unos chavales del barrio le llamaron y le ofrecieron comida. Aunque no se acercó, como era su costumbre, asomó el hocico por el agujero donde se escondía y recibió una pedrada y luego otra y otra y otra. Me desgañité gritándoles todos los insultos que recordaba, pero no pude hacer nada. María bajó a detenerlos —yo estaba con gripe— con tan mala fortuna que se cayó por las escaleras y se hizo una fisura en la cadera: tres meses de cama. Los basureros se llevaron, por la noche, lo que quedó de Salomón. De entonces es mi tercera carta, aunque ya había avisado en otras de lo peligrosos que son los gamberros de este barrio.

Jordi Ortiz, catorce años, detenido en una ocasión por hurto menor, huido de una escuela especial; José Cienfuegos Mechas, dieciséis, gitano, se le intervinieron navajas de distintos tamaños en al menos tres ocasiones; Koldo Bernaola, doce, escuela especial, padres divorciados. Guiarres, a pesar del sopor que lo envuelve desde hace rato, está cada vez más atento.

—No lo entiendo. Los gatos son unos animales preciosos. No hacen daño a nadie y son beneficiosos. ¿Sabe por qué apenas se ven ratas en la superficie, aquí en el casco viejo? Ya. Pero ustedes ni se han dado por enterados. Ni siquiera los de la Oficina Municipal de Medio Ambiente y Protección Natural: ¡valiente payasada! Una excusa para veinte o treinta nóminas más que tenemos que pagar entre todos los ciudadanos… En fin, Asurbanipal duró unos pocos meses más.

 Moña lo protegía continuamente, aunque estaba ya pasando de la edad en que los gatos dejan a sus madres. Pero no fue suficiente. Lo encontramos colgando de un cable, desangrado, un domingo por la mañana. No vimos a nadie, el ruido de la noche impidió seguramente que oyéramos nada. Pero puede estar usted seguro de que fueron ésos que andan por ahí hasta las tantas de la madrugada, los de las cazadoras de cuero y todo eso. Unos hijos de puta. No me gusta la palabra, pero eso es lo que son, unos hijos de puta.

Domingo Ezcurdia, veintidós años, estudiante; Lore Sánchez, dieciocho, estudiante y canguro; José Joaquín Quinito Fadrique, veintiséis, parado; Raúl Umbral, veintitrés, estudiante. Y aquel otro, cómo se llamaba. Guiarres tiene una idea pero se le escapa por momentos. Trata de estar al tanto de lo que el Viejo sigue contando.

—Moña sigue viva, aunque anduvo muy enferma después de comerse ese raticida que ustedes esparcen sin ningún cuidado por el barrio y que a las ratas la verdad es que no les hace nada. Ha tenido más suerte, pero ¿por cuanto tiempo? Hace poco la dejaron tuerta: otra pedrada certera. Y casi no se atreve a acercarse ni a nosotros. Y ¿qué hacen ustedes? Nada. Nada.

Félix Bejarano, pero no, ese no está en la lista, es un amigo suyo. ¿Por qué se le ha venido a la cabeza el nombre de Félix? Ah, tiene gatos, él también. Los quiere mucho. Últimamente no habla más que de ellos. Por unos gatos. Todo ha sido por unos gatos. Por unos miserables gatos. Ernesto Díaz de Garayo, ciudadano modelo. Guiarres se revuelve en el sillón, incómodo. No es suficiente. No tiene nada. Desde hace un rato viene notando un olor levemente acre pero cada vez más presente invadiendo la sala.

—Perdóneme, pero ¿no se les está quemando algo? —pregunta Guiarres, esperanzado.

El Viejo dirige una mirada rápida a su mujer, que se levanta lentamente de la mecedora.

—Tiene usted razón. He dejado el guiso en el fuego. Tendría que sacarlo ya. ¿Me ayudas, Ernesto? —la voz es más dulce cuando pronuncia esas tres últimas palabras.
—Por supuesto, María. Nos disculpa un momento, ¿verdad? Enseguida volvemos con usted.

Los dos desaparecen, sorteando los obstáculos, silenciosos, por la única puerta de la sala. No hablan o, por lo menos, no lo parece. Como si la cocina estuviera a kilómetros de distancia. Guiarres siente la necesidad de levantarse, de desperezarse, de arrancarse de la piel la sensación de opresión que le embarga. Tiene la intención de rebuscar entre las revistas y los periódicos de la sala, pero ningún ejemplar le parece lo suficientemente nuevo. Sin embargo, sigue sintiéndose mal.

 Le desazona profundamente la vieja televisión, es como si le observara, como si grabara cada movimiento, cada expresión suya. Le recuerda mucho a la primera que tuvieron en casa y que compraron sus padres cuando él era ya bastante mayor. Antes de encenderla, primero había que enchufarla —por si las tormentas, ya sabes— y luego había que accionar el interruptor del alimentador. Decide que es por allí por donde empezará a buscar.

La rodea, teniendo cuidado de no derribar toda una pila de Hazañas Bélicas encuadernadas y se da cuenta de que la vieja Zenith no tiene alimentador. Ni siquiera cable para la antena. Le hubiera gustado encenderla: ya casi no se acuerda ni de cómo es una tele en blanco y negro. Hay algo, sin embargo, que le atrae irremisiblemente hacia el aparato: se acerca y palpa el metal, tan frío como la casa. Golpea una, dos veces. Suena a hueco, mucho más a hueco de lo que su memoria le indica. La placa de atrás está medio suelta, ni siquiera hay tornillos. Se puede soltar fácilmente y así lo hace. No encuentra allí dentro, como esperaba, un desbarajuste de cables y lámparas y transistores. 

En un panel sencillamente enmarcado se le aparecen, en todo su horror, diez, doce manos en miniatura, arrugadas, tan brillantes como si las hubieran barnizado, revelando desde su menudez todos los detalles del dorso: las uñas —algunas bien recortadas, otras mordidas—, los nudillos como perlas oscuras, las minúsculas arrugas, las venillas petrificadas. Fijadas con alfileres sobre un tapete verde, las manos semejan mariposas terribles, presas para toda la eternidad.

Manos derechas, salvo en un caso: debe de tratarse de la de Lore Sánchez, que era zurda. Aquella más pequeña será probablemente la de Koldo Bernaola, ésa más oscura la de Txomin Ezcurdia. Los mutilados. Los asesinados. La lista le baila en la cabeza. Estaban allí, pues. ¿Lo ha sabido Guiarres desde el principio de la visita, desde que vio el televisor en medio de la habitación? No lo sabe. ¿Tiene ganas de vomitar? 

Sería la primera vez en doce años de servicio. Se palpa el bolsillo derecho para comprobar si la pistola sigue ahí, busca en el izquierdo la seguridad que le suele transmitir la placa del cuerpo. Pero no está. Recuerda súbitamente que se la ha dejado en el bolsillo del abrigo, junto a la entrada. En la silla de mimbre. A partir de ese momento, Guiarres sabe que las cosas pueden salir mal. Que van a salir mal.

Se da la vuelta y allí están, tan silenciosos como se habían ido La vieja se ha soltado el pelo, una cabellera blanca, larguísima, que le llega casi hasta la cintura. Pero no es eso lo que más llama su atención. Tiene pintura en la cara, cuatro rayas rojas bajo los ojos, una negra sobre la frente. Su expresión no ha cambiado. Lleva un cuenco humeante, lleno de un líquido espeso y dorado que a Guiarres le recuerda a la miel. 

El olor que había percibido antes se ha apoderado de la sala, hasta la náusea. Guiarres quiere apoyarse en algún sitio, quiere decirles que están detenidos, que es policía, que se estén tranquilos y que no pasará nada, quiere sacar la pistola. No puede.

—El veneno es lento, pero efectivo, señor Guiarres. No tema: es un producto cien por cien natural. Probablemente no notó su peculiar sabor en la caipiriña. Es una lástima, porque le aseguro que es dulce y sabroso —Guiarres ve, como entre una nebulosa, los labios del Viejo moviéndose—. Tiene usted una bonita mano. Se lo digo sinceramente —el Viejo tiene un pequeño serrucho en la suya, pero Guiarres se ha olvidado ya de lo que es sudar, de lo que es gritar.

El Viejo se acerca, lentamente. Guiarres ni siquiera sabe si ha podido sentarse o si sigue de pie, plantado en medio de la sala. Siente los dientes del instrumento como una punzada en la muñeca y el resto tiene que imaginárselo, el suelo manchándose de sangre, María limpiando solícitamente la herida del trofeo, la inmersión de la mano muerta en el líquido amazónico, la infame química actuando sobre los poros de aquella piel que ya no es suya. Todo eso se imagina, hasta que la oscuridad elimina los últimos colores danzantes y se lo lleva.

La habitación se queda silenciosa, tan limpia o tan sucia como antes de la llegada del funcionario. Por los cristales rotos llega el chirrido de la grúa, el estruendo del martillo mecánico, las órdenes del aparejador, el maullido de un gato. Los ojos de María parecen despertar.

—Espérate un poquito, Moña. Enseguida vamos. Enseguida tendrás tu comida.

Los siete gatos negros - Ellery Queen

La campanilla vibró sobre la puerta del "Estableci­miento de Venta de Animales Domésticos", de Amsterdam Avenue, y Mr. Ellery Queen, frunciendo la nariz, entró en él. La extensión y la variedad de hedores del diminuto comercio no habrían avergonzado al mismísimo Jardín Zoológico de Nueva York. No obstante ello, sólo alojaba bestezuelas de escasísimas proporciones, todas las cuales, al segundo preciso de su entrada al local, inicia­ron un espantoso coro.

—¡Buenas tardes! —articuló una voz ríspida—. Soy Miss Curleigh. ¿En qué puedo servirle?

En mitad del pandemónium, encontróse Mr. Ellery Queen bajo la mirada de un par de ojos mercuriales. Me­diaban también otros detalles (la joven era esbelta, con abundosas guedejas, curvas graciosas y un hoyuelo risue­ño); pero los ojos atrajeron al momento su atención. Miss Curleigh, ruborizándose, repitió la pregunta.

—Excuse usted... —respondió Ellery, volviendo a su asunto—. En el reino animal no existe, al parecer, una proporción decente entre la fuerza de los pulmones y el... ¡ejem!... aroma, por un lado, y el tamaño, por el otro. Miss Curleigh, ¿sería posible adquirir aquí un ejem­plar canino, relativamente silencioso y bien oliente, con pelo castaño, oídos inquisitivos y patas más o menos tor­cidas?

Miss Curleigh frunció el entrecejo. Por desgracia, no tenía "terriers" irlandeses. El último se lo había llevado una solterona... ¿Acaso un "scottie"...?

Mr. Queen frunció el entrecejo. No; Djuna le había pe­dido un "terrier" irlandés; ningún substituto serviría.

—Espero recibir mañana noticias de nuestras perreras de Long Island —contestó la muchacha—. Si quiere de­jarme su nombre y dirección...

Mr. Queen, admirando las pupilas de la joven, contestó que "encantado".

Cuando Miss Curleigh hubo leído lo escrito por Ellery, desapareció de su rostro la máscara comercial:

—¿Cómo? ¿Usted es Mr. Ellery Queen? —exclamó—. ¡Qué sorpresa! ¡He oído hablar tanto de usted, Mister Queen! Y vive precisamente a la vuelta, por la calle 87... ¡Qué emocionante! Nunca esperaba conocerle...

—Ni tampoco yo, señorita —susurró Ellery.

La joven se ahuecó los cabellos:

—Una de mis mejores clientes reside enfrente de su casa, Mr. Queen; casi podría asegurarle que es una de mis más frecuentes clientes. ¿No la conoce usted? Es una tal Miss Euphemia Tarkle.

—Nunca tuve ese placer —contestó Mr. Queen, abstraí­do—. ¡Qué ojos tiene usted! Digo... ¿Euphemia Tarkle? ¡Vaya un mundo de maravillas! ¿Su nombre es tan inve­rosímil como su ser?

—¡Oh! ¡Qué grosería! —replicó Miss Curleigh, seve­ra—. Confieso que la pobre es bastante rara, pero... Es una anciana con carita de rata... e inválida... Pequeñita, frágil, endeble... A decir verdad, está loca de remate.

—La abuelita del cuento del lobo, sin duda —manifestó Ellery, tomando su bastón—. Gatos, ¿no?

—¡Oh! ¿Cómo lo adivinó, Mr. Queen?

—Siempre son gatos —murmuró él, con acento tétrico.

—¡Usted la encontraría tan interesante, Mr. Queen! —expresó la muchacha.

—¿Y por qué yo, Diana mía?

—Mi nombre —aclaró Miss Curleigh— es Marie. ¡Es que ella es tan extravagante, Mr. Queen! Y tengo enten­dido que las gentes extravagantes siempre a usted le inte­resaron...

—Al presente —contestó Ellery— me encuentro gozan­do del fruto de la indolencia.

—Pero, ¿sabe lo que hace Miss Tarkle?

—No tengo de ello ni la más remota idea —dijo Mister Queen.

—Pues, me ha venido comprando gatos, a razón de uno semanal, durante varias semanas.

Mr. Queen suspiró, lúgubremente:

—No veo ningún motivo especial para nutrir sospe­chas. Una anciana inválida, una pasión por los gatos... ¡Oh, sí! Tuve una vez una tía solterona que era como Miss Tarkle.

—Eso es lo extraño del caso —prorrumpió la mucha­cha—. ¡A ella no le gustan los gatos!

—¿Y cómo lo sabe usted?

—Su propia hermana me lo dijo y... ¡Chitón, "Pirulo"! Miss Tarkle es paralítica, y su hermana Sarah-Ann la cuida y atiende las necesidades del hogar; ambas son mu­jeres de edad, y se parecen muchísimo. Se me figuran momias resecas por los años. Bien, hace un año vino Miss Sarah-Ann para adquirir un gato negro, aclarando que, como no contaba con mucho dinero, no podría com­prar uno de buena raza; le conseguí un gato vulgar...

—¿No le solicitó un gato negro?

—No... Dijo que cualquiera serviría. Pocos días des­pués regresó, inquiriendo si podía devolvérmelo a cambio del dinero pagado por él. Explicó que su hermana Euphemia detestaba los gatos y agregó que, desde que vivía poco menos que con el dinero de la hermanita, no podía enemistarse con ella. Sintiendo algo de lástima, le contesté que le devolvería el dinero; pero supongo que cambió de opinión, o bien que su hermanita Euphemia mudó la suya, porque Sarah-Ann Tarkle no volvió nunca más a la tien­da. De todas maneras, así supe que Miss Euphemia detes­taba los gatos.

—¡Extraño! —murmuró Ellery—. ¡Una verdadera saga! ¿Dice que esa Euphemia los ha venido adquiriendo a razón de uno semanal? ¿Qué clase de gatos compra, Miss Curleigh?

—Ordinarios, Mr. Queen. Por supuesto, como posee muchísimo dinero (al menos, eso es lo que afirma la hermanita) traté de venderle un "angora", o un "maltés", premiado. Pero sólo quería gatos semejantes al llevado por Sarah-Ann. Gatos negros...

—¿Negros?... ¿Es posible que...?

—¡Oh! ¡No es nada supersticiosa, Mr. Queen! En cierto modo, es mujer rarísima. Compró gatos negros con ojos verdes, todos del mismo tamaño. Pensé, con razón, que eso era extraño.

Las narices de Ellery aletearon un poco, mas no ya por los olorcillos del "Establecimiento de Venta de Animales Domésticos", de Miss Marie Curleigh. ¡Una anciana invá­lida, llamada Tarkle, que adquiere, semanalmente un gato negro con ojos verdes!

—¡Muy extraño! —murmuró—. ¿Desde cuándo se viene sucediendo esto?

—¡Ah! ¡Ya está interesado, Mr. Queen! Hace cinco se­manas; entregué el sexto ejemplar el otro día.

—¿Lo entregó usted misma? ¿Acaso esa mujer está totalmente paralizada?

—¡Oh, sí! No puede dar un paso. Desde hace diez años, las cosas han estado sucediendo así. Las dos hermanas no vivían juntas antes de la época en que Euphemia sufrió el ataque de parálisis. Al presente, depende aquélla por entero de su hermana: comidas, baños, vesti... en toda suerte de atenciones...

—En tal caso, ¿por qué no enviaba a la hermana en busca de los animales? —inquirió el detective.

—No lo sé. Miss Euphemia siempre me telefonea (tiene un aparato al lado de la cama y puede usar los brazos lo suficiente como para alcanzarlo), cada vez que precisa gatos. La orden es siempre la misma: negro, macho, ojos verdes, de la misma medida que el anterior, y lo más barato posible.

—¡Fantástico! —dijo Ellery—. Dígame, ¿cómo obraba la hermana Sarah-Ann cuando usted hacía entrega de las bestias?

—¡Chitón, "Fifí"! Eso sí que no podría contestárselo, Mr. Queen, porque nunca la encontraba allí.

Ellery dio un respingo:

—¿Cómo que nunca la encontraba allí? ¿Qué es eso? ¿No aseguraba usted que Euphemia es inválida absoluta y que...?

—Sí; lo es; pero Sarah-Ann sale a tomar aire todas las tardes, y su hermana queda sola unas pocas horas. Creo que en esos momentos la paralítica me llama por teléfono. Además, me previno que fuera a determinada hora, y como nunca topé con Sarah-Ann al hacer entrega del pedido, imagino que la paralítica trataba de mantener se­creta la compra de los gatos. Penetré en el departamento las veces aludidas porque Sarah-Ann deja sin llave la puerta cuando sale a sus paseos. Euphemia me recomendó una y otra vez que no dijera nada sobre los gatos.

—¡Más y más complicado! —murmuró Ellery—. Miss Curleigh, ha dado usted en algo morboso...

La muchacha palideció:

—¿No supondrá usted que...? ¿No pensará que ellas...?

—¿Insultos ahora? Sí; pienso. Y por eso me siento perturbado. Por ejemplo, ¿cómo diablos esperaba mante­ner secreta la compra de los mininos? ¿Sarah-Ann es ciega?

—¿Ciega? ¡No! Y la vista de Euphemia es, asimismo, perfecta.

—Tómelo como un sabroso chiste. Esto no tiene ni pies ni cabeza, Miss Curleigh —aseveró el detective.

—Bueno, —respondió ella— al menos conseguí des­orientar al gran Ellery Queen... Apenas me llegue un "terrier" irlandés le llamaré a...

Mr. Ellery Queen, tomó de nuevo su bastón:

—Miss Curleigh, soy un incurable entremetido. ¿No le agradaría ayudarme a husmear en los asuntos de las hermanitas Tarkle?

—¿Habla usted en serio? —balbuceó ella.

—¡Completamente en serio!

—¡Oh! ¡Con muchísimo gusto! ¿Qué debo hacer?

—Pues lléveme hasta el departamento de las Tarkle y presénteme como viejo parroquiano suyo. Diremos que el gato vendido el otro día a Miss Tarkle me había sido prometido a mí, que soy un terco aficionado a los gatos, y que no quiero ningún otro, y que se ve usted obligada a tomar de vuelta el felino de marras y entregarle otro parecido. Es decir, cualquier pretexto que me permita verla y hablarle. Promedia la tarde, Miss Curleigh; es muy posible que Sarah-Ann esté en algún cinematógrafo, derritiéndose ante Clark Gable. ¿Qué me contesta?

—Pues contesto que eso es... demasiado hermoso para decirlo en palabras, Mr. Queen. Aguarde un minuto mientras empolvo la nariz y dejo a alguien a cargo del comercio. ¡No quisiera perderme esta emoción por nada en el mundo!

    Diez minutos después ambos jóvenes deteníanse ante la puerta del departamento 5-C, del "Amsterdam Arms", contemplando en silencio dos botellas de leche, llenas, que estaban sobre el piso del corredor. Miss Curleigh parecía asustada; Mr. Queen se agachó; al enderezarse de nuevo, también puso cara perpleja:

—De ayer y de hoy —murmuró, colocando la mano sobre el picaporte y empujando; la puerta estaba cerrada con llave—. ¿No decía usted que la hermana deja la puerta abierta cuando sale?

—Tal vez esté en la casa —dijo la muchacha—. O si salió, es posible que olvidara descorrer la llave.

Ellery oprimió el botón del timbre. No hubo contes­tación. Llamó nuevamente, y luego gritó:

—Miss Tarkle, ¿está allí dentro?

—No alcanzo a comprender —dijo Miss Curleigh—, ¡Miss Euphemia tendría que haberle oído! El departa­mento sólo tiene tres habitaciones, y tanto el dormitorio como la sala dan, directamente, sobre un pequeño "foyer", al otro lado de la puerta. La cocina está directamente más adelante.

Ellery llamó otra vez, a voz en cuello. Tampoco hubo respuesta...

—¡Oh, Mr. Queen! —balbuceó Miss Curleigh—. ¡Algo terrible sucedió aquí!

—Vamos a ver al superintendente del edificio —dijo Ellery, calmosamente.

Encontraron el clásico cartellillo:

"superintendente potter"

sobre una puerta de la planta baja. Ellery pulsó el timbre.

Una mujer rechoncha les abrió la puerta del departa­mento. Secándose las manos en el delantal y echándose atrás unos mechones de greñas grises, gruñó:

—Bueno, ¿qué pasa?

—¿Es usted Mrs. Potter?

—Sí. No tenemos departamentos desalquilados. El por­tero podría haberles informado de...

—¡Oh! —articuló Ellery—. No buscamos departamento, Mrs. Potter. ¿No está el superintendente?

—No; no está —masculló la mujer—. Consiguió un tra­bajo extra en la fábrica de productos químicos de Long Island y no vuelve a casa hasta después de las tres y media. ¿Qué quieren con él?

—Bien, estoy seguro de que usted servirá lo mismo, Mrs. Potter. Esta señorita y yo no logramos recibir con­testación del departamento 5-C. Veníamos a visitar a Miss Tarkle y...

La mujer hizo una mueca:

—¿No está abierta la puerta? Por lo general, no se encuentra cerrada a estas horas de la tarde. La lista salió, pero la paralítica...

—Está cerrada con llave, Mrs. Potter, y no recibimos contestación a nuestras llamadas.

—¡Curioso! —chilló la mujer—. No entiendo cómo... Miss Euphemia es una vieja baldada; nunca sale del departamento. ¡Oh! ¿Habrá sufrido un ataque la pobrecilla?

—Espero que no, señora. ¿Cuándo vio usted por última vez a Miss Sarah-Ann?

—¿A la lista? Veamos... Hace dos días... ¡Oh! Pen­sándolo mejor, recuerdo que desde hace dos días no he visto tampoco a la paralítica, caballero.

—¡Cielos! —articuló la muchacha, evocando las dos botellas de leche—. ¡Dos días!

—¿De modo que usted visita, ocasionalmente, a Miss Euphemia? —preguntó Ellery.

—Sí, señor. De vez en cuando me llamaba por teléfono a la tarde, cuando su hermana estaba ausente, para que le llevara algo al incinerador, o para que le hiciera algún mandado. El otro día le llevé una carta al correo. Ella... siempre me da propina... Pero pasaron dos días sin que...

Extrayendo algo del bolsillo, Ellery lo puso bajo los azorados ojuelos de la mujer.

—Mrs. Potter, —dijo, secamente— necesito entrar en el departamento. Pasa allí algo anormal. ¡Déme la llave maestra!

—¡Po... po... policía! —tartamudeó la mujer; de im­proviso, salió a escape y regresó con una llave que entregó al joven—. ¡Oh! ¡Ojalá que Mr. Potter estuviera ya en casa! —gimoteó—. No necesitaría...

—¡Ni una palabra de lo ocurrido a nadie, Mrs. Potter!

Dejándola boquiabierta y consternada, entrambos jóve­nes regresaron en ascensor hasta el quinto piso.

—Tal vez sea mejor, Miss Curleigh, que no entre usted conmigo al departamento —aconsejó Ellery, dulcemente, insertando la llave en la cerradura—. Es posible que no sea esto muy agradable para una señorita. Yo... — enmu­deció repentinamente, agazapando su cuerpo. ¡Alguien les acechaba al otro lado de la puerta!

Resonó el inconfundible ruido de pies corriendo, acom­pañado por un raspamiento irregular, como si algo fuera arrastrado sobre el piso. Volviendo la llave, Ellery hizo girar el picaporte con la celeridad del rayo; la muchacha jadeaba a sus espaldas. La hoja desplazóse un dedo... y acabó por atascarse... ¡Los pies fueron alejándose a la carrera!

—¡El muy granuja trabó la puerta! —masculló Ellery—. ¡Atrás, Miss Curleigh! —dicho esto, embistió contra la hoja; estalló un crujido y la puerta saltó hacia adentro, derribando una silla destrozada—. ¡Demasiado tarde!

—¡La escalera de incendio! —chilló la muchacha—. ¡En el dormitorio... a la izquierda!

Lanzándose dentro de una habitación estrecha, pro­vista de dos lechos gemelos, el joven se abalanzó hacia una ventana abierta. Sin embargo, no se veía a nadie en la escalera de incendios. Echó un vistazo para arriba: una escalera de hierro iba curvándose y desapareciendo por sobre su cabeza.

—Temo que el pillastre haya desaparecido por el tejado —musitó—. Bien, vamos a examinar el cuarto. Aparen­temente, no hubo derramamiento de sangre. ¿Quién nos dice ahora que todo esto no sea humo de paja? ¿Ve usted algo interesante?

La jovencita señaló con dedos trémulos:

—Ésa es su... su cama... ¡el lecho desordenado!... Pero, ¿dónde está esa pobre mujer?

La otra cama estaba perfectamente en orden. En cam­bio, la de Miss Euphemia Tarkle hallábase en indescriptible revoltijo. Las sábanas habían sido arrancadas y el colchón fue tajeado; parte del cutí yacía por el suelo; las almohadas habían sido destrozadas; una depresión del centro del colchón indicaba el lugar en que descansaba la inválida.

Inmóvil, estudiaba Ellery la cama de Miss Euphemia. Enseguida, dio unas vueltas por los gabinetes, cerrando y abriendo puertas, huroneando por doquier, seguido por la muchacha, Ellery miró la sala, la cocina y el cuarto de baño. Verificó entonces que, excepto la cama de Miss Tarkle, nada parecía alterado. El lugar, empero, trasun­taba algo desagradable. Todo parecía indicar como si la violencia le hubiese visitado en mitad del silencio; una bandeja con platos, cubiertos y comida a medio terminar estaba sobre el piso, casi bajo la cama.

—¡Es tan... raro! —musitó Miss Curleigh—. ¿Dón­de está Miss Euphemia? ¿Y su hermana? ¿Y quién era ese... ese individuo que atrancó la... la puerta?

—Y lo que más hace al caso —respondió Queen, con­templando la bandeja con alimentos— ¿dónde están los siete gatos negros?

—¿Sie...?

—Sí; la bestezuela de Sarah-Ann y las seis de Euphe­mia.

—Acaso saltaron por la ventana cuando aquel hombre...

—Sí... ¡tal vez! ¡Y no diga "hombre"! Nada sabemos todavía —el joven miró en torno—. Si los gatos huye­ron, eso ocurrió hace unos minutos, porque el pestillo de la ventana ha sido forzado, indicando que ella estaba cerrada y por consiguiente, que los... —enmudeció re­pentinamente—. ¡Hola! ¿Quién anda allí? —gritó vol­viéndose.

—Soy yo —dijo Mrs. Potter —. ¿Dónde está...?

—¡Desapareció! —contestó Ellery—. ¿Está segura de que no vio hoy a las hermanas Tarkle?

—Ni hoy ni ayer, señor. Yo...

—¿No advirtió la presencia de alguna ambulancia en las cercanías estos dos últimos días?

La superintendenta palideció como un espectro:

—¡Oh, no, señor! No atino a comprender cómo Miss Euphemia consiguió salir. ¡Si no puede dar un paso! Si la llevaron en vilo, alguien tendría que haber reparado en ello. ¡De seguro, el portero! Se lo pregunté; pero no vio nada. Cualquiera diría que...

—¿No sería posible que su esposo haya visto a alguna de ellas, o a las dos, en estos dos últimos días?

—¡No, señor! Él estuvo con ellas anteanoche. Harry se ha estado ganando unos dólares extra; Miss Euphemia quería que el casero decorara y empapelara el departa­mento, pero él no aceptó. Bien, hace cosa de un mes, Miss Euphemia le preguntó a Harry si podía hacerle ese trabajo en ratos libres, por lo cual le abonaría determina­da suma, inferior, desde luego, a la que percibiría un de­corador profesional. Mi esposo ha venido haciéndolo en sus momentos desocupados, especialmente por la noche. 

¡Oh! ¡Harry es diestro! Aquí realizó una labor esplén­dida. Bonito empapelado, ¿verdad? Por eso les dije antes que anteanoche él había vuelto a ver a Miss Euphemia. —Un pensamiento calamitoso cruzó, al parecer, por su mente—. ¡Oh! Si algo le ocurrió a la baldada, nosotros... nosotros no cobraremos el trabajo... Todo ese esfuerzo... Y el casero...

—Sí, sí —interrumpió Ellery—, Mrs. Potter, ¿hay ratas o lauchas en la casa?

Entrambas mujeres perdieron el color:

—No, señor. No queda ni una sola —farfulló la Pot­ter—. Vino la cuadrilla desratizadora y...

Calló a su turno. Volviéronse todos a la puerta al oír ruidos en el vestíbulo. ¡Alguien entraba!

—¡Adelante! —gritó el detective al ver ante sí un rostro bobalicón, asomado, tímidamente, por la puerta del dor­mitorio.

—¡Ejem! Excúsenme, por favor —dijo el recién lle­gado, nerviosamente—. Creo que me equivoqué de depar­tamento. .. ¿Vive aquí Miss Euphemia Tarkle?

El desconocido era alto, joven, con cabellos color zana­horia; usaba un traje raído, de corte anticuado; cargaba en la mano una gastada valijilla de cuero.

—Sí, aquí es —replicó Ellery, con sonrisa amistosa—. ¡Entre, entre! ¿Podría preguntarle quién es usted, joven?

—Pero, ¿dónde está tía Euphemia? —balbuceó el otro—. Soy Elías Morton, Jr. ¿No vive ella aquí? ¿No está ahora?

—¿Dijo "tía" Euphemia, Mr. Morton?

—Soy su sobrino, señor. Vine de Albany. ¿Dónde...?

—¿Es la suya una visita inesperada, Mr. Morton? —murmuró Ellery.

El joven pestañeó, reteniendo todavía su raída valija. Dejándola caer luego sobre el piso, rebuscó en sus bol­sillos hasta extraer de ellos una sucia y arrugada carta:

—Yo... yo recibí esto días pasados —tartajeó—. Hu­biera venido más pronto, si mi padre no se hubiera des­compuesto por... ¡No lo entiendo!

Ellery arrancóle la misiva. Garrapateada penosamente, sobre una hojita de papel ordinario, la carta, escrita con los torpes dedos de la ancianidad, rezaba así:

"Querido Elías:

Sé que hace muchos años que no tienes noticias de tu tía Euphemia; pero ahora te necesito, Elías, porque tú eres el único pariente carnal hacia quien puedo volverme en mi Horrible Desventura. Estoy en gravísimo peligro, mi querido muchacho. Debes ayudar a esta pobre vieja inválida. ¡No le digas nada a papá ni a nadie! Cuando llegues a casa, finge que has venido a visitarnos. ¡No lo olvides! ¡Por el cielo, no me desampares! ¡Ayú­dame! Tu tía que tanto te quiere

euphemia".

—¡Notable mensaje! —murmuró Ellery—. Escrito a impulsos del temor, Miss Curleigh. Y perfectamente genuino. ¿Que no se lo diga a nadie, eh? Bien, Mr. Morton, mucho me temo que haya llegado demasiado tarde.

—¿Demasiado...? Pero... —el semblante del joven perdió color—. Quise venir enseguida de recibir la carta, pero mi padre se descompuso de gravedad tras una de sus frecuentes borracheras y... y no pude hacer el... el viaje... ¡No sabía qué hacer! Vine y... ¡Oh! Pensar que... Yo...

—¿Es ésta la escritura de su tía?

—¡Oh, sí!

—Colijo que su padre no es hermano de las Tarkle, ¿eh?

—No, señor. Mi mamaíta era hermana de ellas... ¡que Dios la tenga en su santa gloria! ¿Está... está muerta la tía Euphemia? ¿Y dónde se encuentra tía Sarah-Ann?

—Ambas han desaparecido —explicó el detective, rela­tándole, concisamente, cuanto descubrieran; el jovencito de Albany parecía a punto de perder el sentido—. Inves­tigo... ¡ejem!... extraoficialmente este asunto, Mr. Morton. Cuénteme cuanto sepa con respecto a sus dos tías.

—Es poco, señor. En los últimos quince años no las he visto. Bueno, sólo una vez recibí noticias de tía Euphe­mia, y dos o tres de tía Sarah-Ann. Nosotros... ellos sabían... Es decir, sabía yo que tía Euphemia comenzó a portarse de modo extravagante después de sufrido su... ataque, señor. 

Tía Sarah-Ann escribió diciéndonos que Euphemia poseía algún dinero, legado del abuelito, y que se mostraba muy tacaña, regateándole hasta el último centavo gastado... Tía Sarah-Ann, en cambio, no tenía un cobre, viéndose obligada a vivir con Euphemia y cuidar de ella y de la casa. Parece ser que tía Euphemia no tenía confianza en los bancos y que había escondido el dinero en alguna parte. Nadie sabía dónde, ni siquiera tía Sarah-Ann. 

No quiso dejarse atender por ningún médico después del ataque para no gastar en honorarios. No congeniaron nunca; siempre tenían renci­llas, según me escribió tía Sarah-Ann; y tía Euphemia la acusaba todos los días de robarle su dinero; tía Sarah-Ann me aseguraba en la carta que no sabía cómo aguantar esa situación. Eso es todo... todo cuanto sé, señor.

—¡Pobrecillas! —murmuró la muchacha—. ¡Qué horri­ble existencia! No podríamos hacer responsable a Miss Tarkle de...

—Dígame usted, Mr. Morton, —dijo Ellery, arrastrando las palabras— ¿es verdad que su tía Euphemia detestaba los gatos?

—¡Oh! ¿Cómo... lo sabe, señor? Sí; los detesta. Tía Sarah me hablaba de eso en sus cartas. Ese odio moles­taba bastante a Sarah-Ann, pues ella quiere mucho a los gatos y los trata como si fueran hijos suyos. Tía Euphe­mia siente celos de ese cariño y entonces... Creo que... En fin, no congeniaban, señor, no congeniaban. Es decir, que no congenian...

—A mí me parece que estamos tropezando con per­donables dificultades en cuanto al tiempo de verbo, Mr. Morton —dijo Ellery—. Después de todo, no tenemos pruebas de que sus tías no hayan salido de vacaciones o estén haciendo alguna visita. ¿Por qué no se aloja en algún hotel cercano? Ya le informaremos de los aconte­cimientos —garabateó el nombre y la dirección de un hotel de la calle Setenta sobre una hojita del anotador—. No se aflija. No tardará en recibir novedades —dicien­do esto, empujó al azorado jovencito fuera del departa­mento; instantes más tarde, percibieron el chasquido de la puertecilla del ascensor—. ¡El clásico primo del campo en carne y hueso! —glosó Ellery, lentamente—. Mis Curleigh, permítame refrescar mi vista en su hermosura. Gente como ese pobre Mr. Morton debiera ser prohibi­da por ley. —Después de un instante de vacilación, se dirigió al baño. Miss Curleigh, ruborizándose, le siguió.

—¿Qué es esto? —oyó decir al detective, ásperamen­te—. ¡Mrs. Potter! ¡Vuelva en sí! ¡Demontres!

—¿Qué es lo que pasa ahora? —gritó la muchacha, lanzándose al cuarto de baño tras él.

Mrs. Potter, con sus poderosos antebrazos como carne de gallina, azorados los ojos, la boca entreabierta, clavaba la vista en la bañera. La mujer profirió algunos sonidos ininteligibles, hizo girar los ojos y luego huyó del depar­tamento.

—¡Oh! ¡Dios mío! —gimió la muchacha—. ¡Qué horrible!

—Horrible —afirmó Ellery— y esclarecedor. Pasé por alto este detalle cuando estuve antes por aquí... —en­mudeciendo, curvóse sobre la bañera.

Un gato negro, rígido e inerte, repulsiva masa de san­gre y de pelos, yacía dentro de la bañera; tenía la cabeza destrozada y descoyuntado el cuerpecillo. Su sangre había formado cuajarones en las paredes de porcelana. El arma, arrojada a un lado por la mano del matador, estaba junto al cadáver: un cepillo de baño, cubierto de sangre, con un pesado mango.

—Esto explica, por lo menos, la desaparición de uno de sus gatos, Miss Curleigh —murmuró el detective—. Fue muerto a golpes con ese cepillo. No hace aún 24 horas que murió, a juzgar por su aspecto. Estimada señorita, creo que estamos abocados a la dilucidación de una tragedia pavorosa.

—¡El vil que pudo matar a esa pobre bestia con tanta brutalidad y saña es un... es un monstruo! —vociferó ella—. Si aquella horrible mujer...

—No se olvide usted —apuntó Ellery— que Miss Euphemia es inválida.

  —Bien, este asuntito —bisbiseó el detective— cobra creciente interés, Miss Curleigh. ¿No tiene idea de lo que descubrí aquí?

Habían retornado al dormitorio y se inclinaban sobre la bandeja, que Ellery recogió del piso y depositó en la mesilla de luz. Miss Curleigh recordó que en sus visitas anteriores había encontrado esa misma bandeja sobre el lecho de Miss Tarkle o en la mesa, y que la inválida le explicó que había adoptado el hábito de comer a solas.

—Vi que andaba usted revolviendo cosas con polvo y adminículos, pero... —respondió ella.

—Examen de impresiones papilares —Ellery contem­plaba los cubiertos que había en la bandeja—. A veces, mi equipo de bolsillo presta utilísimos servicios. Usted me vio revisando estos cubiertos, señorita. ¿Afirmaría usted que estos artículos fueron utilizados por Euphemia durante su última comida?

—¡Oh! ¡Por supuesto que sí! En el cuchillo y en el tenedor veo todavía partículas de alimentos.

—¡Exactamente! Los cabos de los cubiertos son super­ficies de plata, en las cuales quedan marcadas las hue­llas digitales —encogiéndose de hombros—. Créase o no, en ellas no encontré una mala impresión digital.

—¿Qué quiere usted decir, Mr. Queen? ¿Cómo es posible?

—El caso es que alguien eliminó toda huella revela­dora frotando los mangos con un pañuelo. Curioso, ¿eh? —Ellery encendió un cigarrillo—. Con todo, examinemos este pequeño enigma. Ante nosotros está la bandeja de Euphemia, con sus alimentos, sus platos y sus cubiertos. Pero si sólo ella manejaba los cubiertos, ¿quién eliminó las impresiones? ¿Ella misma? ¿Por qué? ¿Algún otro? Sin embargo, maldito el sentido que le veo a que alguien se preocupara de borrar las huellas papilares de Euphemia. ¿Acaso no tienen derecho indiscutible de hallarse allí? 

En tal caso, fácil es inferir que, aparte de las impre­siones digitales de Euphemia, los mangos de estos cubier­tos llevaban marcadas las de otra persona, todo lo cual nos explica la actitud del desconocido que se preocupó tanto en hacerlas desaparecer. ¿Por qué? —dijo—. Co­mienzo a ver claro en las cosas. Miss Curleigh, ¿desea usted servir de mensajero de la Justicia? —Miss Curleigh, abrumada, sólo atinó a asentir; empezó Ellery entonces a envolver los restos de comida descubiertos en la bandeja de la inválida—. Lleve este paquetillo al doctor Prouty (aquí está su domicilio) y ruéguele que se lo analice. Espere allá, reciba el informe y vuelva aquí. Trate de entrar en la casa sin ser observada.

—¿La comida?

—¡La comida!

—¿Sospecha usted que pudo ser...?

—La hora de las reflexiones —respondió Ellery, fle­máticamente— ya ha pasado casi por completo.

 Ausente ya la jovencita, arrojó Ellery un vistazo final al cuarto, cerró la puerta principal con llave y guar­dando la llave-maestra que le entregara Mrs. Potter, descendió hasta la planta baja, tocando el timbre del departamento de los Potter.

Abrióle la puerta un individuo rechoncho, de facciones duras y toscas y con el sombrero echado sobre la nuca. Observó Ellery la agitada silueta de Mrs. Potter tem­blequeando por los fondos.

—¡Ése es el policía! —chilló ella—. No te mezcles en...

—¡Ah! Conque es usted, ¿eh? —masculló Potter—. Soy el superintendente, Harry Potter. Cuando llegué de la fábrica, mi mujer me dijo que ocurre algo anormal en el departamento de las Tarkle. ¿Qué pasa ahora?

—¡Vamos! No se asuste, Mr. Potter. Con todo, me ale­gro mucho de que esté en casa, pues necesito con urgen­cia ciertas informaciones que sólo usted podría propor­cionarme. ¿Alguno de ustedes encontró gatos muertos en alguna parte del edificio?

—¡Caracoles! ¡Esto sí que es extraño! Seguramente que hallamos gatos muertos. Mrs. Potter dice que ahora hay uno muerto en el 5-C; nunca imaginé que esas dos viejas fueran las que...

—¿En dónde los descubrió? ¿Cuántos? —preguntó, seco, Ellery.

—Pues abajo, en el incinerador del sótano, señor. Ellery dióse una sonora palmada en la nalga: —¡Desde luego, desde luego! ¡Qué estúpido fui! Ahora veo todo con claridad. ¿El incinerador, eh? ¿No encon­traron seis gatos muertos, Potter?

—¿Cómo lo sabía, joven? —articuló Mrs. Potter, sor­prendida.

—El incinerador, ¿verdad? —reiteró Ellery—. ¿Descu­brió huesos, Potter? Cráneos... tibias...

—¡Ni más ni menos! —exclamó el superintendente—. Yo mismo los hallé. Todas las mañanas vacío el incinera­dor para sacar la basura. ¡Seis cráneos y numerosos huesecitos de gatos! Puse el grito en el cielo, buscando al imbécil que me arrojaba esa inmundicia por el vertedero; pero todos se hicieron los tontos. Por otra parte, no aparecieron todos a la vez. La cosa viene ocurriendo desde hace cuatro o cinco semanas. Uno por semana, poco más o menos. ¡Viejas locas! Si llego a meterles las zarpas en...

—¿Está usted seguro de que encontró seis esqueletos?

—Sí.

—¿Y nada más de índole sospechosa?

—No, señor.

—Gracias, Potter. No creo que sobrevengan nuevas complicaciones. Olvídese del asunto —dicho esto, el detective introdujo un billete en la mano del superin­tendente y salió del vestíbulo.

No anduvo muy lejos. Caminó sólo hasta los peldaños conducentes al sótano. Cinco minutos más tarde introdu­cíase, quedamente, en el Departamento 5-C.

Cuando la muchacha detuvo sus pasos ante la puerta del Departamento 5-C, descubrió que estaba cerrada con llave. Dentro, la voz de Ellery murmuraba algo y, segun­dos después, se oyó el chasquido del receptor telefónico. Tranquilizada ya, Marie llamó; apareció Ellery al ins­tante, la hizo entrar, cerró sin ruido y la condujo hasta el dormitorio, en donde ella se dejó caer en una silla, con un gesto de desilusión.

—¿De regreso de la guerra, eh? —sonrió él—. ¿Y bien, hermanita?

—Ese optimismo pronto se le terminará —exclamó Miss Curleigh—. Deploro mi inservible entusiasmo en...

—¿Qué dijo el bueno de Prouty?

—¡Nada alentador! Simpatizo con su doctor Prouty, aunque sea médico forense o cosa tal, y use un horro­roso gorrillo en presencia de una dama; pero no me regocijaron sus informes. Afirma él que no ha encon­trado absolutamente nada anormal en los alimentos que le remitió, Mr. Queen. Algo putrefactos por el tiempo; fuera de eso, son perfectamente puros y comestibles.

—¡Vaya una malísima suerte, querida mía! —exclamó Ellery, jovialmente—. ¡Ea, Diana! ¡Arriba el ánimo! Es ésa la mejor nueva que podría haberme traído.

—¿La mejor nue...?

—Substituye ello la teoría por el hecho... Ensambla, chiquita, como una brassière en Mae West. Ya hemos arribado —dijo, sentándose frente a la muchacha— a nuestro soñado destino. ¡A propósito! ¿Alguno la vio entrar en el departamento?

—Entré con sigilo por el sótano, y allí subí al ascensor. ¡Nadie me vio! Pero no entiendo cómo...

—¡Recomendable eficiencia! Creo que contamos con cierto tiempo para explicaciones. Gocé de una hora de soledad para reflexionar. Miss Curleigh, posee usted sen­tido común, más la ventaja de la innata astucia femenina, sin duda alguna. Dígame ahora: ¿qué móviles impulsa­ron a una anciana rica, casi por completo paralizada, a adquirir, con cautela y discreción, seis gatos en el tiem­po de cinco semanas cabales?

—Ya le dije que no lo entendía. ¡Es un hondo y obscuro misterio para mí!

—¡Psé! Bien, voy a darle una idea general del suceso. Por ejemplo, todos estos gatos comprados por una mu­jer extravagante en período tan breve sugieren... ¡vivisección! Sin embargo, ninguna de las dos Tarkle se asemeja, remotamente, a un investigador científico. Tal versión queda, pues, descartada. ¿Entendido?

—¡Oh!, sí —replicó Miss Curleigh, anhelante—. Ya entiendo el significado de sus palabras. Euphemia no podría haberlos querido con fines de compañía, puesto que los detestaba.

—¡Precisamente! Discurramos un poco. ¿Para extermi­nar ratas? No; conforme a la declaración de Mrs. Potter, la finca no conoce tal peste. ¿Apareamiento, acaso? No; el gato de Sarah-Ann era macho, y Euphemia únicamente adquiría machos. Además, eran bicharracos ordinarios, y la gente no suele suplir a Cupido cuando se trata de animales innominados.

—Tal vez los compraba para regalarlos —dijo la mu­chacha, cejijunta—. Eso es bien posible, Mr. Queen.

—Posible, sí; pero no verídico, —contestó, frío, Ellery—, si es analizado a la luz de los hechos. El superintendente encontró los restos de seis esqueletos gatunos entre las cenizas del incinerador de abajo; el séptimo se encuen­tra, bien muerto, en la bañera —Miss Curleigh le miraba, muda de estupefacción—. Se me figura que enumeramos las teorías más plausibles. Diga usted algunas de las más disparatadas.

Miss Curleigh palideció:

—¿Acaso por su piel?

—¡Bravo! —rió Ellery—. Ésa es la más disparatada. No; no fue por la piel, pues no hallé piel alguna en el departamento. Y por añadidura, el gato del cuarto de baño está ensangrentado, pero no desollado. Y creo, que podríamos descartar la versión de alimentación, desde que los seres civilizados consideran que devorar gatos entraña resabios canibalísticos... 

Por ventura, ¿para aterrar a Sarah-Ann? Improbable; Sarah-Ann está acos­tumbrada a ellos y además, los adora. ¿Quizá para que la maten a arañazos? Eso sugiere zarpas empozoñadas. En tal caso, empero, tanto peligro correría la propia Euphemia como Sarah-Ann. ¿Y por qué seis felinos? ¿Tal vez a modo de... ¡ejem!... guía en la noche eterna? No, porque Euphemia es vidente y jamás abandona el lecho. ¿Podría imaginar otras versiones peregrinas?

—¡Pero todas esas suposiciones son ridículas.

—No le aplique nombres a mis vagabundeos mentales. Ridículas, sí; pero no es posible ignorar teoría alguna en el curso de un análisis eliminatorio.

—Bueno, acaba de ocurrírseme una que no es un dislate —dijo la muchacha—. ¡Por odio! Euphemia odiaba a los gatos; así, atendiendo a que está loca, según creo, los adquirió únicamente para darse el placer de extermi­narlos.

—¿Y exigiendo que todos ellos fueran machos, negros, con ojos verdes y de idénticas dimensiones? —el joven meneó la cabeza—. Su manía homicida difícilmente podría ser tan exclusivamente concretada. Más aun: ella los aborrecía antes de que Sarah-Ann le adquiriera aquel gato negro del principio. No; queda sólo una versión plausible —saltando de la silla, empezó a pasearse por el aposento—. No es la única posibilidad restante; pero está confirmada por distintos pormenores... La hipótesis se concreta con una palabra: ¡Protección!

—¡Para protección! ¿Por qué? ¡La gente compra pe­rros para defenderse, y no gatos!

—No me refiero a esa clase de protección —replicó Ellery—, sino a una mezcla de deseos de conservar la existencia y de un aborrecimiento incidental por los gatos, que los convierte en instrumentos ideales de tal fin. Es éste un caso horripilante y repulsivo. Euphemia vivía atemorizada. ¿De qué? ¡Pues de ser asesinada por su dinero! Tal suposición está ampliamente confirmada por la carta escrita a Morton; por su avaricia; por su des­confianza en los bancos; y, en resolución, por la anti­patía que sentía por su propia hermana Sarah-Ann. ¿Cómo podrían ser esos gatos eficaz reparo contra el supuesto intento de homicidio?

¡Contra el veneno!

¡Exactamente! ¡Como un catador de alimentos! Una genuina reversión a lo medieval. ¿Existen indicios confirmatorios? ¡En abundancia! Euphemia había adoptado el hábito de comer a solas, lo cual sugiere alguna activi­dad secreta. A más, compró seis gatos en un período breve. ¿Por qué? Pues, porque cada vez que el gato, adquirido en su comercio, oficiaba de catador de alimen­tos, se envenenaba e iba a reunirse con sus infeli­ces antepasados, Miss Euphemia compraba otro para reemplazar al finadito. ¿Entiende? ¡Los mininos sucum­bían envenenados... envenenados por alimentos destina­dos a ser comidos por la solterona! Confirmación definitiva: ¡los seis esqueletos de felinos descubiertos en el incinerador!

—Sí; pero ella no puede caminar —protestó la mu­chacha—. ¿Cómo podría desembarazarse de los cuerpos?

—Conjeturo que Mrs. Potter lo hacía por ella, seño­rita. Recordará usted que esa mujer nos declaró que con frecuencia la llamaba para llevar basuras al incinerador aprovechando la ausencia de Sarah-Ann. La "basura", empaquetada, no era otra cosa que el cuerpo de un fe­lino... sin sus siete vidas...

—Pero, ¿por qué todos los gatos debían ser negros, de ojos verdes y del mismo tamaño?

—Pues, para engañar a Sarah-Ann. Porque Sarah-Ann tenía un gato negro de cierta medida y con ojos verdes. Euphemia se vio obligada a comprar bestias idénticas. El motivo era hacerle creer a la hermanita que el gato negro del departamento era siempre el mismo. Tal cosa sugiere, por cierto, que Euphemia empleó el gato de Sarah-Ann para contrarrestar la primera tentativa de envenenamiento, y que aquél fue la primera víctima del tósigo. Cuando murió, Euphemia compró otro... sin el conocimiento de su hermana...

"¿Cómo sospechaba Euphemia que iba a ser objeto de renovados intentos de asesinato? Eso no lo sabremos jamás, Miss Curleigh. Acaso una simple coincidencia, acaso cierto presentimiento psíquico...”

—Pero si trataba de engañar a Sarah-Ann con respecto a los gatos —susurró Miss Curleigh, pálida de horror— es evidente que sospechaba...

—¡Precisamente! Sospechaba, en verdad, que su her­mana planeaba envenenarla.

La muchacha se mordió el labio:

—¿Podría darme un cigarrillo, joven? —balbuceó—. Yo... —Ellery, en silencio, satisfizo su demanda—. ¡En mi vida conocí cosa más horrorosa! Dos viejas solteronas, hermanas, prácticamente solas en el mundo, una depen­diendo de la otra en cuidados, ésta de aquélla por su subsistencia, viviendo ambas en enemistad... la inválida impotente para defenderse de un ataque... —se estre­meció de asco—. ¿Qué les ocurrió a esas dos desdichadas, Mr. Queen?

—Bien, discurramos brevemente. Euphemia ha desapa­recido; sabemos que se ejecutaron no menos de seis inten­tos de envenenarla, todos ellos infructuosos. Es lógico presumir que sobrevino una séptima intentona y que (dado que Euphemia desapareció en misteriosas circunstancias) la misma fue, desgraciadamente, coronada por el éxito.

—Pero, ¿cómo sabe usted que ella está muerta?

—¿Y dónde está? —preguntó, secamente, el detecti­ve—. La otra posibilidad estribaría en que escapó; pero es baldada; no puede caminar ni abandonar el lecho sin ayuda. ¿Quién la asistiría? Sólo Sarah-Ann, la misma persona sospechosa de tratar de asesinarla. 

La carta al sobrino demuestra que no quería recurrir a la hermana. De esta manera descartamos la versión de fuga, causa por la cual deducimos que, si no huyó, está muerta. Escúcheme con atención: Euphemia sabía que alguien intentaba envenenarla por medio de sus alimentos, por lo que adoptó precauciones. ¿Cómo consiguió entonces el homicida irrumpir en sus defensas, en el reparo del séptimo gato? 

Bien, presumamos que Euphemia dio a catar los alimentos al gato en cuestión, los mismos alimentos que hallamos en la bandeja. Sabemos que no estaban envenenados, de acuerdo con el informe del médi­co forense. El gato, por ende, no sucumbiría envenenado por los alimentos, confirmado esto por el hecho de que fuera destrozado a golpes. Pero si el felino no fue envenenado, tampoco lo fue Euphemia. No obstante ello, todas las pistas revelan que murió por veneno. Así, pues, sólo cabe una contestación: Euphemia murió envenenada, no por la comida, sino mientras comía.

—No entiendo —dijo Miss Curleigh, suspensa.

—¡Los cubiertos! —prorrumpió Ellery, triunfalmente—. Esta tarde le demostré que alguien más que Euphemia había manejado el cuchillo, el tenedor y la cuchara. ¿No sugiere eso, por ventura, que el envenenador envenenó los cubiertos en su séptima intentona? Si, por ejemplo, el tenedor estaba recubierto con un tósigo, incoloro e inodoro, la vigilancia de Euphemia quedaría chasqueada. 

El gato, al recibir trozos de comida con la mano (pues a nadie se le ocurriría alimentar a un gato con cubiertos) no sucumbiría al veneno; en cambio, la solterona, ingi­riendo comida cortada con cubiertos envenenados, pere­cería. Psicológicamente, esta versión parece verídica. Es perfectamente razonable suponer que el asesino, tras seis infructuosas tentativas de envenenamiento, emprendería una séptima, desesperada, variándola en sus pormenores menos esenciales. Tal variación fue acertada, y Euphe­mia acabó por encontrar la muerte.

—Pero, ¿y el cuerpo? ¿Dónde...?

La faz del muchacho mudó de expresión al volverse, silenciosamente, hacia la puerta. Petrificado un instante en actitud de tensa atención, aferró seguidamente el tré­mulo cuerpecillo de Miss Curleigh y, sin articular palabra, la arrojó con rudeza dentro de uno de los gabinetes del dormitorio, cerrando la portezuela tras de ella. La muchacha, medio ahogada en un mar de prendas femeni­nas, retenía el aliento. Recordaba haber oído el débil rechinar de un objeto metálico en la puerta principal. Debía ser el envenenador. ¿Por qué había regresado?

La jovencita estranguló un chillido. Una voz áspera, ronca... el estrépito de una lucha... un choque vio­lento... ¡Ellery y el desconocido estaban peleando!

Miss Curleigh vio rojo. Abrió de golpe la puertecilla del armario, precipitándose fuera como un alud. Ellery yacía en el suelo, en un entrevero de piernas y brazos. Una mano se alzó, blandiendo un cuchillo... Miss Cur­leigh se abalanzó, asestándole un puntapié en instantánea acción refleja. Algo partióse, secamente, y ella cayó de espaldas, descompuesta, al paso que el arma caía de una mano rota.

—¡Miss Curleigh! ¡La puerta! —jadeó Ellery, apre­tando la rodilla contra su adversario.

A través del sordo zumbar de sus oídos, percibió la muchacha fuertes golpes en la puerta, y se arrastró hacia ella como enloquecida. La última cosa que oyó y recordó fue una curiosa avalancha de cuerpos uniformados de azul, que pasaban junto a ella y caían sobre los luchadores.

  —Todo va bien ahora —dijo una voz lejana, y Miss Curleigh, abriendo los ojos, vio a Mr. Ellery Queen, frío y correcto, curvado sobre ella; moviendo la cabecita atur­dida, distinguió la chimenea, las espadas cruzadas del vestíbulo... — ¡No se alarme, Marie! —Sonrió el muchacho—. No es esto un secuestro ni cosa parecida... Ya alcanzó el apetecido Valhalla. Las dificultades aca­baron: se encuentra usted reclinada en el diván de mi departamento.

—¡Ah! —articuló Miss Curleigh, posando los pies sobre el piso—. Yo... yo debo estar... horrible... ¿Qué acon­teció?

—Ya atrapamos al forajido. Descanse, jovencita, en tanto que le preparo un poco de té...

—¡No diga disparates! —protestó ella—. Quiero saber cómo realizó este milagro. ¡No sea exasperante!

—Mande y obedeceré. ¿Qué desea saber?

—¿Sabía usted de antemano que ese monstruo retor­naría al departamento?

—La verdad es que era muy probable. Euphemia había sido envenenada, evidentemente, por su dinero escon­dido. Sucumbió asesinada ayer, a más tardar (¿recuerda la botella de leche de ayer?) o tal vez anteanoche. ¿El homicida había descubierto el paradero del tesoro? En caso afirmativo, era inmotivada la presencia del mero­deador sorprendido esta tarde y que escapó por la ven­tana después de obstruir la puerta principal. No podía ser sino el asesino. Pero si retornó después del crimen fue porque no encontró el dinero cuando lo cometió. Quizás tuvo tantas cosas que hacer que no contó con el tiempo suficiente para buscarlo. 

Al regresar nosotros al piso le sorprendimos con las manos en la masa, en el momento en que, probablemente, acababa de hacer un desastre con la cama de Euphemia. Todo indicaba que no había descubierto todavía el dinero. Si era así, bien sabía yo que volvería: al fin y al cabo, no podía resig­narse a perder tanto tiempo y tantos esfuerzos incesan­tes... Así, pues, me así a la posibilidad de que regresaría cuando imaginara que no había moros en la costa; y como lo pensaba, así fue. Telefoneé solicitando ayuda policial en tanto usted consultaba con el doctor Prouty.

—¿Sabía usted quién era el... el criminal?

—¡Oh, sí! Nada más fácil de demostrar, señorita. El primer requisito exigido para poder ser el criminal era la oportunidad; esto es, a objeto de encontrarse en con­diciones de ejecutar esas repetidas tentativas de envene­namiento, el asesino tenía que estar cerca de Euphemia o de sus alimentos, por lo menos en la época en que co­menzaron dichas intentonas. 

La sospechosa infalible era su hermana. Sarah-Ann tenía motivos para ello: el odio y, posiblemente, la codicia; y, por cierto, contaba con la oportunidad, ya que ella misma preparaba la comida. Con todo, no tardé en eliminarla sobre la base de argu­mentos solidísimos.

"En efecto, ¿quién había apaleado brutalmente al sép­timo gato? O la víctima o el propio asesino; pero no podía ser Euphemia por la razón de que la bestia había sido muerta en el baño y que Euphemia estaba acostada y paralizada en el dormitorio, incapaz de dar un paso. De ello desprendíase la convicción de que el envenenador había ultimado a la bestezuela. Con todo, si Sarah-Ann fuera el criminal, ¿sería lógico y razonable presuponer que hubiera muerto a golpes a un gato, ella, que los adoraba? ¡Oh, no! Total y definitivamente inconcebible. Por ende, Sarah-Ann no era el envenenador...

—Entonces, ¿cómo...?, ¿qué...?

—Sí, ya sé: qué le ocurrió a Sarah, ¿verdad? —Ellery esbozó muecas—. Mucho me temo que la pobrecilla siguió el camino del gato y de su hermana. El asesino había concebido el plan general de asesinar a Euphemia y hacer parecer que Sarah-Ann la había matado, dado que ésta era la sospechosa más evidente. Bueno, su desaparición tiende a demostrar (y la confesión me dará la razón) que esa desdichada fue testigo accidental del crimen y que por eso fue muerta por el envenenador. En ninguna otra circunstancia la habría matado.

—¿Encontraron el dinero?

—Sí. Y dispuesto, casi con descuido, —replicó Ellery, encogiéndose de hombros— entre las hojas de la Biblia que Euphemia guardaba siempre junto al lecho. Un matiz "a lo Poe..."

—¿Y los... los cuerpos? —balbuceó la joven.

—Piense en el incinerador —respondió Ellery—. ¿Acaso no es el medio más lógico de eliminación? El fuego con­sume casi todo. Los huesos restantes podrían hacerse desaparecer con... Bueno, no veo la necesidad de ser más explícito. Ya sabe usted lo que quiere significar, Marie.

—Pero eso significa que... ¿Quién era la bestia... del piso? Nunca le vi antes. ¿No podría haber sido el padre de Mr. Morton...?

—No, hija. ¿Bestia? —Ellery enarcó las cejas—. Miss Curleigh, existe solamente un débilísimo tabique entre el demente y...

—Antes me había llamado Marie —dijo ella.

—Nadie, salvo Sarah-Ann y Euphemia —dijo el joven, con muchísima premura— vivían en el departamento; pese a ello, el envenenador tuvo acceso a los alimentos de la inválida por más de un mes, sin despertar, al pare­cer, ninguna sospecha de su víctima. ¿Quién podría haber gozado de tal situación? Sólo una persona: el hombre que les decoraba el departamento durante el atardecer y la noche (alrededor de la hora de la cena) por más de un mes; el hombre que trabajaba en una fábrica de productos químicos y que, por tanto, conocía como pocos el secreto de los venenos y de su manipulación; el hom­bre, en fin, que cuidaba del incinerador y que podía eliminar los huesos de las víctimas sin peligro para él. En una palabra —concluyó el muchacho, ahogando un bostezo— el señor superintendente del edificio, Mr. Harry Potter.