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Xélucha - Matthew Phipps Shiell


«Va en pos de ella… y no lo sabe…»
(De un diario)

¡Hace tres días! Cielos, parece un siglo. Pero estoy conmocionado… mi razón está pervertida. Hace un rato me sumí en un coma que recordaba en todo a un ataque de petit mal. «Tumbas, y gusanos, y epitafios»: esa es la fantasía de mi sueño. A mi edad, con mi físico, ¡camino tambaleándome, como un hombre acabado! Pero todo eso pasará: debo volver en mí… mi razón está pervertida. ¡Hace tres días, y parece un siglo! 

Sentado en el suelo ante una vieja cista llena de cartas, encontré un paquete de las de Cosmo. ¡Vaya, las había olvidado, ya empiezan a amarillear! En verdad, ya no puedo llamarme joven. 

Me quedé allí leyendo, inmóvil, arrebatado por los recuerdos. ¡Pero divagar es perderse!, debo retorcer el cuello a esa mala costumbre, o disponerme a perecer. Una vez más me deslicé por la laberíntica armonía esférica del minueto, y di vueltas con el vals, mientras las llamas alargadas de los candelabros y el mediodía de la bacanal giraban a mi alrededor. 

¡Cosmo era el auténtico zar y marajá de los sibaritas, el Príapo de los détraqués! En cada alcoba inesperada de su villa romana había un diván elevado, con su necesario escabel, flanqueado y endoselado por espejos de oro puro. La tisis le tenía bien atenazado; cuando al fin se recostaba ante la mesa, hasta que entraba en calor, apenas podía levantar su copa de vino. ¡Sus ojos eran como luciérnagas enroscadas, cercadas por un halo de vaporosas emanaciones de fósforo! Se veía a las claras que libraba una lucha desesperada con la Devoradora. 

Pero hasta el final persistió su sonrisa principesca, hasta el final, entre aquella cómica compañía, siguió siendo el director indiscutido del coro de todos los ritos, ¡no diré de Pafos, pero sí de Quemos y Baal-Peor! Cuando se animaba no rehuía la fiesta, el baile, la cámara oscura. 

Aquella cámara, a la que se accedía por un pasadizo secreto, era negra y opaca, de forma circular, circundada enteramente por otomanas de Marruecos; en el aire cálido flotaban perfumes de bálsamos, de bedelio, y se oían leves sones de flauta y dulcémele. Fue allí donde Lucy Hill apuñaló en el corazón a Caccofogo, al confundir la cicatriz que tenía en la espalda con la marca de Soriac. Y allí, en una bañera de malaquita, un día en que había despertado tarde, encontró la princesa Egla a Cosmo tiesamente muerto, sumergido enteramente en el agua del baño.

«¡Pero en nombre de Dios, Mérimée!», me escribía, «¡pensar que Xélucha está muerta! ¡Xélucha! ¿Puede entonces un rayo de luna perecer de supuraciones? ¿Puede el arcoíris ser comido por los gusanos? ¡Ja, ja, ja, ja, ríete conmigo, amigo mío: “elle dérangera l’Enfer”! ¡Pondrá de moda en Tofet el pas de tarentule! ¡Xélucha, la femenina! ¡Xélucha, que recordaba a las espléndidas rameras de la historia! Llora conmigo: manat rara meas lacrima per genas!

Experta como Targelia, culta como Aspasia, púrpura como Semíramis. Comprendía el tabernáculo humano, amigo mío, sus resortes y humores secretos, más íntimamente que cualquier savant de Salamanca. Tarare… ¡pero Xélucha no está muerta! 

La vitalidad no es mortal; no puedes envolver una llama en un sudario. ¡Xélucha! Entonces, ¿dónde está? Transferida, quizá: raptada a una constelación como la hija de Leda. Viajó hasta el Indostán, acompañada por la comitiva y el fasto de una begum, y amenazó con atacar al Emperador de Tartaria. 

Yo hablé de la desolación de Occidente; ella me besó, y prometió regresar. También te mencionó a ti, Mérimée, “su Conquistador”, “Mérimée, el Destructor de Mujeres”. Vaharadas de invernadero se enredaban en su pelo encrespado, mechones esparcidos sobre esa tez de tulita que tú conoces. Disfrazada cap-à-pie tenía, amigo mío, la delicada complexión de una margarita brillantemente reflejada en el ojo del bruto que pace. 
 
Me dijo que un símil de Milton había inflamado durante años la avidez de su mirada: “Las áridas llanuras de Sericana, por donde a favor de la brisa y de las velas caminan los chinos en sus ligeros esquifes de caña”. Me aseguró que yo, y los sabeos, considerábamos erróneamente la Llama el todo del ser, pues la otra mitad de las cosas es la Luz quintaesencial de Aristóteles. 

En la Jerarquía Urania y el libro de Fausto encuentras una compleción: ardiente serafín, querubín lleno de ojos. En Xélucha se combinaban ambos. Reconquistará el Oriente para Dionisio, y volverá. Oí de ella resplandeciente en Delhi, en una carroza tirada por leones. Después ese rumor… probablemente falso. Como Odín, Arturo y los demás, Xélucha… reaparecerá».

Poco después Cosmo se tendió en su balneum de malaquita, y tras cubrirse con el agua como con una manta, se durmió. Yo, en Inglaterra, oí poco sobre Xélucha: primero que estaba viva, luego muerta, luego que había aparecido en la antigua Tadmor del Desierto, que ahora llaman Palmira. 

Tampoco me preocupaba, pues hacía mucho tiempo que Xélucha se había convertido en mi boca en manzanas de Sodoma. Hasta que me senté junto a la cista de cartas y releí la de Cosmo, llevaba años desaparecida de mi memoria activa.

Ya es inveterado en mí el hábito de dormir durante la mayor parte del día, y vagar por la noche a lo largo y ancho de la ciudad bajo la influencia sedante de una tintura que se ha vuelto necesaria para mi vida. Tal existencia de sombra no deja de tener su encanto, y no creo que haya muchas almas que, sometidas a sus condiciones, no dejarían de ganar en elevación y temor reverencial. 

Viajar solo con el Primordial no puede sino ser solemne. La luna tiene el color de la luciérnaga, y la Noche el del sepulcro. Nux lleva en su seno a Tánatos no menos que a Hipnos, y las lágrimas amargas de Isis confluyen en un manantial. A las tres, si pasa un coche de alquiler, el ruido tiene el tono augusto del trueno. 

Una vez, a las dos, junto a una esquina, encontré a un sacerdote sentado, muerto, sonriendo impúdicamente, con las piernas dobladas. Un brazo, apoyado en una rodilla, señalaba hacia arriba con un índice acusador. Mediante una exacta observación descubrí que apuntaba hacia Betelgeuse, la estrella “a” de la lluviosa Orión. Estaba horriblemente hinchado, pues había muerto de hidropesía. Así, en todos los Supremos hay una grotesquerie; y uno de los hijos de la Noche es… Buffo.

En una plaza de Londres que, me imagino, estará desierta incluso de día, oí acercándose el metálico tintineo argentino de unos zapatitos. Eran las tres de una madrugada de invierno, al día siguiente de mi redescubrimiento de Cosmo. Me había detenido junto a una verja, mirando cómo navegaban las nubes guiadas por una luna envuelta en mantos de inclemencia. 

Al volverme vi a una dama menuda, gloriosamente vestida. Había caminado directamente hacia mí. Llevaba descubierta la cabeza, y el pelo encrespado en ondas que se unían formando un moño, tachonado de joyas, en su nuca. En la redundancia abultada de su décolleté recordaba a Parvati, la diosa del amor de la exquisita fantasía de los brahmanes.

Me hizo esta pregunta:

—¿Qué estás haciendo aquí, querido?

Su belleza me espoleaba, y la Noche es bon camarade

Respondí:

—Tomando el sol por medio de la luna.

—Todo eso es brillo prestado —contestó—, lo has sacado de Las flores de Sión del viejo Drummond.

Al recordarla ahora, no puedo decir que esta réplica me asombrara, aunque por supuesto debería haberlo hecho. Dije:

—Te juro por mi alma que no; pero ¿y tú?

—¡Deberías adivinar de dónde vengo yo!

—Estás radiante: vienes de Paz.

—¡Oh, más lejos que eso, hijo mío! Digamos de un baile privado en el Soho.

—¿Sí?… ¿sola?, ¿con este frío?, ¿andando…?

—Bueno, soy vieja, y soy filósofa. Puedo distinguir allí arriba a la Andrómeda que cabalga del Carnero que es su montura. Se equivocan, M’sieur, quienes suponen la existencia de una atmósfera en la cara ancha de la luna. Tengo razones para creer que en Marte habita una raza de párpados transparentes como el cristal, por lo que sus ojos son visibles mientras duermen, y quien los contempla puede ver todos los sueños desplegándose en un diminuto panorama sobre el iris. ¡No puedes imaginarme como una simple fille! Dejar que te acompañen es admitir que eres una mujer, y eso es impropio en la Nada. El joven Enós conduce un équipage à quatre, pero Artemisa «camina» sola. ¡En nombre de Diógenes, apártate de mi luz prestada! Me voy a casa.

—¿Queda lejos?

—Cerca de Piccadilly.

—Pero ¿un coche?

—Yo no voy en coche, gracias. La distancia no es nada. Ven.

Nos pusimos en marcha. Mi acompañante marcó en seguida una distancia entre nosotros, citando de El coadjutor español que los espacios abiertos son enemigos del amor. Los talmudistas, insistió dos veces, sostienen con razón que la mano es la parte más sagrada de la persona, y en ese terreno también me prohibió el contacto por el momento. 

Caminaba con suma rapidez. Yo la seguía. No se veía un alma por ninguna parte. Finalmente llegamos ante la puerta de una mansión en St. James que parecía deshabitada: no se veía ninguna luz, las ventanas no tenían cortinas, y en algunas había carteles con la leyenda SE ALQUILA. 

Sin embargo, mi acompañante subió corriendo las escaleras y, haciéndome una seña, entró en la casa. Yo la seguí, cerré la puerta de golpe y me encontré a oscuras. La oí subir, y al rato una luz difusa procedente de arriba reveló una ancha escalera que se curvaba en su ascenso. En el piso bajo donde estaba yo no había alfombras, ni muebles; el polvo era espeso. Había empezado a subir cuando, para mi sorpresa, reapareció a mi lado y susurró:

—Hasta arriba del todo, querido.

Subió ágilmente delante de mí. Más arriba no pude dudar ya de que la casa estaba vacía, salvo por nosotros. Todo era un vacío lleno de polvo y ecos. Pero en el último piso brotaba luz de una puerta, y entré en un espacioso salón. 

Quedé deslumbrado por el repentino resplandor de la estancia, en medio de la cual había una mesa puesta, cuadrada, opulenta con platos de oro, frutas y fuentes de comida; del techo pendían tres pesadas arañas de luz eléctrica, y me fijé también (lo que resultaba muy bizarre) en un pequeño candelero de latón, con un resto curvo de sebo, que había en la mesa. 

Pero la impresión del conjunto era de una magnificencia no menos que asiria: un diván de marfil, a un lado de la mesa, tenía una cabecera de calcedonia que formaba un mar donde retozaban ictiosaurios de color esmeralda; tapices cobrizos, alternados con espejos, hacían juego con una bóveda de cobre (aunque esta última, según recuerdo ahora, produjo en mi mirada una clara impresión de mugre). 
 
Mi acompañante se reclinó en un diván sigma, elevado a la altura de la mesa a la manera semítica, visible hasta sus chinelas de satén azafrán. Me indicó un asiento al otro lado, cuya incongruencia en medio de aquel esplendor me hizo tanta gracia que nada en el mundo hubiera podido impedirme esbozar una sonrisa: era una mísera silla de madera, y como no tardé en descubrir, con una pata más corta que las otras.

Señaló el vino en una botella negra, y una copa, pero no hizo el menor ademán de beber o comer; se quedó tendida sobre la cadera y el codo, petite, resplandeciente, mirando gravemente hacia arriba. Sin embargo, yo bebí.

—Se ve —dije— que estás cansada.

—¡Bien poco es lo que tú ves! —replicó ella con aire soñador, casi sin mirarme.

—Vaya, ¿así que has cambiado de humor? Estás taciturna.

—Me imagino que nunca habrás visto una tumba-pasadizo escandinava.

—Y arisca.

—¿La has visto?

—¿Una tumba-pasadizo? No.

—¡Merece la pena el viaje! Son cámaras circulares de piedra, cubiertas por túmulos de tierra, con un «pasadizo» de losas que las conecta con el aire exterior. Todo alrededor de la cámara se sientan los muertos, con la cabeza apoyada en las rodillas dobladas, y celebran consejo en silencio.

—Bebe vino conmigo, y no seas tan tartárea.

—Ciertamente pareces un necio —contestó con sarcástica frialdad—. ¿No es de lo más romántico? Sabes, datan de la Era Neolítica. A medida que caen los dientes, uno a uno, de las bocas sin labios… quedan recogidos en el regazo. Cuando el regazo adelgaza… ruedan al suelo. A partir de entonces, todo diente que cae en la cámara rompe bruscamente el silencio.

—¡Ja, ja, ja!

—Sí. Es como un lento goteo siglo tras siglo en una profunda cueva subterránea.

—¡Ja, ja! ¡Este vino se sube a la cabeza! Se expresan en un dialecto básicamente dental.

—El simio, por otra parte, lo hace en un lenguaje enteramente gutural.

Un reloj de la calle dio las cuatro. Nuestra conversación avanzaba pesadamente, agujereada por silencios. Las exhalaciones del vino llegaban a mi cerebro; la veía a través de una bruma, dilatándose vagamente, volviendo a encogerse en una delicada forma compacta. Pero todo deseo amoroso se había extinguido en mi interior.

—¿Sabes —preguntó— lo que ha descubierto un niñito en una de las kjökkenmöddings danesas? Algo horrendo. El esqueleto de un pez enorme con facciones…

—Eres sumamente infeliz.

—Cállate.

—Estás llena de zozobra.

—Creo que eres un gran imbécil.

—Te atormenta la desdicha.

—Eres un crío. No tienes ningún instinto del significado de las palabras.

—¡Cómo! ¿No soy un hombre? ¿También yo infeliz, preocupado?

—En realidad no eres nada… hasta que puedas crear.

—¿Crear qué?

—Materia.

—Eso es pretencioso. La materia no puede crearse, ni destruirse.

—En verdad, pues, debes de ser una criatura con un intelecto inusualmente débil. Ahora me doy cuenta. Así, la materia no existe, en realidad no hay nada que pueda llamarse así… es una apariencia, un espectro… salvo los imbéciles, todo escritor de Platón a Fichte ha demostrado eso, de forma voluntaria o involuntaria, para siempre. Crear es producir una impresión de su realidad en los sentidos; destruir es pasar un trapo húmedo por una pizarra cubierta de garabatos.

—Quizá. No me importa. Puesto que nadie puede hacerlo.

—¿Nadie? Tú eres un mero embrión…

—Entonces ¿quién?

—Cualquiera cuyo poder de Voluntad sea equivalente a la fuerza gravitatoria de una estrella de Primera Magnitud.

—¡Ja, ja, ja! Cielos, te gusta ser ocurrente. Entonces, ¿existen voluntades de tamaña magnitud?

—Ha habido tres, los fundadores de religiones. Hubo un cuarto: un zapatero de Herculano cuya voluntad indujo el cataclismo del Vesubio en el año 79, en directa oposición a la gravedad de Sirio. Sabes, hay más famas que las que tú has cantado. Estoy segura de que la mayor parte de los espíritus incorpóreos también…

—¡Cielos, no puedo dejar de pensar que estás llena de dolor! ¡Pobre criatura!, ven, bebe conmigo. El vino es espeso y estimulante. ¿No es setiano? Hace que te balancees y te hinches ante mí, lo juro, como una nube púrpura crepuscular…

—¡Pero eres pura pesantez, eso no lo sabía! ¡No eres un compañero! Todos tus pequeños intereses giran en torno a los centros más bajos.

—Vamos… olvida tus agonías…

—¿Cuál, crees tú, es la parte del cuerpo enterrado que buscan primero los gusanos?

—¡Los ojos!, ¡los ojos!

—Estás horriblemente equivocado… estás tan completamente en la inopia…

—¡Dios mío!

Se había inclinado hacia adelante con tal rabia de contradicción que se acercó mucho a mí. Un vestido suelto de seda ambarina, con anchas mangas, había sustituido su traje de noche, aunque no hubiera sido capaz de decir en qué momento; ahora lo advertí, perplejo, cuando se inclinó para apoyar en la mesa las palmas de las manos. Una ráfaga repentina como de flores de azahar, mezclada con el tenue olor de la mortalidad más que madura para la tumba, llenó mi olfato. Un escalofrío me recorrió la carne.

—Yerras tan garrafalmente…

—Por el amor de Dios…

—¡Estás tan miserablemente engañado! ¡No son para nada los ojos!

—¿Entonces qué, en nombre del cielo?

Un reloj anunció las cinco.

—¡La úvula!, esa pizca de carne mucosa, ya sabes, que pende del paladar por encima de la glotis: devoran el tejido de la piel y la mejilla, o se deslizan por los labios entre los dientes defectuosos, llenando la boca. Van derechos hacia ella: es la deliciae de la bóveda palatina.

Sentí náuseas ante el horror de su interés, su olor y sus palabras. Una indecible sensación de insignificancia, de debilidad, me hizo enmudecer.

—Dices que estoy llena de pesares. Dices que estoy atormentada por la aflicción, que rechino los dientes de angustia. Bueno, eres un crío en intelecto. Usas las palabras sin percatarte de su sentido, como esas mentes en lo que Leibniz llama la «conciencia simbólica». Pero supongamos que sea así…

—Es así.

—No sabes nada.

—Te veo retorcerte y penar. Tus ojos están muy pálidos. Creía que eran de color avellana; ahora tienen el tono azulado de trémulas llamas fosfóricas vistas en la oscuridad.

—Eso no prueba nada.

—Pero el blanco de la esclerótica está teñido de amarillo. Y pareces ensimismada. Dime, por tu alma, ¿por qué pareces tan pálidamente ensimismada? ¿Por qué no puedes hablar de nada que no sea el sepulcro y su podredumbre? Tus ojos me parecen descoloridos por siglos de vigilia, por misterios y milenios de dolor.

—¡El dolor!, ¡qué poco sabes de él! ¡Eres todo aire y palabrería! ¡Nada sabes de su filosofía y su rationale!

—¿Y quién sabe?

—Te daré una pista. El dolor es la subconsciencia en los seres conscientes de la Eternidad, y de la pérdida eterna. Un ínfimo pinchazo de alfiler que ni Peán ni Esculapio ni todos los poderes del cielo y el infierno pueden curar del todo. El cuerpo
consciente es subconsciente de una pérdida eterna, y el «dolor» es su suspiro ante esa tragedia. Así ocurre con todo dolor: cuanto mayor sea, mayor es la pérdida. La más enorme de las pérdidas es, por supuesto, la pérdida del Tiempo. Si pierdes eso, en cualquier medida, te sumerges de golpe en los trascendentalismos, las infinitudes de la Pérdida; si lo pierdes todo…

—¡De qué modo tan disparatado exageras! ¡Ja, ja! Te digo que es la aflicción la que te hace perorar sobre lugares comunes…

—El infierno es el lugar donde un Espíritu claro e ilimitado es subconsciente del Tiempo perdido, donde se retuerce de envidia pensando en el mundo vivo, ¡odiándolo para siempre, y a todos los hijos de la Vida!

—¡Pero domínate! Bebe… te lo ruego… yo te lo ruego… por el amor de Dios… aunque solo sea una vez…

—Precipitarse hacia la trampa… ¡eso es aflicción! Arrojar tu barco contra la roca del faro… ¡eso es Mara! Despertar, y sentir la irrevocable verdad de que fuiste en pos de ella… y los muertos estaban allí… y sus huéspedes estaban en las profundidades del infierno… ¡y no lo sabías!… aunque hubieras podido saberlo. Mira ahí fuera las casas de la ciudad en este día que amanece: te digo que no hay una que no esté habitada por algún alma… que recorre de un lado a otro el viejo teatro de su breve Día… espoleando la imaginación con mil trucos pueriles, semejanzas… engañándose minuciosamente con la fantasía de que todavía vive, de que la oportunidad de la vida no está perdida para siempre, para siempre… pero desgarrada todo el tiempo por memorias latentes del Verano desperdiciado, de la breve luz caduca entre las dos tinieblas eternas… ¡desgarrada, te digo y te grito!… ¡desgarrada, Mérimée, demonio destructor!…

Se había puesto en pie de un salto —ahora me parecía alta— entre el diván y la mesa.

—¡Mérimée! —grité—, ¿mi nombre, ramera, en tu boca maníaca? ¡Por Dios, mujer, me inspiras un terror mortal!

También yo me levanté de un salto, con el pelo erizado por el horror de mis fantasías.

—¿Tu nombre? ¿Puedes creer que ignoro tu nombre, o cualquier otra cosa sobre ti? ¡Mérimée! Vamos, ¿acaso no estabas ayer sentado leyendo sobre mí en una carta de Cosmo?

—Ah-h… —brotó la histeria en sollozos y risas de mis labios resecos—. ¡Ah! ¡Ja, ja! ¡Xélucha! ¡Mi memoria se entumece y agrisalla cada vez más, Xélucha! Apiádate de mí… ¡camino por el mismísimo valle de las sombras!… ¡marchito y senil!… mira mi pelo, Xélucha, mis mechones entrecanos… tembloroso, Xélucha, anublado… ¡No soy el hombre que conociste, Xélucha, en los palacios… de Cosmo! ¡Tú eres Xélucha!

—¡Deliras, pobre gusano! —exclamó ella, la cara retorcida por una especie de malicioso desdén—. Xélucha murió de cólera en Antioquía hace diez años. Yo enjugué la espuma de sus labios. Su nariz experimentó una descomposición verdosa antes del entierro. El ojo izquierdo estaba tan hundido en el cerebro que…

—Tú eres… ¡eres Xélucha! —grité—. Así lo aúllan ahora voces de trueno dentro de mi conciencia… y por Dios santísimo, Xélucha, aunque me apestes con el aliento del infierno que eres, te voy a abrazar… vivo o condenado…

Me abalancé hacia ella. Oí la palabra «¡Loco!», como siseada por las lenguas de diez mil serpientes por toda la estancia; por un momento, ante mis ojos desorbitados, pareció elevarse hasta el techo, expandiéndose, una torre de nubes deshilachadas, y en el preciso instante en que mis brazos se cerraban sobre el vacío, por obra de algún poderoso Behemot, me vi violentamente arrojado contra una pared de la habitación, donde caí sin sentido al suelo.

Desperté cuando el sol concluía ya su descenso hacia la noche, y me quedé mirando apáticamente el techo mugriento, y la sórdida silla, y el candelero de latón, y la botella de la que había bebido. La mesa, de madera de pino y sin mantel, estaba muy sucia. 

Todo tenía el aspecto de llevar así muchos años. Aparte de estas cosas la habitación estaba vacía; aquella visión de lujo se había esfumado en el aire. El recuerdo repentino me iluminó como un fogonazo. A duras penas me puse en pie, salí de la casa y eché a correr tambaleándome, dando alaridos, por las calles crepusculares.

El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 1)

La historia que voy a contar es verdadera. Yo respondo personalmente de ello: conocí a todos sus actores y mi relato será lo más fiel posible al sucesivo desarrollo de los acontecimientos que perturbaron y enlutaron a una honorable familia de Dublín. 

A finales del siglo pasado, es decir, a finales de 1790, un tal capitán Barton se instaló en nuestra ciudad, de la que su familia era oriunda. Había servido muy honorablemente en los rangos de la marina real, y durante la guerra de América comandó una fragata. 

Cuando se retiró tenía poco más de cuarenta años y los que le conocían bien estaban de acuerdo en afirmar que era de trato agradable, aunque sujeto a veces a ciertos cambios de humor.

Sea lo que fuere, tenía la reputación de un perfecto gentleman y ni su tono ni sus modales recordaban su historia de marino. Por el contrario, iba siempre elegantemente vestido y se expresaba como un hombre de mundo. Físicamente, era buen mozo, sólido, con un rostro grave, serio, reflexivo, una amplia frente que denotaba una gran inteligencia. De este modo, la perfecta honorabilidad de su nombre, su excelente reputación, así como su fortuna, le daban acceso a los medios más aristocráticos de Dublín.

A pesar de la importancia de sus ingresos, el capitán Barton vivía con sencillez: moraba al sur de la ciudad, en un barrio elegante. El servicio de su casa estaba compuesto por un caballo y un solo sirviente. Se sabía que era ateo, pero su existencia estaba muy lejos de la de un libertino: no practicaba ninguno de los vicios de moda, bebía moderadamente, jamás tocaba las cartas y pasaba la mayor parte de su tiempo en casa, leyendo o soñando. No se le conocían compañeros favoritos como tampoco amigos íntimos, y cuando aceptaba una invitación, se le veía pasear por los salones observando a la gente como un filósofo. Raramente participaba en las conversaciones.

Tenía, pues, la reputación de una persona honesta, ordenada, nada malversadora, poco inclinada a los placeres de la sociedad. Se decía que, dada su prudente conducta, lograría desbaratar las trampas que le tendían las madres con hijas casaderas. Añadían que, por lo que a esto respecta, llegaría a viejo, moriría muy rico y dejaría sus bienes a una obra de caridad.

Pongamos en claro que todos los que se dedicaban a predecir el futuro se equivocaban fundamentalmente en cuanto a las intenciones del excelente capitán Barton. Tuvieron la prueba de ello cuando miss Montague, muchacha cabal y de la mejor sociedad, hizo su entrada en el gran mundo. Esto ocurrió, recuerdo, en casa de la vieja lady L..., tía de miss Montague.

La muchacha era encantadora, y, además, poseía una inteligencia poco común en las jóvenes de su condición. La mimaron, pero su popularidad no pasaba de ahí y, si bien esto halagaba agradablemente su vanidad, no acababa de solucionar sus problemas, y ya empezaba a preguntarse si se convertiría en una solterona. 

En efecto, no poseía nada aparte de sus atractivos personales y ningún pretendiente se le declaraba. Así estaba la situación cuando el capitán Barton le pidió la mano. Es fácil adivinar la sorpresa que esta novedad causó, tanto debido a la pobreza de miss Montague como a la famosa misoginia del antiguo marino.

Naturalmente, lady L... admitió a Barton y extendió por todas partes la noticia de los esponsales: su sobrina aceptó con la sola condición de que el general Montague, su padre, consintiera en ello. El general era aguardado de una semana a otra, de regreso de las Indias. No era equivocado suponer la poca importancia de esta demora, pues el viejo Montague, se decía, sería muy feliz de casar a su hija sin dote, y Barton era muy aceptable como futuro esposo. Así se llegó a considerar al capitán y a la muchacha decididamente prometidos.

En consecuencia, lady L..., que respetaba el viejo código de la costumbre, sacó a su sobrina del torbellino de la vida mundana; es sabido, en efecto, que está muy bien visto enseñar por todas partes a las muchachas casaderas, llevarlas de baile en baile y de fiesta en fiesta hasta que un joven, o un hombre no tan joven, gentleman, se propone desposarlas. A partir de este momento se encierra a la muchacha hasta el día de su boda. 

Sin ser adivino, podemos suponer lo que opinan las damiselas de este trato. Es muy posible que miss Montague no fuera la excepción de la regla y que en el fondo de su corazón maldijera a su tía por alejarla de placeres a los que, a fe mía, empezaba a estimar. Pero como era una chica bien educada, lo aceptó sin protestar. Y desde entonces, Barton tomaba a menudo el camino de la mansión de lady L... A veces almorzaba allí y se le atendía con todos los cuidados con que se trata a un novio... por el miedo a que no cambie de opinión.

Lady L... vivía en una bonita casa situada en el norte de la ciudad, en el lado opuesto al lugar en que vivía el capitán. La distancia que separaba las dos casas era considerable, pero el capitán la recorría, por placer, a pie. Y en particular cuando regresaba a su casa al atardecer. Se marchaba solo, en el calmo anochecer, y tomaba el camino más corto, lo que le obligaba a pasar por una calle nueva, larga y desierta, cuyas casas estaban en su mayoría por terminar.

Una noche, pocos días después de ser admitido oficialmente como novio de miss Montague, el capitán Barton permaneció más tiempo de lo acostumbrado en casa de lady L... Más tarde supe que la discusión había versado sobre cuestiones religiosas y, en especial, sobre las pruebas de la existencia de Dios. Por lo que a esto respecta, Barton mantenía las opiniones de los filósofos franceses ateos y las dos damas no estaban lejos de seguirlo; si bien no compartían totalmente su falta de religión, no veían en ello un motivo suficiente para romper los proyectos matrimoniales. Y, de todas formas, lady L... estaba demasiado empeñada en casar a su sobrina para detenerse ante problemas tan secundarios como entonces le parecían los problemas metafísicos.

La conversación se había desviado hacia lo fantástico y lo sobrenatural. Ante estos temas, Barton había aplicado el mismo escepticismo distinguido que a los precedentes. En este punto debo decir que el capitán era completamente sincero, que su ateísmo y su incredulidad eran para él como una fe negativa y que, en suma, lo menos curioso de la curiosa aventura que he empezado a relatar, no es realmente el hecho de que le ocurriera precisamente a Barton, que negaba cualquier influencia sobrenatural.

El capitán se retiró bastante más tarde de las doce y se fue solo en la noche. Al fin llegó a la nueva calle de la que he hablado. La atmósfera estaba impregnada de una niebla que la luna hacía lechosa; todo era calma y silencio. Barton sentía una punzante sensación de aventura y hacía sonar sus tacones fuerte y claro sobre el pavimento. Quizá hacía cinco minutos que andaba por la calle desierta cuando oyó un ruido de pasos tras de sí.

Barton era un hombre valiente, muchas veces lo había demostrado, pero es muy incómodo sentirse seguido cuando uno camina, por la noche, en un lugar apartado. Se volvió para ver quién le seguía. Ya lo he dicho, había luna llena y se podían distinguir sin dificultades los objetos en esa pálida luz. Pero Barton no alcanzó a distinguir nada, ni hombre, ni animal, y ni siquiera una forma indefinida.

Por un momento pensó que debía ser el eco de sus propios pasos; quiso experimentarlo y martilló el suelo con el tacón, pataleó. Inútil. El aire de la noche no le devolvía ruido alguno. Podía inquietarse, pero no lo hizo e imaginó simplemente, como persona de carácter que era, que había creído oír algo que en realidad no había oído. No era muy propio de él, pero a falta de mejor explicación, aceptó esta como la más racional y reemprendió el camino. Y volvió a empezar, tap-tap-tap, el ruido de pasos volvía a oírse tras de sí.

El capitán Barton, como era persona bien educada, no renegó y se contentó con aguzar más el oído. Los pasos aumentaban o disminuían según un ritmo muy distinto de la marcha del capitán. Comprendió que no podía tratarse del eco, y furioso a la vez que desconcertado, Barton se volvió de nuevo, pero como la primera vez, la calle estaba totalmente desierta. 

Entonces volvió sobre sus pasos, escrutando cada zona de sombras con la esperanza de descubrir al bromista de mal gusto que se burlaba de esta manera de él y de hacerle sentir el peso del bastón en sus espaldas. Pero fue inútil dar vueltas, girar, buscar; no descubrió nada, absolutamente nada.

Por más racional y librepensador que fuera, el excelente Barton sintió que un ligero terror supersticioso le empezaba a dominar. Esto le desagradaba profundamente, pero nada podía contra la angustia misteriosa e incómoda que ahora le atrapaba por el cuello. Dio media vuelta y reemprendió el camino hacia su casa. El silencio le acompañó hasta que llegó al mismo lugar donde se había detenido anteriormente. Desde allí, los pasos volvieron a oírse. El invisible perseguidor parecía correr como si deseara alcanzar al capitán, que cada vez entendía menos lo que pasaba y se inquietaba más por ello.

Volvió a inmovilizarse, se sentía demasiado incómodo y cedió a las absurdas ganas que tenía de gritar:

—¡Dejaos ver, por todos los diablos! —gritó.

El silencio fue la única respuesta y Barton empezó a dudar seriamente de sus sentidos. Se puso nervioso y tuvo que hacer un violento esfuerzo para no ponerse a correr y continuar caminando al mismo paso. Para mayor alivio, su misterioso seguidor le abandonó al final de la calle, y pudo, sin más problemas, volver a su casa.

Una vez sentado tranquilamente en un buen sillón al lado de la chimenea, en la que quemaba un buen fuego, se puso a reflexionar sobre aquella aventura. Progresivamente recuperaba su equilibrio y determinó que había sido el juguete de una alucinación. Por otra parte, estaba demasiado orgulloso de su incredulidad para aceptar la hipótesis de una intervención sobrenatural.

El capitán se levantó bastante tarde a la mañana siguiente y, saboreando su desayuno, pensaba en su aventura con la indiferencia divertida que a veces sentimos, durante el día, cuando evocamos nuestros temores nocturnos. Su sirviente entró sin hacer ruido —tenía órdenes muy severas a este respecto—, puso cerca de su plato una carta y se retiró tan silenciosamente como había entrado.

Barton observó el sobre unos minutos; no tenía nada de particular, la escritura no le recordaba a nadie, aunque parecía expresamente disfrazada. El capitán dudó unos momentos y luego abrió el sobre y leyó la carta que decía lo siguiente:

«Queremos prevenir al capitán Barton, antiguo comandante del Dolphin, que un gran peligro le amenaza. Si es prudente renunciará a pasar por la calle nueva; de no ser así se arriesga a caer en una trampa. Es importante que el señor Barton haga caso seriamente de esta carta, pues puede temerse cualquier cosa del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS.»

Barton hizo una mueca de incomprensión, se encogió de hombros, volvió a leer la carta y la observó detenidamente. Su examen no le descubrió nada nuevo y el sello que había cerrado el sobre no le reveló ningún indicio; sólo era un trozo de cera con la huella de un pulgar.

El capitán, incitado por este desagradable misterio, elaboró mil suposiciones. Realmente no se imaginaba quién podía haber escrito esta incoherente misiva, cuyo autor, al mismo tiempo que le ponía en guardia, le daba a entender que era a él, el firmante, a quien debía temer. Por otra parte, el hecho de que el mensaje le recordara su penosa aventura nocturna acababa por inquietar al excelente Barton. No obstante, no dijo nada de ello a nadie, ni siquiera a su prometida. Podemos suponer con toda lógica que era su orgullo de librepensador el que le hacía callar. 

El capitán Barton podía suponer que, después de sus profesiones de fe de ateísmo, de racionalismo y de librepensamiento, miss Montague tendría fundamento para burlarse de sus terrores nocturnos y del miedo supersticioso que se amparaba de él cuando pensaba en la carta del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS. Y no quería ser el objeto de las burlas de la muchacha, primero porque tenía fama de criticona y luego porque ello habría disminuido, sin duda, el prestigio del futuro esposo.

Con el transcurso del tiempo, acabó por considerar todo aquello como una broma de mal gusto, aunque, no obstante, no podía volver a encontrar la tranquilidad de espíritu que, no hacía mucho, le era propia. Por otra parte, durante muchos días, evitó la nueva calle... Una semana más tarde, aconteció un nuevo incidente que despertó en Barton las desagradables sensaciones que había sufrido.

Aquella noche volvía del teatro, había acompañado a lady L... y a su sobrina al coche y caminaba en compañía de algunas personas conocidas. Se despidió de ellas cerca de los austeros edificios de la Universidad y continuó solo el camino. Quizá era la una de la madrugada; todo estaba quieto y desierto alrededor de Barton, que andaba de prisa. 

Ya antes de despedirse de sus compañeros había tenido la impresión de que le seguían. Furtivamente había mirado hacia atrás, más o menos consciente de que aquello volvía a empezar, que volvería a ser perseguido sin saber por quién. Esperaba ver algo, lo que le habría tranquilizado, pero no había visto nada.

Y ahora que estaba solo, se sentía cada vez más nervioso, cada vez más aterrorizado. Dado que el ruido de pasos era cada vez más fuerte, más insistente. Durante todo el rato que siguió a los muros que rodean el parque de la Universidad, los pasos le siguieron. Muchas veces se volvió sin ver tras de sí nada más que el creciente de luna que parecía provocarle.

Barton estaba bajo una tensión nerviosa tan intolerable que incluso cuando llegó a su casa no pudo calmarse y permaneció en pie toda la noche, recorriendo su mesa de trabajo de arriba abajo. 

Hasta el amanecer no se acostó; durmió muy mal, con un pesado sueño entrecortado por horribles pesadillas, y fue despertado por su sirviente, que le traía el correo. Una de las cartas llamó su atención; conocía demasiado bien la escritura del sobre. La abrió temblando:

«Os será tan difícil huir de mí como de vuestra sombra. Os veré tantas veces como me plazca, cuando y allí donde yo quiera, y no podréis hacer nada para evitarlo. Y también usted, capitán Barton, me verá: no me escondo como parece que creéis. De todas formas, esto no debe impediros dormir, ya que si tenéis la conciencia tranquila, ¿por qué habríais de tener miedo del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS?»

Me parece completamente inútil insistir sobre lo que debería pensar en estos momentos el excelente Barton. Durante los siguientes días, la gente se dio cuenta de que el capitán parecía terriblemente sombrío y preocupado, y ello se atribuyó a su futura boda y a la angustia que podría sentir por pensar en su casi difunta tranquilidad de soltero. Naturalmente se equivocaban, y era desconocer por completo a Barton atribuirle estas absurdas ideas, pero la explicación pareció suficiente y no se habló más de ello.

En cuanto a la causa de estas suposiciones gratuitas, estaba terriblemente preocupado, pues se decía si era posible hacer el ruido de pasos gracias a una ilusión cualquiera de los sentidos debida, por ejemplo, a un abuso de té verde; de todos modos, tenía que ser una mano tan real como malévola la que escribió las dos cartas. 

Y, por otra parte, el hecho de que las cartas en cuestión llegaran inmediatamente después del ruido de pasos parecía algo más complicado que una pura y simple coincidencia. Cuando pensaba en ello, Barton se acordaba confusamente de ciertos episodios de su vida pasada que asociaba, a pesar de todo, a la inexplicable serie de acontecimientos que se cernían sobre él.

Felizmente (¿es exacta la palabra?) para el pobre hombre, un importante asunto llegó en el momento adecuado para distraerle, junto con la idea de su próximo matrimonio, de una preocupación que amenazaba con convertirse en idea fija. Se trataba de un asunto inmobiliario que se demoraba desde hacía tiempo y que, de repente, parecía que iba a resolverse muy de prisa. De este modo, Barton se encontró sumergido en un torbellino de visitas, de gestiones, de reivindicaciones que lo alejó de sus problemas. Su mal humor cedió el puesto a su acostumbrada ecuanimidad.

No obstante, durante este feliz período, volvió a escuchar los pasos que no hacía mucho le habían trastornado, pero como sólo se oían débilmente y no recibió ninguna carta, se rió de sus antiguos terrores y se ocupó únicamente de las cosas serias.

No conozco mucho a Barton, pero teníamos un amigo común que era diputado, y una noche nos dirigimos los tres al Parlamento. Esta fue una de las raras veces que tuve ocasión de encontrarme con el capitán. Parecía preocupado y contestaba al margen las preguntas que le hacía el diputado respecto a su asunto. Lanzaba furtivas miradas hacia atrás y mantenía una hosca expresión. Mucho más tarde, me enteré de que había oído los misteriosos pasos que le siguieron a lo largo de nuestro camino. También supe que en aquella ocasión, por última vez, fue la desgraciada víctima de aquella persecución.

Pero esto lo supe el mismo día, y no comprendí en absoluto de qué podía tratarse. Llegábamos a los alrededores de la Universidad cuando un individuo, al que recuerdo muy mal, se acercó a nosotros murmurando algo sin cesar. Me acuerdo de que era bajo, de que parecía extranjero y de que llevaba un gorro de marino de piel y de que lo tomé por un loco al ver la extrema agitación que parecía poseerle. El hombre se dirigió a Barton, se detuvo ante él, lo miró malévolamente y luego se marchó a paso rápido. 

Lo que me sorprendió de esta escena no fue tanto el físico vulgar del individuo ni su insolencia ante el capitán, sino la especie de impresión malhechora y peligrosa que se desprendía de su persona. Pero, e insisto en este punto para que se me entienda bien, todo esto me afectó muy poco... como si esta maledicencia y peligro no me concernieran lo más mínimo. Sólo me quedaba la impresión de haberme encontrado con un enfermo mental.

Por ello me quedé muy sorprendido del efecto que este encuentro había producido en el bueno de Barton, del que conocía su reputación de valiente y de persona con sangre fría. Se puso a temblar de arriba abajo, me cogió del brazo y dio un paso atrás cuando el otro se detuvo ante él. Los dedos del capitán se hundían en mi carne; me hacía un daño espantoso. El desconocido se marchó, Barton me soló, se lanzó tras de él, pareció cambiar de idea y se sentó en un banco. Una espantosa expresión de horror dominaba sus rasgos.

Nuestro amigo, el diputado, se precipitó hacia él:

—Por todos los diablos, amigo mío, ¿qué os sucede? ¿No os encontráis bien?

Barton pareció no oírle, y murmuró:

—¿Qué decía? ¿Qué decía? No le pude oír...

El miembro del Parlamento se encogió de hombros:

—Me pregunto qué pueden importarnos las palabras de este individuo; está completamente loco, es evidente, y usted, Barton, no está bien. Voy a llamar un coche...

El capitán hacía visiblemente grandes esfuerzos para recuperar su equilibrio y, cuando habló, fue con una voz casi anormal:

—Ya ha pasado, amigos míos, estoy mucho mejor... ¡Demasiado trabajo por culpa de este asunto de propiedades! No sé lo que me ha pasado. Los nervios, sin duda. Continuemos el camino.

El diputado se negó e invitó a Barton a volver a su casa para descansar. Nosotros lo podíamos acompañar, si lo deseaba. Insistí en este sentido, ya que, además, el capitán parecía dispuesto a dejarse convencer. No obstante, rehusó nuestra proposición de acompañarlo hasta la puerta de su casa y se marchó solo, todavía con pasos inseguros.

Como quizá se ha adivinado leyendo mi relato, mis relaciones con el miembro del Parlamento no eran tan familiares como para hablar de la curiosa aventura de la que acabábamos de ser testigos, pero me di cuenta, por el aire que tenía, que estaba tan intrigado como yo y que las torpes justificaciones del capitán no le habían convencido más que a mí. Por lo que a mí respecta, la cosa no me parecía nada clara.

Por educación, al día siguiente visité a Barton para preguntar por su salud. Cuando interrogué a su sirviente, me dijo que estaba todavía en cama, pero que consideraba que iba a curarse muy pronto. El mismo día, el capitán hizo llamar a un célebre médico, el doctor Rowlands. Más tarde me explicaron que la consulta fue bastante curiosa.

(CONTINUARÁ...)

Te reconocería en cualquier parte - Edward D. Hoch


16 de noviembre de 1942

Desde lo alto de la duna no se podía ver nada en ninguna dirección... nada, excepto la imperturbable y siempre cambiante monotonía del desierto africano. Contrell se limpió la arena, mezclada con el sudor de su rostro, e hizo una seña a los otros para que avanzaran. El tanque, un enorme monstruo enfermo que solo deseaba que lo abandonaran para morir, se puso lentamente en movimiento, arrojando pulverizados chorros de arena por entre sus cadenas.

—¿Has visto algo? —preguntó Grove, acercándose a él por detrás.

—Nada. No hay alemanes, ni italianos, ni siquiera árabes.

Willy Grove se descolgó la carabina de su hombro.

—Deberían estar por aquí. Nuestros aviones de reconocimiento los han localizado siguiendo este camino.

—Con la vieja «Bertha» tal y como está —gruñó Contrell—, será mejor que no nos encontremos con ellos. Seis hombres y un viejo tanque armado contra el orgulloso Afrika Korps de Rommel.

—Pero recuerda que ellos se están retirando, y nosotros no. Quizá estén dispuestos a rendirse.

—Claro que pueden estarlo —asintió Contrell dudosamente.

Solo hacía un mes que conocía a Willy Grove —su nombre completo era Willoughby McSwing Grove, imposible de pronunciar—. Lo conocía desde que lo había encontrado poco antes de la invasión del norte de África. 

Su primera impresión fue que era un hombre como él, arrojado en sus primeros veinte años a una guerra imposible que amenazaba con envolverlos a todos en sangre y llamas. Pero, a medida que transcurrieron las semanas, fue surgiendo gradualmente un Willy Grove diferente; una persona que ahora estaba cerca de él, explorando con cuidado el vacío valle lleno de arena que se extendía ante ellos.

—¡Maldita sea! ¿Dónde estarán?

—Parece como si estuvieras listo para entablar batalla. ¡Demonios! Creo que si los veo venir echaré a correr en dirección contraria —Contrell cogió los restos de un arrugado y casi vacío paquete de cigarrillos—. Una duna arenosa, cerca de la frontera con Túnez, no es el lugar más adecuado para un par de cabos.

Grove se sentó en cuclillas, dejando la carabina ligeramente apoyada contra su rodilla.

—Estás en lo cierto... al menos sobre lo de ser cabos. Ya sabes lo que he estado pensando durante estas últimas semanas... Si regreso de una pieza a Estados Unidos, voy a ingresar en la academia militar para convertirme en oficial.

—Ya has encontrado un hogar.

—Ríete si quieres. Un tipo como yo puede hacer cosas mucho peores para vivir.

—Claro. Podrías robar bancos. ¿Qué demonios hacen los oficiales de un ejército cuando no hay ninguna guerra?

Willy Grove pensó un momento en aquella pregunta.

—No te preocupes. Va a haber una guerra en alguna parte durante un largo tiempo, quizá durante el resto de nuestras vidas.

—¿Crees tú que Hitler resistirá tanto?

—Hitler, Stalin, los japoneses. Siempre habrá alguien, no te preocupes.

Contrell dio otra chupada a su cigarrillo y de repente observó con toda su atención. Había algo que se movía sobre la cima de una de las dunas, algo...

—¡Mira!

Grove sacó sus prismáticos.

—¡Maldita sea! Está bien, son ellos. Todo el podrido ejército alemán.

Contrell arrojó su cigarrillo y se dejó caer por la duna para decírselo a los otros. El oficial al mando era un capitán que conducía el moribundo tanque como si fuera su tumba. Miró hacia el suelo mientras Contrell le informaba y después dio una orden tajante.

—Llevaremos a «Bertha» a lo alto de la duna y nos dejaremos ver. Pueden pensar que tenemos muchos más por aquí y largarse.

—A la orden, señor.

Y entonces, Contrell pensó que también podían enviarle al infierno.

Cuando el herido monstruo de acero estuvo situado en posición, el primero de los tres tanques alemanes ya estaba a tiro. Contrell observó cómo los grandes cañones se enfilaban uno al otro... dos gigantes inútiles, capaces únicamente de destruir. Se preguntó cómo sería el mundo si los cañones también tuvieran el poder de reconstruir. 

Pero tuvo poco tiempo para pensar en aquello o en cualquier otra cosa antes de que el cañón alemán rebufara con un destello de fuego, seguido, un instante después, por la sorda onda de sonido que los alcanzó. Una eclosión de arena y humo llenó el aire a su izquierda cuando el proyectil cayó cerca de su objetivo.

—¡A tierra! —gritó Grove—. ¡Nos han localizado!

La vieja «Bertha» devolvió el fuego, errando el tiro por muy poco contra el tanque más cercano. Pero el número y la potencia de fuego estaban en contra de ella. El segundo proyectil alemán explotó contra las cadenas de la izquierda, y el tercero dio contra la torreta. «Bertha» estaba prácticamente muerta. Alguien lanzó un grito... Contrell pensó que podía haber sido el capitán.

Grove estaba tendido sobre la arena a unos metros de distancia.

—Esos malditos trastos son como ataúdes de hierro —dijo, notando el olor de la carne quemada.

Contrell empezó a levantarse.

—¿Ha quedado alguien con vida?

—Nadie. ¡Échate a tierra! Vienen en esta dirección.

—¡Dios! —aquello fue como una oración en labios de Contrell—. ¿Qué hacemos?

—No te muevas. Ya saldremos de esto de algún modo.

Dos de los tanques enemigos permanecieron inmóviles en la distancia, mientras que el tercero empezó a acercarse. Sobre la parte de atrás había dos soldados alemanes, que saltaron a tierra echando a correr. Uno de ellos llevaba un rifle y el otro lo que parecía ser una pistola ametralladora. Contrell puso su cuerpo en tensión, en espera de los probables disparos, manteniendo su rostro casi enterrado en la arena.

El comandante del tanque alemán apareció en la torreta, gritando algo. El soldado que llevaba la pistola ametralladora se volvió... y de pronto Willy Grove se puso en pie. Su carabina traqueteó casi como una ametralladora, alcanzando al alemán por la espalda. Con su mano izquierda, lanzó una granada hacia el tanque y después se lanzó contra el segundo alemán antes de que este pudiera elevar su arma.

La granada explotó lo bastante cerca como para dejar fuera de combate al oficial y Contrell empezó a moverse. Corrió en zigzag hacia el vehículo alemán, sabiendo que Grove estaba justo detrás de él, corriendo.

—Los he alcanzado a los dos —gritó Willy—. ¡Quédate abajo!

Subió al vehículo, apartó al moribundo oficial de lo alto de la torreta y disparó una rociada de balas al interior del tanque. Después, hizo girar la ametralladora del calibre 50.

—¡Espera! —gritó Contrell—. ¡Se están rindiendo!

En efecto, se rendían. Las tripulaciones de los otros dos tanques estaban abandonando sus vehículos y empezaban a avanzar hacia ellos, a través de la arena, con los brazos en alto.

—Supongo que ya están hartos de guerra —dijo Grove, apuntando la ametralladora hacia ellos.

—¿No lo estamos todos?

Grove esperó hasta que los ocho hombres se encontraron a unos treinta metros de distancia. Entonces, su dedo apretó el gatillo y una repentina rociada de balas salpicó toda la zona. Los alemanes, totalmente sorprendidos, trataron de dar media vuelta y echar a correr, pero murieron así, de pie.

—Pero ¿qué demonios has hecho? —gritó Contrell, subiendo al tanque y colocándose junto a Grove—. ¡Se estaban rindiendo!

—Quizá sí; quizá no. Podían haber tenido granadas escondidas bajo los brazos o algo. No se pueden correr riesgos.

—¿Te has vuelto loco o algo así, Grove?

—Estoy vivo, y eso es lo que importa —Grove saltó del vehículo, cayendo a tierra de pie, con un movimiento fácil y seguro—. Daremos nuestra propia versión de la historia, muchacho, y terminaremos con medallas.

—¡Los has asesinado!

—Eso es lo que se hace en la guerra —dijo Grove tristemente—. Se los mata, y después se recogen las medallas.

 

 30 de noviembre de 1950

Corea era un país lleno de colinas y de sierras, con una tierra demasiado pobre para arar y en la que resultaba imposible combatir. El capitán Contrell la vio por primera vez con una mezcla de resignación y de desesperación, pensando únicamente en la facilidad con que toda su compañía podría ser eliminada sin tener la menor oportunidad de defenderse contra un ejército mucho más familiarizado con el terreno.

Ahora, mientras noviembre hacía que las fáciles victorias del otoño se convirtieran en las amargas derrotas del invierno, tuvo buenas razones para recordar aquellas primeras impresiones. Los chinos habían empezado a tomar parte en la lucha y a cada hora que pasaba llegaban nuevos informes de todo el valle de Chongchon, indicando que su número no solo se podía contar por miles, sino por cientos de miles. La palabra que estaba en la mente de todo el mundo, aunque nadie se atreviera a pronunciarla, era «retirada».

—Nos echarán al mar, capitán —le dijo a Contrell uno de sus sargentos.

—Ya está bien de hablar de eso. Reúna a los hombres por si tenemos que largarnos rápido. Compruebe la colina 314.

Las colinas eran tan numerosas y anónimas que habían tenido que numerarlas de acuerdo con su altura. Solo eran lugares para morir y, para los hombres que estaban ante sus armas, todas eran iguales.

Algunos tanques, cubiertos de barro helado, rodaban atravesando la neblina de la mañana, retirándose. Contrell se plantó ante el vehículo que iba en cabeza y le hizo señas para que se detuviera. Entonces vio que se trataba de cañones autopropulsados «Bofors» de 40 milímetros, un arma antiaérea que había sido utilizada con efectividad como apoyo a la infantería. Como consecuencia de la distancia y de la neblina, le habían parecido tanques y, en realidad, lo eran para todos los propósitos prácticos.

—¿Qué demonios ocurre, capitán? —le espetó una voz.

—¿Puede llevar a algunos hombres con usted?

El oficial saltó a tierra y Contrell observó algo en aquel movimiento que le recordó repentinamente una escena desértica, ocho años antes.

—¡Willy Grove! ¡Que me condenen si no eres tú!

Grove pestañeó con rapidez, pareciendo enfocar más nítidamente con sus ojos y, por la insignia de su cuello, Contrell se dio cuenta de que ahora era mayor.

—Bien, Contrell, ¿no es eso? Me alegro de volver a verte.

—Hace ya mucho tiempo; desde África, Willy.

—Mucho más frío aquí, ya lo sé. Pensé que habías abandonado el ejército después de la guerra.

—Lo abandoné durante tres semanas y no pude resistirlo. Supongo que esta vida militar se le mete a uno en el cuerpo al cabo de un tiempo. ¿Qué tal van las cosas por allá delante?

El rostro de Grove se ensombreció.

—Si fueran algo bien, ¿crees que estaríamos siguiendo este camino?

—¿Te retiras por el paso?

—Es el único camino que queda. He oído decir que los chinos también están a punto de cortarlo.

—¿Podemos retirarnos sobre sus vehículos?

Grove se rio entre dientes y dijo:

—Claro. Podéis coger las granadas y dejarlas aquí —se dio una palmada en la pistola del calibre 45 que llevaba al cinto, como si fuera su cartera, y añadió—: Subid a bordo.

Contrell dio una orden seca a su sargento y esperó hasta que la mayor parte de sus mermadas fuerzas encontraran hueco en los vehículos. Después, él mismo subió al «tanque» del mayor Grove. En la distancia de la mañana pudieron escuchar el loco sonar de las cornetas, lo que normalmente significaba otro avance chino.

—Están cerrando la trampa —dijo.

—Todo es como te lo dije una vez —dijo Grove, asintiendo—. La lucha nunca termina. Sin embargo, nunca supuse que tendríamos que luchar contra los chinos.

—¿No te gusta luchar contra los chinos?

—No hay ninguna diferencia —dijo el mayor, encogiéndose de hombros—. Los chinos mueren como cualquier otra persona. Incluso con más facilidad cuando están drogados con eso que suelen fumar.

La columna se introdujo en el paso, la única ruta que aún quedaba abierta hacia el sur. Pero casi inmediatamente se dieron cuenta de que las colinas y tramos boscosos que había a ambos lados de la carretera estaban llenos de enemigos que les esperaban. Contrell miró hacia atrás y vio cómo su sargento se doblaba y caía al suelo, con el cuerpo casi cortado por la ráfaga de una ametralladora camuflada. Ante ellos, la carretera aparecía cortada por un camión incendiado. Grove se puso de pie para ver mejor.

—¿Podemos rodearles? —preguntó Contrell, respirando con dificultad.

—Rodearles o pasar a través de ellos.

—Se trata de surcoreanos.

Los que aún estaban vivos y eran capaces de correr, salían a toda prisa del camión incendiado y echaban a correr hacia el vehículo de Grove.

—¡Fuera de aquí! —gritó Grove—. ¡Atrás!

Se inclinó hacia abajo y empujó a uno de los surcoreanos que trataba de encaramarse al vehículo, arrojándole sobre la polvorienta carretera. Cuando otro empezó a subir por el mismo sitio, Grove se sacó tranquilamente la pistola del calibre 45 y le metió una bala en la cabeza.

Contrell lo observó todo como si estuviera viendo una vieja película olvidada después de varios años. «Ya he estado antes aquí —pensó, recordando las mismas medallas que compartieron después del episodio de África del Norte—. Los hombres como Grove nunca cambiaban... al menos para mejorar».

—Eran surcoreanos, Willy —dijo tranquilamente, acercando su boca al oído del mayor.

—¿Y qué demonios me importa a mí eso? ¿Acaso se creen que dirijo un maldito servicio de autobuses?

No volvieron a hablar más del asunto hasta que se encontraron viajando hacia el sur, en medio del ejército norteamericano en retirada. Contrell se preguntaba dónde terminaría todo aquello, la retirada. ¿En el mar, en Tokio... o en California?

Se detuvieron a fumar un cigarrillo y Contrell dijo:

—No tenías por qué haber matado a aquel hombre, Willy.

—¿No? ¿Y qué es lo que se suponía que debía hacer? ¿Dejar que subieran ellos y que nos mataran a nosotros allí mismo? Adelante, informa si quieres. Conozco muy bien mi ley militar, y también conozco mi ley moral. Ocurre lo mismo que con el bote salvavidas cuando está abarrotado.

—Creo que lo que a ti te gusta es matar.

—¿Y a qué soldado no le gusta?

—A mí.

—¡Demonios! Entonces, ¿por qué estás aquí? ¿Por diversión o por juego?

—Creí que podría hacer algo para ayudar al mundo a mantenerse en paz.

—El único medio de mantener el mundo en paz es matando a todos los que causan problemas.

—¿Y aquel soldado causaba problemas?

—Para mí sí, aunque solo fuera en aquel momento.

—Pero tú disfrutaste haciéndolo. Casi podía verlo en tu rostro. Fue lo mismo que en el norte de África.

El mayor Grove se volvió, apartando el rostro.

—Conseguí una medalla por lo de África del Norte, compañero. Eso me ayudó a convertirme en un mayor.

—Sí, dan medallas por matar —asintió Contrell con tristeza—. Y creo que a veces no les interesa saber muchos detalles.

Alguien dio una orden y Grove arrojó el cigarrillo.

—Vamos, muchacho. No te preocupes por eso. Nos vamos.

Contrell asintió y le siguió. Y una vez, solo una vez, se volvió para mirar el camino por donde habían venido... 

 

 24 de agosto de 1961

Hacía solo tres horas que el mayor Contrell se encontraba en Berlín cuando escuchó mencionar el nombre de Willy Grove en una conversación mantenida en el club de oficiales. Quien hablaba era un capitán ligeramente borracho al que le gustaba aparentar que había estado defendiendo Berlín de los rusos desde que terminó la guerra.

—Grove —dijo, con un ligero tono de respeto en su voz—. Coronel Willoughby McSwing Grove. ¡Ese es su nombre! Dicen que se convertirá en general antes de que termine el año. ¡Si hubierais visto cómo se enfrentó a aquellos rusos la semana pasada! ¡Si lo hubierais visto!

—He oído decir que estaba en Berlín —le dijo Contrell sin mayor comentario—. Lo conozco de los viejos tiempos.

—¿Corea?

Contrell asintió y añadió:

—Y el norte de África, hace casi veinte años, cuando todos nosotros éramos un poco más jóvenes.

—No sabía que hubiera luchado en la Segunda Guerra Mundial.

—Eso fue antes de convertirnos en oficiales.

—Resulta difícil imaginarse al viejo Grove antes de que fuera oficial —dijo el capitán—. Debía haberle visto usted la semana pasada... Estaba allí, de pie, observando cómo construían aquel maldito muro y no tardó en dirigirse en línea recta hacia la línea divisoria. El oficial ruso también estaba allí y se quedaron de pie, uno frente al otro, a solo unos centímetros de distancia, mirándose, en espera de que uno u otro hiciera un falso movimiento. 

El ruso no tardó en volverse y se marchó ¡y que me condene si el viejo Grove no sacó su 45! Por un momento, todos nosotros pensamos que iba a cargarse a aquel comunista, y creo que todos habríamos estado de su parte si se hubiera decidido a hacerlo. 

Ya sabe usted, se pasa uno demasiado tiempo con todo este asunto... ese aumento y disminución de las tensiones... y al cabo de un tiempo solo se desea que surja alguien como el coronel Grove, capaz de apretar un gatillo o un botón y conseguir que todos nos dediquemos de una vez y para siempre al asunto que nos interesa.

—¿El asunto de matar?

—¿Qué otra cosa puede hacer un soldado?

Contrell dejó su copa sin contestar, y preguntó:

—¿Dónde está Grove? ¿Se ha casado ya?

—Si se ha casado, no existe el menor vestigio de esposa. Vive en el edificio del cuartel general, en la base aérea.

—Gracias —Contrell dejó sobre el mostrador un billete arrugado—. Yo pago las bebidas. Me entretuve mucho con su conversación.

Encontró al coronel Grove después de haberle buscado durante una hora. No estaba en su alojamiento, sino en su oficina, observando las calles principales del Berlín Oeste. Su pelo aparecía un poco más blanco y su actitud era un poco más enérgica, pero seguía siendo el mismo Willy Grove. Un hombre que ya estaba en la cuarentena. Un soldado.

—¡Contrell! ¡Bienvenido a Berlín! He oído decir que te habían destinado aquí.

Se estrecharon las manos como dos viejos amigos. Contrell dijo:

—Tengo entendido que has conseguido dominar bastante bien la situación.

—La tenía perfectamente dominada hasta que empezaron a construir ese maldito muro la pasada semana. Casi me cargué a un oficial ruso.

—Ya lo he oído comentar. ¿Por qué no lo hiciste?

El coronel Grove sonrió.

—Me conoces demasiado bien para mentirte, mayor. Hemos pasado juntos algunas cosas. Tú eres el que siempre ha dicho que tengo una cierta debilidad por matar.

—«Debilidad» no es la palabra exacta para definirlo.

—Bueno, da igual. En cualquier caso, eres probablemente el que mejor conoce mis sentimientos en estos momentos. En aquella situación, le podía haber matado. Pero me controlé. Se dice que me van a hacer general, muchacho. Así es que estos días tengo que mantener bien limpia la nariz. Nada de disputas.

—Y yo sigo siendo un mayor. Supongo que no sigo el camino correcto.

—Tú no tienes el instinto de matar, Contrell. Nunca lo tuviste.

El mayor Contrell encendió lentamente un cigarrillo.

—No creo que un soldado necesite tener instinto de matar en estos tiempos, Willy. Pero ya hemos estado discutiendo la misma cuestión desde hace casi veinte años, cada vez que nos hemos visto.

—Y, sin embargo, no la hemos discutido a fondo —dijo Willy Grove sonriendo—. Siento no tener en esta ocasión a nadie a quien matar para ti.

—¿Qué habrías hecho en la vida civil, Willy?

—No lo sé. Nunca he pensado mucho en eso.

—De haber vivido hace cien años, probablemente te habrías convertido en un pistolero en el Oeste. Hace cuarenta años habrías sido un contrabandista de Chicago, con una ametralladora. Ahora, solo te queda el ejército.

Grove sonrió duramente, pero no pareció asombrarse. Se levantó de detrás de la mesa y se dirigió hacia la ventana. Mirando hacia la abarrotada calle, dijo:

—Quizá estés en lo cierto. En realidad no lo sé. Lo único que sé es que he matado a cincuenta y dos hombres en toda mi vida, lo que resulta ser un buen promedio. A la mayor parte de ellos les miré directamente a los ojos antes de disparar. A otros pocos les alcancé por la espalda, como estuvo a punto de pasarle a ese ruso la semana pasada.

—Con eso podrías haber iniciado una guerra.

—Sí. Y algún día quizá lo haga. Si tuviera el poder para... —se detuvo, sin terminar de pronunciar la frase.

—Gracias a Dios, no todos son como tú —dijo Contrell.

—Pero tengo a bastantes de ellos a mi lado. Hay bastantes que saben que el ejército significa guerra, y que la guerra significa muerte. No puedes escapar a ese hecho; no importa lo duramente que lo intentes. No puedes escapar.

Miró al coronel de pelo blanco y recordó al capitán con quien había hablado aquella tarde en el bar. Quizá estaban en lo cierto. Quizá era él el único que estaba equivocado. ¿Acaso había desperdiciado toda su vida persiguiendo un sueño imposible de un ejército sin necesidad de guerra ni de matar?

—De todos modos, seguiré mi camino —dijo.

—Buena suerte, mayor.

Una semana más tarde Contrell oyó decir que un guardia ruso había sido muerto junto al muro durante un intercambio de disparos con la policía del Berlín Occidental. Según una versión de los hechos, un oficial norteamericano había disparado personalmente la bala fatal. Pero a Contrell le fue imposible comprobar la veracidad de este rumor.

 

 5 de abril de 1969

Era el Sábado Santo en Washington, una ciudad expectante bajo un cálido sol primaveral. Los pasillos del Pentágono estaban más vacíos que de costumbre para ser un sábado, y solo había cierta actividad en una oficina situada en el ala occidental del edificio. El general Willoughby McSwing Grove, recientemente nombrado presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor, se encontraba en sus oficinas.

El coronel Contrell lo encontró inclinado sobre los cajones de una mesa, distribuyendo y colocando en los lugares adecuados el contenido de un abultado maletín. Levantó la mirada y quedó un tanto sorprendido al ver a su visitante.

—Bien... Contrell, ¿verdad? No te he visto desde hace bastantes años. ¿Coronel? Vas saliendo adelante.

—No tan rápido como tú, general.

Grove sonrió ligeramente, aceptando el comentario como una especie de cumplido.

—Ahora estoy en la cúspide. Un buen lugar para un hombre de mi edad. Tengo todo el pelo blanco, pero me siento muy bien. ¿Tengo el aspecto de siempre, coronel?

—Te reconocería en cualquier parte, general.

—Hay mucho que hacer, muchísimo. He esperado y trabajado durante toda mi vida para alcanzar este puesto, y ahora lo he conseguido. Nuestro nuevo presidente me ha prometido rienda suelta en cuanto se refiera al tratamiento de la situación internacional.

—Pensé que lo haría así —dijo Contrell tranquilamente—. ¿Tienes ya algún plan?

—He tenido planes durante toda mi vida —se dio la vuelta en su cómodo sillón giratorio y se quedó mirando por la ventana hacia la distante ciudad—. Les voy a demostrar para qué sirve un ejército.

El coronel Contrell carraspeó, aclarándose la garganta.

—¿Sabes una cosa, Willy? Me ha costado la mayor parte de mi vida, pero al final me has convencido de que a veces puede ser necesario matar.

—Bien, me alegro de que hayas venido para...

El general Grove empezó a volverse en el sillón y Contrell le disparó una sola bala en la sien izquierda.

Después de haberlo hecho y durante un instante, Contrell se quedó mirando el cuerpo, sin darse cuenta de que el arma se había ido deslizando de sus dedos hasta caer al suelo. En su mente solo había un pensamiento que desplazaba a todos los demás: ¿Cómo podría explicarlo todo en la corte marcial?