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Carta a mi hermana - Sivela Tanit

¿Por qué no respondes? ¿Por qué me ignoras? ¿Qué te agravió?

Recuerdo cuando me llevabas a las plazas a comer helado; con el poquito dinero que ganabas, hacías un esfuerzo y me llevabas lejos, a una plaza bonita y nueva, y nos comprabas helados. Yo veía tus ojos orgullosos de podernos dar ese lujo.

Recuerdo cuando salía a las canchas a andar en bicicleta y me ayudabas a que no me cayera; también jugábamos a la pelota. Por ti aprendí a jugar voleibol y fui muy buena en la secundaria.

Recuerdo que me ayudabas a hacer las maquetas que tanto amaban pedir las maestras en la primaria. A veces, la tarea era titánica para mí, que nací sin habilidades manuales, y tú las terminabas y sacabas la mejor calificación.

Recuerdo que me enseñaste a iluminar; eso era algo que me gustaba hacer mucho y estabas contenta. Me explicabas la teoría de los colores y yo me divertía aprendiendo cómo, al mezclarlos adecuadamente, se hacían otros tantos.

Recuerdo los pequeños sacrificios que hacías por mí, para que mamá y papá no se enojaran tanto conmigo cuando fallaba al cumplir con sus reglas (estúpidas). Vivimos muchas cosas juntas.

Recuerdo cuando nació tu bebé, recuerdo cuando se murió tu relación, recuerdo cuando conociste al muchacho que me amaba y recuerdo cómo decidiste ser una viuda sin casarte. Y ahora no me hablas; eso me duele, ¿sabes?, que no me hables.

Mamá lo era todo para ti. Ahora que me ignoras, recuerdo que me cuidaste para que mamá tuviera tiempo de ser una buena esclava para papá: para mantener económicamente a su marido, para aprender un oficio, para cocinar, lavar, aprender a sobrevivir.

Cuando mamá se fue, cansada de todo, y nos dejó con papá, fue un golpe que no pudiste superar. Y nos quedamos a cuidar al hombre que se deshizo de mamá. No pudiste irte con ella porque a mamá no le dio tiempo de despedirse de ti, pero siempre te sentiste culpable de que ella se marchara.

Ahora vives con papá y yo me salí, me fui lejos; pero siempre quise que nos habláramos, pero dejaste de hacerlo y no entiendo por qué. ¿Será que te enteraste de que estoy con mamá? ¿Será envidia? ¿Será tristeza? ¿Será resignación? Quizá la respuesta sea muy simple: nunca me amaste. Ahora creo que entiendo: solo fui la carga que le quitaste a mamá para que tú la pudieras tener toda, toda para ti sola.

Esta vez es la última vez que te escribo, hermanita. Mamá dice que ya no te ruegue, y tiene razón. Yo estoy con mamá y eso te ha de carcomer las entrañas. Me da risa pensar que, si no fuera porque hice enfurecer a papá, jamás habría encontrado a mamá.

Ahora las dos estamos juntas; lo único que no me gusta es que, aunque nos apretamos entre nosotras, tenemos frío, porque papá nos cobijó con la tierra húmeda y pesada del llano.

Adiós, hermanita. Al final, yo fui la que me quedé con mamá.


La Botellita de Cristal - H. P. Lovecraft

—Poned la nave al pairo, hay algo flotando a sotavento.

Quien hablaba era un hombre poco fornido, de nombre William Jones. Era el capitán de una nave en la que, con un puñado de tripulantes, navegaba en el momento de comenzar esta historia.

—Sí, señor —respondió John Towers, y la nave fue puesta al pairo. El capitán Jones tendió su mano hacia el objeto, y comprobó que se trataba de una botella de cristal.

—No es más que una botella de ron que algún tripulante de algún barco ha tirado —dijo, pero, dejándose llevar por la curiosidad, le echó mano.

Era sólo una botella de ron y estuvo a punto de arrojarla, pero en ese momento se percató de que había un trozo de papel dentro. Lo sacó y leyó lo siguiente:

 

1 de enero de 1864

 

Mi nombre es John Jones y estoy escribiendo esta carta. Mi buque se hunde con un tesoro a bordo. Me hallo en el punto marcado en la carta náutica adjunta.

 

El capitán Jones le dio la hoja y vio que por el otro lado era una carta náutica en cuyo margen había escritas las siguientes palabras:

  

 

—Towers —dijo excitado el capitán Jones—, lea esto.

Towers le obedeció.

—Creo que merece la pena dirigirnos hasta ahí —dijo el capitán Jones—. ¿No cree?

Howard Phillips Lovecraft

—Coincido con usted —replicó Towers.

—Aprestaremos hoy mismo una embarcación —dijo el excitado capitán.

—Como mande —dijo Towers.

Así que fletaron una nave y siguieron la línea de puntos de la carta. En cuatro semanas habían alcanzado el lugar señalado y los buzos se sumergieron para volver con una botella de hierro. Dentro encontraron las siguientes palabras garabateadas en una hoja de papel pardo:

 

3 de diciembre de 1880

 

Estimado buscador; discúlpeme por la broma que le he gasto, pero eso le servirá de lección contra próximas tonterías...

 

—Bien —dijo el capitán Jones—, sigamos.

Sin embargo, deseo compensarle por los gastos en el lugar que ha encontrado la botella. Calculo que serán unos 25,000 dólares, así que eso es lo que encontrará en una caja de hierro. Sé dónde encontró la botella porque yo la puse allí, así como la caja de hierro y luego busqué un buen lugar para poner la segunda botella. Esperando que el dinero le compense, me despido.

 

Anónimo

 

—Me gustaría arrancarle la cabeza —dijo el capitán Jones—. Sumergíos ahora y traedme los 25,000.

Eso les compensó, pero me parece que nunca volverán a ir a un lugar misterioso dejándose guiar por tan sólo una botella misteriosa.

El hombre de arena - E. T. A. Hoffmann (parte 3)

 Nataniel a Lotario

Me resulta muy penoso el que Clara, por un error que causó mi
negligencia, haya roto el sello de mi carta y la haya leído. Me ha escrito una epístola llena de una profunda filosofía, según la cual me demuestra explícitamente que Coppelius y Coppola sólo existen en mi interior y que se trata de fantasmas de mi Yo que se verán reducidos a polvo en cuanto los reconozca como tales. 

Uno jamás podría imaginar que el espíritu que brilla en sus claros y estremecedores ojos, como un delicioso sueño, sea tan inteligente y pueda razonar de una forma tan metódica. Se apoya en tu autoridad. ¡Han hablado de mí los dos juntos! Le has dado un curso de lógica para que pueda ver las cosas con claridad y razonadamente. 

¡Déjalo! Además, es cierto que el vendedor de barómetros Coppola no es el viejo abogado Coppelius. Asisto a las clases de un profesor de física de origen italiano que acaba de llegar a la ciudad, un célebre naturalista llamado Spalanzani. Conoce a Coppola desde hace muchos años y, por otra parte, es fácil observar su acento piamontés. Coppelius era alemán, pero no un alemán honesto. 

Aun así, no estoy del todo tranquilo. Tú y Clara pueden seguir considerándome un sombrío soñador, pero no puedo apartar de mí la impresión que Coppola y su espantoso rostro causaron en mí. Estoy contento de que haya abandonado la ciudad, según dice Spalanzani. 

Este profesor es un personaje singular, un hombre rechoncho, de pómulos salientes, nariz puntiaguda y ojos pequeños y penetrantes. Te lo podrías imaginar mejor que con mi descripción mirando el retrato de Cagliostro realizado por Chodowiecki y que aparece en cualquier calendario berlinés; así es Spalanzani. 

Hace unos días, subiendo a su apartamento, observé que una cortina que habitualmente cubre una puerta de cristal estaba un poco separada. Ignoro yo mismo cómo me encontré mirando a través del cristal.

Una mujer alta, muy delgada, de armoniosa silueta, magníficamente vestida, estaba sentada con sus manos apoyadas en una mesa pequeña. Estaba situada frente a la puerta, y de este modo pude contemplar su rostro arrebatador. Pareció no darse cuenta de que la miraba, y sus ojos estaban fijos, parecían no ver; era como si durmiera con los ojos abiertos. 

Me sentí tan mal que corrí a meterme en el salón de actos que está justo al lado. Más tarde supe que la persona que había visto era la hija de Spalanzani, llamada Olimpia, a la que este guarda con celo, de forma que nadie puede acercarse a ella. Esta medida debe ocultar algún misterio, y Olimpia tiene sin duda alguna tara. 

Pero ¿por qué te escribo estas cosas? Podría contártelas personalmente. Debes saber que dentro de dos semanas estaré con ustedes. Tengo que ver a mi ángel, a mi Clara. Entonces podrá borrarse la impresión que se apoderó de mí (lo confieso) al leer su carta tan fatal y razonable. Por eso no le escribo hoy.

Mil abrazos, etcétera.

El hombre de arena - E. T. A. Hoffmann (parte 2)

Clara a Nataniel

Es cierto que hace mucho que no me has escrito pero creo, sin embargo, que me llevas en tu alma y en tus pensamientos; pues pensabas vivamente en mí cuando, queriendo enviar tu última carta a mi hermano Lotario, la suscribiste a mi nombre. La abrí con alegría y sólo me di cuenta de mi error al ver estas palabras: «¡Ay, mi querido Lotario!». 

Sin duda no debería haber seguido leyendo y debí entregar la carta a mi hermano. Alguna vez me has reprochado entre risas el que yo tuviera un espíritu tan apacible y tranquilo que si la casa se derrumbara, antes que huir, colocaría en su sitio una cortina mal puesta; pero apenas podía respirar y todo daba vueltas ante mis ojos, mi querido Nataniel, al saber la infortunada causa que ha turbado tu vida.

Separación eterna, no verte nunca más, este presentimiento me atravesaba como un puñal ardiente. Leí y volví a leer. Tu descripción del repugnante Coppelius es horrible. Así he sabido la forma cruel en que murió tu anciano y venerable padre. Mi hermano, a quien remití lo que le pertenecía, intentó tranquilizarme, sin conseguirlo. 

El fatal vendedor de barómetros Giuseppe Coppola me perseguía, y casi me avergüenza confesar que ha turbado, con terribles imágenes, mi sueño siempre profundo y tranquilo. Pero de pronto, desde la mañana siguiente, todo me parece distinto. No estés enfadado conmigo, amor mío, si Lotario te dice que a pesar de tus funestos presentimientos sobre Coppelius no se altera mi serenidad en absoluto. 

Te diré sinceramente lo que pienso. Las cosas terribles de que hablas tienen su origen dentro de ti mismo, el mundo exterior y real tiene poco que ver. El viejo Coppelius sin duda era repelente, pero, como odiaba a los niños, esto producía en ustedes, niños, verdadero horror hacia él.

El Hombre de Arena de la niñera se asoció en tu imaginación infantil al viejo Coppelius quien, sin que te dieras cuenta, permaneció en ti como un fantasma de tus primeros años. Sus entrevistas nocturnas con tu padre no tenían otro objeto que realizar experimentos de alquimia, cosa que afligía a tu madre pues posiblemente costaba mucho dinero; y aquella ocupación, además de llenar a su esposo de una engañosa esperanza de sabiduría, lo apartaba del cuidado de su familia. 

Tu padre sin duda causó su muerte por imprudencia suya, y Coppelius no es culpable. ¿Creerías que ayer pregunté a un viejo vecino boticario si los experimentos químicos podían causar explosiones mortales? Asintió describiéndome largamente a su manera cómo se hacían tales cosas, citándome gran número de palabras extrañas que no he podido retener en mi memoria. 

Ahora vas a enfadarte con tu Clara; dices: «en su frío espíritu no entra ni un solo rayo misterioso de los que tantas veces abrazan al hombre con sus alas invisibles; ella percibe tan sólo la superficie coloreada del mundo y se alegra como un niño a la vista de frutas cuya dorada cáscara esconde un mortal veneno».

¡Ah, mi bienamado Nataniel! ¿Acaso no piensas que el sentimiento de un poder enemigo que se agita de manera funesta sobre nuestro ser, no puede penetrar en las almas sonrientes y serenas? Perdóname si yo, una simple jovencita, intento expresar lo que siento ante la idea de una lucha semejante. Quizá no encuentro las palabras adecuadas y tú te ríes, no de mis pensamientos, sino de mi torpeza para expresarlos. 

Si realmente existe un poder oculto que tan traidoramente hunde sus garras en nuestro interior para cogernos y arrastrarnos a un camino peligroso que habríamos evitado, si tal fuerza existe, debe doblegarse ante nosotros mismos, pues sólo así ganará nuestra confianza y un lugar en nuestro corazón, lugar que necesita para realizar su obra. 

Si tenemos la suficiente firmeza, el valor necesario para reconocer el camino hacia el que deben conducirnos nuestra vocación y nuestras inclinaciones, para caminar con paso tranquilo, nuestro enemigo interior perecerá en los vanos esfuerzos que haga por ilusionarnos. 

También es cierto, añade Lotario, que la tenebrosa presencia a la que nos entregamos crea con frecuencia en nosotros imágenes tan atrayentes que nosotros mismos producimos el engaño que nos consume. Es el fantasma de nuestro propio Yo cuya influencia mueve nuestra alma y nos sumerge en el infierno o nos conduce al cielo. 

¡Te das cuenta, querido Nataniel! Mi hermano y yo hemos hablado de oscuras fuerzas y poderes que a mí, después de haber escrito, no sin esfuerzo, lo más importante, se me aparecen sosegadas, profundas. Las últimas palabras de Lotario no las entiendo del todo bien, sólo intuyo lo que piensa; sin embargo, me parece rigurosamente cierto. 

Te lo suplico, aparta de tu pensamiento al odioso abogado Coppelius y al vendedor de barómetros Coppola. Convéncete de que esas extrañas figuras no tienen influencia sobre ti. Sólo la creencia en su poder enemigo las vuelve enemigas. Si cada línea de tu carta no expresara la profunda exaltación de tu espíritu, si el estado de tu alma no afligiera mi corazón, podría bromear sobre tu Hombre de Arena y tu abogado alquimista. 

¡Alégrate! Me he prometido estar a tu lado como un ángel guardián y arrojar al odioso Coppola de una loca carcajada si viniera a turbar tu sueño. No le temo en absoluto, ni a él ni a sus horribles manos que no podrían estropearme las golosinas ni arrojarme arena a los ojos.

Hasta siempre, mi bienamado Nataniel, etcétera.

 

El hombre de arena - E. T. A. Hoffmann (parte 1)

 Nataniel a Lotario

Sin duda estaréis inquietos porque hace mucho tiempo que no os escribo. Mamá estará enfadada y Clara pensará que vivo en tal torbellino de alegría que he olvidado por completo la dulce imagen angelical tan profundamente grabada en mi corazón y en mi alma. Pero no es así; cada día, cada hora, pienso en ustedes y el rostro encantador de Clara vuelve una
y otra vez en mis sueños; sus ojos transparentes me miran con dulzura, y su boca me sonríe como antaño, cuando volvía junto a vosotros. 

¡Ay de mí! ¿Cómo podría haberos escrito con la violencia que anidaba en mi espíritu y que hasta ahora ha turbado todos mis pensamientos? ¡Algo espantoso se ha introducido en mi vida! Sombríos presentimientos de un destino cruel y amenazador se ciernen sobre mí, como nubes negras, impenetrables a los alegres rayos del sol. Debo decirte lo que me ha sucedido. Debo hacerlo, es preciso, pero sólo con pensarlo oigo a mi alrededor risas burlonas. 

¡Ay, querido Lotario, cómo hacer para intentar solamente que comprendas que lo que me sucedió hace unos días ha podido turbar mi vida de una forma terrible! Si estuvieras aquí podrías ver con tus propios ojos; pero ciertamente piensas ahora en mí como en un visionario absurdo. 

En pocas palabras, la horrible visión que tuve, y cuya mortal influencia intento evitar, consiste simplemente en que, hace unos días, concretamente el 30 de octubre a mediodía, un vendedor de barómetros entró en mi casa y me ofreció su mercancía. No compré nada y lo amenacé con precipitarlo escaleras abajo, pero se marchó al instante.

Sospechas sin duda que circunstancias concretas que han marcado profundamente mi vida conceden relevancia a este insignificante acontecimiento, y así es en efecto. Reúno todas mis fuerzas para contarte con tranquilidad y paciencia algunas cosas de mi infancia que aportarán luz y claridad a tu espíritu. En el momento de comenzar te veo reír y oigo a Clara que dice: «¡son auténticas chiquilladas!». ¡Ríanse! ¡Ríanse de todo corazón, se lo suplico! Pero ¡Dios del cielo!, mis cabellos se erizan y me parece que los conjuro a burlarse de mí en el delirio de la desesperación, como Franz Moor conjuraba a Daniel. Vamos al hecho en cuestión.

Salvo en las horas de las comidas, mis hermanos y yo veíamos a mi padre bastante poco. Estaba muy ocupado en su trabajo. Después de la cena, que, conforme a las antiguas costumbres, se servía a las siete, íbamos todos, nuestra madre con nosotros, al despacho de nuestro padre, y nos sentábamos a una mesa redonda. 

Mi padre fumaba su pipa y bebía un gran vaso de cerveza. Con frecuencia nos contaba historias maravillosas, y sus relatos lo apasionaban tanto que dejaba que su pipa se apagase; yo estaba encargado de encendérsela de nuevo con una astilla prendida, lo cual me producía un indescriptible placer. También a menudo nos daba libros con láminas; y permanecía silencioso e inmóvil en su sillón apartando espesas
nubes de humo que nos envolvían a todos como la niebla. 

En este tipo de veladas, mi madre estaba muy triste, y apenas oía sonar las nueve, exclamaba: «Vamos niños, a la cama… ¡el Hombre de Arena está al llegar…!, ¡ya lo oigo!». Y, en efecto, se oía entonces retumbar en la escalera graves pasos; debía ser el Hombre de Arena. En cierta ocasión, aquel ruido me produjo más escalofríos que de costumbre y pregunté a mi madre mientras nos acompañaba:
—¡Oye mamá! ¿Quién es ese malvado Hombre de Arena que nos aleja siempre del lado de papá? ¿Qué aspecto tiene?
—No existe tal Hombre de Arena, cariño —me respondió mi madre—.

Cuando digo «viene el Hombre de Arena» quiero decir que tienen que ir a la cama y que sus párpados se cierran involuntariamente como si alguien les hubiera tirado arena a los ojos.

La respuesta de mi madre no me satisfizo y mi infantil imaginación adivinaba que mi madre había negado la existencia del Hombre de Arena para no asustarnos. Pero yo lo oía siempre subir las escaleras.

Lleno de curiosidad, impaciente por asegurarme de la existencia de este hombre, pregunté a una vieja criada que cuidaba de la más pequeña de mis hermanas, quién era aquel personaje. 

—¡Ah mi pequeño Nataniel! —me contestó—, ¿no lo sabes? Es un hombre malo que viene a buscar a los niños cuando no quieren irse a la cama y les arroja un puñado de arena a los ojos haciéndolos llorar sangre.
Luego los mete en un saco y se los lleva a la luna creciente para divertir a sus hijos, que esperan en el nido y tienen picos encorvados como las lechuzas para comerles los ojos a picotazos.

Desde entonces, la imagen del Hombre de Arena se grabó en mi espíritu de forma terrible; y, por la noche, en el instante en que las escaleras retumbaban con el ruido de sus pasos, temblaba de ansiedad y de horror; mi madre sólo podía entonces arrancarme estas palabras ahogadas por mis lágrimas: «¡El Hombre de Arena! ¡El Hombre de Arena!». Corría al dormitorio y aquella terrible aparición me atormentaba durante toda la noche.

Yo tenía ya la edad suficiente como para pensar que la historia del Hombre de Arena y sus hijos en el nido de la luna creciente, según la contaba la vieja criada, no era del todo exacta; sin embargo, el Hombre de Arena siguió siendo para mí un espectro amenazador. 

El terror se apoderaba de mí cuando lo oía subir al despacho de mi padre. Algunas veces duraba su ausencia largo tiempo; luego, sus visitas volvían a ser frecuentes; aquello duró varios años. No podía acostumbrarme a tan extraña aparición, y la sombría figura de aquel desconocido no palidecía en mi pensamiento. 

Su relación con mi padre ocupaba cada vez más mi imaginación, la idea de preguntarle a él me sumía en un insuperable temor, y el deseo de indagar el misterio, de ver al legendario Hombre de Arena, aumentaba en mí con los años. 

El Hombre de Arena me había deslizado en el mundo de lo fantástico, donde el espíritu infantil se introduce tan fácilmente. Nada me complacía tanto como leer o escuchar horribles historias de genios, brujas y duendes; pero, por encima de todas las escalofriantes apariciones, prefería la del Hombre de Arena que dibujaba con tiza y carbón en las mesas, en los armarios y en las paredes bajo las formas más espantosas. Cuando cumplí diez años, mi madre me asignó una habitación para mí solo, en el corredor, no lejos de la de mi padre. 

Como siempre, al sonar las nueve el desconocido se hacía oír, y había que retirarse. Desde mi habitación lo oía entrar en el despacho de mi padre, y poco después me parecía que un imperceptible vapor se extendía por toda la casa. La curiosidad por ver al Hombre de Arena de la forma que fuese crecía en mí cada vez más. Alguna vez abrí mi puerta, cuando mi padre ya se había ido, y me deslicé en el corredor; pero no pude oír nada, pues siempre habían cerrado ya la puerta cuando alcanzaba la posición adecuada para poder verle. 

Finalmente, empujado por un deseo irresistible, decidí esconderme en el gabinete de mi padre, y esperar allí mismo al Hombre de Arena. Por el semblante taciturno de mi padre y por la tristeza de mi madre supe una noche que vendría el Hombre de Arena. Pretexté un enorme cansancio y abandonando la sala antes de las nueve fui a esconderme detrás de la puerta. 

La puerta de la calle crujió en sus goznes y lentos pasos, tardos y amenazadores, retumbaron desde el vestíbulo hasta las escaleras. Mi madre y los niños pasaron apresuradamente ante mí. Abrí despacio, muy despacio, la puerta del gabinete de mi padre. Estaba sentado como de costumbre, en silencio y de espaldas a la puerta. No me vio, y corrí a esconderme detrás de una cortina que tapaba un armario en el que estaban colgados sus trajes. 

Después los pasos se oyeron cada vez más cerca, alguien tosía, resoplaba y murmuraba de forma singular. El corazón me latía de miedo y expectación. Muy cerca de la puerta, un paso sonoro, un golpe violento en el picaporte, los goznes giran ruidosamente. Adelanto a mi pesar la cabeza con precaución, el Hombre de Arena está en medio de la habitación ¡el resplandor de las velas ilumina su rostro! ¡El Hombre de Arena, el terrible Hombre de Arena, es el viejo abogado Coppelius que a veces se sienta a nuestra mesa! 

Pero el más horrible de los rostros no me hubiera causado más espanto que el de aquel Coppelius. Imagínate un hombre de anchos hombros con una enorme cabeza deforme, una tez mate, cejas grises y espesas bajo las que brillan dos ojos verdes como los de los gatos y una nariz gigantesca que desciende bruscamente sobre sus gruesos labios. Su boca torcida se encorva aún más con su burlona sonrisa; en sus mejillas dos manchas rojas y unos acentos a la vez sordos y silbantes se escapan de entre sus dientes irregulares. 

Coppelius aparecía siempre con un traje color ceniza, de una hechura pasada de moda, chaqueta y pantalones del mismo color, medias negras y zapatos con hebillas de strass. Su corta peluca, que apenas cubría su cuello, terminaba en dos bucles pegados que soportaban sus grandes orejas, de un rojo vivo, e iba a perderse en un amplio tafetán negro que se desplegaba aquí y allá en su espalda y dejaba ver el broche de plata que sujetaba su lazo. 

Aquella cara ofrecía un aspecto horrible y repugnante, pero lo que más nos chocaba a nosotros, niños, eran aquellas grandes manos velludas y huesudas; cuando él las dirigía hacia algún objeto, nos guardábamos de tocarlo. Él se había dado cuenta de esto y se complacía en tocar los pasteles o las frutas confitadas que nuestra madre había puesto sigilosamente en nuestros platos; entonces él gozaba viendo nuestros ojos llenos de lágrimas al no poder ya saborear por asco y repulsión las golosinas que él había rozado. 

Lo mismo hacía los días de fiesta, cuando nuestro padre nos servía un vasito de vino dulce. Entonces se apresuraba a coger el vaso y lo acercaba a sus labios azulados, y reía diabólicamente viendo cómo sólo podíamos exteriorizar nuestra rabia con leves sollozos. Acostumbraba a llamarnos los animalitos; en presencia suya no nos estaba permitido decir una sola palabra y maldecíamos con toda nuestra alma a aquel personaje odioso, a aquel enemigo que envenenaba deliberadamente nuestra más pequeña alegría. 

Mi madre parecía odiar tanto como nosotros al repugnante Coppelius, pues, desde el instante en que aparecía, su dulce alegría y su despreocupada forma de ser se tornaban en una triste y sombría gravedad. Nuestro padre se comportaba con Coppelius como si este perteneciera a un rango superior y hubiera que soportar sus desaires con buen ánimo. Nunca dejaba de ofrecerle sus platos favoritos y descorchaba en su honor vinos de reserva.

Al ver entonces a Coppelius me di cuenta de que ningún otro podía haber sido el Hombre de Arena; pero el Hombre de Arena ya no era para mí aquel ogro del cuento de la niñera que se lleva a los niños a la luna, al nido de sus hijos con pico de lechuza. No. Era una odiosa y fantasmagórica criatura que dondequiera que se presentase traía tormento y necesidad, causando un mal durable, eterno.

Yo estaba como embrujado, con la cabeza entre las cortinas, a riesgo de ser descubierto y cruelmente castigado. Mi padre recibió alegremente a Coppelius.
—¡Vamos! ¡Al trabajo! —exclamó el otro con voz sorda quitándose la levita.

 Mi padre, con aire sombrío, se quitó la bata y los dos se pusieron unas túnicas negras. Mi padre abrió la puerta de un armario empotrado que ocultaba un profundo nicho donde había un horno. Coppelius se acercó, y del hogar se elevó una llama azul. Una gran cantidad de extrañas herramientas se iluminaron con aquella claridad. Pero ¡Dios mío, qué extraña metamorfosis se había operado en los rasgos de mi anciano padre!

Un dolor violento y terrible parecía haber cambiado la expresión honesta y leal de su fisonomía, que se había contraído de forma satánica. ¡Se parecía a Coppelius! Este manejaba unas pinzas incandescentes y atizaba los carbones ardientes del hogar. Creí ver a su alrededor figuras humanas, pero sin ojos. En su lugar había cavidades negras, profundas, horribles.

—¡Ojos, ojos! —gritaba Coppelius con voz sorda, amenazadora.
Grité y caí al suelo, violentamente abatido por el miedo. Entonces Coppelius me cogió.
—¡Pequeña bestia! ¡Pequeña bestia! —dijo haciendo crujir los dientes de un modo espantoso. Diciendo esto me arrojó al horno, cuya llama prendía ya mis cabellos.
—Ahora —exclamó— ya tenemos ojos, ¡ojos!, ¡un hermoso par de ojos de niño! —Y con sus manos cogió del hogar un puñado de carbones ardientes que se disponía a arrojar a mis ojos, cuando mi padre, con las manos juntas, le imploró:
—¡Maestro! ¡Maestro! ¡Deja los ojos a mi Nataniel! ¡Déjaselos! Coppelius se echó a reír de forma estrepitosa.
—Que el niño conserve sus ojos para que estos realicen su trabajo en el mundo; pero, puesto que está aquí, observemos atentamente el mecanismo de sus pies y de sus manos.

Sus dedos apretaron todas las articulaciones de mis miembros, que crujieron, y me retorció las manos y los pies de una forma y de otra.
—¡Esto no está del todo bien! ¡Tan bien como estaba! ¡El viejo lo ha entendido perfectamente!
Coppelius murmuraba esto mientras me retorcía; pero pronto todo se volvió oscuro y confuso a mi alrededor; un dolor nervioso agitó todo mi ser; no sentí nada más. Un vapor dulce y cálido se derramó sobre mi rostro; desperté como del sueño de la muerte. Mi madre estaba inclinada sobre mí.

—¿Está aquí el Hombre de Arena? —balbucí.
—No, mi niño, está muy lejos; se fue hace mucho, no te hará daño.
Así decía mi madre, y me besaba estrechando contra su corazón al niño querido que le era devuelto.
¿Para qué cansarte por más tiempo con estas historias, querido Lotario?
Fui descubierto y cruelmente maltratado por Coppelius. La ansiedad y el miedo me causaron una ardiente fiebre que padecí durante algunas semanas; «¿Está aún aquí el Hombre de Arena?». Estas fueron las primeras palabras de mi salvación y el primer signo de mi curación. 

Sólo me queda contarte el instante más horrible de mi infancia; después te habrás convencido de que no hay que acusar a mis ojos de que todo me parezca sin color en la vida; pues un sombrío destino ha levantado una densa nube ante todos los objetos, y sólo mi muerte podrá disiparla.

Coppelius no volvió a aparecer, se dijo que había abandonado la ciudad.
Había transcurrido un año, y cierta noche, según la antigua e invariable costumbre, estábamos sentados en la mesa redonda. Nuestro padre estaba muy alegre y nos contaba historias divertidas que le habían sucedido en los viajes de su juventud. En el momento en que el reloj daba las nueve oímos sonar los goznes de la puerta de la casa, y unos graves pasos retumbaron desde el vestíbulo hasta las escaleras.

—¡Es Coppelius! —dijo mi madre palideciendo.
—Sí, es Coppelius —repitió mi padre con voz entrecortada.
Las lágrimas asomaron a los ojos de mi madre:
—¡Padre!, ¿es preciso?
—Por última vez —respondió—. Viene por última vez, te lo juro. Ve con los niños. Buenas noches.
Yo estaba petrificado, me faltaba el aire. Mi madre, viéndome inmóvil, me cogió del brazo.
—Ven, Nataniel —me dijo. Me dejé llevar a mi habitación—. Estate tranquilo y acuéstate. ¡Duerme! —me dijo al irse.

Pero un terror invencible me agitaba y no pude cerrar los ojos. El horrible, el odioso Coppelius estaba ante mí, con sus ojos destellantes, sonriéndome hipócrita, e intentaba alejar su imagen. Era cerca de media noche cuando se oyó un golpe violento, como la detonación de un arma de fuego. La casa entera se tambaleó, alguien pasó corriendo por delante de mi cuarto y la puerta de la calle se cerró estrepitosamente de un portazo.

—¡Es Coppelius! —grité fuera de mí, y salté de la cama. Oí gemidos; corrí a la habitación de mi padre, la puerta estaba abierta, se respiraba un humo asfixiante, y una criada gritaba:
—¡El señor! ¡El señor!
Delante del horno encendido, en el suelo, yacía mi padre muerto, con la cara destrozada. Mis hermanas, de rodillas a su alrededor, clamaban y gemían. Mi madre había caído inmóvil junto a su marido.
—¡Coppelius, monstruo infame! ¡Has asesinado a mi padre! —grité. Y caí sin sentido.

Dos días más tarde, cuando colocaron su cuerpo en el ataúd, sus rasgos habían vuelto a ser serenos y dulces como lo fueron durante toda su vida. Aquella imagen mitigó mi dolor; pensé que su alianza con el infernal Coppelius no lo había llevado a la condenación eterna.

La explosión había despertado a los vecinos, el suceso causó sensación, y las autoridades, que tuvieron conocimiento del mismo, requirieron la presencia de Coppelius. Pero había desaparecido de la ciudad sin dejar rastro.

Si te dijera, querido amigo, que el vendedor de barómetros no era otro sino el miserable Coppelius, comprenderías el horror que me produjo tan desgraciada y enemiga aparición. Llevaba otro traje, pero los rasgos de Coppelius están demasiado profundamente marcados en mi alma como para poder equivocarme. Además, Coppelius ni siquiera ha cambiado de nombre. Se hace pasar aquí —según tengo oído—, por un mecánico piamontés llamado Giuseppe Coppola.

Estoy decidido a vengar la muerte de mi padre, pase lo que pase. No digas nada a mi madre de este encuentro cruel. Saluda a la encantadora Clara; le escribiré con una mayor presencia de ánimo. 

Queda con Dios, etcétera.

La visita - Iban Zaldua


Es algo increíble. Los fines de semana. Van por la calle como si no existieran más que ellos, dando codazos, no les importa atropellar a la gente. Hay quien recorre la calle con motocicletas que arman un estruendo de mil demonios. ¡Por una calle peatonal! ¡Y a cualquier hora de la noche! Con sus ropas brillantes, con sus pantalones de cuero. No se volverían a ayudar a un anciano con el que hubieran tropezado. Ni aunque fuera su abuelo. El alcohol les sale por las orejas.

Ya a las ocho de la tarde hay muchachitas que apenas tienen edad para pintarse vomitándolo todo contra la pared de casa, ahí abajo, ahí mismo. Una amiga se suele quedar con ellas, les grita a las otras que no sean cabronas, que las esperen, que no ves que Vanessa está muy mal, por culpa de Chemi que se ha puesto así. ¡Por culpa de Chemi! Que ha bebido más cervezas, más ginkases de la cuenta, chata. Y ahí está, dale que te pego, hasta que no le queda nada en el estómago, hipando, llorando, diciendo me quiero volver a casa, aullando Chemi es un hijo de puta, Chemi eres un hijo de puta, pero uno no sabe muy bien si es ella la que grita o es su amiga, porque están siempre gritando, da igual para qué, por qué, todo lo hacen gritando. 

Aunque, la verdad, es peor cuando se ponen a cantar: «Se fuee, se fuee…» como si, efectivamente, les fuera en ello la vida. Lo mismo a las diez de la noche que a las cinco de la mañana. Porque los bares echan la persiana a las tres. Oficialmente. Pero hay dos o tres garitos que no cierran hasta las seis. Podría llamarlos garitos de mala muerte, quedaría más propio, ¿verdad?, pero eso sería singularizarlos demasiado, todos esos bares son iguales, feos, oscuros, ruidosos. Tabernas de mala muerte eran las de Bahía, las de aquel otro puerto, no me acuerdo del nombre… Bien, pues parece que están cerrados, pero no.

Un camarero espera detrás de la puerta y sube la persiana cuando alguien se acerca. Más ruido. Los de la Municipal pasan en sus coches, a cuarenta por hora, ni siquiera miran. Qué más les da: a ellos les van a pagar igual. Así que hasta las cinco no hay quien duerma. Las ventanas de casa, bueno, son como son. Las barnizo todos los años, pero no cierran bien, nunca han cerrado bien. Antes compraba Tessa-Film, esa espumilla, pero ya no se encuentra en las tiendas. Aunque debería decir que donde ya no la encuentro es en la ferretería de Garnacho, que es donde suelo ir a comprar las cosas que necesito para hacer mis chapucicas: clavos, tacos, brocas, todo eso.

Es una tienda muy vieja, llena de cajones de madera que llegan hasta el techo, cada uno con su plaquita de latón siempre brillante. Está ahí cerca, a la vuelta de la esquina. A Garnacho lo conozco desde siempre, crecimos juntos en el barrio. Cuando volvimos, allí seguía, en la tienda que había heredado de su padre, que a su vez la había recibido de su abuelo. Ahora parece que se la van a tirar, con todas las casas de alrededor. La verdad es que es un edificio muy antiguo. En la misma tienda de Garnacho las tablas del suelo crujen a cada paso y hay un profundo olor a humedad. Dicen que toda la calle está construida sobre un río subterráneo, y que la humedad se filtra hacia arriba por los cimientos de las casas. Es muy probable.

De todas maneras, no me creo esas historias sobre seres deformes, cubiertos de vendajes, que viven en las cuevas y salen de vez en cuando al exterior, por los sótanos. Son las mismas historias que nos contaban cuando niños, para asustarnos. No digo que no haya ratas, no. De hecho, algunas son enormes. Y sí que salen al exterior, cuando no hay comida, cuando hace frío hasta en las alcantarillas, que son húmedas pero calurosas. No digo tonterías, no. Menos mal que los gatos…; lo malo es que cada día hay menos. En invierno sube un vapor nauseabundo que a veces se filtra hasta los tejados por las tuberías de desagüe, por los canalones.

No exagero: yo mismo me he asomado a una de esas tuberías para ver de qué se trataba. No estaba tranquilo viendo aquel humo perezoso, gris. Me acordé de lo que pasó una vez en Manaus, la compañía norteamericana que servía la gasolina y el fuel-oil a las gasolineras y a las factorías había tenido una fuga y vertió litros y litros de petróleo en el alcantarillado de la ciudad. La gente empezó a oler el petróleo, aparecieron algunas manchas oscuras en el Amazonas. De alguna manera, el fuego prendió y destruyó todo el barrio antes de que los bomberos pudieran controlarlo. Cuentan que hubo personas que se quemaron las nalgas mientras cagaban… es una broma. 

Nosotros nos libramos por los pelos, estábamos lejos aquella semana, en la selva. No teníamos muchas cosas en el piso, así que no nos apenó tanto su pérdida. Pero lo del barrio es otra cosa, huele mal, pero no a petróleo ni a nada que se le parezca. Es un olor a podrido, a montañas de desperdicios, de desechos, de restos de comida, fermentando, quemándose ahí abajo. No, seguro que no hace nada de fresco. Ya les he escrito al Ayuntamiento varias veces con ese tema y hasta ahora nadie me ha contestado. Hasta ahora.

Julio Guiarres, funcionario, recuerda perfectamente el estilo alambicado de cada una de aquellas cartas, la letra perfecta, la caligrafía de colegio religioso —¿La Salle quizás?—. El viejo se refería a la posibilidad de que en el fondo de aquellos subterráneos que conforman el alcantarillado del casco viejo el agua hubiera dejado de correr y estuviera estancada, o casi. En todo caso, proseguía, estaba seguro de que había algo que taponaba total o parcialmente la salida de las aguas fecales, y de que el nivel de éstas estaba ascendiendo lentamente.

La descripción era demasiado prolija, tanto que uno de los de la Comisión de Medio Ambiente y Actividades Insalubres dijo que llegó a marearse la primera vez que la leyó. Que fue la última, porque fue su compañero del departamento el que se hizo cargo del asunto. Es un decir. La aparición de un cada vez mayor número de ratas en la superficie la atribuía a este proceso, y los remedios…

—¿Dice usted que ha estado en América? ¿En serio? —ya lo sabía, claro, pero piensa que mostrando interés le puede caer más simpático.
—¡Claro que sí! —responde, haciéndose el ofendido—, yo y mi mujer, en Brasil, veinte años, se dice pronto, después de terminar mis estudios. Luego volvimos aquí. No tuvimos suerte y no ahorramos demasiado, es evidente —Su mano pasea brevemente por toda la habitación—. Si no, no tendríamos una casa en este barrio. En este barrio de mierda. Olvidados de Dios y del Ayuntamiento —La mirada es irónica—. Aunque tiene que ver con que yo haya nacido aquí, también.

Para Guiarres está claro que al anciano no le apetece hablar de su vida en Brasil. Se ha quedado con las ganas de saber por qué volvieron. Las historias que circulan no le convencen, pero prefiere no insistir. Mejor, porque no quiere perder demasiado tiempo.

—¿Desea que mi mujer le prepare una caipiriña? En ningún bar la probará igual. El secreto está en el aguardiente de caña, nos lo envía directamente un amigo desde allá. Unas cuantas botellas al año. Nada que ver con lo que venden en la licorería de la plazuela, que es el que compramos cuando se nos acaba el bueno. Tengo que confesar que la primera vez que lo probé creí que estaban tratando de envenenarme. Fui con la botella y todo, a protestar. En fin, ¿qué le parece?, ¿quiere o no? No me vendrá con esas monsergas de que está de servicio y lo demás, eso que dicen los policías en las películas. Pues buenos son ustedes los del Ayuntamiento.
—No tengo costumbre pero de acuerdo, está bien —Guiarres mueve la cabeza afirmativamente, siente que necesita esa copa, algo que moje sus labios y alivie el reseco de su garganta.
—María —grita el viejo—, haznos una caipiriña. Estará en seguida. Ya verá.

Guiarres pasea la mirada por la habitación, se demora, tarda mucho en abarcarlo todo. Está tratando de sobreponerse a la sensación de agobio que le ha producido, tras las pertinentes presentaciones y una vez depositado el abrigo en una silla de mimbre junto a la puerta, la entrada en lo que su forzado anfitrión ha denominado el salón, demasiado pequeño, sin embargo, para recibir ese nombre. Es una sala mínima, llena de cosas, con un mirador parcheado de plástico y cristales rotos, por el que penetran la luz de un soleado día de invierno y el frío de la calle. 

Guiarres piensa que están locos los dos: el viejo y él. ¡Una caipiriña llena de cubitos de hielo! Las paredes aparecen cubiertas de anaqueles que contienen los más disparatados cachivaches, desde botellas vacías o semivacías a cámaras Minolta dignas de figurar en una vitrina de algún museo de la tecnología, además de revistas y libros, que se derraman e invaden también parte del suelo, formando islotes y archipiélagos de papel, y algún que otro atolón de mayor o menor altura, todos convenientemente nevados de polvo y hollín. Muebles de todos los estilos ocupan el mínimo espacio disponible y cohabitan pecaminosamente, disputándose unos a otros un hipotético premio al mal gusto. 

Sillas de playa se mezclan con esterillas de colores apagados que intentan disimular las simas que el paso del tiempo ha ido abriendo en el suelo de madera de olivo. Mesas de plástico lechoso, que a Guiarres de alguna manera le recuerdan a la película La naranja mecánica, soportan candelabros de metal estriado y ceniceros-recuerdo de Santillana del Mar, llenos de colillas húmedas y minúsculas. Entre las baldas repletas de libros y cuadernos hay un hueco que muestra una pared amarillenta en la que hay dos fotografías aéreas de algún pueblo meseteño difícilmente identificable y un par de máscaras rituales cubiertas de plumas descoloridas.

Un viejo tocadiscos yace abandonado junto a un revistero rebosante de Blancos y Negros e incluso algún antediluviano Sábado Gráfico, que conserva, imposible saber cómo, buena parte de los colores de su portada. Sobre una vacilante mesa de camping preside la escena, cual cabeza de retablo y semejante a un ojo perennemente abierto, un enorme televisor Zenith color bronce, que ha sido lo primero que le ha señalado el viejo al entrar, comentando: «No piense mal de unos intelectuales como nosotros. Hace años que no la vemos. Pero nos ha seguido a todas partes: es como de la familia…».

 Guiarres casi no se atreve a esbozar movimiento alguno, temeroso de pisar los inverosímiles singles de Raphael y Engelbert Humperdinck que asoman por debajo del sillón de orejas en el que se está hundiendo lentamente. La mujer del viejo aparece de repente, como si saliera de la nada, y sorteando los obstáculos con la habilidad de una participante en el eslalon especial de unos Juegos Olímpicos de Invierno, se acerca a Guiarres y le entrega un desmesurado tazón de caipiriña. Un tazón de leche, de loza. Aunque la presentación no es la más adecuada, era imposible no estar de acuerdo con el viejo acerca de la calidad del brebaje: ni en el O’Clock la ha tomado nunca mejor.

—Gracias, señora. Está estupenda.

Pero la anciana ya ha desaparecido tan silenciosamente como ha llegado y allí están él y el viejo. En su fuero interno no se acaba de acostumbrar a llamarlo por sus apellidos o por su nombre de pila. Ha leído sus cartas una y otra vez, pero no se le quita de la cabeza: cuando piensa en él es la única palabra que le viene a la mente. El viejo. En realidad, el Viejo, con mayúscula y todo.

—Está estupenda, de verdad, señor Díaz —se repite, mientras intenta no hacer ruido al sorber. En estos casos nunca sabe si tiene que decir el apellido entero. Hay gente muy suya para estas cosas.
—Díaz de Garayo, si no le importa. Es el apellido completo, ya sabe. Le parecerá una tontería, pero le tengo cariño. No le digo los demás porque se reiría. No, seguro. Además, usted ya sabe cuál es mi segundo apellido, por lo menos, lo habrá visto en mi ficha del Ayuntamiento. Pues imagínese el resto. Son todos del mismo pelaje —y le hace un guiño. Guiarres, resignado, sorbe la caipiriña ruidosamente—. Así que el Ayuntamiento se ha dignado por fin mandarme a un funcionario —es lo mismo que le ha escuchado decir cuando el Viejo le ha abierto la puerta para ver de qué se trataba. Se lo ha espetado por la rendija de la puerta, sin quitar el pestillo.

Y ha tenido que entregarle la acreditación del Ayuntamiento. La voz ronca del Viejo vuelve a romper el silencio de la sala—. Yo hubiera preferido que fuera el alcalde, claro, o algún concejal, por ejemplo el de limpieza, sí, ya sé que he hablado por teléfono dos o tres veces con él, bueno, si usted lo dice, ocho, ya, en los últimos tres meses, aunque es un político parece una persona simpática, pero no entiendo por qué no puede venir en persona, si total el casco viejo está aquí, al lado de su oficina. No pretendo menospreciarle, en absoluto. ¿Qué ha dicho que es usted? Asistente social. Del Ayuntamiento. Ya. Por algo se empieza. 

Pero usted ya no es un chaval, lo digo sin ánimo de ofender. No me malinterprete, es que las asistentes sociales que vemos por el barrio son jóvenes, encantadoras, algo ñoñas, pero muy jovencitas. Además son todas chicas; no sabía que los varones también hicieran esa carrera. Ah, que estudió usted en Madrid. Ya, ya sé que hoy día se puede hacer aquí, en la Escuela, seguro que esas chiquitas vienen de allí, ah, puede ser, estudiantes en prácticas. Así cambian tanto las que vienen a traerles la comida a los Echeverría, igual sabe usted algo de ellos, son muy mayores y casi no bajan a la calle, se cansan mucho, no pueden hacerse ellos mismos la compra. No, ya me imagino que lleva usted muchos años en el escalafón, ya, ya sé que no se dice así. 

Lo que quiero decir es que llevo cuatro años, no, de acuerdo, siete, siete años y medio escribiendo cartas al Ayuntamiento y ésta es la primera vez que me hacen caso, bueno, que me hacen caso de verdad, porque respuestas amables he recibido muchas, pero nunca han arreglado los problemas de este barrio. Sólo cartas a máquina, ninguna de puño y letra. Hasta fotocopias de respuestas modelo me han enviado. Ya ni siquiera las firmas son verdaderas: ¡vienen impresas en el papel oficial! ¡Y a veces en rojo, en verde, como si no hubieran tenido a mano su pluma de siempre y no les importara firmar con lo primero que tuvieran a mano!

Hombre, sé que es algo habitual, como las firmas de las cartas personales que envían los políticos cada campaña electoral. ¿Y sabe qué le digo? Que todos esos papelotes van directamente a la basura. No me creo nada, no señor. No, no voto, nunca. Pero si usted piensa que por eso no tengo derecho a que el Ayuntamiento me atienda como es debido, se equivoca. Ya, de acuerdo, no ha querido decirme nada de eso, pero sé leer en las miradas. No le fastidia. Pues pago mis impuestos como los demás, qué digo, seguro que mejor y más puntualmente que muchos: la basura, el agua, el gas ciudad… sin fallar nunca.

«Sin fallar nunca, es cierto —piensa Guiarres—, lo mismo que las cartas que puntualmente envía al Ayuntamiento, una al mes, exactamente». En realidad casi exactamente, porque las de algunos meses faltaban, sobre todo las de julio y agosto, aunque Guiarres sospecha que más bien se perdían por la indolencia del exiguo retén de funcionarios municipales que sobrelleva como puede los calores del verano burocrático. 

Son todas muy parecidas, aunque al mismo tiempo diferentes, pues tratan de asuntos como el incumplimiento de los plazos de una obra, el socavón que aparece en la acera de tal calle, las molestias que ocasionan los encargados de la limpieza de los patios a los gatos que allí viven, la desvergonzada actitud de los niños que suben desde la escuela pública al comedor comunal, la peligrosidad de los cables de la compañía eléctrica que penden entre las fachadas, provisionalmente, desde hace tres años, etc. Dentro del grupo «ruidos molestos» había una buena cantidad, de entre las que Guiarres recordaba vivamente una que rezaba así:

En, a 23 de octubre de 1993
El abajo firmante, Ernesto María Díaz de Garayo González de Durana, mayor de edad, con DNI número 3 762 841, residente en esta ciudad, calle Curtiduría número 97, cuarto, centro,
EXPONE
que debido al atroz barullo que produce el bar llamado «Catón», sito en la calle Curtiduría número 97, planta baja, exactamente donde antaño se ubicaba el establecimiento «Coloniales Las Heras», le es imposible, al igual que al resto del vecindario del mencionado edificio, conciliar el sueño hasta altas horas de la madrugada, por no decir de la mañana, de los viernes, sábados, domingos y vísperas de festivos. Ya se ha mencionado que la causa principal son los ruidos provenientes de dicho bar «Catón», propiedad, según el Registro Mercantil de la Provincia, de la sociedad colectiva Mauro y Mauro, fundada en 1956, hoja número 1547, tomo  XI, aunque arrendada desde 1983 a Pedro López de Acevedo, que es quien lo explota junto a otros dos amigos, cuyos apellidos se desconocen y que responden a los nombres de Santiago (o «Santi») y Jesús María (más habitualmente «Jesús Mari»), Los vecinos del inmueble nunca habían tenido problemas hasta hace cosa de dos meses…

Y así interminablemente durante cuatro páginas de letra apretada, refiriendo los más mínimos detalles acerca de la música que ponían al principio y la que pusieron después, describiendo los reiterados encuentros de la comunidad de vecinos del inmueble —siempre representados por el señor Díaz de Garayo— con los camareros del bar, las sucesivas denuncias, siempre inútiles, ante la policía municipal. Terminaba, indefectiblemente:

… Pero no es cuestión llegar tan lejos, y de ahí esta carta, que el abajo firmante le remite en su nombre y en el de todos los vecinos de este inmueble. Es cierto: los problemas de esta ciudad son muchos, mas ¿no cree que ya es hora de ocuparse de este barrio, cada día más degradado y ruinoso? No es éste un hecho aislado, ni mucho menos, como se le recuerda en las comunicaciones de 1/IV/1992, 28/XII/1992 y 26/III/1993, de las cuales, por cierto, no se ha recibido aún respuesta. Sin más y rogándole que aplique en este caso, y sin dilación, su reconocido celo y haga cumplir la ley —nada más, ni nada menos— se despide con un atento saludo
Ernesto M.ª Díaz de Garayo 

AL EXCELENTÍSIMO ALCALDE DE LA CIUDAD

Todas las cartas eran así, de ese estilo. A Guiarres le fascinan la minuciosidad, el amor al detalle y a la exactitud que denotan estos pequeños monumentos a la inutilidad, condenados de antemano al polvo del archivador, si no a las fauces de la trituradora. Ese afán por documentarse, como demostraba el censo de grupos musicales que había intentado pergeñar en aquella carta. Guiarres no sabe decidir hasta qué punto la imagen que se había formado del Viejo se corresponde con lo que está observando. Sentado en otro polvoriento sillón de orejas, inclinado sobre la taza de caipiriña, que bebe a pequeños pero ruidosos sorbitos, a Guiarres se le antoja una especie de ave enorme y expectante.

Cierra durante unos segundos los párpados. Su nariz aguileña, sus ojos de lechuza impasible, sus orejas minúsculas y parcialmente enterradas en una, por otra parte, no muy abundante mata de pelo entrecano, su cuello largo y pelado encima del polo beige, sus uñas largas y ennegrecidas… todo contribuye a reforzar en Guiarres esa imagen, a la que sólo añadiría algunos elementos escénicos como una rama desnuda y torcida y, quizás, la luna llena al fondo.

 A María, la anciana, menuda y oscura, sólo la ha entrevisto un instante, pero ha podido imaginarla sin dificultad como a un gorrión de esos que, dando saltitos, van robando en la plaza las migas de pan a las palomas. Un gorrión con moño. Y Guiarres no puede evitar verse a sí mismo como un pingüino, mofletudo, regordete y satisfecho entre los trozos de hielo de su caipiriña, que bien podrían ser icebergs a la deriva en el círculo polar antártico, o las carpetas blancas que habitualmente cubren su mesa de oficinista, una mesa que se ha agrandado con cada ampliación en gastos de mobiliario y material fungible, siempre inútilmente, pues las carpetas no tardan en invadir el espacio ganado. Extraviado en su ensoñación, con el sabor fresco de la bebida aún en los labios, Guiarres llega por un momento a identificar el olor que flota por la casa con el del alpiste, pero no es más que una impresión momentánea que se le escapa al instante.

Decide volver en sí y dirige su mirada hacia el Viejo, que lleva unos segundos sumido en un mutismo expectante. Hace un sitio en la mesilla que tiene a su lado y, como recordándolo de pronto, busca el maletín, que halla casi enterrado bajo una reciente avalancha de semanales de El País. Extrae trabajosamente la encuesta y encara al Viejo, que de alguna manera reconoce el fajo.

—¿Usted también me va a hacer una encuesta? —le suelta—. ¿No sabe que somos a diario pasto de encuestadores de la más diversa procedencia? Nos asaltan continuamente: del propio Ayuntamiento, por supuesto, pero también del EUSTAT, de la EPA, del servicio estadístico europeo, del Ministerio de Agricultura, de empresas privadas que no quieren revelar su nombre… Algunos sociólogos de sofá han decidido que los del barrio somos un apetecible objeto de estudio. Estoy seguro de que llenamos los gráficos con colores la mar de bonitos y las cifras de nuestras tablas le hacen exclamar «¡Tate! ¿No te lo decía?» a más de uno, pero las soluciones no llegan nunca. Para este barrio las soluciones no llegan nunca.


—Pues por eso estoy aquí, señor Díaz de Garayo. Para que nos cuente. Para que actuemos. Usted es el alma del barrio. Por eso estamos aquí —su aplomo es falso, pero quiere creer que convincente.


El Viejo no responde, se arrellana en el sillón, hace gemir la tapicería. A Guiarres le resulta difícil decidir si su gesto es de satisfacción o de otra cosa. Deja a un lado la encuesta, le pega otro sorbo al vaso y se inclina hacia delante.


—Dígame qué es lo que más le preocupa del barrio. No se calle nada. Incluso si es la administración el blanco de sus críticas. Déjeme adivinar. Quizá sea la seguridad ciudadana. Es uno de los aspectos más problemáticos del barrio, lo sé. ¿Sabe cuántas denuncias recibe sobre hechos delictivos ocurridos en este sector el cuartel de la guardia municipal al día? Ni se lo imagina. Y más desde el asunto de los asesinatos, claro. Pero, bueno, también tenemos sus propias quejas respecto a este tema. Por ejemplo, la de marzo pasado sobre los heroinómanos que venían, eh, a inyectarse la droga en su portal. Créame que desde ese día hay una ronda más patrullando por esta calle.


Guiarres sigue sin saber si el Viejo le mira socarronamente o está indignándose por momentos. Entrecierra los ojillos como si… en fin, no podría decirlo.


—Una ronda más. Sí, por supuesto que tiene usted razón. De patrullar por delante de este portal una vez cada tres horas y media, han pasado a hacerlo una cada dos horas y veintidós minutos. Es una media, por supuesto. Pero sólo los fines de semana. Y entonces da igual, porque sus centuriones no hacen nada por evitar el pandemónium que se monta en la calle. En cuanto ven un atisbo de pelea, se largan. Lo he visto yo con mis propios ojos, desde ese mirador, sí. Hasta los serenos demostraban mayor gallardía que ese montón de pelagatos. El resto de los días pasan de cuatro en cuatro horas, y eso si incluimos el coche de las once de la noche. 

De los picotas tuvimos que encargarnos los vecinos mismos, por supuesto. Mire, decidimos turnarnos para limpiar la escalera todos los días, a eso de las ocho de la tarde, con bien de lejía. Durante dos o tres horas es imposible quedarse más de un minuto en el portal, por el olor. La verdad es que no han vuelto. Pero imagínese lo que le cuesta a la comunidad todo esto, y no estoy hablando de la cantidad de lejía (y a veces de Salfumán) que compramos todas las semanas. Salvo los Peláez, que viven en el cuarto, todos los demás vecinos somos viejos, gente con más de cincuenta tacos a la espalda. 

No sabe usted el coraje que da ver a una pobre anciana arrodillada, frota que te frota, cuando donde debería estar es dentro de casa, cenando o viendo la tele al calor de una manta. Sobre todo si esa anciana es su mujer. Hemos pasado por mucho, no lo dude, pero ya no estamos para ciertos trotes, no sé si me explico. De todas formas ése no es el problema gordo, ni mucho menos. No hay tanta delincuencia como quieren hacernos creer. 

El asunto ese de los mutilados, no sé…, lo mencionan en la tele, en la radio, pero no acabo de… ¿Hasta qué punto no es parte de un plan del Ayuntamiento para intervenir más en la vida del barrio y comprar más y más casas? Como ha estado haciendo todos estos últimos años, por otra parte…


—¡Señor Díaz de Garayo, por favor…! —Guiarres trata de imprimir un tono indignado a su réplica, pero no le sale más que un gallo, bastante ridículo por cierto—. Sospechar siquiera eso…


—De acuerdo, de acuerdo —en el semblante del Viejo, sin embargo, no aparece la más mínima mueca de disculpa—. Puede que haya exagerado. Pero era a eso a lo que iba. Gran parte de los problemas del barrio se deben, y no se enfade, a cómo nos tratan ustedes, los del Ayuntamiento. No tienen ningún respeto por los que vivimos aquí. No digo que no quieran, que no amen el barrio, como se encarga de subrayar cualquiera de sus concejales cada vez que se atreven a poner los pies en alguna de las mesas redondas que organiza la asociación de vecinos. 

Yo hace años que no voy a ninguna: son inútiles. Siempre los mismos temas, las mismas buenas palabras, los mismos resultados. El amor al barrio. ¡Ja! No, ustedes nos tratan como si no existiéramos, como meras cifras de ordenador, de estadística. Si se les ocurre plantar una grúa en medio de la calle y dejarla allí durante tres años, aunque sólo haya trabajado realmente durante seis meses, aunque hayan prometido que las obras terminarían en el plazo de un mes, aunque durante todo ese tiempo el recinto en el que la encierran se llene de verdín, yuyos e inmundicia, aunque los niños del barrio puedan entrar sin problemas y subirse hasta arriba, hasta que la caída no tiene remedio… 

¿qué se puede esperar de ustedes? No me diga que no hemos protestado. No me diga que no ha tenido que dar un buen rodeo para llegar a este portal. No me diga que no conoce el caso del hijo de los Azcue, que se quedó parapléjico. ¿Cree que nos consultan cuando se les ocurre hacer alguna reforma, alguna intervención, como ustedes las llaman? 

No hace ni dos meses que alguna directriz de vaya usted a saber qué departamento decidió que había que sacar a la luz las paredes de ladrillo de las casas viejas, eliminando el estucado o el hormigón que en algunos casos las cubría. Algunos edificios han quedado muy bonitos, no me cabe la menor duda. Pero cuando llegaron a la Casa Zuaznabar no se les ocurrió que las pinturas casi borradas que recubrían el enyesado podían tener algún valor. Procedieron igual: hicieron emerger el ladrillo. Y se cargaron una decoración con motivos vegetales ¡del siglo  XVII! Alguien les avisó, y gracias a algunas fotografías viejas pudieron reconstruir el diseño. Pero lo hicieron con pintura acrílica. Ahora la casa Zuaznabar parece un motel de carretera norteamericano.

Guiarres piensa en el Viejo. Escuchándole se le hace difícil no imaginárselo como uno de esos ancianos gruñones, con una pensión exigua, que todas las mañanas bajan al sol de la plaza en zapatillas de casa, a quejarse del gobierno y de los impuestos. El Viejo sólo baja en zapatillas, con su mujer, a dar de comer los menudillos con arroz que les preparan a los gatos del patio contiguo. Eso, al menos, es lo que le han contado a Guiarres. No, su forma de hablar, pedantería más o menos, no se aleja de la de cualquiera de esos jubilados. Sólo ese afán por la exactitud, por el detalle nimio… 

Aunque no han logrado averiguar en qué universidad cursó sus estudios, el Viejo es antropólogo, desde hace muchos años además. Lo primero que ha hecho al entrar al cuarto es mirar las paredes a ver si encontraba el título enmarcado: si está allí, no ha podido verlo por el abigarramiento. A principios de los sesenta escribió y publicó un estudio pionero titulado Televisión y control social, sorprendente teniendo en cuenta la breve historia que el medio tenía entonces en España. 

Guiarres se lo ha leído —no es demasiado largo— y ha de reconocer que aunque se ha quedado un poco anticuado, hay pasajes que siguen teniendo garra y actualidad. Una beca para perfeccionar estudios en París y una agregaduría en una universidad de provincias. Después, su trayectoria se hace algo más oscura: un viaje a Brasil con el objeto de estudiar una tribu amazónica, una vida difícil en los suburbios de algunas capitales de provincias en aquel país, el encuentro —y probablemente la boda— con María y, de repente, en 1977, vuelta a la ciudad natal, al desvencijado piso que ocupan los dos ahora. ¿Por qué? ¿Qué historia de derrotas se esconde tras aquellos vaivenes?

—Por lo tanto, señor Díaz de Garayo, usted es de la opinión de que no es el orden público el problema más preocupante, en este barrio. Quizá no sepa que hace dos días, a la vuelta de esta manzana…

—Conozco el tema. Yo también lo vi. Un charco tremendo… es horrible, claro. Pero, qué quiere. Vivimos en un barrio deprimido. Son ustedes los que han condenado a toda esa ralea de gente a vivir aquí. Y ahora, encima, quieren construir casas nuevas, más modernas, que ni los delincuentes ni nosotros, los antiguos vecinos del barrio, podamos comprar. Ahora, de repente, quieren que nos vayamos al extrarradio. ¿Sabe quién ganó las últimas elecciones, aquí, en el barrio? La derecha, qué digo, la extrema derecha. Y el segundo fue EH. Saque cuentas. El resto de los partidos les seguían a cientos de votos de distancia. 

La gente está crispada, y no me extraña, qué quiere que le diga. Con esas obras atronándonos todo el día, desde las ocho de la mañana. No me extraña que haya quien se vuelva loco y empiece a despedazar a la gente, sin más. Aunque tampoco sin más, si lo piensa usted bien.

—¿Me está usted diciendo que son los ruidos los que causan los crímenes? ¿Los de las obras? ¿No cree que está usted exagerando?
—Bueno, no quería decir que fuera sólo eso, no. Pero se nota que usted vive en una de esas urbanizaciones que tanto abundan por las afueras. Un jardincito bien cuidado, unos vecinos amables, una carretera que acaba ante la puerta de casa, ni un solo ruido durante el día y un silencio más profundo aún por la noche. Una inversión en el devenir histórico: el campo se torna civilización, la ciudad se convierte en el centro de la barbarie, del desorden. Un irónico revés de la oposición naturaleza-cultura, ¿no le parece?
—La verdad es que no estoy demasiado familiarizado con la filosofía moderna, señor Díaz… Díaz de Garayo…
—Pero qué filosofía ni qué leche. ¿Es que no le han enseñado nada en su universidad, o qué? Me importa un bledo que usted estudiara en un colegio universitario: ¿es que no tenían un plan de estudios? La mayoría de los miembros de ciertas tribus de la Amazonia, que por otra parte usted no dudaría en calificar de salvajes, serían capaces de comprender pensamientos más complejos que el que acabo de formular. Fíjese, sin ir más lejos, en la leyenda de la creación de los arumbayas, que viven diseminados a lo largo de las orillas del río San Ceferino, cerca de los wahtsu, y a los que tuve la suerte de estudiar durante varias campañas. 

Según la leyenda, al principio los arumbayas, que vivían lejos de donde se encuentran ahora, cerca de las montañas, carecían de espíritu, eran como las bestias de la selva, peleaban entre ellos por la comida. Pero sobre todo —y esto era lo que más asombro causaba entre los que oían la historia, especialmente en los niños— los hombres tenían por aquel entonces manos de tapir, es decir, algo parecido a pezuñas, así que no podían construir chozas ni hacer fuego y malvivían en la selva, esclavos de los elementos y del dios de la lluvia, a quien se veían obligados a adorar con sacrificios humanos. 

Pues bien, un día un arumbaya que vagaba por la ribera del San Ceferino —que ni entonces ni ahora tiene nombre, para ellos— se encontró al dios del río, parecido a un gran pez. El hombre, asustado, quiso huir, pero el dios del río le detuvo y le comunicó que él podía librar a los arumbayas de la tiranía del dios de la lluvia. «¿Cómo?», le preguntó el arumbaya. «Es fácil —le respondió el dios—, no tienes más que restregar las pezuñas en el fango que cubre las orillas de mi río». 

El arumbaya hizo lo que el dios le había dicho y vio cómo enseguida sus pezuñas se convertían en manos, con sus cinco dedos y todo eso. Al principio las miraba asombrado, pues no sabía para qué podían servir. Pero pronto comprobó su utilidad cuando las empleó para lanzar piedras a un ocelote que en otra circunstancia lo hubiera sin duda devorado: el félido, acostumbrado a la caza de los inofensivos arumbayas, huyó como alma que lleva el diablo. 

El hombre, entusiasmado, recogió todo el barro que pudo y lo llevó a donde vivía su gente, y pronto todos los arumbayas tuvieron manos y, enseguida, aprendieron a usarlas, construyendo una gran choza, fabricando instrumentos, haciendo fuego frotando dos ramitas. Cuando el dios de la lluvia decidió visitarles de nuevo encontró a los arumbayas poco dispuestos a servirle como antes hacían, se enfureció y descargó sobre la selva la más impresionante tormenta que nunca hubieran visto. Duró días y días, pero los arumbayas no se asustaron, porque tenían caza en abundancia, techos bajo los que protegerse y fuego con el que calentarse. 

De aquellas interminables noches bajo la tempestad les viene, añaden, la costumbre de congregarse para oír historias. Un día, el dios de la lluvia, cansado, dejó de molestarles. Decidieron entonces trasladarse a las orillas del río que, mucho después, un extremeño que buscaba El Dorado se toparía el día de San Ceferino, y adorar allí al dios del río, que tanto les había ayudado. Y allí siguen, concluyen, aunque el dios de la lluvia no les haya olvidado y les moleste de vez en cuando.

Guiarres lleva un buen rato observando la taza, preguntándose qué hace allí, con aquel viejo chiflado. Quiere parecer pensativo, concentrado en el sentido de la historia, pero es como si la realidad se le estuviera escapando. Es más, se da cuenta, con horror, de que casi ha olvidado el motivo de su visita a aquella casa.

—No me diga que no ha captado el fondo de esta curiosa versión del Génesis. Me dirá que no se parece en nada a la nuestra y tendrá razón, mas habrá notado que es mucho más certera que la que nuestra cultura ha heredado de los antiguos hebreos, por lo menos si hacemos caso a las hipótesis de antropólogos y arqueólogos como Besucov, Graham, Dunbar y otros, que como usted ya sabrá mantienen que en la peculiar forma de la mano humana —sobre todo en la posición del pulgar— está la base de la formación de nuestra inteligencia.

Somos inteligentes porque hemos aprendido a usar nuestras manos, porque hemos sido capaces de concebir y luego realizar instrumentos, instrumentos que tienen un fin. Las manos elevadas a fuego prometeico, a soplo de Dios. Fuente de la inteligencia, que es a la postre lo que nos hace humanos. Las manos…

El Viejo se mira las manos nudosas, oscuras. Guiarres trata de percibir en ellas algún temblor, una mínima vacilación, un anuncio de la muerte que no tardaría en rondarle. Pero, sin sorpresa, comprueba que permanecen firmes; el Viejo es como una estatua de bronce, imponente. El funcionario piensa en la encuesta que ha guardado en la cartera, se le antoja cada vez más inútil. ¿Cuál podría ser el próximo paso?

—Cuéntale lo de los gatos, Ernesto.

Guiarres se ha asustado, no siente vergüenza de confesárselo a sí mismo. La voz de María parece venir de muy lejos, casi de ultratumba, y revela un acento extraño, difícilmente identificable. Detrás de una columna de novelas añejas que casi llega hasta el techo ha surgido, inexplicablemente, una mecedora de mimbre en la que se ha materializado la misma vieja que ¿una?, ¿dos? horas antes les había servido la caipiriña.

Probablemente acaba de concluir su faena en la cocina, piensa el funcionario, que tiene la oportunidad de observarla con algo de detenimiento por primera vez. Pero le es difícil mantener la vista alzada ante esos ojos duros como diamantes. El moño es más grande de lo que pensaba, tan blanco que hace daño a la vista, un prodigio de ligaduras y retruécanos entre los que apenas se divisan las horquillas, un auténtico monumento al tiempo devorador. 

No, definitivamente no es un gorrión, aunque María sea pequeña y permanezca interminablemente encogida. La mecedora no se balancea ni un milímetro y permanece tan inmóvil como su mirada. Los conocimientos ornitológicos de Guiarres no son, en cualquier caso, lo suficientemente amplios como para dar con la especie que le correspondería a aquella María. Tampoco tiene ganas de pensar demasiado: le parece que el Viejo está tardando una eternidad en responder.

—Ya he mandado varias cartas al Ayuntamiento sobre este desgraciado asunto, el señor Guiarres lo recordará sin duda. ¿Que no las ha leído? Es lo que sospechaba: estaba seguro de que ni la mitad llegaban a su destino —su enfado es triunfal—. La burocracia, es lo que digo siempre. ¡Cuántas cosas no se perderán antes de llegar a su destino!

Pausa. El silencio es pegajoso. Guiarres ha claudicado definitivamente.

—Pues bien, cuando empezaron las interminables obras de la manzana de ahí al lado —la constructora ha rebasado con creces lo estipulado en las bases del concurso: ¡casi en dos años, qué le parece!—, una familia de gatos se vino a vivir a nuestro patio. Eran cuatro: la madre y sus tres cachorros, una preciosidad. Todos de raza común europea, cómo no, dos a rayas como la madre y el tercero negro como el betún. María y yo nos aficionamos a ellos, claro. Los veíamos jugar sobre las baldosas del callejón, correr hasta la gatera cuando algún perro suelto los perseguía, cazar las ratas que en ocasiones salían de las alcantarillas. Hasta nombres les pusimos.

Salomón, Moisés, Asurbanipal y la madre, Moña. Sic, como se suele escribir. Guiarres no sabe por qué, pero se acuerda de aquella estupidez, pese a que sólo había dedicado un momentito a repasar aquel archivador de cartas.

—… a la madre le pusimos Moña y a los gatitos Salomón, Moisés y Asurbanipal. Bajábamos todos los días con algo de comida para ellos, normalmente higadillos de pollo con arroz partido que les cocinaba mi mujer. ¡No sabe cómo lo agradecían! Lo devoraban en un abrir y cerrar de ojos. Cada vez que bajábamos, Moña se acercaba ronroneando y nos hacía fiestas: se nos enroscaba entre las piernas, se dejaba acariciar, nos lamía la mano. Sus hijos eran mucho más ariscos y no se llegaban a la comida hasta que no nos habíamos alejado un poco, impulsados sin duda por el temor a que Moña les dejara sin nada.

Y un día, de repente, nos asomamos a la ventana y encontramos el cuerpo de Asurbanipal tendido en el suelo en un charco de sangre. ¿O la versión epistolar era «bañado en sangre»? Guiarres se apuesta a sí mismo mil duros a favor de la primera alternativa.

—Y un día, de repente, nos asomamos a la ventana y encontramos el cuerpo de Asurbanipal tendido en el suelo bañado en sangre. Bajamos inmediatamente. No pudimos hacer nada, murió allí mismo, en mis brazos. Moña y sus gatitos se habían escondido en alguna de las bajeras del patio; tardaron muchos días en reaparecer. ¿Quién lo había podido matar? 

Preguntamos a los obreros de la obra, nadie sabía nada, eso nos dijeron. Uno de ellos, sin embargo, nos miró burlón y dijo algo así como «¡Qué más les dará a ustedes! Total, no hacían más que ensuciarnos la obra con sus cagadas». Le pregunté el nombre, pero no quiso dármelo. Me dijo que me fuera a tomar por el culo, que era un viejo chocho.

Alfonso Martínez, treinta y nueve años, capataz de obra, mujer y tres hijos, natural de Aranda de Duero, un metro sesenta y dos centímetros de estatura, moreno, barrigón.

—A Moña le costó volver a cogernos confianza. Pero siguió viviendo en nuestro patio. Quizás le cueste entender que gente como nosotros encuentre apasionante ver crecer y corretear a unos gatos por un patio sucio, pero le puedo asegurar que es una de las cosas más bonitas que se pueden hacer en esta vida. María y yo casi nos peleamos por asomarnos a la ventana: se habrá dado cuenta de que es muy pequeña —la pausa, una vez más, se le hace interminable al funcionario—. El siguiente en caer fue Salomón: se lo pusimos porque nunca nos pareció muy listo. Fue horroroso, lo vimos todo.

Unos chavales del barrio le llamaron y le ofrecieron comida. Aunque no se acercó, como era su costumbre, asomó el hocico por el agujero donde se escondía y recibió una pedrada y luego otra y otra y otra. Me desgañité gritándoles todos los insultos que recordaba, pero no pude hacer nada. María bajó a detenerlos —yo estaba con gripe— con tan mala fortuna que se cayó por las escaleras y se hizo una fisura en la cadera: tres meses de cama. Los basureros se llevaron, por la noche, lo que quedó de Salomón. De entonces es mi tercera carta, aunque ya había avisado en otras de lo peligrosos que son los gamberros de este barrio.

Jordi Ortiz, catorce años, detenido en una ocasión por hurto menor, huido de una escuela especial; José Cienfuegos Mechas, dieciséis, gitano, se le intervinieron navajas de distintos tamaños en al menos tres ocasiones; Koldo Bernaola, doce, escuela especial, padres divorciados. Guiarres, a pesar del sopor que lo envuelve desde hace rato, está cada vez más atento.

—No lo entiendo. Los gatos son unos animales preciosos. No hacen daño a nadie y son beneficiosos. ¿Sabe por qué apenas se ven ratas en la superficie, aquí en el casco viejo? Ya. Pero ustedes ni se han dado por enterados. Ni siquiera los de la Oficina Municipal de Medio Ambiente y Protección Natural: ¡valiente payasada! Una excusa para veinte o treinta nóminas más que tenemos que pagar entre todos los ciudadanos… En fin, Asurbanipal duró unos pocos meses más.

 Moña lo protegía continuamente, aunque estaba ya pasando de la edad en que los gatos dejan a sus madres. Pero no fue suficiente. Lo encontramos colgando de un cable, desangrado, un domingo por la mañana. No vimos a nadie, el ruido de la noche impidió seguramente que oyéramos nada. Pero puede estar usted seguro de que fueron ésos que andan por ahí hasta las tantas de la madrugada, los de las cazadoras de cuero y todo eso. Unos hijos de puta. No me gusta la palabra, pero eso es lo que son, unos hijos de puta.

Domingo Ezcurdia, veintidós años, estudiante; Lore Sánchez, dieciocho, estudiante y canguro; José Joaquín Quinito Fadrique, veintiséis, parado; Raúl Umbral, veintitrés, estudiante. Y aquel otro, cómo se llamaba. Guiarres tiene una idea pero se le escapa por momentos. Trata de estar al tanto de lo que el Viejo sigue contando.

—Moña sigue viva, aunque anduvo muy enferma después de comerse ese raticida que ustedes esparcen sin ningún cuidado por el barrio y que a las ratas la verdad es que no les hace nada. Ha tenido más suerte, pero ¿por cuanto tiempo? Hace poco la dejaron tuerta: otra pedrada certera. Y casi no se atreve a acercarse ni a nosotros. Y ¿qué hacen ustedes? Nada. Nada.

Félix Bejarano, pero no, ese no está en la lista, es un amigo suyo. ¿Por qué se le ha venido a la cabeza el nombre de Félix? Ah, tiene gatos, él también. Los quiere mucho. Últimamente no habla más que de ellos. Por unos gatos. Todo ha sido por unos gatos. Por unos miserables gatos. Ernesto Díaz de Garayo, ciudadano modelo. Guiarres se revuelve en el sillón, incómodo. No es suficiente. No tiene nada. Desde hace un rato viene notando un olor levemente acre pero cada vez más presente invadiendo la sala.

—Perdóneme, pero ¿no se les está quemando algo? —pregunta Guiarres, esperanzado.

El Viejo dirige una mirada rápida a su mujer, que se levanta lentamente de la mecedora.

—Tiene usted razón. He dejado el guiso en el fuego. Tendría que sacarlo ya. ¿Me ayudas, Ernesto? —la voz es más dulce cuando pronuncia esas tres últimas palabras.
—Por supuesto, María. Nos disculpa un momento, ¿verdad? Enseguida volvemos con usted.

Los dos desaparecen, sorteando los obstáculos, silenciosos, por la única puerta de la sala. No hablan o, por lo menos, no lo parece. Como si la cocina estuviera a kilómetros de distancia. Guiarres siente la necesidad de levantarse, de desperezarse, de arrancarse de la piel la sensación de opresión que le embarga. Tiene la intención de rebuscar entre las revistas y los periódicos de la sala, pero ningún ejemplar le parece lo suficientemente nuevo. Sin embargo, sigue sintiéndose mal.

 Le desazona profundamente la vieja televisión, es como si le observara, como si grabara cada movimiento, cada expresión suya. Le recuerda mucho a la primera que tuvieron en casa y que compraron sus padres cuando él era ya bastante mayor. Antes de encenderla, primero había que enchufarla —por si las tormentas, ya sabes— y luego había que accionar el interruptor del alimentador. Decide que es por allí por donde empezará a buscar.

La rodea, teniendo cuidado de no derribar toda una pila de Hazañas Bélicas encuadernadas y se da cuenta de que la vieja Zenith no tiene alimentador. Ni siquiera cable para la antena. Le hubiera gustado encenderla: ya casi no se acuerda ni de cómo es una tele en blanco y negro. Hay algo, sin embargo, que le atrae irremisiblemente hacia el aparato: se acerca y palpa el metal, tan frío como la casa. Golpea una, dos veces. Suena a hueco, mucho más a hueco de lo que su memoria le indica. La placa de atrás está medio suelta, ni siquiera hay tornillos. Se puede soltar fácilmente y así lo hace. No encuentra allí dentro, como esperaba, un desbarajuste de cables y lámparas y transistores. 

En un panel sencillamente enmarcado se le aparecen, en todo su horror, diez, doce manos en miniatura, arrugadas, tan brillantes como si las hubieran barnizado, revelando desde su menudez todos los detalles del dorso: las uñas —algunas bien recortadas, otras mordidas—, los nudillos como perlas oscuras, las minúsculas arrugas, las venillas petrificadas. Fijadas con alfileres sobre un tapete verde, las manos semejan mariposas terribles, presas para toda la eternidad.

Manos derechas, salvo en un caso: debe de tratarse de la de Lore Sánchez, que era zurda. Aquella más pequeña será probablemente la de Koldo Bernaola, ésa más oscura la de Txomin Ezcurdia. Los mutilados. Los asesinados. La lista le baila en la cabeza. Estaban allí, pues. ¿Lo ha sabido Guiarres desde el principio de la visita, desde que vio el televisor en medio de la habitación? No lo sabe. ¿Tiene ganas de vomitar? 

Sería la primera vez en doce años de servicio. Se palpa el bolsillo derecho para comprobar si la pistola sigue ahí, busca en el izquierdo la seguridad que le suele transmitir la placa del cuerpo. Pero no está. Recuerda súbitamente que se la ha dejado en el bolsillo del abrigo, junto a la entrada. En la silla de mimbre. A partir de ese momento, Guiarres sabe que las cosas pueden salir mal. Que van a salir mal.

Se da la vuelta y allí están, tan silenciosos como se habían ido La vieja se ha soltado el pelo, una cabellera blanca, larguísima, que le llega casi hasta la cintura. Pero no es eso lo que más llama su atención. Tiene pintura en la cara, cuatro rayas rojas bajo los ojos, una negra sobre la frente. Su expresión no ha cambiado. Lleva un cuenco humeante, lleno de un líquido espeso y dorado que a Guiarres le recuerda a la miel. 

El olor que había percibido antes se ha apoderado de la sala, hasta la náusea. Guiarres quiere apoyarse en algún sitio, quiere decirles que están detenidos, que es policía, que se estén tranquilos y que no pasará nada, quiere sacar la pistola. No puede.

—El veneno es lento, pero efectivo, señor Guiarres. No tema: es un producto cien por cien natural. Probablemente no notó su peculiar sabor en la caipiriña. Es una lástima, porque le aseguro que es dulce y sabroso —Guiarres ve, como entre una nebulosa, los labios del Viejo moviéndose—. Tiene usted una bonita mano. Se lo digo sinceramente —el Viejo tiene un pequeño serrucho en la suya, pero Guiarres se ha olvidado ya de lo que es sudar, de lo que es gritar.

El Viejo se acerca, lentamente. Guiarres ni siquiera sabe si ha podido sentarse o si sigue de pie, plantado en medio de la sala. Siente los dientes del instrumento como una punzada en la muñeca y el resto tiene que imaginárselo, el suelo manchándose de sangre, María limpiando solícitamente la herida del trofeo, la inmersión de la mano muerta en el líquido amazónico, la infame química actuando sobre los poros de aquella piel que ya no es suya. Todo eso se imagina, hasta que la oscuridad elimina los últimos colores danzantes y se lo lleva.

La habitación se queda silenciosa, tan limpia o tan sucia como antes de la llegada del funcionario. Por los cristales rotos llega el chirrido de la grúa, el estruendo del martillo mecánico, las órdenes del aparejador, el maullido de un gato. Los ojos de María parecen despertar.

—Espérate un poquito, Moña. Enseguida vamos. Enseguida tendrás tu comida.