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Carta a mi hermana - Sivela Tanit

¿Por qué no respondes? ¿Por qué me ignoras? ¿Qué te agravió?

Recuerdo cuando me llevabas a las plazas a comer helado; con el poquito dinero que ganabas, hacías un esfuerzo y me llevabas lejos, a una plaza bonita y nueva, y nos comprabas helados. Yo veía tus ojos orgullosos de podernos dar ese lujo.

Recuerdo cuando salía a las canchas a andar en bicicleta y me ayudabas a que no me cayera; también jugábamos a la pelota. Por ti aprendí a jugar voleibol y fui muy buena en la secundaria.

Recuerdo que me ayudabas a hacer las maquetas que tanto amaban pedir las maestras en la primaria. A veces, la tarea era titánica para mí, que nací sin habilidades manuales, y tú las terminabas y sacabas la mejor calificación.

Recuerdo que me enseñaste a iluminar; eso era algo que me gustaba hacer mucho y estabas contenta. Me explicabas la teoría de los colores y yo me divertía aprendiendo cómo, al mezclarlos adecuadamente, se hacían otros tantos.

Recuerdo los pequeños sacrificios que hacías por mí, para que mamá y papá no se enojaran tanto conmigo cuando fallaba al cumplir con sus reglas (estúpidas). Vivimos muchas cosas juntas.

Recuerdo cuando nació tu bebé, recuerdo cuando se murió tu relación, recuerdo cuando conociste al muchacho que me amaba y recuerdo cómo decidiste ser una viuda sin casarte. Y ahora no me hablas; eso me duele, ¿sabes?, que no me hables.

Mamá lo era todo para ti. Ahora que me ignoras, recuerdo que me cuidaste para que mamá tuviera tiempo de ser una buena esclava para papá: para mantener económicamente a su marido, para aprender un oficio, para cocinar, lavar, aprender a sobrevivir.

Cuando mamá se fue, cansada de todo, y nos dejó con papá, fue un golpe que no pudiste superar. Y nos quedamos a cuidar al hombre que se deshizo de mamá. No pudiste irte con ella porque a mamá no le dio tiempo de despedirse de ti, pero siempre te sentiste culpable de que ella se marchara.

Ahora vives con papá y yo me salí, me fui lejos; pero siempre quise que nos habláramos, pero dejaste de hacerlo y no entiendo por qué. ¿Será que te enteraste de que estoy con mamá? ¿Será envidia? ¿Será tristeza? ¿Será resignación? Quizá la respuesta sea muy simple: nunca me amaste. Ahora creo que entiendo: solo fui la carga que le quitaste a mamá para que tú la pudieras tener toda, toda para ti sola.

Esta vez es la última vez que te escribo, hermanita. Mamá dice que ya no te ruegue, y tiene razón. Yo estoy con mamá y eso te ha de carcomer las entrañas. Me da risa pensar que, si no fuera porque hice enfurecer a papá, jamás habría encontrado a mamá.

Ahora las dos estamos juntas; lo único que no me gusta es que, aunque nos apretamos entre nosotras, tenemos frío, porque papá nos cobijó con la tierra húmeda y pesada del llano.

Adiós, hermanita. Al final, yo fui la que me quedé con mamá.


La leche de la muerte - Marguerite Yourcenar

    La larga fila «beige» y gris de los turistas se extendía por la calle ancha de Ragusa; los gorros adornados con trencilla y las opulentas chaquetas bordadas, que se mecían al viento a la puerta de las tiendas, encendían los ojos de los viajeros a la búsqueda de regalos baratos, o de disfraces para los bailes de a bordo. Hacía un calor como sólo puede hacerlo en el inferno. Las montañas peladas de Herzegovina proyectaban en Ragusa sus fuegos de espejos ardientes.

    Philip Mide entró en una cervecería alemana en donde zumbaban unas cuantas moscas enormes en medio de una asfixiante penumbra. La terraza del restaurante daba paradójicamente al Adriático, que reaparecía allí, en plena ciudad, en el lugar donde menos se le esperaba, sin que aquella súbita escapada azul sirviera de otra cosa que no fuera añadir un color más a lo abigarrado del mercado. 

    Un hedor pestilente ascendía de un montón de desperdicios de pescado que estaban limpiando unas gaviotas, de blancura casi insoportable. No llegaba brisa alguna del mar. El compañero de camarote de Philip, el ingeniero Jules Boutrin, bebía ante una mesa redonda de zinc, a la sombra de una sombrilla color de fuego, que recordaba desde lejos una gruesa naranja flotando en el mar. 

    ‑Cuénteme otra historia, viejo amigo ‑dijo Philip dejándose caer pesadamente en una silla‑. Necesito un whisky y una historia cuando estoy delante del mar... Que sea la historia más hermosa y menos verdadera posible, y que me haga olvidar las mentiras patrióticas y contradictorias de algunos periódicos que acabo de comprar en el muelle. 

    Los italianos insultan a los eslavos, los eslavos a los griegos, los alemanes a los rusos, los franceses a Alemania, y a Inglaterra, casi tanto como a esta última. Todos tienen razón, supongo. Hablemos de otra cosa... ¿Qué hizo usted ayer en Scutari, luego de saciar su curiosidad por ver con sus propios ojos no sé qué clase de turbinas?

    ‑Nada ‑dijo el ingeniero‑. Aparte de echar una ojeada a las azarosas obras de un pantano, dediqué la mayor parte del tiempo a buscar una torre. Tantas veces oí a las viejas de Servia contarme la historia de la Torre de Scutari que necesitaba localizar sus ladrillos desmoronados e inspeccionar si en ellos se encontraba, como dicen, un reguero blanco... 

    Pero el tiempo, las guerras y los aldeanos de la vecindad, preocupados por consolidar los muros de sus granjas, la han derribado piedra a piedra, y su recuerdo no se mantiene en pie, sino en los cuentos... A propósito, Philip, ¿tiene usted la suerte de poseer lo que se llama una buena madre?

    ‑¡Qué pregunta...! dijo con indiferencia el joven inglés‑. Mi madre es hermosa, delgada, va muy bien maquillada y sus carnes son tan prietas y duras como el cristal de un escaparate. ¿Qué más queréis qué os diga? Cuando salimos juntos se creen que yo soy su hermano mayor. 

    ‑Eso es. Le pasa a usted como a todos nosotros. Cuando pienso que hay idiotas que pretenden que nuestra época carece de poesía, como si no tuviera sus surrealistas, sus estrellas de cine y sus dictadores... Créame, Philip, lo que nos falta precisamente son realidades. 

    La seda es artificial, las comidas aborreciblemente sintéticas se parecen a esos falsos alimentos con que se atraca a las momias, y las mujeres, esterilizadas contra la desdicha y la vejez, han dejado de existir. Ya sólo en las leyendas de los países medio bárbaros encontramos a esas criaturas ricas en leche y en lágrimas, de las que uno se sentiría orgulloso de ser hijo... 

    ¿Dónde oí yo hablar de un poeta que no pudo amar a ninguna mujer porque en otra vida se había encontrado con Antígona? Un tipo que se me parecía... Unas cuantas docenas de madres y de enamoradas, desde Andrómaca hasta Griselda, me han vuelto exigente con respecto a esas muñecas irrompibles que pasan por ser hoy la realidad.

    Isolda por amante, y por hermana a la hermosa Alda... Sí, pero la que me hubiera gustado tener por madre es una niña que pertenece a la leyenda albanesa, la mujer de un joven reyezuelo de por aquí. 

    Eranse tres hermanos que trabajaban construyendo una torre desde donde pudieran vigilar a los bandidos turcos. Habían emprendido la tarea ellos mismos, sea porque la mano de obra fuese cara, sea porque, como buenos campesinos, no se fiaban más que de sus propios brazos, y sus mujeres se turnaban para llevarles la comida. 

    Pero cada vez que conseguían llevar a buen término su trabajo para colocar un ramo de hierbas en el tejado, el viento de la noche y las brujas de la montaña derribaban su torre lo mismo que Dios derribó la de Babel. Puede haber múltiples razones para que una torre no se mantenga en pie, y puede culparse de ello a la torpeza de los obreros, a la mala voluntad del terreno o a la insuficiencia del cemento que traba las piedras. 

    Pero los campesinos servios, albaneses o búlgaros, no reconocen más que una causa de semejante desastre: saben que un edificio se hunde por no haber tenido cuidado de encerrar en sus cimientos a un hombre o a una mujer, cuyo esqueleto sostendrá, hasta que llegue el día del Juicio Final, la carne pesada de las piedras. En Arta, en Grecia, enseñan un puente en donde fue emparedada de este modo una muchacha: parte de su cabellera se escapa por una grieta y cuelga sobre el agua como una planta rubia.

    Los tres hermanos empezaban a mirarse con desconfianza y ponían gran cuidado en no proyectar su sombra sobre el muro inacabado, ya que es posible, a falta de algo mejor, encerrar dentro de un edificio en construcción a esa negra prolongación del hombre, que tal vez sea su alma, y aquel cuya sombra es apresada de esta manera muere como un desventurado que padece penas de amores.

    Por la noche, cada uno de los tres hermanos trataba de sentarse lo más lejos posible del fuego, por miedo a que alguien se le acercara cautelosamente por detrás, le arrojara un saco sobre su sombra y se la llevara, medio estrangulada, como una paloma negra. Empezaba a flojear su entusiasmo por el trabajo, y la angustia, ya que no la fatiga, bañaba de sudor sus frentes morenas. Por fin, un día, el mayor de los hermanos reunió a su alrededor a los más pequeños y les dijo:

    ‑Hermanitos, hermanos en la sangre, la leche y el bautismo; si nuestra torre se queda sin terminar, los turcos volverán a penetrar por las márgenes del lago, escondidos tras los juncos. Violarán a las hijas de nuestros granjeros, quemarán en nuestros campos la promesa del pan futuro, crucificarán a nuestros campesinos en los espantapájaros que hay en nuestros huertos y que se transformarán de este modo en pasto para los cuervos. 

    Hermanitos, nos necesitamos unos a otros y nunca el trébol sacrificó una de sus tres hojas. Pero cada uno de nosotros tiene una mujer joven y vigorosa, cuyos hombros y cuya hermosa nuca están acostumbrados a soportar el peso de la carga. No decidamos nada, hermanos míos: dejemos que elija el Azar, ese testaferro de Dios. Mañana, cuando llegue el alba, cogeremos, para emparedarla en los cimientos de la torre, a aquella de nuestras mujeres que venga a traernos la comida. 

    No os pido más que el silencio de una noche, hermanos míos, y asimismo que no abracéis hoy con demasiadas lágrimas y suspiros a la que, al fin y al cabo, tiene dos probabilidades sobre tres de seguir respirando cuando se ponga el sol.

    Le era fácil hablar así, pues aborrecía a su mujer y quería deshacerse de ella para sustituirla por una hermosa muchacha griega de pelo rojizo. El hermano segundo no hizo ninguna objeción, ya que contaba prevenir a su mujer en cuanto regresara, y el único que protestó fue el pequeño, pues tenía por costumbre cumplir sus promesas. 

    Enternecido por la magnanimidad de sus hermanos mayores, dispuestos a renunciar a lo que más querían en favor de la obra, acabó por dejarse convencer y prometió callar toda la noche. Regresaron al campamento a la hora del crepúsculo, cuando el fantasma de la luz moribunda ronda aún por los campos. 

    El hermano segundo entró en su tienda de muy mal humor y ordenó con rudeza a su mujer que le ayudara a quitarse las botas. Cuando la vio agachada delante de él, le arrojó las botas a la cara y dijo:

    ‑Hace ocho días que llevo puesta la misma camisa, y llegará el domingo sin que pueda ponerme ropa blanca. ¡Maldita gandula! Mañana, en cuanto apunte el día, marcharás al lago con tu cesto de ropa y te quedarás allí hasta la noche, entre tu cepillo y tu pala. Si te alejas del lago un solo paso, morirás.

    Y la joven prometió temblando que dedicaría todo el día siguiente a la colada.

    El mayor volvió a casa muy decidido a no decirle nada a su mujer, cuyos besos le cansaban y cuya rolliza belleza había dejado de agradarle. Pero tenía una debilidad: hablaba en sueños. La opulenta matrona albanesa no durmió bien aquella noche, pues se preguntaba en qué podía haber desagradado a su señor. De repente oyó a su marido gruñir, mientras tiraba de la manta hacia él:

    ‑Corazón, corazón mío... pronto serás viudo... ¡Qué tranquilos vamos a estar, separados de esa morenota por los buenos y fuertes ladrillos de la torre!...

    Pero el más pequeño entró en su tienda pálido y resignado, como un hombre que acabara de tropezar con la Muerte en persona, con su guadaña al hombro, camino de la siega. Besó a su hijo en su cuna de mimbre y cogió tiernamente en brazos a su mujer; durante toda la noche le oyó ella llorar contra su corazón. 

    Pero la joven era discreta y no le preguntó la causa de aquella pena tan grande, pues no quería obligarle a que le hiciese confidencias y no necesitaba saber cuáles eran sus penas para tratar de consolarlo. Al día siguiente, los tres hermanos cogieron sus picos y sus martillos y salieron en dirección a la torre. La mujer del hermano segundo preparó su cesto de ropa y fue a arrodillarse delante de la mujer del hermano mayor.

    ‑Hermana ‑le dijo‑, querida hermana, hoy me toca a mí ir a llevarles la comida a los hombres, pero mi marido me ha ordenado, bajo pena de muerte, que le lave sus camisas blancas, y mi cesto está lleno.

    ‑Hermana, querida hermana ‑dijo la mujer del hermano mayor‑, con mucho gusto iría yo a llevarles la comida a nuestros hombres, pero un demonio se me metió anoche en una muela... ¡Uy, uy, uy..., estoy que no sirvo para nada..., todo lo más para gritar de dolor! Y dio una palmada, sin más preámbulos, para llamar a la mujer del hermano pequeño.

    ‑Mujer de nuestro hermano pequeño ‑dijo‑, querida mujercita del menor de los nuestros, vete tú hoy en nuestro lugar a llevar la comida a los hombres, pues el camino es largo, nuestros pies están cansados, y somos menos jóvenes y menos ligeras que tú. Ve, querida muchacha, que vamos a llenarte la cesta con un montón de cosas suculentas, para que nuestros hombres te acojan con una sonrisa, a ti que serás la mensajera que vas a aplacar su hambre.

    Y le llenaron la cesta con peces del lago confitados en miel y pasas de Corinto, con arroz envuelto en hojas de parra, con queso de cabra y con pastelillos de almendras saladas. La joven puso tiernamente a su hijo en brazos de sus cuñadas y se fue sola por el camino, con su fardo a la cabeza, y su destino alrededor del cuello como una medalla bendita, invisible para todos, en la que Dios mismo había escrito a qué clase de muerte se hallaba destinada y cuál era el lugar que ocuparía en el cielo.

    Cuando los tres hombres la vieron llegar desde lejos, figurilla pequeña que aún no se distinguía, corrieron hacia ella; los dos primeros, inquietos por saber si había tenido éxito su estratagema. El mayor se tragó una blasfemia al descubrir que no era su morenaza, y el segundo dio gracias al Señor en voz alta por haber salvado a su lavandera. Pero el pequeño se arrodilló, rodeando con sus brazos las caderas de la muchacha, y le pidió perdón gimiendo. 

    Después, se arrastró a los pies de sus hermanos y les suplicó que tuvieran piedad. Finalmente, se levantó y el acero de su cuchillo brilló al sol. Un martillazo en la nuca lo arrojó, aún palpitante, a orillas del camino. La joven, horrorizada, había dejado caer su cesta y las vituallas dispersas fueron el deleite de los perros del rebaño. Cuando comprendió de qué se trataba, tendió las manos al cielo:

    ‑Hermanos a los que yo jamás falté, hermanos por el anillo de boda y la bendición del sacerdote, no me matéis; avisad a mi padre, que es jefe de clan en la montaña, y él os proporcionará mil sirvientas, a quienes podréis sacrificar. No me matéis, ¡amo tanto la vida!... No pongáis, entre mi bienamado y yo, una pared de piedras. 

    Pero se calló de repente, pues advirtió que su marido, tendido a la orilla del camino, ya no movía los párpados, y que sus cabellos negros estaban manchados de sesos y de sangre. Entonces, sin gritos ni lágrimas, se dejó arrastrar por los dos hermanos hasta el nicho que habían horadado en la muralla redonda de la torre: puesto que iba a morir, para qué llorar. 

    Pero en el momento en que colocaban el primer ladrillo ante sus pies calzados con sandalias rojas, recordó a su hijo, que acostumbraba a mordisquear sus zapatos como un perrillo juguetón. Unas cálidas lágrimas resbalaron por sus mejillas y fueron a mezclarse con el cemento que la llana alisaba sobre la piedra.

    ‑¡Ay, piececitos míos! ‑dijo‑. Ya no me llevaréis como solíais hasta la cumbre de la colina, para que mi bienamado viera antes mi cuerpo. Ya no sabréis del frescor del agua que corre: tan sólo os lavarán los Angeles, en la mañana de la Resurrección...

    La construcción de ladrillos y de piedras se alzaba ya hasta sus rodillas, tapadas con una falda dorada. Muy erguida en el fondo de su nicho, parecía una Virgen María de pie tras de su altar.

 ‑Adiós, mis queridas rodillas ‑dijo la joven‑. Ya no podréis mecer a mi hijo, ni sentada bajo el hermoso árbol del huerto, que da al mismo tiempo alimento y sombra, podré yo llenaros de rica fruta...

    El muro se elevó un poco más y la joven prosiguió:

    ‑Adiós, mis manos queridas, que colgáis a ambos lados de mi cuerpo, manos que ya no podréis hacer la comida, ni hilar la lana, manos que ya no abrazarán a mi bienamado. Adiós, mis caderas y mi vientre, que ya no conocerá lo que es dar a luz ni amar. Hijos que yo hubiera podido traer al mundo, hermanos que no tuve tiempo de darle a mi hijo, me acompañaréis dentro de esta prisión, que será mi tumba, y de donde tendré que permanecer de pie, sin dormir, hasta el día del Juicio Final.

    El muro le llegaba ya al pecho. En aquel momento, un estremecimiento recorrió la parte superior del cuerpo de la joven, y sus ojos suplicaron con una mirada semejante al ademán de dos manos tendidas.

    ‑Cuñados ‑dijo‑, por consideración no a mí, sino a vuestro hermano muerto, pensad en mi hijo y no lo dejéis morir de hambre. No emparedéis mis pechos, hermanos, que mis dos senos permanezcan libres bajo mi camisa bordada, y que me traigan todos los días a mi hijo, por la mañana, a mediodía y al crepúsculo. Mientras me queden unas gotas de vida, bajarán hasta la punta de mis senos para alimentar al hijo que traje al mundo, y el día en que ya no me quede leche, beberá mi alma. Consentid esto, malvados hermanos, y si lo hacéis así, ni mi marido ni yo os pediremos cuentas cuando nos encontremos en la casa de Dios.

    Los hermanos, intimidados, consintieron en satisfacer aquel último deseo y dejaron un intervalo de dos ladrillos a la altura de los pechos. Entonces, la joven murmuró:

    ‑Hermanos queridos, poned vuestros ladrillos delante de mi boca, pues los besos de los muertos dan miedo a los vivos, mas dejad una ranura delante de mis ojos, para que yo pueda ver si mi leche le aprovecha a mi niño.

    Hicieron como ella les pedía y dejaron abierta una ranura horizontal a la altura de los ojos. Al llegar el crepúsculo, a la hora en que su madre tenía por costumbre darle de mamar, trajeron al niño por el camino polvoriento, bordeado de arbustos pequeños, medio comidos por las cabras, y la emparedada saludó la llegada del niño con gritos de alegría y bendiciones a los dos hermanos. 

    Unos chorros de leche empezaron a brotar de sus dos senos, duros y tibios, y cuando el niño, hecho de la misma sustancia que su corazón, se durmió contra sus pechos, empezó a cantar con voz amortiguada por el muro de ladrillos. 

    En cuanto le quitaron al niño del pecho, ordenó que lo llevaran al campamento para dormir, pero durante toda la noche se oyó la tierna melopea bajo las estrellas, y aquella canción de cuna, a pesar de la distancia, bastaba para impedir que el niño llorase. 

    Al día siguiente, ella ya no cantaba y su voz era muy débil cuando preguntó cómo había pasado Vania la noche. Al día siguiente, calló, pero aún respiraba, pues sus pechos, todavía habitados por su aliento, subían y bajaban imperceptiblemente dentro de su jaula. 

    Unos días más tarde, su soplo de vida fue a juntarse con su voz, pero sus senos inmóviles no habían perdido nada de su dulce abundancia de fuentes, y el niño, dormido en el hueco que formaban, oía aún latir su corazón. Luego, aquel corazón tan acorde con la vida fue espaciando sus latidos. 

    Sus ojos lánguidos se apagaron como el reflejo de las estrellas en una cisterna sin agua y a través de la ranura ya no se vio nada más que dos pupilas vidriosas, que ya no miraban al cielo. Aquellas pupilas acabaron por licuarse y dejaron lugar a dos órbitas huecas, en cuyo fondo veíase la Muerte, pero el pecho joven permanecía intacto y durante dos años más, al llegar la aurora, al mediodía y al crepúsculo, continuaba manando el surtidor milagroso, hasta que ya el niño dejó de mamar por su propia voluntad. 

    Tan sólo entonces los pechos agotados se redujeron a polvo y en el borde de ladrillo ya no quedaron más que unas pocas cenizas blancas. Durante varios siglos, las madres enternecidas acudieron a la torre, para seguir con el dedo, a lo largo del ladrillo rojizo, los surcos trazados por la leche maravillosa, y luego la misma torre desapareció, y el peso de la bóveda dejó de aplastar al ligero esqueleto de mujer. 

    Por último, hasta los mismos frágiles huesos acabaron por dispersarse y ahora ya no queda en pie más que este viejo francés, achicharrado por un calor de infierno, que repite machaconamente, al primero que encuentra, esta historia que es digna de inspirar tantas lágrimas a los poetas como la historia de Andrómaca.

    En aquel momento, una gitana, cubierta de una espantosa suciedad dorada, se acercó a la mesa en que se acodaban los dos hombres. Llevaba en brazos a un niño, cuyos ojos enfermos desaparecían bajo un vendaje de harapos. Se dobló en dos, con el insolente servilismo que caracteriza a ciertas razas miserables y reales, y sus faldas amarillas barrieron el suelo. El ingeniero la apartó bruscamente, sin preocuparse de su voz, que pasaba del tono de la súplica al de las maldiciones. El inglés la llamó para darle un denario de limosna.

    ‑¿Qué es lo que le pasa a usted, viejo soñador? ‑dijo con impaciencia‑. Los senos y los collares de esta mujer valen tanto como los de su heroína albanesa. Y el niño que la acompaña es ciego.

    ‑Conozco a esa mujer ‑respondió Jules Boutrin‑. Un médico de Ragusa me relató su historia. Hace unos meses que viene colocando en los ojos de su hijo unos asquerosos emplastos que le inflaman la vista y provocan la compasión de los transeúntes. El niño todavía ve, pero pronto será lo que ella desea: un ciego. Entonces esta mujer tendrá asegurado su peculio para toda la vida, pues cuidar de un impedido es una profesión lucrativa. Hay madres y madres.

Ensayo a mi madre - Sivela Tanit

Mi madre fue la mujer más maravillosa del mundo. Puedo comenzar así, pero yo sé que no es cierto, porque la madre de cada uno de nosotros fue la más maravillosa del mundo. Así que seré más realista y quiero aprovechar que tengo la capacidad de describir a mi madre en una sola palabra: aguantadora (para bien y para mal).

Aguantó decepciones, dolores, partos, amenazas, miedos, pérdidas, a sus hijos, un matrimonio que torció su camino, un marido irresponsable, trabajar toda su vida, el amor de sus hijos, el amor de sus nietos, su cansancio, su vejez, sus enfermedades… el peso del mundo.

Mi madre fue un enorme bloque, siempre de pie, firme y en sus momentos de flaqueza, (pues fue una persona muy sensible) sólo se rajaba ese bloque, a veces se le caían moronas y se convertían en guijarros que su enorme orgullo hacía a un lado, a veces, ese mismo orgullo recogía los guijarritos y los pegaba con saliva, de regreso a su gran monolítico bloque.

A veces nos contaba sobre su infancia, y me encantaba oírla porque ella, era una gran narradora, su voz y sus flexiones en la voz hacían que sus palabras fueran interesantes. Recuerdo que una ocasión, para la escuela me dejaron de tarea escribir una historia familiar, de mi madre yo recordaba dos o tres historias muy interesantes, así que fui a la cocina y le pedí que me las contara, así lo hizo, recuerdo que tomé nota  hasta copie algunas de sus expresiones. Y cuando leía mis apuntes, su voz quedó allí, tatuado en mi cerebro y taladrado en mi memoria auditiva. Ella estaba allí.

Desde niña siempre la vi como una mujer firme y fuerte, sólo es hasta ahora de adulta, que me doy cuenta que en realidad era una mujer frágil y sensible, a quien las circunstancias de la vida la llevaron a tornarse en lo que yo conocí. Mis hermanas mayores, me imagino, conocieron más a mi madre. Quizás ellas vieron más esa parte sensible, yo no. A mí me tocó vivir la madre luchona, trabajadora, madre soltera con un marido inútil, me tocó vivir el enojo, la decepción. Siempre pienso que cada uno de mis hermanos y hermanas tuvo una madre diferente.

De la biografía de mi madre sólo tengo lo que ella me contó, no tengo tíos o parientes a quienes pudiera preguntarle sobre ella. A mi abuela materna María no la conocí, murió quizá cerca de nueve años antes de que yo naciera, mi abuelo materno Víctor falleció aproximadamente 35 años después que mi abuela. Por supuesto que lo conocí, pero nunca me aproximé a él. Tengo dos tíos vivos mayores que mi madre, pero con una se rompió la relación hace tanto que en realidad es una completa desconocida, mi tío, el mayor de los hermanos es muy grande de edad y divaga enormemente. De mi tío sólo puedo citar un adjetivo para mi madre: Era una cabrona. Una sentencia dura, tajante e inamovible. 

La infancia de mi madre es desde mi perspectiva y jugando a los adjetivos inapelables: incomprendida. Por supuesto, que yo no tengo más que la referencia de mi madre, no puedo confirmar si era así o no. Esto nace por una enfermedad física que ella presentaba. Comentaba que de la nada, estando parada se desvanecía. Desmayada. Los doctores nunca supieron darle nombre a su padecimiento, sólo decía que no tenía nada. Y así con la nada siguió creciendo y desmayándose, por precaución no la dejaban salir mucho.

Una vez nos contó que se desmayó y su familia llegó a pensar que seguramente estaba fingiendo, así que la nalguearon, pero hablo de las nalgadas del siglo XX, fuertes, firmes, con la mano marcada en los glúteos. Para su sorpresa no se despertó, así que decidieron que ella no fingía. Por supuesto que se despertó y entonces sí sintió el residuo de esos golpes. Y aquí es donde yo pienso que la ignorancia es brutal, después de fallecida mi madre, descubrimos que ella padecía una enfermedad hereditaria llamada Síndrome Síncope Congénito. Lo cual, a su vez, me sorprende, porque su corazón aguantó cuatro partos, una operación de cadera, varias caídas fuertes, huesos fracturados y simbólicamente su corazón roto.

También nos contaba de los deberes que le correspondían, lavar el patio todos los días, asear la casa y vivir con la diabetes de mi abuela, mi abuelo fue un personaje deambulante, se convirtió en pastelero y consiguió un trabajo en Ferrocarriles Nacionales, por lo tanto viajaba mucho al año. Era un hombre trabajador y responsable, pero a veces se iba por meses y no enviaba dinero a su casa, entonces estaban en apuros económicos para pagar la renta y comer.

Una de mis historia favoritas era que a su casa llegaba de visita una ancianita blanca como la nieve, peinada con su larga trenza blanca, era pariente de mi abuela, llegaba de Michoacán y les llevaba suficiente pinole para llenar una olla tamalera. A mi madre le gustaba el pinole y lo llevaba a su escuela, allí sus compañeras le pedían y a ella se le ocurrió venderlo, ponía un poco en pequeños cucuruchos y lo daba a 5 centavos, esto pasaba por la década de 1950. Con el dinero que ganaba compraba timbres con los que llenaba una planilla, era algo que se acostumbraba en su escuela, eso lo hacía con la maestra, al final del año escolar se les daba a los padres el dinero que habían ahorrado en todo el curso escolar.

Con la venta del pinole pudo comprar muchos timbres, cuando terminó su curso la maestra no le quiso dar el dinero a mi mamá, dijo que era mucho y tenía que dárselo a sus papás. Mi madre obedeció, mi abuela estaba escéptica, no se explicaba cómo era posible que por unos cuentos pesos la hicieran ir. Su sorpresa fue enorme cuando la felicitaron porque su hija era una excelente ahorradora. Llegó a juntas algo así como 20 pesos (casi millonarios) por supuesto que cuando le preguntaron a mi mamá de dónde había salido todo… pues ya no había nada de pinole para cocinar.

La escuela a la que fue mi madre todavía existe, es la Primaria Benito Juárez ubicada en Jalapa 272, colonia Roma Sur. Asistía por la tarde y nos describía que estaba dividida en dos secciones, una para niños y otra para niñas. Una reja los separaba. Decía que ella llevaba una pequeña canasta y a veces las de sexto grado la usaban como correo entre ellas y los muchachos, le daban las cartas que escondía en su canastita y con su manita las pasaba entre la reja, mi madre les cobraba con dulces u otra cosa esos favores.

Mi madre siempre me pareció muy astuta y hábil en el comercio, entre otras cosas. No sé bien que habrá pasado con aquellas habilidades, cuando uno está fuera del contexto de la vida se le hace muy fácil ver todo el éxito que la persona pudo llegar a tener, pero no es fácil tener esa capacidad estando sus zapatos. Extraño a mi madre, cada día desde su fallecimiento la extraño. Con todo y sus defectos la echo de menos. Mi madre no fue maravillosa, ella simplemente fue un humano que me enseñó de límites, cambios, errores, aciertos. Ella sólo fue una persona aguantadora.