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Siete horas - Dezohara Bollstadt

Tenía que tomar un vuelo de siete horas, era una travesía larga, salía en la madrugada de mi lugar de origen y llegaría al atardecer a ese nuevo lugar. Estaba emocionada, era mi primer viaje tan largo. Había consultado con todos mis amigos sobre consejos de viaje. La mayoría coincidía que durmiera, pero no me convencí, uno de ellos me dijo que leyera. Cuando el avión ya estuviera en el cielo podría leer una novela, pero no quería llevar más peso en mi maleta de mano, porque las políticas de la línea aérea son rigurosas. Así que me recomendó un libro electrónico.

Un par de días antes de mi vuelo, busqué alguna novela electrónica, pero todas se me hacían muy largas, hasta que ese amigo me recomendó leer artículos de revistas, comencé a buscar algunos y me decidí por uno que tenía historias pequeñas, ligeras y cómicas.

El día de mi viaje estaba emocionada, estaba atenta a todas las pequeñas instrucciones para el abordaje, las maletas, el peso, el boleto, el pago extra, el asiento…

Luego de un poco de estrés por toda la burocracia para poder viajar, estaba sentada en mi lugar. Me dieron el asiento al lado de la ventana, cerca a la salida de emergencia. A mi lado se sentó una pequeña anciana, su tamaño parecía el de una niña de 7 años, me saludó muy formal y fueron todas las palabras que salieron de ella en todo el viaje.

En el vuelo comencé a leer la revista electrónica y encontré un cuento, no era tan largo, tendría como 10 párrafos máximo, comencé a leer la primera línea: “Soplaba el viento del Norte y de él fluía rojos y dorados los últimos días del otoño.”

Nunca he sido buena leyendo, pensé que tardaría 10 minutos, pero no entendía nada, levantaba la vista, volvía a la línea, avanzaba, me daba cuenta que seguía sin comprender. Leí el segundo párrafo, no era un autor para mí.

¿Por qué seguí leyendo? Sí lo publicaron en una revista seguro era bueno, repetí el párrafo.

¿Qué dijo?

Regresé, me harté, pasé al tercer párrafo.

¿Y si le hago como dicen en la escuela? Leí todo de corrido sin pensar y luego lo leí con calma.

Pasé todos los párrafos y regresé… avancé: “Criaturas Silvestres en la noche magnífica; y la pequeña Criatura Silvestre anheló tener alma e ir a venerar a Dios.” y luego traté de comprender, no entendí.

¿Por qué leía eso?

¿Qué necia obstinación me llevó a seguir con algo que no está escrito para mí?

No recuerdo tener nada en común con lo que se contaba. No entiendo porqué seguí en aquello, no lo comprendo.

Seguí leyendo, llegué al final.

¿Qué me dejó?

 ¿Qué pasó?

 Releí: “Y vinieron por bandadas durante toda la noche hasta formar una gran multitud y se alejaron danzando por sobre los marjales.” ¿Todo fue un baile? ¿fue un personaje interesante?

No entendí nada, pero eso no importa, porque el vuelo había concluido, olvidaré lo que ha pasado.

Ahora estoy en espera de mi auto rentado y sé que cuando me pregunten por el viaje, diré: me quedé dormida. No voy a reconocer que pasé siete horas tratando de entender una historia.


Infancia - Dezohara Bollstadt

 Siendo adulto uno tiene en su memoria muchos recuerdos y eventos que marcaron su infancia. Una de las primeras remembranzas son los juegos y los amigos, las aventuras y las travesuras. Siempre se queda en la memoria aquello que nos divertía y que sabemos, ahora de adultos, no regresarán.
A veces, como padres, deseamos que nuestros hijos tengan una infancia más feliz que la nuestra y que se diviertan tanto como nosotros con las cosas que nos gustaban, pero como gente mayor, observamos que los niños son diferentes, porque han nacido bajo otras circunstancias familiares, económicas y sociopolíticas que influyen en su precepción del mundo.
Yo disfrutaba mucho mojarme bajo el menor pretexto, a veces hasta cuando mamá regaba las plantas. También me gustaba mucho disfrazarme de héroe, mi favorito era el personaje de “El zorro”, me fascinaba usar una capa roja de estambre de mi mamá y  saltaba por la cama y los muebles, usando un práctico látigo imaginario y mis puños para vencer a los malos.  
Sobre eventos en mi infancia que marcaron parte de mi personalidad, uno de ellos es cuando una de mis hermanas me contaba cuentos; en ese entonces yo creía que ella los había inventado, años después, descubrí esas historias en mis libros de texto de primaria; el que me encanta rememorar es la historia de una niña que tenía un ojo en el dedo y mi hermana hacía la pantomima con él, otro de los cuentos es “La Plapla”, en ese ella abrió un libro y me platicó de la letra que bailaba por todas las páginas. Estoy segura que por ella y la forma en que me las narraba  comencé a amar la lectura.
Rememorar la infancia, siempre lleva a la nostalgia, a veces es posible repetir esas aventuras cuando se tienen niños pequeños, hijos o sobrinos, pero no es lo mismo, porque ellos, a su vez, tienen también sus propios héroes y aventuras, es entonces que sólo nos queda ser testigos participantes y no los protagonistas.
Cada persona en el mundo tiene guardada su infancia, de la manera que la haya vivido, eso lo ha marcado para ser el adulto de hoy.  A veces escucho la frase “todos tenemos un niño en nuestro interior”, yo no tengo conocidos que sean ejemplo del esa frase, por eso para mí eso es una falacia, la vida real, la cotidianidad va aniquilando la inocencia y la diversión infantil.
Sin embargo, he logrado conservar algo de mi niñez: la capacidad de asombro. Procuro con todo mi corazón conservar esa emoción y atesorarla, porque pienso que es una parte valiosa que me ayuda a seguir resistiendo la cruel realidad de cada día.

Siempre considero que la infancia, de la manera que se haya vivido, marca al adulto que vive hoy.

El vivo al gozo - Dezohara Bollstadt

Hoy asistí al funeral de un conocido, ni siquiera era amigo cercano, así, apartada del evento, pude observar el comportamiento de las personas.

En principio el amigo que me avisó necesitaba de compañía y me “invitó”; en ese caso no me pude negar, porque me lo pidió: “Acompáñame”. Moví mis “principios” de amistad y fui con él, para esto debo decir que ODIO, con mayúsculas, ir a funerales y mucho menos asistir al entierro. Son eventos que no puedo sobrellevar.

Cuando pasé por mi amigo a su casa, no le di el pésame, sólo lo abracé y nos fuimos al velatorio. El conocido era su primo, creció con él, eran casi de la misma edad. El primo se convirtió en difunto por quedarse dormido cuando conducía su auto.

Mi amigo al que bautizaré Pablo, siempre se quejaba de su primo por ser necio y meterse en problemas, pero se divertía mucho con él, porque era “el alma de la fiesta”. La mamá de Pablo, lo detestaba, era una mala influencia para su hijo: vago, flojo, sin trabajo fijo y ella sabía que usaba drogas. La mamá del difunto protestaba porque no aportaba dinero a la casa, sólo generaba gastos, basura y quehacer.

En general lo que yo escuchaba sobre el primo, era disgusto y resentimiento, pero ¡se murió! y todos, comenzaron a dibujarle una vida ficticia, lo describían como una maravillosa persona: apoyaba a su familia, siempre estaba para sus amigos, era alguien confiable, responsable, trabajador, excelente novio y hubiera sido el padre perfecto. (La novia anunció su embarazo en el funeral)

Como dije, no traté al fallecido y al estar presente ante esas declaraciones, me sacaron de mi balance, ¿eso era hipocrecía?  ¿era un homenaje bizarro? No entendí por qué cambiaban sus testimonios, ¿amabilidad? ¿conformismo? ¿un perdón? ¿una extraña muestra de bondad?. Siempre he pensado que si no tienes nada bueno que decir, no digas nada, pero hay un gran paso de guardar silencio a mentir.

Y comencé a cuestionar ¿eso pasa en todos los funerales? El ser más despreciable ¿será glorificado al morir? El único honesto fue Pablo, no dijo nada. Al final lo acompañé a su casa, cenamos y platicamos de cosas vanales, pero mi curiosidad pudo más que la prudencia y le pregunté sobre sus sentimientos hacia su primo.

Me despedí y llegue a mi casa.

Ahora pienso que a los muertos hay que dejarlos descansar en paz. Decir cosas buenas sobre el fallecido puede ser para aliviar culpas o para quitar lo malo de su personalidad y tener un bonito recuerdo de él; sin embargo, todo eso no alivia el hecho de que la familia debe enfrentar de cerca a la muerte.

La respuesta de Pablo me quitó las telarañas de la mente sobre los velorios, me dejó ver la realidad y me hizo plantar los pies sobre la tierra, él sólo me dijo: “El muerto al pozo y el vivo al gozo”.

Día de las madres - Dezohara Bollstadt

El día de las madres, desde mi perspectiva, es un día bastante hipócrita. Porque todo se hace con la intención de festejo por la madre, pero yo miro más allá, los 364 días restantes.

Hace muchos años leí que una mujer amaba tanto a su madre, que cuando ésta murió, luchó porque se instaurara el día de las madres, su batalla fue ganada, los primeros años todo estuvo bien hasta que esta misma mujer se dio cuenta que ese día era muy comercial, las empresas se había adueñado de la festividad y vendían cientos de productos en nombre de la madre. Entonces ella sintió que su mamá volvía a morir y luchó para que se quitara, sin embargo, esa guerra sí la perdió.

Los regalos para las madres, casi siempre eran electrodomésticos, por fortuna, a esa costumbre se le han añadido objetos personales: celulares, joyas, flores, vestidos, zapatos; o invitaciones a comer o paseos; por supuesto nunca faltan las “fiestas” para ella en su casa.

Los electrodomésticos y las “celebraciones” caseras son los “presentes” que yo considero, más repulsivos, el primero porque no dejará de ser la “ama de casa” eterna y el segundo porque a veces se desvirtúa y termina en fiesta de borrachos, además es seguro que la mamá termine limpiado los restos de la fiesta al día siguiente. 

Ya han pasado algunos días de ese evento y es cuando me gusta reflexionar, ¿cambió la vida de esa mamá? ¿Sus hijos le ayudaran al quehacer el resto del año? ¿La invitaran a pasear (al menos) una vez al mes? ¿Le comprarán ropa, zapatos y no porque los necesite, sino por gusto? ¿Hay una acción significativa para que su pesada tarea de ser madre sea más ligera y soportable?

En mi país la figura de la madre tiene un peso psicológico muy fuerte, por supuesto, es sólo y exclusivo de la propia mamá, porque cualquier  otra mujer, sin importar si es madre o no, es infravalorada. No obstante, de ese poder psicológico materno, no siempre es bien tratado, sólo se le desempolva en una ocasión y vuelve al armario al día siguiente.

Y me encanta la parte del “yo no hago eso”, “yo respeto a mi mami”, “yo la ayudo”, “yo le doy dinero”, etc. El Yoísmo en acción, felicidades, si eso hace que se laven las culpas.

Para mí el día de las madres es un día para reflexionar.

Desearía que las mujeres que cada mujer sea respetada por todos, los 365 días del año,  que sus quehaceres del hogar sean repartidos entre todos los miembros de la familia, que no sean el exclusivo sostén económico de sus hogares, que tengan tiempo para ellas, que sean inteligentes y busquen otras metas en la vida aparte de tener hijos, quiero de todo corazón que pudieran educar a un nuevo tipo de ser humano que sea solidario, caritativo, filantrópico, altruista, compasivo…

Anhelo que las madres fueran mejor de lo que son para que la sociedad logre cambiar y convertirse en la mejor versión de sí misma.

Eso es parte de lo que pienso en el día festivo. Que las madres hicieran eso, sería sensacional. Entonces ya no habría necesidad de esperar ansiosamente el día de la madre, porque  construir a una o varias personas para que desarrollen la benevolencia de la humanidad, sería motivo para festejarlas todo el resto de su vida.

Abejas - Dezohara Bollstadt

 Hace mucho tiempo tuve un día que he nombrado “De abejas” recuerdo trabajar en mi estudio, mientras me concentraba en mis clases on-line, escuchaba un zumbido en la ventana, no le presté atención, pensé que una mosca grande se había metido a la habitación y se golpeaba contra el vidrio.

Por supuesto que se me hizo extraño que ninguno de mis tres gatos estuviera tratando de cazarla, siempre lo hacen, cualquier bicho, hormiga, araña, mosca, etc., siempre están al acecho.

Mucho rato después vi de reojo que la "mosca" pasaba cerca de mi cabeza, la miré de fijo cuando se atravesó frente a la pantalla de la computadora y no vi una mosca, sino una abeja volando sobre mí, me sorprendió un poco, pensé en abrir completo el vidrio de la ventana para que solita se saliera, sin embargo, vuelvo la cara a la ventana y hay como diez abejas ¡por dentro!

Fue el mayor susto de mi vida, sé manejar una abeja, ni caso hago, pero cuando vi que eran un puñado, me asusté.

Lo primero que hice fue agarrar a Orión, mi gato que dormía plácidamente sobre mi teclado y lo encerré en mi cuarto. Luego realicé una llamada de pánico a mi esposo para que me tranquilizara. Él me dio consejos precisos.

Abrí casi todas las ventanas de la casa,  cerré la del estudio para que no se siguieran metiendo abejas, por fortuna sólo me quedé atrapada con tres. Eso fue un alivio, por fortuna una de ellas se salió solita por otra ventana próxima y las otras dos las tuve que, pacientemente, esperar a que se quedaran quietas y atraparlas en un envase. Las pude sacar por la ventana del baño...

Me asusté, no soy alérgica a ellas, pero prefiero mantener un respetuoso espacio entre ellas y yo.

Ahora sé que les llamó la atención el aroma de una dulce vela de uva.

Jamás volveré a prenderla durante el día.

Nuevas reglas de física - Dezohara Bollstadt

Hace tiempo tenía un vecino al que calificaría de controlador. Hoy lo recordé por un evento singular.
Este vecino a primera vista, era acomedido, amable y su eslogan era: “yo me llevo bien con todos”, por supuesto, quienes lo trataban únicamente en fiestas o de pasada, era el personaje más encantado de la historia, pero yo, que lo trataba diario, logré ver su “lado oscuro”.
Era tan controlador que si te prestaba cosas tenías que usarlas de la manera como él dijera o se enojaba; si tomabas un DVD o CD por curioso, debías dejarlo en el orden alfabético que él tenía; al colgar la ropa los ganchos o pinzas debían estar a cinco cm. de distancia uno de otro; aparte de muchas otras cosas, tenía teorías que desafiaban la física.
A mi directamente me dijo que el aceite se hundía en el agua. Lo cual me causaba un golpe a mi realidad, sobre todo por mis clases de ciencia donde estudiábamos la densidad y con mis propios ojitos vi que siempre flotaba el aceite sobre el agua.
Un día, me vio en el patio en proceso de lavar la ropa y él en su hábito de controlar todo, me “enseñó” a usar mi lavadora. Él lavaba su ropa, que era una carga pesada, en el ciclo de carga pequeña y el día de mi “lección de lavado” descubrí que no era por un espíritu ambientalista, sino y cito: “si le echas la mitad del agua, la ropa se seca más rápido”.
Todavía sigo sin entender la frase, quiere decir que ¿su ropa no absorbe la misma cantidad de agua que la del resto del planeta? Cabe decir que su ropa siempre se mantiene sucia aun cuando acaba de ser lavada. Pero él siempre ha de hacer lo correcto.
Todo esto vino a mi memoria porque hoy en una tienda de regalos un pequeño de cinco años le preguntó a su madre ¿por qué el fuego flota? Con referencia a unas velas flotantes, encendidas, que la vendedora tenía sobre el mostrador…
La pregunta es curiosa en un pequeño… pero en un señor de 50 años... me deja un amargo sabor de boca.

Responsabilidad - Dezohara Bollstadt

Hace muchos años vi una película “The Craft”, que en español la titularon  “Jóvenes Brujas” lo que me gustó de ella es una cita que en ingles dice: “When you open a floodgate, how do you undo it? You unleash something with a spell. There is no undoing. It must run its course.” Pero en español hicieron la traducción: “La compuerta que abres no la puedes volver a cerrar, porque ¿Cómo detienes toda el agua que sale de ella?”.

La idea en general habla sobre las acciones y la responsabilidad.

Siempre he sido partidaria de asumir las consecuencias. Y he notado que no todos los que conozco pueden hacer eso, algunos tienen acciones y piensan que pueden ir por la vida sin recibir una repuesta, eso me asombra, lo inocente que las personas pueden ser, o lo ególatras, al pensar que eso no les pasa a ellos.

Sea cual sea la acción realizada, hay una consecuencia. Aunque me gustaría diferenciar el concepto “consecuencia” de “justicia”. A veces, una persona que es observadora de eventos negativos, espera que el infractor sea castigado y debido a la falta de legalidad en mi país, eso jamás pasa. Sin embargo, sí creo que obtendrá un efecto bumerang, y el testigo quizás nunca lo vea, pero siempre está allí, de una u otra forma las acciones tienen peso.

Para ejemplo, un botón: Tengo un vecino que viví solo con su hija, él aparenta tener 50 años y es taxista, su hija ya es adulta y trabaja. El dilema con este señor, es que todos los días se quejaba con su hija de todo lo que le pasaba en el día: sus clientes que le ensuciaron el auto, que le descotaron, que no traía cambio, el vecino que lo despertó temprano, el otro vecino que no le baja el volumen a su música, la persona que nunca barre la calle, cualquier cosa le afecta. En mi opinión es un personaje que “Hasta lo que no come le hace daño”.

Por años estuvo en ese ritmo, hasta que la hija se hartó, se buscó su propio lugar y se fue, sé que lo quiere, le pasa dinero y comida, pero me enteré que ella le advirtió sobre sus quejas, no quiere saber nada, lo que le pase es problema de él y no está dispuesta seguir escuchándolo.

Él es un señor que pudo estar acompañado hasta el día de su muerte, ahora está sólo y él debe visitar a su hija porque ella no regresa.

La vida tiene diversidad de formas para retornar nuestras acciones y lo mejor es que no siempre son como las esperas. Quizás es por eso que muchas personas piensan que no pasa nada, que no hay “castigo” o “recompensa”.

Si eres un testigo, debes ser observados y paciente; si eres un actor de la acción, ten cuidado con lo que haces o dices, todo se regresa sea positivo o no, el bumerang de la vida nunca se rinde.

Primera vez - Dezohara Bollstadt

 Desde siempre he sido una persona lectora, me gustan mucho los cuentos y las novelas de género fantástico, por ello, casi no alimenté el gusto por las películas. Sin embargo, ahora con las  plataformas de Streaming, puedo acceder a muchas de ellas.
Y entonces hago una evaluación retrospectiva, antes me gustaba ir al cine, recuerdo que para ir al más cercano, debíamos salir de casa y trasladarnos por más de una hora. Conforme las salas del cine se fueron expandiendo, llegaron a las cercanías de mi casa.
Una de mis hermanas nos llevaba al cine, a ella sí le gusta mucho ir. A pesar de mi contacto con la cinematografía, nunca me llamé cinéfila ni estuve en los estrenos y tampoco me interesaba informarme de los eventos de los actores.
Lo mío eran los libros, sé de géneros, autores, el libro nuevo, clásico, etc., pero de cine, mi conocimiento era nulo. Mi poco interés me llevaba a desconocer los nombres de los actores, veía alguno que físicamente me gustaba pero no le seguía la pista, sólo medio me acordaba del nombre, pero no entraba en mi memoria permanente, hasta que lo volvía a ver en otra película.
Después ir al cine se convirtió en algo realmente caro, lo que me hizo alejarme de él fue la falta de respeto al otro espectador (ruidos, olores,  basura, etc.). Luego llegaron los asientos VIP, lo cual sólo significa que pagas para poder estar en tu celular mientras pasa la película.
Sin embargo, ahora, con las plataformas para ver películas en tu computadora o celular, he arrebatado un poco de tiempo a mis libros para ver algunas y hay muchas que todo el mundo ha visto, que tienen blogs enteros con opiniones sobre ellas, pero yo las observo por primera vez, me sorprendo y me alimento de esa ilusión.
Ya me gusta ver películas, ya definí que géneros prefiero y cuales evito.
No puedo decir que me he convertido en una cinéfila, pero estoy contenta con ser una consumidora del séptimo arte. Me gusta disfrutar de ver películas, aun cuando algunas no tengan buenas reseñas, verlas por primera vez y comprobar o negar la opinión de los demás es un privilegio del cual me siento muy contenta de vivir.

Única edición - Dezohara Bollstadt

 Cuando estaba en la universidad vivía en una casa compartida con varias compañeras de cuarto, ahora conocidas bajo el suculento término de roommate. Una de ellas, de la que hablaré en particular,  en su imaginación estudiaba derecho, en realidad no iba a clases, sólo usaba el lugar como refugio porque su padre la invitó a salir de su casa, debido a su comportamiento irresponsable con la bebida, la vagancia y las fiestas.
Su conducta no era diferente en la casa, la única ventaja es que no teníamos fiestas, porque la dueña del lugar las tenía prohibidas. Dentro de sus “virtudes” era coleccionar películas en formato DVD pirata, de las que son especiales, grabadas de cine.
También conservaba entre sus pertenencias libros que “su papá le había dejado” entre esas benéficas donaciones tenía una edición común de “Cien años de Soledad” del escritor Gabriel García Márquez.
El problema fue que yo estudiaba literatura latinoamericana y uno de los autores era García Márquez y en las librerías del viejo conseguí “Cien años de Soledad” una edición de  viejita Espasa-Calpe editada en Madrid. Yo era feliz con mi novela, y comencé a coleccionar todos los libros de ese autor.
Una tarde la roommate fiestera me reclamó mi libro, diciendo que era de ella, por cierto estaba alcoholizada y se sentía “el alma de la fiesta” y de repentinamente sacó una lista con su ilegible letra de todos los libros que se le habían perdido y que quería de regreso.
Al inició me enfurecí, pero luego recordé una regla de vida: “Nunca discutas con un borracho”, así que tomé su lista y le dije que tendría sus libros, como era de esperarse se puso necia, pero entre las otras dos roommate la seguimos emborrachando hasta que perdió el sentido. La buena noticia es que a la noche siguiente que despertó, no se acordó de nada.
Pero esta situación de reclamar libros retornaba con cada vez que bebía y se justificaba, diciendo: “yo sé que ese es mi libro porque se llama igual que el mío”. Estallé en carcajadas, en su mundo de alcohol, las editoriales sólo publican un solo ejemplar y sólo podía haber un libro con el mismo nombre.
Con el dolor de mi corazón, bajé los libros que necesitaba en PDF, y resguardé mis amados libros a casa de mi mamá, terminó el semestre y busqué una nueva morada.
Ahora tengo mi libro en mis manos y aunque no quiera, recuerdo a esa mujer e imagino lo famosa  que sería si ella tuviera la única edición, en todo el mundo, de ese libro.

Ensayo a mi madre - Sivela Tanit

Mi madre fue la mujer más maravillosa del mundo. Puedo comenzar así, pero yo sé que no es cierto, porque la madre de cada uno de nosotros fue la más maravillosa del mundo. Así que seré más realista y quiero aprovechar que tengo la capacidad de describir a mi madre en una sola palabra: aguantadora (para bien y para mal).

Aguantó decepciones, dolores, partos, amenazas, miedos, pérdidas, a sus hijos, un matrimonio que torció su camino, un marido irresponsable, trabajar toda su vida, el amor de sus hijos, el amor de sus nietos, su cansancio, su vejez, sus enfermedades… el peso del mundo.

Mi madre fue un enorme bloque, siempre de pie, firme y en sus momentos de flaqueza, (pues fue una persona muy sensible) sólo se rajaba ese bloque, a veces se le caían moronas y se convertían en guijarros que su enorme orgullo hacía a un lado, a veces, ese mismo orgullo recogía los guijarritos y los pegaba con saliva, de regreso a su gran monolítico bloque.

A veces nos contaba sobre su infancia, y me encantaba oírla porque ella, era una gran narradora, su voz y sus flexiones en la voz hacían que sus palabras fueran interesantes. Recuerdo que una ocasión, para la escuela me dejaron de tarea escribir una historia familiar, de mi madre yo recordaba dos o tres historias muy interesantes, así que fui a la cocina y le pedí que me las contara, así lo hizo, recuerdo que tomé nota  hasta copie algunas de sus expresiones. Y cuando leía mis apuntes, su voz quedó allí, tatuado en mi cerebro y taladrado en mi memoria auditiva. Ella estaba allí.

Desde niña siempre la vi como una mujer firme y fuerte, sólo es hasta ahora de adulta, que me doy cuenta que en realidad era una mujer frágil y sensible, a quien las circunstancias de la vida la llevaron a tornarse en lo que yo conocí. Mis hermanas mayores, me imagino, conocieron más a mi madre. Quizás ellas vieron más esa parte sensible, yo no. A mí me tocó vivir la madre luchona, trabajadora, madre soltera con un marido inútil, me tocó vivir el enojo, la decepción. Siempre pienso que cada uno de mis hermanos y hermanas tuvo una madre diferente.

De la biografía de mi madre sólo tengo lo que ella me contó, no tengo tíos o parientes a quienes pudiera preguntarle sobre ella. A mi abuela materna María no la conocí, murió quizá cerca de nueve años antes de que yo naciera, mi abuelo materno Víctor falleció aproximadamente 35 años después que mi abuela. Por supuesto que lo conocí, pero nunca me aproximé a él. Tengo dos tíos vivos mayores que mi madre, pero con una se rompió la relación hace tanto que en realidad es una completa desconocida, mi tío, el mayor de los hermanos es muy grande de edad y divaga enormemente. De mi tío sólo puedo citar un adjetivo para mi madre: Era una cabrona. Una sentencia dura, tajante e inamovible. 

La infancia de mi madre es desde mi perspectiva y jugando a los adjetivos inapelables: incomprendida. Por supuesto, que yo no tengo más que la referencia de mi madre, no puedo confirmar si era así o no. Esto nace por una enfermedad física que ella presentaba. Comentaba que de la nada, estando parada se desvanecía. Desmayada. Los doctores nunca supieron darle nombre a su padecimiento, sólo decía que no tenía nada. Y así con la nada siguió creciendo y desmayándose, por precaución no la dejaban salir mucho.

Una vez nos contó que se desmayó y su familia llegó a pensar que seguramente estaba fingiendo, así que la nalguearon, pero hablo de las nalgadas del siglo XX, fuertes, firmes, con la mano marcada en los glúteos. Para su sorpresa no se despertó, así que decidieron que ella no fingía. Por supuesto que se despertó y entonces sí sintió el residuo de esos golpes. Y aquí es donde yo pienso que la ignorancia es brutal, después de fallecida mi madre, descubrimos que ella padecía una enfermedad hereditaria llamada Síndrome Síncope Congénito. Lo cual, a su vez, me sorprende, porque su corazón aguantó cuatro partos, una operación de cadera, varias caídas fuertes, huesos fracturados y simbólicamente su corazón roto.

También nos contaba de los deberes que le correspondían, lavar el patio todos los días, asear la casa y vivir con la diabetes de mi abuela, mi abuelo fue un personaje deambulante, se convirtió en pastelero y consiguió un trabajo en Ferrocarriles Nacionales, por lo tanto viajaba mucho al año. Era un hombre trabajador y responsable, pero a veces se iba por meses y no enviaba dinero a su casa, entonces estaban en apuros económicos para pagar la renta y comer.

Una de mis historia favoritas era que a su casa llegaba de visita una ancianita blanca como la nieve, peinada con su larga trenza blanca, era pariente de mi abuela, llegaba de Michoacán y les llevaba suficiente pinole para llenar una olla tamalera. A mi madre le gustaba el pinole y lo llevaba a su escuela, allí sus compañeras le pedían y a ella se le ocurrió venderlo, ponía un poco en pequeños cucuruchos y lo daba a 5 centavos, esto pasaba por la década de 1950. Con el dinero que ganaba compraba timbres con los que llenaba una planilla, era algo que se acostumbraba en su escuela, eso lo hacía con la maestra, al final del año escolar se les daba a los padres el dinero que habían ahorrado en todo el curso escolar.

Con la venta del pinole pudo comprar muchos timbres, cuando terminó su curso la maestra no le quiso dar el dinero a mi mamá, dijo que era mucho y tenía que dárselo a sus papás. Mi madre obedeció, mi abuela estaba escéptica, no se explicaba cómo era posible que por unos cuentos pesos la hicieran ir. Su sorpresa fue enorme cuando la felicitaron porque su hija era una excelente ahorradora. Llegó a juntas algo así como 20 pesos (casi millonarios) por supuesto que cuando le preguntaron a mi mamá de dónde había salido todo… pues ya no había nada de pinole para cocinar.

La escuela a la que fue mi madre todavía existe, es la Primaria Benito Juárez ubicada en Jalapa 272, colonia Roma Sur. Asistía por la tarde y nos describía que estaba dividida en dos secciones, una para niños y otra para niñas. Una reja los separaba. Decía que ella llevaba una pequeña canasta y a veces las de sexto grado la usaban como correo entre ellas y los muchachos, le daban las cartas que escondía en su canastita y con su manita las pasaba entre la reja, mi madre les cobraba con dulces u otra cosa esos favores.

Mi madre siempre me pareció muy astuta y hábil en el comercio, entre otras cosas. No sé bien que habrá pasado con aquellas habilidades, cuando uno está fuera del contexto de la vida se le hace muy fácil ver todo el éxito que la persona pudo llegar a tener, pero no es fácil tener esa capacidad estando sus zapatos. Extraño a mi madre, cada día desde su fallecimiento la extraño. Con todo y sus defectos la echo de menos. Mi madre no fue maravillosa, ella simplemente fue un humano que me enseñó de límites, cambios, errores, aciertos. Ella sólo fue una persona aguantadora.