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Los trapos sucios - Elvira Lindo

La crueldad de una madre

Después de que pasara lo que pasó, yo me puse tan tan triste que mi madre casi tiene que llamar a la psicóloga de guardia. La psicóloga de guardia es la misma que la de todos los días, la sita Espe; lo que pasa es que últimamente se ha comprado un móvil y los de la Asociación de Padres se encargaron de repartir el número por el colegio, así que cualquier padre que tenga una duda terrible, sea la hora que sea, marca el número de teléfono de la psicóloga de guardia y la sita Espe le da su opinión autorizada.

Por ejemplo, un ejemplo, son las ocho de la mañana de un sábado y la madre de Yihad llama a la sita:

—Que Yihad está pidiendo el desayuno a patadas en la puerta de mi habitación, ¿qué puedo hacer?

—Pues lo que te está pidiendo ese niño es una colleja de efecto sedante.

—Gracias, gracias, cómo no se me había ocurrido.

O por ejemplo, otro ejemplo, son las doce de la noche y la madre de la Susana Bragas-sucias llama a la psicóloga de guardia, desesperada, al borde del llanto:

—Que estoy mandando a la niña a dormir y me dice que no se mueve del sofá hasta que no acabe el programa de Lina Morgan.

—Lo que esa niña te pide a gritos es que le apagues la televisión y la pongas de patitas en su habitación sin más contemplaciones.

—Pero, Dios mío, claro, si no fuera por usted...

En realidad, los que empezaron a utilizar este Teléfono de la Esperanza (teléfono de la Espe, entre nosotros) fueron los padres del Orejones, que necesitaban tener a la psicóloga a mano durante todo el fin de semana, que es cuando el Orejones se pone completamente insoportable (los días de diario también, lo que pasa es que sus padres tienen menos tiempo de disfrutarlo) y en plan comando incontrolado. Como la madre del Orejones no se atreve ni a levantarle la voz, marca el teléfono mágico angustiada:

—Espe, que Ore me dice que si no le dejo dormir conmigo esta noche que se va con su padre. Y claro, ponte en mi lugar, ¿dónde meto a Pepín? No le voy a decir que se vaya a dormir a la cama de mi Ore para que mi Ore se salga con la suya.

—A ver, a ver, a ver... Vamos a optar por algo tradicional. Dile al Ore que como no se meta en su cama y os deje en paz que te quitas la zapatilla.

—La zapatilla... Bueno, se lo digo y te vuelvo a llamar a ver si surte efecto...

Ya sabes, la madre del Ore está divorciada y Pepín es su nuevo amor. Yo le tengo bastante manía a ese Pepín porque a mí la madre del Orejones me gusta cinco tacos de queso de bola. Pero no te creas que al padre del Orejones le quiero más, le llamo «El Plasta» y fue mi Rival n.° 1; mi Rival n.° 2, como habrás adivinado, es Pepín.

Pero ésta es una historia que algún día te contaré con muchísimos pelos y muchísimas señales. La cosa es que en este capítulo de mi terrible vida, mi madre no llamó a la psicóloga, entre otras cosas porque si la hubiera llamado a lo mejor las collejas de efecto retardado y las zapatillas hubieran sido para ella. Empezaré la historia por el principio de los tiempos.

Un día, la sita nos dijo que teníamos que comprar en la papelería papel cebolla, cartulina y pegamento porque en Plástica íbamos a aprovechar para hacer con nuestras propias manos un regalo a nuestras propias madres que, según dijo la sita, son unas santas porque nos aguantan cuando no está ella, que es una santa también aunque el Vaticano no se lo reconozca. El regalo era para el Día de la Madre y teníamos que mantenerlo en el máximo secreto.

Es difícil mantener un máximo secreto cuando vuelves a tu casa y extiendes la mano delante de tu madre y le dices que te tiene que dar dinero para la papelería y tu madre dice:

—¿Que te tengo que dar dinero OTRA VEZ para queeeeé?

Te dan ganas de contestarle que es para ella y sólo para ella, pero te callas porque piensas: «Algún día se arrepentirá de sus palabras. Mirará emocionada la obra de arte que le plantaré delante de sus narices y dirá: "lo has hecho pensando en mí y yo echándote la bronca, perdóname, hijo mío"». Estos pensamientos me ayudan a ser feliz y a soportarla en sus peores momentos.

Al final, como siempre, me dio el dinero para la papelería y al día siguiente empezamos a hacer el regalo de nuestras santas madres. Era un payaso que llevaba en la mano unas flores. Primero se pintaba el payaso a lápiz en la cartulina y luego se iban haciendo bolitas con el papel cebolla para ir pegándolas en el payaso.

Yo haciendo bolitas era superrápido, estoy perfectamente entrenado porque el sistema es el mismo que sigo normalmente con los mocos de la nariz. Lo sacas, haces una bolilla compacta y la dejas caer limpiamente al suelo. Al Orejones el sistema «bolilla-compacta» le cuesta más porque no tiene práctica, no está entrenado, él es de los que se sacan el moco y adiós muy buenas, lo lanza con los dedos hacia arriba y si te he visto no me acuerdo. Es un tío sin escrúpulos.

Todos los días, si nos sobraba un rato de clase, la sita decía:

—¡Hora de payasetes!

Y sacábamos nuestra cartulina de las cajoneras. La sita nos dijo que cada uno podía pintarlo de los colores que quisiera porque así hacíamos trabajar nuestra imaginación, que dice mi sita que nos hace mucha falta porque la tenemos atrofiada de tanto ver la tele. Y ahí le damos la razón todos, porque no tenemos imaginación pero somos muy sinceros.

Yihad quería hacer su payasete todo rojo, y la sita le dijo que vale, porque como es un problemático hay que dejarle a su bola siempre para que no moleste. A la semana le preguntó a la sita si podía ponerle a su payasete unos cuernos. A los pocos días le preguntó si le podía poner un tridente en vez de las flores y la sita le dijo que bueno, y luego le puso una nube de humo saliéndole de un rabo porque le dio la gana. Del antiguo payasete sólo quedó sana y salva la nariz. Debajo había puesto con rotulador: «Felicidades, mamá. Tu payasete diabólico».

Yo estaba bastante orgulloso de cómo me estaba quedando, hasta que vino Yihad a mi mesa y me dijo:

—Qué cursi es tu payasete, Gafotas.

Me dijo eso por envidia podrida, porque estaba perfecto, y se empezó a reír de mi payasete de tal forma que me comió la moral, de manera que decidí hacerle al payasete unas innovaciones. Primero le puse unas paletas enormes que le salían de los labios rojos y luego le coloqué el pelo rizado como si fuera un peluquín. Le quitabas hacia un lado la peluca naranja y el payasete se quedaba calvo y en la calva se veía un piojo en calzoncillos que decía: «¿Podría taparme otra vez, por favor?». A la sita, esta segunda versión le gustó menos, sobre todo porque a partir de ese momento todo el mundo se animó a hacerle cambios al dulce payasete. La Susana le puso unos colmillos que goteaban sangre; Mostaza le dibujó una pistola en vez de las flores; Arturo Román le dejó los ojos en blanco como si estuviera poseído (le quedó genial); y hasta Paquito Medina, el niño 10, quiso cambiarle el traje de payasete por el del equipo del Rayo Vallecano. El Orejones López, como es tan vago, no se metió en muchas innovaciones, pero le quitó las flores y le puso un letrero que decía: «Para que mami lo sepa: payasete se escribe con P de Pepín».

La sita dijo que no conocíamos los términos medios: o no teníamos imaginación o nos pasábamos de rosca. Y dijo además que no se hacía responsable de los payasetes, aunque reconoció que con el rollo de los cambios habíamos estado entretenidos bastantes ratos y ella había podido vivir en paz algunos momentos, mirando por la ventana con vistas a la cárcel de Carabanchel y pensando en la jubilación. Lo sé porque sonreía como tonta de vez en cuando. Aunque a lo mejor era el olor de los pegamentos que nos tenía a todos medio colgados.

Con nuestros payasetes, envueltos en papel transparente de colores y atados con unos lazos enormes, nos fuimos todos para casa ese jueves. No se podía meter en la cartera porque las bolillas se aplastaban, así que había que ingeniárselas para introducirlo en casa sin que tu madre te viera y esconderlo de tal manera que no lo pudiera descubrir hasta el domingo. Pensé que podía dejar el regalo en casa de la Luisa hasta el día M (de Madre).

Iba ya por el primero cuando oigo a la Luisa y a mi madre que estaban hablando. ¡Qué mala suerte! Me senté en los escalones y decidí esperar hasta que mi madre subiera otra vez para casa.

La Luisa y mi madre no paraban de reírse. Yo estaba tan aburrido que, con un sigilo enorme, subí otros tres escalones para escuchar de qué hablaban y así entretenerme un poco, porque, además, se me estaba quedando el culo helado. Y lo que escuché nunca se borrará de mi memoria inmemorial: mi madre le decía a la Luisa que estaba ansiosa por ver qué nuevo horror de la naturaleza le había hecho yo este año en el colegio para el Día de la Madre. Ahí les dio la risa.

—Y espérate tú, que cuando el hermano empiece también con la Plástica, voy a tener material para montar el Museo de los Horrores.

Ahí les dio la risa otra vez.

—Porque claro, luego a ellos les gusta que los regalos estén expuestos a la vista del público. Acuérdate, el año pasado tuve que tener el iglú un mes en el mostrador del mueble-bar, menos mal que se conformó cuando le dije que lo había puesto encima de la cisterna del váter para que el hermano no lo rompiera.

Otra vez las risas despiadadas.

¡Así que por eso estaba mi iglú en lo alto de la cisterna! Mi iglú, el que le hice con palillos de dientes usados por mi abuelo para que fueran más flexibles y no se rompieran al hacer las curvas de la casita polar. Le hice chupar dos cajas enteras de palillos de dientes, se los tenía que meter de dos en dos en la boca, uno a cada lado, pero a mi abu no le importaba porque él siempre va con su palillo, aunque no se haya puesto la dentadura. Dice que así se le calma la nostalgia de cuando llevaba el cigarro y de cuando tenía dentadura de verdad. La sita me preguntó:

—¿Cómo consigues que los palillos se doblen tan bien?

Y yo le expliqué el método y me copió toda la clase. Los que tenían a sus abuelos vivos y a mano lo tuvieron fácil, y los que no, se tuvieron que aguantar y reblandecerlos ellos mismos en el recreo o en el comedor del colegio. El Orejones, como tiene un morro que se lo pisa, se presentó en mi casa con la caja de palillos y le preguntó a mi abuelo que si se los podía chupar él porque sus abuelos estaban en Carcagente y su madre se había negado a hacer ese trabajo sucio (es que en Carabanchel [Alto] no se ve bien que una madre vaya por la calle con el palillo a un lado de la boca). El Orejones nos contó que había pensado pedírselo a Pepín pero que, sinceramente, le daba asco construir un iglú con palillos rechupeteados por el novio de su madre. «Así que —le dijo el Orejones a mi abuelo— sólo puedo confiar en ti para este trabajo.» ¡Qué pelota! Mi abuelo se los chupó todos, uno por uno. Acabó un poco mareado, pero mi abuelo no sabe decirle que no a casi nadie, y menos al Ore, que es mi mejor amigo (y cerdo a la vez).

Luego pintamos el iglú con baldosinín y todo el mundo que venía a mi casa y lo veía encima del mueble-bar, decía:

—Hay que ver qué iglú, si parece que está uno en el Polo Norte.

Lo dijo Bernabé, lo dijo la Luisa, lo dijo mi padre y también lo dijo mi madre cuando se lo di. Yo llevaba un año convencido de que le había encantado, de que le había gustado tanto tanto que lo tuvo que subir a la cisterna por miedo al manazas del Imbécil.

Pero allí, sentado en la escalera, escuchando cómo mi madre le describía a la Luisa todos los regalos que yo le había hecho: un gato con las conchas de las almejas o el joyero con el bote de Nesquick... y escuchando cómo se reían, me sentía un niño bastante desengañado de la vida, un niño muy viejo con un pasado atroz. Me puse a llorar muy bajito para que no me oyeran y las lágrimas caían, gordísimas, sobre el papel que envolvía el payasete y que yo sostenía en las manos. Lo que ocurrió es que, claro, al llorar se me montó un atasco de mocos, y como no llevaba pañuelo, tuve que echarlos para dentro con todas mis fuerzas y se ve que la Boni lo oyó y echó escaleras abajo moviendo la cola. Me encontró en ese terrible estado y estaba empeñada en chuparme la cara como hace con todos los que se agachan y se ponen a su altura. Detrás de la Boni vino la Luisa y detrás mi madre, porque yo al ver que la Boni me había descubierto, ya no me corté un pelo y me puse a llorar como me apetecía: a moco tendido.

La Luisa y mi madre se quedaron paradas, se les había acabado la risa y estaban ahí, mirándome, unos peldaños más arriba que yo. Supercortadas.

Yo deshice el lazo del regalo, le quité el envoltorio de papel rojo transparente, saqué el retrato del payasete y ¿sabes lo que hice? Lo rompí, delante de sus narices, en cuatro trozos. Y ahí seguían. Superestupefactas.

Me levanté y subí las escaleras, pasé entre las dos y seguí subiendo hasta mi casa. Y ahí se quedaron. Superparalizadas.

Me metí en el cuarto de baño y me senté en el váter sin quitarme ni la mochila, ni los pantalones, ni nada. Sólo quería estar tranquilo y ése es mi sitio favorito. Al rato oí abrirse la puerta: por las voces supe que habían llegado el Imbécil, el abuelo y mi madre.

Llamaron a la puerta del váter.

—Manolito, abre, corazón —dijo mi madre muy suave.

Yo fui a contestar: «Ahora salgo», pero me empezó a temblar la barbilla y me callé. Al rato vino mi abuelo:

—Manolito, majo, sal con nosotros.

Yo no salía porque ya no sabía con qué cara tenía que salir ni qué iba a decir cuando todos me miraran, así que seguí en silencio. Pasó otro rato y llamó el Imbécil.

—El nene quiere con Manolito en el váter.

Yo sabía que, si hay alguien que no se da por vencido en mi casa es el Imbécil. Aunque no le respondí, él siguió diciendo la misma frase una y otra vez. La decía cantando, la decía por sílabas y dando golpes en la puerta: ¡el! ¡ne! ¡ne! ¡quie! ¡re! ¡con! ¡Ma! ¡no! ¡li! ¡to! ¡en! ¡el! ¡vá! ¡ter!... la decía, la decía y la decía. Abrí la puerta y le dejé entrar. Él tampoco se había quitado todavía su mochila del colegio. Se sentó en el bidé y se quedó a mi lado. Estuvimos un rato en silencio, pero el silencio se rompió porque se oyeron unos ruidos extraños.

—Son las tripas del nene que tiene hambre —me dijo.

Se puso de pie y me llevó la mano a su barriga. Le crujían las tripas ferozmente. Se quitó la mochila y sacó medio bocadillo del martes anterior. La mochila del Imbécil siempre está llena de sorpresas, siempre lleva restos de comida, piedras y palos que encuentra por la calle. Partió el trozo de bocadillo por la mitad y me lo dio. No solamente estaba superduro sino que, además, el queso se había puesto verde.

—Esto no se puede comer.

—El nene se lo come. Al nene no le pasa nada.

Ya lo tenía dentro de la boca. Tuve que sacárselo.

—Que no, que te pones malo.

—Es que el nene tiene hambre.

Por la ranura de la puerta se estaba colando el olor del cocido que seguro que ya estaba en la mesa con sus garbancitos y sus fideos humeantes. Nuestras tripas sonaron al unísono. No hay tortura más grande que tener hambre y oler a cocido. Abrí la puerta y salimos. Como me había imaginado, los platos de mi abuelo, del Imbécil y mío estaban en la mesa. Mi madre no se había puesto plato, pero se sentó con nosotros y empezó a hacer algo que nunca olvidaré: cogió los trozos del payaso que yo había roto y con mucho cuidado los fue pegando (también las bolillas que se habían caído). Yo la miraba de reojo porque estaba bastante enfadado y cuando uno está enfadado no mira de frente a las personas. Mi madre lo hacía muy despacio y como si fuera una cosa muy delicada, así que estuvo mucho rato reconstruyéndolo. Luego, lo puso en la pared del mueble-bar, sujeto con cuatro chinchetas. Todo esto lo hacía sin decir nada, como si estuviera muy ocupada.

—Cata —dijo mi abuelo—, a ese payaso hay que ponerle un cristal, que si no las bolillas se le acabarán cayendo.

—Ya lo he pensado —dijo mi madre.

—Es Bernabé —dijo el Imbécil con la boca llena de garbanzos—. Tiene peluquín.

—Es verdad —dijo mi abu—, ya decía yo que me recordaba a alguien.

Mi madre trajo del cuarto de baño el iglú y lo puso encima de la televisión. Yo seguí sin decir nada, ni en ese momento ni cuando volví del colegio por la tarde.

Cuando llegó la hora de acostarse, mi madre vino a la terraza, yo creí que para darme el beso de por las noches, pero ella me cogió de la mano y me llevó a su habitación. Aquella noche de aquel viernes mi madre quiso que yo durmiera en su gigantesca cama. El Imbécil daba saltos en la cuna porque le encanta que su héroe (yo) duerma cerca. Oí a mi abuelo que decía en el salón:

—Así que esta noche me dejáis solo, bueno, bueno...

Mi madre apagó la luz y así, en la oscuridad, su voz sonó muy rara, como si fuera la voz de la madre de otro.

—Era una tontería lo que yo le decía a la Luisa. Me encanta el payasete, me encantaron el iglú, el gato de almejas y el joyero del Nesquick...

—El payasete ahora parece Frankenstein —le dije yo—, tiene cicatrices por todo el cuerpo.

—De las cicatrices tengo yo la culpa, Manolito.

—No es verdad que te guste, lo dices por conformarme.

—No, me gusta muchísimo, te lo juro.

—¿Por quién me lo juras, por... papá?

—Te lo juro por papá.

—¿Por el abuelo?

—También por el abuelo.

—¿Y por el Imbécil? —le pregunté, y sabía que era la pregunta más arriesgada, porque mi madre nunca juraría en falso por el niñito de su ojo derecho.

—Te lo juro por el Imbécil.

En ese momento nos cayó encima el niño del juramento, que había saltado de su cuna, como hace todas las noches, y se había dejado caer en la de mi madre. Se hizo sitio y se colocó en medio, pero mi madre lo puso a un lado y se quedó ella en medio de los dos. El Imbécil no estaba de acuerdo con la colocación y dijo con el chupete en la boca:

—El nene con Manolito.

Así que, aquella noche de aquel viernes, el que se quedó en medio por votación popular fui yo. Y me dormí pensando que merecía la pena haberse enfadado y tener como recompensa que todos te hicieran bastante caso y ser el centro del mundo mundial, aunque también pensé que a pesar del terrible juramento que me había hecho mi madre, a partir de ahora miraría al payaso y al iglú sin saber si eran bonitos o feos.

—Bueno —me dijo mi abuelo a la mañana siguiente—, eso mismo ha pasado con las grandes obras de arte de todos los tiempos. No siempre se han apreciado como se merecían.

La duda era la siguiente: ¿era yo un gran artista o es que mi abuelo era muy bueno? Son dos cosas demasiado buenas para que puedan suceder a la vez.

La bola dorada de la oportunidad - Agatha Christie

Jorge Dundas se detuvo en plena ciudad de Londres con aire pensativo. A su alrededor, obreros y empleados iban y venían en aquella marea envolvente, pero Jorge, exquisitamente vestido, con los pantalones bien planchados, no les prestaba atención. Estaba muy ocupado pensando lo que debía hacer a continuación.

iAlgo había ocurrido! Entre Jorge y su tío rico (Efrain Leadbetter, de la firma Leadbetter y Gilling) se habían cruzado unas «palabritas» como se dice vulgarmente. Para hablar con exactitud, las palabras habían sido pronunciadas casi únicamente por el señor Leadbetter. Habían brotado de sus labios como un torrente de amarga indignación, y el hecho de que fueran una repetición constante no parecía haberle preocupado. Decir algo bonito una vez y no repetirlo, era algo imposible para él.

El tema fue bien sencillo... la tontería y la perversidad de un joven, que tiene que abrirse camino, y que se toma un día de asueto en plena semana, sin permiso de nadie. Cuando el señor Leadbetter hubo dicho todo lo que se le ocurría, repitiéndolo varias veces, se detuvo para tomar aliento y preguntó a Jorge qué significaba aquello.

Jorge respondió sencillamente que lo que él quería era un día libre. En resumen, un día de fiesta.

¿Y para qué estaban el sábado por la tarde y el domingo?, quiso saber el señor Leadbetter. Para no mencionar la Pascua de Pentecostés, que acababa de pasar, y la próxima fiesta del patrón de los Bancos.

Jorge replicó que no le importaban las tardes de los sábados, los domingos, ni las fiestas patronas. Tenía necesidad de un día cualquiera en el que le fuera posible encontrar un sitio donde no se hubiera reunido ya medio Londres.

Entonces el señor Leadbetter dijo que había hecho cuanto estaba en su mano por el hijo de su difunta hermana... y que nadie podría decir que no le había dado una oportunidad, pero evidentemente fue inútil, y en el futuro Jorge podría gozar de los cinco días laborables de la semana, además del sábado y del domingo, para hacer lo que le viniera en gana.

—Te arrojaron a las manos la bola dorada de la oportunidad, hijo mío —dijo Leadbetter como último y poético toque final de su discurso—. Y no has sabido cogerla.

Jorge dijo que a él le parecía que era eso lo que había hecho, y el señor Leadbetter, trocando la poesía en ira, le ordenó que se marchara.

De ahí... las meditaciones de Jorge. ¿Se volvería atrás su tío? ¿Sentía por Jorge algún afecto secreto, o sólo un patente disgusto?

Y fue en aquel preciso momento que una voz... una voz inesperada... dijo:

—¡Hola!

Un coche de turismo de línea aerodinámica se había detenido junto a la acera, y sentada ante el volante estaba la chica más bonita y popular de la alta sociedad, Mary Montresor (la descripción es la misma que aparecía bajo su retrato en la revistas ilustradas por lo menos cuatro veces al mes).

Mary sonreía a Jorge con simpatía.

—Nunca pensé que un hombre pudiera parecerse tanto a una isla —dijo Mary Montresor—. ¿Quieres subir?

—Con el alma y la vida —replicó Jorge sin la menor vacilación, y así lo hizo, sentándose junto a ella.

Avanzaron lentamente porque las leyes del tráfico no permitían otra cosa.

—Estoy harta de la ciudad —dijo Mary Montresor—. Vine a ver qué tal era, pero me vuelvo a Londres.

Sin corregir su geografía, Jorge le dijo que era una idea magnífica. Siguieron adelante, unas veces despacio, otras con ciegos arranques veloces cuando Mary veía la oportunidad de pasar a otros vehículos. A Jorge le pareció que en esto era un tanto optimista, pero consolóse pensando que sólo se muere una vez. Sin embargo, consideró conveniente no darle conversación, prefiriendo que su rubia acompañante se entregara totalmente a la tarea que tenía entre manos.

Fue ella quien reanudó la charla, mientras corrían velozmente por un recodo de Hyde Park.

—¿Te gustaría casarte conmigo? —le preguntó ella como por casualidad.

Jorge contuvo el aliento, pero debió ser debido a la proximidad de un enorme autobús que parecía ansioso de destrucción, y se enorgulleció de su rápida respuesta.

—Me encantaría —replicó con facilidad.

—Bueno —dijo Mary Montresor vagamente—. Tal vez puedas hacerlo algún día.

Volvieron a tomar la carretera recta sin accidentes, y en aquel momento Jorge advirtió unos grandes cartelones de noticias colocados en la estación del «metro» de Hyde Park Corner. Entre «grave situación política» y «llegada del trasatlántico "Coronel" se leía «Joven de la alta sociedad se casa con un duque» y en otro «el duque de Edgehill y la señorita Montresor».

—¿Qué es eso del duque de Edgehill? —preguntó Jorge con severidad.

—¿Bingo y yo? Estamos prometidos.

—Pero entonces... lo que acabas de decir...

—Oh, eso —dijo Mary Montresor—. Comprende, todavía no he decidido del todo con quién voy a casarme.

—¿Entonces por qué te has prometido?

—Sólo para demostrar que podía hacerlo. Todos pensaban que me sería muy difícil, y no lo fue nada.

—Has sido muy afortunada logrando conquistar a ese... es... Bingo —dijo Jorge mencionando con violencia a un duque auténtico por su nombre de pila.

—Nada de eso —replicó Mary Montresor—. El afortunado ha sido él, si es que hay algo que pueda hacerle bien... cosa que dudo.

Jorge hizo otro descubrimiento... de nuevo con la ayuda de otro cartel de anuncios.

—Vaya, si hoy hay regatas en Ascot. Debiera haber adivinado que ése era el único sitio donde podrías estar tú.

Mary Montresor suspiró.

—Quería tener un día de libertad —dijo sencillamente.

—Vaya, igual que yo —repuso Jorge encantado—. Y como resultado mi tío me ha despedido para que me muera de hambre.

—En ese caso nos casaremos —decidió Mary—, mis veinte mil libras al año te resultarán sumamente útiles.

—Desde luego nos proporcionarían algunas comodidades para nuestra casa —repuso Jorge.

—Hablando de casas —comentó Mary—. Vamos al campo a ver si encontramos alguna que nos guste.

Resultaba un plan encantador. Pasaron Putney Bridge y, al llegar a Kingston, Mary apretó el acelerador con un suspiro de satisfacción. Llegaron al campo muy de prisa, y media hora más tarde, Mary, exhalando una exclamación, señaló hacia un lado con gesto teatral.

Ante ellos, en la cima de una colina se alzaba una casa de esas que los agentes de ventas describen (rara vez con verdad) de «Un encanto al estilo antiguo». Imaginaos que la descripción de la mayoría de casas de campo se hiciera realidad por una vez, y tendréis una idea.

Mary Montresor detuvo el coche ante una cerca pintada de blanco.

—Dejaremos aquí el coche, e iremos a verla. ¡Es nuestra casa!

—Decididamente lo es —convino Jorge—. Pero de momento parece que viven en ella otras personas.

Mary despreció a las otras personas con un gesto, y subieron juntos por el camino. La casa resultaba aún más atrayente vista de cerca.

—Nos acercaremos para atisbar por las ventanas —dijo Mary.

Jorge se resistía.

—¿Tú crees que esta gente...?

—Yo no pienso en ellos. Es nuestra casa... y sólo viven en ella por casualidad. Y si alguien nos sorprendiera, diré... diré que yo creía que era la casa de la señora... Pardonstenger y que siento haberme equivocado.

—Bueno, no está mal —dijo Jorge pensativo. Miraron por las ventanas. La casa estaba exquisitamente amueblada, y acababan de llegar al salón cuando oyeron pasos en la grava del jardín y al volverse se hallaron frente a un mayordomo impecable.

—¡Oh! —dijo Mary, y con su más encantadora sonrisa agregó—: ¿Está en casa la señora Pardonstenger? estaba mirando si estaba en el salón.

—La señora Pardonstenger está en casa, señora —replicó el mayordomo—. Tenga la bondad de pasar... por aquí, por favor.

Hicieron lo único que podían hacer: seguirle. Jorge iba calculando el número de probabilidades que había para que hubiesen acertado, y siendo el nombre Pardonstenger llegó a la conclusión de que era una entre veinte mil. Su compañera le susurró:

—Déjalo en mis manos. Todo irá bien.

A Jorge le vino de perilla, pues según él aquella situación requería delicadeza femenina.

Les hicieron pasar al salón, y en cuanto se hubo retirado el mayordomo, volvió a abrirse la puerta dando paso a una señora alta y de cabellos oxigenados que les contempló con aire expectante.

Mary Montresor dio un paso hacia ella, y luego se detuvo con bien simulada sorpresa.

—¡Vaya! —exclamó—. ¡Si no es Amy! ¡Qué cosa más extraordinaria!

—Lo es —dijo una voz siniestra.

Había entrado un hombre corpulento de rostro de bulldog y ceño amenazador, situándose detrás de la señora Pardonstenger. Jorge, pensó que nunca había visto un tipo más desagradable. El hombre cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.

—Sí, una cosa extraordinaria —repitió con su voz áspera—. Pero creo haber comprendido su juego. —Y de pronto sacó un revólver enorme—. ¡Manos arriba! He dicho manos arriba. Cachéalos, Bella.

Jorge, al leer novelas policíacas, se había preguntado muchas veces qué significaba eso de «cachear». Ahora lo supo. Bella (alias señora Pardonstenger) comprobó que ni él ni Mary llevaban armas escondidas en ninguna de sus ropas.

—Pensaron que eran muy listos, ¿verdad? —gruñó el hombre—. Viniendo aquí de esta manera y haciéndose los inocentes. Esta vez se han equivocado... del todo. En realidad, dudo mucho que sus amigos y parientes vuelvan a verles jamás. Ah, sí, ¡eh! —dijo al ver que Jorge hacía un movimiento de rebeldía—. Nada de trucos. Dispararé en cuanto vuelva a moverse.

—Ten cuidado, Jorge —suplicó Mary.

—Tendré cuidado —repuso Jorge con sentimiento—. Mucho cuidado.

—Y ahora en marcha —dijo el hombre—. Abre la puerta, Bella. Y ustedes dos conserven las manos encima de la cabeza. La señora primero... así está bien. Yo iré detrás de los dos. Crucen el recibidor. Ahora arriba...

Obedecieron. ¿Qué otra cosa podían hacer? Mary empezó a subir la escalera con las manos en alto seguida de Jorge, y detrás de ellos el gigantesco rufián, revólver en mano.

Al llegar a lo alto de la escalera, Mary dobló la esquina, y en el mismo instante, sin el menor aviso, Jorge propinó un fiero puntapié hacia atrás alcanzando al hombre de pleno, y haciéndole caer de espaldas por la escalera. Al segundo siguiente Jorge había saltado sobre él, apoyando las rodillas sobre su pecho, y con la mano derecha cogió el revólver que el otro había soltado durante la caída.

Bella, lanzando un grito, se retiró por una puerta, y Mary bajó corriendo la escalera, pálida como la cera.

—Jorge, ¿le has matado?

El hombre estaba tendido completamente inmóvil, y Jorge se inclinó sobre él.

—No creo que le haya matado —dijo con pesar—. Pero desde luego está fuera de cuenta.

—Gracias a Dios —Mary respiraba muy de prisa.

—Un golpe limpio —dijo Jorge admirado de sí mismo—. Vaya una lección para esta mula. ¿Eh, qué quieres?

Mary tiraba de él con fuerza.

—Vámonos —exclamó con fervor—. Vámonos de prisa.

—¿Y si buscáramos algo con que atar a este individuo? —dijo Jorge dispuesto a seguir sus propios planes—. ¿Podrías encontrar algún pedazo de cuerda por ahí?

—No, no podría —replicó Mary—. Y vámonos... por favor, por favor... estoy tan asustada...

—No necesitas asustarte estando yo aquí —replicó Jorge con vil arrogancia.

—Jorge querido, por favor... hazlo por mí. No quiero verme mezclada en esto. Vámonos, por favor, te lo suplico de veras.

La exquisita ternura con que pronunció las palabras «hazlo por mí» ablandó la determinación de Jorge, que se dejó arrastrar donde les esperaba el auto. Mary dijo con desmayo:

—Conduce tú. Yo no puedo.

Y Jorge tomó posesión del volante.

—Pero hemos de ver cómo acaba esto —le dijo—. Dios sabe lo que se trae entre manos ese tunante. No daré parte a la policía si no quieres... pero tengo que averiguarlo. Tengo que seguirles la pista.

—No, Jorge. No quiero que lo hagas.

—¿Se nos presenta una aventura de primera clase como ésta y quieres que me vuelva de espaldas? No, ni lo sueñes.

—No tenía idea de que fueses tan sanguinario —dijo llorosa.

—No soy sanguinario. Yo no fui quien empezó. Ese condenado individuo amenazándonos con ese gigantesco revólver... A propósito..., ¿cómo diantre no se disparó cuando yo le arrojé escalera abajo?

Y deteniendo el coche, la sacó del bolsillo de la portezuela donde lo pusiera al subir. Después de examinarlo lanzó un silbido.

—¡Vaya, que me aspen si lo entiendo! No está cargado. Si lo llego a saber... —Se detuvo abstraído en sus pensamientos—. Mary, todo esto es muy extraño.

—Lo sé. Por eso te suplico que lo dejes.

—Nunca —replicó Jorge con voz firme.

Mary suspiró.

—Ya veo que tendré que contártelo —le dijo—. Y lo peor de todo es que no tengo la menor idea de cómo te sentará.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué has de contarme?

—Verás. —Hizo una pausa—. Yo creo que hoy en día las mujeres debemos ayudarnos mutuamente... cuando queremos, sobre todo, saber algo de los hombres que conocemos.

—¿Y bien? —preguntó Jorge, completamente despistado.

—Y lo más importante para una chica es saber cómo reaccionaría él ante una dificultad... ¿Tiene presencia de ánimo... valor... inteligencia rápida? Esas cosas no pueden saberse... hasta que ya es demasiado tarde. Tal vez no se presente ninguna oportunidad hasta varios años después de casados. Todo lo que sé de mis amigos es si bailan bien y si son capaces de encontrar un taxi en noches lluviosas.

—Las dos cosas son muy útiles —señaló Jorge.

—Sí, pero una quiere saber si el hombre es hombre.

—«Los grandes espacios abiertos donde los hombres son hombres» —recitó Jorge con aire ausente.

—Exacto. Pero en Inglaterra no tenemos esos espacios abiertos. De manera que hay que crear una situación artificial. Y eso es lo que hice.

—¿Qué quieres decir?

—Lo que quiero decir es que esa casa actualmente es mía. Y vinimos porque yo quise... no por casualidad. Y el hombre... ese hombre a quien por poco matas...

—¿Sí?

—Es Rube Wallace... el actor de cine. Siempre representa papeles de luchador. Es un hombre muy amable y simpático, y le contraté. Bella es su esposa. Por eso me quedé aterrada al ver que podías haberle matado. Naturalmente que el revólver no estaba cargado. Pertenece a la compañía cinematográfica. Oh, Jorge, ¿estás muy enfadado?

—¿Soy el primero con quien... has probado este experimento?

—Oh, no. Lo probé con... deja que piense... con otros nueve y medio.

—¿Quién era el medio? —preguntó Jorge con curiosidad.

—Bingo —replicó en tono frío.

—¿Y a los demás no se les ocurrió el truco de pegar una patada hacia atrás, como hacen las mulas?

—No... a ninguno. Algunos fanfarronearon, y otros se sometieron en seguida, pero todos permitieron que les llevaran arriba, y les ataran y amordazasen. Luego, me las arreglé para soltar mis ligaduras... claro está, como en las novelas... y les liberté. Nos escapamos... descubriendo que la casa estaba vacía.

—¿Y a nadie se le ocurrió el truco de la mula ni nada parecido?

—No.

—En ese caso —dijo Jorge condescendiente—, te perdono.

—Gracias, Jorge —repuso Mary sumisa.

—En resumen: la única cuestión que se nos presenta ahora es: ¿a dónde vamos? —dijo Jorge—. No estoy del todo seguro si hay que ir a Lambeth Palace o al juzgado.

—¿De qué estás hablando?

—De la licencia. Creo que lo indicado es una licencia especial. Tienes demasiada afición a prometerte con un hombre y preguntar a otro si quiere casarse contigo.

—¡Yo no te he pedido que te cases conmigo!

—Sí que me lo pediste. En Hyde Park Corner. No es un sitio que hubiera escogido yo para pedir a nadie en matrimonio, pero cada uno tiene sus ideas respecto a este particular.

—Yo no hice nada de eso. Y sólo pregunté, en broma, si te gustaría casarte conmigo. No tenía intención de que lo tomaras en serio.

—Si consultara un abogado, estoy seguro que diría que eso fue una auténtica proposición. Además, tú sabes perfectamente que quieres casarte conmigo.

—No.

—¿Ni siquiera después de los nueve fracasos y medio? Imagínate la sensación de seguridad que iba a darte ir por la vida al lado de un hombre capaz de sacarte de una situación peligrosa.

Mary parecía ablandarse poco a poco ante este argumento, pero dijo en tono firme:

—No me casaría con ningún hombre a menos que le viera arrodillado ante mí.

Jorge la miró. Era adorable, pero Jorge poseía otras características propias de las mulas, aparte de saber dar coces, y replicó con la misma determinación:

—Arrodillarse ante una mujer es degradante, y no lo haré.

Mary dijo con encantadora presteza:

—¡Qué lástima!

Regresaron a Londres. Jorge estaba muy serio y callado, y Mary tenía el rostro oculto por el ala de su sombrero. Al pasar por Hyde Park Corner, murmuró en tono suave:

—¿No podrías arrodillarte ante mí?

Jorge replicó en tono firme:

—No.

Se sentía un superhombre. Ella le admiraba por su actitud, pero por lo visto también era testaruda. De pronto Jorge se irguió.

—Perdóname —le dijo.

Y apeándose del coche, retrocedió hasta un puesto de fruta que acababan de pasar, regresando tan rápidamente que el policía que se acercaba a ellos para preguntar qué ocurría no tuvo tiempo de llegar.

—«Coma más fruta» — dijo—. Y además es simbólico.

—¿Simbólico?

—Sí. Eva dio una manzana a Adán. Hoy en día Adán se la da a Eva. ¿Comprendes?

—Sí —repuso Mary dudosa.

—¿A dónde te llevo? —preguntó Jorge en tono serio.

—A casa, por favor.

Dirigió el coche hacia la Plaza Grosvenor con rostro impasible. Se apeó, dando la vuelta para ayudarla a bajar. Ella le hizo una última súplica.

—Querido... Jorge... ¿no podrías? ¿Sólo por complacerme?

—Nunca —dijo Jorge.

Y en aquel preciso momento ocurrió. Resbaló, y al tratar de recobrar el equilibrio quedó arrodillado en el barro ante ella. Mary lanzó una exclamación de alegría, palmoteando entusiasmada.

—¡Querido Jorge! Ahora sí que me casaré contigo. Puedes ir inmediatamente a Lambeth Palace y arreglarlo todo con el arzobispo de Canterbury.

—Ha sido sin querer —dijo Jorge con calor—. Fue por culpa de esa... esa... piel de plátano —y le mostró el cuerpo del delito.

—No importa —replicó Mary—. Ha ocurrido. Cuando discutimos y tú me echaste en cara el haberte pedido en matrimonio, tuve que exigirte que antes de casarte conmigo te arrodillaras ante mí. ¡Gracias a esa bendita piel de plátano! ¿Era bendita lo que ibas a decir?

—Algo por el estilo —repuso Jorge.

A las cinco y media de aquella tarde, el señor Leadbetter recibió el aviso de que su sobrino acababa de llegar y deseaba verle.

«Ha venido para humillarse —díjose el señor Leadbetter para sus adentros—. Confieso que estuve un poco duro con el muchacho, pero fue por su propio bien.»

Y dio orden para que hicieran pasar a su sobrino.

Jorge entró con aire decidido.

—Quiero hablar contigo, tío —le dijo—. Esta mañana cometiste una gran injusticia. Me gustaría saber si tú hubieras conseguido a mi edad, en plena calle, repudiado por tus parientes, y en el espacio que media entra las once y cuarto y las cinco y media, una renta de veinte mil libras al año. ¡Pues eso es lo que yo he hecho!

—Tú estás loco, muchacho.

—¡Qué voy a estar loco, sino pletórico de recursos! Voy a casarme con una joven rica y bonita, perteneciente a la alta sociedad. Una que va a dejar a un conde por mí.

—Debía haberte abofeteado en lugar de preferirte.

—Y hubiera hecho bien. Nunca me hubiera atrevido a pedírselo..., pero por fortuna me lo pidió ella. Luego se retractó, pero yo la hice cambiar de opinión. ¿Y sabes tío, cómo lo conseguí? Con el gasto de dos peniques y sabiendo agarrar la bola dorada de la oportunidad.

—¿En qué empleaste esos dos peniques? —preguntó el señor Leadbetter, intrigado.

—En comprar un plátano... en un puesto de fruta. A nadie se le hubiera ocurrido el truco de la piel de plátano. ¿Dónde se sacan las licencias de matrimonio? ¿Es en el juzgado o en Lambeth Palace?