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La transferencia - Algernon Blackwood (Parte 1)

El niño empezó a llorar a primera hora de la tarde, a eso de las tres, para ser exacto. Recuerdo la hora porque había estado escuchando con secreto alivio el ruido de la partida del carruaje. Aquellas ruedas perdiéndose en la distancia por el paseo engravillado con mistress Frene y su hija Gladys, de la cual era yo gobernanta, significaban para mí unas horas de bendito descanso, y aquel día de junio hacía un calor opresivo, sofocante. 

Además, había que contar con aquella excitación que se había apoderado de todo el personal de la casa, allí en el campo, y muy especialmente de mí misma. Dicha excitación, que se propagaba delicadamente detrás de todos los acontecimientos de la mañana, se debía a cierto misterio, y, por supuesto, el tal misterio no se ponía en conocimiento de la gobernanta. 

Yo me había agotado a fuerza de suposiciones y vigilancia. Porque me dominaba una especie de ansiedad profunda e inexplicable, hasta tal punto que no dejaba de pensar ni un momento en lo que solía decir mi hermana de que yo era excesivamente sensitiva para resultar una buena gobernanta, y que habría dado mucho mejor rendimiento como clarividente profesional.

Para la hora del té, esperábamos la desacostumbrada visita de míster Frene, el mayor, el tío Frank. Eso sí lo sabía. También sabía que la visita tenía algo que ver con la suerte futura del pequeño Jamie, un niño de siete años, hermano de Gladys. Mis noticias no pasaban de aquí, en verdad, y ese eslabón que falta hace que mi relato sea, en cierto modo, incoherente... puesto que falta en él un trozo importante del extraño rompecabezas. 

Yo solo colegía que la visita del tío Frank tenía un carácter condescendiente, que a Jamie se le había recomendado que se portase lo mejor que supiera, a fin de causar buena impresión, y que Jamie, que no había visto nunca a su tío, le temía horriblemente ya de antemano. Luego, arrastrándose, mortecino, por entre el crujir, cada vez más débil, de las ruedas del carruaje sobre la gravilla, escuché el curioso gemidito del llanto del niño, produciendo el efecto, perfectamente inexplicable, de que todos los nervios de mi cuerpo se dispararon como movidos por un resorte eléctrico, poniéndome en pie con un inequívoco cosquilleo de alarma. 

El agua me caía sobre los ojos, literalmente. Recordaba la blanca aflicción del pequeño aquella mañana cuando le dijeron que el tío Frank vendría en su coche a tomar el té y que él había de ser «amable de veras» con el tío Frank. Aquella pena se me había clavado en el corazón como un cuchillo. Sí, ciertamente, el día entero había tenido ese carácter de pesadilla, de visiones terroríficas.

—¿El hombre de la «cara enorme»? —había preguntado el pequeño con una vocecita de espanto. Y luego había salido, mudo, de la habitación, disolviéndose en un llanto que ningún consuelo lograba calmar. He ahí todo lo que yo había visto; y lo que pudiera significar el niño con aquello de «la cara enorme» solo me llenaba de un vago presentimiento. 

Aunque en cierto modo vino como una relajación, como una revelación súbita del misterio y la excitación que latían bajo la quietud de aquel bochornoso día de verano. Yo temía por el pequeño. Porque entre toda la gente vulgar que poblaba la casa, Jamie era mi preferido, aunque profesionalmente no tuviera nada que ver con él. 

Era un niño muy nervioso, ultrasensible, y a mí se me antojaba que nadie le comprendía, y menos que nadie sus buenos y tiernos padres; de modo que su vocecilla plañidera me sacó de la cama y me llevó junto a la ventana en un momento, lo mismo que una llamada de socorro.

La calígine de junio se extendía sobre el extenso jardín como una manta; las maravillosas flores, que eran el deleite de míster Frene, colgaban inmóviles; los céspedes, tan suaves y espesos, amortiguaban todos los otros sonidos; solo las limas y las bolas de nieve zumbaban de abejas. 

A través de aquella atmósfera callada de calor y calígine el sonido del llanto del niño venía, flotando, débilmente hasta mis oídos, como desde una gran distancia. La verdad es que ahora me maravilla que lo oyese siquiera; porque un momento después veía a Jamie abajo, más allá del jardín, con el vestido blanco de marinero, solo, completamente solo, a unos doscientos metros de distancia. 

Estaba junto al feo espacio en el que no crecía nada: el Rincón Prohibido. Entonces me invadió repentinamente una debilidad, una flaqueza de muerte, al verle allí nada menos, allí precisamente... adonde no se le permitía nunca ir, y adonde, por otra parte, el más profundo terror solía impedirle ir. 

El verle plantado allí, solitario, en aquel punto singular, y sobre todo el oírle llorar en aquel rincón me despojaron momentáneamente del poder de actuar. Luego, antes de poder recobrar yo suficientemente la compostura para llamarle, míster Frene apareció por la esquina, viniendo de Lower Farm con los perros, y, al ver a su hijo, hizo lo que había pensado hacer yo. 

Con su voz potente, campechana, cordial, le llamó, y Jamie se volvió y echó a correr como si un determinado embrujo se hubiera roto en el último momento, en el instante preciso... El niño corrió hacia los abiertos brazos de aquel padre bondadoso, pero que no le comprendía, y que lo trajo adentro de la casa subido sobre los hombros, mientras le preguntaba a qué venía todo aquel alboroto. 

Pisándoles los talones seguían los perros de pastor, rabones, ladrando ruidosamente e interpretando lo que Jamie solía llamar el Baile de la Gravilla, porque con los pies levantaban la redonda, húmeda gravilla del suelo.

Yo me aparté prestamente de la ventana para que no me vieran. Si hubiera presenciado cómo salvaban al niño de un incendio, o de morir ahogado, apenas habría podido experimentar un alivio mayor. Solo que, estaba segura, míster Frene no sabría decir ni hacer lo que convenía, en modo alguno. 

Protegería al niño de sus vanas imaginaciones; pero no con la explicación que pudiera remediarle de verdad. Padre e hijo desaparecieron detrás de los rosales, en dirección a la casa. Y no vi nada más hasta después, cuando llegó el otro míster Frene, es decir, el hermano mayor.

Describir como «singular» aquel feo trozo de tierra acaso no se pueda justificar fácilmente; y, sin embargo, esta es la palabra que toda la familia buscaba, aunque nunca —¡oh, no, nunca!— la utilizaron. Para Jamie y para mí, si bien tampoco lo mencionáramos nunca, aquel paraje sin árboles ni flores era más que singular. 

Estaba situado en el extremo más distante de la preciosa rosaleda, y era un lugar desnudo, lacerado, donde la negra tierra mostraba su feo rostro en invierno, casi como un trozo de ciénaga peligrosa, y en verano se recocía y agrietaba con fisuras donde los lagartos verdes disparaban su fuego al pasar. 

En contraste con la esplendorosa lozanía de todo aquel jardín maravilloso, era como un atisbo de la muerte en medio de la vida, un centro de enfermedad que reclamaba que lo sanasen, si no querían que se extendiera. Pero nunca se extendió. Detrás se levantaba la densa espesura de hayas plateadas y, más allá, brillaba el prado del vergel, donde jugueteaban los corderos.

Los jardineros explicaban de una manera muy simple su desnudez. Decían que por culpa de las pendientes que formaba el terreno a su alrededor, el agua que caía allí corría y se marchaba inmediatamente, sin que quedara la necesaria para dar vida a la tierra. Yo no sé nada a este respecto. 

Era Jamie..., Jamie que percibía su hechizo y lo rondaba, que se pasaba horas enteras allí, a pesar de morirse de miedo, y para el cual se calificó finalmente aquel terreno de «estrictamente prohibido» porque estimulaba su ya muy desarrollada imaginación, pero no favorablemente, sino de manera demasiado tenebrosa..., 

Era Jamie quien enterraba ogros allí y oía gritar aquel suelo con voz terrena, y juraba que a veces, mientras lo estaba contemplando, su superficie temblaba, y, en secreto, le daba alimento, bajo la forma de pájaros, o ratones, o conejos que hallaba muertos en sus excursiones. Y era Jamie el que había expresado, con tan extraordinario acierto, la sensación que aquel horrible lugar me causó desde el primer instante que lo vi.

—Es malo, miss Gould —me dijo.

—Pero, Jamie, en la naturaleza nada hay malo..., precisamente malo; solo distinto de lo demás, a veces.

—Si usted prefiere, miss Gould, entonces está vacío. No está alimentado. Se está muriendo porque no puede procurarse el alimento que necesita.

Y cuando yo clavaba la mirada en aquella carita pálida donde los ojos brillaban tan negros y adorables, buscando en mi interior la réplica apropiada, él añadió con un énfasis y una convicción que me llenaron repentinamente de un frío glacial:

—Miss Gould... —él siempre utilizaba mi nombre de este modo, en todas sus frases—, «eso» tiene hambre. ¿No lo ve? Pero yo sé qué es lo que lo satisfaría.

Solo la convicción de un niño hablando muy en serio habría justificado, acaso, que se prestara oídos por un momento siquiera a una idea tan disparatada; pero para mí, que opinaba que aquello que un niño imaginativo creyera tenía verdadera importancia, vino como un tremendo y desazonador impacto de realidad. 

Jamie, a su manera exagerada, había cogido el filo de un hecho pasmoso; una insinuación de oscura, no descubierta verdad había saltado dentro de aquella imaginación sensitiva. No sabría decir por qué aquellas palabras estaban preñadas de horror; pero creo que una indicación del poder de las tinieblas cabalgaba a través de la sugerencia de la frase final: «yo sé qué es lo que lo satisfaría». Recuerdo que me abstuve, asustada, de pedir una explicación. 

Pequeños grupos de otras palabras, afortunadamente veladas por el silencio del niño, dieron vida a una posibilidad inexpresable que hasta el momento había permanecido oculta en el fondo de mi propia conciencia. Su manera de cobrar vida demuestra, creo yo, que mi mente seguía albergándola. La sangre huía de mi corazón mientras escuchaba. Recuerdo que me temblaban las rodillas. La idea de Jamie era, y había sido en todo momento, la misma que tenía yo también.

Y ahora, mientras permanecía tendida en la cama y pensaba en todo aquello, comprendía la causa de que la llegada del tío del niño implicase, fuera como fuere, una experiencia que envolvía el corazón del niño en un sudario de terror. 

Con una sensación de certidumbre de pesadilla que me dejaba demasiado débil para resistir la absurda idea, demasiado trastornada, en verdad, para discutirla o rechazarla a fuerza de razonamientos, esta certidumbre se abría paso con el estallido negro y poderoso de la convicción; y la única manera que tengo de ponerla en palabras, puesto que el horror de las pesadillas no se puede expresar de verdad, parece ser esta: que realmente en aquel trozo agonizante de jardín faltaba algo; faltaba algo que aquel suelo buscaba eternamente; algo que, una vez hallado y asimilado, lo volvería tan fértil y vivo como el resto; más aún, que existía una persona en el mundo que podía prestarle este servicio. Míster Frene, el mayor, en una palabra el «tío Frank», era la persona que, con su abundancia de vida, podía suplir aquella falta... inconscientemente.

Porque esta relación entre el moribundo, estéril trozo de terreno y la persona de aquel hombre vigoroso, sano, rico, triunfador, se había alojado ya en mi subconsciente aun antes de que yo me diera cuenta de ella. Era indudable, había de haber morado allí desde el principio, aunque escondida. 

Las palabras de Jamie, su repentina palidez, el emocionado vibrar de asustada expectación revelaron la placa; pero había sido su llanto, solo allí, en el Rincón Prohibido, lo que la impresionó. La fotografía brillaba, enmarcada delante de mí, en el aire. Me cubrí los ojos. De no haber temido el enrojecimiento —el hechizo de mi rostro desaparece como por ensalmo si no tengo los ojos despejados—, habría llorado. Las palabras que había pronunciado Jamie aquella mañana sobre la «cara enorme» volvieron a mi mente como un ariete.

Míster Frene, el mayor, había constituido tan a menudo el tema de las conversaciones de la familia; desde mi llegada, había oído hablar de él tantísimas veces y, por añadidura, había leído tantas cosas sobre su persona en los periódicos —su energía, su filantropía, los triunfos conseguidos en todo aquello que emprendió—, que me había formado un cuadro completo de aquel hombre. 

Le conocía tal como era interiormente; o, como habría dicho mi hermana, por clarividencia. Y la única vez que le vi, cuando llevé a Gladys a una reunión que presidía él, y más tarde percibí su atmósfera y su presencia mientras él hablaba, en tono protector, con la niña, justificó el retrato que me había trazado. 

Lo demás, acaso digan ustedes, era fruto de la imaginación desbocada de una mujer; pero yo más bien creo que se trataba de esa especie de intuición divina que las mujeres comparten con los niños. Si se pudieran hacer visibles las almas, apostaría la vida en favor de la realidad y la fidelidad del retrato que me había trazado.

Porque el tal míster Frene era un hombre que cuando estaba solo se quedaba alicaído, y adquiría vitalidad estando en medio de la gente... porque utilizaba la vitalidad de los demás. Era un artista supremo, si bien inconsciente, en la ciencia de apoderarse del fruto del trabajo y la vida de los otros... en provecho propio. 

Actuaba como un vampiro —sin saberlo él mismo, no cabe duda— sobre todos aquellos con quienes entraba en contacto; los dejaba exhaustos, cansados, inermes. Se alimentaba de lo de los demás; de manera que mientras en un salón lleno a rebosar brillaba y resplandecía, a solas, sin vida que absorber, languidecía y declinaba. 

Si uno se hallaba en la vecindad inmediata de aquel hombre sentía cómo su presencia se le llevaba todo lo que tuviera dentro: él se apoderaba de tus ideas, de tus energías, de tus mismas palabras, y luego las utilizaba para beneficio y engrandecimiento propios. No con maldad, por supuesto; era un hombre bueno de veras; pero uno sentía que resultaba peligroso a causa de lo fácilmente que absorbía toda la vitalidad suelta que encontrase a su entorno. 

Su voz, sus ojos, su presencia le desvitalizaban a uno. Parecía como si la vida no estuviera suficientemente bien organizada para resistir y hubiera de evitar la proximidad excesiva de aquel hombre, y tuviera que esconderse por miedo a que él se la apropiara, es decir, por miedo a... morir.

 

(CONTINUARÁ...) 

Jaque mate en dos jugadas - W. I. Eisen

Yo lo envenené. En dos horas quedaba liberado. Dejé a mi tío Néstor a las veintidós. Lo hice con alegría. Me ardían las mejillas. Me quemaban los labios. Luego me serené y eché a caminar tranquilamente por la avenida en dirección al puerto.

Me sentía contento. Liberado. Hasta Guillermo resultaba socio beneficiario en el asunto. ¡Pobre Guillermo! ¡Tan tímido, tan mojigato! Era evidente que yo debía pensar y obrar por ambos. Siempre sucedió así. Desde el día en que nuestro tío nos llevó a su casa. Nos encontramos perdidos en el palacio. Era un lugar seco, sin amor. Únicamente el sonido metálico de las monedas.

—Tenéis que acostumbraros al ahorro, a no malgastar. ¡Al fin y al cabo, algún día será vuestro! —bramaba. Y nos acostumbramos a esperarlo.

Pero ese famoso y deseado día se postergaba, pese a que tío sufría del corazón. Y si de pequeños nos tiranizó, cuando crecimos colmó la medida.

Guillermo se enamoró un buen día. A nuestro tío no le agradó la muchacha. No era lo que ambicionaba para su sobrino.

—Le falta cuna..., le falta roce... , ¡Puaf! Es una ordinaria... —sentenció.

Inútil fue que Guillermo se prodigara en encontrarle méritos. El viejo era terco y caprichoso.

Conmigo tenía otra suerte de problemas. Era un carácter contra otro. Se empeñó en doctorarme en bioquímica. ¿Resultado? Un perito en póquer y en carreras de caballos. Mi tío para esos vicios no me daba ni un centavo. Debí exprimir la inventiva para birlarle algún peso.

Uno de los recursos era aguantarle sus interminables partidas de ajedrez; entonces cedía cuando le aventajaba para darle ínfulas, pero él, en cambio, cuando estaba en posición favorable alargaba el final, anotando las jugadas con displicencia, sabiendo de mi prisa por disparar al club. Gozaba con mi infortunio saboreando su coñac.

Un día me dijo con aire de perdonavidas:

—Observo que te aplicas en el ajedrez. Eso me demuestra dos cosas: que eres inteligente y un perfecto holgazán. Sin embargo, tu dedicación tendrá su premio. Soy justo. Pero eso sí, a falta de diplomas, de hoy en adelante tendré de ti bonitas anotaciones de las partidas. Sí, muchacho, llevaremos sendas libretas con las jugadas para cotejarlas. ¿Qué te parece?

Aquello podría resultar un par de cientos de pesos, y acepté. Desde entonces, todas las noches, la estadística. Estaba tan arraigada la manía en él, que en mi ausencia comentaba las partidas con Julio, el mayordomo.

Ahora todo había concluido. Cuando uno se encuentra en un callejón sin salida, el cerebro trabaja, busca, rebusca, escarba. Y encuentra. Siempre hay salida para todo. No siempre es buena. Pero es salida.

Llegaba a la Costanera. Era una noche húmeda. En el cielo nublado, alguna chispa eléctrica. El calorcillo mojaba las manos, resecaba la boca.

En la esquina, un policía me encabritó el corazón. El veneno, ¿cómo se llamaba? Aconitina. Varias gotitas en el coñac mientras conversábamos. Mi tío esa noche estaba encantador. Me perdonó la partida.

—Haré un solitario —dijo—. Despaché a los sirvientes... ¡Hum! Quiero estar tranquilo. Después leeré un buen libro. Algo que los jóvenes no entienden... Puedes irte.

—Gracias, tío. Hoy realmente es... sábado.

—Comprendo.

¡Demonios! El hombre comprendía. La clarividencia del condenado.

El veneno surtía un efecto lento, a la hora, o más, según el sujeto. Hasta seis u ocho horas. Justamente durante el sueño. El resultado: la apariencia de un pacífico ataque cardíaco, sin huellas comprometedoras. Lo que yo necesitaba. ¿Y quién sospecharía? El doctor Vega no tendría inconveniente en suscribir el certificado de defunción. No en balde era el médico de cabecera. ¿Y si me descubrían? Imposible. 

Nadie me había visto entrar al gabinete de química. Había comenzado con general beneplácito a asistir a la Facultad desde varios meses atrás, con ese deliberado propósito. De verificarse el veneno faltante, jamás lo asociarían con la muerte de Néstor Álvarez, fallecido de un síncope cardíaco. ¡Encontrar unos miligramos de veneno en setenta y cinco kilos, imposible!

Pero, ¿y Guillermo? Sí. Guillermo era un problema. Lo hallé en el hall después de preparar la “encomienda” para el infierno. Descendía la escalera, preocupado.

—¿Qué te pasa? —le pregunté jovial, y le hubiera agregado de mil amores: “¡Si supieras, hombre!”

—¡Estoy harto! —me replicó.

—¡Vamos! —Le palmoteé la espalda—. Siempre estás dispuesto a la tragedia...

—Es que el viejo me enloquece. Últimamente, desde que volviste a la Facultad y le llevas la corriente en el ajedrez, se la toma conmigo. Y Matilde...

—¿Qué sucede con Matilde?

—Matilde me lanzó un ultimátum: o ella, o tío.

—Opta por ella. Es fácil elegir. Es lo que yo haría...

—¿Y lo otro?

Me miró desesperado. Con brillo demoníaco en las pupilas; pero el pobre tonto jamás buscaría el medio de resolver su problema.

—Yo lo haría —siguió entre dientes—; pero, ¿con qué viviríamos? Ya sabes cómo es el viejo... Duro, implacable. ¡Me cortaría los víveres!

—Tal vez las cosas se arreglen de otra manera... —insinué bromeando—. ¡Quién te dice...!

—¡Bah!... —sus labios se curvaron con una mueca amarga—. No hay escapatoria. Pero yo hablaré con el viejo sátiro. ¿Dónde está ahora?

Me asusté. Si el veneno resultaba rápido... Al notar los primeros síntomas podría ser auxiliado y...

—Está en la biblioteca —exclamé—, pero déjalo en paz. Acaba de jugar la partida de ajedrez, y despachó a la servidumbre. ¡El lobo quiere estar solo en la madriguera! Consuélate en un cine o en un bar.

Se encogió de hombros.

—El lobo en la madriguera... —repitió. Pensó unos segundos y agregó, aliviado—: Lo veré en otro momento. Después de todo...

—Después de todo, no te animarías, ¿verdad? —gruñí salvajemente.

Me clavó la mirada. Por un momento centelleó, pero fue un relámpago.

Miré el reloj: las once y diez de la noche.

Ya comenzaría a surtir efecto. Primero un leve malestar, nada más. Después un dolorcillo agudo, pero nunca demasiado alarmante. Mi tío refunfuñaba una maldición para la cocinera. El pescado indigesto. ¡Qué poca cosa es todo! Debía de estar leyendo los diarios de la noche, los últimos. Y después, el libro, como gran epílogo. Sentía frío.

Las baldosas se estiraban en rombos. El río era una mancha sucia cerca del paredón. A lo lejos luces verdes, rojas, blancas. Los automóviles se deslizaban chapoteando en el asfalto.

Decidí regresar, por temor a llamar la atención. Nuevamente por la avenida hacia Leandro N. Alem. Por allí a Plaza de Mayo. El reloj me volvió a la realidad. Las once y treinta y seis. Si el veneno era eficaz, ya estaría todo listo. Ya sería dueño de millones. Ya sería libre... Ya sería... , ya sería asesino.

Por primera vez pensé en el adjetivo substantivándalo. Yo, sujeto, ¡asesino! Las rodillas me flaquearon. Un rubor me azotó el cuello, subió a las mejillas, me quemó las orejas, martilló mis sienes. Las manos traspiraban. El frasquito de aconitina en el bolsillo llegó a pesarme una tonelada. Busqué en los bolsillos rabiosamente hasta dar con él. Era un insignificante cuentagotas y contenía la muerte; lo arrojé lejos.

Avenida de Mayo. Choqué con varios transeúntes. Pensarían en un beodo. Pero en lugar de alcohol, sangre.

Yo, asesino. Esto sería un secreto entre mi tío Néstor y mi conciencia. Un escozor dentro, punzante. Recordé la descripción del tratadista: “En la lengua, sensación de hormigueo y embotamiento, que se inicia en el punto de contacto para extenderse a toda la lengua, a la cara y a todo el cuerpo.”

Entré en un bar. Un tocadiscos atronaba con un viejo rag—time. Un recuerdo que se despierta, vive un instante y muere como una falena. “En el esófago y en el estómago, sensación de ardor intenso.” Millones. Billetes de mil, de quinientos, de cien. Póquer. Carreras. Viajes... “Sensación de angustia, de muerte próxima, enfriamiento profundo generalizado, trastornos sensoriales, debilidad muscular, contracturas. Impotencia de los músculos.”

Habría quedado solo. En el palacio. Con sus escaleras de mármol. Frente al tablero de ajedrez. Allí el rey, y la dama, y la torre negra. Jaque mate.

El mozo se aproximó. Debió sorprender mi mueca de extravío, mis músculos en tensión, listos para saltar.

—¿Señor?

—Un coñac...

—Un coñac... —repitió el mozo—. Bien, señor —y se alejó.

Por la vidriera la caravana que pasa, la misma de siempre. El tictac del reloj cubría todos los rumores. Hasta los de mi corazón. La una. Bebí el coñac de un trago.

“Como fenómeno circulatorio, hay alteración del pulso e hipotensión que se derivan de la acción sobre el órgano central, llegando, en su estado más avanzado, al síncope cardíaco...” Eso es. El síncope cardíaco. La válvula de escape.

A las dos y treinta de la mañana regresé a casa. Al principio no lo advertí. Hasta que me cerró el paso. Era un agente de policía. Me asusté.

—¿El señor Claudio Álvarez?

—Sí, señor... —respondí humildemente

—Pase usted... —indicó, franqueándome la entrada.

—¿Qué hace usted aquí? —me animé a farfullar.

—Dentro tendrá la explicación —fue la respuesta, seca, torpona.

En el hall, cerca de la escalera, varios individuos de uniforme se habían adueñado del palacio. ¿Guillermo? Guillermo no estaba presente.

Julio, el mayordomo, amarillo, espectral, trató de hablarme. Uno de los uniformados, canoso, adusto, el jefe del grupo por lo visto, le selló los labios con un gesto. Avanzó hacia mí, y me inspeccionó como a un cobaya.

—Usted es el mayor de los sobrinos, ¿verdad?

—Sí, señor... —murmuré.

—Lamento decírselo, señor. Su tío ha muerto... asesinado —anunció mi interlocutor. La voz era calma, grave—. Yo soy el inspector Villegas, y estoy a cargo de la investigación. ¿Quiere acompañarme a la otra sala?

—¡Dios mío! —articulé anonadado—. ¡Es inaudito!

Las palabras sonaron a huecas, a hipócritas. (¡Ese dichoso veneno dejaba huellas! ¿Pero cómo... cómo?)

—¿Puedo... puedo verlo? —pregunté.

—Por el momento, no . Además, quiero que me conteste algunas preguntas.

—Como usted disponga... —accedí azorado.

Lo seguí a la biblioteca vecina. Tras él se deslizaron suavemente dos acólitos. El inspector Villegas me indicó un sillón y se sentó en otro. Encendió con parsimonia un cigarrillo y con evidente grosería no me ofreció ninguno.

—Usted es el sobrino... Claudio. —Pareció que repetía una lección aprendida de memoria.

—Sí, señor.

—Pues bien: explíquenos qué hizo esta noche.

Yo también repetí una letanía.

—Cenamos los tres, juntos como siempre. Guillermo se retiró a su habitación. Quedamos mi tío y yo charlando un rato; pasamos a la biblioteca. Después jugamos nuestra habitual partida de ajedrez; me despedí de mi tío y salí. En el vestíbulo me topé con Guillermo que descendía por las escaleras rumbo a la calle. Cambiamos unas palabras y me fui.

—Y ahora regresa ...

—Sí...

—¿Y los criados?

—Mi tío deseaba quedarse solo. Los despachó después de cenar. A veces le acometían estas y otras manías.

—Lo que usted manifiesta concuerda en gran parte con la declaración del mayordomo. Cuando éste regresó, hizo un recorrido por el edificio. Notó la puerta de la biblioteca entornada y luz adentro. Entró. Allí halló a su tío frente a un tablero de ajedrez, muerto. La partida interrumpida... De manera que jugaron la partidita, ¿eh?

Algo dentro de mí comenzó a botar como una pelota contra las paredes del frontón. Una sensación de zozobra, de angustia, me recorría con la velocidad de un buscapiés. En cualquier momento estallaría la pólvora. ¡Los consabidos solitarios de mi tío!

—Sí, señor... —admití.

No podía desdecirme. Eso también se lo había dicho a Guillermo. Y probablemente Guillermo al inspector Villegas. Porque mi hermano debía de estar en alguna parte. El sistema de la policía: aislarnos, dejamos solos, inertes, indefensos, para pillarnos.

—Tengo entendido que ustedes llevaban un registro de las jugadas. Para establecer los detalles en su orden, ¿quiere mostrarme su libretita de apuntes, señor Álvarez?

Me hundía en el cieno.

—¿Apuntes?

—Sí, hombre —el policía era implacable—, deseo verla, como es de imaginar. Debo verificarlo todo, amigo; lo dicho y lo hecho por usted. Si jugaron como siempre...

Comencé a tartamudear.

—Es que... —y después, de un tirón—: ¡Claro que jugamos como siempre!

Las lágrimas comenzaron a quemarme los ojos.

Miedo. Un miedo espantoso. Como debió sentirlo tío Néstor cuando aquella “sensación de angustia... de muerte próxima..., enfriamiento profundo, generalizado...” Algo me taladraba el cráneo. Me empujaban. El silencio era absoluto, pétreo. Los otros también estaban callados. Dos ojos, seis ojos, ocho ojos, mil ojos. ¡Oh, qué angustia!

Me tenían... , me tenían... Jugaban con mi desesperación... Se divertían con mi culpa...

De pronto, el inspector gruñó:

—¿Y?

Una sola letra, ¡pero tanto!

—¿Y? —repitió—. Usted fue el último que lo vio con vida. Y, además, muerto. El señor Álvarez no hizo anotación alguna esta vez, señor mío.

No sé por qué me puse de pie. Tieso. Elevé mis brazos, los estiré. Me estrujé las manos, clavándome las uñas, y al final chillé con voz que no era la mía:

—¡Basta! Si lo saben, ¿para qué lo preguntan? ¡Yo lo maté! ¡Yo lo maté! ¿Y qué hay? ¡Lo odiaba con toda mi alma! ¡Estaba cansado de su despotismo! ¡Lo maté! ¡Lo maté!

El inspector no lo tomó tan a la tremenda.

—¡Cielos! —dijo—. Se produjo más pronto de lo que yo esperaba. Ya que se le soltó la lengua, ¿dónde está el revólver?

—¿Qué revólver?

El inspector Villegas no se inmutó. Respondió imperturbable.

—¡Vamos, no se haga el tonto ahora! ¡El revólver! ¿O ha olvidado que lo liquidó de un tiro? ¡Un tiro en la mitad del frontal, compañero! ¡Qué puntería!

La bola dorada de la oportunidad - Agatha Christie

Jorge Dundas se detuvo en plena ciudad de Londres con aire pensativo. A su alrededor, obreros y empleados iban y venían en aquella marea envolvente, pero Jorge, exquisitamente vestido, con los pantalones bien planchados, no les prestaba atención. Estaba muy ocupado pensando lo que debía hacer a continuación.

iAlgo había ocurrido! Entre Jorge y su tío rico (Efrain Leadbetter, de la firma Leadbetter y Gilling) se habían cruzado unas «palabritas» como se dice vulgarmente. Para hablar con exactitud, las palabras habían sido pronunciadas casi únicamente por el señor Leadbetter. Habían brotado de sus labios como un torrente de amarga indignación, y el hecho de que fueran una repetición constante no parecía haberle preocupado. Decir algo bonito una vez y no repetirlo, era algo imposible para él.

El tema fue bien sencillo... la tontería y la perversidad de un joven, que tiene que abrirse camino, y que se toma un día de asueto en plena semana, sin permiso de nadie. Cuando el señor Leadbetter hubo dicho todo lo que se le ocurría, repitiéndolo varias veces, se detuvo para tomar aliento y preguntó a Jorge qué significaba aquello.

Jorge respondió sencillamente que lo que él quería era un día libre. En resumen, un día de fiesta.

¿Y para qué estaban el sábado por la tarde y el domingo?, quiso saber el señor Leadbetter. Para no mencionar la Pascua de Pentecostés, que acababa de pasar, y la próxima fiesta del patrón de los Bancos.

Jorge replicó que no le importaban las tardes de los sábados, los domingos, ni las fiestas patronas. Tenía necesidad de un día cualquiera en el que le fuera posible encontrar un sitio donde no se hubiera reunido ya medio Londres.

Entonces el señor Leadbetter dijo que había hecho cuanto estaba en su mano por el hijo de su difunta hermana... y que nadie podría decir que no le había dado una oportunidad, pero evidentemente fue inútil, y en el futuro Jorge podría gozar de los cinco días laborables de la semana, además del sábado y del domingo, para hacer lo que le viniera en gana.

—Te arrojaron a las manos la bola dorada de la oportunidad, hijo mío —dijo Leadbetter como último y poético toque final de su discurso—. Y no has sabido cogerla.

Jorge dijo que a él le parecía que era eso lo que había hecho, y el señor Leadbetter, trocando la poesía en ira, le ordenó que se marchara.

De ahí... las meditaciones de Jorge. ¿Se volvería atrás su tío? ¿Sentía por Jorge algún afecto secreto, o sólo un patente disgusto?

Y fue en aquel preciso momento que una voz... una voz inesperada... dijo:

—¡Hola!

Un coche de turismo de línea aerodinámica se había detenido junto a la acera, y sentada ante el volante estaba la chica más bonita y popular de la alta sociedad, Mary Montresor (la descripción es la misma que aparecía bajo su retrato en la revistas ilustradas por lo menos cuatro veces al mes).

Mary sonreía a Jorge con simpatía.

—Nunca pensé que un hombre pudiera parecerse tanto a una isla —dijo Mary Montresor—. ¿Quieres subir?

—Con el alma y la vida —replicó Jorge sin la menor vacilación, y así lo hizo, sentándose junto a ella.

Avanzaron lentamente porque las leyes del tráfico no permitían otra cosa.

—Estoy harta de la ciudad —dijo Mary Montresor—. Vine a ver qué tal era, pero me vuelvo a Londres.

Sin corregir su geografía, Jorge le dijo que era una idea magnífica. Siguieron adelante, unas veces despacio, otras con ciegos arranques veloces cuando Mary veía la oportunidad de pasar a otros vehículos. A Jorge le pareció que en esto era un tanto optimista, pero consolóse pensando que sólo se muere una vez. Sin embargo, consideró conveniente no darle conversación, prefiriendo que su rubia acompañante se entregara totalmente a la tarea que tenía entre manos.

Fue ella quien reanudó la charla, mientras corrían velozmente por un recodo de Hyde Park.

—¿Te gustaría casarte conmigo? —le preguntó ella como por casualidad.

Jorge contuvo el aliento, pero debió ser debido a la proximidad de un enorme autobús que parecía ansioso de destrucción, y se enorgulleció de su rápida respuesta.

—Me encantaría —replicó con facilidad.

—Bueno —dijo Mary Montresor vagamente—. Tal vez puedas hacerlo algún día.

Volvieron a tomar la carretera recta sin accidentes, y en aquel momento Jorge advirtió unos grandes cartelones de noticias colocados en la estación del «metro» de Hyde Park Corner. Entre «grave situación política» y «llegada del trasatlántico "Coronel" se leía «Joven de la alta sociedad se casa con un duque» y en otro «el duque de Edgehill y la señorita Montresor».

—¿Qué es eso del duque de Edgehill? —preguntó Jorge con severidad.

—¿Bingo y yo? Estamos prometidos.

—Pero entonces... lo que acabas de decir...

—Oh, eso —dijo Mary Montresor—. Comprende, todavía no he decidido del todo con quién voy a casarme.

—¿Entonces por qué te has prometido?

—Sólo para demostrar que podía hacerlo. Todos pensaban que me sería muy difícil, y no lo fue nada.

—Has sido muy afortunada logrando conquistar a ese... es... Bingo —dijo Jorge mencionando con violencia a un duque auténtico por su nombre de pila.

—Nada de eso —replicó Mary Montresor—. El afortunado ha sido él, si es que hay algo que pueda hacerle bien... cosa que dudo.

Jorge hizo otro descubrimiento... de nuevo con la ayuda de otro cartel de anuncios.

—Vaya, si hoy hay regatas en Ascot. Debiera haber adivinado que ése era el único sitio donde podrías estar tú.

Mary Montresor suspiró.

—Quería tener un día de libertad —dijo sencillamente.

—Vaya, igual que yo —repuso Jorge encantado—. Y como resultado mi tío me ha despedido para que me muera de hambre.

—En ese caso nos casaremos —decidió Mary—, mis veinte mil libras al año te resultarán sumamente útiles.

—Desde luego nos proporcionarían algunas comodidades para nuestra casa —repuso Jorge.

—Hablando de casas —comentó Mary—. Vamos al campo a ver si encontramos alguna que nos guste.

Resultaba un plan encantador. Pasaron Putney Bridge y, al llegar a Kingston, Mary apretó el acelerador con un suspiro de satisfacción. Llegaron al campo muy de prisa, y media hora más tarde, Mary, exhalando una exclamación, señaló hacia un lado con gesto teatral.

Ante ellos, en la cima de una colina se alzaba una casa de esas que los agentes de ventas describen (rara vez con verdad) de «Un encanto al estilo antiguo». Imaginaos que la descripción de la mayoría de casas de campo se hiciera realidad por una vez, y tendréis una idea.

Mary Montresor detuvo el coche ante una cerca pintada de blanco.

—Dejaremos aquí el coche, e iremos a verla. ¡Es nuestra casa!

—Decididamente lo es —convino Jorge—. Pero de momento parece que viven en ella otras personas.

Mary despreció a las otras personas con un gesto, y subieron juntos por el camino. La casa resultaba aún más atrayente vista de cerca.

—Nos acercaremos para atisbar por las ventanas —dijo Mary.

Jorge se resistía.

—¿Tú crees que esta gente...?

—Yo no pienso en ellos. Es nuestra casa... y sólo viven en ella por casualidad. Y si alguien nos sorprendiera, diré... diré que yo creía que era la casa de la señora... Pardonstenger y que siento haberme equivocado.

—Bueno, no está mal —dijo Jorge pensativo. Miraron por las ventanas. La casa estaba exquisitamente amueblada, y acababan de llegar al salón cuando oyeron pasos en la grava del jardín y al volverse se hallaron frente a un mayordomo impecable.

—¡Oh! —dijo Mary, y con su más encantadora sonrisa agregó—: ¿Está en casa la señora Pardonstenger? estaba mirando si estaba en el salón.

—La señora Pardonstenger está en casa, señora —replicó el mayordomo—. Tenga la bondad de pasar... por aquí, por favor.

Hicieron lo único que podían hacer: seguirle. Jorge iba calculando el número de probabilidades que había para que hubiesen acertado, y siendo el nombre Pardonstenger llegó a la conclusión de que era una entre veinte mil. Su compañera le susurró:

—Déjalo en mis manos. Todo irá bien.

A Jorge le vino de perilla, pues según él aquella situación requería delicadeza femenina.

Les hicieron pasar al salón, y en cuanto se hubo retirado el mayordomo, volvió a abrirse la puerta dando paso a una señora alta y de cabellos oxigenados que les contempló con aire expectante.

Mary Montresor dio un paso hacia ella, y luego se detuvo con bien simulada sorpresa.

—¡Vaya! —exclamó—. ¡Si no es Amy! ¡Qué cosa más extraordinaria!

—Lo es —dijo una voz siniestra.

Había entrado un hombre corpulento de rostro de bulldog y ceño amenazador, situándose detrás de la señora Pardonstenger. Jorge, pensó que nunca había visto un tipo más desagradable. El hombre cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.

—Sí, una cosa extraordinaria —repitió con su voz áspera—. Pero creo haber comprendido su juego. —Y de pronto sacó un revólver enorme—. ¡Manos arriba! He dicho manos arriba. Cachéalos, Bella.

Jorge, al leer novelas policíacas, se había preguntado muchas veces qué significaba eso de «cachear». Ahora lo supo. Bella (alias señora Pardonstenger) comprobó que ni él ni Mary llevaban armas escondidas en ninguna de sus ropas.

—Pensaron que eran muy listos, ¿verdad? —gruñó el hombre—. Viniendo aquí de esta manera y haciéndose los inocentes. Esta vez se han equivocado... del todo. En realidad, dudo mucho que sus amigos y parientes vuelvan a verles jamás. Ah, sí, ¡eh! —dijo al ver que Jorge hacía un movimiento de rebeldía—. Nada de trucos. Dispararé en cuanto vuelva a moverse.

—Ten cuidado, Jorge —suplicó Mary.

—Tendré cuidado —repuso Jorge con sentimiento—. Mucho cuidado.

—Y ahora en marcha —dijo el hombre—. Abre la puerta, Bella. Y ustedes dos conserven las manos encima de la cabeza. La señora primero... así está bien. Yo iré detrás de los dos. Crucen el recibidor. Ahora arriba...

Obedecieron. ¿Qué otra cosa podían hacer? Mary empezó a subir la escalera con las manos en alto seguida de Jorge, y detrás de ellos el gigantesco rufián, revólver en mano.

Al llegar a lo alto de la escalera, Mary dobló la esquina, y en el mismo instante, sin el menor aviso, Jorge propinó un fiero puntapié hacia atrás alcanzando al hombre de pleno, y haciéndole caer de espaldas por la escalera. Al segundo siguiente Jorge había saltado sobre él, apoyando las rodillas sobre su pecho, y con la mano derecha cogió el revólver que el otro había soltado durante la caída.

Bella, lanzando un grito, se retiró por una puerta, y Mary bajó corriendo la escalera, pálida como la cera.

—Jorge, ¿le has matado?

El hombre estaba tendido completamente inmóvil, y Jorge se inclinó sobre él.

—No creo que le haya matado —dijo con pesar—. Pero desde luego está fuera de cuenta.

—Gracias a Dios —Mary respiraba muy de prisa.

—Un golpe limpio —dijo Jorge admirado de sí mismo—. Vaya una lección para esta mula. ¿Eh, qué quieres?

Mary tiraba de él con fuerza.

—Vámonos —exclamó con fervor—. Vámonos de prisa.

—¿Y si buscáramos algo con que atar a este individuo? —dijo Jorge dispuesto a seguir sus propios planes—. ¿Podrías encontrar algún pedazo de cuerda por ahí?

—No, no podría —replicó Mary—. Y vámonos... por favor, por favor... estoy tan asustada...

—No necesitas asustarte estando yo aquí —replicó Jorge con vil arrogancia.

—Jorge querido, por favor... hazlo por mí. No quiero verme mezclada en esto. Vámonos, por favor, te lo suplico de veras.

La exquisita ternura con que pronunció las palabras «hazlo por mí» ablandó la determinación de Jorge, que se dejó arrastrar donde les esperaba el auto. Mary dijo con desmayo:

—Conduce tú. Yo no puedo.

Y Jorge tomó posesión del volante.

—Pero hemos de ver cómo acaba esto —le dijo—. Dios sabe lo que se trae entre manos ese tunante. No daré parte a la policía si no quieres... pero tengo que averiguarlo. Tengo que seguirles la pista.

—No, Jorge. No quiero que lo hagas.

—¿Se nos presenta una aventura de primera clase como ésta y quieres que me vuelva de espaldas? No, ni lo sueñes.

—No tenía idea de que fueses tan sanguinario —dijo llorosa.

—No soy sanguinario. Yo no fui quien empezó. Ese condenado individuo amenazándonos con ese gigantesco revólver... A propósito..., ¿cómo diantre no se disparó cuando yo le arrojé escalera abajo?

Y deteniendo el coche, la sacó del bolsillo de la portezuela donde lo pusiera al subir. Después de examinarlo lanzó un silbido.

—¡Vaya, que me aspen si lo entiendo! No está cargado. Si lo llego a saber... —Se detuvo abstraído en sus pensamientos—. Mary, todo esto es muy extraño.

—Lo sé. Por eso te suplico que lo dejes.

—Nunca —replicó Jorge con voz firme.

Mary suspiró.

—Ya veo que tendré que contártelo —le dijo—. Y lo peor de todo es que no tengo la menor idea de cómo te sentará.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué has de contarme?

—Verás. —Hizo una pausa—. Yo creo que hoy en día las mujeres debemos ayudarnos mutuamente... cuando queremos, sobre todo, saber algo de los hombres que conocemos.

—¿Y bien? —preguntó Jorge, completamente despistado.

—Y lo más importante para una chica es saber cómo reaccionaría él ante una dificultad... ¿Tiene presencia de ánimo... valor... inteligencia rápida? Esas cosas no pueden saberse... hasta que ya es demasiado tarde. Tal vez no se presente ninguna oportunidad hasta varios años después de casados. Todo lo que sé de mis amigos es si bailan bien y si son capaces de encontrar un taxi en noches lluviosas.

—Las dos cosas son muy útiles —señaló Jorge.

—Sí, pero una quiere saber si el hombre es hombre.

—«Los grandes espacios abiertos donde los hombres son hombres» —recitó Jorge con aire ausente.

—Exacto. Pero en Inglaterra no tenemos esos espacios abiertos. De manera que hay que crear una situación artificial. Y eso es lo que hice.

—¿Qué quieres decir?

—Lo que quiero decir es que esa casa actualmente es mía. Y vinimos porque yo quise... no por casualidad. Y el hombre... ese hombre a quien por poco matas...

—¿Sí?

—Es Rube Wallace... el actor de cine. Siempre representa papeles de luchador. Es un hombre muy amable y simpático, y le contraté. Bella es su esposa. Por eso me quedé aterrada al ver que podías haberle matado. Naturalmente que el revólver no estaba cargado. Pertenece a la compañía cinematográfica. Oh, Jorge, ¿estás muy enfadado?

—¿Soy el primero con quien... has probado este experimento?

—Oh, no. Lo probé con... deja que piense... con otros nueve y medio.

—¿Quién era el medio? —preguntó Jorge con curiosidad.

—Bingo —replicó en tono frío.

—¿Y a los demás no se les ocurrió el truco de pegar una patada hacia atrás, como hacen las mulas?

—No... a ninguno. Algunos fanfarronearon, y otros se sometieron en seguida, pero todos permitieron que les llevaran arriba, y les ataran y amordazasen. Luego, me las arreglé para soltar mis ligaduras... claro está, como en las novelas... y les liberté. Nos escapamos... descubriendo que la casa estaba vacía.

—¿Y a nadie se le ocurrió el truco de la mula ni nada parecido?

—No.

—En ese caso —dijo Jorge condescendiente—, te perdono.

—Gracias, Jorge —repuso Mary sumisa.

—En resumen: la única cuestión que se nos presenta ahora es: ¿a dónde vamos? —dijo Jorge—. No estoy del todo seguro si hay que ir a Lambeth Palace o al juzgado.

—¿De qué estás hablando?

—De la licencia. Creo que lo indicado es una licencia especial. Tienes demasiada afición a prometerte con un hombre y preguntar a otro si quiere casarse contigo.

—¡Yo no te he pedido que te cases conmigo!

—Sí que me lo pediste. En Hyde Park Corner. No es un sitio que hubiera escogido yo para pedir a nadie en matrimonio, pero cada uno tiene sus ideas respecto a este particular.

—Yo no hice nada de eso. Y sólo pregunté, en broma, si te gustaría casarte conmigo. No tenía intención de que lo tomaras en serio.

—Si consultara un abogado, estoy seguro que diría que eso fue una auténtica proposición. Además, tú sabes perfectamente que quieres casarte conmigo.

—No.

—¿Ni siquiera después de los nueve fracasos y medio? Imagínate la sensación de seguridad que iba a darte ir por la vida al lado de un hombre capaz de sacarte de una situación peligrosa.

Mary parecía ablandarse poco a poco ante este argumento, pero dijo en tono firme:

—No me casaría con ningún hombre a menos que le viera arrodillado ante mí.

Jorge la miró. Era adorable, pero Jorge poseía otras características propias de las mulas, aparte de saber dar coces, y replicó con la misma determinación:

—Arrodillarse ante una mujer es degradante, y no lo haré.

Mary dijo con encantadora presteza:

—¡Qué lástima!

Regresaron a Londres. Jorge estaba muy serio y callado, y Mary tenía el rostro oculto por el ala de su sombrero. Al pasar por Hyde Park Corner, murmuró en tono suave:

—¿No podrías arrodillarte ante mí?

Jorge replicó en tono firme:

—No.

Se sentía un superhombre. Ella le admiraba por su actitud, pero por lo visto también era testaruda. De pronto Jorge se irguió.

—Perdóname —le dijo.

Y apeándose del coche, retrocedió hasta un puesto de fruta que acababan de pasar, regresando tan rápidamente que el policía que se acercaba a ellos para preguntar qué ocurría no tuvo tiempo de llegar.

—«Coma más fruta» — dijo—. Y además es simbólico.

—¿Simbólico?

—Sí. Eva dio una manzana a Adán. Hoy en día Adán se la da a Eva. ¿Comprendes?

—Sí —repuso Mary dudosa.

—¿A dónde te llevo? —preguntó Jorge en tono serio.

—A casa, por favor.

Dirigió el coche hacia la Plaza Grosvenor con rostro impasible. Se apeó, dando la vuelta para ayudarla a bajar. Ella le hizo una última súplica.

—Querido... Jorge... ¿no podrías? ¿Sólo por complacerme?

—Nunca —dijo Jorge.

Y en aquel preciso momento ocurrió. Resbaló, y al tratar de recobrar el equilibrio quedó arrodillado en el barro ante ella. Mary lanzó una exclamación de alegría, palmoteando entusiasmada.

—¡Querido Jorge! Ahora sí que me casaré contigo. Puedes ir inmediatamente a Lambeth Palace y arreglarlo todo con el arzobispo de Canterbury.

—Ha sido sin querer —dijo Jorge con calor—. Fue por culpa de esa... esa... piel de plátano —y le mostró el cuerpo del delito.

—No importa —replicó Mary—. Ha ocurrido. Cuando discutimos y tú me echaste en cara el haberte pedido en matrimonio, tuve que exigirte que antes de casarte conmigo te arrodillaras ante mí. ¡Gracias a esa bendita piel de plátano! ¿Era bendita lo que ibas a decir?

—Algo por el estilo —repuso Jorge.

A las cinco y media de aquella tarde, el señor Leadbetter recibió el aviso de que su sobrino acababa de llegar y deseaba verle.

«Ha venido para humillarse —díjose el señor Leadbetter para sus adentros—. Confieso que estuve un poco duro con el muchacho, pero fue por su propio bien.»

Y dio orden para que hicieran pasar a su sobrino.

Jorge entró con aire decidido.

—Quiero hablar contigo, tío —le dijo—. Esta mañana cometiste una gran injusticia. Me gustaría saber si tú hubieras conseguido a mi edad, en plena calle, repudiado por tus parientes, y en el espacio que media entra las once y cuarto y las cinco y media, una renta de veinte mil libras al año. ¡Pues eso es lo que yo he hecho!

—Tú estás loco, muchacho.

—¡Qué voy a estar loco, sino pletórico de recursos! Voy a casarme con una joven rica y bonita, perteneciente a la alta sociedad. Una que va a dejar a un conde por mí.

—Debía haberte abofeteado en lugar de preferirte.

—Y hubiera hecho bien. Nunca me hubiera atrevido a pedírselo..., pero por fortuna me lo pidió ella. Luego se retractó, pero yo la hice cambiar de opinión. ¿Y sabes tío, cómo lo conseguí? Con el gasto de dos peniques y sabiendo agarrar la bola dorada de la oportunidad.

—¿En qué empleaste esos dos peniques? —preguntó el señor Leadbetter, intrigado.

—En comprar un plátano... en un puesto de fruta. A nadie se le hubiera ocurrido el truco de la piel de plátano. ¿Dónde se sacan las licencias de matrimonio? ¿Es en el juzgado o en Lambeth Palace?