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Villa Ruiseñor - Agatha Christie (parte 2)

 Pero la noche del día siguiente, comprendió que ciertas fuerzas ocultas la iban minando interiormente. Dick Windyford no había vuelto a telefonear y, sin embargo, percibía su influencia. No cesaba de recordar sus palabras: «Ese hombre es un desconocido para ti. No sabes nada de él.» Y con ellas el recuerdo del rostro de su marido acudía a su memoria diciéndole: «¿Tú crees que tiene gracia hacer de esposa de Barba Azul?» ¿Por qué había dicho eso? ¿Qué quiso decir con aquellas palabras?
Hubo una advertencia en ellas... una amenaza. Era como si le hubieran dicho: «Sería mejor que no te metieras en mi vida privada, Alix. Podrías llevarte un disgusto si lo hicieras.» Cierto que pocos minutos después le juraba que no hubo otra mujer en su vida que le importase..., pero Alix trató en vano de recordar aquella sensación que le diera de sinceridad. ¿Acaso no estaba obligado a jurárselo?
El viernes por la mañana Alix estaba convencida de que había habido otra mujer en la vida de Gerald... algo semejante a la cámara de Barba Azul y que luchaba por ocultárselo. Sus celos, tardos en despertar, se hicieron desenfrenados.
¿Es que acaso debía encontrarse con una mujer aquella noche a las nueve? ¿Habría inventado la historia del revelado de las fotografías en el apuro del momento? Con una extraña sensación de sobresalto Alix comprendió que desde que encontrara su agenda de bolsillo había vivido atormentada. Y eso que no había nada en ella. Eso era lo más irónico del caso.
Tres días antes hubiera jurado conocer perfectamente a su esposo, y ahora le parecía un extraño del que nada sabía. Recordó su enojo irrazonable contra el pobre Jorge, tan contrario a su acostumbrado buen carácter. Un pequeño detalle, tal vez, pero demostraba que en realidad desconocía al nombre que era su marido.
Alix necesitaba adquirir varias cosas para el fin de semana y por la tarde sugirió que ella podría ir al pueblo a buscarlas, mientras Gerald se ocupaba del jardín, pero ante su sorpresa se opuso resueltamente a su plan e insistió en ir él para que Alix se quedara en casa. Alix viose obligada a dejarle hacer su voluntad, pero su insistencia le había sorprendido. ¿Por qué aquel afán de evitar a toda costa que fuera al pueblo?
Y de pronto, la explicación que dejaba todo en claro: ¿No era posible que, a pesar de no decirle nada, Gerald hubiera encontrado a Dick Windyford en el pueblo? Sus propios celos, dormidos durante la época de su matrimonio, sólo habían surgido después. ¿No podría haberle ocurrido lo mismo a Gerald? ¿Acaso no estaría tratando de impedir que volviera a ver a Dick Windyford? Esa explicación coincidía tan bien con los hechos, y confortó tanto a Alix, que la abrazó con todo entusiasmo.
Sin embargo, cuando pasó la hora del té, estaba inquieta y enferma de impaciencia, luchando contra una tentación que la asaltaba desde la marcha de Gerald. Por fin, tranquilizando su conciencia con la excusa de que la habitación necesitaba una buena limpieza, subió al despacho de su marido con un sacudidor del polvo para justificarse.
—Si pudiera estar segura —se repetía—. Si pudiera estar completamente segura.
En vano se decía que cualquier cosa comprometedora habría sido destruida años atrás. Pero los hombres guardan algunas veces la prueba más condenatoria llevados de un sentimentalismo exagerado.
Al fin Alix sucumbió, y con las mejillas arreboladas por la vergüenza de su acción, fue revisando todos los paquetes de cartas y documentos, abriendo todos los cajones, y examinando incluso los bolsillos de los trajes de su marido. Sólo dos cajones se le resistieron: el último cajón de la cómoda, y el de la parte izquierda del escritorio estaban cerrados con llave. Pero ahora Alix era ya capaz de cualquier cosa, y estaba convencida de que en uno de ellos encontraría alguna prueba de la existencia de aquella mujer del pasado de su marido que la obsesionaba.
Recordó que Gerald había dejado sus llaves olvidadas sobre el aparador, y yendo a buscarlas las fue probando una por una. La tercera entraba en la cerradura del cajón del escritorio, que Alix se apresuró a abrir. Había un talonario de cheques y una cartera bien provista de billetes, y en el fondo un paquete de cartas atado con una cinta.
Respirando afanosamente, Alix lo desató, y luego un intenso rubor cubrió su rostro mientras dejaba las cartas de nuevo en el interior del cajón, y volvía a cerrarlo. Porque aquellas cartas eran suyas, las que escribiera a Gerald Martin antes de casarse con él.
Dirigióse a la cómoda, impulsada más por el deseo de no dejar nada por registrar, que por la esperanza de encontrar lo que buscaba. Sentíase avergonzada y convencida de la locura de su obsesión.
Ante su contrariedad ninguna de las llaves de Gerald abría el cajón. Sin desanimarse, Alix se fue en busca de otra serie de llaves, y al fin la llave del guardarropa pudo abrirlo, pero en su interior no había más que un rollo de recortes de periódicos manchados y descoloridos por el tiempo.
Alix exhaló un suspiro de alivio. Sin embargo, fue revisando los recortes para saber qué es lo que había interesado tanto a su marido como para guardar aquel paquete polvoriento. Casi todos eran de periódicos americanos, de varios años atrás, y trataban del proceso de un famoso estafador y bígamo, Carlos LeMaitre. LeMaitre era considerado sospechoso de haber dado muerte a varias mujeres. Se había encontrado un esqueleto enterrado debajo del suelo de una de las casas que había alquilado, y la mayoría de las mujeres con las que «contrajo matrimonio» desaparecieron sin dejar rastro.
El se había defendido contra las acusaciones con habilidad consumada, con la ayuda de uno de los abogados de más talento de los Estados Unidos. El veredicto escocés «Absuelto por falta de pruebas» hubiera sido más apropiado al caso, pero en su defecto, se le consideró «Inocente» de la culpa capital, aunque le sentenciaron a un largo período de cárcel por los otros cargos presentados contra él.
Alix recordaba la sensación que produjo aquel caso, y también la que causó la huida de LeMaitre unos tres años más tarde. No volvieron a detenerle. La personalidad de aquel hombre y su extraordinario atractivo para las mujeres fueron comentados extensamente en los periódicos, junto con un resumen de la excitabilidad que demostró en el juzgado, sus protestas apasionadas, y sus repentinos colapsos debidos a su corazón débil, aunque algunos lo atribuyeron a sus facultades dramáticas.
Venía una fotografía suya en uno de los recortes que Alix tenía en la mano y la estudió con cierto interés... un caballero de luenga barba con aspecto de catedrático. Le recordaba a alguien, pero de momento no supo precisar quién era ese alguien. No imaginaba que Gerald se interesase por los crímenes y procesos famosos, aunque sabía que era el entretenimiento predilecto de muchos hombres.
¿A quién le recordaba aquella cara? De pronto, sobresaltada, comprendió que al propio Gerald. Aquellas cejas y aquellos ojos tenían un gran parecido con los suyos. Tal vez conservase aquellos recortes por esa razón. Sus ojos leyeron el párrafo que aparecía junto al retrato. Al parecer se encontraron ciertas notas en la agenda de bolsillo del acusado que coincidían con las fechas en que se deshizo de sus víctimas. Luego, una mujer había identificado al prisionero por una cicatriz que tenía en la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma de la mano.
Alix dejó caer los papeles de entre sus manos nerviosas mientras se tambaleaba. En la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma, Gerald tenía una pequeña cicatriz.
Todo giraba a su alrededor. Después le pareció tener de pronto aquella absoluta certeza. ¡Gerald Martin era Carlos LeMaitre! Lo sabía y lo aceptaba con la velocidad del relámpago. Fragmentos sueltos acudían a su memoria, como las piezas de un rompecabezas que van tomando forma.
El dinero pagado por la casa... su dinero... únicamente su dinero. Los bonos al portador que confiara a su custodia. Incluso su sueño tenía ahora significado. En lo más profundo de su ser, su subconsciente siempre había temido a Gerald Martin y deseado escapar de él y para ello su otro yo pedía ayuda a Dick Windyford. Por eso también aceptó la verdad con tanta facilidad, y sin dudas ni vacilaciones. Ella iba a ser pronto otra de las víctimas de LeMaitre... quizá muy pronto.
Casi se le escapa un grito, al recordar lo anotado en la agenda. Miércoles a las nueve de la noche. Con lo fácil que era levantar las baldosas del sótano. En cierta ocasión ya había enterrado a una de sus víctimas en un sótano. Todo lo tenía planeado para la noche del miércoles, ¡pero escribirlo de antemano con aquella tranquilidad... era una locura! No, era lógico. Gerald tomaba siempre nota de sus compromisos... y para él un crimen era una cuestión de negocios como cualquier otra.
Pero, ¿qué la salvó? ¿Qué es lo que pudo salvarla? ¿Por qué se arrepentiría en el último momento? Sí... como un rayo le vino la respuesta. El viejo Jorge. Ahora le resultaba comprensible el enojo incontenible de su esposo. Sin duda había preparado el terreno diciendo a todo el mundo que encontraba que se iban a Londres al día siguiente. Luego Jorge fue a trabajar inesperadamente y al hablarle de Londres, ella había desmentido la historia. Era demasiado arriesgado deshacerse de ella aquella noche, exponiéndose a que el jardinero repitiera su conversación. ¡Pero había escapado de milagro! De no haber mencionado aquel asunto tan trivial... Alix se estremeció.
Pero no había tiempo que perder. Tenía que huir en seguida... antes de que él regresara. Por nada del mundo pasaría otra noche bajo el mismo techo que aquel hombre. Apresuróse a guardar de nuevo el rollo de recortes de periódicos en el cajón, y lo cerró.
Y entonces se quedó como si se hubiera convertido en estatua de piedra. Había oído el chirrido de la cerca. Su esposo había regresado ya.
Por un momento Alix continuó inmóvil; luego yendo de puntillas hasta la ventana atisbo tras el amparo de la cortina.
Sí, era su marido, que sonriendo para sí tarareaba una tonadilla. En la mano llevaba algo que casi paralizó el corazón de la aterrorizada Alix: una azada nueva.
Alix se dijo instintivamente: Iba a ser esta noche. Pero le quedaba una oportunidad. Gerald, todavía tarareando había ido dando la vuelta a la casa.
Va a dejarla en el sótano... preparada, pensó Alix con un escalofrío.
Sin vacilar un momento echó a correr escaleras abajo y salió de la casa, pero en el preciso momento que atravesaba la puerta, su esposo hizo su aparición por un lado de la casa.
—Hola —le dijo—. ¿A dónde vas tan de prisa?
Alix procuró desesperadamente parecer tranquila. De momento había perdido su oportunidad, pero si tenía cuidado de no despertar sus sospechas volvería a tenerla más tarde. Incluso ahora mismo, tal vez.
—Iba a ir paseando hasta el extremo del prado —dijo con voz que le sonó débil e insegura a sus propios oídos.
—Muy bien —replicó Gerald—. Te acompañaré.
—No... por favor, Gerald. Estoy nerviosa... me duele la cabeza... preferiría ir sola.
Él la miró fijamente y Alix creyó ver el recelo en sus ojos.
—¿Qué te ocurre, Alix? Estás pálida... temblorosa.
—No es nada —se esforzó por sonreír—. Me duele la cabeza, eso es todo. Un paseo me sentará bien.
—Bueno, es inútil que digas que no te acompañe —declaró Gerald riendo—. Iré contigo quieras o no.
Alix no se atrevió a insistir más. Si sospechara que sabía...
Con un esfuerzo procuró recuperar algo de su habitual tranquilidad. No obstante, se daba cuenta de que él la miraba de reojo de cuando en cuando, como si no estuviera satisfecho y no hubiese acallado sus sospechas.
Cuando regresaron a la casa, él insistió en que debía acostarse, y le trajo agua de colonia para mojar sus sienes. Fue, como siempre, el esposo atento y solícito, y no obstante, Alix sentíase tan indefensa como si estuviera atada de pies y manos en el interior de una trampa.
Ni por un momento la dejó sola. Fue con ella a la cocina ayudándola a preparar la cena. Apenas podía tragar bocado, pero se esforzó en comer, e incluso parecer alegre y natural. Ahora se daba cuenta de que luchaba por su vida. Estaba a solas con aquel hombre, a varios kilómetros de distancia de la civilización, completamente a su merced. Su única oportunidad era aplacar sus sospechas para que la dejara sola unos momentos... los suficientes para llegar al teléfono del recibidor para pedir ayuda. Aquélla era su única esperanza. Si se decidía a huir, la alcanzaría antes de que pudiera llegar al pueblo.
Una esperanza momentánea la animó al recordar cómo había abandonado su plan la otra noche. ¿Y si le dijera que Dick Windyford iba a ir a verles aquella noche?
Las palabras temblaban en sus labios... pero se apresuró a rechazarlas. Aquel nombre no perdería su segunda oportunidad. Había tal determinación bajo su calma aparente que le daba náuseas. Sólo conseguiría precipitar su crimen. La mataría en seguida, y luego con toda tranquilidad telefonearía a Dick Windyford con cualquier excusa para que no fuera. ¡Oh!, si Dick fuera a verles aquella noche. Si Dick...
Una idea acudió a su mente y miró de soslayo a su esposo por temor a que pudiera adivinar sus pensamientos, y mientras formaba su plan, sintió renacer su valor mostrándose tan natural que ella misma se maravilló. Gerald estaba ahora completamente tranquilizado.
Alix preparó el café y lo llevó ahora al porche, donde solían sentarse las noches cálidas.
—A propósito —dijo Gerald de pronto—, más tarde revelaremos esas fotografías.
Alix sintió que un escalofrío recorría su cuerpo, pero replicó con naturalidad:
—¿No puedes hacerlo solo? Estoy dormida y muy cansada esta noche.
—No tardaremos mucho —sonrió—, y te aseguro que luego no te sentirás cansada.
Aquellas palabras parecieron divertirle. Alix se estremeció. Ahora, o nunca podría llevar a cabo su plan.
Se puso en pie.
—Voy a telefonear al carnicero —anunció tranquilamente.
—¿Al carnicero? ¿A estas intempestivas horas de la noche?
—Tonto, ya sé que la tienda está cerrada pero él está en la casa. Mañana es sábado y quiero que me traiga unos filetes de ternera bien temprano, antes de que se los lleve otra. El viejo haría cualquier cosa por mí.
Y entró rápidamente en la casa, cerrando la puerta tras ella. Oyó a Gerald que decía: «No cierres la puerta», y Alix replicó con ligereza: «Así no entrarán los mosquitos. Aborrezco los mosquitos. ¿Tienes miedo de que le haga el amor al carnicero, tonto?»
Una vez en el interior de la casa cogió el teléfono y dio el número de la «Posada del Viajero». Le dieron comunicación en seguida.
—¿El señor Windyford está todavía ahí? ¿Podría hablar con él?
Entonces el corazón le dio un vuelco. La puerta acababa de abrirse y su marido entraba en el recibidor.
—Vete, Gerald —le dijo mimosa—. No me gusta que me escuchen cuando hablo por teléfono.
Él se limitó a echarse a reír mientras se sentaba en una silla.
—¿Seguro que telefoneas al carnicero? —le preguntó.
Alix estaba desesperada. Su plan había fracasado. Dentro de unos instantes, Dick Windyford estaría al teléfono. ¿Se arriesgaría a gritar pidiendo ayuda? ¿Comprendería lo que quería decirle antes de que Gerald le arrebatara el aparato? ¿O creería únicamente que se trataba de una broma?
Y luego mientras nerviosa movía la clavija que permite que la voz se oiga o no en el extremo del hilo, se le ocurrió otra idea.
«Será fácil —pensó—. Tendré que procurar no perder la cabeza y escoger las palabras apropiadas y no desfallecer ni un momento, pero creo que podré hacerlo.»
Y en aquel momento oyó la voz de Dick Windyford.
Alix tomó aliento. Luego conectó la clavija de comunicación con firmeza.
—Aquí la señora Martin... de «Villa Ruiseñor». Por favor, venga (cerró la clavija) mañana por la mañana y tráigame seis filetes de ternera bien hermosos (volvió a dar la comunicación). Es muy importante. (Cerró.) Muchísimas gracias, señor Hexworthy, espero que no le haya molestado llamando tan tarde, pero en realidad el tener esos filetes el sábado (abrió) es cuestión de vida o muerte... (cerró). Muy bien... mañana por la mañana... (abrió), cuanto antes...
Volvió a dejar el teléfono en la horquilla y miró a su esposo respirando trabajosamente.
—De manera que es así como hablas con el carnicero ¿eh? —dijo Gerald.
—Estrategia femenina —dijo Alix en tono ligero.
Rebosaba excitación. Gerald no había sospechado nada, y sin duda Dick iría aunque no hubiese comprendido.
Pasaron al saloncito y Alix encendió la luz. Gerald la observaba.
—Pareces muy contenta ahora —le dijo mirándola con curiosidad.
—Sí —repuso Alix—; ya no me duele la cabeza.
Ocupó la butaca acostumbrada y su esposo fue a sentarse frente a ella. Estaba salvada. Eran sólo las ocho y veinticinco, y mucho antes de las nueve Dick habría llegado.
—No me ha gustado mucho el café de hoy —se quejó Gerald—. Es muy amargo.
—Es que he comprado una clase nueva. Si no te gusta no volveré a comprarlo, querido.
Alix, cogiendo su labor, empezó a coser. Confiaba plenamente en su propia habilidad para representar el papel de esposa solícita. Gerald leyó varias páginas de su libro y luego mirando el reloj dejó la novela.
—Las ocho y media. Es hora de bajar al sótano y empezar a trabajar.
A Alix se le cayó la labor de las manos.
—¡Oh! Aún no. Esperemos hasta las nueve.
—No, pequeña, es la hora que he fijado. Así podrás acostarte más pronto.
—Pero yo prefiero esperar hasta las nueve.
—Las ocho y media —insistió Gerald—. Ya sabes que cuando fijo una hora me gusta atenerme a ella. Vamos, Alix. No quiero esperar ni un minuto más.
Alix le miró, y a pesar suyo sintió que el terror la invadía. Gerald se había quitado la máscara y se retorcía las manos; los ojos le brillaban de excitación, y se pasaba continuamente la lengua por los labios resecos. Ya no se esforzaba por disimular su nerviosismo.
Alix pensó «Es cierto... no puede esperar... está como loco...».
Se acercó a ella y cogiéndola por los hombros la obligó a ponerse en pie.
—Vamos, pequeña... o te llevaré a rastras.
Su tono era alegre, pero había tal ferocidad en el fondo que Alix quedó como paralizada. Con un esfuerzo supremo logró desasirse yendo a apoyarse contra la pared. Estaba impotente. No podía escapar... ni hacer nada... él se iba acercando.
—Ahora, Alix...
—No..., no.
Lanzó un grito alargando las manos en un gesto de impotencia para impedir que se le acercara.
—Gerald... basta... tengo algo que decirte... tengo que confesarte una cosa...
Él no se detuvo.
—¿Confesar qué? —preguntó con curiosidad.
—Sí; que confesar —continuó ella desesperada, procurando mantener su atención—. Es algo que debiera haberte dicho antes.
En el rostro de Gerald apareció una mirada de desprecio. El encanto estaba roto.
—Un antiguo amor, supongo —se burló.
—No —dijo Alix—. Es otra cosa. Supongo que tú lo llamarías... sí... un crimen.
En el acto vio que había pulsado la cuerda oportuna, y que de nuevo era dueña de su interés. Eso le devolvió el valor sintiéndose dueña absoluta de la situación en aquel preciso momento.
—Será mejor que vuelvas a sentarte —le dijo tranquila.
Ella fue a ocupar su butaca, e incluso se detuvo para recoger la labor, aunque tras su calma aparente estaba inventando a toda prisa, ya que la historia que iba a contarle debía mantener su atención hasta que llegara la ayuda.
—Te dije —empezó— que había sido taquimecanógrafa durante quince años, y eso no es del todo cierto. Hubo dos intervalos. El primero tuvo lugar cuando yo tenía veintidós años. Conocía a un hombre ya mayor, dueño de una pequeña fortuna. Se enamoró de mí y me pidió que fuera su esposa. Acepté y nos casamos —hizo una pausa—. Yo le induje a que asegurara su vida en mi favor.
Vio que el interés de su esposo iba en aumento y continuó con más seguridad.
—Durante la guerra trabajé por algún tiempo en el Dispensario de un hospital. Allí manejé toda clase de drogas y venenos. Sí, venenos.
Volvió a detenerse. Ahora Gerald estaba ya sumamente interesado, no cabía duda. Al asesino le atraen los crímenes. Ella había jugado aquella carta y ganado. Echó una ojeada al reloj. Eran las nueve menos veinticinco.
—Existe un veneno.... es un polvito blanco. Una porción insignificante significa la muerte. ¿Entiendes tú de venenos, quizá?
Hizo la pregunta con cierta precipitación. Si la respuesta era afirmativa tendría que ir con cuidado.
—No —respondió Gerald—. Sé muy poco de eso.
Exhaló un suspiro de alivio. Así sería más fácil.
—Pero habrás oído hablar de heroscina, ¿verdad? Es una droga que actúa igual, pero que no deja rastro. Cualquier médico extendería un certificado de defunción por fallo cardíaco. Robé una pequeña cantidad y la conservo en mi poder.
Hizo una pausa midiendo sus fuerzas.
—Continúa —dijo Gerald.
—No. Tengo miedo. No puedo decírtelo. Otro día.
—Ahora —replicó él impaciente—. Quiero saberlo.
—Llevábamos casados un mes. Yo me portaba muy bien con mi marido, era muy amable y solícita, y él hablaba muy bien de mí a todos los vecinos. Todos sabían lo buena esposa que era. Yo misma le preparaba el café todas las noches. Y un día, cuando estábamos solos, puse en su taza un poquitín del alcaloide mortal.
Alix hizo una pausa y enhebró la aguja con gran parsimonia. Ella, que nunca había hecho teatro, en aquellos momentos rivalizaba con la mejor actriz del mundo, representando el papel de envenenadora a sangre fría.
—Fue muy sencillo. Yo le observaba. De pronto empezó a faltarle la respiración y el aire. Yo abrí la ventana. Luego dijo que no podía moverse de su butaca... y, al cabo de poco murió.
Se detuvo sonriendo. Eran las nueve menos cuarto. No tardaría en llegar.
—¿A cuánto ascendía la prima del seguro? —preguntóle Gerald.
—A unas dos mil libras. Especulé con ellas y perdí. Por eso tuve que volver a trabajar en la oficina, pero nunca tuve intención de seguir allí mucho tiempo. Entonces conocí a otro hombre. En la oficina conservé mi nombre de soltera, y él no supo que había estado casada. Éste era más joven, bien parecido, y gozaba de buena posición económica. Nos casamos en Sussex. La ceremonia fue sencilla. No quiso asegurar su vida, pero desde luego hizo testamento a mi favor. Le gustaba que yo le preparara el café, igual que a mi primer mando —Alix sonrió al añadir con sencillez—. Sé hacerlo muy bien.
Luego continuó:
—Yo tenía varios amigos en el pueblecito donde vivíamos, y se compadecieron mucho de mí cuando una noche después de cenar mi esposo falleció repentinamente de un colapso. No me gustó el médico. No creo que sospechara de mí, pero desde luego le sorprendió mucho la repentina muerte de mi esposo. Aún no sé por qué volví a la oficina. Supongo que por costumbre. Mi segundo esposo me dejó unas cuatro mil libras. No especulé con ellas esta vez. Las invertí. Luego...
Pero fue interrumpida. Gerald con el rostro congestionado y ahogándose, la señaló angustiado con el dedo índice.
—¡El café... Dios mío! ¡El café!
Ella le miró sorprendida.
—Ahora comprendo por qué estaba tan amargo. Eres un demonio, me has envenenado.
Sus manos se asieron a los brazos del sillón y parecía dispuesto a saltar sobre ella.
—Me has envenenado.
Alix se había ido alejando hasta la chimenea y aterrorizada se disponía a negarlo... cuando lo pensó mejor. Iba a lanzarse sobre ella, y reuniendo todo su valor le miró retadoramente y con firmeza.
—Sí —le dijo—. Te he envenenado, y el veneno ya empieza a hacer su efecto. Ya no puedes moverte del sillón... no puedes moverte...
Si pudiera mantenerle allí... por lo menos unos minutos...
¡Ah! ¿Qué era aquello? Pasos en el camino. El chirrido de la cerca... más pisadas... y la puerta del recibidor que se abría...
—No puedes moverte —repitió.
Luego pasó corriendo ante él, yendo a refugiarse en los brazos de Dick Windyford.
—¡Dios mío! —exclamó.
Luego volvióse al hombre que le acompañaba, un policía alto y fornido vestido de uniforme y le dijo:
—Vaya a ver lo que ha ocurrido en esa habitación.
Y tendiendo cuidadosamente a Alix en el diván se inclinó sobre ella.
—Mi pequeña —murmuró—. Pobrecita. ¿Qué es lo que te han estado haciendo?
Alix cerró los ojos y sus labios pronunciaron su nombre.
Dick despertó de sus sueños de felicidad cuando el policía fue a tocarle en el brazo.
—En esta habitación no hay más que un hombre sentado en una butaca. Parece como si acabara de sufrir un ataque y...
—¿Sí?
—Bueno, señor... está muerto.
Se sobresaltaron al oír la voz de Alix diciendo como en sueños:
—Y al cabo de poco —dijo como si estuviera repitiendo algo—, murió.

Testigo en la oscuridad - Fredric Brown (parte 2)

 

IV

  

—Me han encargado del caso —le dije en cuanto entré.

Sabía a lo que me refería. No tuve necesidad de explicárselo.

Mientras comíamos, le conté lo poco que había averiguado y que no había sido publicado en los periódicos.

—Así pues —le dije al final—, Max Easter no estuvo disparando en la oscuridad contra ningún gato. Se trataba más bien de un gallo con pijama de seda. Al menos en esta ocasión te han fallado tus presentimientos. Y también has fallado en tu otra idea: Easter está realmente ciego.

Ella se volvió hacia mí, levantando ligeramente su nariz.

—Te apuesto diez centavos a que no lo está.

—Te ganaré la apuesta —afirmé.

—Quizá. No te apostaría nada sobre la cuestión del gato, aunque el gallo en pijama del capitán Eberhart no es menos absurdo, como también me lo parece tu sombrero de seda con una pluma.

—Pero si era eso, el asesino se lo habría llevado consigo. Si se trataba del gato pardo, en cambio, ¿qué ocurrió con él?

—Está claro: el asesino se lo llevaría en la maleta que cogió del armario.

Ante esta observación, elevé mis manos, en un gesto de asombro.

Del mismo modo, Marge había estado hablando en serio sobre su presentimiento de que la ceguera de Max Easter no era real, y cuando Marge se toma en serio uno de sus presentimientos, también lo hago yo. Al menos hasta el punto de comprobar la cuestión con la mayor exactitud posible. Así pues, antes de salir de casa llamé al capitán Eberhart y conseguí el nombre y la dirección del médico que estaba tratando los ojos de Max Easter.

Fui a verle y tuve la suerte de que me introdujeran en su despacho en cuanto llegué. Después de identificarme y explicar lo que deseaba saber, le pregunté:

—¿Cuánto tiempo tardó usted en ver a míster Easter después de que se produjera el accidente?

—Creo que llegué a la planta química unos veinte minutos después de que me llamaran por teléfono. Y, según se me dijo, la llamada telefónica se hizo inmediatamente.

—¿Notó usted algo anormal en la condición en que estaban sus ojos?

—No, nada anormal, teniendo en cuenta el ácido diluido que les había salpicado. De todos modos, no estoy muy seguro de haber comprendido bien su pregunta.

Ni yo mismo estaba seguro de haberla comprendido. No sabía exactamente qué es lo que andaba buscando. Pregunté:

—¿Sentía mucho dolor?

—¿Dolor? ¡Oh, no! El ácido tetriánico provoca una ceguera temporal, pero sin causar dolor. No resulta más doloroso que el ácido bórico.

—¿Puede usted describirme los efectos, doctor?

—Dilata las pupilas, como la belladona. En último término es totalmente inofensivo. Pero, además de la dilatación de las pupilas, que es una reacción inmediata, provoca una parálisis temporal de los nervios ópticos y, en consecuencia, una ceguera temporal. Normalmente, la duración de la ceguera es de dos a ocho horas, lo que depende de la fuerza de la polución.

—¿Y cuál era la fuerza de la solución en este caso?

—De tipo medio. Míster Easter debía haber recuperado su vista en un plazo no superior a las seis horas.

—Pero no ocurrió así —indiqué.

—No la ha recuperado todavía. Y eso nos lleva a dos posibles conclusiones. Una: que es una persona anormal en cuanto se refiere a su tolerancia para la sustancia en cuestión. En ese caso, se trata de una simple cuestión de tiempo; recuperará su visión dentro de muy poco. La otra posibilidad, desde luego, es que nos encontremos ante un caso de ceguera histérica..., ceguera causada por autoengaño. Estoy casi convencido de que no es este último el caso de míster Easter. Sin embargo, si su ceguera persiste más de una semana, tendré que recomendar la intervención de un psiquiatra.

—¿No existe una tercera posibilidad? —pregunté—. ¿Fingirse enfermo, por ejemplo?

—No olvide, míster Hearn —dijo el médico, sonriendo—, que soy un empleado de la empresa y que actúo en defensa de los intereses de ésta. No existe la menor posibilidad de que una persona pretenda sufrir una dilatación de las pupilas que aún persiste. Y míster Easter no está fingiendo ceguera. Hay ciertas pruebas que lo atestiguan. Y, como ya le he dicho, estoy razonablemente seguro de que no se trata de un caso histérico. Baso mis suposiciones en la continua dilatación de las pupilas. En todo caso, la histeria produciría más bien una parálisis continua de los nervios, pero no una dilatación de las pupilas.

—¿Cuándo le examinó usted por última vez?

—Ayer mismo, a las cuatro de la tarde. Le he ido a visitar todos los días, a esa misma hora.

Le agradecí sus informaciones y me marché. Al menos por una vez había fallado uno de los presentimientos de Marge.

Había estado retrasando durante demasiado tiempo mi visita a la casa de los Easter. Me dirigí hacia allí y llamé al timbre.

Me abrió la puerta una mujer que resultó ser mistress Max Easter, Louise Easter. Me identifiqué y ella también se identificó, invitándome a entrar. Era una mujer de buen aspecto, incluso con ropa de estar por casa. Habría sido muy interesante examinarla para ver si su cuerpo mostraba alguna señal producida por roce de bala. Pero, por otra parte, su coartada era tan buena como cualquier otra que hubiera visto jamás y, además, estaba Marge.

Louise Easter me dijo que su esposo todavía estaba en cama, en su habitación de la planta superior, y me preguntó si deseaba subir. Dije que así lo haría, pero que antes deseaba dar un vistazo por la planta baja para conocer la disposición del lugar, y me acompañó, mostrándome el cajón de donde el asesino había cogido el revólver de Max, el armario donde había estado guardada la plata, y la estantería de la cocina donde ella solía dejar los guantes de algodón.

—¿Y ésas fueron las únicas cosas que echó en falta? —pregunte.

—De la planta baja, sí. También se llevó la cartera de Max y su reloj, que estaban en la mesita de noche de la habitación. En la cartera había unos veinte dólares y, al parecer, ése era todo el dinero que había en la casa. Y la maleta.

—¿De qué tamaño era la maleta?

Movió las manos para mostrármelo; las medidas aproximadas eran de unos setenta centímetros por cuarenta y cinco. Una maleta bastante más grande de la que habría necesitado para introducir en ella lo que se llevó..., pero quizá pensó encontrar más cosas.

Le pedí que me contara con toda exactitud lo que ocurrió aquella tarde, empezando por el momento en que llamó a mistress Armin Robinson para cancelar la cita de la película.

—Debió de ser alrededor de las seis y media —me dijo—. Acababa de darle la cena a Max, pero aún no había lavado los platos. Decidí entonces que sería mejor no salir de casa para no dejar solo a Max. Pero entonces, Armin se puso al teléfono y me dijo que él vendría a hablar con Max y que yo podría salir. Cuando terminé de lavar los platos y de arreglarme, Armin ya había llegado. Supongo que eso debió ocurrir hacia las siete y media. Como no tenía que marcharme inmediatamente para estar en el cine a las ocho, la hora a que nos habíamos citado, me quedé y hablé con los dos, en la habitación de Max, durante cinco o diez minutos. Después, me marché. Eso debió haber sido alrededor de... ¡oh!, por lo menos a las ocho menos veinte, pues llegué al cine uno o dos minutos antes de la hora e Ianthe, mistress Robinson, llegó a las ocho en punto.

Al marcharse, ¿cerró con llave la puerta principal?

—No. Me pregunté si debía hacerlo, pero decidí que no porque no es una cerradura de muelle. Habría tenido que cerrar desde el exterior y llevarme la llave, y no me pareció correcto dejar encerrados a Armin y a Max. Sin embargo, la puerta de atrás sí que estaba cerrada con llave.

—¿Cree que el asesino penetró en la casa después de que usted la abandonara, o sea entre ese momento y las ocho?

—Así debió hacerlo, a menos que se escondiera en el sótano. No pudo haber estado arriba porque allí sólo hay dos dormitorios, el pequeño vestíbulo y el cuarto de baño y yo estuve en cada una de esas habitaciones antes de marcharme. Tampoco pudo haber estado en la planta baja porque cuando bajé, lista ya para marcharme, no pude encontrar mi bolso y tuve que buscarlo. Lo encontré en la cocina, pero antes tuve que mirar por todas partes.

—¿Qué tal siguen los ojos de su esposo? —pregunté—. ¿Alguna mejoría?

—Me temo que no —contestó, sacudiendo la cabeza—, al menos por ahora. Y estoy empezando a sentirme preocupada, a pesar de lo que dice el médico. Al menos hasta esta mañana no se ha producido ninguna mejoría.

—¿Esta mañana?

—Cuando le cambié el vendaje y le lavé los ojos. Tendré que volver a hacerlo dentro de una hora. Supongo que no tendrá que hablar tanto tiempo con él, ¿verdad?

—Probablemente, no —contesté—. Pero en ese caso, será mejor que empiece ahora mismo.

Subimos al piso de arriba. La puerta de uno de los dormitorios estaba entreabierta, tal y como debió haber estado el viernes por la tarde. A través del espacio abierto pude ver a Max Easter, con los ojos vendados, sentado en la cama. Tal y como el asesino debió verle cuando subió aquellas mismas escaleras una vez que Louise Easter abandonó la casa.

Me quedé bajo el dintel, donde debió haberse detenido el asesino antes de disparar la bala que mató a Armin Robinson, antes de penetrar en la habitación, acercándose a la cama y antes de arrojar el revólver sobre ella.

Louise Easter me precedió, penetrando en la habitación y diciendo:

—Max, está aquí míster Hearn, del Departamento de Homicidios.

Agradecí la introducción, pero sin pensar en ella porque me quedé observando la habitación, mirando la silla donde debió haberse sentado Armin Robinson, la más próxima a la cama, y el agujero existente en el yeso, por encima y por detrás de la silla, de donde había sido extraída la bala. Y me volví y observé el lugar de donde había sido extraída la otra bala. Estaba situado a unos cincuenta centímetros por encima del nivel del suelo y aproximadamente a un metro y medio de distancia de la puerta.

La bala que había disparado Max Easter. La que había mostrado tener restos diminutos de sangre, seda y plumas. No sangre, sudor y lágrimas, sino sangre, seda y plumas.

Visualicé la línea de tiro... Max, sentado en la cama, apuntando el arma hacia un sonido, bajándola después, cuando escuchó cómo las rodillas del asesino se dejaban caer sobre el suelo. Traté de imaginarme al asesino, de pie, situado en alguna parte, ante esa misma línea de fuego, agachándose después y arrodillándose, tratando de apartarse de la boca del arma.

Pero Max Easter me había dicho algo y tuve que volver a pensar en el sonido de sus palabras para comprender que me había pedido que me sentara.

Se lo agradecí y crucé la estancia para tomar asiento en la misma silla donde se había sentado Robinson. Miré hacia la puerta. No, desde ese ángulo Robinson no pudo ver el tramo de escaleras. Al margen de lo entreabierta que hubiera podido estar la puerta, el caso es que no pudo haber visto al asesino hasta que éste penetró en la habitación.

Miré a Max Easter, después a Louise Easter y finalmente eche un nuevo vistazo por toda la habitación. Me di cuenta entonces de que no había dicho una sola palabra desde que entré y que Easter no odia saber lo que estaba haciendo.

—Sólo estoy observando un poco la habitación, míster Easter —dije al fin—, tratando de imaginarme cómo sucedió todo.

El hombre sonrió un poco tristemente y dijo:

—Tómese el tiempo que necesite. Yo tengo mucho tiempo. Louise, me voy a levantar un poco; estoy cansado de estar en la cama. ¿Me traerás mi batín?

—Claro, Max, pero... —no terminó de pronunciar su protesta, cualquiera que ésta pudiera ser.

Cogió el batín de su esposo del cuarto de baño y se lo sostuvo mientras él se lo ponía sobre el pijama. Después, el hombre volvió a sentarse sobre el borde de la cama.

—¿Quiere tomar una botella de cerveza, míster Hearn? —me preguntó.

Abrí la boca para decir que me gustaría tomar una, pero que nunca lo hacía mientras estaba de servicio. Pero entonces me di cuenta de que él no podría traerme la botella y que Louise tendría que bajar a la cocina para buscarla y que, probablemente, eso era lo que pretendía, con objeto de poder decirme algo en privado.

—Claro, gracias —terminé por decir.

Pero cuando Louise se dirigió a la cocina, descubrí que me había equivocado. Aparentemente, Max Easter no tenía nada que decirme. Se levantó y dijo:

—Creo que voy a ver cómo están mis alas, míster Hearn. Por favor, no me ayude. Louise habría insistido en hacerlo de haber permanecido aquí, pero quiero aprender a hacerlo yo solo. Sólo voy a tratar de cruzar la habitación hasta esa silla.

Estaba tanteando su camino, sobre la alfombra, dirigiéndose hacia la otra parte de la habitación, casi exactamente hacia el lugar de donde había sido desconchado el yeso de la pared para extraer la bala que él había disparado. Después, dijo:

—También tengo que aprender esto. Por todo lo que sé...

No terminó de pronunciar la frase, pero ambos sabíamos lo que había empezado a decir.

Su mano tocó la pared, después se volvió, extendiéndose en busca de la silla. Desde donde estaba no podía alcanzarla, así es que le dije:

A su derecha, unos dos pasos.

Gracias.

Se movió en aquella dirección y su mano encontro al fin el respaldo recto de la silla, situado junto a la pared. Se volvió y tomó asiento en ella y noté que se sentó con pesadez, como suele hacer una persona cuando la superficie sobre la que se sienta está más baja de lo que había pensado, como si sobre aquella silla acostumbrara a haber un cojín que ahora no estaba.

No soy una persona muy brillante, pero tampoco soy un tonto. Lo del cojín me hizo pensar en plumas. Sangre, seda y plumas. El cojín de una silla, forrado de seda.

Tenía algo, aun cuando no supiera muy bien qué era lo que tenía.

Por otra parte, el sentido de la dirección de Max Easter al andar hacia la silla, quizá no había sido tan malo como aparentó ser. Había andado hacia el lugar donde la bala se había incrustado en la pared. Y si la silla hubiera estado en donde él había creído encontrarla, y si hubiera tenido un cojín sobre su asiento, la bala tendría que haber atravesado el cojín.

No le pregunté si alguna vez hubo un cojín de seda sobre aquella silla. Sabía que tuvo que haberlo.

Me sentí un poco asustado.

Louise Easter subía las escaleras en aquel momento. Sus tacones sonaron sobre la madera, hasta llegar a la puerta en donde apareció con una bandeja sobre la que había tres botellas y tres vasos. Primero detuvo la bandeja ante mí y tomé un vaso y una botella, pero en aquellos momentos no estaba pensando en la cerveza.

Estaba pensando en la sangre. Ahora sabía de dónde procedían los restos de seda y de plumas de la bala.

Me levanté y miré a mi alrededor. No vi nada de sangre, ni ninguna otra cosa que me hiciera pensar en sangre, pero noté algo anormal... la persiana que había en la única ventana del dormitorio. Se trataba de una persiana doble, muy pesada y de una construcción peculiar.

Me sentí aún más asustado. Debió de notarse en mi voz cuando pregunté algo sobre la persiana. Max me contestó:

Sí, hice construir esa persiana especialmente, míster Hearn. Soy un fotógrafo aficionado y utilizo esta habitación como cuarto oscuro. También hice arreglar la puerta para que encajara perfectamente.

A partir de entonces, las cosas empezaron a aclararse.

—Max —dije, sin darme cuenta de que le estaba llamando por su nombre de pila—, ¿quiere quitarse ese vendaje?

Dejé la botella y el vaso en el suelo, sin haberme servido una sola gota de cerveza. Cuando algo está a punto de aclararse por algún lado, siempre quiero tener las manos libres.

Max Easter empezó a quitarse con movimientos inciertos el vendaje que le rodeaba la cabeza. Louise Easter dijo:

—¡No lo hagas, Max! El médico... —y entonces sus ojos se encontraron con los míos y supo que ya no valía la pena decir nada más.

Max se levantó y terminó de quitarse el vendaje. Parpadeó y se restregó ligeramente los ojos con unas manos temblorosas.

—¡Puedo ver! —exclamó—. Está todo borroso, pero empiezo a...

Entonces, sus ojos debieron ver las cosas con un poco más de nitidez, porque su mirada se fijó en el rostro de su esposa.

Y entonces empezó a ver.

Y yo hice lo que tenía que hacer con la mayor rapidez y amabilidad posible, en consideración a Max Easter. La saqué de allí y la llevé al cuartel general. Y me llevé la botella en la que una etiqueta decía: «ácido bórico», pero que contenía el ácido tetriánico que le había seguido manteniendo ciego.

Trajimos también a Lloyd Eldred. No quiso hablar hasta que dos de los muchachos acudieron a su casa con una orden de registro. Encontraron la maleta, escondida en el patio de la casa, y se la trajeron consigo. Después, el hombre habló.

  

V

  

El concluir una cosa así lleva algún tiempo. No llegué a casa hasta casi las ocho. Pero recordé llamar a Marge para que me esperara a cenar.

Cuando llegué a casa aún me sentía algo tembloroso. Pero Marge pensó que el hablar me haría bien, así es que hablé y se lo conté todo.

—Lloyd Eldred y Louise Easter planeaban escapar juntos. Eso formaba parte de todo el plan. Otra parte era que Lloyd había desfalcado algún dinero a la Springfield Chemical. Dice que unos cuatro mil. No pudo devolverlo; lo había perdido en el juego. Y estaban esperando una inspección para dentro de dos semanas; se trataba de una inspección anual rutinaria, pero él tendría que haberse escondido en alguna parte, aun cuando no hubiera pretendido huir con Louise Easter.

»Además, deseaba algún dinero con el que huir, un buen puñado que les permitiera empezar en alguna otra parte. Había estado haciendo comprobantes falsos y enviándose cheques a sí mismo bajo otros nombres. Después, para acelerar las cosas, tuvo que desembarazarse de Max quien, además de realizar su tarea de pagaduría, le ayudaba a llevar la contabilidad regular, por lo que habría podido descubrir todo el asunto. Y el miércoles de esta semana, o sea, pasado mañana, es el día de paga quincenal. La empresa suele pagar en efectivo a los obreros, aunque no a los administrativos. Teniendo a Max fuera de su camino, podría haberse apoderado de ese dinero. Podría haber sido mucho... si hubiera podido desaparecer con él.

»Así pues, instaló una pequeña trampa explosiva sobre la cuba de ácido, de modo que cuando Max recogiera la tarjeta del horario la jarra cayera en el ácido. Aquello le permitió desembarazarse de Max..., aunque no le habría mantenido alejado por mucho tiempo si Louise no hubiera cooperado. Y eso fue muy simple. Le entregó una cierta cantidad de ácido tetriánico diluido que sacó de la empresa, para sustituir el ácido bórico con el que ella le limpiaba los ojos varias veces al día. Esta operación la realizaba en una habitación totalmente oscura; no quiero decir que bajara la persiana en secreto, sino más bien que le decía a su esposo que la operación debía realizarse así. Y ella siempre lo hacía una o dos horas antes de que llegara el médico, de modo que cuando éste le quitaba el vendaje para observar los ojos de Max, los encontraba aproximadamente en el mismo estado en que los encontró la primera vez que los examinó.

Marge me miró con los ojos muy abiertos.

—Entonces, él no estaba ciego en realidad. Pero yo sólo lo dije porque...

—Fuera cual fuese la causa —la interrumpí—, el caso es que tenías razón. Pero espera; todavía no he llegado al momento decisivo. El asesinato no entraba dentro de sus planes; simplemente se produjo así. Armin Robinson se había enterado de que había algo entre Lloyd Eldred y Louise Easter. Probablemente, les vio juntos en alguna parte... el caso es que se enteró de lo que ocurría. Naturalmente, no sabía nada del desfalco, ni de que estaban planeando escapar juntos. Pero sabía que la esposa de Max estaba engañando a su amigo, a su mejor amigo. Eso fue precisamente lo que le estuvo preocupando durante los dos o tres días anteriores a su muerte: no sabía si decírselo o no a Max.

»Finalmente, decidió contárselo todo a Max aquella noche, mientras estuviera solo con él. Louise tuvo que haberlo sospechado... Ya fuera por su actitud, o por la forma en que Robinson le habló al llegar a casa, el caso es que supuso que sabía algo y que iba a decírselo a Max en cuanto ella se marchara. Ella dice que casi decidió permanecer en casa y anular la cita con mistress Robinson, pero entonces se dio cuenta de que aquello no contribuiría a detener el curso de las cosas, y que quizá podría marcharse, confiando en que Max no creyera lo que Armin iba a contarle.

«Entonces, justo en el momento en que se disponía a marcharse, llegó Lloyd Eldred. Sólo había venido para hacerle una visita de compromiso a Max y había traído consigo un regalo, algo que sabía le gustaría mucho a Max y que le ayudaría a pasar el tiempo entretenido mientras estuviera ciego. Algo con lo que podría jugar mientras estuviera en cama.

Marge se lo vio venir. Se llevó la palma de la mano a la boca y dijo:

—¿Quieres decir...?

—Sí —afirmé—, un gatito. A Max le gustan mucho los gatos. Tenían uno que había muerto atropellado por un coche hacía apenas una semana. Y Lloyd tenía que traerle a Max algo con lo que éste pudiera distraerse sin necesidad de ver... Quedaban descartados los libros y cosas así, y no se suele llevar flores a un hombre enfermo. Así es que un gatito era la solución perfecta.

—George, ¿de qué color era?

—Louise se lo encontró en la puerta principal —continué, sin contestar su pregunta—, y le dijo que Max estaba hablando con Armin y lo que este último le iba a contar, según ella. Lloyd le dijo que se marchara y que él se haría cargo de todo, aunque no le dijo cómo lo haría.

»Así pues, ella se marchó y Lloyd entró en la casa. Se sentía mucho más preocupado por todo el asunto de lo que había estado Louise. Se daba cuenta de que si se descubría aquella parte de la verdad, surgirían las sospechas y probablemente también se descubriría el desfalco que había hecho. En tal caso, todos sus planes se habrían venido abajo y se vería obligado a huir sin el dinero que estaba esperando y con el que ya contaba.

»Se puso el gatito en el bolsillo y se dirigió hacia donde sabía que Max guardaba su revólver, apoderándose de él. Vio entonces los guantes de algodón, y se los puso. Subió silenciosamente las escaleras y permaneció fuera de la habitación, escuchando. Cuando oyó decir a Armin Robinson: "Max, hay algo que odio tener que decirte...", penetró en el dormitorio. Cuando Armin le vio y se levantó de la silla, disparó contra él. Fue una suerte que Armin no pronunciara su nombre, pues en tal caso también habría matado a Max.

—Pero ¿por qué arrojó el arma sobre la cama?

—No deseaba llevársela consigo. Lo primero que pensó fue dejar el arma allí para confundir los hechos. También pensaba dejar el gatito, porque al parecer lo había conseguido sin que existiera la posibilidad de que su pista nos condujera hasta él. Pensaba hacer esto y marcharse. Como ves, no se trató de un asesinato previamente planeado. Surgió a medida que se fueron desarrollando los acontecimientos.

»Así pues, se acercó a la cama y arrojó el arma sobre ella. Se sacó después el gatito del bolsillo y lo sostuvo por el pescuezo para arrojarlo tras el arma. Entonces vio cómo Max cogía el arma y la apuntaba en su dirección, a sólo un par de metros de distancia. Se arrojó al suelo, cayendo de rodillas, para situarse fuera de la línea de tiro, casi en el momento en que Max apretaba el gatillo. Pero la boca del cañón descendió al dejarse caer él al suelo y fue en ese preciso momento cuando Max disparó. La bala mató al gatito y terminó por incrustarse en la pared, después de haber atravesado un cojín de seda que había sobre la silla situada junto a la pared.

»Después, Max arrojó el arma, que cayó al suelo, fuera de su alcance... pasando así el peligro. Lloyd decidió que lo más sensato sería aparentar en lo posible que todo había sido consecuencia de un robo. Cogió las carteras y el reloj, así como una maleta del armario. Para que todo pareciera un robo, no podía dejar allí el gatito muerto..., eso nunca lo hacen los ladrones. Cuando se dirigía hacia el armario, dejó el gato sobre la silla, sobre el cojín atravesado por la bala, para tener las manos libres. Cuando cogió la maleta, puso en ella el gato y el cojín, ya que éste estaba manchado de sangre.

»Mientras tanto, Max no se había movido... y él sabía que no se movería hasta que oyera cerrarse la puerta de entrada a la casa. Así pues, disponía de tiempo. Bajó las escaleras y se apoderó de los objetos de plata y de unas cuantas cosas más. Después, abandonó la casa y todo terminó.

—George, ¿de qué color era ese gato? —preguntó Marge de nuevo.

—Marge —dije—, no creo en la intuición ni en la clarividencia. Ni tampoco en la coincidencia... al menos en tanta coincidencia. Así es que mal rayo me parta si te lo digo... jamás.

Pero creo que aquello fue una buena contestación para ella, porque nunca más volvió a preguntármelo.