Pero
la noche del día siguiente, comprendió que ciertas fuerzas ocultas la
iban minando interiormente. Dick Windyford no había vuelto a telefonear
y, sin embargo, percibía su influencia. No cesaba de recordar sus
palabras: «Ese hombre es un desconocido para ti. No sabes nada de él.» Y
con ellas el recuerdo del rostro de su marido acudía a su memoria
diciéndole: «¿Tú crees que tiene gracia hacer de esposa de Barba Azul?»
¿Por qué había dicho eso? ¿Qué quiso decir con aquellas palabras?
Hubo
una advertencia en ellas... una amenaza. Era como si le hubieran dicho:
«Sería mejor que no te metieras en mi vida privada, Alix. Podrías
llevarte un disgusto si lo hicieras.» Cierto que pocos minutos después
le juraba que no hubo otra mujer en su vida que le importase..., pero
Alix trató en vano de recordar aquella sensación que le diera de
sinceridad. ¿Acaso no estaba obligado a jurárselo?
El
viernes por la mañana Alix estaba convencida de que había habido otra
mujer en la vida de Gerald... algo semejante a la cámara de Barba Azul y
que luchaba por ocultárselo. Sus celos, tardos en despertar, se
hicieron desenfrenados.
¿Es
que acaso debía encontrarse con una mujer aquella noche a las nueve?
¿Habría inventado la historia del revelado de las fotografías en el
apuro del momento? Con una extraña sensación de sobresalto Alix
comprendió que desde que encontrara su agenda de bolsillo había vivido
atormentada. Y eso que no había nada en ella. Eso era lo más irónico del
caso.
Tres
días antes hubiera jurado conocer perfectamente a su esposo, y ahora le
parecía un extraño del que nada sabía. Recordó su enojo irrazonable
contra el pobre Jorge, tan contrario a su acostumbrado buen carácter. Un
pequeño detalle, tal vez, pero demostraba que en realidad desconocía al
nombre que era su marido.
Alix
necesitaba adquirir varias cosas para el fin de semana y por la tarde
sugirió que ella podría ir al pueblo a buscarlas, mientras Gerald se
ocupaba del jardín, pero ante su sorpresa se opuso resueltamente a su
plan e insistió en ir él para que Alix se quedara en casa. Alix viose
obligada a dejarle hacer su voluntad, pero su insistencia le había
sorprendido. ¿Por qué aquel afán de evitar a toda costa que fuera al
pueblo?
Y
de pronto, la explicación que dejaba todo en claro: ¿No era posible
que, a pesar de no decirle nada, Gerald hubiera encontrado a Dick
Windyford en el pueblo? Sus propios celos, dormidos durante la época de
su matrimonio, sólo habían surgido después. ¿No podría haberle ocurrido
lo mismo a Gerald? ¿Acaso no estaría tratando de impedir que volviera a
ver a Dick Windyford? Esa explicación coincidía tan bien con los hechos,
y confortó tanto a Alix, que la abrazó con todo entusiasmo.
Sin
embargo, cuando pasó la hora del té, estaba inquieta y enferma de
impaciencia, luchando contra una tentación que la asaltaba desde la
marcha de Gerald. Por fin, tranquilizando su conciencia con la excusa de
que la habitación necesitaba una buena limpieza, subió al despacho de
su marido con un sacudidor del polvo para justificarse.
—Si pudiera estar segura —se repetía—. Si pudiera estar completamente segura.
En
vano se decía que cualquier cosa comprometedora habría sido destruida
años atrás. Pero los hombres guardan algunas veces la prueba más
condenatoria llevados de un sentimentalismo exagerado.
Al
fin Alix sucumbió, y con las mejillas arreboladas por la vergüenza de
su acción, fue revisando todos los paquetes de cartas y documentos,
abriendo todos los cajones, y examinando incluso los bolsillos de los
trajes de su marido. Sólo dos cajones se le resistieron: el último cajón
de la cómoda, y el de la parte izquierda del escritorio estaban
cerrados con llave. Pero ahora Alix era ya capaz de cualquier cosa, y
estaba convencida de que en uno de ellos encontraría alguna prueba de la
existencia de aquella mujer del pasado de su marido que la obsesionaba.
Recordó
que Gerald había dejado sus llaves olvidadas sobre el aparador, y yendo
a buscarlas las fue probando una por una. La tercera entraba en la
cerradura del cajón del escritorio, que Alix se apresuró a abrir. Había
un talonario de cheques y una cartera bien provista de billetes, y en el
fondo un paquete de cartas atado con una cinta.
Respirando
afanosamente, Alix lo desató, y luego un intenso rubor cubrió su rostro
mientras dejaba las cartas de nuevo en el interior del cajón, y volvía a
cerrarlo. Porque aquellas cartas eran suyas, las que escribiera a
Gerald Martin antes de casarse con él.
Dirigióse
a la cómoda, impulsada más por el deseo de no dejar nada por registrar,
que por la esperanza de encontrar lo que buscaba. Sentíase avergonzada y
convencida de la locura de su obsesión.
Ante
su contrariedad ninguna de las llaves de Gerald abría el cajón. Sin
desanimarse, Alix se fue en busca de otra serie de llaves, y al fin la
llave del guardarropa pudo abrirlo, pero en su interior no había más que
un rollo de recortes de periódicos manchados y descoloridos por el
tiempo.
Alix
exhaló un suspiro de alivio. Sin embargo, fue revisando los recortes
para saber qué es lo que había interesado tanto a su marido como para
guardar aquel paquete polvoriento. Casi todos eran de periódicos
americanos, de varios años atrás, y trataban del proceso de un famoso
estafador y bígamo, Carlos LeMaitre. LeMaitre era considerado sospechoso
de haber dado muerte a varias mujeres. Se había encontrado un esqueleto
enterrado debajo del suelo de una de las casas que había alquilado, y
la mayoría de las mujeres con las que «contrajo matrimonio»
desaparecieron sin dejar rastro.
El
se había defendido contra las acusaciones con habilidad consumada, con
la ayuda de uno de los abogados de más talento de los Estados Unidos. El
veredicto escocés «Absuelto por falta de pruebas» hubiera sido más
apropiado al caso, pero en su defecto, se le consideró «Inocente» de la
culpa capital, aunque le sentenciaron a un largo período de cárcel por
los otros cargos presentados contra él.
Alix
recordaba la sensación que produjo aquel caso, y también la que causó
la huida de LeMaitre unos tres años más tarde. No volvieron a detenerle.
La personalidad de aquel hombre y su extraordinario atractivo para las
mujeres fueron comentados extensamente en los periódicos, junto con un
resumen de la excitabilidad que demostró en el juzgado, sus protestas
apasionadas, y sus repentinos colapsos debidos a su corazón débil,
aunque algunos lo atribuyeron a sus facultades dramáticas.
Venía
una fotografía suya en uno de los recortes que Alix tenía en la mano y
la estudió con cierto interés... un caballero de luenga barba con
aspecto de catedrático. Le recordaba a alguien, pero de momento no supo
precisar quién era ese alguien. No imaginaba que Gerald se interesase
por los crímenes y procesos famosos, aunque sabía que era el
entretenimiento predilecto de muchos hombres.
¿A
quién le recordaba aquella cara? De pronto, sobresaltada, comprendió
que al propio Gerald. Aquellas cejas y aquellos ojos tenían un gran
parecido con los suyos. Tal vez conservase aquellos recortes por esa
razón. Sus ojos leyeron el párrafo que aparecía junto al retrato. Al
parecer se encontraron ciertas notas en la agenda de bolsillo del
acusado que coincidían con las fechas en que se deshizo de sus víctimas.
Luego, una mujer había identificado al prisionero por una cicatriz que
tenía en la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma de la
mano.
Alix
dejó caer los papeles de entre sus manos nerviosas mientras se
tambaleaba. En la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma,
Gerald tenía una pequeña cicatriz.
Todo
giraba a su alrededor. Después le pareció tener de pronto aquella
absoluta certeza. ¡Gerald Martin era Carlos LeMaitre! Lo sabía y lo
aceptaba con la velocidad del relámpago. Fragmentos sueltos acudían a su
memoria, como las piezas de un rompecabezas que van tomando forma.
El
dinero pagado por la casa... su dinero... únicamente su dinero. Los
bonos al portador que confiara a su custodia. Incluso su sueño tenía
ahora significado. En lo más profundo de su ser, su subconsciente
siempre había temido a Gerald Martin y deseado escapar de él y para ello
su otro yo pedía ayuda a Dick Windyford. Por eso también aceptó la
verdad con tanta facilidad, y sin dudas ni vacilaciones. Ella iba a ser
pronto otra de las víctimas de LeMaitre... quizá muy pronto.
Casi
se le escapa un grito, al recordar lo anotado en la agenda. Miércoles a
las nueve de la noche. Con lo fácil que era levantar las baldosas del
sótano. En cierta ocasión ya había enterrado a una de sus víctimas en un
sótano. Todo lo tenía planeado para la noche del miércoles, ¡pero
escribirlo de antemano con aquella tranquilidad... era una locura! No,
era lógico. Gerald tomaba siempre nota de sus compromisos... y para él
un crimen era una cuestión de negocios como cualquier otra.
Pero,
¿qué la salvó? ¿Qué es lo que pudo salvarla? ¿Por qué se arrepentiría
en el último momento? Sí... como un rayo le vino la respuesta. El viejo
Jorge. Ahora le resultaba comprensible el enojo incontenible de su
esposo. Sin duda había preparado el terreno diciendo a todo el mundo que
encontraba que se iban a Londres al día siguiente. Luego Jorge fue a
trabajar inesperadamente y al hablarle de Londres, ella había desmentido
la historia. Era demasiado arriesgado deshacerse de ella aquella noche,
exponiéndose a que el jardinero repitiera su conversación. ¡Pero había
escapado de milagro! De no haber mencionado aquel asunto tan trivial...
Alix se estremeció.
Pero
no había tiempo que perder. Tenía que huir en seguida... antes de que
él regresara. Por nada del mundo pasaría otra noche bajo el mismo techo
que aquel hombre. Apresuróse a guardar de nuevo el rollo de recortes de
periódicos en el cajón, y lo cerró.
Y
entonces se quedó como si se hubiera convertido en estatua de piedra.
Había oído el chirrido de la cerca. Su esposo había regresado ya.
Por un momento Alix continuó inmóvil; luego yendo de puntillas hasta la ventana atisbo tras el amparo de la cortina.
Sí,
era su marido, que sonriendo para sí tarareaba una tonadilla. En la
mano llevaba algo que casi paralizó el corazón de la aterrorizada Alix:
una azada nueva.
Alix
se dijo instintivamente: Iba a ser esta noche. Pero le quedaba una
oportunidad. Gerald, todavía tarareando había ido dando la vuelta a la
casa.
Va a dejarla en el sótano... preparada, pensó Alix con un escalofrío.
Sin
vacilar un momento echó a correr escaleras abajo y salió de la casa,
pero en el preciso momento que atravesaba la puerta, su esposo hizo su
aparición por un lado de la casa.
—Hola —le dijo—. ¿A dónde vas tan de prisa?
Alix
procuró desesperadamente parecer tranquila. De momento había perdido su
oportunidad, pero si tenía cuidado de no despertar sus sospechas
volvería a tenerla más tarde. Incluso ahora mismo, tal vez.
—Iba a ir paseando hasta el extremo del prado —dijo con voz que le sonó débil e insegura a sus propios oídos.
—Muy bien —replicó Gerald—. Te acompañaré.
—No... por favor, Gerald. Estoy nerviosa... me duele la cabeza... preferiría ir sola.
Él la miró fijamente y Alix creyó ver el recelo en sus ojos.
—¿Qué te ocurre, Alix? Estás pálida... temblorosa.
—No es nada —se esforzó por sonreír—. Me duele la cabeza, eso es todo. Un paseo me sentará bien.
—Bueno, es inútil que digas que no te acompañe —declaró Gerald riendo—. Iré contigo quieras o no.
Alix no se atrevió a insistir más. Si sospechara que sabía...
Con
un esfuerzo procuró recuperar algo de su habitual tranquilidad. No
obstante, se daba cuenta de que él la miraba de reojo de cuando en
cuando, como si no estuviera satisfecho y no hubiese acallado sus
sospechas.
Cuando
regresaron a la casa, él insistió en que debía acostarse, y le trajo
agua de colonia para mojar sus sienes. Fue, como siempre, el esposo
atento y solícito, y no obstante, Alix sentíase tan indefensa como si
estuviera atada de pies y manos en el interior de una trampa.
Ni
por un momento la dejó sola. Fue con ella a la cocina ayudándola a
preparar la cena. Apenas podía tragar bocado, pero se esforzó en comer, e
incluso parecer alegre y natural. Ahora se daba cuenta de que luchaba
por su vida. Estaba a solas con aquel hombre, a varios kilómetros de
distancia de la civilización, completamente a su merced. Su única
oportunidad era aplacar sus sospechas para que la dejara sola unos
momentos... los suficientes para llegar al teléfono del recibidor para
pedir ayuda. Aquélla era su única esperanza. Si se decidía a huir, la
alcanzaría antes de que pudiera llegar al pueblo.
Una
esperanza momentánea la animó al recordar cómo había abandonado su plan
la otra noche. ¿Y si le dijera que Dick Windyford iba a ir a verles
aquella noche?
Las
palabras temblaban en sus labios... pero se apresuró a rechazarlas.
Aquel nombre no perdería su segunda oportunidad. Había tal determinación
bajo su calma aparente que le daba náuseas. Sólo conseguiría precipitar
su crimen. La mataría en seguida, y luego con toda tranquilidad
telefonearía a Dick Windyford con cualquier excusa para que no fuera.
¡Oh!, si Dick fuera a verles aquella noche. Si Dick...
Una
idea acudió a su mente y miró de soslayo a su esposo por temor a que
pudiera adivinar sus pensamientos, y mientras formaba su plan, sintió
renacer su valor mostrándose tan natural que ella misma se maravilló.
Gerald estaba ahora completamente tranquilizado.
Alix preparó el café y lo llevó ahora al porche, donde solían sentarse las noches cálidas.
—A propósito —dijo Gerald de pronto—, más tarde revelaremos esas fotografías.
Alix sintió que un escalofrío recorría su cuerpo, pero replicó con naturalidad:
—¿No puedes hacerlo solo? Estoy dormida y muy cansada esta noche.
—No tardaremos mucho —sonrió—, y te aseguro que luego no te sentirás cansada.
Aquellas palabras parecieron divertirle. Alix se estremeció. Ahora, o nunca podría llevar a cabo su plan.
Se puso en pie.
—Voy a telefonear al carnicero —anunció tranquilamente.
—¿Al carnicero? ¿A estas intempestivas horas de la noche?
—Tonto,
ya sé que la tienda está cerrada pero él está en la casa. Mañana es
sábado y quiero que me traiga unos filetes de ternera bien temprano,
antes de que se los lleve otra. El viejo haría cualquier cosa por mí.
Y
entró rápidamente en la casa, cerrando la puerta tras ella. Oyó a
Gerald que decía: «No cierres la puerta», y Alix replicó con ligereza:
«Así no entrarán los mosquitos. Aborrezco los mosquitos. ¿Tienes miedo
de que le haga el amor al carnicero, tonto?»
Una
vez en el interior de la casa cogió el teléfono y dio el número de la
«Posada del Viajero». Le dieron comunicación en seguida.
—¿El señor Windyford está todavía ahí? ¿Podría hablar con él?
Entonces el corazón le dio un vuelco. La puerta acababa de abrirse y su marido entraba en el recibidor.
—Vete, Gerald —le dijo mimosa—. No me gusta que me escuchen cuando hablo por teléfono.
Él se limitó a echarse a reír mientras se sentaba en una silla.
—¿Seguro que telefoneas al carnicero? —le preguntó.
Alix
estaba desesperada. Su plan había fracasado. Dentro de unos instantes,
Dick Windyford estaría al teléfono. ¿Se arriesgaría a gritar pidiendo
ayuda? ¿Comprendería lo que quería decirle antes de que Gerald le
arrebatara el aparato? ¿O creería únicamente que se trataba de una
broma?
Y luego mientras nerviosa movía la clavija que permite que la voz se oiga o no en el extremo del hilo, se le ocurrió otra idea.
«Será
fácil —pensó—. Tendré que procurar no perder la cabeza y escoger las
palabras apropiadas y no desfallecer ni un momento, pero creo que podré
hacerlo.»
Y en aquel momento oyó la voz de Dick Windyford.
Alix tomó aliento. Luego conectó la clavija de comunicación con firmeza.
—Aquí
la señora Martin... de «Villa Ruiseñor». Por favor, venga (cerró la
clavija) mañana por la mañana y tráigame seis filetes de ternera bien
hermosos (volvió a dar la comunicación). Es muy importante. (Cerró.)
Muchísimas gracias, señor Hexworthy, espero que no le haya molestado
llamando tan tarde, pero en realidad el tener esos filetes el sábado
(abrió) es cuestión de vida o muerte... (cerró). Muy bien... mañana por
la mañana... (abrió), cuanto antes...
Volvió a dejar el teléfono en la horquilla y miró a su esposo respirando trabajosamente.
—De manera que es así como hablas con el carnicero ¿eh? —dijo Gerald.
—Estrategia femenina —dijo Alix en tono ligero.
Rebosaba excitación. Gerald no había sospechado nada, y sin duda Dick iría aunque no hubiese comprendido.
Pasaron al saloncito y Alix encendió la luz. Gerald la observaba.
—Pareces muy contenta ahora —le dijo mirándola con curiosidad.
—Sí —repuso Alix—; ya no me duele la cabeza.
Ocupó
la butaca acostumbrada y su esposo fue a sentarse frente a ella. Estaba
salvada. Eran sólo las ocho y veinticinco, y mucho antes de las nueve
Dick habría llegado.
—No me ha gustado mucho el café de hoy —se quejó Gerald—. Es muy amargo.
—Es que he comprado una clase nueva. Si no te gusta no volveré a comprarlo, querido.
Alix,
cogiendo su labor, empezó a coser. Confiaba plenamente en su propia
habilidad para representar el papel de esposa solícita. Gerald leyó
varias páginas de su libro y luego mirando el reloj dejó la novela.
—Las ocho y media. Es hora de bajar al sótano y empezar a trabajar.
A Alix se le cayó la labor de las manos.
—¡Oh! Aún no. Esperemos hasta las nueve.
—No, pequeña, es la hora que he fijado. Así podrás acostarte más pronto.
—Pero yo prefiero esperar hasta las nueve.
—Las
ocho y media —insistió Gerald—. Ya sabes que cuando fijo una hora me
gusta atenerme a ella. Vamos, Alix. No quiero esperar ni un minuto más.
Alix
le miró, y a pesar suyo sintió que el terror la invadía. Gerald se
había quitado la máscara y se retorcía las manos; los ojos le brillaban
de excitación, y se pasaba continuamente la lengua por los labios
resecos. Ya no se esforzaba por disimular su nerviosismo.
Alix pensó «Es cierto... no puede esperar... está como loco...».
Se acercó a ella y cogiéndola por los hombros la obligó a ponerse en pie.
—Vamos, pequeña... o te llevaré a rastras.
Su
tono era alegre, pero había tal ferocidad en el fondo que Alix quedó
como paralizada. Con un esfuerzo supremo logró desasirse yendo a
apoyarse contra la pared. Estaba impotente. No podía escapar... ni hacer
nada... él se iba acercando.
—Ahora, Alix...
—No..., no.
Lanzó un grito alargando las manos en un gesto de impotencia para impedir que se le acercara.
—Gerald... basta... tengo algo que decirte... tengo que confesarte una cosa...
Él no se detuvo.
—¿Confesar qué? —preguntó con curiosidad.
—Sí; que confesar —continuó ella desesperada, procurando mantener su atención—. Es algo que debiera haberte dicho antes.
En el rostro de Gerald apareció una mirada de desprecio. El encanto estaba roto.
—Un antiguo amor, supongo —se burló.
—No —dijo Alix—. Es otra cosa. Supongo que tú lo llamarías... sí... un crimen.
En
el acto vio que había pulsado la cuerda oportuna, y que de nuevo era
dueña de su interés. Eso le devolvió el valor sintiéndose dueña absoluta
de la situación en aquel preciso momento.
—Será mejor que vuelvas a sentarte —le dijo tranquila.
Ella
fue a ocupar su butaca, e incluso se detuvo para recoger la labor,
aunque tras su calma aparente estaba inventando a toda prisa, ya que la
historia que iba a contarle debía mantener su atención hasta que llegara
la ayuda.
—Te
dije —empezó— que había sido taquimecanógrafa durante quince años, y
eso no es del todo cierto. Hubo dos intervalos. El primero tuvo lugar
cuando yo tenía veintidós años. Conocía a un hombre ya mayor, dueño de
una pequeña fortuna. Se enamoró de mí y me pidió que fuera su esposa.
Acepté y nos casamos —hizo una pausa—. Yo le induje a que asegurara su
vida en mi favor.
Vio que el interés de su esposo iba en aumento y continuó con más seguridad.
—Durante
la guerra trabajé por algún tiempo en el Dispensario de un hospital.
Allí manejé toda clase de drogas y venenos. Sí, venenos.
Volvió
a detenerse. Ahora Gerald estaba ya sumamente interesado, no cabía
duda. Al asesino le atraen los crímenes. Ella había jugado aquella carta
y ganado. Echó una ojeada al reloj. Eran las nueve menos veinticinco.
—Existe un veneno.... es un polvito blanco. Una porción insignificante significa la muerte. ¿Entiendes tú de venenos, quizá?
Hizo la pregunta con cierta precipitación. Si la respuesta era afirmativa tendría que ir con cuidado.
—No —respondió Gerald—. Sé muy poco de eso.
Exhaló un suspiro de alivio. Así sería más fácil.
—Pero
habrás oído hablar de heroscina, ¿verdad? Es una droga que actúa igual,
pero que no deja rastro. Cualquier médico extendería un certificado de
defunción por fallo cardíaco. Robé una pequeña cantidad y la conservo en
mi poder.
Hizo una pausa midiendo sus fuerzas.
—Continúa —dijo Gerald.
—No. Tengo miedo. No puedo decírtelo. Otro día.
—Ahora —replicó él impaciente—. Quiero saberlo.
—Llevábamos
casados un mes. Yo me portaba muy bien con mi marido, era muy amable y
solícita, y él hablaba muy bien de mí a todos los vecinos. Todos sabían
lo buena esposa que era. Yo misma le preparaba el café todas las noches.
Y un día, cuando estábamos solos, puse en su taza un poquitín del
alcaloide mortal.
Alix
hizo una pausa y enhebró la aguja con gran parsimonia. Ella, que nunca
había hecho teatro, en aquellos momentos rivalizaba con la mejor actriz
del mundo, representando el papel de envenenadora a sangre fría.
—Fue
muy sencillo. Yo le observaba. De pronto empezó a faltarle la
respiración y el aire. Yo abrí la ventana. Luego dijo que no podía
moverse de su butaca... y, al cabo de poco murió.
Se detuvo sonriendo. Eran las nueve menos cuarto. No tardaría en llegar.
—¿A cuánto ascendía la prima del seguro? —preguntóle Gerald.
—A
unas dos mil libras. Especulé con ellas y perdí. Por eso tuve que
volver a trabajar en la oficina, pero nunca tuve intención de seguir
allí mucho tiempo. Entonces conocí a otro hombre. En la oficina conservé
mi nombre de soltera, y él no supo que había estado casada. Éste era
más joven, bien parecido, y gozaba de buena posición económica. Nos
casamos en Sussex. La ceremonia fue sencilla. No quiso asegurar su vida,
pero desde luego hizo testamento a mi favor. Le gustaba que yo le
preparara el café, igual que a mi primer mando —Alix sonrió al añadir
con sencillez—. Sé hacerlo muy bien.
Luego continuó:
—Yo
tenía varios amigos en el pueblecito donde vivíamos, y se compadecieron
mucho de mí cuando una noche después de cenar mi esposo falleció
repentinamente de un colapso. No me gustó el médico. No creo que
sospechara de mí, pero desde luego le sorprendió mucho la repentina
muerte de mi esposo. Aún no sé por qué volví a la oficina. Supongo que
por costumbre. Mi segundo esposo me dejó unas cuatro mil libras. No
especulé con ellas esta vez. Las invertí. Luego...
Pero fue interrumpida. Gerald con el rostro congestionado y ahogándose, la señaló angustiado con el dedo índice.
—¡El café... Dios mío! ¡El café!
Ella le miró sorprendida.
—Ahora comprendo por qué estaba tan amargo. Eres un demonio, me has envenenado.
Sus manos se asieron a los brazos del sillón y parecía dispuesto a saltar sobre ella.
—Me has envenenado.
Alix
se había ido alejando hasta la chimenea y aterrorizada se disponía a
negarlo... cuando lo pensó mejor. Iba a lanzarse sobre ella, y reuniendo
todo su valor le miró retadoramente y con firmeza.
—Sí
—le dijo—. Te he envenenado, y el veneno ya empieza a hacer su efecto.
Ya no puedes moverte del sillón... no puedes moverte...
Si pudiera mantenerle allí... por lo menos unos minutos...
¡Ah! ¿Qué era aquello? Pasos en el camino. El chirrido de la cerca... más pisadas... y la puerta del recibidor que se abría...
—No puedes moverte —repitió.
Luego pasó corriendo ante él, yendo a refugiarse en los brazos de Dick Windyford.
—¡Dios mío! —exclamó.
Luego volvióse al hombre que le acompañaba, un policía alto y fornido vestido de uniforme y le dijo:
—Vaya a ver lo que ha ocurrido en esa habitación.
Y tendiendo cuidadosamente a Alix en el diván se inclinó sobre ella.
—Mi pequeña —murmuró—. Pobrecita. ¿Qué es lo que te han estado haciendo?
Alix cerró los ojos y sus labios pronunciaron su nombre.
Dick despertó de sus sueños de felicidad cuando el policía fue a tocarle en el brazo.
—En esta habitación no hay más que un hombre sentado en una butaca. Parece como si acabara de sufrir un ataque y...
—¿Sí?
—Bueno, señor... está muerto.
Se sobresaltaron al oír la voz de Alix diciendo como en sueños:
—Y al cabo de poco —dijo como si estuviera repitiendo algo—, murió.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Villa Ruiseñor - Agatha Christie (parte 2)
El hada del diente - Harvey Jacobs
Cuando Roger Ploom perdió el primer diente su madre armó un revuelo enorme. Y le dijo al pequeño que pusiera el diente bajo la almohada. Ahí fue a parar, pues, el diente caído, y Roger se durmió. Cuando se despertó, encontró un dólar en el lugar donde había estado el diente.
—El hada de los dientes ha venido durante la noche —le dijo su madre.
Cuando empezó a bailarle otro diente, Roger reventaba de gozo. Naturalmente, cuando Roger Ploom mordió un caramelo, el diente se cayó. Bajo la almohada fue también éste, y por la mañana halló en su puesto un dólar.
La tercera vez que a Roger Ploom le cayó un diente probó de mantenerse despierto para ver al hada de los dientes. ¿Qué aspecto tendría aquella criatura que cambiaba dólares por dientes viejos? ¿Vestiría como los dentistas? ¿Qué hacía de los dientes? ¿Tenían algún valor en alguna otra parte?
El padre de Roger Ploom era dueño de una tienda. Compraba cosas a un precio y las vendía a otro, superior. ¿Se dedicaba el hada de los dientes a una actividad parecida, sacando un beneficio? Había de haber algo que explicase el motivo de lo que sucedía bajo su almohada en el corazón de la noche.
Roger Ploom se quedó dormido antes de que viniera el hada de los dientes. Se despertó al amanecer, y allí estaba su tercer dólar, terso y verde como la lechuga, esperando su regordeta mano.
—El hada de los dientes, ¿siempre deja un dólar a cambio de un diente? —le pregunto Roger Ploom a su madre.
—Para los chicos buenos, sí —respondió la madre—. Para los malos, no.
De modo que los niños malos, y es de presumir que sucediera igual con las niñas malas, no obtenían nada a cambio de los dientes que se les caían. ¿Por qué? ¿Tendrían algo aquellos dientes que no permitiera aprovecharlos? ¿O, simplemente, sería el hada una criatura que sólo querría tratar con unos cuantos individuos que le merecieran confianza?
El tema en conjunto interesaba profundamente a Roger Ploom. También le interesaba el dinero. El problema lo constituía el transcurso de tiempo que necesitaban sus dientes para empezar a movérsele, bailar y caer.
En el cuarto diente, Roger se esforzó en colaborar en este proceso, y acelerarlo. Con la lengua, movía el diente adelante y atrás. Lo cual le producía una sensación deliciosa de placer y dolor. Le daba pena ver cómo el diente cedía y caía lo mismo que una hoja. Pero disfrutaba al conseguir otro dólar.
—Eres un chico afortunado —dijo su padre cuando Roger Ploom le enseñó la última recompensa—. Sin duda ganas más que trabajando.
El padre acababa de corroborar lo que Roger Ploom sospechaba. Había encontrado una veta riquísima. Eso de los dientes caídos era un negocio que andaba parejo con la lámpara de Aladino y el vellocino de oro.
Roger Ploom consideró que este asunto era un non sequitur, pero aceptó un diente de Bettey, que iba a su misma clase. Roger le dio una moneda de cinco centavos. Y Bettey los aceptó. Bettey era una chica mala en todos los conceptos, una arma–camorras. No cabía duda, a ella nunca le daban ni un centavo por sus dientes.
Roger Ploom la eligió para la primera transacción por dos motivos. Quería ver si se podía engañar al hada de los dientes. Y quería saber si los dientes de niña se pagaban al mismo precio que los suyos.
—Me ha caído otro diente —le dijo a su madre. Le enseñó el incisivo de Bettey y luego lo puso bajo la almohada.
—¡Canastos, y cómo creces! —exclamó la madre.
Aquella mañana tentó cuidadosamente bajo la almohada. Era una prueba vital. Si el hada de los dientes andaba distraída y aceptaba el de Bettey, él habría hallado una mina de oro. En cambio, si el hada era una de esas criaturas que lo saben todo, Roger quizá ya no cosechara ni un penique más, ni siquiera por sus propias gemas blancas, perlinas.
Bajo la almohada había un dólar, lo mismo que las otras veces. De modo que, o el hada era una tonta, o necesitaba dientes, y los necesitaba con urgencia. Roger Ploom, muchacho práctico, se inclinó por la segunda probabilidad. Sus padres le habían dicho muchísimas veces que nadie da un dólar a cambio de nada. Y el dicho tenía lógica.
Aquel hada necesitaba dientes y los pagaría a buen precio. La procedencia no importaba. Lo que importaba era quien llevara el negocio y el ritual de la almohada. Roger Ploom, niño bueno, podía actuar de agente con impunidad total.
Evidentemente, su dormitorio resultaba un terreno perfecto, un lugar adecuado para que el hada lo visitase. En la ciudad abundaban los niños malos. En su propio jardín de la infancia había cuatro y cada uno representaba un criadero potencial de dientes.
Pero, también ahora, el problema lo constituía el tiempo. Los dientes llegaban a manos de Roger Ploom de tarde en tarde y en poca cantidad. Durante los dos meses siguientes sólo pudo comprar dos.
El primero le valió un dólar, como esperaba. El segundo lo tuvo que comprar a cincuenta centavos. El niño que se lo vendió, Billy Latik, era un regateador duro. Dado que el diente le costaba tan caro, Roger Ploom decidió que también había de venderlo a un precio mayor. ¿Cómo podría comunicárselo al hada de los dientes?
Roger Ploom sospechaba que su madre sabía la manera de ponerse en contacto con la desconocida criatura. Cada vez que tenía un diente se lo decía a su madre, y la información iba a parar a su destino. ¿Cómo podría comunicar él directamente, dejando a su madre fuera del negocio? En fin de cuentas, ella no tenía nada que ver.
De modo que habló con miss Bromph, la maestra, y le dijo que necesitaba su ayuda. Le explicó que quería radactar un cuento y le pidió que le escribiese unas palabras en un papel. Miss Bromph sonrió satisfechísima. De buena gana escribió lo que en realidad era una petición dirigida al hada, exigiéndole más dinero, y dijo que se trataba de un cuento muy lindo. Roger Ploom no veía nada lindo en aquellas líneas, pero las tenía.
Y el papelito pasó a ocupar el puesto indicado bajo la almohada; pero el diente caro no. Primero quería saber la respuesta. Aquella noche sonó el teléfono, y Roger oyó que su madre hablaba con alguien.
Por la manera de hablar de su madre, a Roger Ploom se le antojó que en el otro extremo del hilo estaba miss Bromph. Mas, ¿para qué llamaría una maestra a su casa? No tenía sentido. Lo importante del caso es que al día siguiente encontró un dólar y medio bajo la almohada, y por la noche dejó el diente en su puesto.
Aquel día, en el colegio, Roger Ploom estaba demasiado inquieto incluso para jugar. Si el hada de los dientes los pagaba a un dólar cincuenta cada uno era que tenía muchas ganas de comprar. ¿Podía darse el caso de que hubiera gran escasez de dientes, una verdadera crisis de dientes, allá donde viviera el hada? ¿Y cuánto duraría?
Roger Ploom sabía que él no era el único proveedor. Una niña buena, Leslie Vine, también obtuvo un dólar por un diente, la semana pasada. ¿Y si millares de niños buenos se extraían de pronto millones de dientes y la bolsa del hada se cerraba por completo? Era el momento de dar el golpe.
Aquella noche, en la cama, Roger Ploom deseaba tener un hermano, o una hermana, o mejor todavía, muchos hermanos y hermanas, como las familias que veía en la televisión. Pero en pura realidad sólo contaba consigo mismo y con sus padres. Tendría que arreglárselas con estos elementos.
Su padre y su madre vieron el Ultimo Programa y se pasaron horas —le pareció a Roger— hablando. Por fin, se fueron a la cama. Roger permaneció inmóvil hasta que oyó la respiración aquélla, indicadora de que se habían dormido. Luego se levantó en silencio y fue a buscar la caja de los instrumentos.
El contacto de las tenazas en la boca era frío, y cuando apretaba los brazos de las mismas sentía un vivo dolor. No, el plan que se había trazado no servía. No podía arrancarse sus propios dientes.
Roger Ploom oía los ronquidos de su padre. Era un hombre que dormía como un tronco; su madre lo decía siempre. Nada lograba despertarle, ni siquiera el despertador. Además, tenía dientes que no utilizaría nunca, dos hileras. Se vanagloriaba de que tendría una dentadura perfecta hasta el día de su muerte. Le venía de familia. Unos dientes como aquéllos podían valer muy bien dos dólares cada uno, y hasta diez. Acaso cien.
Roger Ploom entró de puntillas en el dormitorio de sus padres. Su madre dormía acurrucada de cara a la pared. Su padre estaba cerca de la puerta, fácilmente accesible. Y, cosa todavía mejor, tenía la boca abierta de par en par. Era una persona excelente su padre, así con la boca bien abierta y una sonrisa en la cara. Sin duda estaba soñando algo agradable.
Roger Ploom cogió las tenazas y probó que tal apretaban. Se le escapó una risita en la oscuridad. Mañana, sin duda alguna, tendría lo suficiente para comprarse un triciclo. O quizá dos.
Una cabina telefónica - Wade Kenny
Ahora bien, Araña 0'Shay no es distinto al resto de los muchachos, eso significa que cuando anda corto de pasta también anda corto de amigos. Nadie quiere aceptar su pagaré. Y si no aceptan su pagaré, no conseguirá los cinco céntimos necesarios para pagar el próximo plazo a Músculos McCluskey, lo cual no es nada conveniente, puesto que Músculos McCluskey no opera desde un lujoso banco ni utiliza la colección de tácticas que usan los banqueros. No le llaman Músculos por nada.
Ésta es, pues, la situación en la que Araña 0'Shay reflexiona cuando entra en el bar MaGoo el jueves por la noche. Está tomando la séptima botella de Schlitz cuando ve que un hombrecillo pelirrojo y con las patillas blancas le está mirando.
—Permítame que me presente, señor. Artemus Bartleby, a su servicio. —El hombrecillo inclina la cabeza al decir esto. Luego coge una silla y se sienta ante Araña—. Parece que está un poco preocupado, amigo mío. He podido observar que despegaba las etiquetas de todas las botellas que el camarero le ha servido, y eso, señor, es el espejo que me ha revelado su alma.
Araña no puede entender lo que este individuo está diciendo, porque normalmente no bebe tanto; ahora tiene la mente embotada y no encuentra sentido a las palabras del hombrecillo.
Pero sabe que los tipos que hablan así suelen tener mucha pasta, por lo que se prepara para darle el sablazo.
—Oh, lo siento, pero nunca apuesto. Y si lo hiciera, no necesitaría que me informaran por debajo de cuerda. Pero, amigo mío, ¿sería presuntuoso por mi parte suponer que disfruta usted con los juegos de azar?
Tras uno o dos minutos, Araña deduce lo que está diciendo su compañero, y le responde que sí, que de vez en cuando le gusta apostar un dólar:
—Sobre todo cuando alguien bien enterado me pasa una información fresca.
—Bien, mi querido señor, me parece que no tiene usted motivo para estar aquí sentado con una expresión tan apenada si tiene la garantía de, ¿cómo lo llaman?, una buena retribución.
—Estoy buscando un patrocinador —anuncia.
—¿Cómo dice?... ¡Ah, ya veo! Está buscando a alguien que esté dispuesto a hacer una modesta inversión en usted, para que mañana pueda tentar a la suerte. Bien, amigo mío, puede que precisamente yo sea el hombre que anda usted buscando.
Siempre estoy invirtiendo en la gente. Dígame, ¿de cuánto dinero estamos hablando?
—¿Eh?
Es todo lo que dice Araña, pues está un poco perplejo.
—¿Cuánto dinero necesita?
Araña abre tanto la boca que podría caber en ella una sartén. No sabe hasta qué punto puede tomarse en serio al hombrecillo; así que, aunque le gustaría sugerir una cifra considerable, se limita a decir:
—¿Uno de los grandes?
—¡Cielo santo! ¿Cómo voy a invertir una suma así sobre la base de una primera impresión? No, no, lo siento. Tal vez, después de todo, no podamos hacer negocios. No pensaba invertir más de unos veinte dólares.
Bueno, el Dragón de Betty paga veinticinco a uno en la segunda carrera, y aunque es una apuesta arriesgada, Araña no tiene mejores proposiciones. Así pues, dice que los veinte pavos le convienen y tiende la mano.
—Oh, no, aquí no. Intercambiar dinero en un lugar público es..., bueno, es demasiado común. Le diré lo que debe hacer. A dos manzanas al norte de aquí, hay una cabina telefónica en la esquina. Vaya allí y marque este número.— El hombrecillo introduce una tarjeta con un número telefónico en el bolsillo de Araña—. Después de haber hecho eso, ponga su sombrero bajo la ranura de devolución de monedas. A propósito, no le importa que los veinte pavos sean en calderilla, ¿verdad?
Ahora Araña se da cuenta de que ese individuo es un excéntrico, por lo que coge la bebida y se levanta de la mesa. El hombrecillo pelirrojo y con patillas blancas no se mueve, pero observa a Araña, que va de un cliente a otro, tratando de conseguir unas monedas. Cuando finalmente Araña desiste, el hombrecillo le llama y le recuerda:
—Dos manzanas al norte, en la esquina.
Araña escucha, pero no contesta. Se limita a cruzar apresuradamente la puerta.
Da la casualidad de que Araña espera que le echen de una pensión que se encuentra seis manzanas al norte del bar MaGoo, por lo que, camino de su domicilio, pasa por delante de la cabina telefónica. Al margen de cuáles sean las probabilidades, Araña no es hombre que deje pasar una oportunidad, y puesto que no hay nadie mirando, entra en la cabina y marca el número. Después coloca las manos bajo la ranura de devolución de monedas.
No ocurre nada.
Araña 0'Shay despierta a veintisiete perros con sus maldiciones. Golpea con el puño uno de los lados de la cabina, pero no hay vidrio, lo cual es un factor positivo para Araña, ya que sus nudillos no son famosos por su resistencia. Se dispone a salir de la cabina cuando oye el tintineo de monedas de diversos tamaños que caen al suelo.
Araña se arrodilla y empieza a recoger una por una hasta la última moneda. Luego, se levanta y marca el número por lo menos otras seis veces, pero no sale ni un céntimo más.
Pero el Dragón de Betty no corre lo suficiente ni para atrapar un resfriado, y no digamos al otro caballo. Así que la suerte de Araña no mejora, y se le está agotando el tiempo para quedar en paz con Músculos McCluskey.
Aquella noche, en el bar MaGoo, Araña vuelve a ver al hombrecillo pelirrojo.
—Por la expresión de su cara, presumo que su información fidedigna no lo fue tanto como usted había esperado.
Araña quiere preguntarle cómo manipula la cabina telefónica, y también desea sablearle otros veinte pavos, pero el hombrecillo sigue hablando y Araña no es tan rudo como para interrumpirle.
—Mire, amigo, lo que usted necesita es un sistema, algo infalible, algo... Creo que se lo puedo proporcionar.
—En cualquier caso, ahora un sistema no me serviría de nada, porque no tengo dinero para apostar y, si el lunes próximo no le pago, Músculos me hará aceptar cualquier ganancia póstumamente.
—Bien, supongamos que dispusiera usted de otros veinte dólares para apostar y la garantía de que ganará. ¿Cree que podría pagar su deuda a tiempo?
—Veinte dólares son veinte dólares, y voy a tener que hacer una apuesta arriesgada si quiero saldar mi cuenta con Músculos McCluskey.
—Sí, sí, comprendo, pero si estuviera usted seguro, absolutamente seguro, de esa apuesta arriesgada... Veinte dólares le valdrían mil, ¿verdad?
Araña no va a conseguir la información de la cabina telefónica, y no le gusta el nombre del hombrecillo, por lo que se siente suspicaz. Pero necesita más dinero que de costumbre, así que escucha lo que el individuo dice.
—Va a ganar una considerable suma de dinero, amigo mío, y naturalmente también yo espero beneficiarme de nuestro acuerdo. El hombrecillo se saca un papel del bolsillo—. Aquí tiene un contrato que me he tomado la libertad de redactar, en el que constan detalladamente nuestras mutuas obligaciones. No hay cláusulas evasivas, todo está muy claro. Me obliga a proporcionarle a usted veinte dólares iniciales, así como la oportunidad de multiplicar esa cantidad tan a menudo como usted desee. Y cuando fallezca, lo que quede pasará a mi poder.
Araña lee el papel cuidadosamente, pero es fácil de entender, todo está muy claro y sin tapujos, así que lo firma al pie. El hombrecillo hace que MaGoo actúe como testigo, y luego le explica a Araña lo que debe hacer.
—Primero vaya a la cabina telefónica. ¿Tiene todavía el número que le di? Bien. Márquelo de nuevo y obtendrá otros veinte dólares. ¿Hasta aquí todo está claro? Araña 0'Shay hace un gesto de asentimiento.
—Muy bien. Ahora supongo que conoce ese servicio telefónico de noticias. Creo que el número es el seis, tres, ocho, dos, dos, nueve, uno. Incluye un informe sobre los acontecimientos deportivos de la jornada. Cuando haya conseguido los veinte dólares, marque ese número al revés. ¿Comprende, señor 0'Shay? Debe ser hacia atrás. Preste toda su atención a lo que dicen. Estoy seguro de que le parecerá muy interesante.
Araña 0'Shay asiente de nuevo, pero no está seguro de lo que ocurre. Piensa que, de todas maneras, conseguirá otros veinte dólares.
Se dirige a la cabina telefónica y consigue el dinero sin ningún problema. «Qué diablos», se dice entonces. Y marca el número de las noticias al revés.
Araña se queda perplejo, porque está seguro de que es viernes, a menos que se le haya pasado un día por alto, cosa que no es probable. Las noticias duran cinco minutos. Viene luego el informe del tiempo y, finalmente, los deportes. «En la segunda carrera, ganó Apuesta Arriesgada por una nariz, con Elección de la Dama y Alicia Muerta entre los tres primeros.»
—¡Cómo! —exclama Araña, que aquel mismo día ha apostado en la segunda carrera y sabe que ésos no son los resultados de la carrera. Se dirige al quiosco de la esquina y coge un periódico.
Araña está a punto de pagar los veinte centavos, cuando repara en la fecha.
—¿Cómo que a pagar? ¿A quién trata de engañar? ¡Éste ni siquiera es el periódico de hoy!
—¿Qué diablos está diciendo? ¿Es que está majareta? ¡Mire!
Qué dice en ese rincón? Viernes, siete de agosto. Venga, amigo, déjese de trucos. Páguelo o déjelo donde estaba.
¡Viernes, siete de agosto! Aunque el cerebro de Araña 0'Shay no trabaja con mucha rapidez, todavía es capaz de sumar dos y dos. Compra el periódico y busca la relación de participantes para el sábado: Apuesta Arriesgada, Elección de la Dama y Alicia Muerta figuran en la segunda carrera.
—¡Aja! — exclama Araña—. ¡Ahora no puedo perder!
Las mejores probabilidades que Araña pueda encontrar son las de Desvalida Harriet, en la cuarta, por ocho a uno. Apuesta los veinte dólares por ella y luego apuesta el beneficio por Sueño de Mabel, en la novena, por siete a uno. Aquella noche, cuando entra en el bar MaGoo, tiene los bolsillos llenos de dinero.
—Supongo que todo le ha salido bien —dice.
—¿Cómo lo hace? —le pregunta Araña—. ¡Es usted un genio! ¿Cómo es posible?
—Todo es posible —replica el hombrecillo—, pero muchas cosas son secretas, y mis métodos figuran entre esos secretos. No obstante, está usted muy feliz, y tiene motivos para ello. Todo el dinero con el que ha soñado está ahora a su disposición. Puede hacer realidad todos sus sueños.
Ahora ése es el empeño de Araña; cada vez que gana, compra algo nuevo. Un coche, una casa, un caballo..., lo que le apetece. Las muñecas empiezan a pulular a su alrededor. Magníficas muñecas, porque Araña tiene la clase de dinero que les gusta a las magníficas muñecas. Les compra diamantes y pieles, las lleva a espléndidas fiestas. Araña 0'Shay sabe cómo disfrutar del dinero.
—Oiga, no entiendo por qué nunca me sablea ahora que tengo tanto dinero.
—¿Sablearle? Ah, ya entiendo, le extraña que nunca trate de sacarle dinero. Bueno, en primer lugar, no tengo derecho a hacerlo, ¿sabe? Según nuestro contrato, sólo me corresponde lo que quede cuando usted muera. Además, la verdad es que no necesito más dinero del que tengo ahora. Vivo cómodamente y no tengo caprichos caros.
A medida que transcurre el tiempo Araña 0'Shay es cada vez más rico. A veces, juega incluso sin usar la cabina telefónica, porque no tiene otra manera de gastar su dinero. Compra lujosos apartamentos a algunas de sus muñecas, y a otras les regala diamantes y abrigos de pieles.
Las personas que tienen algo que ocultar, sobre todo las codiciosas, temen que se descubran sus secretos, y Araña no es una excepción. Para evitar que le sigan, espera hasta que sean las tres de la madrugada para ir a la cabina telefónica.
Rápidamente marca el número al revés.
«Buenas noches. Servicio telefónico de noticias. Tres de la madrugada del miércoles, ocho de enero.»
Ahora Araña presta cuidadosa atención a todas las noticias, porque a veces le gusta apostar por otras cosas, aparte de los deportes, ahora que tiene dinero a espuertas. Pero parece que las noticias no traen nada excitante. Sin embargo, cuando ya casi finalizan, oye esto:
«Para acabar, un extraño suceso. Cuando los residentes de la calle Cuarenta y siete se dirigían esta mañana a sus puestos de trabajo, se llevaron una sorpresa al ver los restos de una cabina telefónica que de alguna manera se había incendiado durante la noche. Ardió con tal intensidad que sus paredes se fundieron. Se desconoce la causa del fuego. La policía sigue investigando.»
Un instante después, una cabina telefónica de la calle Cuarenta y siete está envuelta en unas llamas que alcanzan los diez metros de altura. El fuego se extingue al cabo de cinco minutos. No brilla ni siquiera una chispa. Al otro lado de la calle, un hombrecillo pelirrojo y con patillas blancas baja de su coche. Abre el maletero y saca una escoba y un recogedor.
El hombrecillo cruza la calle y se dirige al lugar donde poco antes estaba la cabina telefónica, apila las cenizas con la escoba, las recoge y las introduce en la jarra dorada, luego la cierra y le pega una etiqueta adhesiva con la inscripción «N.° 21». Sube entonces a su automóvil..., y se lleva a casa lo que queda de Araña 0'Shay.