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El hada del diente - Harvey Jacobs

Cuando Roger Ploom perdió el primer diente su madre armó un revuelo enorme. Y le dijo al pequeño que pusiera el diente bajo la almohada. Ahí fue a parar, pues, el diente caído, y Roger se durmió. Cuando se despertó, encontró un dólar en el lugar donde había estado el diente. —El hada de los dientes ha venido durante la noche —le dijo su madre. Cuando empezó a bailarle otro diente, Roger reventaba de gozo. Naturalmente, cuando Roger Ploom mordió un caramelo, el diente se cayó. Bajo la almohada fue también éste, y por la mañana halló en su puesto un dólar. La tercera vez que a Roger Ploom le cayó un diente probó de mantenerse despierto para ver al hada de los dientes. ¿Qué aspecto tendría aquella criatura que cambiaba dólares por dientes viejos? ¿Vestiría como los dentistas? ¿Qué hacía de los dientes? ¿Tenían algún valor en alguna otra parte?  El padre de Roger Ploom era dueño de una tienda. Compraba cosas a un precio y las vendía a otro, superior. ¿Se dedicaba el hada de los d...

Una cabina telefónica - Wade Kenny

A Araña 0'Shay no le va muy bien en el mundo del deporte. Con uno o dos números desafortunados en la pista y un muchacho al que entran, en camilla en el vestuario antes de que haya terminado el tercer asalto, muy poco queda en los bolsillos de Araña, aparte de algunos pañuelos de papel. Ahora bien, Araña 0'Shay no es distinto al resto de los muchachos, eso significa que cuando anda corto de pasta también anda corto de amigos. Nadie quiere aceptar su pagaré. Y si no aceptan su pagaré, no conseguirá los cinco céntimos necesarios para pagar el próximo plazo a Músculos McCluskey, lo cual no es nada conveniente, puesto que Músculos McCluskey no opera desde un lujoso banco ni utiliza la colección de tácticas que usan los banqueros. No le llaman Músculos por nada.   Ésta es, pues, la situación en la que Araña 0'Shay reflexiona cuando entra en el bar MaGoo el jueves por la noche. Está tomando la séptima botella de Schlitz cuando ve que un hombrecillo pelirrojo y con las patillas bl...

Los crímenes van sin firma - Adolfo L. Pérez Zelaschi

En la vida, lo principal es ser inteligente. Por eso, cuando el croupier se llevó mis dos últimas fichas de quinientos y decidí matar a mi socio Froebel —como lo tenía meditado—, hube de hacerlo de manera inteligente. Es decir, en la misma forma como había distraído de las cuentas sociales —yo atiendo los asuntos administrativos y contables, en tanto que Froebel anda de aquí para allá ocupado con los clientes— varios miles de pesos al año, los que hasta entonces repuse realizando negocios por mi cuenta y también inteligentes. Pero ahora Froebel sospechaba algo. En esos días lo vi revisar los libros, y cerrados con aire vacilante. Sin duda no entendía nada, porque yo complicaba a propósito la contabilidad, y él no conoce estas cosas. Con todo, dijo a Lys —nuestra secretaria, la única empleada que tenemos— que quería revisar él mismo los resúmenes de cuenta corriente que trimestralmente nos enviaban los bancos.  Tal vez él llevara alguna contabilidad sumaria como la de los almacene...