Pero
la noche del día siguiente, comprendió que ciertas fuerzas ocultas la
iban minando interiormente. Dick Windyford no había vuelto a telefonear
y, sin embargo, percibía su influencia. No cesaba de recordar sus
palabras: «Ese hombre es un desconocido para ti. No sabes nada de él.» Y
con ellas el recuerdo del rostro de su marido acudía a su memoria
diciéndole: «¿Tú crees que tiene gracia hacer de esposa de Barba Azul?»
¿Por qué había dicho eso? ¿Qué quiso decir con aquellas palabras?
Hubo
una advertencia en ellas... una amenaza. Era como si le hubieran dicho:
«Sería mejor que no te metieras en mi vida privada, Alix. Podrías
llevarte un disgusto si lo hicieras.» Cierto que pocos minutos después
le juraba que no hubo otra mujer en su vida que le importase..., pero
Alix trató en vano de recordar aquella sensación que le diera de
sinceridad. ¿Acaso no estaba obligado a jurárselo?
El
viernes por la mañana Alix estaba convencida de que había habido otra
mujer en la vida de Gerald... algo semejante a la cámara de Barba Azul y
que luchaba por ocultárselo. Sus celos, tardos en despertar, se
hicieron desenfrenados.
¿Es
que acaso debía encontrarse con una mujer aquella noche a las nueve?
¿Habría inventado la historia del revelado de las fotografías en el
apuro del momento? Con una extraña sensación de sobresalto Alix
comprendió que desde que encontrara su agenda de bolsillo había vivido
atormentada. Y eso que no había nada en ella. Eso era lo más irónico del
caso.
Tres
días antes hubiera jurado conocer perfectamente a su esposo, y ahora le
parecía un extraño del que nada sabía. Recordó su enojo irrazonable
contra el pobre Jorge, tan contrario a su acostumbrado buen carácter. Un
pequeño detalle, tal vez, pero demostraba que en realidad desconocía al
nombre que era su marido.
Alix
necesitaba adquirir varias cosas para el fin de semana y por la tarde
sugirió que ella podría ir al pueblo a buscarlas, mientras Gerald se
ocupaba del jardín, pero ante su sorpresa se opuso resueltamente a su
plan e insistió en ir él para que Alix se quedara en casa. Alix viose
obligada a dejarle hacer su voluntad, pero su insistencia le había
sorprendido. ¿Por qué aquel afán de evitar a toda costa que fuera al
pueblo?
Y
de pronto, la explicación que dejaba todo en claro: ¿No era posible
que, a pesar de no decirle nada, Gerald hubiera encontrado a Dick
Windyford en el pueblo? Sus propios celos, dormidos durante la época de
su matrimonio, sólo habían surgido después. ¿No podría haberle ocurrido
lo mismo a Gerald? ¿Acaso no estaría tratando de impedir que volviera a
ver a Dick Windyford? Esa explicación coincidía tan bien con los hechos,
y confortó tanto a Alix, que la abrazó con todo entusiasmo.
Sin
embargo, cuando pasó la hora del té, estaba inquieta y enferma de
impaciencia, luchando contra una tentación que la asaltaba desde la
marcha de Gerald. Por fin, tranquilizando su conciencia con la excusa de
que la habitación necesitaba una buena limpieza, subió al despacho de
su marido con un sacudidor del polvo para justificarse.
—Si pudiera estar segura —se repetía—. Si pudiera estar completamente segura.
En
vano se decía que cualquier cosa comprometedora habría sido destruida
años atrás. Pero los hombres guardan algunas veces la prueba más
condenatoria llevados de un sentimentalismo exagerado.
Al
fin Alix sucumbió, y con las mejillas arreboladas por la vergüenza de
su acción, fue revisando todos los paquetes de cartas y documentos,
abriendo todos los cajones, y examinando incluso los bolsillos de los
trajes de su marido. Sólo dos cajones se le resistieron: el último cajón
de la cómoda, y el de la parte izquierda del escritorio estaban
cerrados con llave. Pero ahora Alix era ya capaz de cualquier cosa, y
estaba convencida de que en uno de ellos encontraría alguna prueba de la
existencia de aquella mujer del pasado de su marido que la obsesionaba.
Recordó
que Gerald había dejado sus llaves olvidadas sobre el aparador, y yendo
a buscarlas las fue probando una por una. La tercera entraba en la
cerradura del cajón del escritorio, que Alix se apresuró a abrir. Había
un talonario de cheques y una cartera bien provista de billetes, y en el
fondo un paquete de cartas atado con una cinta.
Respirando
afanosamente, Alix lo desató, y luego un intenso rubor cubrió su rostro
mientras dejaba las cartas de nuevo en el interior del cajón, y volvía a
cerrarlo. Porque aquellas cartas eran suyas, las que escribiera a
Gerald Martin antes de casarse con él.
Dirigióse
a la cómoda, impulsada más por el deseo de no dejar nada por registrar,
que por la esperanza de encontrar lo que buscaba. Sentíase avergonzada y
convencida de la locura de su obsesión.
Ante
su contrariedad ninguna de las llaves de Gerald abría el cajón. Sin
desanimarse, Alix se fue en busca de otra serie de llaves, y al fin la
llave del guardarropa pudo abrirlo, pero en su interior no había más que
un rollo de recortes de periódicos manchados y descoloridos por el
tiempo.
Alix
exhaló un suspiro de alivio. Sin embargo, fue revisando los recortes
para saber qué es lo que había interesado tanto a su marido como para
guardar aquel paquete polvoriento. Casi todos eran de periódicos
americanos, de varios años atrás, y trataban del proceso de un famoso
estafador y bígamo, Carlos LeMaitre. LeMaitre era considerado sospechoso
de haber dado muerte a varias mujeres. Se había encontrado un esqueleto
enterrado debajo del suelo de una de las casas que había alquilado, y
la mayoría de las mujeres con las que «contrajo matrimonio»
desaparecieron sin dejar rastro.
El
se había defendido contra las acusaciones con habilidad consumada, con
la ayuda de uno de los abogados de más talento de los Estados Unidos. El
veredicto escocés «Absuelto por falta de pruebas» hubiera sido más
apropiado al caso, pero en su defecto, se le consideró «Inocente» de la
culpa capital, aunque le sentenciaron a un largo período de cárcel por
los otros cargos presentados contra él.
Alix
recordaba la sensación que produjo aquel caso, y también la que causó
la huida de LeMaitre unos tres años más tarde. No volvieron a detenerle.
La personalidad de aquel hombre y su extraordinario atractivo para las
mujeres fueron comentados extensamente en los periódicos, junto con un
resumen de la excitabilidad que demostró en el juzgado, sus protestas
apasionadas, y sus repentinos colapsos debidos a su corazón débil,
aunque algunos lo atribuyeron a sus facultades dramáticas.
Venía
una fotografía suya en uno de los recortes que Alix tenía en la mano y
la estudió con cierto interés... un caballero de luenga barba con
aspecto de catedrático. Le recordaba a alguien, pero de momento no supo
precisar quién era ese alguien. No imaginaba que Gerald se interesase
por los crímenes y procesos famosos, aunque sabía que era el
entretenimiento predilecto de muchos hombres.
¿A
quién le recordaba aquella cara? De pronto, sobresaltada, comprendió
que al propio Gerald. Aquellas cejas y aquellos ojos tenían un gran
parecido con los suyos. Tal vez conservase aquellos recortes por esa
razón. Sus ojos leyeron el párrafo que aparecía junto al retrato. Al
parecer se encontraron ciertas notas en la agenda de bolsillo del
acusado que coincidían con las fechas en que se deshizo de sus víctimas.
Luego, una mujer había identificado al prisionero por una cicatriz que
tenía en la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma de la
mano.
Alix
dejó caer los papeles de entre sus manos nerviosas mientras se
tambaleaba. En la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma,
Gerald tenía una pequeña cicatriz.
Todo
giraba a su alrededor. Después le pareció tener de pronto aquella
absoluta certeza. ¡Gerald Martin era Carlos LeMaitre! Lo sabía y lo
aceptaba con la velocidad del relámpago. Fragmentos sueltos acudían a su
memoria, como las piezas de un rompecabezas que van tomando forma.
El
dinero pagado por la casa... su dinero... únicamente su dinero. Los
bonos al portador que confiara a su custodia. Incluso su sueño tenía
ahora significado. En lo más profundo de su ser, su subconsciente
siempre había temido a Gerald Martin y deseado escapar de él y para ello
su otro yo pedía ayuda a Dick Windyford. Por eso también aceptó la
verdad con tanta facilidad, y sin dudas ni vacilaciones. Ella iba a ser
pronto otra de las víctimas de LeMaitre... quizá muy pronto.
Casi
se le escapa un grito, al recordar lo anotado en la agenda. Miércoles a
las nueve de la noche. Con lo fácil que era levantar las baldosas del
sótano. En cierta ocasión ya había enterrado a una de sus víctimas en un
sótano. Todo lo tenía planeado para la noche del miércoles, ¡pero
escribirlo de antemano con aquella tranquilidad... era una locura! No,
era lógico. Gerald tomaba siempre nota de sus compromisos... y para él
un crimen era una cuestión de negocios como cualquier otra.
Pero,
¿qué la salvó? ¿Qué es lo que pudo salvarla? ¿Por qué se arrepentiría
en el último momento? Sí... como un rayo le vino la respuesta. El viejo
Jorge. Ahora le resultaba comprensible el enojo incontenible de su
esposo. Sin duda había preparado el terreno diciendo a todo el mundo que
encontraba que se iban a Londres al día siguiente. Luego Jorge fue a
trabajar inesperadamente y al hablarle de Londres, ella había desmentido
la historia. Era demasiado arriesgado deshacerse de ella aquella noche,
exponiéndose a que el jardinero repitiera su conversación. ¡Pero había
escapado de milagro! De no haber mencionado aquel asunto tan trivial...
Alix se estremeció.
Pero
no había tiempo que perder. Tenía que huir en seguida... antes de que
él regresara. Por nada del mundo pasaría otra noche bajo el mismo techo
que aquel hombre. Apresuróse a guardar de nuevo el rollo de recortes de
periódicos en el cajón, y lo cerró.
Y
entonces se quedó como si se hubiera convertido en estatua de piedra.
Había oído el chirrido de la cerca. Su esposo había regresado ya.
Por un momento Alix continuó inmóvil; luego yendo de puntillas hasta la ventana atisbo tras el amparo de la cortina.
Sí,
era su marido, que sonriendo para sí tarareaba una tonadilla. En la
mano llevaba algo que casi paralizó el corazón de la aterrorizada Alix:
una azada nueva.
Alix
se dijo instintivamente: Iba a ser esta noche. Pero le quedaba una
oportunidad. Gerald, todavía tarareando había ido dando la vuelta a la
casa.
Va a dejarla en el sótano... preparada, pensó Alix con un escalofrío.
Sin
vacilar un momento echó a correr escaleras abajo y salió de la casa,
pero en el preciso momento que atravesaba la puerta, su esposo hizo su
aparición por un lado de la casa.
—Hola —le dijo—. ¿A dónde vas tan de prisa?
Alix
procuró desesperadamente parecer tranquila. De momento había perdido su
oportunidad, pero si tenía cuidado de no despertar sus sospechas
volvería a tenerla más tarde. Incluso ahora mismo, tal vez.
—Iba a ir paseando hasta el extremo del prado —dijo con voz que le sonó débil e insegura a sus propios oídos.
—Muy bien —replicó Gerald—. Te acompañaré.
—No... por favor, Gerald. Estoy nerviosa... me duele la cabeza... preferiría ir sola.
Él la miró fijamente y Alix creyó ver el recelo en sus ojos.
—¿Qué te ocurre, Alix? Estás pálida... temblorosa.
—No es nada —se esforzó por sonreír—. Me duele la cabeza, eso es todo. Un paseo me sentará bien.
—Bueno, es inútil que digas que no te acompañe —declaró Gerald riendo—. Iré contigo quieras o no.
Alix no se atrevió a insistir más. Si sospechara que sabía...
Con
un esfuerzo procuró recuperar algo de su habitual tranquilidad. No
obstante, se daba cuenta de que él la miraba de reojo de cuando en
cuando, como si no estuviera satisfecho y no hubiese acallado sus
sospechas.
Cuando
regresaron a la casa, él insistió en que debía acostarse, y le trajo
agua de colonia para mojar sus sienes. Fue, como siempre, el esposo
atento y solícito, y no obstante, Alix sentíase tan indefensa como si
estuviera atada de pies y manos en el interior de una trampa.
Ni
por un momento la dejó sola. Fue con ella a la cocina ayudándola a
preparar la cena. Apenas podía tragar bocado, pero se esforzó en comer, e
incluso parecer alegre y natural. Ahora se daba cuenta de que luchaba
por su vida. Estaba a solas con aquel hombre, a varios kilómetros de
distancia de la civilización, completamente a su merced. Su única
oportunidad era aplacar sus sospechas para que la dejara sola unos
momentos... los suficientes para llegar al teléfono del recibidor para
pedir ayuda. Aquélla era su única esperanza. Si se decidía a huir, la
alcanzaría antes de que pudiera llegar al pueblo.
Una
esperanza momentánea la animó al recordar cómo había abandonado su plan
la otra noche. ¿Y si le dijera que Dick Windyford iba a ir a verles
aquella noche?
Las
palabras temblaban en sus labios... pero se apresuró a rechazarlas.
Aquel nombre no perdería su segunda oportunidad. Había tal determinación
bajo su calma aparente que le daba náuseas. Sólo conseguiría precipitar
su crimen. La mataría en seguida, y luego con toda tranquilidad
telefonearía a Dick Windyford con cualquier excusa para que no fuera.
¡Oh!, si Dick fuera a verles aquella noche. Si Dick...
Una
idea acudió a su mente y miró de soslayo a su esposo por temor a que
pudiera adivinar sus pensamientos, y mientras formaba su plan, sintió
renacer su valor mostrándose tan natural que ella misma se maravilló.
Gerald estaba ahora completamente tranquilizado.
Alix preparó el café y lo llevó ahora al porche, donde solían sentarse las noches cálidas.
—A propósito —dijo Gerald de pronto—, más tarde revelaremos esas fotografías.
Alix sintió que un escalofrío recorría su cuerpo, pero replicó con naturalidad:
—¿No puedes hacerlo solo? Estoy dormida y muy cansada esta noche.
—No tardaremos mucho —sonrió—, y te aseguro que luego no te sentirás cansada.
Aquellas palabras parecieron divertirle. Alix se estremeció. Ahora, o nunca podría llevar a cabo su plan.
Se puso en pie.
—Voy a telefonear al carnicero —anunció tranquilamente.
—¿Al carnicero? ¿A estas intempestivas horas de la noche?
—Tonto,
ya sé que la tienda está cerrada pero él está en la casa. Mañana es
sábado y quiero que me traiga unos filetes de ternera bien temprano,
antes de que se los lleve otra. El viejo haría cualquier cosa por mí.
Y
entró rápidamente en la casa, cerrando la puerta tras ella. Oyó a
Gerald que decía: «No cierres la puerta», y Alix replicó con ligereza:
«Así no entrarán los mosquitos. Aborrezco los mosquitos. ¿Tienes miedo
de que le haga el amor al carnicero, tonto?»
Una
vez en el interior de la casa cogió el teléfono y dio el número de la
«Posada del Viajero». Le dieron comunicación en seguida.
—¿El señor Windyford está todavía ahí? ¿Podría hablar con él?
Entonces el corazón le dio un vuelco. La puerta acababa de abrirse y su marido entraba en el recibidor.
—Vete, Gerald —le dijo mimosa—. No me gusta que me escuchen cuando hablo por teléfono.
Él se limitó a echarse a reír mientras se sentaba en una silla.
—¿Seguro que telefoneas al carnicero? —le preguntó.
Alix
estaba desesperada. Su plan había fracasado. Dentro de unos instantes,
Dick Windyford estaría al teléfono. ¿Se arriesgaría a gritar pidiendo
ayuda? ¿Comprendería lo que quería decirle antes de que Gerald le
arrebatara el aparato? ¿O creería únicamente que se trataba de una
broma?
Y luego mientras nerviosa movía la clavija que permite que la voz se oiga o no en el extremo del hilo, se le ocurrió otra idea.
«Será
fácil —pensó—. Tendré que procurar no perder la cabeza y escoger las
palabras apropiadas y no desfallecer ni un momento, pero creo que podré
hacerlo.»
Y en aquel momento oyó la voz de Dick Windyford.
Alix tomó aliento. Luego conectó la clavija de comunicación con firmeza.
—Aquí
la señora Martin... de «Villa Ruiseñor». Por favor, venga (cerró la
clavija) mañana por la mañana y tráigame seis filetes de ternera bien
hermosos (volvió a dar la comunicación). Es muy importante. (Cerró.)
Muchísimas gracias, señor Hexworthy, espero que no le haya molestado
llamando tan tarde, pero en realidad el tener esos filetes el sábado
(abrió) es cuestión de vida o muerte... (cerró). Muy bien... mañana por
la mañana... (abrió), cuanto antes...
Volvió a dejar el teléfono en la horquilla y miró a su esposo respirando trabajosamente.
—De manera que es así como hablas con el carnicero ¿eh? —dijo Gerald.
—Estrategia femenina —dijo Alix en tono ligero.
Rebosaba excitación. Gerald no había sospechado nada, y sin duda Dick iría aunque no hubiese comprendido.
Pasaron al saloncito y Alix encendió la luz. Gerald la observaba.
—Pareces muy contenta ahora —le dijo mirándola con curiosidad.
—Sí —repuso Alix—; ya no me duele la cabeza.
Ocupó
la butaca acostumbrada y su esposo fue a sentarse frente a ella. Estaba
salvada. Eran sólo las ocho y veinticinco, y mucho antes de las nueve
Dick habría llegado.
—No me ha gustado mucho el café de hoy —se quejó Gerald—. Es muy amargo.
—Es que he comprado una clase nueva. Si no te gusta no volveré a comprarlo, querido.
Alix,
cogiendo su labor, empezó a coser. Confiaba plenamente en su propia
habilidad para representar el papel de esposa solícita. Gerald leyó
varias páginas de su libro y luego mirando el reloj dejó la novela.
—Las ocho y media. Es hora de bajar al sótano y empezar a trabajar.
A Alix se le cayó la labor de las manos.
—¡Oh! Aún no. Esperemos hasta las nueve.
—No, pequeña, es la hora que he fijado. Así podrás acostarte más pronto.
—Pero yo prefiero esperar hasta las nueve.
—Las
ocho y media —insistió Gerald—. Ya sabes que cuando fijo una hora me
gusta atenerme a ella. Vamos, Alix. No quiero esperar ni un minuto más.
Alix
le miró, y a pesar suyo sintió que el terror la invadía. Gerald se
había quitado la máscara y se retorcía las manos; los ojos le brillaban
de excitación, y se pasaba continuamente la lengua por los labios
resecos. Ya no se esforzaba por disimular su nerviosismo.
Alix pensó «Es cierto... no puede esperar... está como loco...».
Se acercó a ella y cogiéndola por los hombros la obligó a ponerse en pie.
—Vamos, pequeña... o te llevaré a rastras.
Su
tono era alegre, pero había tal ferocidad en el fondo que Alix quedó
como paralizada. Con un esfuerzo supremo logró desasirse yendo a
apoyarse contra la pared. Estaba impotente. No podía escapar... ni hacer
nada... él se iba acercando.
—Ahora, Alix...
—No..., no.
Lanzó un grito alargando las manos en un gesto de impotencia para impedir que se le acercara.
—Gerald... basta... tengo algo que decirte... tengo que confesarte una cosa...
Él no se detuvo.
—¿Confesar qué? —preguntó con curiosidad.
—Sí; que confesar —continuó ella desesperada, procurando mantener su atención—. Es algo que debiera haberte dicho antes.
En el rostro de Gerald apareció una mirada de desprecio. El encanto estaba roto.
—Un antiguo amor, supongo —se burló.
—No —dijo Alix—. Es otra cosa. Supongo que tú lo llamarías... sí... un crimen.
En
el acto vio que había pulsado la cuerda oportuna, y que de nuevo era
dueña de su interés. Eso le devolvió el valor sintiéndose dueña absoluta
de la situación en aquel preciso momento.
—Será mejor que vuelvas a sentarte —le dijo tranquila.
Ella
fue a ocupar su butaca, e incluso se detuvo para recoger la labor,
aunque tras su calma aparente estaba inventando a toda prisa, ya que la
historia que iba a contarle debía mantener su atención hasta que llegara
la ayuda.
—Te
dije —empezó— que había sido taquimecanógrafa durante quince años, y
eso no es del todo cierto. Hubo dos intervalos. El primero tuvo lugar
cuando yo tenía veintidós años. Conocía a un hombre ya mayor, dueño de
una pequeña fortuna. Se enamoró de mí y me pidió que fuera su esposa.
Acepté y nos casamos —hizo una pausa—. Yo le induje a que asegurara su
vida en mi favor.
Vio que el interés de su esposo iba en aumento y continuó con más seguridad.
—Durante
la guerra trabajé por algún tiempo en el Dispensario de un hospital.
Allí manejé toda clase de drogas y venenos. Sí, venenos.
Volvió
a detenerse. Ahora Gerald estaba ya sumamente interesado, no cabía
duda. Al asesino le atraen los crímenes. Ella había jugado aquella carta
y ganado. Echó una ojeada al reloj. Eran las nueve menos veinticinco.
—Existe un veneno.... es un polvito blanco. Una porción insignificante significa la muerte. ¿Entiendes tú de venenos, quizá?
Hizo la pregunta con cierta precipitación. Si la respuesta era afirmativa tendría que ir con cuidado.
—No —respondió Gerald—. Sé muy poco de eso.
Exhaló un suspiro de alivio. Así sería más fácil.
—Pero
habrás oído hablar de heroscina, ¿verdad? Es una droga que actúa igual,
pero que no deja rastro. Cualquier médico extendería un certificado de
defunción por fallo cardíaco. Robé una pequeña cantidad y la conservo en
mi poder.
Hizo una pausa midiendo sus fuerzas.
—Continúa —dijo Gerald.
—No. Tengo miedo. No puedo decírtelo. Otro día.
—Ahora —replicó él impaciente—. Quiero saberlo.
—Llevábamos
casados un mes. Yo me portaba muy bien con mi marido, era muy amable y
solícita, y él hablaba muy bien de mí a todos los vecinos. Todos sabían
lo buena esposa que era. Yo misma le preparaba el café todas las noches.
Y un día, cuando estábamos solos, puse en su taza un poquitín del
alcaloide mortal.
Alix
hizo una pausa y enhebró la aguja con gran parsimonia. Ella, que nunca
había hecho teatro, en aquellos momentos rivalizaba con la mejor actriz
del mundo, representando el papel de envenenadora a sangre fría.
—Fue
muy sencillo. Yo le observaba. De pronto empezó a faltarle la
respiración y el aire. Yo abrí la ventana. Luego dijo que no podía
moverse de su butaca... y, al cabo de poco murió.
Se detuvo sonriendo. Eran las nueve menos cuarto. No tardaría en llegar.
—¿A cuánto ascendía la prima del seguro? —preguntóle Gerald.
—A
unas dos mil libras. Especulé con ellas y perdí. Por eso tuve que
volver a trabajar en la oficina, pero nunca tuve intención de seguir
allí mucho tiempo. Entonces conocí a otro hombre. En la oficina conservé
mi nombre de soltera, y él no supo que había estado casada. Éste era
más joven, bien parecido, y gozaba de buena posición económica. Nos
casamos en Sussex. La ceremonia fue sencilla. No quiso asegurar su vida,
pero desde luego hizo testamento a mi favor. Le gustaba que yo le
preparara el café, igual que a mi primer mando —Alix sonrió al añadir
con sencillez—. Sé hacerlo muy bien.
Luego continuó:
—Yo
tenía varios amigos en el pueblecito donde vivíamos, y se compadecieron
mucho de mí cuando una noche después de cenar mi esposo falleció
repentinamente de un colapso. No me gustó el médico. No creo que
sospechara de mí, pero desde luego le sorprendió mucho la repentina
muerte de mi esposo. Aún no sé por qué volví a la oficina. Supongo que
por costumbre. Mi segundo esposo me dejó unas cuatro mil libras. No
especulé con ellas esta vez. Las invertí. Luego...
Pero fue interrumpida. Gerald con el rostro congestionado y ahogándose, la señaló angustiado con el dedo índice.
—¡El café... Dios mío! ¡El café!
Ella le miró sorprendida.
—Ahora comprendo por qué estaba tan amargo. Eres un demonio, me has envenenado.
Sus manos se asieron a los brazos del sillón y parecía dispuesto a saltar sobre ella.
—Me has envenenado.
Alix
se había ido alejando hasta la chimenea y aterrorizada se disponía a
negarlo... cuando lo pensó mejor. Iba a lanzarse sobre ella, y reuniendo
todo su valor le miró retadoramente y con firmeza.
—Sí
—le dijo—. Te he envenenado, y el veneno ya empieza a hacer su efecto.
Ya no puedes moverte del sillón... no puedes moverte...
Si pudiera mantenerle allí... por lo menos unos minutos...
¡Ah! ¿Qué era aquello? Pasos en el camino. El chirrido de la cerca... más pisadas... y la puerta del recibidor que se abría...
—No puedes moverte —repitió.
Luego pasó corriendo ante él, yendo a refugiarse en los brazos de Dick Windyford.
—¡Dios mío! —exclamó.
Luego volvióse al hombre que le acompañaba, un policía alto y fornido vestido de uniforme y le dijo:
—Vaya a ver lo que ha ocurrido en esa habitación.
Y tendiendo cuidadosamente a Alix en el diván se inclinó sobre ella.
—Mi pequeña —murmuró—. Pobrecita. ¿Qué es lo que te han estado haciendo?
Alix cerró los ojos y sus labios pronunciaron su nombre.
Dick despertó de sus sueños de felicidad cuando el policía fue a tocarle en el brazo.
—En esta habitación no hay más que un hombre sentado en una butaca. Parece como si acabara de sufrir un ataque y...
—¿Sí?
—Bueno, señor... está muerto.
Se sobresaltaron al oír la voz de Alix diciendo como en sueños:
—Y al cabo de poco —dijo como si estuviera repitiendo algo—, murió.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Villa Ruiseñor - Agatha Christie (parte 2)
La perla - Yukio Mishima
El 10 de diciembre era el cumpleaños de la señora Sasaki. La señora Sasaki deseaba celebrar el acontecimiento con el menor ajetreo posible y solamente había invitado para el té a sus más íntimas amigas, las señoras Yamamoto, Matsumura, Azuma y Kasuga, quienes contaban exactamente la misma edad que la dueña de casa. Es decir, cuarenta y tres años.
Estas señoras integraban la sociedad "Guardemos nuestras edades en
secreto" y podía confiarse plenamente en que no divulgarían el número de
velas que alumbraban la torta. La señora Sasaki demostraba su habitual
prudencia al convidar a su fiesta de cumpleaños solamente a invitadas de esta
clase.
Para aquella ocasión la señora Sasaki se puso un anillo con una perla. Los
brillantes no hubieran sido de buen gusto para una reunión de mujeres solas.
Además, la perla combinaba mejor con el color de su vestido.
Mientras la señora Sasaki daba una última ojeada de inspección a la torta,
la perla del anillo, que ya estaba algo floja, terminó por zafarse de su
engarce. Era aquel un acontecimiento poco propicio para tan grata ocasión, pero
hubiera sido inadecuado poner a todos al tanto del percance. La señora Sasaki
depositó, pues, la perla en el borde de la fuente en que se servía la torta y
decidió que luego haría algo al respecto.
Los platos, tenedores y servilletas rodeaban la torta. La señora Sasaki
pensó que prefería que no la vieran llevando un anillo sin piedra mientras
cortaba la torta y, muy hábilmente, sin siquiera darse vuelta, lo deslizó en un
nicho ubicado a sus espaldas.
El problema de la perla quedó rápidamente olvidado en medio de la
excitación producida por el intercambio de chismes y la sorpresa y alegría que
producían a la dueña de casa los acertados regalos de sus amigas. Muy pronto
llegó el tradicional momento de encender y apagar las velas de la torta. Todas
se congregaron agitadamente alrededor de la mesa, cooperando en la complicada
tarea de encender cuarenta y tres velitas.
Tampoco podía esperarse que la señora Sasaki, con su limitada capacidad
pulmonar apagara de un solo soplido tantas velas y su apariencia de total
desamparo suscitó no pocos comentarios risueños.
Después del decidido corte inicial, la señora Sasaki sirvió a cada invitada
una tajada del tamaño deseado en un pequeño plato que, luego, cada una llevaba
hasta su respectivo asiento. Alrededor de la mesa se produjo una confusión
bastante considerable. Todas extendían sus manos al mismo tiempo.
La torta estaba adornada con un motivo floral y cubierta con un baño
rosado, salpicado abundantemente con pequeñas bolitas plateadas hechas de
azúcar cristalizada. La clásica decoración de las tortas de cumpleaños.
En la confusión del primer momento algunas escamas del baño, migas y cierta
cantidad de bolitas plateadas se desparramaron sobre el mantel blanco. Algunas
de las invitadas juntaban estas partículas con los dedos y las ponían en sus
platos. Otras, las echaban directamente en su boca.
Luego, cada una volvió a su asiento y, con toda la tranquila alegría que
correspondía, comieron sus porciones.
Aquélla no era una torta casera. La señora Sasaki la había encargado con
anticipación en una confitería de bastante renombre y todas coincidieron en que
su gusto era excelente.
La señora Sasaki resplandecía de felicidad. De pronto, y con un dejo de
ansiedad, recordó la perla que había dejado sobre la mesa. Con disimulo se
levantó tan displicentemente como pudo y comenzó a buscarla. La perla había
desaparecido. Sin embargo, estaba segura de haberla dejado allí. La señora
Sasaki aborrecía perder cosas. Sin pensarlo más, se entregó de lleno a su
búsqueda y su intranquilidad se hizo tan evidente que sus invitadas la
advirtieron.
—No es nada... Un segundo, por favor... —repuso a las cariñosas preguntas
de sus amigas.
Pese a lo ambiguo de su respuesta, una a una las invitadas se pusieron de
pie y revisaron el mantel y el piso.
La señora Azuma, frente a tanta conmoción, pensó que la situación era
francamente deplorable. Estaba contrariada frente a una dueña de casa capaz de
crear una situación tan desagradable por el extravío de una perla.
La señora Azuma decidió inmolarse y salvar el día. Con una sonrisa heroica,
dijo: —¡Eso fue entonces! ¡La perla debe haber sido lo que me acabo de comer!
Cuando me sirvieron la torta, una bolita plateada se cayó sobre el mantel y yo
la levanté y me la tragué sin pensar. Me pareció que se atascaba un poco en mi
garganta. Por supuesto que si hubiera sido un brillante no dudaría en
devolvértelo, aun a riesgo de tener que sufrir una operación; pero como se
trata simplemente de una perla, no puedo sino pedirte perdón.
Este anuncio calmó de inmediato la ansiedad del grupo y salvó a la dueña de
casa de un trance difícil. Nadie se preocupó en averiguar si la confesión de la
señora Azuma era cierta o falsa. La señora Sasaki tomó una de las bolitas que
quedaban y se la comió.
—Mmmm comentó-—, ¡ésta tiene gusto a perla!
En esta forma, el pequeño incidente, fue recibido entre bromas y, en medio
de la risa general, quedó totalmente olvidado.
Al finalizar la reunión, la señora Azuma partió en su auto sport, llevando
con ella a su íntima amiga y vecina, la señora Kasuga. Apenas se habían
alejado, la señora Azuma dijo: —¡No puedes dejar de reconocerlo! Fuiste tú
quien se tragó la perla, ¿no es cierto? Quise protegerte y me declaré culpable.
Estas palabras informales ocultaban un profundo afecto. Pero por más
amistosa que fuera la intención, para la señora Kasuga una acusación infundada
era una acusación infundada. No recordaba bajo ningún concepto haberse tragado
una perla en vez de un adorno de azúcar. La señora Azuma sabía cuán difícil era
ella para todo lo referente a la comida. Bastaba con que apareciera un cabello
en su plato, para que, inmediatamente, se le atragantara el almuerzo.
—Pero, ¡por favor! —protestó la señora Kasuga con voz débil mientras
estudiaba el rostro de la señora Azuma—. ¡Nunca podría haber hecho algo
semejante!
—No es necesario que finjas. Te vi en aquel momento. Cambiaste de color y
ello fue suficiente para mí.
La confesión de la señora Azuma parecía cerrar el incidente del cumpleaños;
pero, sin embargo, dejó una molesta secuela.
Mientras la señora Kasuga pensaba en la mejor forma de demostrar su
inocencia, la asaltó la duda de que la perla del solitario pudiera estar
alojada en alguna parte de sus intestinos. Era, desde luego, poco probable que
se hubiera tragado una perla en vez de una bolita de azúcar, pero, en medio de
la confusión general causada por la charla y las risas, forzoso era admitir que
existía por lo menos esa posibilidad.
Revisó mentalmente todo lo sucedido en la reunión, pero no pudo recordar
ningún momento en el que hubiera llevado una perla hasta sus labios. Después de
todo, si había sido un acto subconsciente, sería difícil recordarlo.
La señora Kasuga se sonrojó violentamente cuando su imaginación la llevó
hacia otro aspecto del asunto. Al recibir una perla en el cuerpo de uno, no
cabe duda de que—quizás un poco disminuido su brillo por los jugos gástricos—en
uno o dos días es fácil recuperarla.
Y junto a este pensamiento, las intenciones de la señora Azuma se volvieron
transparentes para su amiga. Sin lugar a dudas, la señora Azuma había
vislumbrado el mismo problema con incomodidad y vergüenza y, por lo tanto,
pasando su responsabilidad a otro, había dejado entrever que cargaba con la
culpa del asunto para proteger a una amiga.
Mientras tanto, las señoras Yamamoto y Matsumura, que vivían en la misma
dirección, retornaban a sus casas en un taxi. Al arrancar el coche, la señora
Matsumura abrió la cartera para retocar su maquillaje, recordando que no lo
había hecho durante toda la reunión.
Al tomar la polvera, un destello opaco llamó su atención mientras algo
rodaba hacia el fondo de su cartera. Tanteando con la punta de los dedos, la
señora Matsumura recuperó el objeto y vio con asombro que se trataba de la
perla.
La señora Matsumura sofocó una exclamación de sorpresa. Desde tiempo atrás
sus relaciones con la señora Yamamoto distaban mucho de ser cordiales y no
deseaba compartir aquel descubrimiento que podía tener consecuencias tan poco
agradables para ella.
Afortunadamente la señora Yamamoto miraba por la ventanilla y no pareció
darse cuenta del súbito sobresalto de su acompañante.
Sorprendida por los acontecimientos, la señora Matsumura no se detuvo a pensar en cómo había llegado la perla a su bolso, sino que, inmediatamente, quedó apresada por su moral de líder de colegio.
Era prácticamente imposible,
pensó, cometer un acto semejante aun en un momento de distracción. Pero dadas
las circunstancias, lo que correspondía hacer era devolver la perla
inmediatamente. De lo contrario, hubiera sentido un gran cargo de conciencia.
Además, el hecho de que se tratara de una perla—o sea, un objeto que no era ni
demasiado barato ni demasiado caro—contribuía a hacer su posición más ambigua.
Resolvió, pues, que su acompañante, la señora Yamamoto, no se enterara del
imprevisible desarrollo de los acontecimientos, en especial cuando todo había
quedado tan bien solucionado gracias a la generosidad de la señora Azuma.
La señora Matsumura decidió que le era imposible permanecer ni un minuto
más en aquel taxi y, pretextando una visita a un familiar, pidió al conductor
que se detuviera en medio de un tranquilo suburbio residencial.
Una vez sola en el taxi, la señora Yamamoto, se sorprendió un poco por la
brusca determinación tomada por la señora Matsumura a consecuencia de su broma.
Observó el reflejo de la señora Matsumura en el vidrio y, en aquel preciso
momento, vio cómo sacaba la perla de su cartera.
En el transcurso de la reunión la señora Yamamoto había sido la primera en
recibir su parte de torta. Había agregado a su plato una bolita plateada que
había rodado sobre la mesa y al volver a su asiento antes que las demás,
advirtió que la bolita en cuestión era una perla. En el mismo momento de
descubrirlo, concibió un plan malicioso.
Mientras las demás invitadas se preocupaban por la torta, deslizó la perla
dentro del bolso que aquella hipócrita e insufrible señora Matsumura había
dejado sobre la silla vecina.
Desamparada, en el barrio residencial donde había pocas probabilidades de
conseguir un taxi, la señora Matsumura se entregó a oscuras reflexiones acerca
de su posición.
En primer lugar, aun cuando fuera absolutamente necesario para descargo de
su conciencia, sería una vergüenza ir a removerlo todo de nuevo cuando las
demás habían llegado a tales extremos para arreglar las cosas
satisfactoriamente. Por otra parte, sería peor si, con tal proceder, hiciera
recaer injustas sospechas sobre ella misma.
No obstante estas consideraciones, si no se apresuraba en devolver la perla,
desperdiciaría una ocasión única. Si lo dejaba para el día siguiente (el sólo
pensarlo hizo sonrojar a la señora Matsumura) la devolución daría lugar a dudas
y especulaciones. La propia señora Azuma había formulado una insinuación acerca
de esta posibilidad.
Fue entonces cuando, con gran alegría, la señora Matsumura concibió el plan
magistral que dejaría en paz a su conciencia y, al mismo tiempo, la libraría
del riesgo de exponerse a injustas sospechas.
Aceleró el paso y, al llegar a una calle más transitada, llamó a un taxi y
ordenó al conductor llevarla un conocido negocio de perlas en Ginza. Allí
mostró la perla al vendedor y le pidió una, algo más grande y de mejor calidad.
Una vez efectuada la compra, volvió hasta la casa de la señora Sasaki.
El plan de la señora Matsumura era entregar la perla recién comprada a la
señora Sasaki, diciéndole que la había encontrado en el bolsillo de su
chaqueta. Su anfitriona la aceptaría y, después, intentaría hacerla calzar en
el anillo. Al tratarse de una perla de distinto tamaño no coincidiría con el
anillo, y la señora Sasaki, desconcertada, intentaría devolverla, cosa que no
pensaba aceptar la señora Matsumura.
La señora Sasaki no podría sino pensar que aquélla se comportaba así para
proteger a otra persona: "Sin duda la señora Matsumura ha visto robar la
perla por una de las otras tres señoras. Será, pues, mejor olvidar todo el
asunto; pero, al menos, de mis invitadas puedo estar segura de que la señora
Matsumura está totalmente exenta de culpa. ¿Quién ha oído jamás que un ladrón
robe algo y luego lo reemplace por algo similar y de mayor valor?"
Con esta estratagema la señora Matsumura se proponía escapar para siempre
de la infamia de la sospecha y de igual manera—mediante un pequeño
desembolso—de los remordimientos de una conciencia intranquila.
Volvamos a las otras señoras. Ya en su casa, la señora Kasuga seguía
sintiéndose lastimada por las crueles bromas de la señora Azuma. Para librarse
de un cargo tan ridículo como aquél, debía actuar antes del día siguiente, pues
si no sería demasiado tarde. Para probar realmente que no había comido la
perla, era, pues, necesario que la perla apareciera de alguna manera.
En resumen, si podía exhibir de inmediato la perla a la señora Azuma, por
lo menos su inocencia respecto a la hipótesis gastronómica, quedaría firmemente
demostrada.
Si esperaba hasta el día siguiente, aun cuando se las arreglara para
mostrar la perla, se interpondría inevitablemente la vergonzosa e innombrable
sospecha.
La habitualmente tímida señora Kasuga abandonó apresuradamente su domicilio
al cual acababa de regresar e inspirada por el coraje que confiere obrar con
ímpetu, se apuró en llegar a un comercio de Ginza donde eligió y compró una
perla que, a su parecer, era más o menos del mismo tamaño que las bolitas
plateadas de la torta.
Llamó por teléfono a la señora Azuma. Le explicó que, al volver a su casa,
había descubierto entre los pliegues del moño de su faja la perla perdida por
la señora Sasaki y que le causaba cierta vergüenza ir a devolverla. ¿Sería tan
amable la señora Azuma como para acompañarla lo más pronto posible?
Para sus adentros la señora Azuma reflexionó en que aquella historia era
poco verosímil, pero por tratarse del pedido de una buena amiga, accedió a él.
La señora Sasaki aceptó la perla que le llevara la señora Matsumura y,
asombrada de que no se ajustara a su anillo, pensó, agradecida, exactamente lo
que la señora Matsumura había deseado que pensara.
Se sorprendió, sin embargo, cuando una hora más tarde llegó la señora
Kasuga, acompañada por la señora Azuma, y le devolvió otra perla.
La señora Sasaki estuvo a punto de mencionar la visita anterior, pero se
contuvo a último momento y aceptó la segunda perla tan tranquilamente como
pudo. No dudaba de que ésta se ajustaría al engarce y, tan pronto como
partieron sus amigas, se apuró a probarla en el anillo.
Era demasiado chica. Frente a este descubrimiento, la señora Sasaki
enmudeció.
En el viaje de regreso ambas señoras se encontraron frente a la
imposibilidad de saber lo que pensaba la otra, y aunque sus encuentros solían
ser alegres y locuaces, en aquella oportunidad cayeron en un largo silencio.
La señora Azuma, que actuaba con perfecto conocimiento del asunto, sabía a
ciencia cierta que no se había tragado la perla.
Había sido simplemente para eludir una situación embarazosa para todas que, en la fiesta, se había declarado culpable. En especial, la había guiado el deseo de aclarar la situación de una amiga que, por su inquietud, había transmitido cierta sensación de culpabilidad. ¿Qué podía pensar ahora?
Más allá
de la peculiar actitud de la señora Kasuga y del procedimiento de hacerse
acompañar por ella para devolver la perla, presentía algo mucho más profundo.
Quizá la intuición de la señora Azuma había ubicado el punto débil de su amiga
y, al descubrirlo, la acorralaba transformando una cleptomanía inconsciente e
impulsiva en un grave desorden mental.
Por su parte, la señora Kasuoa todavía abrigaba sospechas de que la señora Azuma se hubiera tragado realmente la perla y de que su confesión en la fiesta fuera verdadera. De ser así, resultaría imperdonable de parte de la señora Azuma haberse burlado de ella tan cruelmente. Su timidez había contribuido a la sensación de pánico que la había impulsado a hacer aquella pequeña farsa a más de gastar una buena suma.
¿No era entonces una maldad, de parte de la señora
Azuma, después de todo ello negarse a confesar que había comido la perla? Si la
inocencia de la señora Azuma era fingida, la señora Kasuga, al representar tan
esmeradamente su papel, aparecería ante sus ojos como el más ridículo de los
actores de segundo orden.
Pero retornemos a la señora Matsumura. Al regresar de casa de la señora
Sasaki y después de haberla obligado a aceptar la perla, la señora Matsumura se
sintió algo más tranquila y pudo analizar, detalle por detalle, los
acontecimientos del incidente.
Estaba segura, al levantarse en busca de su trozo de torta, de haber dejado
su cartera sobre la silla. Luego, al comerla, había empleado servilletas de
papel, con lo que se descartaba la necesidad de abrir el bolso en busca de un
pañuelo. Cuanto más lo pensaba, menos recordaba haber abierto su cartera hasta
el momento de empolvarse en el taxi. ¿Cómo era posible, entonces, que la perla
se hubiera introducido en un bolso cerrado?
En aquel momento comprendió la tontería de no haber tenido en cuenta ese simple detalle en vez de atemorizarse al encontrar la perla. Llegada a este punto de su razonamiento, un súbito pensamiento la dejó atónita.
Alguien había
colocado la perla en su bolso con absoluta premeditación, a fin de
comprometerla. Y de las cuatro invitadas a la reunión, la única que podía
haberlo hecho era, sin duda, la detestable señora Yamamoto.
Con los ojos encendidos por la ira, la señora Matsumura fue hasta la casa
de la señora Yamamoto.
Al verla aparecer en su puerta, la señora Yamamoto supo inmediatamente lo
que la había llevado hasta allí y preparó su defensa.
Desde el primer instante, el interrogatorio de la señora Matsumura fue
inesperadamente severo, y dejó traslucir claramente que no aceptaría evasivas.
—Has sido tú. Nadie podría haber hecho semejante cosa —comenzó la señora
Matsumura.
—¿Por qué yo? ¿Qué pruebas tienes? Supongo que si vienes a echarme esto en
cara, es porque tienes todos los elementos de juicio, ¿no es cierto? —la señora
Yamamoto se mantenía en una rígida compostura.
La señora Matsumura respondió que la señora Azuma, al echarse las culpas
por lo sucedido con tanta nobleza, no podía tener ninguna relación con tan ruin
proceder, y que, en cuanto a la señora Kasuga, no tenía las agallas necesarias
para un juego tan peligroso. Quedaba, pues, una sola incógnita: la señora
Yamamoto.
Esta guardó silencio con la boca cerrada como una ostra. Frente a ella, la
perla traída por la señora Matsumura, brillaba suavemente. El té de Ceylán que
había preparado tan cuidadosamente comenzaba a enfriarse.
—No pensaba que me odiaras tanto —la señora Yamamoto se enjugó las
comisuras de los ojos, pero resultó evidente que la señora Matsumura estaba
resuelta a no dejarse ablandar por las lágrimas.
—Bueno, voy a decirte algo que jamás pensé decir—continuó la señora
Yamamoto—. No voy a mencionar nombres, pero una de las invitadas . . .
—¿Con eso quieres hablar de la señora Kasuga o de la señora Azuma?
—Por favor, por lo menos déjame omitir su nombre. Como te decía, una de las invitadas estaba abriendo tu bolso e introduciendo algo en él cuando yo, inadvertidamente, miré en aquella dirección. ¡Puedes imaginarte mi desconcierto! Aun cuando me hubiera sentido capaz de prevenirte, no habría siquiera tenido la oportunidad de hacerlo. Comencé a sentir palpitaciones y más palpitaciones. Y en el viaje en el taxi... ¡oh, qué horror no poder hablarte! Si hubiéramos sido buenas amigas, no hubiera dudado en contártelo con absoluta franqueza, pero como aparentemente yo no te gusto...
—Comprendo. Has sido muy considerada, y ahora le estás echando hábilmente
las culpas a las señoras presentes, ¿verdad?
—¿Culpar a otro? ¿Cómo puedo hacerte comprender mis sentimientos? Sólo
quería evitar el herir a alguien...
—Está bien. Pero no te importó herirme a mí, ¿no es cierto? Por lo menos
podrías haber mencionado todo esto en el taxi.
Probablemente lo hubiera hecho si tú hubieras tenido la franqueza de
mostrarme la perla cuando la encontraste en tu cartera. Preferiste, en cambio,
bajar del coche sin decir una palabra!
Por primera vez la señora Matsumura no supo qué contestar.
—¿Comprendes entonces lo que quise hacer? Lo importante era no herir a
nadie.
La señora Matsumura se sintió invadida por una intensa ira.
—Si vas a endilgarme una serie de mentiras como ésta, voy a pedirte que las
repitas esta noche frente a las señoras Azuma y Kasuga y en mi presencia.
Al escuchar esto, la señora Yamamoto rompió a llorar.
—Gracias a ti, todos mis esfuerzos por no herir a alguien fracasarán . . .
—sollozó—.
Para la señora Matsumura era una experiencia nueva verla llorar y, aunque
se repitió firmemente que no iba a dejarse engañar por aquellas lágrimas, no
pudo evitar el pensamiento de que, al no probarse nada concreto, quizás podría
haber algo de verdad en las afirmaciones de la señora Yamamoto.
Para ser más objetivos, si se aceptaba el relato de la señora Yamamoto como
cierto, el rehusarse a revelar el nombre de la culpable traslucía cierta
grandeza de alma. Y, de la misma manera, tampoco se podía asegurar que la
gentil y, en apariencia, tímida señora Kasuga no pudiera sentirse inclinada a
realizar un acto malicioso. Del mismo modo, el indudable rechazo existente
entre ella y la señora Yamamoto podía, según se miraran las cosas, ser
considerado como un atenuante en la culpa de la señora Yamamoto.
—Tenemos naturalezas diferentes—continuó la señora Yamamoto entre
lágrimas—y no puedo negar que hay en ti ciertas cosas que no me gustan. Pero, a
pesar de todo, es espantoso que puedas sospechar que necesito valerme de una
artimaña tan baja contra ti... No obstante, pensándolo mejor, el someterme a
tus acusaciones será la mejor forma de demostrar lo que he sentido hasta ahora
en todo este asunto. En esta forma, yo sola cargaré con la culpa y nadie más se
sentirá herido.
Una vez concluido este discurso patético, la señora Yamamoto inclinó su
cabeza sobre la mesa y se abandonó a un llanto incontrolable.
Al contemplarla, la señora Matsumura comenzó a reflexionar sobre lo
impulsivo de su propio comportamiento. Al dejarse cegar por su antipatía hacia
la señora Yamamoto, había perdido la serenidad indispensable para manejar su
castigo.
Cuando, después de sollozar prolongadamente, la señora Yamamoto alzó la
cabeza nuevamente, la expresión a la vez pura y remota de su rostro se hizo
visible aun para su visitante.
Un poco asustada, la señora Matsumura se puso tiesa contra el respaldo de
la silla.
—Esto no debería haber sucedido nunca. Cuando desaparezca, todo permanecerá
como antes.
Al hablar enigmáticamente, la señora Yamamoto sacudió su hermosa cabellera
y clavó una mirada terrible, aunque fascinante, sobre la mesa. En un segundo,
tomó la perla que estaba frente a ella y, con gran determinación, se la metió
en la boca. Alzando la taza con el meñique elegantemente estirado, se tragó la
perla con un sorbo de té de Ceylán frío.
La señora Matsumura la observaba con espantada fascinación. Todo había
sucedido sin darle tiempo a protestar. Era la primera vez que veía a alguien
tragarse una perla. Además, en la conducta de la señora Yamamoto había algo de
la desesperación que se supone puede embargar a quienes ingieren un veneno.
Sin embargo, aunque el acto era heroico, aquél no era más que un incidente
conmovedor. La señora Matsumura se encontró con que no sólo su enojo se había
disuelto en el aire, sino que la pureza y simplicidad de la señora Yamamoto la
hacían considerarla ahora como a una santa.
Los ojos de la señora Matsumura también se llenaron de lágrimas y tomó la
mano de la señora Yamamoto.
—Te ruego que me perdones—dijo—, me he equivocado.
Lloraron juntas durante un buen rato, entrelazaron sus dedos y juraron ser,
desde aquel momento, las mejores amigas.
Cuando la señora Sasaki se enteró de que las tirantes relaciones entre la
señora Yamamoto y la señora Matsumura habían mejorado notablemente y de que la
señora Azuma y la señora Kasuga habían enfriado su vieja y sólida amistad, no
pudo explicarse las cosas y se limitó a pensar que todo era posible en este
mundo.
Fuera como fuera, siendo una mujer sin demasiados escrúpulos, la señora
Sasaki pidió a un joyero que remodelara su anillo en un formato en el cual se
pudieran engarzar dos nuevas perlas, una grande y una chica, y lo usó sin
complejos, sin ulteriores incidentes.
Al poco tiempo había olvidado las conmociones de aquel cumpleaños, y cuando alguien se interesaba por su edad, contestaba con las eternas mentiras de siempre.
La pálida esposa de Toussel - W. B. Seabrook
Sin embargo, su propia familia era pobre; apenas se podía esperar que su tío, lo cual entendían, le diera una dote —era un hombre próspero, pero no rico, y tenía una familia propia—, y el sistema francés de la dot es el que prevalece en Haití, de modo que al tiempo que los jóvenes apuestos de la élite se apiñaban para llenar sus citas a los bailes, poco a poco se hizo evidente que ninguno de ellos tenía intenciones serias.
Al acercarse Camille a la edad de veinte años, Matthieu Toussel, un rico cultivador de café de Morne Hôpital, se convirtió en su pretendiente, y después de un tiempo la solicitó en matrimonio. Era de piel oscura y la doblaba en edad, pero rico, cosmopolita y bien educado. La casa principal de residencia de los Toussel, en la falda de las colinas y que daba a Port—au—Prince, no tenía techo de paja y paredes de barro, sino que era un hermoso bungalow de madera, con techo de tejas y amplias terrazas, entre un jardín de vivas flores de fuego, palmeras y buganvillas. Allí Matthieu Toussel había construido un camino, guardaba su coche grande y a menudo se lo veía en los cafés y clubes de moda.
Corría un antiguo rumor de que estaba asociado de algún modo con el vudú o la brujería, pero tales rumores son normales respecto a casi todos los haitianos que han adquirido poder en las montañas, y en el caso de los hombres como Toussel rara vez se toman en serio. No pidió ninguna dote, prometió ser generoso, tanto con ella como con su apremiada familia, y ésta la convenció para que se casara.
El plantador negro se llevó a su pálida esposa con él de vuelta a la montaña, y durante casi un año, eso parece, ella no fue infeliz, o, por lo menos, no dio muestras de ello. Aún bajaban a Port—au—Prince, y asistían de manera esporádica a las soirées de los clubes. Toussel le permitió visitar a su familia siempre que lo deseó, le prestó dinero a su padre y arregló todo para enviar a su hermano menor a un colegio en Francia.
Pero poco a poco su familia, y también sus amigos, comenzaron a sospechar que no todo marchaba tan felizmente como parecía allá arriba. Empezaron a darse cuenta de que ella se mostraba nerviosa en presencia de su marido, que daba la impresión de que había adquirido un vago y creciente temor de él. Se preguntaron si Toussel la estaba maltratando o descuidándola. La madre intentó conseguir las confidencias de su hija, y la muchacha gradualmente le abrió el corazón. No, su marido jamás la había maltratado, jamás le había dirigido una palabra brusca; siempre era amable y considerado, pero había noches en las que parecía extrañamente preocupado, y en tales noches ensillaba su caballo y cabalgaba rumbo a las colinas, a veces sin regresar hasta después de que hubiera amanecido, momento en el que se mostraba aún más extraño y más perdido en sus propios pensamientos que la noche anterior. Y había algo en el modo en que a veces se sentaba y la miraba que la hacía sentir que ella estaba, de algún modo, relacionada con esos pensamientos secretos. Le tenía miedo a los pensamientos y le temía a él. De modo intuitivo sabía, como lo saben las mujeres, que en sus excursiones nocturnas no se hallaba involucrada ninguna otra mujer. No estaba celosa. Se encontraba poseída por un miedo irracional. Una mañana, cuando pensaba que él se había pasado toda la noche en las colinas, mirando por casualidad por la ventana, así se lo contó a su madre, le había visto salir por la puerta de una construcción baja que había en su gran jardín, apartada de los otros bloques, y que él le había dicho que era su despacho, donde guardaba la contabilidad, los papeles de negocios, y donde la puerta siempre estaba cerrada con llave.
—Entonces —comentó la madre, aliviada y tranquila—, ¿a qué se debe todo esto? Con toda probabilidad, esos pensamientos secretos suyos se deben a problemas de negocios... a alguna mezcla de café que está preparando y que, quizá, no va muy bien, así que se queda despierto toda la noche en su despacho meditando y calculando, o se marcha a caballo para ir a reunirse y consultar con otros. Los hombres son así. El asunto se explica por sí solo. Lo demás no es más que tu imaginación nerviosa.
Y ésta fue la última conversación racional que mantuvieron madre e hija. Lo que sucedió posteriormente allá arriba en la noche fatal del primer aniversario de bodas lo entresacaron de los intervalos medio lúcidos de una criatura aterrorizada, temerosa e histérica, que finalmente se volvió loca de remate. No obstante, los acontecimientos por los que tuvo que pasar se le quedaron grabados de forma indeleble en la cabeza; hubo tempranos períodos en los que parecía bastante cuerda, y la secuencia de la tragedia se pudo deducir poco a poco.
La noche de su primer aniversario Toussel había partido a caballo, diciéndole que no lo esperara, y ella había supuesto que en su preocupación se había olvidado de la fecha, lo cual le dolió y la hizo guardar silencio. Se fue a la cama pronto y, por último, se quedó dormida.
Cerca de la medianoche su marido la despertó; estaba de pie junto a la cama y sostenía una lámpara. Debía de haber vuelto hacía cierto tiempo, pues ahora se lo veía vestido de etiqueta.
—Ponte el vestido que usaste en la boda y arréglate —dijo—, vamos a ir a una fiesta. —Ella estaba somnolienta y aturdida, pero inocentemente complacida, imaginando que un tardío recuerdo de la fecha le había hecho prepararle una sorpresa. Supuso que la iba a llevar a cenar y a bailar al club, donde la gente a menudo aparecía bastante después de la medianoche—. Tómate tu tiempo —añadió él—, y ponte tan hermosa como puedas... no hay prisa.
Una hora más tarde, cuando se reunió con él en la terraza, preguntó:
—Pero, ¿dónde está el coche?
—No, —repuso él—, la fiesta se va a celebrar aquí.
Y ella notó que había luz en la cabaña, su “oficina”, en el otro extremo del jardín. No le dio tiempo para interrogarlo o protestar. La cogió del brazo, la condujo por el oscuro jardín y abrió la puerta. La oficina, si alguna vez había sido tal cosa, se había transformado en un comedor, iluminado por una luz difusa procedente de las velas altas. Había una mesa antigua con un buffet, sobre la que colgaba un espejo, y donde había platos de carnes frías y ensaladas, botellas de vino y frascas de ron.
En el centro de la estancia estaba puesta una elegante mesa con un mantel de damasco, flores y reluciente plata. Cuatro hombres, también con trajes de etiqueta, pero que les sentaban mal, ya se hallaban sentados a la mesa. Había dos sillas vacías en los extremos. Los hombres sentados no se levantaron cuando la joven enfundada en su vestido de boda entró del brazo de su marido. Se sentaban encorvados y ni siquiera giraron las cabezas para saludarla. Delante tenían copas de vino llenas a medias, y pensó que ya estaban borrachos.
Mientras Camille se sentaba con movimiento mecánico en la silla a la que la condujo Toussel, ocupando él mismo la que estaba enfrente, con los cuatro invitados situados entre ellos, dos a cada lado, de una forma antinaturalmente tensa, aumentando dicha tensión a medida que hablaba, dijo:
—Te pido... que perdones la aparente rudeza... de mis invitados. Ha pasado mucho tiempo... desde... que... probaran el vino... y se sentaran así a una mesa... con... una anfitriona tan hermosa... Pero, eh, ahora... beberán contigo, sí... alzarán... sus brazos, como yo alzo el mío... brindarán contigo... más... se levantarán y... bailarán contigo... más... harán...
Cerca de ella, los dedos negros de un silencioso invitado estaban cerrados con rigidez en torno al frágil pie de una copa de vino, ladeada, derramándose. El horror acumulado en Camille se desbordó. Cogió una vela, la aproximó a la cara macilenta y caída, y vio que el hombre estaba muerto. Se encontraba sentada a la mesa de un banquete con cuatro muertos apuntalados.
Sin aliento durante un instante, luego gritando, se puso en pie de un salto y salió corriendo. Toussel llegó a la puerta demasiado tarde para frenarla. Era pesado y la doblaba en edad. Ella corrió gritando aún a través del jardín oscuro, un destello blanco entre los árboles, y atravesó el portón. La juventud y el absoluto terror le prestaron alas a sus pies, y escapó...
Una procesión de mujeres madrugadoras del mercado, con sus cestos llenos cargados en burros, que bajaba por la falda de la montaña al amanecer, la encontró allí abajo sin sentido. Su vaporoso vestido estaba roto y desgarrado, sus pequeños zapatos de satén blanco deshilachados y sucios, uno de los tacones arrancado allí donde tropezó con una raíz y cayó.
Le mojaron la cara para revivirla, la subieron a un burro y caminaron a su lado, sosteniéndola. Sólo estaba medio consciente, incoherente, y las mujeres comenzaron a discutir entre sí, tal como lo hacen las campesinas. Algunas creyeron que se trataba de una dama francesa que había sido tirada o se había caído de un coche; otras que se trataba de una Dominicaine, que había sido sinónimo en el dialecto criollo desde los primeros días coloniales de “prostituta de lujo”. Ninguna la reconoció como Madame Toussel; quizá ninguna de ellas la había visto jamás. Estaban discutiendo si dejarla en el hospital de las Hermanas Católicas en las afueras de la ciudad, en cuya dirección iban, o si sería más seguro —para ellas— llevarla directamente al cuartel de la policía y contar la historia. Su sonora discusión pareció despertarla; dio la impresión de haber recuperado en parte los sentidos y comprender lo que hablaban. Les dijo cómo se llamaba, el nombre de soltera, y les rogó que la llevaran a casa de su padre.
Una vez allí, habiéndola metido en la cama y llamado a los médicos, la familia fue capaz de conseguir por el farfulleo histérico de la joven una comprensión parcial de lo que había sucedido. Ese mismo día subieron a ver a Toussel... a registrar la casa. Pero Toussel se había ido, y todos los sirvientes habían desaparecido salvo un anciano, quien dijo que Toussel se hallaba en Santo Domingo. Entraron en la así llamada oficina y encontraron aún la mesa puesta para seis personas, el vino sobre el mantel, una botella volcada, las sillas tiradas, los platos de comida todavía intactos sobre la mesilla, pero aparte de eso no descubrieron nada.
Toussel jamás regresó a Haití. Se dice que ahora está viviendo en Cuba. La investigación criminal era inútil. ¿Qué esperanza razonable podían haber tenido de condenarlo basándose en las pruebas que no se sustentaban solas de una esposa de mente desequilibrada?
Y en ese punto, tal como me fue relatada, la historia se acababa con un encogimiento de hombros, quedando en un misterio inconcluso.
¿Qué había estado planeando ese Toussel... qué siniestra, quizá criminal necromancia en la que su esposa iba a ser la víctima o el instrumento? ¿Qué habría ocurrido si ella no hubiera escapado?
Formulé estas preguntas, pero no tuve ninguna explicación convincente o incluso una teoría en respuesta. Hay historias de abominaciones más bien horrendas, impublicables, practicadas por algunos brujos que afirman levantar a los muertos, pero hasta donde yo sé, sólo se trata de historias. Y en cuanto a lo que de verdad sucedió aquella noche, la credibilidad depende de la prueba aportada por una muchacha demente.
Entonces, ¿qué queda?
Lo que queda se puede exponer con unas pocas palabras:
Matthieu Toussel preparó una cena de aniversario de boda para su esposa en la que se dispusieron seis platos, y cuando ella miró las caras de los otros cuatro invitados, se volvió loca.